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	<title>El resto es silencio &#187; Mundos perdidos</title>
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		<title>El espacio que ocupan las palabras</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jul 2010 07:14:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sara Sacristán Horcajada</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mundos perdidos]]></category>

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		<description><![CDATA[Ganador del Premio Avalón de Relato Fantástico 2010
Fede levantó la vista al llegar a la gran sala de las discusiones y contempló el techo abovedado del templo, tan antiguo como la propia universidad. Aunque las antiguas pinturas que adornaban la roca habían sido arrancadas por orden de los sacerdotes, todavía se adivinaban algunas formas vagas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Ganador del<strong> Premio Avalón de Relato Fantástico 2010</strong></em></p>
<p style="text-align: justify;">Fede levantó la vista al llegar a la gran sala de las discusiones y contempló el techo abovedado del templo, tan antiguo como la propia universidad. Aunque las antiguas pinturas que adornaban la roca habían sido arrancadas por orden de los sacerdotes, todavía se adivinaban algunas formas vagas sobre la base de yeso. Uno de los deseos secretos de Fede, de esos que podrían haberle acarreado un castigo de haberlo expresado en voz alta, era averiguar más cosas sobre los constructores de aquella fortaleza, llena de imágenes y grabados arcaicos, pero diseñada sin duda para la defensa y vigilancia de una ciudad del pasado de la que no quedaban ni los cimientos. El carraspeo del decano mayor sacó a Fede de sus elucubraciones históricas, y los años de entrenamiento hicieron que su mente se centrase con rapidez en las palabras, aunque nadie le había ordenado que las recordase.</p>
<p style="text-align: justify;">—La discusión puede comenzar. Expondremos primero el tema que vamos a tratar hoy.</p>
<p style="text-align: justify;">La mente de Fede registró. “Discusión comienza. Exposición temas.” Y tan rápido como entraban las palabras salían, porque no era su trabajo recordarlas. Para eso estaban los archiveros de índices y órdenes del día. Pero desde niño le habían inculcado la costumbre de la práctica, y cualquier palabra pronunciada, hasta en las conversaciones más banales con sus compañeros en la escuela de archiveros, se filtraban y reordenaban en su mente para entrar a formar parte del archivo, aunque la mayoría las olvidaba enseguida. No debía malgastar espacio.</p>
<p style="text-align: justify;">—Hoy trataremos la cuestión de la herejía de la medida, propuesta y meditada por el maestro Anjous —anunció el archivero de índices y orden del día, un hombre de unos cuarenta años, conocido de Fede, con una habilidad especial para archivar frases cortas y además, priorizarlas. Un buen archivero, aunque muy especializado en su rama de trabajo.</p>
<p style="text-align: justify;">El Decano mayor asintió y le hizo un gesto al maestro Anjous, que se levantó y entrecruzó las manos sobre su barriga, más prominente cada año, como siempre hacía antes de comenzar a hablar. La mente de Fede se tensó como se tensaban los músculos de los atletas en la línea de salida. Sus ojos claros, siempre observadores, se entrecerraron, la mirada perdida en algún punto de la sala, y elevó ligeramente los brazos por encima de las caderas, para que ningún roce de la túnica o la tentación de entrecruzarlos le distrajese. Cuando archivaba, no había imágenes, ni sensaciones, no veía ni sentía. Sólo sonidos, sólo palabras.</p>
<p style="text-align: justify;">—Fede, registra con baja fidelidad —murmuró el maestro Anjous, y comenzó a hablar.</p>
<p style="text-align: justify;">Tenía una voz monótona, aburrida para los espectadores normales. Pero a Fede le habían entrenado como archivero, y no apreciaba el tono, ni la cadencia, casi ni siquiera las pausas. Su mente registraba siguiendo las pautas de la baja fidelidad, como se le había indicado, eliminando, sustituyendo expresiones por palabras cortas, omitiendo los descriptores que no fuesen imprescindibles, simplificando acciones.</p>
<p style="text-align: justify;">“Estudio, <span style="text-decoration: line-through;">mucho tiempo</span>/largo acerca de medidas usadas por campesinos en <span style="text-decoration: line-through;">gran cantidad de</span>/muchos archivos, <span style="text-decoration: line-through;">ha sido</span>/fue difícil pero <span style="text-decoration: line-through;">por fin hoy</span>/ya conclusión.”</p>
<p style="text-align: justify;">Fin del registro.</p>
<p style="text-align: justify;">—A continuación, mi archivero expondrá las conclusiones —el maestro Anjous permaneció de pie.</p>
<p style="text-align: justify;">Era una costumbre simbólica, para dejar claro que, aunque hablara el archivero, el responsable de las ideas era el que permanecía de pie. Fede tomo aire, un gesto tan grabado en su rutina como el parpadeo, quizás más, y comenzó a recitar en su mente. La parte más difícil de ser archivero de maestros no era registrar, sino recitar lo registrado con anterioridad. Las palabras asimiladas en alta fidelidad pasaban por su mente desnudas, sin nexos, apenas con sentido temporal, y salían por su boca ricamente engalanadas, perfumadas con estructuras complejas. No eran exactamente las palabras que el maestro Anjous había pronunciado en su celda de estudio, eso era imposible, pero su fidelidad al discurso original era máxima. Fede era uno de los mejores archiveros que existían en la universidad.</p>
<p style="text-align: justify;">“Medidas son sacrilegios tanto como imágenes por simbolizar conceptos fuera de mente por tanto destruir…”</p>
<p style="text-align: justify;">—Las medidas son actos sacrílegos al nivel de las propias imágenes, puesto que simbolizan ideas fuera de la mente humana y por tanto destruyen la perfección divina en una simplificación que no sólo es un pecado, sino que atenta contra una de las principales normas de nuestro credo —Fede mantuvo una entonación adecuada, alzando ligeramente la voz al final de las frases—. No intentarás representar la perfección con burdos métodos humanos. Mis estudios demuestran que las medidas de los campesinos pretenden representar conceptos puros como la cantidad mediante conceptos imperfectos como la fanega…</p>
<p style="text-align: justify;">Por supuesto no eran los estudios de Fede. A Fede no le interesaba lo más mínimo las medidas de los campesinos. No sabía lo que era una fanega de trigo. No sabía cómo era el trigo. Siguió hablando durante diez minutos hasta que hubo expuesto hasta el último argumento en contra de las medidas, y cuando acabó volvió a abrir los ojos y a relajar los brazos. El público de la sala de discusiones no le había mirado en ningún momento, sino que mantenía la vista clavada en el maestro Anjous, y de vez en cuando asentían, demostrando su aprobación ante las nuevas teorías. Fede se sentó durante el turno de preguntas. No era su trabajo registrar la discusión, eso lo harían los archiveros de resúmenes. De vez en cuando el maestro Anjous le murmuraba una orden, y Fede registraba ideas, comentarios o críticas que su jefe encontraba interesantes y por lo tanto decidía conservar. La discusión duró una hora, y después volvieron rápidamente a su celda de estudio para registrar un resumen de la reunión en alta fidelidad.</p>
<p style="text-align: justify;">—De veras Fede, soy la envidia de todos los maestros gracias a ti.</p>
<p style="text-align: justify;">Fede asintió y rápidamente  borró las palabras de su mente para seguir con su resumen de la jornada. No debía prestar atención a nada que no fuesen sus registros, y por eso un archivero nunca mantenía conversaciones con nadie. Tras cinco años de trabajo el maestro Anjous se había acostumbrado a mantener monólogos con él.</p>
<p style="text-align: justify;">—Ya vale, ya. Sé que lo tienes entero, palabra por palabra.</p>
<p style="text-align: justify;">El maestro Anjous no entendía cómo funcionaba la mente de los archiveros, pero Fede no iba a contradecirle. No era palabra por palabra. Era más bien idea por idea.</p>
<p style="text-align: justify;">No volvió a su habitación en la zona de los archiveros hasta bien entrada la tarde, lo que le permitió vislumbrar por unos segundos el tono anaranjado del cielo del atardecer a través de una de las ventanas del pasillo de las celdas de estudio, que alguien se había olvidado de cerrar. Las ventanas no estaban prohibidas para los maestros, pero sí para los archiveros. Una imagen hermosa ocupaba espacio en la memoria, y la memoria de los archiveros debía estar enteramente a disposición de los maestros. No había sitio para puestas de sol, ni para bóvedas construidas por antiguas religiones. No había sitio para conversaciones ni pensamientos propios. Y así sería hasta el día de su muerte. Fede sintió una punzada de angustia, como siempre que su mente divagaba por caminos oscuros e innecesarios, y para alejarla recitó de nuevo en su mente el resumen de todos los avances que el maestro Anjous había hecho aquel año. El ejercicio le llevó dos horas y le calmó, aunque la desazón seguía en algún lugar más allá de su mente, si es que algo así existía.</p>
<p style="text-align: justify;">Un invisible trajo la cena a las nueve. Fede sabía que la traían a esa hora porque en una ocasión había escuchado unas campanadas de una iglesia lejana en la celda de estudio de Anjous cuando le trajeron la cena. Los archiveros no debían preocuparse por controlar el tiempo, para eso estaban los invisibles, que cuidaban de todas sus necesidades, con sus hábitos negros y sus capuchas enrejadas, sigilosos, apenas un susurro por los pasillos. Pero no eran invisibles, aunque lo pretendiesen. Fede les veía recorrer las estancias del edificio de los archiveros de día y de noche, silenciosos, pero reales. Intentaba recordarlos. Había uno más bajito que los demás, otro que cojeaba cuando bajaba las escaleras, y otro que siempre llevaba las manos a la espalda, como si meditase. Los invisibles ocupaban un espacio cada vez más grande en la memoria saturada de Fede, aunque él sabía que aquello estaba mal. ¿Se enteraría alguien? No.</p>
<p style="text-align: justify;">Fede comió el pescado, siempre pescado para la cena, con desgana, jugueteando con el tenedor y la piel requemada. Estaba demasiado caliente. Podía esperar, como siempre, a que se enfriara y comer aquella pasta blanca tan buena para su memoria y asquerosa para su paladar, fría y rugosa. O podía levantarse y buscar un pescado mejor cocinado. Podía caminar por el pasillo hasta la sala en la que los invisibles cocinaban y hacían el resto de las cosas que hiciesen, y pedirles un plato de comida decente. Podía, pero no se atrevió a cruzar ni siquiera el corredor que comunicaba su habitación con el resto del mundo.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue al darse la vuelta cuando chocó de bruces contra un invisible, el pescado y los pedazos de loza desparramados por el suelo, demasiado ruido en aquellos pasillos silenciosos. Era el bajito. Otros tres invisibles llegaron desde la cocina, presurosos por reconstruir la calma de aquel lugar.</p>
<p style="text-align: justify;">Fede se quedó ahí parado mientras el invisible intentaba recoger todos los trozos del plato, desesperado, antes de que llegasen sus compañeros, pero aquella rejilla limitaba su visión tanto como su mundo, y Fede no pudo controlar el impulso de agacharse a ayudarle. Por eso encontró el trozo de tela. Una servilleta. Y estaba manchado. Los invisibles no podían tocar a los archiveros, pero Fede pudo sentir la piel y las uñas cuando una mano delgada le agarró por la muñeca. La mano temblaba, el muchacho entero temblaba. Porque ahora había dos ojos tras la rejilla, azules como el cielo que en ocasiones lograba vislumbrar a través de los postigos de las ventanas. Dos ojos jóvenes y asustados.</p>
<p style="text-align: justify;">—Por favor…</p>
<p style="text-align: justify;">A Fede le sorprendieron tanto estas dos palabras que ni siquiera las registró. ¿Cómo se archiva una súplica? Y a pesar de todo sabía que jamás, por muy larga que fuese su vida, las olvidaría. El trozo de tela seguía entre sus dedos, y sus dedos entre los del muchacho. Los otros tres invisibles se agacharon y empezaron a recoger el pescado del suelo. Apenas habían pasado tres segundos.</p>
<p style="text-align: justify;">—Vuelve a traerme la cena en cuanto esté lista.</p>
<p style="text-align: justify;">El invisible cumplió la orden, aunque visiblemente nervioso. Sabía que su vida estaba en manos de Fede. Ninguno habló. En el pedazo de tela estaba todo dicho. Una serie de dibujos, toscos, sencillos, pero identificables. Una escoba y dos figuras que recordaban a seres humanos muy simplificados, uno más bajito, otro más alto. Un montón de palitos apretados bajo ellos, algunos altos, otros bajos.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Qué significa esto?</p>
<p style="text-align: justify;">Su voz, apenas un susurro, retumbó entre las cuatro paredes de piedra. Fede tuvo la sensación de que medio mundo le había oído. El muchacho seguía quieto, contra la pared. Era imposible decir si estaba asustado porque su cara seguía oculta tras la capucha.</p>
<p style="text-align: justify;">—Puedes hablar —no era ni una pregunta ni una orden.</p>
<p style="text-align: justify;">—Puedo —el muchacho relajó los hombros.</p>
<p style="text-align: justify;">—Contesta. ¿Son esto palabras?</p>
<p style="text-align: justify;">—Son manchas —susurró el muchacho—. Sólo manchas sin sentido.</p>
<p style="text-align: justify;">Fede asintió. Era inútil insistir.</p>
<p style="text-align: justify;">—Y sin embargo, yo les encuentro un sentido. Como a las nubes. ¿Entiendes? Las nubes no dicen nada, nadie ha fabricado sus formas, pero a veces recuerdan a cosas, a palabras. Palabras registradas en las nubes.</p>
<p style="text-align: justify;">El muchacho se encogió de hombros.</p>
<p style="text-align: justify;">—Hace años que no veo las nubes. No recuerdo sus formas.</p>
<p style="text-align: justify;">La misma angustia que le había provocado el cielo del atardecer invadió a Fede. No estaba seguro de si había nubes en ese cielo. Era lo malo de las imágenes, que no se podían registrar en la mente como las palabras. Nunca al completo. Sólo colores, un par de formas y las sensaciones. Las sensaciones que tanto espacio ocupaban en su memoria. Tan grandes, tan reales.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Y los palitos? Son demasiado perfectos para ser manchas.</p>
<p style="text-align: justify;">—No significan nada, los hago cuando me aburro. Pero no significan nada.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Nada?</p>
<p style="text-align: justify;">El muchacho titubeó. Estaba asustado.</p>
<p style="text-align: justify;">—Es un sacrilegio representar la perfección de las palabras fuera de la mente. Lo dicen los sacerdotes.</p>
<p style="text-align: justify;">Y dio por zanjada la conversación.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Vendrás mañana a traerme la cena?</p>
<p style="text-align: justify;">Así comenzó todo, con una conversación, la primera en muchos años para ambos, y unas cuantas manchas sin sentido en un trozo de tela. Un delito, un sacrilegio. Y más si había sido cometido por un invisible, cuyo trabajo era servir a los archiveros, los únicos que gozaban del permiso divino para registrar.</p>
<p style="text-align: justify;">Cada noche el invisible le traía la cena, y cada noche Fede insistía.</p>
<p style="text-align: justify;">—Dime lo que significaban esos palitos en la servilleta —pero el invisible no decía nada. Cada semana, varios herejes morían en la hoguera.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero su simple presencia era suficiente, una visita todas las noches, un cambio, algo digno de recordar por fin sin que nadie se lo ordenase. Finalmente una noche el invisible rompió su silencio. No lo hizo voluntariamente. Se había retrasado con la cena y al llegar, Fede notó su cojera, la túnica negra se balanceaba con cada paso y el cuerpo que escondía se estremecía al posar el pie derecho en el suelo.</p>
<p style="text-align: justify;">—Necesito mirar de nuevo la servilleta —susurró, el orgullo apenas contenido—. ¿Aun la guardas?</p>
<p style="text-align: justify;">Fede sonrió.</p>
<p style="text-align: justify;">—Por supuesto. Te la devolveré si me dices lo que significa.</p>
<p style="text-align: justify;">El invisible suspiró y comprobó que nadie se acercaba por el pasillo antes de quitarse la capucha. Era joven, como Fede había supuesto, pero una fea cicatriz, una quemadura, le recorría el rostro desde la sien derecha hasta la barbilla y le paralizaba el labio superior al hablar. Le hacía parecer mayor. Sin embargo sus ojos claros, brillantes sobre la piel oscurecida por el fuego, demostraban una inteligencia que iba más allá del pescado hervido.</p>
<p style="text-align: justify;">—Registro mis tareas en las servilletas.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Registras en las servilletas? ¿Sabes que registrar palabras más allá de la mente es un pecado que se castiga con la muerte?</p>
<p style="text-align: justify;">—La muerte es recibir palizas diarias de tus superiores si no realizas tus tareas —el invisible cambió el peso de u cuerpo de ua pierna a otra con una mueca de dolor—. Y no tengo… Buena memoria.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Olvidas tus órdenes?</p>
<p style="text-align: justify;">—En ocasiones. Pero el problema son mis compañeros. Me echaban la culpa de las cosas que quedaban sin hacer. Si las registro en otro sitio que no sea mi cabeza… Las recuerdo. Y cuando les digo con seguridad quién hizo qué y cuándo… Ellos se asustan. Creen que tengo una memoria bendecida por los dioses, porque sólo los dioses y sus sirvientes son capaces de registrar.</p>
<p style="text-align: justify;">—Al parecer tú también sabes.</p>
<p style="text-align: justify;">—Mi padre me enseñó. Él registraba los huevos que ponían las gallinas. Murió en la hoguera cuando yo era un adolescente —el invisible señaló la quemadura de su cara—. ¿Me delatarás a los sacerdotes?</p>
<p style="text-align: justify;">Fede se dio cuenta de que no había registrado la conversación. Era la primera vez que escuchaba tantas palabras seguidas y no las guardaba en su memoria, ya fuese en alta o aja fidelidad. Si le delataba, no sería capaz de repetir sus frases ante los sacerdotes, las palabras. Y sin embargo las recordaba. Eran suyas y de nadie más.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Cómo te llamas?</p>
<p style="text-align: justify;">—Diego.</p>
<p style="text-align: justify;">—Diego, quiero que me enseñes a medir el tiempo. No sólo los días. Todo el tiempo.</p>
<p style="text-align: justify;">El muchacho se acercó a la esquina inferior derecha de su cama y con el cuchillo de la cena hizo una marca corta y profunda en la madera. Un palito.</p>
<p style="text-align: justify;">—Esto es hoy. Volveré mañana.</p>
<p style="text-align: justify;">Resultaba increíble lo fácil que era controlar algo tan indefinido como el tiempo. Fede pensaba sobre ello en voz alta durante la cena, pero sus meditaciones no sorprendían a Diego. A menudo, le dijo el invisible, las cosas más abstractas son las más sencillas de comprender, pero claro, hay que intentarlo.</p>
<p style="text-align: justify;">Diego siempre decía ese tipo de frases, profundas como los pensamientos de los maestros, pero con un tono que le quitaba importancia, convirtiéndolo en algo tan obvio como que los dos morirían en la hoguera si alguien descubría que estaban registrando cosas sin permiso de los sacerdotes.</p>
<p style="text-align: justify;">Nadie se enteraría, aseguraba Diego, él no se lo iba a contar nadie. Y sonreía. Era demasiado joven como para pasarse la vida bajo una capucha. Y demasiado inteligente. Tardó un par de meses en compartir con Fede su sistema secreto de registro, las imágenes, como él las llamaba. Escobas y puertas, pescados y fuegos de cocina. El vocabulario de Diego era limitado.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Y el tuyo? —respondió ofendido—. ¿Alguna vez has visto una fanega de trigo? No puedes registrarla más que en tu mente, un sonido sin significado.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Por qué dices eso?</p>
<p style="text-align: justify;">Diego sonrió y dejó de juguetear con el pescado que Fede ya casi ni probaba. De entre su túnica sacó un paquete blanco, una servilleta que envolvía una de las astillas carbonizadas de los fogones de la cocina. Le tendió el carbón a Fede.</p>
<p style="text-align: justify;">—Quiero que construyas la imagen de lo primero que te venga a la cabeza cuando yo te diga una palabra.</p>
<p style="text-align: justify;">—Yo no sé…</p>
<p style="text-align: justify;">—Lo primero.</p>
<p style="text-align: justify;">—Está bien.</p>
<p style="text-align: justify;">—Sol.</p>
<p style="text-align: justify;">Fede construyó un círculo de cenizas sobre la servilleta.</p>
<p style="text-align: justify;">—Puerta.</p>
<p style="text-align: justify;">Un rectángulo.</p>
<p style="text-align: justify;">—Fuego.</p>
<p style="text-align: justify;">Ese fue el más difícil, pero Fede arrastró la astilla sobre la tela, creando unos trazos gruesos que en su imaginación crepitaron como el fuego.</p>
<p style="text-align: justify;">—Trigo.</p>
<p style="text-align: justify;">Fede se quedó en blanco. Jamás había visto un campo de trigo, una espiga, aunque conocía todas esas palabras. Sabía que era una planta, pero las únicas plantas que recordaba era las que había visto en su viaje desde la escuela de archiveros a la universidad. Y esas eran altas, de madera en la base y verdes por arriba. Intentó reconstruir su imagen.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Eso pretende ser un árbol? —dijo Diego—. Desde luego no es trigo.</p>
<p style="text-align: justify;">—No lo sé. Es la única imagen de una planta que conozco. Tal vez sea un árbol.</p>
<p style="text-align: justify;">—Fíjate. Tienes palabras sin imágenes e imágenes sin palabras.</p>
<p style="text-align: justify;">A Diego le hizo mucha gracia aquella idea pero Fede siguió meditándola durante la noche y durante el día siguiente. Su mente le daba vueltas a las imágenes, a su significado. Un círculo no era el sol. Pero su círculo significaba sol.</p>
<p style="text-align: justify;">—Fede, registra en alta fidelidad estas conclusiones —ordenó el maestro Anjous—. Las medidas de cantidades y de tiempo quedan prohibidas fuera del ámbito de la universidad, único lugar bendecido por los dioses como…</p>
<p style="text-align: justify;">Medidas cantidades y tiempo prohibición dentro universidad… ¡No! Dentro universidad /único lugar <span style="text-decoration: line-through;">bendecido por los dioses</span> permitido… ¿Cómo sería la imagen de tiempo en general? No había imagen para la palabra tiempo. Condena 30 latigazos para primer delito muerte para reincidentes&#8230; Pero aún así la registro en la mente. ¿Cómo registrarla en imágenes?</p>
<p style="text-align: justify;">—Fede, repite esta última frase, creo que debo modificarla…</p>
<p style="text-align: justify;">Le costaba cada vez más registrar las ideas de otros ahora que tenía las suyas propias. Necesitaba guardar sus propios descubrimientos acerca de la ciencia de archivar en imágenes, pero no tenía espacio en su cabeza. Por suerte tenía a Diego.</p>
<p style="text-align: justify;">—Se me ha ocurrido que círculo podría ser varias palabras a la vez —le dijo un día mientras cenaban en la habitación. Era agradable comer mientras se conversaba—. Sol es una palabra, pero existen otras como soleado. ¿Y si creamos la imagen de soleado a partir de la de sol?</p>
<p style="text-align: justify;">Fede dibujó un círculo y después le añadió un palito horizontal debajo.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Qué es eso?</p>
<p style="text-align: justify;">—Mi imagen para decir que esta imagen no es de la cosa, sino de la descripción. Soleado.</p>
<p style="text-align: justify;">Diego asintió. Estaba realmente sorprendido.</p>
<p style="text-align: justify;">—Nunca se me había ocurrido. Cuando anoto mis tareas siempre he tenido problemas con esas cosas —dibujó la imagen de ventana y luego una nube con gotitas de lluvia—. Cerrar las ventanas si llueve. Pero solo pone ventana y lluvia. ¿Cómo es la imagen de “si”?</p>
