Recorte de El Mundo, 28 de mayo de 2008:

La asociación de literatura fantástica El Horla convoca la primera edición del certamen Guy de Maupassant de relato de terror. Podrán optar al premio todas las narraciones inéditas encuadrables dentro del género de la literatura de terror. Las obras presentadas se remitirán por triplicado y tendrán una extensión máxima de aproximadamente 15 folios de 30 líneas (a doble espacio) y 70 caracteres por línea.

Los originales se enviarán bajo seudónimo, dentro de una plica en la que constará el nombre completo del autor, número de identificación y dirección. La plica se abrirá en el momento de fallar el premio.
El plazo de presentación finaliza el 30 de junio de 2008.
Se nombrará un jurado de cinco miembros, personalidades destacadas dentro del campo de la literatura fantástica y de terror, que seleccionarán un primer premio que recibirá la cantidad de 6.666 €.

El premio no podrá ser declarado desierto. No cabe apelación contra la decisión del jurado.

* * *

Cuando los miembros del jurado rasguen la plica y mi nombre se desvele, sus ojos se abrirán con sorpresa, y también con recelo. ¿Qué hace aquí un escritor consagrado en nuestro país y reconocido fuera de nuestras fronteras?, se preguntarán. La intención de estos certámenes es estimular a los noveles que quieren iniciarse en la cruel arena de las letras, no rellenar con poco más de un antiguo millón de pesetas la cuenta bancaria de autores que han alcanzado renombre y éxito comercial. Yo, que he entregado varios premios y he aparecido sonriente en docenas de fotos mientras paso mi brazo protector sobre los hombres de jóvenes promesas de la literatura, lo sé bien.

Pero qué insensatez la mía. Pretendo comportarme como si nada hubiera sucedido. Cuando ustedes lean mi nombre, sus ojos no sufrirán la peculiar dilatación de las pupilas que se experimenta al reconocer algo familiar; ni siquiera se torcerán a la izquierda para rebuscar en el desván de sus cerebros algún recuerdo arrinconado. Seré un perfecto desconocido para ustedes y para cualquier otra persona a la que le consulten mi nombre. Cómo este párrafo puede conjugarse con el anterior, es algo que intentaré explicarles, aunque no sea más que por rellenar un número de páginas suficiente para que me concedan el premio. Que es el escueto mensaje de estas líneas. No hay más vuelta de hoja. Háganme caso y fallen en mi favor.

Debido a que la vida imita a la literatura, intentamos dividirla en párrafos y capítulos, y a menudo escribimos números de página al pie de todo aquello que nos va sucediendo. Ahora yo he de remontarme en el tiempo para hallar en él un momento significativo que me sirva de principio, de forma que pueda explicarles por qué siendo “el más brillante escritor de su generación”, como afirmaba de mí una reseña del Babelia, ahora ustedes ni me conocerán, ni detectarán en estas líneas traza alguna de brillantez, siquiera sea de pasada. Para alguien como yo, de quien García-Posada dijo que escribía con la precisión de un bisturí, es penoso haberse convertido en un estibador de palabras que las apila a golpe de riñón para que llenen unas páginas.

No voy a bucear mucho en mi pasado, apenas unos días. Y sin embargo me asomaré con ustedes al mismísimo fondo de mi vida. Lo que yo creía un lecho de roca sólida ha demostrado ser un  inestable cenagal de lodo y arenas.

* * *

El miércoles pasado, ya casi de noche, entro en un bar de Vallecas que hace eones que no visito. El mostrador es de zinc; el suelo, un abigarrado terrazo inspirado sin duda en el turrón de Jijona; las sillas cojas y forradas de formica azul cielo; entre el humo picante de los ducados y algún puro, y el olor ácido de la clientela (no sé si los clientes huelen a pepinillos en vinagre o si son los pepinillos los que huelen a clientes), restallan como balazos las fichas de dominó que quieren reventar contra las mesas. Pido una caña y disfruto del anonimato. En un bar así puede pasar desapercibido hasta un premio Nobel.

Aunque no es disimulo ni ocultación lo que pretendo. Ni siquiera busco en este barucho inspiración para mis relatos, pues me he concedido un año sabático como escritor. En cuanto a mi trabajo en la Universidad, no necesito tal descanso. Las clases que doy son sólo seis a la semana, un placer del que además puedo prescindir, ya que para eso soy catedrático y dispongo de siervos que me llevan el maletín, me ordenan la bibliografía, me corrigen los exámenes y, si hace falta, se plantan delante de los alumnos a dictarles apuntes cuando los compromisos sociales y académicos exigen  mi ausencia.

