A la fiesta sólo es posible llegar deslizándose por un largo y curvado tobogán que tiene la forma de la cola de un cometa. Es de metal bruñido, brilla con intensidad bajo la luz de los focos del hall, y refleja las innumerables bolas plateadas que cuelgan del techo para representar las constelaciones del firmamento.

Drachenfest! La Fiesta del Cometa ha empezado, y Albert espera pacientemente su turno al pie de la escalera que conduce a la boca del tobogán. En su mano derecha sujeta la invitación, una cartulina plateada que representa una estrella fugaz; al abrirla, un pequeño fuelle disimulado bajo el papel expele una breve lluvia de purpurina. Es joven, impaciente e inseguro, sus ojos saltan de la cola de personas con disfraces estrafalarios y geniales a su propio atuendo, que comparado con otros que le preceden ya no le parece tan original. Sobre un traje de tweed, se ha limitado a coser un centenar de icosaedros estrellados de cinco centímetros de diámetro cada uno. Están hechos de latón con agujeritos; contienen pequeñas mechas encendidas en su interior, que lanzan destellos fulgurantes cuando se mueve. Es bonito sí, pero sabe que eso no es suficiente.

¡Es vulgar!, piensa con horror, y la palabra se dibuja en su mente como una carcasa de fuegos artificiales que se va apagando poco a poco. “Vulgar”; la palabra más detestable para ser pronunciada dentro de los muros de la escuela de La Bauhaus.

No, comprende, hay palabras peores, mucho peores, que esa. Palabras que manchan tanto que es preciso lavarlas con sangre.

Al fin llega su turno. Una chica disfrazada de Selene abre su invitación (nubecilla de purpurina), se la devuelve y le señala la escalera de metal. Albert trepa por ella, los icosaedros de latón golpean rítmicamente contra los escalones tubulares, y el sonido hace que Selene se gire intrigada. Él le sonríe, feliz de haber llamado su atención. Llega arriba. La boca del tobogán da un poco de miedo; se desliza recta hacia abajo durante unos metros, y luego se dobla hacia la derecha, y se desvanece en la oscuridad.

Un auxiliar le dice que se tumbe boca arriba con los brazos pegados al cuerpo. Lo empuja, y Albert recorre el tobogán en unos segundos. Sus pies aterrizan sobre el mullido césped del campo deportivo situado junto a la escuela.

Camina en medio de la noche iluminada con centenares de farolillos dejados en el suelo, que están rodeados de insectos que zumban y revolotean atraídos inexorablemente hacia la claridad. Cuadrados de verdes parcelas, hileras de robles engarrafados sobre las piedras grises, rastrojos y encinas, y una fuente en la que flotan flores acuáticas. A su espalda quedan las luminosas cristaleras de la fachada Sur del edificio de La Bauhaus de Dessau, una admirable modulación de cubos entrelazados e interrelacionados, con paredes de cristal y hormigón que dibujan asombrosas perspectivas.

Gentes de todas las condiciones sociales deambulan a su alrededor ataviados con atuendos astronómicos y astrológicos. Pero no hay nada ni remotamente parecido a los disfraces diseñados en la propia escuela, que conscientemente evitan ajustarse a la forma humana e intentan ser monstruosos o estrafalarios, pero siempre llenos de colores.

Las conversaciones y las risas de sonido cristalino fluyen como corrientes de sangre que se mezclan y disuelven mientras Albert cruza entre ellos como un solitario glóbulo blanco. Los grillos fragmentan la noche con un ritmo acompasado semejante al entrechocar de las espadas. Una cálida y alegre voz de mujer murmura a su lado:

-Una noche maravillosa, ¿no crees?

Albert se vuelve y tiene que contener una exclamación. La mujer es radiante; su esbelta y refinada figura tiene un aire luminoso. Es intensamente rubia, y el brillo platino de sus cabellos sobresale por encima de los destellos del aderezo de brillantes que representa notas musicales. Viste un corpiño de charol negro, ajustado como una segunda piel, y con un generoso escote que deja ver la bronceada tersura de sus senos. Las líneas plateadas de un pentagrama se enrollan alrededor de su estrecha cintura, salpicadas de corcheas y semicorcheas hechas con lentejuelas, que danzan alrededor de su cuerpo. Complementa su vestuario con un ceñido pantalón corto de cuero negro que le queda al ras de las nalgas, un cinturón cubierto de brillantes, y un pañuelo de muselina azul que flota detrás ella como si estuviera hecho de humo.

Albert se lleva la mano al corazón y finge que está teniendo un ataque.

-Me sorprendiste -dice-… ¿Nos conocemos?…

Y se muerde la lengua apenas ha dicho esto. ¿Qué clase de pregunta es esa cuando tienes delante a una mujer como aquella que intenta entablar una conversación?

-Perdona, quiero decir que… -empieza él a disculparse, pero no se le ocurre nada. Lo cierto es que el rostro de la muchacha le resulta familiar, pero, ¿quién es?