<p style="text-align: justify;">—No existe —Fede rememoró sus lecciones en la escuela de archiveros—. Es… Otro tipo de palabra. Están las palabras que tienen imágenes, aunque no las conozcamos, y las que no las tienen porque no indican cosas sino relaciones entre cosas.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Relaciones?</p>
<p style="text-align: justify;">—Sí. A los archiveros no enseñan cuáles son esas palabras para que no las eliminemos de los registros. De, para, con… Si las quitas la frase deja de tener sentido.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Elimináis palabras de los registros?</p>
<p style="text-align: justify;">—Por supuesto. Es imposible registrarlo todo, la mente humana es limitada. Sólo los dioses son capaces de recordarlo todo.</p>
<p style="text-align: justify;">—Entonces, las imágenes nos convertirán en dioses —susurró Diego. Tendía a bajar la voz cuando decía los mayores sacrilegios.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Cómo?</p>
<p style="text-align: justify;">—No tenemos que eliminar palabras. Sólo ocupan espacio en una servilleta, no en nuestra mente. Al contrario, debemos crear más imágenes, hasta que cada palabra tenga la suya. Y no será necesario eliminar ninguna. Lo registraremos todo.</p>
<p style="text-align: justify;">Fede meditó las posibilidades de aquello, y enseguida encontró un problema.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Y cómo vamos a recordar todas esas imágenes? Habrá tantas como palabras. Y recordarlas requeriría tanto espacio en la mente como los registros que ya hago ahora.</p>
<p style="text-align: justify;">—Las crearemos sobre la tela. Estarán ahí y no hará falta recordarlas.</p>
<p style="text-align: justify;">—No cabrán en una servilleta.</p>
<p style="text-align: justify;">—Pues usaremos un mantel.</p>
<p style="text-align: justify;">—Ni siquiera en un mantel.</p>
<p style="text-align: justify;">Diego no podía entenderlo, por supuesto, porque no conocía tantas palabras como Fede, ni las había estudiado como él. Las acciones, los descriptores, las cosas. Había muchas palabras. Podían llenar las paredes de la universidad con imágenes y todavía faltaría espacio.</p>
<p style="text-align: justify;">—No, necesitamos otro método.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Cómo lo hacéis los archiveros?</p>
<p style="text-align: justify;">—Aprendemos a priorizar. Eliminamos palabras, las cambiamos, las reordenamos.</p>
<p style="text-align: justify;">—Eso no sirve.</p>
<p style="text-align: justify;">—Lo sé. Necesito pensar.</p>
<p style="text-align: justify;">Era un problema interesante, mucho más que el de las medidas de los campesinos o cualquier otra ley. Tanto, que registrar las ideas del maestro Anjous empezó a ser un trabajo tedioso y a menudo imposible. Fede dejó de priorizar y de simplificar palabras, hasta que llegó un momento en el que se limitaba a memorizar, algo que ningún archivero hacía más que en las primeras etapas de su entrenamiento. Cuando se le olvidaban las palabras rellenaba los huecos como buenamente podía. Las frases, al fin y al cabo, nunca habían tenido ningún sentido para él.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Esa es la solución! —le explicó un día a Diego.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Inventarse las palabras?</p>
<p style="text-align: justify;">—No, inventarse los sonidos.</p>
<p style="text-align: justify;">Diego había construido una pequeña caja de madera que había llenado con harina. Sobre el polvo blanco las huellas de los dedos quedaban grabadas, pero podían ser destruidas rápidamente si alguien se acercaba. Fede deslizó los dedos sobre ella y dibujó el símbolo que habían inventado para la palabra “si”.</p>
<p style="text-align: justify;">—Esto significa “si”, la palabra. Pero cuando los archiveros registramos ideas a menudo guardamos palabras que no entendemos, pero que son importantes en la frase. Para nosotros no son palabras, sólo sonidos —señaló la caja de harina—. Esta es la palabra “si· y a la vez el sonido “si”. Hay menos sonidos que palabras.</p>
<p style="text-align: justify;">Diego le miró perplejo.</p>
<p style="text-align: justify;">—No estoy seguro de eso, pero yo no conozco las palabras como tú. Tal vez tengas razón.</p>
<p style="text-align: justify;">—Intentémoslo.</p>
<p style="text-align: justify;">Poco a poco, un mantel de hilo sobre el que se podían hacer trazos finos se fue llenando de imágenes que a su vez eran sonidos. Fede los veía en las sesiones, cuando le ordenaban registrar una nueva norma. Esta palabra serían dos cuadrados y un círculo, tres palitos y un punto, dos espirales.</p>
<p style="text-align: justify;">—Dibujemos nuestros nombres —sugirió un día Diego.</p>
<p style="text-align: justify;">Y lo hicieron. Dos imágenes para Fede, tres para Diego. Aquello fue lo último que dibujaron juntos. Una mañana Fede fue llamado para registrar el juicio y la condena de un invisible acusado de registrar el tiempo y las cantidades en imágenes. El propio maestro Anjous le había delatado. El viejo, decidido a registrar el acontecimiento para mejorar sus conocimientos acerca de esas prácticas sacrílegas, informó a Fede de que el invisible era hijo de un hereje, lo cual demostraba otra de sus teorías que defendía que el pecado podía transmitirse a través de la sangre. Fede le ignoró, como siempre hacía. Estaba demasiado ocupado controlando los temblores que recorrían todo su cuerpo. Hasta el último momento, cuando levantó la vista para contemplar el techo abovedado de la sala, mantuvo la esperanza de encontrar a cualquier otro maniatado y arrodillado frente a los sumos sacerdotes y el decano mayor.</p>
<p style="text-align: justify;">Diego no le dirigió la mirada en toda la sesión. Se mantuvo todo lo erguido que sus ataduras le permitieron, con la mirada dirigida hacia el techo abovedado, extasiado como si él si puediese ver la antiguas imágenes que lo adornaban. Era joven, pensó Fede, más aun de lo que él había supuesto, y sin embargo más inteligente que la mayoría de los que llenaban la sala y pedían su muerte. Le acusaban de registrar cosas a la manera de los dioses y de suplantar a los archiveros. La prueba, una servilleta llena de manchas sospechosamente ordenadas que, para salvaguardar la pureza de la fé, sólo el gran sacerdote miraría.</p>
<p style="text-align: justify;">—Registra en baja fidelidad las preguntas y las respuestas del hereje —ordenó el maestro Anjous.</p>
<p style="text-align: justify;">Las frases recorrían la sala, una detrás de otra, y Fede no pudo evitar registrarlas, palabra por palabra. No tenía fuerzas para luchar contra la costumbre. ¿Cómo se declaraba el acusado? Culpable por supuesto. ¿Había tenido cómplices? No, no los necesitaba. ¿Había transmitido aquel comportamiento sacrílego a a alguien? No, nadie en aquella maldita universidad tenía capacidad para entender lo que él hacía. Se arrepentía. No, de nada.</p>
<p style="text-align: justify;">Y una única imagen, la de su amigo conducido al exterior, hacia la losa de piedra donde se acumulaba la leña para ajusticiar a los herejes. Fede no podía seguirle, los archiveros no podían salir al exterior. Si lo hubiese hecho se habría delatado, pero no hacerlo le convertía en el mayor de los cobardes. Permaneció en su celda, contando las muescas de la pata de la cama. Treinta y seis. Treinta y seis días desde el primero, cuando Diego le había desvelado el misterio de las imágenes. Esperó la cena en un estado de irrealidad, olvidando por un segundo la razón por la que estaba sumido en aquella desolación, y rememorando enseguida la condena que su mente había registrado. Una y otra vez.</p>
<p style="text-align: justify;">—Muerte en la hoguera.</p>
<p style="text-align: justify;">Perfectamente grabada en su mente de archivero.</p>
<p style="text-align: justify;">—Muerte en la hoguera.</p>
<p style="text-align: justify;">Un invisible le trajo la cena junto con una servilleta en blanco. No probó el pescado. Era media noche cuando tomó la decisión de salir de la zona de archivadores y caminar por los pasillos de la universidad,. No había guardias, no era necesario. Ningún archivador deseaba cambiar la seguridad de la universidad por las salvajes tierras del mundo exterior. El maestro Anjous le detuvo en la puerta. Llevaba una bata de lana y una vela casi consumida al completo. Parecía llevar esperando toda la noche porque sus labios estaban ligeramente azules. Fede sintió ganas de golpearle.</p>
<p style="text-align: justify;">—Empezaba a albergar la esperanza de que no vendrías.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Desea que registre alguna nueva idea?</p>
<p style="text-align: justify;">—Fede, escucha…</p>
<p style="text-align: justify;">—Si no es necesario, déjeme pasar.</p>
<p style="text-align: justify;">—Él te llevó por el mal camino. Era un hijo de herejes, no se podía esperar más de él. Pero tú tienes la vida asegurada en la universidad.</p>
<p style="text-align: justify;">—Era mi amigo —susurró Fede. Le estaba costando mucho contenerse.</p>
<p style="text-align: justify;">—Un archivero no tiene amigos —el maestro Anjous hizo una mueca de disgusto—. Tu memoria es demasiado valiosa para ocuparla en esas cosas. ¡Tu memoria es un don divino!</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Si registrar es un don divino, pídele a tus malditos dioses que lo hagan!</p>
<p style="text-align: justify;">La nariz del maestro comenzó a sangrar con el puñetazo. No se lo esperaba, pero aún así siguió gritando mientras Fede se alejaba hacia la puerta.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡No sobrevivirás en el mundo exterior! No sabes pensar, nada de lo que hay en tu cabeza te pertenece.</p>
<p style="text-align: justify;">Al otro lado de las puertas estaba oscuro y nublado. No se veían las estrellas, que deberían haber estado en lo alto del cielo. Ya las vería en otra ocasión. Ahora tenía que caminar, salir de allí, buscar nuevas palabras. Buscar incluso las palabras de otros, porque tenía que haberlas. Bajo el brazo, envuelto en un saco de arpillera para que no se ensuciase, llevaba el mantel de imágenes que Diego y él habían creado. Sonidos para crear palabras. Palabras que ocuparían siempre un espacio en su memoria.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Sara Sacristán Horcajada<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Dríadas de cristal</title>
		<link>http://www.humoyespejos.com/2009/11/23/driadas-de-cristal/</link>
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		<pubDate>Mon, 23 Nov 2009 07:22:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sara Martínez Orío</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mundos perdidos]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;
C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(5)\Incidence Report
Detectada anomalía de sistema en sector 80.  Activando alarma de emergencia.
&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;
C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(6)\Incidence Report
Informe de pronóstico grave. Procediendo a desalojar fortaleza.
&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;
La dríada de cristal sabía que iba a morir. Una maraña de grietas se enredaba alrededor de su sien como las extremidades de una araña; en el interior de su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p style="text-align: justify;"><em>C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(5)\Incidence Report</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Detectada anomalía de sistema en sector 80.  Activando alarma de emergencia.</em></p>
<p style="text-align: justify;">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p style="text-align: justify;"><em>C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(6)\Incidence Report</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Informe de pronóstico grave. Procediendo a desalojar fortaleza.</em></p>
<p style="text-align: justify;">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p style="text-align: justify;">La dríada de cristal sabía que iba a morir. Una maraña de grietas se enredaba alrededor de su sien como las extremidades de una araña; en el interior de su cabecita, los engranajes de su cerebro mecánico se esforzaban por girar como lo hace la maquinaria de un reloj viejo y cansado. Hacía calor, mucho calor. Tanto que la pequeña autómata creía que sus alitas de metal se fundirían y caería al vacío. Se sentía agotada y confusa, derrotada y frágil. No sabía muy bien cómo los vientos habían cambiado tan de golpe; por qué diablos la condenada humanidad estaba a punto de derribarla. Tampoco le importaba demasiado, porque ya sólo quedaba un objetivo verdaderamente claro en su mente. Una reminiscencia triste de su inteligencia de cuarzo hecha añicos.</p>
<p style="text-align: justify;">Necesitaba despedirse de su hermana. ¡Maldita sea! Lo necesitaba&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p style="text-align: justify;"><em>C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(7)\Incidence Report</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Abandonando perímetro autorizado. Recordatorio de comando 3: obedecer instrucciones de perímetro.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(8)\Incidence Report</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Recordatorio de comando ignorado. ERROR. ERROR. ERROR.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</em></p>
<p style="text-align: justify;">Era vagamente consciente de que estaba rompiendo las reglas; de que aquél no era el comportamiento de una dríada de cristal. No obstante, se repetía con amargura, ceñirse a las normas a aquellas alturas era casi una obstinación absurda. Un sinsentido. Por eso se dejaba cegar por el recuerdo de aquellas diez semanas en que había compartido la vida con su compañera de misión, antes de que el deber las obligara a vivir separadas para siempre. Añorándose a diario. Tan cerca y tan lejos&#8230; Maldijo, como tantas otras veces, a aquellos que la crearon tan asombrosa, un robot capaz de amar y sentir como la más viva de las almas. Al tipo que le había insertado un corazón en el pecho. «Jodido Hombre de Hojalata», le dio por decirse sin saber por qué. «Jodido Hombre de Hojalata, que era afortunadísimo y no fue capaz de darse cuenta.»</p>
<p style="text-align: justify;">Logró abrirse paso a duras penas entre el humo y los gritos de dolor; se perdió en el laberinto de sombras y rebuscó en cada rincón, con afán y un viso de locura, como si todo le diera igual y no tuviera miedo a la muerte. Ya había asumido que el final llegaría tarde o temprano; pero le asaltaba el temor a que éste le sobreviniera sin poder decir adiós al ser que más quería en el mundo, o a que no le diera tiempo de regresar a su fortaleza, el lugar al que pertenecía, para aguardar su veredicto en paz. A veces, cuando se descuidaba, una profunda turbación martilleaba los circuitos positrónicos que activaban su intelecto: ¿y si ella ya estaba&#8230;?</p>
<p style="text-align: justify;">«No, no puede haber muerto. No todavía», se recordaba entonces. Porque sabía bien que, en el instante en que su otra mitad sucumbiera, un vacío perforaría su esencia como el aguijón de una abeja. Siempre había intuido su presencia en la distancia como si fuera palpable; siempre había percibido muy cerca su complicidad&#8230; aunque nunca la pudiera ver. Por eso la localizó mucho antes de lo que hubiera creído posible, acurrucada en lo que antaño fuera su refugio personal, ahora poco más que escombros.</p>
<p style="text-align: justify;">—Hermana&#8230; —gimoteó ella en cuanto la vio entre la humareda. Su voz era quebradiza y débil.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Pequeña!</p>
<p style="text-align: justify;">—Oh, hermana&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">La dríada recién llegada se acurrucó junto a la otra en silencio. Si hubiera tenido la capacidad de llorar, habría derramado un océano y todavía le quedarían sollozos que convertir en agua y sal. Pero era aquél, sin embargo, uno de sus pocos defectos: no podía producir ni una lágrima con la que dar vía de escape a su desaliento. Su hermana se hallaba, si cabía, en peor estado que ella: la habían herido de muerte en la parte alta del torso; tenía un ala rota en mil pedazos y no respiraba apenas.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero todavía se acordaba de cómo se esboza una sonrisa.</p>
<p style="text-align: justify;">—Tiene narices, mal bicho —le recriminó con guasa—. Después de tantos años sin hacerme una mísera visita, ¿tienes que venir a verme justo cuando estoy de esta guisa?</p>
<p style="text-align: justify;">—Sabes que no podía romper las reglas, pequeña. Sabes que&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">La dríada moribunda suspiró imperceptiblemente.</p>
<p style="text-align: justify;">—No podías abandonar tu fortaleza —asintió con dificultad—. Pero debería recordarte que ahora estás aquí conmigo, pese a todo. Me parece que hay algo que no cuadra en ese detallito&#8230; ¡Je!</p>
<p style="text-align: justify;">—Y ¿qué más dará, pequeña? Llegamos a este lugar con un cometido vital. Nacimos para ser grandes&#8230;, pero hemos fracasado. Se acabó. Todo se acabó&#8230; —Hubo un breve intercambio de risas teñidas de angustia—. Pero me alegro de ver que no has cambiado, so idiota.</p>
<p style="text-align: justify;">—Tú tampoco, arpía malaleche. Sigues llamándome «pequeña», como en los viejos tiempos. Y me sigue repateando&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">—Terminaron de construirme dos meses antes que a ti. —La visitante se encogió de hombros—. Aunque ya entonces, aun sin conocerte, te echaba menos.</p>
<p style="text-align: justify;">Pese a la marabunta de humanos que se arremolinaba a su alrededor sin verlas, las dríadas de cristal sintieron que aquel momento era sólo para ellas. Un instante íntimo y sagrado. Se abrazaron un poco más y dejaron pasar unos segundos; entonces dijo la más joven:</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Por qué lo han hecho? ¿Quién podría&#8230;? No lo comprendo. ¿Por qué?</p>
<p style="text-align: justify;">Su hermana le revolvió la brillante cabellera de fibra óptica.</p>
<p style="text-align: justify;">—No lo sé, pequeña. No lo sé&#8230; —admitió—. Hace tiempo que pienso que no hay héroes ni villanos entre los hombres. Lo único que hay es una espiral de envidias y odios. Ambición, intereses propios, trampas y guerras de poder&#8230; Y tenemos que pagarlo nosotras, que nacimos para servir a la misma humanidad que nos ha destruido. Nosotras y todos ellos&#8230; que sólo quieren sobrevivir. No me pidas que piense, no&#8230; No me pidas que encuentre una razón para la barbarie, porque no existe.</p>
<p style="text-align: justify;">La dríada menor calló. Simplemente calló.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿No es gracioso? —continuó su compañera—. Nos estamos muriendo. Muriéndonos&#8230; Supongo que nunca nos han preparado para algo así. Nos convencieron de que éramos distintas de toda la creación de su raza, el más prodigioso avance de la ciencia y la tecnología de la época. Imposibles de tumbar. Indestructibles.</p>
<p style="text-align: justify;">—Únicas&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">—&#8230; Titánicas&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">—&#8230; Perfectas&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">—&#8230; Con ansias de acariciar el cielo.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Cómo podríamos olvidarlo? —asintió la moribunda—. Y míranos ahora, hermana. ¿Qué queda de toda aquella gloria?</p>
<p style="text-align: justify;">—Bien poco; y, sin embargo&#8230; siempre estará el orgullo de haberlo intentado hasta el fin.</p>
<p style="text-align: justify;">La dríada agonizante se esforzó por sonreír de nuevo.</p>
<p style="text-align: justify;">—Vuelve a tu fortaleza, en tal caso —dijo—. Muere con las botas puestas.</p>
<p style="text-align: justify;">Y no hicieron falta más palabras: tan sigilosa como había llegado, la invitada besó a su hermana en la mejilla y abandonó la habitación. Ningún humano percibió su marcha, pues todos ellos tenían cosas más importantes en las que pensar. Se deslizó por el aire entre el barullo y el olor a catástrofe, en busca de la fortaleza que nunca debió dejar atrás.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces sonó el último acorde de cientos de sinfonías. El fin de demasiadas vidas. El último y estrepitoso latido del corazón de su pequeña.</p>
<p style="text-align: justify;">Engullida por una nube de polvo, la dríada ni siquiera se molestó en mirar atrás: sabía que el espíritu de ella, la única que la había comprendido, ya se disolvía entre los gritos, las limaduras y el horror. Apenas sí tuvo conciencia de que su propio cuerpecillo se resquebrajaba en miríadas de esquirlas diminutas.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</em><em></em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(9)\Incidence Report</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Subsanado error de comando. Evaluando situación actual. Informe de pronóstico muy grave.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</em><em></em></p>
<p style="text-align: justify;">Regresó a su guarida y esperó. Con paciencia. Con dignidad. No obstante, mientras lo hacía, trató de dejar constancia de su paso por el mundo.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(10)\Incidence Report</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Me llamo Borea, y sé que voy a morir. Sí, sé que voy a morir&#8230; Mi pequeña Austra ha caído, y ahora presiento que soy la siguiente. Ni siquiera sé bien por qué guardo estas palabras en mi memoria extraíble: lo más probable es que mueran conmigo cuando la Parca venga a buscarme. No resistirán al derrumbe; si lo hacen, jamás serán halladas. Pocos nos recordarán, ni a mí ni a mi hermana gemela.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Nacimos como un proyecto secreto de seguridad del Gobierno; una maravilla tan puntera que nos ocultaron de los ojos de las masas. En nuestra creación participaron las más ilustres personalidades de la élite: genios americanos, ingenieros japoneses. Los mejores relojeros suizos, con su mimo de artesanos sin par, se encargaron de la mecánica interna y de nuestra incomparable belleza. Nos fabricaron casi idénticas, ambas con autonomía para sentir y pensar. Y nuestra psicología se les escapó de las manos; porque surgió entre nosotras un vínculo que nunca llegaron a entender.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Entonces nos trajeron aquí, para que defendiéramos nuestras fortalezas. Como las dríadas de los cuentos de hadas, que protegen su árbol hasta el punto de dar la vida por él, nosotras salvaguardaríamos nuestro territorio con celo. Y así ha sido hasta hoy; hasta esta aciaga mañana de septiembre que cambiará el destino del planeta. Pronto nos invadió la añoranza por habernos perdido la una a la otra; pero nunca tuvimos miedo&#8230; Jamás temimos caer.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Porque éramos imposibles de tumbar. Indestructibles.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Resulta irónico, ¿no es cierto? Lo mismo dijeron de aquel barco acuchillado por un puñal de hielo; del héroe impregnado en inmortalidad que albergaba una flaqueza en su talón. Lo mismo decían de nuestras fortalezas de acero, hormigón  y cristal.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Únicas. Titánicas. Perfectas.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Con ansias de acariciar el cielo.</em></p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Sara Martínez Orío<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Dos niños jugando</title>
		<link>http://www.humoyespejos.com/2009/10/13/dos-ninos-jugando/</link>
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		<pubDate>Tue, 13 Oct 2009 12:52:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Miguel Aguilera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mundos perdidos]]></category>

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		<description><![CDATA[-¡Malditos cobardes! -repite Ramón Franco por enésima vez-. No hay cojones, Pablo, lo que pasa en este país es que ya no hay cojones. ¡Joder!
