La última vez que puse el pie en Damasco, el más veleidoso y proselitista paraíso digital del Imperio, estuve a punto de morir aplastado por una bala de cañón.

Sonó como un trueno y salpicó en el lago a escasos metros de nuestra barca. Algunos viajeros chillaron y otros rieron, pero ninguno se cayó por la borda. Lejos, en el centro del lago, dos mansiones victorianas peleaban por cuestiones de supremacía territorial: ondeaban banderas piratas. Tenían cañones en sus ventanas y arponeros apostados en las buhardillas, y se disparaban sin piedad mientras navegaban mostrándose desafiantes las cuadernas. Había tiradores apostados en los tejados y lombarderos en las chimeneas.

Yo sonreí e intercambié bromas con una mujer. La barca nos alejó de la zona del combate y llegamos a nuestro destino: la ciudad de las ballenas de Tysan, un complejo de diez edificios montados sobre lomos de cetáceos que bogaba mansamente junto a la costa. Allí me esperaba Makia, tan guapa como la recordaba del mundo real.

-Has tardado. -Me besó en la mejilla, ayudándome con las maletas-. Creí que no ibas a llegar hasta mañana.

-Tuve que conseguir que la empresa me pagara una conexión Alma de banda ancha. Mi planeta está traspasando en estas fechas un cinturón de radiación. 

-Qué bonito.

-Es bonito porque nos pinta las noches de rojo, pero muy malo para las comunicaciones taquión.

Para ilustrar mis palabras, coloqué una mano frente a sus ojos. Ella notó el renderizaje ligeramente defectuoso de los polígonos.

-Estática. En fin, espero que no tengas problemas por eso.

-No te preocupes. ¿Dónde nos hospedaremos?

-Allí. -Señaló uno de los edificios de bambú que se mecía sobre el costillar de un rorcual, una ballena azul-. Espero que no te marees con facilidad. Esto es peor que un buque mal construido con un capitán borracho.

-¿Tú estás aquí de verdad?

-Sí, traje mi cuerpo en el último transporte. Me alojo en una de las dependencias del edificio veintiséis.

-¿Un viaje duro?

Sacó la lengua.

-Bah, apenas dos horas de Cielo desde Plexys. Te pones a ver las noticias y ni te enteras.

La conversación con Makia siempre era amena, porque procuraba mantenerla a un nivel alejado de la jerga de la profesión. Al ver sus caderas asomando por debajo de la cinta del bikini y las pulseras de colores que tintineaban en su muñeca, me olvidaba de que tenía delante a una de las mejores analistas de sistemas de software que la corporación Onikawa tenía en plantilla. Ella comentó algo sobre el buen tiempo y me pidió permiso para cambiarse en mi cuarto de baño. Yo no puse ningún impedimento.

Media hora después rebasamos las puertas del salón de actos del edificio central. Allí nos esperaba el grupo de informáticos que tendría la suerte de liderar durante las siguientes jornadas. Conocía al jefe del equipo, un japonés llamado Ifurita.

-¡Daniel! -exclamó, abrazándome-. Me alegro mucho de que hayas llegado. ¿Cuándo te conectaste a Damasco?

-Hace una hora. Aparecí en el centro del lago, en una lancha con otros turistas. Casi nos cañonea una mansión de tres pisos.

El hombre rió.

-Sí, alguien debería reprogramar el sentido del humor de la IA que regenta este follón virtual. Y el de sus clientes.

Vi que el resto del equipo ya tenía desplegados los informes de datos y que la preocupación oscurecía sus semblantes. Me puse serio:

-Vale, dímelo directamente: ¿Cómo de mal están las cosas?

* * *

-Comenzó hace dos noches, en la zona de los grandes lagos -resumió Ifurita, sirviéndonos café a Makia y a mí-. Una baliza muy potente emitió durante veinte segundos una señal dirigida a las antenas receptoras de señales Alma. La distorsión que creó fue tan devastadora que perdimos casi doscientas portadoras Alma procedentes de los mundos del Racimo Central. Todos esos clientes estaban durmiendo tranquilamente en sus casas con sus conciencias conectadas a la matriz virtual de Damasco, y de repente fueron repelidos de forma incontrolada. A algunos no los pudimos recuperar.

