-¡Malditos cobardes! -repite Ramón Franco por enésima vez-. No hay cojones, Pablo, lo que pasa en este país es que ya no hay cojones. ¡Joder!

Es la madrugada del día 15 de diciembre de 1930. El viejo automóvil de Pablo Rada corre por las calles de Madrid y suena exactamente como una lata rodando barranco abajo. Pablo, que es quien conduce, mira por el retrovisor a Ramón y no dice nada. Bastante tiene él ya con lo suyo como para ir dándole la réplica. Y bastante conoce a Ramón para comprender que cuando se pone así de exaltado lo mejor es guardar silencio y esperar a que amaine la tormenta. Gira el volante a la derecha y se dirige hacia la salida sur de la ciudad.

Ramón Franco sigue rezongando en la parte de atrás. Va sentado al lado del excomandante Alfonso Reyes, con quien había protagonizado una rocambolesca fuga de las Prisiones Militares un mes atrás. Ramón lleva el pelo muy corto y barba de varios días; sus ojos verdes, lo único intenso en un rostro de rasgos blandos, llameantes de ira.

-Malditos paisanos -dice en un tono más bajo, cansino, como si aceptara al fin la inevitable imperfección del mundo que lo rodea.

Pablo Rada sonríe para sí. Ese es justo el tono que indica que la tormenta empieza a remitir. Anda que no conoce bien a aquel hombrecillo de apenas un metro sesenta, pero con más cojones que el caballo de Espartero. Había sido su copiloto y su amigo en todas y cada una de las aventuras que había emprendido. Juntos habían cruzado el Atlántico a bordo del Plus Ultra, y juntos andaban ahora metidos en esta locura aun más desquiciada. Ramón Franco y Pablo Rada, como don Quijote y Sancho. Pablo es casi tan bajo de estatura como Ramón (lo que había decidido su inclusión en el histórico raid del Plus Ultra; no sólo porque su poco peso era una ventaja en un vuelo de esas características, sino porque a Ramón no le gusta salir en las fotos al lado de gente alta), es delgado, moreno, vivaracho, con esa pinta chulesca que adoptan algunos hombres pequeños. Gira de nuevo el volante y se encamina por la calle Alberto Aguilera. Gruñe algo y se sacude al hermano de Reyes que está en el asiento de al lado. Este tiene una pierna de madera que no puede doblar, lo que le obliga a ir recostado contra el hombro de Pablo.

El motor del Renault tose, traquetea un par de veces y se detiene. El coche se desliza unos metros en absoluto silencio hasta que el conductor pisa el freno.

-¿Y ahora qué coño pasa, Pablo? -pregunta Ramón desde atrás.

Rada tira del freno de mano. Da unos golpecitos con sus nudillos en el panel indicador del salpicadero y se vuelve hacia Franco.

-Me parece que nos hemos quedado sin gasolina, mi comandante.

-¿Qué?

La exclamación ha partido a la vez de Ramón y de los hermanos Reyes.

-No me jodas, Pablo -añade Ramón-. ¿Vamos a dar un golpe de estado y se te olvida llenar el depósito de gasolina? Coño, ¡si ni siquiera hemos llegado a salir de Madrid!

-Lo siento, mi comandante -dice Rada apesadumbrado-, lo llené hace un par de días. Pensé que… Debe tener una fuga, no hay otra explicación.

-Joder, joder, joder -exclama Alfonso Reyes, que parece a punto de empezar a tirarse de los pelos-. ¿Podéis explicarme qué clase de chapuza es esta? Hidalgo y Queipo de Llano se han tenido que ir en taxi porque no había coches para todos, los paisanos que nos iban a dar apoyo nos dejan en la estacada, vosotros os olvidáis de echarle gasolina al auto. ¿Es que de verdad algo puede ir aun peor?

Ramón mira con desprecio al excomandante y está a punto de echarle a la cara que si estaba en Prisiones era por estafador y no por idealista como él, y que le había hecho un gran favor al permitirle unirse a su revolución. Pero de momento prefiere callarse y decir:

-Bueno, bajemos y veamos qué es lo que pasa realmente.

Esa madrugada hace un frío que pela. Todos aguardan dando saltitos alrededor de Pablo Rada mientras este abre el tapón del depósito y sacude un poco el automóvil.

-Está vacío, mi comandante -dice exhalando una nube de vaho.

-Joder, Pablo, esto es muy decepcionante. Tenemos que estar en Cuatro Vientos antes de las seis de la mañana o la revolución fracasará.

-O la harán sin vosotros -añade el hermano de Reyes con sorna, mientras se golpea los brazos contra el pecho para entrar en calor.

-Lo siento, mi comandante. -Pablo Rada abre el capó y saca una lata vacía-. Iré a buscar gasolina. No tardaré.

-Usted -Ramón Franco señala al hermano del excomandante. No recuerda su nombre-. Acompáñelo.

Y así, el copiloto de Franco se marcha calle abajo con una lata en la mano y un tullido que cojea tras él intentando darle alcance.

-¿Y qué hacemos nosotros? -pregunta Alfonso Reyes-. No podemos quedarnos aquí en medio.

-¿Por qué?

Alfonso abre un poco su gabán para mostrarle un atisbo de lo que lleva oculto bajo él: pistolas, granadas, incluso un cuchillo de monte. Ramón Franco transporta un arsenal parecido bajo su propio abrigo.

-No podemos arriesgarnos a que aparezca una patrulla y pretenda cachearnos.

-Pues les metemos dos tiros y a otra cosa.

-Ramón, ¡joder! ¡Ya está bien de tocarme los cojones, hombre!

-De acuerdo, de acuerdo. Nos ocultaremos en ese portal.

Allí, apretados en la penumbra, pasan los minutos en silencio, sin otra cosa que hacer que mirar el coche parado en medio de la calzada. Franco enciende un trozo de puro y da una larga calada. La luz del patio se enciende tras ellos y un hombre baja por las escaleras. Abre la puerta y los mira con desconfianza mientras pasa a su lado.

-Buenas noches -dice.

-Buenas -le responden Franco y Reyes.

El hombre se envuelve en una bufanda y aprieta el paso para alejarse de ellos.

-¿Qué hora es? -pregunta el excomandante.

Ramón levanta su brazo para que la luz del patio ilumine su reloj de pulsera.

-Las cinco.

-Ya llegamos tarde.

-No. Mira… ahí están de vuelta.

Todos ocupan su sitio en el automóvil mientras Pablo Rada vacía la lata en el depósito. Después se sienta frente al volante.

-Anda que si nos llega a pasar esto en el Plus Ultra… -intenta bromear-, eh comandante, menuda la hubiéramos liado entonces…

Pero nadie le sigue la gracia, así que Pablo se encoge de hombros y acciona el arranque. Con gran alivio de todos, el motor empieza a ronronear y reemprenden la marcha. Sin más problemas, salen de Madrid y toman la carretera hasta Cuatro Vientos.

