Maleficio. Segunda parte
Juan Miguel Aguilera y Javier Redal
CUATRO
La lanzadera se posó a cinco kilómetros de Base Aleph, en una extensión llana y cubierta de gravilla, enfáticamente llamada “campo de aterrizaje”. Había media docena más de naves, de las que se estaban descargando equipo y vehículos. Algunos de los miembros del personal científico bajaron de la lanzadera, con sus bultos de mano al hombro.
El firmamento era de un índigo oscuro. El sol Kali A relucía en el cénit como una gruesa naranja. Aunque había grandes nubes blanco-amarillentas sobre las montañas, el tiempo era cálido y el suelo se había secado.
Era el olor lo que resultaba alienígena. El primer asalto de un mundo nuevo, pensó Hari, es olfativo. Y aquel planeta olía como un sepulcro recién abierto.
* * *
Un vehículo todoterreno los condujo hasta la base y los dejó en su centro, cerca del gran edificio de piedra que llamaban el “Hounfor”. Un oficial con insignias de teniente les llevó a sus alojamientos, situados a lo largo de la calle principal, y los distribuyó en grupos.
Hari abrió la puerta del apartamento que le habían asignado. Era un edificio prefabricado estándar. Tenía capacidad para seis personas: Una sala, tres dormitorios con dos literas cada uno, un cuarto de baño y una pequeña cocina. Demasiado espacio para él solo, pensó. Pero no lo estaba.
En el centro de la sala flotaba una especie de huevo transparente, dotado en su parte inferior de diminutos mecanismos para su sustentación. Del ecuador del huevo surgían delgados filamentos plateados, articulados de forma semejante a las patas de una araña. Moviéndose con la perezosa gracia de un manojo de algas bajo el agua.
Hari dio un paso hacia aquella cosa y vio la conocida forma de un básico flotando en el centro del huevo, con su cola conectada a un complejo enlace sináptico. El artefacto emitió una perfecta simulación de una voz humana.
-Saludos, Hari. Espero que haya tenido un buen descenso.
-¿Almirante? ¿Es usted?
-Solo una mínima expresión de mi persona, pero está enlazada con el resto de mi totalidad a través del haz.
Instintivamente, Hari miró hacia lo alto. En aquellos momentos, el cuerpo de la cofradita, se podría considerar que abarcaba miles de kilómetos.
-¿Ha visto la base?
-Solo desde la ventanilla del todoterreno. Un lugar tétrico.
-Eso me ha dicho Mahal. Claro, que esa expresión no puede guardar un mismo significado para nuestras dos especies… pero me preocupa el efecto que ese ambiente pueda tener en la moral de las tropas del coronel.
Hari se dejó caer en uno de los sillones. Era indecentemente confortable.
-Sinceramente, yo no me preocuparía por eso. La moral de un ksatrya ocupa un lugar muy secundario con relación a su sentido del deber.
-Lo sé, pero ese es un lugar de muerte. Muerte inexplicable por otro lado… y es Jeldis Talnago que no hace otra cosa que hablar de maleficios, magia negra, lugares malditos…
Hari observó, extrañado, al objeto flotante.
-¿A qué se refiere exactamente?
-Venga conmigo, Hari. Quiero mostrarle esto.
-Un momento -pidió.
Hari abrió su bolsa de viaje, y extendió su contenido sobre una de las literas. Se guardó una terminal de ordenador en el cinturón, y dijo:
-Listo, Almirante. Detrás de usted.
* * *
Hari caminó, siguiendo al flotante huevo, entre los edificios prefabricados. Por todas partes veía soldados ksatryas perfectamente armados: patrullando por las calles, o subidos en lo alto de los edificios para ver mejor. Sin duda llevaban el arnés al mínimo: vio que pasaban de uno a otro con una fácil zancada.