Consulté los datos que me ofrecía el equipo. Cuatro conexiones no recuperadas, dos con pérdidas: las mentes de los pobres desgraciados podrían haber sufrido daños irreversibles. Además, el porcentaje de conexiones había descendido vertiginosamente en las últimas dieciocho horas; las compañías de seguros debían estar mordiéndose las uñas. 

-Rastreamos la señal, pero no pudimos dar con la fuente. Creemos que está escondida en algún lugar de la matriz generadora de Damasco, pero si es así, usa unas herramientas de camuflaje tan sofisticadas que no se nos ocurre ni dónde empezar a buscar. Este mundo virtual tiene doscientos millones de líneas de código, y tantos procesos por segundo que sólo podríamos medirlos usando dotación exponencial. Pase lo que pase, debemos encontrar el virus antes de que se active de nuevo y ocasione más desastres. -Suspiró. Yo miré mis papeles, y extraje de mi cartapacio una fotografía. Intrigados, los hombres se inclinaron sobre ella. Representaba un ciervo alzado sobre sus patas traseras en actitud desafiante.

-Esto es Phobos -anuncié-, un topo de clase vírica muy sofisticado. Aquí vemos el icono que adopta cuando activa su parte infectora. Lo descubrimos hace diez meses en la Tierra, y lo hemos estado estudiando y acorralando desde entonces. Creemos que saltó a Damasco junto a la portadora Alma de un comerciante llamado Wallace Steigner. Arrestamos al hombre, pero llegamos tarde para cribar la señal; no encontramos ni rastro del virus.

-¿Cómo de sofisticado es su código? -preguntó Makia, encendiendo un cigarrillo.

-Tecnología de programación de alto nivel, diseñada exclusivamente para él. Mi equipo en la Tierra tuvo que inventar herramientas nuevas para poder estudiarlo.

Ifurita arrugó la frente.

-Entonces es peor de lo que estimábamos. ¿Cuál es el siguiente paso?

Me puse en pie y comencé a repartir copias de la foto.

-Hay que encontrar este icono. Buscadlo por toda la orografía digital de Damasco; dividios en equipos y reprogramad la IA gestora para que busque cualquier código que se parezca al de nuestra presa. Todo nos sirve: figuras de madera, mascarones con forma de ciervo, óleos de cacerías… incluso joyas o tatuajes en el trasero de algún cliente. Cualquier cosa que se parezca a un ciervo será puesta en cuarentena a partir de este instante. Makia, necesito que mapees la estructura de directorios de Damasco y nos ayudes a simplificar en lo posible el trabajo.

-De acuerdo -asintió, mordiendo el filtro del cigarrillo. Eso me gustaba mucho de Makia, y era por lo que quería tenerla a mi lado en el trabajo: acababa de encomendarle una tarea titánica, pero en lugar de protestar se había concentrado instantáneamente en cómo resolver el problema. Adoraba a aquella treintaañera de ojos tristes. 

-Pongámonos en marcha -instruí, mojándome los labios-. Y recuerden: no dejen ningún detalle atrás, por nimio que les parezca. En el escondite más absurdo e improbable que podamos imaginar será donde se esconda nuestro enemigo.

El equipo asintió y salió presuroso de la sala, ansioso por empezar. Ifurita se me acercó un segundo antes de marcharse, y me estrechó la mano.

-Sólo quería decirte que es un placer volver a trabajar contigo, Daniel. Me siento mucho más seguro ahora que estás aquí.

Le palmeé el hombro, empujándole sutilmente hacia la salida.

-El placer es mío, doctor. Venga, no perdamos más tiempo: si la baliza de distorsión que Phobos es capaz de emitir es tan potente como dices, cuando se vuelva a activar podría incluso dirigirse contra objetivos no digitales.

-¿A qué te refieres?

-Aún no lo sé. Avisa a la gente de control de vuelo, en el nivel real, y diles que estén atentos a cualquier señal que pueda estropear sus sistemas de guiado para las naves entrantes.

Acongojado, el informático se retiró. Makia afiló los ojos.

-Si es capaz de hacer eso tenemos un serio problema.

