En las tres semanas que llevo sustituyendo al capellán del Centro Psiquiátrico Penitenciario de Humilladero, Málaga, he asistido a toda clase de representaciones  por algunos de los personajes más extraños que haya podido conocer en mis recorridos por este purgatorio, pero tengo la sensación de que todo lo que escuché  esta mañana en la voz de una chica de poco más de veinte años era peor; o sea, de que era verdad.

Se trata del desenlace de lo que el informe judicial describe como un asunto que la policía empezó investigando como un  caso de secuestro.

Antes de que la memoria me traicione o me socorra, intentaré plasmar, lo más fielmente posible, la conversación que acabo de oír a través del micrófono oculto entre el doctor Omar Castilla, responsable de psiquiatría de agudos, y la interna, que llegó hace dos días a la institución.

No sabría decir exactamente como vestía ni se me han grabado sus rasgos, pero conservo el recuerdo de que su ropa, como su pelo, sus ojos y su piel eran muy claros, acordes con la serenidad de su voz, y eso hacían aún más desasosegantes  sus declaraciones.

Padre Full

* * *

-Me has dicho que eras una niña solitaria… ¿no tenías amigas o compañeros de juego?

-No los necesitaba. Jugaba al escondite conmigo misma. Con eso me bastaba.

-¿Tampoco te relacionaste con más gente en el instituto o en la facultad?

-Apenas. Además, cambiábamos de domicilio y de ciudad continuamente.

-¿A partir del momento en que tu padre y tú abandonasteis a tu madre?

-Y antes. Nunca pertenecimos a ningún sitio.

-Después de marcharos, ¿tu padre y tú seguisteis moviéndoos?

-Viajábamos todo el tiempo. A veces él solo. Vivíamos de trabajos temporales, en pensiones o en pisos alquilados. Trabajos basura en casas basura. Pero yo no diría que lográramos movernos.

-¿Cómo lo asumió tu madre?

-¿El que la dejáramos?

-Eso, y el hecho de que su marido iniciara una relación marital, sexual, con su propia hija. Aunque fuera una relación consentida y deseada por él y por ti, como antes me dejaste muy claro.

-Es difícil saber lo que sentía… también jugaba al escondite consigo misma… ella me enseñó. Después nos fuimos.

-¿Fuisteis felices?

-Claro que no.

-¿Deseabas abandonar esa forma de vida?

-Claro que no.

-La niña tenía seis años cuando murió.

-…

-Era tu hija y tu hermana. Y era hija y nieta de tu padre.

-…

-La dejaste encerrada en el sótano hasta que murió de inanición durante uno de los viajes de tu padre.

-…

-¿Quieres decirme por qué lo hiciste?

-…

-Podemos hablar de otra cosa, si lo prefieres.

-… la estaba enseñando a jugar al escondite. Era la única herencia que podía dejarle.

© Juan Ramón Biedma
Reproducido con permiso del autor