¡Judy, querida!
¡Judy, amor mío!
Sube las escaleras.

Punch y Judy

El cuerpo yace en el suelo, la espalda apoyada contra la pared. Está desnudo, los ojos cerrados, los dedos de la mano derecha crispados, como si quisiera atrapar el aire que se desliza entre ellos. Su piel está surcada de heridas, trazos abiertos al azar por un escalpelo descuidado. La sangre alrededor de las heridas se ha secado y se ha vuelto oscura, y sólo una maraña deshilachada de un color rojo brillante busca su camino entre los pliegues de la carne para desembocar en la tarima.

El cuerpo yace en el suelo de una habitación pequeña, apenas amueblada. Contra una de las paredes se apoya, carcomido por la edad, un viejo armario de puertas de espejo -quebrado aquí y allá, heridas provocadas por el impacto del cuerpo contra las hojas- y, junto a la puerta abierta, una cómoda volcada con los cajones abiertos. Su contenido (ropa interior femenina en su mayoría, la idea retorcida del paraíso para un pervertido) ha cristalizado a su alrededor en un inesperado intento de fuga.

El cuerpo pertenece a un hombre, pero poco nos importa, pues al fin y al cabo es sólo un cuerpo, y los cuerpos no son más que vehículos necesarios para que los verdaderos protagonistas puedan narrar la historia.

En el suelo, junto a una de las manos del cuerpo, está el cocodrilo hambriento. Piel verde brillante, escamas de color verde oscuro recorriendo su espina dorsal, grandes ojos negros como un día sin esperanza. Tiene la boca abierta, y una lengua larga, roja, escapa de ella y resbala entre sus  desproporcionados dientes.

El cocodrilo espera.

(No puede hacer otra cosa)

Espera a que el cuerpo se levante; sabe que antes o después lo hará. El que haya hecho esto -las heridas, los golpes, la sangre- ha sido torpe, descuidado. El cocodrilo sabe que pronto estará de nuevo vivo, dispuesto a enfrentarse a lo ocurrido.

No se equivoca.

Nunca lo hace.

Conoce la historia al dedillo, como todos los demás, y aunque a veces la trama sufre ligeras variaciones, adaptándose a la época, la historia siempre es la misma. Tragedia, risa. Y un hurra cuando muere el Diablo.

El cuerpo gruñe, ahoga un grito, se incorpora entre gemidos. De su frente brota la sangre, resbala por su rostro anodino. El cuerpo da unos pasos dubitativos, mira a su alrededor. Cuando descubre la marioneta de tela en el suelo, frente a él, sonríe (si la expresión que se forma en su cara puede denominarse así, pues no sabemos a ciencia cierta si los cuerpos sonríen) y se acuclilla junto a ella. Las heridas en sus muslos se abren, la sangre se vierte con desgana. El cuerpo extiende su mano y la introduce en el interior de la marioneta, y

cuando

lo

hace

Cocodrilo despierta, hambriento. Mira a su alrededor, inquieto, pues ha transcurrido demasiado tiempo (una eternidad) desde la última vez que ha estado despierto. ¿Qué ha ocurrido? Le cuesta recordarlo. Una sombra, un golpe. Después, el silencio y el olvido.

Cocodrilo abre la boca, la cierra. Mira a su alrededor, nervioso. ¿Dónde está Judy? Cocodrilo guía a su soporte hasta la puerta, le ordena que la abra. En el exterior del cuarto todo está oscuro. Cocodrilo busca el interruptor de la luz con la boca: deja que su lengua resbale por la pared, acaricie su superficie con delicadeza, hasta que siente el tacto del plástico y se detiene. El soporte emplea su mano libre para pulsar el interruptor una, dos, tres veces. La luz no llega. Tendrán que avanzar en la oscuridad, recorrer el pasillo, bajar las escaleras, llegar a la puerta, salir al exterior.

Pero antes necesita encontrar a Judy.

Ella le contará lo que ha ocurrido, le ofrecerá una explicación.

Porque

El cuerpo cayó al suelo y la marioneta resbaló de sus dedos. Trató de incorporarse, pero se detuvo. Lo primero era volver a ser uno con el cocodrilo. Lo importante era volver a ser. Así que

introdujo

su

mano

Judy siempre lo sabe todo, por eso.