Base Aleph estaba dividida en cuatro “barrios” por la cruz que formaban las avenidas principales. Cada “barrio” estaba formado por nueve, en un cuadrado de tres por tres. Cada edificio estaba decorado con iconografías de significado desconocido para él, símbolos arcanos y emblemas místicos policromados en rojo, amarillo y blanco. Las calles de negra tierra batida estaban salpicadas de esqueletos humanos dispuestos en apretados montones. Era el tétrico complemento a un no menos tétrico decorado.
Almirante se detuvo sobre uno de ellos. Los huesos estaban relucientes, como si hubieran recibido un tratamiento especial para limpiarlos. Ni una sola mancha enturbiaba su blancura.
-Fíjese Hari, como mucho los colonos murieron hace dos años. Y la ropa también ha desaparecido casi en su totalidad. Solo las partes metálicas de amuletos, medallas y hebillas permanecen.
Reprimiendo su repugnancia, Hari cogió un fémur con sus manos y lo levantó. Le sorprendió lo poco que pesaba, y supuso que estaría perfectamente hueco. Las vértebras formaban un montoncito a sus pies. Ni rastro de la médula espinal.
Hari soltó el hueso, mientras su corazón empezaba a latir con fuerza. No podía imaginar qué podría haber hecho eso, a no ser… sí, a no ser que, a pesar de los resultados de la sonda, allí proliferara alguna especie de microorganismo espantosamente activo… que quizá ahora él mismo estuviera respirando.
Y en ese caso tampoco había salvación posible para aquellos que como él había bajado al planeta.
-Creo que ha sido muy inteligente al permanecer en la nave, Almirante.
-Las cofraditas navegamos entre las estrellas, pero no nos gusta descender al fondo de un pozo a menos que sea realmente necesario.
Hari se rascó la barbilla.
-Sí, muy inteligente.
Almirante le condujo hasta una de las negras viviendas shaktistas.
-He reservado esta para usted. Nadie ha entrado aquí, y no se ha tocado nada. Quiero su opinión de humano inteligente, Hari.
-Gracias, Almirante -dijo Hari sonriendo levemente ante la torpe adulación del alienígena.
La disposición de la vivienda era idéntica a la suya, salvo los toques personales. En las paredes había cuadros representando temas de la cultura shaktista: simples adornos o iconos de culto. Al mirar de cerca, vio que estaban impresos a color. Oleos y acuarelas no debían ser demasiado abundantes en la pequeña colonia.
Un haz de luz surgió del huevo transparente iluminando el polvoriento suelo frente a Hari.
¿Qué buscar? se preguntó Hari. Registró uno por uno los dormitorios: literas, escritorios abatibles, sillas plegables. Las literas conservaban sus colchones de espuma.
Sacó la terminal, llamó al bloc de notas, y empezó a escribir una lista de cosas que nunca faltan en una vivienda humana, sea cual sea la raza o la cultura de sus ocupantes. ¿Qué falta? Veamos, ropa, calzado, comida…
Entonces recordó algo que nunca puede faltar. Se dirigió a la cocina, siempre seguido por el huevo flotante, y rebuscó por todos los rincones. Bueno, o aquella gente había sido fanática de la limpieza, o no había ni un solo gramo de basura en toda la casa. Observó las ollas y cacerolas, parecían usadas, pero ni rastro de hollín en su parte inferior.
-¿Qué le parece, Hari? ¿Cual es su opinión de todo esto?
-No sé qué demonios ha podido pasar aquí, pero es evidente que toda la materia orgánica que los colonos trajeron consigo, incluida la que constituía sus propios cuerpos, ha desaparecido.
-¿Un proceso normal de corrupción?
-No. Una corrupción explosiva, asombrosamente rápida. Como una combustión que no dejara ningún rastro tras de sí…
* * *
El Hounfor era una gran edificio de madera, sobre un basamento de piedra y ladrillo; una construcción sólida y hasta atractiva a su modo.
El lúgubre fantasmón de Jeldis Talnago, acompañado por dos de sus sirvientes lázaros, les esperaba a la puerta.
-¿Ha encontrado ya la causa de este terrible desastre, Hari Pramantha?
