Sombras en el malecón
Félix J. Palma
¡Oh, soledad, si tengo que convivir contigo
que no sea en la maraña de oscuros edificios!
John Keats
Ese descubrirse muerta nada más abrir los ojos, nada más sentir sobre la cara la triste y aguada luz del amanecer, sacudiéndole el sueño como el plumero de un mayordomo eficiente, situándola de repente entre cuatro paredes que no reconoce porque nunca las ha mirado de verdad. Ese dejarse atravesar por los días sin ofrecer resistencia, ese no ser más que Nuria y ni siquiera eso desde que ocurrió aquello, desde aquella noche que se llevó a Manolo y se olvidó de ella. Se revuelve en la cama demasiado grande, tratando de esquivar la ridícula luz que se cuela hábilmente por la persiana a medio bajar, retrasando el momento de abandonar las sábanas y fingirse viva. Busca la cajetilla, se coloca el cenicero sobre el vientre y enciende un cigarrillo. Lo fuma lentamente, mirando el techo, buscando un motivo por el cual deba levantarse, preguntándose por qué debe continuar si ya perdió su sentido, si ya esto de vivir le aburre y le duele.
Pero finalmente se levanta, como hace siempre, porque a la larga sabe que no existe ninguna diferencia y eso es lo peor de todo. Abre la ducha y se sumerge bajo el chorro. Cansada, descolorida, se recuesta contra los azulejos, dejando que los dedos tibios y atrevidos del agua la recorran, la perfilen, la concreten con su magreo líquido, encontrando por ella los límites perdidos de su propio cuerpo, esos bordes donde queda contenida que Manolo subrayaba cada noche con el tiralíneas de sus caricias. Y piensa en él, en sus ojos y su risa, en el consolador culebreo de sus dedos por esas parcelas de su cuerpo cedidas una noche de luna y velas, en la paz de su rostro ladeado contra el asiento y en el lento resbalar de aquella gotita de sangre desde la comisura de sus labios. Luego se seca mecánicamente, borrándose otra vez, extraviándose de nuevo, sin saber dónde acaba Nuria y empieza todo lo demás.
Se prepara un café y lo bebe sin ganas, cansinamente, entre cigarrillos. Echa algunas miradas por la ventana: las mismas calles vacías de los últimos meses, el mismo cielo untuoso y crispado, el mismo estremecimiento de los árboles, el descenso rutinario y ocre de sus hojas al buscar las aceras… Casi le cuesta creer lo que cuentan las postales: que todo aquello renazca con el verano, que aquellas calles yertas se inflen de color y ruido y el mar que ahora apenas vislumbra entre los edificios mude su nostalgia por un azul voluptuoso y fulgente, como de carnaval. Por supuesto lo prefiere así: tan silencioso y fantasmal, tan afín, tan apropiado. Acaba el café y deja la taza en el atestado fregadero. Enciende un nuevo cigarrillo. Sabe que tarde o temprano alguien, no sabe todavía quién o de qué forma, pondrá fin a todo esto, a esta repetición inútil, a este lento y disimulado consumirse. Pero mientras…
Por fin se acerca a la máquina de escribir como todas las mañanas, sabiéndose derrotada de ante mano, sabiendo que el papel seguirá blanco cuando por fin se levante para vaciar el cenicero. Mira las cartas de la editorial, amontonadas al lado de la máquina, la mayoría sin abrir. El plazo de entrega se le acaba y aun así es incapaz de retomar su cuarta novela, arrinconada en una esquina de la mesa, los personajes intercambiando sus nombres, sus sueños, sus sexos, amotinados en una trama que se desanuda día a día, sin una sola línea nueva desde aquella noche de pesadilla que no deja de rememorar una y otra vez, manoseando cada detalle, desgarrándose por dentro a voluntad, porque el dolor ha llegado a convertirse en un licor dulce, en un cascabeleo agradable que le dice que existe, en un peso interior que la ancla a sí misma, que la mantiene cohesionada. Ni una sola línea, sólo un removerse intranquilo en la silla, una pantomima ante el teclado que ya no engaña a nadie, que ya no promete nada, y siempre la decisión final, que resultaría espontánea de no ser porque se repite cada día, el retirarse de la mesa con un gesto brusco, sofocado, el descubrirse tratando de orientarse en el vestíbulo de su propia casa, y el abrigo, la cajetilla y el encendedor, las llaves, el viento frío picoteándole las mejillas encendidas, el errar por las calles desiertas tan remiradas desde la ventana, la indiferente acogida del pequeño pueblo costero que Manolo y ella, el joven arquitecto y la prometedora escritora, escogieron para alzar su soñado baluarte contra el mundo, aquella casa que él diseñó con tanto esmero, cuidando cada detalle, discutiendo con ella cada curva de las cornisas, cada remate victoriano de la fachada en noches maravillosas, entre sábanas y café y Manolo y Nuria, la misma casa de cuento de hadas que es incapaz de mirar ahora, sin Manolo, sola, vacía, sin esa protección que de alguna manera eran las sábanas y el café, el lugar donde desembocó su torpe y nebulosa huida.
