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	<title>El resto es silencio &#187; Laberintos y paradojas</title>
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		<title>El jardín de las flores que se columpian</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Oct 2009 06:22:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elia Barceló</dc:creator>
				<category><![CDATA[Laberintos y paradojas]]></category>

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		<description><![CDATA[¡Qué hermoso es este jardín!, pero tú no lo entiendes, Jaifa, tú, Aren, creo que ni siquiera lo ves. Hace apenas unos minutos hemos estado tan unidos y ahora cada cual se pierde en el laberinto de sus propios pensamientos, de sus propios rencores y, sin embargo, este jardín no ha sido hecho para el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">¡Qué hermoso es este jardín!, pero tú no lo entiendes, Jaifa, tú, Aren, creo que ni siquiera lo ves. Hace apenas unos minutos hemos estado tan unidos y ahora cada cual se pierde en el laberinto de sus propios pensamientos, de sus propios rencores y, sin embargo, este jardín no ha sido hecho para el odio ni para la soledad; este jardín tiene la triple belleza del mundo de Hor, donde ni el uno ni la dualidad tienen sentido. Nosotros somos tres, nos hemos dado muchas cosas bellas y seguimos aquí, recostados sobre esta hierba amarilla y suave, pero no estamos unidos, ya no. ¿Ves, Aren?, acaricio tu flanco con esta mano grande y cálida que ha sentido tantas cosas antes y tú no te mueves, casi no respiras, como si ni siquiera pudieras sentirla. ¿Te hemos hecho daño, Aren, hermosura triple de la triple luna, que no quieres abrir los ojos y volverlos hacia mí? Dime que no, mi vida. Dime que eres feliz porque estamos contigo y porque juntos sumamos la perfecta perfección. ¡Dios mío!, ¡qué horrible!, cada día expreso peor mis pensamientos, cada día pierdo más y más palabras, las que aprendí en mi infancia en Tierra con mi gente. ¡Y pensar que un día quise ser poeta, el primer poeta de la Galaxia inmensa y ahora no soy más que tercer navegante de un crucero turístico y estoy perdiendo mi lengua! Ya sé que nunca podré hacer poesía como la que me hubiera gustado escribir, pero no he perdido la esperanza de hacerla de otro modo, con mis acciones, con mis sentimientos, quizá también con mi forma de mirar o mis caricias, pero ¡es tan difícil!, ni siquiera ya me escucha Jaifa. ¿Habrá dejado de amarme? No, no puede ser. Jaifa es mi compañera, la mujer que amo y amaré siempre. Durante dos años nos hemos querido, ayudado, consolado en los largos días de navegación. Si no nos hubiéramos conocido, ¡quién sabe lo que hubiera sido su vida en aquel planeta semidesierto donde quería dejarla el capitán!, pero yo la ayudé y pagué de mi sueldo hasta que pudo empezar a trabajar un poco en la nave y desenvolverse sola. Sé que al principio estaba conmigo sólo por agradecimiento, pero sé también que después las cosas cambiaron. No es posible que ahora quiera quedarse en Hor y vivir con Aren y olvidarme. Pero, ¿qué digo?, ¿por qué pienso estas cosas?, sólo porque Jaifa está callada mirando al cielo siempre cambiante del jardín no tengo razón para suponer que haya dejado de quererme. ¿Qué piensas, Jaifa, mi amor?, ¿qué hay detrás de tus ojos cuando miras al cielo e ignoras mis labios en tu pelo?, ¿qué pasa en tu cabeza cuando tu mirada se aparta de mí? Y tú, Aren, ¿qué piensas de ella, qué piensas de nosotros, extranjeros en tu mundo, cuando te entregamos nuestros sentimientos?</p>
<p style="text-align: justify;">Si nuestras vidas fueran menos complicadas podríamos quedarnos en Hor, tumbados en el jardín de las flores que se columpian, y oír las salpicaduras de las fuentes sobre las hojas; formaríamos un tríptico en este planeta, tendríamos una casita de tres habitaciones y una sala común para amarnos y yo tal vez sería poeta y Jaifa bailarina, como siempre ha deseado y Aren&#8230; ¿quién sabe lo que tú querrías hacer?, Aren, tan distinto y tan distante de nosotros y otras veces, sin embargo, tan próximo que nuestras voces y nuestras sonrisas se entremezclan y se funden. ¡Qué maravillosa casualidad encontrarte en aquel paseo y entablar conversación sobre las flores de corola triple que sólo crecen en Hor! Te invitamos a cenar y a charlar con nosotros para que nos hablaras de todas las bellezas que tenemos tres días para descubrir y fue así como decidimos venir a visitar el jardín. Cuando te preguntamos qué sitio era éste tú dijiste que era un lugar de contradicciones y, aunque no te entendimos, no quisimos tampoco averiguar más, porque tus ojos eran dulces y tu mente creaba ecos con nuestras sensaciones y sabíamos que te sentías feliz con un placer más puro que el de cualquier humano. Aren, amigo, ¿por qué no sonríes de nuevo? No sé. Tal vez soy yo quien no es capaz de apreciar del modo adecuado la hermosura del jardín; estoy aquí, rodeado de hierba, de piedras blandas y suaves que se irisan levemente de todos los colores y sólo pienso en mí y en Jaifa y en Aren, en lugar de diluir mi mente en la paz y el silencio, en la contemplación del cielo y de las flores tenues que columpian sus triples corolas en la brisa.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Y si me quedara para siempre en el mundo de Hor?, ¿y si mañana, a la hora de embarcar, acompañara a Jaifa hasta la nave y le dijera que le deseo toda la suerte del Universo y que me quedo aquí, con Aren? ¿Podría yo hacer eso?, ¿podría vivir feliz en cualquier parte sin que el recuerdo de Jaifa, y el de su soledad y su tristeza, me rompiera el corazón?</p>
<p style="text-align: justify;">Acaso sea ese el suicidio del que hablaba el capitán antes de bajar a tierra: «Hor es un lugar divino, pero hay muchos que nunca vuelven a sus naves. Lo llamamos &#8220;el suicidio&#8221; aunque nunca se ha sabido a ciencia cierta si la gente se mata realmente o si sólo se esconde hasta que se va la nave. De todos modos, deben saber que Hor, a pesar de su apariencia idílica, es un mundo muy pobre; prácticamente vive de los turistas que pasan aquí los tres días de escala en todas las naves que hacen esta ruta. No sabemos bien de qué viven los nativos que no tienen relación con el turismo. Sólo les digo todo esto para que no se entusiasmen demasiado pensando que pueden encontrar otro trabajo más placentero en tierra, a menos que prefieran ser camareros o guías a ser tripulantes de un crucero espacial».</p>
<p style="text-align: justify;">Y yo, ahora, parece que estoy pensando en el suicidio, porque, efectivamente, sería un suicidio abandonar a Jaifa, abandonar la nave y probar fortuna en un mundo extraño como Hor, con un ser extraño como Aren. Pero, ¿por qué?, ¿por qué pensar tantas cosas?, ¿por qué no dejar que todo sea como debe ser: disfrutar de la escala, volver al trabajo y firmar el contrato de matrimonio con Jaifa, lo que nos permitirá estar siempre juntos en las mismas naves, ser trasladados a la vez? ¿No era eso lo que yo quería hasta ahora, lo que más deseaba?, ¿no era eso? Sí lo era y, sin embargo, hay algo nuevo, algo que ha entrado en mi cerebro con Aren. Mi amor por Jaifa, esa mujer valiente y misteriosa, surgida de repente en mi vida, ¿no se parece, tal vez, a lo que ahora empiezo a sentir por Aren? ¿No me sucedió también así, de golpe, la otra vez? ¿Amo realmente a Jaifa o me he acostumbrado a tenerla conmigo en los días y las noches del lento tiempo entre los mundos? ¿Y ella?, ¿qué siente ella por mí?, ¿estará pensando ahora lo mismo que yo pienso?, ¿estará recordando el abrazo de Aren y la sensación del eco de sus propias sensaciones devuelto mil veces y en mil tonos por el cerebro del extraño amante? Jaifa, mi vida, ¿qué nos ha pasado?, ¿qué vamos a hacer? Estáis tan quietos y tan callados los dos y hay tantas cosas en mi cabeza que quiero deciros, y sin embargo, no me atrevo. Quiero tocaros, quiero sacudiros y compartir con vosotros esta angustia que he empezado a sentir y que me está aislando de todos los sentimientos firmes de mi vida; pero vosotros os alejáis de mí, me ignoráis, os perdéis de mi lado y quizá ni siquiera estáis juntos, quizá ni siquiera lo estáis haciendo a propósito, pero empiezo a sentirme perdido, perdido de ti, Jaifa, mi amor, perdido de ti, Aren, de ti que aún no conozco pero que me atraes y me quemas como una llama. ¿Por qué he venido a este jardín?, ¿qué esperaba encontrar en él?, ¿qué he encontrado?</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Estoy cansada de estar aquí; estoy harta ya de estas nubes de colores eternamente cambiantes que flotan sobre nuestras cabezas. Quiero irme. Quiero levantarme de un salto y decirle a Shejet que me he cansado del juego triple y del jardín de las flores que se columpian. Hay algo maligno en este jardín, algo que te atrapa y te retuerce y te mata. Lo he sentido ya otras veces, antes, mientras hacíamos el amor y Aren jugaba con nuestros sentimientos como si tejiera una tela de araña venenosa a nuestro alrededor; pero Shejet no me creería, él es el poeta, el que tiene las intuiciones divinas y yo no soy más que una golfa que se ha ido solucionando la vida como ha podido. Él no me ha dicho nunca esto, claro, pero sé que lo piensa. Y hace bien, eso es lo que soy, aunque me haya pasado dos años haciendo de amante esposa; pero ya estoy harta. Harta de él, de la nave, de los turistas, de todo. Se me revuelve el estómago de pensar que dentro de menos de un día volveré a estar encerrada en esa polvera de lujo que es el «Victoria» sin otro consuelo que las largas noches en la cabina de ese pobre imbécil, con sus sueños y sus proyectos que no son los míos. Y, sin embargo, hasta hace sólo dos días estaba dispuesta a firmar el acta de matrimonio para legalizar esa compañía que no deseo; pero Shejet fue el único en ayudarme en aquel mal paso y le tengo cariño, por eso le escucho y comparto su cama; por eso y porque no he encontrado nada mejor. Dice que me quiere, pero ¿quién sabe?, yo también lo digo y no es verdad. Lo más probable es que crea que me quiere porque tampoco tiene nada mejor. Hasta es posible que ahora esté pensando en quedarse en Hor, con sus jardines y sus fuentes y su gente como Aren, esa criatura extraña y malvada que amplifica, distorsiona y devuelve nuestros sentimientos, pero que no siente, ni como nosotros ni de ninguna manera. Sólo finge, no hace más que fingir, y nosotros también fingimos, como idiotas que somos.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Por qué tuvimos que encontrárnoslo? Es como si, desde que estamos con él, todos los sentimientos tanto tiempo reprimidos se hubieran disparado. Ahora no puedo ni pensar en tocar a Shejet, no podría soportar una caricia, pero no se lo puedo decir, no me entendería. Roza mi pelo con sus labios y sé que me está pidiendo una mirada, una sonrisa, pero no quiero hacerlo. Es igual. El pobre está tan seguro de mi amor que no dudará por eso, nunca duda de nada. También estoy harta de eso, y de su transparencia; es como una novela de misterio que, una vez leída, pierde todo interés. Apostaría a que está fascinado por la técnica de Aren, pero también podría apostar a que, a pesar de ello, nunca se quedaría en Hor con él aunque se lo pidiera. Shejet en el fondo es un cobarde, le gustan las cosas fáciles; por eso se quedó conmigo, porque estaba allí y no era de nadie, pero nunca dudaría de su amor por mí.</p>
<p style="text-align: justify;">Me pregunto qué estará pensando Aren, suponiendo que pueda pensar. No sabemos nada de esta gente y, sin embargo, somos tan ingenuos como para ofrecerles en bandeja todos nuestros sentimientos sólo porque ellos pueden, como si dijéramos, ampliarles el volumen. A lo mejor de eso viene el suicidio del que hablaba el capitán; no como algo voluntario sino porque uno de estos seres aumenta tanto las sensaciones que un orgasmo puede ser mortal. Creo que he hecho bien en moderar todo lo que siento. No he sobrevivido tantos años de vida azarosa para fiarme del primer horiano que conozco y abrirle mi alma. ¡Señor, qué lentos pasan aquí los días!, casi tanto como en el «Victoria». Y todo el rato aquí, tendidos como lagartos terrestres, sin hacer nada, sin hablar, sólo mirando las nubes y las flores, estas flores semitransparentes, grandes como hortalizas que no paran de moverse aunque no haya viento. Y qué quieto está Aren, sin mover un músculo, como si no respirara. Aren, como un cadáver entre nosotros. ¡Shejet, por Dios, di algo, muévete, di cualquier estupidez pero salgamos de aquí, hagamos algo que demuestre que aún estamos vivos! Pero, no, ¿qué más da?; antes o después nos iremos, nos encontraremos de nuevo en la pequeña cabina allá en la nave y entonces le diré&#8230; ¿qué?, ¿qué puedo decirle?, que no lo quiero, que nunca lo he querido, que no pienso pasar mi vida a su lado, que nunca he querido ser bailarina, que lo que yo quiero es encontrar un hombre rico con una gran casa y muchos amigos y dar fiestas y moverme y hablar y vivir. ¿Voy a decirle eso?</p>
