SEIS

Jeldis Talnago seguía meditando en las palabras del Houngan mien­tras el trasbordador descendía hacia la iluminada pista de tierra batida. Las luces de aterrizaje parpadeaban en blanco y naranja bajo el lóbrego cielo nocturno, en el que chispeaban unas escasas dos mil estrellas. Incluso su mórbida cultura temía la noche.

Repasó su portaamuletos. Había efectuado una consulta rápida al Ma­nual de Vaticinios de Neerquine, cuyo heptagrama 563 indicaba “vicisitu­des fluctuantes”. De modo que escogió el Ankh de Mishram, el Prisma Celeste, el Orbe Invernal y el Huevo de Dingus; en su dedo medio lucía además el Anillo de Jandor como precaución suplementaria.

La nave se posó, arrastrando una nube de polvo flotante tras ella. Unos lázaros designados por Talnago acercaron la rampa móvil. Cuando se abrió la com­puerta, descendió un individuo rollizo, envuelto en una túnica recamada. Iba segui­do por un apuesto muchacho con uniforme de acólito.

Talnago reconoció al primero con desagrado: era Aadi Zoyos, im­portante personaje de la Congregación de Legba, y jefe de la Brigada de Purificacio­nes: un tipo regordete, de incipiente calvicie, con el largo cabello rubio de la nuca anudado en una trenza. Sus vestiduras, bordadas con hie­rogramas cósmicos, contrastaban con la sobria dalmática de Talnago.

-Usted debe ser Talando -dijo sin más preámbulo. Se acomodó sobre la nariz unas antiparras incrustadas de oro.

-Talnago. Jeldis Talnago, para serviros en esta hora un tanto tardía.

-Cierto, ohseñor Talnago, y esta premura también me ha causado no pocas molestias… pero la orden del Houngan especificaba “de inmediato”, y no dejó lugar para la objeción.  -la voz de Zoyos era afectada y untuosa.

-Comprendo, comprendo. Tengo un vehículo todo terre­no, así que os guiaré a vos y a vuestro ayudante a Base Aleph.

-Perfecto. Por cierto, este joven es mi estimado Odole, auxiliar de exor­cista -el acólito hizo una breve inclinación, a la que Talnago correspon­dió con un impaciente cabezazo-. Pero me temo que traigo más personal, ohse­ñor.

Señaló a la rampa, por donde empezaban a descender con paso monóto­no unas figuras cargadas con fardos, de los que sobresalían azado­nes y palas.

-Esos son… -se sorprendió Talnago.

-Lázaros, en efecto.

-¡Pero… tantos!

Zoyos se encogió de hombros.

-Son las órdenes del Houngan. Quiere que el trabajo se haga con la mayor diligencia, ya le he dicho. Odole, querido, toma la mitad de los lázaros y encamí­nate al cementerio.

-Como diga Vuesa Umbría -dijo el joven, que se dirigió hacia el inmóvil grupo de lázaros.

-Pero… -empezó Talnago.

-Hay mucho que hacer: bendecir las herramientas, excavar sepultu­ras, purificarlas, consagrar el terreno… El joven Odole está capacitado para todo ello. Ha traído un electrociclo para facilitar sus desplazamientos. Mi­entras, nosotros empezaremos a clasificar y reunir los restos mortales en la ciudad. ¿Decíais de un vehículo…?

Confuso, Talnago condujo al orondo dignatario hasta el auto todo terre­no. El acólito Odole ya se alejaba en su electrociclo, seguido por un nutrido tropel de lázaros trotando de cuatro en fondo. Talnago arrancó el TT y se dirigió a Base Aleph, mientras el resto de los lázaros se apresuraba tras ellos.

Zoyos sacó de su túnica un ejemplar de los Apócrifos Sibilinos en edi­ción de bolsillo, enfrascándose en la lectura. Talnago, por su parte, no se sentía de humor para conversar.

* * *

‑Las cifras siguen estando mal -rezongó al fin Hari, pasando una mano nerviosa por sus cabellos blancos-. Esta emisión no es posible en un cuerpo de las característi­cas de Kali B.

Mahal había abierto la nevera y se había servido un té helado. Ofre­ció uno a Hari, que rehusó con un gesto.

‑Vamos, Hari, seamos empíricos. Nadie ha estado an­tes tan cerca de un agujero negro. Quizás es la teo­ría la que tiene agujeros.

Hari siguió negando con la cabeza y Mahal se encogió de hom­bros. A esa avanzada hora de la noche no tenía la mente preparada para ese tipo de discusiones.

‑En todo caso -dijo la chica-, a Almirante solo le interesa evaluar el potencial energéti­co del agujero. Yo no me preocu­paría tanto. Si un bicho grazna como un pato, tiene pies de pato, y pico de pato, para mí es un pato. De mo­do que, si tiene toda esa formidable gravedad, nos basta.

-No -dijo Hari concluyente- Necesito hablar con Almirante, esto es muy importante. Mahal, ¿puedes localizarlo?

-Por supuesto -dijo la chica pulsando la joya central de su anillo.

* * *

El TT conducido por Talnago atravesó la entrada sur sin problemas.

El centinela ojeó rutinariamente sus papeles; Talna­go tenía plena libertad de movi­mientos, la llegada del mandatario shaktista figuraba en el orden del día, así que ¿para qué preocuparse? Se limitó a un vistazo de repulsión fascinada ante los lázaros que trotaban a paso ligero, con una inhumana sincronía, sin aparentar cansancio.

Una vez dentro, Aadi Zoyos tomó un pequeño radiotransmisor. Talnago lo reconoció como los usados por los capataces de lázaros, para dar órdenes a un grupo numeroso.

-Grupos A, B, C y D, dirigíos a la derecha hasta ver una entrada, y cuando lleguéis, parad -casi la mitad del grupo se separó del resto.

-Empezaremos a recorrer las calles de este a oeste, así estaremos segu­ros de no pasar un resto humano por alto -murmuró a guisa de expli­ca­ción-. Por favor, lléveme al lugar de mando aquí.

-¿Al centro de comunicaciones o al Hounfor?

-Al de comunicaciones. Tenemos que coordinar las tareas de mu­chos lázaros.

-Pero, recoger los restos de nuestros hermanos…

-Los lázaros no los pueden tocar, en efecto. Los señalarán para que lo hagamos usted y yo. Recogerán los restos de los lázaros, nada más.

Talnago no estaba muy seguro de que los lázaros pudieran distin­guir entre ambos tipos de restos humanos; su intelecto no era tan sutil. Pero no dijo nada.

Se detuvieron ante el centro de comunicaciones y se apearon. Tras ellos, los lázaros formaban estólidos, inmóviles, con los brazos colgan­do.

* * *

La extensión de Almirante penetró en el observatorio flotando como un corcho arrastrado por la corriente. Las débiles extremidades que surgían del cuerpo ovoide se agitaron indolentemente.

-Dígame, Hari. ¿Ha encontrado algo?

-Algo desconcertante. El observatorio funciona bien ahora, pero no consigo hacer encajar las cifras con la teoría… ¡Maldita sea! -Hari volvió a pasar una mano por su cada vez más revuelto cabello- Solo hay un mode­lo que soporte esa anomalía de masa… Creo que este agujero negro es un objeto hueco.

Mahal parpadeó con sorpresa.

‑¿Un agujero hueco?

‑Oh, sí -Hari indicó al ordenador que construyera una representa­ción holográfica de los datos obtenidos, y un gran globo verde apareció en el centro de la sala.

-Mirad esto -siguió diciendo Hari, mientras señalaba el globo-, la superficie parece una “pared de dominio” curva­da… una hipotética dis­tor­sión plana del espacio-tiempo, como la versión bidimensio­nal de una cuerda cósmica. Una cosa muy, muy masiva. Y toda la masa está concen­trada justo bajo el horizon­te de sucesos. ¿Có­mo explicáis algo así?

-Tú eres el astrofísico -dijo Almirante.

-Sí, y este astrofísico ha reflexionado, especula­do salvaje­mente, creado modelos matemáticos que no le convencieron ni a él… Este es el segundo aconte­cimiento extraordinario con el que nos encontramos desde que llegamos aquí.

-¿Y piensas que pueda haber una relación? -preguntó la extensión de Almirante.

-Le puedo asegurar que algo muy extra­ño está sucediendo en este sistema este­lar… Kali B no puede ser un agujero negro… ¡Maldición! -Hari dio un puñetazo en la mesa-, ¿como no lo vi antes? Ese objeto fue el cau­sante de la destrucción de la “Dharani“.

-Pero -dijo Almirante- tú explicaste perfectamente ese accidente.

-No expliqué ninguna maldita cosa… -Hari se puso en pie, y caminó frenético por el observatorio. Mahal le siguió con la vista. Nunca habría imaginado a Hari maldiciendo-. No tenía suficientes datos, y bus­qué la explicación más senci­lla posible. Pero estaba equi­vocado.

