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	<title>El resto es silencio &#187; Tiempo y espacio</title>
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		<title>La pared de hielo</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Sep 2009 07:46:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>César Mallorquí</dc:creator>
				<category><![CDATA[Tiempo y espacio]]></category>

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		<description><![CDATA[Mientras escribo esto y el mundo se desmorona a mi alrededor, me sorprendo a mi mismo pensando de nuevo en Helena, recordando la belleza infinita de su cara, deslizándome por sus rizos de avena y suspirando por la tibia calidez de su piel blanca como la leche.
Helena&#8230; Pronunciar tu nombre es sufrir un dolor deseado. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mientras escribo esto y el mundo se desmorona a mi alrededor, me sorprendo a mi mismo pensando de nuevo en Helena, recordando la belleza infinita de su cara, deslizándome por sus rizos de avena y suspirando por la tibia calidez de su piel blanca como la leche.</p>
<p style="text-align: justify;">Helena&#8230; Pronunciar tu nombre es sufrir un dolor deseado. Helena Maíz, Helena Arroz, Helena Avena&#8230; Te amo hasta perder el aliento, y saber que no existes, que nunca has existido, me acerca tanto a la muerte como el bálsamo de tu recuerdo a la vida.</p>
<p style="text-align: justify;">He de controlarme, debo aplicar las técnicas de yoga que me enseñó, triste ironía, el propio Nanda. ¡El mismísimo Dios!</p>
<p style="text-align: justify;">Respiración baja, respiración media. Adopto la postura padmasana e intento enfocar mi mente en un lugar vacío, oscuro y distante.</p>
<p style="text-align: justify;">Y allí está Helena esperándome.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Dios! Vuelvo a sentir hambre. Esto no funciona, estoy al borde de otro ataque. Abro el paquete y contemplo el frasco lleno de cápsulas que me entregó Martín, advirtiéndome:</p>
<p style="text-align: justify;">-Ten cuidado. Esta droga te aliviará. Pero al mismo tiempo destruirá en cada toma millones de tus neuronas. No abuses de ella, o acabarás convertido en un vegetal.</p>
<p style="text-align: justify;">Es para reírse, en cualquier caso acabaré convertido en un vegetal. La droga me la dio Martín tan solo cinco semanas antes de suicidarse. Lo encontraron en su casa, tenía la mano izquierda y los pies atravesados por clavos de quince centímetros. El mismo se había clavado al suelo. No sé por qué lo hizo. Quizá el dolor le permitió olvidarse de Nanda, el dios tirano. Quién sabe. El caso es que estaba allí, grapado al suelo en mitad de un charco de sangre, delante de un televisor chispeante de estática. En su video encontraron la cinta que había estado viendo mientras agonizaba. Era una grabación familiar con imágenes felices de su mujer y su hijito de seis años. Ambos habían muerto en la Primera Revuelta Sagrada. Les mataron, sencillamente porque fueron sorprendidos en una iglesia rezando a Cristo. Martín nunca pudo superarlo.</p>
<p style="text-align: justify;">Me he tomado cinco cápsulas. No debería hacerlo; ya desde la primera ocasión comprobé sus atroces efectos: la droga hizo que me olvidara de mi pie derecho. Oh, sí. Está ahí, como siempre. Lo veo, es un pie normal y sano. Pero no puedo recordarlo, la droga lo borró de mi memoria. Así que ahora cojeo porque no puedo acordarme de lo que hay en el extremo de mi pierna. ¿De qué me olvidaré esta vez?</p>
<p style="text-align: justify;">Pero es un riesgo necesario. No puedo permitirme otro ataque, seguir amando a Helena es un lujo que no puedo consentir. En mi primer ataque&#8230; Oh, Nanda traidor. Fue tan ridículo. El médico no lo podía creer, y eso que en aquel momento vivía un infierno absurdo en un hospital abarrotado de maniacos religiosos. Me ingresaron en coma, inconsciente. Tenía el estómago abultado por las dieciséis cajas de cereales que había devorado.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cómo puede alguien comerse más de ocho kilos de cereales? -me preguntó asombrado el buen doctor.</p>
<p style="text-align: justify;">Me acababan de lavar el estómago, estaba muy débil,. ¿Cómo podía explicarle que lo había hecho por amor, por Helena?</p>
<p style="text-align: justify;">El médico no lo entendió, pero no hay que culparle por ello. Murió poco después, descuartizado a manos de un fanático seguidor de Nanda, el dios.</p>
<p style="text-align: justify;">La droga ha hecho efecto. Poco a poco mi pasión por Helena se ha ido difuminando hasta no ser más que un eco, una leve pulsión imprecisa. Pero, ¿qué más se ha ido, que recuerdos se han borrado para siempre de mi memoria? Hago un rápido repaso mental, y nada extraño encuentro, todo parece ocupar su sitio, como la vajilla de Copeland que mi madre colocaba en una alacena de caoba y latón. Los platos de postre son mi primera infancia, las fuentes delimitan mi juventud en la universidad, la salsera es mi primera noche de amor con aquella chica fresca y descarada que conocí en la playa. Y&#8230; Sí, hay algo que he olvidado.</p>
<p style="text-align: justify;">No recuerdo mi nombre, ignoro cómo me llamo.</p>
<p style="text-align: justify;">Me lo tomo con calma. Después de todo, olvidar un nombre no es peor que olvidar un pie. Aunque ahora me viene a la cabeza una historia: según me contaron, los indígenas de las Célebes creen que si alguien escribe el nombre de una persona, puede con ello llevarse su alma. Según ellos, alma y nombre son la misma cosa.</p>
<p style="text-align: justify;">Podría pensar que perdiendo mi nombre, he perdido también el alma, si no fuera porque el alma la perdí el día que firmé un contrato con GenCorp, la compañía transnacional que desató el infierno sobre la Tierra.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Como me llamo? Que importa.</p>
<p style="text-align: justify;">Llamadme (?). Ahora soy una gran interrogación.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Pero, acaso no lo somos todos?</p>
<p style="text-align: justify;">La pluma se me ha caído. Contemplo mi mano derecha y veo cinco tubos de carne como gusanos sonrosados. ¿Qué son? Por unos segundos siento pánico. Intento calmarme. Miro mi mano izquierda y veo los dedos. Recuerdo los cinco dedos de mi mano izquierda, siempre han estado ahí, y supongo que los cilindros de carne que penden de mi mano derecha son, también, dedos. Pero no estoy seguro, y en cualquier caso, he olvidado cómo se usan.</p>
<p style="text-align: justify;">Continuo pulsando las teclas del ordenador con la mano izquierda. Es más lento, pero da igual. Sólo yo leeré esto.</p>
<p style="text-align: justify;">No puedo evitar reírme. Lo más probable es que pronto me olvide de leer.</p>
<p style="text-align: justify;">Es indiferente. Necesito una memoria, aunque sea de papel.</p>
<p style="text-align: justify;">Debo darme prisa, y comenzar por el principio.</p>
<p style="text-align: justify;">Y en el principio, fue la palabra&#8230;</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">-La palabra, señor (?), es PRO-GRE-SO -dijo solemnemente el jefe de personal, un hombrecillo envarado y ridículo-. Para GenCorp no hay otro camino que el de la evolución. Y la evolución era un arbitrario capricho de la suerte, hasta que cogiendo las riendas, donde antes había azar, GenCorp puso planificación y progreso.</p>
<p style="text-align: justify;">El hombrecillo siguió hablando, pero no le hice mucho caso. Me sentía demasiado feliz como para perder el sabor de aquel momento mágico atendiendo a su absurda verborrea. Acababa de firmar el primer contrato de mi vida (entonces no sabía que también sería el último), tan solo seis meses después de haberme graduado. Me sentía como un titán capaz de mover montañas.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi atención se vio atraída por la foto que presidía el despacho. La imagen sonriente y satisfecha del legendario Henry Dacosta, dueño y rector de GenCorp, parecía hacerme guiños desde lo alto de la pared. Aquel hombre era el santo patrón de bioquímicos y biólogos. No por sus descubrimientos, no por su sabiduría científica, sino por poseer la sobrenatural capacidad de convertir ADN en dinero.</p>
<p style="text-align: justify;">-&#8230; ahora preséntese a Martín Seoanes, nuestro director. Él le informará de sus obligaciones.</p>
<p style="text-align: justify;">Salí de mi ensimismamiento, me levanté y tras estrechar su mano, blanda y húmeda como una babosa, abandoné el despacho. Los pasillos de GenCorp, de puro blancos y luminosos, parecían un gigantesco tendedero repleto de sábanas de lino. De vez en cuando, hombres y mujeres cubiertos de batas blancas se cruzaban en mi camino. Solo su presencia me impedía dar saltos y bailotear. Me sentía tan feliz como, descubrí de repente, perdido. No sé de qué manera, pero logré llegar a la recepción (por alguna razón no quise preguntar a nadie; quizá no deseaba que me contemplaran como un intruso atolondrado). La recepcionista, una joven hermosa como un amanecer, me dirigió una sonrisa profesional y atenta.</p>
<p style="text-align: justify;">-El despacho del señor Seoanes se encuentra en la planta tercera. Administración, sector A.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi rostro debió traslucir algo de la congoja que sentía ante la idea de enfrentarme de nuevo a aquellos pasillos albinos, porque la chica sacó de un cajón una especie de calculadora dotada de un teclado alfabético.</p>
<p style="text-align: justify;">-Esto es un localizador automático. Escribo el nombre del señor Seoanes, ¿ve? Pulso el botón rojo y no hay más que seguir las flechas y las indicaciones que aparecen en la pantalla.</p>
<p style="text-align: justify;">En alas de la microelectrónica, me vi transportado sin titubeos ante la presencia del Director General de GenCorp. Martín Seoanes era un hombre agradable y jovial, de unos cuarenta años, medio calvo y con el mentón cubierto por una espesa barba.</p>
<p style="text-align: justify;">-Llámame Martín -dijo sonriente-, yo te llamaré (?). Aquí, en la tierra de la doble hélice, hemos proscrito los formalismos. Ante todo, bienvenido. ¿Qué puedo hacer por ti?</p>
<p style="text-align: justify;">-Me dijeron que usted&#8230; que tú, me informarías de los pormenores de mi trabajo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Te dijeron mal. Sé que estás destinado al laboratorio de síntesis. Lo que tengas que hacer allí es para mí un misterio. Mira, soy el director del centro, y también biólogo, pero mi autentica labor está más relacionada con el papeleo y la burocracia que con las probetas y las cadenas polinucleótidas. -Hizo una pausa para encender su pipa y, observando de reojo mi reacción, añadió-: Los directores técnicos de esta división de GenCorp son los doctores Nanda y Maltman.</p>
<p style="text-align: justify;">Si me hubieran dicho que iba a trabajar bajo las órdenes de Charles Darwin, mi sorpresa no hubiese sido mayor.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿David Maltman y Jawaharlal Nanda?</p>
<p style="text-align: justify;">-Nunca hubieras imaginado encontrar aquí tanto premio Nobel junto, ¿verdad?</p>
<p style="text-align: justify;">Hoy en día nadie se acuerda de que David Maltman fue uno de los grandes pensadores de nuestro siglo. Recibió el Nobel por su trabajo sobre la Función de las Moléculas de Ácido Ribonucleico en los Procesos Biológicos de Obtención, Almacenamiento y Recuperación de Información en los Sistemas Eidéticos. O dicho de otra forma, fue quien descubrió cómo funciona la memoria de los seres vivos.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Y qué decir de Jawaharlal Nanda, el único ser humano que ha ganado tres veces el premio Nobel? En aquellos tiempos corría un chiste, hoy irónicamente dramático, que expresaba el tamaño de su talento: &#8220;Si Dios volviese a crear la vida, antes consultaría con Jaw Nanda&#8221;. Más tarde alguien añadió: &#8220;Y Nanda no aceptaría colaborar con Dios; siempre ha odiado trabajar con segundones&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Si, el doctor Nanda era vanidoso; pero imagino que es difícil no serlo si con 23 años ya se es doctor en Biología, Bioquímica y Física, y si al cumplir los 35 se ha ganado un Nobel en cada una de esas especialidades.</p>
<p style="text-align: justify;">Jaw Nanda, ese pequeño hindú nacionalizado estadounidense, era un genio, no cabe duda. Quizá el más grande que ha dado la humanidad. Aunque, como descubrí más tarde, también era el mayor hijo de puta que ha pisado la faz de la Tierra.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero no adelantemos acontecimientos. En aquel momento me sentía tan impresionado como feliz ante la perspectiva de trabajar al lado de dos inteligencias tan preclaras. No podía sospechar que, durante más de un año, solo les vería, y muy de tarde en tarde, pasando fugaces por aquellos pasillos de satén blanco.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">No estoy acostumbrado a escribir con la mano izquierda. Me tiembla el pulso. He encendido la televisión. Ahora solo existe una alternativa: el Canal Sagrado del Dios Nanda. El golpeteo de electrones en la pantalla de fósforo me regala la imagen de una ceremonia colosal en los Campos Elíseos de París. Al principio no distingo de que se trata, solo veo multitudes vestidas con los colores del Dios, azafrán y rojo. Luego el realizador cambia del plano general a uno más corto, y puedo contemplar con detalle el teatro que se desarrolla en el altar con forma de pirámide truncada.</p>
<p style="text-align: justify;">Me estremezco. Aunque ya lo he presenciado otras veces intento apartar la mirada. Pero hay algo terriblemente hipnótico en aquellas imágenes enloquecidas.</p>
<p style="text-align: justify;">Una larga fila de mujeres jóvenes camina a paso lento hacía los diez sacerdotes que se afanan en lo alto del altar. Cuando las mujeres van llegando a la cúspide de la pirámide se desprenden de las túnicas y ofrecen su desnudez a los sacerdotes. Entonces estos alzan sus cuchillos y los dejan caer sobre la carne dorada. Luego arrancan el corazón aún palpitante, o tiran de las vísceras como el prestidigitador que saca un conejo del sombrero de copa. Inmediatamente una jauría de acólitos recoge los cuerpos desmadejados y los arroja a la base de la pirámide. Allí la gente bulle y pelea para conseguir llevarse alguna buena porción de los cadáveres. Tienen hambre.</p>
<p style="text-align: justify;">No sé que me causa más horror, si la fría mecánica de la carnicería o las sonrisas de éxtasis de las víctimas.</p>
<p style="text-align: justify;">Oh, por supuesto. Esa barbarie no es más que un acto de amor sacro. A fin de cuentas, cualquier dios que se precie debe tener poder, no solo sobre la vida, sino también sobre la muerte.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero hay algo más. Nanda no suele hacer las cosas porque si. Su inteligencia inhumana siempre encuentra una finalidad superior para sus caprichos. El mundo, este mundo maniaco y demente, sufre hoy de muchas heridas. Pero las laceraciones mas primarias son la superpoblación, y su hija, el hambre. Probablemente para un intelecto, lunático pero preciso, como el de Nanda, el sacrificio ritual de mujeres jóvenes es un medio honesto de control natal. Y el canibalismo, una solución colateral que cierra circularmente el problema. Así piensa el Dios escuálido y maligno.</p>
<p style="text-align: justify;">Y, sin embargo, todavía hay más. Nanda siempre fue tímido con las mujeres. Creo que le avergonzaba su cuerpo y se sentía intimidado por el sexo. En el fondo se está vengando de todo el género femenino.</p>
<p style="text-align: justify;">Me dijeron que en China decretó la muerte de veinte millones de muchachas, simplemente ordenándolas que cogieran una piedra y no dejaran de golpearse con ella la cabeza hasta que pudieran ver el color de su cerebro impregnando las duras aristas.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo mismo pude ver, a través del Canal Sagrado, una increíble retransmisión de la actividad sexual del Dios. Allí estaba Nanda, en un lecho de seda y raso, retozando con tres muchachas, con las Novias de Dios. Una de ellas no tendría más de doce años. ¿Puede imaginarse? Aquel hombrecillo repugnante ofreciendo al mundo su sexualidad grosera y pervertida, pellizcando pechos, arañando glúteos, derramando su semen perverso y procaz.</p>
<p style="text-align: justify;">Dios es una palabra obscena.</p>
<p style="text-align: justify;">Apago la televisión. Ahora que intuyo próximo el fin, es más importante que nunca seguir escribiendo.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Al cabo de muy poco tiempo me di cuenta de que el Laboratorio de Síntesis de GenCorp estaba muy, pero que muy alejado de la acción. Cinco meses después de hacer poco más que hidrolizar anillos purínicos y pirimidínicos (algo que ya me aburría en la facultad), me encontré con una perfecto mapa mental de cómo funcionaban las cosas en aquel centro de investigación. Quienes trabajábamos en las plantas primera y segunda éramos los pinches de cocina. Los grandes chefs practicaban su arte en el Laboratorio 7, situado en el sótano. Y allí no entraba nadie que no fuese invitado.</p>
<p style="text-align: justify;">Aquello estaba cubierto por el manto del misterio. Grandes platos se cocían en aquél laboratorio subterráneo (que algún pedante chistoso había dado en llamar &#8220;El Hades&#8221;), pero sobre la naturaleza de aquellos manjares&#8230; Ah, nadie sabía nada. Ni siquiera el propio Martín Seoanes, como pude descubrir mas tarde.</p>
<p style="text-align: justify;">El caso es que ya me había resignado a una actividad profesional de tercera fila, cuando Martín me llamó a su despacho. Eso ocurrió poco después de que nos sometiésemos al examen médico que GenCorp prescribía anualmente a su personal. ¿Cómo podía pensar entonces que mientras el médico de la empresa me extraía una muestra de sangre, mi destino se torcía en dirección al abismo? ¿Quién iba a imaginar que aquel rutinario análisis clínico era mi sentencia de muerte?</p>
<p style="text-align: justify;">-Vas a descender, (?). Los Grandes Cerebros te reclaman. -Contemplé desconcertado el barbudo rostro del director. Martín sonrió e hizo un gesto en dirección al suelo-. El Hades. Cambio de destino. Vas a jugar en primera división.</p>
<p style="text-align: justify;">No sabía que decir. Había aceptado un futuro jalonado de mediocridad y no estaba preparado para aquella noticia.</p>
<p style="text-align: justify;">- ¿Por qué? -logré musitar.</p>
<p style="text-align: justify;">Martín se encogió de hombros.</p>
<p style="text-align: justify;">-El propio Nanda lo ha solicitado. Y ha insistido mucho en que tus nuevas responsabilidades requieren un aumento de sueldo. Felicidades.</p>
<p style="text-align: justify;">Mis ingresos se incrementaron en un setenta y cinco por ciento. Me dieron una tarjeta especial y un numero en clave que borraría a mi paso todas las barreras de seguridad. Tres días más tarde me encontraba en el Hades. ¿Y quién era mi guía por el laberinto del infierno?</p>
<p style="text-align: justify;">El mismísimo, el único, su altísima majestad, Jaw Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">Enjuto, poco más de un metro sesenta de estatura, calvo, de piel tostada, frágil&#8230; El pequeño genio indo-americano parecía un gnomo hablador, simpático e ingenioso.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bienvenido, bienvenido. -Hablaba un extraño y a veces confuso español-. Es suerte para nosotros contar con jóvenes de su talento. Créame, le necesitamos.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Jóvenes de mi talento? ¿Me necesitaban? Comencé a descubrir que a nadie, por muy genial que sea, le dan tres premios Nobel sin ser un seductor profesional.</p>
<p style="text-align: justify;">Nanda cogió mi brazo y, alfombrando el camino de amables palabras, me mostró la geografía del Laboratorio 7. Paso a paso me llevó por los siete círculos del Hades, explicándome algo y omitiendo mucho. Finalmente nos detuvimos frente a un ascensor que ostentaba, en tres idiomas, el cartel de PROHIBIDO EL PASO y el signo internacional de peligro por contaminación biológica.</p>
<p style="text-align: justify;">-Muchos llaman a este lugar Hades, el infierno. Es error, ¿no? Los griegos nunca dijeron que Hades fuera sitio. Usted ya sabe, Hades era dios de infierno, el Invisible, el Ilustre. Nunca lugar. Pero&#8230; El Laboratorio 7 no sería infierno, más bien sería Estigia, antesala del reino de los muertos. El Infierno -sonrió e hizo un ademán teatral hacia el ascensor- está la puerta cruzando. Por ascensor bajando y llegando a hielo. Un infierno frío. Pero déjeme que le sorprenda: usted será Caronte, el ascensor su barca y en sus manos las almas descenderán a un helado lugar. Ese será su trabajo. Si. Usted será Caronte.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras pulsar la combinación adecuada, las puertas del ascensor se abrieron. Lentamente bajamos al último sótano. No entendí nada de lo que Nanda había dicho, pero la respuesta me esperaba en aquella sala subterránea. Se trataba de un lugar acorazado, de paredes metálicas que reflejaban el rojo tono de la débil iluminación. Hacía mucho frío. Algo normal si tenemos en cuenta que allí estaban los congeladores donde, a muchos grados bajo cero, se guardaban los biocultivos mutados, rediseñados, por Nanda y sus acólitos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Este es la cosecha de GenCorp. -Nanda ignoró al solitario guardia de seguridad y fue pulsando las combinaciones que abrían las sucesivas puertas herméticas que se interponían a nuestro paso-. Aquí duerme el fruto de esfuerzo nuestro. Trabajo suyo cuidar de él será, protegerlo de todo mal.</p>
<p style="text-align: justify;">Así que había abandonado mi aburrida labor entre las probetas para convertirme en una especie de archivero biológico. Eso era todo, procurar que a los congelados no les saliera moho. Decepcionante, pero el entusiasmo de Nanda borró cualquier atisbo de desilusión. El hindú corrió a una consola de ordenador, tecleteó algo y la pantalla se llenó de números y palabras.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mil ciento treinta y siete cultivos aquí hay. Formas de vida nuevas, nunca antes vistas en la Tierra. Prodigios de la bioingeniería. Milagros criogenizados. -Se detuvo un instante para buscar algo en la pantalla-. Ejemplo, cultivo 42-C; bacteria que metaboliza plástico y convierte en anhídrido carbónico. Ejemplo, cultivo 5-D; virus-vector que modifica carcinomas, no más cáncer quizá. -Como si se tratara de un mantra pagano, Nanda fue recitando ejemplos de los prodigios contenidos en aquellas cornucopias escarchadas; de pronto se detuvo y su rostro se iluminó con una sonrisa orgullosa-. Ah, Kali&#8230; La Madre Negra&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Se levantó y me indicó con un gesto que le siguiera. Nos dirigimos a uno de los congeladores. Nanda se puso un grueso par de guantes protectores. Al abrir la puerta una niebla gélida serpenteó en el aire. El científico cogió una caja de metacrilato transparente con probetas selladas en su interior. Me la mostró.</p>
<p style="text-align: justify;">-Cultivo 36-J. Vector-Kali. Viruela rediseñada. Súper Viruela. Si este grupo de virus quedase libre, mataría a toda la humanidad en breve tiempo. Nadie ni nada podría detener al Vector-Kali. Posee propiedad recombinante y se contagia de docenas de maneras diversas. Un estornudo y el fin del mundo. Una obra maestra.</p>
