Alejandra alargó la mano con un movimiento nervioso sin abrir los ojos, buscando a tientas el despertador en su lucha perdida por mantenerse dormida. Ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti. Pulsó el botón una vez, dos, tres. Maldito trasto. Ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti. Derrotada, buscó la hora con la mirada turbia de un despertar no deseado y comprendió, al verla proyectada en el techo, que no era su aparato el que la molestaba. Las seis y media de la mañana de un domingo cualquiera en su primera semana de vacaciones. Ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti.

Enterró la cabeza bajo la almohada, acordándose de paso de toda la ascendencia y futura descendencia de su vecino, el grueso representante de colonias que vivía en la casa adosada a la suya. Cabrón desgraciado…, se dijo a sí misma; no era la primera vez que el idiota olvidaba desactivar el puñetero trasto antes de salir de viaje, pero le fastidiaba que en aquella ocasión el olvido fuese a jorobarle todos los despertares de sus vacaciones. Vacaciones forzosas, vale, pero vacaciones a fin de cuentas. Después de unos minutos abandonada a la pereza decidió levantarse, mirando de reojo la pantalla táctil del teléfono de su mesita de noche; cincuenta y dos llamadas perdidas, qué barbaridad… Lo había silenciado anteayer, con la depresión, y semejante aluvión inesperado le hacía temer alguna catástrofe de las gordas en su trabajo: seguro que alguna otra diva de la canción ligera se había muerto, ya ves, o divorciado, o anunciado un nuevo embarazo a los cincuenta. Aunque también podía ser cosa de Antonio, quizá él… Ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti. El despertador del vecino sonaría durante media hora, y eso si no estaba programado para repetir a intervalos el chirriante pitido después de pausas breves de cinco o diez minutos, así que no tenía mucho sentido mortificarse por ello y sí regresar al mundo, baño mediante, para poder… Para… para…

El agua hirviente del hidromasaje le devolvió la imagen de Antonio. Toda su depresión fingida se debía a él. Le gustaba, maldita sea su estampa; le gustaba mucho. La baja médica con la que se había librado del trabajo tenía su nombre: Antonio. Otro más a quien no podía querer, con quien no podía dormir, de quien no podía recibir caricias. Un nuevo hombre al que evitar porque sólo imaginarlo dentro de su casa le repugnaba. Porque sólo pensar en su cuerpo desnudo le producía arcadas y encontrarse a solas con él, a partir del momento en que comenzó a verlo como a un hombre al que desear, le hacía temblar de miedo. 

Sí, de miedo.

Encendió el televisor con el mando del baño sin pensar, en el mismo acto reflejo con el que conectaba la cafetera cada mañana o iniciaba el programa de hidromasaje antes de poner dos tostadas a calentar. El sonido llegaba quedo al cuarto de baño desde el salón, pero supo que debía tratarse de un boletín de noticias, uno de esos que se repetían en ciclos de media hora hasta que se iniciaba la programación diaria habitual. Aunque le gustaba escucharla de tanto en tanto, Alejandra nunca veía la tele -bastante tenía con su trabajo diario como editora de programas-; aun así, sabía bien que esos espacios de noticias de la mañana eran lo único digno y digerible de todo el día. Después se sucederían los programas del corazón, en todos los canales generalistas y durante toda la jornada. Horas y horas de información que no lo era, de dramas familiares repetidos hasta la saciedad, de protagonistas infumables que se ganaban la vida vendiéndola a cualquier precio. Se sonreía al pensar en su trabajo, relacionado con sentimientos ajenos cuando los suyos habían sido quemados hacía tanto tiempo. Hasta las cenizas.

La noticia de que un grupo de presos fugados en Cantabria había dejado un reguero de muerte en su camino hacia la libertad le hizo estremecerse, como siempre que escuchaba la palabra “preso”. Cantabria no quedaba lejos de casa, cierto, pero sí de donde vivía el ogro; sí de Madrid. Eso la relajaba, por supuesto, aunque el primer respingo resultaba inevitable. Preso, Prisión, Cárcel… cualquiera de ellas bastaba para ponerle nerviosa al hacerle recordar a papá, quien cumplía condena en Madrid, hasta los restos, por fortuna. Treinta años atrás, papá mató a mamá usando el mismo cuchillo largo, jamonero, con el que juró acabar con toda la familia pocos meses antes de… Fuga de presos en Cantabria: deberían matarlos a todos, pensó irritada con su miedo. A todos.