-Ese no es mi trabajo, Talnago.
El huevo flotante intervino con su bien modulada voz:
-Un equipo de biólogos están estudiando las muestras recolectadas por la primera sonda.
El shaktista emitió una teatral carcajada.
-Biólogos cofraditas. ¿En serio?
-Nuestro equipo es perfectamente fiable, Jeldis. Encontraremos la causa de la muerte de sus hermanos.
-Solo si se trata de una causa natural, circunscrita dentro de los angostos márgenes de su sobrevalorada ciencia.
-¿Qué otra cosa podría ser? -preguntó Hari
Talnago se apoyó en uno de sus lázaros y miró a Hari pensativo.
-¿Y usted fué un hombre de Dios? ¿Quizá aún pretende serlo? ¿Por qué cierra sus ojos a la Verdad?
Hari no se inmutó.
-¿Su verdad es ese conjunto de supersticiones que controlan cada aspecto de su vida?
-Ustedes, los bhaktas de la Sagrada Hermandad, llaman superstición a toda aquella fé ajena sus preciosas Sastras.
-Señores -dijo Almirante, flotando entre ellos- no se enzarcen en una discusión que no puede conducirles a ningún resultado constructivo.
Hari asintió lentamente.
-Tiene razón. Discúlpeme, Talnago, no quise parecer poco respetuoso.
-Disculpas aceptadas. El respeto es algo extraordinariamente raro en esta expedición. Los ksatryas han estado pisoteando nuestro Hounfor, sin la menor reverencia por este lugar sacrosanto -rezongó Talnago, adelantándose a los otros.
Por primera vez, Hari le había visto separarse de sus lázaros. Les había ordenado esperar en el exterior del Hounfor, y caminaba ante ellos arrojando sobre su hombro derecho un polvillo negro que extraía de una bolsa de cuero.
Recorrieron la gran sala, atravesando el pasillo que separaba las dos filas de asientos tapizados en negro. Casi todos los bancos contenían un desordenado montón de inmaculados huesos. El suelo estaba sembrado de amuletos semejantes a los que Talnago llevaba siempre consigo. En el extremo frontero a la puerta había un estrado y un gran lienzo de tela roja, con multitud de extraños signos bordados.
-Parece un escenario -dijo Hari.
Talnago sacudió la cabeza, escandalizado.
-Este es un lugar santificado -dijo-. Una mezcla de capilla y senado. Estos que ve aquí eran mis hermanos. Los esqueletos que han encontrado en el exterior pertenecían a sus lázaros.
Hari sintió un escalofrío repentino.
-Vinieron aquí porque estaban asustados -comprendió.
-Ellos sabían lo que estaba sucediendo. Lo sabían y se reunieron aquí para deliberar, para buscar una solución que nunca llegó. La muerte los encontró aquí reunidos. Los esclavos dispersos por las calles… ¿Se ha fijado en esos montones de huesos? La carne se desintegró, así… -Talnago chasqueó los dedos- dejó de sujetar a los huesos, y estos se derrumbaron como castillos de naipes.
-¿Ha encontrado algún documento, algún archivo informático que aclare si ellos sabían lo que estaba pasando? -preguntó Almirante.
Talnago sacudió la cabeza.
-Ilegibles por entero. Algunos componentes de los ordenadores han sufrido el mismo destino que la carne de mis hermanos. Tampoco he encontrado ningún rastro de papel. ¿Siguen pensando que todo esto puede haber sido obra de una humilde bacteria?
-No desprecie así a las bacterias -dijo Almirante-, se sorprendería de lo que son capaces de hacer.
-Pero sus maravillosos aparatos de tecnología cofradita siguen sin encontrar el menor rastro de nuestros diminutos enemigos. Y la escasa vida unicelular de este mundo resulta tan elemental que jamás podría infectar a una célula humana. ¿No les parece extraño?
-Sí -admitió Hari-, ¿pero qué propone usted como explicación, un maleficio?
