Sexto informe de la vida flotante
Francisco Javier Pérez
Un tipo entra en un bar y…
Estuvo esperándote todo el día aquí, mujer. Despierto toda la noche. En el Piazzenza, un restaurante italiano cualquiera, de cartón piedra y Chianti y manteles a cuadros blancos y rojos. El resto de parroquianos, magnetizados y derivando ahora a su alrededor, ahora en diagonal, sin punto de pivote. Cristo Feral —sabes de quién estoy hablando—, él, clavado toda la noche aquí, esperó bebiendo tu recuerdo en forma de tinto afrutado que apacigua la carne y blanco pescador que le llenaba las pupilas de estrellas. Lentejuelas pusilánimes en plata forraban la segunda piel del vestido de noche Burdeos de una exagerada pero atractiva señorona de provincias. Rotunda, rubia de peluquería, embutida en brillo y estridente sólo lo justo como para evidenciar una revolución de más en el cuentavueltas de su entusiasmo. Sobre fondo de tarantela apta para todos los públicos, Cristo en la pausa de una segunda venida, prestando atención a la Provinciana: digamos que el marido le dice «ya te dije que te iba a gustar, los italianos de la capital no son como esas pizzerías de mierda del pueblo; vale que no te saco tanto como quisieses, pero cuando lo hacemos, lo que hago, hago que valga la pena, ¿no?», porque, vamos a ver, para todos éstos las palabras son importantes, la única herramienta con la que interpretar el entorno que alguien se tomó una vez la molestia de enseñarles; suerte que yo te tengo a ti como tú me tienes a mí y los dos podemos intercambiar ítems multifuncionales con los que implementarnos y alterar el continuo inmediato. Y es que aún estando tan borracho como estaba, todo lo que hacía, todo lo que hizo a continuación, por tremendo que fuese, iba dedicado a ti. Eras su hipervínculo y tú le dejaste tirado y a merced de los francotiradores. Hija de la Luna, ¿por qué tan tarde? La Provinciana y su provinciano marido se dieron un recatado beso por encima de los platos de antipasto que tenían delante. Cristo apartó la vista y se topó con su reflejo en el aluminio pulido de las puertas de la cocina. En sus pómulos se empezaba a apreciar una primera señal de cambio. Manchas de hueso amoratando músculo bajo la piel a base de fricción. Los Provinciano serían los primeros en caer, sin duda. Pero aún quedaba mucho para completar la transformación, y quizá tu llegases antes, después de todo. La entrada del local bostezó una ferrosa brisa de frío compacto y no fuiste tú la que entró sino un grupo de dos chicas y un chico. Ellas, frágiles y disimulando una cojera blanda como abrazadas a la farola de la poca serenidad que les quedaba después de más de una cerveza de más de merienda en estómagos vacíos. Él, un poco mejor, resuelto, se encargó de pedir una mesa para tres. El vestigio reptiliano que era una voz en la cabeza del chico susurrándole que todos los machos en el restaurante le tenían envidia porque a él le acompañaban dos mujeres y las posibilidades que se podían permutar de ese hecho eran casi infinitas, dictaba sus movimientos, su fraseo, cada gesto, un silbido, un vistazo a Cristo Feral —la mesa que el trío ocupó se encontraba a menos de seis pasos de la de él—, el bloque de piececitas encajables de gelatina que el chico construyó entre ambos bien podría cortarse con un cuchillo. Eso era lo que pasaría. Feral, Cristo modificaría la densidad y la longitud de los cúbitos en ambos antebrazos, transformándolos en cuchillas que sus correspondientes radios, una vez duplicado su tamaño e incrementado el índice de torsión y el peso, soportarían y anclarían al esqueleto con contrafuertes con la dureza del cemento, ayudado por tendones como cables de acero en un puente colgante. Saltaría de su silla y caería sobre el chico y lo evisceraría en apenas tres movimientos, dos cortes en aspa, una media luna abierta en el bajo vientre por la que se derramaría entero el intestino grueso, entreteniéndose en el asesinato lo que fuese necesario hasta que sus mandíbulas acabasen de reconfigurarse e hiciesen crecer dos hileras de colmillos con los que desgarrar a mordiscos a las acompañantes de su víctima. Para limpiarse la sangre en la que consecuentemente acabaría embadurnado después de la violenta escaramuza, Cristo probaría algo nuevo: mandaría a todas sus células desatomizarse a la vez, manteniendo al mínimo el coeficiente de información y los patrones de reminiscencia que las permitiese volver a alinearse más tarde, transmutándose en