<p style="text-align: justify;">Contemplé con horror aquella caja traslúcida.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué utilidad tiene? -pregunté con un murmullo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Oh, espero que ninguna tenga. Es ejercicio, una prueba.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y no sería mejor destruirlo?</p>
<p style="text-align: justify;">Me miró sinceramente desconcertado.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Por qué? Solo se destruye lo incorrecto, y Vector-Kali es perfecto&#8230; -Me contempló con seriedad unos segundos y luego extrajo otra caja del congelador-. Cultivo 35-J. Bacteria que produce determinada y precisa cantidad de insulina en riego sanguíneo. No mas diabetes. Atención, en una mano vida, en la otra muerte. Pero las cajas son iguales. -Se encogió de hombros-. ¿Entonces? Vida y muerte son la misma cosa.</p>
<p style="text-align: justify;">Sonrió, y me miró con la expresión de quien acaba de enunciar un principio básico y evidente.</p>
<p style="text-align: justify;">Desgraciadamente tampoco aquella vez le entendí.</p>
<p style="text-align: justify;">Como descubrí al poco tiempo, la monótona labor que hasta entonces había realizado era el paradigma de la diversión comparada con mi nuevo trabajo en el Hades. Todos los controles de los congeladores eran informáticos. Yo me limitaba a incorporar nuevo material genético y a introducir su clave en el ordenador. Todo lo demás era automático. Se trataba de sistemas tan perfectos que, en caso de un hipotético accidente, se activarían unidades autónomas, generadores y programas que, aunque el fluido eléctrico externo fallase, mantendrían en su lecho de hielo a los cultivos biológicos durante cinco años.</p>
<p style="text-align: justify;">La mano del hombre era allí un arcaísmo.</p>
<p style="text-align: justify;">Por lo demás, nada supe de los proyectos que se desarrollaban en el Hades. Todo era secreto y nadie parecía dispuesto a charlar sobre su trabajo.</p>
<p style="text-align: justify;">Había una zona en particular que se llevaba la palma del hermetismo. El Sector M. La zona de trabajo de Nanda y Maltman. Aquello era un agujero negro, en el que todo entraba, pero nada salía.</p>
<p style="text-align: justify;">Solo tres incidentes turbaron mi suave tedio. El primero ocurrió en el aparcamiento de GenCorp. Eran las siete de la tarde y me dirigía en busca de mi coche, cuando vi salir de entre unas sombras a Martín Seoanes. Nunca antes había visto tan serio su rostro usualmente risueño.</p>
<p style="text-align: justify;">-(?) -me llamó-. ¿Puedo hablar contigo un momento?</p>
<p style="text-align: justify;">-Por supuesto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Escucha, se trata de algo confidencial. -Parecía no encontrar las palabras adecuadas-. Me gustaría que no comentases esto con nadie. ¿Puedo confiar en ti?</p>
<p style="text-align: justify;">Asentí, sin conseguir disimular mi desconcierto.</p>
<p style="text-align: justify;">-(?), esto es importante. -Martín hablaba con nerviosismo-. Trabajas en el Hades, y supongo que prestarás atención a lo que sucede a tu alrededor&#8230; ¿Has oído hablar del Proyecto Maya?</p>
<p style="text-align: justify;">-Nadie habla mucho en el Hades. No tengo ni idea de lo que están haciendo. ¿Qué es el Proyecto Maya?</p>
<p style="text-align: justify;">La expresión de Martín se había convertido en una máscara de desilusión.</p>
<p style="text-align: justify;">-Por favor, si en algún momento escuchas la palabra Maya, házmelo saber. Con discreción. ¿Lo harás?</p>
<p style="text-align: justify;">-Claro. Pero, ¿de qué se&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Me interrumpí. Martín se había desvanecido tan rápida y nerviosamente como había llegado.</p>
<p style="text-align: justify;">El segundo incidente, si es que se le puede llamar así, llegó con la Navidad. La tarde del veintitrés de diciembre se celebró una pequeña fiesta para el personal en la sala de reuniones de GenCorp. Como suele ocurrir, la gente bebió demasiado y un par de horas más tarde la camaradería dio paso a la libido. La mitad de los asistentes intentaban llevarse a la cama a la otra mitad. Generalmente a la mitad equivocada. Me mantuve aparte, contemplando con divertido distanciamiento las diversas maniobras de acercamiento y rechazo, los furtivos emparejamientos y las ebriedades escandalosas. De pronto noté un cosquilleo en la nuca. Me sentía intensamente observado. Por el rabillo del ojo, descubrí a David Maltman mirándome fijamente. Nunca había hablado con él, ni siquiera nos habían presentado. Era un hombre extremadamente serio y poco sociable. Sin embargo, en aquella ocasión se acercó a mí y me tendió la mano.</p>
<p style="text-align: justify;">-Soy David Maltman -dijo en inglés-. Usted es (?), si no me equivoco.</p>
<p style="text-align: justify;">Asentí. El se sentó a mi lado. Llevaba en la mano un vaso con jugo de tomate, y podría jurar que eso era todo lo que había bebido. Estaba sobrio, pero me miraba de una forma extraña, intensa, como si entre nosotros hubiera un microscopio. Y la ameba fuese yo.</p>
<p style="text-align: justify;">Permanecimos en un embarazoso silencio durante varios segundos, hasta que Maltman se inclinó hacia delante y me hizo una pregunta estúpida.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Ha olvidado alguna vez el paraguas o el abrigo? -Moví la cabeza sorprendido-. Entonces, ¿tiene usted buena memoria?</p>
<p style="text-align: justify;">-Supongo que lo normal.</p>
<p style="text-align: justify;">-No existe lo normal. Cada persona posee su propio archivo eidético, diferente del de los demás. -Bebió un sorbo de tomate sin dejar de mirarme-. La memoria lo es todo. Fuera de ella nada existe.</p>
<p style="text-align: justify;">-El mundo está ahí. Existe -repliqué.</p>
<p style="text-align: justify;">-El mundo, amigo mío, solo cobra relevancia cuando lo percibimos. Y la percepción no es instantánea, requiere un tiempo. Cuando veo este vaso, lo que estoy viendo es una imagen procesada por mi cerebro e integrada en mi memoria. El vaso auténtico no existe, solo hay un nebuloso fantasma codificado por mi ARN. Usted y yo no nos estamos hablando, nos estamos recordando. ¿Entiende? Todo lo que conocemos, todo lo que percibimos, está encerrado en nuestro cráneo. Todo es un juego de la memoria.</p>
<p style="text-align: justify;">Bueno, quizá Maltman no estuviese borracho. Pero probablemente había respirado algo de óxido nitroso, o tal vez un exceso de oxígeno puro. O, quien sabe, es posible que esa fuese su manera de ser. Tan raro como un político honesto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Quizá tenga razón -le dije con amabilidad-. Pero muchas veces la memoria falla.</p>
<p style="text-align: justify;">Maltman sonrió por primera vez y enarcó las cejas. Se levantó.</p>
<p style="text-align: justify;">-Siempre falla. Por eso el mundo es imperfecto.</p>
<p style="text-align: justify;">Y se fue.</p>
<p style="text-align: justify;">Mas tarde comprendí la razón de aquel repentino interés por mí, así como el sentido de sus palabras. No estaba loco. Era un hijo de puta, pero no un excéntrico.</p>
<p style="text-align: justify;">El tercer incidente sí merece tal nombre. Con él comenzó mi particular calvario, mi lenta decadencia.</p>
<p style="text-align: justify;">Todo ocurrió un jueves de mediados de enero. Un ayudante de Nanda me entregó una caja hermética de metacrilato con su correspondiente cultivo dentro. Me extrañó, ya que tan solo el día anterior había &#8220;archivado&#8221; otro cultivo, el 13-L, y no era usual tanta frecuencia en la labor de congelado. Me encogí de hombros y bajé en el ascensor a la cámara criogénica. Saludé al guardia de seguridad mientras me dirigía a los congeladores. Abrí el marcado con la letra L, y&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Y algo cayó al suelo rompiéndose en pedazos. Bajé la mirada y contemplé la destrozada caja que había contenido el cultivo 13-L.</p>
<p style="text-align: justify;">Luego me di cuenta de otra cosa. El interior del congelador no estaba de ninguna manera frío. Por algún motivo, por algún extraño e incomprensible fallo, el congelador se encontraba a temperatura ambiente.</p>
<p style="text-align: justify;">Eso significaba que el cultivo, que ahora se esparcía juguetón ante mis pies, era activo.</p>
<p style="text-align: justify;">Suspiré y luego, como si todo se desarrollase a cámara lenta, me acerqué a un panel próximo a la puerta hermética. Oprimí el botón rojo y una alarma comenzó a sonar. Escuche como los sellos encajaban en sus alvéolos. De repente me sentí muy aislado, tremendamente solitario. Se había levantado una muralla infranqueable cuyo único fin era separarme del mundo. Estaba en cuarentena. Era el leproso, el apestado.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora mi destino dependía de la naturaleza del cultivo 13-L.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Un extraño sentimiento de irrealidad me asalta mientras rememoro aquel momento. Estoy aquí, en el mismo lugar donde todo comenzó. Las paredes metálicas son las mismas, los congeladores ronronean igual que lo hacían hace más de dos años y las luces continúan tintando de rojo este pequeño microuniverso. Pero todo lo demás ha cambiado. Por encima de mi cabeza GenCorp no es más que un montón de ruinas y el mundo ha alcanzado la locura total adorando a un dios absurdo. Sin embargo, una sutil inversión se ha producido. Si en aquel entonces yo era el enfermo infeccioso aislado, ahora, encerrándome voluntariamente a veinte metros bajo tierra y protegiéndome tras incontables toneladas de acero, he sido yo quien ha puesto en cuarentena al mundo. Son ellos los enfermos, son ellos los que se retuercen tras las murallas del aislamiento y la soledad. Y yo soy el que mira tras los cristales contemplando cómo evoluciona la enfermedad que aqueja a una humanidad condenada.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero algunas cosas permanecen. El cultivo 13-L sigue dentro de mí. Y mi amor por Helena, la rubia ninfa tallada en miel y cereal, continúa acrecentándose, segundo a segundo, sumiéndome en una extraña pasión caníbal.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Hombres vestidos con trajes aislantes, como astronautas de guardarropía, instalaron una improvisada enfermería en una sala contigua a los congeladores. Pusieron una cama y trajeron una televisión, y libros, y alimentos, incluso instalaron un compacto. Había una gruesa vidriera a través de la que podía ver el ascensor y las consolas. También los demás podían mirarme a mí, como quien contempla a una cobaya inoculada.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tranquilo, amigo mío. Usted peligro no corre -me dijo Nanda mediante un micrófono-. El cultivo 13-L es variedad mutada de la gripe. Posiblemente ningún problema haya.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mutada, ¿en qué sentido? -pregunté.</p>
<p style="text-align: justify;">-Difícil es decirlo. Algunos virus del cultivo papillomas eran. Otros, retrovirus modificados como vectores genéticos.</p>
<p style="text-align: justify;">Me dolía la cabeza y tenía la boca seca. Me resultaba difícil pensar, pero hice un esfuerzo por ordenar la cabeza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Los retrovirus empalmarán su ADN con el mío -señalé-. Crearan oncogenes. Cáncer.</p>
<p style="text-align: justify;">-No, no, no, amigo mío. No VIH. 13-L es nuevo tipo de vector. No modifica ADN, y ningún cáncer produce. De señales ARN se trata. Solo modifican el ARN. No definitivo. Cuando los virus mueran, el ADN restaurará naturalmente el daño.</p>
<p style="text-align: justify;">La fiebre empezaba a subirme. Tenía la sensación de que alguien martilleaba en mi cabeza.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Un retrovirus que afecta al ARN y no al ADN? ¿Para qué? ¿Por qué?</p>
<p style="text-align: justify;">-Manipulación de proteínas. -Nanda sonreía paternalmente a través del cristal-. Simple experimento parcial. 13-L afecte quizá temporalmente a su nivel de somatostatina. Fácil de corregir. Ahora descanse sin temor. De usted nosotros cuidaremos.</p>
<p style="text-align: justify;">Claro que cuidarían de mi. En aquel momento, yo era de vital importancia para ellos.</p>
<p style="text-align: justify;">Al tercer día, la fiebre me provocó temblores convulsivos y poco después comencé a sufrir alucinaciones. Apenas podía moverme y vomitaba constantemente. Cuando llegó la noche perdí el conocimiento. Y así permanecí durante seis días.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue como estar encerrado en un sótano oscuro, a veces ardiente, a veces helado, pero siempre lleno de sonidos líquidos. No guardo de aquellos días casi ningún recuerdo, salvo una curiosa pesadilla que se repetía obsesivamente: en un negro vacío se iba formando una figura humana, por partes, como si de un cuadro cubista se tratase. Primero un ojo flotando en la nada, luego la nariz, un brazo. Más tarde todo desaparecía para volver a empezar. Era una locura de fragmentos humanos danzantes. Pero eso no era todo. Una terrible ansiedad me sacudía, una sensación punzante de hambre infinita, de deseo insatisfecho, de apetito colosal y primario, casi sexual.</p>
<p style="text-align: justify;">Me desperté un sábado por la tarde, sintiéndome increíblemente débil, pero libre de fiebre y dolor. A mi lado se encontraba uno de aquellos astronautas terrestres. A través del cristal de la escafandra distinguí la sonrisa paternal de Jaw Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bienvenido, amigo mío. Curado está. Como una manzana sano. Ya todo ha pasado.</p>
<p style="text-align: justify;">Aun permanecí quince días más en aislamiento. Los análisis confirmaban que el virus mutante había sido eliminado, pero toda precaución era poca. De alguna manera, aquel período de inacción me vino bien. Fui recuperando fuerzas y moral, leía mucho, veía videos y hacía algo de ejercicio. Nanda se ofreció a enseñarme algunas posturas básicas de yoga, y a eso nos dedicábamos todos los días a partir de las seis de la tarde. En cierto modo podían haber sido unas tranquilas vacaciones.</p>
<p style="text-align: justify;">De no ser por los sueños.</p>
<p style="text-align: justify;">Todo comenzó al tercer día de mi recuperación. Me había acostado pronto, tras ver una vieja película de Lynch. Me dormí enseguida, y con igual rapidez acudieron a mí los sueños. Hablo en plural y no debería hacerlo, ya que siempre se trataba del mismo sueño. No un sueño normal, surrealista y activo, sino un sueño estático y obsesivo.</p>
<p style="text-align: justify;">En él se me aparecía la imagen de una mujer. Una mujer inmóvil, la imagen fotográfica de una belleza rubia que me contemplaba sonriente. Su nombre era Helena.</p>
<p style="text-align: justify;">Y la amaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero era un amor frustrante y yo sentía deseo, hambre. Quería ser saciado por ella, pero no lo conseguía. Y el hambre crecía, y crecía, y crecía&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Al principio no le di importancia, solo eran sueños.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero cuando Helena salió de mis sueños para pasar a ocupar la mayor parte de mis pensamientos conscientes, comencé a preocuparme. Durante los primeros días no eran más que apariciones fugaces que me sorprendían cuando estaba distraído o relajado. Pero al poco tiempo se convirtió en algo permanente. Era como un recuerdo obsesivo: el recuerdo de un amor perdido trasmutado en deseo insatisfecho. Y hambre.</p>
<p style="text-align: justify;">Hambre, si. No un apetito general e indiscriminado, no. Hambre de algo concreto pero indefinido. ¿Hambre de Helena? ¿Un intenso deseo antropófago?</p>
<p style="text-align: justify;">No dije nada a nadie. Atribuí mi desequilibrio a los estragos de la intensa fiebre alucinatoria que había sufrido. Pero a medida que pasaba el tiempo y la obsesión crecía comencé a temer seriamente por mi salud mental. Dos días antes del fin de la cuarentena se lo conté todo al amable y atento Jaw Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿La imagen de una mujer le persigue? -Nanda parecía extrañamente excitado, aunque era evidente que luchaba por disimularlo-. ¿Una mujer quizá vieja amiga?</p>
<p style="text-align: justify;">-Nunca la había visto.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y su nombre conoce?</p>
<p style="text-align: justify;">-Se llama Helena. Pero ignoro cómo lo sé. Es&#8230; un recuerdo, como una amante que vuelve a mí. ¡Pero no la conozco de nada! Me estoy volviendo loco, doctor Nanda&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">A través del cristal vi como el hindú se daba la vuelta en actitud pensativa.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Algo más le sucede? -preguntó sin volverse.</p>
<p style="text-align: justify;">-Hambre&#8230; Constantemente la siento. Creo que es ansiedad. Pero muy intensa. Parece hambre.</p>
<p style="text-align: justify;">Lentamente se volvió hacia mí. Me pareció distinguir la sombra de una sonrisa abandonando su cara, pero cuando me habló lo hizo con total seriedad.</p>
<p style="text-align: justify;">-Usted no preocupar. Tras crisis febril normal es sufrir alteraciones en psiquismo. Algo pasajero, con seguridad. Pero discreción recomiendo. Tanto tiempo encerrado no muy bueno para usted. Y si médicos temen por su estado&#8230; Retrasaran salida de cuarentena. Error que evitar debemos. Pienso que conozco compuesto medicinal que aliviará problemas suyos. Mañana pasado se lo daré. Y, recordar debe: discreción. En mi confíe.</p>
<p style="text-align: justify;">Confié en él.</p>
<p style="text-align: justify;">Dos días después salía de mi encierro subterráneo. Los compañeros me dieron una fiesta de bienvenida, y todo el mundo parecía estar contento con el fin de aquella crisis. Nanda me estrechó entre sus brazos y, llevándome a un aparte, me entregó un frasco de comprimidos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Poderoso ansiolítico. Usted tomar deberá tres pastillas al día. Verá como problemas desaparecen. -Sonrió paternalmente-. Y, de nuevo, bienvenido al mundo, amigo mío. Bienvenido.</p>
<p style="text-align: justify;">Cogí quince días de vacaciones. Era primavera y podía haber hecho un viaje a alguna playa del Mediterráneo. Pero preferí quedarme en la comodidad de mi apartamento de soltero. El medicamento que me había dado Nanda obró milagros. Seguía recordando a Helena, pero la pulsión había desaparecido casi totalmente. Me engañé creyendo que todo había pasado.</p>
<p style="text-align: justify;">Una noche, mientras veía la televisión, llamaron a mi puerta. Al abrir me encontré con el hirsuto rostro de Martín Seoanes.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Puedo pasar?</p>
<p style="text-align: justify;">Le indiqué con un gesto que entrase. Desde mi enfermedad apenas había visto un par de veces a Martín. Ahora, mientras se sentaba en un sillón y echaba un distraído vistazo al televisor, pude comprobar cuanto había cambiado. Su rostro afable era ahora una máscara de preocupación. Había perdido peso y mostraba evidente nerviosismo.</p>
<p style="text-align: justify;">-(?) -me dijo-, ¿Recuerdas cuando te hablé del proyecto Maya? -Su vista se perdió en el infinito durante unos instantes-. ¿Sabes que la división de GenCorp en España es la que posee la mayor dotación económica? Casi el doble que cualquier centro de Estados Unidos. Curioso, ¿no? Oh, las razones son sencillas. La legislación española es imprecisa con el tipo de actividades que desarrollamos. ¿Sabes que GenCorp posee casi cuarenta y tres mil patentes sobre organismos mutantes? ¿Y sabes cuantas están comercializadas? Treinta y ocho. Las leyes son muy restrictivas con la ingeniería genética. También en lo referente a la investigación. Hay cientos de controles en Estados Unidos. Pero en España, muy pocos, casi ninguno. Por eso está GenCorp aquí, invirtiendo miles de millones sin que nadie pregunte a que se dedica ese dinero. -Suspiró-. Pero yo si me lo pregunto. ¿Y sabes qué? No hay respuestas. Oh, sí. Existen cantidad de proyectos subsidiarios, si. Pero la parte del león se la lleva algo llamado Proyecto Maya. Un proyecto que, oficialmente, ni siquiera existe. ¿Entiendes?</p>
<p style="text-align: justify;">No le entendía. Pero Martín estaba tan excitado que no me quise llevarle la contraria.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Quieres tomar algo? -le dije sin saber que decirle.</p>
<p style="text-align: justify;">-El Proyecto Maya -prosiguió sin hacerme caso-. Me encontré con él por casualidad. ¿Sabes cómo? Un memorándum confidencial electrónico entró por error en mi terminal. Era del Gran Jefe, Henry Dacosta, e iba dirigido a Jaw Nanda. -Sacó un papel del bolsillo y me lo tendió- Este es el texto, léelo.</p>
<p style="text-align: justify;">Era un fragmento de papel de impresora. Lo leí.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Es imprescindible obtener resultados antes del doce de octubre. Asigno presupuesto suplementario de 40 Mm y espero que esto baste para resolver los problemas. En cuanto a la fase experimental, podríamos acortar los plazos del Proyecto Maya si obviamos la experimentación con animales. Elige el sujeto más adecuado e infórmame de los avances.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Alcé la vista y miré interrogador a Martín. El me devolvió una intensa mirada. Tuve la impresión de que se encontraba bajo los efectos de alguna droga, quizá anfetaminas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y bien, ¿qué te parece? -dijo con un susurro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Que hay un proyecto secreto auspiciado directamente desde la central. ¿Por qué tanta preocupación?</p>
<p style="text-align: justify;">-Oh, por nada&#8230; -Su tono era irónico-. ¿Por qué voy a inquietarme ante la idea de que se estén realizando experimentos ilegales con seres humanos? -Hizo una pausa y bajó la vista al suelo. Finalmente añadió-: Y también puede ser una tontería pensar que el ser humano con quien se está experimentando eres tú.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora si me había sorprendido.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ahí no dice nada de experimentos con seres humanos&#8230; -señalé alarmado.</p>
<p style="text-align: justify;">-&#8221;Obviar experimentación con animales&#8221;. &#8220;Elegir el sujeto más adecuado&#8221;. ¿Qué más quieres? ¿Pancartas?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y por qué yo? No se menciona mi nombre&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Descubrí ese memorándum hace casi tres meses. Al poco tiempo recibimos el presupuesto extraordinario anunciado. Iba destinado a mejoras en el equipamiento informático del Laboratorio 7 y a gastos generales de infraestructura. Me puse a bucear en los programas y bancos de datos relacionados con gastos generales. Y allí lo encontré, un acceso cerrado bajo un directorio etiquetado bajo las iniciales MP. ¿Entiendes? MP, <em>Maya Project</em>. He intentado entrar en ese programa, desgraciadamente en vano. Sin embargo, lo que sí hice fue rastrear todos las conexiones del Directorio MP con otros programas de libre acceso. ¿Y qué me he encontrado? Un pequeño directorio, que no debería existir, en el que figuran todos tus datos, amigo mío. Desde la partida de nacimiento y el historial académico a un completo informe médico sobre tu estado de salud. Estás en el Proyecto Maya, ¿lo sabías?</p>
