-Por donde tú vayas y pases, yo paso -comenzó a cantar la pequeña saltando con sus botas de agua encima de un charco.

-Y por donde tú brinques, también yo brincaré -respondió su madre siguiendo con la letra; ya estaba acostumbrada a hacerlo, ya que era como cantaban la canción. Para seguir el ritmo impuesto por la niña, también se dedicó a saltar con los tacones encima de alguno de los charcos más pequeños.

-En guerra con los indios, los indios, los indios -continuaron las dos agarrándose de la mano-. En guerra con los indios los vamos a vencer.

Era tarde, pero Lorena y su mamá habían tenido que salir, ya que a Babu se le había olvidado comprar las galletas favoritas de los monstruos buenos, esas que tenían el dibujo de Triki y que estaban mordidas… por lo que debían ser las que más gustaban por Barrio Sésamo, ya que estaban muy ricas. Agitó la espalda para mover las alas de Campanilla, su madre le había dejado ponérselas encima del abrigo, porque según decía, así todos sabían quién era su pequeña hadita.

-Tilín, tilán, tirilí lirán lirón -continuó Lori-, marchar así en lí… ¿mami? ¿Pasa algo? -La niña se había girado para mirar a su mamá, que estaba ojeando la calle con recelo; buscaba a los monstruos malvados.

-No, sólo que como hemos salido tan tarde, creí que los monstruos buenos estarían durmiéndose en las esquinas esperando sus galletas. -La pequeña se rio con ganas mientras entraba por la puerta del portal de Babu. Era mucho más pequeñito que el de su casa. También debía parecerle más enano, porque ese día había muchas bolsas por el suelo llenas de comida. Sentado en las escaleras estaba Juan, que era su mejor amigo, mirando cómo bajaba el ascensor.

-¡Juan, Juan! -gritó Lorena, contenta por verle y se acercó a él. Era un chico mayor, de los que iban al cole de mayores… no era tan tan grande como su mamá, ella era de los muy muy mayores o como su tía Miriam, que estaba yendo al cole de los muy mayores.

-Pero mira quien está aquí: Lori… que le ha robado las alas a Campanilla -respondió él quitándose uno de sus cascos de la oreja. La niña le sonrió y se dio la vuelta para que se las viera-. Cuando mañana te vengas a casa ¿me darás suerte en el juego?

-¿Todavía no has ganado al monstruo malo y grandote? -preguntó la chiquilla. Los tres se giraron al oír al ascensor abrirse, de éste que salió Adela, que era una señora muy simpática… a veces le daba algún gusanito dulce.

-Perdonad, enseguida acabamos… anda Lorena, qué guapa vas con esas alitas -la saludó la otra mientras metía más bolsas en el ascensor.

-Son las alas de Campanilla.

-¿Y qué opina ella de que se las hayas cogido?

-Pues mamá me dijo que no le importaba -sentenció la otra, asintiendo.

-Si es que Adela, no te enteras -le reprochó en broma Juan y la niña se comenzó a reír.

-Sí, eso, no te enteras.

-Bueno, esto ya está…- Cargó por completo el ascensor y se acercó al hueco de las escaleras- ¡Ángela! ¡Dale al botón! -Y como por arte de magia, éste se puso en marcha-. Al siguiente viaje ya lo podéis usar, gracias por tu paciencia, Juan.

-Sólo os estaba dejando subir primero para ver si podía ver a mi hadita de la suerte -dijo el otro, acercando la cabeza para darle un cabezazo cariñoso a la pequeña.

-Oh, entonces me alegro de haberte servido de ayuda -aseguró la mujer, que después de darle un beso y un abrazo a Lorena, comenzó a subir por las escaleras-. Nos vemos mañana, que espantes muchos monstruos malvados, Lori.

-Gracias -se despidió la pequeña al tiempo que los demás-, ¿entonces aún no has ganado al malo final?