<p style="text-align: justify;">¡Qué muerto está este jardín! No hay pájaros, ni gente, ni siquiera insectos voladores; sólo estas piedras gomosas y esta hierba que parece haber perdido el color y los árboles olorosos y las flores inmensas, pero sin ruido, sin vida. Shejet acaricia el cuerpo de Aren y él no se mueve, no suspira. ¿Será esto la muerte en medio de este jardín? Alguien escribió que eso era la muerte, me lo leyó Shejet un día: «El recuerdo del desamor y del hastío y el abandono de toda esperanza porque la esperanza es también desamor, también hastío». A pesar de todo, yo siempre he creído en Dios. ¡Sálvanos, Señor, de Aren y del jardín de las flores que se columpian! Nos estamos ahogando Shejet y yo.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El asco me paraliza como otras veces, como todas las veces. Como siempre me pregunto, después de hacerlo, por qué habrá caído este castigo sobre nosotros. Éramos un pueblo sincero antes de que los humanos llegaran; muy pobres, es cierto, destruidos por las guerras y las venganzas, pero sinceros y libres. Y entonces llegaron ellos al planeta de la hermosura triple, como lo llaman, y empezó la tortura. ¿Por qué no habremos muerto todos en las últimas masacres? Hubiéramos dejado un mundo limpio donde quizás hubiera podido volver a brotar la vida, pero no, tuvimos que prostituirnos a los que nos daban comodidades y lujos de los que habíamos perdido el recuerdo. Esos malditos que no entienden nada ni aman nada tuvieron que encontrarse en su primer contacto con una tribu de perversos, los más miserables, los más despreciables seres de nuestra sociedad, apartados voluntariamente de la comunidad por lo que quedaba de nuestro Gobierno para que no contaminaran a los supervivientes de las últimas batallas que aún conservábamos los fundamentos de nuestras leyes y nuestras costumbres. Y esos monstruos humanos los consideraron fiel ejemplo de nuestra sociedad, precisamente a esos desechos que se reunían en grupos de tres para darse un placer que los destruía y olvidar así que había a su alrededor un mundo que reconstruir. Dos que copulan y uno que recoge, amplifica, distorsiona sus sensaciones y las devuelve a sus mentes y a sus cuerpos y los tortura lentamente mezclando el placer y el dolor en un constante intercambio de papeles hasta la destrucción por agotamiento o por locura. Y esos estúpidos científicos humanos sacando conclusiones sobre la base tres que rige nuestro mundo, sólo porque algunas de nuestras flores tienen triple corola y porque nuestro planeta recibe luz de tres soles y tres satélites giran a su alrededor.</p>
<p style="text-align: justify;">En sus viajes posteriores descubrieron que también los humanos podían participar en eso y agotaron a todos los perversos de nuestro pueblo para darse placer, sin entender nada, sin querer entender. Y nosotros, mientras tanto, los demás, tratando de sobrevivir en las colinas, tratando de reconstruir de alguna manera nuestra civilización. Trajeron equipos para investigar las ruinas de nuestras ciudades y tampoco se dieron cuenta de nada, ¿cómo podían verlo si habían aceptado la perversión como código normal de conducta? Dijeron que aquellas ruinas eran muy curiosas porque los edificios no habían sido destruidos por explosivos ni por nada que se pudiera entender como bélico en el sentido humano, y ¿por qué había de ser en el sentido humano si nosotros no somos humanos?, pero eso no lo quisieron ver tampoco. No se dieron cuenta de que nuestra mejor arma es precisamente la capacidad de resonancia de nuestras mentes, de que podemos destruir enloqueciendo, potenciando los sentimientos y sensaciones de nuestros enemigos. No entendieron que, lo que según ellos fue creado para el amor, es el arma más peligrosa con la que contamos.</p>
<p style="text-align: justify;">Shejet, el humano, me toca el costado una y otra vez; no entiendo lo que quiere. A pesar de todas las veces que lo he hecho, no puedo entenderlos. Espero que no quiera volver a empezar porque esta vez lo mataría; utilizaría la corriente de hastío, de frustración, de odio incipiente que hay en Jaifa para matarlo y a ella la enloquecería con las dudas y la amargura de él. Ya he destruido al número conveniente para que nuestro pueblo no entre en conflicto con el Gobierno de los humanos y nos causen todavía más daño, pero esta perversión que he tenido que forzar en mí, por amor a mi raza, me está comiendo terreno y a veces siento una especie de placer malsano en destruirlos, porque se lo merecen, porque son ellos quienes lo buscan. Tal vez algún día piensen que es demasiada la gente que desaparece al llegar a este planeta y decidan que sus naves deben hacer escala en otro lugar. Si ese día llega y nos dejan en paz, podremos empezar a limpiar y reconstruir nuestro mundo como era antes de que llegaran ellos; sin estos jardines artificiales creados para los humanos, construidos con las constantes que pudimos obtener de sus mentes abiertas durante la copulación: hierba de extraños colores, piedras blandas e irisadas, fuentes y flores por todas partes. ¿Dónde queda la belleza de una flor cuando hay cientos de ellas en el mismo jardín? Antes, cuando aún teníamos ciudades hechas por nosotros, para nosotros, nunca había más de cinco o seis plantas o árboles en una comunidad. Así, ver nacer una flor era una gloria efímera, era como un reflejo de la belleza cósmica. Ahora, toda la hermosura amontonada, nuestra triple hermosura, no es más que una vergüenza y una perversión. Pero no podemos cambiar las cosas de golpe. Ellos son fuertes y su pueblo es numeroso; nos dan cosas que necesitamos para cuando, más adelante, podamos volver a ser nosotros mismos; a cambio, nosotros les damos la muerte que llevan encerrada en sus mentes malignas. Para eso muchos sufrimos, sacrificamos nuestras vidas y nuestros valores y nos hacemos los encontradizos a la llegada de las naves para después traerlos a jardines como éste. Por eso estoy yo aquí, tendido junto a mis víctimas, que presumen de amor y de decencia y sentimientos nobles.</p>
<p style="text-align: justify;">Marchaos, extranjeros, Shejet y Jaifa, no esperéis nada hermoso de mí. No os puedo dar nada que no llevéis dentro, no os he dado nada que no llevarais dentro; os desprecio, me dais asco, pero no quiero ensuciarme más, no quiero mataros. Volved a vuestra nave, destruiros vosotros solos con vuestra insinceridad, con vuestros engaños, pero marchad pronto porque la corrupción que hay en mi mente está despertando. Si no os marcháis enseguida, yo, Aren, os destruiré por amor a los míos.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Elia Barceló<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Turismo de guerra</title>
		<link>http://www.humoyespejos.com/2009/07/27/turismo-de-guerra/</link>
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		<pubDate>Mon, 27 Jul 2009 06:43:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Bermúdez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Laberintos y paradojas]]></category>

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-Bueno&#8230; -había contestado el de la agencia de viajes-. Lo que se dice safaris propiamente dichos, ahora es imposible. Con eso de la protección de los animales, las especies a extinguir y todas esas cosas&#8230; ya sabe. Pero usted, señor Herrero, es hombre de posibles. Si puede dedicar a esto un par de semanas, y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">-Bueno&#8230; -había contestado el de la agencia de viajes-. Lo que se dice safaris propiamente dichos, ahora es imposible. Con eso de la protección de los animales, las especies a extinguir y todas esas cosas&#8230; ya sabe. Pero usted, señor Herrero, es hombre de posibles. Si puede dedicar a esto un par de semanas, y ¡eh! una buena suma de dinero, puedo proporcionarle una aventura de lo más excitante.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Mujeres? No. Ya estuve en Tailandia, y fue un fracaso. Anita se obstinó en venirse conmigo. No hubo manera de hacer nada. Además, no sé por qué, pero esas chicas orientales no me gustan.</p>
<p style="text-align: justify;">-No es eso precisamente. Un momento.</p>
<p style="text-align: justify;">El hombre de la Agencia hizo unos números en un block. Luego, con un gesto de complicidad, deslizó la hoja con los cálculos hacia su cliente. Permaneció en silencio, contemplando al señor Herrero, que había dado un resoplido al ver el guarismo final. Observó el rostro cuadrado y un poco brutal, el grueso brillante en el dedo anular de la derecha, la cadena de oro, robusta como una maroma, que se adivinaba bajo la camisa de seda italiana y sobre el velludo pecho. Pensó que aquel hombre era el cliente ideal para esta&#8230; eh&#8230; aventura. Dinero, ansia de notoriedad y falta de buen gusto. Y podía pagar aquel precio. Era habilidad suya proponerlo solamente a quien lo pudiera pagar. Conocimiento de la clientela se llamaba eso. Pero ahora venía la segunda parte, la que también requería un perfecto conocimiento de la psicología del cliente. Al llegar a este segundo punto, solamente uno de los aceptantes del presupuesto inicial se había negado a seguir.</p>
<p style="text-align: justify;">El señor Herrero (Andy, para los amigos) hizo un gesto de duda.</p>
<p style="text-align: justify;">-Por ese precio -dijo-, debe ser algo extraordinario.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo es -afirmó el agente-. Incluye todos los gastos de traslado, manutención y seguro, así como, en su caso, la utilización de medios, excusas o sistemas para que la familia no quiera o no pueda acompañarle. Esto se refiere al montaje para hacer aparecer la cosa como un viaje de negocios. Si resulta que el único medio de convencer a la esposa es mandarla de compras al extranjero, o pagar una estancia en un castillo alemán con sus mejores amigas&#8230; eso no esta incluido, naturalmente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Naturalmente.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Teme usted al peligro, señor Herrero?</p>
<p style="text-align: justify;">El cliente lanzó una carcajada demasiado fuerte.</p>
<p style="text-align: justify;">-No he llegado a donde he llegado por temer al peligro.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Quiere usted saber de qué se trata?</p>
<p style="text-align: justify;">-Largue por esa boca, amigo.</p>
<p style="text-align: justify;">Al agente de viajes, que era un hombre culto, Licenciado en Filosofía y Letras, y estudioso del siglo XVII español (pero solamente la época de Felipe IV) estas expresiones un poco vulgares le hacían sentir frío. Pero comenzó a explicar.</p>
<p style="text-align: justify;">Una semana después, habiendo invertido una buena suma suplementaria para que su esposa, Anita, y sus dos inútiles hijos hicieran un crucero por el Mediterráneo, mientras su adorado padre se desplazaba al extranjero para un negocio de gran importancia, el señor Herrero cogió un avión que le llevó desde el aeropuerto de Barajas hacia Oriente. Tras una escala en el aeropuerto de Larnaca, Chipre, el aparato tomó tierra, por fin, en el aeródromo de Khaldé, al Sur de Beirut. No dijo nada, aunque suponía que no era ese su destino final. En Beirut, que visitó anteriormente por razón de negocios reales, no había prácticamente nada que pudiera representar una diversión.</p>
<p style="text-align: justify;">El 707 se detuvo con brusquedad, y los pasajeros salieron en tromba, corriendo bajo una ligera lluvia, hacia las destrozadas instalaciones. A sus espaldas, el aparato hizo rugir los reactores y comenzó a carretear sobre la pista. Despegó de nuevo. Ya lo habían advertido en Chipre; los reactores no se detenían allí más que lo imprescindible. Había guerra civil, y si algún suicida quería quedarse en aquella ciudad, eso era asunto suyo, no de las Middle East Airlines.</p>