neblina letal inteligente que el matrimonio pueblerino de un poco más allá aspiraría por accidente mientras hiperventilan de puro terror tras la escena recién vivida. Desde dentro, les gangrenaría los pulmones y nadaría en sus flujos sanguíneos, pateando glóbulos rojos hasta partirlos por la mitad y provocando un genocidio de proteínas y batiéndose en duelo tramposo con una armada de glóbulos blancos—porque, si Cristo era capaz de hacerse nube tóxica, bien podría también duplicarse en múltiples yo microscópicos armados con pistolones de antibióticos—, se mearía en sus riñones como un acto de justicia poética, haría un fardo con sus cuerdas vocales usando una arteria para mantenerlas atadas y así ni siquiera podrían pedir ayuda… Mira por dónde, los Provinciano no van a ser los primeros, después de todo, pero sí que van a sufrir más que nadie. Todo aquello, por supuesto, si acaso no llegabas tú antes. Cristo tenía una erección. Mesmerizado por las más terribles vías probables de actuación futura, ni siquiera era capaz de precisar cuándo se le había empezado a inflamar la entrepierna. Si hubieses aparecido por el restaurante, si lo hubieses hecho mucho antes de lo que lo hiciste, seguro que os hubieseis reído a gusto cuando te lo explicase. Tenía ganas de ir al lavabo, pero no le quedaba más remedio que esperar a que se le pasase el arrebato. Un camarero espigado y pálido, de negro como el resto de los empleados del local, que lucía un tatuaje carcelario de tres puntos en isósceles grabados en la base del pulgar de la mano izquierda, pasó junto a él. Cristo pidió otra botella. Nada para comer. Estaba esperando a alguien y no, no quería entretenerse picando. Se acordó del teléfono móvil. Se acordó de lo poco que a ti te gustaban y que, a pesar de ello, te habías comprado un modelo con casi tantas funciones como el suyo porque no soportabas la idea de quedarte rezagada. Chequeó los mensajes, las llamadas al contestador y los correos electrónicos. Mientras se cargaban los protocolos del 3G portátil, abrió la estúpida aplicación de dibujo y garabateó una telaraña con el stylus sobre la pantalla táctil. Ningún mensaje, por ningún canal. Pero la telaraña se iba a quedar ahí. Era el primer archivo de dibujo que guardaba en la giga y media disponible en la memoria del teléfono. Una telaraña que recordaba ligeramente a una fractal, en cuyo centro estabais tú y él, moscas mutadas de ojos blancos esperando a la araña de una sociedad que les teme y les odia a partes iguales —¿recuerdas tú aquellas discusiones eternas en el laboratorio, sobre cómo los cómics de superhéroes habían ensuciado de tal modo la mezquina cultura popular imperante que os hacían quedar a ti y a los tuyos y a los suyos como gilipollas recalcitrantes en mallas y con escotes abiertos hasta el ombligo?—, otras moscas alrededor, igual de atrapadas pero desde luego no tan especiales: las dos Zorritas Borrachas y el Chico Reptiliano de cuyo brazo metafórico iban colgadas y los Provinciano y el Camarero Taleguero y ese hombre con aspecto de tambor simpático en una esquina de la telaraña a cuadros rojos y blancos, el que ya había pedido la cuenta tres veces y aun así no le hacían caso, y todos los demás… Centrémonos un momento en el Hombre Tambor, por favor. Bien podría pasar por uno de los técnicos que se encargaban de vuestro seguimiento antes de que os fugaseis del Complejo: sonrisa de agradable morsa domesticada, desagradable agradabilidad bajo capas y más capas de contratos sociales mal entendidos castrándole la verdadera voluntad subyacente, odioso y sin ningún otro talento aparente más que el tratar de imponer con su voz nasal y aterida por la obesidad mórbida un anquilosado sistema de creencias que, a pesar de los limitadas e infantiles y caducas que eran, le rebosaban los márgenes de sus cortísimas entendederas. Un zángano. Un zángano orondo; mira cómo le brilla la frente, lo único brillante en su existencia, mientras se indigna; no es tan divertido cuándo eres tú el que debería ser mimado pero sólo recibe descuido y rechazo, ¿verdad? El Hombre Tambor se puso en pie con un espasmo y la telaraña entera se sacudió. Los atrapados en los bordes más alejados ni se inmutaron, pero el centro, donde el delicioso festín Cristo Feral esperaba lo inevitable o, en su defecto, a ti, tembló con un ocho coma tres en la escala Richter, la telaraña se quebró a su alrededor y la mosca voló libre, sobreflotando —algo así como sobrevolar, pero no tan