-No, por eso te necesito, eres mi hada de la suerte ¿no? -Y en su mano apareció un caramelo marrón de los que tanto le gustaban a la niña. Ésta se lo agradeció con un beso y se lo metió en el bolsillo del abrigo-. Ése es tu paga por darme suerte.

-Mañana haremos que Donal y Gufi ganen a Sanson.

-Ansem… pero está vez has estado cerca.

Los tres subieron al ascensor cuando éste volvió y mientras su madre preguntaba a Juan por cosas aburridas, ella miró las galletas con una gran sonrisa. Menos mal que se había acordado de que faltaban antes de que cerrasen la tienda del señor Kuon, porque si no, ¿quién las protegería si aparecía el monstruo malvado? Pobre Babu, se sintió mal por olvidarse, pero ella siempre se acordaba de muchas otras cosas.

Miró como los pisos iban haciendo ruido al tocar al ascensor… en su anterior casa, se podían ver por los botones que se iluminaban por dónde pasaban e incluso no sonaba. Pero claro, la casa de la babu estaba libre de monstruos malvados y los vecinos eran mucho más simpáticos, ya que le daban muchos caramelos, hablaban con ella y Juan le dejaba jugar a sus videojuegos de mayores.

Se bajaron cuando su madre se lo pidió y cruzó la puerta dando saltitos. Mamá le quitó el abrigo con las alitas, mientras que por toda la casa resonaba el culebrón que tanto le gustaba grabar a la babu.

-Ve a darle las galletas a Babu para que las guarde -pidió su madre y ella asintió mientras iba dando saltitos por el pasillo, que era mucho más grande que el de ninguna otra casa del mundo.

-¡Babu! ¡Ya hemos comprado las galletas! -Las luces del salón parpadeaban, pero su babu no respondía. Debía haberse quedado dormida, a veces lo hacía-. ¡Babu!

Cuando cruzó la puerta, vio que su babu estaba sentada en el suelo mirándola llena de miedo. La niña abrió los ojos y contuvo el aliento, asustada, al tiempo que las galletas caían al suelo y aterrizaban en la alfombra. Babu estaba cubierta de sangre y no se movía, ¿qué le pasaba? Oyó un ruido y se giró a mirar; al lado de la televisión, apoyado contra la pared y cubierto de algo rojo, estaba el malvado monstruo.

Sintió como los pantalones se calentaban y mojaban por su pis. Las lágrimas corrieron por su cara, era incapaz de gritar del miedo… era incapaz siquiera de respirar, por lo que gemía en bajito y temblaba. Si los de su clase la hubieran visto, la habrían llamado meona, cobarde y se habrían reído de ella… pero eso no importaba ahora, sino el hecho de que el malvado había aprovechado para aparecer cuando habían ido a comprar las galletas que lo repelían.

-Lori, ¿pasa algo? -preguntó su mamá… tenía que hacer algo ¡debía salvarla del monstruo! Éste le miró con unos ojos tillones de veces más malvados que todos los malos de Disney juntos y le pidió silencio con una sonrisa un quinillon de veces más malosa que la de los malos de Disney-. ¿O queréis darme un susto? -La oía acercarse por el ruido de sus tacones, pero ella seguía paralizada por el miedo.

-¡Mamiiiiiiiiiiiiii! -gritó al fin con todas sus fuerzas al final, pero sólo pudo ver como un jarrón volaba por todo el salón dándole al malvado monstruo en la cabeza. Mientras su madre la cogía en volandas, haciéndole daño-. ¡El monstruo mami, el monstruo!

-¡No tengas miedo mi vida! -Mamá también estaba tan asustada como ella. Corría por el pasillo tirando las mesas con adornos de la babu, mientras la apretujaba tanto contra ella que le hacía daño. El monstruo se iba tropezando y decía palabras feas mientras corría detrás de ella. Era más grande de lo que recordaba y hacía mucho ruido y… y… y gritaba con una voz horrible y maligna. La pequeña del miedo, no pudo evitar gritar aterrada.