<p style="text-align: justify;">Negué con la cabeza. Martín se comportaba de forma extraña. Lo había atribuido a los típicos asuntos de política de empresa, pero ahora empezaba a contagiarme su paranoia.</p>
<p style="text-align: justify;">-Esos datos pueden estar relacionados con mi accidente. Posiblemente los necesitaban para el tratamiento.</p>
<p style="text-align: justify;">-Estoy seguro. Pero no como tú piensas. Descubrí el programa con tus datos casi dos semanas antes de tu infección. -Martín sonrió tristemente-. ¿No te has preguntado sobre las extrañas circunstancias en que se produjo el &#8220;accidente&#8221;? Un congelador misteriosamente descongelado, la caja con el cultivo activo que se cae al suelo en cuanto abres la puerta&#8230; ¿Sabes? Al congelador no le pasaba nada. No fue un problema técnico. Ni un fallo de fluido. El congelador sencillamente estaba desactivado. Y la caja de cultivo se encontraba mal colocada porque alguien lo quiso así. Y tu bajaste a los congeladores porque se pretendía que te expusieras a esos virus mutados. Un cultivo del que no hay constancia en ningún sitio, salvo, quizá, en el Directorio MP.</p>
<p style="text-align: justify;">Me levanté y me aproximé a la ventana. La brisa olía a primavera. Una lejana tormenta había vestido el aire de ozono. El aroma a tierra húmeda acarició mi nariz. Me sentía confuso.</p>
<p style="text-align: justify;">-No sé qué decirte&#8230; -dije, sin saber que decir.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Has notado algo extraño? -Martín se incorporó-. Desde tu cuarentena, quiero decir.</p>
<p style="text-align: justify;">Suspiré. Y luego se lo conté todo. Le hablé de mis sueños, de mi ansiedad. Le hablé de Helena, mi amor inexistente. Y del hambre. Y de las pastillas que me daba Nanda. Martín me escuchó en silencio y, cuando terminé mi relato, permaneció unos minutos pensativo. Luego se levantó y se dirigió a la salida.</p>
<p style="text-align: justify;">-No le encuentro sentido a todo esto, (?). Pero buscaré la respuesta. No hables con nadie de esta conversación. Estaremos en contacto. -Abrió la puerta y antes de cruzar el umbral, dijo-: Cuídate.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">¿Saben cuando decidí matar a Nanda? El día en que vi por primera vez a un niño de la nueva era, a un niño-Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">Era un muchacho de tres años, de ojos azules y cabello rubio. En otras circunstancias hubiese sido muy guapo. Pero no lo era. Sus ojos albergaban un brillo extraviado que nada tenía de infantil. Babeaba y gruñía. Solo podía pronunciar una palabra: Nanda. Esa era toda su realidad. Y ese era todo su futuro. Aquel niño no era ya humano, era una caricatura siniestra, un boceto del futuro que aguardaba a toda la humanidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero le vi. Vi como sus padres le obligaban a comer (pienso para perros), apaciguándole con una foto de su dios.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces pensé: &#8220;Voy a matar a Nanda&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero, ¿cómo? Su guardia pretoriana es, literalmente, todo el mundo. No hay persona que no esté dispuesta a dar la vida por su dios. El vive dentro de un palacio inaccesible, en una isla del Egeo. Ahora no hay barcos ni aviones disponibles. ¿Cómo llegar a él?</p>
<p style="text-align: justify;">¿Cómo se puede matar a un dios?</p>
<p style="text-align: justify;">¿Cómo?</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Mis vacaciones concluyeron. Me reintegré a mi trabajo en GenCorp. Nanda seguía proporcionándome las pastillas que me permitían mantener a Helena bajo control. No me hacían olvidarla, claro. Simplemente evitaban que se convirtiese en una obsesión. Pero ella seguía estando presente en mis pensamientos. De hecho, había comenzado a fantasear con su imagen. Me sentaba en el retrete y evocaba su rostro; luego imaginaba sus pechos, la delicadeza de su piel, su sexo cubierto de vello rubio, como un retazo de sol. Y me masturbaba.</p>
<p style="text-align: justify;">No era satisfactorio, por supuesto. Pero mitigaba un tanto la pulsión, el hambre que se agazapaba aletargada en mi interior.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasaron los meses. El Verano llegó y se fue. El otoño llamó a la puerta. Y todo era irrealmente cotidiano.</p>
<p style="text-align: justify;">De vez en cuando me encontraba con Martín en alguno de los blancos pasillos. El me sonreía, yo le saludaba. Pero no volvimos a hablar del Proyecto Maya.</p>
<p style="text-align: justify;">Hasta el momento en que los acontecimientos comenzaron a precipitarse.</p>
<p style="text-align: justify;">Primero fue la noticia de la candidatura. Henry Dacosta, el dueño y señor de GenCorp, se presentó como candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Algo extraño; nunca Dacosta había participado en ninguna actividad política. Y también sorprendente, porque Dacosta, sin hacer la menor campaña, comenzó a subir en todas las encuestas. Al principio consiguió el uno por ciento de los votos. Luego el cinco. Más tarde el diez, el veinte, el cuarenta, el ochenta por cien de los votos. Personas que jamás habían votado manifestaron su irrefrenable voluntad de ver a Henry Dacosta en la Casa Blanca.</p>
<p style="text-align: justify;">El colmo fue cuando los candidatos del partido republicano y del demócrata afirmaron en un debate público su deseo de votar por Henry Dacosta.</p>
<p style="text-align: justify;">Aquello fue la locura. Sin un sólo anuncio, sin debate alguno, sin hacer ningún tipo de campaña, Dacosta se convirtió en el virtual ganador.</p>
<p style="text-align: justify;">Por eso nadie se extrañó cuando, en noviembre, Henry Dacosta triunfó en las elecciones. Un cien por cien de participación. Un cien por cien de los votos para el dueño de GenCorp. Algo imposible, algo desconcertante. Pero algo real. Y aquello no era más que el principio.</p>
<p style="text-align: justify;">Al día siguiente a las elecciones fui al despacho del doctor Nanda. Se me estaban acabando las pastillas, aquel mágico compuesto anti-Helena. Necesitaba más.</p>
<p style="text-align: justify;">Eran las ocho de la tarde. Nanda se encontraba reclinado sobre su escritorio. A su lado había una botella de whisky medio vacía y él sostenía un vaso lleno de ámbar con hielo. Estaba borracho, y parecía muy feliz.</p>
<p style="text-align: justify;">-(?), amigo viejo. ¿Tú cómo por aquí? -exclamó al verme-. ¿A celebrar vienes victoria de gran jefe?</p>
<p style="text-align: justify;">-No doctor Nanda. Es que&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Un trago de whisky? -me interrumpió con voz pastosa-. Bueno es para elevar el espíritu.</p>
<p style="text-align: justify;">-No, gracias, doctor. No bebo. He venido porque se están acabando las pastillas que me dio la última vez&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Tú no preocupación! -Bajo los efecto del alcohol parecía más que nunca un gnomo juguetón-. Mañana venir aquí y pastillas mágicas preparadas estarán. Fantasmas no te molestarán. Pero, ¡siéntate, siéntate!</p>
<p style="text-align: justify;">Obedecí. Me tendió un periódico cuyos titulares enunciaban la aplastante victoria de Dacosta.</p>
<p style="text-align: justify;">-Un triunfo increíble -comenté.</p>
<p style="text-align: justify;">Nanda dejó el vaso a un lado y me miró unos instantes con&#8230; ¿lástima?</p>
<p style="text-align: justify;">-Los americanos como niños son. -Había un barniz de burla en su voz-. La máxima divinidad que concebir pueden es presidencia de su país.</p>
<p style="text-align: justify;">- ¿Divinidad? -pregunté sin entender.</p>
<p style="text-align: justify;">Él me miró sonriente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mañana estarán pastillas -dijo. Y dándome la espalda apuró de un trago su copa.</p>
<p style="text-align: justify;">Las pastillas no estuvieron al día siguiente.</p>
<p style="text-align: justify;">Ni nunca.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Emiten en televisión un documental sobre las Novias de Dios.</p>
<p style="text-align: justify;">Al llegar la primavera, cada región del planeta debe elegir de entre sus doncellas a la más hermosa para, como en las viejas historias, ofrendársela a la divinidad. Son las Novias de Dios. Jóvenes, a veces niñas, que arden en fervor divino ante la idea de ser fecundadas, violadas, por el gran Nanda, por el todopoderoso Nanda, por el lujurioso Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">El veintiuno de abril, hace tres días, se celebró el Festival que los devotos habitantes de esta región dedicaron a la elección de la Novia de Dios local.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo acudí al festival. Había descubierto el modo de acabar con Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">Se había congregado una inmensa multitud en torno a la pirámide truncada erigida por los acólitos de Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando los sacerdotes presentaron públicamente a la Novia se produjeron los incidentes de siempre. Hay que darse cuenta de que aquella hermosa muchacha de quince años, destinada a mantener una íntima relación con dios, adquiría una naturaleza casi sagrada. La gente quería tocarla, absorber un poco de su divinidad prestada. De modo que al ver aparecer sobre la pirámide escalonada a la niña elegida, la multitud, como un animal ciego, se precipitó hacia ella. Los guardias entraron en acción. Sus ametralladoras también.</p>
<p style="text-align: justify;">Sabía lo que iba a pasar, sabía que las primeras líneas de gente caerían rápidamente bajo el fuego. Sabía también que las filas de atrás continuarían empujando, hasta que los cadáveres bloquearan el paso. Y sabía, finalmente, que los sacerdotes se llevarían a la muchacha por la parte de atrás de la pirámide, donde les esperaría un vehículo. Así ocurría siempre.</p>
<p style="text-align: justify;">Por eso me puse a un lado, alejado del centro de la acción. Cuando el delirio y la matanza se abatieron sobre el festival pude rodear la pirámide, sortear los guardias y encontrarme frente al vehículo que iba a transportar a la Novia.</p>
<p style="text-align: justify;">El rugido de la multitud y el ruido de las ametralladoras atronaban el aire. Los sacerdotes, asustados, no miraban en mi dirección, por eso pude pasar inadvertido.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero luego los sacerdotes bajaron de la pirámide, transportando entre sus brazos a la bellísima muchacha. Y entonces me vieron.</p>
<p style="text-align: justify;">Me precipité hacia la chica. Dos sacerdotes se interpusieron en mi camino. Choqué con ellos. La inercia de mi carrera derribó a uno. El otro me sujeto por un brazo.</p>
<p style="text-align: justify;">Había conseguido acercarme a poco más de un metro de la Novia de Dios (que me miraba asustada).</p>
<p style="text-align: justify;">Y entonces la escupí.</p>
<p style="text-align: justify;">Antes de que un joven y vigoroso sacerdote me dejara inconsciente con un hábil golpe de su báculo, pude ver como mi saliva goteaba por el rostro perfecto de la chica, desde el pómulo hasta la comisura de sus labios.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora, en la pantalla de televisión, rodeada por las casi cien Novias que van a embarcarse en un avión para formar parte del harén de dios, he vuelto a ver el rostro de aquella muchacha a la que escupí.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella es mi venganza.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El lunes Henry Dacosta fue oficialmente declarado triunfador de las elecciones norteamericanas.</p>
<p style="text-align: justify;">El martes Jawaharlal Nanda desapareció.</p>
<p style="text-align: justify;">El miércoles una bomba explotó en el Sector M del Hades, el sancta sanctorum de GenCorp. Murieron tres personas y hubo varios heridos. Las decenas de millones de dólares invertidos en el sofisticado equipamiento quedaron reducidos a cenizas.</p>
<p style="text-align: justify;">La policía intervino y las instalaciones fueron clausuradas hasta que se arreglaran los daños. Nos mandaron a todos a casa.</p>
<p style="text-align: justify;">El jueves se acabaron las pastillas.</p>
<p style="text-align: justify;">El viernes mi mundo se convirtió en un delirio alucinado donde no había otro lugar que el destinado Helena, mi fantasma insidioso. Ni otra sensación que el hambre, mi castigo, mi suplicio, mi desesperación.</p>
<p style="text-align: justify;">El infierno en que viví cubría sus paredes con la imagen de una mujer rubia y adorable. Y mi martirio era la atroz ansiedad de un apetito imposible de saciar.</p>
<p style="text-align: justify;">Durante todo el fin de semana no hice otra cosa que llamar por teléfono a Martín. Una y otra vez su mujer me decía que su marido había salido de viaje, que no sabía a dónde, que no sabía con quien, que no sabía cuándo volvería.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Y el doctor Nanda? ¿Sabía ella donde se encontraba?</p>
<p style="text-align: justify;">No.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero yo necesitaba las pastillas, aquella medicina milagrosa que lograba apartar a Helena de mi cabeza.</p>
<p style="text-align: justify;">Me volví loco. El domingo por la noche destrocé mi apartamento. Estaba a punto de prenderle fuego cuando el portero abrió la puerta y algunos vecinos entraron en mi hogar, cubiertos con pijamas y batas, sobresaltados por aquel escándalo destructivo, armados de miedo, sorpresa y tímidas amenazas.</p>
<p style="text-align: justify;">Salí corriendo de la casa. Me precipité a la calle vacía, aullando como un lobo en celo. Corrí con todas mi fuerzas, intentando dejar atrás la tiranía maniática de Helena, espantar la ansiedad monstruosa, el deseo insatisfecho. Corrí durante no se cuanto tiempo, con el aliento hirviendo en mi garganta y el horno de mis pulmones reventándome en el pecho.</p>
<p style="text-align: justify;">Tropecé. Caí al suelo. Rodé sobre mí mismo. Mi cabeza chocó contra el bordillo. Por unos instantes perdí el conocimiento. Me incorporé mareado. La sangre, como un sirope caliente, se derramó sobre mi cara. La enjugué con el antebrazo. Abrí los ojos. Había caído delante de un supermercado cerrado. Me puse de rodillas.</p>
<p style="text-align: justify;">Y entonces, allí, detrás del escaparate, bajo un cartel de oferta, lo vi.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi corazón se detuvo entre dos latidos. Parpadeé. No podía creer lo que estaba viendo. Tenía que ser un sueño, un espejismo de mi mente perturbada.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero no, era real. Ante mis ojos, detrás del cristal, se alzaba una columna de paquetes con la imagen de Helena repetida una y otra vez. Allí estaba mi amor imposible, mi delirio pasional, mi mujer deseada, mi Némesis fantasma. Su rostro de terciopelo se repetía decenas de veces, y sobre cada retrato gemelo, su nombre: Helena. <span style="font-size: medium;">HELENA</span>. <span style="font-size: large;">HELENA</span>.</p>
<p style="text-align: justify;">Con un cubo de basura rompí el vidrio del escaparate. Al entrar en el supermercado me hice algunos cortes con los cristales. Ni me di cuenta. Con la determinación de un naufrago que ve tierra en el horizonte me abalancé sobre las imágenes de mi amada. Cogí un paquete y lo abrí casi a zarpazos. Rasgué la bolsa que se encontraba en su interior. Copos de avena. Cogí un puñado y me lo llevé a la boca.</p>
<p style="text-align: justify;">Oh, dios santo&#8230; Nunca había paladeado nada igual, ningún alimento tan delicioso, ningún sabor tan matizado, tan perfecto. Tuve un orgasmo. Mientras la mancha de humedad oscura se extendía por mi entrepierna, seguí comiendo con la compulsión de un bulímico.</p>
<p style="text-align: justify;">Acabé el paquete. Cogí otro: Maíz. Y otro: Arroz. Y otro: Salvado. Y otro: Trigo. Y otro, y otro, y otro, y otro&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando llegó la policía para apartarme de aquel maná providencial, ya había devorado dieciséis cajas de cereales.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Qué aspecto debía de ofrecer! La piel rasgada, cubierta de sangre. Rodeado de vómitos y comiendo sin cesar, voraz como una fiera.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando me metieron en la ambulancia el mundo daba vueltas a mi alrededor. Cuando llegué al hospital me encontraba inconsciente.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando desperté ya me habían lavado el estómago.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cómo puede alguien comerse más de ocho kilos de cereales? -me preguntó asombrado el médico.</p>
<p style="text-align: justify;">-Por amor -contesté débilmente-. Por Helena&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cómo se encuentra? -preguntó sin prestarme mucha atención.</p>
<p style="text-align: justify;">-Fatal&#8230; -musité.</p>
<p style="text-align: justify;">Un grito lejano me sobresaltó. Era como el aullido de un demonio enloquecido.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tranquilo. -El médico tenía aspecto de estar agotado-. Hoy parece que todo el mundo se ha vuelto loco. El hospital está lleno de maniáticos religiosos. ¿Puede creerlo? De repente, docenas de fanáticos surgen de todas partes. Pero no se preocupe, aunque hacen mucho ruido no son peligrosos.</p>
<p style="text-align: justify;">Sí lo eran. Muy peligrosos. Pero sólo se trataba del comienzo.</p>
<p style="text-align: justify;">Me dieron un sedante y apagaron la luz de la habitación. Antes de dormirme volví a escuchar aquel grito desgarrador. No era un grito inarticulado; aquella voz rota decía algo.</p>
<p style="text-align: justify;">Decía: Nanda.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El lunes por la tarde vino a verme al hospital Martín Seoanes. Parecía agotado. Y preocupado. Pero me dedicó una de sus abiertas sonrisas llenas de encanto. Intenté devolverle el gesto, pero mi mente naufragaba de nuevo en Helena; solo pude ofrecerle una mueca crispada.</p>
<p style="text-align: justify;">-Martín -dije-. ¿Dónde está Nanda?</p>
<p style="text-align: justify;">-Ha desaparecido.</p>
<p style="text-align: justify;">-Necesito su medicina&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Ya lo sé, amigo mío. -Su tono era compasivo-. Estamos trabajando en ello. Tranquilízate.</p>
<p style="text-align: justify;">-Martín&#8230; Ya sé quién es la mujer de mis sueños. He averiguado quien es Helena.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y yo también. -Bajó los ojos al suelo-. Helena es una marca de cereales para el desayuno.</p>
<p style="text-align: justify;">Me incorporé.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Como lo sabes?</p>
<p style="text-align: justify;">-Es una historia larga. Ahora debes descansar.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Estoy loco, Martín?</p>
<p style="text-align: justify;">-No, no. No lo estás. Todo tiene que ver con GenCorp. Y con el Proyecto Maya, ¿te acuerdas? Maltman me lo ha contado todo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Maltman?</p>
<p style="text-align: justify;">-Está en mi casa. Escucha: mañana podrás salir de aquí. Vendrás conmigo y te lo contaré. ¿De acuerdo? Ahora descansa.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero es difícil descansar cuando se está enamorado. Y mucho más cuando, como a mí me ocurría, se está enamorado de un ser inexistente. O aun peor, de una caja de cereales.</p>
<p style="text-align: justify;">A la mañana siguiente me dieron el alta. Martín vino a buscarme. Había mucho revuelo en el hospital; un fanático religioso, había asesinado a uno de los doctores. La enfermera me dijo que la víctima era el joven médico que me había atendido la noche anterior.</p>
<p style="text-align: justify;">Martín me condujo en coche a su casa. No hablamos mucho por el camino. El parecía agotado, al borde del desfallecimiento. Yo añoraba de nuevo a Helena.</p>
<p style="text-align: justify;">La mujer de Martín nos abrió la puerta. Me saludó con amabilidad, pero su mirada no podía ocultar una intensa preocupación. Imagino que mi aspecto (todas aquellas cicatrices y vendas) no contribuiría a tranquilizarla.</p>
<p style="text-align: justify;">Martín me invitó a pasar a su despacho, una habitación grande y soleada cubierta de librerías. Luego salió un momento. Cuando volvió lo hizo acompañado de David Maltman.</p>
<p style="text-align: justify;">El gran biólogo inglés, el investigador, el premio Nobel; estaba aterrorizado como un niño.</p>
<p style="text-align: justify;">Me miró esquivamente y se sentó silencioso en el otro extremo de la habitación. Martín suspiró y se apoyó en el borde de su escritorio.</p>
<p style="text-align: justify;">-(?), te pondré al día de las novedades en GenCorp. ¿Te acuerdas de la explosión en el Hades? Fue una bomba situada en el Sector M. La tarde anterior un técnico vio a Nanda manipulando el panel eléctrico donde se produjo la explosión. La policía está buscando a ese hijo de puta, pero por lo visto ha salido del país.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Destruyó su propio laboratorio? -pregunté-. ¿Por qué?</p>
<p style="text-align: justify;">-Ya llegaremos a eso. Escucha. Henry Dacosta se convirtió ayer en el dictador de Estados Unidos. Lo ha hecho por aclamación. El parlamento, las masas, el ejército, todos. Le llevaron en volandas a la Casa Blanca.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Dacosta dictador&#8230;? -Me asaltó una fuerte impresión de irrealidad; no me hubiese sorprendido que Martín se echase a reír gritándome &#8220;¡inocente, inocente!&#8221;. Sin saber que decir pregunté tontamente:- ¿Y GenCorp&#8230;?</p>
<p style="text-align: justify;">-GenCorp no existe. Dacosta la ha cerrado. Todas las instalaciones están clausuradas. Otra cosa: desde hace un par de días ha aparecido en la ciudad un nuevo movimiento religioso. Sus miembros son gentes de todo tipo: ricos, pobres, católicos o ateos. Son fanáticos. Y adoran a un dios llamado Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡¿Nanda&#8230;?!</p>
<p style="text-align: justify;">Martín asintió. Durante unos instantes se mantuvo callado, intentando poner en orden sus ideas. Luego, tras mirar de reojo a Maltman, comenzó a hablar.</p>
<p style="text-align: justify;">-Hace cuatro años GenCorp se encontraba al borde de la quiebra. Había invertido ingentes cantidades en desarrollos de bioingeniería comercial. Un negocio muy prometedor. Pero varias leyes restrictivas habían bloqueado a la compañía. GenCorp tenía los productos biológicos más avanzados, pero no podía comercializarlos. Era un gigante con los pies de barro. Aquella situación estaba ahogando financieramente a Dacosta. Hasta que un día, de improviso, le visitó Jawaharlal Nanda. Para hacerle una oferta muy extravagante. Absurda. Quién sabe, quizá en otras circunstancias Dacosta la hubiese rechazado. Pero en aquel momento era un clavo ardiendo al que agarrarse.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿De qué se trataba?</p>
<p style="text-align: justify;">Martín cerró los ojos y se acarició la barba. Por unos instantes pensé que se había dormido. Cuando habló lo hizo sin abrir los ojos, como un sonámbulo recitando un letanía.</p>
