Algún tiempo después de haber muerto, Bruno se encontró sentado en una estancia donde todo era blanco y con la sensación de que la cabeza le daba vueltas. Cerró los ojos y volvió a abrirlos, y miró de nuevo el lugar en que se hallaba. No adivinaba qué era aquello ni qué estaba haciendo allí. Miró su cuerpo. No sabía siquiera sobre qué estaba sentado; una especie de nube de algodón parecía que le envolviera, algo parecido a espuma. Miró más allá y vio a dos tipos que hablaban entre ellos. Uno le daba la espalda, y el otro, que lucía una barbita corta, era calvo y de rostro delgado, le dirigió una rápida mirada sin dejar de charlar. Ambos parecían que llevasen una especie de túnica o ropaje azul eléctrico.

Después de lo que le parecieron varios minutos, el calvo de la barbita se despidió del otro, que desapareció por algún lugar de aquella estancia, y se acercó a Bruno, con una leve sonrisa en el rostro y mirándole con fijeza.

-Oiga… -empezó a decir Bruno, cuando ya llegaba junto a él-. No sé qué hago aquí…

-Claro, claro. Mire, Bruno…

-¿Conoce mi nombre? -le interrumpió Bruno, extrañado.

-Por supuesto -el hombre ensanchó un poco más su sonrisa-. Usted es Bruno Camps Ripoll.

-Sí… ése es mi nombre… Pero, ¿cómo lo sabe usted? ¿Y qué sitio es éste, qué hago yo aquí?

-Bueno, en primer lugar deje que me presente. Soy Sigma. En cuanto a lo que hace usted aquí… En fin, creo que ya lo sabe. Usted está muerto.

-¿Muerto? -Bruno se quedó mirando al llamado Sigma como si no creyera lo que había oído-. ¿Muerto? Pero…

-Lo sabe, Bruno. Lo sabe muy bien. No murió de un accidente, ya lo irá recordando. Pero no tiene importancia si no lo recuerda. Ya tenía usted setenta y siete años, y sufría una grave enfermedad…

-No me siento como si tuviera setenta y siete años -dijo Bruno, y pensó que eso era una estupidez casi en el instante mismo de oír sus propias palabras.

-Desde luego. No debe sentirse así. De hecho, no debe sentirse de ninguna edad.

Bruno le miró desconcertado.

-¿Qué aspecto tengo? -preguntó.

-El suyo. El de Bruno Camps Ripoll.

-¿El de un hombre joven? -insistió-. Me siento como si fuera así.

Sigma suspiró levemente.

-Bruno, eso no es importante, la verdad. Y no espere hallar espejos para comprobarlo.

-¿Qué sitio es éste?

-Eso tampoco es importante por ahora para usted. En todo caso, le diré que estamos en la sala de los recuerdos.

-¿La sala de los recuerdos? ¿Qué recuerdos?

-Bien, Bruno; verá, ése es un poco el problema que tenemos con usted. Se supone que ha de encajar en el  recuerdo de alguien… Pero no podemos o no conseguimos encajarle todavía.

-¿Encajarme? -Bruno estaba cada vez más desconcertado.

Sigma asintió con la cabeza.

-Esto tiene que ser una broma. Debo de estar soñando.

-No es ningún sueño, Bruno. Lo sabe muy bien. Usted murió en el hospital, en la Clínica Delfos, concretamente, en el transcurso de una segunda intervención quirúrgica. Puede que recuerde imágenes de su entrada en el quirófano, o puede que no. Eso no es importante, quedó ya atrás. Si le sirve de consuelo, no sufrió; estaba anestesiado.

-Estoy viviendo una pesadilla -dijo Bruno mirando aquel lugar donde sólo había blancura.

-No, Bruno, tranquilícese. En cuanto le encajemos, todo acabará.

-¿Cuando me encajen?

-Eso es. Me hago cargo de su desconcierto. Usted debería haber ido directamente a los recuerdos de otra persona ya fallecida…, pero algo no ha ido como debía y no ha sido posible. Aún no es posible, sería mejor decir. Pero no debe preocuparse. No es un caso inhabitual. Por ejemplo, suele ocurrir con los niños. Un niño, de la edad que sea, casi siempre ha de esperar a la muerte de algún adulto que le recuerde. Ellos… ya tienen ese destino establecido. El tiempo de espera hasta conseguir el encaje es para los niños como un juego y nosotros estamos preparados para afrontarlo y ocuparnos de ellos.