Mientras mis sorbos dejan anillos de decrecimiento en el vaso, me entretengo observando la foto que aparece en mi última novela, Las fuentes de la ignorancia feliz. Las gafas redondas sin montura me rejuvenecen, el pelo grisáceo se me arremolina con un espontáneo desenfado, mi barbilla y mi cuello se mantienen separados por un decidido ángulo recto pese a que tengo cincuenta y dos años, y detrás de mí se apilan los libros de mi estudio descolocados a la manera un tanto informal de los intelectuales americanos. En clase, muchas alumnas me envían chorros de feromonas con un descaro que casi resulta conmovedor. Si tomamos la constante k de ser su profesor, la multiplicamos por la variable m de conservar un aspecto deportivo y la elevamos a la potencia n de mi fama como escritor, el resultado en unidades de atractivo sexual es más que considerable. Pero yo casi siempre soy fiel, porque estoy casado con Celia, una mujer siete años más joven que yo, que disfruta la elegante belleza de los primeros días del otoño; sabe mantenerse casi a mi altura, sin hacerme la competencia ni en público ni en privado, y queda muy bien en las entrevistas y en las fotos. Todavía echamos algún que otro polvo memorable, porque para la edad que tengo, no cumplo nada mal; y es que no hay mejor Viagra en nuestros días que el éxito. Por si le faltara gracia alguna, esa misma mujer me ha dado una hija encantadora que acaba de volver a España tras varios años de estudiar arte, becada en el extranjero, y además de hablar varios idiomas, se va a casar el año que viene con un profesor titular de universidad que me cae todo lo bien que un futuro yerno puede caer a su futuro suegro.

Ante mi propia foto no puedo evitar contemplar mi vida como un todo, y lo hago con indulgente satisfacción. La guadaña me ha de segar, igual que a todos (cómo no ha de saber eso un novelista, que todo lo ve sub specie aeternitatis), pero aunque eso suceda ahora mismo, mientras apuro la caña y la dejo en el mostrador de zinc, sin duda me quedará un segundo para recapitular y morir con la sonrisa de quien ha gozado una vida plena.

Dejo el libro en el mostrador y reparo por primera vez en él. Es un hombre de mi estatura, pero anda un poco encorvado y le sobran diez kilos. Viste una cazadora con cremallera y algún que otro lamparón, de las orejas le brota un matojo de pelos canosos y toda su ropa junta debe costar poco más o menos lo que mis calzoncillos. Su cara me resulta familiar; pero en mi memoria no la veo en tres dimensiones, sino más bien como una foto plana y gris pegada a una lista de clase. El rostro que tengo ahora delante es el resultado de pisotear aquella foto y dejarla bajo la lluvia hasta que la tinta empieza a desleírse.

Entonces me dice su nombre y caigo en la cuenta de que por él, por ese viejo compañero, estoy aquí, en mi viejo barrio, al que no volvía desde que murió tío Pedro. Me he citado con él porque hace unas semanas, tras localizar mi dirección a través de la asociación de antiguos alumnos, se empeñó en enviarme un original: una novela que había terminado hacía un par de años y que no lograba publicar. Si tú pudieras ponerme en contacto con el director de alguna colección, a un desconocido como yo no le leen los libros, ni siquiera me abren el paquete ni me contestan las cartas… La cantinela que me recitó por teléfono la conozco de sobra. Pero, ya que estoy en año sabático, me he tomado la molestia de hojear la obra de ese antiguo compañero. Nunca se sabe, pensé al empezarla.

Sí, me la he leído entera, le digo ahora, con una sonrisa medio grave y un tanto ominosa que pretende anticiparle lo que ha de venir. Pero él sólo parece captar las palabras “leído” y “entera”, porque me mira con ojos de perro que va a recibir una galleta y si tuviera la columna vertebral más larga menearía la cola. Se queda un rato esperando a que yo diga algo, y como sólo le miro, por fin me pregunta: Y qué te ha parecido.