abrupto, no tan físico e inmediato y liberador, más como flotar por encima del Todo, con T mayúscula, ascendiendo en una corriente de hálito caliente en chimenea, no lanzado sino alzado, no mediante impulsores sino por suspensión etérea, fantasmagórica—, igual que aquella vez en la que os testaron mandándoos al sol por vuestros propios medios: tú misma te encargaste de quebrar las leyes de la gravedad de forma que no aplicasen para vosotros, sobreflotando el Complejo, saliendo de allí por una de las claraboyas del laboratorio, besándoos al acariciar las nubes y alimentándoos de radiación solar, el vacío del espacio exterior un estanque pletórico en el que os dejasteis llevar por la corriente de materia oscura que él alteró a modo de rumbo seguro, de cabeza, hacia arriba, hacia los lados, buceando pero emergiendo sin límite superficial, hacia el corazón de la estrella madre. Él, entonces, dijo: «Martha Nova, hija de la Luna, te quiero porque no existe nada como tú y dudo mucho que pueda volver a crearse». Parloteo de superseres. Ella contestó que no pensaba volver a llamarte Hijo de Dios, y es que ya te lo tenías lo suficientemente creído, pero que te quería mucho también. Se diría que fue allí mismo, durante aquel experimento con el que henchisteis tanto el orgullo de los mandamases del programa espacial, cuando se fraguó vuestra fuga. Al menos a Cristo le gustaba creerlo así. El Hombre Tambor arrastró los pies hasta la caja registradora en uno de los extremos de la barra del restaurante. Cristo volvió del sol a ahora. No iba a dejar que precisamente él saliese de allí indemne. Murmuró una canción que hablaba de sobreflotar y se quedó en tierra:
Quiero hacerlo bien.
Cierra la puerta y tira de las sombras
y trepa los muros.
Siente cómo la medicina cura las arrugas de la edad.
Estoy aquí y ahora me he ido.
Ahí mismo y lejos.
Nada va a pinzar este nervio mío.
Quiero hacerlo bien.
Se levantó de su asiento y se fue a por el Hombre Tambor. Le alcanzó justo cuando el otro se llevaba una mano al bolsillo trasero de los pantalones para sacar la cartera. Cristo se plantó detrás del hombre y le abrazó. Con todas sus ganas. Un abrazo de perdón. De padre más que de hermano o amante. Inmediatamente, sus poros empezaron a sudar encimas estupefacientes que se transfirieron golosas a la piel del otro, a través de la camisa y de los pantalones y de la ropa interior, desde las glándulas excretoras de Cristo a los receptores de opiáceos del hombre en un viaje tan rápido que la velocidad del mismo volvió eternidad el breve momento de estupor del abrazo por sorpresa que había golpeado al gordo. Cuando la psicosis psicodélica inducida del Hombre Tambor se afinó en el tono correcto, Cristo entró en él. Fundió su conciencia con la concha exterior del hombre y retocó los coeficientes de vibración subatómica necesarios y la atravesó y le espió, de dentro a fuera, mirando a través de sus ojos, recuperando sentidos que su nuevo huésped se había permitido atrofiar, sintiendo a través de ellos casi tanto como a través de la piel y el vello y los oídos y las papilas gustativas y las narinas. Más allá del arcoiris de las drogas insufladas a traición, a través de los instrumentos sensoriales del Hombre Tambor, el Piazzenza fue durante un rato un paisaje marciano, una tundra de óxido a cuadros rojos y blancos en el que un puñado de formas más o menos antropomorfas celebraban un ágape religioso, quizá una conmemoración de la segunda llegada del Mesías, aunque también cabía contemplar la posibilidad de que simplemente se tratase de algún tipo de tradición de asueto semanal, un Sabbath en el planeta rojiblanco, un Domingo extraterrestre. Los marcianos se amontonaban alrededor de una de las hembras para beber el fluido mercurial que manaba de sus senos. La capciosa gravedad del lugar hacía que la leche de comunión se desplazase en suspensión, en grumos, de los pezones de la hembra rubia con la piel teñida de Burdeos y estrellas festivas a las bocas de su congregación. Animalejos retorcidos y desollados, condimentados con salsas multicolor, rompían con su presencia casi herética el diseño uniforme de las dunas en el llano ocupado por el cuadro ceremonial. Etiquetas biolumiscentes como tildes formadas por enjambres inteligentes de ácaros diodos surgían de las cabezas de los humanoides, una interfaz de realidad aumentada a disposición del recién llegado y su parásito. Están todos los que son. Las etiquetas ondulantes al capricho