-¡Mami, mami! -Su madre la dejó en el suelo sin mucha delicadeza, al mismo tiempo abría la puerta del cuarto de su babu.

-¡Enciérrate y no abras a ningún monstruo! -le ordenó, y la niña cruzó corriendo. Luego ,su mamá cerró detrás de ella y Lori la obedeció, echó el pestillo y arrastró la silla del escritorio de su abuela, como había visto en las pelúculas que le gustaban a su madre.

Oía a su mami hablar con el monstruo malvado. Estaba llorando y el malo la estaba hipnotizando con su voz… cuando la bajaba así y hablaba de esa forma, fingía ser lo que no era. Asustada, miró a los lados de la habitación y corrió a abrir el armario y sacar todas las cajas de zapatos, las cargó en sus cortos bracitos y las lanzó contra la puerta… el monstruo no pasaría a través de ellos por el olor, a su madre y a su babu eso les impedía pasar.

Se acercó otra vez a la puerta y oyó a su madre pedirle por favor que la dejara, que se iría con él, pero que dejara a la niña al margen. Lorena estudió el cuarto buscando algo para salvar a mamá y se dio cuenta de que en la mesilla, al lado de la cama de la babu, estaba el teléfono con el botón rojo, el que espantaba a los monstruos malvados cuando estaban dentro de la casa. Corrió a su lado y lo apretó una vez como le había dicho su babu que debía hacer si pasaba una tástofe como aquella. Oyó pitidos y casi al momento, una chica mayor la respondió.

-Servicio de urgencias. -La niña tragó saliva y sollozó de miedo-. ¿Dígame? -Sorbió los mocos y se limpió las lágrimas-. ¿Está usted ahí?

-Hay un monstruo… creo que ha hecho pupa a mi babu y… y quiere llevarse a mi mamá… y yo estoy encerrada en el cuarto de Babu…-Oyó como la mujer hablaba apresuradamente y en voz baja-. No la oigo… ¿qué hago para salvar a mi mamá?

-¿Cómo te llamas?

-Lori…

-Muy bien Lori, ahora te voy a preguntar unas cuantas cosas y debes… -Un grito aterrador la interrumpió y Lorena supo que era su madre pidiendo ayuda-. ¡Lori!

-¡Está haciendo daño a mi mami! -berreó la niña tirando el teléfono y alzando la voz tanto como su garganta pudo-. ¡Deja a mi mamá, monstruo! ¡No le hagas daño! -Pero no fue suficiente, oyó muchos golpes fuertes, a su madre gritando y al monstruo llamándole cosas muy feas-. ¡Deja a mi mamá, deja a mi mamá! ¡Mamá! -Saltó con fuerza encima del suelo y golpeó rabiosa la cama. Era lo que hacía siempre para que su madre y babu la escucharan. Gritó con más ganas y le costaba tanto, como las veces que intentaba hablar cuando tenía la voz rota-. ¡Mami! ¡Mami! ¡Mami! -Al monstruo se lo oía resollar mientras seguía dando golpes, pero su madre no decía nada. El cuello le dolía muchísimo y, asustada, se acercó poco a poco y temblorosa a la puerta-. ¿Mami… estás bien…? -La señora del teléfono la llamaba, pero no le hizo caso -. ¿Mami…? -Llamaron la puerta con suavidad y ella se detuvo.

-Lorena. -Y sin poderlo evitar, las lágrimas y un grito de terror escaparon de su garganta. Era el malo…  y con su peor disfraz, el que más miedo le daba-. Lorena cariño, soy yo. -La niña corrió hasta la cama de su babu, quitó las mantas y se metió dentro-. Soy papá.