Suspiro. Es el momento temido. Abro el maletín y saco su original. Pero hombre de Dios, pienso. En estos tiempos que corre me ha mandado una copia en papel carbón. ¡En papel carbón! Por lo menos, le podría haber arreglado la a a la máquina de escribir. Pero todo esto no se lo digo, pues ya es bastante dura mi vivisección literaria como para adornarla con críticas sobre el formato. Lo he apuntado todo antes de venir, por si luego no me atrevía a decirle lo que he pensado. Yo no tengo la culpa de que todo el mundo se crea que puede escribir una novela. Primero le digo lo bueno: hay alguna metáfora acertada, alguna imagen sugerente sumergida en aquel mar de adjetivos vacíos y lugares comunes. Pero lo positivo se me agota enseguida, y luego empiezo a ser más duro, y casi sin darme cuenta me convierto en devastador, y a él parece que hasta los lóbulos de las orejas le empiezan a colgar más, y aunque en la boca empiezo a notar sabor a sangre, y sé que no es la mía, ya no puedo detenerme. Es placentero destruir esa basura que deja carbón entre los dedos y que en muchas páginas tiene manchas de café o de Dios sabe qué. Mi amor es la Literatura, con mayúsculas, y me jode que cualquier tuercebotas crea que puede acostarse con la Gran Dama. Paso revista a la estructura confusa, las ideas pretenciosas, los personajes que parecen estampitas con piernas, la narración que consigue el milagro de aunar linealidad y monotonía con caos y confusión; en resumen, la falta, la ausencia, la inexistencia de rasgo alguno de interés. Escupo como una metralleta, y me sube desde las ingles un calorcillo que no sé si no tendrá algo de excitación sexual.

Entonces crees que no es demasiado buena, resume él, y sus cejas se curvan como un tejadillo a dos aguas. ¿Pero es eso lo que me ha entendido, que su obra no me parece demasiado buena, cuando la he aniquilado? Lo más honrado que podría hacer ese hombre sería arrojar la máquina de escribir por la ventana y no volver a escribir más letras que las equis con que se rellenan las quinielas. Pero no se lo digo así, porque la tormenta de sadismo empieza a amainar. Le digo que no se preocupe demasiado, que es una novela fallida, y que eso suele pasar al principio. Pero fallida, cómo de fallida, me pregunta. Fallida-fallida, le contesto. O sea, que aunque la corrija… Ni con ésas, respondo. Pues yo había pensado que tú podrías ayudarme a corregirla…

Ahí pierdo los papeles. Levanto las cejas y luego descargo mi ira de doctor honoris causa y futuro premio Cervantes. Pero qué se ha creído aquel hombre. Haber compartido un aula, que ni siquiera el pupitre, no le da derecho a pretensiones ni familiaridades. Que me haya leído su novela ha sido una pérdida de tiempo, así que ni hablar de malgastar aún más poniendo aunque tan sólo sea una tilde en ella. Mi tiempo, le insisto, mi tiempo vale mucho dinero.

Pero yo le he dedicado toda mi vida a este libro, me responde, y también tengo derecho a un respeto. ¿Cuánto tiempo es tu vida? Hace treinta años que empecé a escribir la novela, contesta, mientras le temblequea el labio inferior. Por un momento me quedo sin saber qué decir. Treinta años, me repite, treinta años escribiendo todos los días. Entonces me imagino aquello, día tras día llegando de la oficina y sentándose en el saloncito para redactar su obra maestra; seguro que lo ha hecho sobre una mesa camilla, o aún mejor, sobre la mesa de contrachapado en la que se guarda la máquina de coser. Debería compadecerme de él, pero se me escapa una carcajada de lo más inoportuna. Trato de arreglarlo, le pido perdón, le palmeo el hombro (luego me limpiaré las partículas de caspa que se me han adherido a la mano) y le invito a una caña. No tengo tiempo, contesta, y recoge su manuscrito con aire de virgen ofendida. Toma por lo menos, le digo, te he traído mi último libro. Está dedicado, ¿ves?

Aunque parezca increíble, me lo rechaza. No quiero saber nada de tus libros. ¿Cómo te pones así? No, no: tú no has querido saber nada del mío, así que yo no quiero saber nada del tuyo. Me sube a la boca un nuevo ataque de soberbia; mi mujer siempre dice que la soberbia me pierde. ¿Cómo te atreves a compararnos? Yo soy un profesional. Yo sí que tengo toda una vida de dedicación y de literatura detrás. Yo sí que puedo echar la vista atrás y sentirme satisfecho de mi vida, de toda una vida, se lo digo así, en cursiva y casi en versalita.

