Ante los ojos del capitán Ernesto se desplegaba el inmenso ventanal de la nave Madre. Contemplaba el lejano Planeta Amarillo tenuemente iluminado por el punto rojo que era su único sol.

Se estaban aproximando al horizonte de sucesos.

—¡Menuda jornada! —exclamó— ¡Primero se avería el estabilizador derecho, luego perdemos combustible, en tercer lugar la carga se está pudriendo, y encima los yeexos me… ¡están comiendo un pie!

—¿Con esto quiere decir, señor, que nos será imposible llevar a cabo nuestra misión investigadora del horizonte de sucesos? —preguntó un personaje Secundario que cumplía dos funciones a la vez: informaba al lector de qué iba el cuento en pocas palabras, y además era negro, con lo que se conseguía una buena impresión de historia interracial.

En segundo plano se podía observar a Ernesto aplastando a los yeexos con su reciente muñón.

—|Por favor, Secundario, llame al doctor Strange!

—Señor; sí, señor.

Apenas Secundario pulsó el botón de llamada, la nave Madre comenzó a vibrar. Las botellas temblaron, los cigarros cayeron de las bocas y los yeexos del techo, los caballos se desbocaron y todos rodaron por el suelo.

—¡Ay, madre!

Los instrumentos mostraron cómo la nave se desviaba anormalmente de su ruta:

5 g’s de presión

150 parsec/min

1/2 rad/m

15 horas 31 minutos 26 segundos

Temperatura 80 y bajando

¡El pollo está en su punto!

El Dr. Strange entró en Control Central tambaleándose; no dejaba de apretar un puro entre los dientes, casi tan negro como su imponente mostacho.

—¿Qué ocurre, capitán?

—A mí nada —dijo el jefe, improvisando una muleta—. Atienda a Secundario. —Sus pies asomaban por debajo de un enorme armario.

—Creo que es demasiado tarde, capitán. Ha muerto… —Y sus ojos, a la sombra de sus gruesas cejas, temblaron de la emoción tal y como ocurre en los dibujos animados japoneses—. Por cierto que le ha quedado una muleta muy bonita, se nota que es usted el héroe. Le deseo toda la suerte del mundo.

En ese momento Toda la Suerte del Mundo se sintió empujada hacia un lugar no muy lejos de aquella porción del Universo. Pero Ernesto, que era muy hábil (no en vano se había hecho una linda muleta de acero y platino al 50%), pudo atrapar un poquito de ella y se la metió en el bolsillo, donde quedó pegada a un chicle usado.

El doctor fumigó a los yeexos que habían caído del techo y llevó los restos de Secundario al Crematorio.

Gracias al cielo todo estaba preparado: los altavoces rugieron y toda la nave se inundó con los suaves acordes del Himno Estelar. Algunos tripulantes se pusieron la mano en el pecho y posaron serios; otros, siempre de pie, cruzaban las manos a su espalda, pero la mayoría las colocaba protegiendo sus partes. De todas formas no importaba, no era un partido decisivo, y el campo no estaba en óptimas condiciones.

—Informe de daños, nave Madre —bramó Ernesto.

—Señor; sí, señor: muertos: 120 —dijo una típica y dulce voz femenina—. Un ataque cardíaco, 13 por golpes y contusiones, 10 asesinados, 80 devorados por los yeexos y 7 suicidios. Heridos: 230, 50 graves y el resto leves. —Llegados a este punto, Ernesto tuvo que forzar sus neuronas para realizar una complicada operación matemática—. Daños en el ala de estribor, perdido el motor C, el tren de aterrizaje abollado y el líquido de frenos a cero. Estamos a punto de penetrar en la zona del agujero negro Pozo de los Infiernos. Tiempo estimado hasta la destrucción total: 1 hora, 30 minutos, 10 segundos. ¿Vuelvo a programar el Himno Estelar, señor?

—No, que no cunda el pánico —murmuró Ernesto.

El pánico por supuesto no cundió; sólo cunde el arroz al cocerlo. En cambio el pánico y los champiñones no cunden nada. Más bien encogen.