-¿Y quiénes son ustedes?

-No tiene importancia para usted, Bruno. No debe preocuparle nada, ya le digo.

-¿Que no debo preocuparme? -replicó Bruno, indignado-. ¡Pues claro que me preocupa! ¡Todo esto me preocupa! ¿Cómo quiere que me haga cargo de estar muerto si me siento vivo…?

-¿Vivo? -Sigma le contempló fijamente-. ¿De verdad se siente usted vivo?

-Pues claro, yo…

-Pellízquese -le ordenó Sigma.

Bruno, tras una duda, hizo lo que Sigma le pedía… y no pudo pellizcarse. ¿Y sus brazos? ¿Y su carne? No sentía nada. ¿Dónde estaba su cuerpo? Le parecía como si estuviera hundido en aquella nube de algodón, como podía estar hundido en una piscina, sólo con la cabeza fuera del agua. Le entró angustia, y luego creyó sentir mareos.

-No… no puedo -dijo-. No siento… que tenga nada…

-Cálmese, Bruno. Permanezca tranquilo. Usted es ahora tan sólo una forma de energía, por decirlo de una manera que lo entienda fácilmente. No puede sentir ni dolor ni placer. En cuanto haya entrado en los recuerdos de alguien, todo cambiará a mejor, ya lo verá. Incluso esta pequeña charla que estamos teniendo, desaparecerá de su recuerdo, como si nunca hubiera tenido lugar. Es una cuestión de tiempo.

-¿Cuánto tiempo?

-No se preocupe. Como le he explicado, no es una situación anómala. Yo estaré a su lado el tiempo que sea preciso. Mire, a los niños les solemos juntar con otros de su misma edad… es más divertido y relajante para ellos. Pero nunca hemos creído prudente hacerlo con adultos, ¿sabe? De la edad que sean.

Bruno hacía esfuerzos para entender todo aquello, pero nada de lo que Sigma decía le satisfacía.

-No quiere decirme la verdad de lo que es esto, ¿no es así? ¿Es el cielo? ¿El infierno? ¿Es usted un ángel enviado por el Todopoderoso?

Sigma se rió, divertido.

-¡Cuántas preguntas, Bruno! Ya le digo que debe despreocuparse de todo.

-Yo creía que no había nada después de la muerte…

-¿Y quién dice lo contrario?

Bruno le miró pasmado.

-¿Cómo que quién? -dijo-. Pues si esto no es lo que hay después de la muerte, ¿qué diantre es?

-Se empecina en atormentarse, Bruno -dijo Sigma, algo molesto, pero disimulándolo-. ¿Qué era lo que esperaba? ¿Un tribunal presidido por Dios Padre, su Hijo y el Espíritu Santo? ¿Y con la Virgen María de abogado defensor? ¿Es usted católico practicante?

-No. No lo soy. Me educaron como católico, pero de mayor…, bueno, pasé de eso.

-¿Y qué ocurre, pues? ¿Algo le decepciona?

Bruno se dio cuenta de que Sigma trataba de ocultar su malestar, y procuró atemperar la situación.

-No. Es que… Verá, Sigma, no sé muy bien lo que siento. Sólo hago preguntas para saber dónde estoy y qué hago aquí, qué me va a pasar, sólo eso…

-Ya la he dicho todo cuando necesitaba saber. Está en la sala de los recuerdos, a la espera de ser encajado en el lugar que le corresponda en otra persona, otro fallecido. Alguien fallecido con anterioridad y que desee recordarle a usted. Entrará dentro de esos recuerdos, para siempre. Y todo esto de ahora, se olvidará. Tendrá un cuerpo, y una edad concreta, la que le ponga esa persona que le recuerde.

Bruno se quedó mirando a Sigma. Al cabo de unos momentos, preguntó:

-¿Y espera que me crea eso?

-Algo me decía que usted me saldría con eso -suspiró Sigma.
-Pero es que no tiene lógica… -empezó a decir  Bruno, pero Sigma le cortó con brusquedad.

-¿Usted se rige por la lógica? Hace muy mal. La lógica está bien para las operaciones matemáticas, y las reacciones de física y química. Las funciones… emocionales, por llamarlas así, carecen de lógica. Mire, le he dado ya la información que necesitaba saber. Incluso algún detalle de más. A los niños, que merecen la mejor de nuestras atenciones, nunca se les cuenta tanto. De hecho, casi nada.

