El vaivén de las olas
José Luis Rendueles
Sin atalayar el atalayero
más que la cara gris del invierno
el salto menudo de las toninas
el despacioso discurrir de alguien
por las cuestas del barrio alto.
Fernando Quiñones
Mi madre fue una sirena.
Lo supe desde una tarde lluviosa en la que, siendo yo poco mayor que un marrajo, mi padre me lo murmuró al oído, sentado sobre sus rodillas en la mecedora del salón mientras mi madre paseaba de un lado a otro de la cocina, cantando una añada entre los aromas del pastel en el horno.
Yo siempre lo había sospechado porque, a pesar de ser muy pequeño, era mejor nadador que cualquiera de los demás niños de Puerto Viejo, y porque algunas veces encontraba significados ocultos entre las olas de la mar que nadie en todo el pueblo, salvo mi madre, podía entender.
Para mi era prueba suficiente. Así que, con ese descaro con el que la infancia tiñe nuestras primeras acciones, le dije que ya lo sabía, y entonces él sonrió, como si lo esperara, los dos meciéndonos sin decir nada, escuchando fascinados las canciones que se colaban por debajo de la puerta de la cocina.
No era una cocinera muy buena.
Todo lo que cocinaba tenía sabor a mar.
Otra prueba.
* * *
Era muy niño. Lo único que sabía sobre las sirenas eran las historias que escuchaba a los más viejos sobre marineros que perdían la cabeza por alguna de ellas y se iban a vivir en su compañía en los enjoyados palacios del fondo de la mar, sin que nadie los volviere a ver nunca.
Jamás, en todas aquellas conversaciones nostálgicas, repletas de tormentas y hazañas cotidianas, de las que era testigo silencioso, pude escuchar que una sirena dejara la mar para compartir la vida de un pescador, varada en tierra.
Ignoro si era algo corriente o del todo extraño, pero, desde el día en el que mi padre me lo susurró, lo admiré mucho más y su figura se hizo más grande para mis ojos infantiles.
Mi padre era pescador, como todos los demás hombres de Puerto Viejo menos tío Antón, y era el patrón de la Miralejos, una de las mejores lanchas y que más pescado recogía. Para entender a la mar se necesita mucho tiempo, pero sobre todo hay que quererla, me comentaba con su voz tranquila y sabia.
Toda su familia había vivido de ella, y a mí me decía siempre que la mar me iba a reconocer como a uno de sus hijos, no sé si por su parte o porque mi madre fuera, antes de enamorarse de él, una de sus sirenas.
* * *
Mi madre era la mujer más guapa de Puerto Viejo, según decían todos, y a su paso se paraban incluso las conversaciones de los ancianos tomando el sol en los bancos, los ojos reluciendo como los de los más jóvenes cuando vislumbraban su figura ágil y graciosa, tatareando siempre alguna canción desconocida y triste.
Era una mujer nostálgica que nunca hablaba más de lo necesario, pero cuando pasaba un par de horas sentada sobre la arena de la playa, mirando soñadora el vaivén de las olas, se mostraba después mucho más habladora y más mimosa con mi padre que nunca, como si cada una de sus visitas a la playa fuere un rito para renovar el intangible vínculo que los unía.
La gente del pueblo decía que tenía nostalgia de la mar, y que cada día escuchaba las olas como si fuera un tributo que estaba obligada a hacer por estar varada en la tierra. Sólo yo, aunque nunca se lo dijera a nadie, podía entender algo de lo que ella escuchaba con tanta atención escondido entre el vaivén de las olas: la inmensidad de muchas vidas sucediéndose sin parar en aquel caos primigenio. Era un mundo silencioso que me tenía fascinado en su extrañeza, por lo que algunas veces dejaba la compañía de los otros niños y también yo me sentaba a su lado para escuchar el aliento de la mar, acompasado con el nuestro, callados los dos como estatuas sobre la arena, hasta que regresábamos a casa, cogidos de la mano y en silencio.
Era yo muy niño para darme cuenta de ello, pero me imagino que teníamos que ser una de las familias más raras de todo el pueblo.