-No habíamos hablado nunca -reconoce ella-, pero siempre te sientas en primera fila en la clase de Natural. Aunque últimamente ya no te veo por allí.

-¡Claro! -exclama Albert, porque al fin se ha iluminado la lucecita en su mente- ¡Eres la modelo! Perdona, no te había reconocido…

Esta vez se detiene antes de decir una inconveniencia, pero es ella la que completa la frase, añadiendo de regalo una mueca pícara a su rostro:

-¿Vestida?

-Sí, eh… quiero decir… Es asombroso, estás increíble con ese disfraz de…

-La Música de las Esferas.

-La “música de las esferas”, claro. -Albert se aparta un mechón de pelo rubio de la frente-. Muy bonito.

-Y eso que llevas tú son…

-Icosaedros estrellados. Siempre me han gustado, porque ya ves que son estrellas tridimensionales… Dentro metí unas mechas encendidas, no sé si te has fijado.

-Sí, muy original. Por cierto, me llamo Helene. No te acordabas, ¿verdad?

-Soy un desastre. Lo siento. En fin, creo que tú ya sabes que yo soy…

-Albert, dime una cosa; ¿por qué dejaste de asistir a la clase de Natural?

Él se queda mirando a la chica y se esfuerza por que sus ojos no desciendan más allá de su cuello, aunque la tentación del corpiño negro reluciente y los pechos rebosando sobre la amplia curva del escote es inmensa. Que extraña le resulta esta excitación que siente ahora cuando la ha visto posando desnuda infinidad de veces. La mente humana es a veces indescifrable, pero el cerebro es siempre el principal órgano sexual.

-Dejó de interesarme el figurativismo -dice-. Todo cuanto existe está amenazado por la destrucción. El mundo ya estaba en ruinas mucho antes de la Gran Guerra, así que la misión del artista es crear un nuevo orden a partir de los escombros… Es necesario imaginar una realidad alternativa, porque esta en la que vivimos agoniza.

Ella lo mira ladeando un poco la cabeza. Sonríe.

-Que pena, me gustaba cuando me dibujabas -entonces, como llevada de un impulso, se coge a su brazo y apoya la mejilla en el hombro de Albert. Las notas musicales de cristal de roca tintinean al entrechocar con los icosaedros de latón-. Quizá logre convencerte de que vuelvas a hacerlo algún día.

-Algún día -asiente él.

Helene se vuelve hacia el centro del jardín y observa el revuelo que se está produciendo entre la gente.

-Oye, parece que Walter Gropius ya va a hablar -dice-; ¿quieres que vayamos a escucharlo juntos?

Él asiente y empiezan a caminar así cogidos hacia el centro del jardín. Una cálida brisa evapora las esencias de las damas de noche y los jazmineros. El cielo está cuajado de puntos luminosos. En un momento, una enorme estrella fugaz cruza la oscuridad sin darles tiempo siquiera a señalar el sitio por donde ha desaparecido. Se cruzan con una pareja de amantes que se escabullen hacia la masa de árboles oscuros. Sus cuerpos se desploman sobre la alfombra de césped, iluminados por la luz anaranjada de los reflectores. La excitación aletea en el vientre de Albert, pero sabe que tiene un compromiso previo que no va a poder eludir. Para él esta es una noche de sangre, no de amor.

En el centro del prado, la multitud está quieta, atenta a la llegada de las personalidades, creciendo en diámetro a medida que van incorporándose nuevos anillos de gente desde el tobogán. Albert y la chica se quedan mirando desde las rocas, oliendo a pasto seco. Poniéndose de puntillas puede ver a Kandinsky, que va disfrazado de antena de radio. Junto a él, Johannes Itten va de engendro amorfo, es imposible describir su apariencia, y basta con apartar la vista un momento para olvidar los complejos detalles que configuran su atuendo. Un poco más lejos, Lyonel Feininger pasea, impresionante con su aparatoso disfraz que consiste en dos enormes triángulos rectángulos chocando, y saluda a Moholy-Nagy, que va de segmento rectilíneo atravesado por una cruz. Al fondo, Muche es un apóstol harapiento y Paul Klee una encina azul partida por la mitad.

El director de la escuela, Walter Gropius, va disfrazado de Le Corbusier. Camina hasta el centro del círculo de personas y hace la tradicional lectura del manifiesto.

-¡El último fin de toda actividad plástica es la arquitectura! -empieza.

Albert escucha en silencio el manifiesto, absorbiendo cada palabra, que no por conocidas le parecen menos impresionantes. El manifiesto de La Bauhaus es un grito para la unidad, la colaboración, la integridad y la reintegración de los artistas y los artesanos. Afirma que el Estado de la Armonía se ha perdido por la división del trabajo causada por la producción en masa y la guerra mundial, hechos que el discurso de Gropius conecta con la mecanización imperante que anula al individuo. Culpa también a las barreras que ha levantado la intelectualidad entre las Bellas Artes y las Artes Aplicadas.