Talnago se abanicó la boca con una ancha pluma de cartka dorada antes de contestar, para que sus palabras no atrajeran la desgracia sobre él.
-El Universo no es la máquina impersonal que ustedes proponen; es básicamente perverso. Existen fuerzas, entidades, leyes físicas, llámelos como quiera, que conspiran contra la vida. Los Demonios de la Oscuridad arrastran al Cosmos hacia la decadencia inexorable. El fuego puede destruir en pocas horas un frondoso bosque que tardó siglos en crecer; la muerte puede consumir en horas a quien ha vivido muchos años; una supernova puede barrer eones de paciente evolución en segundos. La felicidad y el bien son penosos caminos cuesta arriba, mientras que el infortunio y el mal siguen un camino rápido hacia abajo…
Parecía capaz de continuar así bastante rato. Con expresión impasible, Hari dijo:
-Cuando una tostada cae al suelo, siempre cae por el lado untado en mantequilla.
Talnago frunció el ceño, sin acabar de entender la ironía.
-La magia es algo que es posible controlar y usar como motor de una civilización -prosiguió-. Nosotros lo hemos hecho, aunque ustedes no lo admitan y nos desprecien. Aquí no he encontrado rastros del uso de magia, al menos usada a escala humana, pero quizá mis hermanos lo creyeran, y por ese motivo se congregaron aquí. Lo que es evidente es que este planeta los mató. Destruyó selectivamente hasta el último rastro de vida alienígena posada en él. Y esto, a una escala diferente, también puede tener un origen mágico. Este mundo nos odia. Mis hermanos eligieron bien su nombre: Kaliloka… planeta de Kali. La Negra. La diosa de la Muerte.
A pesar de su escepticismo, Hari se estremeció. El hecho irrefutable era que los colonos estaban muertos de una forma inexplicable.
-No lo creo -dijo Hari, intentando que su voz sonara firme-. La gente de su pueblo murió por algo que tiene un origen físico, y nosotros debemos averiguar de qué se trata antes de que vuelva a actuar.
-¿Ha ido al cementerio? -preguntó Talnago con una sonrisa cínica.
-¿Cementerio?
-Los lázaros no suelen durar mucho. Cuando les llega la muerte definitiva solemos enterrarlos. ¿No le parece adecuado?
Hari ignoró la pregunta.
-¿Dónde está?
-¿El cementerio? Fuera de la alambrada.
* * *
El cementerio era una extensión de unos novecientos metros cuadrados. No había lápidas, sino una docena de grandes losas, improvisadas con pesadísimas lajas de roca labradas con jeroglíficos. El terreno era muy irregular.
-En las losas se tallan encantamientos propiciatorios, que aseguran el eterno descanso de los lázaros liberados por la segunda muerte -explicó Talnago.
-Son muy pesadas.
-Sí. En ocasiones, algunos han regresado de la tumba para vengarse de sus antiguos amos. Gente descuidada que sin duda merecía tal destino.
Hari vio unos robots excavadores alineados al fondo. Y frente a ellos un par de tumbas abiertas. Se acercaron a aquel lugar y Hari miró dentro de la tumba.
Un esqueleto blanco, reluciente, apenas manchado por la tierra.
-¿Cree que su bacteria los alcanzó ahí dentro? -preguntó Talnago.
-Es posible… -de repente Hari comprendió lo que Talnago quería decirle-. Si la bacteria los infectaba sin ellos saberlo, y fueron enterrados con ella… devoró sus cuerpos, pero…
-¿Pudieron además pudrir los cuerpos? Improbable. Cada microorganismo está adaptado a un hábitat muy específico. Difícilmente su hipotética bacteria hubiera sobrevivido a la muerte de su víctima.
Hari dio un paso atrás.
-Pero pudo sobrevivir en forma de esporas. Al abrir las tumbas…
-No se preocupe -le tranquilizó Almirante-. Están limpios. Lo comprobamos con eso…
Un pequeño haz láser señaló uno de los miembros de los robots, semejante a una larga aguja extensible. Hari reconoció un rastreador orgánico para el subsuelo, también de diseño cofradita y muy fiable, por tanto.