De pronto me sonríe con una sonrisa ladina y me enseña unos dientes grandes y carnívoros. Toda una vida, me hace el eco. Toda una vida, se ríe. ¿Crees que ya tienes hecha la vida? Todavía te pueden pasar muchas cosas antes de que te mueras, y de pronto me sale con una historia de Heródoto, como si yo no fuera catedrático de literatura y no conociera perfectamente la anécdota de Solón de Atenas y el rey Creso. Estoy deseando largarme de aquel bar que cada vez apesta más a tagarnina y a sudor, y dejarle con la palabra en la boca, pero no me resisto a decirle que nadie me puede quitar lo que ya he hecho y que aunque me caiga un rayo ahora mismo, mi vida habrá merecido la pena, mientras que él podría vivir doscientos años más y nadie se tomaría la molestia de recordarle. Me doy cuenta de que me he pasado y temo que me eche las manos al cuello, pero con voz muy bajita me dice:

-Eso ya lo veremos.

Y se larga y es él quien me deja con la palabra en la boca.

* * *

Esa noche pego un gatillazo con Celia. Ella le quita importancia y, después de lo que me ha pasado por la tarde, consigue que me cabree aún más. Me quedo dormido por fin y no sé lo que sueño, pero parece que no han transcurrido apenas cinco minutos y ya suena el despertador. Mi mujer duerme de espaldas a mí. Cuando éramos más jóvenes empezábamos la noche abrazados y al cabo de un rato nos dábamos la vuelta para dormir más desahogados. Ahora optamos por la comodidad y nos damos la espalda desde primera hora de la noche. Dejo a Celia tranquila y me levanto al servicio. Me veo mala cara. Juraría que tengo más entradas, y que las bolsas bajo los ojos parecen más llenas de años. Seguro que es psicológico, o que la primavera anda revuelta, o simplemente que no todas las mañanas se levanta uno igual. Mientras me tomo el café, paso por el estudio, en el que observo más polvo que de costumbre. No sé por qué, me da por revisar los estantes en los que apilo mis obras por orden cronológico. Falta la última, Las fuentes. Pero ayer estaba aquí, seguro. Al lado encuentro mi novela anterior, La voz de los vivos. Tardo unos segundos en darme cuenta de que tiene algo extraño. El lomo es mucho más grueso de lo que debería. Abro el libro, perplejo, paso las páginas y compruebo que hay seiscientas veinte. ¡Pero si La voz no llegaba a trescientas! Acudo al último capítulo, y descubro que ese final es el de la primera versión que le presenté a Marta, mi editora, un borrador mediocre que ella y, sobre todo, la papelera me ayudaron a convertir en una gran obra.

Empiezo a sentir vértigo, pero dejo el libro en el estante y me agacho. En el anaquel inferior hay unos archivadores en los que guardo todos los recortes de prensa. Busco las reseñas de Las fuentes de la ignorancia feliz. No las hallo por ninguna parte, pero sí una crítica devastadora sobre La voz de los vivos. “Debería dejar de escribir”, dice. “Los escritores, como los toreros, tienen un ciclo natural, y han de saber retirarse a tiempo…”

Tiro la mitad del café por el fregadero, me anudo la corbata y salgo de casa para ir a la facultad. En el coche enciendo la radio. No, compruebo que no he retrocedido en el tiempo: están hablando del último rifirrafe entre socialistas y populares a cuenta de la crisis. Mi corazón palpita como un caballo desbocado y el café ha formado como una bola negra y ácida en la boca del estómago. Dejo el coche en el aparcamiento de la facultad, subo a mi despacho, entro en él. A la derecha de la puerta está mi mesa, la del catedrático, donde me encuentro sentado a Manolo Serra, un profesor titular al que le corresponde otro despachito interior contiguo al mío. Manolo tiene más o menos mi edad y nuestra relación es cordial, pero siempre ha sabido dónde está su lugar. Ahora, sin embargo, se dirige a mí con una seguridad desconocida, y no se levanta de mi mesa. Quería verte. La semana que viene me voy a Amberes y me gustaría que te hicieras cargo de esto, me dice tendiéndome unos papeles. Qué haces ahí. Ahí, dónde, me responde. En esta mesa. Pues lo de siempre, me contesta encogiéndose de hombros. Después se levanta y sale, y por la forma en que antes de hacerlo me da una palmadita y me dice que me cuide, que tengo mala cara, me doy cuenta de que ahora el macho Alfa es él, y no yo.

