¡Qué hermoso es este jardín!, pero tú no lo entiendes, Jaifa, tú, Aren, creo que ni siquiera lo ves. Hace apenas unos minutos hemos estado tan unidos y ahora cada cual se pierde en el laberinto de sus propios pensamientos, de sus propios rencores y, sin embargo, este jardín no ha sido hecho para el odio ni para la soledad; este jardín tiene la triple belleza del mundo de Hor, donde ni el uno ni la dualidad tienen sentido. Nosotros somos tres, nos hemos dado muchas cosas bellas y seguimos aquí, recostados sobre esta hierba amarilla y suave, pero no estamos unidos, ya no. ¿Ves, Aren?, acaricio tu flanco con esta mano grande y cálida que ha sentido tantas cosas antes y tú no te mueves, casi no respiras, como si ni siquiera pudieras sentirla. ¿Te hemos hecho daño, Aren, hermosura triple de la triple luna, que no quieres abrir los ojos y volverlos hacia mí? Dime que no, mi vida. Dime que eres feliz porque estamos contigo y porque juntos sumamos la perfecta perfección. ¡Dios mío!, ¡qué horrible!, cada día expreso peor mis pensamientos, cada día pierdo más y más palabras, las que aprendí en mi infancia en Tierra con mi gente. ¡Y pensar que un día quise ser poeta, el primer poeta de la Galaxia inmensa y ahora no soy más que tercer navegante de un crucero turístico y estoy perdiendo mi lengua! Ya sé que nunca podré hacer poesía como la que me hubiera gustado escribir, pero no he perdido la esperanza de hacerla de otro modo, con mis acciones, con mis sentimientos, quizá también con mi forma de mirar o mis caricias, pero ¡es tan difícil!, ni siquiera ya me escucha Jaifa. ¿Habrá dejado de amarme? No, no puede ser. Jaifa es mi compañera, la mujer que amo y amaré siempre. Durante dos años nos hemos querido, ayudado, consolado en los largos días de navegación. Si no nos hubiéramos conocido, ¡quién sabe lo que hubiera sido su vida en aquel planeta semidesierto donde quería dejarla el capitán!, pero yo la ayudé y pagué de mi sueldo hasta que pudo empezar a trabajar un poco en la nave y desenvolverse sola. Sé que al principio estaba conmigo sólo por agradecimiento, pero sé también que después las cosas cambiaron. No es posible que ahora quiera quedarse en Hor y vivir con Aren y olvidarme. Pero, ¿qué digo?, ¿por qué pienso estas cosas?, sólo porque Jaifa está callada mirando al cielo siempre cambiante del jardín no tengo razón para suponer que haya dejado de quererme. ¿Qué piensas, Jaifa, mi amor?, ¿qué hay detrás de tus ojos cuando miras al cielo e ignoras mis labios en tu pelo?, ¿qué pasa en tu cabeza cuando tu mirada se aparta de mí? Y tú, Aren, ¿qué piensas de ella, qué piensas de nosotros, extranjeros en tu mundo, cuando te entregamos nuestros sentimientos?

Si nuestras vidas fueran menos complicadas podríamos quedarnos en Hor, tumbados en el jardín de las flores que se columpian, y oír las salpicaduras de las fuentes sobre las hojas; formaríamos un tríptico en este planeta, tendríamos una casita de tres habitaciones y una sala común para amarnos y yo tal vez sería poeta y Jaifa bailarina, como siempre ha deseado y Aren… ¿quién sabe lo que tú querrías hacer?, Aren, tan distinto y tan distante de nosotros y otras veces, sin embargo, tan próximo que nuestras voces y nuestras sonrisas se entremezclan y se funden. ¡Qué maravillosa casualidad encontrarte en aquel paseo y entablar conversación sobre las flores de corola triple que sólo crecen en Hor! Te invitamos a cenar y a charlar con nosotros para que nos hablaras de todas las bellezas que tenemos tres días para descubrir y fue así como decidimos venir a visitar el jardín. Cuando te preguntamos qué sitio era éste tú dijiste que era un lugar de contradicciones y, aunque no te entendimos, no quisimos tampoco averiguar más, porque tus ojos eran dulces y tu mente creaba ecos con nuestras sensaciones y sabíamos que te sentías feliz con un placer más puro que el de cualquier humano. Aren, amigo, ¿por qué no sonríes de nuevo? No sé. Tal vez soy yo quien no es capaz de apreciar del modo adecuado la hermosura del jardín; estoy aquí, rodeado de hierba, de piedras blandas y suaves que se irisan levemente de todos los colores y sólo pienso en mí y en Jaifa y en Aren, en lugar de diluir mi mente en la paz y el silencio, en la contemplación del cielo y de las flores tenues que columpian sus triples corolas en la brisa.