-¡Formemos pues un nuevo gremio de artesanos sin las pretensiones clasistas que pretendan erigir una arrogante barrera entre artesanos y artistas! -exclama-. Deseemos, proyectemos, creemos todos juntos la nueva estructura del futuro, en que todo constituirá un solo conjunto, arquitectura, plástica, pintura y que un día se elevará hacia el cielo de las manos de millones de artífices como símbolo cristalino de una nueva fe.

Estás últimas palabras son respondidas con una cerrada ovación, a la que Albert y Helene también se suman con entusiasmo. Pero después la expresión del muchacho se vuelve taciturna, como si una nube hubiera eclipsado su rostro. Mira la hora en su reloj de bolsillo y comprueba que ha llegado el momento que tanto ha temido.

-Me tengo que ir -le dice a Helene con pesar.

-¿Ya? Pero si aun es muy pronto. La fiesta no ha hecho más que empezar…

-Ya lo sé, pero tengo que atender cierto asunto… Lo siento, pero no puedo decirte más. Si me da tiempo, regresaré, espero volver a encontrarte.

Ella extiende la mano y le toca el brazo que sujeta el reloj.

-Quédate conmigo… toda la noche -le dice con una voz llena de promesas.

Pero Albert tiene sinuosos glóbulos sangrientos flotando frente a sus ojos, recordándole cual es su misión esa noche. Se los frota con los dedos y musita:

-Lo siento, Helene. Pero es mi honor lo que está en juego. Y tú no puedes acompañarme adonde tengo que ir ahora.

Se aleja de ella dando grandes pasos en dirección a la calle que lleva hacia el centro de Dessau. No mira atrás. Y entonces alguien le sale al paso. Albert reconoce a su profesor, Georg Muche, con su disfraz de apóstol desaseado.

-Espera, lo que vas a hacer es una locura -le dice, acercándose mucho a él.

Albert se aparta un poco. Desde que Muche ingresara en la secta mazdeísta, no se lava mucho. Lleva la cabeza afeitada, viste túnicas largas, y sigue una estricta dieta vegetariana con grandes cantidades de ajo purificador que ahora exhala con su aliento.

-Lo siento, profesor, pero esto no es asunto suyo.

-Por supuesto que lo es. ¿Te crees que no conozco cual es el origen de todo esto?  Te vi cuando les hacías frente a aquellos muchachos de Berlín-Charlottenburg. Y lo hiciste para defenderme a mí, ¿no es así?

Muche había ido a Berlín a dar una clase magistral en la en la Escuela Técnica Superior de Berlin-Charlottenburg. Allí fue abucheado por varios alumnos de arquitectura que lo llamaron “perro judío” y luego le arrojaron huevos podridos.

-No lo hago por usted, profesor Muche, sino por el honor de La Bauhaus. También dijeron que la escuela era un “nido de comunistas”…

-¿Y qué? ¿Qué importancia tiene eso? ¿De verdad crees que vas a demostrar algo enfrentándote ahora con esos gamberros?  No te pongas a su altura. Recuerda que la violencia nunca soluciona nada.

Albert se sintió pinchado por aquella afirmación y entonces fue él quien se acercó a Muche. El intenso olor a ajo le llegaba en oleadas con su aliento.

-Eso es un sofisma, profesor.

-¿De verdad lo crees? ¿Cual fue el beneficio de la Gran Guerra? No sólo para nosotros, los alemanes que fuimos derrotados, sino para los ingleses y los franceses, dime, ¿qué sacaron ellos en claro de tantos millones de muertos y una Europa en ruinas?

-¿Y cual cree que debe ser la respuesta ante la violencia? ¿Cruzarse de brazos? ¿Y si en vez de insultos y huevos podridos aparecen esta noche con palos, cuchillos y armas de fuego?…

Albert lo ha dicho como una posibilidad, para no provocar el pánico en la Fiesta del Cometa, pero lo cierto es que los estudiantes de Berlin-Charlottenburg le han prometido que harán exactamente eso si esta noche no acude él a la cita.

-¿Qué debemos hacer entonces? -sigue diciendo-. ¿Correr? ¿Escondernos? Al final a todos los que corren se les acaban los sitios dónde esconderse.

-Llamar a la policía.

-¿La policía? -Albert suelta una risita-. La policía no vendrá. La mayoría están afiliados al NSDAP, y no vendrán a defender un “nido de comunistas”.

-Esto es sólo una chiquillería -insiste Muche.

-Yo no lo creo así. Verá, profesor, ahora soy un estudiante de La Bauhaus, es verdad, pero también pertenezco a una familia tradicional de Westerwald en la que se da una gran importancia a la defensa del honor agraviado. Y lo siento mucho, pero no puedo olvidar todo lo que he aprendido desde niño.