Paso al despacho aledaño, en el que hay otras dos mesas aparte de la de Serra (o la mía, ya no lo sé). Están vacías. Tomo asiento, me conecto a la red y verifico mis datos. Según el ordenador, el catedrático es Manuel Serra, y yo soy sólo un profesor titular. Entro en Internet y tecleo mi nombre en Google. Los resultados de la búsqueda son aún más desalentadores. No hay nada sobre Las fuentes de la ignorancia feliz, pero es que además ha desaparecido toda referencia a La voz de los vivos y tampoco encuentro páginas sobre El talante de Max. Al parecer, mi obra se ha detenido en Perversión de los verbos, una novela que escribí en 1991, ¡el mismo año en que me convertí en catedrático! Pero la fecha del ordenador es testaruda: mayo de 2008. Una mano enemiga está pasando un borrador por mi pasado; pero eso, evidentemente, es imposible, así que suelto una carcajada y trato de calmarme. Dentro de un rato asomará la cámara oculta, me despertaré entubado en la cama de un hospital, en la nave de Matrix, lo que sea.

En la puerta aparece Ana, la secretaria de la facultad. Te espera Luis, el jefe de estudios, me dice, y yo pego un respingo. ¿Qué Luis? Luis Sayans, quién va a ser, y tiene prisa. Me pongo de pie y la sigo, cada vez más mareado. Luis es un interino que aún no ha cumplido treinta años y que no creo que pase nunca de interino, porque la facultad le viene grande y además a mí, que tengo bastante influencia, no me cae nada bien y le hago la cama siempre que puedo. Ahora, sin embargo, Ana me hace pasar a un despacho sobre cuyo dintel reza Jefatura de Estudios. No hay jefes de estudios en la facultad, susurro. Pero ya estoy dentro y, en efecto, es Luis Sayans el que se levanta al verme, y tiene una cara de cabreo con la que jamás se habría atrevido a mirarme. No lleva traje ni corbata, sino ropa vaquera, y sin embargo le queda mejor, porque la lleva con la seguridad de quien tiene un puesto fijo y está mirando a un subordinado.

No puedes seguir así, me dice. Así, cómo, respondo, sin saber de dónde me va a venir la próxima andanada. Pues así. No me digas que la falta de ayer fue por una gripe, ¿y qué pasa con la hora de entrar de hoy? He tenido que mandar a la profesora de guardia con los de cuarto, así que vete para allá ahora mismo. En la directiva estamos hartos de cubrirte las espaldas. O arreglas tu problema o piénsate en pedir una baja definitiva.

Aturullado, vuelvo a salir al pasillo. Apenas reconozco el lugar mientras camino detrás de Luis. Las paredes están pintadas de blanco, y no de ocre, y hay huellas de pies, pintadas y quemaduras de cigarros. Los estudiantes son demasiado jóvenes; hay incluso críos que me llegan poco más arriba de la cintura. Llegamos ante una puerta rotulada como 4º C. Luis me hace pasar, y la profesora de guardia, una cuarentona con cara de malas pulgas, sale de allí sin molestarse en saludarme. Me quedo mirando a los alumnos, esperando encontrarme a una clase de cuarto de Hispánicas, y me encuentro delante de un montón de chavales y de chicas de quince años que me miran con cara de cachondeo. Dejo el maletín sobre la mesa, que es verde y de formica, y lo abro para ver qué hay dentro. Tal vez salga un conejo con chistera, quién sabe. Pero no: lo que brota del maletín es un libro fino y de cubiertas llamativas que jamás he visto. Lengua y literatura, 4º ESO. Me enfrento a los alumnos, me temo que con gesto de pánico. Es evidente que no me respetan. Uno se levanta a tirar una bola de papel, y al pasar delante de mí me examina de arriba abajo. Muchas de las chicas lucen el ombligo y se pintan como jóvenes prostitutas, pero ya no me lanzan chorros de feromonas, sino miradas de conmiseración o desprecio. Los ojos no se enfocan en mi cara, sino más abajo. Agacho la mirada. Llevo un pantalón de tergal que hace bultos en los bolsillos y ya tiene pelotillas. Para colmo, la bragueta está a medio abrir. Enrojezco y a la vez me pongo a sudar frío, y me da igual lo que digan, pero dejo detrás el maletín y salgo corriendo de allí. Al cerrar la puerta oigo gritos, carcajadas y un borracho hijoputa que resuena en todo el pasillo. Acelero mis pasos cada vez más, hasta que al final echo a correr. Al cruzar la conserjería el bedel me llama, pero yo no le hago caso y no me detengo hasta que salgo al aire libre. Me doy la vuelta en el aparcamiento de profesores para ver lo que debería ser la entrada de la facultad. Ahora se ha convertido en una puerta de aluminio sobre la que se ven unas letras negras pintadas sobre ladrillo: IES Pablo Rido. Es el instituto en el que empecé a dar clases hace casi treinta años, antes de dar el salto a la Universidad. Pero yo no soy el mismo de entonces, porque en aquel tiempo no había ESO, y porque entonces no me jadeaba como un perro asmático por una carrera de cien metros.