Calles y más calles. Huecas. Desvalijadas. A merced del viento. Y el malecón. Al final del imprevisto y esperado paseo de nuevo el malecón, como si las desoladas calles se aliaran para traerla siempre allí, a la calma definitiva de aquella superficie de cemento gris tendida hacia un mar igualmente gris.
* * *
Y el malecón la recibe a su manera, envolviéndola en su falta de colores, en su franco esquematismo. Ya no encuentra rastro alguno de la imagen gallarda de los veleros ni de los lujos ni de esos atardeceres tan empalagosos de las postales, tan solo queda un trazo seco de piedra sobre las plateadas olas, un pedestal desabrigado contra cuyo reborde ronronea el mar, sobrecogedor e infinito. Allí, con toda una hilera de bancos descascarillados donde escoger, se siente olvidada de veras, muerta de verdad, y se pregunta si realmente existe algo más aparte del gris salado y lúgubre que la rodea, del gris húmedo y poroso que la llena. Aunque quisiera no podría demostrar que minutos antes estuviese ante la máquina, recibiendo la burla de las teclas, tratando de rescatar su última novela; ni siquiera puede demostrar que exista tal novela o que ella sea escritora. Ni siquiera puede demostrar que a unos pasos de allí exista un pueblo enfermo de invierno. Ni siquiera sabría como demostrar que sigue viva. Pasea un poco por el bordillo del malecón, se para, junta sus tacones, abre los brazos, se observa crucificada sobre las olas de charol, musita un Manolo rancio que le llena la boca de moho, mira las aguas agrisadas y piensa que por qué no, que por qué no hoy; pero de alguna manera sigue allí, sin atreverse a adelantar un pie hacia la nada redentora del mar, sin reunir el valor o las ganas necesarias para abandonar la ilusoria seguridad de ese apéndice repudiado de la ciudad que es el malecón y dejarse envolver por la mortaja gris de las aguas, por el olvido silencioso y profundo que tanto desea.