-No lo tenemos, porque lo vamos a encontrar antes de que se active… o antes de que pueda hacer rebotar otras portadoras Alma -concluí, mirándome de cerca las manos. La estática de la reconstrucción de mi imagen en tiempo real se estaba volviendo tan acuciada que por momentos se me abrían agujeros en los dedos.

* * *

Realizamos una búsqueda a conciencia por todo el planeta. Accedimos a la base de datos del medio ambiente y borramos de la realidad todos los ciervos de los bosques, lo que provocó las quejas de los clientes que estaban disfrutando de cacerías o safaris fotográficos. Luego catalogamos todos los animales de cuatro patas más grandes que un perro y vigilamos que las olas del mar que rebotaban contra la costa no formaran figuras inusuales. Makia trabajó diez horas seguidas construyendo un mapa tridimensional de la estructura de directorios del mundo, optimizándola para reducir el área de búsqueda de los demás grupos. Cuando me lo enseñó, parecía una pagoda china hecha de carpetas y árboles de caminos que nunca se cruzaban. Damasco era un mundo virtual con muchas facetas, y en ese instante soportaba a dos millones de turistas en línea, que habían pagado diferentes tarifas por una semana de vacaciones en el mundo de los sueños. Lo que a mí me preocupaba era que la inmensa mayoría de aquellos visitantes estaban conectados en tiempo real desde sus mundos de origen, aprovechándose de la tecnología de comunicaciones taquión, que convertía las distancias intergalácticas en un mero trámite de curvas temporales.

-He ordenado que traigan mi cuerpo en una nave -comenté a Ifurita mientras sus hombres trabajaban-. Está a tan sólo tres horas de Cielo desde la estación Prometeo, así que llegará de un momento a otro.

-Es lo mejor -asintió-. Si Phobos se activa y destroza los protocolos de conexiones Alma, esto va a ser el mayor desastre en la historia de Damasco.

-Y de las telecomunicaciones. ¿Sí?

Un ayudante me tendió unos papeles.

-Estos son los candidatos más fiables que hemos encontrado.

-Gracias. -Los ojeé-. Activen la cuarentena total para estos blancos.

-¡Capto una reacción! -anunció un programador. Todos nos acercamos a su consola. Estaba tratando de destruir una figura de espuma que las olas del mar habían tatuado en una roca, y ésta se estaba defendiendo.

-Aíslala del exterior -ordené inclinándome sobre la pantalla, una cortina de hologramas que flotaban sobre la mesa. El joven sacudió la cabeza.

-Es difícil. Está copiándose a sí mismo muchas veces por segundo.

En la pantalla, la efervescencia que el mar había dejado sobre un atolón comenzó a cambiar de forma, semejándose a un ciervo, y se multiplicó. La roca se llenó de espuma hasta que ésta resbaló por su superficie y se arremolinó sobre el atolón. Parecía una tormenta de magnesio reaccionando con el agua del mar. Los intentos del programador para aislar el fenómeno eran inútiles.

-Se nos escapa -gruñó Ifurita-. Avanza demasiado rápido. ¡Aíslelo!

-No puedo… -El programador tecleaba con rapidez, desmenuzando a distancia parte de la espuma del virus, pero éste crecía geométricamente-. Está confundiendo a la IA gestora. Es imposible eliminarlo del todo. 

Ifurita se volvió hacia mí.

-¿Es Phobos?

-Probablemente. Aunque no creo que sea el virus principal. Más bien parece un señuelo.

La espuma había rebasado el volumen de la roca y se dejaba arrastrar por el agua. A cada multiplicación, una testuz provista de cuernos se alzaba orgullosa en una explosión de burbujas, desapareciendo después. Parecía una manada de animales que lucharan encabritados entre las olas.

-Es imposible controlarlo -dijo el programador, sudoroso-. Ha rebasado la capacidad de nuestros programas para destruirlo. Yo…

-Colóquese en la raíz de la zona -dijo una voz de mujer a nuestra espalda. Me volví y allí estaba Makia-. Destruya todo el atolón, rápido.

El joven dudó, confundido.

-¿Qué?

Makia se acercó a la consola y comenzó a teclear con rapidez.