Cuando al fin llegan a la base aérea, comprueban que las cosas van más o menos bien. No ha habido ninguna resistencia por parte de la tropa allí acuartelada. Queipo de Llano, perfectamente ataviado con su uniforme y su fajín de general, ha despertado al oficial de guardia (que en aquellos momentos dormía tranquilamente) y le ha informado de la situación. Sólo por precaución, los veinte oficiales que pernoctaban en la base han sido encerrados en el Pabellón.

-Quiero hablar con ellos -dice Ramón-. Y también con la tropa…

-No sé si ahora es eso prudente -le replica Queipo de Llano; alto, elegante, con modales aristocráticos.

-Me da igual -dice Ramón-. La Revolución no puede triunfar si no contamos con los de abajo.

-Tú mismo. Pero te aconsejo que te dirijas primero a la tropa. Desde lo de tu fuga de Prisiones Militares, tu prestigio entre los oficiales no está en su mejor momento.

Ramón gruñe alguna insolencia pero decide seguir el consejo del general. Ordena a los cuarteleros que despierten a la tropa y se presenta en su barracón. Durante un momento observa en silencio a aquel puñado de hombres que lo miran atónitos, con los ojos aun legañosos y sin alcanzar a comprender qué está pasando allí, pero todos lo han reconocido y guardan un silencio de respeto y algo de temor. Ramón es el militar más famoso de España, el más vehemente y atrevido, y ahora está frente a ellos. Esa fría madrugada de diciembre no puede traer un día normal.

Franco empieza a hablar:

-Amigos míos, compañeros de armas, la nueva España que todos deseamos ha de ser republicana. No hay otra opción, la República es el ideal de los hombres de nuestro tiempo. Todas las sociedades modernas se rigen ya por un sistema republicano, y ya ha llegado la hora de que España se incorpore a esa realidad. Esa nueva España va a nacer aquí, justo aquí, en la base aérea de Cuatro Vientos, y a vosotros os va a quedar el orgullo, que algún día contaréis a vuestros hijos y a vuestros nietos, de que estuvisteis presentes en el momento preciso de su alumbramiento, y de que participasteis en él con vuestro esfuerzo, valor y patriotismo. Camaradas, ¡viva la República!

-¡Viva la República! ¡Viva Franco! -responde la tropa al unísono.

Ramón abandona el barracón, satisfecho y pagado de sí mismo, mientras las voces de los soldados siguen coreando su nombre: «¡Franco, Franco, Franco!» Con paso firme y se dirige al puesto de mando.

Allí se encuentra con el comandante Roa y el capitán La Roquette, los dos únicos oficiales que pernoctaban en la base que se habían unido a los sublevados. En uno de los despachos, los dos andan trajinando con una monotipia bastante antigua.

-¿Qué sucede? -les pregunta Ramón Franco.

-Estamos preparando unos manifiestos nuevos -dice Roa.

-¿Qué ha pasado con los que ya estaban impresos?

-Se han perdido.

-¿Perdido?

-El teniente Moreno los guardaba en su piso de Madrid. Pero fue detenido hace un par de días y nadie tiene llaves de su casa. Vamos, que se han perdido.

Ramón toma el manifiesto y lee:

«¡Españoles! Se ha proclamado la República. Hemos padecido muchos años de tiranía y hoy ha sonado la hora de la libertad. ¡Viva la República Española!»

-Demasiado conciso, ¿no? -dice.

-Es que no se nos ocurre nada más que decir… -responde Roa.

Ramón toma un lápiz del escritorio y garrapatea sobre el manifiesto:

«Y los defensores del régimen caduco, que salgan a la calle, que en ella los bombardearemos.»

-Añadidle esto -dice dejando el lápiz donde estaba-, y que se enteren los putos monárquicos de que esta vez vamos en serio.

* * *

A las seis de la mañana, dos aviones despegan de Cuatro Vientos. En sus costados los distintivos monárquicos han sido apresuradamente sustituidos por la bandera tricolor de la República. Hidalgo de Cisneros y Álvarez Buylla los pilotan.

Vuelan rasantes sobre Madrid, lanzando manifiestos y paquetes de octavillas sobre la Puerta del Sol, Atocha, Cibeles y la Plaza de Oriente. Pero apenas hay transeúntes en las calles. Sólo los barrenderos y encargados de la limpieza que hacen montones con los papeles que caen del cielo y los van arrojando a la basura.

Antes de seguir desperdiciando el escaso material impreso, Hidalgo decide regresar a Cuatro Vientos y darle tiempo a la ciudad para que despertar de una vez y que la gente comience con su jornada habitual.

* * *

A las siete menos cuarto de la mañana, un asistente despierta a Emilio Mola, el director general de seguridad. Va acompañado del radiotelegrafista de servicio.

-¿Qué sucede? -pregunta Mola mientras anuda el cinturón de su batín.

-Verá, mi general… yo… -el muchacho parece muy nervioso.

-Tranquilo, hijo. Dígame qué está pasando.

-Mi general, como cada mañana he solicitado el parte meteorológico a las bases militares… Y esto es lo que me han contestado de Cuatro Vientos…

Lleva un papel pautado en la mano. Se lo tiende a Mola y este lee:

«Hoy no hay parte porque tenemos asuntos más importantes que atender. Así que a tomar por culo.»

* * *

A las siete y media de la mañana llegan los autobuses cargados con el personal civil de Cuatro Vientos. Se produce entonces una situación de total desconcierto en la entrada de la base aérea, pues los cabecillas del golpe se habían olvidado de ellos y los guardias apostados frente a las puertas no tienen instrucciones al respecto y no saben qué hacer. Escribientes, administrativos, incluso un grupo de militares con pase pernocta, se amontonan alrededor de los autobuses parados, gritando y pidiendo explicaciones a los guardias sobre lo que está pasando allí. Para empeorar las cosas llega un taxi con dos chicas que habían sido invitadas el día anterior, por dos jóvenes oficiales de la base, «a dar una vueltecita en uno de los aeroplanos». Las dos parecen muy disgustadas por el cambio de planes y exigen a los guardias que las dejen pasar para hablar con sus novios.

Hidalgo de Cisneros toma tierra después de un segundo vuelo de reconocimiento. Al pie de su avión, se vuelve hacia la entrada de la base, asombrado por el inconcebible griterío que le llega desde allí.

Ramón Franco se acerca a él, cruzando la pista de asfalto con grandes zancadas.

-Hidalgo, ¿cómo va la Revolución? -pregunta.

-¿Qué son esos gritos? -quiere saber a su vez el piloto. Como Queipo de Llano, Hidalgo tiene un porte claramente aristocrático, es también muy alto y luce un bigotito a lo Errol Flynn. Al lado de sus compañeros golpistas, Ramón Franco resulta cómico y un poco patético con sus piernas cortas, su abultada tripa y su actitud chulesca.

Franco estira su cuerpo todo lo que puede y agita una mano frente a Hidalgo para quitarle importancia al asunto.

-Nada, nada -dice-, que algún imbécil se olvidó del personal civil. Dime, ¿cómo andan las cosas en Madrid?

-Tranquilas, Ramón. Demasiado tranquilas.

Franco enrojece un poco.

-¿Qué quieres decir con eso, Hidalgo? ¿La población no está reaccionando?