<p style="text-align: justify;">En la sala de espera, los techos eran puros jirones de escayola, no había un solo vidrio sano, y las paredes estaban desconchadas por impactos de todos los calibres existentes. A través de altavoces desvencijados, la emisora &#8220;La voz del Líbano&#8221; aullaba consignas variadas, intercaladas con músicas árabes que al señor Herrero le sonaban como un cesto de gatos apaleados. Aquello empezaba bien. Si no fuera por el premio final&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Le tocaron la espalda. Se volvió. Era un hombre corpulento, al que las ropas de paisano caían mal. Lo encontró simpático, hallando cierta familiaridad en aquel rostro cuadrado y aquella mandíbula cortada con hacha. Tenía los ojos azules, carentes de expresión.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>-¿Are you the number two zero zero six, please?</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>-Yes, I&#8217;m -</em>respondió el señor Herrero-. <em>My name is Andy.</em></p>
<p style="text-align: justify;">-<em>O.K., Andy -</em>respondió el otro, con una camaradería un tanto brusca, muy militar-. <em>Come in. For you, I&#8217;m only Hill.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Salieron de nuevo a la lluvia y corrieron hacia un extremo del aeropuerto. Oyeron un estampido. Cerca del edificio de la terminal se elevó una peonza de humo negro. Aumentaron la velocidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Afortunadamente, en virtud de las instrucciones recibidas, Andy Herrero llevaba solamente un reducido maletín. Llegaron hasta un pequeño airbus, capaz todo lo más para veinte pasajeros, que esperaba con los motores en marcha. Ostentaba unos emblemas totalmente desconocidos. Varios hombres, con uniforme militar de camuflaje y armas al cinto, esperaban. Uno de ellos dijo algo en un lenguaje extraño, que el señor Herrero no había oído nunca. Pero estaba claro el significado: les urgía para que subieran. A lo lejos, surgieron nuevas peonzas de humo negro. Bill las señalo, riendo.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>¡Size 155! -</em>dijo<em>-¡Very deadly!</em></p>
<p style="text-align: justify;">Subieron. Los dos motores de hélice aumentaron brutalmente su régimen, y el aparato cabeceó sobre la pista llena de agua, para después elevarse con rapidez. Con cierta consideración, Bill ató el cinturón de seguridad de Andy Herrero. Y era un verdadero cinturón de seguridad, ancho, fuerte, lleno de remaches, y con una hebilla de presión. No los cintajos deshilachados y debiluchos de los reactores de línea, incapaces de sujetar un gato recién nacido. Por otra parte, aquel aparato no tenía asientos normales, sino unos bancos corridos a ambos lados del fuselaje. Los espacios libres estaban ocupados por cajas pintadas de verde oscuro, con letras amarillas. Claramente, material de guerra, todo ello.</p>
<p style="text-align: justify;">El señor Herrero, sintiéndose muy emocionado, se durmió. Se despertó un solo momento, y a través de las ventanillas vio que era de noche. Volvió a coger el sueño. Una sacudida brusca hizo que se despertase de nuevo. El airbus aterrizaba, y a juzgar por los traqueteos y sacudidas, la pista de aterrizaje era, probablemente, de tierra, y además, llena de baches. Quiso levantarse, pero se lo impidieron. Bill le entregó una taza llena de café aguado y un par de donuts. Fuera se oían gritos guturales y sonidos metálicos. Evidentemente estaban repostando combustible. Se abrió la puerta, y subió una mujer alta y grande, vestida igualmente con uniforme de camuflaje, verde, ocre y kaki. Al cinto, una cantimplora, con las iniciales U.S., una pesada pistola con las letras F.N. en la culata, y un par de granadas Mills, con los surcos de fragmentación brillando bajo la mortecina luz del techo. Tenía unas formas opulentas y bien marcadas por la basta tela del uniforme, y un rostro ancho, con labios gruesos y tez de un tono canela oscuro. Los ojos eran negros y muy brillantes. Exhalaba una sensualidad animal, que puso un poco nervioso a Andy Herrero.</p>
<p style="text-align: justify;">Se cerraron las puertas. Los motores rugieron de nuevo. Con un sonido de succión, el aparato despegó otra vez. Se vieron pasar copas de árboles por las ventanillas. La mujer se sentó junto al señor Herrero. Olía ligeramente a sudor femenino; no era desagradable.</p>
<p style="text-align: justify;">-Soy la teniente Runelda Muller -dijo, con un fuerte acento sudamericano, que el deportista español no pudo localizar-. Estoy encargada de acompañarle a usted, y de ponerle en antecedentes. ¿Conoce esto?</p>
<p style="text-align: justify;">De debajo del banco corrido extrajo un rifle largo y de extraña forma. Andy Herrero lo tomó en sus manos. Tenía la culata hueca, conservando sólo la forma exterior, un cargador curvo y una mira telescópica, delante de la cual el delgado cañón estaba cubierto en parte por un refrigerador perforado. No se parecía a nada que hubiera visto antes. Lo sopesó cuidadosamente. No pesaba demasiado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Cuatro kilos, trescientos gramos -dijo la teniente Muller, contestando a una pregunta que no había sido hecha-. Mortal hasta tres mil ochocientos metros, aunque el alcance eficaz es de mil trescientos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es un arma curiosa -respondió el comerciante-. Yo tengo un Henry; lo he usado para matar jabalíes.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí -respondió ella-. Lo conozco. Un 30-06. Es bueno. Lo que tenemos aquí es algo mejor, es un arma para snipers, para matar personas. Le voy a enseñar como funciona esto, número 2.006&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Andy, Andy, si no le importa.</p>
<p style="text-align: justify;">-No me importa. Pero no me diga más. No queremos saber nombres ni apellidos, ni tampoco procedencia, aunque se nota perfectamente que usted es español. Solamente en caso de un extremo perjuicio&#8230;.</p>
<p style="text-align: justify;">El señor Herrero se estremeció al oír esa forma tan elusiva de denominar lo que era simple y sencillamente la muerte.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Peruana? -preguntó, para cambiar de conversación.</p>
<p style="text-align: justify;">-Nací en Maracaibo, Venezuela. Pero dejemos los temas personales. Están prohibidos. Óigame, hermano. Esto es un Dragunov, calibre 7,62 mm. con mira telescópica, hecho en Rusia en producción limitada, modelo del año pasado. Prácticamente de artesanía, construido a mano, como quien dice, y preciso como un ordenador. Utiliza estos cartuchos express con carga reforzada, y las balas tienen alma de acero.</p>
<p style="text-align: justify;">-Parece una maravilla.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo es. Cómo es lógico, es especial para usted. Nuestras tropas no pueden usar armas tan sofisticadas.</p>
<p style="text-align: justify;">-De acuerdo. Y ahora, ¿puedo saber ya adónde vamos?</p>
<p style="text-align: justify;">-Más o menos. De todas maneras, si tiene éxito en su empresa, al final habrá de enterarse. Vamos a un lugar asqueroso donde hace un calor insoportable, y donde el agua no se puede ni mirar, de tan llena de microbios que está. ¿Se puso usted las vacunas?</p>
<p style="text-align: justify;">-Claro que sí. Y ese país&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-No es un país. Hay quienes quieren que lo sea, y que tenga el nombre de Pirvi Kain, sea eso lo que sea en su maldita lengua. En cuanto a nosotros, incluyéndole a usted, Andy, nuestra misión es impedir que llegue a serlo nunca. Somos una especie de fuerzas del orden.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Legales?</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Claro! Las fuerzas que tratan de reprimir esas independencias son legales siempre&#8230; ¿no lo sabía?</p>
<p style="text-align: justify;">A poco, el airbus comenzó a perder altura. Esta vez si le permitieron asomarse a una de las ventanillas. Sólo vio un mar de vegetación espesísima, de un intenso verde, que se extendía en todas direcciones. No tenía ni la menor idea de donde estaba, aunque no era difícil suponer que en el Sureste Asiático. Surgió un rectángulo muy alargado, de color amarillo, donde destacaban las siluetas en miniatura de varios cazas a reacción. El piloto comenzó a intercambiar rápidos mensajes con tierra. La teniente Muller se volvió hacia él.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Que descuidada soy! Se me ha olvidado lo más importante. Tenga; póngase esto.</p>
<p style="text-align: justify;">Le tendía un uniforme similar al suyo, sin insignias. Solamente llevaba en el pecho un rombo rojo con el número 2006 en cifras doradas, de metal. El señor Herrero se lo colocó, un poco molesto por tener que desnudarse ante una mujer. Pero Bill estaba haciendo lo mismo, con evidente satisfacción, y la teniente Muller no prestaba la más mínima atención ni a uno ni a otro.</p>
<p style="text-align: justify;">Le tendían una pistola similar a la que todos llevaban. Una F.N.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Sabe usted usarla?</p>
<p style="text-align: justify;">-Claro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pues no se separe de ella. Ni del fusil tampoco. Esta noche descansará usted. Y mañana tendrá su oportunidad de demostrar lo que vale.</p>
<p style="text-align: justify;">Una risita malintencionada, que descubrió unos dientes aguzados como los de un yacaré. A veces, esta Runelda Muller parecía más una fiera que una mujer.</p>
<p style="text-align: justify;">-Si todo sale bien, Andy, es posible que nuestro jefe, el General Sholemi, le salude personalmente y le agradezca. Es un gran hombre.</p>
<p style="text-align: justify;">-Seguro que lo es.</p>
<p style="text-align: justify;">La noche cayó sobre el campo de aviación de una forma repentina, mientras las hélices del pequeño airbus aún giraban. Al descender, una bofetada de calor inhumano sobrecogió al señor Herrero. Ni en los peores días de julio o agosto, en pleno Madrid, hacía una temperatura tan bestial como ésta. En unos segundos, todo su cuerpo chorreaba sudor, y los pulmones apenas podían absorber aquel aire que semejaba el aliento de un horno. Corrió apresuradamente, creyéndose un trozo de carne sumergido en agua hirviente, hacia la dudosa sombra de un grupo de árboles copudos.</p>
<p style="text-align: justify;">Se oían estampidos sordos, y el horizonte relampagueaba. La teniente señaló hacía allí.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ahí están esos condenados. Pero no se preocupe. Ahora debe cenar y dormir. Mañana le despertaré temprano.</p>
<p style="text-align: justify;">A Andy Herrero no le disgustaba aquella mujer. Hasta cierto punto le excitaba el uniforme sobre los opulentos pechos, el olor a sudor y a cuero, la forma descarada y brutal como se manejaba.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Por qué no se queda conmigo esta noche?</p>
<p style="text-align: justify;">Ella se echó a reír. Luego se relamió los gruesos labios, se adelantó un poco, y le besó en la boca, sin excederse.</p>
<p style="text-align: justify;">-Por el bien tuyo, mi hermano. Tengo los anticuerpos, y además uno de esos hijos de puta -señaló hacia el barracón de oficiales-, me pegó unas purgaciones orientales que no hay antibiótico que pueda con ellas. No hago más que echar pus verde. ¡A saber qué malditos gonococos cría este asqueroso país! Pero si te atreves&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Otro día, otro día -dijo el señor Herrero, apresuradamente, sintiendo que la erección experimentada se reducía velozmente hasta dejar su pene del tamaño de una almendra, y no de las grandes.</p>