* * *
Puerto Viejo era pequeño, las casas blancas con tejado de pizarra amontonadas unas junto a otras alrededor del muelle, siguiendo el contorno de la tierra en un abrazo indivisible con la mar que nunca llegaba a cerrarse del todo. Los extranjeros decían que eran casas cobardes y que tenían miedo de separarse unas de otras, como las ovejas en el monte oscuro, pero nosotros sabíamos de su valor porque muchas veces las veíamos enfrentarse a las peores tormentas. La gente del interior no entendía de esas cosas. Si estaban tan juntas era porque querían estar tan cerca de la mar como les fuera posible, porque el cariño de sus amos por la mar lo tenían metido dentro.
El aire de la mar siempre quedaba enganchado entre sus calles estrechas y salía rebotando después de casa en casa, que se divertían con él haciéndolo enredarse en los tendales, con lo que toda nuestra ropa ya olía a salitre antes incluso de ponerla.
La gente del interior nos llamaba carapeces y decía que olíamos a pescado, pero para nosotros era motivo de orgullo.
Nuestra casa estaba situada en el inicio de las cuestas del barrio alto, aunque cuando hacía buen tiempo parecía que se alzaba de puntillas sobre sus cimientos, por lo que siempre teníamos una inmejorable visión del muelle y de la mar.
Era una casa fuerte y práctica, que nos protegía durante las tormentas encogiéndose sobre sí misma, sin que nosotros notásemos nada de lo que pasaba fuera, que era algo que no todas las casas sabían hacer bien, por lo que tras las tormentas sus ocupantes tenían que colocar muchas cosas otra vez en sus sitios.
* * *
De todos los habitantes de Puerto Viejo, hombres silenciosos y mujeres angustiadas, sin duda el más pintoresco era el tío Antón, que estaba muy orgulloso de ser el último atalayero de ballenas de toda Comarca, y del que la gente decía que había quedado medio tonto de tanto atisbar los reflejos de la mar, aunque otros te juraban que ya había nacido así, con el espíritu siempre una migaja más rezagado que el resto del cuerpo.
Era el único de todos los hombres del pueblo que no salía todos los días a pescar, lo que para los niños era algo tan extraño que no podíamos evitar tenerle un poco de temor, como si fuere uno de esos hombres del interior que, según decían, viven como si fueran gusanos dentro de la tierra, recogiendo los frutos que guarda en su vientre.
El tío Antón tenía la cara quemada por el aire, los rasgos desaparecidos como si sólo importaran sus ojos, enanos y concentrados en sí mismos, semejando no tener fondo, y rodeados por un montón de arrugas. Parecía que no veía bien de cerca, siempre con los párpados medio cerrados, pero nadie mejor que él para descubrir la más pequeña alteración entre las olas.
Algunos pescadores no lo tenían en mucha estima, y los más supersticiosos susurraban que, aún siendo inofensivo, les traía mala suerte para la pesca, pues los peces no se querían acercar a la costa sabiendo que alguien estaba vigilándolos.
* * *
Mi padre decía que todo aquello eran bobadas de viejas, así que, algunas veces, lo invitaba a tomar una copa en la taberna al lado del fuego, algo que también solía hacer el Veriñán, y entonces todo el mundo lo trataba con amabilidad, como si el sentarse entre ellos convidado por dos de los mejores patrones del pueblo lo convirtiere por un tiempo en digno de respeto.
El tío Antón siempre callaba, sus manos aferradas al pocillo de café, como si en él encontrare la fuerza necesaria para estar entre tanta gente, hasta que alguien le sacaba el tema de las ballenas, y entonces se vanagloriaba y le brotaba la voz como un chorro del cuerpo sin que nada lo pudiera detener.
Algunas veces, incluso se adueñaba del arpón viejo que adornaba la chimenea y nos describía con grandes aspavientos cómo se golpeaba y sobre qué partes del cuerpo era mejor hacerlo.
A mi me gustaba mucho escuchar sus historias sobre legendarias persecuciones de ballenas blancas y me hacía gracia ver su pequeña cara tan concentrada al afirmar que, en breve, iba aparecer alguna en el horizonte y que todos los marineros saldrían a por ella bajo su mando, porque era el que más sabía de ello.