—¡Atención, tripulación! Las cosas están bastante feas. ¡Los de la Sección de Inventos  Salvadores Improvisados, a ver si se os ocurre algo! Y por favor, que nadie me venga con mandangas.

El silencio lo cubrió todo con un manto de muerte. Pasaron cinco minutos.
Pasaron 7 minutos.

Pasaron un 25, un 39 y algún otro autobús.

Pasaron dos huevos por agua en la cocinita de gas.

Pasaron demasiado los filetes.

Pasaron los indios y lo arrasaron todo.

Pasaron las lluvias.

Pasaron más minutos. La tensión crecía por momentos. El sudor perlaba la frente de Ernesto, algunas gotas le caían sobre el cuello del uniforme. Eso sí, las gotas ponían mucho cuidado en caer a cámara lenta, que siempre queda mucho más impresionante. De un momento a otro la atmósfera podría cortarse con un cuchillo de Sheffield (pedidos al 903 444 36 21. Visa, 4B y American XPress. Thank you, Sir).

De improviso los paneles se abrieron y el padre Jonás entró en la cabina. Lo acompañaba Terrier, su inseparable loro. En ese momento le picoteaba la cerilla de la oreja al religioso de la Orden del Sello del Oráculo de Jerusalén de los Últimos Días de Antes del Holocausto de Narices. La casulla del padre Jonás estaba más sucia de lo habitual por los excrementos de Terrier.

—Señor; sí, señor. —dijo— Como representante de la Sección Religiosa, me gustaría que me diera su permiso para preparar las almas de todos los tripulantes.

—He dicho que nadie me venga con bobadas.

—Perdone, señor; si, señor —interrumpió el Segundo de a Bordo—. A mi sí que me gustaría. mi alma es importante, al igual que las de los no nacidos.

—Calma, Segundo.

* * *

Entonces mi Amo Jonás le dio una galleta y la bendición al Segundo. Yo vi que era crujiente  y dorada y sabrosa. No, señor, la bendición no, señor; la galleta. Y quise ir a por ella, pero el Amo me frenó y el Segundo me miró con cara de asesino, y vi el pollo ya frío en el horno y pensé que no, que quizás sería mejor que la galleta siguiese su camino y yo el mío, amarrado al hombro de Jonás. Así que el capitán siguió esperando, y luego todo empezó a temblar y yo volé a donde pude, y sabía que en la cámara de gravedad cero estaría a salvo por su estratégica situación en la nave, y fui hacia allí, y mi Amo vino detrás y detrás suyo el capitán Ernesto. ¡Ah, sí señor! No sabía que fuese importarte llamarse así. Pues me alegro mucho, señor. Y, verá, casualmente la puerta se cerró después de que entró el capitán, y viajamos hasta durante una semana, según creo, en la esfera hasta que nos encontró el carguero Xtress y me rescató y me trajo a Comandancia, señor. Y no tengo nada más que añadir… ¡Oh, no, señor! Y nunca supe cómo se cerró la puerta, un pobre animalito como yo no se fija en esas cosas… No lo sé, señor. El vacío siempre sienta mal a mi especie, no podemos volar en él. Yo permanecí en estado catatónico toda la semana. ¿Ah, no? ¿Los médicos no lo han podido demostrar? ¡Cuánto lo siento, señor! Pero es la verdad, señor. Se lo juro por la blanca casulla de mi bienamado Amo Jonás.

* * *

Cuando el flan de Control Central comenzó a temblar, Ernesto supo que el Fin se aproximaba. Su mayor duda en aquel momento fue si sería un FIN con mayúsculas en castellano, o un The End en inglés. Levantó los brazos dispuesto a tirar de la sirena de alarma y del freno de emergencia; ese gesto excitó sobremanera a los yeexos del techo, que vieron cómo una suculenta comida se les acercaba. Los más golosos se desprendieron de la seguridad de los paneles para hacerse con los pedazos más sabrosos y divertidos.

