La lluvia mojaba la arena aquella última tarde de verano. El día se sonrojaba sobre el horizonte. El viento peinaba las descuidadas melenas de las escasas palmeras del paseo. A lo lejos, el mar golpeaba con fuerza el muelle abandonado. El viejo, de pie en la playa, contemplaba la guitarra tirada en la arena. El temporal hacía ondear los faldones de su impermeable negro; el gorro marinero, encasquetado hasta las cejas, amenazaba con volar de un momento a otro.

* * *

La lluvia mojaba la arena aquella última noche de verano. El barco de la luna y las nubes se perseguían entre los charcos del cielo. Las palmeras se desvanecían, dejando sus siluetas clavadas en la oscuridad. Mucho más allá del muelle, siguiendo la línea de la costa, brillaba el ojo indeciso del faro. El viejo, de pie todavía, contemplaba aún la guitarra rota. El viento había conseguido arrancarle el sombrero que había acabado volando más allá de su vista.

* * *

Los minutos pasaban lentos, pegajosos, entonando el preludio de la tormenta que se gestaba en el vientre de las nubes. La arena se humedecía cada vez más y, agitada por la urgencia de encontrar cobijo ante la tempestad que se avecinaba, se enterraba en sí misma. De la guitarra apenas se veía ya el mástil quebrado y cinco cuerdas rotas que se rizaban hacia arriba; la superviviente daba una nota triste cada vez que el viento la hacía vibrar.

Al viejo la melancolía y la tristeza le partían el alma. Era como la guitarra, aferrándose a una sola nota, a una sola cuerda que no tardaría en romperse. Detrás rugía la mar y a cada embate le llamaba con más fuerza.

* * *

Una lluvia fina y leve mojaba la arena antes de la tormenta. El viejo marinero había buscado refugio en un cine abandonado que apenas resistía erguido en el centro de la playa: sólo le quedaba una de las paredes en pie, las otras hacía largo tiempo que se las había tragado el mar. Las letras de neón habían olvidado lo que era brillar.

La noche se rasgó con el suave escozor de las primeras lágrimas, las estrellas se tornaron lejanas y borrosas para luego olvidarse de brillar y languidecer colgadas en un inmenso acuario cuajado de nubes negras.

La tormenta estalló violenta y salvaje, como un exabrupto terrible, frenético. Los relámpagos saltaron del cielo al mar deslizándose por las bifurcaciones ardientes de su aliento eléctrico.

El viento llegó hasta él cargado del aroma del mar, del olor de la sal y la tormenta, del dolor que no augura tiempos mejores porque ya no queda tiempo. Suspirando se acomodó en las escaleras y comenzó a mecerse, sin importarle el crujido de las maderas ni el tétrico ulular del viento entre los desvencijados tablones. Anclado en el pasado contemplaba al futuro desvanecerse en la niebla, sin despedirse siquiera.

Las estrellas volvieron a su antigua gloria cuando corrió el velo de lágrimas con su ajada mano. Hilos de plata tejidos en el manto de seda negra de la noche, destellos en la pupila de un Dios ciego, sordo a las plegarias, a los ruegos, a los rezos del viejo…

Sin señal, sin respuesta, siguió atrapado en el rechinar de las tablas del viejo cine, llorando, contando estrellas y relámpagos, suspirando.

Esperando…

En sus últimos días siempre se sentaba allí, cabizbajo, envuelto en su impermeable negro.

¿Qué hace?

Recuerda.

Recuerda. La lucha del hombre contra el titán azul; la vela mayor, llena de viento, empujándole hacia un horizonte que siempre se escapa; la línea de la costa estrechándose hasta desaparecer; el mar, con sus cientos de húmedos dedos, meciendo la barca de madera como un niño juguetón.

La quietud, la marea, el salitre, el orgullo de volver a tierra con las manos llenas, la vida, la muerte…

Hasta que la fuerza le abandonó, como la música abandona el esqueleto de una guitarra rota; hasta que su vista se perdió en la estrecha franja de la costa, hasta que no pudo jugar más al juego de las olas.

Tantos años encerrado en tierra… pero no, aunque esa pena pesaba en su pecho no era eso lo que le devoraba el alma, no era eso lo que había convertido en cenizas su ansia de vivir.

Una mano tendida que no quiso tomar era la culpable de su desgracia.