<p style="text-align: justify;">Le acomodaron en un barracón Quonset, de chapa ondulada. Bill le propuso comer solo, ya que le habían preparado unos manjares especiales. Pero el señor Herrero se sentía muy lleno de camaradería, muy en su papel, y solicitó el honor de cenar en compañía. Así que Bill y cuatro amigos suyos le recibieron en su mesa. Sacaron varias raciones K, en la característica envoltura de cartón color verde oliva, y comenzaron a comer. En la de Andy Herrero salieron dos latitas, una con atún y otra con un rollo de tarta, un chicle, un sobre de soda, media docena de caramelos, un preservativo y otro sobre con café en polvo. Viendo su cara de tristeza, y después de un intercambio de opiniones, el de mayor graduación firmó un vale, y le trajeron otra ración K. Mientras la abría vio que los demás ya no tomaban nada. Preguntó.</p>
<p style="text-align: justify;">-No -respondió Bill-. Sólo podemos tomar una. En este momento, los suministros andan escasos.</p>
<p style="text-align: justify;">Con gesto heroico, pero con un hambre espantosa, el empresario apartó de sí la ración K. Afortunadamente, la cerveza abundaba. Era una cerveza paliducha, que sabía un poco a salvado, y cuya etiqueta mostraba el rostro de un general oriental, que sonreía sobre una hilera de letras raras unidas entre sí por una barra superior. Atiborrándose de cerveza, quizá olvidase las protestas de su estómago.</p>
<p style="text-align: justify;">Le sobrecogió una fuerte palmada en los hombros. El oficial de mayor graduación acababa de dársela, mientras reía a carcajadas. En lo que prontamente le acompañaron los demás, incluso Bill. Andy no comprendía nada. Pero sí lo comprendió cuando dos ordenanzas trajeron una buena fuente de emparedados, un cochinillo asado, media docena de Botellas de Cabernet, y un tarro cilíndrico con helado.</p>
<p style="text-align: justify;">Había sido una broma, una novatada. Con mucho gusto Andy Herrero les habría roto la cabeza a mamporros. Solamente le agradaban las bromas cuando las gastaba él, y en ese caso era tan generoso que no le importaba que fueran pesadas. Pero esto, a pesar de ser bastante inocente, no le había gustado nada. Sin embargo, ¡qué remedio quedaba! Puso buena cara y devoró los manjares. Al final, una copa generosa de coñac Hennesey V.S.O.P. le reconcilió un poco con el mundo. Y más, pensando en la aventura de mañana&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Durmió medianamente, entre estampidos lejanos, tableteo de ametralladoras amortecido por la distancia, y gemidos ensordecedores de reactores que despegaban. El aparato de aire acondicionado debía ser contemporáneo de Alfonso XIII, porque funcionaba espasmódicamente, entre chirridos y gorgoteos, lanzando tan pronto rachas de aire polar como vendavales caldosos, cargados de olor a aceite de máquinas. Le despertó una mano dura que le agitaba. Era la teniente Runelda Muller, con traje de campaña, casco de acero, y un Armalite al hombro.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Las cuatro de la mañana! ¡Arriba, holgazán!</p>
<p style="text-align: justify;">Se vistió apresuradamente. Ella no le permitió lavarse ni afeitarse, y en cuanto a ducha, era mejor no tomarla, si no quería verse invadido por quien sabe qué mortíferos parásitos. Allí, cuando querían asearse, tenían que coger el airbus e ir a la capital, a quinientos kilómetros de distancia. O hacerlo con algo que llevaba tal cantidad de cloro que dejaba la piel de color clara de huevo.</p>
<p style="text-align: justify;">Un helicóptero agitaba sus aspas en la oscuridad, con el zumbido entrecortado que era peculiar de esos aparatos. Le dieron una taza de café espeso, que le hizo mucho bien, y le subieron al interior, depositándole entre dos cajas de misiles aire-tierra. La teniente se acomodó a su lado, presionándole con una cadera maciza como una roca.</p>
<p style="text-align: justify;">Lanzó un alarido en aquella lengua desconocida que todos parecían entender. El helicóptero se levantó con brusquedad, inclinándose hacia adelante; luego, salió disparado hacia el frente. En la portilla, un negro con casco y chaleco antibalas se agarraba a una ametralladora sujeta a un eje de acero.</p>
<p style="text-align: justify;">El señor Herrero no se encontraba demasiado bien. Había pensado mucho en este momento. Desde que el agente de viajes le explicase con cierto detalle en qué consistía y abonase la abultada suma que costaba la expedición, hasta ahora mismo en que, provisto de su fusil ruso y de su decreciente valor, iba a enfrentarse con el destino. Quizá si hubiera descansado mejor, quizá si no hubiese abusado del Hennesy la noche anterior&#8230; Pero se animó, pensando que si todo iba bien, cualquiera de sus amigotes de Madrid se moriría de envidia al ver el certificado firmado por el General, las fotos, los vídeos, todo.</p>
<p style="text-align: justify;">El helicóptero lanzó un chillido, cabeceó de la misma manera que un conductor beodo, y cayó como una piedra. El estómago de Andy Herrero le subió a la boca. Un brusco topetazo indicó que el tren de aterrizaje acababa de tomar contacto con el suelo. El piloto aullaba:</p>
<p style="text-align: justify;"><em>-¡Raus, raus! ¡Snell, snell!</em></p>
<p style="text-align: justify;">No era preciso saber alemán para entender lo que aquello quería decir. Sintiéndose cada vez mejor, el empresario saltó al suelo, acompañado solamente por la teniente Muller. Con confianza, Herrero miró hacia todas partes, a la luz creciente de un amanecer rosado.</p>
<p style="text-align: justify;">Estaban en un claro en medio de la selva, de la que sólo surgía un silencio de muerte y olor a podrido. Recibió un manotazo en un muslo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Al suelo, idiota!</p>
<p style="text-align: justify;">El helicóptero había salido disparado hacía el firmamento, donde aún lucían algunas estrellas. Era sólo un punto verdoso en la lejanía<em>. &#8220;A ver si ese cabrón no vuelve&#8221;,</em> pensó el señor Herrero.</p>
<p style="text-align: justify;">Se arrastró por entre las hierbas crecidas y la hojarasca hacia los troncos próximos. En mitad del claro relucía la lámina de plata de una pequeña laguna. Gorgoteaba un chorrito de agua, que manaba entre las rocas cubiertas por excrecencias verdosas. Con trabajo -las comidas en Lhardy habían favorecido que su vientre adoptase una incómoda forma de pera-, se arrastró junto a la mujer hacia la selva próxima. A pesar de su corpulencia, la teniente reptaba con sorprendente agilidad, llevando hábilmente el Armalite en el hueco de sus codos. En cierta ocasión, las manos del hombre rozaron uno de los poderosos muslos, y la excitación le invadió de nuevo. Pero no podía ser; ¡aquella chica era puro veneno!</p>
<p style="text-align: justify;">Alcanzaron un lugar entre dos troncos, donde había unas cuantas rocas amontonadas, formando un rudimentario parapeto. En silencio, el señor Herrero introdujo el curvado cargador de diez cartuchos que el Dragunov admitía, y después, montó el arma. El primer cartucho -latón brillante y dorado, proyectil de cobre rojo con la punta acerada- entró suavemente en la recámara.</p>
<p style="text-align: justify;">-Escucha, hermano Andy -dijo ella, en voz muy baja-. Estamos en territorio enemigo. A unas quince millas en el interior de sus líneas. Esos mal nacidos tienen la pésima costumbre de abrir el estómago de los prisioneros y comerse el hígado. Creen que les da virilidad&#8230; De manera que procura ser rápido y eficaz, y acabar pronto. El helicóptero nos espera allá arriba; en cuanto le avise con el radioteléfono bajará como una bala. La pieza que te hemos reservado tardará aún un cuarto de hora en aparecer. De manera que vamos a tomar unas vistas para recuerdo&#8230; Hay suficiente luz. A ver, camina por ahí cerca con el rifle en las manos, como si un peligro te amenazase&#8230; lo que no deja de ser verdad. ¡Vamos allá!</p>
<p style="text-align: justify;">Hizo lo que se le decía. La teniente tomó igualmente varias fotografías, y después, valiéndose del automático de ambas cámaras y un trípode, rodó un par de escenas en que participaban ambos. Pero el señor Herrero no dejó de observar que, durante este trabajo, miraba con evidente preocupación y temor a los bordes del claro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Estas filmaciones -dijo ella, en cierta ocasión-, podrían haberse tomado en las cercanías de la base. Pero a vosotros os gusta la sensación de peligro, ¿verdad, número 2006?</p>
<p style="text-align: justify;">Bueno; nunca le habían dicho que él fuera el único. Eso caía de su peso. Semejante organización tendría una clientela seleccionada, no muy abundante. Incluso solamente dos o tres por nación, como había dicho el agente de viajes&#8230; si es que no había mentido.</p>
<p style="text-align: justify;">Un brusco sobresalto de Runelda Muller le sacó de su ensimismamiento.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Ahí está! ¡Al escondrijo, rápido! ¡Viene antes de la hora!</p>
<p style="text-align: justify;">En dos segundos, ambos se habían zambullido tras el pequeño muro de rocas. El señor Herrero asomó un ojo, con precaución. Al otro lado del calvero la maleza se movía ligeramente. Poco después apareció una figura vestida con un uniforme en tonos amarillos y verdes. Se cubría con un salacot, un casco de corcho de color gris. En una mano llevaba un gran jerrycan de metal (estaba claro que iba a buscar agua) y en la otra una pistola ametralladora. El corazón del empresario comenzó a latir velozmente, como si quisiera salírsele del pecho. Oyó una orden gutural. &#8220;¡Vamos! ¡Ahí está!&#8221;. Al mismo tiempo, la teniente daba la contraseña al helicóptero para que comenzase el descenso. Mientras tanto, la figura uniformada había llegado a la fuente. Se inclinó y comenzó a llenar el recipiente. Sonó una maldición; la teniente Muller señalaba algo. Otra figura armada había aparecido en el borde del claro.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Maldita sea! Pero, ¡si siempre ha venido solo! Y hoy, precisamente hoy, viene con escolta. Mira, Andy, aquí hay que jugársela, o se nos cargan a los dos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero esto no es lo que&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Cállate! A ti te explicaron lo que era, y sabes bien que había peligro. Mucho más que si te vas al Atlas a matar un león&#8230; por eso es la mejor caza existente. Escúchame; el helicóptero está bajando. Hay que cargarse a los dos; yo lo haré con el que está cogiendo agua, que está más cerca. Tú, con ese rifle potente y con mira telescópica, liquidas al guarda que está lejos. ¿De acuerdo?</p>
<p style="text-align: justify;">-De acuerdo.</p>
<p style="text-align: justify;">El señor Herrero se sentía lúcido y sereno como nunca. La fatiga había desaparecido por completo. Encaró el Dragunov, asentó firmemente la culata en su hombro derecho, y movió el arma ligeramente hasta que el retículo del visor se centró en la lejana figura. El cruce de ambas líneas se fijó con firmeza en la cabeza cubierta por el casco gris.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Listo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí&#8230; pero, ¡un momento!</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué pasa ahora?</p>
<p style="text-align: justify;">Con un gesto brusco, tal vez por sentir demasiado calor, la figura al borde del claro se había quitado el salacot, mientras el de la fuente continuaba esperando que el chorrito de agua colmase el jerrycan. Una espesa mata de cabellos negros se derramó sobre las hombreras del uniforme; el rostro se volvió, revelando los rasgos femeninos, los ojos oblicuos, y los pómulos salientes de una beldad oriental.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Es una mujer!</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Es igual, condenado! ¡Mátala de una vez, o nos matan ellos a nosotros! ¡Mátala!</p>
<p style="text-align: justify;">-¡No puedo matar a una mujer! A mí no me dijeron esto. A mí me dijeron que participaría en una guerra, que podría cazar a dos o tres enemigos y que luego&#8230; Pero, ¡una mujer, una chica joven que podría ser mi hija!</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Escucha, imbécil&#8230;!</p>
<p style="text-align: justify;">Se oía ya, un poco amortiguado, el retumbar de las aspas del helicóptero. Para colmo de males, la chica acalorada se quitó la guerrera, descubriendo un torso juvenil cubierto absurdamente por un diminuto sujetador de encaje rojo, que se contradecía totalmente con la vestimenta militar. Tenía unos pechos bonitos, bien curvados.</p>