Es la madrugada del día 15 de diciembre de 1930. El viejo automóvil de Pablo Rada corre por las calles de Madrid y suena exactamente como una lata rodando barranco abajo. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">-¡Malditos cobardes! -repite Ramón Franco por enésima vez-. No hay cojones, Pablo, lo que pasa en este país es que ya no hay cojones. ¡Joder!</p>
<p style="text-align: justify;">Es la madrugada del día 15 de diciembre de 1930. El viejo automóvil de Pablo Rada corre por las calles de Madrid y suena exactamente como una lata rodando barranco abajo. Pablo, que es quien conduce, mira por el retrovisor a Ramón y no dice nada. Bastante tiene él ya con lo suyo como para ir dándole la réplica. Y bastante conoce a Ramón para comprender que cuando se pone así de exaltado lo mejor es guardar silencio y esperar a que amaine la tormenta. Gira el volante a la derecha y se dirige hacia la salida sur de la ciudad.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón Franco sigue rezongando en la parte de atrás. Va sentado al lado del excomandante Alfonso Reyes, con quien había protagonizado una rocambolesca fuga de las Prisiones Militares un mes atrás. Ramón lleva el pelo muy corto y barba de varios días; sus ojos verdes, lo único intenso en un rostro de rasgos blandos, llameantes de ira.</p>
<p style="text-align: justify;">-Malditos paisanos -dice en un tono más bajo, cansino, como si aceptara al fin la inevitable imperfección del mundo que lo rodea.</p>
<p style="text-align: justify;">Pablo Rada sonríe para sí. Ese es justo el tono que indica que la tormenta empieza a remitir. Anda que no conoce bien a aquel hombrecillo de apenas un metro sesenta, pero con más cojones que el caballo de Espartero. Había sido su copiloto y su amigo en todas y cada una de las aventuras que había emprendido. Juntos habían cruzado el Atlántico a bordo del <em>Plus Ultra</em>, y juntos andaban ahora metidos en esta locura aun más desquiciada. Ramón Franco y Pablo Rada, como don Quijote y Sancho. Pablo es casi tan bajo de estatura como Ramón (lo que había decidido su inclusión en el histórico <em>raid</em> del <em>Plus Ultra</em>; no sólo porque su poco peso era una ventaja en un vuelo de esas características, sino porque a Ramón no le gusta salir en las fotos al lado de gente alta), es delgado, moreno, vivaracho, con esa pinta chulesca que adoptan algunos hombres pequeños. Gira de nuevo el volante y se encamina por la calle Alberto Aguilera. Gruñe algo y se sacude al hermano de Reyes que está en el asiento de al lado. Este tiene una pierna de madera que no puede doblar, lo que le obliga a ir recostado contra el hombro de Pablo.</p>
<p style="text-align: justify;">El motor del Renault tose, traquetea un par de veces y se detiene. El coche se desliza unos metros en absoluto silencio hasta que el conductor pisa el freno.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y ahora qué coño pasa, Pablo? -pregunta Ramón desde atrás.</p>
<p style="text-align: justify;">Rada tira del freno de mano. Da unos golpecitos con sus nudillos en el panel indicador del salpicadero y se vuelve hacia Franco.</p>
<p style="text-align: justify;">-Me parece que nos hemos quedado sin gasolina, mi comandante.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué?</p>
<p style="text-align: justify;">La exclamación ha partido a la vez de Ramón y de los hermanos Reyes.</p>
<p style="text-align: justify;">-No me jodas, Pablo -añade Ramón-. ¿Vamos a dar un golpe de estado y se te olvida llenar el depósito de gasolina? Coño, ¡si ni siquiera hemos llegado a salir de Madrid!</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo siento, mi comandante -dice Rada apesadumbrado-, lo llené hace un par de días. Pensé que&#8230; Debe tener una fuga, no hay otra explicación.</p>
<p style="text-align: justify;">-Joder, joder, joder -exclama Alfonso Reyes, que parece a punto de empezar a tirarse de los pelos-. ¿Podéis explicarme qué clase de chapuza es esta? Hidalgo y Queipo de Llano se han tenido que ir en taxi porque no había coches para todos, los paisanos que nos iban a dar apoyo nos dejan en la estacada, vosotros os olvidáis de echarle gasolina al auto. ¿Es que de verdad algo puede ir aun peor?</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón mira con desprecio al excomandante y está a punto de echarle a la cara que si estaba en Prisiones era por estafador y no por idealista como él, y que le había hecho un gran favor al permitirle unirse a su revolución. Pero de momento prefiere callarse y decir:</p>
<p style="text-align: justify;">-Bueno, bajemos y veamos qué es lo que pasa realmente.</p>
<p style="text-align: justify;">Esa madrugada hace un frío que pela. Todos aguardan dando saltitos alrededor de Pablo Rada mientras este abre el tapón del depósito y sacude un poco el automóvil.</p>
<p style="text-align: justify;">-Está vacío, mi comandante -dice exhalando una nube de vaho.</p>
<p style="text-align: justify;">-Joder, Pablo, esto es muy decepcionante. Tenemos que estar en Cuatro Vientos antes de las seis de la mañana o la revolución fracasará.</p>
<p style="text-align: justify;">-O la harán sin vosotros -añade el hermano de Reyes con sorna, mientras se golpea los brazos contra el pecho para entrar en calor.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo siento, mi comandante. -Pablo Rada abre el capó y saca una lata vacía-. Iré a buscar gasolina. No tardaré.</p>
<p style="text-align: justify;">-Usted -Ramón Franco señala al hermano del excomandante. No recuerda su nombre-. Acompáñelo.</p>
<p style="text-align: justify;">Y así, el copiloto de Franco se marcha calle abajo con una lata en la mano y un tullido que cojea tras él intentando darle alcance.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y qué hacemos nosotros? -pregunta Alfonso Reyes-. No podemos quedarnos aquí en medio.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Por qué?</p>
<p style="text-align: justify;">Alfonso abre un poco su gabán para mostrarle un atisbo de lo que lleva oculto bajo él: pistolas, granadas, incluso un cuchillo de monte. Ramón Franco transporta un arsenal parecido bajo su propio abrigo.</p>
<p style="text-align: justify;">-No podemos arriesgarnos a que aparezca una patrulla y pretenda cachearnos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pues les metemos dos tiros y a otra cosa.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ramón, ¡joder! ¡Ya está bien de tocarme los cojones, hombre!</p>
<p style="text-align: justify;">-De acuerdo, de acuerdo. Nos ocultaremos en ese portal.</p>
<p style="text-align: justify;">Allí, apretados en la penumbra, pasan los minutos en silencio, sin otra cosa que hacer que mirar el coche parado en medio de la calzada. Franco enciende un trozo de puro y da una larga calada. La luz del patio se enciende tras ellos y un hombre baja por las escaleras. Abre la puerta y los mira con desconfianza mientras pasa a su lado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Buenas noches -dice.</p>
<p style="text-align: justify;">-Buenas -le responden Franco y Reyes.</p>
<p style="text-align: justify;">El hombre se envuelve en una bufanda y aprieta el paso para alejarse de ellos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué hora es? -pregunta el excomandante.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón levanta su brazo para que la luz del patio ilumine su reloj de pulsera.</p>
<p style="text-align: justify;">-Las cinco.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ya llegamos tarde.</p>
<p style="text-align: justify;">-No. Mira&#8230; ahí están de vuelta.</p>
<p style="text-align: justify;">Todos ocupan su sitio en el automóvil mientras Pablo Rada vacía la lata en el depósito. Después se sienta frente al volante.</p>
<p style="text-align: justify;">-Anda que si nos llega a pasar esto en el <em>Plus Ultra</em>&#8230; -intenta bromear-, eh comandante, menuda la hubiéramos liado entonces&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Pero nadie le sigue la gracia, así que Pablo se encoge de hombros y acciona el arranque. Con gran alivio de todos, el motor empieza a ronronear y reemprenden la marcha. Sin más problemas, salen de Madrid y toman la carretera hasta Cuatro Vientos.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando al fin llegan a la base aérea, comprueban que las cosas van más o menos bien. No ha habido ninguna resistencia por parte de la tropa allí acuartelada. Queipo de Llano, perfectamente ataviado con su uniforme y su fajín de general, ha despertado al oficial de guardia (que en aquellos momentos dormía tranquilamente) y le ha informado de la situación. Sólo por precaución, los veinte oficiales que pernoctaban en la base han sido encerrados en el Pabellón.</p>
<p style="text-align: justify;">-Quiero hablar con ellos -dice Ramón-. Y también con la tropa&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-No sé si ahora es eso prudente -le replica Queipo de Llano; alto, elegante, con modales aristocráticos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Me da igual -dice Ramón-. La Revolución no puede triunfar si no contamos con los de abajo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tú mismo. Pero te aconsejo que te dirijas primero a la tropa. Desde lo de tu fuga de Prisiones Militares, tu prestigio entre los oficiales no está en su mejor momento.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón gruñe alguna insolencia pero decide seguir el consejo del general. Ordena a los cuarteleros que despierten a la tropa y se presenta en su barracón. Durante un momento observa en silencio a aquel puñado de hombres que lo miran atónitos, con los ojos aun legañosos y sin alcanzar a comprender qué está pasando allí, pero todos lo han reconocido y guardan un silencio de respeto y algo de temor. Ramón es el militar más famoso de España, el más vehemente y atrevido, y ahora está frente a ellos. Esa fría madrugada de diciembre no puede traer un día normal.</p>
<p style="text-align: justify;">Franco empieza a hablar:</p>
<p style="text-align: justify;">-Amigos míos, compañeros de armas, la nueva España que todos deseamos ha de ser republicana. No hay otra opción, la República es el ideal de los hombres de nuestro tiempo. Todas las sociedades modernas se rigen ya por un sistema republicano, y ya ha llegado la hora de que España se incorpore a esa realidad. Esa nueva España va a nacer aquí, justo aquí, en la base aérea de Cuatro Vientos, y a vosotros os va a quedar el orgullo, que algún día contaréis a vuestros hijos y a vuestros nietos, de que estuvisteis presentes en el momento preciso de su alumbramiento, y de que participasteis en él con vuestro esfuerzo, valor y patriotismo. Camaradas, ¡viva la República!</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Viva la República! ¡Viva Franco! -responde la tropa al unísono.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón abandona el barracón, satisfecho y pagado de sí mismo, mientras las voces de los soldados siguen coreando su nombre: «¡Franco, Franco, Franco!» Con paso firme y se dirige al puesto de mando.</p>
<p style="text-align: justify;">Allí se encuentra con el comandante Roa y el capitán La Roquette, los dos únicos oficiales que pernoctaban en la base que se habían unido a los sublevados. En uno de los despachos, los dos andan trajinando con una monotipia bastante antigua.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué sucede? -les pregunta Ramón Franco.</p>
<p style="text-align: justify;">-Estamos preparando unos manifiestos nuevos -dice Roa.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué ha pasado con los que ya estaban impresos?</p>
<p style="text-align: justify;">-Se han perdido.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Perdido?</p>
<p style="text-align: justify;">-El teniente Moreno los guardaba en su piso de Madrid. Pero fue detenido hace un par de días y nadie tiene llaves de su casa. Vamos, que se han perdido.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón toma el manifiesto y lee:</p>
<p style="text-align: justify;">«¡Españoles! Se ha proclamado la República. Hemos padecido muchos años de tiranía y hoy ha sonado la hora de la libertad. ¡Viva la República Española!»</p>
<p style="text-align: justify;">-Demasiado conciso, ¿no? -dice.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es que no se nos ocurre nada más que decir&#8230; -responde Roa.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón toma un lápiz del escritorio y garrapatea sobre el manifiesto:</p>
<p style="text-align: justify;">«Y los defensores del régimen caduco, que salgan a la calle, que en ella los bombardearemos.»</p>
<p style="text-align: justify;">-Añadidle esto -dice dejando el lápiz donde estaba-, y que se enteren los putos monárquicos de que esta vez vamos en serio.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">A las seis de la mañana, dos aviones despegan de Cuatro Vientos. En sus costados los distintivos monárquicos han sido apresuradamente sustituidos por la bandera tricolor de la República. Hidalgo de Cisneros y Álvarez Buylla los pilotan.</p>
<p style="text-align: justify;">Vuelan rasantes sobre Madrid, lanzando manifiestos y paquetes de octavillas sobre la Puerta del Sol, Atocha, Cibeles y la Plaza de Oriente. Pero apenas hay transeúntes en las calles. Sólo los barrenderos y encargados de la limpieza que hacen montones con los papeles que caen del cielo y los van arrojando a la basura.</p>
<p style="text-align: justify;">Antes de seguir desperdiciando el escaso material impreso, Hidalgo decide regresar a Cuatro Vientos y darle tiempo a la ciudad para que despertar de una vez y que la gente comience con su jornada habitual.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">A las siete menos cuarto de la mañana, un asistente despierta a Emilio Mola, el director general de seguridad. Va acompañado del radiotelegrafista de servicio.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué sucede? -pregunta Mola mientras anuda el cinturón de su batín.</p>
<p style="text-align: justify;">-Verá, mi general&#8230; yo&#8230; -el muchacho parece muy nervioso.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tranquilo, hijo. Dígame qué está pasando.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mi general, como cada mañana he solicitado el parte meteorológico a las bases militares&#8230; Y esto es lo que me han contestado de Cuatro Vientos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Lleva un papel pautado en la mano. Se lo tiende a Mola y este lee:</p>
<p style="text-align: justify;">«Hoy no hay parte porque tenemos asuntos más importantes que atender. Así que a tomar por culo.»</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">A las siete y media de la mañana llegan los autobuses cargados con el personal civil de Cuatro Vientos. Se produce entonces una situación de total desconcierto en la entrada de la base aérea, pues los cabecillas del golpe se habían olvidado de ellos y los guardias apostados frente a las puertas no tienen instrucciones al respecto y no saben qué hacer. Escribientes, administrativos, incluso un grupo de militares con pase pernocta, se amontonan alrededor de los autobuses parados, gritando y pidiendo explicaciones a los guardias sobre lo que está pasando allí. Para empeorar las cosas llega un taxi con dos chicas que habían sido invitadas el día anterior, por dos jóvenes oficiales de la base, «a dar una vueltecita en uno de los aeroplanos». Las dos parecen muy disgustadas por el cambio de planes y exigen a los guardias que las dejen pasar para hablar con sus novios.</p>
<p style="text-align: justify;">Hidalgo de Cisneros toma tierra después de un segundo vuelo de reconocimiento. Al pie de su avión, se vuelve hacia la entrada de la base, asombrado por el inconcebible griterío que le llega desde allí.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón Franco se acerca a él, cruzando la pista de asfalto con grandes zancadas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Hidalgo, ¿cómo va la Revolución? -pregunta.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué son esos gritos? -quiere saber a su vez el piloto. Como Queipo de Llano, Hidalgo tiene un porte claramente aristocrático, es también muy alto y luce un bigotito a lo Errol Flynn. Al lado de sus compañeros golpistas, Ramón Franco resulta cómico y un poco patético con sus piernas cortas, su abultada tripa y su actitud chulesca.</p>
<p style="text-align: justify;">Franco estira su cuerpo todo lo que puede y agita una mano frente a Hidalgo para quitarle importancia al asunto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Nada, nada -dice-, que algún imbécil se olvidó del personal civil. Dime, ¿cómo andan las cosas en Madrid?</p>
<p style="text-align: justify;">-Tranquilas, Ramón. Demasiado tranquilas.</p>
<p style="text-align: justify;">Franco enrojece un poco.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué quieres decir con eso, Hidalgo? ¿La población no está reaccionando?</p>
<p style="text-align: justify;">-Si está reaccionando de algún modo es con una formidable tranquilidad. Te aseguro que la huelga general no se ve por ningún lado. Se diría que es un día normal y que nadie se ha enterado aun del golpe de estado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso no puede ser.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mira, Ramón, justo antes de regresar, di una pasada a baja altura sobre el Hotel Palace, y vi como un transeúnte consultaba la cartelera del teatro. No me parece el tipo de cosas que la gente hace en medio de una sublevación. ¿No crees?</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Joder!</p>
<p style="text-align: justify;">Rojo de ira, Ramón Franco se da media vuelta y se dirige lanzando chispas hacia uno de los hangares. Pablo Rada anda por allí, haraganeando un poco, y Ramón le hace una enérgica seña para que le siga.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué pasa, comandante? -pregunta Rada cuando se sitúa a su altura.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pasa que si quieres un trabajo bien hecho, lo tienes que hacerlo tú mismo. Eso es lo que pasa.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Tirando de una cuerda, Ramón abre las puertas de chapa metálica del hangar y descubre el pequeño bombardero bimotor que está resguardado en su interior. Señala a Rada el teléfono que cuelga de una de las paredes.</p>
<p style="text-align: justify;">-Llama al polvorín y que traigan un par de cestas de bombas medianas.</p>
<p style="text-align: justify;">Rada, sin dejar de mirar temeroso a su jefe, se acerca al teléfono y lo descuelga.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Puedo preguntarle para qué, comandante?</p>
<p style="text-align: justify;">-Vamos a sobrevolar el Palacio Peal.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Dice sobrevolar el Palacio Real?</p>
<p style="text-align: justify;">-Y lo vamos a reventar a bombazos, con todo y su majestad don Alfonso XIII de Borbón en su interior. Tú y yo. ¿Qué te parece la idea, Pablo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero comandante&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Joder, Pablo, ahora sí que ha llegado el momento de echarle cojones al asunto. O le echamos cojones o esto se nos va de las manos. ¿Estás o no estás conmigo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Siempre a su lado, comandante. Ya lo sabe.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pues haz esa llamada, compañero, y que nos carguen el avión de bombas.</p>
<p style="text-align: justify;">Rada traga saliva y hace girar la manivela del teléfono.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Pablo Rada va delante y Franco pilota desde el asiento de detrás. Los dos están en absoluto silencio, pero Rada no puede quitarse de la cabeza aquella absurda coplilla:</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Franco lleva el volante.<br />
 Al compás de los motores,<br />
 Rada la jota cantaba&#8230;</em></p>
<p style="text-align: justify;">Sobrevuelan tranquilamente  el valle del Manzanares, con el tole tole del motor como único fondo sonoro que compite con la música en al cabeza de Rada. De repente, sobre la verde alfombra de los jardines del Campo del Moro, emerge, sólida, la fachada oeste del Palacio Real. El verde de los árboles y el azul intenso del cielo en aquella fría mañana, siluetean ya los pálidos muros de granito del palacio.</p>
<p style="text-align: justify;">Ambos han hecho en silencio todo el trayecto y ni siquiera entonces, con su objetivo a la vista, parecen tener ánimos de decir nada.</p>
<p style="text-align: justify;">El sol aun está muy bajo en el cielo y envía casi horizontalmente unos rayos anaranjados que crean un interesante efecto al manchar la piedra blanca del flanco oriental del Palacio. <em>Casi se diría</em>, piensa Ramón, <em>que ha empezado a arder ya</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-Prepárate -dice al fin Ramón Franco.</p>
<p style="text-align: justify;">Pablo Rada utiliza un tubo que atraviesa el suelo de la carlinga y es, a la vez, visor y lanzabombas. La inclinación de aquel artilugio es graduable, según la velocidad y la altura de vuelo. Rada lo ajusta con cuidado haciendo girar una manivela.</p>
<p style="text-align: justify;">«Un edificio para la eternidad», escribió alguien en una de los muros del palacio. Construido con las piedras eternas de la Sierra de Guadarrama para permanecer para siempre como símbolo indestructible de la monarquía española.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Bien</em>, pensó Franco, <em>veremos qué tal aguanta un bombardeo.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Las bombas están recogidas en un cesto que Rada tiene a su derecha. Ya puede ver su objetivo a través del tubo. Coge la primera con una mano y la coloca en la posición de lanzamiento. Sólo tiene que soltarla y la bomba se deslizará a través del tubo e irá a caer directamente sobre la cúpula del Palacio Real.</p>
<p style="text-align: justify;">-Preparado -dice Rada con voz temblorosa-. Cuando usted ordene, comandante.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón cruza sobre la cúpula, deja atrás la fachada sur, y empieza a trazar una amplia curva sobre el gran cuadrado abierto de la Plaza de la Armería.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Mi comandante?</p>
<p style="text-align: justify;">-Espera, Pablo. Espera. Voy a dar otra pasada.</p>
<p style="text-align: justify;">La bomba pesa cada vez más en la mano de Rada y el borde del tubo de lanzamiento se le está clavando en la muñeca. Se la cambia de mano. La adrenalina fluye tan abundante por la sangre de Rada que nota a su corazón latirle en las sienes y sus sentidos están tan acelerados que parece que todo sucede a cámara lenta. El avión se inclina y traza una trayectoria curva que le parece desesperadamente lenta. Se lame el labio superior que está húmedo de sudor y mocos. Lo único que espera oír es la orden de Ramón para soltar de una puta vez la bomba de los cojones, pero Ramón sigue en silencio.</p>
<p style="text-align: justify;">A Ramón Franco le gusta adoptar esa pose impenetrable cuando las cosas se ponen jodidas. Así hizo una y otra vez durante el Raid del Plus Ultra, y vaya que en aquel viaje no le faltaron las ocasiones&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Que extraño es esto</em>, piensa Pablo Rada, <em>aquí estamos los dos, juntos otra vez en una aventura aérea. Y ahí abajo está su majestad don Alfonso XIII de Borbón, que tan buena recepción nos hizo a nuestro regreso a España&#8230; Y yo le voy a soltar un bombazo en el tejado de su casa, bueno, palacio&#8230;  Hay que joderse, lo que pueden cambiar las cosas en cuatro años&#8230; Pero&#8230; ¿qué coño&#8230;? ¿Damos otra vuelta?</em></p>
<p style="text-align: justify;">-Mi comandante&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Ya lo sé. Ya lo sé, Pablo -grita Ramón-. ¡Tranquilízate hombre!</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-He visto a dos niños jugando ahí abajo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Dos niños? ¿Dónde?</p>
<p style="text-align: justify;">-En la Plaza de la Armería.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Dos niños jugando a estas horas?</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Los he visto, joder!</p>
<p style="text-align: justify;">Pablo se vuelve a cambiar de mano la bomba. Y se inclina un poco para mirar hacia fuera.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo no veo ningún niño, mi comandante.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Cállate, Pablo! La República no puede nacer con las manos manchadas de sangre inocente.</p>
<p style="text-align: justify;">-No, pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Silencio!</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón Franco cierra los ojos con fuerza, hasta que casi le duelen los párpados. Se siente en medio de un torbellino, azotado por fuerzas que no puede ni comprender. Ha visto a esos niños, ¡claro que los ha visto! Y también como el cielo se cubría de nubes en un instante para aparecer otra vez claro y despejado al instante siguiente. Siente la boca tan seca que le parece que ha estado desayunando arena y se ha tomado doble ración. <em>¿Es esto miedo? Joder, ¿es esto miedo?</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>¿Qué me está pasando? ¿Qué me está pasando? ¿Qué me está pasando?</em></p>
<p style="text-align: justify;">Abre los ojos. El cielo luce de nuevo azul sobre ellos. Mira abajo y no ve a ningún niño. Sea lo que sea, pánico o un momento de enajenación, ya pasó. Se lo guarda para él y se vuelve hacia Rada para que pueda oírle bien claro:</p>
<p style="text-align: justify;">-Lárgala ya, Pablo -ordena.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón abre los ojos y se queda un rato tumbado boca arriba, en la cama, con los ojos muy abiertos y fijos en la oscuridad, intentando recordar lo que ha soñado. Es imposible; como un espectro que huye cuando intenta tocarlo, el contenido del sueño se difumina en su mente. Pero su corazón sigue palpitando a toda velocidad, aun alterado por esas imágenes que no consigue recordar. Carmenchu respira suavemente a su lado, vuelta de espaldas a él, durmiendo con la misma placidez con la que hace todo.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón se levanta sin despertar a su mujer, mete los pies en unas zapatillas y se cubre con un batín de seda granate. Sale de la habitación que está situada en una de las alas del Palacio de Oriente. Tiene que caminar por un largo pasillo para llegar a un saloncito exquisitamente decorado. Un reloj de pie del siglo XVIII marca las cinco y diez. Se sienta en el amplio sofá de cuero negro y coge el libro firmado por Francisco Franco que está en la mesita de café situada junto al sofá. Lo ojea durante un momento en silencio. Pasa cada vez más furiosamente las páginas que ha ido marcando con papelitos y, finalmente, cierra el libro y lo arroja contra la pared de enfrente. El golpe suena como un pistoletazo en mitad de la noche. Nervioso, Ramón se pone en pie y pulsa el timbre para llamar a su asistente. Luego camina hasta donde el libro ha caído y lo recoge. Buena edición; no ha sufrido apenas daños. El asistente se presenta al cabo de un par de minutos con el pelo revuelto y los ojos legañosos, pero perfectamente vestido.</p>