* * *

La lluvia mojaba la arena con su incansable caer, el sentido de las cosas y el sentido de la realidad se iban diluyendo como las formas de la playa.

Una vida dedicado al mar ¿qué hubiera pasado si se la hubiera dedicado a sí mismo? Pero el mar, el mar… La pena le inflamaba el corazón. Lo que pudo haber sido y no fue. Los recuerdos que más duelen son los que nunca han sucedido. ¿Cuántos sueños muertos al amanecer? ¿Cuántas ilusiones ardiendo? ¿Cuántos deseos en el barro?

Volver al pasado, borrar los errores y comenzar de nuevo. Tan imposible como detener el sol con una mirada.

Llovía y era verano y el cine era nuevo y las luces de neón se reflejaban en el mar agujereado por la lluvia, por una lluvia ardiente, que quemaba por dentro y por fuera.

Llegó por la playa, mirando al mar. Ella estaba de pie en las escaleras, cobijándose del aguacero. A sus pies una maleta.

Se detuvo, miró al mar, suspiró y se acercó a ella; la maleta quedó entre los dos, separándolos. Hablaron poco. Todo estaba dicho.

La elección, ¿verdad?, el bochorno de la tormenta volteaba las gotas calientes.

Verdad… lo siento, sabes que no puedo quedarme aquí, el pueblo se me ha quedado pequeño, si me he quedado estos años ha sido por ti, no quiero hacerte elegir…

¡Sí! ¡Claro que quiero! Vente conmigo, por favor…

La lluvia le mojaba la espalda y encontraba caminos por donde inundar su alma.

Te quiero.

Sal en los labios, la noche, tapada por las nubes, dejó asomar una estrella, una lágrima de luz que se fundió con la oscuridad.

¡Ven conmigo! ¡Deja esto!

El viento y su remolino de basura pasaron rozando sus pies, la mar susurraba promesas que nunca cumpliría. Su barca estaría amarrada al puerto, bamboleándose nerviosa, asustada por la tormenta.

Si fuera tan fácil lo dejaría, pero…

Un relámpago cruzó el cielo.

El mar, el mar ¡siempre el mar! Ha llegado el momento de que elijas: el mar o yo…

Nunca te haré elegir decía la mar, nunca te ataré decía la mar, serás feliz conmigo decía la mar… la duda… el mar estrellado, sus ojos, la curva de su cabello al caer sobre sus hombros, las olas…

* * *

Y tomó su elección. Le dio la espalda y caminó intentando no oír su llanto, intentando no oír a su propio corazón arrojado en la playa, intentando olvidarla a cada paso. Y sesenta años no la habían borrado de su recuerdo. Si… si pudiera volver atrás, cambiar su vida en el instante en que se le escapó de las manos… ¿Qué fue de ella? Quién sabe…, se marchó persiguiendo un sueño y él se quedó en la playa, eternamente despierto, eternamente varado en su soñar sin sueños. Navegando primero, vagando después y siempre atrapado en el recuerdo de su mirada.

Si pudiera volver atrás… deshacer el camino andado y mirar de nuevo en esos ojos y al final no decir el mar sino su nombre…

* * *

La lluvia mojaba la playa aquella última noche del anciano, cabizbajo, sentado en un cine polvoriento vio a la Muerte haciéndole señas desde la playa… ¿Había salido del mar como esperaba? La capa negra brillaba como si estuviera mojada, pero la lluvia podía ser la causa.

La Muerte se acercaba, se acercaba sin dar un solo paso.

En ese instante apareció el coche, derrapando en la playa, salpicando arena y espantando a la Muerte con sus potentes faros. Enfiló hacia el anciano marinero y, acelerando como si tuviera prisa en llegar al Infierno, se plantó ante él, a un metro escaso de las escaleras.

El aliento del motor le saltó a la cara mientras contemplaba el coche: un taxi de color amarillo, surcado por franjas negras; sobre la capota brillaba una luz esmeralda que no hacía otra cosa que girar y girar.

La puerta se abrió con violencia, desprendiendo costra sucia sobre la arena. Del interior salió una mujer vestida de cuero, tocada su cabeza con una gorra tan negra como las gafas que ocultaban sus ojos.

-¿Ha llamado a un taxi? -su voz era la voz del mar al chocar contra los acantilados, fuerte, recia.

