Hay veces en que uno desearía no ver cumplidos sus sueños. ¿No dijo alguien: que Dios no te castigue haciendo realidad tus deseos? ¿No era eso una maldición? Me pregunto si mi caso fue una suerte, y a quién debo agradecer o reprochar mi destino. Al fin y al cabo he vivido dos vidas sin hacer nada para merecerlo, aunque a veces dudo si habrá sido todo un sueño, una vívida pesadilla surgida entre la bruma con que la morfina veló mi mente al final de mi primera existencia, o en la que quizá aún me encuentro, con el cuerpo desmadejado y la cabeza irremediablemente perdida.

De mi primera vida no me puedo quejar. Nací en 1833, el año en que murió Fernando VII, aunque dudo que eso influyera en mi destino. Recuerdo de mi infancia que empecé a leer y a escribir con un periódico en el que se hablaba de la paz entre Maroto y Espartero, y que coincidieron la reaparición de las guerrillas carlistas y la fundación de la Guardia Civil con mis cada vez más elaborados artificios para sorprender a la Rosi ajustándose las ligas. Creo que puedo decir en honor a la verdad que fui un hombre afortunado. Rondaba los cuarenta cuando se proclamó la primera República, y a pesar de los enormes conflictos sociales a los que asistí y en los que tomé parte, nunca sufrí daño alguno. Esa circunstancia hizo que ya casi hubiese apurado la sesentena, cuando me di cuenta de que era un hombre viejo. Supongo que de un modo inconsciente asimilé la sensación de ruina que nos embargó en el 98 tras la pérdida de Cuba y Filipinas, a mi propio estado físico. Como hasta ese momento no había padecido ninguna enfermedad grave, mi envejecimiento había sido lento, natural y progresivo. Había perdido el cabello, eso sí, tenía molestias articulares, sobre todo por las mañanas, flacidez en la piel, tanto más evidente por ser un hombre delgado, y un decadente tono muscular… Síntomas privados, todos ellos, que podía contar en tono de chanza en el bar o callármelos si me incomodaba.

Pero ya digo que el 98 fue para mí un punto de inflexión sin retorno, el momento en que por primera vez me fijé en los que me precedían para vislumbrar mi futuro, y me di cuenta de que no había muchos y los que quedaban ofrecían un aspecto desolador. Pienso que fue precisamente la profunda tristeza que me inspiró el encontronazo con lo que sería el final de mi vida lo que me produjo una bajada en las defensas y propició, en definitiva, la eclosión de mi enfermedad. Desde entonces tuve la sensación de descender cada día un peldaño de una escalera labrada en el muelle de un puerto. Al pie sólo me esperaba agua helada y sucia, pero no había nada que  pudiera hacer para ahorrarme el baño. Sin darme cuenta me encontré torpe, empecé a olvidar palabras, a dejar frases a medias, acabé por quedarme medio sordo y medio ciego y por último ocurrió lo que más temía, perdí el control de los esfínteres. Llegó un momento en que sólo deseaba morir.

En un segundo de lucidez reflexioné sobre lo mal pensada que estaba la vida y en cuánto más hermosa sería si se pudiera vivir al revés, es decir, si se empezara de viejo y cada día se evolucionara a mejor, un camino hacia la dicha plena. Los riñones se irían reactivando, de escurrir con molestias a orinar un chorro firme; el cabello poblaría progresivamente la cabeza, primero la coronilla para avanzar luego hacia las cejas, pasando en el proceso de blanco a gris y luego a un castaño brillante; los ojos enfocarían mejor cada año, hasta convertir las gafas en un adorno inútil. En una vida así te encontrarías con que en el momento en el que acumulas mayor experiencia, además tienes veinte años y estás en la cima de tu vigor físico, y cuando todo se acaba, en vez de un ser decrépito, eres un simpático gordezuelo que corretea despreocupado por la casa subido a su correpasillos.

Sí, yo deseé esa segunda vida, y aún no sé por qué me fue concedida. Hasta el final. Ahora he cumplido los cinco en el sistema inverso, he desvivido 83 y hace dos días me oriné en la cama. No es la primera vez que me pasa, pero sí la primera que soy consciente de que no es un accidente, sino parte de un proceso contra el que no puedo luchar. Desde entonces, el horror puebla mis noches. He intentado revisar fríamente mi situación pero cada día entiendo menos a la generación que me sigue, mi autoridad se ha diluido por completo y ya nadie respeta mi voluntad. Además, sé que me enfrento a unos años atroces en los que poco a poco iré olvidando palabras, alterando ideas, confundiendo conceptos. Y luego vendrá lo más difícil. Tendré que soportar la vergüenza de que mis seres queridos se hagan cargo de mí, me limpien, me hagan monerías que yo, maldita sea, responderé con sonrisa bobalicona, me saquen a pasear y hagan turnos para velarme en las malas noches de cólicos que me reserva la progresiva atrofia de mi intestino. Muchos, sin atreverse a decirlo, desearán que me muera cuanto antes para que deje de sufrir porque ya no me verán como persona, no quedará nada de aquel hombre que fui. Pero todo eso, por duro que parezca, lo puedo encajar. Lo peor, lo que hace insoportable mi actual situación, es el conocimiento exacto del día y la hora de mi óbito. Bueno, eso si no me sorprende una muerte súbita o mi hijo no me asfixia durante un ataque agudo de llantina.

Sé que ya es tarde y que lo más seguro es que a nadie valga mi consejo, pero si pudiera volver a elegir me quedaría con el final de mi primera vida, porque cuando era viejo todo me importaba un carajo, y ahora…, ¡soy tan joven para morir!

© Alfonso Mateo-Sagasta
Reproducido con permiso del autor