¿Y si me quedara para siempre en el mundo de Hor?, ¿y si mañana, a la hora de embarcar, acompañara a Jaifa hasta la nave y le dijera que le deseo toda la suerte del Universo y que me quedo aquí, con Aren? ¿Podría yo hacer eso?, ¿podría vivir feliz en cualquier parte sin que el recuerdo de Jaifa, y el de su soledad y su tristeza, me rompiera el corazón?

Acaso sea ese el suicidio del que hablaba el capitán antes de bajar a tierra: «Hor es un lugar divino, pero hay muchos que nunca vuelven a sus naves. Lo llamamos “el suicidio” aunque nunca se ha sabido a ciencia cierta si la gente se mata realmente o si sólo se esconde hasta que se va la nave. De todos modos, deben saber que Hor, a pesar de su apariencia idílica, es un mundo muy pobre; prácticamente vive de los turistas que pasan aquí los tres días de escala en todas las naves que hacen esta ruta. No sabemos bien de qué viven los nativos que no tienen relación con el turismo. Sólo les digo todo esto para que no se entusiasmen demasiado pensando que pueden encontrar otro trabajo más placentero en tierra, a menos que prefieran ser camareros o guías a ser tripulantes de un crucero espacial».

Y yo, ahora, parece que estoy pensando en el suicidio, porque, efectivamente, sería un suicidio abandonar a Jaifa, abandonar la nave y probar fortuna en un mundo extraño como Hor, con un ser extraño como Aren. Pero, ¿por qué?, ¿por qué pensar tantas cosas?, ¿por qué no dejar que todo sea como debe ser: disfrutar de la escala, volver al trabajo y firmar el contrato de matrimonio con Jaifa, lo que nos permitirá estar siempre juntos en las mismas naves, ser trasladados a la vez? ¿No era eso lo que yo quería hasta ahora, lo que más deseaba?, ¿no era eso? Sí lo era y, sin embargo, hay algo nuevo, algo que ha entrado en mi cerebro con Aren. Mi amor por Jaifa, esa mujer valiente y misteriosa, surgida de repente en mi vida, ¿no se parece, tal vez, a lo que ahora empiezo a sentir por Aren? ¿No me sucedió también así, de golpe, la otra vez? ¿Amo realmente a Jaifa o me he acostumbrado a tenerla conmigo en los días y las noches del lento tiempo entre los mundos? ¿Y ella?, ¿qué siente ella por mí?, ¿estará pensando ahora lo mismo que yo pienso?, ¿estará recordando el abrazo de Aren y la sensación del eco de sus propias sensaciones devuelto mil veces y en mil tonos por el cerebro del extraño amante? Jaifa, mi vida, ¿qué nos ha pasado?, ¿qué vamos a hacer? Estáis tan quietos y tan callados los dos y hay tantas cosas en mi cabeza que quiero deciros, y sin embargo, no me atrevo. Quiero tocaros, quiero sacudiros y compartir con vosotros esta angustia que he empezado a sentir y que me está aislando de todos los sentimientos firmes de mi vida; pero vosotros os alejáis de mí, me ignoráis, os perdéis de mi lado y quizá ni siquiera estáis juntos, quizá ni siquiera lo estáis haciendo a propósito, pero empiezo a sentirme perdido, perdido de ti, Jaifa, mi amor, perdido de ti, Aren, de ti que aún no conozco pero que me atraes y me quemas como una llama. ¿Por qué he venido a este jardín?, ¿qué esperaba encontrar en él?, ¿qué he encontrado?

