Las tejedoras
José Carlos Somoza
-Ya sabe usted, doctor, que soy un hombre rutinario.
Esto lo decía Millanes porque había escogido el camino de costumbre para ir a su casa, pese a que desde la consulta del doctor Palomares podía irse por otro más breve. Ahora estaban inmersos en el cada vez más intenso tráfico del mediodía. Palomares escuchaba el runruneo del aire acondicionado, tocaba y olía la piel del asiento, se dejaba mecer por la suavidad de la inercia.
-Qué quiere que le diga, doctor: la rutina mueve el mundo y la variación lo frena. Hacer lo mismo todos los días a la misma hora, y de la misma forma, es hacerlo cada vez mejor.
-O cada vez peor -objetó Palomares-. La rutina puede llegar a ser muy mala.
-Venga, no me diga que usted no es rutinario. En su caso, aún más… -Millanes se interrumpió-. Perdone, yo…-La risita de Palomares le hizo callar.
-No te preocupes, hombre. Ibas a decir que aún más en mi caso porque soy ciego, ¿verdad? Un ciego debe ser rutinario por obligación: dejar el vaso de agua en el mismo sitio, levantarse del mismo lado de la cama… Pero yo creo que todo eso no es sino ser ordenado. La vida puede ser ordenada, Millanes, pero no rutinaria. Pasan cosas, amigo mío, pasan cosas. Solo hay que saber verlas. -El silencio indiferente en que se había sumido Millanes hizo pensar a Palomares que no le concedía mucho crédito a lo que un ciego pudiera entender por “saber verlas”. Decidió cambiar de tema-. Pero no entremos en filosofías. Me decías que al pequeño Javier le duele la cabeza desde hace… ¿cuánto?
-Tres semanas y cinco días exactamente. Su madre ha ido apuntándolo en el calendario.
-¿Y no lo habéis llevado al médico?
-Estábamos esperando al chequeo familiar que nos hacemos a fines de verano. Nos revisan a todos, nos hacen análisis… Pero es que hace dos días que ha perdido el apetito, y hemos decidido que primero lo examine usted.
-Agradezco vuestra confianza, Millanes, aunque sabes que ya no ejerzo.
-Pero usted era el médico que visitaba en casa a mi familia. Le recuerdo bien.
-Eres de lo que opinan que más vale lo malo conocido…
-No diga eso, doctor Palomares, yo… Ah, ya hemos llegado.
-Qué pronto aparcaste -reconoció Palomares cuando el coche se detuvo y oyó abrirse una puerta.
-Tengo calculado el sitio exacto del garaje y la maniobra que hago al entrar -explicó Millanes-. Además, el edificio es mío y lo conozco bien. Cuidado al salir… Ahora vienen dos escalones pequeños, luego dos puertas. Agache la cabeza porque hay un techo bajo… Por esta escalera podemos subir…
Palomares recordaba aquella casa, un vetusto bloque de una vetusta calle de Madrid. Había pertenecido al bisabuelo de Millanes, que era el fundador del negocio de telas. La planta baja estaba dedicada al comercio, la entreplanta al almacén, la segunda era la residencia familiar y había un ático para el taller. Por todas partes olía a moho y de algún lugar del techo llegaba un repiqueteo denso de telares.
-Es la hora de trabajo de las tejedoras -dijo Millanes-. Cuidado, doctor, porque el suelo tiene zonas irregulares. Mi abuelo me contaba que se deben al paso de la bayeta una y otra vez por el mismo sitio. Es casi como la huella de la familia, por eso no he querido arreglarlo… Venga por aquí. Javier está en su habitación… Cuidado con el cuarto peldaño contando desde arriba en el segundo tramo, que está suelto…
-Tu casa es como un decatlón para un ciego, Millanes -dijo Palomares de buen humor.
-En realidad, es una casa comodísima, doctor. Lo que ocurre es que hay que acostumbrarse a ella.
Ahí tienes lo que pasa con la rutina: si te acostumbras demasiado, nunca te apetece mejorar nada, pensó decirle Palomares, pero guardó silencio, en parte porque sospechaba que su crítica no iba a hacer ni pizca de gracia al dueño de Telas Millanes, y en parte porque ya habían llegado a la habitación. Y esto último lo supo porque Millanes entró en algún sitio y dijo:
-Javier, mira quién ha venido. Es el doctor Palomares.
