I

—Oiga, le juro que se lo dije: “Menchaca, tío, baja el pedal, que vas como una moto…” Y él, nada, un queme de la hostia, que si hija de puta, que si hacerme esto a mí, que la tenía como a una reina… De vez en cuando sacaba el puño por la ventanilla y le mentaba la madre a alguien, sin mala intención, entiéndame, como para desahogarse.

»El caso es que llegamos al portal del puto edificio y yo un acojone de la hostia, y hay en la botonera más terceros que en una carrera benéfica. Y yo: “Menchaca, tío, ¿qué tercero era?”, porque íbamos algo rayados (una o dos, pequeñas, preparadas sobre el salpicadero, que creo que me sorbí una hormiga y ahora la siento por el cerebro), y a mí cuando me encargan una cosa de estas me entra una nerviosidad que es que se me tapona el auricular… Y el Menchaca a lo suyo, con la mirada perdida, farfullando que si además hay un tercero, que entonces la mata, a la muy zorra.

»Así que llamamos —al timbre, se entiende— de un piso cualquiera, y digo que es la revisión del gas, y va un pardillo y abre. Y nos paramos delante de los buzones, y yo le digo: “Menchaca, tío, ¿cómo se llamaba?” Y él me contesta: “Gerardo”, pero a mí me parece que no hablamos de lo mismo, y le brillan los ojos que si fuera de noche veríamos igual. Y entonces sí que me acojono, porque en vez de la porra de goma y el nueve corto sin números que solemos usar para estos casos, Menchaca se saca del sobaco una especie de antiaéreo, una pipa de esas de película, con un cañón enorme, negra y reluciente, y dice: «Vamos allá». Y yo no sé a dónde, pero joder, cualquiera le lleva la contraria…

»Oséase, que subimos. El ascensor tarda un poco en llegar, y él se azota escaleras arriba, y yo le digo: “Menchaca, tío, ¿estás bien?”, en plan preocupación de colega y tal, y él sube como una locomotora, y sin mirarme me contesta: “¿No voy a estar bien, con cuatro rayas que llevo encima? ¡Estoy como Dios!”, y a mí se me cae la porra del susto, y casi tengo que bajar al portal a buscarla. Y cuando le alcanzo al fin, Menchaca se ha puesto las gafas de currar. Parece más en sí, más céntrico, y por un momento pienso que el rollo va a ir bien… Ay de mí.

»Total, que estamos en el puto tercero y hay cuatro puertas, y Menchaca duda un momento, y luego elige. Yo no estoy muy seguro, pero al menos Menchaca ha escondido la pipa de matar elefantes, y entonces la puerta se abre, y se asoma un tío con pinta de pijo, engominado hasta atrás, gafitas redondas de montura dorada y un polo con el cocodrilo mirando al tendido. Y Menchaca dice: “Perdone, pollo”, y le planta la mano en el picaporte y le cierra la puerta en las narices antes de que el sujeto pueda decir esta puerta es mía.

»“Ahora sí que tenemos prisa”, me dice, y yo le digo que igual era él, y él me mira ausente, y de pronto se le enciende de nuevo la mirada y me grita: “Pero bueno, ¿a ti te parecía un camello, el pijo ese?”, y yo me callo, que estoy más guapo.

»El Menchaca señala otra puerta, y a mí me parece que, si la otra puerta no era, ésta menos, pero no está el horno en plan de mucha bollería, y me recomiendo a mí mismo cremallera y mutis por el faro. Menchaca me hace una señal y yo toco al timbre, y no abre ni Dios. Y toco otra vez y nada. Y entonces Menchaca saca otra vez la pipa antitanque, la levanta con las dos manos, que casi no se le ven porque parece que está levantando una farola, y en ese momento la puerta se abre, y se asoma un tío colgadísimo, con barba de dos días, ojeras y mirada obtusa. Lleva una bata moruna a rayas, y está más pálido que un muerto.