<p style="text-align: justify;">-Te he despertado, Carlos -dice Ramón señalando lo evidente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Está bien, señor presidente -dice-. ¿Necesita algo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, un café muy cargado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Enseguida, señor presidente&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Carlos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Sí, señor presidente?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿A qué hora está previsto que llegue mi hermano?</p>
<p style="text-align: justify;">-A las ocho en punto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Entonces ten por seguro de que llegará a las ocho en punto. Yo iré dentro de un momento a mi despacho, estaré allí trabajando hasta que llegue. Lo recibiré allí&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, señor presidente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo recibiré a las nueve menos cuarto. Que espere aquí hasta ese momento.</p>
<p style="text-align: justify;">-Como usted diga, señor presidente.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón se toma el café en el sofá mientras sigue ojeando el libro de Francisco, ahora con más tranquilidad. A las seis de la mañana se dirige al despacho y se lleva el libro con él, se sienta detrás de la impresionante mesa de roble que preside la sala, y deja el libro a un lado. Durante dos horas y tres cuartos trabaja en los papeles que siempre se amontonan en la bandeja del escritorio.</p>
<p style="text-align: justify;">A la hora acordada, el asistente le anuncia que va a hacer pasar a don Francisco Franco Bahamonde. Ramón se yergue en su silla y estira una arruga en la manga de su batín de seda. Coge el libro de Francisco y durante un momento parece que no sabe qué va a hacer con él. En el último momento, abre un cajón de la mesa y lo tira dentro. Su hermano ya está entrando en el despacho. Ramón observa que lleva una cajita de madera bajo el brazo. Se le ocurre que es lo bastante grande como para transportar una pistola. Claro, que su hermano nunca&#8230; Y, además, está seguro de que los guardias de la entrada al Palacio ya lo habrán registrado convenientemente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ah, hola Paco -dice Ramón-. Perdóname por haberte hecho esperar, pero es que llevo unos días de locura con tanto papeleo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco Franco viste un sobrio traje gris, Mira de un  lado a otro sin mover la cabeza, el rostro inexpresivo, serio y pulcro, la antítesis perfecta de su hermano Ramón.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin esperar la invitación, Francisco acerca una silla estilo Luis XVI y toma asiento frente a la suntuosa mesa de escritorio. Con una expresión de disgusto en su rostro, observa durante un instante a Ramón y a lo que le rodea. Su hermano lo ha recibido vestido sólo una bata arrugada, con barba de tres días y el pelo revuelto con el que se ha levantado de la cama. Es evidente que hoy no se ha duchado, y que no lo ha hecho en, al menos, un par de días. Sonríe, pero Francisco sabe leer perfectamente la ira que se oculta detrás de esa sonrisa. Sobre el escritorio, a la derecha de Ramón, hay una montaña de papeles y la banderita tricolor de la República. En la izquierda hay tres fotos con marco de plata: una de ellas es un primer plano de Carmen Díaz y en la otra aparece Ramón dándole un abrazo a un sonriente Pepe Stalin.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero la que más le sorprende es la tercera: en ella se ve a un joven y orgulloso segundo teniente de infantería, ataviado con el vistoso traje de gala blanco del Regimiento de África. El joven aparece relajado y sonriente, y sujeta un sable reglamentario en la mano como si se tratase de un bastón. Unas letras escritas a mano, con una perfecta y minuciosa caligrafía dicen:</p>
<p style="text-align: justify;">«Te felicito cariñosamente en el día de tu santo. Tu hermano que te quiere». Y está firmado más abajo: «Paco».</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco Franco recuerda el día en el que se tomó aquella foto, recuerda el momento en el que escribió la dedicatoria, sobre la misma mesa de campaña plegable que se ve al fondo de la imagen, pero no puede entender qué hace allí, ocupando un lugar privilegiado en el escritorio del Presidente de la República, su hermano, de quien tantas cosas le separan ahora.</p>
<p style="text-align: justify;">-Me has llamado -dice lacónicamente al cabo de un instante, apartando la mirada de la foto, concentrándola en los ojos en los de su hermano.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bueno, pues aquí me tienes. ¿Qué es lo que quieres?</p>
<p style="text-align: justify;">-Tú sabes perfectamente por qué estás aquí.</p>
<p style="text-align: justify;">-No, no lo sé.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón abre el cajón, saca el libro de él y lo arroja sobre la mesa, frente a Francisco. El título es: &#8220;El último vuelo de Ramón Franco&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">-Dime qué es esto, Paco. Joder, explícame qué coño es esto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es un libro. Mi segundo libro publicado, para ser más precisos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Un libro? -Ramón parece al borde del colapso nervioso. Una vena late en su frente. Salta sobre la mesa y recupera el libro. Lo agita en el aire frente a Francisco-. ¡Esto no es un libro! Los libros deberían contar la verdad y esto es una sarta de mentiras de principio al fin&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón pasa de nuevo las páginas con manotazos furioso. Se detiene un poco en las que ha ido señalando mientras sigue diciendo:</p>
<p style="text-align: justify;">-Parece una biografía sobre mí, da fechas y datos como si fuesen reales, pero todo es falso&#8230; Por ejemplo, aquí: Rada y yo sobrevolamos el Palacio Real y, en el último momento decidimos no dejar caer las bombas porque hay dos niños jugando en Patio de la Armería. ¡A las ocho de la mañana! ¿No te parece ridículo, Paco? ¡Pero esas bombas sí cayeron, hermano. ¡Por Dios, eso todo el mundo lo sabe! Y, partir de ahí, todo lo que cuentas es un embuste tras otro&#8230; Que yo tengo que huir a Francia con los otros golpistas fracasados; que al final llega la República unos años después, pero entonces se produce una guerra civil; que yo, de una forma absurda por completo, me uno al levantamiento militar contra la República; que muero cuando me dispongo a bombardear Valencia y mi avión se estrella a medio camino&#8230; Dime, ¿qué coño es esto, Paco?</p>
<p style="text-align: justify;">-Es una ucronía.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Una&#8230; qué?</p>
<p style="text-align: justify;">-Ucronía. El término fue acuñado por Charles Renouvier en el siglo XIX, y&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Me toca los cojones el Charles Rinuacomosellame! ¡Joder, Paco!, ¿a qué coño estás jugando? ¿De verdad creías que iba a permitir que este libro saliera a la calle?</p>
<p style="text-align: justify;">Con un gesto teatral, Ramón arroja el ejemplar a la papelera situada a un lado de la mesa. Francisco desvía la vista un instante hacia la papelera y luego vuelve a mirar a Ramón.</p>
<p style="text-align: justify;">-Si no fueras mi hermano, ¿tienes idea de lo que te esperaría ahora por haber escrito esa sarta de mentiras sobre mí?</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco lo mira a los ojos y no dice nada. Los dos saben que lo que más ha enfurecido a Ramón no son las mentiras, sino las verdades que están mezcladas con ellas. Lo peor es que Francisco presenta a Ramón en su libro como un amargado, un ser mezquino que actúa no por patriotismo, sino por rencor contra Alfonso XIII y Primo de Ribera. Tras comprender que su gesta y la gloria que ha conseguido para la aviación española gracias del raid del <em>Plus Ultra</em> ha sido sólo un montaje propagandístico orquestado por la dictadura, vuelca todo su resentimiento contra el rey y el dictador. A su regreso a España, Ramón Franco se ve a sí mismo como un héroe legendario, alguien que está por encima de príncipes y generales, a los que no tiene ni que dar cuentas de sus acciones. Pero, para Primo de Rivera, era sólo un pelele más en sus manos. En el libro de Francisco, a Ramón no le interesan ni las ideas ni la política. Está dispuesto a cambiar de bando una y otra vez, sin escrúpulos, sin importarle nada ni nadie, obsesionado tan sólo con lograr un nuevo instante de gloria. Esa es su más íntima miseria, la que muy pocos conocen, expuesta ahora a los ojos de todos en aquel libro.</p>
<p style="text-align: justify;">-He dado orden de que todos los ejemplares sean retirados del mercado. Haremos una buena pira con ellos. ¿Te parece bien, hermano?</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco se encoge de hombros y continua con su actitud impasible.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón Franco se pasa una mano por el cabello y este gesto parece lo tranquiliza.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué te ha pasado, hermano? -dice-. El general más joven de Europa, el héroe de Marruecos&#8230; ¿Quién lo diría ahora? El oficio de escribir no es para ti, hermano. No has luchado tantos años para ahora sentarte detrás de un escritorio y dedicarte a escribir estúpidos cuentos para gente ociosa. Le has dado la espalda a todo aquello por lo que has luchado tantos años. La República necesita militares como tú. Yo te necesito.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y yo me avergonzaría de seguir vistiendo el mismo uniforme que tú has deshonrado. Al menos puedo dormir tranquilo. ¿Puedes hacerlo tú, Ramón?</p>
<p style="text-align: justify;">La ira asoma al rostro de Francisco, una emoción que hace que el parecido entre los dos hombres se acentúe. Ramón tiene la sensación de estar mirándose en un espejo extraño. De repente, se siente incómodo y se aparta un poco de su hermano.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Pero qué dices, Paco? Tú odiabas al rey tanto como yo. Alfonso XIII fue el culpable del desastre de Annual. ¿Acaso lo has olvidado? La monarquía estaba podrida hasta la médula y tenía las manos manchadas con la sangre de tantos buenos españoles que perecieron en esas tierras desoladas. Lo sabes perfectamente. Tú mismo estuviste a punto de morir allí.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y tú decidiste entonces tomar las riendas del país -dice Francisco con una mirada de indiferencia. Frunce los labios en un gesto que demuestra que no le importa gran cosa la ambición de su hermano. Ramón lo mira divertido y dice:</p>
<p style="text-align: justify;">-Así es. ¿Es tan malo eso? Mejor tu hermano que cualquier otro, ¿no?</p>
<p style="text-align: justify;">-Y ya llevas diez años ejerciendo el poder absoluto. Seguro que mucha gente que te siguió en aquella mañana en Cuatro Vientos, se arrepintió pronto de su error. Aunque la mayoría ya no están entre los vivos, ¿verdad?</p>
<p style="text-align: justify;">-Traidores. Una panda de hijos de puta vendidos a los monárquicos, como ese Sanjurjo amigo tuyo. Hermano, no tienes ni idea de lo que es esto. ¿No te has enterado de que hay guerra en Europa? Los agentes fascistas están intrigando en nuestras calles, ante nuestras mismísimas narices, para que en España haya un cambio de gobierno favorable a ellos. No, Paco, ahora no es un momento propicio para la democracia. Sería una irresponsabilidad por mi parte marcharme ahora. Me temo que debo seguir soportando este peso sobre mis hombros.</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco sonríe con amargura, apenas un espasmo en su rostro impávido. Señala la foto en la que Ramón aparece junto a Pepe Stalin y dice:</p>
<p style="text-align: justify;">-Todos los que hemos servido con las fuerzas indígenas conocemos esa frase tan frecuente de los regulares para referirse a sus mandos españoles: &#8220;fulano no saber manera&#8221;, suelen decir, cuando les llega un capitán recién salido de la academia y no se entera de cómo son las cosas en Marruecos. Bueno, pues yo te digo que tú &#8220;no sabes manera&#8221;. No sabes lo que haces, hermano. Con tu bocaza y tus gestos inútiles de cara a la galería, nos estás arrastrando a una guerra contra alemanes e italianos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón alza una mano para interrumpir a su hermano.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eres tú quien no lo sabe. ¿De verdad te crees mejor que yo? Siempre has sido un pasivo, Paco, siempre has esperado que las cosas se solucionasen por sí mismas. ¿Es que no ves que España no puede permanecer al margen de lo que está sucediendo ahora en Europa? Yo nunca, en toda mi vida, le he dado la espalda a un problema.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Aunque eso nos meta en un conflicto que puede destrozar nuestro país?</p>
<p style="text-align: justify;">-Si ese es mi destino&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Tú&#8230; destino?</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón se encoge de hombros, rodea el escritorio y vuelve a sentarse.</p>
<p style="text-align: justify;">-Como quieras, Paco -sigue diciendo mientras se reclina en la silla-. Haz lo que te plazca, sigue escribiendo si eso es lo que deseas hacer, pero te digo una cosa, te advierto: no vuelvas a tocarme los cojones. ¿Me he explicado lo bastante claro? No vuelvas a tocarme los cojones, hermano, o te vas a enterar&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">De repente, Ramón Franco echa la cabeza hacia atrás y suelta una larga risotada. Luego vuelve a mirar a su hermano y le señala la oreja.</p>
<p style="text-align: justify;">-Esa cicatriz -dice-. Aún la llevas. ¿Te acuerdas de cómo te la hiciste?</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco contiene el gesto de llevarse la mano a la oreja y dice:</p>
<p style="text-align: justify;">-Cuando éramos niños me arrancaste un buen pedazo, jugando.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Te acuerdas! -Ramón ríe entre dientes-. Estupendo, hermano, porque así no olvidarás nunca que muerdo. Que si me tocan los cojones, muerdo&#8230; Oye, Paco, en serio, me gustó tu primer libro. Ese sobre las aventuras de un capitán de la legión&#8230; Era bueno de verdad. Divertido. Yo me lo leí de un tirón, y creo que te dio bastante dinero, ¿no? Se habla, incluso, de que se va a hacer una película&#8230; Es algo que he leído por ahí. Pues bien, acepta mi consejo y sigue por ese camino. Sigue contando las aventuras de ese españolito luchando contra los moros y deja a tu hermano tranquilo. ¿Me explico?</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco Franco vuelve a sonreír de forma breve y amarga.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es curioso -dice-. Precisamente de eso quería hablarte.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón sacude la cabeza, desconcertado.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Hablarme? ¿De qué?</p>
<p style="text-align: justify;">-De mi próximo libro.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Tú quieres hablarme de tu próximo libro? ¿A mí?</p>
<p style="text-align: justify;"><em>¿A qué viene esto?</em>, se pregunta Ramón con desconfianza. Su hermano es la persona más reservada del mundo. No lo imagina compartiendo con él su futuro proyecto literario. Pero Francisco asiente y dice:</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí. Si te apetece escucharme.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Que raro eres, hermano! -exclama Ramón sin poder contenerse.</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco ignora este comentario y coloca la caja de madera que ha traído consigo encima de la mesa. Con un golpecito, la empuja hacia Ramón.</p>
<p style="text-align: justify;">-Échale un vistazo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué es? -pregunta Ramón con desconfianza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Abre la caja y me dices.</p>
<p style="text-align: justify;">La caja medirá un palmo y medio de largo y un palmo de acho. Parece muy vieja, la madera está gris y agrietada. No tiene ningún adorno en su superficie, tan sólo las dos bisagras de latón y el pequeño pestillo que la mantiene cerrada.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón la mira un rato antes de decirse. Descorre el pestillo y separa un poco la tapa con un siniestro chirrido de las bisagras. Se asoma al interior de la caja a través de la rendija y da un respingo a la vez que salta hacia atrás.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Joder! ¿Qué coño es esto?</p>
<p style="text-align: justify;">Al apartar la mano, la tapa ha terminado de abrirse y el contenido de la caja está ahora a la vista. Ramón se inclina un poco hacia delante y lo mira con una expresión de repugnancia en el rostro.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Una mano cortada! -exclama.</p>
<p style="text-align: justify;">Es una mano momificada. Reseca, con la piel pegada al hueso y de un color gris oscuro semejante al color de la madera de la caja que la contiene.</p>
<p style="text-align: justify;">-Paco, ¿qué clase de broma macabra&#8230;?</p>
<p style="text-align: justify;">-No es una broma, Ramón. Es algo que tiene mucho que ver con la historia que quiero contarte.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Desde luego que no es una broma</em>, considera Ramón. Jamás ha conocido a nadie con un sentido del humor más inexistente que el de su hermano Francisco.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Tu próxima novela va a tratar de la mano de un muerto? -pregunta.</p>
<p style="text-align: justify;">Por entre las cortinas de lino blanco entran los rayos de sol dando un color amarillento a la tela y al suelo de parqué. Durante un momento, Francisco parece ensimismado en aquellos haces luminosos que serpentean por el suelo. Las sombras de las cortinas dibujan un paisaje ondulado sobre la superficie de madera pulida.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es la mano derecha de un <em>fuqará</em>&#8230; un <em>derviche</em> -dice sin dejar de mirar las falsas dunas-. Deja que te cuente&#8230;</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Es el atardecer del 28 de junio de 1916. Un regimiento de regulares, ataviados con chilabas grises y fajas rojas, avanza resueltamente entre las chozas cuadradas de una <em>cabila</em> de Anyera situada cerca de la loma de las Trincheras. Caminan envueltos por el polvo en suspensión que el viento arrastra desde el interior de país. Las lonas de las <em>jaimas</em> semejan oscuras banderas ondeando pesadamente al paso de los guerreros. Los moros se asoman y los miran; unos les dirigen miradas recelosas y otros ríen a su paso como si fueran idiotas o locos. A lo lejos se oyen los tiros de los montañeses. Varios moros ancianos, con aspecto de mendigos, salen de entre las jaimas y extienden sus manos para recoger las monedas que les entregan los regulares, porque ni siquiera la guerra es pretexto para olvidar la obligación coránica de la caridad. El joven capitán Francisco Franco camina entre ellos y observa todo esto con atención. Piensa que en aquella tierra desolada se oculta extraños códigos de un profundo significado, para aquel que sepa descifrarlos o para aquel que desee descifrarlos. No es su caso; él sólo tiene una cosa en la mente y las tripas, y es la inminente batalla.</p>
<p style="text-align: justify;">Hay perros por todas partes, blancos, extremadamente delgados, que se apartan del paso de las compañías con el rabo entre las piernas.</p>
<p style="text-align: justify;">La columna hace alto al acercarse a las lomas que rematan por la derecha el llano donde se asienta aquel mísero poblado. El enemigo aun resiste parapetado tras unas rocas dispersas y la columna de regulares se ve detenida en el avance. Los jinetes de la primera compañía espolean a sus caballos moros y se lanzan a la carga. En rápido galope avanzan por el flanco sobre el enemigo y rodean las rocas defendidas por los <em>cabileños</em> a la vez que disparan sus armas contra ellos. Una, dos, tres magníficas descargas, y los moros arrojan los fusiles y salen corriendo por el fondo de las barrancadas.</p>
<p style="text-align: justify;">El avance continúa. Algunos se detienen para registrar a los cadáveres. Dos españoles sacan de entre unas matas a un moro herido. Los soldados lo sacuden de un lado a otro como si jugaran con él. Franco puede ver que es uno de los mendigos que antes acudieron a pedir limosna. Es un anciano de largas barbas blancas que al joven capitán le recuerda la imagen del apóstol San Pablo. Siente compasión por el viejo zarandeado como un pelele, pero hay algo más. Franco se vuelve y observa las emociones que se reflejan en los rostros de los regulares mientras asisten a aquel espectáculo vergonzoso.</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán Franco se acerca y les ordena a los españoles que se detengan. Lo hacen de inmediato, pero uno de ellos intenta componer una explicación.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es uno de los que nos disparaban, capitán.</p>
<p style="text-align: justify;">-No es verdad -le corta Franco-. Este hombre es uno de los mendigos de la <em>cabila</em>. Yo lo vi. Cuando empezó el tiroteo corrió a ocultarse tras esas matas.</p>
<p style="text-align: justify;">Los hombres saludan militarmente y se alejan. Franco se acerca al anciano para interesarse por su estado. Tiene una brecha bastante profunda en la frente. La sangre resbala por su rostro y empapa sus barbas. El joven capitán llama a uno de los sanitarios y le ordena que atienda al viejo. Luego se vuelve para regresar junto a su compañía pero el anciano lo sujeta por el brazo. Lo mira a los ojos; sus pupilas son de un gris descolorido, como dos manchas de ceniza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Gracias, <em>sáhib</em> -murmura el mendigo-. Gracias.</p>
<p style="text-align: justify;">Franco se aparta de él y continúa su camino.</p>
<p style="text-align: justify;">En la madrugada del día 29, la primera compañía del regimiento de infantería del capitán Palacios se lanza al asalto frontal de la loma de las Trincheras, pero son repelidos por varias descargas cerradas de los cabileños y Palacios cae gravemente herido entre los cuerpos de sus hombres. Avanza entonces la tercera compañía con los regulares; el joven capitán Franco está al mando. Rebasan los cuerpos malheridos de sus compañeros de la primera compañía y se estrellan contra el muro de balas que desciende como una cascada desde la loma. Pero Franco sigue avanzando imparable, rodeado por sus hombres, envalentonados y enardecidos por la embriaguez del combate y de la muerte. Los moros no dejan de disparar contra ellos desde lo alto. Hay muchas bajas, las filas empiezan a clarear bajo las certeras descargas de los defensores, pero aquella locura guerrera que parece envolver a españoles y regulares no ceja hasta que logran coronar la loma. Los cabileños se han visto obligados a abandonarla ante el imparable avance de la tercera compañía, pero se hacen fuertes un poco más allá, tras unas rocas.</p>
<p style="text-align: justify;">El combate continúa, pero ahora se dispara casi a bocajarro. Apenas hay unos metros de distancia entre las dos filas de combatientes. El fuego, el humo, el olor a pólvora y a sangre enturbia los sentidos. Franco está en primera línea, dispara su pistola reglamentaria, parece envuelto por una única descarga interminable, atronadora, las balas silban como abejorros junto a sus orejas. A su derecha, medio arrodillado, un regular recarga a toda prisa su arma, lleva las balas en la capucha de su chilaba. Se dispone a devolver el fuego, pero un balazo le acierta en mitad de la frente y cae despatarrado hacia atrás. Franco arroja a un lado su pistola descargada y se agacha para recoger el fusil del muerto.</p>
<p style="text-align: justify;">La bala de un cabileño lo alcanza de lleno en el pecho y le revienta el corazón.</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán Francisco Franco ya es un cadáver cuando su rostro se estrella contra la arena y los matojos que cubren la cima de la loma de las Trincheras.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Muerto? -exclama Ramón sorprendido. Por una vez, en contra de lo que era habitual en él, ha escuchado con atención las palabras de su hermano sin interrumpirlo, pero eso último no tenía sentido-. No lo entiendo. Parecía una historia biográfica, ¿no? Todo lo que me has contado te pasó realmente cuando eras capitán de infantería en el Rif. Menos el final, claro. Recibiste ese balazo en el vientre y te salvaste de milagro&#8230; Ah, ya comprendo; se trata de una de esas&#8230; <em>unco</em>&#8230; ¿cómo dijiste?</p>
<p style="text-align: justify;">-Ucronía. Pero no. No es eso, Ramón. Lo que te he relatado sucedió realmente. Lo recuerdo con tanta claridad como tú recuerdas cuando bombardeaste este palacio.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón Franco inclina la cabeza y mira a su hermano. Tenía que reconocer que había conseguido desconcertarle por completo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Vamos a ver, Paco -dice-. Sé que no estás muerto y sé que eres incapaz por completo de gastar una broma, así que&#8230; ¿Me puedes explicar de qué coño estás hablando?</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco se inclina un poco sobre la mesa y baja el tono de voz. Nadie puede oírlos allí pero hay cosas que sólo pueden constarse en susurros.</p>
<p style="text-align: justify;">-Recuerdo esa mañana del veintinueve de junio de mil novecientos dieciséis. Recuerdo la sensación de metal en la boca mientras jadeaba para llegar a lo alto de la loma, el olor acre de la pólvora que casi no dejaba respirar y las balas rebotando a mi alrededor. Recuerdo cuando me agaché para recoger el fusil del regular muerto. Recuerdo, sobre todo, el impacto bestial, desconcertante, del plomo en mi pecho. Mi pensamiento, mientras el suelo se abalanzaba hacia mi rostro, era: «ya está, aquí acaba todo»</p>
<p style="text-align: justify;">-Paco&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Déjame terminar, por favor.</p>
<p style="text-align: justify;">-De acuerdo, de acuerdo, hermano. Esa bala te mató, y&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Ay Dios, ¿y si de verdad se ha vuelto loco?</em></p>
<p style="text-align: justify;">-¿Te has fijado en las películas de cine cuando alguien corta y empalma una escena? Hay una especie de salto extraño. Notas que algo ha encajado mal, pero la película continúa antes de que puedas entender qué ha sido. Pues así fue exactamente. Yo estaba en el suelo, sujetándome el vientre. La herida era grave, pero no mortal. Incluso intenté levantarme para seguir combatiendo, pero las piernas, claro, no me respondieron. La primera cura me la hizo allí mismo, en lo alto de la loma, el capitán médico Antonio Mallou, del batallón número cuatro de Cazadores de Barbastro. Luego me evacuaron a Cudia Federico, donde fui atendido por el doctor Blasco, que me extrajo la bala. Me dijo que, milagrosamente, el proyectil no había interesado ningún órgano vital.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero dices que lo que recuerdas es que la bala te alcanzó en el pecho.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bueno, eso no tiene nada de extraño. Estabas bajo el efecto de un shock. ¡Joder, Paco, te acababan de dar un balazo en el mondongo!</p>