-¿Estás seguro? -preguntó Almirante- Pareces haber descartado muy pronto que Kali B no sea un simple agujero negro.

-Pero también hay otro hecho inexplicable desde el principio: los agujeros negros se forman por el colapso de una estrella muy masiva; eso significa que Kali B fue una supernova. ¿Cómo se las arreglaron los planetas de Kali A para sobrevivir?

-¿No pudo ser que Kali B fuera capturado por Kali A? -preguntó Mahal.

-¿Y dejar a los planetas en sus hermosas órbitas circulares?

-Pero -dijo Almirante- si Kali B no es un agujero negro… entonces, ¿qué és?

-Sí, eso me pregunto yo… ¿Qué es?

Hari descubrió que la respuesta le daba mucho miedo.

* * *

La filosofía de diseño de las naves cofraditas había sido siempre la salva­guardia de sus tripu­lantes y pasajeros, durante toda clase de viajes o en cualquier situación de emer­gencia. La flota cofradita tenía una larga tradi­ción de seguridad en este terreno, y la dilatada expe­riencia era una de las claves de su éxito mercantil. Así pues, cuando la “Pusparatha” recibió la llamada de socorro del trasbordador shaktista, la gestora de operaciones ordenó Alerta Amarilla.

Capitana, que estaba en el Recinto Expedito, llamó al puente en el acto. Uno de sus básicos corrió a la terminal y enchufó su cola en ella. Diez más formaron una cadena que se prolongó hasta el enorme cono.

-¿Sí? -no era necesaria ninguna identificación especial; el básico ya había enviado su clave y el ordenador le dio pleno acceso.

-Parece que uno de los transbordadores shaktistas tiene una avería -dijo la gestora de operaciones-, y piden permiso para un amarre de eme­rgencia.

-Bien. Voy allí.

Algunos de sus básicos echaron una última mirada a la fronda vapo­rosa de árboles achaparrados y hojas imbricadas. Le disgustaba verse inte­rrumpi­da en un momento así; andaba escasa de machos, por lo que había empolla­do una nidada partenogenética. Dejó a tres básicos para que se encargaran de construir las celdas de subsistencia y, caminando sobre un centenar de aquellos seres semejantes a insectos, su mole em­pezó a despla­zarse hacia el puente.

La actividad en el puente era intensa, pero relajada. Almirante pare­cía conversar con alguien del planeta a través de una extensión. Los básicos de Astrogadora y de Gestora de operaciones hormigueaban en torno a los co­nectores. Capitana, al entrar, ejecutó, con una docena de sus básicos, una danza de salu­do. El personal de puente vaporizó respuestas.

-Capitana -dijo la gestora de operaciones-, he ordenado que abran la esclusa del hangar 5 y preparen las vainas de expulsión.

La oficial de guardia abandonó el cuenco y Capitana fue acomodada en él.

-Bien. ¿Astrogadora?

-Me he puesto en contacto con el piloto del transbordador -dijo ésta-. No pueden maniobrar en la atmósfera ni regresar a su nave.

-Quisiera hablar con él.

Astrogadora correteó sobre los controles, activando diferentes op­ciones de menú. Una pantalla mostró al poco rato a un humano alto y enjuto de sexo masculino.

-¿Capitana? -dijo el humano-. Soy Zaouli Tamure, Ensalmador Puri­ficante. Me honra con su atención personal. Me dirijo a Kaliloka con un cargamento de lázaros para…

-¿Tienen un problema? -verbalizó Capitana.

Un básico de Astrogadora trepó sobre Capitana y le dijo: Señora, hay algo raro en esto. Conectemos.

Capitana enderezó todas sus antenas. Como el que no quiere la cosa, una cadena de básicos unió a Capitana con la astrogadora.

¿Sí?, dijo.

-Eh… en efecto -decía Tamure-. Un fallo en el sistema hidráulico, dice mi piloto… ¿Podemos… podemos subir a bordo?

Dicen que no pueden regresar a su nave, explicó Astrogadora. Pero no me lo explico, porque en principio sí pueden. Un fallo hidráulico afe­ctaría sólo a los controles aerodinámicos.

-Sin problemas. Tenemos preparado un hangar -Haga una retros­pec­tiva desde que partieron de su nave, ordenó Capitana. Astrogadora co­rreteó sobre los controles, activando diferentes opciones de menú.

-Gracias, Capitana. Lamento causarle estas molestias.

-No hay de qué.

Una pantalla mostró esquemáticamente la trayectoria de los dos tran­sbordadores. La “Avidya” estaba en una órbita ligeramente más elíptica que la de la “Pusparatha“, casi circular, con su perigeo a la mis­ma dis­tancia del planeta. El icono que identificaba a la “Pusparatha” coincidía con el del trasbordador. El otro estaba en plena reentrada.

¿Lo ve?, dijo Astrogadora. Bastaría encender su propulsor princi­pal para adquiriese una nueva órbita elíptica, que le llevaría a su nave ma­dre.

* * *

En el centro de comunicaciones sólo había tres ksatryas. Uno de ellos su­pervisaba el tráfico de información ante una pantalla, pero no pare­cía muy ocupado. Se limitaba a mirar cómo el ordenador intercambiaba información. Otros dos jugaba a los naipes.

Talnago y Zoyos entraron. Este último iba flanqueado por dos láza­ros de aspecto menos astroso que los demás. Sus sirvientes personales, sin duda.

El soldado que estaba ante el monitor se puso en pie.

-Buenas noches. ¿Puedo ayudarles en algo?

-Sí, muchas gracias. Verá, necesitamos un canal de radio para nues­tros trabajadores y monitorización por circuito cerrado de TV -llevó la mano al interior de su túnica-; nuestra frecuencia de trabajo será de…

Hubo un plop. El soldado saltó hacia atrás y cayó de espaldas, con una mueca de incredulidad en su rostro. Los otros dos se levantaron, sor­prendi­dos. Plop-plop-plop-plop. Ambos se sacudieron y Talnago vio apare­cer manchas rojas en sus pecheras, que estallaban como diminutos cráteres. Cayeron desmadejados, en posiciones absurdas, laxos como marionetas sin hilos, y el aturdido Talnago tuvo la certeza de que estaban muertos.

Sin comprender, miró hacia los lázaros. Cada uno empuñaba una pistola automática con silenciador

En la mano de Zoyos también había una pequeña pistola. Una co­lumnita de humo se elevaba de la boca del silenciador. Talnago se vio inca­paz de hablar. Con el corazón desbocado, esperó el siguiente disparo.

Pero no lo hubo. Zoyos tocó el silenciador con el pulgar y lo retiró sobresaltado.

-No me imaginaba que esta cosa quemase tanto.

-Pero… usted… cómo…

-Tranquilícese, querido amigo -dijo el otro, tan meloso como siem­pre, mirando a la calle-. Estoy asumiendo el mando.

Tomó el comunicador de su túnica. Lo encendió y dijo:

-Atención, lázaros. El reloj del Armagedón marca la hora en punto. Repito: el reloj del Armagedón marca la hora en punto.

Talnago, su mente girando frenética, comprendió que era una clave. La respuesta no se hizo esperar.

Una tremenda explosión hizo temblar las paredes, y Talnago se aferró a una mesa para no caer.

La luz se apagó.

-Eso fue la central de energía -la voz de Zoyos le llegó de la oscuri­dad-. Le aconsejo que nos quedemos aquí.

-¿Por qu…?

-Porque los lázaros recorrerán las calles de este lugar. Matarán a todo lo que se mueva, fuera de este edificio.

Su dicción era tan amanerada y empalagosa como siempre.

* * *

-Sólo puedo ofreceros una respuesta -dijo finalmente Hari-, no es un agujero negro, sino algo un millón de veces más extraño: una inter­fase.

-¿Una… interfase? ¿De qué estás hablando? -preguntó Mahal.

-Un agujero negro es una singularidad del espacio-tiempo -explicó rápidamente Hari-, pero esto es como una burbuja en el tejido del espacio-tiempo. La superfi­cie de tensión entre dos continuos en contacto.

Fue como si aquella revelación hubiera sido algo excesivo para la extensión de Almirante. Sin previo aviso, el huevo transparente se derrumbó y rebotó en el suelo con un sordo ruido.

Justo en ese momento, se apagaron las luces del obse­rvatorio.

SIETE

-Señora, hemos perdido contacto con Base Aleph -informó Gesto­ra de operaciones.

Capitana no dijo nada por un momento.

-Traten de reanudar la comunicación.

Uno de sus básicos, como si su minúsculo cerebro captase una orden inconsciente, paseaba sobre el tablero, muy cerca de donde se leía ALE­RTA ROJA, en los funcionales ideogramas cofraditas.

Instruyó a uno de sus básicos: informar a Almirante.

La respuesta llegó casi al instante en forma de un básico de Almi­rante: Lo sé, he perdido la unidad con mi básico de base Aleph. Todo esto es muy extraño. Tome precauciones.