-Si está reaccionando de algún modo es con una formidable tranquilidad. Te aseguro que la huelga general no se ve por ningún lado. Se diría que es un día normal y que nadie se ha enterado aun del golpe de estado.

-Eso no puede ser.

-Mira, Ramón, justo antes de regresar, di una pasada a baja altura sobre el Hotel Palace, y vi como un transeúnte consultaba la cartelera del teatro. No me parece el tipo de cosas que la gente hace en medio de una sublevación. ¿No crees?

-¡Joder!

Rojo de ira, Ramón Franco se da media vuelta y se dirige lanzando chispas hacia uno de los hangares. Pablo Rada anda por allí, haraganeando un poco, y Ramón le hace una enérgica seña para que le siga.

-¿Qué pasa, comandante? -pregunta Rada cuando se sitúa a su altura.

-Pasa que si quieres un trabajo bien hecho, lo tienes que hacerlo tú mismo. Eso es lo que pasa.

-Pero…

Tirando de una cuerda, Ramón abre las puertas de chapa metálica del hangar y descubre el pequeño bombardero bimotor que está resguardado en su interior. Señala a Rada el teléfono que cuelga de una de las paredes.

-Llama al polvorín y que traigan un par de cestas de bombas medianas.

Rada, sin dejar de mirar temeroso a su jefe, se acerca al teléfono y lo descuelga.

-¿Puedo preguntarle para qué, comandante?

-Vamos a sobrevolar el Palacio Peal.

-¿Dice sobrevolar el Palacio Real?

-Y lo vamos a reventar a bombazos, con todo y su majestad don Alfonso XIII de Borbón en su interior. Tú y yo. ¿Qué te parece la idea, Pablo?

-Pero comandante…

-Joder, Pablo, ahora sí que ha llegado el momento de echarle cojones al asunto. O le echamos cojones o esto se nos va de las manos. ¿Estás o no estás conmigo?

-Siempre a su lado, comandante. Ya lo sabe.

-Pues haz esa llamada, compañero, y que nos carguen el avión de bombas.

Rada traga saliva y hace girar la manivela del teléfono.

* * *

Pablo Rada va delante y Franco pilota desde el asiento de detrás. Los dos están en absoluto silencio, pero Rada no puede quitarse de la cabeza aquella absurda coplilla:

Franco lleva el volante.
Al compás de los motores,
Rada la jota cantaba…

Sobrevuelan tranquilamente  el valle del Manzanares, con el tole tole del motor como único fondo sonoro que compite con la música en al cabeza de Rada. De repente, sobre la verde alfombra de los jardines del Campo del Moro, emerge, sólida, la fachada oeste del Palacio Real. El verde de los árboles y el azul intenso del cielo en aquella fría mañana, siluetean ya los pálidos muros de granito del palacio.

Ambos han hecho en silencio todo el trayecto y ni siquiera entonces, con su objetivo a la vista, parecen tener ánimos de decir nada.

El sol aun está muy bajo en el cielo y envía casi horizontalmente unos rayos anaranjados que crean un interesante efecto al manchar la piedra blanca del flanco oriental del Palacio. Casi se diría, piensa Ramón, que ha empezado a arder ya.

-Prepárate -dice al fin Ramón Franco.

Pablo Rada utiliza un tubo que atraviesa el suelo de la carlinga y es, a la vez, visor y lanzabombas. La inclinación de aquel artilugio es graduable, según la velocidad y la altura de vuelo. Rada lo ajusta con cuidado haciendo girar una manivela.

«Un edificio para la eternidad», escribió alguien en una de los muros del palacio. Construido con las piedras eternas de la Sierra de Guadarrama para permanecer para siempre como símbolo indestructible de la monarquía española.

Bien, pensó Franco, veremos qué tal aguanta un bombardeo.

Las bombas están recogidas en un cesto que Rada tiene a su derecha. Ya puede ver su objetivo a través del tubo. Coge la primera con una mano y la coloca en la posición de lanzamiento. Sólo tiene que soltarla y la bomba se deslizará a través del tubo e irá a caer directamente sobre la cúpula del Palacio Real.

-Preparado -dice Rada con voz temblorosa-. Cuando usted ordene, comandante.

Ramón cruza sobre la cúpula, deja atrás la fachada sur, y empieza a trazar una amplia curva sobre el gran cuadrado abierto de la Plaza de la Armería.

-¿Mi comandante?

-Espera, Pablo. Espera. Voy a dar otra pasada.

La bomba pesa cada vez más en la mano de Rada y el borde del tubo de lanzamiento se le está clavando en la muñeca. Se la cambia de mano. La adrenalina fluye tan abundante por la sangre de Rada que nota a su corazón latirle en las sienes y sus sentidos están tan acelerados que parece que todo sucede a cámara lenta. El avión se inclina y traza una trayectoria curva que le parece desesperadamente lenta. Se lame el labio superior que está húmedo de sudor y mocos. Lo único que espera oír es la orden de Ramón para soltar de una puta vez la bomba de los cojones, pero Ramón sigue en silencio.

A Ramón Franco le gusta adoptar esa pose impenetrable cuando las cosas se ponen jodidas. Así hizo una y otra vez durante el Raid del Plus Ultra, y vaya que en aquel viaje no le faltaron las ocasiones…

Que extraño es esto, piensa Pablo Rada, aquí estamos los dos, juntos otra vez en una aventura aérea. Y ahí abajo está su majestad don Alfonso XIII de Borbón, que tan buena recepción nos hizo a nuestro regreso a España… Y yo le voy a soltar un bombazo en el tejado de su casa, bueno, palacio…  Hay que joderse, lo que pueden cambiar las cosas en cuatro años… Pero… ¿qué coño…? ¿Damos otra vuelta?

-Mi comandante…

-Ya lo sé. Ya lo sé, Pablo -grita Ramón-. ¡Tranquilízate hombre!

-Pero…

-He visto a dos niños jugando ahí abajo.

-¿Dos niños? ¿Dónde?

-En la Plaza de la Armería.

-¿Dos niños jugando a estas horas?

-¡Los he visto, joder!

Pablo se vuelve a cambiar de mano la bomba. Y se inclina un poco para mirar hacia fuera.

-Yo no veo ningún niño, mi comandante.

-¡Cállate, Pablo! La República no puede nacer con las manos manchadas de sangre inocente.

-No, pero…

-¡Silencio!

Ramón Franco cierra los ojos con fuerza, hasta que casi le duelen los párpados. Se siente en medio de un torbellino, azotado por fuerzas que no puede ni comprender. Ha visto a esos niños, ¡claro que los ha visto! Y también como el cielo se cubría de nubes en un instante para aparecer otra vez claro y despejado al instante siguiente. Siente la boca tan seca que le parece que ha estado desayunando arena y se ha tomado doble ración. ¿Es esto miedo? Joder, ¿es esto miedo?

¿Qué me está pasando? ¿Qué me está pasando? ¿Qué me está pasando?

Abre los ojos. El cielo luce de nuevo azul sobre ellos. Mira abajo y no ve a ningún niño. Sea lo que sea, pánico o un momento de enajenación, ya pasó. Se lo guarda para él y se vuelve hacia Rada para que pueda oírle bien claro:

-Lárgala ya, Pablo -ordena.