<p style="text-align: justify;">-Control biológico del comportamiento. Nanda afirmaba haber descubierto un medio para modificar la conducta humana mediante vectores biológicos. Sólo hacía falta dinero y contar con la colaboración de nuestro querido David Maltman, la máxima autoridad mundial en Eidética.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sólo soy un químico ignorante. -Le interrumpí-. ¿Qué es Eidética?</p>
<p style="text-align: justify;">-La ciencia que estudia la memoria. Maltman es un genio, ¿sabes? Descifró el mecanismo de almacenamiento de la memoria en el cerebro. -Se volvió hacia el investigador y le habló en inglés-. ¿Le importaría explicarle a (?) el registro mnémico? Con sencillez, doctor.</p>
<p style="text-align: justify;">Maltman, que no había dejado de agitarse en su asiento, se inmovilizó. Me miró furtivamente, parpadeó y comenzó a hablar con lentitud.</p>
<p style="text-align: justify;">-La clave para comprender las funciones del mecanismo eidético reside en la integración holística del registro sináptico con el engrama bioquímico. A nivel molecular podemos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Martín le interrumpió con un gesto cansado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Parece que este bastardo solo sabe explicar las cosas de la forma complicada. Escucha (?), existen dos clases de memoria: a corto y a largo plazo. La memoria a corto plazo es la que empleas, por ejemplo, para recordar el número del guardarropa, o un teléfono; datos que mantienes unos instantes en tu cerebro para luego olvidarlos definitivamente. La memoria a largo plazo es la que usas para recordar, por ejemplo, el nombre de tu madre, o el vocabulario: cualquier tipo de información que deba almacenarse toda la vida. Cuando hablo de la memoria, me refiero a conceptos, imágenes, palabras, emociones, a cualquier cosa que podamos almacenar y recordar. ¿Entendido? Pues presta atención: la memoria a corto plazo se genera en el hipocampo en forma de campo eléctrico. ¿De acuerdo? A eso se llama engrama bioquímico. Pero si ese engrama, ese campo eléctrico, permanece activo más de diez segundos, entonces modifica la producción de ARN en las neuronas. ¿Y qué es el ARN? Un mensaje codificado que determina la formación y estructura de las moléculas de proteínas. Ahí está la base de la memoria a largo plazo. Los recuerdos se almacenan en forma de proteínas codificadas por el ARN, el ácido ribonucleico. A esto se llama registro sináptico. ¿Está claro?</p>
<p style="text-align: justify;">No estaba seguro del lugar a donde llevaba aquel discurso, de modo que asentí levemente.</p>
<p style="text-align: justify;">-La memoria es al principio un campo eléctrico en el hipocampo -dije, como recitando una lección-. Ese campo afecta a la producción de ARN, y el ARN a la fabricación de proteínas. Esas proteínas reestructuradas son los almacenes de la memoria. ¿Qué más?</p>
<p style="text-align: justify;">-Exacto. Cuanto más tiempo permanece activo el engrama eléctrico, mas ARN se produce y mas proteínas duplican y almacenan la misma información. Cuando memorizamos algo lo que hacemos es repetirlo constantemente; es decir, mantenemos activo el campo eléctrico para que cree muchos duplicados proteínicos. Es como si tuviéramos una gran librería en la que algunos libros solo aparecen una vez; son los recuerdos débiles. Pero otros libros están repetidos varias veces, y cuantas más veces estén duplicados más eficaz es el acceso a la información que contienen, sencillamente porque es más fácil de encontrar. Ésa es la memoria profunda. Huelga decir que son esos recuerdos más intensos, esa memoria a largo plazo, lo que conforma nuestra personalidad, nuestro pensamiento, nuestro inconsciente. -Martín se frotó las sienes y se volvió hacia el inglés-. Maltman ganó el premio Nobel porque logró descifrar el código proteínico de la memoria. Por eso le necesitaba Nanda para sus propósitos, para su proyecto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Para el Proyecto Maya -señalé-. ¿En qué consiste ese proyecto? Modificación de la conducta, vale. ¿Cómo?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Ha quedado claro que el ARN hace posible el almacenamiento de la memoria profunda? De forma natural, el ARN es producido según el esquema codificado en el engrama eléctrico. Pero hay otras formas de transmitir un mensaje de ARN. Por ejemplo mediante virus.</p>
<p style="text-align: justify;">-Un momento. Los virus son &#8220;paquetes&#8221; de ADN, no de ARN.</p>
<p style="text-align: justify;">-No todos. Normalmente un virus no es más que un pequeño fragmento de ADN que se introduce en el núcleo de la célula para obligarla a producir más virus. Pero existen virus que sólo contienen ARN. Estos virus exclusivamente afectan a la síntesis de las proteínas. ¿Entiendes? El mismo proceso que se produce en el cerebro con la memoria profunda. -Martín se puso en pie y comenzó a pasear por la habitación-. Nanda afirmaba que era posible reestructurar la memoria mediante un vector biológico. ¿Qué clase de vector? Una colonia de virus con su ARN codificado. Los virus se introducirían en el cuerpo humano, llegarían al cerebro y su ARN sintetizaría proteínas idénticas a las moléculas que almacenan la memoria.</p>
<p style="text-align: justify;">Un escalofrío me recorrió la espalda.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Quieres decir que esos virus crearían una memoria falsa?</p>
<p style="text-align: justify;">-Falsa, sí. Pero tan intensa como la auténtica. Más intensa, aún. Los virus se multiplicarán y mientras permanezcan en el cerebro irán sintetizando una y otra vez la misma combinación de proteínas. Irán repitiendo constantemente el mismo mensaje, el mismo &#8220;recuerdo&#8221;. Y ese &#8220;recuerdo&#8221; acabará por convertirse en dominante.</p>
<p style="text-align: justify;">Me incorporé y me acerqué a la ventana. El día era frío, pero radiante. Con aquel sol maravilloso en el cielo parecía imposible la pesadilla que se cernía sobre la humanidad. Intenté reflexionar, ajustar todas las piezas del rompecabezas. Finalmente dije:</p>
<p style="text-align: justify;">-Entonces Helena, el hambre, mis pesadillas&#8230; Todo lo que me está ocurriendo ¿no es más que el resultado de la actividad de un virus?</p>
<p style="text-align: justify;">Martín asintió. Había tristeza en su mirada.</p>
<p style="text-align: justify;">-Fuiste un conejillo de indias. -Se volvió hacia Maltman-. ¿Por qué no le cuenta a (?) lo que le hicieron?</p>
<p style="text-align: justify;">Maltman se removió en su asiento y esquivó la mirada. Parecía haber perdido la fría voluntad que normalmente le animaba. Ahora sólo era un hombrecillo asustado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Al principio trabajamos con cultivos víricos limitados. Introducíamos en el cerebro de los ratones recuerdos de laberintos que nunca habían visto, cosas sencillas. Pero Nanda estaba decidido a construir mensajes muy sofisticados. Construyó en el Sector M un sistema informático tremendamente complejo y lo convirtió en una fábrica de ARN. Podía elaborar mensajes moleculares con el ARN. Aunque llevaba tiempo hacerlo. Sobre todo se tardaba mucho en mutar los virus para convertirlos en vectores ARN. Aun así Dacosta y Nanda decidieron elaborar un mensaje vírico&#8230; comercial. Un virus que transportase algo así como un anuncio. Cereales Helena es un producto de una compañía filial de GenCorp. Con malas ventas. Nanda inscribió en el ARN de una colonia vírica una imagen: los rasgos de la mujer que aparece en los envases de Helena. También diseñó un sentimiento: amor. Amor a Helena. Y un ansia: el deseo irrefrenable de comer esos cereales. En resumen: una compulsión publicitaria.</p>
<p style="text-align: justify;">Perdí los nervios. Me abalancé sobre Maltman. Martín se interpuso, intentando calmarme. Acabé llorando sobre su hombro.</p>
<p style="text-align: justify;">-De modo que esa es mi pesadilla&#8230; -Gemía como un niño, apenas podía hablar-. ¿Como querían vender cereales? ¿Enloqueciendo a la gente?</p>
<p style="text-align: justify;">-¡No, no! -Maltman se mantenía alejado-. Fue un error. Los virus deberían inyectar su ARN con el &#8220;mensaje Helena&#8221; y luego morir. Pero no ocurrió así. Los virus permanecieron activos en su cerebro, duplicando el mensaje una y otra vez.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Por qué no voy contagiando a todo el mundo mi obsesión por Helena?</p>
<p style="text-align: justify;">-Fueron virus fabricados sólo para usted. Investigamos su estructura genética gracias a los análisis de sangre.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero, ¿por qué yo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Porque usted era joven. Porque no tenía familia. Porque era manejable.</p>
<p style="text-align: justify;">-Luego surgió la idea del &#8220;vector presidencial&#8221; -intervino Martín-. Dacosta pensó que era mucho mejor destinar las técnicas de Nanda a su beneficio personal que a la publicidad de sus productos. Nanda le fabricó un vector vírico ARN con un mensaje sencillo: &#8220;Dacosta es el líder&#8221;. Ya has visto el resultado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero Nanda, ese loco, tenía sus propios planes. -Maltman hablaba con nerviosismo, sudaba copiosamente-. ¡Construyó un vector para él, para su propio beneficio!</p>
<p style="text-align: justify;">Martín dejó caer los hombros.</p>
<p style="text-align: justify;">-Creemos que Nanda diseñó un cultivo vírico con un mensaje ARN muy concreto. Algo así como: &#8220;Nanda es Dios&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Los nuevos fanáticos religiosos! -exclamé.</p>
<p style="text-align: justify;">-Debió probar el vector Maya en algunos barrios de la ciudad. Es muy posible que usase los depósitos de agua para transmitir la epidemia vírica. Ahora empiezan a surgir los resultados.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Que se propone Nanda?</p>
<p style="text-align: justify;">-Nanda salió de España. Antes destruyó su laboratorio. Supongo que para evitar que se reprodujesen sus experimentos. La policía sabe que fue a Inglaterra. Y es muy probable que allí tomase otro avión a quien sabe dónde. -Martín se estremeció-. Creo que está diseminando su colonia de virus por todo el planeta.</p>
<p style="text-align: justify;">-Queda muy poco tiempo -intervino Maltman. Ahora el horror parecía haberle cristalizado en una actitud distante, aletargada-. En unos meses toda la humanidad tendrá un nuevo dios. Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Debe haber alguna forma de acabar con esa epidemia! -exclamé- Escucha, Martín: Nanda me dio unas pastillas que menguaban los efectos de Helena.</p>
<p style="text-align: justify;">-Estamos trabajando en ello. Pero no podemos resumir el trabajo de cinco años en unas semanas&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Le has contado a alguien esto?</p>
<p style="text-align: justify;">Martín se encogió de hombros. Asintió.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero no me han creído. Y la verdad, no puedo culparlos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Nada podemos hacer. No hay tiempo. -Finalmente Maltman se había desmoronado; un brillo de demencia restallaba en su mirada-. Nos estamos convirtiendo en marionetas y no nos damos cuenta. -Sonrió sin alegría-. Somos muñecos en manos de un loco. Muñecos pequeños&#8230; Muñecos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Martín se acercó al ventanal y contempló como su hijo jugaba en el jardín.</p>
<p style="text-align: justify;">-La primera vez que oí hablar del Proyecto Maya pensé en la civilización Maya, ya sabes, en el Yucatán. ¿Sabes que los mayas desaparecieron de repente? Su civilización se esfumó, y nadie sabe por qué&#8230; Nanda es hindú, y en el fondo piensa como un hindú. Maya es, para los hinduista, el mundo de la ilusión, de lo ficticio. -Martín permaneció en silencio unos segundos, mirando con ternura a su hijo-. ¿Qué va a ocurrir? -dijo al fin-. ¿Qué va a ser de la gente, de los niños? -cerró los ojos-. ¿Qué le va a pasar a mi hijo?</p>
<p style="text-align: justify;">Y una lágrima resbaló por su mejilla hasta esconderse por entre la espesa barba.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Pasaron los días.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando los gobiernos se dieron cuenta de que algo extraño y peligroso estaba pasando ya era demasiado tarde. Los fanáticos seguidores del dios Nanda se multiplicaban como una plaga obscena, y su culto se extendía entre la población como lo que en realidad era: una epidemia.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando los gobiernos quisieron darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, ellos mismos eran ya devotos del dios Nanda. Y se acabaron los gobiernos y las naciones.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces reapareció Nanda, manifestándose glorioso como un dios hecho hombre.</p>
<p style="text-align: justify;">Y las masas rugieron de placer. El mundo entero se transformó en una teocracia despótica.</p>
<p style="text-align: justify;">Al cabo de unos meses cinco mil millones de seres humanos adoraban a Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero antes, claro, cuando todavía había personas normales, se produjeron las Revueltas Sagradas. Miles de seguidores de Nanda pasaron a cuchillo a cientos de miles de infieles. Qué ironía; aquellos infieles no iban a tardar mucho en convertirse a la &#8220;auténtica fe&#8221;. Todo era una cuestión de diferencias relativas en los tiempos de incubación del virus.</p>
<p style="text-align: justify;">En cualquier caso, la mujer y el hijo de Martín murieron a manos de los devotos de Nanda. Aquello le destrozó, pero siguió trabajando, intentando encontrar un milagro, un remedio para aquella enfermedad divina. Hasta que un día vino a verme. Sus ojos eran los ojos de un muerto.</p>
<p style="text-align: justify;">-(?) es muy posible que seas inmune al virus de Nanda. Creo que tu infección con el vector maya, con Helena, te protegerá. Estás vacunado. O eso espero. Te he traído un compuesto que puede aliviarte cuando sufras un nuevo ataque. Si Helena se pone pesada, tómate una pastilla. Pero ha de ponerse muy pesada. Se trata de un cóctel de drogas altamente agresivas. En cada toma se destruirán millones de tus neuronas. Si abusas, puedes acabar como un vegetal. Pero te aliviará.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿De qué está hecho?</p>
<p style="text-align: justify;">-En el frasco encontrarás la fórmula. Contiene litio, codeína, endorfinas, inhibidores de la fosfodiesterasa, benzodiacepinas, anisomicina, estimulantes centrales y marihuana. -Fingió una sonrisa-. También le he puesto vitamina C, para que no te acatarres. -Me dio una suave palmada en el hombro y se dirigió a la puerta. Antes de irse me miró fijamente y dijo-: ¿Sabes una cosa? Yo también creo en Nanda. ¿Entiendes? Sé que Nanda es Dios, estoy infectado&#8230; Es gracioso, ¿no? (?), hazme un favor: mata a ese bastardo. Si puedes, mátalo.</p>
<p style="text-align: justify;">Y se fue a su casa; y allí, rodeado de sus recuerdos, se suicidó.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué fue de mí? La civilización se desmoronó. Los seres humanos sólo vivían para adorar a Nanda, todo lo demás carecía de significado. Pero yo estaba vacunado. Probablemente era la única persona cuerda que quedaba en el mundo, si es que se puede llamar cuerdo a alguien que está enamorado de un paquete de cereales.</p>
<p style="text-align: justify;">Las ciudades se convirtieron en cloacas, las personas murieron por millones.</p>
<p style="text-align: justify;">Me aprovisioné de copos de avena y de maíz, de arroz inflado y de salvado. Mientras comiese regularmente su marca de cereales, Helena se mantendría razonablemente a raya.</p>
<p style="text-align: justify;">Y fui a la montaña. Allí permanecí dos años y medio.</p>
<p style="text-align: justify;">Luego se acabaron los cereales. Tuve que abandonar mi refugio para buscar más.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces, entre los restos de aquella humanidad violada, vi a los niños. Subnormales sin cerebro de labios babeantes que, desde la cuna, ya pronunciaban el nombre de dios. Y eso, el nombre de Nanda, era lo único que podrían llegar a articular en su vida. Así eran los estragos que el virus de Nanda ocasionaba en un cerebro virgen. Literalmente lo arrasaba, llenándolo de su mensaje e impidiendo que cualquier otro conocimiento anidase en aquellas pobres neuronas infantiles.</p>
<p style="text-align: justify;">Decidí matarle. Por los niños, por Martín y por mí.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Pero cómo? Sabía que Nanda tenía su abyecto palacio en alguna isla griega (un lugar lógico para un dios). Pero ignoraba en cuál. Y, aunque lo supiese, tampoco tenía forma de llegar allí. Y aunque llegase, ¿cómo matarle? ¿Cómo acabar con un dios?</p>
<p style="text-align: justify;">Vagué por un mundo enloquecido, lleno de pústulas y de putrefacción. Las personas eran caricaturas de seres humanos. Autómatas híper religiosos de beatitud compulsiva.</p>
<p style="text-align: justify;">Y luego vi las masacres de mujeres. Y el canibalismo.</p>
<p style="text-align: justify;">Los padres llegaban a comerse a sus propios hijos.</p>
<p style="text-align: justify;">Y los hijos a sus padres. Todo era indiferente.</p>
<p style="text-align: justify;">Tenía que matar a Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero, ¿cómo?</p>
<p style="text-align: justify;">Un día, mientras buscaba cereales entre las ruinas de un supermercado, encontré un bote de insecticida. Era una de las patentes de GenCorp.</p>
<p style="text-align: justify;">Y me quedé ahí, entre las ratas, mirando fijamente aquel espray y pensando. Pensando&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces di con ello. Descubrí el modo de acabar con Nanda. Era sencillo, siempre había estado ahí, a mi disposición.</p>
<p style="text-align: justify;">Volví a la ciudad donde había vivido antes de que Nanda sodomizase a la humanidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Fui a GenCorp.</p>
<p style="text-align: justify;">El corazón me dio un vuelco: el edificio estaba en ruinas. Pude averiguar que un bombardero de la flota de dios había dejado caer sobre el laboratorio sus huevos de fuego. Supongo que Nanda quería romper con su pasado.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasé meses apartando escombros, buscando el camino de mi venganza. Lo único bueno de estos tiempos es que, hagas lo que hagas, nadie se interesa por ti.</p>
<p style="text-align: justify;">Finalmente lo encontré. Hallé el hueco de un ascensor que conducía hacia abajo, hacia lo único que quedaba de GenCorp. Y bajé por aquel túnel estrecho, y cuando llegué a mi meta, el rumor de los ronroneantes motores y la calidez de mil reflejos escarlata me saludaron.</p>
<p style="text-align: justify;">Los sistemas de seguridad habían vencido a las bombas de dios. Los congeladores que guardaban la cosecha de GenCorp seguían en funcionamiento, conservando sus frutos en los gélidos brazos del nitrógeno líquido.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero de todos esos frutos, de entre todas aquellas maravillas de la ingeniería genética, ¿qué era lo que buscaba?</p>
<p style="text-align: justify;">¿Recuerdan el Cultivo 36-J?</p>
<p style="text-align: justify;">La viruela rediseñada, la Súper Viruela. La obra maestra de Jaw Nanda.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Un estornudo, y el fin del mundo&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Oh, con que ánimo feliz estudié en el ordenador los períodos de incubación del virus, sus mecanismos de propagación. Con que mimo descongelé el cultivo (como una comadrona atendiendo un parto delicado).</p>
<p style="text-align: justify;">Con que alegría me inoculé aquella enfermedad mortal e imparable.</p>
<p style="text-align: justify;">Para luego, unos días después, en el momento adecuado, dirigirme al Festival de las Novias de Dios. Y escupir en la cara de aquella pobre muchacha, contagiándole la enfermedad que, como un martillo, aplastará a una humanidad que ya está muerta en vida.</p>
<p style="text-align: justify;">Ah, sí. Yo también moriré. Pero será una muerte feliz.</p>
<p style="text-align: justify;">Porque Jawaharlal Nanda caerá conmigo, víctima de su propia creación.</p>
<p style="text-align: justify;">Esa será mi venganza.</p>
<p style="text-align: justify;">Por los niños, por Martín y por mí.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Mi amor por Helena se acrecienta segundo a segundo. Imagino el virus mutado inyectando su ARN en mis neuronas, almacenando una y otra vez la imagen de esa mujer esquiva, obligándome a amarla, llenándome de una ansiedad extrema y provocando en mí una hambre inhumana.</p>
<p style="text-align: justify;">Me he tomado el compuesto que me preparó Martín. Todo. Ciento veintitrés pastillas.</p>
<p style="text-align: justify;">Creo que será suficiente para arrasar mi memoria, para borrar de ella no sólo a Helena, sino también todos mis recuerdos, todo lo que soy.</p>
<p style="text-align: justify;">La superviruela me matará. Seré su primera víctima. Luego me seguirán unos cuantos miles de millones de individuos. La raza humana quedará borrada del planeta. Pero yo no estaré allí para verlo. Antes de que la fiebre me consuma y las llagas laceren mi carne, mi cerebro se habrá ido.</p>
<p style="text-align: justify;">Habré roto la pared de hielo del recuerdo y no seré nada. Quizá sólo polvo dispersándose entre las ruinas de la memoria.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">No recuerdo quien soy. Ni que hago aquí. Hay un texto en el ordenador, pero me siento demasiado cansado para leerlo.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?</p>
<p style="text-align: justify;">Debería preocuparme, hacer algo, moverme&#8230; Pero he olvidado como se hace.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi memoria parece hecha de jirones de niebla agitados por un vendaval. Todo se dispersa, sólo un recuerdo permanece nítido: una mujer llamada Helena. Puedo ver con precisión sus rasgos perfectos, la piel clara como la leche, el azul profundo de su mirada, la dorada cosecha de sus cabellos.</p>
<p style="text-align: justify;">Helena&#8230; ¿Quién será? Quizá mi esposa, o mi amante.</p>
<p style="text-align: justify;">No lo sé.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Ap nas p do mov r m c rpo. ¿Cómo s hac ?</p>
<p style="text-align: justify;">Cr o q lo h olv dado.</p>
<p style="text-align: justify;">M par c q        h olv dado tambi n alg nas l tras.</p>
<p style="text-align: justify;">Ya nada t n s nt do.</p>
<p style="text-align: justify;">Salvo m amor por H l na.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  César Mallorquí<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Estar tres</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Sep 2009 04:27:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Susana Vallejo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Tiempo y espacio]]></category>

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		<description><![CDATA[Ante los ojos del capitán Ernesto se desplegaba el inmenso ventanal de la nave Madre. Contemplaba el lejano Planeta Amarillo tenuemente iluminado por el punto rojo que era su único sol.