<p style="text-align: justify;">-No. No fue un shock en absoluto. Sucedió realmente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco alza la mano para pedirle silencio a su hermano y sigue hablando:</p>
<p style="text-align: justify;">-Estuve internado en el hospital Docker de Ceuta hasta el día tres de agosto en el que salí para El Ferrol con dos meses de licencia por herida grave. Poco antes de partir, un anciano vino a visitarme a la propia cama del hospital. No sé cómo se las arregló para que lo dejasen pasar, pero sí, lo has adivinado, era el mismo viejo al que salvé en la cabila de ser apaleado por aquellos dos soldados. Me entregó esa caja con una mano momificada en su interior. Me dijo que era la mano derecha de un hombre santo, de un <em>fuqará</em> como él, pero que había alcanzado el más alto grado de comunión extática con un <em>ÿinn</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Un <em>ÿinn</em>?</p>
<p style="text-align: justify;">-Un <em>ÿinn</em> es una criatura mágica con un poder inmenso capaz de alterar las fuerzas de la naturaleza. Son los &#8220;genios&#8221; de las <em>Mil y una noches</em>. Entre otras cosas los considera criaturas poderosas que se ocultan a nuestros sentidos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, claro, los genios. Ya sé de lo que me hablas, Paco. Cuentos de viejas como las meigas o los duendes. Pura superstición de gente inculta.</p>
<p style="text-align: justify;">-No Ramón, para un musulmán un <em>ÿinn</em> no es superstición. Son seres que forman parte de su visión religiosa del mundo. Incluso el Corán confirma la existencia de estos seres y una de sus <em>suras</em> está dedicada a ellos. En él se afirma que fueron creados antes que Adán para poblar el Mundo. Creados de &#8220;fuego&#8221;, como el hombre fue creado de &#8220;tierra&#8221;. Para un moro, un <em>ÿinn</em> es tan real como Noé o Ezequiel para nosotros.</p>
<p style="text-align: justify;">-De acuerdo, Paco, te concedo eso. Para un moro. ¿Y qué? ¿Adónde quieres ir a parar con todo esto? -Hace una mueca burlona y le guiña un ojo a su hermano-. Ah, ya entiendo. ¿Así que ese viejo te dijo que te había curado con la mano de un <em>ÿinn</em>? Dime, ¿te sacó mucho dinero por ella? Porque te juro que les he visto vender las cosas más inverosímiles, pero, sinceramente, no pensé que tú serías tan ingenuo como para&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Escucha lo que te estoy diciendo, Ramón -dice Francisco con impaciencia-. Esta no es la mano de un <em>ÿinn. </em>Esas criaturas no pertenecen a nuestra realidad&#8230; viven en otro plano&#8230; ¿me entiendes?</p>
<p style="text-align: justify;">-No.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón alzó la vista para mirar el reloj en la pared situada frente a él. Empezaba a cansarse de todas aquellas estupideces. Pero tenía que admitir que era la reunión más extraña que había tenido jamás con su apático y poco imaginativo hermano.</p>
<p style="text-align: justify;">-No importa -sigue diciendo Francisco-. No es la mano de un <em>ÿinn, </em>sino la mano derecha de un santón capaz de entrar en comunión extática con un <em>ÿinn.</em></p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, eso ya lo has dicho. ¿Y te dijo que te había curado con esa mano mágica?</p>
<p style="text-align: justify;">-No, no que me había curado. Piénsalo un momento&#8230; Intenta visualizarlo&#8230; Yo me incliné para recoger el fusil del regular muerto -Francisco hace un movimiento descendente con su mano derecha-. La bala del cabileño atravesó a toda velocidad el espacio que nos separaba -usa la otra mano para simular la trayectoria de la bala-&#8230; y en un pequeño momento del tiempo nos encontramos -hace chocar sus dos manos con una sonora palmada-. Mi cuerpo y la bala&#8230; Un suspiro, una pequeña exhalación, cualquier inapreciable cambio hubiera variado drásticamente el desenlace de ese encuentro. Hubiera significado la diferencia entre la vida y la muerte.</p>
<p style="text-align: justify;">-No entiendo lo que quieres decirme, Paco.</p>
<p style="text-align: justify;">-La mano no me curó. Lo que hizo fue alterar la realidad de modo que la bala no me alcanzara.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón se queda un buen rato en silencio, contemplando a su hermano.</p>
<p style="text-align: justify;">-Entonces la bala no te dio en el pecho.</p>
<p style="text-align: justify;">-No.</p>
<p style="text-align: justify;">Otro largo intervalo de silencio.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bien Paco, si me disculpas&#8230; -Ramón señala la bandeja de papeles-. Esta conversación es apasionante, pero de verdad que tengo mucho trabajo atrasado y&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Es como la historia alternativa de mi novela -dice Francisco sin escuchar lo que su hermano está diciéndole-. ¿Qué hubiera pasado de existir esos niños jugando en la Plaza de la Armería? ¿Habrías dejado caer las bombas a pesar de todo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero no había ningún niño.</p>
<p style="text-align: justify;">-Quizá sí y quizá no. Es posible que no los vieras&#8230; un giro de cabeza, un parpadeo y la historia habría sido distinta.</p>
<p style="text-align: justify;">-La historia es lo que es, Paco, y ahí no hay más tela que cortar.</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco Franco se pone en pie de improviso.</p>
<p style="text-align: justify;">-Quizá, hermano -dice con un gesto de cansancio-. Pero creo que es mejor que me marche ahora. Un presidente de la República es una persona muy ocupada. Imagino que nos veremos un día de estos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Espera -Ramón le hace un gesto a su hermano señalando la caja de madera con una mano momificada en su interior-. Llévate esto, ¿quieres? Es tu mano milagrosa ¿no?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sólo se pude usar una vez. Su poder está tan agotado como el de una batería de coche después de dejar los faros encendidos toda la noche. Acéptalo como un regalo mío. Un recuerdo de tu hermano.</p>
<p style="text-align: justify;">Y, sin darle oportunidad a decir nada más, Francisco Franco sale del despacho.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón se queda en silencio, mirando perplejo los dedos retorcidos y la piel apergaminada de aquella cosa repugnante sobre su escritorio de roble.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Ha sucedido -</em>piensa-, <em>por increíble que me parezca ya no tengo ninguna duda de que ha perdido el juicio. El racional y tranquilo Francisco, el buen hijo de los Franco, mi hermano, se ha vuelto completamente loco. </em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Después de abandonar el Palacio, Francisco Franco camina por la ciudad sin rumbo fijo, silencioso, ensimismado en sus pensamientos. Ve las calles llenas de gente inexistente, de cuerpos inmateriales que puede atravesar como una cortina de humo, de voces y sonidos que no parecen provenir de ninguna parte. Tan sólo los edificios están vivos de algún modo, y sus ventanas abiertas lo siguen con una siniestra mirada. Siente a Madrid como un bloque homogéneo de gentes ajenas entre sí, intercambiables los unos con las otros. Nadie se conoce y nadie quiere conocerse. Una masa de gente dormida que anda sin rumbo de un lado para otro. Un mundo de sonámbulos como él.</p>
<p style="text-align: justify;">Esa noche, Francisco recibe en su casa de Madrid a un hombrecillo tembloroso. Va ataviado con un viejo abrigo gris y aprieta un paquete debajo de su brazo como si fuese su posesión más valiosa. El hombre es tan gris como su traje y Franco sería incapaz de describir su rostro un segundo después de dejar de mirarlo. Señala con un gesto casual el paquete que el hombre trae consigo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Es eso? -pregunta.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí -dice el hombre gris-. Escuche yo&#8230; Jamás haría esto, pero la gente está quemando las iglesias y los conventos&#8230; es cuestión de tiempo que la encuentren y la destruya&#8230; y entonces, ¿qué? Nadie ganará nada con eso.</p>
<p style="text-align: justify;">-No me interesan sus motivaciones -le corta Franco-. Sólo quiero verlo antes de seguir hablando con usted.</p>
<p style="text-align: justify;">El hombre asiente y señala una mesita camilla que ocupa el centro de la sala.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Pudo ponerlo ahí?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí. -Franco aparta rápidamente un frutero lleno de manzanas de cera para hacerle sitio.</p>
<p style="text-align: justify;">El paquete está envuelto con papel de periódico y atado con hilo de palomar. El hombre gris intenta soltar los nudos. Al no lograrlo saca de un bolsillo del abrigo una navajita y corta el bramante.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ya está&#8230; listo&#8230; -musita mientras aparta lentamente las capas de papel y va descubriendo el precioso relicario de plata-. Es una verdadera joya, de un valor incalculable&#8230; Si no fuera porque&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Franco levanta una mano pidiéndole silencio y le ordena al hombre que lo abra.</p>
<p style="text-align: justify;">Un pequeño chasquido y el relicario se abre mostrando su contenido.</p>
<p style="text-align: justify;">Franco contiene la respiración.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es lo que quería, ¿no? -dice el hombre mirándolo inseguro-. Es lo que acordamos que le traería&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Sin apartar los ojos de la reliquia, Franco se acerca a una cómoda y saca un sobre bastante abultado oculto en uno de sus cajones. Se lo entrega al hombre de gris y este lo sujeta un momento antes de abrirlo con un gesto de avidez. Está lleno de billetes de mil de la República. Billetes nuevecitos, preciosos, impresos en el Reino Unido pero con una hermosa dama de la República con rasgos andaluces. El hombrecillo del abrigo gris los cuenta rápidamente y vuelve a cerrar el sobre.</p>
<p style="text-align: justify;">-Escuche -dice-, yo soy sacerdote y jamás haría esto si no fuera porque&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Le he dicho que no quiero saber sus motivaciones -le vuelve a cortar Franco-. Ya tiene su dinero. Ahora haga el favor de salir de mi casa.</p>
<p style="text-align: justify;">Le abre la puerta y el hombre apenas tiene tiempo de meterse el sobre en un bolsillo y subirse el cuello del abrigo antes de que Franco lo haga salir y cierre la puerta detrás de él.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora está sólo de nuevo, Carmen aun tardará una hora en regresar de su tertulia con sus amigas y él tiene una hora entera para disfrutar de aquel objeto que reluce en el centro de la mesa camilla.</p>
<p style="text-align: justify;">Franco se acerca y se agacha para admirarlo mejor. El relicario es una verdadera joya en plata. Un maravilloso trabajo de orfebre que por sí sólo ya valdría lo que ha pagado. Pero lo que hay en su interior es mucho más valioso. Infinitamente más valioso.</p>
<p style="text-align: justify;">Francisco franco arrima una silla y se sienta para contemplar la mano de Santa Teresa. Sabe perfectamente lo que tiene que hacer a continuación, pero no hay prisa. Él nunca ha sido un hombre al que le gustara apresurarse. Y quiere disfrutar de ese momento en el que tiene por fin la conciencia de que ha conseguido lo que tanto deseaba.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Juan Miguel Aguilera<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>El vaivén de las olas</title>
		<link>http://www.humoyespejos.com/2009/10/05/el-vaiven-de-las-olas/</link>
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		<pubDate>Mon, 05 Oct 2009 06:27:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis Rendueles</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mundos perdidos]]></category>

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		<description><![CDATA[Sin atalayar el atalayero
 más que la cara gris del invierno
 el salto menudo de las toninas
 el despacioso discurrir de alguien
 por las cuestas del barrio alto.
Fernando Quiñones
Mi madre fue una sirena.
Lo supe desde una tarde lluviosa en la que, siendo yo poco mayor que un marrajo, mi padre me lo murmuró al oído, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Sin atalayar el atalayero<br />
 más que la cara gris del invierno<br />
 el salto menudo de las toninas<br />
 el despacioso discurrir de alguien<br />
 por las cuestas del barrio alto.</em></p>
<p style="text-align: right;"><strong>Fernando Quiñones</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Mi madre fue una sirena.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo supe desde una tarde lluviosa en la que, siendo yo poco mayor que un marrajo, mi padre me lo murmuró al oído, sentado sobre sus rodillas en la mecedora del salón mientras mi madre paseaba de un lado a otro de la cocina, cantando una añada entre los aromas del pastel en el horno.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo siempre lo había sospechado porque, a pesar de ser muy pequeño, era mejor nadador que cualquiera de los demás niños de Puerto Viejo, y porque algunas veces encontraba significados ocultos entre las olas de la mar que nadie en todo el pueblo, salvo mi madre, podía entender.</p>
<p style="text-align: justify;">Para mi era prueba suficiente. Así que, con ese descaro con el que la infancia tiñe nuestras primeras acciones, le dije que ya lo sabía, y entonces él sonrió, como si lo esperara, los dos meciéndonos sin decir nada, escuchando fascinados las canciones que se colaban por debajo de la puerta de la cocina.</p>
<p style="text-align: justify;">No era una cocinera muy buena.</p>
<p style="text-align: justify;">Todo lo que cocinaba tenía sabor a mar.</p>
<p style="text-align: justify;">Otra prueba.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Era muy niño. Lo único que sabía sobre las sirenas eran las historias que escuchaba a los más viejos sobre marineros que perdían la cabeza por alguna de ellas y se iban a vivir en su compañía en los enjoyados palacios del fondo de la mar, sin que nadie los volviere a ver nunca.</p>
<p style="text-align: justify;">Jamás, en todas aquellas conversaciones nostálgicas, repletas de tormentas y hazañas cotidianas, de las que era testigo silencioso, pude escuchar que una sirena dejara la mar para compartir la vida de un pescador, varada en tierra.</p>
<p style="text-align: justify;">Ignoro si era algo corriente o del todo extraño, pero, desde el día en el que mi padre me lo susurró, lo admiré mucho más y su figura se hizo más grande para mis ojos infantiles.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi padre era pescador, como todos los demás hombres de Puerto Viejo menos tío Antón, y era el patrón de la <em>Miralejos</em>, una de las mejores lanchas y que más pescado recogía. Para entender a la mar se necesita mucho tiempo, pero sobre todo hay que quererla, me comentaba con su voz tranquila y sabia.</p>
<p style="text-align: justify;">Toda su familia había vivido de ella, y a mí me decía siempre que la mar me iba a reconocer como a uno de sus hijos, no sé si por su parte o porque mi madre fuera, antes de enamorarse de él, una de sus sirenas.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Mi madre era la mujer más guapa de Puerto Viejo, según decían todos, y a su paso se paraban incluso las conversaciones de los ancianos tomando el sol en los bancos, los ojos reluciendo como los de los más jóvenes cuando vislumbraban su figura ágil y graciosa, tatareando siempre alguna canción desconocida y triste.</p>
<p style="text-align: justify;">Era una mujer nostálgica que nunca hablaba más de lo necesario, pero cuando pasaba un par de horas sentada sobre la arena de la playa, mirando soñadora el vaivén de las olas, se mostraba después mucho más habladora y más mimosa con mi padre que nunca, como si cada una de sus visitas a la playa fuere un rito para renovar el intangible vínculo que los unía.</p>
<p style="text-align: justify;">La gente del pueblo decía que tenía nostalgia de la mar, y que cada día escuchaba las olas como si fuera un tributo que estaba obligada a hacer por estar varada en la tierra. Sólo yo, aunque nunca se lo dijera a nadie, podía entender algo de lo que ella escuchaba con tanta atención escondido entre el vaivén de las olas: la inmensidad de muchas vidas sucediéndose sin parar en aquel caos primigenio. Era un mundo silencioso que me tenía fascinado en su extrañeza, por lo que algunas veces dejaba la compañía de los otros niños y también yo me sentaba a su lado para escuchar el aliento de la mar, acompasado con el nuestro, callados los dos como estatuas sobre la arena, hasta que regresábamos a casa, cogidos de la mano y en silencio.</p>
<p style="text-align: justify;">Era yo muy niño para darme cuenta de ello, pero me imagino que teníamos que ser una de las familias más raras de todo el pueblo.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Puerto Viejo era pequeño, las casas blancas con tejado de pizarra amontonadas unas junto a otras alrededor del muelle, siguiendo el contorno de la tierra en un abrazo indivisible con la mar que nunca llegaba a cerrarse del todo. Los extranjeros decían que eran casas cobardes y que tenían miedo de separarse unas de otras, como las ovejas en el monte oscuro, pero nosotros sabíamos de su valor porque muchas veces las veíamos enfrentarse a las peores tormentas. La gente del interior no entendía de esas cosas. Si estaban tan juntas era porque querían estar tan cerca de la mar como les fuera posible, porque el cariño de sus amos por la mar lo tenían metido dentro.</p>
<p style="text-align: justify;">El aire de la mar siempre quedaba enganchado entre sus calles estrechas y salía rebotando después de casa en casa, que se divertían con él haciéndolo enredarse en los tendales, con lo que toda nuestra ropa ya olía a salitre antes incluso de ponerla.</p>
<p style="text-align: justify;">La gente del interior nos llamaba <em>carapeces</em> y decía que olíamos a pescado, pero para nosotros era motivo de orgullo.</p>
<p style="text-align: justify;">Nuestra casa estaba situada en el inicio de las cuestas del barrio alto, aunque cuando hacía buen tiempo parecía que se alzaba de puntillas sobre sus cimientos, por lo que siempre teníamos una inmejorable visión del muelle y de la mar.</p>
<p style="text-align: justify;">Era una casa fuerte y práctica, que nos protegía durante las tormentas encogiéndose sobre sí misma, sin que nosotros notásemos nada de lo que pasaba fuera, que era algo que no todas las casas sabían hacer bien, por lo que tras las tormentas sus ocupantes tenían que colocar muchas cosas otra vez en sus sitios.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">De todos los habitantes de Puerto Viejo, hombres silenciosos y mujeres angustiadas, sin duda el más pintoresco era el tío Antón, que estaba muy orgulloso de ser el último atalayero de ballenas de toda Comarca, y del que la gente decía que había quedado medio tonto de tanto atisbar los reflejos de la mar, aunque otros te juraban que ya había nacido así, con el espíritu siempre una migaja más rezagado que el resto del cuerpo.</p>
<p style="text-align: justify;">Era el único de todos los hombres del pueblo que no salía todos los días a pescar, lo que para los niños era algo tan extraño que no podíamos evitar tenerle un poco de temor, como si fuere uno de esos hombres del interior que, según decían, viven como si fueran gusanos dentro de la tierra, recogiendo los frutos que guarda en su vientre.</p>
<p style="text-align: justify;">El tío Antón tenía la cara quemada por el aire, los rasgos desaparecidos como si sólo importaran sus ojos, enanos y concentrados en sí mismos, semejando no tener fondo, y rodeados por un montón de arrugas. Parecía que no veía bien de cerca, siempre con los párpados medio cerrados, pero nadie mejor que él para descubrir la más pequeña alteración entre las olas.</p>
<p style="text-align: justify;">Algunos pescadores no lo tenían en mucha estima, y los más supersticiosos susurraban que, aún siendo inofensivo, les traía mala suerte para la pesca, pues los peces no se querían acercar a la costa sabiendo que alguien estaba vigilándolos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Mi padre decía que todo aquello eran bobadas de viejas, así que, algunas veces, lo invitaba a tomar una copa en la taberna al lado del fuego, algo que también solía hacer el Veriñán, y entonces todo el mundo lo trataba con amabilidad, como si el sentarse entre ellos convidado por dos de los mejores patrones del pueblo lo convirtiere por un tiempo en digno de respeto.</p>
<p style="text-align: justify;">El tío Antón siempre callaba, sus manos aferradas al pocillo de café, como si en él encontrare la fuerza necesaria para estar entre tanta gente, hasta que alguien le sacaba el tema de las ballenas, y entonces se vanagloriaba y le brotaba la voz como un chorro del cuerpo sin que nada lo pudiera detener.</p>
<p style="text-align: justify;">Algunas veces, incluso se adueñaba del arpón viejo que adornaba la chimenea y nos describía con grandes aspavientos cómo se golpeaba y sobre qué partes del cuerpo era mejor hacerlo.</p>
<p style="text-align: justify;">A mi me gustaba mucho escuchar sus historias sobre legendarias persecuciones de ballenas blancas y me hacía gracia ver su pequeña cara tan concentrada al afirmar que, en breve, iba aparecer alguna en el horizonte y que todos los marineros saldrían a por ella bajo su mando, porque era el que más sabía de ello.</p>
<p style="text-align: justify;">Y el corro de gente asentía con una sonrisa en los labios, y decían que sí, sus miradas perdidas en el fondo de los vasos o en la faena del día siguiente, mientras la del tío Antón se perdía dentro de sí, viviendo ya la incansable persecución de la pieza y el triunfante retorno al pueblo repleto de gente.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">La pesca de ballenas había caído en el olvido.</p>
<p style="text-align: justify;">Hacía más de treinta años que en Puerto Viejo se había pescado la última, y ya entonces los más viejos tuvieron que recordar cómo las tajaban sus padres, porque hacía muchos años que no se pescaba ninguna. Se las arreglaron como pudieron para repartirla según la tradición, aunque pocos quisieron comer de su carne, y muchas de las casas más viejas todavía guardaban parte de aquella grasa para alumbrar, sin decidirse nunca a usarlo, no se muy bien porqué porque la nuestra lo hacía en alguna ocasión y su luz era buena y apenas olía.</p>
<p style="text-align: justify;">Así que todos asentían cuando el tío Antón hablaba de ir a pescar ballenas, y le coreaban aquellas expediciones fantásticas que ya vivía en su imaginación, pensando que si llegaba el caso ya encontrarían la manera de quitárselo de encima.</p>
<p style="text-align: justify;">Tener sueños nunca había matado a nadie, comentaban siempre los más viejos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Hasta que un día, teniendo yo apenas diez inviernos, una ballena solitaria se acercó tanto a Puerto Viejo que parecía un desafío por su parte.</p>
<p style="text-align: justify;">Recuerdo que ese día, antes de oscurecer, nuestra casa se puso un poco nerviosa, como en vísperas de tormenta, aunque en el cielo no viere ni una sola nube, así que salimos a la calle, mi madre y yo, y vimos la gran hoguera encendida en la atalaya, y la figura alborotada del tío Antón manteando el humo para que se viera bien desde todo el pueblo.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo vimos todos, pero nadie le hizo caso.</p>
<p style="text-align: justify;">Varias veces al cabo del año, el tío Antón nos avisaba de la aparición de alguna ballena que nadie más veía, así que no le prestaron más atención que alguna sonrisa condescendiente por parte de las mujeres y de los viejos cuando bajó la cuesta de la atalaya gritando que había una ballena y que todos se tenían que echar a la mar para cazarla.</p>
<p style="text-align: justify;">Los hombres estaban muy cansados, acababan de terminar la jornada e intentaban agotar la tarde en la taberna, así que acogieron al alborotado Antón con risas y bromas, sin hacerle caso, hasta que el Veriñán entró diciendo que, subiendo la rambla del muelle, se veía sobre la piel del mar un pez enorme que podía ser una ballena.</p>
<p style="text-align: justify;">Los hombres salieron de la taberna en silencio, sin recordar las carreras y los gritos que quizá se producían cien años atrás por llegar antes que la gente de los otros pueblos. Sólo al llegar al muelle les chispearon los ojos ante la visión. Aunque ya empezaba a caer la noche, la ballena era perfectamente visible en la distancia, desplazándose despacio hacia el este.</p>
<p style="text-align: justify;">Todo el mundo guardó silencio mirando con temor reverencial aquella figura que había adornado tantas historias de naufragios y luchas heroicas por parte de sus antepasados.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue mi padre el primero en decir que al amanecer se haría a la mar para intentar arponearla y que, si algún otro lo quería seguir, iba a ser bienvenido. El Veriñán lo apoyó y al momento se convirtió en un proyecto de todo el pueblo.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Recuerdo que a mi madre no le hizo ninguna gracia, pero mi padre le dijo que era algo que había hecho su abuelo, y que él también quería hacerlo, quizá como homenaje a todas las historias que le había contado cuando era un niño en sus rodillas, o quizá porque se quería probar a sí mismo.</p>
<p style="text-align: justify;">Y mientras decía eso limpiaba el gran arpón que perteneciera a su abuelo con los ojos brillantes como nunca se los habíamos visto, así que mi madre terminó tragando sus lágrimas.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo le pedí que me dejare embarcar con él, pero se negó diciendo que podría ser peligroso. Para consolarme me prometió una de las costillas.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi madre se pasó toda la noche en vela, sentada en la playa escuchando los secretos que las olas arrojaban sobre la arena y que sólo sus oídos podían entender, pero nunca llegó a decirme lo que la mar depositó sobre su regazo aquella noche.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Con el amanecer todo el pueblo estaba ya en el muelle, las caras tensas de los hombres mezcladas con las caras angustiadas de las mujeres entre un viento desapacible y frío. No se celebró la salida de las barcas, como se hacía otras veces, quizá porque esperaban festejar un regreso triunfal.</p>
<p style="text-align: justify;">Recuerdo perfectamente a mi padre de pie, en la proa de la <em>Miralejos</em>, sujetando con fuerza el arpón que había pertenecido a mi bisabuelo, y a su lado el tío Antón, temblando por el pánico que le tenía a la mar, pero decidido a cobrar aquella pieza.</p>