Alejandra sabía que Antonio no era papá. Nadie podía ser como el ogro, era imposible; pero aunque su mente le repetía que todo estaba bien, su cuerpo se revelaba. La memoria del cuerpo, quién lo diría; había pasado por años de terapia y una operación a cerebro abierto en la que recibió un implante freno-disipador. En teoría,  sólo en teoría, Alejandra no podía sufrir reacciones negativas al recordar aquel día. Sabía que tenía que hacer caso a la calma artificial de su cerebro, quien se empeñaba en convencerle intelectualmente de un concepto tan infantil como importante: todo está bien. Aun así, su cuerpo decía no. La memoria del cuerpo, sí, aquel reflejo ancestral en los músculos que la bloqueaba al pensar en… en… No. Nunca podría. 

Su hermano Pedro superó el trauma con rapidez, si es que llegó a sufrir algún trauma; tal vez porque el día en que mamá murió no estaba en casa, o porque era demasiado pequeño para poder guardar recuerdos. Escucharlo siempre ayudaba, pero vivía demasiado lejos como para andar molestándolo a cada depresión, fingida o cierta. Además estaba su mujer, el molesto filtro que tenía que superar cada vez que necesitaba hablar con su hermano. No aguantaba a aquella imbécil. 

Antonio; concéntrate en Antonio.

Sí, se recordó, Antonio no era papá. Antonio era bueno; también más bajo, más delgado, con aquel hablar suave y esa voz de barítono siempre a media voz, sin gritar, sin… sin alzar la mano a nadie, sin pegar a nadie. Sin torturar niños. Sin acuchillar mujeres. Antonio le invitaba a comer en la pausa de media mañana, y también a bailar por la noche aunque ella siempre se negara. Antonio le regalaba flores, le invitaba al cine, le daba pequeñas libretitas de notas sabedor de su afición coleccionista aunque ella lo rechazara todo. Era un sol, era bueno. Es un sol, es bueno… su mente se esforzaba a diario por hacérselo comprender. Pero su cuerpo lo rechazaba.

Porque Antonio, como cualquiera antes de él, le aterraba.

Las noticias hablaban ahora de fútbol. Lo supo porque el periodista utilizaba un tono de voz diferente, ánimos renovados, sin aburrimiento, como si estuviera dando la increíble noticia de que el mundo se acababa o la proclamación del primer Papa de Roma tras casi cincuenta años de Iglesia descabezada. Y eso que los equipos estaban de pretemporada y ni siquiera habían comenzado los torneos veraniegos. Caramba con el fútbol, como si aquellos individuos que corrían como locos detrás de la pelotita dorada guardasen la menor preocupación por sus fans, como si no importase el hecho de que cada competición era ganada por los patrocinadores antes de ser jugada y nadie se percatase de que el que levantaba la copa ya no era un jugador del Milán o del Manchester, no, sino un trabajador de Nike o Adidas. En todo caso, el cambio de tema le devolvió la serenidad. Se permitió una sonrisa y sumergió la cabeza bajo el agua, escuchando algo más lejano el infatigable ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti del despertador de su vecino. Bajo el agua su cuerpo regresaba a la paz absoluta: bajo el agua se había salvado aquel día. El día.

Es curioso que sólo guardase recuerdos concretos de aquel día, que los años anteriores, aun los días anteriores, se hubiesen disipado como el humo. Incluso los recuerdos siguientes al día en que papá volvió a casa aparecían brumosos en su memoria. Es porque sólo tenías cuatro años, decían los médicos; suficientes, en todo caso, para poder recordar a mamá con la claridad de un cielo en un día de verano del pasado milenio. Ella era guapa; oh, sí… la más guapa del mundo. Mamá les quería mucho, y por ellos había abandonado a papá, primero, para luego denunciarle. Alejandra recordaba como si fuera ayer las lágrimas de mamá cuando el comisionado del juzgado le entregó aquel maldito brazalete de baterías biológicas inagotables que le avisaba de la cercanía de papá, a quien alguien había insertado un localizador subcutáneo, varios años antes de los chips cerebrales. Aún guardaba el localizador en alguna parte en recuerdo de su terrible fallo, de la acción estúpida e infantil que había desencadenado todo. Ella no entendía las lágrimas desconsoladas cuando mamá encendía el aparato y un pip, pip, pip cada vez más espaciado y remoto, le decía que papá se marchaba para siempre a trabajar de estibador en algún puerto espacial del levante. No las entendía porque en su cerebro de niña, aquel pip, pip quería decir que el ogro se iba para no volver, que el hombre del saco, a quien ella y su hermano Pedro tenían que llamar papá, no les pegaría nunca más con el cinturón de cuero, ni les arrancaría pelos o les mordería o les pellizcaría hasta hacerles sangrar. Aquel pip, pip era una promesa de libertad.