* * *

Ramón abre los ojos y se queda un rato tumbado boca arriba, en la cama, con los ojos muy abiertos y fijos en la oscuridad, intentando recordar lo que ha soñado. Es imposible; como un espectro que huye cuando intenta tocarlo, el contenido del sueño se difumina en su mente. Pero su corazón sigue palpitando a toda velocidad, aun alterado por esas imágenes que no consigue recordar. Carmenchu respira suavemente a su lado, vuelta de espaldas a él, durmiendo con la misma placidez con la que hace todo.

Ramón se levanta sin despertar a su mujer, mete los pies en unas zapatillas y se cubre con un batín de seda granate. Sale de la habitación que está situada en una de las alas del Palacio de Oriente. Tiene que caminar por un largo pasillo para llegar a un saloncito exquisitamente decorado. Un reloj de pie del siglo XVIII marca las cinco y diez. Se sienta en el amplio sofá de cuero negro y coge el libro firmado por Francisco Franco que está en la mesita de café situada junto al sofá. Lo ojea durante un momento en silencio. Pasa cada vez más furiosamente las páginas que ha ido marcando con papelitos y, finalmente, cierra el libro y lo arroja contra la pared de enfrente. El golpe suena como un pistoletazo en mitad de la noche. Nervioso, Ramón se pone en pie y pulsa el timbre para llamar a su asistente. Luego camina hasta donde el libro ha caído y lo recoge. Buena edición; no ha sufrido apenas daños. El asistente se presenta al cabo de un par de minutos con el pelo revuelto y los ojos legañosos, pero perfectamente vestido.

-Te he despertado, Carlos -dice Ramón señalando lo evidente.

-Está bien, señor presidente -dice-. ¿Necesita algo?

-Sí, un café muy cargado.

-Enseguida, señor presidente…

-Carlos…

-¿Sí, señor presidente?

-¿A qué hora está previsto que llegue mi hermano?

-A las ocho en punto.

-Entonces ten por seguro de que llegará a las ocho en punto. Yo iré dentro de un momento a mi despacho, estaré allí trabajando hasta que llegue. Lo recibiré allí…

-Sí, señor presidente.

-Lo recibiré a las nueve menos cuarto. Que espere aquí hasta ese momento.

-Como usted diga, señor presidente.

Ramón se toma el café en el sofá mientras sigue ojeando el libro de Francisco, ahora con más tranquilidad. A las seis de la mañana se dirige al despacho y se lleva el libro con él, se sienta detrás de la impresionante mesa de roble que preside la sala, y deja el libro a un lado. Durante dos horas y tres cuartos trabaja en los papeles que siempre se amontonan en la bandeja del escritorio.

A la hora acordada, el asistente le anuncia que va a hacer pasar a don Francisco Franco Bahamonde. Ramón se yergue en su silla y estira una arruga en la manga de su batín de seda. Coge el libro de Francisco y durante un momento parece que no sabe qué va a hacer con él. En el último momento, abre un cajón de la mesa y lo tira dentro. Su hermano ya está entrando en el despacho. Ramón observa que lleva una cajita de madera bajo el brazo. Se le ocurre que es lo bastante grande como para transportar una pistola. Claro, que su hermano nunca… Y, además, está seguro de que los guardias de la entrada al Palacio ya lo habrán registrado convenientemente.

-Ah, hola Paco -dice Ramón-. Perdóname por haberte hecho esperar, pero es que llevo unos días de locura con tanto papeleo…

Francisco Franco viste un sobrio traje gris, Mira de un  lado a otro sin mover la cabeza, el rostro inexpresivo, serio y pulcro, la antítesis perfecta de su hermano Ramón.

Sin esperar la invitación, Francisco acerca una silla estilo Luis XVI y toma asiento frente a la suntuosa mesa de escritorio. Con una expresión de disgusto en su rostro, observa durante un instante a Ramón y a lo que le rodea. Su hermano lo ha recibido vestido sólo una bata arrugada, con barba de tres días y el pelo revuelto con el que se ha levantado de la cama. Es evidente que hoy no se ha duchado, y que no lo ha hecho en, al menos, un par de días. Sonríe, pero Francisco sabe leer perfectamente la ira que se oculta detrás de esa sonrisa. Sobre el escritorio, a la derecha de Ramón, hay una montaña de papeles y la banderita tricolor de la República. En la izquierda hay tres fotos con marco de plata: una de ellas es un primer plano de Carmen Díaz y en la otra aparece Ramón dándole un abrazo a un sonriente Pepe Stalin.

Pero la que más le sorprende es la tercera: en ella se ve a un joven y orgulloso segundo teniente de infantería, ataviado con el vistoso traje de gala blanco del Regimiento de África. El joven aparece relajado y sonriente, y sujeta un sable reglamentario en la mano como si se tratase de un bastón. Unas letras escritas a mano, con una perfecta y minuciosa caligrafía dicen:

«Te felicito cariñosamente en el día de tu santo. Tu hermano que te quiere». Y está firmado más abajo: «Paco».

Francisco Franco recuerda el día en el que se tomó aquella foto, recuerda el momento en el que escribió la dedicatoria, sobre la misma mesa de campaña plegable que se ve al fondo de la imagen, pero no puede entender qué hace allí, ocupando un lugar privilegiado en el escritorio del Presidente de la República, su hermano, de quien tantas cosas le separan ahora.

-Me has llamado -dice lacónicamente al cabo de un instante, apartando la mirada de la foto, concentrándola en los ojos en los de su hermano.

-Sí.

-Bueno, pues aquí me tienes. ¿Qué es lo que quieres?

-Tú sabes perfectamente por qué estás aquí.

-No, no lo sé.

Ramón abre el cajón, saca el libro de él y lo arroja sobre la mesa, frente a Francisco. El título es: “El último vuelo de Ramón Franco”.

-Dime qué es esto, Paco. Joder, explícame qué coño es esto.

-Es un libro. Mi segundo libro publicado, para ser más precisos.

-¿Un libro? -Ramón parece al borde del colapso nervioso. Una vena late en su frente. Salta sobre la mesa y recupera el libro. Lo agita en el aire frente a Francisco-. ¡Esto no es un libro! Los libros deberían contar la verdad y esto es una sarta de mentiras de principio al fin…

Ramón pasa de nuevo las páginas con manotazos furioso. Se detiene un poco en las que ha ido señalando mientras sigue diciendo:

-Parece una biografía sobre mí, da fechas y datos como si fuesen reales, pero todo es falso… Por ejemplo, aquí: Rada y yo sobrevolamos el Palacio Real y, en el último momento decidimos no dejar caer las bombas porque hay dos niños jugando en Patio de la Armería. ¡A las ocho de la mañana! ¿No te parece ridículo, Paco? ¡Pero esas bombas sí cayeron, hermano. ¡Por Dios, eso todo el mundo lo sabe! Y, partir de ahí, todo lo que cuentas es un embuste tras otro… Que yo tengo que huir a Francia con los otros golpistas fracasados; que al final llega la República unos años después, pero entonces se produce una guerra civil; que yo, de una forma absurda por completo, me uno al levantamiento militar contra la República; que muero cuando me dispongo a bombardear Valencia y mi avión se estrella a medio camino… Dime, ¿qué coño es esto, Paco?