Y el corro de gente asentía con una sonrisa en los labios, y decían que sí, sus miradas perdidas en el fondo de los vasos o en la faena del día siguiente, mientras la del tío Antón se perdía dentro de sí, viviendo ya la incansable persecución de la pieza y el triunfante retorno al pueblo repleto de gente.
* * *
La pesca de ballenas había caído en el olvido.
Hacía más de treinta años que en Puerto Viejo se había pescado la última, y ya entonces los más viejos tuvieron que recordar cómo las tajaban sus padres, porque hacía muchos años que no se pescaba ninguna. Se las arreglaron como pudieron para repartirla según la tradición, aunque pocos quisieron comer de su carne, y muchas de las casas más viejas todavía guardaban parte de aquella grasa para alumbrar, sin decidirse nunca a usarlo, no se muy bien porqué porque la nuestra lo hacía en alguna ocasión y su luz era buena y apenas olía.
Así que todos asentían cuando el tío Antón hablaba de ir a pescar ballenas, y le coreaban aquellas expediciones fantásticas que ya vivía en su imaginación, pensando que si llegaba el caso ya encontrarían la manera de quitárselo de encima.
Tener sueños nunca había matado a nadie, comentaban siempre los más viejos.
* * *
Hasta que un día, teniendo yo apenas diez inviernos, una ballena solitaria se acercó tanto a Puerto Viejo que parecía un desafío por su parte.
Recuerdo que ese día, antes de oscurecer, nuestra casa se puso un poco nerviosa, como en vísperas de tormenta, aunque en el cielo no viere ni una sola nube, así que salimos a la calle, mi madre y yo, y vimos la gran hoguera encendida en la atalaya, y la figura alborotada del tío Antón manteando el humo para que se viera bien desde todo el pueblo.
Lo vimos todos, pero nadie le hizo caso.
Varias veces al cabo del año, el tío Antón nos avisaba de la aparición de alguna ballena que nadie más veía, así que no le prestaron más atención que alguna sonrisa condescendiente por parte de las mujeres y de los viejos cuando bajó la cuesta de la atalaya gritando que había una ballena y que todos se tenían que echar a la mar para cazarla.
Los hombres estaban muy cansados, acababan de terminar la jornada e intentaban agotar la tarde en la taberna, así que acogieron al alborotado Antón con risas y bromas, sin hacerle caso, hasta que el Veriñán entró diciendo que, subiendo la rambla del muelle, se veía sobre la piel del mar un pez enorme que podía ser una ballena.
Los hombres salieron de la taberna en silencio, sin recordar las carreras y los gritos que quizá se producían cien años atrás por llegar antes que la gente de los otros pueblos. Sólo al llegar al muelle les chispearon los ojos ante la visión. Aunque ya empezaba a caer la noche, la ballena era perfectamente visible en la distancia, desplazándose despacio hacia el este.
Todo el mundo guardó silencio mirando con temor reverencial aquella figura que había adornado tantas historias de naufragios y luchas heroicas por parte de sus antepasados.
Fue mi padre el primero en decir que al amanecer se haría a la mar para intentar arponearla y que, si algún otro lo quería seguir, iba a ser bienvenido. El Veriñán lo apoyó y al momento se convirtió en un proyecto de todo el pueblo.
* * *
Recuerdo que a mi madre no le hizo ninguna gracia, pero mi padre le dijo que era algo que había hecho su abuelo, y que él también quería hacerlo, quizá como homenaje a todas las historias que le había contado cuando era un niño en sus rodillas, o quizá porque se quería probar a sí mismo.
Y mientras decía eso limpiaba el gran arpón que perteneciera a su abuelo con los ojos brillantes como nunca se los habíamos visto, así que mi madre terminó tragando sus lágrimas.
Yo le pedí que me dejare embarcar con él, pero se negó diciendo que podría ser peligroso. Para consolarme me prometió una de las costillas.
Mi madre se pasó toda la noche en vela, sentada en la playa escuchando los secretos que las olas arrojaban sobre la arena y que sólo sus oídos podían entender, pero nunca llegó a decirme lo que la mar depositó sobre su regazo aquella noche.
* * *
Con el amanecer todo el pueblo estaba ya en el muelle, las caras tensas de los hombres mezcladas con las caras angustiadas de las mujeres entre un viento desapacible y frío. No se celebró la salida de las barcas, como se hacía otras veces, quizá porque esperaban festejar un regreso triunfal.