Se estaban aproximando al horizonte de sucesos.
—¡Menuda jornada! —exclamó— ¡Primero se avería el estabilizador derecho, luego perdemos combustible, en tercer lugar la carga se está [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Ante los ojos del capitán Ernesto se desplegaba el inmenso ventanal de la nave Madre. Contemplaba el lejano Planeta Amarillo tenuemente iluminado por el punto rojo que era su único sol.</p>
<p style="text-align: justify;">Se estaban aproximando al horizonte de sucesos.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Menuda jornada! —exclamó— ¡Primero se avería el estabilizador derecho, luego perdemos combustible, en tercer lugar la carga se está pudriendo, y encima los yeexos me&#8230; ¡están comiendo un pie!</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Con esto quiere decir, señor, que nos será imposible llevar a cabo nuestra misión investigadora del horizonte de sucesos? —preguntó un personaje Secundario que cumplía dos funciones a la vez: informaba al lector de qué iba el cuento en pocas palabras, y además era negro, con lo que se conseguía una buena impresión de historia interracial.</p>
<p style="text-align: justify;">En segundo plano se podía observar a Ernesto aplastando a los yeexos con su reciente muñón.</p>
<p style="text-align: justify;">—|Por favor, Secundario, llame al doctor Strange!</p>
<p style="text-align: justify;">—Señor; sí, señor.</p>
<p style="text-align: justify;">Apenas Secundario pulsó el botón de llamada, la nave Madre comenzó a vibrar. Las botellas temblaron, los cigarros cayeron de las bocas y los yeexos del techo, los caballos se desbocaron y todos rodaron por el suelo.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Ay, madre!</p>
<p style="text-align: justify;">Los instrumentos mostraron cómo la nave se desviaba anormalmente de su ruta:</p>
<p style="text-align: justify;">5 g&#8217;s de presión</p>
<p style="text-align: justify;">150 parsec/min</p>
<p style="text-align: justify;">1/2 rad/m</p>
<p style="text-align: justify;">15 horas 31 minutos 26 segundos</p>
<p style="text-align: justify;">Temperatura 80 y bajando</p>
<p style="text-align: justify;">¡El pollo está en su punto!</p>
<p style="text-align: justify;">El Dr. Strange entró en Control Central tambaleándose; no dejaba de apretar un puro entre los dientes, casi tan negro como su imponente mostacho.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Qué ocurre, capitán?</p>
<p style="text-align: justify;">—A mí nada —dijo el jefe, improvisando una muleta—. Atienda a Secundario. —Sus pies asomaban por debajo de un enorme armario.</p>
<p style="text-align: justify;">—Creo que es demasiado tarde, capitán. Ha muerto&#8230; —Y sus ojos, a la sombra de sus gruesas cejas, temblaron de la emoción tal y como ocurre en los dibujos animados japoneses—. Por cierto que le ha quedado una muleta muy bonita, se nota que es usted el héroe. Le deseo toda la suerte del mundo.</p>
<p style="text-align: justify;">En ese momento Toda la Suerte del Mundo se sintió empujada hacia un lugar no muy lejos de aquella porción del Universo. Pero Ernesto, que era muy hábil (no en vano se había hecho una linda muleta de acero y platino al 50%), pudo atrapar un poquito de ella y se la metió en el bolsillo, donde quedó pegada a un chicle usado.</p>
<p style="text-align: justify;">El doctor fumigó a los yeexos que habían caído del techo y llevó los restos de Secundario al Crematorio.</p>
<p style="text-align: justify;">Gracias al cielo todo estaba preparado: los altavoces rugieron y toda la nave se inundó con los suaves acordes del Himno Estelar. Algunos tripulantes se pusieron la mano en el pecho y posaron serios; otros, siempre de pie, cruzaban las manos a su espalda, pero la mayoría las colocaba protegiendo sus partes. De todas formas no importaba, no era un partido decisivo, y el campo no estaba en óptimas condiciones.</p>
<p style="text-align: justify;">—Informe de daños, nave Madre —bramó Ernesto.</p>
<p style="text-align: justify;">—Señor; sí, señor: muertos: 120 —dijo una típica y dulce voz femenina—. Un ataque cardíaco, 13 por golpes y contusiones, 10 asesinados, 80 devorados por los yeexos y 7 suicidios. Heridos: 230, 50 graves y el resto leves. —Llegados a este punto, Ernesto tuvo que forzar sus neuronas para realizar una complicada operación matemática—. Daños en el ala de estribor, perdido el motor C, el tren de aterrizaje abollado y el líquido de frenos a cero. Estamos a punto de penetrar en la zona del agujero negro Pozo de los Infiernos. Tiempo estimado hasta la destrucción total: 1 hora, 30 minutos, 10 segundos. ¿Vuelvo a programar el Himno Estelar, señor?</p>
<p style="text-align: justify;">—No, que no cunda el pánico —murmuró Ernesto.</p>
<p style="text-align: justify;">El pánico por supuesto no cundió; sólo cunde el arroz al cocerlo. En cambio el pánico y los champiñones no cunden nada. Más bien encogen.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Atención, tripulación! Las cosas están bastante feas. ¡Los de la Sección de Inventos  Salvadores Improvisados, a ver si se os ocurre algo! Y por favor, que nadie me venga con mandangas.</p>
<p style="text-align: justify;">El silencio lo cubrió todo con un manto de muerte. Pasaron cinco minutos.<br />
 Pasaron 7 minutos.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasaron un 25, un 39 y algún otro autobús.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasaron dos huevos por agua en la cocinita de gas.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasaron demasiado los filetes.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasaron los indios y lo arrasaron todo.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasaron las lluvias.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasaron más minutos. La tensión crecía por momentos. El sudor perlaba la frente de Ernesto, algunas gotas le caían sobre el cuello del uniforme. Eso sí, las gotas ponían mucho cuidado en caer a cámara lenta, que siempre queda mucho más impresionante. De un momento a otro la atmósfera podría cortarse con un cuchillo de Sheffield (pedidos al 903 444 36 21. Visa, 4B y American XPress. Thank you, Sir).</p>
<p style="text-align: justify;">De improviso los paneles se abrieron y el padre Jonás entró en la cabina. Lo acompañaba Terrier, su inseparable loro. En ese momento le picoteaba la cerilla de la oreja al religioso de la Orden del Sello del Oráculo de Jerusalén de los Últimos Días de Antes del Holocausto de Narices. La casulla del padre Jonás estaba más sucia de lo habitual por los excrementos de Terrier.</p>
<p style="text-align: justify;">—Señor; sí, señor. —dijo— Como representante de la Sección Religiosa, me gustaría que me diera su permiso para preparar las almas de todos los tripulantes.</p>
<p style="text-align: justify;">—He dicho que nadie me venga con bobadas.</p>
<p style="text-align: justify;">—Perdone, señor; si, señor —interrumpió el Segundo de a Bordo—. A mi sí que me gustaría. mi alma es importante, al igual que las de los no nacidos.</p>
<p style="text-align: justify;">—Calma, Segundo.<em></em></p>
<p style="text-align: center;"><em>* * *</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Entonces mi Amo Jonás le dio una galleta y la bendición al Segundo. Yo vi que era crujiente  y dorada y sabrosa. No, señor, la bendición no, señor; la galleta. Y quise ir a por ella, pero el Amo me frenó y el Segundo me miró con cara de asesino, y vi el pollo ya frío en el horno y pensé que no, que quizás sería mejor que la galleta siguiese su camino y yo el mío, amarrado al hombro de Jonás. Así que el capitán siguió esperando, y luego todo empezó a temblar y yo volé a donde pude, y sabía que en la cámara de gravedad cero estaría a salvo por su estratégica situación en la nave, y fui hacia allí, y mi Amo vino detrás y detrás suyo el capitán Ernesto. ¡Ah, sí señor! No sabía que fuese importarte llamarse así. Pues me alegro mucho, señor. Y, verá, casualmente la puerta se cerró después de que entró el capitán, y viajamos hasta durante una semana, según creo, en la esfera hasta que nos encontró el carguero Xtress y me rescató y me trajo a Comandancia, señor. Y no tengo nada más que añadir&#8230; ¡Oh, no, señor! Y nunca supe cómo se cerró la puerta, un pobre animalito como yo no se fija en esas cosas&#8230; No lo sé, señor. El vacío siempre sienta mal a mi especie, no podemos volar en él. Yo permanecí en estado catatónico toda la semana. ¿Ah, no? ¿Los médicos no lo han podido demostrar? ¡Cuánto lo siento, señor! Pero es la verdad, señor. Se lo juro por la blanca casulla de mi bienamado Amo Jonás.</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando el flan de Control Central comenzó a temblar, Ernesto supo que el Fin se aproximaba. Su mayor duda en aquel momento fue si sería un FIN con mayúsculas en castellano, o un The End en inglés. Levantó los brazos dispuesto a tirar de la sirena de alarma y del freno de emergencia; ese gesto excitó sobremanera a los yeexos del techo, que vieron cómo una suculenta comida se les acercaba. Los más golosos se desprendieron de la seguridad de los paneles para hacerse con los pedazos más sabrosos y divertidos.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Oh, no! ¡Las manos no! —Y Ernesto se sacudió a las voraces bestezuelas. Con su único pie alcanzó el fumigador y masacró a los yeexos (Sociedad Protectora de Especies Extraterrestres: 903 455 56 67).</p>
<p style="text-align: center;"><em>* * *</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>230 C.I, señor. Por esta razón fui elegido para volar en la misión Pozo del Infierno. Y por mi capacidad para el leguaje, por supuesto. Con permiso, señor, AAARJJJ, ¿ha visto qué lengua más gruesa y negra tengo? Ni siquiera ceceo.</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">[NOTA HARD: la nave se aproximaba al horizonte de sucesos del Pozo del Infierno. El capitán se enfrentaba al problema de la falta de energía para salir de su zona de influencia gravitatoria (cualquier parecido con Pórtico y sus derivados es pura coincidencia). Si lograse enviar la mayor parte de la nave hacia el agujero, la parte restante sería eyectada hacia fuera. Cuanta mayor masa consiguiese meter en el agujero, mayor energía ayudaría a salir a la otra parte. –Sea como fuere quien parte y reparte, se queda con la mejor parte-].</p>
<p style="text-align: justify;">Rápidamente Ernesto, que no era tonto (por algo era capitán y lo había conseguido sin enchufes), lo vio todo claro;</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Atención, tripulación! —gritó por megafonía— Todos a babor, rebajas en la Sección Navidades Felices.</p>
<p style="text-align: justify;">Y la muy bien entrenada tripulación empezó a recorrer los pasillos hacia aquella zona. Poco a poco la masa se fue desplazando.</p>
<p style="text-align: justify;">Control Central y la cámara de vacío se encontraban a estribor.</p>
<p style="text-align: justify;">Terrier contempló de pronto la esfera de gravedad cero y comprendió la jugada. Su cerebro de ave psitácida de la antigua América del Sur, caracterizada por su plumaje verde con plumas encarnadas en alas y cola, y que puede alcanzar más de 50 años de vida, había discurrido acertadamente. Abandonó el sucio hombro del padre Jonás, apretó rápidamente el botón de desconexión de la cámara y salió volando (y no es una figura retórica) hacia estribor.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Terrier, Terrier! ¡Por ahí no! —gritaba Jonás.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero el dinosaurio volante (aprovechando la moda: hay que decir que las aves son los descendientes más directos de aquellos bichos; y no los antiguos políticos como algunos creen) siguió directamente hacia la cámara.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Terrier, mi vida! ¡Vuelve aquí! —Y salió corriendo tras su loro.</p>
<p style="text-align: justify;">Un nuevo temblor sacudió las entrañas de la nave, especialmente el hígado y el bazo.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Padre, padre! ¡Déjelo! ¡Tenemos que ir a babor! —gritaba entre el estruendo Ernesto. Con un ágil salto alcanzó la sotana del religioso.</p>
<p style="text-align: justify;">La tensión de las fuerzas en conflicto se encontraba en su punto álgido. La tensión de la tela de la sotana también. Y la del capitán Ernesto. Y la de las torres de electricidad que pasan por encima de los patios de los colegios.</p>
<p style="text-align: justify;">Por un momento todo pareció congelarse; era cuestión de gramos que la nave encontrase su equilibrio. Por un lado pudo más el algodón negro que la fuerza del capitán. El padre Jonás corrió detrás de Terrier, y arrastró a Ernesto por los suelos, agarrado a su sotana.</p>
<p style="text-align: justify;">El padre Jonás penetró en la cámara de gravedad cero tras Terrier. Las puertas comenzaron a cerrarse, amenazando con pillar las piernas al capitán. Pero finalmente, como le faltaba un pie, entró del todo; y su muleta de acero y platino al 50% sólo hizo un ligero &#8220;click&#8221; contra los paneles al cerrarse.</p>
<p style="text-align: justify;">En este momento las fuerzas en conflicto tomaron una determinación, aunque los sindicatos de opusiesen.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡¡No!! ¡¡Nooo!! —gritó Ernesto.</p>
<p style="text-align: justify;">Justo entonces el peso quedó distribuido.</p>
<p style="text-align: justify;">El agujero negro engulló la nave y su masa, la cámara de gravedad cero salió disparada hacia las profundidades del espacio. Una vez liberada de la nave Madre y de su aceleración, la cámara alcanzó realmente la gravedad cero. Porque es de todos bien sabido que cualquier tipo de aceleración de ese calibre produce una mínima gravedad, que hace imposible crear un vacío.</p>
<p style="text-align: center;"><em>* * *</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>No, señor. Me niego a relatar con detalle todo lo sucedido en la cámara durante el tiempo que permanecí consciente. Lo siento. ¿Instigación al asesinato? ¿Yo? Yo no pude matarles. Mis alas estaban inutilizadas en la gravedad cero. Las garras ¿insuficientes? ¡Ya lo sabía yo, señor! Pero mi religión y mi gran sentido de la lealtad hacia mi Amo Jonás me impiden hablar. Me acojo a la CCXXXII Enmienda de los Derechos de los Viajeros y Navegantes Espaciales, y al artículo 345 de los Derechos de los Animales en Viaje Galáctico. ¿Cómo?&#8230; Preferiría, señor, que no se dirigiese a mí en esos términos. Hiere mi sensibilidad.</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Oh, no! ¡Padre Jonás! Nos alejamos del Pozo. ¡Mi tripulación!</p>
<p style="text-align: justify;">—Dios tenga piedad de sus almas.</p>
<p style="text-align: justify;">—Tú calla, pajarraco inmundo. Y usted, padre, guarde ese botafumeiro, que me va a dar en la cara. ¿Sabe qué es lo que más me jode de este asunto? —exclamó melancólico el capitán, flotando en la nada—. Que esto me ocasionara un trauma psicológico tan grande, que no podré superarlo jamás. Sniff, buaaa,,.</p>
<p style="text-align: justify;">[Nota del Autor: esto tampoco tiene nada que ver con una conocida novela de F. Pohl].</p>
<p style="text-align: center;"><em>* * *</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>¿La convivencia? Difícil, muy difícil, señor. Un espacio tan cerrado, pequeño. Sólo tres seres vivos en él.</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Sabe, padre? Nunca me había fijado, pero tiene unos ojos preciosos.</p>
<p style="text-align: justify;">—Háblame de tú, capitán.</p>
<p style="text-align: justify;">—Llámame Ernesto, por favor.</p>
<p style="text-align: justify;">Y sus manos consiguieron tocarse en un cálido fundido.</p>
<p style="text-align: justify;">FUNDIDO</p>
<p style="text-align: justify;">[Nota del Autor: es falsa la publicidad que dice que funden bien los quesos en sabanitas. El queso que mejor funde no es ese, sino el natural. Mejor no poner a las pizzas queso en sabanitas].</p>
<p style="text-align: justify;">ABRE FUNDIDO</p>
<p style="text-align: justify;">La tenue luz del Planeta Amarillo iluminaba la esfera de gravedad cero, que flotaba a la deriva por el espacio.</p>
<p style="text-align: justify;">Los cuerpos de Ernesto y Jonás se entrelazaban en un bonito contraluz (si hay una buena fotografía, el espectador acepta más fácilmente las escenas escabrosas).</p>
<p style="text-align: justify;">El padre Jonás, despojado de su hábito, abrazaba al capitán, que le daba la espalda. Con una mano le acariciaba las tetillas, con la otra los testículos.</p>
<p style="text-align: justify;">Ernesto tenía un pecho musculoso y peludo. Jonás no. Más bien parecía una pescadilla hervida.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero, ¿por qué el capitán se dejaba dominar pos Jonás?&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando Ernestito era un niño de tres años, pidió a su mamá una chocolatina rellena de menta con cromos 3-D. Su mamá le dijo que no mientras hojeaba una revista porno del National Geographic. Aquel trauma supuso un grave golpe para Ernesto. Desde entonces asociaría satisfacción-frustración-sexo-hombres-culpa. Se convirtió en homosexual y además masoca.</p>
<p style="text-align: justify;">Por su parte, Jonás era un adolescente lleno de granos, feo y tímido, pero le gustaban las chicas a rabiar. Un día pidió a Sonia, otra adolescente granosa, pero con dos tetas redondas, grandes y hermosas, que le hiciese una paja. Sonia no sólo se negó, sino que además le llamó &#8220;feo, gordo y baboso&#8221;. Sonia llevaba una crucecita colgada del cuello. Desde entonces Jonás se hizo bisexual; dos semanas después ingresó en un convento.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Ernesto jadeaba de placer. Sentía a Jonás muy dentro de él. Cada vez que el padre empujaba, el efecto, en la cámara de gravedad cero, hacía que saliesen despedidos hacia las paredes esféricas. Ernesto se aplastaba entonces la cara contra los cristales. Eso le arrancaba gritos aún mayores de placer. El padre no lo soltaba. Aunque delgadito, era fuerte. Seguían rebotando de lado a lado, ante la impávida mirada de Terrier, que prefería pensar en sus propias cosas y procuraba no enredarse con la sotana, muleta,  botafumeiro, calzoncillos y uniformes que flotaban alrededor.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡¡Terrier!! ¡¡Terrier, muérdeme!! —gritó Ernesto.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Es una orden, señor?</p>
<p style="text-align: justify;">—Sííí&#8230; —contestó el capitán, con voz desfalleciente.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Dónde, señor?</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Es necesario que lo es especifique, bicho repelente?</p>
<p style="text-align: center;"><em>* * *</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>No, señor. No sé nada. Le repito que me encontraba en estado catatónico. No sé nada de restos de&#8230; ¿qué señor? ¿Semen, señor?</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El semen derramado flotaba en la cámara en forma de esfera babosa. Terrier intentaba evitarla. Los cuerpos de los amantes flotaban (no olvidemos el bonito efecto de contraluz del Planeta Amarillo). La luz producía lindos efectos sobre las gotitas de sudor que adornaban el pecho peludo del capitán, y que rápidamente salían volando.</p>
<p style="text-align: center;"><em>* * *</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>¿Sangre, señor? ¿Sangre? ¡Qué desagradable! Yo no sé nada, señor, Yo estaba en estado catatónico.</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Un movimiento se iniciaba en tres lugares a la vez: en la entrepierna de Ernesto, en la de Jonás y en el collarín del padre. Tras varias horas en gravedad cero, la biología del yeexo polizón se hace a las nuevas condiciones de vida. Su instinto le hace dirigirse hacia la carne más caliente y próxima. De manera que inicia la maniobra y sale de su escondite en el collarín de la sotana.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Aarrjjj! —gritaba Ernesto, en un increíble alarido de agonía y placer.<br />
 —¿Qué te ocurre, querido? ¿Qué&#8230;? ¿Oh, no! ¡Un yeexo!</p>
<p style="text-align: justify;">Ante los sorprendidos ojos del padre, la polla del capitán se convierte en un guiñapo sanguinolento.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Jonás, me muero! Quie&#8230; ro&#8230; que&#8230; se&#8230; pas&#8230; que&#8230; te&#8230; quie&#8230; ro&#8230; por&#8230; siem&#8230; pre&#8230; ¡Aarrjjj! —una beatifica sonrisa iluminó su muerto semblante.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡No, por favor, no! ¡Terrier, es terrible, 44 años he tardado en encontrar un hombre de verdad. Mi amor&#8230; para perderlo así&#8230; No lo puedo soportar —exclamaba entre sollozos el religioso, mientras el yeexo ya estaba devorando los intestinos.</p>
<p style="text-align: justify;">La sangre en pequeñas gotitas esféricas se elevaba hasta llegar a los cristales, donde con un dulce ¡pluff! estallaban, dejando unas pringosas y bonitas estrellas escarlatas (&#8221;Juro que no volveré a pasar hambre, ¡lo juro!&#8221; Na-na, NA-naaaa, na-na, NA-naaaa&#8230;).</p>
<p style="text-align: justify;">—¡No, Ernesto! ¡Así no!</p>
<p style="text-align: justify;">Presa de la desesperación y la histeria (que no sólo ataca a mujeres, según se podría desprender del numeroso material audiovisual que consumimos habitualmente), el padre Jonás cogió lo que tenía más a mano, es decir, el crucifijo que flotaba alrededor de su cuello, y como un perfecto samurái se lo clavó donde buenamente pudo.</p>
<p style="text-align: justify;">—¡Adiós, mundo cruel! ¡Espérame, Ernesto, voy contigo!</p>
<p style="text-align: justify;">La visión de tanta sangre excitó al yeexo, que comió aún más rápido. La cantidad de alimento era tan enorme que pronto se llenó su estómago. Pero su metabolismo no estaba programado pare dejar de alimentarse. Así que comió, comió y comió&#8230; hasta estallar en un millar de esferitas de tripitas verdes—propias de su especie—. Alguna de ellas fue a chocar contra Terrier, que flotaba en su siesta—inevitable tras un combate de ejercicio sexual—, pero como el color de las tripas hacía juego con el verde de sus  plumas, no se preocupó lo más mínimo y siguió durmiendo.</p>
<p style="text-align: center;"><em>* * *</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>¿Héroe, señor? ¿Único superviviente? Es un enorme honor para mí. No, señor, no: enorme sin hache y honor con hache. De nada, señor. Siempre a sus órdenes, señor&#8230; ¿Dónde? ¿Dónde quiere que le muerda, señor?</em></p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Susana Vallejo<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Maleficio. Tercera Parte</title>
		<link>http://www.humoyespejos.com/2009/06/19/maleficio-tercera-parte/</link>
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		<pubDate>Fri, 19 Jun 2009 04:38:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Miguel Aguilera y Javier Redal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Tiempo y espacio]]></category>

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		<description><![CDATA[ SEIS
Jeldis Talnago seguía meditando en las palabras del Houngan mien­tras el trasbordador descendía hacia la iluminada pista de tierra batida. Las luces de aterrizaje parpadeaban en blanco y naranja bajo el lóbrego cielo nocturno, en el que chispeaban unas escasas dos mil estrellas. Incluso su mórbida cultura temía la noche.