»“¿Sí… ?”, dice, el muy mamón, y entonces ve la pipa, y se atraganta, y yo siento un ruido detrás y le empujo dentro, y el tío hace ug, ug, pero no acierta a soltar prenda, y el Menchaca le apoya la pipa en el entrecejo, y veo que suda a chorros y tiene los ojos encendidos como si llevara antinieblas.

»“A ver, tío listo, vete soltando la pasta”, digo yo.

»“¡Jopuuuta…, ¿donde la conociste?!”, le pregunta Menchaca, amartillando la percusión de la artillería con eco atmosférico.

»El tío lo alucina todo, pero no contesta, y yo le calco una hostia para salvarle la vida, porque si sigue mudo se va convertir en algo perpetuo.

»“¡Pero… si sólo son diez mil duros… !”, responde de pronto el pollo.

»Yo alucino, y luego alucino más, porque ante semejante sandez Menchaca no se ríe, ni se calienta, sino que levanta el morro y aúlla. Literal, oiga. Aúlla. Como en las películas de antropófagos, cuando hay luna llena y se convierten… Joder, aquello parecía un documental, y yo el puto cámara…

»“¡Y encima cobra… ! ¿Lo has oído… ? ¡Le cobró diez mil duros! ¡Puuuutaaa…!”

»Menchaca levanta los brazos, pega dos botes y yo creo que se ha vuelto definitivamente majara y que ahora toca bailar la danza de la lluvia. Y el pollo, entretanto, me mira fijamente, y me espeta de pronto que, entonces, no somos de la Caja de Ahorros, como si acabara de descubrirlo. Y Menchaca aúlla otra vez, mientras el pollo me plantea no sé qué de una Mirinda, o una Pepsi, no me acuerdo, y pienso: «Joder, pues tiene huevos el tío, que todavía nos invita a tomar algo…».

»“¡Cagüendiox… !”, farfulla Menchaca.

»Y entonces, para mi pasmo y terror, se lo juro por mi madre, levanta la pipa y mete dos tiros como dos cañonazos. Y el puto cielo raso, la escayola, la lámpara y los cuadros se nos vienen encima, y en ese instante veo una sombra saltar entre el polvo, y el menda a victimizar pega un brinco, abre una puerta y se azota balcón abajo como si fuera Batman. Y me doy cuenta también de que fuera, en la escalera, hay ya la de Dios. Y Menchaca, que a todo esto no ha visto al tío saltar, se quita la lámpara de encima, entra en tromba en el salón y le mete dos tiros a una tía que está contando su vida en la televisión, que implosiona. Ya se oyen sirenas, y en la calle alguien grita, y cuando me asomo veo al tío de la bata moruna —que me ha jodido el techo del buga, que a ver quién se va a hacer cargo ahora— gritando que se muere, que se muere, pero unos gritos de la hostia, que qué coño se iba a morir pegando esos gritos…  Y las sirenas por todas partes, y una vieja diciendo que ha habido una masacre, que ha habido una masacre, que alguien ayude a los muertos, y entonces yo voy y le sacudo al Menchaca en la cabeza con la porra de goma, porque le quedan yo qué sé cuántas balas en la pipa, no vaya a resultar la vieja de la calle premonitoria…


II

—¿Se lo han dicho ya a mi madre? Porque mi madre está fatal del corazón, y un disgusto de estos le puede costar la vida, agente. Su hijo en comisaría, disparos, gansters… Ya sabía yo que no era buena idea salir este fin de semana, con los perfiles del marketing sin definir y el diseño de la campaña en el aire, pero tenía la cabeza como una jaula de grillos, y no hubiera dado una al derecho. Y no quería ver a Mariví. ¿Que quién es Mariví? Pues verá, Mariví es mi novia, y la verdad, estoy algo harto de ella. Todo el día de trapos, todo el día a la última, gimnasio, tenis… Y digo yo, ¿para qué coño tanto esfuerzo, si es más estrecha que el Paso de las Termópilas? ¿Eh? ¿Y la lencería, qué me dice de la lencería? Porque mira que se las gasta, que mucho no he podido ver, pero lo que he visto… Hombre, sí, estupenda sí que está. Pero como si no lo estuviera.