* * *

Estoy cansada de estar aquí; estoy harta ya de estas nubes de colores eternamente cambiantes que flotan sobre nuestras cabezas. Quiero irme. Quiero levantarme de un salto y decirle a Shejet que me he cansado del juego triple y del jardín de las flores que se columpian. Hay algo maligno en este jardín, algo que te atrapa y te retuerce y te mata. Lo he sentido ya otras veces, antes, mientras hacíamos el amor y Aren jugaba con nuestros sentimientos como si tejiera una tela de araña venenosa a nuestro alrededor; pero Shejet no me creería, él es el poeta, el que tiene las intuiciones divinas y yo no soy más que una golfa que se ha ido solucionando la vida como ha podido. Él no me ha dicho nunca esto, claro, pero sé que lo piensa. Y hace bien, eso es lo que soy, aunque me haya pasado dos años haciendo de amante esposa; pero ya estoy harta. Harta de él, de la nave, de los turistas, de todo. Se me revuelve el estómago de pensar que dentro de menos de un día volveré a estar encerrada en esa polvera de lujo que es el «Victoria» sin otro consuelo que las largas noches en la cabina de ese pobre imbécil, con sus sueños y sus proyectos que no son los míos. Y, sin embargo, hasta hace sólo dos días estaba dispuesta a firmar el acta de matrimonio para legalizar esa compañía que no deseo; pero Shejet fue el único en ayudarme en aquel mal paso y le tengo cariño, por eso le escucho y comparto su cama; por eso y porque no he encontrado nada mejor. Dice que me quiere, pero ¿quién sabe?, yo también lo digo y no es verdad. Lo más probable es que crea que me quiere porque tampoco tiene nada mejor. Hasta es posible que ahora esté pensando en quedarse en Hor, con sus jardines y sus fuentes y su gente como Aren, esa criatura extraña y malvada que amplifica, distorsiona y devuelve nuestros sentimientos, pero que no siente, ni como nosotros ni de ninguna manera. Sólo finge, no hace más que fingir, y nosotros también fingimos, como idiotas que somos.

¿Por qué tuvimos que encontrárnoslo? Es como si, desde que estamos con él, todos los sentimientos tanto tiempo reprimidos se hubieran disparado. Ahora no puedo ni pensar en tocar a Shejet, no podría soportar una caricia, pero no se lo puedo decir, no me entendería. Roza mi pelo con sus labios y sé que me está pidiendo una mirada, una sonrisa, pero no quiero hacerlo. Es igual. El pobre está tan seguro de mi amor que no dudará por eso, nunca duda de nada. También estoy harta de eso, y de su transparencia; es como una novela de misterio que, una vez leída, pierde todo interés. Apostaría a que está fascinado por la técnica de Aren, pero también podría apostar a que, a pesar de ello, nunca se quedaría en Hor con él aunque se lo pidiera. Shejet en el fondo es un cobarde, le gustan las cosas fáciles; por eso se quedó conmigo, porque estaba allí y no era de nadie, pero nunca dudaría de su amor por mí.