Inmediatamente, Capitana ordenó con sonidos humanos:

-Personal de Seguridad, acuda al Hangar 5.

* * *

Odole Yasu era un joven ambicioso, dispuesto a llegar muy alto en la jerar­quía. Estar al servicio de Zoyos incluía ciertas actividades muy aleja­das de lo espiritual; pero el influyente personaje le había proporcionado rápidos ascensos rápidos. De modo que, cuando su superior le propuso el trabajo, aceptó con mil amores. Y cero escrúpulos.

Todo iba según el plan. Los lázaros habían alcanzado una posición equidistante de las puertas norte y oeste de Base Aleph. Estaban desemba­lando su arsenal de los fardos, y se aseguró que llevaran puestos los recep­tores de radio y las gafas infrarrojas. También revisó las botellas de jarabe que llevaban a la espalda, y les inyectó la Doble Omega bajo sus grises pellejos: una mezcla perversa de estimulantes, anabolizantes y anestésicos.

Recibió claramente la orden de Zoyos y sonrió.

Durante las próximas horas, los lázaros Doble Omega, con su apáti­co metabolismo forzado al límite, se transformarían en inexora­bles máquinas asesinas. Eran baratos y eficientes.

Cuando Odole se volvió sonriente hacia sus esclavos, dispuesto para dar la orden de “en marcha”, descubrió que estos ya habían iniciado la actividad programada.

Abrió la boca en un “o” de sorpresa solo un segundo antes de que su cabeza estallara.

Los Doble Omega presentaban un grave problema del que Zoyos había olvidado advertirle: dado su limitado cociente intelectual, en “modo de combate” a menudo confun­dían a sus instructores con los blan­cos de tiro.

* * *

Cautelosamente, el trasbordador se fue acercando a la enorme mole de la “Pusparatha“. Siguiendo las indicaciones del práctico, se dirigió a la iluminada compuerta del Hangar 5. La compuerta externa se cerró, y co­menzó el bombeo de aire. Cuando las luces de presión mostraron el verde, se abrió la compuerta interna y una grúa puente arrastró al tras­bordador al hangar. La amplia cámara estaba casi vacía.

Zaouli Tamure brincó fuera. Un cofradita atrajo su atención.

-Bienvenido a bordo. Soy la tercera oficial.

-Gracias… -Tamure miró al cono, pero no supo dónde fijar los ojos- Veo que ha traído una guardia de honor -señaló a los ksatryas.

-Son precauciones de rutina en Alerta Amarilla. ¿Puedo ayudarles?

Tamure se secó el sudor.

-Sí… quiero decir, no. Se trata de una avería tan simple como fasti­diosa… lo único que necesitamos es un repuesto para la turbina…

-Avisaré a la ingeniero jefe. El esquema de su trasbordador sin duda figura en el banco de datos, y le proporcionará lo que necesite.

-¡Muchísimas gracias! Ah, otra cosa… solicito desembarcar nuestra carga, pues no queremos sobrecargar los sistemas vitales.

Los básicos centrales de la oficial tomaron una configuración anular, pero dijo:

-Por supuesto.

Tamure hizo una seña y empezaron a bajar tres filas de lázaros.

-¿Esa es su “carga”?

-Claro. Oh, olvidé que no están familiarizadas con nuestra nomen­clatura. Legalmente, los lázaros se consideran objetos.

-Entiendo.

-Espero que pronto esté resuelto el problema y podamos salir sin más molestias… con permiso, debo supervisar algo en…

-Como quiera. Dejaré algunos básicos aquí. Si necesitan algo, pre­gún­teles.

-¡Excelente!

Tamure volvió apresuradamente al trasbordador.

* * *

Jed-Qor, soldado raso ksatrya, y Luba Tomeghe, un civil shaktista, cami­naban juntos por las oscuras calles de la ciudad mientras Tomeghe le hablaba acerca de su religión. No tenía ninguna intención de convertirlo, sólo charlar. Jed-Qor escuchaba.

Un apretado grupo de lázaros apareció a lo lejos, casi al final de la calle. Avanzaban hacia ellos en una especie de formación. Jed-Qor se detu­vo extrañado, había algo inusual en el comportamiento de aquellos lázaros. Pero ¿qué? Él no podía considerarse un experto, así que se volvió hacia Tomeghe para preguntar.

¡Y vio como el shaktista se quedaba rígido, con el rostro contraído por el miedo!

Jed-Qor desenfundó la pistola sin pensarlo un momento. Uno de los lázaros alzó su rifle. La primera bala de Jed-Qor le acertó en el brazo, pero aquel impacto, que hubiera dejado inconsciente a un hombre por el shock traumático, apenas lo hizo tambalearse. Jed-Qor disparó otra vez, otra, y no vio cómo uno de ellos le lanzaba un pico, la única cosa que tenía a mano.

Hubo un chasquido húmedo y el ksatrya se derrumbó, con la punta del pico asomando por el occipital.

Luba Tomeghe corrió desesperadamente por su vida. No era un guerre­ro. Era técnico electromecánico, y se ganaba un sobresueldo con pequeñas adivinaciones y algún que otro hechizo benevolente. Había trazado un Cír­culo Protector y un Encantamiento de Realimentación en torno a la casa de Jed-Qor. Lamentó no tener un animal para leer sus entrañas; pero en Kali­loka no había animales nativos.

Recordó los atemorizados rumores acerca de láza­ros asesinos, entre­nados en campos secretos. Se había reído de ello, creyén­dolo un bulo de los no creyentes.

Hubo una explosión y las luces de la calle se apagaron. Temiendo trope­zar, se escondió entre dos casas, su corazón enloquecido. ¡Nuestra Señora de las Sombras me proteja! Los lázaros cruzaron ante el callejón, caminan­do sin apresurarse.

No lo habían visto… Suspiró con alivio.

Se dio la vuelta para alejarse. Un lázaro estaba ante él.

Hubo un relámpago a la luz de las estrellas y sintió un dolor agudo, quemante, en el vientre. Se oyó un “plof”. El lázaro alzó de nuevo la bayo­neta y descargó un solo golpe más. Tomeghe sintió un fuerte mazazo en el cuello y se sintió volar. De repente se vio a sí mismo, con el paquete intes­tinal des­parramado en el suelo, y un doble surtidor de sangre, negra a la luz difusa, brotando del muñón de su cuello.

En los horrorizados segundos que le quedaban de vida, Tomeghe vio su negro destino escrito en sus propias entrañas.

* * *

La explosión hizo saltar al coronel War-Zen de la litera. Accionó el interruptor de la luz, que no funcionó. Maldijo. Tomó el comunicador, pero sólo oyó una confusa algarabía, hablando de lázaros, disparos, muertes. La emisión se cortó repentinamente.

Cogió apresuradamente un fusil de asalto, aun antes de que sus pies tocaran el suelo. ¡Kamsa y Putana! Las regulaciones de seguridad se habían suavizado, dada la ausencia de alguna amenaza creíble, y sus guerreros estaban dispersos acá y acullá. Rebuscó en busca de las gafas infrarrojas y las cogió.

En segundos estuvo corriendo por la calle oscura. El mundo, visto a través de aquellas lentes tenía un aspecto fantasmal. Las paredes eran de un frío azul-negro. Oyó disparos a su derecha y una docena de kstryas apareció corriendo; sus cuerpos resplandecían en una miscelánea de blanco luminoso, amarillo, ámbar, escarlata y verdoso. Uno de ellos se volvió rápidamente con el arma en ristre, mirándole a través de sus propias gafas infrarrojas. El coronel alzó los brazos: había eludido el ser acribillado por unos segundos.

-¡Coronel, nos… !

-¿Qué Kamsa sucede?

-Lázaros, coronel. Lázaros armados. Nos atacan, no lo entendemos.

-Yo tampoco entiendo, pero no importa. ¿Número?

-No lo sabemos.

-Maldición. ¿Por dónde vienen?

-Por todas partes. Al parecer, algunos han entrado ya.

Las cejas del coronel se alzaron. Pero en aquella noche de pesadilla incluso una traición no parecía fuera de lugar.

-¡Vengan conmigo! -corrió en la oscuridad, tratado de comprender qué clase de infierno abría sus puertas sobre Base Aleph.

* * *

Hari y Mahal contemplaron fascinados al básico atrapado en el interior del huevo, debatiéndose inútilmente en su prisión transparente.

-¿Deberíamos sacarlo de ahí? -preguntó Mahal.

-Probablemente lo mataríamos -respondió Hari. Aunque no sé la importancia que eso tendría para Almirante.

-¿Qué crees que le ha pasado?

-Su caída ha coincidido con el apagón -razonó Hari- quizás la corriente también se ha cortado en el centro de comunicaciones…

-Eso no es posible. Posee un circuito de seguridad especial.

Aguardaron inútilmente. La negrura lo envolvía todo. La idea de un sabotaje empezó a germinar en su mente.

-Mahal, esto es más serio que un simple fallo de… ¡Apaga eso!

La mujer había encendido un tubo portátil. Lo apagó de inmediato.