-Es una ucronía.

-¿Una… qué?

-Ucronía. El término fue acuñado por Charles Renouvier en el siglo XIX, y…

-¡Me toca los cojones el Charles Rinuacomosellame! ¡Joder, Paco!, ¿a qué coño estás jugando? ¿De verdad creías que iba a permitir que este libro saliera a la calle?

Con un gesto teatral, Ramón arroja el ejemplar a la papelera situada a un lado de la mesa. Francisco desvía la vista un instante hacia la papelera y luego vuelve a mirar a Ramón.

-Si no fueras mi hermano, ¿tienes idea de lo que te esperaría ahora por haber escrito esa sarta de mentiras sobre mí?

Francisco lo mira a los ojos y no dice nada. Los dos saben que lo que más ha enfurecido a Ramón no son las mentiras, sino las verdades que están mezcladas con ellas. Lo peor es que Francisco presenta a Ramón en su libro como un amargado, un ser mezquino que actúa no por patriotismo, sino por rencor contra Alfonso XIII y Primo de Ribera. Tras comprender que su gesta y la gloria que ha conseguido para la aviación española gracias del raid del Plus Ultra ha sido sólo un montaje propagandístico orquestado por la dictadura, vuelca todo su resentimiento contra el rey y el dictador. A su regreso a España, Ramón Franco se ve a sí mismo como un héroe legendario, alguien que está por encima de príncipes y generales, a los que no tiene ni que dar cuentas de sus acciones. Pero, para Primo de Rivera, era sólo un pelele más en sus manos. En el libro de Francisco, a Ramón no le interesan ni las ideas ni la política. Está dispuesto a cambiar de bando una y otra vez, sin escrúpulos, sin importarle nada ni nadie, obsesionado tan sólo con lograr un nuevo instante de gloria. Esa es su más íntima miseria, la que muy pocos conocen, expuesta ahora a los ojos de todos en aquel libro.

-He dado orden de que todos los ejemplares sean retirados del mercado. Haremos una buena pira con ellos. ¿Te parece bien, hermano?

Francisco se encoge de hombros y continua con su actitud impasible.

Ramón Franco se pasa una mano por el cabello y este gesto parece lo tranquiliza.

-¿Qué te ha pasado, hermano? -dice-. El general más joven de Europa, el héroe de Marruecos… ¿Quién lo diría ahora? El oficio de escribir no es para ti, hermano. No has luchado tantos años para ahora sentarte detrás de un escritorio y dedicarte a escribir estúpidos cuentos para gente ociosa. Le has dado la espalda a todo aquello por lo que has luchado tantos años. La República necesita militares como tú. Yo te necesito.

-Y yo me avergonzaría de seguir vistiendo el mismo uniforme que tú has deshonrado. Al menos puedo dormir tranquilo. ¿Puedes hacerlo tú, Ramón?

La ira asoma al rostro de Francisco, una emoción que hace que el parecido entre los dos hombres se acentúe. Ramón tiene la sensación de estar mirándose en un espejo extraño. De repente, se siente incómodo y se aparta un poco de su hermano.

-¿Pero qué dices, Paco? Tú odiabas al rey tanto como yo. Alfonso XIII fue el culpable del desastre de Annual. ¿Acaso lo has olvidado? La monarquía estaba podrida hasta la médula y tenía las manos manchadas con la sangre de tantos buenos españoles que perecieron en esas tierras desoladas. Lo sabes perfectamente. Tú mismo estuviste a punto de morir allí.

-Y tú decidiste entonces tomar las riendas del país -dice Francisco con una mirada de indiferencia. Frunce los labios en un gesto que demuestra que no le importa gran cosa la ambición de su hermano. Ramón lo mira divertido y dice:

-Así es. ¿Es tan malo eso? Mejor tu hermano que cualquier otro, ¿no?

-Y ya llevas diez años ejerciendo el poder absoluto. Seguro que mucha gente que te siguió en aquella mañana en Cuatro Vientos, se arrepintió pronto de su error. Aunque la mayoría ya no están entre los vivos, ¿verdad?

-Traidores. Una panda de hijos de puta vendidos a los monárquicos, como ese Sanjurjo amigo tuyo. Hermano, no tienes ni idea de lo que es esto. ¿No te has enterado de que hay guerra en Europa? Los agentes fascistas están intrigando en nuestras calles, ante nuestras mismísimas narices, para que en España haya un cambio de gobierno favorable a ellos. No, Paco, ahora no es un momento propicio para la democracia. Sería una irresponsabilidad por mi parte marcharme ahora. Me temo que debo seguir soportando este peso sobre mis hombros.

Francisco sonríe con amargura, apenas un espasmo en su rostro impávido. Señala la foto en la que Ramón aparece junto a Pepe Stalin y dice:

-Todos los que hemos servido con las fuerzas indígenas conocemos esa frase tan frecuente de los regulares para referirse a sus mandos españoles: “fulano no saber manera”, suelen decir, cuando les llega un capitán recién salido de la academia y no se entera de cómo son las cosas en Marruecos. Bueno, pues yo te digo que tú “no sabes manera”. No sabes lo que haces, hermano. Con tu bocaza y tus gestos inútiles de cara a la galería, nos estás arrastrando a una guerra contra alemanes e italianos…

Ramón alza una mano para interrumpir a su hermano.

-Eres tú quien no lo sabe. ¿De verdad te crees mejor que yo? Siempre has sido un pasivo, Paco, siempre has esperado que las cosas se solucionasen por sí mismas. ¿Es que no ves que España no puede permanecer al margen de lo que está sucediendo ahora en Europa? Yo nunca, en toda mi vida, le he dado la espalda a un problema.

-¿Aunque eso nos meta en un conflicto que puede destrozar nuestro país?

-Si ese es mi destino…

-¿Tú… destino?

Ramón se encoge de hombros, rodea el escritorio y vuelve a sentarse.

-Como quieras, Paco -sigue diciendo mientras se reclina en la silla-. Haz lo que te plazca, sigue escribiendo si eso es lo que deseas hacer, pero te digo una cosa, te advierto: no vuelvas a tocarme los cojones. ¿Me he explicado lo bastante claro? No vuelvas a tocarme los cojones, hermano, o te vas a enterar…

De repente, Ramón Franco echa la cabeza hacia atrás y suelta una larga risotada. Luego vuelve a mirar a su hermano y le señala la oreja.

-Esa cicatriz -dice-. Aún la llevas. ¿Te acuerdas de cómo te la hiciste?

Francisco contiene el gesto de llevarse la mano a la oreja y dice:

-Cuando éramos niños me arrancaste un buen pedazo, jugando.