Repasó su portaamuletos. Había efectuado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong> SEIS</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Jeldis Talnago seguía meditando en las palabras del Houngan mien­tras el trasbordador descendía hacia la iluminada pista de tierra batida. Las luces de aterrizaje parpadeaban en blanco y naranja bajo el lóbrego cielo nocturno, en el que chispeaban unas escasas dos mil estrellas. Incluso su mórbida cultura temía la noche.</p>
<p style="text-align: justify;">Repasó su portaamuletos. Había efectuado una consulta rápida al <em>Ma­nual de Vaticinios</em> de Neerquine, cuyo heptagrama 563 indicaba &#8220;vicisitu­des fluctuantes&#8221;. De modo que escogió el Ankh de Mishram, el Prisma Celeste, el Orbe Invernal y el Huevo de Dingus; en su dedo medio lucía además el Anillo de Jandor como precaución suplementaria.</p>
<p style="text-align: justify;">La nave se posó, arrastrando una nube de polvo flotante tras ella. Unos lázaros designados por Talnago acercaron la rampa móvil. Cuando se abrió la com­puerta, descendió un individuo rollizo, envuelto en una túnica recamada. Iba segui­do por un apuesto muchacho con uniforme de acólito.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago reconoció al primero con desagrado: era Aadi Zoyos, im­portante personaje de la Congregación de Legba, y jefe de la Brigada de Purificacio­nes: un tipo regordete, de incipiente calvicie, con el largo cabello rubio de la nuca anudado en una trenza. Sus vestiduras, bordadas con hie­rogramas cósmicos, contrastaban con la sobria dalmática de Talnago.</p>
<p style="text-align: justify;">-Usted debe ser <em>Talando</em> -dijo sin más preámbulo. Se acomodó sobre la nariz unas antiparras incrustadas de oro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Talnago. Jeldis Talnago, para serviros en esta hora un tanto tardía.</p>
<p style="text-align: justify;">-Cierto, <em>ohseñor</em> Talnago, y esta premura también me ha causado no pocas molestias&#8230; pero la orden del Houngan especificaba &#8220;de inmediato&#8221;, y no dejó lugar para la objeción.  -la voz de Zoyos era afectada y untuosa.</p>
<p style="text-align: justify;">-Comprendo, comprendo. Tengo un vehículo todo terre­no, así que os guiaré a vos y a vuestro ayudante a Base Aleph.</p>
<p style="text-align: justify;">-Perfecto. Por cierto, este joven es mi estimado Odole, auxiliar de exor­cista -el acólito hizo una breve inclinación, a la que Talnago correspon­dió con un impaciente cabezazo-. Pero me temo que traigo más personal, <em>ohse­ñor</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Señaló a la rampa, por donde empezaban a descender con paso monóto­no unas figuras cargadas con fardos, de los que sobresalían azado­nes y palas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Esos son&#8230; -se sorprendió Talnago.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lázaros, en efecto.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Pero&#8230; tantos!</p>
<p style="text-align: justify;">Zoyos se encogió de hombros.</p>
<p style="text-align: justify;">-Son las órdenes del Houngan. Quiere que el trabajo se haga con la mayor diligencia, ya le he dicho. Odole, querido, toma la mitad de los lázaros y encamí­nate al cementerio.</p>
<p style="text-align: justify;">-Como diga Vuesa Umbría -dijo el joven, que se dirigió hacia el inmóvil grupo de lázaros.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero&#8230; -empezó Talnago.</p>
<p style="text-align: justify;">-Hay mucho que hacer: bendecir las herramientas, excavar sepultu­ras, purificarlas, consagrar el terreno&#8230; El joven Odole está capacitado para todo ello. Ha traído un electrociclo para facilitar sus desplazamientos. Mi­entras, nosotros empezaremos a clasificar y reunir los restos mortales en la ciudad. ¿Decíais de un vehículo&#8230;?</p>
<p style="text-align: justify;">Confuso, Talnago condujo al orondo dignatario hasta el auto todo terre­no. El acólito Odole ya se alejaba en su electrociclo, seguido por un nutrido tropel de lázaros trotando de cuatro en fondo. Talnago arrancó el TT y se dirigió a Base Aleph, mientras el resto de los lázaros se apresuraba tras ellos.</p>
<p style="text-align: justify;">Zoyos sacó de su túnica un ejemplar de los Apócrifos Sibilinos en edi­ción de bolsillo, enfrascándose en la lectura. Talnago, por su parte, no se sentía de humor para conversar.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">‑Las cifras siguen estando mal -rezongó al fin Hari, pasando una mano nerviosa por sus cabellos blancos-. Esta emisión no es posible en un cuerpo de las característi­cas de Kali B.</p>
<p style="text-align: justify;">Mahal había abierto la nevera y se había servido un té helado. Ofre­ció uno a Hari, que rehusó con un gesto.</p>
<p style="text-align: justify;">‑Vamos, Hari, seamos empíricos. Nadie ha estado an­tes tan cerca de un agujero negro. Quizás es la teo­ría la que tiene agujeros.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari siguió negando con la cabeza y Mahal se encogió de hom­bros. A esa avanzada hora de la noche no tenía la mente preparada para ese tipo de discusiones.</p>
<p style="text-align: justify;">‑En todo caso -dijo la chica-, a <em>Almirante</em> solo le interesa evaluar el potencial energéti­co del agujero. Yo no me preocu­paría tanto. Si un bicho grazna como un pato, tiene pies de pato, y pico de pato, para mí es un pato. De mo­do que, si tiene toda esa formidable gravedad, nos basta.</p>
<p style="text-align: justify;">-No -dijo Hari concluyente- Necesito hablar con <em>Almirante</em>, esto es muy importante. Mahal, ¿puedes localizarlo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Por supuesto -dijo la chica pulsando la joya central de su anillo.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El TT conducido por Talnago atravesó la entrada sur sin problemas.</p>
<p style="text-align: justify;">El centinela ojeó rutinariamente sus papeles; Talna­go tenía plena libertad de movi­mientos, la llegada del mandatario shaktista figuraba en el orden del día, así que ¿para qué preocuparse? Se limitó a un vistazo de repulsión fascinada ante los lázaros que trotaban a paso ligero, con una inhumana sincronía, sin aparentar cansancio.</p>
<p style="text-align: justify;">Una vez dentro, Aadi Zoyos tomó un pequeño radiotransmisor. Talnago lo reconoció como los usados por los capataces de lázaros, para dar órdenes a un grupo numeroso.</p>
<p style="text-align: justify;">-Grupos A, B, C y D, dirigíos a la derecha hasta ver una entrada, y cuando lleguéis, parad -casi la mitad del grupo se separó del resto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Empezaremos a recorrer las calles de este a oeste, así estaremos segu­ros de no pasar un resto humano por alto -murmuró a guisa de expli­ca­ción-. Por favor, lléveme al lugar de mando aquí.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Al centro de comunicaciones o al Hounfor?</p>
<p style="text-align: justify;">-Al de comunicaciones. Tenemos que coordinar las tareas de mu­chos lázaros.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero, recoger los restos de nuestros hermanos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Los lázaros no los pueden tocar, en efecto. Los señalarán para que lo hagamos usted y yo. Recogerán los restos de los lázaros, nada más.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago no estaba muy seguro de que los lázaros pudieran distin­guir entre ambos tipos de restos humanos; su intelecto no era tan sutil. Pero no dijo nada.</p>
<p style="text-align: justify;">Se detuvieron ante el centro de comunicaciones y se apearon. Tras ellos, los lázaros formaban estólidos, inmóviles, con los brazos colgan­do.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">La extensión de <em>Almirante</em> penetró en el observatorio flotando como un corcho arrastrado por la corriente. Las débiles extremidades que surgían del cuerpo ovoide se agitaron indolentemente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Dígame, Hari. ¿Ha encontrado algo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Algo desconcertante. El observatorio funciona bien ahora, pero no consigo hacer encajar las cifras con la teoría&#8230; ¡Maldita sea! -Hari volvió a pasar una mano por su cada vez más revuelto cabello- Solo hay un mode­lo que soporte esa anomalía de masa&#8230; Creo que este agujero negro es un objeto hueco.</p>
<p style="text-align: justify;">Mahal parpadeó con sorpresa.</p>
<p style="text-align: justify;">‑¿Un agujero <em>hueco</em>?</p>
<p style="text-align: justify;">‑Oh, sí -Hari indicó al ordenador que construyera una representa­ción holográfica de los datos obtenidos, y un gran globo verde apareció en el centro de la sala.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mirad esto -siguió diciendo Hari, mientras señalaba el globo-, la superficie parece una &#8220;pared de dominio&#8221; curva­da&#8230; una hipotética dis­tor­sión plana del espacio-tiempo, como la versión bidimensio­nal de una cuerda cósmica. Una cosa muy, muy masiva. Y toda la masa está concen­trada justo bajo el horizon­te de sucesos. ¿Có­mo explicáis algo así?</p>
<p style="text-align: justify;">-Tú eres el astrofísico -dijo <em>Almirante</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, y este astrofísico ha reflexionado, especula­do salvaje­mente, creado modelos matemáticos que no le convencieron ni a él&#8230; Este es el segundo aconte­cimiento extraordinario con el que nos encontramos desde que llegamos aquí.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y piensas que pueda haber una relación? -preguntó la extensión de <em>Almirante</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-Le puedo asegurar que algo muy extra­ño está sucediendo en este sistema este­lar&#8230; Kali B no puede ser un agujero negro&#8230; ¡Maldición! -Hari dio un puñetazo en la mesa-, ¿como no lo vi antes? Ese <em>objeto</em> fue el cau­sante de la destrucción de la &#8220;<em>Dharani</em>&#8220;.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero -dijo <em>Almirante</em>- tú explicaste perfectamente ese accidente.</p>
<p style="text-align: justify;">-No expliqué ninguna maldita cosa&#8230; -Hari se puso en pie, y caminó frenético por el observatorio. Mahal le siguió con la vista. Nunca habría imaginado a Hari maldiciendo-. No tenía suficientes datos, y bus­qué la explicación más senci­lla posible. Pero estaba equi­vocado.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Estás seguro? -preguntó <em>Almirante</em>- Pareces haber descartado muy pronto que Kali B no sea un simple agujero negro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero también hay otro hecho inexplicable desde el principio: los agujeros negros se forman por el colapso de una estrella muy masiva; eso significa que Kali B fue una supernova. ¿Cómo se las arreglaron <em>los planetas</em> de Kali A para sobrevivir?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿No pudo ser que Kali B fuera capturado por Kali A? -preguntó Mahal.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y dejar a los planetas en sus hermosas órbitas circulares?</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero -dijo <em>Almirante</em>- si Kali B no es un agujero negro&#8230; entonces, ¿qué és?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, eso me pregunto yo&#8230; ¿Qué es?</p>
<p style="text-align: justify;">Hari descubrió que la respuesta le daba mucho miedo.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">La filosofía de diseño de las naves cofraditas había sido siempre la salva­guardia de sus tripu­lantes y pasajeros, durante toda clase de viajes o en cualquier situación de emer­gencia. La flota cofradita tenía una larga tradi­ción de seguridad en este terreno, y la dilatada expe­riencia era una de las claves de su éxito mercantil. Así pues, cuando la &#8220;<em>Pusparatha</em>&#8221; recibió la llamada de socorro del trasbordador shaktista, la gestora de operaciones ordenó Alerta Amarilla.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Capitana</em>, que estaba en el Recinto Expedito, llamó al puente en el acto. Uno de sus básicos corrió a la terminal y enchufó su cola en ella. Diez más formaron una cadena que se prolongó hasta el enorme cono.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Sí? -no era necesaria ninguna identificación especial; el básico ya había enviado su clave y el ordenador le dio pleno acceso.</p>
<p style="text-align: justify;">-Parece que uno de los transbordadores shaktistas tiene una avería -dijo la gestora de operaciones-, y piden permiso para un amarre de eme­rgencia.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bien. Voy allí.</p>
<p style="text-align: justify;">Algunos de sus básicos echaron una última mirada a la fronda vapo­rosa de árboles achaparrados y hojas imbricadas. Le disgustaba verse inte­rrumpi­da en un momento así; andaba escasa de machos, por lo que había empolla­do una nidada partenogenética. Dejó a tres básicos para que se encargaran de construir las celdas de subsistencia y, caminando sobre un centenar de aquellos seres semejantes a insectos, su mole em­pezó a despla­zarse hacia el puente.</p>
<p style="text-align: justify;">La actividad en el puente era intensa, pero relajada. <em>Almirante</em> pare­cía conversar con alguien del planeta a través de una extensión. Los básicos de <em>Astrogadora</em> y de <em>Gestora de operaciones</em> hormigueaban en torno a los co­nectores. <em>Capitana</em>, al entrar, ejecutó, con una docena de sus básicos, una danza de salu­do. El personal de puente vaporizó respuestas.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Capitana</em> -dijo la gestora de operaciones-, he ordenado que abran la esclusa del hangar 5 y preparen las vainas de expulsión.</p>
<p style="text-align: justify;">La oficial de guardia abandonó el cuenco y <em>Capitana</em> fue acomodada en él.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bien. ¿<em>Astrogadora</em>?</p>
<p style="text-align: justify;">-Me he puesto en contacto con el piloto del transbordador -dijo ésta-. No pueden maniobrar en la atmósfera ni regresar a su nave.</p>
<p style="text-align: justify;">-Quisiera hablar con él.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Astrogadora </em>correteó sobre los controles, activando diferentes op­ciones de menú. Una pantalla mostró al poco rato a un humano alto y enjuto de sexo masculino.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿<em>Capitana</em>? -dijo el humano-. Soy Zaouli Tamure, Ensalmador Puri­ficante. Me honra con su atención personal. Me dirijo a Kaliloka con un cargamento de lázaros para&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Tienen un problema? -verbalizó <em>Capitana</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Un básico de <em>Astrogadora</em> trepó sobre <em>Capitana</em> y le dijo: <em>Señora, hay algo raro en esto. Conectemos</em>.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Capitana</em> enderezó todas sus antenas. Como el que no quiere la cosa, una cadena de básicos unió a <em>Capitana</em> con la astrogadora.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> ¿Sí?</em>, dijo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eh&#8230; en efecto -decía Tamure-. Un fallo en el sistema hidráulico, dice mi piloto&#8230; ¿Podemos&#8230; podemos subir a bordo?</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Dicen que no pueden regresar a su nave</em>, explicó <em>Astrogadora</em>. <em>Pero no me lo explico, porque en principio sí pueden. Un fallo hidráulico afe­ctaría sólo a los controles aerodinámicos</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sin problemas. Tenemos preparado un hangar -<em>Haga una retros­pec­tiva desde que partieron de su nave</em>, ordenó <em>Capitana</em>. <em>Astrogadora</em> co­rreteó sobre los controles, activando diferentes opciones de menú.</p>
<p style="text-align: justify;">-Gracias, <em>Capitana</em>. Lamento causarle estas molestias.</p>
<p style="text-align: justify;">-No hay de qué.</p>
<p style="text-align: justify;">Una pantalla mostró esquemáticamente la trayectoria de los dos tran­sbordadores. La &#8220;Avidya&#8221; estaba en una órbita ligeramente más elíptica que la de la &#8220;<em>Pusparatha</em>&#8220;, casi circular, con su perigeo a la mis­ma dis­tancia del planeta. El icono que identificaba a la &#8220;<em>Pusparatha</em>&#8221; coincidía con el del trasbordador. El otro estaba en plena reentrada.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> ¿Lo ve?</em>, dijo <em>Astrogadora</em>. <em>Bastaría encender su propulsor princi­pal para adquiriese una nueva órbita elíptica, que le llevaría a su nave ma­dre</em>.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">En el centro de comunicaciones sólo había tres ksatryas. Uno de ellos su­pervisaba el tráfico de información ante una pantalla, pero no pare­cía muy ocupado. Se limitaba a mirar cómo el ordenador intercambiaba información. Otros dos jugaba a los naipes.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago y Zoyos entraron. Este último iba flanqueado por dos láza­ros de aspecto menos astroso que los demás. Sus sirvientes personales, sin duda.</p>
<p style="text-align: justify;">El soldado que estaba ante el monitor se puso en pie.</p>
<p style="text-align: justify;">-Buenas noches. ¿Puedo ayudarles en algo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, muchas gracias. Verá, necesitamos un canal de radio para nues­tros trabajadores y monitorización por circuito cerrado de TV -llevó la mano al interior de su túnica-; nuestra frecuencia de trabajo será de&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Hubo un plop. El soldado saltó hacia atrás y cayó de espaldas, con una mueca de incredulidad en su rostro. Los otros dos se levantaron, sor­prendi­dos. Plop-plop-plop-plop. Ambos se sacudieron y Talnago vio apare­cer manchas rojas en sus pecheras, que estallaban como diminutos cráteres. Cayeron desmadejados, en posiciones absurdas, laxos como marionetas sin hilos, y el aturdido Talnago tuvo la certeza de que estaban muertos.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin comprender, miró hacia los lázaros. Cada uno empuñaba una pistola automática con silenciador</p>
<p style="text-align: justify;">En la mano de Zoyos también había una pequeña pistola. Una co­lumnita de humo se elevaba de la boca del silenciador. Talnago se vio inca­paz de hablar. Con el corazón desbocado, esperó el siguiente disparo.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero no lo hubo. Zoyos tocó el silenciador con el pulgar y lo retiró sobresaltado.</p>
<p style="text-align: justify;">-No me imaginaba que esta cosa quemase tanto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero&#8230; usted&#8230; cómo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Tranquilícese, querido amigo -dijo el otro, tan meloso como siem­pre, mirando a la calle-. Estoy asumiendo el mando.</p>
<p style="text-align: justify;">Tomó el comunicador de su túnica. Lo encendió y dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">-Atención, lázaros. El reloj del Armagedón marca la hora en punto. Repito: el reloj del Armagedón marca la hora en punto.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago, su mente girando frenética, comprendió que era una clave. La respuesta no se hizo esperar.</p>
<p style="text-align: justify;">Una tremenda explosión hizo temblar las paredes, y Talnago se aferró a una mesa para no caer.</p>
<p style="text-align: justify;">La luz se apagó.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso fue la central de energía -la voz de Zoyos le llegó de la oscuri­dad-. Le aconsejo que nos quedemos aquí.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Por qu&#8230;?</p>
<p style="text-align: justify;">-Porque los lázaros recorrerán las calles de este lugar. Matarán a todo lo que se mueva, fuera de este edificio.</p>
<p style="text-align: justify;">Su dicción era tan amanerada y empalagosa como siempre.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">-Sólo puedo ofreceros una respuesta -dijo finalmente Hari-, no es un agujero negro, sino algo un millón de veces más extraño: una <em>inter­fase</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Una&#8230; interfase? ¿De qué estás hablando? -preguntó Mahal.</p>
<p style="text-align: justify;">-Un agujero negro es una singularidad del espacio-tiempo -explicó rápidamente Hari-, pero esto es como una burbuja en el tejido del espacio-tiempo. La superfi­cie de tensión entre dos continuos en contacto.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue como si aquella revelación hubiera sido algo excesivo para la extensión de <em>Almirante</em>. Sin previo aviso, el huevo transparente se derrumbó y rebotó en el suelo con un sordo ruido.</p>
<p style="text-align: justify;">Justo en ese momento, se apagaron las luces del obse­rvatorio.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>SIETE</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong></strong>-Señora, hemos perdido contacto con Base Aleph -informó <em>Gesto­ra de operaciones</em>.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Capitana</em> no dijo nada por un momento.</p>
<p style="text-align: justify;">-Traten de reanudar la comunicación.</p>
<p style="text-align: justify;">Uno de sus básicos, como si su minúsculo cerebro captase una orden inconsciente, paseaba sobre el tablero, muy cerca de donde se leía ALE­RTA ROJA, en los funcionales ideogramas cofraditas.</p>
<p style="text-align: justify;">Instruyó a uno de sus básicos: <em>informar a Almirante</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">La respuesta llegó casi al instante en forma de un básico de <em>Almi­rante</em>: <em>Lo sé, he perdido la unidad con mi básico de base Aleph. Todo esto es muy extraño. Tome precauciones.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Inmediatamente, <em>Capitana</em> ordenó con sonidos humanos:</p>