-Los huesos están prácticamente desprovistos de materia orgánica. No queda sino el fosfato -dijo Almirante.
-Es importante verificarlo -dijo Hari-. Vamos a comprobar todas las tumbas. Ahora, y deprisa…
El huevo transparente, con el básico en su interior, revoloteó entorno a Hari.
-Tranquilícese, los robots ya hicieron ese trabajo. Son muy concienzudos, créame.
-Exacto -dijo Talnago- Y me dieron la razón. ¿Lo entiende, Hari? No hay ningún organismo patógeno en todo el planeta. Acéptenlo, y empecemos a buscar otra causa. Porque lo que sí es cierto es que algo ha matado a mis hermanos y a sus lázaros.
-¿Pero… qué?
Talnago posó sus dedos en su afilada barbilla, cubierta por una fina perilla.
-O “quién” -dijo.
CINCO
La noche había caído con la parsimonia propia de los planetas de bajo período de rotación. La luna interna cruzaba el cielo como un dirigible a gran altura. Repetiría su ciclo cuatro veces en el curso de la noche.
Talnago bostezó ostensiblemente mientras cenaba con los oficiales ksatryas. Se despidió cortésmente y se dirigió a su alojamiento, acompañado de sus lázaros.
-Quedaos aquí -ordenó, en el lenguaje simplificado destinado a los sirvientes-. No dejéis entrar a ninguna persona, animal o cosa. Dormid cuando salga el sol. Podéis sentaros.
Los lázaros oscilaron sus cabezas afirmativamente. Como si los hubieran activado con un mismo mando a distancia, se sentaron a ambos lados de la puerta en la posición del loto.
Talnago entró. No tenía sueño; sus ritmos circadianos aún no se habían adaptado al ciclo de luz de Kali. Cerró las ventanas de la cabaña y encendió la lámpara para leer que había sobre la cama. A su incierta luz, encendió su ordenador y le ordenó que contactara con su nave.
La respuesta fue casi inmediata; sin duda estaba aguardando la llamada.
El Houngan estaba despatarrado en un ancho sillón, envuelto en una túnica granate oscuro, varios números más grande. Sus dedos manchados, de uñas largas, asomaban de unas mangas demasiado largas. Su cabeza calva se sostenía sobre un cuello descarnado, que salía del cuello de su ropón como el de una tortuga.
-Larga Vida y Reencarnación Pronta, Houngan -dijo Talnago en Lenguaje Ceremonial.
-Que la Oscuridad preserve tus entrañas, Talnago -fue la respuesta, pero en Lengua Críptica Arcana 13.
Talnago frunció levemente el ceño. El Houngan era un decrépito anciano carcomido por la sífilis, pero… ¿es qué finalmente su enfermedad había alcanzado su momificado sistema nervioso haciéndole expresarse en lenguas muertas?
-He leido tu informe, Talnago -dijo el Houngan, siempre en Críptico Arcano 13-. No puedo decir que esté complacido. Es ambiguo, nebuloso e inconcreto en demasía.
Talnago lo comprendió al fín. Aquel arcaico dialecto conocido por muy pocas familias de la casta superior, era muy adecuado para discutir temas que debían permanecer ocultos a los herejes.
Nadie que no hubiera nacido shaktista podría descifrarlo jamás.
-Soy plenamente consciente de ello, Lobreguez -dijo Talnago, también en LCA13-, pero no puedo evitar la conclusión. Esto no está claro.
-Para tu pobre inteligencia, quizás. Sin embargo en mi opinión, este es un caso claro de magia negativa, y sólo puede haber un culpable.
-¿Las cofraditas?
-Luego lo has considerado -el Houngan alzó sus pobladas cejas-. Curioso que tu informe no refleje tus conjeturas.