Los pies me llevan solos al coche. Por supuesto, allí no está el BMW. En su lugar, me espera el Peugeot 205 del que me libré hace trece años. Pero tampoco es el mismo coche de entonces. Ha envejecido tanto como yo: está surcado de cicatrices, y cuando me siento en él compruebo que está sucio como la camioneta de una obra y que el cuentakilómetros ha pasado de los trescientos mil. Decido volver a casa, tomarme dos aspirinas, acostarme y despertar de aquella pesadilla. Mientras conduzco, la radio comenta el último atentado de ETA. No, no retrocedo en el tiempo: es sólo que una bomba ha estallado en mi presente y sus ondas destructivas se están extendiendo hasta las raíces de mi pasado.

Pensando en ello, me he distraído, y en vez de conducir hasta Arturo Soria he aparcado el coche en una calle de Moratalaz. No puedo decir que me sorprenda, ya que es el barrio donde viví después de casarme. Salgo del coche y me encamino al número 19, un bloque de siete pisos y fachada de ladrillo rojo, y cuando saco las llaves del bolsillo es evidente que abren el portal sin ninguna dificultad. En el buzón leo mi nombre, junto con el de Celia, y también el de Laura, mi hija, pero no lo abro, pues no sé si dentro acecharán pirañas encerradas en sobres del banco. Subo en el ascensor, me bajo en el quinto y abro la puerta de mi viejo piso. No hay nadie. La casa está tal como la recuerdo, como la recordaba, con la salvedad de algún aparato nuevo y de que las cortinas son diferentes. No es que el piso esté sucio, pero se ve oscuro y huele a algo rancio e indefinible. Hay libros, aunque muchos menos de los que he llegado a tener. Busco entre ellos el lugar que reservé desde el principio para mis propias obras. Encuentro el librito de cuentos que me publicó una editora regional, y la primera novela, aquella de la que vendí cuatrocientos ejemplares. Nada más. ¿Dónde están las otras catorce novelas, los cuatro volúmenes de artículos, las monografías sobre el Siglo de Oro, los estudios que otras manos han escrito para glosar y alabar mi obra? Mi vida, me están robando mi vida, pienso, y cada vez noto el aire más enrarecido. Ah, sí, encuentro algo familiar y más reciente: el lomo negro de Las fuentes de la ignorancia feliz. Lo saco del anaquel y miro la contraportada. ¡Es la cara de él, mi compañero de clase, el novelista del papel carbón! Me pellizco, me pellizco más fuerte, me clavo las uñas, y como aún no estoy satisfecho le doy una patada a una mesita y me clavo el pico de madera en la espinilla, y me sube un dolor tan espantoso que me tiro al suelo aullando de dolor.