<p style="text-align: justify;">-Personal de Seguridad, acuda al Hangar 5.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Odole Yasu era un joven ambicioso, dispuesto a llegar muy alto en la jerar­quía. Estar al servicio de Zoyos incluía ciertas actividades muy aleja­das de lo espiritual; pero el influyente personaje le había proporcionado rápidos ascensos rápidos. De modo que, cuando su superior le propuso el trabajo, aceptó con mil amores. Y cero escrúpulos.</p>
<p style="text-align: justify;">Todo iba según el plan. Los lázaros habían alcanzado una posición equidistante de las puertas norte y oeste de Base Aleph. Estaban desemba­lando su arsenal de los fardos, y se aseguró que llevaran puestos los recep­tores de radio y las gafas infrarrojas. También revisó las botellas de jarabe que llevaban a la espalda, y les inyectó la <em>Doble Omega</em> bajo sus grises pellejos: una mezcla perversa de estimulantes, anabolizantes y anestésicos.</p>
<p style="text-align: justify;">Recibió claramente la orden de Zoyos y sonrió.</p>
<p style="text-align: justify;">Durante las próximas horas, los lázaros <em>Doble Omega</em>, con su apáti­co metabolismo forzado al límite, se transformarían en inexora­bles máquinas asesinas. Eran baratos y eficientes.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando Odole se volvió sonriente hacia sus esclavos, dispuesto para dar la orden de &#8220;en marcha&#8221;, descubrió que estos ya habían iniciado la actividad programada.</p>
<p style="text-align: justify;">Abrió la boca en un &#8220;o&#8221; de sorpresa solo un segundo antes de que su cabeza estallara.</p>
<p style="text-align: justify;">Los Doble Omega presentaban un grave problema del que Zoyos había olvidado advertirle: dado su limitado cociente intelectual, en &#8220;modo de combate&#8221; a menudo confun­dían a sus instructores con los blan­cos de tiro.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Cautelosamente, el trasbordador se fue acercando a la enorme mole de la &#8220;<em>Pusparatha</em>&#8220;. Siguiendo las indicaciones del práctico, se dirigió a la iluminada compuerta del Hangar 5. La compuerta externa se cerró, y co­menzó el bombeo de aire. Cuando las luces de presión mostraron el verde, se abrió la compuerta interna y una grúa puente arrastró al tras­bordador al hangar. La amplia cámara estaba casi vacía.</p>
<p style="text-align: justify;">Zaouli Tamure brincó fuera. Un cofradita atrajo su atención.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bienvenido a bordo. Soy la tercera oficial.</p>
<p style="text-align: justify;">-Gracias&#8230; -Tamure miró al cono, pero no supo dónde fijar los ojos- Veo que ha traído una guardia de honor -señaló a los ksatryas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Son precauciones de rutina en Alerta Amarilla. ¿Puedo ayudarles?</p>
<p style="text-align: justify;">Tamure se secó el sudor.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí&#8230; quiero decir, no. Se trata de una avería tan simple como fasti­diosa&#8230; lo único que necesitamos es un repuesto para la turbina&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Avisaré a la ingeniero jefe. El esquema de su trasbordador sin duda figura en el banco de datos, y le proporcionará lo que necesite.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Muchísimas gracias! Ah, otra cosa&#8230; solicito desembarcar nuestra carga, pues no queremos sobrecargar los sistemas vitales.</p>
<p style="text-align: justify;">Los básicos centrales de la oficial tomaron una configuración anular, pero dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">-Por supuesto.</p>
<p style="text-align: justify;">Tamure hizo una seña y empezaron a bajar tres filas de lázaros.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Esa es su &#8220;carga&#8221;?</p>
<p style="text-align: justify;">-Claro. Oh, olvidé que no están familiarizadas con nuestra nomen­clatura. Legalmente, los lázaros se consideran objetos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Entiendo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Espero que pronto esté resuelto el problema y podamos salir sin más molestias&#8230; con permiso, debo supervisar algo en&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Como quiera. Dejaré algunos básicos aquí. Si necesitan algo, pre­gún­teles.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Excelente!</p>
<p style="text-align: justify;">Tamure volvió apresuradamente al trasbordador.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Jed-Qor, soldado raso ksatrya, y Luba Tomeghe, un civil shaktista, cami­naban juntos por las oscuras calles de la ciudad mientras Tomeghe le hablaba acerca de su religión. No tenía ninguna intención de convertirlo, sólo charlar. Jed-Qor escuchaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Un apretado grupo de lázaros apareció a lo lejos, casi al final de la calle. Avanzaban hacia ellos en una especie de formación. Jed-Qor se detu­vo extrañado, había algo inusual en el comportamiento de aquellos lázaros. Pero ¿qué? Él no podía considerarse un experto, así que se volvió hacia Tomeghe para preguntar.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Y vio como el shaktista se quedaba rígido, con el rostro contraído por el miedo!</p>
<p style="text-align: justify;">Jed-Qor desenfundó la pistola sin pensarlo un momento. Uno de los lázaros alzó su rifle. La primera bala de Jed-Qor le acertó en el brazo, pero aquel impacto, que hubiera dejado inconsciente a un hombre por el shock traumático, apenas lo hizo tambalearse. Jed-Qor disparó otra vez, otra, y no vio cómo uno de ellos le lanzaba un pico, la única cosa que tenía a mano.</p>
<p style="text-align: justify;">Hubo un chasquido húmedo y el ksatrya se derrumbó, con la punta del pico asomando por el occipital.</p>
<p style="text-align: justify;">Luba Tomeghe corrió desesperadamente por su vida. No era un guerre­ro. Era técnico electromecánico, y se ganaba un sobresueldo con pequeñas adivinaciones y algún que otro hechizo benevolente. Había trazado un Cír­culo Protector y un Encantamiento de Realimentación en torno a la casa de Jed-Qor. Lamentó no tener un animal para leer sus entrañas; pero en Kali­loka no había animales nativos.</p>
<p style="text-align: justify;">Recordó los atemorizados rumores acerca de láza­ros asesinos, entre­nados en campos secretos. Se había reído de ello, creyén­dolo un bulo de los no creyentes.</p>
<p style="text-align: justify;">Hubo una explosión y las luces de la calle se apagaron. Temiendo trope­zar, se escondió entre dos casas, su corazón enloquecido. <em>¡Nuestra Señora de las Sombras me proteja!</em> Los lázaros cruzaron ante el callejón, caminan­do sin apresurarse.</p>
<p style="text-align: justify;">No lo habían visto&#8230; Suspiró con alivio.</p>
<p style="text-align: justify;">Se dio la vuelta para alejarse. Un lázaro estaba ante él.</p>
<p style="text-align: justify;">Hubo un relámpago a la luz de las estrellas y sintió un dolor agudo, quemante, en el vientre. Se oyó un &#8220;plof&#8221;. El lázaro alzó de nuevo la bayo­neta y descargó un solo golpe más. Tomeghe sintió un fuerte mazazo en el cuello y se sintió volar. De repente se vio a sí mismo, con el paquete intes­tinal des­parramado en el suelo, y un doble surtidor de sangre, negra a la luz difusa, brotando del muñón de su cuello.</p>
<p style="text-align: justify;">En los horrorizados segundos que le quedaban de vida, Tomeghe vio su negro destino escrito en sus propias entrañas.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">La explosión hizo saltar al coronel War-Zen de la litera. Accionó el interruptor de la luz, que no funcionó. Maldijo. Tomó el comunicador, pero sólo oyó una confusa algarabía, hablando de lázaros, disparos, muertes. La emisión se cortó repentinamente.</p>
<p style="text-align: justify;">Cogió apresuradamente un fusil de asalto, aun antes de que sus pies tocaran el suelo. <em>¡Kamsa y Putana!</em> Las regulaciones de seguridad se habían suavizado, dada la ausencia de alguna amenaza creíble, y sus guerreros estaban dispersos acá y acullá. Rebuscó en busca de las gafas infrarrojas y las cogió.</p>
<p style="text-align: justify;">En segundos estuvo corriendo por la calle oscura. El mundo, visto a través de aquellas lentes tenía un aspecto fantasmal. Las paredes eran de un frío azul-negro. Oyó disparos a su derecha y una docena de kstryas apareció corriendo; sus cuerpos resplandecían en una miscelánea de blanco luminoso, amarillo, ámbar, escarlata y verdoso. Uno de ellos se volvió rápidamente con el arma en ristre, mirándole a través de sus propias gafas infrarrojas. El coronel alzó los brazos: había eludido el ser acribillado por unos segundos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Coronel, nos&#8230; !</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué Kamsa sucede?</p>
<p style="text-align: justify;">-Lázaros, coronel. Lázaros armados. Nos atacan, no lo entendemos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo tampoco entiendo, pero no importa. ¿Número?</p>
<p style="text-align: justify;">-No lo sabemos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Maldición. ¿Por dónde vienen?</p>
<p style="text-align: justify;">-Por todas partes. Al parecer, algunos han entrado ya.</p>
<p style="text-align: justify;">Las cejas del coronel se alzaron. Pero en aquella noche de pesadilla incluso una traición no parecía fuera de lugar.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Vengan conmigo! -corrió en la oscuridad, tratado de comprender qué clase de infierno abría sus puertas sobre Base Aleph.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Hari y Mahal contemplaron fascinados al básico atrapado en el interior del huevo, debatiéndose inútilmente en su prisión transparente.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Deberíamos sacarlo de ahí? -preguntó Mahal.</p>
<p style="text-align: justify;">-Probablemente lo mataríamos -respondió Hari. Aunque no sé la importancia que eso tendría para <em>Almirante</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué crees que le ha pasado?</p>
<p style="text-align: justify;">-Su caída ha coincidido con el apagón -razonó Hari- quizás la corriente también se ha cortado en el centro de comunicaciones&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso no es posible. Posee un circuito de seguridad especial.</p>
<p style="text-align: justify;">Aguardaron inútilmente. La negrura lo envolvía todo. La idea de un sabotaje empezó a germinar en su mente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mahal, esto es más serio que un simple fallo de&#8230; <em>¡Apaga eso!</em></p>
<p style="text-align: justify;">La mujer había encendido un tubo portátil. Lo apagó de inmediato.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué puede estar pasando?</p>
<p style="text-align: justify;">-No lo sé -pero pensó en los colonos y el vello de su espalda se erizó.</p>
<p style="text-align: justify;">-No puede ser lo que mató a los shaktistas -dijo Mahal, como si leyese su pensamiento- . Cayeron en todas partes, a la vez, y&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Shhhh. Calla -sonaron disparos lejanos&#8230; y estremecedores gritos de dolor.</p>
<p style="text-align: justify;">Un grupo de soldados apareció corriendo. Y tras ellos&#8230; Hari se agachó.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Pero contra quién disparan? -preguntaba Mahal.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Calla! -siseó con fuerza Hari. No quería que aquella horda de pesadilla los oyera.</p>
<p style="text-align: justify;">Los vio aparecer a la débil luz de las estrellas. Una fila de figuras cami­naba lentamente, con el paso monótono de los lázaros. Llevaban en las manos unos objetos que relucían a la luz estelar. Sus caras estaban cubiertas por una especie de máscaras de buceo&#8230; Hari observaba, apenas asomando un ojo.</p>
<p style="text-align: justify;">Uno de ellos giró hacia él. Hari se apartó veloz.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡¡Al suelo!! -aulló, mientras una ráfaga de disparos arrancaba el marco de la ventana y las balas destrozaban la habitación, entre vidrio esta­llando y objetos de metal que resonaban como demoníacas campanas.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Un disparo restalló, rebotando sus ecos por las calles desoladas, y uno de los hombres de War-Zen cayó muerto a su derecha.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Cúbranse! -aulló el coronel.</p>
<p style="text-align: justify;">La detonación había sido como un flash fotográ­fico. <em>¡Pero el tirador no aparecía en el infrarrojo!</em> War-Zen apuntó a donde había visto el fogonazo y disparó una ráfaga de cinco disparos. El lázaro disparó de nue­vo, delatando su posición&#8230; el coronel hizo fuego a su vez, procurando afinar. No hubo más fuego desde ese rincón.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Mi coronel, no veo a nadie en el infrarrojo! -exclamó un soldado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Porque ya están muertos, estúpido -dijo el coronel.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Eh?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿No ha tocado la mano de una de esas cosas? Están muy frías.</p>
<p style="text-align: justify;">-No&#8230; ni ganas. ¿Quiere decir que no podemos verlos porque sus cuer­pos están fríos?</p>
<p style="text-align: justify;">-A temperatura ambiente, para ser exactos. La misma que los edifi­cios. Debemos guiarnos por los fogonazos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡A la orden!</p>
<p style="text-align: justify;">Una ráfaga arrancó astillas de la pared y otro de sus hombres se derrumbo con un grito de dolor.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>¡¡FUEGO, FUEGO, KAMSA OS MALDIGA!!</em> -aulló War-Zen.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Con su paso monótono, los lázaros se fueron dispersando por el han­gar 5 de la &#8220;<em>Pusparatha</em>&#8220;, con sus mochilas de equipo colgándoles de la espalda. Zaouli Tamure estaba muy nervioso. Aquello nunca se había probado antes. Habían hecho simulaciones, pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">No era cuestión de esperar más. Apretó un botón en su transmisor para lázaros.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue como si el día de la Resurrección se presentara sin avisar.</p>
<p style="text-align: justify;">Los lázaros, con una rapidez que nadie sospecharía en ellos, apuña­la­ron a los humanos que tenían más cerca. Los ksatryas, a pesar de haber sido pillados por sor­presa, sólo tardaron unos instantes en reaccionar. Abrieron fuego y sonaron las sirenas de de Alerta Roja. Los vaporizadores de feromonas esparcieron por el sistema de ventilación el olor de &#8220;peligro inminente&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">En el puente, la oficial de Tácti­ca invadió su consola con decenas de básicos:</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;<em>Estaciones de combate, alerta</em>&#8220;, clamaron los altavoces. &#8220;<em>Energizar bancos láser. Cargar tubos lanzatorpedos. Activen escáneres de largo al­cance. Impulsor principal, a 75% de potencia. Despejen todos los canales. Cierren puertas estancas</em>&#8220;</p>
<p style="text-align: justify;">Mientras tanto, en el hangar de la nave espacial, lázaros y ksatryas intercambiaban balas diligentemente.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>OCHO</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong></strong>El viento había empezado a soplar. Se abatió como un bloque sobre las negras calles de base Aleph, haciendo gemir las juntas de las viviendas prefabricadas. Penetraba por todas partes: por las rendijas de las puertas, por los tabiques de tablas de plástico mal unidas.</p>
<p style="text-align: justify;">Era como un gran lamento obsesivo, un gemido de phante herido de muerte, que se deslizaba entre las casas, agita­ndo las ropas de los cadáveres que empezaban a sembrar nuevamente las calles.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari se arrastró hasta una pesada mesa metálica y la volcó con esfuerzo. Se escudó tras la gruesa lámina de metal.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Hari? -el susurro era leve y aterrorizado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Shhh. No te muevas.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cr-crees que p-pueden oírnos?</p>
<p style="text-align: justify;">-Calla -era un buen consejo, dadas las circunstancias.</p>
<p style="text-align: justify;">Hubo un ruidito en la puerta. Sonó el metal del pestillo.</p>
<p style="text-align: justify;">Acurrucado tras la mesa, trató de arrastrarse con esfuerzo. <em>Muévete, idiota</em>, se dijo. En el interior de su mente, había un niño asustado que quería taparse la cabeza con las sábanas.</p>
<p style="text-align: justify;">Logró asomarse a ras del suelo. Fijó la vista hasta que sus ojos le dolie­ron.</p>
<p style="text-align: justify;">El lázaro tenía problemas con la puerta (<em>¿por qué los lázaros no abren las puertas corredizas? Porque luego no las alcanzan</em>). El estúpido chiste casi le hizo estallar en una carcajada histérica. Se mordió los labios para contenerla.</p>
<p style="text-align: justify;">El lázaro entró lentamente. Llevaba terciada un arma, un subfusil por su longitud (<em>si dispara aquí dentro, las balas de rebote nos dejarán a los tres hechos una criba</em>). Pensó entonces en la inhumana resistencia al dolor y la fatiga de aquellos cadáveres ambulantes, en su embotada indolencia, y com­prendió que al lázaro no le importaba morir lo más mínimo. Suponiendo que le quedara bastante cerebro incorrupto para imaginarlo.</p>
<p style="text-align: justify;">El lázaro dio unos pasos dentro de la habitación. Desde su escondi­te, a la vaga luz de las estrellas, Hari reconoció su extraña careta de bucea­dor. Gafas infrarrojas. Por ello podía ver en la oscuridad, guiándose por el calor. De no ser por la mesa ya lo habría percibido. Se preguntó si veía la tenue columna de aire tibio desprendido por un cuerpo humano. ¡Y cierta­mente, el suyo estaba sudando de tensión!</p>
<p style="text-align: justify;">El arma del lázaro oscilaba en arcos, a derecha e izquierda. La men­te frenética de Hari buscaba una idea. Su sangre, rebosante de adrenalina, había impulsado su miedo más allá del miedo. ¿Ponerle la zancadilla? Po­dría. ¿Empujarlo cuando le diera la espalda? Tal vez. Pero no hizo nada. El niño en su interior seguía negándose a moverse.</p>
<p style="text-align: justify;">La atención del lázaro pareció dirigirse a un punto alejado en la habita­ción. Levantó el subfusil y disparó.</p>
<p style="text-align: justify;">En el espacio cerrado, la ráfaga atronó como una rasgadura en la túnica de Dios. Apenas oyó el estruendo de plástico destrozado y el mons­truoso siseo de gas. Un soplo de frío le refrescó la cara.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Aquel cretino estaba acribillando <em>la nevera</em>! Había visto el flujo de aire cálido que emanaba por detrás, y el aparato había saltado en pedazos, con un surtidor de líquido refrigerante hirviendo&#8230; el plástico, gracias al Cielo, había amortiguado los impactos, impidiendo su rebote.</p>
<p style="text-align: justify;">Las nubes de vaho casi lo cegaron. El lázaro giró lentamente sobre sí, como desorientado&#8230; aquello debía estar afectando a su mirada infrarroja.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Ahora o nunca</em>. Hari se flexionó como un felino y se puso en pie de un salto.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue más el producto de un impulso que una maniobra premeditada. Puso una mano sobre el ardiente cañón del arma, la otra en un punto cerca de la empuñadura, y agarrándola con fuerza, giró sobre sus talones. Las zarpas del lázaro la sujetaban con igual firmeza, pero no pudo impedir ser volteado y caer al suelo.</p>
<p style="text-align: justify;">Con una mano abrasada, Hari arrojó el subfusil a un lado y tomó la primera cosa que pudo tan­tear: un taburete. Golpeó a ciegas al lázaro, que trataba de incorporarse, y se oyó un crac. El lázaro cayó&#8230; para levan­tarse de nuevo. Hari observó que algo resbalaba por la sien del lázaro, pero no era sangre, era una masa gris y grumosa.</p>
<p style="text-align: justify;">El lázaro lo miró con unos ojos amarillentos, tan opacos como los de un pez muerto, y extendió dos manos como garras esqueléticas hacia él.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari giró el taburete y golpeó con las patas metálicas, una vez, otra, otra&#8230; alguien aullaba y comprendió que era él mismo. De repente, el lázaro le golpeó con el antebrazo, con una fuerza tal que le arrancó el taburete de las manos. Sintió un fuerte golpe en la cabeza y las piernas se le afloja­ron.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Los ksatryas del hangar 5 de la &#8220;<em>Pusparatha</em>&#8220;, fueron finalmente arrollados por los lázaros y masacrados sin compasión. Lucharon con la bravura característica de la Ksatra, pero ha­bía diez lázaros por cada uno de ellos, y eran menos vulnerables.</p>
<p style="text-align: justify;">La puerta de acceso al hangar empezaba a cerrarse. En el trasbor­da­dor, Tamure envió un lázaro para impedirlo; corrió hacia la puerta y la bloqueó con su cuerpo. La pesada puerta vaciló, luego apretó, y con un crujido repugnante, el lázaro fue partido en dos.</p>
<p style="text-align: justify;">Tamure maldijo. Ordenó:</p>
<p style="text-align: justify;">-Equipo de cortadores láser, corten la puerta.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras él, los pilotos y sus ayudantes observaban fijamente.</p>
<p style="text-align: justify;">-No será problema -les dijo con confianza-. Estos cortadores pue­den abrirnos paso hasta donde sea. Y la mayor parte de los ksatryas están abajo. El resto de los humanos no es enemigo para nuestros Doble Ome­ga. Sólo tendremos que aplastar a esos molestos bichos.</p>
<p style="text-align: justify;">Un grupo de lázaros acercó un pesado aparato similar a un cañón anti­tanque. Largos cables lo unían al trasbordador.</p>
<p style="text-align: justify;">En el puente, <em>Capitana</em> le envió un básico a <em>Almirante</em> con un mensaje privado:</p>