-¿De verdad? Pues cómo les envidio -dijo Bruno con sarcasmo.

-Hace muy mal -le replicó secamente Sigma-. ¿Envidiar a niños que muchos de ellos han muerto violentamente? ¿Cómo se cree que vienen tan pronto aquí? Mueren por hambre, por las guerras, a manos de violadores y pederastas. Los que tienen suerte, de enfermedad o accidente. Les han cortado la vida cuando apenas empezaban a saber lo que era, a muchos de forma brutal y salvaje. Cuando se produce una catástrofe natural,  pueden llegarnos a millares; lo mismo que en un atentado terrorista. ¿Les envidia? ¿De verdad les envidia?

-Oh, está bien. Olvídelo. Lo siento. Es que todo esto… no sé hacerme a la idea.

-Desde el primer momento le he dicho lo mismo: no se preocupe por nada.

-Usted sólo sabe repetir eso: no se preocupe, no se preocupe… Pero es que yo no esperaba… -calló porque no sabía cómo seguir.

-Nadie espera nada -le dijo Sigma, más amablemente ahora-. Algunos quizá, sí. Pero cuando… se cruza el umbral, por decirlo así, en ese momento no se espera nada. Ese instante preciso en que se produce la muerte, el término de la vida, es algo tan horrible, tan espeluznante, tan sobrecogedor, tan inmenso el temor, que quienes esperaban otra vida, un cielo o algo parecido, se desentienden de ello. No pueden pensarlo siquiera. Se está tan sobrecogido por lo que podríamos llamar el acto de la extinción que el cerebro se rebela. Usted tuvo suerte: estaba anestesiado y no fue consciente del paso del umbral. Pocos son tan afortunados; la mayoría están conscientes y viven el instante del… traspaso. Pero es muy breve, algo infinitesimal, y enseguida acaba. ¿Dónde va la llama cuando se apaga la vela?

Bruno le miró con cierto temor, pero Sigma parecía sonreír ahora.

-¿Sabe lo que dijo un escritor español? -continuó hablando Sigma-. “La vida no es más que un relámpago entre dos noches infinitas”. ¿No le parece hermoso?

-Es… es espantoso. ¿Qué poeta dijo eso?

-No fue un poeta. Lo dijo un famoso humorista.

-¿Un humorista dijo eso? Me toma el pelo.

-¿Qué tiene de extraño. Una frase es bella, hermosa, impactante, sincera o notable con independencia de quien la haya dicho. ¿Sabía usted que Adolf Hitler solía saludar con un cortés “Buenos días” a las visitas civiles que recibía? Es una frase de cortesía y educación, no importa quién la diga.

Hubo un silencio, y luego Bruno dijo:

-Así que eso es la sala de los recuerdos. No parece gran cosa.

-Estamos en una parte de ella, tan sólo. El destinado a la espera de usted. Donde están los niños, es más divertido, desde luego. Así ha de ser, pues hasta que fallece un padre o una madre o algún otro pariente que les recuerde… El tiempo para ellos puede hacerse muy largo, ciertamente.

-¿Y los adultos no podemos juntarnos como ocurre con los niños?

-No, de ninguna manera.

Bruno no tuvo ganas de insistir sobre el tema.

-Hay algo… que no entiendo. Yo he de esperar a que alguien… ya muerto o aún por morir, ¿no?, me recuerde para entrar en sus recuerdos. Pero, ¿no es lo mismo con todos? ¿No todo el que muere entra en los recuerdos de otros fallecidos? ¿Es que hay quienes sólo se limitan a “recordar” gente, por decirlo así?

-Verá, es un proceso… complejo de explicar y no tiene mayor importancia para usted. Ya sabe lo básico. Una vez esté encajado en un recordante, olvidará este encuentro y vivirá una apariencia de vida sin límite en el tiempo. En paz y felicidad.

-¿Apariencia de vida? -Bruno se asustó al oír aquello.

-¿Qué teme? Lo malo ha terminado ya. No hay mal alguno en la sala de los recuerdos. Por eso se llama así. Hay una curiosa tendencia en el ser humano: a la larga, siempre sobreviven los buenos recuerdos; los malos se van borrando de la memoria, se esfuerzan en no ser recordados, mientras que los buenos vienen de manera casi espontánea, como una visita grata e inesperada.