Albert se da la vuelta y empieza a alejarse por la calle de Dessau. Muche se queda plantado allí donde está, y cuando el muchacho se ha alejado unos pasos le grita:

-De acuerdo, Albert, pero no digas que vas por mí o por la escuela. Es la misma semilla de violencia que está en esos chicos la que ahora te empuja a ti.

Albert no le hace ningún caso y sigue caminando. Mientras avanza por una húmeda calle empedrada, que discurre paralela al río Mulde, se va arrancando uno a uno los icosaedros de latón y los va dejando caer sobre los adoquines. Detrás de él brilla una estela de puntos luminosos. Los bloques de viviendas son tan impersonales como los de cualquier ciudad del mundo. El perfume de las damas de noche se mezcla con el monóxido de carbono de algunos automóviles que atraviesan las enjutas calles de Dessau.

Llega al barrio Wallenstein, dónde se concentra la vida nocturna de la ciudad. Ahora nada entre en la corriente humana que circula entre los bares abiertos. Las aceras están cortadas por largas mesas de madera repletas de clientes felices que hacen entrechocar sus jarras de cerveza. Los puestos despiden un olor apetitoso a carne hervida aromatizada con mostaza y rábano picante. Escrito con tiza en una tabla frente a la puerta de uno de estos locales, se puede leer el precio de una cena completa: sólo un millón ochocientos mil marcos. Es muy barato, así que no es raro que las mesas estén llenas.

Unos muchachos interpretan una canción popular en el centro de la plaza, sus voces varoniles resuenan contra las paredes de los edificios circundantes. Llevan atuendos tradicionales, y en sus brazos lucen unos llamativos brazaletes rojos en cuyo centro hay un círculo blanco con una espiral negra. Son miembros del NSDAP, claro, y Albert se maravilla de cómo un antiguo partido obrero se ha transformado en algo completamente nuevo al incorporar el nacionalismo a su ideología.

La canción es hermosa y habla de cosas que tocan el corazón de la gente que pasa; del amor a la tierra, de las profundas raíces de los hombres que pertenecen a aquella nación, de los campesinos y las mujeres, de los niños que son la esperanza del futuro. Ve lágrimas en los ojos de un hombre que está plantado escuchando atentamente. Cuando los muchachos concluyen su canción, arranca a aplaudir con fervor, igual que otros muchos que han acudido a la plaza atraídos por sus voces.

El nacionalismo es una fuerza poderosa, piensa Albert, admirado y también un poco emocionado por la espontánea reacción de la gente. Tanto o más que la religión, pues esta puede ser inculcada u olvidada; pero la propia nación y sus tradiciones, la raza, lo que hace de un hombre alemán diferente de cualquier otro hombre de la Tierra, ese es un sentimiento puro e inalterable, que permanece en el corazón humano desde la cuna hasta la muerte, y no hay fuerza humana capaz de arrancarlo. Incluso si una nación ha sido aplastada, dominada por otras naciones, destrozada por la más cruel de las guerras, o injustamente humillada por los vencedores como sucedió con Alemania, incluso entonces, el nacionalismo es un sentimiento que trasciende y le da al oprimido, al sometido, al mediocre, una excusa para el orgullo frente al Otro.

En La Bauhaus se enseña que la religión y el nacionalismo son sentimientos irracionales, que provienen de la infancia de la humanidad, del miedo y el oscurantismo de los hombres asustados ante un Universo que no comprenden. Albert no lo cree así.

El nacionalismo es mucho más fuerte que la religión, piensa. Mucho más.

Llega frente a una casa de dos plantas. En la de abajo hay una cantina abarrotada de humo y muchachos que beben, fuman y cantan ajenos a cualquier preocupación. Por sus uniformes y sus gorritas se puede ver que la mayoría son estudiantes de la Escuela Técnica Superior. En el piso de arriba las ventanas relucen iluminadas por la luz amarillenta de las velas. Las negras y retorcidas siluetas de unas extrañas criaturas, danzan macabramente junto a los cristales. Con un estremecimiento, Albert las observa con atención. Parecen pájaros surgidos de una pesadilla goyesca; puede ver sus picos cortos y puntiagudos, sus ojos bulbosos, y sus cuellos anormalmente gruesos.

Retrocede un paso y, por un instante, se plantea la posibilidad de alejarse de allí, regresar a la Fiesta de los Cometas, y olvidarlo todo. Nadie en La Bauhaus va a enterarse nunca de nada; y esos son sus compañeros, los que tienen que importarle de verdad, y no las criaturas de perfil demoníaco que ahora danzan en el piso superior.

No digas que vas por mí o por la escuela, le había dicho Muche. Y ahora es tentador volver con los cometas en vez de meterse de cabeza en aquel nido de aves de rapiña. Retrocede otro paso y siente la presencia de una persona a su espalda. Se vuelve. Es un hombre no muy alto, con un traje pasado de moda y unos impresionantes bigotes de puntas enrolladas. Mira asombrado las siluetas que se reflejan en las ventanas, y dice:

-¿Mensur?