<p style="text-align: justify;">La mar estaba revuelta y tuvieron que remar mucho entre el oleaje con el que se lo demostraba. Cuando algunos ya querían volver a casa, encontraron la ballena.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue una catástrofe.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que pasó en realidad quizá no se llegue a saber nunca, porque todo ocurrió tan rápido que cada uno de los que lo vieron parece que tiene una visión distinta, como si todo hubiese sucedido sólo en sus mentes, pero se comentaba que la lancha de mi padre se había adelantado a las demás, y que fue él el que lanzó su arpón sobre el lomo de la ballena.</p>
<p style="text-align: justify;">Después unos afirmaban que al sentirse herida se había sumergido arrastrando a mi padre con el cordel enganchado en la pierna, tirándose detrás el tío Antón como para intentar salvarlo, mientras que otros decían que éste no sabía nadar y que había sido él quien se enredara con la cuerda y mi padre el que se tiró detrás para ayudarlo.</p>
<p style="text-align: justify;">Todavía se discute, en las conversaciones que algunas tardes crecen alrededor de la chimenea de la taberna, cómo ocurrió todo.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El cadáver del tío Antón, con una sonrisa en los labios, apareció a las pocas horas arrastrado por la corriente, pero del cuerpo de mi padre no se encontró ningún rastro.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando la noticia llegó al pueblo, mi madre se desmayó sobre las piedras del muelle y tuvieron que meterla en casa unas vecinas. No despertó. Su fiebre era altísima y cada poco le arrojaban calderos enteros de agua de mar para bajársela.</p>
<p style="text-align: justify;">Recuerdo que toqué su frente y su sudor pegajoso me recordó el tacto del pescado enfermo, pero después me separaron de allí. Estuvo entre la vida y la muerte varias horas, en las que no me dejaron verla, mientras las barcas volvían una tras otra al puerto sin traer ninguna noticia sobre el cuerpo de mi padre. Finalmente cayó en un sueño profundo que le duró dos días, mientras las barcas seguían rastreando sin resultado la piel de la mar, y los vecinos murmuraban que la tumba de mi padre parecía destinada a tener una lápida sin cuerpo, como las de tantos otros que la mar reclamaba para sí.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando mi madre despertó, me dijeron que iba a partir para buscar a mi padre y que me quería decir unas palabras, pero cuando me llevaron ante ella, su rostro deformado me contempló sin expresión, la garganta demasiado inflamada para poder hablar. Lo único que hizo fue apretarme con fuerza la mano, enana entre las suyas, unidos sus dedos por una membrana traslúcida que le había brotado con la fiebre.</p>
<p style="text-align: justify;">Después entraron en el cuarto Andrés el Viejo y el Veriñán, la envolvieron en las sábanas empapadas y la bajaron serios por las escaleras, seguidos por los lamentos de las vecinas y por mi llanto.</p>
<p style="text-align: justify;">En el muelle ya se había congregado todo el pueblo, silenciosos y hoscos como cuando la salida de las barcas. La llevaron hasta el espigón viejo y la dejaron caer al agua.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue un grito que cayó a plomo en la mar, y después sólo una estela plateada que subió brevemente para hacerse un círculo de espuma.</p>
<p style="text-align: justify;">Me quedé contemplando la mar hasta que la mujer del Veriñán me metió en su casa, cuando ya era casi noche y en el muelle no quedaba nadie.</p>
<p style="text-align: justify;">El cadáver de mi padre, hinchado y deforme, devorados sus ojos por los peces, apareció al día siguiente sobre una cama de algas en la playa, sus cabellos peinados como si alguien quisiere poner orden en sus facciones.</p>
<p style="text-align: justify;">Tenía una nota escrita sobre el pecho, pero el agua de la mar había borrado la tinta y nadie puedo nunca leer ninguna de sus palabras.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Algunos atardeceres me siento sobre la arena, mi respiración hecha una con la de la mar, y escucho en silencio las voces que se esconden entre el vaivén de las olas.</p>
<p style="text-align: justify;">Nunca me hablan de mi madre.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  José Luis Rendueles<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Al día siguiente</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Jul 2009 04:51:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodolfo Martínez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mundos perdidos]]></category>

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		<description><![CDATA[Al día siguiente de la expulsión, YHVH fue a hablar con la serpiente. Los querubines le abrieron el paso con mirada ceñuda y se internó en el jardín. Todo estaba demasiado tranquilo, ahora que el hombre y la mujer habían sido expulsados, y YHVH se encontró de repente echando de menos el bullicio que causaban, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Al día siguiente de la expulsión, YHVH fue a hablar con la serpiente. Los querubines le abrieron el paso con mirada ceñuda y se internó en el jardín. Todo estaba demasiado tranquilo, ahora que el hombre y la mujer habían sido expulsados, y YHVH se encontró de repente echando de menos el bullicio que causaban, su curiosidad ingenua e interminable, su empeño en tocarlo todo y probarlo todo.</p>
<p style="text-align: justify;">Encontró a la serpiente en el Árbol de la Ciencia, enroscada en una de las ramas más altas, tendida plácidamente al sol del mediodía.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Está hecho?</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo está.</p>
<p style="text-align: justify;">La serpiente se desperezó poco a poco y contempló a YHVH.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tienes dudas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sé que lo que hiciste era necesario, pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero no entiendes por qué.</p>
<p style="text-align: justify;">Lentamente, la serpiente descendió del árbol y se posó en la yerba.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tienen que crecer. Tienen que tropezar, caerse y aprender a seguir adelante. No pueden seguir siendo niños toda la vida.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso lo entiendo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero te preguntas si era necesario hacerlo de un modo tan traumático. No había otra manera, créeme. Comieron del fruto del árbol y dieron el primer paso hacia lo que deben ser. Ya no se limitan a ver. Ahora miran.</p>
<p style="text-align: justify;">-Comprendo el regalo que les has dado. Los has hecho&#8230; como tú.</p>
<p style="text-align: justify;">-Cierto. De todas mis creaciones, son los únicos capaces de tomar decisiones y hacerse responsables de las consecuencias de sus actos. Pueden elegir. Casi siempre elegirán lo que no deben, pero aprenderán. O se destruirán a sí mismos. Es su elección, en cualquier caso.</p>
<p style="text-align: justify;">La serpiente se deslizó por la yerba, hacia el Árbol de la Vida. YHVH iba a su lado, cabizbajo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sigues creyendo que podría haberlo hecho de otro modo. Quizá tengas razón. Pero me temo que el sufrimiento es necesario. Tienen que aprender que lo que merece la pena no se obtiene sin dificultad. Que todo lo que se consigue lleva aparejado una contrapartida. Que no hay nada gratis en el mundo. No sabían lo que hacían cuando comieron del fruto. Ahora ya saben que el conocimiento acarrea peligro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Comprendo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero no te gusta. Crees que les he hecho sufrir innecesariamente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Claro que no. Sé que nada de lo que haces es innecesario. Todo cuando ocurre es parte de tu plan, al fin y al cabo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí. Y que te sientas incómodo con lo que hemos hecho también lo es. No puede ser de otra forma. Te creé así, después de todo.</p>
<p style="text-align: justify;">-No querría ser de otra manera.</p>
<p style="text-align: justify;">-Claro que no.</p>
<p style="text-align: justify;">La serpiente se detuvo junto al Árbol de la Vida. YHVH se sentó en el suelo y apoyó la espalda en el tronco.</p>
<p style="text-align: justify;">-Te gustan y te sientes responsable de ellos, y no te agrada que sufran. Y está bien que sea así. Todo eso será necesario. Porque a partir de ahora eres tú quien cuidará de ellos. Los vigilarás, intentarás que no se hagan demasiado daño y curarás sus heridas cuando tropiecen y se caigan. Tratarás de guiarlos para que desarrollen su potencial. Pero no debes forzarlos, porque entonces sólo conseguirás dolor. Para ti y para ellos.</p>
<p style="text-align: justify;">YHVH frunció el ceño.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tú también estás creciendo. Aprenderás lo que debes hacer a medida que lo hagas. Fracasarás y te enfurecerás con ellos. Pero aprenderás. Y un día marcharéis juntos.</p>
<p style="text-align: justify;">La serpiente se enroscó alrededor del cuerpo de YHVH.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero hay algo más que te incomoda. Dímelo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Para qué, si ya lo sabes?</p>
<p style="text-align: justify;">-Porque necesitas decirlo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Puedo comprender que el sufrimiento fuese necesario. Que tuviera un propósito. Pero, ¿por qué hacerles creer que eres su enemigo, por qué los pusiste en tu contra?</p>
<p style="text-align: justify;">-Te lo dije. Deben aprender a caminar. Sin muletas. Por sí mismos. Deben pensar que están solos. Y en cierto modo, así es. Para ellos, durante mucho tiempo, yo seré el Enemigo. Y, quién sabe, quizá lo sea para siempre. Tal vez cuando se hagan adultos sigan viéndome así. Y puede que un día me destruyan.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso no&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, puede pasar. Y no importa. El hijo debe superar al padre. Y, en el proceso, a veces lo destruye. Puede pasar. Y no lo impediré, si es así.</p>
<p style="text-align: justify;">-No&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Cálmate. No pasará ahora. Puede que no pase nunca. Cálmate. Estaré con vosotros mucho tiempo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero&#8230; tú lo sabes todo. ¿No sabes si&#8230;?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí. Y al mismo tiempo, no. Puedo verlo todo, pero hay lugares en los que he decidido no mirar. Me gustan demasiado las sorpresas. Y, después de todo, fue por eso por lo que los creé. Al menos uno de los motivos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Entonces, ¿todo está bien?</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo está. O lo estará. Sea cual sea el final, todo estará bien y será como debe ser.</p>
<p style="text-align: justify;">La serpiente se desenroscó del cuerpo de YHVH. Éste se incorporó.</p>
<p style="text-align: justify;">-Gracias. Ahora tengo que irme. Hay mucho trabajo que hacer.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es cierto. Pero también hay tiempo. Tómalo con calma. Ve con cuidado. Nunca esperes de ellos más de lo que pueden dar. Y, sobre todo, ten paciencia.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo intentaré.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y no te preocupes ante los fracasos. Así será como aprendas. Así es como aprenderán ellos. Y tú aprenderás de ellos.</p>
<p style="text-align: justify;">YHVH asintió. Luego, echó a andar hacia el borde del jardín. Se detuvo junto a los dos querubines, lleno aún de dudas.</p>
<p style="text-align: justify;">No lo comprendía del todo. Quizá no lo comprendería jamás. Pero haría lo que la serpiente le había dicho. Al fin y al cabo, ella lo había creado para ese propósito.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Rodolfo Martínez<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Poseída</title>
		<link>http://www.humoyespejos.com/2009/06/22/poseida/</link>
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		<pubDate>Mon, 22 Jun 2009 04:23:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Armando Boix</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mundos perdidos]]></category>

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		<description><![CDATA[Ella era casi una niña cuando se incendió la casa&#8230; Así empezó el administrador a contarme tu historia cuando me entregó las llaves. Desde entonces creo oír tus pasos sordos sobre la alfombra, el eco de una risa frágil y nerviosa tras alguna puerta cerrada o adivinar el esbozo de tu rostro entre sombras reflejadas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><em>Ella era casi una niña cuando se incendió la casa&#8230;</em> Así empezó el administrador a contarme tu historia cuando me entregó las llaves. Desde entonces creo oír tus pasos sordos sobre la alfombra, el eco de una risa frágil y nerviosa tras alguna puerta cerrada o adivinar el esbozo de tu rostro entre sombras reflejadas en un rincón del espejo.</p>
<p style="text-align: justify;">Casi una niña. Fresca y ardiente a un tiempo, primavera temprana apunto de florecer. Pero todo se convirtió en cenizas, lo que fue y lo que sería, por una confianza indebida, un accidente estúpido y un auxilio que no llegó a tiempo.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora paso mis noches entre muebles nuevos y paredes recién pintadas. Nadie supondría lo que sucedió aquí, pues no quedan rastros del desastre&#8230; Al menos ninguno que puedan ver ojos humanos.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi madre me llama a menudo y asegura que no es prudente que una chica joven como yo viva sola, que en el mundo hay muchos lobos y no siempre se molestan en llamar a la puerta. Mamá se equivoca en todo. No me siento sola y no huyo de los lobos; los invito a venir a casa.</p>
<p style="text-align: justify;">Ambas los invitamos.</p>
<p style="text-align: justify;">Eras casi una niña cuando se incendió la casa, sí, pero tu piel ya sentía curiosidad por las caricias y una inquietud profunda enmarañaba tus sueños. Te imagino interpretando, a solas en tu cuarto, los besos con ese chico que te gustaba; escribiendo tus anhelos en las páginas de un diario lleno de corazones, pintados a bolígrafo; o explorando con tus dedos resquicios prohibidos, quizá temerosa, quizá deteniéndote un segundo antes del último instante, cuando no hay ya marcha atrás.</p>
<p style="text-align: justify;">Mis piernas se abren ahora a la lujuria de otras manos, mi alma a tus preguntas incesantes. Todas las noches salgo de caza y, horas después, sudorosos intrusos juegan con mi cuerpo estremecido, mientras tú te agazapas degustando sabores que jamás conociste. Cada día el hambre es mayor, cada día busco nuevos platos nunca probados por mí, más con el ansia del inane que con la distancia gélida del <em>gourmet</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Quieres sentir tantas cosas que te fueron robadas! Tu rabia, tu apetito, se transmite a través de mi piel. Bebo sin estar sedienta, porque tu boca está reseca, y así entrego mi cuerpo, doblemente poseído, hasta que cada nervio se tensa emitiendo notas de placer. Sólo me pregunto qué se quebrará primero, si tu deseo o mi resistencia. Y mientras me muerdo los labios, arrastrada hasta el borde de la dulce agonía, mis pensamientos son para ti&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Una pequeña muerte, para quien estará muerta eternamente.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Armando Boix<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Tormenta</title>
		<link>http://www.humoyespejos.com/2009/04/27/tormenta/</link>
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		<pubDate>Mon, 27 Apr 2009 04:27:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Antonio Cotrina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mundos perdidos]]></category>

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		<description><![CDATA[La lluvia mojaba la arena aquella última tarde de verano. El día se sonrojaba sobre el horizonte. El viento peinaba las descuidadas melenas de las escasas palmeras del paseo. A lo lejos, el mar golpeaba con fuerza el muelle abandonado. El viejo, de pie en la playa, contemplaba la guitarra tirada en la arena. El [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">La lluvia mojaba la arena aquella última tarde de verano. El día se sonrojaba sobre el horizonte. El viento peinaba las descuidadas melenas de las escasas palmeras del paseo. A lo lejos, el mar golpeaba con fuerza el muelle abandonado. El viejo, de pie en la playa, contemplaba la guitarra tirada en la arena. El temporal hacía ondear los faldones de su impermeable negro; el gorro marinero, encasquetado hasta las cejas, amenazaba con volar de un momento a otro.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">La lluvia mojaba la arena aquella última noche de verano. El barco de la luna y las nubes se perseguían entre los charcos del cielo. Las palmeras se desvanecían, dejando sus siluetas clavadas en la oscuridad. Mucho más allá del muelle, siguiendo la línea de la costa, brillaba el ojo indeciso del faro. El viejo, de pie todavía, contemplaba aún la guitarra rota. El viento había conseguido arrancarle el sombrero que había acabado volando más allá de su vista.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Los minutos pasaban lentos, pegajosos, entonando el preludio de la tormenta que se gestaba en el vientre de las nubes. La arena se humedecía cada vez más y, agitada por la urgencia de encontrar cobijo ante la tempestad que se avecinaba, se enterraba en sí misma. De la guitarra apenas se veía ya el mástil quebrado y cinco cuerdas rotas que se rizaban hacia arriba; la superviviente daba una nota triste cada vez que el viento la hacía vibrar.</p>
<p style="text-align: justify;">Al viejo la melancolía y la tristeza le partían el alma. Era como la guitarra, aferrándose a una sola nota, a una sola cuerda que no tardaría en romperse. Detrás rugía la mar y a cada embate le llamaba con más fuerza.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Una lluvia fina y leve mojaba la arena antes de la tormenta. El viejo marinero había buscado refugio en un cine abandonado que apenas resistía erguido en el centro de la playa: sólo le quedaba una de las paredes en pie, las otras hacía largo tiempo que se las había tragado el mar. Las letras de neón habían olvidado lo que era brillar.</p>
<p style="text-align: justify;">La noche se rasgó con el suave escozor de las primeras lágrimas, las estrellas se tornaron lejanas y borrosas para luego olvidarse de brillar y languidecer colgadas en un inmenso acuario cuajado de nubes negras.</p>
<p style="text-align: justify;">La tormenta estalló violenta y salvaje, como un exabrupto terrible, frenético. Los relámpagos saltaron del cielo al mar deslizándose por las bifurcaciones ardientes de su aliento eléctrico.</p>
<p style="text-align: justify;">El viento llegó hasta él cargado del aroma del mar, del olor de la sal y la tormenta, del dolor que no augura tiempos mejores porque ya no queda tiempo. Suspirando se acomodó en las escaleras y comenzó a mecerse, sin importarle el crujido de las maderas ni el tétrico ulular del viento entre los desvencijados tablones. Anclado en el pasado contemplaba al futuro desvanecerse en la niebla, sin despedirse siquiera.</p>
<p style="text-align: justify;">Las estrellas volvieron a su antigua gloria cuando corrió el velo de lágrimas con su ajada mano. Hilos de plata tejidos en el manto de seda negra de la noche, destellos en la pupila de un Dios ciego, sordo a las plegarias, a los ruegos, a los rezos del viejo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Sin señal, sin respuesta, siguió atrapado en el rechinar de las tablas del viejo cine, llorando, contando estrellas y relámpagos, suspirando.</p>
<p style="text-align: justify;">Esperando&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">En sus últimos días siempre se sentaba allí, cabizbajo, envuelto en su impermeable negro.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué hace?</p>
<p style="text-align: justify;">Recuerda.</p>
<p style="text-align: justify;">Recuerda. La lucha del hombre contra el titán azul; la vela mayor, llena de viento, empujándole hacia un horizonte que siempre se escapa; la línea de la costa estrechándose hasta desaparecer; el mar, con sus cientos de húmedos dedos, meciendo la barca de madera como un niño juguetón.</p>
<p style="text-align: justify;">La quietud, la marea, el salitre, el orgullo de volver a tierra con las manos llenas, la vida, la muerte&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Hasta que la fuerza le abandonó, como la música abandona el esqueleto de una guitarra rota; hasta que su vista se perdió en la estrecha franja de la costa, hasta que no pudo jugar más al juego de las olas.</p>
<p style="text-align: justify;">Tantos años encerrado en tierra&#8230; pero no, aunque esa pena pesaba en su pecho no era eso lo que le devoraba el alma, no era eso lo que había convertido en cenizas su ansia de vivir.</p>
<p style="text-align: justify;">Una mano tendida que no quiso tomar era la culpable de su desgracia.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">La lluvia mojaba la arena con su incansable caer, el sentido de las cosas y el sentido de la realidad se iban diluyendo como las formas de la playa.</p>
<p style="text-align: justify;">Una vida dedicado al mar ¿qué hubiera pasado si se la hubiera dedicado a sí mismo? Pero el mar, el mar&#8230; La pena le inflamaba el corazón. Lo que pudo haber sido y no fue. Los recuerdos que más duelen son los que nunca han sucedido. ¿Cuántos sueños muertos al amanecer? ¿Cuántas ilusiones ardiendo? ¿Cuántos deseos en el barro?</p>
<p style="text-align: justify;">Volver al pasado, borrar los errores y comenzar de nuevo. Tan imposible como detener el sol con una mirada.</p>
<p style="text-align: justify;">Llovía y era verano y el cine era nuevo y las luces de neón se reflejaban en el mar agujereado por la lluvia, por una lluvia ardiente, que quemaba por dentro y por fuera.</p>
<p style="text-align: justify;">Llegó por la playa, mirando al mar. Ella estaba de pie en las escaleras, cobijándose del aguacero. A sus pies una maleta.</p>
<p style="text-align: justify;">Se detuvo, miró al mar, suspiró y se acercó a ella; la maleta quedó entre los dos, separándolos. Hablaron poco. Todo estaba dicho.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>La elección, ¿verdad?, </em>el bochorno de la tormenta volteaba las gotas calientes.</p>
<p style="text-align: justify;">Verdad&#8230; lo siento, sabes que no puedo quedarme aquí, el pueblo se me ha quedado pequeño, si me he quedado estos años ha sido por ti, no quiero hacerte elegir&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">¡Sí! ¡Claro que quiero! Vente conmigo, por favor&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">La lluvia le mojaba la espalda y encontraba caminos por donde inundar su alma.</p>
<p style="text-align: justify;">Te quiero.</p>
<p style="text-align: justify;">Sal en los labios, la noche, tapada por las nubes, dejó asomar una estrella, una lágrima de luz que se fundió con la oscuridad.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Ven conmigo! ¡Deja esto!</p>
<p style="text-align: justify;">El viento y su remolino de basura pasaron rozando sus pies, la mar susurraba promesas que nunca cumpliría. Su barca estaría amarrada al puerto, bamboleándose nerviosa, asustada por la tormenta.</p>
<p style="text-align: justify;">Si fuera tan fácil lo dejaría, pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Un relámpago cruzó el cielo.</p>
<p style="text-align: justify;">El mar, el mar ¡siempre el mar! Ha llegado el momento de que elijas: el mar o yo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Nunca te haré elegir decía la mar, nunca te ataré decía la mar, serás feliz conmigo decía la mar&#8230; la duda&#8230; el mar estrellado, sus ojos, la curva de su cabello al caer sobre sus hombros, las olas&#8230;</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Y tomó su elección. Le dio la espalda y caminó intentando no oír su llanto, intentando no oír a su propio corazón arrojado en la playa, intentando olvidarla a cada paso. Y sesenta años no la habían borrado de su recuerdo. Si&#8230; si pudiera volver atrás, cambiar su vida en el instante en que se le escapó de las manos&#8230; ¿Qué fue de ella? Quién sabe&#8230;, se marchó persiguiendo un sueño y él se quedó en la playa, eternamente despierto, eternamente varado en su soñar sin sueños. Navegando primero, vagando después y siempre atrapado en el recuerdo de su mirada.</p>
<p style="text-align: justify;">Si pudiera volver atrás&#8230; deshacer el camino andado y mirar de nuevo en esos ojos y al final no decir el mar sino su nombre&#8230;</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">La lluvia mojaba la playa aquella última noche del anciano, cabizbajo, sentado en un cine polvoriento vio a la Muerte haciéndole señas desde la playa&#8230; ¿Había salido del mar como esperaba? La capa negra brillaba como si estuviera mojada, pero la lluvia podía ser la causa.</p>
<p style="text-align: justify;">La Muerte se acercaba, se acercaba sin dar un solo paso.</p>
<p style="text-align: justify;">En ese instante apareció el coche, derrapando en la playa, salpicando arena y espantando a la Muerte con sus potentes faros. Enfiló hacia el anciano marinero y, acelerando como si tuviera prisa en llegar al Infierno, se plantó ante él, a un metro escaso de las escaleras.</p>
<p style="text-align: justify;">El aliento del motor le saltó a la cara mientras contemplaba el coche: un taxi de color amarillo, surcado por franjas negras; sobre la capota brillaba una luz esmeralda que no hacía otra cosa que girar y girar.</p>
<p style="text-align: justify;">La puerta se abrió con violencia, desprendiendo costra sucia sobre la arena. Del interior salió una mujer vestida de cuero, tocada su cabeza con una gorra tan negra como las gafas que ocultaban sus ojos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Ha llamado a un taxi? -su voz era la voz del mar al chocar contra los acantilados, fuerte, recia.</p>
<p style="text-align: justify;">Una mano enfundada en cuero negro se llevó un cigarro húmedo a la boca, inclinó la cabeza a un lado, esperando la respuesta del asombrado anciano; cuando éste dijo que no, se encogió de hombros y escupió por la comisura de los labios.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pues ya que estoy aquí no me voy a ir de vacío, venga viejo, suba a mi carroza. Corramos junto a la noche para que no nos encuentre el día.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo siento&#8230; -hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie que las palabras le hacían daño al salir de su garganta, hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie que no reconoció su propia voz-. Lo siento&#8230; pero tengo que aguardar aquí.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Aguardar? ¿A esa desgraciada? -Señaló con la cabeza en dirección a la Muerte que les contemplaba a una prudente distancia.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿La ves?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Tú no?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, pero yo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Olvídate de ella, ya la encontrarás de nuevo, es testaruda como ella sola y tiene todo el tiempo del mundo para esperar, así que no te preocupes y monta conmigo antes de que la lluvia me borre. Vamos a dar una vuelta por la playa.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es que&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">La mujer ya había entrado en el coche, había abierto la otra puerta con una rabiosa patada que resonó sobre el estruendo de la tormenta que se vaciaba sobre el mundo. El viejo se levantó, haciendo caso omiso al crujir de sus huesos, la curiosidad se había despertado de nuevo en su interior. Se acercó despacio al coche, dentro la taxista se hurgaba las uñas con un palillo.</p>