-¿Y… y si nadie me recuerda? ¿Qué ocurre en tal caso?

-¿Por qué habría de ocurrir?

-¿Ocurre? ¿Ocurre o no?

Sigma le repuso con la cara vuelta hacia otra parte de la estancia.

-Eso no interesa ahora, Bruno. Deje de atormentarse. Espere, sin preocupaciones.

-¡Esperar, esperar, esperar! -Bruno estaba exasperado-. ¿A qué? ¿Y si nadie me recuerda, qué hará usted entonces? ¿Nos pasaremos aquí la eternidad esperando a que alguien muera, alguien que me recuerde? ¿No se da cuenta de que llegará un momento en que todos quienes vivieron al mismo tiempo que yo y me conocieron, por poco tiempo que fuera, ya habrán muerto también? ¿Qué hará cuando no quede vivo nadie que al morir pueda recordarme? ¿Alguien del siglo veinticinco? ¿Eso es lo que esperaremos? ¿Por qué he de esperar? ¿Por qué no puedo ser yo quien recuerde a otros? ¿Es que incluso después de haber muerto hay distinciones, clases, categorías, privilegios? ¿Por qué no puedo ser yo quien recuerde a otros? ¿Eh? ¡Contésteme a eso!

Sigma suspiró otra vez y le miró brevemente, pero no dijo nada. Eso le indignó aún más.

-Tengo que saberlo. Estoy siendo tratado injustamente. Todo esto… me acarrea sufrimiento psicológico…

-¡Cállese, por favor, Bruno! -estalló de repente Sigma-. ¡Es usted… ridículo! ¡Absolutamente ridículo!

Bruno se lo quedó mirando, estupefacto, sorprendido por aquel inesperado estallido de furia, tan opuesto a sus modales corteses y atentos, un tanto distraídos, hasta entonces. Ahora estaba muy claro que Sigma se había enfurecido con él por algo que Bruno había dicho. Así pues, decidió no insistir más y guardó silencio durante un rato, al cabo del cual le dijo en voz baja a Sigma:

-Le ruego me excuse si le he ofendido en algo, pero es que esta situación… esta espera…  Si nadie me recordase… Usted ha mencionado antes a Hitler. A él no le debe de recordar nadie, ¿verdad? O sí. ¿O acaso es un recordador?

-No puedo responder a esa clase de preguntas, Bruno.

-Pero me ha hablado de los niños…

-Eso es de carácter general. No puedo hablar de casos particulares, comprenda…

-Es que me parecería injusto que alguien recordase a Hitler y a mí no me recordase nadie. Aunque ya me figuro que quienes le recuerden serán los millones de personas que hizo exterminar en sus campos de concentración… las cámaras de gas y todo eso… Personas que ahora disfrutarán haciéndole a él lo mismo que él les hizo a otros…

-Bruno, no entiende usted nada -dijo Sigma, con cierto cansancio-. Aquí nada de eso cuenta ya. Se ha cruzado un umbral y todo ha sido dejado atrás, ya nada importa. ¿Cree que quien murió torturado, o de manera violenta, se recrea reviviendo sus instantes de dolor y sufrimiento? Desde luego que no. Son ellos los recordadores, los que recuerdan a los demás. Los que han muerto sufriendo, los que han sido torturados, los fallecidos en el transcurso de una guerra en la que ni siquiera combatían, los perseguidos, los asesinados por defender pacíficamente un ideal o una manera de pensar, las mujeres violadas y asesinadas, los niños masacrados, las víctimas de una catástrofe natural o de un accidente inesperado, los que fallecen tras una agonía terrible a causa de una enfermedad incurable, las personas usadas como tiro al blanco, los inocentes asesinados por capricho…, ellos, todos ellos son los recordadores. Todo aquel que ha sufrido o padecido de alguna manera en su repugnante planeta llamado Tierra. Pero no recuerdan sus momentos de dolor, de sufrimiento, de tortura, su agonía entre gritos de desesperación… No. Su recuerdo es una película sin fin de su mayor momento o de sus mayores momentos de felicidad. Aunque sólo hubiese uno en su vida, ése es el que recuerdan. Y en él entran quienes ellos quieren recordar. Quienes así lo merecieron o formaron parte de ese instante de dicha; quienes llevaron una vida anodina, sin sufrir dolor ni tortura, ni una muerte violenta, cruel, inesperada. Ésos son los recordados. A veces alguno puede convertirse también en recordador… Puede bastar una existencia infeliz, desdichada o una enfermedad dolorosa, para formar parte de los recordadores. Y varias personas pueden entrar en el recuerdo de otra, es frecuente. Lo llamamos mezclas. Eso pasa mucho con los niños, ¿sabe? Un niño puede estar en el recuerdo de varias personas a la vez… En el de su padre y su madre, y en el de un hermano, o una tía… otro pariente… Los niños no pueden ser recordadores, debido a su escasa edad, por muy dolorosa o espantosa que haya sido su muerte. Por eso tenemos con ellos esas atenciones y consideraciones especiales. Todos encajan. Casi todo el mundo acaba por encajar…