-He preferido mostrarme fríamente distante. Considero a las cofraditas unas sospechosas altamente improbables.
-¿Por?
-Las cofraditas son comerciantes. Tienen una reputación que mantener. No les ayudaría en sus negocios el andar matando a sus clientes potenciales y aterrorizando al resto. Además, su cultura desconoce la magia.
-Considero tu razonamiento ingenuo. Quien golpea primero, golpea dos veces. Y pretender ser ignorantes en artes mágicas fue un famoso ardid de los Ancianos Brujos Ruines. Y ya conoces la historia…
Parecía que aquel viejo cretino sólo pensaba con reflejos condicionados y frases hechas.
-Poseéis el don del Discernimiento Juicioso, Lobreguez, pero mis numerosos viajes entre las estrellas me han enseñado que, en la relación comercial con otras culturas, uno no siempre debe esperar lo esperable…
-Cuando tu enemigo no es observado es cuando te golpeará -citó el Houngan-. Nadie sabía la existencia de nuestra colonia, excepto las cofraditas.
-Lobreguez, no habéis escuchado mis miserables argumentos. Intento haceros ver, en mi humildad, que…
-Nadie más que ellas pudieron destruirla.
Talnago suspiró derrotado:
-Pero ¿cómo?
-El cómo no importa, sólo el qué, el a quién y el porqué.
-Entonces, ¿por qué?
El anciano suspiró. Las comisuras de sus labios eran una única llaga supurante. Se limpió la pus con un pañuelo de seda y siguió hablando:
-Nunca nadie había encontrado un agujero negro, aunque todos los hombres de ciencia postulaba su existencia. Es un premio muy valioso, Talnago: energía sin límite; un inconcebible poder de destrucción; y puede ser usado como catapulta gravitatoria para acelerar nuestras naves más allá del horizonte de estrellas… Y, además, un planeta habitable orbitándolo, perfecto para construir una base desde la que nuestro pueblo gestionaría tanta riqueza…
El Houngan se detuvo para tomar aliento, y para limparse nuevamente la comisura de los labios.
-Por algo así -siguió diciendo el anciano-, ¿quien no envenenaría a su propia madre-virgen para conseguirlo?
-Pero -argumentó Jeldis, intentando ser razonable-, las cofraditas son nuestras socias en esta empresa, ¿por qué pelear por algo que de todos modos van a obtener?
-La mejor participación en un negocio es la parte total del negocio.
Talnago se dio por vencido. Intentar convencer al Houngan era como explicar álgebra a un adoquín.
-Entiendo -dijo con voz cansada.
El Houngan se echó hacia atrás en su silla, y entrecerró los ojos.
-Pronto aterrizarán los sacerdotes de la Brigada de Purificaciones y más lázaros de trabajo. Ve a recibirlos y guíalos.
Por el tono, Talnago intuyó una despedida. También intuyó que el viejo reservaba una sorpresa… desagradable, por supuesto.
* * *
Hari llevaba máscara, botellas de aire comprimido, aletas, y cinturón de plomo: un equipo completo de buceo. Respirando pesadamente por los tubos, agitó los pies y avanzó en el agua. Una nube de burbujas lo rodeaba.
Orientándose en la penumbra, distinguió un aparato de forma casi cúbica y se dirigió a él. Cuando llegó a su lado, lo alumbró con la linterna y procedió a desmontarlo. Lo reemplazó con el que llevaba consigo, conectando acto seguido el interruptor. Se encendió una luz verde.
Suspiró con alivio, emitiendo burbujas que se distribuyeron esféricamente en torno suyo. Por fin podrían reanudarse las observaciones astronómicas.
Nadó hacia la salida.
La escotilla que atravesó le condujo a una cámara intermedia. Atravesó una segunda escotilla y subió por una herrumbrosa escalera metálica. A sus espaldas quedó el gran tanque de doscientos metros de diámetro: 4.188.789,333333… metros cúbicos de agua pura y cristalina.
Se quitó el equipo con la ayuda de Mahal, retorciéndose para desprenderse del arnés.