-¡Te acuerdas! -Ramón ríe entre dientes-. Estupendo, hermano, porque así no olvidarás nunca que muerdo. Que si me tocan los cojones, muerdo… Oye, Paco, en serio, me gustó tu primer libro. Ese sobre las aventuras de un capitán de la legión… Era bueno de verdad. Divertido. Yo me lo leí de un tirón, y creo que te dio bastante dinero, ¿no? Se habla, incluso, de que se va a hacer una película… Es algo que he leído por ahí. Pues bien, acepta mi consejo y sigue por ese camino. Sigue contando las aventuras de ese españolito luchando contra los moros y deja a tu hermano tranquilo. ¿Me explico?

Francisco Franco vuelve a sonreír de forma breve y amarga.

-Es curioso -dice-. Precisamente de eso quería hablarte.

Ramón sacude la cabeza, desconcertado.

-¿Hablarme? ¿De qué?

-De mi próximo libro.

-¿Tú quieres hablarme de tu próximo libro? ¿A mí?

¿A qué viene esto?, se pregunta Ramón con desconfianza. Su hermano es la persona más reservada del mundo. No lo imagina compartiendo con él su futuro proyecto literario. Pero Francisco asiente y dice:

-Sí. Si te apetece escucharme.

-¡Que raro eres, hermano! -exclama Ramón sin poder contenerse.

Francisco ignora este comentario y coloca la caja de madera que ha traído consigo encima de la mesa. Con un golpecito, la empuja hacia Ramón.

-Échale un vistazo.

-¿Qué es? -pregunta Ramón con desconfianza.

-Abre la caja y me dices.

La caja medirá un palmo y medio de largo y un palmo de acho. Parece muy vieja, la madera está gris y agrietada. No tiene ningún adorno en su superficie, tan sólo las dos bisagras de latón y el pequeño pestillo que la mantiene cerrada.

Ramón la mira un rato antes de decirse. Descorre el pestillo y separa un poco la tapa con un siniestro chirrido de las bisagras. Se asoma al interior de la caja a través de la rendija y da un respingo a la vez que salta hacia atrás.

-¡Joder! ¿Qué coño es esto?

Al apartar la mano, la tapa ha terminado de abrirse y el contenido de la caja está ahora a la vista. Ramón se inclina un poco hacia delante y lo mira con una expresión de repugnancia en el rostro.

-¡Una mano cortada! -exclama.

Es una mano momificada. Reseca, con la piel pegada al hueso y de un color gris oscuro semejante al color de la madera de la caja que la contiene.

-Paco, ¿qué clase de broma macabra…?

-No es una broma, Ramón. Es algo que tiene mucho que ver con la historia que quiero contarte.

Desde luego que no es una broma, considera Ramón. Jamás ha conocido a nadie con un sentido del humor más inexistente que el de su hermano Francisco.

-¿Tu próxima novela va a tratar de la mano de un muerto? -pregunta.

Por entre las cortinas de lino blanco entran los rayos de sol dando un color amarillento a la tela y al suelo de parqué. Durante un momento, Francisco parece ensimismado en aquellos haces luminosos que serpentean por el suelo. Las sombras de las cortinas dibujan un paisaje ondulado sobre la superficie de madera pulida.

-Es la mano derecha de un fuqará… un derviche -dice sin dejar de mirar las falsas dunas-. Deja que te cuente…

* * *

Es el atardecer del 28 de junio de 1916. Un regimiento de regulares, ataviados con chilabas grises y fajas rojas, avanza resueltamente entre las chozas cuadradas de una cabila de Anyera situada cerca de la loma de las Trincheras. Caminan envueltos por el polvo en suspensión que el viento arrastra desde el interior de país. Las lonas de las jaimas semejan oscuras banderas ondeando pesadamente al paso de los guerreros. Los moros se asoman y los miran; unos les dirigen miradas recelosas y otros ríen a su paso como si fueran idiotas o locos. A lo lejos se oyen los tiros de los montañeses. Varios moros ancianos, con aspecto de mendigos, salen de entre las jaimas y extienden sus manos para recoger las monedas que les entregan los regulares, porque ni siquiera la guerra es pretexto para olvidar la obligación coránica de la caridad. El joven capitán Francisco Franco camina entre ellos y observa todo esto con atención. Piensa que en aquella tierra desolada se oculta extraños códigos de un profundo significado, para aquel que sepa descifrarlos o para aquel que desee descifrarlos. No es su caso; él sólo tiene una cosa en la mente y las tripas, y es la inminente batalla.

Hay perros por todas partes, blancos, extremadamente delgados, que se apartan del paso de las compañías con el rabo entre las piernas.

La columna hace alto al acercarse a las lomas que rematan por la derecha el llano donde se asienta aquel mísero poblado. El enemigo aun resiste parapetado tras unas rocas dispersas y la columna de regulares se ve detenida en el avance. Los jinetes de la primera compañía espolean a sus caballos moros y se lanzan a la carga. En rápido galope avanzan por el flanco sobre el enemigo y rodean las rocas defendidas por los cabileños a la vez que disparan sus armas contra ellos. Una, dos, tres magníficas descargas, y los moros arrojan los fusiles y salen corriendo por el fondo de las barrancadas.

El avance continúa. Algunos se detienen para registrar a los cadáveres. Dos españoles sacan de entre unas matas a un moro herido. Los soldados lo sacuden de un lado a otro como si jugaran con él. Franco puede ver que es uno de los mendigos que antes acudieron a pedir limosna. Es un anciano de largas barbas blancas que al joven capitán le recuerda la imagen del apóstol San Pablo. Siente compasión por el viejo zarandeado como un pelele, pero hay algo más. Franco se vuelve y observa las emociones que se reflejan en los rostros de los regulares mientras asisten a aquel espectáculo vergonzoso.

El capitán Franco se acerca y les ordena a los españoles que se detengan. Lo hacen de inmediato, pero uno de ellos intenta componer una explicación.

-Es uno de los que nos disparaban, capitán.

-No es verdad -le corta Franco-. Este hombre es uno de los mendigos de la cabila. Yo lo vi. Cuando empezó el tiroteo corrió a ocultarse tras esas matas.

Los hombres saludan militarmente y se alejan. Franco se acerca al anciano para interesarse por su estado. Tiene una brecha bastante profunda en la frente. La sangre resbala por su rostro y empapa sus barbas. El joven capitán llama a uno de los sanitarios y le ordena que atienda al viejo. Luego se vuelve para regresar junto a su compañía pero el anciano lo sujeta por el brazo. Lo mira a los ojos; sus pupilas son de un gris descolorido, como dos manchas de ceniza.

-Gracias, sáhib -murmura el mendigo-. Gracias.

Franco se aparta de él y continúa su camino.

En la madrugada del día 29, la primera compañía del regimiento de infantería del capitán Palacios se lanza al asalto frontal de la loma de las Trincheras, pero son repelidos por varias descargas cerradas de los cabileños y Palacios cae gravemente herido entre los cuerpos de sus hombres. Avanza entonces la tercera compañía con los regulares; el joven capitán Franco está al mando. Rebasan los cuerpos malheridos de sus compañeros de la primera compañía y se estrellan contra el muro de balas que desciende como una cascada desde la loma. Pero Franco sigue avanzando imparable, rodeado por sus hombres, envalentonados y enardecidos por la embriaguez del combate y de la muerte. Los moros no dejan de disparar contra ellos desde lo alto. Hay muchas bajas, las filas empiezan a clarear bajo las certeras descargas de los defensores, pero aquella locura guerrera que parece envolver a españoles y regulares no ceja hasta que logran coronar la loma. Los cabileños se han visto obligados a abandonarla ante el imparable avance de la tercera compañía, pero se hacen fuertes un poco más allá, tras unas rocas.