»Total, que a mí se me hincharon los atributos, y el viernes, después de unos asaltos infructuosos sobre los botones del escote de esa zorra, me fui de copas. Cabreado, sí, bastante. Y salido también, para qué vamos a negarlo. Como un mono.

»Llevaba unas cuantas ya cuando me fijé en la chica. Estaba en el otro extremo de la barra, en un rincón en penumbra, secándose con disimulo una lágrima con una servilleta.

»Y ahí estoy yo. Como siempre dice mi madre, no se puede salir de casa sin un pañuelo limpio. Se lo ofrezco. La muchacha me mira. Tiene los ojos verdes, la expresión triste, el pelo rubio rojizo y unas piernas como de aquí a Salamanca. El ojo izquierdo un poco morado, pero nadie es perfecto. Me cuenta un rollo de un novio brutal que se imagina historias de amantes a todas horas y en todas partes, y yo le digo que eso es muy injusto, y apenas hemos empezado a sincerarnos ella me mordisquea el cuello mientras me jura que no sabe a qué demonios vienen tantos celos. Pobre muchacha, me digo, tan maja y liada con un pirado. Lo que necesita es que le den cariño. Coño, lo mismo que yo.

»Me dice que se llama Miranda, pero puede ser mentira, porque yo le digo que me llamo Gerardo y mi madre me puso Sebastián, como mi abuelo. Y entonces me doy cuenta de que no tengo un duro. En casa tengo de todo para acabar el mes, pero no me convence llevar allí a la novia del Otelo local. Y estar, está tremenda…

»Así que voy al cajero y tiro de crédito, un poco aquí y otro poco allá. Les levanto diez mil duros a esos cabrones de la caja de ahorros tirando de crédito y nos vamos. Y cómo nos vamos…

»Aquí, en confianza, voy a decirle que me lo he estado pensando, y ya le pueden dar por el culo a Mariví (si son capaces). Todavía no había empezado a meterle mano a Miranda y ya me preguntaba cómo había podido aguantar a esa tarada mental, dos años matándome a pajas después del cine. Puede que sea de muy buena familia, como dice mi madre, pero para mí que se reproducen por esporas, porque a la fase sexual aún no han llegado.

»Que se la folle un pez. Y a ser posible, uno que pinche.

»De modo que saqué la pasta a pasear y me la fundí toda. Pero bien fundida. Nos pasamos el fin de semana en un hotelito de la playa. Servicio de habitaciones, cama de agua, champaña… Dos días comiendo marisco entre polvo y polvo, a ratos follando como salvajes en el suzuki —ya sabe, la bañera esa de burbujas— y a ratos haciendo el amor en la terraza, con las olas rompiendo al fondo y los botones llamando a la puerta a ver si estábamos vivos… Cuando nos despedimos, ella me acarició suavemente la mejilla, y casi me tumba con el impacto, de lo que me temblaban las piernas.

»Y así estaba yo el lunes, hecho una mierda, con perdón. Tuve que llamar al trabajo para decir que tenía gripe. Y entonces llegaron ellos.

»Llamaron a la puerta cuando estaba a punto de ducharme. Debí darme cuenta entonces, pero yo estaba como flotando, y algo ido. El marisco, seguro. Igual ni estaba fresco… Bueno, que abrí.

»Me encontré con un túnel negro. Era como la embocadura de una especie de tubería gigante, y al otro extremo, casi completamente tapado por ella, un tipo alto, moreno, de pelo corto. Cuando me empujaron dentro mejoró la perspectiva, y vi que la tubería era una pistola descomunal, y que eran dos los tíos con imitación de traje oscuro y gafas de sol que habían invadido mi pasillo. Uno parecía presa de escalofríos constantes y el otro no paraba de hacer unos tics rarísimos. A su espalda atisbé por un instante a mi vecino de puerta, un colgadillo que no sabemos muy bien de qué vive.