Cocodrilo avanza envuelto en sombras. Abre mucho los ojos, tratando de captar algún detalle en su avance a ciegas, algo como el contorno de un mueble, algo que le permita identificar su entorno y mantener indemne (olvida sus heridas, olvida su estado) a su soporte. No lo logra. La oscuridad lo devora todo, como un cocodrilo hambriento. El soporte tropieza, a punto está de caer. Cocodrilo se impacienta. Oye un gemido a su espalda, y entonces el soporte se arrodilla en el suelo (un golpe seco) y vomita ruidosamente. Cocodrilo lamenta no poseer el sentido del olfato, pues sabe que lo que perturba a su soporte puede conducirle hasta Judy. Lo sabe.

Sssshhh, silencio, niños.

Avanzan hacia una línea de luz que quiebra el suelo, resbala bajo la puerta. Esa puerta conduce al cuarto trastero, donde tantos esperan pacientemente que vengan las manos a llevarlos. Cocodrilo acerca su gran boca al pomo de la puerta. Retrocede contra su voluntad. Percibe ahora el humo que emana de la hoja, que resbala por el suelo como niebla. Percibe el calor. A pesar de ello abre la boca, enrosca su lengua alrededor del pomo (ignorando el dolor del soporte, el gemido) y abre la puerta.

Tose, le lloran los ojos.

Al menos esas son las sensaciones que pretende transmitir a su público.

Su soporte, menos dado al histrionismo, gimotea cuando entran en el cuarto. Apenas quedan llamas ya, pequeños focos desperdigados por el cuarto como reliquias olvidadas. En el ambiente flota un dulzón olor a combustible, el mismo que antes empapaba el suelo, las paredes.

Cocodrilo ve las cenizas negras que han mordido la tela, que han devorado la vida de sus amigos como un cáncer, quebrando toda posibilidad de restauración. Joey el payaso, la preciosa Polly, el agente de policía, el ciego, el doctor… todos, convertidos en cenizas. Cocodrilo abre la boca, grita, un grito distorsionado de tela y teatro de marionetas. ¿Quién ha podido hacer algo así? ¿Quién?

La respuesta le llega al instante.

El señor Punch.

El celoso, enfermizo y desquiciado señor Punch.

Sólo ese horror oculto entre las bambalinas sería capaz de hacer algo así. Cocodrilo se acerca a los cuerpos mutilados, acariciando corchetes, tela, madera, gomaespuma; consciente de que no podrá infundirles vida de nuevo, consciente de que ningún soporte les devolverá al teatro de la existencia.

El soporte se tambalea, se cubre el rostro con la mano libre. Cocodrilo sabe que el humo no es bueno para él, así que decide salir al exterior, a la oscuridad. No ve nada, avanza a ciegas. Comprende

(tarde, demasiado tarde)

que el soporte le ha conducido hasta las escaleras. Entonces oye la risa, la terrible risa, y siente el viento en sus ojos negros cuando el soporte tropieza y caen por los escalones, abajo, abajo, más abajo.

Queda allí tumbado, a los pies de su soporte que, inmóvil, con los ojos muy abiertos, ha dejado de gemir. Cocodrilo comprende que el soporte está roto, para siempre. Siente miedo. Siente tristeza. Por él, por Judy, por el bebé, el hermoso bebé. ¿Qué le habrá hecho el señor Punch al bebé?

Entonces oye de nuevo la risa, y con ella, la voz.

¿Se puede saber qué estáis mirando, niños?

Oscuridad. Permanece atento, pues en la oscuridad la voz procedente de las bambalinas es auténtica.

¿Dónde está?, pregunta Cocodrilo.

¿Dónde está el señor Punch?

Vamos, díselo.

Díselo a gritos.

Los niños gritarían, los niños se lo dirían.

Todos quieren a Cocodrilo.

El señor Punch está allí, allí, allí, tras él, oculto entre las sombras, sosteniendo entre sus mandíbulas desencajadas el cuerpo mutilado del bebé. Saldrá de un momento a otro y se abalanzará de nuevo sobre Cocodrilo. Terminará lo que vino a hacer. El señor Punch ha dejado el palo a un lado, y en una de sus manos sostiene un mechero. En la otra una lata de gasolina.

Vamos, ¿dónde está el señor Punch?

Dilo.

Grítalo.

Allí, allí.

Dilo.

¡Allí, allí!

¡Detrás de tí!

Hazlo.

Si no lo haces Cocodrilo, como todos los demás, morirá.

Si lo haces te arrancaré los ojos y te abriré en canal, maldito seas.

© Santiago Eximeno
Reproducido con permiso del autor