del viento marciano señalaban a sus propietarios en un hipotético catálogo etnológico: Camarero Taleguero, una mantis de casi dos metros de altura y forrada de pelo duro y áspero, con los rasgos tatuados en un rostro que, sin la tinta, sería sólo una membrana desplegándose como una vela abierta desde el cuello y recubriendo una abertura carnosa que hacía las veces de cavidad bucal y orificio respiratorio; Chico Reptiliano, otra criatura insectoide, aunque éste completamente pelado y con la espalda tocada por dos grandes alas de cuero cuarteado que emitían un siseo rítmico al rozarse una con otra, sirviendo de acompañamiento musical al banquete —el Camarero se relamía después de haber ingerido su mercurio ambrosía y, con marcado acento italiano, le decía al Chico: «Si no te decides, te recomendaría que pidieses lo mismo que la última vez»; «Quería probar algo nuevo», le contestó éste; «Yo me apunto a lo que tú pidas», injirió entonces una tercera criatura, de menor tamaño que las otras dos y formas algo más redondeadas, quimera de exoesqueleto afilado, en el que se enredaban un millón de zarcillos musculares blandos y suaves, y cabeza de medusa, etiquetada como la Zorrita Gamma—; Zorrita Beta, idéntica a su gemela homónima, estaba tumbada sobre la arena y esperaba el bombardeo lácteo que caía lentísimo desde las glándulas mamarias de la oficiante, marcada por la salmodia lumínica con un aclaratorio Provinciana —una versión ajada y enturbiada y arrugada de las otras dos hembras, con dos millones de zarcillos gruesos, de vino y chispas, enroscándose en los palillos gastados que le hacían las veces de extremidades, sujetando los dos enormes pechos de matrona en el centro matemático de su estructura—; Provinciano, una estatua de sal erigida junto a su esposa en honor a la grandeza pretérita de los hombres-mantis, parecía haber muerto hacía tiempo, y su etiqueta palidecía en minúsculas y viejas enanas rojas de ácaros intermitentes que luchaban por un segundo más de supervivencia usando como combustible los cadáveres de sus hermanos extintos. El Hombre Tambor y su Cristo parasitario se acercaron al grupo. El huésped quería beber también, integrarse, tomarse la licencia de fingirse uno más, de sopetón, sin que le invitasen y esperando que a los otros no les importase. Cristo no estaba tan seguro. ¿Qué mandaría la corrección política en casos como aquellos? Cristo preguntó, a nadie en particular: «¿Puedo?» Fue Zorrita Beta —su etiqueta se desplegó y creció, la etiqueta aceptó la palabra, se activó por la palabra, la única herramienta que han logrado aprender…— quien le contestó con un chillido de pánico: «¡No! ¡No! ¡Yo no, por favor!».
Sostén la poción,
desgárrate la sombra,
acuérdate de olvidarte y entonces dale otro nombre a la vergüenza.
Quiero hacerlo bien.
El Hombre Tambor le vomitó fuera de nuevo cuando Cristo le partió el cuello. Hubo un momento refractario en que la situación estuvo demasiado confusa. Cuando Cristo volvió a ser él, Feral, autoconsciente, ya estaba agarrando a la Zorrita Beta por un brazo mientras lanzaba una patada que casualmente fue a dar en la rodilla del Chico Reptiliano, quien acababa de ponerse de pie para arrebatarle a Cristo el cuchillo que blandía en la mano libre. Creo que fue más o menos por entonces cuando tú llegaste. En el interludio tras el abrazo al Hombre Tambor y la constatación de las intenciones de muerte que Cristo albergaba con respecto a éste, el Camarero Taleguero se las había ingeniado para llamar a la policía y seguramente algo debiste sospechar al oír las sirenas yendo en tu misma dirección —en aquellos días a y ti y a él aún os quedaban muchos superpoderes por descubriros, no te lo tomes a mal—, porque corriste y alcanzaste las puertas del restaurante casi a la vez que ellos. Casi. Uno de los hombres de uniforme te obligó a quedarte tras el cordón que delimitaba el perímetro de seguridad y te dejó aparte de lo que estaba pasando dentro. ¿Llegaste a ver a los francotiradores tomando posiciones tras la hilera de coches aparcados frente a la fachada del Piazzenza? En sus miras telescópicas, Cristo era, dependiendo del aumento en que los tiradores las hubiesen fijado, un payaso repartiendo jolgorio entre los comensales o un experto en artes marciales que se movía con la gracilidad de una maquina felina de aniquilación. El payaso hacía sonar su nariz postiza y al público se le desencajaba la mandíbula de puro reconocimiento. El experto en artes marciales