-El virus se propaga fácilmente, pero se almacena en los espacios de memoria de la orografía circundante. Lo que hay que hacer… -Una luz de alarma parpadeó avisándole de lo que implicaba la orden que acababa de dar al Sistema, pero ella la ignoró y pulsó el botón de confirmación con contundencia- …es eliminar todo el directorio desde su raíz.

De repente, el atolón completo desapareció, y con él un volumen esférico de veinte metros de mar. Toda la espuma se evaporó, y el hermoso rompiente de rocas se convirtió como por ensalmo en un fiordo. El agua del mar se desbordó sobre él y produjo una explosión de varios metros de altura.

Ifurita resopló de alivio y felicitó a la joven. El equipo dio algunos vítores, que yo me apresuré a acotar.

-No nos emocionemos, chicos. Ha sido un buen trabajo, pero no creo que hayamos destruido el virus. Seguid trabajando.

Los dejé solos para que se organizaran y disfrutaran de la pequeña victoria, y salí al porche. Ya había anochecido y hacía frío. Debajo del edificio, la enorme ballena azul respiraba jugando con géiseres espumosos. 

Sentí una presencia a mi lado.

-Has actuado bien, Makia -opiné-. Tal vez un poco… contundente.

Ella sonrió.

-Hay que serlo si se quiere vencer a estos bichos tan sofisticados. ¿Cómo va tu planeta?

Miré mis manos. Estaban enteras y bien perfiladas.

-Ya debe de estar saliendo del cinturón de radiación. La comunicación es más clara.

-Qué lástima que no se vea desde aquí. -Miró al cielo lleno de estrellas.

-Sí, estas constelaciones son de mentirijillas. ¿Has probado alguna vez la delineación automática?

-¿Qué es eso?

Sonreí y di unas órdenes en voz alta, al aire de la noche. Cuando visitabas Damasco con privilegios de administrador, podías hacer cosas como darle instrucciones a la realidad en directo. 

De repente, y sólo para nuestros ojos, las estrellas de la bóveda celeste se enlazaron unas con otras con líneas brillantes, formando grupos. Se hicieron visibles las formas que escondían las constelaciones: cisnes, osos, cornucopias… y aquello del fondo que parecía una lata de cerveza.

-Ahora vemos las líneas en plata, pero puedes cambiarlas a dorado si te apetece. Es más bonito. -Estiré el brazo y apunté a la lata de cerveza-, salvo cuando se usa para publicitar. 

Algunas constelaciones se desplazaban tan rápido que sus líneas cambiaban de perspectiva hasta dos y tres veces por minuto. Era tan mareante que bajé la vista al lago. Allí flotaban las mansiones-barcos pirata, con todas las balconadas iluminadas. Makia bostezó.

-Deberías dormir un poco -sugerí. Ella se estiró sin pudor-. ¿Cuántas horas llevabas despierta cuando yo llegué?

-Unas pocas, pero tranquilo; me acabo de inyectar un litro de café entre pecho y espalda. 

-¿Qué es eso? -pregunté, forzando la vista. Me había parecido ver algo extraño en una de las mansiones.

-¿El qué?

-Uhm. Makia, voy a desplazarme un momento a la costa. Dile a los chicos que no se preocupen, que sigan trabajando.

-Eso va a ser imposible.

-¿Y eso?

-Porque pienso bajar yo también. Estoy harta de esta isla de bambú -concluyó, y, tras comprobar que llevaba el intercomunicador asido a la muñeca, encabezó nuestra marcha hasta el embarcadero. Una vez allí soltamos las amarras de una lancha y pusimos rumbo a las mansiones victorianas.

Pronto nos alcanzó la música de las fiestas que se desarrollaban en su interior. Algo latino, muy animado. Sombras de bailarines danzaban en todas las ventanas. Pero no me distraje; había creído ver algo que me había puesto nervioso. 

-¿Qué te ocurre? -preguntó Makia, acercando la barca a la roda de la mansión, donde se erguía una verja de jardín. Yo fruncí el ceño, contemplando las ventanas.

-Antes vi algo que… ¡ahí! -exclamé, al tiempo que un parpadeo en las luces oscurecía secuencialmente algunas ventanas-. ¿Lo has visto?

-Un fallo de corriente.