-¿Qué puede estar pasando?

-No lo sé -pero pensó en los colonos y el vello de su espalda se erizó.

-No puede ser lo que mató a los shaktistas -dijo Mahal, como si leyese su pensamiento- . Cayeron en todas partes, a la vez, y…

-Shhhh. Calla -sonaron disparos lejanos… y estremecedores gritos de dolor.

Un grupo de soldados apareció corriendo. Y tras ellos… Hari se agachó.

-¿Pero contra quién disparan? -preguntaba Mahal.

-¡Calla! -siseó con fuerza Hari. No quería que aquella horda de pesadilla los oyera.

Los vio aparecer a la débil luz de las estrellas. Una fila de figuras cami­naba lentamente, con el paso monótono de los lázaros. Llevaban en las manos unos objetos que relucían a la luz estelar. Sus caras estaban cubiertas por una especie de máscaras de buceo… Hari observaba, apenas asomando un ojo.

Uno de ellos giró hacia él. Hari se apartó veloz.

-¡¡Al suelo!! -aulló, mientras una ráfaga de disparos arrancaba el marco de la ventana y las balas destrozaban la habitación, entre vidrio esta­llando y objetos de metal que resonaban como demoníacas campanas.

* * *

Un disparo restalló, rebotando sus ecos por las calles desoladas, y uno de los hombres de War-Zen cayó muerto a su derecha.

-¡Cúbranse! -aulló el coronel.

La detonación había sido como un flash fotográ­fico. ¡Pero el tirador no aparecía en el infrarrojo! War-Zen apuntó a donde había visto el fogonazo y disparó una ráfaga de cinco disparos. El lázaro disparó de nue­vo, delatando su posición… el coronel hizo fuego a su vez, procurando afinar. No hubo más fuego desde ese rincón.

-¡Mi coronel, no veo a nadie en el infrarrojo! -exclamó un soldado.

-Porque ya están muertos, estúpido -dijo el coronel.

-¿Eh?

-¿No ha tocado la mano de una de esas cosas? Están muy frías.

-No… ni ganas. ¿Quiere decir que no podemos verlos porque sus cuer­pos están fríos?

-A temperatura ambiente, para ser exactos. La misma que los edifi­cios. Debemos guiarnos por los fogonazos.

-¡A la orden!

Una ráfaga arrancó astillas de la pared y otro de sus hombres se derrumbo con un grito de dolor.

-¡¡FUEGO, FUEGO, KAMSA OS MALDIGA!! -aulló War-Zen.

* * *

Con su paso monótono, los lázaros se fueron dispersando por el han­gar 5 de la “Pusparatha“, con sus mochilas de equipo colgándoles de la espalda. Zaouli Tamure estaba muy nervioso. Aquello nunca se había probado antes. Habían hecho simulaciones, pero…

No era cuestión de esperar más. Apretó un botón en su transmisor para lázaros.

Fue como si el día de la Resurrección se presentara sin avisar.

Los lázaros, con una rapidez que nadie sospecharía en ellos, apuña­la­ron a los humanos que tenían más cerca. Los ksatryas, a pesar de haber sido pillados por sor­presa, sólo tardaron unos instantes en reaccionar. Abrieron fuego y sonaron las sirenas de de Alerta Roja. Los vaporizadores de feromonas esparcieron por el sistema de ventilación el olor de “peligro inminente”.

En el puente, la oficial de Tácti­ca invadió su consola con decenas de básicos:

Estaciones de combate, alerta“, clamaron los altavoces. “Energizar bancos láser. Cargar tubos lanzatorpedos. Activen escáneres de largo al­cance. Impulsor principal, a 75% de potencia. Despejen todos los canales. Cierren puertas estancas

Mientras tanto, en el hangar de la nave espacial, lázaros y ksatryas intercambiaban balas diligentemente.

OCHO

El viento había empezado a soplar. Se abatió como un bloque sobre las negras calles de base Aleph, haciendo gemir las juntas de las viviendas prefabricadas. Penetraba por todas partes: por las rendijas de las puertas, por los tabiques de tablas de plástico mal unidas.

Era como un gran lamento obsesivo, un gemido de phante herido de muerte, que se deslizaba entre las casas, agita­ndo las ropas de los cadáveres que empezaban a sembrar nuevamente las calles.

Hari se arrastró hasta una pesada mesa metálica y la volcó con esfuerzo. Se escudó tras la gruesa lámina de metal.

-¿Hari? -el susurro era leve y aterrorizado.

-Shhh. No te muevas.

-¿Cr-crees que p-pueden oírnos?

-Calla -era un buen consejo, dadas las circunstancias.

Hubo un ruidito en la puerta. Sonó el metal del pestillo.

Acurrucado tras la mesa, trató de arrastrarse con esfuerzo. Muévete, idiota, se dijo. En el interior de su mente, había un niño asustado que quería taparse la cabeza con las sábanas.

Logró asomarse a ras del suelo. Fijó la vista hasta que sus ojos le dolie­ron.

El lázaro tenía problemas con la puerta (¿por qué los lázaros no abren las puertas corredizas? Porque luego no las alcanzan). El estúpido chiste casi le hizo estallar en una carcajada histérica. Se mordió los labios para contenerla.

El lázaro entró lentamente. Llevaba terciada un arma, un subfusil por su longitud (si dispara aquí dentro, las balas de rebote nos dejarán a los tres hechos una criba). Pensó entonces en la inhumana resistencia al dolor y la fatiga de aquellos cadáveres ambulantes, en su embotada indolencia, y com­prendió que al lázaro no le importaba morir lo más mínimo. Suponiendo que le quedara bastante cerebro incorrupto para imaginarlo.

El lázaro dio unos pasos dentro de la habitación. Desde su escondi­te, a la vaga luz de las estrellas, Hari reconoció su extraña careta de bucea­dor. Gafas infrarrojas. Por ello podía ver en la oscuridad, guiándose por el calor. De no ser por la mesa ya lo habría percibido. Se preguntó si veía la tenue columna de aire tibio desprendido por un cuerpo humano. ¡Y cierta­mente, el suyo estaba sudando de tensión!

El arma del lázaro oscilaba en arcos, a derecha e izquierda. La men­te frenética de Hari buscaba una idea. Su sangre, rebosante de adrenalina, había impulsado su miedo más allá del miedo. ¿Ponerle la zancadilla? Po­dría. ¿Empujarlo cuando le diera la espalda? Tal vez. Pero no hizo nada. El niño en su interior seguía negándose a moverse.

La atención del lázaro pareció dirigirse a un punto alejado en la habita­ción. Levantó el subfusil y disparó.

En el espacio cerrado, la ráfaga atronó como una rasgadura en la túnica de Dios. Apenas oyó el estruendo de plástico destrozado y el mons­truoso siseo de gas. Un soplo de frío le refrescó la cara.

¡Aquel cretino estaba acribillando la nevera! Había visto el flujo de aire cálido que emanaba por detrás, y el aparato había saltado en pedazos, con un surtidor de líquido refrigerante hirviendo… el plástico, gracias al Cielo, había amortiguado los impactos, impidiendo su rebote.

Las nubes de vaho casi lo cegaron. El lázaro giró lentamente sobre sí, como desorientado… aquello debía estar afectando a su mirada infrarroja.

Ahora o nunca. Hari se flexionó como un felino y se puso en pie de un salto.

Fue más el producto de un impulso que una maniobra premeditada. Puso una mano sobre el ardiente cañón del arma, la otra en un punto cerca de la empuñadura, y agarrándola con fuerza, giró sobre sus talones. Las zarpas del lázaro la sujetaban con igual firmeza, pero no pudo impedir ser volteado y caer al suelo.

Con una mano abrasada, Hari arrojó el subfusil a un lado y tomó la primera cosa que pudo tan­tear: un taburete. Golpeó a ciegas al lázaro, que trataba de incorporarse, y se oyó un crac. El lázaro cayó… para levan­tarse de nuevo. Hari observó que algo resbalaba por la sien del lázaro, pero no era sangre, era una masa gris y grumosa.

El lázaro lo miró con unos ojos amarillentos, tan opacos como los de un pez muerto, y extendió dos manos como garras esqueléticas hacia él.

Hari giró el taburete y golpeó con las patas metálicas, una vez, otra, otra… alguien aullaba y comprendió que era él mismo. De repente, el lázaro le golpeó con el antebrazo, con una fuerza tal que le arrancó el taburete de las manos. Sintió un fuerte golpe en la cabeza y las piernas se le afloja­ron.

* * *

Los ksatryas del hangar 5 de la “Pusparatha“, fueron finalmente arrollados por los lázaros y masacrados sin compasión. Lucharon con la bravura característica de la Ksatra, pero ha­bía diez lázaros por cada uno de ellos, y eran menos vulnerables.

La puerta de acceso al hangar empezaba a cerrarse. En el trasbor­da­dor, Tamure envió un lázaro para impedirlo; corrió hacia la puerta y la bloqueó con su cuerpo. La pesada puerta vaciló, luego apretó, y con un crujido repugnante, el lázaro fue partido en dos.