Se abre la puerta y unos pasos se arrastran hasta el salón. Una voz hostil y desgastada, y sin embargo familiar, me pregunta qué hago en casa a estas horas. Me incorporo y veo a mi mujer, pero no es la Celia con la que intenté follar anoche, sino otra con la que no se me ocurriría hacerlo en la vida, una Celia con peinado de señora y veinte kilos de más, que trae bolsas del Dia y viste ropa de rebajas muy rebajadas. ¿Ya has vuelto a llegar tarde?, me gruñe. Claro, buena te la cogiste anoche, para variar. Se va a la cocina a guardar la compra, pero yo no me atrevo a seguirla. Es la segunda vez que se refieren a la bebida, cuando yo soy prácticamente abstemio, pues siempre he sabido controlar mi conducta. Por curiosidad, abro el mueble bar. Hay una botella de whisky. No es ni el Glenrothes ni el Macallan que guardo para las visitas, sino el viejo y amigable segoviano para la gente sin complejos. Me da igual, me lo sirvo en un vaso de tubo y me lo echo al coleto de un trago. En vez del repeluzno que me produce el whisky, se me despierta un calorcillo en el estómago que empieza a recorrerme el cuerpo y me alivia al instante. Me sirvo otro vaso mientras mi mujer grita algo desde la cocina. Para que me deje en paz, me llevo la botella y el vaso al cuarto de baño y echo el pestillo. Sigo bebiendo mientras me miro al espejo. Ahora soy yo quien tiene pelos en las orejas, y entradas grasientas, y algo de papada, y unas venillas en la nariz que me delatan. Ya que no tengo remedio, me siento en la taza y sigo bebiendo.

Están aporreando la puerta. Me doy cuenta de que me he quedado adormilado. ¡Quieres salir de una vez!, grita una voz destemplada. Me levanto de la taza, tambaleándome, y algo cruje bajo mi pie. Es una cucaracha. Me sube un olor fuerte, y descubro que es mi propio sudor, agrio y añejo. Debe de hacer semanas que no me ducho, aunque me duché esta mañana. Cuando abro la puerta del baño no es Celia quien me espera, sino otra mujer a la que recuerdo vagamente. Con la lengua de trapo, le pregunto quién es. Ella me da un empujón para entrar al servicio y rezonga que quién va a ser, quién va a ser, lo que faltaba. Más gorda que Celia y rodeada de un olor indefinible que no quiero definir, se tambalea al caminar sobre dos columnas varicosas. Se encierra en el servicio y yo me alejo para inspeccionar la casa, que ha vuelto a transformarse. Ya ni la reconozco. Estoy seguro de que jamás he vivido en aquel lugar. No hay libros, ni una estantería en que buscarlos; tan sólo muebles viejos, cada uno de su padre y de su madre, y por supuesto una televisión en color. Me voy a sentar junto a la mesa camilla, porque estoy mareado, pero cerca de la tele veo una fotografía enmarcada en pasta rosa y me acerco a mirarla. Se trata de un retrato de boda, en el que aparezco vestido de novio con las patillas que llevaba en aquella época. No puedo tener más de veinte años, y el caso es que yo me casé a los veintiocho. La mujer vestida de blanco lleva un bombo de seis o siete meses. Ahora sí la reconozco. Así que me he convertido en el marido de Loli, aquella chica con la que me enrollé en bachillerato y con la que estuve a punto de acostarme; luego dejó los estudios y no volví a verla nunca más. Hay más fotos, cada una enmarcada con mejor gusto que la siguiente. ¿Cuántos hijos tengo? Parece que tres, o tal vez cuatro, porque no sé si el niño de la comunión es el mismo que luego aparece con orejas de soplillo jurando bandera.

Llaman a la puerta e insisten tanto que temo que fundan el timbre, que ya de por sí suena como una rata afónica. Abro y al otro lado me asomo a un pasillo largo, oscuro y rancio, como el túnel de una caverna nada platónica. Hay tres jóvenes. Entre dos de ellos sujetan al tercero, al que prácticamente me arrojan a los brazos. Se me escapa, se cae al suelo y se oye un golpe sordo cuando su frente choca contra el terrazo. No se inmuta y se queda babeando a mis pies. Tiene la cara macerada a golpes, y la ropa grasienta como si la hubiera arrastrado por el suelo de un taller de coches. Apesta más que mi mujer y yo juntos. Está muy flaco y tiene brazos de yonqui, pero entre la mugre reconozco al mismo muchacho de la jura de bandera. Uno de los jóvenes que siguen en la puerta me agarra de las solapas, me zarandea y empieza a proferir amenazas en un idioma que no entiendo. El otro ejerce más o menos de traductor. O el cabrón de tu hijo nos paga lo que nos debe o te rajamos a ti. A él la da igual, porque ya no siente las hostias, pero a ti te vamos a capar, ¿te enteras? Yo no sé nada, respondo. Claro que lo sabes. Cuatro mil quinientos leuros nos debe, el angelito. ¿De dónde coño queréis que los saque? No, ya sabemos que no va a ser de trabajar, se ríen en mi cara. Ya volveremos, y si no nos pagas aprende a mear sentado.