Se arrebuja en su abrigo y se sienta en un banco. Fuma. Cierra los ojos y agacha la cabeza, lentamente, ofreciendo al frío cortante del malecón parte de su cuello, y entonces, como cada mañana, como cada vez que cierra los ojos y baja despacio la cabeza, Manolo aparece por detrás y besa entre risas la ofrenda cálida y suave de su piel descubierta y la busca con dedos de borracho bajo la ropa y dice que no puede más, que no ve el momento de llegar al apartamento y tomarla y olvidarse de la estúpida fiesta y de aquellas sonrisas tan falsas y podridas y el asedio de las cámaras y ella nota cómo sus pezones se marcan contra la fina tela del vestido y se atreve a reclinarse en el asiento, sintiendo cómo las traviesas caricias de él y el champán se alían para desdoblarla, para crear una nueva Nuria que se desgaja de la Nuria que conduce por la sinuosa carretera, que se siente adormecer entre plumas, vencida por una sensualidad inesperada y placentera, que ni siquiera es capaz de alterarse cuando una sombra huidiza sale de los matorrales y se estrella de repente contra el costado del coche, que ni siquiera puede hacer más que sonreír tontamente cuando Manolo desenvaina la mano de entre sus muslos y trata de enderezar el volante, que ni siquiera intenta moverse cuando el vaivén del vehículo le insinúa que nunca llegaran al apartamento, que aunque esto no estaba en su agenda está ocurriendo, que después de todo aquellas eran las últimas caricias, que ahora, ya ves, la barra de seguridad cruje y arremete rabiosa, hecha pedazos, contra el parabrisas. Entonces, mientras nota sobre el rostro el salpicón afilado del cristal, comprende que de golpe todo a quedado reducido a un segundo, un segundo eterno y exasperante de encogerse sobre sí misma, de sentirse estúpidamente viva, un segundo en el que nada importa, un segundo dislocado del tiempo en el que solo resta esperar y esperar hasta que todo se concrete.
Fuma y mira el mar. Recuerda el dolor de creerse muerta y, sin embargo, no siente más que el de saberse viva. Y se le van las mañanas entre cigarrillos y accidentes, entre lágrimas saladas y hombres que mueren de repente, a su lado, sin contar con ella, sin terminar sus caricias. Si no hubiera insistido en conducir, si aquella tonta fiesta no la hubiese asfixiado tanto, si la luna, oh si la luna no hubiese asomado por entre las copas de los pinos como una invitación a olvidarse de todo, a surcar la fresca noche a su manera, a escapar, a aplazar el segundo siguiente, tan familiar y sabido, a borrarse en la velocidad cómplice y sentir la noche en el pelo, en las mejillas, subiéndole por las piernas…Mira el mar y fuma.
Y nada cambia nunca en el malecón. Sólo el gris, impreciso y tozudo, manchándolo todo, difuminando sus limites hasta convertirlo en un lugar nómada, en una zona de sombras que no forma parte de nada, que es como una conclusión o un principio. El frío le busca los huesos y el viento arrebata casi enseguida la ceniza de sus cigarrillos y la esparce a su alrededor, de manera que a veces piensa que aquel sitio no está hecho de otra cosa más que de sus propias caladas, que no es más que un tejido de humo gris que ella hilvana cada mañana, desde su banco, desde su interior, con paciencia de artesano y dolor de plañidera. A veces el cielo la recompensa con una llovizna inofensiva, una lluvia breve y caliente que se le antoja orina, pero casi siempre se limita a estar allí, removiéndose lánguido y arrugado sobre su cabeza. Al igual que el mar, con sus olas artríticas y su brillo de navaja a las entrañas. Nada ocurre nunca en el malecón; y tal vez por eso venga aquí cada día, porque ya está cansada de que ocurran cosas, porque ya le ha ocurrido todo cuanto debía ocurrirle. Porque ahora sólo se trata de fumar y mirar el mar.