-En este mundo no existe la electricidad -murmuré, sin perder de vista los cristales-. Este mundo es electricidad. Esos cortes… 

Una lombarda nos disparó.

La explosión de agua se elevó a apenas dos metros de nuestra quilla. Makia y yo nos miramos, confundidos, y enseguida buscamos al responsable de la broma. Hubo un segundo disparo, y éste ya se aproximó tanto como para hacernos saltar al pequeño jardín de la casa, que la rodeaba como un foso de hierba.

-¡Malditos turistas, nosotros no participamos en vuestros juegos! -grité, pero Makia me agarró del hombro, preocupada.

-No te esfuerces. Mira bien.

Obedecí, buscando al borracho que seguramente nos había confundido con algún pez. Pero no lo vi.

La lombarda del tejado, que apuntaba hacia nosotros buscando un tiro fácil, estaba moviéndose por su propia cuenta.

Gruñí una imprecación y salté al alféizar de una ventana. Makia hizo lo propio, pegando su cuerpo tan a la fachada que el ángulo de giro del cañón no pudiera apuntarnos. Una explosión en la hierba que nos manchó de tierra y tallos quemados lo confirmó.

-Entremos -sugerí, rompiendo el cristal con una piedra. Antes de que se reparara de forma automática, introduje la mano y tiré del pestillo. La ventana se abrió, y saltamos al interior de la mansión flotante.

El suelo había desaparecido.

Aterrado, me tambaleé como si fuese a desplomarme al piso inferior, pero mis pies estaban solidamente apoyados en el aire. El color y la textura de la madera se habían esfumado, pero otras características -como, por fortuna, la solidez-, aún seguían estando allí. Un criado extrañado me miró desde el piso de abajo con la boca abierta.

-¡Se desintegra! -exclamé. Makia me empujó para seguir corriendo por un pasillo que perdía sus colores y se transparentaba como un cristal. Las luces volvieron a fallar. 

-Phobos está aquí dentro, en algún lugar -dije, jadeando. Mi cuerpo de cuarentón acomodado se resentía de todo aquel ejercicio físico-. Tiene que estar. Se está activando de nuevo, y está confundiendo a la matriz…

-¡Cuidado! -Makia se echó sobre mí y me apartó de una barandilla. El pasillo había desembocado en una balconada interior que daba al gran salón de baile, donde un centenar de comensales huían despavoridos de un lado a otro. La mansión bajo y sobre ellos desaparecía como un fantasma, cambiando espontáneamente la localización de los objetos. Justo sobre nuestras cabezas, una viga maestra decidió que su coeficiente de rozamiento era cero, y la enorme lámpara de araña que colgaba de ella se desplomó sobre el piso, atravesando nuestra barandilla y aplastando a dos mujeres. Yo sabía que el dolor que sentían era puramente inducido, y que al traspasar cierto umbral -el correspondiente a la muerte o a las heridas muy graves- simplemente serían desconectadas y volverían al nivel real. Pero el efecto Phobos estaba volviendo del revés toda la realidad, con lo que imaginé que podría incluso afectar a los sistemas de desconexión. Una ruptura Alma incontrolada podía causar traumas y dolor físico, real.

-Dónde estás, maldito -murmuré, apretando los puños-. Enséñame dónde te escondes…

Miré en todas direcciones, buscando cualquier indicio de la presencia del infector: cuadros, sombras, esculturas… Pero nada parecía destacar. Allí dentro no había animales por ninguna parte.

-¿Estás seguro de que está aquí dentro? -inquirió Makia, ayudándome a descolgarme hasta el piso inferior. Ni siquiera las cuerdas que sostenían las lámparas eran fiables: podían ser todo color y volumen, pero sin sustancia.

-Tiene que estar. Esto son violaciones muy potentes del entorno, y no…

-Daniel, ¿me escuchas? -dijo una voz. Cogí el comunicador de la muñeca de Makia y lo acerqué a mis labios con ansiedad.

-¡Ifurita! Estamos en la mansión del lago. Creo que Phobos está aquí.

-Lo sabemos. Acabo de recibir un mensaje de la torre de control, en el nivel físico. Están captando una sombra de estática que interfiere con sus instrumentos. Algunas naves entrantes están teniendo problemas con las balizas de guiado.