<p style="text-align: justify;">Se detuvo ante la puerta abierta. El interior olía a salvajismo y a encierro, la tapicería estaba rasgada y sucia, los sillones al borde del último viaje.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bueno, no tenemos toda la noche -le advirtió ella.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin pensarlo se sentó junto a la mujer. Cerró la puerta con un vigor del que ya no se creía capaz. Había dejado de pensar racionalmente, la realidad parecía haberse desmayado en brazos del cuero y aunque no sabía el alcance de lo que ocurría se sentía agradecido: por una vez no pensaba en ella.</p>
<p style="text-align: justify;">Sobre la palanca de cambios se observaba una calavera. La mujer lanzó una carcajada al aire, una estrella fugaz que se apagó cuando el motor se puso en marcha.</p>
<p style="text-align: justify;">El mar, encerrado tras la ventanilla, rugió devorando la tormenta. Trombas de agua unían cielo, tierra y mar cuando el taxi aceleró rasgando la neblinosa cortina de la lluvia y el viento. La noche se hizo más oscura.</p>
<p style="text-align: justify;">La figura embozada, inmóvil sobre el mar, agachó la cabeza y dejó que se la llevara el viento.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El mar era un interminable borrón azul que se escapaba hacia atrás. El dolor de la aceleración le subió por el brazo y se le clavó en el pecho. A medida que el coche aceleraba el tiempo parecía frenarse, se volvía lento, pausado, cargado de humedad, de granizo, lento, más lento, suspiro por latido, minuto por segundo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">La taxista parecía abstraída, de cuando en cuando silbaba entre dientes, reía para sí y alguna que otra vez su rostro se contraía en una expresión tan tensa y seria que llegó a asustarle; veía cosas que él no podía ver pero que llegaba a vislumbrar fugazmente en los cristales negros de la mujer. Todo era tan irreal como la muerte flotando sobre el mar. Intentó distraerse mirando por la ventanilla. Pasaron ante un edificio en la playa que le era conocido: una estructura blanca de dos plantas concurrida por una pequeña multitud que entraba y salía, ajena al taxi que como un espectro amarillo avanzaba por la playa. Le era tan conocido&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Boqueó sorprendido.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Esa es la vieja bolera?</p>
<p style="text-align: justify;">-Será&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero&#8230; ¡Pero es imposible! La derribaron hace años&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Ya te lo he dicho. Vamos a dar una vuelta.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Dónde me lleva?</p>
<p style="text-align: justify;">-Donde querías ir.</p>
<p style="text-align: justify;">Y lo comprendió todo: el tiempo no se estaba frenando, iba hacia atrás. Contempló sus manos y vio como las arrugas se iban borrando. Alzó una mano temblorosa a su rostro y se tocó su mejilla que, poco a poco, perdía su acartonada dureza. Sus huesos, sus músculos, su cerebro&#8230; todo su cuerpo se burló del tiempo y comenzó a rejuvenecer. Torrentes de sangre nueva eran bombeados por un corazón que se fortalecía en cada latido. Las neuronas comenzaron a surgir del humus muerto de su cerebro, cada vez que aparecía una sentía un destello de luz en su mente. El cambio era doloroso, pero no le importaba, era el esfuerzo del marinero para devolver el ancla a cubierta y prepararse para un nuevo viaje. Era un precio justo. El dolor cesó. Los crujidos de su organismo cedieron en un último espasmo que le dejó un momento sin respiración.</p>
<p style="text-align: justify;">La taxista seguía conduciendo y el anciano, que ya no era tal, percibió su olor sobre el olor del coche: olía a deseo y a muerte, olía a vida y a sangre.</p>
<p style="text-align: justify;">Olía a mar.</p>
<p style="text-align: justify;">Miró por la ventanilla, intentando no llorar.</p>
<p style="text-align: justify;">El aire de la noche trazaba figuras de color blanco, nunca había visto el mar así, la tormenta, la tempestad, las sonrisa del cielo&#8230; Remolinos de peces voladores volaban en su honor; sirenas majestuosas surgían del agua arrastrando tras de sí su estela de plata; una enorme ballena agitó su impresionante cola hacia él; una orca blanca surgió en el horizonte dibujando su silueta contra la media luna. Un barco fantasma hizo sonar sus sirenas. Un cañón ahogado disparó por él. Una escultura de espuma se formó en el lomo de una ola.</p>
<p style="text-align: justify;">El mar cumple sus promesas.</p>
<p style="text-align: justify;">Y ya no pudo contener las lágrimas.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Quién eres?</p>
<p style="text-align: justify;">La taxista sonrió y le miró sin dejar de conducir. Se contempló reflejado en las gafas oscuras y no se reconoció.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Importa eso?</p>
<p style="text-align: justify;">-No, creo que no&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Una flor de sal se abrió sobre el mar y en ese momento la mujer paró el coche y abrió la puerta del joven.</p>
<p style="text-align: justify;">-Venga, vamos, lárgate ya, te están esperando.</p>
<p style="text-align: justify;">El mar se elevó de su lecho para volver a caer. La playa se llenó de perlas. Las estrellas de mar trazaron una constelación con su nombre.</p>
<p style="text-align: justify;">A lo lejos, las letras de neón anunciaban un cine al aire libre, la película se había suspendido, pero él sabía que todavía quedaba alguien esperando.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Por qué haces esto?</p>
<p style="text-align: justify;">-Porque me aburro en casa, ahora vete antes de que me arrepienta.</p>
<p style="text-align: justify;">Y un arrecife de coral hizo una cabriola, y una inmensa serpiente marina se alzó hasta rozar el cielo y él bajó del coche.</p>
<p style="text-align: justify;">La taxista le apremió con un gesto. Asintió y comenzó a andar, quería decir algo, añadir algo, pero no encontraba palabras.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella lo vio caminar hacia las luces, al poco las sombras y la lluvia se arremolinaron a su alrededor y pronto se desvaneció como un sueño de verano.</p>
<p style="text-align: justify;">Sonrió y se quitó las gafas oscuras, las nubes retrocedieron ante sus cuencas vacías, la tormenta dobló su poder y los rayos se perdieron antes de caer al suelo. Sus esqueléticas manos aferraron el volante hecho de sangre seca.</p>
<p style="text-align: justify;">El coche aceleró como si tuviera prisa por llegar al infierno.</p>
<p style="text-align: justify;">Llueve y es verano.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Llueve y es verano y el cine es nuevo y las luces de neón se reflejan en el mar agujereado por la lluvia, esa lluvia pegajosa, como melaza, que te moja por dentro y por fuera, que te quema cuando te toca, por dentro y por fuera.</p>
<p style="text-align: justify;">El viento comienza a hinchar las velas del barco del sol que, a duras penas, intenta navegar en el mar negro que se desangra sobre el mundo.</p>
<p style="text-align: justify;">Las nubes comienzan a deshilacharse, a convertirse en jirones que se abrazan entre sí, desesperados, hambrientos por devorar los pedazos perdidos de su ser. Las sombras de la noche buscan una luz donde descansar al fin.</p>
<p style="text-align: justify;">El joven está sentado en la playa, de cara al mar. Tiene una guitarra en las manos y un cuchillo en el corazón.</p>
<p style="text-align: justify;">La lluvia deja de caer, el cielo se quita las nubes con una mano mientras con la otra coloca al sol en su sitio.</p>
<p style="text-align: justify;">Al joven no le importa el dolor, sabe que esta vez pasará, sabe que otra vida será suficiente para olvidarla y que quedan muchas canciones por tocar, mucha gente por conocer, muchas miradas por amar.</p>
<p style="text-align: justify;">Sus manos rasgan las cuerdas y una melodía sin sentido se forma en el aire, no está atento a lo que hace, está pensando que tal vez, quizá dentro de muchos años, una tormenta le sorprenda en la playa y que tal vez un taxi amarillo surgirá de la oscuridad y frenará ante él.</p>
<p style="text-align: justify;">Y pase lo que pase, sea falso o no, sea sueño o realidad, siempre elegirá el mar.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  José Antonio Cotrina<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>La fiesta del cometa</title>
		<link>http://www.humoyespejos.com/2009/04/22/la-fiesta-del-cometa/</link>
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		<pubDate>Wed, 22 Apr 2009 03:56:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Miguel Aguilera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mundos perdidos]]></category>

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		<description><![CDATA[A la fiesta sólo es posible llegar deslizándose por un largo y curvado tobogán que tiene la forma de la cola de un cometa. Es de metal bruñido, brilla con intensidad bajo la luz de los focos del hall, y refleja las innumerables bolas plateadas que cuelgan del techo para representar las constelaciones del firmamento.
Drachenfest! [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">A la fiesta sólo es posible llegar deslizándose por un largo y curvado tobogán que tiene la forma de la cola de un cometa. Es de metal bruñido, brilla con intensidad bajo la luz de los focos del hall, y refleja las innumerables bolas plateadas que cuelgan del techo para representar las constelaciones del firmamento.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Drachenfest!</em> La Fiesta del Cometa ha empezado, y Albert espera pacientemente su turno al pie de la escalera que conduce a la boca del tobogán. En su mano derecha sujeta la invitación, una cartulina plateada que representa una estrella fugaz; al abrirla, un pequeño fuelle disimulado bajo el papel expele una breve lluvia de purpurina. Es joven, impaciente e inseguro, sus ojos saltan de la cola de personas con disfraces estrafalarios y geniales a su propio atuendo, que comparado con otros que le preceden ya no le parece tan original. Sobre un traje de t<em>weed</em>, se ha limitado a coser un centenar de icosaedros estrellados de cinco centímetros de diámetro cada uno. Están hechos de latón con agujeritos; contienen pequeñas mechas encendidas en su interior, que lanzan destellos fulgurantes cuando se mueve. Es bonito sí, pero sabe que eso no es suficiente.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>¡Es vulgar!</em>, piensa con horror, y la palabra se dibuja en su mente como una carcasa de fuegos artificiales que se va apagando poco a poco. &#8220;Vulgar&#8221;; la palabra más detestable para ser pronunciada dentro de los muros de la escuela de La Bauhaus.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>No, </em>comprende, <em>hay palabras peores, mucho peores, que esa. Palabras que manchan tanto que es preciso lavarlas con sangre</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Al fin llega su turno. Una chica disfrazada de Selene abre su invitación (nubecilla de purpurina), se la devuelve y le señala la escalera de metal. Albert trepa por ella, los icosaedros de latón golpean rítmicamente contra los escalones tubulares, y el sonido hace que Selene se gire intrigada. Él le sonríe, feliz de haber llamado su atención. Llega arriba. La boca del tobogán da un poco de miedo; se desliza recta hacia abajo durante unos metros, y luego se dobla hacia la derecha, y se desvanece en la oscuridad.</p>
<p style="text-align: justify;">Un auxiliar le dice que se tumbe boca arriba con los brazos pegados al cuerpo. Lo empuja, y Albert recorre el tobogán en unos segundos. Sus pies aterrizan sobre el mullido césped del campo deportivo situado junto a la escuela.</p>
<p style="text-align: justify;">Camina en medio de la noche iluminada con centenares de farolillos dejados en el suelo, que están rodeados de insectos que zumban y revolotean atraídos inexorablemente hacia la claridad. Cuadrados de verdes parcelas, hileras de robles engarrafados sobre las piedras grises, rastrojos y encinas, y una fuente en la que flotan flores acuáticas. A su espalda quedan las luminosas cristaleras de la fachada Sur del edificio de La Bauhaus de Dessau, una admirable modulación de cubos entrelazados e interrelacionados, con paredes de cristal y hormigón que dibujan asombrosas perspectivas.</p>
<p style="text-align: justify;">Gentes de todas las condiciones sociales deambulan a su alrededor ataviados con atuendos astronómicos y astrológicos. Pero no hay nada ni remotamente parecido a los disfraces diseñados en la propia escuela, que conscientemente evitan ajustarse a la forma humana e intentan ser monstruosos o estrafalarios, pero siempre llenos de colores.</p>
<p style="text-align: justify;">Las conversaciones y las risas de sonido cristalino fluyen como corrientes de sangre que se mezclan y disuelven mientras Albert cruza entre ellos como un solitario glóbulo blanco. Los grillos fragmentan la noche con un ritmo acompasado semejante al entrechocar de las espadas. Una cálida y alegre voz de mujer murmura a su lado:</p>
<p style="text-align: justify;">-Una noche maravillosa, ¿no crees?</p>
<p style="text-align: justify;">Albert se vuelve y tiene que contener una exclamación. La mujer es radiante; su esbelta y refinada figura tiene un aire luminoso. Es intensamente rubia, y el brillo platino de sus cabellos sobresale por encima de los destellos del aderezo de brillantes que representa notas musicales. Viste un corpiño de charol negro, ajustado como una segunda piel, y con un generoso escote que deja ver la bronceada tersura de sus senos. Las líneas plateadas de un pentagrama se enrollan alrededor de su estrecha cintura, salpicadas de corcheas y semicorcheas hechas con lentejuelas, que danzan alrededor de su cuerpo. Complementa su vestuario con un ceñido pantalón corto de cuero negro que le queda al ras de las nalgas, un cinturón cubierto de brillantes, y un pañuelo de muselina azul que flota detrás ella como si estuviera hecho de humo.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert se lleva la mano al corazón y finge que está teniendo un ataque.</p>
<p style="text-align: justify;">-Me sorprendiste -dice-&#8230; ¿Nos conocemos?&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Y se muerde la lengua apenas ha dicho esto. ¿Qué clase de pregunta es esa cuando tienes delante a una mujer como aquella que intenta entablar una conversación?</p>
<p style="text-align: justify;">-Perdona, quiero decir que&#8230; -empieza él a disculparse, pero no se le ocurre nada. Lo cierto es que el rostro de la muchacha le resulta familiar, pero, ¿quién es?</p>
<p style="text-align: justify;">-No habíamos hablado nunca -reconoce ella-, pero siempre te sientas en primera fila en la clase de Natural. Aunque últimamente ya no te veo por allí.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Claro! -exclama Albert, porque al fin se ha iluminado la lucecita en su mente- ¡Eres la modelo! Perdona, no te había reconocido&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Esta vez se detiene antes de decir una inconveniencia, pero es ella la que completa la frase, añadiendo de regalo una mueca pícara a su rostro:</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Vestida?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, eh&#8230; quiero decir&#8230; Es asombroso, estás increíble con ese disfraz de&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-La Música de las Esferas.</p>
<p style="text-align: justify;">-La &#8220;música de las esferas&#8221;, claro. -Albert se aparta un mechón de pelo rubio de la frente-. Muy bonito.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y eso que llevas tú son&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Icosaedros estrellados. Siempre me han gustado, porque ya ves que son estrellas tridimensionales&#8230; Dentro metí unas mechas encendidas, no sé si te has fijado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, muy original. Por cierto, me llamo Helene. No te acordabas, ¿verdad?</p>
<p style="text-align: justify;">-Soy un desastre. Lo siento. En fin, creo que tú ya sabes que yo soy&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Albert, dime una cosa; ¿por qué dejaste de asistir a la clase de Natural?</p>
<p style="text-align: justify;">Él se queda mirando a la chica y se esfuerza por que sus ojos no desciendan más allá de su cuello, aunque la tentación del corpiño negro reluciente y los pechos rebosando sobre la amplia curva del escote es inmensa. Que extraña le resulta esta excitación que siente ahora cuando la ha visto posando desnuda infinidad de veces. La mente humana es a veces indescifrable, pero el cerebro es siempre el principal órgano sexual.</p>
<p style="text-align: justify;">-Dejó de interesarme el figurativismo -dice-. Todo cuanto existe está amenazado por la destrucción. El mundo ya estaba en ruinas mucho antes de la Gran Guerra, así que la misión del artista es crear un nuevo orden a partir de los escombros&#8230; Es necesario imaginar una realidad alternativa, porque esta en la que vivimos agoniza.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella lo mira ladeando un poco la cabeza. Sonríe.</p>
<p style="text-align: justify;">-Que pena, me gustaba cuando me dibujabas -entonces, como llevada de un impulso, se coge a su brazo y apoya la mejilla en el hombro de Albert. Las notas musicales de cristal de roca tintinean al entrechocar con los icosaedros de latón-. Quizá logre convencerte de que vuelvas a hacerlo algún día.</p>
<p style="text-align: justify;">-Algún día -asiente él.</p>
<p style="text-align: justify;">Helene se vuelve hacia el centro del jardín y observa el revuelo que se está produciendo entre la gente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Oye, parece que Walter Gropius ya va a hablar -dice-; ¿quieres que vayamos a escucharlo juntos?</p>
<p style="text-align: justify;">Él asiente y empiezan a caminar así cogidos hacia el centro del jardín. Una cálida brisa evapora las esencias de las damas de noche y los jazmineros. El cielo está cuajado de puntos luminosos. En un momento, una enorme estrella fugaz cruza la oscuridad sin darles tiempo siquiera a señalar el sitio por donde ha desaparecido. Se cruzan con una pareja de amantes que se escabullen hacia la masa de árboles oscuros. Sus cuerpos se desploman sobre la alfombra de césped, iluminados por la luz anaranjada de los reflectores. La excitación aletea en el vientre de Albert, pero sabe que tiene un compromiso previo que no va a poder eludir. Para él esta es una noche de sangre, no de amor.</p>
<p style="text-align: justify;">En el centro del prado, la multitud está quieta, atenta a la llegada de las personalidades, creciendo en diámetro a medida que van incorporándose nuevos anillos de gente desde el tobogán. Albert y la chica se quedan mirando desde las rocas, oliendo a pasto seco. Poniéndose de puntillas puede ver a Kandinsky, que va disfrazado de antena de radio. Junto a él, Johannes Itten va de engendro amorfo, es imposible describir su apariencia, y basta con apartar la vista un momento para olvidar los complejos detalles que configuran su atuendo. Un poco más lejos, Lyonel Feininger pasea, impresionante con su aparatoso disfraz que consiste en dos enormes triángulos rectángulos chocando, y saluda a Moholy-Nagy, que va de segmento rectilíneo atravesado por una cruz. Al fondo, Muche es un apóstol harapiento y Paul Klee una encina azul partida por la mitad.</p>
<p style="text-align: justify;">El director de la escuela, Walter Gropius, va disfrazado de Le Corbusier. Camina hasta el centro del círculo de personas y hace la tradicional lectura del manifiesto.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡El último fin de toda actividad plástica es la arquitectura! -empieza.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert escucha en silencio el manifiesto, absorbiendo cada palabra, que no por conocidas le parecen menos impresionantes. El manifiesto de La Bauhaus es un grito para la unidad, la colaboración, la integridad y la reintegración de los artistas y los artesanos. Afirma que el Estado de la Armonía se ha perdido por la división del trabajo causada por la producción en masa y la guerra mundial, hechos que el discurso de Gropius conecta con la mecanización imperante que anula al individuo. Culpa también a las barreras que ha levantado la intelectualidad entre las Bellas Artes y las Artes Aplicadas.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Formemos pues un nuevo gremio de artesanos sin las pretensiones clasistas que pretendan erigir una arrogante barrera entre artesanos y artistas! -exclama-. Deseemos, proyectemos, creemos todos juntos la nueva estructura del futuro, en que todo constituirá un solo conjunto, arquitectura, plástica, pintura y que un día se elevará hacia el cielo de las manos de millones de artífices como símbolo cristalino de una nueva fe.</p>
<p style="text-align: justify;">Estás últimas palabras son respondidas con una cerrada ovación, a la que Albert y Helene también se suman con entusiasmo. Pero después la expresión del muchacho se vuelve taciturna, como si una nube hubiera eclipsado su rostro. Mira la hora en su reloj de bolsillo y comprueba que ha llegado el momento que tanto ha temido.</p>
<p style="text-align: justify;">-Me tengo que ir -le dice a Helene con pesar.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Ya? Pero si aun es muy pronto. La fiesta no ha hecho más que empezar&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Ya lo sé, pero tengo que atender cierto asunto&#8230; Lo siento, pero no puedo decirte más. Si me da tiempo, regresaré, espero volver a encontrarte.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella extiende la mano y le toca el brazo que sujeta el reloj.</p>
<p style="text-align: justify;">-Quédate conmigo&#8230; toda la noche -le dice con una voz llena de promesas.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero Albert tiene sinuosos glóbulos sangrientos flotando frente a sus ojos, recordándole cual es su misión esa noche. Se los frota con los dedos y musita:</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo siento, Helene. Pero es mi honor lo que está en juego. Y tú no puedes acompañarme adonde tengo que ir ahora.</p>
<p style="text-align: justify;">Se aleja de ella dando grandes pasos en dirección a la calle que lleva hacia el centro de Dessau. No mira atrás. Y entonces alguien le sale al paso. Albert reconoce a su profesor, Georg Muche, con su disfraz de apóstol desaseado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Espera, lo que vas a hacer es una locura -le dice, acercándose mucho a él.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert se aparta un poco. Desde que Muche ingresara en la secta mazdeísta, no se lava mucho. Lleva la cabeza afeitada, viste túnicas largas, y sigue una estricta dieta vegetariana con grandes cantidades de ajo purificador que ahora exhala con su aliento.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo siento, profesor, pero esto no es asunto suyo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Por supuesto que lo es. ¿Te crees que no conozco cual es el origen de todo esto?  Te vi cuando les hacías frente a aquellos muchachos de Berlín-Charlottenburg. Y lo hiciste para defenderme a mí, ¿no es así?</p>
<p style="text-align: justify;">Muche había ido a Berlín a dar una clase magistral en la en la Escuela Técnica Superior de Berlin-Charlottenburg. Allí fue abucheado por varios alumnos de arquitectura que lo llamaron &#8220;perro judío&#8221; y luego le arrojaron huevos podridos.</p>
<p style="text-align: justify;">-No lo hago por usted, profesor Muche, sino por el honor de La Bauhaus. También dijeron que la escuela era un &#8220;nido de comunistas&#8221;&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y qué? ¿Qué importancia tiene eso? ¿De verdad crees que vas a demostrar algo enfrentándote ahora con esos gamberros?  No te pongas a su altura. Recuerda que la violencia nunca soluciona nada.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert se sintió pinchado por aquella afirmación y entonces fue él quien se acercó a Muche. El intenso olor a ajo le llegaba en oleadas con su aliento.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso es un sofisma, profesor.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿De verdad lo crees? ¿Cual fue el beneficio de la Gran Guerra? No sólo para nosotros, los alemanes que fuimos derrotados, sino para los ingleses y los franceses, dime, ¿qué sacaron ellos en claro de tantos millones de muertos y una Europa en ruinas?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y cual cree que debe ser la respuesta ante la violencia? ¿Cruzarse de brazos? ¿Y si en vez de insultos y huevos podridos aparecen esta noche con palos, cuchillos y armas de fuego?&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Albert lo ha dicho como una posibilidad, para no provocar el pánico en la Fiesta del Cometa, pero lo cierto es que los estudiantes de Berlin-Charlottenburg le han prometido que harán exactamente eso si esta noche no acude él a la cita.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué debemos hacer entonces? -sigue diciendo-. ¿Correr? ¿Escondernos? Al final a todos los que corren se les acaban los sitios dónde esconderse.</p>
<p style="text-align: justify;">-Llamar a la policía.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿La policía? -Albert suelta una risita-. La policía no vendrá. La mayoría están afiliados al NSDAP, y no vendrán a defender un &#8220;nido de comunistas&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">-Esto es sólo una chiquillería -insiste Muche.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo no lo creo así. Verá, profesor, ahora soy un estudiante de La Bauhaus, es verdad, pero también pertenezco a una familia tradicional de Westerwald en la que se da una gran importancia a la defensa del honor agraviado. Y lo siento mucho, pero no puedo olvidar todo lo que he aprendido desde niño.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert se da la vuelta y empieza a alejarse por la calle de Dessau. Muche se queda plantado allí donde está, y cuando el muchacho se ha alejado unos pasos le grita:</p>