Su voz es femenina y perfectamente reconocible para Albert.

-Helene, ¿qué haces así vestida?

Ella sonríe y retuerce la punta de su bigote postizo.

-Soy Karl Schwarzschild. Le cambié el disfraz a László Moholy.

-¿László Moholy? ¿Él está ahora vestido con lo que tú llevabas? -se asombró.

-Sí, y está encantado. Dime, eso de ahí arriba, ¿es Mensur?

-Sí, es Mensur -dice Albert de mala gana, mientras rebusca entre los cubos de basura, en un hueco pegado a la pared del edificio. Levanta una bolsa de cuero negro sujetándola por las correas que la cierran. La escondió allí la noche anterior-. Deberías regresar a la escuela; ahí arriba no se admiten mujeres.

-¿Te parezco una mujer ahora? -dice ella extendiendo los brazos y girando sobre sí misma con una gracia inequívocamente femenina.

-Sí. Y no quiero que conviertas esto en una payasada.

-Venga, ahí arriba parece que está bastante oscuro y lleno de humo de tabaco. Seguro que nadie se fija en mí. Y necesitas un padrino. ¿Tienes un padrino?

-No -admite-. Pero seguro que alguno de los muchachos se ofrecerá.

-¿Quieres que un estudiante de Berlin-Charlottenburg sea tu padrino?

Albert se ha cansado de discutir. Entra en la taberna con la bolsa de cuero bajo el brazo y el bigotudo Karl Schwarzschild lo sigue de cerca. Entre los dos tienen que apartar a los borrachos, que insisten en invitarlos a un trago, para poder llegar a las escaleras que están situadas al fondo, junto a la barra repleta de vasos y encharcada de licor.

El piso superior está lleno de humo, como Helene había predicho, y Albert siente que lo invade la ansiedad. Por un instante se le desenfoca la visión, pero poco a poco sus ojos se van acostumbrando a la luz incierta y rojiza de las velas, y aparece una gran habitación en la semipenumbra, las paredes decoradas con papel pintado. En el suelo no hay ninguna alfombra y se ven las desparejas tablas de madera. Es un espacio diáfano, con sólo unas vigas cuadradas interceptando la visión. Las velas están prendidas en una especie de candelabros sujetos a cada lado de estas columnas.

En las paredes se proyectaban las sombras, extravagantemente nubladas y distorsionadas, de dos muchachos que practicaban la esgrima. Por sus movimientos es evidente que no están luchando y que se trata sólo de un calentamiento.

En el extremo opuesto a la puerta, junto a una ventana cerrada, se extiende una hilera de mesas llenas de envoltorios vacíos y las botellas de cerveza desechadas; en ellas, en sillas de respaldo bajo, hay unos veinte estudiantes que conversan animadamente. Al verlos aparecer en el umbral, sus voces se desvanecen gradualmente y los observaron solemnes. Los dos esgrimistas también interrumpen su combate simulado.

Los monstruos que creyó ver desde la calle han desaparecido, pero Albert tiene la sensación de que lo han hecho sólo un instante antes de que él y Helene asomasen por la puerta, trasmutando su aspecto en el de aquellos estudiantes que ahora los miran con insolencia. Piensa que si aparta la vista sólo un momento de ellos, volverán a recuperar su verdadera naturaleza monstruosa para atacarlo.

Pero se sobrepone a esos temores absurdos y entra con paso decidido en la habitación. Luego pasa Helene, que cierra la puerta detrás de ella.

-Me alegro de verles, caballeros -dice Albert.

Uno de los esgrimistas se vuelve hacia ellos. Lleva una extraña máscara de latón que parece unas gafas de bucear con el pico de un pájaro soldado a ellas. Se la quita.

-¡El dummer junge! -exclama-. Empezaba a pensar que no ibas a venir.

-Ya ves que estabas equivocado.

-Sí, eso parece -sonríe. Es un muchacho de unos veinte años, bastante guapo a pesar de las enormes y pálidas cicatrices que cruzan su rostro.

Albert cruza la habitación, mirando con cautela el enorme sable que el muchacho de las cicatrices sujeta en su mano. Helene va un paso detrás de él. Llega a la mesa donde están los sentados los estudiantes, y aparta de un manotazo algunas botellas vacías, para dejar un espacio libre en el que apoyar la bolsa de cuero.

Uno de los muchachos saca una libretita bastante deteriorada, pasa varias páginas repletas de nombres hasta encontrar una vacía. Toma su pluma y pregunta:

-¿Cómo se llama tu padrino?

-Eeeh… Karl.

-De acuerdo, con eso basta -dice el estudiante haciendo una anotación.

Otro que parece bastante bebido suelta una risotada y dice:

-¿Los dos sois de La Bauhaus? ¿Les habéis dicho a vuestros profesores judíos adónde ibais? ¿Qué pensarán esta noche cuando vayan a arroparos y no os encuentren?