hería e incapacitaba y se escurría como un ánima de dolor y descoyuntaba articulaciones. Los Provinciano recibieron del payaso una flor de plástico que bailaba al son de las palmas. Del artista marcial, sendos hachazos con el canto de la mano desnuda que les desencajaron las vértebras cervicales. El Camarero Taleguero aceptó con gusto un globo en forma del salchicha que el payaso había modelado para parecer una jirafa, junto con una serie de puñetazos calculados para reventarle la caja torácica y ahogarlo en una marisma de hemorragias internas. Uno maquilló al Chico Reptiliano de azafata de Clown, el otro le reventó el tabique nasal ayudándose con el cráneo inconsciente de una de las Zorritas, quien más tarde fue coronada princesita del restaurante y degollada con una botella rota de cava. La Zorrita Gamma voló hacia la otra punta del salón como un hada preciosa, como un fardo inerte tras una perfecta llave de judo. Cuando sus signos vitales fueron los únicos que seguían en pie en el interior del restaurante, Cristo gritó: «¡¡Voy a salir!!». «¡No te molestes!», replicó un megáfono tras el cordón policial. La señal para abrir fuego, hacer saltar en pedazos la cristalera de la fachada a balazos, borrar al obsceno asesino de la faz de la existencia a plomo y fuego. «¿Perdona? ¿Que no me moleste qué?». «Que no te molestes, colega, no vale la pena», le dijo el Chico Reptiliano después de que los francotiradores hubiesen acabado con él, «esa a la que estás esperando no va a venir». Cristo eructó y se mareó un poco ante la posibilidad de que el limbo, o dondequiera que fuese que las balas le habían llevado, pudiese parecerse tanto al Piazzenza, sintió frío. El infierno, está visto, va a ser esperarte aquí por toda la eternidad. Me cago en la puta. «¿Cómo sabes que estoy esperando a una mujer?», le preguntó al Chico, aceptando cierto acuerdo tácito de vecinos de averno. «Sólo un marica esperaría tanto tiempo a otro tío, y tú bebes demasiado para ser marica». ¿Tenía aquello sentido? Predestinados a no encontrarnos. Las balas no le habían llevado al otro lado del Horizonte Final. Claro que no. Aun así le habían hundido en una forma de letargo prosaico que tampoco era mucho más agradable. La Hija de la Luna y yo: fases de solapamiento imposible, no se dirá que no nos lo advirtieron. Cristo se despegó de la telaraña tirando con todas sus fuerzas. Algunos hilos quedaron adheridos en la silla de la que no había separado el trasero en toda la noche, haciendo que así, de algún modo, permaneciese para siempre unido de forma umbilical a aquella noche. También el Hombre Tambor, a pesar de haberse marchado del sitio ya hacía más de tres cuartos de horas, se había llevado un hilo con él. Y el Chico Reptiliano y las Zorritas y los Provinciano. Y el Camarero Taleguero al que Cristo abonó la cuenta por las copas vacías antes de marcharse. Conectados por una pegajosa maraña de futuros hipotéticos. El primer don que los del laboratorio habían injertado en Cristo. Doblar supercuerdas y, a imagen y semejanza de los Poliédricos Elementales, poder habitar todas las caras del prisma al tiempo. Fuiste tú la que convirtió a este mercenario multidimensional al pacifismo, y ahora hay hilos de piedad y empatía por todos lados. Martha Nova… ¿puedes ver los hilos?… Martha Nova… ¿tu visión de Rayos X podría dilucidar los devaneos del pobre Cristo Feral por el Metacontinuum, sobreflotando más que deambulando por el escenario de la vida flotante de la que tu desidia le expulsó? Martha Nova, Hija de la Luna y ya no esposa de Cristo Feral… ¿De qué os sirve ser más humanos que los humanos si no podéis mantener las apariencias? Tanto poder en tan malas manos… ¿De verdad has olvidado el colofón de nuestra fuga? Cristo salió del restaurante en un efluvio a cuadros rojos y blancos, pringándolo todo de seda húmeda. Vientre de tinto y blanco pescador. Una helada tundra marciana le dio la bienvenida y las buenas noches. Ni modificando todo su código genético para transformar su masa en diamante iba a poder cortar los hilos de la noche. Buenas noches a ti también, si te sirve de consuelo. Se arrebujó dentro de su cazadora y echó a andar por el multiverso, con la esperanza puesta en encontrarse contigo en el escenario del subsiguiente accidente paraconsistente.
…¿lo pillas?
Reproducido con permiso del autor





Septiembre 7th, 2009 at 14:38
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Septiembre 14th, 2009 at 21:27
Poesía pura!