—¡Oh, no! ¡Las manos no! —Y Ernesto se sacudió a las voraces bestezuelas. Con su único pie alcanzó el fumigador y masacró a los yeexos (Sociedad Protectora de Especies Extraterrestres: 903 455 56 67).

* * *

230 C.I, señor. Por esta razón fui elegido para volar en la misión Pozo del Infierno. Y por mi capacidad para el leguaje, por supuesto. Con permiso, señor, AAARJJJ, ¿ha visto qué lengua más gruesa y negra tengo? Ni siquiera ceceo.

* * *

[NOTA HARD: la nave se aproximaba al horizonte de sucesos del Pozo del Infierno. El capitán se enfrentaba al problema de la falta de energía para salir de su zona de influencia gravitatoria (cualquier parecido con Pórtico y sus derivados es pura coincidencia). Si lograse enviar la mayor parte de la nave hacia el agujero, la parte restante sería eyectada hacia fuera. Cuanta mayor masa consiguiese meter en el agujero, mayor energía ayudaría a salir a la otra parte. –Sea como fuere quien parte y reparte, se queda con la mejor parte-].

Rápidamente Ernesto, que no era tonto (por algo era capitán y lo había conseguido sin enchufes), lo vio todo claro;

—¡Atención, tripulación! —gritó por megafonía— Todos a babor, rebajas en la Sección Navidades Felices.

Y la muy bien entrenada tripulación empezó a recorrer los pasillos hacia aquella zona. Poco a poco la masa se fue desplazando.

Control Central y la cámara de vacío se encontraban a estribor.

Terrier contempló de pronto la esfera de gravedad cero y comprendió la jugada. Su cerebro de ave psitácida de la antigua América del Sur, caracterizada por su plumaje verde con plumas encarnadas en alas y cola, y que puede alcanzar más de 50 años de vida, había discurrido acertadamente. Abandonó el sucio hombro del padre Jonás, apretó rápidamente el botón de desconexión de la cámara y salió volando (y no es una figura retórica) hacia estribor.

—¡Terrier, Terrier! ¡Por ahí no! —gritaba Jonás.

Pero el dinosaurio volante (aprovechando la moda: hay que decir que las aves son los descendientes más directos de aquellos bichos; y no los antiguos políticos como algunos creen) siguió directamente hacia la cámara.

—¡Terrier, mi vida! ¡Vuelve aquí! —Y salió corriendo tras su loro.

Un nuevo temblor sacudió las entrañas de la nave, especialmente el hígado y el bazo.

—¡Padre, padre! ¡Déjelo! ¡Tenemos que ir a babor! —gritaba entre el estruendo Ernesto. Con un ágil salto alcanzó la sotana del religioso.

La tensión de las fuerzas en conflicto se encontraba en su punto álgido. La tensión de la tela de la sotana también. Y la del capitán Ernesto. Y la de las torres de electricidad que pasan por encima de los patios de los colegios.

Por un momento todo pareció congelarse; era cuestión de gramos que la nave encontrase su equilibrio. Por un lado pudo más el algodón negro que la fuerza del capitán. El padre Jonás corrió detrás de Terrier, y arrastró a Ernesto por los suelos, agarrado a su sotana.

El padre Jonás penetró en la cámara de gravedad cero tras Terrier. Las puertas comenzaron a cerrarse, amenazando con pillar las piernas al capitán. Pero finalmente, como le faltaba un pie, entró del todo; y su muleta de acero y platino al 50% sólo hizo un ligero “click” contra los paneles al cerrarse.

En este momento las fuerzas en conflicto tomaron una determinación, aunque los sindicatos de opusiesen.

—¡¡No!! ¡¡Nooo!! —gritó Ernesto.

Justo entonces el peso quedó distribuido.

El agujero negro engulló la nave y su masa, la cámara de gravedad cero salió disparada hacia las profundidades del espacio. Una vez liberada de la nave Madre y de su aceleración, la cámara alcanzó realmente la gravedad cero. Porque es de todos bien sabido que cualquier tipo de aceleración de ese calibre produce una mínima gravedad, que hace imposible crear un vacío.

