La sangre
José Luis Rendueles
Por la mañana sangró por primera vez.
Su madre le había comentado los cambios que se iban a producir en su cuerpo, así que no la pilló de sorpresa.
Para lo que no estaba preparada fue para el ansia que la invadió. Ahora que ya era adulta, tenía que probarlo.
Escoger su primera víctima fue fácil: el borrachín que un par de meses atrás le había dicho que tenía cara de vicio, y la había invitado a ver una película de dibujos animados.
Aquella vez le había comprado una coca-cola y un cubo grande de palomitas, y había hecho que se sentara a su lado, en la fila de atrás.
En mitad de la película le había cogido la mano, apoyándola en su miembro y, sin soltarla, empezó a frotarse contra su palma.
Había acabado con un gemido, y un chorro líquido quedó goteando de su mano de once años. Después, se había marchado sin decirle nada, y ella había sentido su olor acre en cada puñado de palomitas que había metido en la boca.
No había vuelto a verlo desde entonces. Intentó no parar por los sitios donde era seguro encontrarlo.
Pero muchas veces había sentido que alguien la miraba.
Por eso, fue él la persona a la que buscó para celebrar su primera sangre.
Fue tan torpe como la otra vez. Con la mirada perdida, la invitó a ir al cine. Aceptó y también se sentaron en la última fila. Recordando el sabor de la vez anterior, no pidió palomitas.
Apenas habían pasado veinte minutos, cuando sintió su respiración acelerada, y la mano tanteando en la oscuridad para encontrar la suya.
Esta vez, fue ella la que tomó la iniciativa. Le apartó la mano, y se inclinó sobre él para hacerle lo mismo que la otra vez, pero ahora con la boca.
Ahora podía hacerlo, ya era adulta.
El hombre no protestó, murió feliz, desangrado, mientras ella mamaba, probando la elasticidad de los colmillos nuevos que le habían salido esa misma mañana.
Reproducido con permiso del autor





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