Makia me miró, asustada.

-Va a ocasionar un desastre.

-Escúchame bien -ordené al comunicador, serenándome-. Quiero que detengas todas las entradas de naves a Damasco durante quince minutos. Que orbiten la estación, que hagan lo que sea, pero espera a que la señal del infector se extinga.

-Es que hay… un problema -carraspeó Ifurita, compungido.

-¿Cuál?

-Tenemos una nave entrante en piloto automático que ha comenzado sus ciclos de frenado. No podemos conectar con ella, puede que sus sistemas estén fallando.

-¿Qué tipo de nave?

-Daniel, es un tanker de pasajeros ST. Van quinientas personas a bordo, más un centenar de pasajeros en cabinas de estasis.

Corté la comunicación, devolviéndole a Makia su mano. Al ver la ansiedad en mi rostro, me preguntó:

-¿Qué te ocurre, Daniel?

Sonreí sin ganas.

-Mi cuerpo físico viene en un tanker ST.

* * *

Corrimos por las dependencias volviéndolo todo del revés, pero nuestra búsqueda fue inútil. A menos que el icono de activación del Phobos fuera invisible, no parecía estar allí dentro.

-Sólo nos queda una solución -sugirió Makia, jadeando.

-¿Cuál?

-Contundencia. Destruyamos toda la mansión, todo el lago si es preciso. No podemos arriesgarnos más, Daniel. Da la orden para que los muchachos accedan al directorio de raíz y borren todo este maldito paisaje, incluyendo la atmósfera y las condiciones de presión y gravedad.

Medité con nervio, y acabé asintiendo.

-Sí, es lo mejor. Pero tenemos que escapar; no creo que Phobos nos deje desconectarnos sin peligro.

Ella se acercó a una ventana y la abrió. Estábamos en un tercer piso, y la caída hasta el mar era muy larga.

-¿Qué… piensas hacer? -dudé. Ella sonrió.

-Venga, profesor. Que no se diga que en tus tiempos mozos no hiciste esto.

Y se arrojó al vacío. La contemplé caer con pánico hacia una cortina de oscuridad hasta que se cuerpo tocó el agua y se transformó en un remolino de burbujas.

Tragué saliva.

-Mis tiempos mozos ya han pasado…

El suelo bajo mis pies se volvió transparente, y vi algunos muebles caer a través de las paredes como bombas de madera. Cerrando los ojos, salté a la nada.

Choqué contra el agua de espaldas, y comencé a sacudir los brazos y las piernas desesperadamente, como un niño. Luego llegó el frío: el agua estaba a tres grados.

Unas manos me agarraron por detrás.

-¡No te resistas, tranquilo! -gritó Makia, y me sujetó para que no me hundiera. Más calmado, me aparté de ella y recuperé mi propia flotación.

-Sé nadar, no te preocupes. El… Dios mío -susurré, mirando a la mansión.

Era casi transparente. Parecía una radiografía enorme de un edificio lleno de personas que corrían y muebles que atravesaban en vertical las dependencias. Los cañones y sus balas se desplomaban sobre los salones de baile y las cocinas, los tapices se volvían invisibles como quemándose por fuego. La propia construcción no tardaría en perder su condición de “objeto flotante” e irse al fondo del lago como una piedra.

-El tanker está en aproximación final -anunció Ifurita por el comunicador-. No pueden frenar instantáneamente; requieren con urgencia los protocolos de guiado. La torre está en máxima alerta.

-Ifurita -ordené-, destruye la mansión al completo y la región circundante del lago. Todo lo que hay dentro de él, incluyéndonos a Makia y a mí. Efectuaremos un salto incontrolado al nivel real.

-Daniel, no puedo…

-¡Hazlo! Yo asumo toda la responsabilidad. Accede a la raíz y cárgate este maldito lago hasta los cimientos. Sólo te pido que intentes ajustarte todo lo posible a las cercanías de la mansión, así tendremos una posibilidad.