Tamure maldijo. Ordenó:

-Equipo de cortadores láser, corten la puerta.

Tras él, los pilotos y sus ayudantes observaban fijamente.

-No será problema -les dijo con confianza-. Estos cortadores pue­den abrirnos paso hasta donde sea. Y la mayor parte de los ksatryas están abajo. El resto de los humanos no es enemigo para nuestros Doble Ome­ga. Sólo tendremos que aplastar a esos molestos bichos.

Un grupo de lázaros acercó un pesado aparato similar a un cañón anti­tanque. Largos cables lo unían al trasbordador.

En el puente, Capitana le envió un básico a Almirante con un mensaje privado:

No tardarán en cortar la puerta. Almirante, estoy preocupada. Esta nave no está preparada para una acción hostil desde el interior.

Almirante formó una cadena de básicos. El resto ejecutó la Danza de la Imperturbabilidad:

No se preocupe. Esos cretinos no saben que los básicos de la tercera oficial no eran suyos. ¿Está preparado el Hangar 6?

¡Por supuesto, Almirante!

Capitana se sintió levemente irritada. En Alerta Amarilla, al menos un trasbordador debe estar listo para lanzar. ¿Qué clase de nave cree que mando?

Consternada, se dio cuenta de que algún básico le había transmitido este pensamiento secreto a Almirante. Pero ésta se limitó a esparcir un sutil efluvio de diversión.

* * *

Zoyos había registrado el centro de comunicaciones de base Aleph. Encontró una tetera portátil, té, y unas galletas. Se había preparado una taza y la tomaba miran­do por la ventana. Cuando un sector de la ciudad empezó a arder, dijo:

-Los materiales son ignífugos en su mayor parte. El fuego no se propa­gará mucho, a pesar del maldito viento. A los lázaros no les afecta el calor, si eso pretenden los ksatryas -con el paso de las horas, su untuosa voz se había desvanecido. Ahora era seca y cortante. Mordisqueó una pasta.

No le había ofrecido té a Talnago, y éste tampoco se lo pidió. Debía convencerlo, argumentar que era más valioso vivo, suplicarle, pero tenía la certeza de que Zoyos se reiría de él y quizás lo mataría.

Se sacó el Anillo de Jandor del dedo y se lo volvió a poner. No llevaba cuenta de las veces que había repetido ner­viosa­mente aquel gesto. Lo sacó de su dedo y lo volvió a meter. De vez en cuando fijaba una mirada sombría en el lázaro que lo vigilaba. No había movido un músculo en horas, pero la pisto­la aún pendía de su mano. El otro lázaro vigilaba la entrada.

-Si hace un movimiento sospechoso, mi lázaro lo matará  -le había advertido Aadi Zoyos.

-¿Y si hago un movimiento no sospechoso? -preguntó Talnago.

-También.

Talnago ya no se sentía de humor desafiante, tras presenciar la macabra frialdad de los lázaros asesinos. La calle estaba sembrada de cuer­pos. Se sacó el anillo y se lo volvió a poner.

¿Qué clase de personas eran los lázaros, antes de ser condenados a la Muerte-en-Vida? Nayu Sokhusi había sido el nombre de su lázaro perso­nal, cuando vivía. O Yanu, tal vez. Pero no sabía nada más sobre él, antes de que el parásito devorara su cerebro. Bueno, después de esto, nadie se atreverá a fiarse de su láza­ro. ¿Quién podría asegurar que no era un asesino infiltrado, por un clan u orden rival? Talna­go conocía los inconvenientes de vivir en una sociedad aristocrática. La traición y la conspiración son parte de la vida, pero si un hombre no puede tener confianza ni en sus propios lázaros…

Si la noticia sale de aquí. De repente, supo con total certeza que no se le permitiría abandonar el planeta con vida. Sabía algo demasiado peli­groso para ser divulgado. El inmundo Zoyos mandaría eliminarlo… o algo peor. Sería capar de permitirse la suprema ironía de convertirlo a él, Jeldis Talna­go, de la Orden de Samedi, en su lázaro personal…

Sintió rebullir su ira. El lázaro asesino pareció notar algo y alzó el brazo armado.

Talnago se mantuvo inmóvil, absolutamente inmóvil. Y el lázaro bajó la pistola.

Sólo veía una salida a su angustiosa situa­ción: tenía que persuadir a Zoyos de que no le matase. Y sólo podía hacerlo colaborando con él. Sirviéndole. Ofreciéndole su sumisión más abyecta. Bien, ¿por qué no? El envilecimiento era una práctica ya habitual en él.

* * *

Nadie se fija en un básico. Esta era la esencia del plan de Almirante.

Una docena de básicos se escurrieron entre la carnicería del Hangar 5. Sólo uno fue aplastado (por un ksatrya, por cierto), pero no importaba.

Se acercaron a una terminal de ordenador, como muchas de las que habían dispersas por la nave. Uno de ellos conectó su cola a la interfaz y el resto formó cadena. Almirante pudo ver a través de sus ojos.

Se sintió aliviado, como siempre que sus sub-unidades cumplían un reca­do difícil sin problemas. Las mandíbulas de los básicos desatornilla­ron el panel y se metieron dentro. Con cien ojos en una pantalla del puente, que mostraba un complejo esquema electrónico, y veintidós en el cableado, Almirante empezó a trabajar.

Lo que hacía contravenía media docena de artículos del Reglamento Naval, y hubiera puesto las antenas de punta a la Ingeniero jefe de ha­berlo sabido. Pero hay veces que lo mejor que se puede hacer con el reglamento es saltárselo.

* * *

Mahal se puso en pie, estremecida por los gritos de Hari. En la oscuridad, rota solo por la pálida luz amarillenta que entraba por las venta­nas, localizó la puerta y medio trope­zó hasta ella.

El lázaro acorralaba a Hari contra un rincón; había perdido el sub­fusil, pero había logrado extraer un afila­do machete. Hari se retorcía inde­fenso, como si sus miembros fueran incapaces de sostenerlo.

Mahal gritó y el lázaro se vol­vió hacia ella.

La muchacha cogió un taburete y se lo lanzó. El lázaro se limitó a desviarlo con el antebrazo, avanzando hacia ella. Cogió otro taburete, e intentó golpearlo en la cabeza. Con fuerza inhumana, aquella tétrica criatura lo aferró con una sola mano y se lo quitó de un tirón.

Estaba indefensa, con las manos vacías frente al machete, mientras el lázaro avanzaba un paso más hacia ella. Vio entonces, con toda claridad, aquel rostro de pesadilla: la man­díbula colgando medio arrancada por los golpes de Hari, la lengua hinchada, amoratada, asomando ridículamente por el gran agujero sanguinolento que era ahora la boca del lázaro. Sintió el hedor a muerte que emanaba de su piel, y el frío inhumano de aquellos ojos resecos clavados en ella.

¿­Qué hago? Mantener las distancias. Atacar el flanco. Buscar un hueco en su guardia. Si fuera tan tonto como para intentar golpearme levantando el brazo

El lázaro levantó el brazo.

¡Ahora! Mahal dio un paso al frente hasta situarse casi tocando el pecho de la criatura, de modo que fue su antebrazo lo que le golpeó el hombro y no el machete. Levantó rápidamente la mano, y con la base de la palma golpeó la barbilla del adversario de abajo arriba. Se oyó un chasquido, y el lázaro se encontró de repente mirando sus propios talones. Se desplomó. Vaya, ha funcionado, pensó la chica con sorpresa. Sintió un repentino dolor en el brazo. El lázaro aferraba su bíceps con dedos crispados. Con repug­nancia, Mahal fue soltándolos uno a uno.

Con la columna vertebral rota a la altura del cuello el otro no pudo hacer nada para impedirlo.

La chica buscó a tientas el subfusil. Tenía una cosa blanca en el guardamonte. La cogió; un dedo del lázaro, arrancado de cuajo en la pelea. Lo arrojó con repulsión. Era una primitiva arma de cerrojo. Lo abrió para asegurarse de que había una bala en la recámara. Se acercó al lázaro inmóvil en el suelo, apoyó el cañón en su craneo, y disparó.

Una sola vez.

Manos y pies se sacudie­ron convulsos, y el quedó definitiva­mente inerte. La muerte permanente.

* * *

Hubo unos disparos y un pequeño grupo de lázaros surgieron por la puerta de un edifi­cio…

El coronel War-Zen liquidó a uno con una breve des­carga y, casi antes de que cayera al suelo, a otro. Se secó el sudor. Sus hom­bres habían acabado rápidamente con el resto.

Registraron los cadáveres. Un cargador de rifle. El otro nada.

Una bala se estre­lló en la pared, en algún punto sobre su cabeza. Un lázaro disparaba desde el extremo de la calle. Uno de sus hombres puso rodilla en tierra, apuntó, dispa­ró una sola vez. El lázaro cayó.