<p style="text-align: justify;">Algo duro y frío se apoyó en la sien del señor Herrero.</p>
<p style="text-align: justify;">-O la matas o te vuelo la cabeza. Nadie va a saber nunca si han sido ellos los que te han acabado&#8230; ¡Acuérdate del documento que firmaste!</p>
<p style="text-align: justify;">Era cierto. Dadas las peculiares circunstancias de la cacería le habían hecho firmar una renuncia a toda responsabilidad en caso de que las circunstancias trajeran para él &#8220;un extremo perjuicio&#8221;. Lo cual no quitaba la sustanciosa indemnización del seguro, pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">La chica y el de la fuente miraban hacia arriba. El aparato era perfectamente visible. La pistola en su sien urgió, con un seco y doloroso golpe. Sudando por todos los poros, el señor Herrero apuntó al surco entre los pechos, delineado por el sujetador rojo. Resultaba algo más sensual matarla de un disparo allí. Después, con mano que no temblaba, apretó el gatillo. El restallar seco del fusil le hizo cerrar los ojos. Al segundo, detonó en sus oídos el mugir sordo del Armalite. Miró. La chica se deslizaba al suelo, con una flor de sangre entre los pechos; el de la fuente, mortalmente herido en la cabeza, había dado un bote de tres metros de alto, para caer después al suelo como una masa.</p>
<p style="text-align: justify;">El helicóptero estaba a cincuenta metros de altura.</p>
<p style="text-align: justify;">-Siempre saltan así -dijo la teniente-, cuando se les acierta en la cabeza. ¡Las últimas fotos, rápido! ¡Ponte junto a ella!</p>
<p style="text-align: justify;">-Junto a la chica, no. Si acaso, junto a ese otro.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Qué relamido, mi hermano! ¡Nos salió escrupuloso! Por lo menos, demonio, adopta una postura heroica&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Lo hizo. En treinta segundos, la eficaz Runelda hizo las fotografías y rodó las tomas finales en vídeo. Después colgó las cámaras a su costado, empuñó de nuevo el Armalite y corrió hacia el helicóptero, que despegó de inmediato.</p>
<p style="text-align: justify;">El señor Herrero se dejó caer junto a las cajas de misiles. Le temblaba todo el cuerpo. Depositó a su lado, con renuencia, el esbelto Dragunov Sniper Rifle. Poco a poco, la impresión negativa de la cacería fue pasando. Bueno; era mejor no preocuparse. Después de todo ya sabía para qué venía y de qué se trataba. Pero, ¡a nadie se le había ocurrido decirle que en aquellos raros ejércitos orientales, las mujeres también luchaban!</p>
<p style="text-align: justify;">Bebió a gollete de la botella de bourbon que le tendía la teniente. En el rostro de la mujer campeaba una sonrisa cruel y burlona.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué te crees que hubieran hecho esos conmigo si llegan a cogerme? Ya me hubiera podido dar por satisfecha si se limitan a sacarme el hígado. A una compañera mía&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Y contó una historia con tales horrores que el señor Herrero se vio obligado a recurrir de nuevo al benéfico consuelo que la botella de bourbon (&#8221;Four Roses&#8221;, uno de los mejores) representaba. Poco a poco, lo hecho tomó los tintes heroicos que debía tomar, y todo aspecto negativo fue desapareciendo.</p>
<p style="text-align: justify;">Efectivamente, el general Sholemi le recibió en persona y le entregó una carta firmada por él donde se decía que, hallándose el comerciante español Andrés Herrero Muñoz en la República Mahdeví por motivo de negocios, se vio involucrado en un ataque de los rebeldes Pirvi Kain, defendiéndose con valor en unión de componentes del ejército regular, y causando algunas bajas al enemigo. Ello había salvado importantes objetivos militares, en beneficio indudable del gobierno legítimo del país. Un cámara del ejército había podido verificar varias tomas cuya autenticidad se garantizaba. La república Mahdeví, agradecida, concedía al valeroso español la orden del León Rojo, así como un trato de favor en sus futuras relaciones comerciales.</p>
<p style="text-align: justify;">-Como es natural -dijo Runelda Muller, mientras le acompañaba al airbus que había de llevarle de vuelta a la civilización-, esto último no es cierto. Realmente, el general no sabe muy bien lo que pasa. Nosotros nos sacamos un buen dinero y damos parte del mismo para financiar la campaña&#8230; Bueno, querido Andy, ha sido un placer conocerte. Si voy por España, me curo las purgaciones, y me garantizan que no transmito los anticuerpos, ya nos correremos una buena juerga tú y yo. A mí me gustan los hombres un poco llenos, un poco corpulentos, como tú eres&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">La acogida de la expedición fue triunfal. Sus amigos cazadores se negaron a reconocer que la Orden del León Rojo pudiera considerarse como un trofeo de caza, pero la argumentación de que en caza mayor era importante el peligro, y que no había caza más peligrosa que aquella, resultó perfectamente válida. A pesar de sus protestas, se morían de envidia. Y la carta del general, la vistosa condecoración y las fotos, quedaban extraordinariamente bien en su despacho. Explicaba:</p>
<p style="text-align: justify;">-Me encontraba en las selvas de la República Mahdeví, para ver las explotaciones de potasa&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero si tú nunca has trabajado en potasas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pensaba hacerlo. Me acompañaba una teniente venezolana, una chica preciosa y distinguida (resultaba extraño encontrarla en ese ambiente) cuando de pronto&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">La aventura crecía, crecía.</p>
<p style="text-align: justify;">Hasta que se desinfló como un globo pinchado cuando un conocido le comunicó que había visto otro certificado similar.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, hombre. Mendoza, el de los ahumados. También del mismo sitio&#8230; de la  República ésa.</p>
<p style="text-align: justify;">Al poco tiempo, los certificados, los vídeos y las fotografías correspondían a docenas de expediciones de caza. Por sus corresponsales en Francia, Italia, Inglaterra y el resto de la Comunidad Económica Europea, supo que aquellos documentos laudatorios abundaban como la mala hierba.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bueno -dijo el señor Herrero, resignado, mientras retiraba la carta y la condecoración de la pared-. Estuvo bien mientras duró&#8230; Pero ¡esos sinvergüenzas estaban financiándose la guerra a base de comerciantes estúpidos! No sólo les matábamos al enemigo, sino que, encima, nos costaba un montón de dólares el conseguirlo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Y con la ira del deportista honesto que ha visto frustradas sus esperanzas, alzó el puño hacia Oriente, protestando a voz en grito:</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Me habéis estafado!</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Gabriel Bermúdez<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Toda una vida</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Jul 2009 06:52:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Negrete</dc:creator>
				<category><![CDATA[Laberintos y paradojas]]></category>

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		<description><![CDATA[Recorte de El Mundo, 28 de mayo de 2008:
La asociación de literatura fantástica El Horla convoca la primera edición del certamen Guy de Maupassant de relato de terror. Podrán optar al premio todas las narraciones inéditas encuadrables dentro del género de la literatura de terror. Las obras presentadas se remitirán por triplicado y tendrán una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Recorte de <em>El Mundo</em>, 28 de mayo de 2008:</p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 60px;">La asociación de literatura fantástica <em>El Horla </em>convoca la primera edición del certamen Guy de Maupassant de relato de terror. Podrán optar al premio todas las narraciones inéditas encuadrables dentro del género de la literatura de terror. Las obras presentadas se remitirán por triplicado y tendrán una extensión máxima de aproximadamente 15 folios de 30 líneas (a doble espacio) y 70 caracteres por línea.</p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 60px;">Los originales se enviarán bajo seudónimo, dentro de una plica en la que constará el nombre completo del autor, número de identificación y dirección. La plica se abrirá en el momento de fallar el premio.<br />
 El plazo de presentación finaliza el 30 de junio de 2008.<br />
 Se nombrará un jurado de cinco miembros, personalidades destacadas dentro del campo de la literatura fantástica y de terror, que seleccionarán un primer premio que recibirá la cantidad de 6.666 €.</p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 60px;">El premio no podrá ser declarado desierto. No cabe apelación contra la decisión del jurado.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando los miembros del jurado rasguen la plica y mi nombre se desvele, sus ojos se abrirán con sorpresa, y también con recelo. ¿Qué hace aquí un escritor consagrado en nuestro país y reconocido fuera de nuestras fronteras?, se preguntarán. La intención de estos certámenes es estimular a los noveles que quieren iniciarse en la cruel arena de las letras, no rellenar con poco más de un antiguo millón de pesetas la cuenta bancaria de autores que han alcanzado renombre y éxito comercial. Yo, que he entregado varios premios y he aparecido sonriente en docenas de fotos mientras paso mi brazo protector sobre los hombres de jóvenes promesas de la literatura, lo sé bien.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero qué insensatez la mía. Pretendo comportarme como si nada hubiera sucedido. Cuando ustedes lean mi nombre, sus ojos no sufrirán la peculiar dilatación de las pupilas que se experimenta al reconocer algo familiar; ni siquiera se torcerán a la izquierda para rebuscar en el desván de sus cerebros algún recuerdo arrinconado. Seré un perfecto desconocido para ustedes y para cualquier otra persona a la que le consulten mi nombre. Cómo este párrafo puede conjugarse con el anterior, es algo que intentaré explicarles, aunque no sea más que por rellenar un número de páginas suficiente para que me concedan el premio. Que es el escueto mensaje de estas líneas. No hay más vuelta de hoja. Háganme caso y fallen en mi favor.</p>
<p style="text-align: justify;">Debido a que la vida imita a la literatura, intentamos dividirla en párrafos y capítulos, y a menudo escribimos números de página al pie de todo aquello que nos va sucediendo. Ahora yo he de remontarme en el tiempo para hallar en él un momento significativo que me sirva de principio, de forma que pueda explicarles por qué siendo &#8220;el más brillante escritor de su generación&#8221;, como afirmaba de mí una reseña del <em>Babelia</em>, ahora ustedes ni me conocerán, ni detectarán en estas líneas traza alguna de brillantez, siquiera sea de pasada. Para alguien como yo, de quien García-Posada dijo que escribía con la precisión de un bisturí, es penoso haberse convertido en un estibador de palabras que las apila a golpe de riñón para que llenen unas páginas.</p>
<p style="text-align: justify;">No voy a bucear mucho en mi pasado, apenas unos días. Y sin embargo me asomaré con ustedes al mismísimo fondo de mi vida. Lo que yo creía un lecho de roca sólida ha demostrado ser un  inestable cenagal de lodo y arenas.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El miércoles pasado, ya casi de noche, entro en un bar de Vallecas que hace eones que no visito. El mostrador es de zinc; el suelo, un abigarrado terrazo inspirado sin duda en el turrón de Jijona; las sillas cojas y forradas de formica azul cielo; entre el humo picante de los ducados y algún puro, y el olor ácido de la clientela (no sé si los clientes huelen a pepinillos en vinagre o si son los pepinillos los que huelen a clientes), restallan como balazos las fichas de dominó que quieren reventar contra las mesas. Pido una caña y disfruto del anonimato. En un bar así puede pasar desapercibido hasta un premio Nobel.</p>