Y corté la comunicación. Makia comenzó a nadar con brío, sin esperarme. Yo tomé aliento y golpeé los brazos y las piernas lo más rápidamente posible contra el agua, rezando para que fueran capaces de llevarme suficientemente lejos. Ella me adelantó varios metros, y por un momento creí que lo iba a conseguir. Traté de recordar alguna instrucción que poder darle a la matriz en directo, pero no había ninguna que sirviera para sacarnos de allí con rapidez.

Miré al cielo buscando la estela de impulsión del tanker. Reí: aquel cielo era falso, tan ilusorio como el planeta que me rodeaba. Apreté los párpados con fuerza y me concentré tan sólo en nadar. Nadar, bracear, patalear, ganar unos metros más. Tan sólo unos metros más…

-¡Se desintegra! -grito Makia, y aumentó su velocidad-. ¡Vamos, Daniel, por Dios, nada más deprisa!

Pero los brazos me pesaban como plomo. Cada vez me costaba más sortear las olas. Miré atrás y vi que, efectivamente, la mansión pirata estaba dejando de existir: una esfera de nada se abría radialmente desde su centro, absorbiendo objetos y personas aterradas como un agujero negro. El diámetro de la esfera tocó el agua, y se aproximó a mí a gran velocidad.

Si hubo un momento en vida en que luché por sobrevivir, sin duda fue ese. Saqué fuerzas de la flaqueza y moví mi maldito cuerpo hacia delante, un metro, luego otro, y otro más. De repente mis dedos comenzaron a desaparecer de nuevo. La estática invadió mi imagen y el agua comenzó a atravesarme la palma de la mano, en lugar de chocar contra ella.

-Oh, no… -mascullé. Una sombra me envolvió: la esfera que lo consumía todo evaporó el agua a mi alrededor. Cerré los ojos…

…y los volví a abrir.

Seguía allí.

Makia chilló de euforia y se me acercó. La esfera se disolvió, dejándonos justo al filo de la zona desintegrada. 

Yo sonreí como un tonto, sin poder creer mi suerte, y luego fui arrastrado por el torbellino.

* * *

El agua llenó el espacio libre, una semiesfera que vaciaba el lago hasta una profundidad de cinco metros, y nos sepultó. Giramos incontroladamente durante una eternidad, dando vueltas y vueltas. Tragué agua y sentí arcadas. Cuando estaba a punto de asfixiarme, salí como un tapón de corcho a la superficie.

Makia estaba a mi lado. Nadó hasta mí cuando las aguas se calmaron y me abrazó.

-¡Lo hemos conseguido!

-Creo… -escupí agua- creo que sí.

-Daniel, Makia, ¿estáis bien?

Ella rió, acercándose el comunicador de pulsera a la boca.

-Por supuesto que sí. Eres un genio de la precisión, Ifu. ¿Cómo va ese tanker entrante?

-Aquí nada ha cambiado. El tanker sigue en aproximación incontrolada. Todas las estaciones están en alerta roja. ¡Va a chocar contra la tela de soporte de la estación!

-¿Qué?

Con el rictus de la risa congelado en la cara, aferré la muñeca de Makia.

-¿No lo hemos detenido?

-Daniel, nos piden que les digamos cómo frenar. -La voz de Ifurita temblaba del histerismo-.  Sus instrumentos se han vuelto locos. ¿Qué demonios hago?

Miré a mi alrededor, confundido.

-No es posible. Hemos destruido el generador de la distorsión -dije para mí. Makia se me encaró.

-Tenía que estar aquí. La violación de las leyes físicas era demasiado acusada.

-¿Dónde estás, maldito? -susurré, girando sobre mi eje-. ¿Por qué no te he matado?

-Tal vez hemos visto un reflejo de su actividad. Puede que nos hayamos equivocado y esté en otro lugar muy lejano del…

-No, no -sacudí la cabeza-. Tenía que estar aquí, en contacto físico directo con la mansión para afectarla de esa manera.

-¡Pero no vimos ningún ciervo en las dependencias!

Un reflejo.

Me volví hacia Makia.

Estábamos contemplando sólo un reflejo de su actividad.

¡Un reflejo!

-Dios mío -murmuré, y bajé la vista hacia el agua.