El combate continúa, pero ahora se dispara casi a bocajarro. Apenas hay unos metros de distancia entre las dos filas de combatientes. El fuego, el humo, el olor a pólvora y a sangre enturbia los sentidos. Franco está en primera línea, dispara su pistola reglamentaria, parece envuelto por una única descarga interminable, atronadora, las balas silban como abejorros junto a sus orejas. A su derecha, medio arrodillado, un regular recarga a toda prisa su arma, lleva las balas en la capucha de su chilaba. Se dispone a devolver el fuego, pero un balazo le acierta en mitad de la frente y cae despatarrado hacia atrás. Franco arroja a un lado su pistola descargada y se agacha para recoger el fusil del muerto.

La bala de un cabileño lo alcanza de lleno en el pecho y le revienta el corazón.

El capitán Francisco Franco ya es un cadáver cuando su rostro se estrella contra la arena y los matojos que cubren la cima de la loma de las Trincheras.

* * *

-¿Muerto? -exclama Ramón sorprendido. Por una vez, en contra de lo que era habitual en él, ha escuchado con atención las palabras de su hermano sin interrumpirlo, pero eso último no tenía sentido-. No lo entiendo. Parecía una historia biográfica, ¿no? Todo lo que me has contado te pasó realmente cuando eras capitán de infantería en el Rif. Menos el final, claro. Recibiste ese balazo en el vientre y te salvaste de milagro… Ah, ya comprendo; se trata de una de esas… unco… ¿cómo dijiste?

-Ucronía. Pero no. No es eso, Ramón. Lo que te he relatado sucedió realmente. Lo recuerdo con tanta claridad como tú recuerdas cuando bombardeaste este palacio.

Ramón Franco inclina la cabeza y mira a su hermano. Tenía que reconocer que había conseguido desconcertarle por completo.

-Vamos a ver, Paco -dice-. Sé que no estás muerto y sé que eres incapaz por completo de gastar una broma, así que… ¿Me puedes explicar de qué coño estás hablando?

Francisco se inclina un poco sobre la mesa y baja el tono de voz. Nadie puede oírlos allí pero hay cosas que sólo pueden constarse en susurros.

-Recuerdo esa mañana del veintinueve de junio de mil novecientos dieciséis. Recuerdo la sensación de metal en la boca mientras jadeaba para llegar a lo alto de la loma, el olor acre de la pólvora que casi no dejaba respirar y las balas rebotando a mi alrededor. Recuerdo cuando me agaché para recoger el fusil del regular muerto. Recuerdo, sobre todo, el impacto bestial, desconcertante, del plomo en mi pecho. Mi pensamiento, mientras el suelo se abalanzaba hacia mi rostro, era: «ya está, aquí acaba todo»

-Paco…

-Déjame terminar, por favor.

-De acuerdo, de acuerdo, hermano. Esa bala te mató, y…

Ay Dios, ¿y si de verdad se ha vuelto loco?

-¿Te has fijado en las películas de cine cuando alguien corta y empalma una escena? Hay una especie de salto extraño. Notas que algo ha encajado mal, pero la película continúa antes de que puedas entender qué ha sido. Pues así fue exactamente. Yo estaba en el suelo, sujetándome el vientre. La herida era grave, pero no mortal. Incluso intenté levantarme para seguir combatiendo, pero las piernas, claro, no me respondieron. La primera cura me la hizo allí mismo, en lo alto de la loma, el capitán médico Antonio Mallou, del batallón número cuatro de Cazadores de Barbastro. Luego me evacuaron a Cudia Federico, donde fui atendido por el doctor Blasco, que me extrajo la bala. Me dijo que, milagrosamente, el proyectil no había interesado ningún órgano vital.

-Pero dices que lo que recuerdas es que la bala te alcanzó en el pecho.

-Sí.

-Bueno, eso no tiene nada de extraño. Estabas bajo el efecto de un shock. ¡Joder, Paco, te acababan de dar un balazo en el mondongo!

-No. No fue un shock en absoluto. Sucedió realmente.

-Pero…

Francisco alza la mano para pedirle silencio a su hermano y sigue hablando:

-Estuve internado en el hospital Docker de Ceuta hasta el día tres de agosto en el que salí para El Ferrol con dos meses de licencia por herida grave. Poco antes de partir, un anciano vino a visitarme a la propia cama del hospital. No sé cómo se las arregló para que lo dejasen pasar, pero sí, lo has adivinado, era el mismo viejo al que salvé en la cabila de ser apaleado por aquellos dos soldados. Me entregó esa caja con una mano momificada en su interior. Me dijo que era la mano derecha de un hombre santo, de un fuqará como él, pero que había alcanzado el más alto grado de comunión extática con un ÿinn.

-¿Un ÿinn?

-Un ÿinn es una criatura mágica con un poder inmenso capaz de alterar las fuerzas de la naturaleza. Son los “genios” de las Mil y una noches. Entre otras cosas los considera criaturas poderosas que se ocultan a nuestros sentidos.

-Sí, claro, los genios. Ya sé de lo que me hablas, Paco. Cuentos de viejas como las meigas o los duendes. Pura superstición de gente inculta.

-No Ramón, para un musulmán un ÿinn no es superstición. Son seres que forman parte de su visión religiosa del mundo. Incluso el Corán confirma la existencia de estos seres y una de sus suras está dedicada a ellos. En él se afirma que fueron creados antes que Adán para poblar el Mundo. Creados de “fuego”, como el hombre fue creado de “tierra”. Para un moro, un ÿinn es tan real como Noé o Ezequiel para nosotros.

-De acuerdo, Paco, te concedo eso. Para un moro. ¿Y qué? ¿Adónde quieres ir a parar con todo esto? -Hace una mueca burlona y le guiña un ojo a su hermano-. Ah, ya entiendo. ¿Así que ese viejo te dijo que te había curado con la mano de un ÿinn? Dime, ¿te sacó mucho dinero por ella? Porque te juro que les he visto vender las cosas más inverosímiles, pero, sinceramente, no pensé que tú serías tan ingenuo como para…

-Escucha lo que te estoy diciendo, Ramón -dice Francisco con impaciencia-. Esta no es la mano de un ÿinn. Esas criaturas no pertenecen a nuestra realidad… viven en otro plano… ¿me entiendes?

-No.

Ramón alzó la vista para mirar el reloj en la pared situada frente a él. Empezaba a cansarse de todas aquellas estupideces. Pero tenía que admitir que era la reunión más extraña que había tenido jamás con su apático y poco imaginativo hermano.

-No importa -sigue diciendo Francisco-. No es la mano de un ÿinn, sino la mano derecha de un santón capaz de entrar en comunión extática con un ÿinn.