Recuerdo perfectamente a mi padre de pie, en la proa de la Miralejos, sujetando con fuerza el arpón que había pertenecido a mi bisabuelo, y a su lado el tío Antón, temblando por el pánico que le tenía a la mar, pero decidido a cobrar aquella pieza.
La mar estaba revuelta y tuvieron que remar mucho entre el oleaje con el que se lo demostraba. Cuando algunos ya querían volver a casa, encontraron la ballena.
Fue una catástrofe.
Lo que pasó en realidad quizá no se llegue a saber nunca, porque todo ocurrió tan rápido que cada uno de los que lo vieron parece que tiene una visión distinta, como si todo hubiese sucedido sólo en sus mentes, pero se comentaba que la lancha de mi padre se había adelantado a las demás, y que fue él el que lanzó su arpón sobre el lomo de la ballena.
Después unos afirmaban que al sentirse herida se había sumergido arrastrando a mi padre con el cordel enganchado en la pierna, tirándose detrás el tío Antón como para intentar salvarlo, mientras que otros decían que éste no sabía nadar y que había sido él quien se enredara con la cuerda y mi padre el que se tiró detrás para ayudarlo.
Todavía se discute, en las conversaciones que algunas tardes crecen alrededor de la chimenea de la taberna, cómo ocurrió todo.
* * *
El cadáver del tío Antón, con una sonrisa en los labios, apareció a las pocas horas arrastrado por la corriente, pero del cuerpo de mi padre no se encontró ningún rastro.
Cuando la noticia llegó al pueblo, mi madre se desmayó sobre las piedras del muelle y tuvieron que meterla en casa unas vecinas. No despertó. Su fiebre era altísima y cada poco le arrojaban calderos enteros de agua de mar para bajársela.
Recuerdo que toqué su frente y su sudor pegajoso me recordó el tacto del pescado enfermo, pero después me separaron de allí. Estuvo entre la vida y la muerte varias horas, en las que no me dejaron verla, mientras las barcas volvían una tras otra al puerto sin traer ninguna noticia sobre el cuerpo de mi padre. Finalmente cayó en un sueño profundo que le duró dos días, mientras las barcas seguían rastreando sin resultado la piel de la mar, y los vecinos murmuraban que la tumba de mi padre parecía destinada a tener una lápida sin cuerpo, como las de tantos otros que la mar reclamaba para sí.
Cuando mi madre despertó, me dijeron que iba a partir para buscar a mi padre y que me quería decir unas palabras, pero cuando me llevaron ante ella, su rostro deformado me contempló sin expresión, la garganta demasiado inflamada para poder hablar. Lo único que hizo fue apretarme con fuerza la mano, enana entre las suyas, unidos sus dedos por una membrana traslúcida que le había brotado con la fiebre.
Después entraron en el cuarto Andrés el Viejo y el Veriñán, la envolvieron en las sábanas empapadas y la bajaron serios por las escaleras, seguidos por los lamentos de las vecinas y por mi llanto.
En el muelle ya se había congregado todo el pueblo, silenciosos y hoscos como cuando la salida de las barcas. La llevaron hasta el espigón viejo y la dejaron caer al agua.
Fue un grito que cayó a plomo en la mar, y después sólo una estela plateada que subió brevemente para hacerse un círculo de espuma.
Me quedé contemplando la mar hasta que la mujer del Veriñán me metió en su casa, cuando ya era casi noche y en el muelle no quedaba nadie.
El cadáver de mi padre, hinchado y deforme, devorados sus ojos por los peces, apareció al día siguiente sobre una cama de algas en la playa, sus cabellos peinados como si alguien quisiere poner orden en sus facciones.
Tenía una nota escrita sobre el pecho, pero el agua de la mar había borrado la tinta y nadie puedo nunca leer ninguna de sus palabras.
* * *
Algunos atardeceres me siento sobre la arena, mi respiración hecha una con la de la mar, y escucho en silencio las voces que se esconden entre el vaivén de las olas.
Nunca me hablan de mi madre.
Reproducido con permiso del autor





Octubre 5th, 2009 at 16:41
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