»Entonces veo que mi vecino pega un salto y se desliza escaleras abajo a toda pastilla, y yo rezo para que vaya en busca de ayuda, pero no puedo gritar ni decirle nada porque el más bajo de los matones —el de los tics enervantes— cierra la puerta con el pie y me pregunta por la pasta. Y yo, con aquel tubo de metal frío y enorme apoyado en la frente, pienso automáticamente en los diez mil duros del cajero y casi me alegro, porque ahora sí que se han pasado los de los bancos, y una vocecilla lejana, muy lejana y que sin duda se siente engañosamente a salvo me dice que vamos a vivir como reyes con lo que les saquemos por la demanda que les vamos a poner.

»“Pero si solo son diez mil duros”, les digo. Y estoy a punto de hablarles de mi anciana madre cuando uno de ellos me pregunta dónde la he conocido.

»”Joder, estos no son del banco”, me digo. Y entonces me acuerdo de la chica, y del pirado de su novio, y de los celos injustificados, y a cada momento la pistola me parece más grande, más negra y más fría, y el tío me la apoya con tanta fuerza en la frente que no va a necesitar disparar para atravesarme la cabeza.

»Miro al más bajo, que no para de guiñarme un ojo, y entonces, en un raro arranque de dignidad que aún me sorprende, le pregunto qué ha sido de Miranda. Así, con dos cojones, como mi abuelo Sebastián, que estuvo en Sidi Ifni. Supongo que pensé que el loco se la había cargado antes, y que una chica con ese cuerpo y esa alegría se merecía un último pensamiento. Yo qué sé.

»Al oírlo, el loco levanta la pistola, aúlla como un apache y se lía a tiros con el techo. Unos tiros impresionantes. Y se carga el edificio, joder, así como se lo digo. Si me llega a dar tiempo, me muero del susto.

»¿Que qué hice entonces? Hombre, yo, como total ya estaba muerto, me tiré por la ventana…


III

—Alucinándolo todo, tía, así estoy todavía. Porque, ¿sabes?, uno puede llegar a estar muy colgado. Mucho. Colgado de verdad, ¿entiendes? Jodidamente jodido… Pero por muy cenizo y muy pringao que se llegue a ser, uno jamás llega a descolgarse del todo de sus sueños, y yo había llegado a soñar con esto. Entre cuelgue y cuelgue, entre mierda y mierda, en los raros momentos de lucidez que la desesperación te proporciona, antes de que vuelvas a mirarte en un espejo y a hundirte la aguja en el brazo para no volver a verte…

»Años, llevaba dándole vueltas. Casi desde el mismo instante en que me di cuenta de que para mí ya no había salida de la mierda en la que estaba metido. Y por lo menos desde que supe por primera vez de éste Centro, de la Peptoclo… del tratamiento de los cojones. Y saberlo me torturaba aún más, porque, ¿cómo explicártelo? Lo veía, pero no lo alcanzaba. Y sabía que no lo alcanzaría nunca, porque cada día me alejaba un poco más, a toda hostia y cuesta abajo.

»Y de pronto, va la ocasión y se presenta. Como una ex novia cojonuda a la que hace ya tiempo que no ves, y uno no sabe muy bien a qué carta quedarse, porque no sabes si te va a dar un beso o una hostia, y de pronto te apetece tener algo con ella otra vez, porque ya no recuerdas las cosas malas por las que os disteis puerta y sin embargo descubres que nunca llegaste a olvidar del todo el olor de su pelo… La virgen, qué cosas digo cuando no me coloco.

»No, ya sé que no me entiendes. Tú nunca has estado en ese pozo. Uno ya ni siquiera duda a esas alturas entre morirse poco a poco como una rata o reventar y ya está. Y piensa que casi vale más intentar algo grande y acabar de una puta vez que verse reducido un día más a esa cosa triste y llorosa en que se convierte cada vez que alguien agita delante suyo una de esas bolsitas.