Algunas mañanas, sin embargo, alguien consigue encontrar el camino secreto hasta el malecón y pasa a su lado como una interferencia, como un abanderado exhibicionista de ese mundo en el que siguen ocurriendo cosas, y ella le observa casi con repugnancia, molesta por su intrusión; a veces un ciclista sudoroso que pedalea a toda prisa y lanza miradas furtivas al terrible gris del mar, como comprobando cuántoo queda para el verano, para la luz del sol y de los besos; a veces un anciano renqueante que se detiene un minuto entre los bancos y escruta con ojos gastados las aguas, como comprobando cuánto queda para morir, para la oscuridad y el descanso definitivo; pero es el hombre de la gabardina arrugada y gris quien nunca falta a su cita, es por él por quien cada mañana deja de pensar en automóviles que se despeñan a la luz de la luna mientras le contempla pasear a lo lejos, como perdido, como sonámbulo, como difuminado; tal vez sea eso y no otra cosa lo que la trae cada mañana aquí, al olvido gris del malecón, el saber que hay otro que sufre,que existe un desconocido que fuma y mira el mar y que quizá se pregunte, cuando se para muy tieso al borde de la piedra, que por qué no, que por qué no hoy, que por qué no empezar yo ya que ella no se decide…
Los primeros días ni siquiera reparó en él, de manera que cuando se lo plantea no puede asegurar quién llegó antes, si el desconocido ya estaba allí cuando ella encontró el malecón o si por el contrario apareció después, una vez ella había elegido banco, sin hacerse notar, como si hubiera surgido del humo de sus cigarrillos; pero le gusta pensar que ambos llegaron el mismo día, como si de alguna manera lo hubieran acordado, como si sus respectivas tragedias estuviesen sincronizadas. Ahora, sin embargo, no hay mañana en la que Nuria no estudie sus movimientos con ternura. Le contempla caminar con las manos en los bolsillos, deambulando lentamente de un lado a otro, siempre sin acercársele demasiado, pero rebasando cada día un poco más los límites de sus paseos. Le contempla elegir un banco y encender un cigarrillo. Le contempla fumar ensimismado, con la cabeza ladeada, mientras su mente proyecta los recuerdos de su drama sobre la rugosa pantalla del mar. Le contempla. Hay algo en él. Sí, hay algo en él que…Esa forma descuidada de ajustar la gabardina sobre sus hombros, esa morosidad casi aristocrática de consumir el cigarrillo, ese atusarse distraído el cabello revuelto…Tan alto, tan delgado, tan Manolo.
Al final el gris acaba por vencerla, siente el frío demasiado dentro, rozando casi el frágil caballete de sus huesos, y hasta se le escapa el sentido que cree ver en su espera sin sentido; de manera que siempre hay un regreso, una ducha caliente que dura horas y un tenderse en la cama con cierta vergüenza de niña, unos dedos lánguidos, como acobardados, y un trabajoso desdoblarse a sí misma, un buscar urgente en el roce de su cuerpo húmedo contra las sábanas una sensualidad protectora y no encontrar más que una vaharada leve y distante de deseo con que espantar la soledad. Y volver en sí después, sólo para constatar que la soledad sigue ahí una vez se le apaga la carne. Y arrastrarse hasta la máquina para ver si ahora sí, si ahora que se siente menos muerta es capaz de hilvanar alguna frase y descubrir que no, que nada de lo que lleva dentro es lo suficientemente fuerte como para hacer mella en el papel. Y buscar el cenicero. Y la cajetilla. Y fumar mirando el techo. Y decidir acercarse un banco más al día siguiente.
Y el día siguiente llega después de todo, la recorre apenas y pasa, para dejar sitio al siguiente, aunque sea imposible precisar cuándo, porque no hay límites, porque no quedan ojos que miren relojes y todo se confunde bajo el humo de un cigarrillo, porque el tiempo es algo inútil en el malecón. Y entonces, sin que ninguno dé muestras de sorpresa, sin que ninguno sepa cuándo, sin que ninguno haga otra cosa que fumar y mirar el mar, una mañana se descubren compartiendo el mismo banco. Y en algún momento perdido en esa urdimbre pegajosa de mañanas y melancolía que es lo único que tienen ahora, el desconocido habla sin atreverse a mirarla, sin decir nada en realidad, y Nuria, con la mirada asentada en el mísero mar pero sin dejar de espiar aquellas manos pálidas y afiladas que no cesan de revolotear en busca de cigarrillos, nota en su interior como una lumbre, como una punzada suave y aceitosa al escuchar el sonsonete olvidado de una voz junto a ella. Da una calada y deja que el humo escape de su boca con morosidad, sin prisas, mientras le oye hablar, decir no sé qué sobre el pueblo, sobre lo abandonadas que parecen sus calles, sobre la terrible facilidad con que todo queda excluido en el malecón, y ella aguarda, aguarda porque sabe que no tardará en llegar, porque por fin llega un momento, una mañana, en que el hombre de la gabardina se queda sin palabras inútiles, de esas que no dicen nada, de esas que no pueden compartirse, y solo encuentra en el fondo de su garganta palabras calientes y ásperas, palabras que son como espinas, como brasas, como un veneno dulce que no alcanza a matarlo del todo, y sin mirarla dice que no puede continuar así, fumando y mirando el mar, que ha decidido poner fin a esta borrosa sucesión de días en que está atrapado, que piensa regresar al mundo de las decisiones y las mentiras, que ya no volverá más. Y Nuria asiente también sin mirarle, sabiendo que volverá a encontrarle caminando al borde del malecón a la mañana siguiente, ella que también prometió no volver más.