La chica le tendió una toalla.
‑¿Ha ido todo bien? -preguntó
‑Nada de particular ‑contestó Hari‑. Como sospechábamos, el fotomultiplicador se había quemado. Los aislantes térmicos habían desaparecido como por arte de magia. Ya sabes de qué estoy hablando.
Mahal agitó la cabeza y chasqueó la lengua, como lamentándolo.
‑Se supone que estos cacharros son herméticos.
‑Se supone. Bueno, vamos a ver si ahora funciona el invento.
Juntos atravesaron un largo corredor, hasta una sala excavada en la roca y repleta de pantallas y tableros de mando. A través de una gruesa portilla se distinguía la árida superficie de Kaliloka. A lo lejos, los negros edificios de la ciudad fantasma
Hari se sentó ante uno de los tableros y accionó un interruptor. Las pantallas empezaron a mostrar una serie de números y letras.
‑Aquí están. Funciona.
El gran tanque de agua encerrado en el interior de la roca había sido instalado por las cofraditas en el transcurso del primer viaje y constituía un gigantesco detector de partículas elementales. Un artefacto imprescindiblea para estudiar el agujero negro que hacía de aquel sistema estelar algo tan especial.
Las paradojas de la tecnología -se dijo Hari- a veces los astrofísicos debían convertirse en cavernícolas para estudiar el ancho Universo.
-¿Como pudo la plaga alcanzar esos componentes encerrados bajo toneladas de roca y agua? -preguntó Mahal.
Hari hizo una mueca de extrañeza.
-No sé… empiezo a pensar como Talnago…
-¿Empiezas a pensar que lo que mató a esos shaktianos fue algo de origen sobrenatural?
Hari sonrió.
-No, por supuesto. Pero ya no creo que se trate de un microorganismo.
-Eso mismo piensa el equipo de biólogos que estudian las muestras enviadas a la Pusparatha. Pero lo cierto es que ninguno de ellos se ha atrevido aun a bajar al planeta.
Hari se volvió hacia las pantallas, que ahora registraban, cada pocos segundos, el impacto de una partícula con una entre millones de moléculas de H2O. Los fragmentos de la diminuta explosión eran recogidos por detectores esparcidos por toda la masa de agua, y el ordenador reconstruía la partícula original con “nombre y apellidos”.
Las partículas tenían muchos posibles orígenes. Radiación cósmica, viento solar, el tenue disco de acreción, incluso radiactividad natural de la roca y sus propios cuerpos… Otra serie de detectores, esparcidos por la superficie del asteroide, calculaban cada una de las contribuciones por separado.
Réstense de las captadas por el detectores del tanque, háganse unas filigranas estadísticas, y lo que quedaba era la escurridiza emisión que andaban buscando: la tenue radiación de Kali B.
Allá arriba, en el mismo horizonte de sucesos del agujero negro, sucedía uno de los extraños azares subatómicos. Pares virtuales de partícula‑antipartícula surgían de aquella extraña entidad que era el vacío cuántico. Nacían literalmente de la nada, viajaban un trecho y se aniquilaban… regresando a la nada de la que salieron. La energía necesaria para crearlas era prestada, por un capricho aleatorio de la indeterminación cuántica. Dios había tirado los dados.
La cantidad de energía media del Universo, sin embargo, no varía; el Gran Contable Cósmico no tolera los “números rojos”. Todas las deudas energéticas se pagan, tanto más pronto cuanto mayor es la energía prestada. Partícula y antipartícula estaban obligadas a desaparecer sin dejar huella.
A no ser, claro, que una de las dos fuera tragada por el agujero negro. En cuyo caso, su compañera se alejaba alegremente: se había creado una partícula, esta vez real. El agujero, por su parte, perdía una fracción infinitesimal de su masa, su carga o su momento angular, de modo que las cuentas cuadraban.
O deberían cuadrar.
(concluirá)
Reproducido con permiso del autor




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