Muy bien, muchacho. Hay que ahorrar munición.

Trabajosamente, War-Zen se puso en pie. Introdujo el carga­dor en su rifle robado, y miró a su alrededor con viveza.

-Todo despejado, coronel -dijo uno de los ksatryas de su grupo.

Habían cambiado varias veces de arma, arrebatándolas, como decía la enseñanza tradicional ksatrya, “de las frías manos cadavéricas del enemi­go”. Nunca mejor dicho. En alguna parte, Base Aleph estaba ardiendo, y el fuego se propagaba rápidamente gracias al furioso viento que se había le­vantado unas horas antes; las nubes de humo lo iluminaban todo, refle­jando el resplandor naranja de las llamas. Habían tirado las inútiles gafas infra­rrojas. La oscuridad ya no era una ventaja para aquellos lázaros, y como guerreros poco tenían que hacer frente a un ksatrya.

Esto vuelve las cosas a nuestro favor, pensó, pero antes de cantar victoria tenemos que llegar al centro de comunicaciones.

Grupos aislados de disparos sonaban a lo lejos. Por donde pasaran, no había otra cosa que cadáveres: técnicos, shaktistas cuyos rostros refleja­ban tanto horror como incom­pren­sión, ksatry­as (rodea­dos de montones de cadáveres de lázaros asesinos, observaron con satis­facción), incluso ino­fensi­vos lázaros domésticos, degollados o tiroteados ante su propia indiferencia.

-En marcha -ordenó.

Dos soldados se adelantaron rodeando una esqui­na, blandiendo sus rifles, tratando de ver por todas partes. El otro custodia­ba su camino de llegada. ¿Cuántas veces habían repetido esto? El secreto era moverse continuamente, no dejar de vigilar ni un momen­to, y disparar a todo lo que se moviese. Te asomas a una esquina. Si ves un lázaro, o varios, disparas y dispa­ras y disparas hasta que caen. Cruzas hasta la siguiente encrucijada, siempre vigilando atrás, adelante y a los lados, listo para disparar de nuevo. Registras los cadáveres y coges sus armas si es preciso. Y vuelta a empezar.

Tres lázaros en fila aparecieron a la vuelta de la esquina. No lleva­ban armas de fuego, pero eso no les impedía dirigirse hacia ellos.

Dispararon hasta hacerlos caer a todos. Corrieron hasta otra esquina. Dos grupos de seis venían por una avenida principal. Cambiaron de direc­ción y siguieron corriendo…

El coronel se había desorientado. Todas aquellas calles parecían iguales, y Base Aleph parecía no tener fin…

* * *

Lo que hacía a las cofra­ditas tan buenas astronautas era también su punto vulnerable, comprendió Zaouli Tamure con optimismo.

La enorme versatilidad de un cofradita, con sus básicos realizando múlti­ples tareas a la vez, unido a la ayuda electrónica, hacía que uno solo pudiera realizar las funciones de diez o doce humanos. Por consiguiente, la tripula­ción de la enorme nave era relativamente pequeña. De lo que se deducía que si conseguían salir del hangar el resto sería una simple operación de limpieza.

La perspectiva de incinerar a montones de aquellas alimañas reptantes le puso de buen humor, y cuando se oyó el ruido de las grandes compuertas del hangar, Ta­mu­re no le prestó atención.

De repente oyó gritar al piloto de la lanzadera:

-¡Se están abriendo las exteriores también!

Eso no puede ser, pensó Tamure. Hay numerosos sistemas de segu­ri­dad para impedirlo. Ni siquiera en la más grave de las emergencias. Era imposi­ble. ¡Imposible!

Pero estaba sucediendo. Con un manotazo frenético, el piloto cerró la compuerta del tra­sbordador. Una suave brisa barrió los papeles y otros objetos dispersos por el han­gar… la brisa se fue convirtiendo en vientecillo, el vientecillo en un vendaval, en una tromba…

Estupefacto, vio cómo los lázaros permanecían en pie, estúpidamente inmóviles. No fue capaz de ordenarles nada. El ventarrón los arrojó al suelo, rodando. Fue como ver vaciarse una pila de agua. De repente, una masa huma­na de carne semiviva arrastrada por el huracán se apelotonó ante las compuer­tas, y algunos, con una última chispa de autopreservación, trata­ron inútil­mente de agarrarse a algo.

Pero la boca que se abría al espacio los sorbió a todos.

Desde el puente, Almirante vio una gran pelota negra surgir por la compuerta, y al instante la vio dispersarse en centenares de puntos que se fueron alejando. Se produjo una masiva demostración de júbilo. Los básicos em­pezaron a cabriolear en círculos, y las feromonas de diversión hacían el aire casi palpable.

De repente, la alegría murió. El trasbordador shaktista se elevaba sobre el suelo del hangar. De sus costados se deslizaron unas placas, y luego se desplegaron dos macizos lanza­cohetes.

¡No es justo! –se quejó Capitana- ¡Nuestros transbordadores no está armados!

Un misil salió disparado e impactó en el muro del fondo. La explo­sión resonó por toda la nave como un puñetazo. Los shaktistas estaban decididos a destripar la “Pusparatha” si hacia falta.

Lanzaron un segundo cohete y la explosión sacudió los mamparos del puente.

¡Ella no puede resistir mucho más, Capitana! -dijo la inge­nie­ro jefe.

¡La Disgregación los maldiga!, exclamó Almirante con rabia.

Había que darse prisa.

* * *

-Tenemos que parar -dijo Hari, agotado.

Mahal tampoco se sentía me­jor, aunque era mucho más joven que el hombre. Se hallaban en un barrio de Base Aleph que desconocían. No había lázaros a la vista, de momento, sólo cadáveres. Descansaron de la única forma en que se podía en aquel infierno: con las espaldas contra la pared. Se permitió cerrar los ojos unos momentos.

Se había fijado en la cantidad de lázaros muertos que yacían en la calle. La deducción era obvia, pero su mente no tuvo tiempo de formularla.

-¡QUIETOS! -sonó una voz a su derecha.

Los dos se inmovilizaron, y Hari sintió renacer la esperanza. Levantó los brazos y se volvió muy despacio.

La figura que les encañonaba no parecía distinta a un lázaro. Un hombre de rostro gris, con cartucheras cruzándole el pecho, incongruen­te­mente vestido con una camiseta sucia, desgarrada y con manchas de sangre. Blandía una ametralladora de aspecto muy siniestro.

-No se muevan. ¡No se muevan!

Hari sonrió tímidamente. Se aclaró la garganta.

-Estamos muy contentos de verle, coronel War-Zen…

Su mano izquierda hizo un gesto ondeante hacia abajo.

Otros ho­mbres fueron apare­ciendo por entre los edificios, todos armados hasta los dientes y con sus uniformes de ksatryas destrozados y cubiertos de san­gre.

-Es asombroso que sigan con vida –dijo el coronel con frialdad-. ¿Vienen con nosotros? Nos dirigimos al centro de comunicaciones. Lo primordial es reestablecer la comunicación con nuestras naves. El verdadero ataque se debe de estar produciendo allá arriba.

-¿Quiere decir que este ataque no ha sido real? -preguntó Hari mirando a los agotados ksatryas.

-Sólo una distracción -dijo War-Zen- ¿Quien sería tan estúpido como para pensar que esos monigotes podrían enfrentarse a auténticos ksatryas?

-Es un consuelo para todos -suspiró Mahal- excepto para los muertos…

-Hemos tenido un número de bajas bastante aceptable, dadas las circunstancias de un ataque por sorpresa.

Hari lo miró, agotado, sin fuerzas para replicar.

* * *

Los oficiales de puente vieron un espectáculo extraordinario. Por las abiertas compuertas del hangar 5 entraban dos vehículos: dos esferas panzu­das con largos brazos plegados como en oración.

¿Quién maneja esos remolcadores? -exclamó Capitana. Pero enton­ces se fijó en la inmovilidad de los básicos de Almirante, totalmente con­centra­do. Entonces comprendió. Cada remolcador iba pilotado por un básico de Almirante, que los dirigía desde el puente.

Los brazos de los remolcadores se extendieron y sus pinzas se abrie­ron ominosamente. Los impulsores del trasbordador destellaron en un azul iónico, y empe­zó a girar lentamente hacia los intrusos. Estos se abrieron al advertir sus intenciones. Uno se dirigió hacia la proa, amenazando con sus garras las portillas de visión. Debió ser un espectáculo estremecedor para los shaktis­tas.

Un tercer cohete fue lanzado, haciendo impacto de lleno en la esfera. A diferencia de las anteriores, la explosión fue silenciosa. Los “cling, cling” de los fragmentos al golpear las paredes del hangar eran casi ridí­culos.

El segundo remolcador se aproximó al costado. Capitana pensó que le arrancaría uno de los lanzadores, pero Almirante tenía otras ideas.