-¿Casi todo el mundo? -repitió Bruno.

Sigma le miró con desprecio.

-Casi todo el mundo. Hitler, por el que me ha preguntado, está en los recuerdos de su madre. Allí vive, por decirlo empleando esa palabra que tanto le obsesiona, como un niño gordezuelo de nueve años, despreocupado y feliz, ignorante de que se convirtió en el mayor exterminador de seres humanos que ha conocido la historia, que hizo del aniquilamiento de personas casi una industria. Y sus víctimas, los que pasaron por los hornos crematorios, los gaseados, recuerdan momentos felices anteriores a todo aquello. El momento en que jugaban bajo la mirada de la madre que en la casa lavaba la ropa o preparaba la comida, sin saber ya nunca que cinco minutos más tarde vendrían a llevárselos camino de unas duchas de las que no era agua lo que salía de ellas… Sus recuerdos son una eterna primavera, una muñeca de trapo, barro en la calle con el que ensuciarse y nada más. ¿Le basta con eso o quiere más ejemplos? Una adolescente llamada Estrella Luján Paredes nunca recordará que fue violada y estrangulada a los quince años cuando cruzaba una mañana el bosque camino de la casa de su tía, que la enseñaba a bordar. Su vida, su único recuerdo, es una eterna mañana en casa de su tía, aprendiendo a bordar, escuchando canciones por la radio y riendo con su tía…

Bruno sintió que algo se rompía en él.

-Estrella… oh. Dios… Estrella…

-Ha preguntado, ha querido saber. Y no le gustan las respuestas.

-Yo… lo había olvidado… yo…

-¿De veras? ¿Lo había olvidado? Desde el primer momento le he dicho y repetido continuamente que no se preocupara por nada, que no debía preocuparse por nada. Pero no ha querido hacerme caso, no ha querido callar…

-Estrella…

-Eso es. Estrella. A la que cuando usted tenía dieciocho años, violó y estranguló.

-Yo… yo no sé qué me pasó… Era muy joven entonces… y ella… ellla no…

-Cállese ya, Bruno. Debió hacerme caso desde el primer momento. ¿Comprende por qué no puede ser ni será nunca un recordador? No puede serlo.

-¿Y quién lo será?

-No lo sabemos. Su madre falleció cuando apenas era usted un bebé, y tiene sus propios recuerdos. Su padre nunca supo que tenía un hijo, pues la abandonó antes del parto. Y no parece que haya hecho usted gran cosa para ganarse el recuerdo de nadie. Pero no perdamos la esperanza. Falleció a los setenta y siete años, algo debió de hacer en ese tiempo. No todo debió de ser un asesinato.

-¿Y si nadie me recuerda? No he sido peor que Hitler. Cometí, sí, una locura, en un momento de ofuscación… Pero…, es sólo una muerte, una contra millones de ese individuo… No es tan horrible lo mío.

-Una muerte. Un millón de muertes. No es la cantidad, Bruno. Es el acto, el acto en sí mismo. La privación de vida de un ser. Eso es lo abominable. Y no me pregunte a mí, pues no soy ningún juez.

-¿Y qué es, pues? ¿El ángel de la guarda?

-No diga más estupideces, ¿quiere? Debió de pensar en todo eso el día en que violó y estranguló a Estrella.

Ya no hubo más intercambio de palabras entre Bruno y Sigma. Permanecieron en silencio, en aquel lugar sin existencia, esperando un acaso o un quizás. Bruno esperaba que alguien le recordara. Lo único que le consolaba era no recordar nada más de lo que fue su existencia anterior, de lo que se llamaba “vida”.

Así que esperaba.

 

© Juan Carlos Planells
Reproducido con permiso del autor