Poseída
Armando Boix
Ella era casi una niña cuando se incendió la casa… Así empezó el administrador a contarme tu historia cuando me entregó las llaves. Desde entonces creo oír tus pasos sordos sobre la alfombra, el eco de una risa frágil y nerviosa tras alguna puerta cerrada o adivinar el esbozo de tu rostro entre sombras reflejadas en un rincón del espejo.
Casi una niña. Fresca y ardiente a un tiempo, primavera temprana apunto de florecer. Pero todo se convirtió en cenizas, lo que fue y lo que sería, por una confianza indebida, un accidente estúpido y un auxilio que no llegó a tiempo.
Ahora paso mis noches entre muebles nuevos y paredes recién pintadas. Nadie supondría lo que sucedió aquí, pues no quedan rastros del desastre… Al menos ninguno que puedan ver ojos humanos.
Mi madre me llama a menudo y asegura que no es prudente que una chica joven como yo viva sola, que en el mundo hay muchos lobos y no siempre se molestan en llamar a la puerta. Mamá se equivoca en todo. No me siento sola y no huyo de los lobos; los invito a venir a casa.
Ambas los invitamos.
Eras casi una niña cuando se incendió la casa, sí, pero tu piel ya sentía curiosidad por las caricias y una inquietud profunda enmarañaba tus sueños. Te imagino interpretando, a solas en tu cuarto, los besos con ese chico que te gustaba; escribiendo tus anhelos en las páginas de un diario lleno de corazones, pintados a bolígrafo; o explorando con tus dedos resquicios prohibidos, quizá temerosa, quizá deteniéndote un segundo antes del último instante, cuando no hay ya marcha atrás.
Mis piernas se abren ahora a la lujuria de otras manos, mi alma a tus preguntas incesantes. Todas las noches salgo de caza y, horas después, sudorosos intrusos juegan con mi cuerpo estremecido, mientras tú te agazapas degustando sabores que jamás conociste. Cada día el hambre es mayor, cada día busco nuevos platos nunca probados por mí, más con el ansia del inane que con la distancia gélida del gourmet.
¡Quieres sentir tantas cosas que te fueron robadas! Tu rabia, tu apetito, se transmite a través de mi piel. Bebo sin estar sedienta, porque tu boca está reseca, y así entrego mi cuerpo, doblemente poseído, hasta que cada nervio se tensa emitiendo notas de placer. Sólo me pregunto qué se quebrará primero, si tu deseo o mi resistencia. Y mientras me muerdo los labios, arrastrada hasta el borde de la dulce agonía, mis pensamientos son para ti…
Una pequeña muerte, para quien estará muerta eternamente.
Reproducido con permiso del autor





Deje un comentario