Las pinzas se afirmaron en el costado de babor y los impulsores del remolcador destellaron a toda potencia. El trasbordador empezó a mo­verse de costado, la esfera se soltó y disparó los impulsores de proa… y lentamen­te, la pequeña nave shaktis­ta chocó contra la mampara.

El trompazo se oyó claramente en el puente.

El remolcador se acercó, se sujetó al costado de estribor y dispa­ró los impulsores de proa, separando al trasbordador de la mampara. El lanza­cohe­tes de babor estaba aplastado e inútil, y los tripulantes no debía estar de humor para utilizar el otro. El remolcador comenzó a empujar firmemente a la navecilla hacia el portalón del hangar.

Es todo suyo, Capitana -dijo Almirante, hablando por fin.

El transbordador flotó fuera de la nave, girando lentamente. Sus tripulan­tes no hicieron ningún esfuerzo por corregir la deriva.

Bancos láser preparados… oficial táctico, ¡fuego!

* * *

La primera señal de que algo no iba como era debido fue la ex­plo­sión. Zoyos saltó a la ventana y se asomó con precaución.

Lo que vio no pareció gustarle. Frunció el ceño, se frotó la barbi­lla, y miró fijamente a Talnago. Miró al lázaro que aún se mantenía vigi­lando. Sonrió levemente, levantó su pistola… Talnago cerró los ojos.

Al sonar el disparo los abrió instintiva­mente. Justo a tiempo de ver la nuca de Zoyos estallar, salpicando de sangre y trozos de sesos la pared.

El lázaro lo miró sin curiosidad. De repente irrumpieron tres ksa­tryas. La criatura volvió la vista, y Talnago casi pudo oír cómo los engrana­jes de su mente giraban con lentitud.

Antes de que lograse decidir qué hacer, su cabeza reventó de un balazo.

Talnago se puso en pie. Sentía una intensa alegría, aunque los recién llegados parecían salir de una prisión para locos homicidas. Tras ellos apareció Hari Pramantha, Mahal, y el coronel War-Zen.

Este último lo encañonó.

-Si hace un movimiento sospechoso…

Talnago se conocía la historia. Levantó los brazos hasta tocar el cie­lorraso con la punta de los dedos.

-No, espere -dijo Mahal-. Este tipo era un prisionero. Casi se caga de la alegría al vernos.

Talnago se extrañó ante un lenguaje tan impropio en una mujer. Pero era obvio que aquellas personas no estaban completamente en sus caba­les. Nuevamente empezó a temer por su vida.

-Cierto, yo era prisionero de este tipo. No sabía nada de todo esto… yo…

-Déjele vivir, coronel -propuso Hari.

-¡Que el Ave Garuda bendiga tu planeta! -exclamó Talnago sin poder contenerse.

* * *

Almirante, tenemos una llamada de la “Ragda” -dijo la gestora de operaciones.

Ya era hora. Póngala en pantalla.

En la pantalla apareció el capitán Yog-Lem.

-Almirante, lamento el retraso, pero hemos tenido un problema con la “Avidya”.

-Como nosotros. Han intentado abordarnos. Como comprenderá, no han tenido éxito.

El capitán asintió.

-Eso lo explica. Han estado emitiendo interferencias en todas las bandas, por eso no hemos podido comunicarnos hasta tener línea de visión.

-Entiendo. ¿Qué hacen ahora?

Almirante miró la pantalla de situación. Durante el proyectado abordaje, la “Ragda” y “Avidya” habían estado al extremo opuesto del planeta, con los relés orbitales interferidos. La maniobra había sido cal­culada al milímetro. La “Pusparatha” aún no podía ver a la nave shaktista tras la curva del planeta, pero la “Ragda” sí. Yog-Lem transmitió un diagrama. La “Avidya” había abandonado la órbita y aceleraba a im­pulso total. Los básicos de Almirante formaron un sorprendido círculo.

-¿Qué pretenden? ¡A juzgar por su trayectoria, van hacia el agu­jero negro!

-En efecto, Almirante. Los cobardes huyen como malditos dongos refu­giándose entre el estiércol.

Almirante no respondió de inmediato.

-No estoy seguro de que se limiten a huir. Alguien que ha elabo­rado una traición tan complicada no renuncia tan fácilmente. Es posible que estén planeando otra de sus desagradables sorpresas.

Yog-Lem frunció el ceño.

-Están fuera de alcance de nuestros torpedos. Si disparamos, los torpedos seguirán su curso, pero…

-Agotarán su combustible y no podrán efectuar maniobras evasi­vas. Los shaktistas los interceptarán como blancos de tiro.

-Efectivamente. Pero por la misma razón no podrán dispararnos a nosotros.

-No esté tan seguro, capitán Yog-Lem.

El ksatrya alzó levemente una ceja. Los ksatryas, des­pués de todo, eran soldados de tierra más que astronau­tas.

-Podrían intentar otra cosa -sugirió Almirante-. Utilizar el aguje­ro como catapulta de gravedad para acelerar sus torpedos. No sé qué velocidad podrían alcanzar así, pero sin duda será mucha.

Yog-Lem asintió.

-Almiran­te, solicito permiso para perseguirlos.

-Denegado, capitán. No tienen posibilidades de alcanzarlos. Y si se sitúan en posición… bueno, no hay mucha posibilidad de interceptar un torpedo que viaje incluso a un diez por ciento de la velocidad de la luz.

El capitán abrió la boca, estupefacto.

-Nos refugiaremos tras la curva del planeta y lo usaremos como escudo.

-¿Refugiarnos?

-Avanzar hacia retaguardia.

-Comprendo. ¿Y Base Aleph?

-La evacuaremos. Si uno de esos torpedos impacta en cualquier punto del planeta, significará un terremoto de grado doscientos. Y no digamos si impacta directamente. Tenemos que evacuarlos.

El capitán asintió.

-Enviaré mis transbordadores.

-Nosotros también lo haremos. “Pusparatha” fuera.

NUEVE

La pesadilla más espantosa con­siste en despertar y descubrir que no era una pesadilla, pensaba Hari. En Base Aleph, los equipos de socorro no daban abasto como sepultureros.

Hari estaba en el centro de comunicaciones desde hacía horas, tratando de co­municar con Almirante, pero la Alerta Roja seguía en pie y había limita­ciones de prioridad en los canales.

Cuando los altavoces empezaron a difundir la or­den de evacua­ción y a qué se debía, se sintió aún más inquieto. Finalmente tuvo una idea.

Corrió hacia las ruinas de su observatorio y buscó afanosamente por el suelo. El lugar era un revoltijo, pero al fin logró encontrar el huevo-extensión de Almirante. Vacío. ¿Dónde demonios estaría el bási­co?

Con tanto barullo se había olvidado de él incluso la propia Almi­rante. Lo encontró entre las ruinas de la nevera, rebuscando en la comida. Lo cogió con cuidado (el básico lo miraba con curiosidad, ¿lo recordaba?).

Lo instaló en el huevo flotante y conectó con cuidado las termi­naciones nerviosas de cola al interface. De repente el huevo emitió un zumbido y empezó a flotar de nuevo.

-Ah, Hari, me alegra verte -el básico, ahora conectado con la totalidad de Almirante-. Perdona que no te atienda, pero estoy haciendo mil cosas a la vez y mi récord estaba en novecientas noventa y nueve.

-Almirante, es urgente que hablemos.

-¿A qué llamas urgente? Los shaktistas van usar el agujero negro para bombardearnos a cero coma una velocidad de la luz…

-De eso se trata, Almirante. No se trata de un agujero negro, ¿recuerda? No pueden usarlo para eso. No corremos peligro.

El huevo descendió suavemente hasta una mesa.

-¿Apostarías tu vida en ello?

-No importa ahora. Son los shaktistas los que corren peligro, y debo advertirles.

-¿Como?

Hari meditó un momento.

-Bueno, ¿­Puede abrirme un canal de comunicación con la “Avid­ya”?

El básico agitó las antenas.

-No puedo aunque quisiera. Se niegan a responder. Aunque qui­zás haya alguien… ¿Talnago ha sobrevivido?

* * *

Talnago fue conducido al centro de comunicaciones. Llevaba un par de esposas en las muñecas y el propio coronel War-Zen lo escoltaba. Lucía un aspecto miserable. Ahora se veía condenado injustamente por lo que no había hecho. Por las bar­bas de la Tiniebla, ¿es que se daban cuenta de que Zoyos iba a matarlo?

Cuando Hari llegó, alzó la vista con esperanza.

-Talnago, necesito ayuda para…

-Encantado -dijo atropelladamente-. Estoy a tu servicio.

-Tengo que hablar con quien quiera que esté al mando de la “A­vidya”, pero no responden. ¿Tienes alguna forma de comunicar con el…?

-El Gran Houngan. Sí, mi ordenador tiene los códigos de encrip­tación y los protocolos shaktistas, y podemos conectarlo al haz. Si el coronel fuera tan amable de dese­ncadenarme…

War-Zen aceptó hacerlo, pero le colocó una pesada mano sobre el hombro.