Una mano enfundada en cuero negro se llevó un cigarro húmedo a la boca, inclinó la cabeza a un lado, esperando la respuesta del asombrado anciano; cuando éste dijo que no, se encogió de hombros y escupió por la comisura de los labios.

-Pues ya que estoy aquí no me voy a ir de vacío, venga viejo, suba a mi carroza. Corramos junto a la noche para que no nos encuentre el día.

-Lo siento… -hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie que las palabras le hacían daño al salir de su garganta, hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie que no reconoció su propia voz-. Lo siento… pero tengo que aguardar aquí.

-¿Aguardar? ¿A esa desgraciada? -Señaló con la cabeza en dirección a la Muerte que les contemplaba a una prudente distancia.

-¿La ves?

-¿Tú no?

-Sí, pero yo…

-Olvídate de ella, ya la encontrarás de nuevo, es testaruda como ella sola y tiene todo el tiempo del mundo para esperar, así que no te preocupes y monta conmigo antes de que la lluvia me borre. Vamos a dar una vuelta por la playa.

-Es que…

La mujer ya había entrado en el coche, había abierto la otra puerta con una rabiosa patada que resonó sobre el estruendo de la tormenta que se vaciaba sobre el mundo. El viejo se levantó, haciendo caso omiso al crujir de sus huesos, la curiosidad se había despertado de nuevo en su interior. Se acercó despacio al coche, dentro la taxista se hurgaba las uñas con un palillo.

Se detuvo ante la puerta abierta. El interior olía a salvajismo y a encierro, la tapicería estaba rasgada y sucia, los sillones al borde del último viaje.

-Bueno, no tenemos toda la noche -le advirtió ella.

Sin pensarlo se sentó junto a la mujer. Cerró la puerta con un vigor del que ya no se creía capaz. Había dejado de pensar racionalmente, la realidad parecía haberse desmayado en brazos del cuero y aunque no sabía el alcance de lo que ocurría se sentía agradecido: por una vez no pensaba en ella.

Sobre la palanca de cambios se observaba una calavera. La mujer lanzó una carcajada al aire, una estrella fugaz que se apagó cuando el motor se puso en marcha.

El mar, encerrado tras la ventanilla, rugió devorando la tormenta. Trombas de agua unían cielo, tierra y mar cuando el taxi aceleró rasgando la neblinosa cortina de la lluvia y el viento. La noche se hizo más oscura.

La figura embozada, inmóvil sobre el mar, agachó la cabeza y dejó que se la llevara el viento.

* * *

El mar era un interminable borrón azul que se escapaba hacia atrás. El dolor de la aceleración le subió por el brazo y se le clavó en el pecho. A medida que el coche aceleraba el tiempo parecía frenarse, se volvía lento, pausado, cargado de humedad, de granizo, lento, más lento, suspiro por latido, minuto por segundo…

La taxista parecía abstraída, de cuando en cuando silbaba entre dientes, reía para sí y alguna que otra vez su rostro se contraía en una expresión tan tensa y seria que llegó a asustarle; veía cosas que él no podía ver pero que llegaba a vislumbrar fugazmente en los cristales negros de la mujer. Todo era tan irreal como la muerte flotando sobre el mar. Intentó distraerse mirando por la ventanilla. Pasaron ante un edificio en la playa que le era conocido: una estructura blanca de dos plantas concurrida por una pequeña multitud que entraba y salía, ajena al taxi que como un espectro amarillo avanzaba por la playa. Le era tan conocido…

Boqueó sorprendido.

-¿Esa es la vieja bolera?

-Será…

-Pero… ¡Pero es imposible! La derribaron hace años…

-Ya te lo he dicho. Vamos a dar una vuelta.

-¿Dónde me lleva?

-Donde querías ir.

Y lo comprendió todo: el tiempo no se estaba frenando, iba hacia atrás. Contempló sus manos y vio como las arrugas se iban borrando. Alzó una mano temblorosa a su rostro y se tocó su mejilla que, poco a poco, perdía su acartonada dureza. Sus huesos, sus músculos, su cerebro… todo su cuerpo se burló del tiempo y comenzó a rejuvenecer. Torrentes de sangre nueva eran bombeados por un corazón que se fortalecía en cada latido. Las neuronas comenzaron a surgir del humus muerto de su cerebro, cada vez que aparecía una sentía un destello de luz en su mente. El cambio era doloroso, pero no le importaba, era el esfuerzo del marinero para devolver el ancla a cubierta y prepararse para un nuevo viaje. Era un precio justo. El dolor cesó. Los crujidos de su organismo cedieron en un último espasmo que le dejó un momento sin respiración.