Me pregunto qué estará pensando Aren, suponiendo que pueda pensar. No sabemos nada de esta gente y, sin embargo, somos tan ingenuos como para ofrecerles en bandeja todos nuestros sentimientos sólo porque ellos pueden, como si dijéramos, ampliarles el volumen. A lo mejor de eso viene el suicidio del que hablaba el capitán; no como algo voluntario sino porque uno de estos seres aumenta tanto las sensaciones que un orgasmo puede ser mortal. Creo que he hecho bien en moderar todo lo que siento. No he sobrevivido tantos años de vida azarosa para fiarme del primer horiano que conozco y abrirle mi alma. ¡Señor, qué lentos pasan aquí los días!, casi tanto como en el «Victoria». Y todo el rato aquí, tendidos como lagartos terrestres, sin hacer nada, sin hablar, sólo mirando las nubes y las flores, estas flores semitransparentes, grandes como hortalizas que no paran de moverse aunque no haya viento. Y qué quieto está Aren, sin mover un músculo, como si no respirara. Aren, como un cadáver entre nosotros. ¡Shejet, por Dios, di algo, muévete, di cualquier estupidez pero salgamos de aquí, hagamos algo que demuestre que aún estamos vivos! Pero, no, ¿qué más da?; antes o después nos iremos, nos encontraremos de nuevo en la pequeña cabina allá en la nave y entonces le diré… ¿qué?, ¿qué puedo decirle?, que no lo quiero, que nunca lo he querido, que no pienso pasar mi vida a su lado, que nunca he querido ser bailarina, que lo que yo quiero es encontrar un hombre rico con una gran casa y muchos amigos y dar fiestas y moverme y hablar y vivir. ¿Voy a decirle eso?

¡Qué muerto está este jardín! No hay pájaros, ni gente, ni siquiera insectos voladores; sólo estas piedras gomosas y esta hierba que parece haber perdido el color y los árboles olorosos y las flores inmensas, pero sin ruido, sin vida. Shejet acaricia el cuerpo de Aren y él no se mueve, no suspira. ¿Será esto la muerte en medio de este jardín? Alguien escribió que eso era la muerte, me lo leyó Shejet un día: «El recuerdo del desamor y del hastío y el abandono de toda esperanza porque la esperanza es también desamor, también hastío». A pesar de todo, yo siempre he creído en Dios. ¡Sálvanos, Señor, de Aren y del jardín de las flores que se columpian! Nos estamos ahogando Shejet y yo.

* * *

El asco me paraliza como otras veces, como todas las veces. Como siempre me pregunto, después de hacerlo, por qué habrá caído este castigo sobre nosotros. Éramos un pueblo sincero antes de que los humanos llegaran; muy pobres, es cierto, destruidos por las guerras y las venganzas, pero sinceros y libres. Y entonces llegaron ellos al planeta de la hermosura triple, como lo llaman, y empezó la tortura. ¿Por qué no habremos muerto todos en las últimas masacres? Hubiéramos dejado un mundo limpio donde quizás hubiera podido volver a brotar la vida, pero no, tuvimos que prostituirnos a los que nos daban comodidades y lujos de los que habíamos perdido el recuerdo. Esos malditos que no entienden nada ni aman nada tuvieron que encontrarse en su primer contacto con una tribu de perversos, los más miserables, los más despreciables seres de nuestra sociedad, apartados voluntariamente de la comunidad por lo que quedaba de nuestro Gobierno para que no contaminaran a los supervivientes de las últimas batallas que aún conservábamos los fundamentos de nuestras leyes y nuestras costumbres. Y esos monstruos humanos los consideraron fiel ejemplo de nuestra sociedad, precisamente a esos desechos que se reunían en grupos de tres para darse un placer que los destruía y olvidar así que había a su alrededor un mundo que reconstruir. Dos que copulan y uno que recoge, amplifica, distorsiona sus sensaciones y las devuelve a sus mentes y a sus cuerpos y los tortura lentamente mezclando el placer y el dolor en un constante intercambio de papeles hasta la destrucción por agotamiento o por locura. Y esos estúpidos científicos humanos sacando conclusiones sobre la base tres que rige nuestro mundo, sólo porque algunas de nuestras flores tienen triple corola y porque nuestro planeta recibe luz de tres soles y tres satélites giran a su alrededor.