»Y entonces recuerdas que puedes pensar. Recuerdas que en otro tiempo pudiste ser algo distinto. Y eso lo hace aún más doloroso, ¿sabes? El recuerdo de lo que pudo ser y no fue, el recuerdo de lo que alguna vez rozaste con la punta de los dedos.

»La llamada de Bocca, alias “el Cherif”, revolvió esos recuerdos dolorosos como te revuelve un puñado de sal en una herida abierta. Hubo un tiempo en que leía, hubo un tiempo en que pensaba, hubo un tiempo en el que hilaba razonamientos complicados y perfectos, entrelazando planes y argumentos a una velocidad aterradora. Hubo un tiempo en que mi cerebro era algo más que la papilla medio descompuesta en que lo había convertido. Y a veces incluso creo recordar un tiempo en que las bolsitas parecieron un remedio feliz contra alguna forma de pérdida que no logro, que no puedo, o que quizás no quiero alcanzar a recordar…

»Bocca sabía de mí porque me había utilizado ya alguna vez. Aún podía redactar documentos con soltura, aún recordaba cómo manejar un procesador de textos y una hoja de cálculo, aún conservaba conocimientos dispersos aquí y allá, perdidos entre el barullo de mis neuronas. Me habían procurado algunas dosis extra Y aún seguía teniendo una facilidad instintiva para los idiomas. Aquel día me comunicaron generosamente que si aún podía recordar algo de mi francés, tendría oportunidad de ayudar a Bocca en una de sus «operaciones financieras» de alto nivel y sacar algo para mí. Las instrucciones eran sencillas, mi trabajo también: hacer traducción simultánea y tener mucho cuidado. Alguien vendría conmigo y entregaría a una gente una maleta llena de algo que no sería polvo de talco. Ellos nos entregarían una maleta más grande y ahí se acabaría todo. Mi presencia se debía a una cierta fama de mala leche del equipo visitante, y a su conocida tendencia a ponerse nerviosos y tirar de gatillo por una mirada mal interpretada. Bocca pensaba que era importante entenderse con ellos.

»No dijo qué habría en el interior de la maleta que nos darían, pero mi cerebro aún no se había licuado lo bastante como para no adivinarlo.

»Fue entonces cuando tuve la idea, allí mismo, delante de ellos. Como un estallido luminoso, como una revelación. Supongo que en ese momento debí parecer una versión sin afeitar de una Juana de Arco un tanto babosa, pero nadie pareció darse cuenta. Quizá ni me miraban. Joder, ni me veían.

»Y sin embargo, mi cerebro empezó a funcionar. Y poco a poco, mientras Bocca hablaba, la idea iba tomando cuerpo. Cuando me dio el maletín cerrado y una bolsita extra para mí, lo último que aquel cabrón podía imaginar era a qué se debían en realidad mis temblores. Guardé un respetuoso silencio mientras me explicaba que se necesitaba a alguien que hablara francés para asegurar los términos de futuros tratos, y que el asunto era nuevo pero prometía, y que aquello podía ser muy bueno para mí. Y luego nos despidió con un gracioso gesto de su mano. Lo vería en alguna película, supongo.

»Uno de sus matones de confianza, Piro el Galleta, vendría conmigo. Si supieras de qué te hablo no haría falta explicarte el apodo. Tenía unas manos como sartenes, y a menudo las sacaba a pasear con gracia y tronío. A mí me había dado alguna que otra, y sabía que, como casi todo el mundo que me conocía, El Galleta me despreciaba. Sí, los pringaos que se meten la mierda que ellos reparten les dan, extrañamente, un asco casi insoportable. Sabía también que por ahora me necesitaban y que El Galleta sería amable conmigo hasta que todo acabara. Podía resultar útil, y para la gente como él era algo natural sacar provecho de cualquier cosa que aún tuviéramos. Al fin y al cabo, ya se habían quedado con todo lo demás.