El día en que papá volvió a casa ella jugaba con el aparato. Le daba tanta alegría oírlo pitar que no encontraba momento para conectarlo de nuevo, toquetear los botones y ver en la pantallita las letras y números que contaban un cuento que ella aún no sabía leer. En realidad, las letras y los números decían dónde se encontraba el ogro, pero tanto daba: sólo buscaba el pip, pip tranquilizador. Debió tocar algo que no debía ser tocado, porque cuando escuchó el ruido de platos estallando furiosos desde la cocina el aparato no decía nada. Ella misma lo había desactivado, precisamente aquel día. Mamá, mamá, ¿qué se ha roto? Es sólo mi cabeza, hijita mía; papá, que ha decidido jugar a la pelota con ella.

Aquel aparato era todo un dinosaurio, claro. Las primeras décadas del nuevo milenio dejaron tras de sí un reguero de nueva tecnología supuestamente ideada para dar seguridad a los usuarios, tecnología que, en realidad, sólo existía para controlar y controlar. Localizadores que a cualquier hora te decían dónde encontrar a tu hijo díscolo, y después a los no tan díscolos, y después a tu mujer, que cada día se retrasaba más después del trabajo. Dos punto treinta kilómetros, motel Salvador, habitación 15, doble con baño, gracias. Pulse “B” si quiere imprimir. Claro que los polígrafos eran peores: deberían prohibirlos. Estaba harta de editar programas en los que el tema era “Mi Mujer me Engaña: me lo dijo el Polígrafo”. Al principio se vendían como juguetes “¿Quién miente a quién? ¡Descúbralo! A partir de los doce años”. Después, alguien pensó en publicitarlo en la teletienda como una suerte de aparato de la verdad casero con el que jugar a costa de las visitas. Detectores de mentiras de andar por casa, un fracaso más del ser humano que había decidido desconfiar para siempre de la sinceridad. Del juego inocente, jijí-jajá, al preguntar a tu marido, diodos mediante, si alguna vez te engañó con otra mientras aún erais novios, iba un paso cruel que todo el mundo dio con alegría juguetona al principio y afán vengador después. Porque los secretos y las mentiras son tan necesarias en la vida como el agua, y descubrir que tu mujer finge el orgasmo noche sí, noche también, o que tu hombre piensa en la vecina del sexto cuando está acariciándote los senos es tan tóxico en una relación como el cianuro en el café. La vida en común se había tornado insoportable, y los contratos prematrimoniales contenían cláusulas del estilo de “No forzará en ningún caso a su pareja a utilizar los servicios de hardware o software poligráfico”. Sacó la cabeza del agua mientras recordaba el caso de aquella mujer pequeñita y chata de un barrio de Sevilla que había esposado a la cama a su marido mientras dormía para poder enchufarlo al aparato. “¿Quién miente a quién? ¡Descúbralo!”. El marido se resistió lo que pudo, claro, hasta que la mujer le amenazó con unas tijeras y… Bueno, quizá aquel hombre debió resistir algún tiempo más. 

El boletín de noticias había acabado y llegaba el tiempo de la publicidad. Duraría un buen rato; al menos la desagradable musiquita estruendosa de los anuncios se superponía al ti,ti,ti,ti,ti,ti del puñetero despertador, y atenuada bajo el agua le acompañaría mientras acababa de relajarse. Sabía lo que tenía que hacer: su depresión era una excusa para poder escapar del trabajo, recluirse consigo misma y romper al fin con la historia de su vida. Así pues, tenía que vencer a su cuerpo. Tenía que confiar en la naturaleza, sabia, y lograr despertar un deseo que alejase para siempre el terror. Tomó aire y regresó a la imagen de Antonio.

Su padre… no, no. Antonio. Antonio era un buen conversador; siempre tenía una palabra amable, adecuada, la perfecta para cada quién. Su padre, en cambio, apenas hablaba. Gritaba mucho, y golpeaba, y… y… Antonio solía leer: ella siempre lo veía con un libro entre las manos. Y parecía dotado de la paciencia del santo Job: insistía en agradarla, insistía en regalarla, insistía en amarla. Conocía su pasado, claro, aunque todo el mundo en la productora sabía que Alejandra tuvo una infancia más que difícil, padre torturador incluido, seguida por una adolescencia dura; pero él era diferente y nunca trató de hablar de ello. Daba la sensación de que a Antonio todo aquello no le importaba, y eso debía ser bueno; sólo que era Alejandra quien tenía que apartar ese pasado de su vida, si es que todavía quería tener una. 