-¡Vete, monstruo malvado! -gritó, aun a pesar de lo que le dolía la garganta, al tiempo que se abrazaba a las almohadas que olían como su babu… no tenía un peluche que la pudiera defender, pero esperó que eso sirviera. Estaba asustada, pero sabía que si uno no se lo mostraba a los malos, estos te dejaban en paz o al menos eso había aprendido de sus pelúculas.

-No, cariño, no soy un monstruo… ¿qué mentiras ha dicho la zor… tu madre? Vamos, mi niña, abre la puerta.

-¡No, tú no eres mi papá! ¡Eres el malvado monstruo que se lo llevó lejos!

-Lorena, por favor, abre la puerta y nos iremos tú y yo a un lugar maravilloso, volveremos a ser felices. -Esta vez su voz era más seria y malvada. Estaba quitándose el disfraz de su padre.

-¡No quiero, monstruo!

-¡Abre la puerta, maldita sea! -gritó aporreando la puerta con fuerza.

-¡No lo haré! -Entonces dejó de llamar… pero al instante, una barra de hierro atravesó la puerta al tiempo que el malvado le gritaba cosas muy muy feas-. ¡Vete! ¡Vete! ¡Vete! -pidió ella llorando, tapándose la cabeza con la manta, mientras gimoteaba. Otro golpe fuerte la obligó a berrear asustada-. ¡Mami, ayúdame! ¡Mami, el monstruo viene a por mí! ¡Mami, socorro, que me coge! -Y un tercer golpe, seguido de jadeos-. ¡Mami, por favor, ayúdame! ¡Mami! ¡Mami, que me va a hacer daño! -Entonces oyó cómo alguien gritaba con fuerza y al monstruo quejándose de dolor.

Sonaron muchas voces y golpes, mientras decían cosas feas y algo golpeaba el suelo con fuerza y gritaba algo de su pie derecho. Se quitó la manta y vio a través del enorme agujero de la puerta cómo había mucha gente que se asomaba por éste y la llamaba… eran más monstruos, que tenían las formas de los vecinos, la llamaban para que abriera la puerta.

-¡Lori abre! -gritó el primero, que tenía la forma de Rafa, el papá de Juan.

-¡No, mamá me dijo que no abriera a los monstruos! -insistió-. ¡Y no podéis pasar por el muro de zapatos petosos!

-Lori cariño, no somos monstruos -dijo el que era igualito a Adela.

-¡Pues enseñadme que no lo sois! -Todos susurraron sin saber que hacer y la pequeña sonrió a través de las lágrimas, feliz por haberlos detenido.

-¡Lori! -exclamó Juan y apareció delante de su puerta-. ¡Mira que tengo! -Metió la mano en el agujero y enseño el paquete de galletas. Al instante apartó a los demás, lo abrió y se comió rápidamente una galleta… era su amigo, no eran más malvados-. ¿Ves? ¡No soy un monstruo!

-Juan… -Aliviada por ver a su amigo, lloró feliz y se intentó quitar las lágrimas de la cara-. Juan, era el monstruo, nos encontró…

-No te preocupes, le hemos ganado… no hay más monstruos. Te lo prometo. -La pequeña lo miró haciendo pucheros- . ¿Estás bien?

-Me he hecho pis encima porque tenía miedo -reconoció-. ¿Soy una cobarde?

-¿¡Qué dices!? Si yo hubiera sido tú, me habría hecho caca. -La pequeña se rio, Juan siempre decía cosas graciosas-. ¡Así de grande habría sido mi caca! -dijo metiendo las manos por la abertura de la puerta y separándolas mucho. Aquello hizo que la niña se partiera de la risa.

-Entonces Rafa se habría enfadado mucho contigo.

-Claro, tendría que haberme limpiado el culo durante mucho rato… y mi padre me habría dicho: “Que vergüenza, tan mayor y asustándote así de los monstruos, deberías aprender de Lorena, que es muy valiente y se enfrenta ella sola a todos los monstruos del mundo”.

-¿Mamá me regañará por hacerme pis? -preguntó preocupada.