Pero no es eso lo que ella quiere. Nuria fuma y espera, y es incapaz de precisar cuándo -tal vez una mañana gris y silenciosa- las manos del desconocido dejan de peregrinar nerviosas por los bolsillos de su gabardina y se le crispan sobre las rodillas, para quedar sobre ellas inmóviles, como repudiadas, mientras la hiedra del dolor trepa por fin a su garganta y le oye decir entre gemidos mal disimulados que fue culpa suya, que sus caricias la mataron, que no debió dejarla conducir, que mejor haber muerto allí con ella que seguir aquí y no hacer más que verla morir una y otra vez, siempre despreciado por la muerte, siempre descubriéndose horriblemente vivo cuando el coche zozobra por fin entre los pinos. Nuria asiente levemente, oyéndole sollozar, sin poder apartar los ojos del caprichoso hilo de humo que surge de su cigarrillo y se entrelaza con la hebra blanca del cigarrillo vecino en un abrazo imposible. El desconocido se levanta, se asienta distraído la gabardina sobre sus hombros, se pasa los dedos por las mejillas y musita una despedida con voz ronca, un hasta mañana tal vez. Nuria le contempla cruzar apresuradamente el malecón hasta el paseo y perderse entre las frías calles. Se encoge un poco, como tratando de plegarse sobre si misma, de desaparecer. Mira a su alrededor sin ganas, con la voz quebrada del desconocido flotando sobre ella como si fuese humo, y no puede evitar sentirse de sobra, como traspapelada.
Y sabe que algo no es correcto, que tarde o temprano deberán discutirlo, tratar de arreglarlo por ellos mismos. Decidir, tal vez con una moneda, quién debe marcharse para siempre y quién a de permanecer allí, en el malecón, llorando su muerte. Porque de alguna manera no pueden seguir sin mirarse, sin aceptarlo. Porque no pueden continuar jugando a tú no existes, te vi morir una noche de luna, amor, en el fondo de un barranco, y ahora no hago más que inventarte a mi lado para que todo duela menos, no eres más que un fantasma, no eres otra cosa que humo. ¿Pero quién es el fantasma? O tal vez, piensa, ambos estén en lo cierto, tal vez los dos perecieran aquella noche y esto, este seguir juntos y sin embargo separados, no sea más que lo que hay después, ¿por qué no? O puede que sea todo lo contrario, que esto sólo sea un juego cruel, una idea descabellada pero necesaria surgida al calor de las sábanas y el café; tal vez nunca hubo ningún accidente, tal vez todo esto no sea más que una estrategia perversa, un salvavidas desesperado y urgente, una forma un tanto retorcida de verificar el amor mediante la ausencia, la única que encontraron. Enciende el último cigarrillo que le queda. Se siente demasiado cansada para decidirse por alguna de sus hipótesis, y le basta una breve mirada a su alrededor para comprender que tanto da, que lo único que puede hacer es seguir allí, fumar y mirar el mar, limitarse a ser sombra en el malecón en espera de que alguien -la editorial, sus padres, algún amigo, quizá…- ponga fin a esta repetición gris que ya no puede durar mucho. Pero ni siquiera ella misma confía en que eso pueda ocurrir, en que este dolor terrible y convenido pueda tener un final, ya que se sabe incapaz de probar que tuviera un principio, que una vez hubiera otra cosa que aquel gris helado que la rodea, que antes la vida consistiera en algo más que fumar y mirar el mar.
Reproducido con permiso del autor




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