Además era guapo, mucho más que papá. Papá era un monstruo. El Monstruo. Le recordaba con aquellos ojos relucientes y furiosos en un rostro anguloso, barbado y sonriente. Aunque hoy tendría más de setenta años, si es que seguía vivo, en sus pesadillas seguía sonriendo mientras los ojos te golpeaban y te quemaban y te mordían y te acuchillaban. Aquel día los ojos oscuros sonreían, lo vio desde el hueco de la puerta: sonreían mientras el cuchillo jamonero caía y se deslizaba lleno de muerte una y otra vez sobre su madre. Ella sollozaba, él reía. Después Alejandra corrió hacia el baño y se sumergió en la tina. Debió estar bajo el agua dos minutos, tal vez tres… en ocasiones le parecía que toda una vida. Bajo el agua escuchaba la voz del ogro llamándola: “Alejandra, ¿dónde estás? Papá quiere contarte algo. Papá quiere enseñarte lo que ha hecho con mamá. ¿Dónde, dónde estás?”. Cuando salió de la bañera, aterrorizada, llorando, el ogro se había ido y la policía estaba rompiendo la puerta. Luego todo se hacía niebla y confusión, y quedó ella, yerma para la vida, muerta para el mundo.

Bajo el agua todo era más sencillo, así que volvió a sumergirse.

Durante unos años se enfrentaba con el aparatito todas las noches. Lo golpeaba, lo lanzaba por el suelo, pulsaba botón tras botón, luchaba con él, retándole, gritándole. Pero ya nunca sonaba, ¿por qué iba a hacerlo? A fin de cuentas, parecía decir el mudo artilugio, la culpa en aquel día fue toda suya: ella jugó con él, ella lo desactivó. Ya no volvió a escuchar el Pip, pip, pip. Por fortuna, claro, aunque su parte culpable parecía querer regresar al día en que todo pasó para cambiar cocina y bañera con su mamá. Pero aquello era un tiempo perdido, y tenía que dejarlo atrás. A través del agua se imaginó que escuchaba un ruido abajo, que la puerta se abría y que Antonio entraba con unas flores, y que subía, y que se acercaba al baño, y que su vagina comenzaba a temblar y…

Ti, ti, ti, ti, ti, ti, ti, ti… y la música publicitaria había acabado. De nuevo se iniciaba el aburrido ciclo del noticiario matutino. Trece muertos por descarrilamiento en León, por culpa de unas vías viejas que no soportaron la tensión y la velocidad de un tren moderno a cuatrocientos kilómetros hora. Siempre la misma historia: nos empeñábamos en mezclar agua con aceite, lo viejo con lo nuevo, lo contemporáneo con lo clásico. Cuando el producto era un montaje operístico esperpéntico, con extraterrestres azules interpretando los papeles de Siegmund o Brunilda, no pasaba nada. Pero trece muertos… Doscientos periodistas desplazados al conflicto de México, una nueva guerra con la que mantener ocupado al pueblo. Cinco policías muertos en la fuga de tres presos desencadenada durante un traslado rutinario desde Madrid hasta Santander, y…

Ti, ti, ti, ti, ti, ti, ti, ti.

Cinco policías muertos en la fuga desencadenada durante un traslado rutinario desde Madrid hasta… Desde Madrid. Madrid. 

Traslado. 

Traslado. 

Traslado. 

Ti ti ti ti ti ti ti ti ti ti.

Otra vez el ruido en la puerta. No, no lo estaba imaginando. Titititititititititi. Cincuenta y dos llamadas perdidas. Aún guardaba el localizador en alguna parte en recuerdo de… Ahora lo entendía. El aparatito con el que jugaba de niña no hacía Pip, pip, pip, como le decían sus recuerdos mentirosos, sino “Ti-ti-ti-ti” y luego “ti, ti, ti, ti, ti”, y después “ti ti ti ti ti ti”.

Y luego Tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…

Algo se rompió en su cerebro. La espalda dejó de sostener un cuerpo que se deslizó centímetro a centímetro, trémulo y flácido en el agua mientras Alejandra balbuceaba con voz infantil mamá ven, mamá ven, mamá ven, mamá ven. Se sumergió por completo, respiró agua y supo que allí estaría segura. Volvería la paz. “Mira lo que le he hecho a mamá… ¿Dónde, dónde estás?”. Esta vez se quedaría siempre bajo el agua, donde él no la encontraría.

Porque al fin papá había vuelto a casa.

© Víctor M. Ánchel
Reproducido con permiso del autor