-Cuidado con lo que hace -el shaktista se frotó las muñecas y cogió su ordenador. El coronel se lo quitó de las manos.

-Dígame la contraseña y yo la marcaré. Y mejor será que sea correcta o le vuelo la cabeza.

-Se la diré, pero procure entrarla sin equivocarse.

El coronel marcó en el teclado, y tras un intervalo se estableció contacto. El repelente rostro del Houngan apareció en la pantalla.

-Houngan… -musitó Talnago.

-¿Eres tú, saco de inmundicias? Espero que hayas preparado tu mise­rable alma para reencarnarte como gusano los próximos cien mil años –le espetó de bue­nas a primeras.

Hari apartó a Talnago, y se enfrentó a la imagen del líder shak­tista. A sus espaldas, varios oficiales de uniformes rojo y negro se afa­naban en torno a los instrumentos del puente.

-Houngan, soy Hari Pramantha. Astrofísico al servicio de las co­fraditas.

El Houngan entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos ranuras legañosas.

-Te conozco. He oido hablar de ti…

-Tú y tus hombres corréis un gran peligro.

Por el rabillo del ojo, Hari vio la pantalla de noticias. La trayec­toria estimada de la “Avidya” se acercaba a Kali B. La distancia mínima al horizonte de sucesos sería de unos seis radios.

-¡Ja! Abandona tu preocupación por mí, y empieza a temer por tu propia vida y por la de tu gente.

-Conocemos vuestras intenciones y…

-Y no puedes hacer nada para evitarlo, lo sé. En unos pocos mi­nutos estaremos en posición de disparar… ¡Comed muerte, malditos he­rejes!

Hari empezó a hablar lo más rápido que podía. No sabía cuanto tiempo les quedaba aún, pero sospechaba que no era mucho. La “A­vidya” se acercaba ya a la exosfera del agujero negro.

-Vosotros seréis los cadáveres si no ordenas desviar vuestro rum­bo. Kali B no es un agujero negro, es una interfase con otro universo dotado de leyes físicas distintas, de constantes básicas diferentes, donde la vida tal y como la conocemos no puede existir. Este planeta entra dentro de su campo de influencia una vez por cada revolución, y eso fue lo que destruyó a vuestros colonos… como ahora va a destruiros a voso­tros y a vuestra nave.

-Mientes para ganar tiempo. Pero no te servirá de nada. ¡Nues­tros hermanos fueron asesinados por las cofraditas, y ahora vosotros vais a conocer el alcance de la venganza de los Servidores de la Negra!

En la pantalla, la “Avidya” se aproximaba al periastrio.

De repen­te algo empezó a pasar.

Hari no supo exactamente qué era. Los colores parecían haberse vuelto… extraños. El Houngan se interrumpió a media invectiva. Los hombres del puente levantaron la vista de sus instrumentos.

Toda la imagen fluctuó, como si la vieran a través de una colum­na de aire caliente. Empezaron a sonar las alarmas del puente. El sonido también estaba distorsionado.

-Hougan -dijo uno de los técnicos intentando sujetarse al panel que estaba frente a él- el ordenador está embrujado, los controles no responden…

-Aun podéis salir de ahí -gritó Hari-, al igual que la “Dharani”, aun tenéis una posibilidad… Intentad…

El Houngan lanzó un grito desgarrador. Sus dedos manchados y retorcidos se engarfiaron al pecho de su túnica. Su carne, y la de todos los que estaban en el puente, empezó a brillar. El brillo se incrementó hasta un destello de flash, y diminutas partí­culas flamígeras surgieron desde cada milímetro de la piel del Hougan y huyeron hacia las paredes del puente como espíritus liberados…

La comu­nica­ción se cortó. Pero antes de hacerlo, Hari vio algo que olvi­daría nun­ca. Era como si la carne del Houngan fuese de pólvora in­flamada, pero el brillo cesó unos instantes, apenas un parpadeo, para revelar un esqueleto perfec­tamente blan­co sentado en la silla del Houngan.

En la pantalla de noticias todos contemplaron como, con una lentitud de pesadilla, la “Avidya” se desplomaba hacia el interior de Kali B. Durante un instante la negra nave brilló como una nova, y al instante siguiente había desaparecido como si su existencia en nuestro universo sólo hubiera sido un mal sueño.

DIEZ

A la mañana siguiente el aire estaba en calma. El humo de­ los restos dejados por el incendio se mezclaba con una húmeda bruma que filtraba y transportaba la luz, dotándolo todo de un pálido res­plandor fantasmagó­rico.

Pero tras una noche como la que habían vivido, Hari agradecía cada mísero rayo de luz.

Sentía un fuerte deseo de abandonar para siempre el planeta pero alguien lo iba a hacer antes que él.

Vio como los ksatryas subían a Talnago, de nuevo esposado, a un transbordador. El shaktista le dirigió una última mirada entre dolida y desafiante, y desapareció en el interior de la nave. Un instante después, esta se elevó disipándose rápidamente en la bruma.

-¿Qué harán con él? -preguntó Hari a Mahal.

-Oh, si se lo dejaran a los ksatryas seguro que no duraría mu­cho -dijo la chica-; pero son las cofraditas quienes están al mando, y ellas no ven con buenos ojos los ajusticiamientos. Seguramente será repa­triado a su mundo, con la esperanza de que allí sea juzgado.

Hari asintió. Ni siquiera el resplandor del motor del tras­bordador era ya visible.

Renunció a seguir intentando localizarlo, diri­gió la mirada hacia donde calculó que estaría Kali B, y soñó:

El universo era como una gran burbuja de jabón. La superficie de contacto con otra burbuja, otro uni­verso, es una superficie plana. Un círculo. Kali B era una superficie esférica separando dos continuos espa­cio-temporales. En ese sistema solar había una auténtica puerta a otro universo.

Mahal le observó un instante y dijo, casi como si hubiera logrado leer su mente:

-Aun no entiendo qué fue lo que mató a los shaktistas. ¿La ra­diación de esa cosa que no es un agujero negro?

-Lo curioso es que Talnago, en cierto modo tenía razón. Fue un maleficio -dijo Hari con una sonrisa triste.

-¿Cómo?

-Lo que mató a los colonos no estaba de acuerdo con las leyes de la física… al menos las nuestras.

-Tú no puedes creer eso… -Mahal parecía casi escandalizada- ¿La magia es lo único que puede explicar lo que aquí ha pasado?

-La magia no, la ciencia. Pero no nuestra ciencia.

La chica escrutaba el rostro de Hari buscando alguna expresión que delatase si el hombre estaba intentando tomarle el pelo.

Hari siguió hablando:

-Sí… bueno, si la fuerza nuclear fuerte, que mantiene unidos los nú­cleos de los átomos, fuera un poquito más débil, el deuterio no existi­ría y los soles no podrían brillar. Si fuese un poquito más fuerte, todas las estrellas habrían estallado. Si la gravedad fuera un poco más fuerte o más débil (¡uno partido por diez elevado a cuarenta!), todas las estrellas se­rían supergi­gantes azules o enanas rojas. Enfrentados a estas coinci­den­cias, no hay otra solución que el principio antrópico o los mundos múlti­ples…

-¿Pero, los colonos?… -insistió Mahal con tozudez.

-Inestabilidad de los enlaces entre carbonos. Una simple cuestión de un cambio en el decimal 40 de una constante. En otras palabras, en ese otro universo no pueden existir moléculas grandes de carbono. A medida que nos acercamos… bum. Las largas cadenas de carbono se rompen, y lo único que queda de uno es lo que no es carbono.

“Todo encaja ahora. Las formas de vida nativas de Kali A II son células con moléculas de carbono, pero muy pequeñas. Han sobrevivido a cientos de pasos de Kali B. Toda la materia orgánica se descompuso, papel, tela, cuero, madera…

-¿Quieres decir que -terció Mahal, pensativa-, si existen infinitos universos, po­dría existir toda combinación posible de leyes físicas?

-Así es -dijo Hari-. Una inmensa mayoría de (infinitos) universos serían inap­tos para la vida inteligente, muy cercanos a la máxi­ma entro­pía. Y otros universos (infini­tos) estarían habitados. Y sus habi­tantes se maravillarían de la “coinci­dencia” de las leyes que ha­cen posible la vida.

-Y el sistema de Kali está en la frontera de ambos -meditó Mahal- Qué cosa tan ridícula. Infinitos universos para explicar uno so­lo.

-Cualquier cosa podría surgir del otro lado. Cualquier cosa. Án­geles con trompetas y espadas de fuego; demonios de cola puntiaguda, cuernos y pezuñas; dioses, energías desconocidas, superhombres… o nada de todo eso.

»Dios no juega a los dados, pero se guarda ases en la manga.

»Quizá algún día podamos aprender más de esa puerta.

»Quizá, algún día, aprendamos a usarla.

© Juan Miguel Aguilera y Javier Redal
Reproducido con permiso del autor