»Acudimos a la cita a pie, solos El Galleta y yo. No fue difícil. El Galleta les entregó el maletín y recibió uno más grande con la pasta. El franchute habló, yo respondí educadamente y con un acento tan cojonudo que los tíos levantaron las cejas, me entregaron unos papeles y yo volví a decir que sí, que muy bien mientras nos despedíamos. Joder, hasta les di la mano y todo…

»Apenas los franceses se fueron, El Galleta se relajó, dando el asunto por concluido. Aflojó la barriga y se volvió hacia mí con la mirada vacía de expresión que reservaba para todos nosotros cuando se veía obligado a tratarnos. El muy hijoputa. Ni por asomo esperaba la rociada de spray de pimienta en los ojos. Apenas el líquido le tocó empezó a gritar como loco, se llevó las manos a la cara y cayó de rodillas. Justo a la altura adecuada para que mi pie le alcanzara en la cabeza. Con un gemido, el bastardo cayó en posición fetal, retorciéndose, apretando los puños contra los ojos. Creo que le di una o dos patadas más en el estómago. Chillaba como un cerdo en un matadero, pero nadie salió a la ventana. Hubiera debido dejarlo muerto a golpes allí mismo. Confieso, no obstante, que saboreé mientras me iba los gritos de terror del hijo de perra al verse ciego y abandonado en aquel callejón. Yo recordaba muchas noches de terror parecidas, ciego y gritando hasta toser gotitas de sangre, después de meterme un pedalazo de la mierda que los cabrones como él me colocaban para divertirse. Justicia poética, pensé. Hijoputa.

»Luego eché a andar a paso vivo.

»Había sido sencillo. Lo que seguía era lo difícil. Aquella era una ciudad de provincias. Pocos aviones, pocos trenes, jodido hacerse con un coche a las tantas de la madrugada. Yo había vendido el mío hacía años, en un cuelgue, y hacerme con uno por la tremenda antes de la cita hubiera resultado bastante imprudente, porque no me quitaban ojo de encima, no fuera a joderles con un chivatazo. Me alucinaba hasta que punto había recuperado la capacidad de pensar en sólo unas pocas horas de esperanza.

»Y tampoco había tocado la bolsita.

»Eso era bueno, muy bueno, porque necesitaba mantenerme sereno. No podía esconderme, no podía quedarme en la calle. La idea de que la policía me encontrara con una maleta llena de dinero en cualquier callejuela o tugurio me daba escalofríos. Eso te llevaba de frente a la cárcel, sin fianza. Y en la cárcel también estaba la gente de Bocca.

»Así que tomé un autobús. En quince minutos estaba en mi casa y había recogido el pasaporte y lo poco que tenía que merecía la pena conservar. Mi casa daba asco, mi ropa daba asco, mi vida entera daba asco. El cielo, en cambio, ganaba color a medida que pasaban los minutos. Abrí la ventana de la cocina y le guindé al niñato de al lado un polo de marca y unos tejanos del tendedero, y al hacerlo pude ver que unas manchas de claridad se extendían ya por debajo de las nubes. Casi sentí por un instante una caricia de aquella luz, allí, en el patio, rodeado de tendederos y olor a coliflor cocida. Entonces me dije a mí mismo que había visto muchos amaneceres últimamente, y que aquél era el primero que me parecía hermoso en mucho tiempo, aunque fuera en aquella mierda de patio de luces.

»Supongo que tardé un tiempo en espabilar. A veces el romanticismo es jodidamente inoportuno, y solo cuando me di cuenta de que el cielo se había vuelto casi azul logré reaccionar y cerrar la ventana.

»Ha salido el sol, y eso es malo, me dije. Seguro que ya han encontrado a Galleta, y ha cantado de plano.