<p style="text-align: justify;">Aunque no es disimulo ni ocultación lo que pretendo. Ni siquiera busco en este barucho inspiración para mis relatos, pues me he concedido un año sabático como escritor. En cuanto a mi trabajo en la Universidad, no necesito tal descanso. Las clases que doy son sólo seis a la semana, un placer del que además puedo prescindir, ya que para eso soy catedrático y dispongo de siervos que me llevan el maletín, me ordenan la bibliografía, me corrigen los exámenes y, si hace falta, se plantan delante de los alumnos a dictarles apuntes cuando los compromisos sociales y académicos exigen  mi ausencia.</p>
<p style="text-align: justify;">Mientras mis sorbos dejan anillos de decrecimiento en el vaso, me entretengo observando la foto que aparece en mi última novela, <em>Las fuentes de la ignorancia feliz</em>. Las gafas redondas sin montura me rejuvenecen, el pelo grisáceo se me arremolina con un espontáneo desenfado, mi barbilla y mi cuello se mantienen separados por un decidido ángulo recto pese a que tengo cincuenta y dos años, y detrás de mí se apilan los libros de mi estudio descolocados a la manera un tanto informal de los intelectuales americanos. En clase, muchas alumnas me envían chorros de feromonas con un descaro que casi resulta conmovedor. Si tomamos la constante <em>k</em> de ser su profesor, la multiplicamos por la variable <em>m</em> de conservar un aspecto deportivo y la elevamos a la potencia <em>n</em> de mi fama como escritor, el resultado en unidades de atractivo sexual es más que considerable. Pero yo casi siempre soy fiel, porque estoy casado con Celia, una mujer siete años más joven que yo, que disfruta la elegante belleza de los primeros días del otoño; sabe mantenerse casi a mi altura, sin hacerme la competencia ni en público ni en privado, y queda muy bien en las entrevistas y en las fotos. Todavía echamos algún que otro polvo memorable, porque para la edad que tengo, no cumplo nada mal; y es que no hay mejor Viagra en nuestros días que el éxito. Por si le faltara gracia alguna, esa misma mujer me ha dado una hija encantadora que acaba de volver a España tras varios años de estudiar arte, becada en el extranjero, y además de hablar varios idiomas, se va a casar el año que viene con un profesor titular de universidad que me cae todo lo bien que un futuro yerno puede caer a su futuro suegro.</p>
<p style="text-align: justify;">Ante mi propia foto no puedo evitar contemplar mi vida como un todo, y lo hago con indulgente satisfacción. La guadaña me ha de segar, igual que a todos (cómo no ha de saber eso un novelista, que todo lo ve <em>sub specie aeternitatis</em>), pero aunque eso suceda ahora mismo, mientras apuro la caña y la dejo en el mostrador de zinc, sin duda me quedará un segundo para recapitular y morir con la sonrisa de quien ha gozado una vida plena.</p>
<p style="text-align: justify;">Dejo el libro en el mostrador y reparo por primera vez en <em>él</em>. Es un hombre de mi estatura, pero anda un poco encorvado y le sobran diez kilos. Viste una cazadora con cremallera y algún que otro lamparón, de las orejas le brota un matojo de pelos canosos y toda su ropa junta debe costar poco más o menos lo que mis calzoncillos. Su cara me resulta familiar; pero en mi memoria no la veo en tres dimensiones, sino más bien como una foto plana y gris pegada a una lista de clase. El rostro que tengo ahora delante es el resultado de pisotear aquella foto y dejarla bajo la lluvia hasta que la tinta empieza a desleírse.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces me dice su nombre y caigo en la cuenta de que por él, por ese viejo compañero, estoy aquí, en mi viejo barrio, al que no volvía desde que murió tío Pedro. Me he citado con él porque hace unas semanas, tras localizar mi dirección a través de la asociación de antiguos alumnos, se empeñó en enviarme un original: una novela que había terminado hacía un par de años y que no lograba publicar. Si tú pudieras ponerme en contacto con el director de alguna colección, a un desconocido como yo no le leen los libros, ni siquiera me abren el paquete ni me contestan las cartas&#8230; La cantinela que me recitó por teléfono la conozco de sobra. Pero, ya que estoy en año sabático, me he tomado la molestia de hojear la obra de ese antiguo compañero. Nunca se sabe, pensé al empezarla.</p>
<p style="text-align: justify;">Sí, me la he leído entera, le digo ahora, con una sonrisa medio grave y un tanto ominosa que pretende anticiparle lo que ha de venir. Pero él sólo parece captar las palabras &#8220;leído&#8221; y &#8220;entera&#8221;, porque me mira con ojos de perro que va a recibir una galleta y si tuviera la columna vertebral más larga menearía la cola. Se queda un rato esperando a que yo diga algo, y como sólo le miro, por fin me pregunta: Y qué te ha parecido.</p>
<p style="text-align: justify;">Suspiro. Es el momento temido. Abro el maletín y saco su original. Pero hombre de Dios, pienso. En estos tiempos que corre me ha mandado una copia en papel carbón. ¡En papel carbón! Por lo menos, le podría haber arreglado la <em>a</em> a la máquina de escribir. Pero todo esto no se lo digo, pues ya es bastante dura mi vivisección literaria como para adornarla con críticas sobre el formato. Lo he apuntado todo antes de venir, por si luego no me atrevía a decirle lo que he pensado. Yo no tengo la culpa de que todo el mundo se crea que puede escribir una novela. Primero le digo lo bueno: hay alguna metáfora acertada, alguna imagen sugerente sumergida en aquel mar de adjetivos vacíos y lugares comunes. Pero lo positivo se me agota enseguida, y luego empiezo a ser más duro, y casi sin darme cuenta me convierto en devastador, y a él parece que hasta los lóbulos de las orejas le empiezan a colgar más, y aunque en la boca empiezo a notar sabor a sangre, y sé que no es la mía, ya no puedo detenerme. Es placentero destruir esa basura que deja carbón entre los dedos y que en muchas páginas tiene manchas de café o de Dios sabe qué. Mi amor es la Literatura, con mayúsculas, y me jode que cualquier tuercebotas crea que puede acostarse con la Gran Dama. Paso revista a la estructura confusa, las ideas pretenciosas, los personajes que parecen estampitas con piernas, la narración que consigue el milagro de aunar linealidad y monotonía con caos y confusión; en resumen, la falta, la ausencia, la <em>inexistencia</em> de rasgo alguno de interés. Escupo como una metralleta, y me sube desde las ingles un calorcillo que no sé si no tendrá algo de excitación sexual.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces crees que no es demasiado buena, resume él, y sus cejas se curvan como un tejadillo a dos aguas. ¿Pero es eso lo que me ha entendido, que su obra no me parece demasiado buena, cuando la he aniquilado? Lo más honrado que podría hacer ese hombre sería arrojar la máquina de escribir por la ventana y no volver a escribir más letras que las equis con que se rellenan las quinielas. Pero no se lo digo así, porque la tormenta de sadismo empieza a amainar. Le digo que no se preocupe demasiado, que es una novela fallida, y que eso suele pasar al principio. Pero fallida, cómo de fallida, me pregunta. Fallida-fallida, le contesto. O sea, que aunque la corrija&#8230; Ni con ésas, respondo. Pues yo había pensado que tú podrías ayudarme a corregirla&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Ahí pierdo los papeles. Levanto las cejas y luego descargo mi ira de doctor honoris causa y futuro premio Cervantes. Pero qué se ha creído aquel hombre. Haber compartido un aula, que ni siquiera el pupitre, no le da derecho a pretensiones ni familiaridades. Que me haya leído su novela ha sido una pérdida de tiempo, así que ni hablar de malgastar aún más poniendo aunque tan sólo sea una tilde en ella. Mi tiempo, le insisto, <em>mi tiempo</em> vale mucho dinero.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero yo le he dedicado toda mi vida a este libro, me responde, y también tengo derecho a un respeto. ¿Cuánto tiempo es tu vida? Hace treinta años que empecé a escribir la novela, contesta, mientras le temblequea el labio inferior. Por un momento me quedo sin saber qué decir. Treinta años, me repite, treinta años escribiendo todos los días. Entonces me imagino aquello, día tras día llegando de la oficina y sentándose en el saloncito para redactar su obra maestra; seguro que lo ha hecho sobre una mesa camilla, o aún mejor, sobre la mesa de contrachapado en la que se guarda la máquina de coser. Debería compadecerme de él, pero se me escapa una carcajada de lo más inoportuna. Trato de arreglarlo, le pido perdón, le palmeo el hombro (luego me limpiaré las partículas de caspa que se me han adherido a la mano) y le invito a una caña. No tengo tiempo, contesta, y recoge su manuscrito con aire de virgen ofendida. Toma por lo menos, le digo, te he traído mi último libro. Está dedicado, ¿ves?</p>
<p style="text-align: justify;">Aunque parezca increíble, me lo rechaza. No quiero saber nada de tus libros. ¿Cómo te pones así? No, no: tú no has querido saber nada del mío, así que yo no quiero saber nada del tuyo. Me sube a la boca un nuevo ataque de soberbia; mi mujer siempre dice que la soberbia me pierde. ¿Cómo te atreves a compararnos? Yo soy un profesional. Yo sí que tengo toda una vida de dedicación y de literatura detrás. Yo sí que puedo echar la vista atrás y sentirme satisfecho de mi vida, de <em>toda una vida</em>, se lo digo así, en cursiva y casi en versalita.</p>
<p style="text-align: justify;">De pronto me sonríe con una sonrisa ladina y me enseña unos dientes grandes y carnívoros. Toda una vida, me hace el eco. Toda una vida, se ríe. ¿Crees que ya tienes hecha la vida? Todavía te pueden pasar muchas cosas antes de que te mueras, y de pronto me sale con una historia de Heródoto, como si yo no fuera catedrático de literatura y no conociera perfectamente la anécdota de Solón de Atenas y el rey Creso. Estoy deseando largarme de aquel bar que cada vez apesta más a tagarnina y a sudor, y dejarle con la palabra en la boca, pero no me resisto a decirle que nadie me puede quitar lo que ya he hecho y que aunque me caiga un rayo ahora mismo, mi vida habrá merecido la pena, mientras que él podría vivir doscientos años más y nadie se tomaría la molestia de recordarle. Me doy cuenta de que me he pasado y temo que me eche las manos al cuello, pero con voz muy bajita me dice:</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso ya lo veremos.</p>
<p style="text-align: justify;">Y se larga y es él quien me deja con la palabra en la boca.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Esa noche pego un gatillazo con Celia. Ella le quita importancia y, después de lo que me ha pasado por la tarde, consigue que me cabree aún más. Me quedo dormido por fin y no sé lo que sueño, pero parece que no han transcurrido apenas cinco minutos y ya suena el despertador. Mi mujer duerme de espaldas a mí. Cuando éramos más jóvenes empezábamos la noche abrazados y al cabo de un rato nos dábamos la vuelta para dormir más desahogados. Ahora optamos por la comodidad y nos damos la espalda desde primera hora de la noche. Dejo a Celia tranquila y me levanto al servicio. Me veo mala cara. Juraría que tengo más entradas, y que las bolsas bajo los ojos parecen más llenas de años. Seguro que es psicológico, o que la primavera anda revuelta, o simplemente que no todas las mañanas se levanta uno igual. Mientras me tomo el café, paso por el estudio, en el que observo más polvo que de costumbre. No sé por qué, me da por revisar los estantes en los que apilo mis obras por orden cronológico. Falta la última, <em>Las fuentes. </em>Pero ayer estaba aquí, seguro. Al lado encuentro mi novela anterior, <em>La voz de los vivos</em>. Tardo unos segundos en darme cuenta de que tiene algo extraño. El lomo es mucho más grueso de lo que debería. Abro el libro, perplejo, paso las páginas y compruebo que hay seiscientas veinte. ¡Pero si <em>La voz </em> no llegaba a trescientas! Acudo al último capítulo, y descubro que ese final es el de la primera versión que le presenté a Marta, mi editora, un borrador mediocre que ella y, sobre todo, la papelera me ayudaron a convertir en una gran obra.</p>