-Sí, eso ya lo has dicho. ¿Y te dijo que te había curado con esa mano mágica?

-No, no que me había curado. Piénsalo un momento… Intenta visualizarlo… Yo me incliné para recoger el fusil del regular muerto -Francisco hace un movimiento descendente con su mano derecha-. La bala del cabileño atravesó a toda velocidad el espacio que nos separaba -usa la otra mano para simular la trayectoria de la bala-… y en un pequeño momento del tiempo nos encontramos -hace chocar sus dos manos con una sonora palmada-. Mi cuerpo y la bala… Un suspiro, una pequeña exhalación, cualquier inapreciable cambio hubiera variado drásticamente el desenlace de ese encuentro. Hubiera significado la diferencia entre la vida y la muerte.

-No entiendo lo que quieres decirme, Paco.

-La mano no me curó. Lo que hizo fue alterar la realidad de modo que la bala no me alcanzara.

Ramón se queda un buen rato en silencio, contemplando a su hermano.

-Entonces la bala no te dio en el pecho.

-No.

Otro largo intervalo de silencio.

-Bien Paco, si me disculpas… -Ramón señala la bandeja de papeles-. Esta conversación es apasionante, pero de verdad que tengo mucho trabajo atrasado y…

-Es como la historia alternativa de mi novela -dice Francisco sin escuchar lo que su hermano está diciéndole-. ¿Qué hubiera pasado de existir esos niños jugando en la Plaza de la Armería? ¿Habrías dejado caer las bombas a pesar de todo?

-Pero no había ningún niño.

-Quizá sí y quizá no. Es posible que no los vieras… un giro de cabeza, un parpadeo y la historia habría sido distinta.

-La historia es lo que es, Paco, y ahí no hay más tela que cortar.

Francisco Franco se pone en pie de improviso.

-Quizá, hermano -dice con un gesto de cansancio-. Pero creo que es mejor que me marche ahora. Un presidente de la República es una persona muy ocupada. Imagino que nos veremos un día de estos…

-Espera -Ramón le hace un gesto a su hermano señalando la caja de madera con una mano momificada en su interior-. Llévate esto, ¿quieres? Es tu mano milagrosa ¿no?

-Sólo se pude usar una vez. Su poder está tan agotado como el de una batería de coche después de dejar los faros encendidos toda la noche. Acéptalo como un regalo mío. Un recuerdo de tu hermano.

Y, sin darle oportunidad a decir nada más, Francisco Franco sale del despacho.

Ramón se queda en silencio, mirando perplejo los dedos retorcidos y la piel apergaminada de aquella cosa repugnante sobre su escritorio de roble.

Ha sucedido -piensa-, por increíble que me parezca ya no tengo ninguna duda de que ha perdido el juicio. El racional y tranquilo Francisco, el buen hijo de los Franco, mi hermano, se ha vuelto completamente loco.

* * *

Después de abandonar el Palacio, Francisco Franco camina por la ciudad sin rumbo fijo, silencioso, ensimismado en sus pensamientos. Ve las calles llenas de gente inexistente, de cuerpos inmateriales que puede atravesar como una cortina de humo, de voces y sonidos que no parecen provenir de ninguna parte. Tan sólo los edificios están vivos de algún modo, y sus ventanas abiertas lo siguen con una siniestra mirada. Siente a Madrid como un bloque homogéneo de gentes ajenas entre sí, intercambiables los unos con las otros. Nadie se conoce y nadie quiere conocerse. Una masa de gente dormida que anda sin rumbo de un lado para otro. Un mundo de sonámbulos como él.

Esa noche, Francisco recibe en su casa de Madrid a un hombrecillo tembloroso. Va ataviado con un viejo abrigo gris y aprieta un paquete debajo de su brazo como si fuese su posesión más valiosa. El hombre es tan gris como su traje y Franco sería incapaz de describir su rostro un segundo después de dejar de mirarlo. Señala con un gesto casual el paquete que el hombre trae consigo.

-¿Es eso? -pregunta.

-Sí -dice el hombre gris-. Escuche yo… Jamás haría esto, pero la gente está quemando las iglesias y los conventos… es cuestión de tiempo que la encuentren y la destruya… y entonces, ¿qué? Nadie ganará nada con eso.

-No me interesan sus motivaciones -le corta Franco-. Sólo quiero verlo antes de seguir hablando con usted.

El hombre asiente y señala una mesita camilla que ocupa el centro de la sala.

-¿Pudo ponerlo ahí?

-Sí. -Franco aparta rápidamente un frutero lleno de manzanas de cera para hacerle sitio.

El paquete está envuelto con papel de periódico y atado con hilo de palomar. El hombre gris intenta soltar los nudos. Al no lograrlo saca de un bolsillo del abrigo una navajita y corta el bramante.

-Ya está… listo… -musita mientras aparta lentamente las capas de papel y va descubriendo el precioso relicario de plata-. Es una verdadera joya, de un valor incalculable… Si no fuera porque…

Franco levanta una mano pidiéndole silencio y le ordena al hombre que lo abra.

Un pequeño chasquido y el relicario se abre mostrando su contenido.

Franco contiene la respiración.

-Es lo que quería, ¿no? -dice el hombre mirándolo inseguro-. Es lo que acordamos que le traería…

Sin apartar los ojos de la reliquia, Franco se acerca a una cómoda y saca un sobre bastante abultado oculto en uno de sus cajones. Se lo entrega al hombre de gris y este lo sujeta un momento antes de abrirlo con un gesto de avidez. Está lleno de billetes de mil de la República. Billetes nuevecitos, preciosos, impresos en el Reino Unido pero con una hermosa dama de la República con rasgos andaluces. El hombrecillo del abrigo gris los cuenta rápidamente y vuelve a cerrar el sobre.

-Escuche -dice-, yo soy sacerdote y jamás haría esto si no fuera porque…

-Le he dicho que no quiero saber sus motivaciones -le vuelve a cortar Franco-. Ya tiene su dinero. Ahora haga el favor de salir de mi casa.

Le abre la puerta y el hombre apenas tiene tiempo de meterse el sobre en un bolsillo y subirse el cuello del abrigo antes de que Franco lo haga salir y cierre la puerta detrás de él.

Ahora está sólo de nuevo, Carmen aun tardará una hora en regresar de su tertulia con sus amigas y él tiene una hora entera para disfrutar de aquel objeto que reluce en el centro de la mesa camilla.

Franco se acerca y se agacha para admirarlo mejor. El relicario es una verdadera joya en plata. Un maravilloso trabajo de orfebre que por sí sólo ya valdría lo que ha pagado. Pero lo que hay en su interior es mucho más valioso. Infinitamente más valioso.

Francisco franco arrima una silla y se sienta para contemplar la mano de Santa Teresa. Sabe perfectamente lo que tiene que hacer a continuación, pero no hay prisa. Él nunca ha sido un hombre al que le gustara apresurarse. Y quiere disfrutar de ese momento en el que tiene por fin la conciencia de que ha conseguido lo que tanto deseaba.

© Juan Miguel Aguilera
Reproducido con permiso del autor