-Pero, Lori, tu madre casi nunca te regaña, así que no te preocupes por eso. -Creía que lloraba, la voz le temblaba mucho y se había tapado la cara, ¿estaría triste por algo?-. ¿Sabes cambiarte solita?- Asintió, orgullosa de sí misma-. ¿Le pido a Adela que te traiga un pantalón bonito?

-¿No queréis que salga?

-Vamos a esperarnos a que llegue la poli y se lleven al monstruo, por si acaso, ¿vale? -Ella asintió y le sonrió. Seguía con mucho miedo, pero sabiendo que al menos su amigo estaba con ella, todo iba a ir bien.

-¿Y dónde está mamá? ¿Babu tiene mucha pupa?

-No, claro que tu babu no tiene pupa, la sangre era del monstruo. Tu abuela es más poderosa que las Supernenas y se ha ido con tu madre a vigilar que el monstruo no se escape. -Y sintiéndose feliz volvió a asentir. Estaba decidido, cuando Babu y mamá volvieran, comerían las galletas espanta monstruos y todo volvería a ser normal.

Después de cambiarse, Lorena cantó en bajito con Juan todas las canciones de Disney. Aunque le doliera mucho el cuello, le hacía sentirse mucho mejor.

Entonces la policía llegó y por la puerta asomó su tía Mimí, que le pidió que saliera del cuarto de la babu, que ya no iba a pasar nada. La niña la obedeció feliz, porque llevaba mucho tiempo sin verla y su tía sabía juegos muy divertidos y locos. Cuando abrió el pestillo, la mujer la abrazó con fuerza y lloró mientras le decía que había sido muy valiente. Y allí estaban todos sus vecinos, pero no veía ni a su madre ni a su babu y así se lo dijo a Mimí, que volvió a echarse a llorar con fuerza.

-¿Entonces sí que hizo mucha pupa a mami y a la babu? -preguntó asustada.

-¡No, claro que no, Lori! -respondió Juan, nervioso-. Ellas son más fuertes que mil Supernenas, ya te lo he dicho… lo que pasa, es que el monstruo es muy difícil de ganar.

-¿De verdad? -Ahora sentía mucho miedo.

-Si, verás: el único lugar donde pueden encerrarlo, es en el Polo Norte, para que esté muy lejos de ti… y sólo tu madre y tu abuela pueden detenerle.

-¿Se han ido? -Juan asintió y ella comenzó a llorar muy triste-. ¿Ya no me quieren? ¿He hecho algo malo para que se fueran?

-¡No, Lori! -dijo su tía de pronto-. Se han tenido que ir precisamente por eso, porque te quieren tanto, que prefieren encargarse del malvado monstruo, para que nunca jamás vuelva a hacerte daño… te quieren más que nada en este mundo y aunque les gustaría verte, ellas serán felices sabiendo que te están cuidando. Y ahora estarás conmigo, porque si te fueras me sentiría muy sola y me aburriría mucho. -La niña meditó durante unos instantes las palabras de su tía, para luego mirarla completamente seria.

-¿Entonces esto es un final feliz? -Pero Mimí no la comprendía tan bien como su mamá, por lo que tuvo que explicárselo-. Ganamos al monstruo y ya no nos molestara nunca más, es un final feliz, ¿no?

-Claro que si mi vida… -susurró su tía, que parecía que algo le había hecho mucho daño, porque ahora había más lágrimas en su cara.

-¿Y por qué lloras tanto?

-Es que los finales felices siempre me hacen llorar -reconoció, así que ambas se sonrieron, al tiempo que Juan le ponía su abrigo y las alitas de campanilla.

Y mientras todos la despedían, tan felices como su tía por aquel final, se acurrucó contra ella y cerró los ojos… al fin habían ganado, el monstruo había perdido y jamás de los jamases volvería.

© Laura López Alfranca
Reproducido con permiso del autor