<p style="text-align: justify;">Empiezo a sentir vértigo, pero dejo el libro en el estante y me agacho. En el anaquel inferior hay unos archivadores en los que guardo todos los recortes de prensa. Busco las reseñas de <em>Las fuentes de la ignorancia feliz</em>. No las hallo por ninguna parte, pero sí una crítica devastadora sobre <em>La voz de los vivos.</em> &#8220;Debería dejar de escribir&#8221;, dice. &#8220;Los escritores, como los toreros, tienen un ciclo natural, y han de saber retirarse a tiempo&#8230;&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Tiro la mitad del café por el fregadero, me anudo la corbata y salgo de casa para ir a la facultad. En el coche enciendo la radio. No, compruebo que no he retrocedido en el tiempo: están hablando del último rifirrafe entre socialistas y populares a cuenta de la crisis. Mi corazón palpita como un caballo desbocado y el café ha formado como una bola negra y ácida en la boca del estómago. Dejo el coche en el aparcamiento de la facultad, subo a mi despacho, entro en él. A la derecha de la puerta está mi mesa, la del catedrático, donde me encuentro sentado a Manolo Serra, un profesor titular al que le corresponde otro despachito interior contiguo al mío. Manolo tiene más o menos mi edad y nuestra relación es cordial, pero siempre ha sabido dónde está su lugar. Ahora, sin embargo, se dirige a mí con una seguridad desconocida, y no se levanta de mi mesa. Quería verte. La semana que viene me voy a Amberes y me gustaría que te hicieras cargo de esto, me dice tendiéndome unos papeles. Qué haces ahí. Ahí, dónde, me responde. En esta mesa. Pues lo de siempre, me contesta encogiéndose de hombros. Después se levanta y sale, y por la forma en que antes de hacerlo me da una palmadita y me dice que me cuide, que tengo mala cara, me doy cuenta de que ahora el macho Alfa es él, y no yo.</p>
<p style="text-align: justify;">Paso al despacho aledaño, en el que hay otras dos mesas aparte de la de Serra (o la mía, ya no lo sé). Están vacías. Tomo asiento, me conecto a la red y verifico mis datos. Según el ordenador, el catedrático es Manuel Serra, y yo soy sólo un profesor titular. Entro en Internet y tecleo mi nombre en Google. Los resultados de la búsqueda son aún más desalentadores. No hay nada sobre <em>Las fuentes de la ignorancia feliz</em>, pero es que además ha desaparecido toda referencia a <em>La voz de los vivos</em> y tampoco encuentro páginas sobre <em>El talante de Max</em>. Al parecer, mi obra se ha detenido en <em>Perversión de los verbos</em>, una novela que escribí en 1991, ¡el mismo año en que me convertí en catedrático! Pero la fecha del ordenador es testaruda: mayo de 2008. Una mano enemiga está pasando un borrador por mi pasado; pero eso, evidentemente, es imposible, así que suelto una carcajada y trato de calmarme. Dentro de un rato asomará la cámara oculta, me despertaré entubado en la cama de un hospital, en la nave de Matrix, lo que sea.</p>
<p style="text-align: justify;">En la puerta aparece Ana, la secretaria de la facultad. Te espera Luis, el jefe de estudios, me dice, y yo pego un respingo. ¿Qué Luis? Luis Sayans, quién va a ser, y tiene prisa. Me pongo de pie y la sigo, cada vez más mareado. Luis es un interino que aún no ha cumplido treinta años y que no creo que pase nunca de interino, porque la facultad le viene grande y además a mí, que tengo bastante influencia, no me cae nada bien y le hago la cama siempre que puedo. Ahora, sin embargo, Ana me hace pasar a un despacho sobre cuyo dintel reza <em>Jefatura de Estudios</em>. No hay jefes de estudios en la facultad, susurro. Pero ya estoy dentro y, en efecto, es Luis Sayans el que se levanta al verme, y tiene una cara de cabreo con la que jamás se habría atrevido a mirarme. No lleva traje ni corbata, sino ropa vaquera, y sin embargo le queda mejor, porque la lleva con la seguridad de quien tiene un puesto fijo y está mirando a un subordinado.</p>
<p style="text-align: justify;">No puedes seguir así, me dice. Así, cómo, respondo, sin saber de dónde me va a venir la próxima andanada. Pues así. No me digas que la falta de ayer fue por una gripe, ¿y qué pasa con la hora de entrar de hoy? He tenido que mandar a la profesora de guardia con los de cuarto, así que vete para allá ahora mismo. En la directiva estamos hartos de cubrirte las espaldas. O arreglas tu problema o piénsate en pedir una baja definitiva.</p>
<p style="text-align: justify;">Aturullado, vuelvo a salir al pasillo. Apenas reconozco el lugar mientras camino detrás de Luis. Las paredes están pintadas de blanco, y no de ocre, y hay huellas de pies, pintadas y quemaduras de cigarros. Los estudiantes son demasiado jóvenes; hay incluso críos que me llegan poco más arriba de la cintura. Llegamos ante una puerta rotulada como <em>4º C</em>. Luis me hace pasar, y la profesora de guardia, una cuarentona con cara de malas pulgas, sale de allí sin molestarse en saludarme. Me quedo mirando a los alumnos, esperando encontrarme a una clase de cuarto de Hispánicas, y me encuentro delante de un montón de chavales y de chicas de quince años que me miran con cara de cachondeo. Dejo el maletín sobre la mesa, que es verde y de formica, y lo abro para ver qué hay dentro. Tal vez salga un conejo con chistera, quién sabe. Pero no: lo que brota del maletín es un libro fino y de cubiertas llamativas que jamás he visto. <em>Lengua y literatura, 4º ESO. </em>Me enfrento a los alumnos, me temo que con gesto de pánico. Es evidente que no me respetan. Uno se levanta a tirar una bola de papel, y al pasar delante de mí me examina de arriba abajo. Muchas de las chicas lucen el ombligo y se pintan como jóvenes prostitutas, pero ya no me lanzan chorros de feromonas, sino miradas de conmiseración o desprecio. Los ojos no se enfocan en mi cara, sino más abajo. Agacho la mirada. Llevo un pantalón de tergal que hace bultos en los bolsillos y ya tiene pelotillas. Para colmo, la bragueta está a medio abrir. Enrojezco y a la vez me pongo a sudar frío, y me da igual lo que digan, pero dejo detrás el maletín y salgo corriendo de allí. Al cerrar la puerta oigo gritos, carcajadas y un <em>borracho hijoputa</em> que resuena en todo el pasillo. Acelero mis pasos cada vez más, hasta que al final echo a correr. Al cruzar la conserjería el bedel me llama, pero yo no le hago caso y no me detengo hasta que salgo al aire libre. Me doy la vuelta en el aparcamiento de profesores para ver lo que debería ser la entrada de la facultad. Ahora se ha convertido en una puerta de aluminio sobre la que se ven unas letras negras pintadas sobre ladrillo: <em>IES Pablo Rido</em>. Es el instituto en el que empecé a dar clases hace casi treinta años, antes de dar el salto a la Universidad. Pero yo no soy el mismo de entonces, porque en aquel tiempo no había ESO, y porque entonces no me jadeaba como un perro asmático por una carrera de cien metros.</p>
<p style="text-align: justify;">Los pies me llevan solos al coche. Por supuesto, allí no está el BMW. En su lugar, me espera el Peugeot 205 del que me libré hace trece años. Pero tampoco es el mismo coche de entonces. Ha envejecido tanto como yo: está surcado de cicatrices, y cuando me siento en él compruebo que está sucio como la camioneta de una obra y que el cuentakilómetros ha pasado de los trescientos mil. Decido volver a casa, tomarme dos aspirinas, acostarme y despertar de aquella pesadilla. Mientras conduzco, la radio comenta el último atentado de ETA. No, no retrocedo en el tiempo: es sólo que una bomba ha estallado en mi presente y sus ondas destructivas se están extendiendo hasta las raíces de mi pasado.</p>
<p style="text-align: justify;">Pensando en ello, me he distraído, y en vez de conducir hasta Arturo Soria he aparcado el coche en una calle de Moratalaz. No puedo decir que me sorprenda, ya que es el barrio donde viví después de casarme. Salgo del coche y me encamino al número 19, un bloque de siete pisos y fachada de ladrillo rojo, y cuando saco las llaves del bolsillo es evidente que abren el portal sin ninguna dificultad. En el buzón leo mi nombre, junto con el de Celia, y también el de Laura, mi hija, pero no lo abro, pues no sé si dentro acecharán pirañas encerradas en sobres del banco. Subo en el ascensor, me bajo en el quinto y abro la puerta de mi viejo piso. No hay nadie. La casa está tal como la recuerdo, como la recordaba, con la salvedad de algún aparato nuevo y de que las cortinas son diferentes. No es que el piso esté sucio, pero se ve oscuro y huele a algo rancio e indefinible. Hay libros, aunque muchos menos de los que he llegado a tener. Busco entre ellos el lugar que reservé desde el principio para mis propias obras. Encuentro el librito de cuentos que me publicó una editora regional, y la primera novela, aquella de la que vendí cuatrocientos ejemplares. Nada más. ¿Dónde están las otras catorce novelas, los cuatro volúmenes de artículos, las monografías sobre el Siglo de Oro, los estudios que otras manos han escrito para glosar y alabar mi obra? Mi vida, me están robando mi vida, pienso, y cada vez noto el aire más enrarecido. Ah, sí, encuentro algo familiar y más reciente: el lomo negro de <em>Las fuentes de la ignorancia feliz</em>. Lo saco del anaquel y miro la contraportada. ¡Es la cara de <em>él</em>, mi compañero de clase, el novelista del papel carbón! Me pellizco, me pellizco más fuerte, me clavo las uñas, y como aún no estoy satisfecho le doy una patada a una mesita y me clavo el pico de madera en la espinilla, y me sube un dolor tan espantoso que me tiro al suelo aullando de dolor.</p>
<p style="text-align: justify;">Se abre la puerta y unos pasos se arrastran hasta el salón. Una voz hostil y desgastada, y sin embargo familiar, me pregunta qué hago en casa a estas horas. Me incorporo y veo a mi mujer, pero no es la Celia con la que intenté follar anoche, sino otra con la que no se me ocurriría hacerlo en la vida, una Celia con peinado de señora y veinte kilos de más, que trae bolsas del Dia y viste ropa de rebajas muy rebajadas. ¿Ya has vuelto a llegar tarde?, me gruñe. Claro, buena te la cogiste anoche, para variar. Se va a la cocina a guardar la compra, pero yo no me atrevo a seguirla. Es la segunda vez que se refieren a la bebida, cuando yo soy prácticamente abstemio, pues siempre he sabido controlar mi conducta. Por curiosidad, abro el mueble bar. Hay una botella de whisky. No es ni el Glenrothes ni el Macallan que guardo para las visitas, sino el viejo y amigable segoviano para la gente sin complejos. Me da igual, me lo sirvo en un vaso de tubo y me lo echo al coleto de un trago. En vez del repeluzno que me produce el whisky, se me despierta un calorcillo en el estómago que empieza a recorrerme el cuerpo y me alivia al instante. Me sirvo otro vaso mientras mi mujer grita algo desde la cocina. Para que me deje en paz, me llevo la botella y el vaso al cuarto de baño y echo el pestillo. Sigo bebiendo mientras me miro al espejo. Ahora soy yo quien tiene pelos en las orejas, y entradas grasientas, y algo de papada, y unas venillas en la nariz que me delatan. Ya que no tengo remedio, me siento en la taza y sigo bebiendo.</p>
<p style="text-align: justify;">Están aporreando la puerta. Me doy cuenta de que me he quedado adormilado. ¡Quieres salir de una vez!, grita una voz destemplada. Me levanto de la taza, tambaleándome, y algo cruje bajo mi pie. Es una cucaracha. Me sube un olor fuerte, y descubro que es mi propio sudor, agrio y añejo. Debe de hacer semanas que no me ducho, aunque me duché esta mañana. Cuando abro la puerta del baño no es Celia quien me espera, sino otra mujer a la que recuerdo vagamente. Con la lengua de trapo, le pregunto quién es. Ella me da un empujón para entrar al servicio y rezonga que quién va a ser, quién va a ser, lo que faltaba. Más gorda que Celia y rodeada de un olor indefinible que no quiero definir, se tambalea al caminar sobre dos columnas varicosas. Se encierra en el servicio y yo me alejo para inspeccionar la casa, que ha vuelto a transformarse. Ya ni la reconozco. Estoy seguro de que jamás he vivido en aquel lugar. No hay libros, ni una estantería en que buscarlos; tan sólo muebles viejos, cada uno de su padre y de su madre, y por supuesto una televisión en color. Me voy a sentar junto a la mesa camilla, porque estoy mareado, pero cerca de la tele veo una fotografía enmarcada en pasta rosa y me acerco a mirarla. Se trata de un retrato de boda, en el que aparezco vestido de novio con las patillas que llevaba en aquella época. No puedo tener más de veinte años, y el caso es que yo me casé a los veintiocho. La mujer vestida de blanco lleva un bombo de seis o siete meses. Ahora sí la reconozco. Así que me he convertido en el marido de Loli, aquella chica con la que me enrollé en bachillerato y con la que estuve a punto de acostarme; luego dejó los estudios y no volví a verla nunca más. Hay más fotos, cada una enmarcada con mejor gusto que la siguiente. ¿Cuántos hijos tengo? Parece que tres, o tal vez cuatro, porque no sé si el niño de la comunión es el mismo que luego aparece con orejas de soplillo jurando bandera.</p>