Si en ese momento hubiera podido cambiar mi cuerpo por el de un águila y contemplar la superficie del lago cristalino a vista de pájaro, me imaginé lo que sin duda vería: 

Una superficie impoluta de líquido digital, perfecto y hermoso en su concepción, preparado para resultar bello a los ojos de los turistas bajo cualquier circunstancia. Y para que un lago fuera así de hermoso, debía de reflejar lo que había sobre él. Incluyéndonos a nosotros. Incluyendo a las otras mansiones piratas…

…E incluyendo el cielo.

Alcé la vista a la bóveda celeste, y allí estaba. Entre los cúmulos de estrellas que bailaban formando constelaciones cambiantes, artísticas. En mis ojos aún estaba activada la opción de delineación que había solicitado en la casa de bambú, y lo que me mostró disipó todas mis dudas.

Makia miró hacia arriba, y también lo vio.

Una de las constelaciones digitales bailó como un danzarín celestial, y sus líneas formaron la figura de un ciervo. Siempre había estado allí, sólo que rotando sobre su eje para que la perspectiva desde la cual se la observaba desde Damasco no permitiera distinguirla. Escondida pero tan a la vista que podía verla todo el planeta.

-¡Ifurita! -chillé por el intercomunicador-. ¡Escúchame!

-¿…e dic…s? -La estática hacía casi imposible oír la voz del jefe del equipo informático-. ¿Dan…, …tás …hí?

-¡Ifurita, tienes que aislar una parte del cielo! -grité, pero no me oyó. Makia lo intentó, sin mejor suerte:

-¡Las estrellas! ¡Tienes que borrar las estrellas, ¿nos escuchas?!

-El tanker no pued… …tá en la maniobra final.

-¡Ifurita!

Intuí el desastre. Ya no podíamos hacer nada por ellos. El tanker se estrellaría y cientos de personas morirían.

Incluido yo.

-¡Ifurita! -gritó Makia, pero fue inútil-. ¡Borra las estrellas, ¿me escuchas?! ¡Por lo que más quieras, haz desaparecer las estrellas!

La estática me borró la mano derecha. Miré a Makia, y supe que iba a morir.

-Makia, vamos p… …a rescataros. ¿Qué dices de las estr…?

-¡Borra las estrellas! ¡Borra las estrellas! ¡Borra las…

* * *

-…estrellas!

Ifurita alzó su copa, orgulloso.

-Sí, por nuestras estrellas, Daniel y Makia. No sé cómo nos las apañaríamos los demás sin ellos, sinceramente.

Ese comentario arrancó risas y algunos “bueno, no te pases” entre los miembros del equipo. El japonés rió y entrechocó su copa con la nuestra. Makia me susurró algo al oído y ambos reímos también.

La casa de bambú se estremeció, y por un momento recuerdos funestos vinieron a mi memoria. Pero enseguida ubiqué la causa: las ballenas que amablemente nos transportaban de un lado a otro estaban variando el rumbo.

Me acerqué a una de las ventanas, y alcé mi copa para beber. En lugar de eso, un geiser enorme surgió de algún lugar en la oscuridad y me empapó.

Makia, muerta de la risa, se me acercó, vigilando que la ballena no volviese a respirar tan fuerte, y me ayudó a quitarme la chaqueta.

-Eres un desastre.

-Bueno, pero soy un desastre digital. Eso sí, no quiero volver a oír hablar de constelaciones en mi vida.

Ella frunció el ceño.

-Uhm… vale, pero antes de que pongas en práctica esa norma, fíjate en eso.

Me acompañó a otra balconada y activó el modo de delineación. Reluctante, yo lo hice también.

En las alturas, un grupo de veinte estrellas danzó para que sus delineaciones formaran las palabras “FELICIDADES, DANIEL.” Yo exhalé un bufido.

-Pero mira que les gusta ostentar. Son unos gamberros con poderes divinos.

-Ssshhh -ella me puso un dedo en los labios-. No estropees el momento. Es muy hermoso.

-No, si en eso estoy de acuerdo -arrugué la frente-. Pero hay una cosa que no entiendo: ¿por qué no te han incluido a ti en el homenaje?

Ella rió.

-Sí que me han incluido -dijo misteriosa, y me señaló una nueva estrella que antes no estaba en el firmamento.

La estrella Makia.

© Víctor Conde
Reproducido con permiso del autor