La taxista seguía conduciendo y el anciano, que ya no era tal, percibió su olor sobre el olor del coche: olía a deseo y a muerte, olía a vida y a sangre.

Olía a mar.

Miró por la ventanilla, intentando no llorar.

El aire de la noche trazaba figuras de color blanco, nunca había visto el mar así, la tormenta, la tempestad, las sonrisa del cielo… Remolinos de peces voladores volaban en su honor; sirenas majestuosas surgían del agua arrastrando tras de sí su estela de plata; una enorme ballena agitó su impresionante cola hacia él; una orca blanca surgió en el horizonte dibujando su silueta contra la media luna. Un barco fantasma hizo sonar sus sirenas. Un cañón ahogado disparó por él. Una escultura de espuma se formó en el lomo de una ola.

El mar cumple sus promesas.

Y ya no pudo contener las lágrimas.

-¿Quién eres?

La taxista sonrió y le miró sin dejar de conducir. Se contempló reflejado en las gafas oscuras y no se reconoció.

-¿Importa eso?

-No, creo que no…

Una flor de sal se abrió sobre el mar y en ese momento la mujer paró el coche y abrió la puerta del joven.

-Venga, vamos, lárgate ya, te están esperando.

El mar se elevó de su lecho para volver a caer. La playa se llenó de perlas. Las estrellas de mar trazaron una constelación con su nombre.

A lo lejos, las letras de neón anunciaban un cine al aire libre, la película se había suspendido, pero él sabía que todavía quedaba alguien esperando.

-¿Por qué haces esto?

-Porque me aburro en casa, ahora vete antes de que me arrepienta.

Y un arrecife de coral hizo una cabriola, y una inmensa serpiente marina se alzó hasta rozar el cielo y él bajó del coche.

La taxista le apremió con un gesto. Asintió y comenzó a andar, quería decir algo, añadir algo, pero no encontraba palabras.

Ella lo vio caminar hacia las luces, al poco las sombras y la lluvia se arremolinaron a su alrededor y pronto se desvaneció como un sueño de verano.

Sonrió y se quitó las gafas oscuras, las nubes retrocedieron ante sus cuencas vacías, la tormenta dobló su poder y los rayos se perdieron antes de caer al suelo. Sus esqueléticas manos aferraron el volante hecho de sangre seca.

El coche aceleró como si tuviera prisa por llegar al infierno.

Llueve y es verano.

* * *

Llueve y es verano y el cine es nuevo y las luces de neón se reflejan en el mar agujereado por la lluvia, esa lluvia pegajosa, como melaza, que te moja por dentro y por fuera, que te quema cuando te toca, por dentro y por fuera.

El viento comienza a hinchar las velas del barco del sol que, a duras penas, intenta navegar en el mar negro que se desangra sobre el mundo.

Las nubes comienzan a deshilacharse, a convertirse en jirones que se abrazan entre sí, desesperados, hambrientos por devorar los pedazos perdidos de su ser. Las sombras de la noche buscan una luz donde descansar al fin.

El joven está sentado en la playa, de cara al mar. Tiene una guitarra en las manos y un cuchillo en el corazón.

La lluvia deja de caer, el cielo se quita las nubes con una mano mientras con la otra coloca al sol en su sitio.

Al joven no le importa el dolor, sabe que esta vez pasará, sabe que otra vida será suficiente para olvidarla y que quedan muchas canciones por tocar, mucha gente por conocer, muchas miradas por amar.

Sus manos rasgan las cuerdas y una melodía sin sentido se forma en el aire, no está atento a lo que hace, está pensando que tal vez, quizá dentro de muchos años, una tormenta le sorprenda en la playa y que tal vez un taxi amarillo surgirá de la oscuridad y frenará ante él.

Y pase lo que pase, sea falso o no, sea sueño o realidad, siempre elegirá el mar.

© José Antonio Cotrina
Reproducido con permiso del autor