* * *

No, señor. Me niego a relatar con detalle todo lo sucedido en la cámara durante el tiempo que permanecí consciente. Lo siento. ¿Instigación al asesinato? ¿Yo? Yo no pude matarles. Mis alas estaban inutilizadas en la gravedad cero. Las garras ¿insuficientes? ¡Ya lo sabía yo, señor! Pero mi religión y mi gran sentido de la lealtad hacia mi Amo Jonás me impiden hablar. Me acojo a la CCXXXII Enmienda de los Derechos de los Viajeros y Navegantes Espaciales, y al artículo 345 de los Derechos de los Animales en Viaje Galáctico. ¿Cómo?… Preferiría, señor, que no se dirigiese a mí en esos términos. Hiere mi sensibilidad.

* * *

—¡Oh, no! ¡Padre Jonás! Nos alejamos del Pozo. ¡Mi tripulación!

—Dios tenga piedad de sus almas.

—Tú calla, pajarraco inmundo. Y usted, padre, guarde ese botafumeiro, que me va a dar en la cara. ¿Sabe qué es lo que más me jode de este asunto? —exclamó melancólico el capitán, flotando en la nada—. Que esto me ocasionara un trauma psicológico tan grande, que no podré superarlo jamás. Sniff, buaaa,,.

[Nota del Autor: esto tampoco tiene nada que ver con una conocida novela de F. Pohl].

* * *

¿La convivencia? Difícil, muy difícil, señor. Un espacio tan cerrado, pequeño. Sólo tres seres vivos en él.

* * *

—¿Sabe, padre? Nunca me había fijado, pero tiene unos ojos preciosos.

—Háblame de tú, capitán.

—Llámame Ernesto, por favor.

Y sus manos consiguieron tocarse en un cálido fundido.

FUNDIDO

[Nota del Autor: es falsa la publicidad que dice que funden bien los quesos en sabanitas. El queso que mejor funde no es ese, sino el natural. Mejor no poner a las pizzas queso en sabanitas].

ABRE FUNDIDO

La tenue luz del Planeta Amarillo iluminaba la esfera de gravedad cero, que flotaba a la deriva por el espacio.

Los cuerpos de Ernesto y Jonás se entrelazaban en un bonito contraluz (si hay una buena fotografía, el espectador acepta más fácilmente las escenas escabrosas).

El padre Jonás, despojado de su hábito, abrazaba al capitán, que le daba la espalda. Con una mano le acariciaba las tetillas, con la otra los testículos.

Ernesto tenía un pecho musculoso y peludo. Jonás no. Más bien parecía una pescadilla hervida.

Pero, ¿por qué el capitán se dejaba dominar pos Jonás?…

Cuando Ernestito era un niño de tres años, pidió a su mamá una chocolatina rellena de menta con cromos 3-D. Su mamá le dijo que no mientras hojeaba una revista porno del National Geographic. Aquel trauma supuso un grave golpe para Ernesto. Desde entonces asociaría satisfacción-frustración-sexo-hombres-culpa. Se convirtió en homosexual y además masoca.

Por su parte, Jonás era un adolescente lleno de granos, feo y tímido, pero le gustaban las chicas a rabiar. Un día pidió a Sonia, otra adolescente granosa, pero con dos tetas redondas, grandes y hermosas, que le hiciese una paja. Sonia no sólo se negó, sino que además le llamó “feo, gordo y baboso”. Sonia llevaba una crucecita colgada del cuello. Desde entonces Jonás se hizo bisexual; dos semanas después ingresó en un convento.

* * *

Ernesto jadeaba de placer. Sentía a Jonás muy dentro de él. Cada vez que el padre empujaba, el efecto, en la cámara de gravedad cero, hacía que saliesen despedidos hacia las paredes esféricas. Ernesto se aplastaba entonces la cara contra los cristales. Eso le arrancaba gritos aún mayores de placer. El padre no lo soltaba. Aunque delgadito, era fuerte. Seguían rebotando de lado a lado, ante la impávida mirada de Terrier, que prefería pensar en sus propias cosas y procuraba no enredarse con la sotana, muleta,  botafumeiro, calzoncillos y uniformes que flotaban alrededor.