En la habitación se oía, proveniente del techo, un zumbido incesante: como de un millar de frenéticas ruecas girando al mismo ritmo. Armándose de paciencia, Palomares se dirigió al niño invisible.
-Solo vengo a charlar un ratito contigo, Javier, si es que a tu papá no le importa dejarnos. ¿Te importaría, Millanes?
-Para nada. Justo iba a decirle que tengo que irme. Siempre veo el telediario a esta hora. Llame a las criadas si necesita algo.
-Muy bien, gracias.
Una puerta se cerró.
Transcurrieron unos cuantos segundos durante los cuales Palomares supo perfectamente que se hallaba frente a un niño. Y esto no solo lo supo porque se lo habían dicho, sino por alguna clase de intuición, ya que el niño no hacía ruido, o los que hacía pasaban desapercibidos bajo el furioso trajín del techo. Pero el silencio de un niño era discernible para Palomares, de igual manera que lo sería para un grafólogo una manera de escribir determinada. Los silencios de un ciego tienen firma, dedujo el viejo médico.
-Yo me llamo Palomares, ¿y tú? -probó.
-Javier -respondió una voz como dejada caer en el fondo de un pozo.
-Llevas casi un mes de vacaciones de verano, ¿verdad, Javier?
-Sí.
-Y me han dicho que has sacado unas notas excelentes.
El niño volvió a decir “sí” y a Palomares se le acabaron los recursos. Pero era el ruido del taller, que le confundía. No me extraña que el pobre tenga dolor de cabeza.
Entonces lo comprendió: hacía casi un mes que estaba de vacaciones y hacía casi un mes que le dolía la cabeza.
-Oye, Javier, ¿quién hace ese ruido tan horrible arriba?
Por un instante no hubo respuesta. Luego escuchó:
-Las tejedoras.
Percibió un cambio en la voz, como si de repente el niño hubiese sentido frío. Quizá era que tenía fiebre.
-¿Trabajan todas las mañanas?
-Sí.
-Y tú sales poco a la calle, ¿verdad?
-Sí.
Ya está diagnosticado, pensó Palomares. Todavía tendría que hacerle algunas preguntas más, pero era incapaz de proseguir una conversación normal en medio de aquel ruido machacón. ¿Cómo podía soportarlo el niño? ¡Dolor de cabeza, sí, y hasta del cuerpo entero le daría a él! Otra nefasta rutina, comprendió. El bisabuelo tenía el taller arriba y el bisnieto no lo trasladará. Nadie cambia nada aquí.
-Te diré lo que vamos a hacer -explicó-: vas a guiarme a la habitación de arriba y les diré a esas señoras que paren un momento. Así podremos hablar tú y yo.
El niño no pareció darse por enterado. Cuando Palomares se disponía a repetir su propuesta, escuchó débiles pasos y un ligero olor a naftalina. Se levantó y tendió la mano hasta dar con un hombro pequeño, mucho más frágil que su bastón. Caminó un rato guiado por aquel hombro y sus pies tropezaron con los peldaños de una escalera: de arriba procedía el estruendo. Comenzó a subir y entonces el hombro se detuvo.
-Yo no subo -dijo el niño.
-¿Por qué? ¿No te deja tu padre?
-Les tengo miedo.
-¿Miedo? ¿A las señoras que trabajan arriba?
-Sí -gimió el niño.
Es comprensible, pensó Palomares. ¡Con el alboroto que arman…!
-Pues no te muevas. Subiré yo.
Guiándose con el pasamano y palpando con el bastón, Palomares subió un peldaño. Luego otro. Entonces percibió algo distinto. Una especie de cortina. Le bloqueaba el paso.
Era una tela pegajosa y densa: se adhería a sus dedos y a la manga de su chaqueta, al puño de su bastón y a su rostro. Se estremeció de repugnancia al tiempo que escuchaba, más allá de aquellos bastidores, los ensordecedores crujidos de las ruecas voraces, el afán mecánico, los atroces gestos de una labor incansable, incesante, repetida hasta el fin del día, de todos los días, del tiempo, de todos los tiempos…
Retrocedió y bajó las escaleras. Al menos, el niño no se había marchado: aguardaba en el mismo sitio, temblando dentro de su delgado pijama.
-Sabía que usted tampoco subiría -dijo el niño-. A todo el mundo le dan miedo las tejedoras.
Reproducido con permiso del autor





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