En sus viajes posteriores descubrieron que también los humanos podían participar en eso y agotaron a todos los perversos de nuestro pueblo para darse placer, sin entender nada, sin querer entender. Y nosotros, mientras tanto, los demás, tratando de sobrevivir en las colinas, tratando de reconstruir de alguna manera nuestra civilización. Trajeron equipos para investigar las ruinas de nuestras ciudades y tampoco se dieron cuenta de nada, ¿cómo podían verlo si habían aceptado la perversión como código normal de conducta? Dijeron que aquellas ruinas eran muy curiosas porque los edificios no habían sido destruidos por explosivos ni por nada que se pudiera entender como bélico en el sentido humano, y ¿por qué había de ser en el sentido humano si nosotros no somos humanos?, pero eso no lo quisieron ver tampoco. No se dieron cuenta de que nuestra mejor arma es precisamente la capacidad de resonancia de nuestras mentes, de que podemos destruir enloqueciendo, potenciando los sentimientos y sensaciones de nuestros enemigos. No entendieron que, lo que según ellos fue creado para el amor, es el arma más peligrosa con la que contamos.

Shejet, el humano, me toca el costado una y otra vez; no entiendo lo que quiere. A pesar de todas las veces que lo he hecho, no puedo entenderlos. Espero que no quiera volver a empezar porque esta vez lo mataría; utilizaría la corriente de hastío, de frustración, de odio incipiente que hay en Jaifa para matarlo y a ella la enloquecería con las dudas y la amargura de él. Ya he destruido al número conveniente para que nuestro pueblo no entre en conflicto con el Gobierno de los humanos y nos causen todavía más daño, pero esta perversión que he tenido que forzar en mí, por amor a mi raza, me está comiendo terreno y a veces siento una especie de placer malsano en destruirlos, porque se lo merecen, porque son ellos quienes lo buscan. Tal vez algún día piensen que es demasiada la gente que desaparece al llegar a este planeta y decidan que sus naves deben hacer escala en otro lugar. Si ese día llega y nos dejan en paz, podremos empezar a limpiar y reconstruir nuestro mundo como era antes de que llegaran ellos; sin estos jardines artificiales creados para los humanos, construidos con las constantes que pudimos obtener de sus mentes abiertas durante la copulación: hierba de extraños colores, piedras blandas e irisadas, fuentes y flores por todas partes. ¿Dónde queda la belleza de una flor cuando hay cientos de ellas en el mismo jardín? Antes, cuando aún teníamos ciudades hechas por nosotros, para nosotros, nunca había más de cinco o seis plantas o árboles en una comunidad. Así, ver nacer una flor era una gloria efímera, era como un reflejo de la belleza cósmica. Ahora, toda la hermosura amontonada, nuestra triple hermosura, no es más que una vergüenza y una perversión. Pero no podemos cambiar las cosas de golpe. Ellos son fuertes y su pueblo es numeroso; nos dan cosas que necesitamos para cuando, más adelante, podamos volver a ser nosotros mismos; a cambio, nosotros les damos la muerte que llevan encerrada en sus mentes malignas. Para eso muchos sufrimos, sacrificamos nuestras vidas y nuestros valores y nos hacemos los encontradizos a la llegada de las naves para después traerlos a jardines como éste. Por eso estoy yo aquí, tendido junto a mis víctimas, que presumen de amor y de decencia y sentimientos nobles.

Marchaos, extranjeros, Shejet y Jaifa, no esperéis nada hermoso de mí. No os puedo dar nada que no llevéis dentro, no os he dado nada que no llevarais dentro; os desprecio, me dais asco, pero no quiero ensuciarme más, no quiero mataros. Volved a vuestra nave, destruiros vosotros solos con vuestra insinceridad, con vuestros engaños, pero marchad pronto porque la corrupción que hay en mi mente está despertando. Si no os marcháis enseguida, yo, Aren, os destruiré por amor a los míos.

 

© Elia Barceló
Reproducido con permiso del autor