Albert lo ignora y suelta las correas de la bolsa. En primer lugar saca unas gafas de Mensur parecidas a las que lleva su rival. Son de latón pintado de negro y parecen unas gafas de buceo que en vez de cristales lleva una malla metálica; la protección de la nariz es un largo y afilado pico que se dobla hacia abajo como un gancho.

Las deja a un lado y saca la pieza más pesada del equipo, el paukhosen. Son unos gruesos pantalones de piel que continúan con un peto que cubre el vientre y las costillas, como una coraza medieval. El conjunto se ata a la espalda mediante correas. Albert se quita la chaqueta de Tweed y el chaleco, se arremanga las mangas de la camisa, y le pide a Helene que le ayude a ponérselo. Luego se enrolla alrededor del cuello una bufanda hecha con malla metálica y cuero, que le llegaba hasta la barbilla y que también se sujeta por detrás con correas. Mete la mano derecha en un guante de piel que sujeta con una cinta de seda al codo, y sobre él se pone el stulp, una funda de tejido acolchado. El brazo izquierdo está sin protección porque irá atado a la espalda durante el combate. Entonces se coloca las gafas de protección y Helene se queda mirándolo.

-Tienes un aspecto verdaderamente insólito -le dice-; podrías haber ido así a la Fiesta del Cometa y no hubieras desentonado.

-No creo que en La Bauhaus fuera bien visto este tipo de atuendo.

-Llevas el cuerpo muy protegido, pero casi todo el rostro al aire…

-Esa es la idea. Fíjate en mi rival; su nombre es Ernst Schlüter.

-Tiene la cara llena de cicatrices.

-Así es. Su familia tenía plantaciones en África antes del Armisticio, y dice que los negros no respetaban a sus amos blancos si no llevaban cicatrices en el rostro. Ernst ha combatido ya cincuenta veces; esas heridas que luce son tan codiciadas que, cuando estaban cicatrizando, se las abría de vez en cuando para verter vino tinto en ellas y que así le quedaran lo más aparatosas posible. Porque muchos piensan que el Mensur imprime carácter al joven alemán, y las cicatrices para un estudiante son algo tan deseado como las joyas para una mujer. También dicen que os resultan atractivas.

-No sé yo… -dice Helene mirando dubitativa el parcheado rostro de Ernst, que también se ha equipado ya con el atuendo completo de Mensur-. ¿Cuántas veces has combatido tú?

-Esta va a ser la primera -admite-. Mi deporte siempre fue el remo. Pero no te preocupes, mis dos hermanos eran devotos del Mensur, y practiqué de niño con ellos.

-¡De niño! -exclama Helene.

El árbitro se dirige entonces al centro de la sala y hace una señal llamando a los dos contendientes. Albert completa el último detalle de su atuendo, coloca el brazo izquierdo a la espalda y deja que Helene se lo ate firmemente a las correas que sujetan el peto. Después camina hacia el lugar del duelo. La adrenalina le inunda el pecho y las tripas como un calor sofocante, y se expande por sus venas hasta el último rincón de su cuerpo. Siente en los oídos el zumbido de la sangre y el lejano eco de su corazón acelerado. Pero no tiene miedo. Sólo desea que todo empiece y termine de una puta vez.

Albert se planta frente a Ernst. Los padrinos les entregan a cada uno de ellos una espada Stossdegen, con una enorme cazoleta con forma de cesta muy elaborada y una hoja de sección triangular de unos noventa centímetros de largo. Es mucho más pesada que las comunes espadas de esgrima con las que Albert solía entrenarse.

Los dos se sitúan a la distancia del acero, de pecho a pecho, y el árbitro dibuja con una tiza un círculo en el suelo entorno a ellos. Luego dice con solemnidad:

-El que sobrepase tres veces esta línea en su retirada, será considerado derrotado con vergüenza e injuria. ¡Que empiece el combate!

Se retira y Albert y Ernst empiezan a girar el uno alrededor del otro, como dos grandes escorpiones encerrados en un círculo de fuego. Los brazos estirados a la altura del hombro, las piernas apenas flexionadas, los aguijones de acero apuntan hacia el adversario y siguen con precisión cada uno de sus movimientos.

De repente, Ernst acomete con osadía. Se lanza a fondo con una estocada en segunda, y cierra la distancia con un paso largo con el que le gana a Albert un buen trecho de su hierro. Este para el golpe, levantando la mano y bajando el cuerpo, y contesta a su vez con una estocada en sesgo. Pero Ernst se desplaza hacia el lado contrario, con un elegante movimiento de piernas, y vuelve a colocar la punta de su Stossdegen frente al rostro de su oponente; que retrocede, pero no tanto como para salirse del círculo de tiza.

Hay belleza en esto, piensa Albert, entusiasmado por haber salido con bien del primer intercambio de golpes, con los sentidos acelerados por la adrenalina.