—¡¡Terrier!! ¡¡Terrier, muérdeme!! —gritó Ernesto.

—¿Es una orden, señor?

—Sííí… —contestó el capitán, con voz desfalleciente.

—¿Dónde, señor?

—¿Es necesario que lo es especifique, bicho repelente?

* * *

No, señor. No sé nada. Le repito que me encontraba en estado catatónico. No sé nada de restos de… ¿qué señor? ¿Semen, señor?

* * *

El semen derramado flotaba en la cámara en forma de esfera babosa. Terrier intentaba evitarla. Los cuerpos de los amantes flotaban (no olvidemos el bonito efecto de contraluz del Planeta Amarillo). La luz producía lindos efectos sobre las gotitas de sudor que adornaban el pecho peludo del capitán, y que rápidamente salían volando.

* * *

¿Sangre, señor? ¿Sangre? ¡Qué desagradable! Yo no sé nada, señor, Yo estaba en estado catatónico.

* * *

Un movimiento se iniciaba en tres lugares a la vez: en la entrepierna de Ernesto, en la de Jonás y en el collarín del padre. Tras varias horas en gravedad cero, la biología del yeexo polizón se hace a las nuevas condiciones de vida. Su instinto le hace dirigirse hacia la carne más caliente y próxima. De manera que inicia la maniobra y sale de su escondite en el collarín de la sotana.

—¡Aarrjjj! —gritaba Ernesto, en un increíble alarido de agonía y placer.
—¿Qué te ocurre, querido? ¿Qué…? ¿Oh, no! ¡Un yeexo!

Ante los sorprendidos ojos del padre, la polla del capitán se convierte en un guiñapo sanguinolento.

—¡Jonás, me muero! Quie… ro… que… se… pas… que… te… quie… ro… por… siem… pre… ¡Aarrjjj! —una beatifica sonrisa iluminó su muerto semblante.

—¡No, por favor, no! ¡Terrier, es terrible, 44 años he tardado en encontrar un hombre de verdad. Mi amor… para perderlo así… No lo puedo soportar —exclamaba entre sollozos el religioso, mientras el yeexo ya estaba devorando los intestinos.

La sangre en pequeñas gotitas esféricas se elevaba hasta llegar a los cristales, donde con un dulce ¡pluff! estallaban, dejando unas pringosas y bonitas estrellas escarlatas (”Juro que no volveré a pasar hambre, ¡lo juro!” Na-na, NA-naaaa, na-na, NA-naaaa…).

—¡No, Ernesto! ¡Así no!

Presa de la desesperación y la histeria (que no sólo ataca a mujeres, según se podría desprender del numeroso material audiovisual que consumimos habitualmente), el padre Jonás cogió lo que tenía más a mano, es decir, el crucifijo que flotaba alrededor de su cuello, y como un perfecto samurái se lo clavó donde buenamente pudo.

—¡Adiós, mundo cruel! ¡Espérame, Ernesto, voy contigo!

La visión de tanta sangre excitó al yeexo, que comió aún más rápido. La cantidad de alimento era tan enorme que pronto se llenó su estómago. Pero su metabolismo no estaba programado pare dejar de alimentarse. Así que comió, comió y comió… hasta estallar en un millar de esferitas de tripitas verdes—propias de su especie—. Alguna de ellas fue a chocar contra Terrier, que flotaba en su siesta—inevitable tras un combate de ejercicio sexual—, pero como el color de las tripas hacía juego con el verde de sus  plumas, no se preocupó lo más mínimo y siguió durmiendo.

* * *

¿Héroe, señor? ¿Único superviviente? Es un enorme honor para mí. No, señor, no: enorme sin hache y honor con hache. De nada, señor. Siempre a sus órdenes, señor… ¿Dónde? ¿Dónde quiere que le muerda, señor?

© Susana Vallejo
Reproducido con permiso del autor