»Metí la cabeza debajo del grifo para calmarme, y me peiné con dos golpes de cepillo, sin raya y hacia atrás, como cuando iba al colegio. Cambié la pasta –mucha, muchísima pasta, me dije, mientras la manejaba sin contarla para no acojonarme— a una bolsa de deporte, junto con una raqueta vieja de la que sólo conservaba el mango. Lo dejé asomando por la cremallera y allí, ante el espejo del pasillo, el único que me quedaba, me di el toque final: unas gafitas de montura dorada que rescaté de un contenedor en el que buscaba cena cierta oscura noche en que había tocado fondo. Nunca supe muy bien porqué las había conservado, hasta aquel día. Aún las tengo aquí. Las llevo siempre conmigo desde entonces. Son como una especie de amuleto. ¿Verdad que dan el pego? Pues imagínate si llegan a tener cristales…

»De pronto, el ruido del tráfico despertando a la ciudad me asustó, y abrí la puerta, listo para largarme escalera abajo. No iba a esperar ni al ascensor.

»Demasiado tarde. El terror me dejó helado. Allí estaban, y además los conocía. Bocca solía encargarles trabajos como aquél, y tenían fama de hacerlos bien. No, miento, tenían fama de pasarse. Y en esta ocasión a Bocca no iba a importarle.

»Y entonces va el más alto y me cierra la puerta. En las narices. Y me llama «pollo». Y allí, helado y con la puerta cerrada, les oigo llamar al vecino y armar la de Dios es Cristo.

»No podía creerlo. Joder, te pasas la vida esperando un poco de suerte, y un día vas… ¡y la tienes! Abrí la puerta de nuevo mientras la de mi pobre vecino se cerraba, y salí disparado escaleras abajo. Crucé la calle, atravesé la plaza como una posta y me detuve en una cabina para advertir a la policía de un intento de asesinato en el tercero de la calle tal, en ese mismo instante. La cabina estaba al lado de una parada de taxis, y el aeropuerto a menos de veinte minutos. Dejé en el taxi, disimuladamente, el mango de la raqueta. Y cuatro horas más tarde estaba en Heathrow, Inglaterra, alucinado, a salvo, con una bolsa vieja y una cantidad indecente de millones en ella. Lo primero que noté fue el frío, pero no me preocupó. He aquí el invierno de nuestro descontento, me dije, transfigurado en este aguacero cabrón de Londres. Y vivan él y su puta madre…

»Y el resto, ¿qué más puedo decirte? Pues que esto está bien, me gusta… Me gusta Escocia. Me gustan los paseos, los bosques, los arroyos, las playas solitarias bajo un cielo gris, los castillos llenos de fantasmas, las piedras viejas coronando las colinas y el tarí tarí continuo de las puñeteras gaitas. Me gusta el paisaje, y también el centro de rehabilitación, aunque sea tan caro, tan eficiente, tan pijo y tan privado. Y me gusta la gente, quizá porque no hablo una mierda de inglés, y también los paseos por el borde del lago, y las cervezas en esos pubs pequeñitos de los pueblos, donde no entiendo nada y sé que me cobran de más.

»Pero sobre todo me gusta estar bien, niña, me encanta esta sensación al levantarme por las mañanas, y no sentir más pena de mí mismo, ni más miedo de mirarme al espejo, ni más dolor, ni más vergüenza, ni más miseria pegada al alma. Y no deja de tener cierta gracia que sea precisamente su dinero el que me haya pagado esto, y a veces es lo primero que me hace sonreír por la mañana…

»Y, ¿sabes?, creo que cuando me den el alta me quedaré por aquí, a pescar, a criar ovejas y a pasear por la orilla, a ver si veo al puto monstruo, que total, es lo que me falta. Y puede que hasta aprenda inglés y me entere de que coño te ríes todo el tiempo, tía, que de verdad que no te pillo, que aún no sé si es que eres feliz, o un poco boba, o que te gusta el tacto con que te trato. O que no te habían metido mano como es debido en tu vida. Porque maciza sí que estás, pero también algo desatendida, eso salta a la vista…

© Javier Cuevas
Reproducido con permiso del autor