Siguen girando el uno alrededor del otro. Los cuerpos y las agujas de acero que sujetan al extremo de sus brazos libres dibujan ángulos y secantes que se inscriben en círculos dentro de círculos. La espada es una línea que consta de un número infinito de puntos, que al desplazarse deja un rastro formado por un número infinito de líneas, y que atraviesa el espacio finito en un tiempo infinitamente divisible, pero no infinito, porque la infinitud está encerrada dentro de los sólidos confines de un círculo de tiza.

Las puntas de las espadas siempre están zumbando cerca de uno y otro rostro. A veces rasgan la piel y salta la sangre, pero son heridas superficiales y el combate no se detiene por ellas. De repente, Ernst se lanza a un fondo extremo. Es una maniobra temeraria que puede tener mucho alcance y fuerza, pero en la que, a la vez, es difícil mantener el control. Y allí encuentra Albert su oportunidad. Y la aprovecha.

Con grácil compás abandona la línea de su enemigo y con el propio desplazamiento, impulsando el brazo con la fuerza del movimiento de todo su cuerpo, lo alcanza de pleno el rostro, y le abre un profundo tajo sangriento en el pómulo izquierdo.

El combate se detiene. El árbitro se acerca para inspeccionar la herida.

Es difícil describir cómo se siente Albert, allí plantado, respirando pesadamente, con la espada manchada con la sangre de su enemigo bien sujeta en la mano. Mira alrededor. Los estudiantes de Berlin-Charlottenburg se han puesto en pie y en sus ojos hay un nuevo respeto. Ya no es el dummer junge, el joven estúpido que entró un momento antes en la sala. Helene también lo mira de un modo que a él le parece distinto.

Y le gusta.

Albert siempre ha sido un joven introvertido y nunca ha sido demasiado feliz. Sólo una vez sintió algo parecido a lo que siente ahora; fue durante unas vacaciones con su familia en los Alpes austriacos, le gustaba alejarse para trepar él solo a una cumbre. Su padre se lo había prohibido terminantemente, porque era peligroso, pero Albert pensaba que el paisaje valía la pena. Cuando las condiciones climáticas eran buenas, y la niebla se despejaba, podía asomarse al abismo y divisar a una distancia enorme. Veía el valle lleno de casitas diminutas como granos de sal, y pensaba en la gente que vivían sus vidas en el interior de aquellas minúsculas partículas. Vidas vacías y sin sentido, que él podía abarcar de un vistazo, como haría Zeus desde lo alto del monte Olimpo.

Ernst Schlüter aparta de un manotazo a su padrino y al árbitro. Un joven estudiante de medicina también ha acudido para inspeccionar la herida en su pómulo y lo empuja también.

-¡Voy a seguir! -grita-. ¡El combate sigue!

-Tienes un corte de “dos pieles” -le dice el árbitro-. Hay que parar.

-¡No! -exclama fuera de sí, y se vuelve hacia Albert-. Venga, ¡en guardia!

Albert regresa al interior del círculo de tiza, y el Mensur se reanuda. El pómulo de Ernst sangra abundantemente, pero esto no parece importarle en absoluto al estudiante de Berlin-Charlottenburg. Vuelve a tomar la iniciativa y se lanza a un nuevo y salvaje ataque. Albert se defiende como puede, sorprendido por la repentina energía de su enemigo, al que creía derrotado. Se produce un rápido intercambio de golpes de acero que resuenan como un repiqueteo. Tac, tac, tac… A derecha e izquierda. Fulgurantes.

Ernst se cierra en estocadas estrechas, rápidas, que obligan a Albert a repararse con cuidado hasta casi tocar con sus talones el límite de tiza. A pesar de todo, intenta mantener el ángulo recto, moviendo el brazo según las evoluciones de la espada de su adversario, subiendo, bajando y flexionándose cuando es necesario para cubrirse de las estocadas que le lanza sin descanso, con los sentidos aguzados para responder a su ataque y encontrar el hueco deseado para hacer el movimiento de conclusión. Astutamente, Ernst le ofrece falsas oportunidades de penetrar su guardia, todas encierran una trampa en la que Albert no cae. La sangre del pómulo salpica gotitas en todas direcciones, mientras Ernst se mueve frenético. Los dientes apretados. Los ojos llenos de odio.

Albert, abstraído por completo de todas las demás cosas que lo rodean, observa la geometría cambiante que es el cuerpo de su adversario; las combinaciones de brazo, espada y piernas, trazan nuevos ángulos a cada instante, que dibujan en su mente una maraña de líneas luminosas, que se cruzan, inscriben, e intersecaban. Si quiere salir victorioso, debe encontrar un camino a través de toda aquella maleza de posibilidades.