<p style="text-align: justify;">Llaman a la puerta e insisten tanto que temo que fundan el timbre, que ya de por sí suena como una rata afónica. Abro y al otro lado me asomo a un pasillo largo, oscuro y rancio, como el túnel de una caverna nada platónica. Hay tres jóvenes. Entre dos de ellos sujetan al tercero, al que prácticamente me arrojan a los brazos. Se me escapa, se cae al suelo y se oye un golpe sordo cuando su frente choca contra el terrazo. No se inmuta y se queda babeando a mis pies. Tiene la cara macerada a golpes, y la ropa grasienta como si la hubiera arrastrado por el suelo de un taller de coches. Apesta más que mi mujer y yo juntos. Está muy flaco y tiene brazos de yonqui, pero entre la mugre reconozco al mismo muchacho de la jura de bandera. Uno de los jóvenes que siguen en la puerta me agarra de las solapas, me zarandea y empieza a proferir amenazas en un idioma que no entiendo. El otro ejerce más o menos de traductor. O el cabrón de tu hijo nos paga lo que nos debe o te rajamos a ti. A él la da igual, porque ya no siente las hostias, pero a ti te vamos a capar, ¿te enteras? Yo no sé nada, respondo. Claro que lo sabes. Cuatro mil quinientos <em>leuros</em> nos debe, el angelito. ¿De dónde coño queréis que los saque? No, ya sabemos que no va a ser de trabajar, se ríen en mi cara. Ya volveremos, y si no nos pagas aprende a mear sentado.</p>
<p style="text-align: justify;">Se han ido pegando un portazo que ha descolocado el llavero de la entrada, donde pone <em>Recuerdo de Torrevieja</em>. Yo me he sentado junto a la mesa camilla y observo a ese charco de porquería que dicen que es mi hijo. Loli entra en la salita y empieza a dar gritos. Levanta al yonqui del suelo y se lo lleva al servicio. Ayúdame, desgraciado, pero yo lo que hago es buscar el mueble bar. No hay más que botellas de anís y coñac vacías, así que cojo una chaqueta llena de lamparones que cuelga de un gancho de latón, junto a la puerta, y salgo de allí. Me acompaña una letanía que se va perdiendo: gandul, inútil, quién me mandaría casarme contigo, borracho. Recorro el túnel hacia la luz del portal. De veras necesito beber, pues siento una sed extraña que jamás había experimentado, una sed que es de las vísceras y del alma, y me digo: supongo que en esto consiste ser alcohólico.</p>
<p style="text-align: justify;">Me suena el barrio. Es Vallecas, otra vez. Mis pasos me llevan a un bar familiar, con mostrador de zinc, terrazo aturronado, restallidos de dominó. En otra vida estuve aquí. Según entro, el camarero me mira con mala cara, pero me sirve una copa de coñac sin preguntar. Me lo bebo de un trago, yo que jamás he soportado el coñac, y empiezo a sentir que mis males no son tantos. Qué tal te va, me dice una voz. No te veía desde el colegio. Me doy la vuelta y lo veo al muy cabrón. Ahora es <em>él</em> quien viste bien, con chaqueta y camisa de sport, y aunque no esté delgado ya no tiene panza ni pelos en las orejas. Qué me has hecho, mamón. No sé a qué te refieres. Devuélveme mi vida, que me la has robado. Devolverte tu vida. ¿No te parece un poco tarde? Si hubieras seguido estudiando, como hice yo, no te verías así. Tenías talento, se regodea el tío. Aunque disimule, su mirada lo traiciona: lo sabe todo, <em>él</em> es el causante.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué me has hecho?, insisto. Ya lo decía Solón, me responde: no se puede decir de un hombre que es feliz hasta que no termina sus días. Pero es que tú no me has robado el futuro, sino el pasado. No me has dejado nada, sollozo. ¿Qué ha sido de mi vida, de toda mi vida? Toma, anda, dice él. Me da un billete de cien euros doblado, y como no lo quiero coger me lo mete en el bolsillo de la chaqueta. Sé que andas mal, pero a lo mejor todavía puedes aprovechar tu talento. Yo lo agarro por las solapas y empiezo a sacudirlo. El camarero sale de la barra y me echa a empujones. ¡A la puta calle ya, hombre! ¡Estoy harto de que molestes a los clientes!</p>
<p style="text-align: justify;">Con el empujón, trastabillo y me doy un cabezazo contra el retrovisor de un Ibiza. Me toco la mejilla, húmeda, y no sé si es sangre o son lágrimas, porque ya ha oscurecido y apenas veo. Me tambaleo, buscando otro bar, y saco el billete que me ha dado él. Por lo menos, podré beber. Entonces veo que es un recorte de <em>El Mundo</em>: un premio literario, hasta quince páginas, cerca de siete mil euros&#8230; No falta mucho para que se cumpla el plazo y se falla pronto. Con ese dinero podré pagar la deuda de mi hijo el yonqui, y con el premio arrancar de nuevo mi carrera literaria. Me encuentro un ciberbar: allí hay ordenadores, impresoras, y además sirven alcohol. Entro y me pongo manos a la obra. El premio es de cuento de terror. Terror, terror&#8230; ¿Qué mejor historia que la mía?</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Ya he acabado. Ahora ya sabéis por qué no sabéis quién soy, y también por qué tenéis que darme el premio. Yo desprecié a alguien que me mendigaba unas horas y él me robó mi pasado. Ahora yo os mendigo sólo un poco de dinero y de gloria, miembros del jurado. Que Dios os proteja si me despreciáis.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Javier Negrete<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Segunda vida</title>
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		<pubDate>Mon, 18 May 2009 04:33:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alfonso Mateo-Sagasta</dc:creator>
				<category><![CDATA[Laberintos y paradojas]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay veces en que uno desearía no ver cumplidos sus sueños. ¿No dijo alguien: que Dios no te castigue haciendo realidad tus deseos? ¿No era eso una maldición? Me pregunto si mi caso fue una suerte, y a quién debo agradecer o reprochar mi destino. Al fin y al cabo he vivido dos vidas sin [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Hay veces en que uno desearía no ver cumplidos sus sueños. ¿No dijo alguien: <em>que Dios no te castigue haciendo realidad tus deseos</em>? ¿No era eso una maldición? Me pregunto si mi caso fue una suerte, y a quién debo agradecer o reprochar mi destino. Al fin y al cabo he vivido dos vidas sin hacer nada para merecerlo, aunque a veces dudo si habrá sido todo un sueño, una vívida pesadilla surgida entre la bruma con que la morfina veló mi mente al final de mi primera existencia, o en la que quizá aún me encuentro, con el cuerpo desmadejado y la cabeza irremediablemente perdida.</p>
<p style="text-align: justify;">De mi primera vida no me puedo quejar. Nací en 1833, el año en que murió Fernando VII, aunque dudo que eso influyera en mi destino. Recuerdo de mi infancia que empecé a leer y a escribir con un periódico en el que se hablaba de la paz entre Maroto y Espartero, y que coincidieron la reaparición de las guerrillas carlistas y la fundación de la Guardia Civil con mis cada vez más elaborados artificios para sorprender a la Rosi ajustándose las ligas. Creo que puedo decir en honor a la verdad que fui un hombre afortunado. Rondaba los cuarenta cuando se proclamó la primera República, y a pesar de los enormes conflictos sociales a los que asistí y en los que tomé parte, nunca sufrí daño alguno. Esa circunstancia hizo que ya casi hubiese apurado la sesentena, cuando me di cuenta de que era un hombre viejo. Supongo que de un modo inconsciente asimilé la sensación de ruina que nos embargó en el 98 tras la pérdida de Cuba y Filipinas, a mi propio estado físico. Como hasta ese momento no había padecido ninguna enfermedad grave, mi envejecimiento había sido lento, natural y progresivo. Había perdido el cabello, eso sí, tenía molestias articulares, sobre todo por las mañanas, flacidez en la piel, tanto más evidente por ser un hombre delgado, y un decadente tono muscular&#8230; Síntomas privados, todos ellos, que podía contar en tono de chanza en el bar o callármelos si me incomodaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero ya digo que el 98 fue para mí un punto de inflexión sin retorno, el momento en que por primera vez me fijé en los que me precedían para vislumbrar mi futuro, y me di cuenta de que no había muchos y los que quedaban ofrecían un aspecto desolador. Pienso que fue precisamente la profunda tristeza que me inspiró el encontronazo con lo que sería el final de mi vida lo que me produjo una bajada en las defensas y propició, en definitiva, la eclosión de mi enfermedad. Desde entonces tuve la sensación de descender cada día un peldaño de una escalera labrada en el muelle de un puerto. Al pie sólo me esperaba agua helada y sucia, pero no había nada que  pudiera hacer para ahorrarme el baño. Sin darme cuenta me encontré torpe, empecé a olvidar palabras, a dejar frases a medias, acabé por quedarme medio sordo y medio ciego y por último ocurrió lo que más temía, perdí el control de los esfínteres. Llegó un momento en que sólo deseaba morir.</p>
<p style="text-align: justify;">En un segundo de lucidez reflexioné sobre lo mal pensada que estaba la vida y en cuánto más hermosa sería si se pudiera vivir al revés, es decir, si se empezara de viejo y cada día se evolucionara a mejor, un camino hacia la dicha plena. Los riñones se irían reactivando, de escurrir con molestias a orinar un chorro firme; el cabello poblaría progresivamente la cabeza, primero la coronilla para avanzar luego hacia las cejas, pasando en el proceso de blanco a gris y luego a un castaño brillante; los ojos enfocarían mejor cada año, hasta convertir las gafas en un adorno inútil. En una vida así te encontrarías con que en el momento en el que acumulas mayor experiencia, además tienes veinte años y estás en la cima de tu vigor físico, y cuando todo se acaba, en vez de un ser decrépito, eres un simpático gordezuelo que corretea despreocupado por la casa subido a su correpasillos.</p>
<p style="text-align: justify;">Sí, yo deseé esa segunda vida, y aún no sé por qué me fue concedida. Hasta el final. Ahora he cumplido los cinco en el sistema inverso, he desvivido 83 y hace dos días me oriné en la cama. No es la primera vez que me pasa, pero sí la primera que soy consciente de que no es un accidente, sino parte de un proceso contra el que no puedo luchar. Desde entonces, el horror puebla mis noches. He intentado revisar fríamente mi situación pero cada día entiendo menos a la generación que me sigue, mi autoridad se ha diluido por completo y ya nadie respeta mi voluntad. Además, sé que me enfrento a unos años atroces en los que poco a poco iré olvidando palabras, alterando ideas, confundiendo conceptos. Y luego vendrá lo más difícil. Tendré que soportar la vergüenza de que mis seres queridos se hagan cargo de mí, me limpien, me hagan monerías que yo, maldita sea, responderé con sonrisa bobalicona, me saquen a pasear y hagan turnos para velarme en las malas noches de cólicos que me reserva la progresiva atrofia de mi intestino. Muchos, sin atreverse a decirlo, desearán que me muera cuanto antes para que deje de sufrir porque ya no me verán como persona, no quedará nada de aquel hombre que fui. Pero todo eso, por duro que parezca, lo puedo encajar. Lo peor, lo que hace insoportable mi actual situación, es el conocimiento exacto del día y la hora de mi óbito. Bueno, eso si no me sorprende una muerte súbita o mi hijo no me asfixia durante un ataque agudo de llantina.</p>
<p style="text-align: justify;">Sé que ya es tarde y que lo más seguro es que a nadie valga mi consejo, pero si pudiera volver a elegir me quedaría con el final de mi primera vida, porque cuando era viejo todo me importaba un carajo, y ahora&#8230;, ¡soy tan joven para morir!</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Alfonso Mateo-Sagasta<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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