Se han ido pegando un portazo que ha descolocado el llavero de la entrada, donde pone Recuerdo de Torrevieja. Yo me he sentado junto a la mesa camilla y observo a ese charco de porquería que dicen que es mi hijo. Loli entra en la salita y empieza a dar gritos. Levanta al yonqui del suelo y se lo lleva al servicio. Ayúdame, desgraciado, pero yo lo que hago es buscar el mueble bar. No hay más que botellas de anís y coñac vacías, así que cojo una chaqueta llena de lamparones que cuelga de un gancho de latón, junto a la puerta, y salgo de allí. Me acompaña una letanía que se va perdiendo: gandul, inútil, quién me mandaría casarme contigo, borracho. Recorro el túnel hacia la luz del portal. De veras necesito beber, pues siento una sed extraña que jamás había experimentado, una sed que es de las vísceras y del alma, y me digo: supongo que en esto consiste ser alcohólico.

Me suena el barrio. Es Vallecas, otra vez. Mis pasos me llevan a un bar familiar, con mostrador de zinc, terrazo aturronado, restallidos de dominó. En otra vida estuve aquí. Según entro, el camarero me mira con mala cara, pero me sirve una copa de coñac sin preguntar. Me lo bebo de un trago, yo que jamás he soportado el coñac, y empiezo a sentir que mis males no son tantos. Qué tal te va, me dice una voz. No te veía desde el colegio. Me doy la vuelta y lo veo al muy cabrón. Ahora es él quien viste bien, con chaqueta y camisa de sport, y aunque no esté delgado ya no tiene panza ni pelos en las orejas. Qué me has hecho, mamón. No sé a qué te refieres. Devuélveme mi vida, que me la has robado. Devolverte tu vida. ¿No te parece un poco tarde? Si hubieras seguido estudiando, como hice yo, no te verías así. Tenías talento, se regodea el tío. Aunque disimule, su mirada lo traiciona: lo sabe todo, él es el causante.

¿Qué me has hecho?, insisto. Ya lo decía Solón, me responde: no se puede decir de un hombre que es feliz hasta que no termina sus días. Pero es que tú no me has robado el futuro, sino el pasado. No me has dejado nada, sollozo. ¿Qué ha sido de mi vida, de toda mi vida? Toma, anda, dice él. Me da un billete de cien euros doblado, y como no lo quiero coger me lo mete en el bolsillo de la chaqueta. Sé que andas mal, pero a lo mejor todavía puedes aprovechar tu talento. Yo lo agarro por las solapas y empiezo a sacudirlo. El camarero sale de la barra y me echa a empujones. ¡A la puta calle ya, hombre! ¡Estoy harto de que molestes a los clientes!

Con el empujón, trastabillo y me doy un cabezazo contra el retrovisor de un Ibiza. Me toco la mejilla, húmeda, y no sé si es sangre o son lágrimas, porque ya ha oscurecido y apenas veo. Me tambaleo, buscando otro bar, y saco el billete que me ha dado él. Por lo menos, podré beber. Entonces veo que es un recorte de El Mundo: un premio literario, hasta quince páginas, cerca de siete mil euros… No falta mucho para que se cumpla el plazo y se falla pronto. Con ese dinero podré pagar la deuda de mi hijo el yonqui, y con el premio arrancar de nuevo mi carrera literaria. Me encuentro un ciberbar: allí hay ordenadores, impresoras, y además sirven alcohol. Entro y me pongo manos a la obra. El premio es de cuento de terror. Terror, terror… ¿Qué mejor historia que la mía?

* * *

Ya he acabado. Ahora ya sabéis por qué no sabéis quién soy, y también por qué tenéis que darme el premio. Yo desprecié a alguien que me mendigaba unas horas y él me robó mi pasado. Ahora yo os mendigo sólo un poco de dinero y de gloria, miembros del jurado. Que Dios os proteja si me despreciáis.

© Javier Negrete
Reproducido con permiso del autor