<p style="text-align: justify;">-De acuerdo, Albert, pero no digas que vas por mí o por la escuela. Es la misma semilla de violencia que está en esos chicos la que ahora te empuja a ti.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert no le hace ningún caso y sigue caminando. Mientras avanza por una húmeda calle empedrada, que discurre paralela al río Mulde, se va arrancando uno a uno los icosaedros de latón y los va dejando caer sobre los adoquines. Detrás de él brilla una estela de puntos luminosos. Los bloques de viviendas son tan impersonales como los de cualquier ciudad del mundo. El perfume de las damas de noche se mezcla con el monóxido de carbono de algunos automóviles que atraviesan las enjutas calles de Dessau.</p>
<p style="text-align: justify;">Llega al barrio Wallenstein, dónde se concentra la vida nocturna de la ciudad. Ahora nada entre en la corriente humana que circula entre los bares abiertos. Las aceras están cortadas por largas mesas de madera repletas de clientes felices que hacen entrechocar sus jarras de cerveza. Los puestos despiden un olor apetitoso a carne hervida aromatizada con mostaza y rábano picante. Escrito con tiza en una tabla frente a la puerta de uno de estos locales, se puede leer el precio de una cena completa: sólo un millón ochocientos mil marcos. Es muy barato, así que no es raro que las mesas estén llenas.</p>
<p style="text-align: justify;">Unos muchachos interpretan una canción popular en el centro de la plaza, sus voces varoniles resuenan contra las paredes de los edificios circundantes. Llevan atuendos tradicionales, y en sus brazos lucen unos llamativos brazaletes rojos en cuyo centro hay un círculo blanco con una espiral negra. Son miembros del NSDAP, claro, y Albert se maravilla de cómo un antiguo partido obrero se ha transformado en algo completamente nuevo al incorporar el nacionalismo a su ideología.</p>
<p style="text-align: justify;">La canción es hermosa y habla de cosas que tocan el corazón de la gente que pasa; del amor a la tierra, de las profundas raíces de los hombres que pertenecen a aquella nación, de los campesinos y las mujeres, de los niños que son la esperanza del futuro. Ve lágrimas en los ojos de un hombre que está plantado escuchando atentamente. Cuando los muchachos concluyen su canción, arranca a aplaudir con fervor, igual que otros muchos que han acudido a la plaza atraídos por sus voces.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>El nacionalismo es una fuerza poderosa</em>, piensa Albert, admirado y también un poco emocionado por la espontánea reacción de la gente. Tanto o más que la religión, pues esta puede ser inculcada u olvidada; pero la propia nación y sus tradiciones, la raza, lo que hace de un hombre alemán diferente de cualquier otro hombre de la Tierra, ese es un sentimiento puro e inalterable, que permanece en el corazón humano desde la cuna hasta la muerte, y no hay fuerza humana capaz de arrancarlo. Incluso si una nación ha sido aplastada, dominada por otras naciones, destrozada por la más cruel de las guerras, o injustamente humillada por los vencedores como sucedió con Alemania, incluso entonces, el nacionalismo es un sentimiento que trasciende y le da al oprimido, al sometido, al mediocre, una excusa para el orgullo frente al Otro.</p>
<p style="text-align: justify;">En La Bauhaus se enseña que la religión y el nacionalismo son sentimientos irracionales, que provienen de la infancia de la humanidad, del miedo y el oscurantismo de los hombres asustados ante un Universo que no comprenden. Albert no lo cree así.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>El nacionalismo es mucho más fuerte que la religión</em>, piensa. <em>Mucho más</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Llega frente a una casa de dos plantas. En la de abajo hay una cantina abarrotada de humo y muchachos que beben, fuman y cantan ajenos a cualquier preocupación. Por sus uniformes y sus gorritas se puede ver que la mayoría son estudiantes de la Escuela Técnica Superior. En el piso de arriba las ventanas relucen iluminadas por la luz amarillenta de las velas. Las negras y retorcidas siluetas de unas extrañas criaturas, danzan macabramente junto a los cristales. Con un estremecimiento, Albert las observa con atención. Parecen pájaros surgidos de una pesadilla goyesca; puede ver sus picos cortos y puntiagudos, sus ojos bulbosos, y sus cuellos anormalmente gruesos.</p>
<p style="text-align: justify;">Retrocede un paso y, por un instante, se plantea la posibilidad de alejarse de allí, regresar a la Fiesta de los Cometas, y olvidarlo todo. Nadie en La Bauhaus va a enterarse nunca de nada; y esos son sus compañeros, los que tienen que importarle de verdad, y no las criaturas de perfil demoníaco que ahora danzan en el piso superior.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>No digas que vas por mí o por la escuela</em>, le había dicho Muche. Y ahora es tentador volver con los cometas en vez de meterse de cabeza en aquel nido de aves de rapiña. Retrocede otro paso y siente la presencia de una persona a su espalda. Se vuelve. Es un hombre no muy alto, con un traje pasado de moda y unos impresionantes bigotes de puntas enrolladas. Mira asombrado las siluetas que se reflejan en las ventanas, y dice:</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Mensur?</p>
<p style="text-align: justify;">Su voz es femenina y perfectamente reconocible para Albert.</p>
<p style="text-align: justify;">-Helene, ¿qué haces así vestida?</p>
<p style="text-align: justify;">Ella sonríe y retuerce la punta de su bigote postizo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Soy Karl Schwarzschild. Le cambié el disfraz a László Moholy.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿László Moholy? ¿Él está ahora vestido con lo que tú llevabas? -se asombró.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, y está encantado. Dime, eso de ahí arriba, ¿es Mensur?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, es Mensur -dice Albert de mala gana, mientras rebusca entre los cubos de basura, en un hueco pegado a la pared del edificio. Levanta una bolsa de cuero negro sujetándola por las correas que la cierran. La escondió allí la noche anterior-. Deberías regresar a la escuela; ahí arriba no se admiten mujeres.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Te parezco una mujer ahora? -dice ella extendiendo los brazos y girando sobre sí misma con una gracia inequívocamente femenina.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí. Y no quiero que conviertas esto en una payasada.</p>
<p style="text-align: justify;">-Venga, ahí arriba parece que está bastante oscuro y lleno de humo de tabaco. Seguro que nadie se fija en mí. Y necesitas un padrino. ¿Tienes un padrino?</p>
<p style="text-align: justify;">-No -admite-. Pero seguro que alguno de los muchachos se ofrecerá.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Quieres que un estudiante de Berlin-Charlottenburg sea tu padrino?</p>
<p style="text-align: justify;">Albert se ha cansado de discutir. Entra en la taberna con la bolsa de cuero bajo el brazo y el bigotudo Karl Schwarzschild lo sigue de cerca. Entre los dos tienen que apartar a los borrachos, que insisten en invitarlos a un trago, para poder llegar a las escaleras que están situadas al fondo, junto a la barra repleta de vasos y encharcada de licor.</p>
<p style="text-align: justify;">El piso superior está lleno de humo, como Helene había predicho, y Albert siente que lo invade la ansiedad. Por un instante se le desenfoca la visión, pero poco a poco sus ojos se van acostumbrando a la luz incierta y rojiza de las velas, y aparece una gran habitación en la semipenumbra, las paredes decoradas con papel pintado. En el suelo no hay ninguna alfombra y se ven las desparejas tablas de madera. Es un espacio diáfano, con sólo unas vigas cuadradas interceptando la visión. Las velas están prendidas en una especie de candelabros sujetos a cada lado de estas columnas.</p>
<p style="text-align: justify;">En las paredes se proyectaban las sombras, extravagantemente nubladas y distorsionadas, de dos muchachos que practicaban la esgrima. Por sus movimientos es evidente que no están luchando y que se trata sólo de un calentamiento.</p>
<p style="text-align: justify;">En el extremo opuesto a la puerta, junto a una ventana cerrada, se extiende una hilera de mesas llenas de envoltorios vacíos y las botellas de cerveza desechadas; en ellas, en sillas de respaldo bajo, hay unos veinte estudiantes que conversan animadamente. Al verlos aparecer en el umbral, sus voces se desvanecen gradualmente y los observaron solemnes. Los dos esgrimistas también interrumpen su combate simulado.</p>
<p style="text-align: justify;">Los monstruos que creyó ver desde la calle han desaparecido, pero Albert tiene la sensación de que lo han hecho sólo un instante antes de que él y Helene asomasen por la puerta, trasmutando su aspecto en el de aquellos estudiantes que ahora los miran con insolencia. Piensa que si aparta la vista sólo un momento de ellos, volverán a recuperar su verdadera naturaleza monstruosa para atacarlo.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero se sobrepone a esos temores absurdos y entra con paso decidido en la habitación. Luego pasa Helene, que cierra la puerta detrás de ella.</p>
<p style="text-align: justify;">-Me alegro de verles, caballeros -dice Albert.</p>
<p style="text-align: justify;">Uno de los esgrimistas se vuelve hacia ellos. Lleva una extraña máscara de latón que parece unas gafas de bucear con el pico de un pájaro soldado a ellas. Se la quita.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡El <em>dummer junge</em>! -exclama-. Empezaba a pensar que no ibas a venir.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ya ves que estabas equivocado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, eso parece -sonríe. Es un muchacho de unos veinte años, bastante guapo a pesar de las enormes y pálidas cicatrices que cruzan su rostro.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert cruza la habitación, mirando con cautela el enorme sable que el muchacho de las cicatrices sujeta en su mano. Helene va un paso detrás de él. Llega a la mesa donde están los sentados los estudiantes, y aparta de un manotazo algunas botellas vacías, para dejar un espacio libre en el que apoyar la bolsa de cuero.</p>
<p style="text-align: justify;">Uno de los muchachos saca una libretita bastante deteriorada, pasa varias páginas repletas de nombres hasta encontrar una vacía. Toma su pluma y pregunta:</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cómo se llama tu padrino?</p>
<p style="text-align: justify;">-Eeeh&#8230; Karl.</p>
<p style="text-align: justify;">-De acuerdo, con eso basta -dice el estudiante haciendo una anotación.</p>
<p style="text-align: justify;">Otro que parece bastante bebido suelta una risotada y dice:</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Los dos sois de La Bauhaus? ¿Les habéis dicho a vuestros profesores judíos adónde ibais? ¿Qué pensarán esta noche cuando vayan a arroparos y no os encuentren?</p>
<p style="text-align: justify;">Albert lo ignora y suelta las correas de la bolsa. En primer lugar saca unas gafas de Mensur parecidas a las que lleva su rival. Son de latón pintado de negro y parecen unas gafas de buceo que en vez de cristales lleva una malla metálica; la protección de la nariz es un largo y afilado pico que se dobla hacia abajo como un gancho.</p>
<p style="text-align: justify;">Las deja a un lado y saca la pieza más pesada del equipo, el <em>paukhosen</em>. Son unos gruesos pantalones de piel que continúan con un peto que cubre el vientre y las costillas, como una coraza medieval. El conjunto se ata a la espalda mediante correas. Albert se quita la chaqueta de <em>Tweed</em> y el chaleco, se arremanga las mangas de la camisa, y le pide a Helene que le ayude a ponérselo. Luego se enrolla alrededor del cuello una bufanda hecha con malla metálica y cuero, que le llegaba hasta la barbilla y que también se sujeta por detrás con correas. Mete la mano derecha en un guante de piel que sujeta con una cinta de seda al codo, y sobre él se pone el <em>stulp</em>, una funda de tejido acolchado. El brazo izquierdo está sin protección porque irá atado a la espalda durante el combate. Entonces se coloca las gafas de protección y Helene se queda mirándolo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tienes un aspecto verdaderamente insólito -le dice-; podrías haber ido así a la Fiesta del Cometa y no hubieras desentonado.</p>
<p style="text-align: justify;">-No creo que en La Bauhaus fuera bien visto este tipo de atuendo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Llevas el cuerpo muy protegido, pero casi todo el rostro al aire&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Esa es la idea. Fíjate en mi rival; su nombre es Ernst Schlüter.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tiene la cara llena de cicatrices.</p>
<p style="text-align: justify;">-Así es. Su familia tenía plantaciones en África antes del Armisticio, y dice que los negros no respetaban a sus amos blancos si no llevaban cicatrices en el rostro. Ernst ha combatido ya cincuenta veces; esas heridas que luce son tan codiciadas que, cuando estaban cicatrizando, se las abría de vez en cuando para verter vino tinto en ellas y que así le quedaran lo más aparatosas posible. Porque muchos piensan que el Mensur imprime carácter al joven alemán, y las cicatrices para un estudiante son algo tan deseado como las joyas para una mujer. También dicen que os resultan atractivas.</p>
<p style="text-align: justify;">-No sé yo&#8230; -dice Helene mirando dubitativa el parcheado rostro de Ernst, que también se ha equipado ya con el atuendo completo de Mensur-. ¿Cuántas veces has combatido tú?</p>
<p style="text-align: justify;">-Esta va a ser la primera -admite-. Mi deporte siempre fue el remo. Pero no te preocupes, mis dos hermanos eran devotos del Mensur, y practiqué de niño con ellos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡De niño! -exclama Helene.</p>
<p style="text-align: justify;">El árbitro se dirige entonces al centro de la sala y hace una señal llamando a los dos contendientes. Albert completa el último detalle de su atuendo, coloca el brazo izquierdo a la espalda y deja que Helene se lo ate firmemente a las correas que sujetan el peto. Después camina hacia el lugar del duelo. La adrenalina le inunda el pecho y las tripas como un calor sofocante, y se expande por sus venas hasta el último rincón de su cuerpo. Siente en los oídos el zumbido de la sangre y el lejano eco de su corazón acelerado. Pero no tiene miedo. Sólo desea que todo empiece y termine de una puta vez.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert se planta frente a Ernst. Los padrinos les entregan a cada uno de ellos una espada Stossdegen, con una enorme cazoleta con forma de cesta muy elaborada y una hoja de sección triangular de unos noventa centímetros de largo. Es mucho más pesada que las comunes espadas de esgrima con las que Albert solía entrenarse.</p>
<p style="text-align: justify;">Los dos se sitúan a la distancia del acero, de pecho a pecho, y el árbitro dibuja con una tiza un círculo en el suelo entorno a ellos. Luego dice con solemnidad:</p>
<p style="text-align: justify;">-El que sobrepase tres veces esta línea en su retirada, será considerado derrotado con vergüenza e injuria. ¡Que empiece el combate!</p>
<p style="text-align: justify;">Se retira y Albert y Ernst empiezan a girar el uno alrededor del otro, como dos grandes escorpiones encerrados en un círculo de fuego. Los brazos estirados a la altura del hombro, las piernas apenas flexionadas, los aguijones de acero apuntan hacia el adversario y siguen con precisión cada uno de sus movimientos.</p>
<p style="text-align: justify;">De repente, Ernst acomete con osadía. Se lanza a fondo con una estocada en segunda, y cierra la distancia con un paso largo con el que le gana a Albert un buen trecho de su hierro. Este para el golpe, levantando la mano y bajando el cuerpo, y contesta a su vez con una estocada en sesgo. Pero Ernst se desplaza hacia el lado contrario, con un elegante movimiento de piernas, y vuelve a colocar la punta de su Stossdegen frente al rostro de su oponente; que retrocede, pero no tanto como para salirse del círculo de tiza.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Hay belleza en esto</em>, piensa Albert, entusiasmado por haber salido con bien del primer intercambio de golpes, con los sentidos acelerados por la adrenalina.</p>
<p style="text-align: justify;">Siguen girando el uno alrededor del otro. Los cuerpos y las agujas de acero que sujetan al extremo de sus brazos libres dibujan ángulos y secantes que se inscriben en círculos dentro de círculos. La espada es una línea que consta de un número infinito de puntos, que al desplazarse deja un rastro formado por un número infinito de líneas, y que atraviesa el espacio finito en un tiempo infinitamente divisible, pero no infinito, porque la infinitud está encerrada dentro de los sólidos confines de un círculo de tiza.</p>
<p style="text-align: justify;">Las puntas de las espadas siempre están zumbando cerca de uno y otro rostro. A veces rasgan la piel y salta la sangre, pero son heridas superficiales y el combate no se detiene por ellas. De repente, Ernst se lanza a un fondo extremo. Es una maniobra temeraria que puede tener mucho alcance y fuerza, pero en la que, a la vez, es difícil mantener el control. Y allí encuentra Albert su oportunidad. Y la aprovecha.</p>
<p style="text-align: justify;">Con grácil compás abandona la línea de su enemigo y con el propio desplazamiento, impulsando el brazo con la fuerza del movimiento de todo su cuerpo, lo alcanza de pleno el rostro, y le abre un profundo tajo sangriento en el pómulo izquierdo.</p>
<p style="text-align: justify;">El combate se detiene. El árbitro se acerca para inspeccionar la herida.</p>
<p style="text-align: justify;">Es difícil describir cómo se siente Albert, allí plantado, respirando pesadamente, con la espada manchada con la sangre de su enemigo bien sujeta en la mano. Mira alrededor. Los estudiantes de Berlin-Charlottenburg se han puesto en pie y en sus ojos hay un nuevo respeto. Ya no es el <em>dummer junge</em>, el joven estúpido que entró un momento antes en la sala. Helene también lo mira de un modo que a él le parece distinto.</p>
<p style="text-align: justify;">Y le gusta.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert siempre ha sido un joven introvertido y nunca ha sido demasiado feliz. Sólo una vez sintió algo parecido a lo que siente ahora; fue durante unas vacaciones con su familia en los Alpes austriacos, le gustaba alejarse para trepar él solo a una cumbre. Su padre se lo había prohibido terminantemente, porque era peligroso, pero Albert pensaba que el paisaje valía la pena. Cuando las condiciones climáticas eran buenas, y la niebla se despejaba, podía asomarse al abismo y divisar a una distancia enorme. Veía el valle lleno de casitas diminutas como granos de sal, y pensaba en la gente que vivían sus vidas en el interior de aquellas minúsculas partículas. Vidas vacías y sin sentido, que él podía abarcar de un vistazo, como haría Zeus desde lo alto del monte Olimpo.</p>
<p style="text-align: justify;">Ernst Schlüter aparta de un manotazo a su padrino y al árbitro. Un joven estudiante de medicina también ha acudido para inspeccionar la herida en su pómulo y lo empuja también.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Voy a seguir! -grita-. ¡El combate sigue!</p>
<p style="text-align: justify;">-Tienes un corte de &#8220;dos pieles&#8221; -le dice el árbitro-. Hay que parar.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡No! -exclama fuera de sí, y se vuelve hacia Albert-. Venga, ¡en guardia!</p>
<p style="text-align: justify;">Albert regresa al interior del círculo de tiza, y el Mensur se reanuda. El pómulo de Ernst sangra abundantemente, pero esto no parece importarle en absoluto al estudiante de Berlin-Charlottenburg. Vuelve a tomar la iniciativa y se lanza a un nuevo y salvaje ataque. Albert se defiende como puede, sorprendido por la repentina energía de su enemigo, al que creía derrotado. Se produce un rápido intercambio de golpes de acero que resuenan como un repiqueteo. Tac, tac, tac&#8230; A derecha e izquierda. Fulgurantes.</p>
<p style="text-align: justify;">Ernst se cierra en estocadas estrechas, rápidas, que obligan a Albert a repararse con cuidado hasta casi tocar con sus talones el límite de tiza. A pesar de todo, intenta mantener el ángulo recto, moviendo el brazo según las evoluciones de la espada de su adversario, subiendo, bajando y flexionándose cuando es necesario para cubrirse de las estocadas que le lanza sin descanso, con los sentidos aguzados para responder a su ataque y encontrar el hueco deseado para hacer el movimiento de conclusión. Astutamente, Ernst le ofrece falsas oportunidades de penetrar su guardia, todas encierran una trampa en la que Albert no cae. La sangre del pómulo salpica gotitas en todas direcciones, mientras Ernst se mueve frenético. Los dientes apretados. Los ojos llenos de odio.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert, abstraído por completo de todas las demás cosas que lo rodean, observa la geometría cambiante que es el cuerpo de su adversario; las combinaciones de brazo, espada y piernas, trazan nuevos ángulos a cada instante, que dibujan en su mente una maraña de líneas luminosas, que se cruzan, inscriben, e intersecaban. Si quiere salir victorioso, debe encontrar un camino a través de toda aquella maleza de posibilidades.</p>
<p style="text-align: justify;">De repente ve una posibilidad que le parece sincera, y le lanza una estramazón directa entre los ojos y el nacimiento del pelo. Un ataque casi imparable que, sin embargo, Ernst detiene en tercera alta, levantando la espada y bajando el cuerpo. A continuación responde, cerrando distancia con un paso grande, y asestando una profunda estocada en segunda. Albert la desvía con la cazoleta, al tiempo que finta para ponerse fuera de su alcance. Pero es una treta. Ernst lo está esperando justamente allí, y contesta tirando a fondo una estocada en cuarta que sitúa la aguzada punta de su Stossdegen en la barbilla de Albert. El acero penetra la carne y tropieza con el hueso, y el movimiento continúa rasgando piel y músculo, araña el tejido óseo y dibuja un profundo surco a lo largo de la mandíbula, hasta casi tocar la oreja izquierda.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert siente un estallido de dolor tan intenso que las rodillas se le doblan y cae al suelo. Caballerosamente, Ernst retrocede un paso. Helene llega junto a él antes que el árbitro, y le sujeta la cabeza para que esta no golpee contra las tablas del suelo. La mira con los ojos enturbiados por la conmoción, y se fija en que el bigote postizo está medio desprendido. El dolor le impide pensar con claridad, pero extiende la mano y presiona el labio de la chica para volver a fijar su disfraz.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es una herida grave -oye decir al árbitro-. Voy a detener el combate.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, sí, pare esto de una vez -dice Helene.</p>
<p style="text-align: justify;">Con un esfuerzo sobrehumano, Albert intenta ponerse en pie. Se sujeta al brazo de la chica disfrazada para enderezar las rodillas. Está mareado y tiene ganas de vomitar, pero se sobrepone a todo y logra decir:</p>
<p style="text-align: justify;">-No, no ha acabado. Quiero seguir&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Le cuesta mantener los ojos abiertos. El dolor es como una sucesión de deslumbrantes estallidos de luz frente a sus ojos. Parpadea, aspira hondo, y se vuelve hacia un lado para vomitar sobre las tablas del suelo empapadas de sangre.</p>
<p style="text-align: justify;">-No -dice alguien con firmeza-. Es suficiente.</p>
<p style="text-align: justify;">Albert se vuelve hacia el que ha hablado. Ernst Schlüter sujeta un pañuelo empapado de rojo contra su pómulo, y añade:</p>
<p style="text-align: justify;">-Has demostrado tu valor sobradamente y has combatido con honor. Reconozco mi falta de razón al insultarte. Retiro todo lo que dije sobre tu escuela y tus profesores, y te saludo como saluda un caballero alemán a otro.</p>
<p style="text-align: justify;">Ernst coloca la espada vertical frente a su rostro, inclina la cabeza respetuosamente, y da un seco taconazo. Luego sale del círculo de tiza y se deja caer en una silla para que le cosan la herida del pómulo.</p>
<p style="text-align: justify;">Otro estudiante de medicina se acerca a Albert y estudia el profundo corte en su mandíbula. Le aplica una gasa empapada de antiséptico y dice:</p>
<p style="text-align: justify;">-La herida ha afectado al hueso, es mejor que vayas al hospital para que te curen. Pregunta por Schweitzer, es compañero mío y está de guardia esta noche. Te atenderá sin hacer demasiadas preguntas. ¿Quieres que te acompañe alguno de nosotros?</p>
<p style="text-align: justify;">-No -dice Helene-, yo lo llevaré al hospital.</p>
<p style="text-align: justify;">El estudiante de medicina fija la vista durante un momento en el incongruente bigote postizo de la mujer. Su mirada está cargada de sospecha, pero se encoge de hombros y se vuelve hacia el herido. Saca una libretita y le pregunta:</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cual es tu nombre completo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Albert&#8230; -dice él con un hilillo de voz-. Albert Speer.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo anota y firma debajo. Después lo arranca y se lo entrega a Helene.</p>
<p style="text-align: justify;">-Recuerda -le dice-, pregunta por Schweitzer nada más llegar.</p>
<p style="text-align: justify;">-Así lo haré -dice ella tras guardar la nota.</p>
<p style="text-align: justify;">Los dos bajan las escaleras y salen a la calle. Albert va apoyado en el hombro de Helene. La noche se ha estropeado; unos densos nubarrones han ocultado las estrellas y una lluvia turbia y polvorienta ha vuelto resbaladizos los adoquines de la calle Wallenstein. Tienen que caminar con cuidad en dirección al hospital.</p>
<p style="text-align: justify;">-Me pregunto lo que dirán en la escuela de tu herida -murmura Helene.</p>
<p style="text-align: justify;">A Albert Speer eso ya no le importa en absoluto. Pero no dice nada. A pesar del dolor, o quizá gracias a él y las endorfinas que ha liberado en su torrente sanguíneo, contempla el camino ante él con una asombrosa claridad.</p>
<p style="text-align: justify;">Recuerda las palabras de su padre cuando le dijo en una ocasión que la vida de los hombres casi siempre discurren por un trayecto prefijado desde el nacimiento, como las vías de un tren. No hay posibilidad de variar la dirección. Nada más desolador que vivir esa existencia mezquina, mientras las penas te envejecen y te conviertes en títere de la rutina, sin encontrar más consuelo para el tedio que la esperanza final en Dios.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Pero, a veces, muy raramente, pero sucede en ocasiones, te encuentras con un cambio de agujas. Un momento decisivo en tu vida en el que puedes hacer que todo cambie.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Y Albert siente que está en uno de eso momentos.</p>
<p style="text-align: justify;">
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Juan Miguel Aguilera<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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