De repente ve una posibilidad que le parece sincera, y le lanza una estramazón directa entre los ojos y el nacimiento del pelo. Un ataque casi imparable que, sin embargo, Ernst detiene en tercera alta, levantando la espada y bajando el cuerpo. A continuación responde, cerrando distancia con un paso grande, y asestando una profunda estocada en segunda. Albert la desvía con la cazoleta, al tiempo que finta para ponerse fuera de su alcance. Pero es una treta. Ernst lo está esperando justamente allí, y contesta tirando a fondo una estocada en cuarta que sitúa la aguzada punta de su Stossdegen en la barbilla de Albert. El acero penetra la carne y tropieza con el hueso, y el movimiento continúa rasgando piel y músculo, araña el tejido óseo y dibuja un profundo surco a lo largo de la mandíbula, hasta casi tocar la oreja izquierda.

Albert siente un estallido de dolor tan intenso que las rodillas se le doblan y cae al suelo. Caballerosamente, Ernst retrocede un paso. Helene llega junto a él antes que el árbitro, y le sujeta la cabeza para que esta no golpee contra las tablas del suelo. La mira con los ojos enturbiados por la conmoción, y se fija en que el bigote postizo está medio desprendido. El dolor le impide pensar con claridad, pero extiende la mano y presiona el labio de la chica para volver a fijar su disfraz.

-Es una herida grave -oye decir al árbitro-. Voy a detener el combate.

-Sí, sí, pare esto de una vez -dice Helene.

Con un esfuerzo sobrehumano, Albert intenta ponerse en pie. Se sujeta al brazo de la chica disfrazada para enderezar las rodillas. Está mareado y tiene ganas de vomitar, pero se sobrepone a todo y logra decir:

-No, no ha acabado. Quiero seguir…

Le cuesta mantener los ojos abiertos. El dolor es como una sucesión de deslumbrantes estallidos de luz frente a sus ojos. Parpadea, aspira hondo, y se vuelve hacia un lado para vomitar sobre las tablas del suelo empapadas de sangre.

-No -dice alguien con firmeza-. Es suficiente.

Albert se vuelve hacia el que ha hablado. Ernst Schlüter sujeta un pañuelo empapado de rojo contra su pómulo, y añade:

-Has demostrado tu valor sobradamente y has combatido con honor. Reconozco mi falta de razón al insultarte. Retiro todo lo que dije sobre tu escuela y tus profesores, y te saludo como saluda un caballero alemán a otro.

Ernst coloca la espada vertical frente a su rostro, inclina la cabeza respetuosamente, y da un seco taconazo. Luego sale del círculo de tiza y se deja caer en una silla para que le cosan la herida del pómulo.

Otro estudiante de medicina se acerca a Albert y estudia el profundo corte en su mandíbula. Le aplica una gasa empapada de antiséptico y dice:

-La herida ha afectado al hueso, es mejor que vayas al hospital para que te curen. Pregunta por Schweitzer, es compañero mío y está de guardia esta noche. Te atenderá sin hacer demasiadas preguntas. ¿Quieres que te acompañe alguno de nosotros?

-No -dice Helene-, yo lo llevaré al hospital.

El estudiante de medicina fija la vista durante un momento en el incongruente bigote postizo de la mujer. Su mirada está cargada de sospecha, pero se encoge de hombros y se vuelve hacia el herido. Saca una libretita y le pregunta:

-¿Cual es tu nombre completo?

-Albert… -dice él con un hilillo de voz-. Albert Speer.

Lo anota y firma debajo. Después lo arranca y se lo entrega a Helene.

-Recuerda -le dice-, pregunta por Schweitzer nada más llegar.

-Así lo haré -dice ella tras guardar la nota.

Los dos bajan las escaleras y salen a la calle. Albert va apoyado en el hombro de Helene. La noche se ha estropeado; unos densos nubarrones han ocultado las estrellas y una lluvia turbia y polvorienta ha vuelto resbaladizos los adoquines de la calle Wallenstein. Tienen que caminar con cuidad en dirección al hospital.

-Me pregunto lo que dirán en la escuela de tu herida -murmura Helene.

A Albert Speer eso ya no le importa en absoluto. Pero no dice nada. A pesar del dolor, o quizá gracias a él y las endorfinas que ha liberado en su torrente sanguíneo, contempla el camino ante él con una asombrosa claridad.

Recuerda las palabras de su padre cuando le dijo en una ocasión que la vida de los hombres casi siempre discurren por un trayecto prefijado desde el nacimiento, como las vías de un tren. No hay posibilidad de variar la dirección. Nada más desolador que vivir esa existencia mezquina, mientras las penas te envejecen y te conviertes en títere de la rutina, sin encontrar más consuelo para el tedio que la esperanza final en Dios.

Pero, a veces, muy raramente, pero sucede en ocasiones, te encuentras con un cambio de agujas. Un momento decisivo en tu vida en el que puedes hacer que todo cambie.

Y Albert siente que está en uno de eso momentos.

© Juan Miguel Aguilera
Reproducido con permiso del autor