<p style="text-align: justify;"><em> No tardarán en cortar la puerta. Almirante, estoy preocupada. Esta nave no está preparada para una acción hostil desde el interior</em>.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Almirante</em> formó una cadena de básicos. El resto ejecutó la Danza de la Imperturbabilidad:</p>
<p style="text-align: justify;"><em> No se preocupe. Esos cretinos no saben que los básicos de la tercera oficial no eran suyos. ¿Está preparado el Hangar 6?</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em> ¡Por supuesto, Almirante!</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em> Capitana</em> se sintió levemente irritada. En Alerta Amarilla, al menos un trasbordador debe estar listo para lanzar. <em>¿Qué clase de nave cree que mando?</em></p>
<p style="text-align: justify;">Consternada, se dio cuenta de que algún básico le había transmitido este pensamiento secreto a <em>Almirante</em>. Pero ésta se limitó a esparcir un sutil efluvio de diversión.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Zoyos había registrado el centro de comunicaciones de base Aleph. Encontró una tetera portátil, té, y unas galletas. Se había preparado una taza y la tomaba miran­do por la ventana. Cuando un sector de la ciudad empezó a arder, dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">-Los materiales son ignífugos en su mayor parte. El fuego no se propa­gará mucho, a pesar del maldito viento. A los lázaros no les afecta el calor, si eso pretenden los ksatryas -con el paso de las horas, su untuosa voz se había desvanecido. Ahora era seca y cortante. Mordisqueó una pasta.</p>
<p style="text-align: justify;">No le había ofrecido té a Talnago, y éste tampoco se lo pidió. Debía convencerlo, argumentar que era más valioso vivo, suplicarle, pero tenía la certeza de que Zoyos se reiría de él y quizás lo mataría.</p>
<p style="text-align: justify;">Se sacó el Anillo de Jandor del dedo y se lo volvió a poner. No llevaba cuenta de las veces que había repetido ner­viosa­mente aquel gesto. Lo sacó de su dedo y lo volvió a meter. De vez en cuando fijaba una mirada sombría en el lázaro que lo vigilaba. No había movido un músculo en horas, pero la pisto­la aún pendía de su mano. El otro lázaro vigilaba la entrada.</p>
<p style="text-align: justify;">-Si hace un movimiento sospechoso, mi lázaro lo matará  -le había advertido Aadi Zoyos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y si hago un movimiento no sospechoso? -preguntó Talnago.</p>
<p style="text-align: justify;">-También.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago ya no se sentía de humor desafiante, tras presenciar la macabra frialdad de los lázaros asesinos. La calle estaba sembrada de cuer­pos. Se sacó el anillo y se lo volvió a poner.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué clase de personas eran los lázaros, antes de ser condenados a la Muerte-en-Vida? Nayu Sokhusi había sido el nombre de su lázaro perso­nal, cuando vivía. O Yanu, tal vez. Pero no sabía nada más sobre él, antes de que el parásito devorara su cerebro. Bueno, después de esto, nadie se atreverá a fiarse de su láza­ro. ¿Quién podría asegurar que no era un asesino infiltrado, por un clan u orden rival? Talna­go conocía los inconvenientes de vivir en una sociedad aristocrática. La traición y la conspiración son parte de la vida, pero si un hombre no puede tener confianza ni en sus propios lázaros&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Si la noticia sale de aquí</em>. De repente, supo con total certeza que no se le permitiría abandonar el planeta con vida. Sabía algo demasiado peli­groso para ser divulgado. El inmundo Zoyos mandaría eliminarlo&#8230; o algo peor. Sería capar de permitirse la suprema ironía de convertirlo a él, Jeldis Talna­go, de la Orden de Samedi, en <em>su</em> lázaro personal&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Sintió rebullir su ira. El lázaro asesino pareció notar algo y alzó el brazo armado.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago se mantuvo inmóvil, <em>absolutamente</em> inmóvil. Y el lázaro bajó la pistola.</p>
<p style="text-align: justify;">Sólo veía una salida a su angustiosa situa­ción: tenía que persuadir a Zoyos de que no le matase. Y sólo podía hacerlo colaborando con él. Sirviéndole. Ofreciéndole su sumisión más abyecta. Bien, ¿por qué no? El envilecimiento era una práctica ya habitual en él.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Nadie se fija en un básico. Esta era la esencia del plan de <em>Almirante</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Una docena de básicos se escurrieron entre la carnicería del Hangar 5. Sólo uno fue aplastado (por un ksatrya, por cierto), pero no importaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Se acercaron a una terminal de ordenador, como muchas de las que habían dispersas por la nave. Uno de ellos conectó su cola a la interfaz y el resto formó cadena. <em>Almirante</em> pudo ver a través de sus ojos.</p>
<p style="text-align: justify;">Se sintió aliviado, como siempre que sus sub-unidades cumplían un reca­do difícil sin problemas. Las mandíbulas de los básicos desatornilla­ron el panel y se metieron dentro. Con cien ojos en una pantalla del puente, que mostraba un complejo esquema electrónico, y veintidós en el cableado, <em>Almirante</em> empezó a trabajar.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que hacía contravenía media docena de artículos del Reglamento Naval, y hubiera puesto las antenas de punta a la <em>Ingeniero jefe</em> de ha­berlo sabido. Pero hay veces que lo mejor que se puede hacer con el reglamento es saltárselo.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Mahal se puso en pie, estremecida por los gritos de Hari. En la oscuridad, rota solo por la pálida luz amarillenta que entraba por las venta­nas, localizó la puerta y medio trope­zó hasta ella.</p>
<p style="text-align: justify;">El lázaro acorralaba a Hari contra un rincón; había perdido el sub­fusil, pero había logrado extraer un afila­do machete. Hari se retorcía inde­fenso, como si sus miembros fueran incapaces de sostenerlo.</p>
<p style="text-align: justify;">Mahal gritó y el lázaro se vol­vió hacia ella.</p>
<p style="text-align: justify;">La muchacha cogió un taburete y se lo lanzó. El lázaro se limitó a desviarlo con el antebrazo, avanzando hacia ella. Cogió otro taburete, e intentó golpearlo en la cabeza. Con fuerza inhumana, aquella tétrica criatura lo aferró con una sola mano y se lo quitó de un tirón.</p>
<p style="text-align: justify;">Estaba indefensa, con las manos vacías frente al machete, mientras el lázaro avanzaba un paso más hacia ella. Vio entonces, con toda claridad, aquel rostro de pesadilla: la man­díbula colgando medio arrancada por los golpes de Hari, la lengua hinchada, amoratada, asomando ridículamente por el gran agujero sanguinolento que era ahora la boca del lázaro. Sintió el hedor a muerte que emanaba de su piel, y el frío inhumano de aquellos ojos resecos clavados en ella.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> ¿­Qué hago?</em> Mantener las distancias. Atacar el flanco. Buscar un hueco en su guardia. <em>Si fuera tan tonto como para intentar golpearme levantando el brazo</em>&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">El lázaro levantó el brazo.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> ¡Ahora!</em> Mahal dio un paso al frente hasta situarse casi tocando el pecho de la criatura, de modo que fue su antebrazo lo que le golpeó el hombro y no el machete. Levantó rápidamente la mano, y con la base de la palma golpeó la barbilla del adversario de abajo arriba. Se oyó un chasquido, y el lázaro se encontró de repente mirando sus propios talones. Se desplomó. <em>Vaya, ha funcionado</em>, pensó la chica con sorpresa. Sintió un repentino dolor en el brazo. El lázaro aferraba su bíceps con dedos crispados. Con repug­nancia, Mahal fue soltándolos uno a uno.</p>
<p style="text-align: justify;">Con la columna vertebral rota a la altura del cuello el otro no pudo hacer nada para impedirlo.</p>
<p style="text-align: justify;">La chica buscó a tientas el subfusil. Tenía una cosa blanca en el guardamonte. La cogió; un dedo del lázaro, arrancado de cuajo en la pelea. Lo arrojó con repulsión. Era una primitiva arma de cerrojo. Lo abrió para asegurarse de que había una bala en la recámara. Se acercó al lázaro inmóvil en el suelo, apoyó el cañón en su craneo, y disparó.</p>
<p style="text-align: justify;">Una sola vez.</p>
<p style="text-align: justify;">Manos y pies se sacudie­ron convulsos, y el quedó definitiva­mente inerte. La muerte permanente.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Hubo unos disparos y un pequeño grupo de lázaros surgieron por la puerta de un edifi­cio&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">El coronel War-Zen liquidó a uno con una breve des­carga y, casi antes de que cayera al suelo, a otro. Se secó el sudor. Sus hom­bres habían acabado rápidamente con el resto.</p>
<p style="text-align: justify;">Registraron los cadáveres. Un cargador de rifle. El otro nada.</p>
<p style="text-align: justify;">Una bala se estre­lló en la pared, en algún punto sobre su cabeza. Un lázaro disparaba desde el extremo de la calle. Uno de sus hombres puso rodilla en tierra, apuntó, dispa­ró una sola vez. El lázaro cayó.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Muy bien, muchacho. Hay que ahorrar munición</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Trabajosamente, War-Zen se puso en pie. Introdujo el carga­dor en su rifle robado, y miró a su alrededor con viveza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Todo despejado, coronel -dijo uno de los ksatryas de su grupo.</p>
<p style="text-align: justify;">Habían cambiado varias veces de arma, arrebatándolas, como decía la enseñanza tradicional ksatrya, &#8220;de las frías manos cadavéricas del enemi­go&#8221;. Nunca mejor dicho. En alguna parte, Base Aleph estaba ardiendo, y el fuego se propagaba rápidamente gracias al furioso viento que se había le­vantado unas horas antes; las nubes de humo lo iluminaban todo, refle­jando el resplandor naranja de las llamas. Habían tirado las inútiles gafas infra­rrojas. La oscuridad ya no era una ventaja para aquellos lázaros, y como guerreros poco tenían que hacer frente a un ksatrya.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Esto vuelve las cosas a nuestro favor</em>, pensó, <em>pero antes de cantar victoria tenemos que llegar al centro de comunicaciones</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Grupos aislados de disparos sonaban a lo lejos. Por donde pasaran, no había otra cosa que cadáveres: técnicos, shaktistas cuyos rostros refleja­ban tanto horror como incom­pren­sión, ksatry­as (rodea­dos de montones de cadáveres de lázaros asesinos, observaron con satis­facción), incluso ino­fensi­vos lázaros domésticos, degollados o tiroteados ante su propia indiferencia.</p>
<p style="text-align: justify;">-En marcha -ordenó.</p>
<p style="text-align: justify;">Dos soldados se adelantaron rodeando una esqui­na, blandiendo sus rifles, tratando de ver por todas partes. El otro custodia­ba su camino de llegada. ¿Cuántas veces habían repetido esto? El secreto era moverse continuamente, no dejar de vigilar ni un momen­to, y disparar a todo lo que se moviese. Te asomas a una esquina. Si ves un lázaro, o varios, disparas y dispa­ras y disparas hasta que caen. Cruzas hasta la siguiente encrucijada, siempre vigilando atrás, adelante y a los lados, listo para disparar de nuevo. Registras los cadáveres y coges sus armas si es preciso. Y vuelta a empezar.</p>
<p style="text-align: justify;">Tres lázaros en fila aparecieron a la vuelta de la esquina. No lleva­ban armas de fuego, pero eso no les impedía dirigirse hacia ellos.</p>
<p style="text-align: justify;">Dispararon hasta hacerlos caer a todos. Corrieron hasta otra esquina. Dos grupos de seis venían por una avenida principal. Cambiaron de direc­ción y siguieron corriendo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">El coronel se había desorientado. Todas aquellas calles parecían iguales, y Base Aleph parecía no tener fin&#8230;</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Lo que hacía a las cofra­ditas tan buenas astronautas era también su punto vulnerable,</em> comprendió Zaouli Tamure con optimismo.</p>
<p style="text-align: justify;">La enorme versatilidad de un cofradita, con sus básicos realizando múlti­ples tareas a la vez, unido a la ayuda electrónica, hacía que uno solo pudiera realizar las funciones de diez o doce humanos. Por consiguiente, la tripula­ción de la enorme nave era relativamente pequeña. De lo que se deducía que si conseguían salir del hangar el resto sería una simple operación de limpieza.</p>
<p style="text-align: justify;">La perspectiva de incinerar a montones de aquellas alimañas reptantes le puso de buen humor, y cuando se oyó el ruido de las grandes compuertas del hangar, Ta­mu­re no le prestó atención.</p>
<p style="text-align: justify;">De repente oyó gritar al piloto de la lanzadera:</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Se están abriendo las exteriores también!</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Eso no puede ser</em>, pensó Tamure. Hay numerosos sistemas de segu­ri­dad para impedirlo. Ni siquiera en la más grave de las emergencias. Era imposi­ble. ¡Imposible!</p>
<p style="text-align: justify;">Pero estaba sucediendo. Con un manotazo frenético, el piloto cerró la compuerta del tra­sbordador. Una suave brisa barrió los papeles y otros objetos dispersos por el han­gar&#8230; la brisa se fue convirtiendo en vientecillo, el vientecillo en un vendaval, en una tromba&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Estupefacto, vio cómo los lázaros permanecían en pie, estúpidamente inmóviles. No fue capaz de ordenarles nada. El ventarrón los arrojó al suelo, rodando. Fue como ver vaciarse una pila de agua. De repente, una masa huma­na de carne semiviva arrastrada por el huracán se apelotonó ante las compuer­tas, y algunos, con una última chispa de autopreservación, trata­ron inútil­mente de agarrarse a algo.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero la boca que se abría al espacio los sorbió a todos.</p>
<p style="text-align: justify;">Desde el puente, <em>Almirante</em> vio una gran pelota negra surgir por la compuerta, y al instante la vio dispersarse en centenares de puntos que se fueron alejando. Se produjo una masiva demostración de júbilo. Los básicos em­pezaron a cabriolear en círculos, y las feromonas de diversión hacían el aire casi palpable.</p>
<p style="text-align: justify;">De repente, la alegría murió. El trasbordador shaktista se elevaba sobre el suelo del hangar. De sus costados se deslizaron unas placas, y luego se desplegaron dos macizos lanza­cohetes.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> ¡No es justo! –se quejó Capitana- ¡Nuestros transbordadores no está armados!</em></p>
<p style="text-align: justify;">Un misil salió disparado e impactó en el muro del fondo. La explo­sión resonó por toda la nave como un puñetazo. Los shaktistas estaban decididos a destripar la &#8220;<em>Pusparatha</em>&#8221; si hacia falta.</p>
<p style="text-align: justify;">Lanzaron un segundo cohete y la explosión sacudió los mamparos del puente.</p>
<p style="text-align: justify;">¡<em>Ella</em> no puede resistir mucho más, <em>Capitana</em>! -dijo la inge­nie­ro jefe.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> ¡La Disgregación los maldiga!</em>, exclamó <em>Almirante</em> con rabia.</p>
<p style="text-align: justify;">Había que darse prisa.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">-Tenemos que parar -dijo Hari, agotado.</p>
<p style="text-align: justify;">Mahal tampoco se sentía me­jor, aunque era mucho más joven que el hombre. Se hallaban en un barrio de Base Aleph que desconocían. No había lázaros a la vista, de momento, sólo cadáveres. Descansaron de la única forma en que se podía en aquel infierno: con las espaldas contra la pared. Se permitió cerrar los ojos unos momentos.</p>
<p style="text-align: justify;">Se había fijado en la cantidad de lázaros muertos que yacían en la calle. La deducción era obvia, pero su mente no tuvo tiempo de formularla.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡QUIETOS! -sonó una voz a su derecha.</p>
<p style="text-align: justify;">Los dos se inmovilizaron, y Hari sintió renacer la esperanza. Levantó los brazos y se volvió muy despacio.</p>
<p style="text-align: justify;">La figura que les encañonaba no parecía distinta a un lázaro. Un hombre de rostro gris, con cartucheras cruzándole el pecho, incongruen­te­mente vestido con una camiseta sucia, desgarrada y con manchas de sangre. Blandía una ametralladora de aspecto muy siniestro.</p>
<p style="text-align: justify;">-No se muevan. ¡No se muevan!</p>
<p style="text-align: justify;">Hari sonrió tímidamente. Se aclaró la garganta.</p>
<p style="text-align: justify;">-Estamos muy contentos de verle, coronel War-Zen&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Su mano izquierda hizo un gesto ondeante hacia abajo.</p>
<p style="text-align: justify;">Otros ho­mbres fueron apare­ciendo por entre los edificios, todos armados hasta los dientes y con sus uniformes de ksatryas destrozados y cubiertos de san­gre.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es asombroso que sigan con vida –dijo el coronel con frialdad-. ¿Vienen con nosotros? Nos dirigimos al centro de comunicaciones. Lo primordial es reestablecer la comunicación con nuestras naves. El verdadero ataque se debe de estar produciendo allá arriba.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Quiere decir que este ataque no ha sido real? -preguntó Hari mirando a los agotados ksatryas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sólo una distracción -dijo War-Zen- ¿Quien sería tan estúpido como para pensar que esos monigotes podrían enfrentarse a auténticos ksatryas?</p>
<p style="text-align: justify;">-Es un consuelo para todos -suspiró Mahal- excepto para los muertos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Hemos tenido un número de bajas bastante aceptable, dadas las circunstancias de un ataque por sorpresa.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari lo miró, agotado, sin fuerzas para replicar.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Los oficiales de puente vieron un espectáculo extraordinario. Por las abiertas compuertas del hangar 5 entraban dos vehículos: dos esferas panzu­das con largos brazos plegados como en oración.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>¿Quién maneja esos remolcadores?</em> -exclamó <em>Capitana</em>. Pero enton­ces se fijó en la inmovilidad de los básicos de Almirante, totalmente con­centra­do. Entonces comprendió. Cada remolcador iba pilotado por un básico de Almirante, que los dirigía desde el puente.</p>
<p style="text-align: justify;">Los brazos de los remolcadores se extendieron y sus pinzas se abrie­ron ominosamente. Los impulsores del trasbordador destellaron en un azul iónico, y empe­zó a girar lentamente hacia los intrusos. Estos se abrieron al advertir sus intenciones. Uno se dirigió hacia la proa, amenazando con sus garras las portillas de visión. Debió ser un espectáculo estremecedor para los shaktis­tas.</p>
<p style="text-align: justify;">Un tercer cohete fue lanzado, haciendo impacto de lleno en la esfera. A diferencia de las anteriores, la explosión fue silenciosa. Los &#8220;cling, cling&#8221; de los fragmentos al golpear las paredes del hangar eran casi ridí­culos.</p>
<p style="text-align: justify;">El segundo remolcador se aproximó al costado. <em>Capitana</em> pensó que le arrancaría uno de los lanzadores, pero <em>Almirante</em> tenía otras ideas.</p>
<p style="text-align: justify;">Las pinzas se afirmaron en el costado de babor y los impulsores del remolcador destellaron a toda potencia. El trasbordador empezó a mo­verse de costado, la esfera se soltó y disparó los impulsores de proa&#8230; y lentamen­te, la pequeña nave shaktis­ta chocó contra la mampara.</p>
<p style="text-align: justify;">El trompazo se oyó claramente en el puente.</p>
<p style="text-align: justify;">El remolcador se acercó, se sujetó al costado de estribor y dispa­ró los impulsores de proa, separando al trasbordador de la mampara. El lanza­cohe­tes de babor estaba aplastado e inútil, y los tripulantes no debía estar de humor para utilizar el otro. El remolcador comenzó a empujar firmemente a la navecilla hacia el portalón del hangar.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Es todo suyo</em>, <em>Capitana</em> -dijo <em>Almirante</em>, hablando por fin.</p>
<p style="text-align: justify;">El transbordador flotó fuera de la nave, girando lentamente. Sus tripulan­tes no hicieron ningún esfuerzo por corregir la deriva.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Bancos láser preparados&#8230; oficial táctico, ¡fuego!</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">La primera señal de que algo no iba como era debido fue la ex­plo­sión. Zoyos saltó a la ventana y se asomó con precaución.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que vio no pareció gustarle. Frunció el ceño, se frotó la barbi­lla, y miró fijamente a Talnago. Miró al lázaro que aún se mantenía vigi­lando. Sonrió levemente, levantó su pistola&#8230; Talnago cerró los ojos.</p>
<p style="text-align: justify;">Al sonar el disparo los abrió instintiva­mente. Justo a tiempo de ver la nuca de Zoyos estallar, salpicando de sangre y trozos de sesos la pared.</p>
<p style="text-align: justify;">El lázaro lo miró sin curiosidad. De repente irrumpieron tres ksa­tryas. La criatura volvió la vista, y Talnago casi pudo oír cómo los engrana­jes de su mente giraban con lentitud.</p>
<p style="text-align: justify;">Antes de que lograse decidir qué hacer, su cabeza reventó de un balazo.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago se puso en pie. Sentía una intensa alegría, aunque los recién llegados parecían salir de una prisión para locos homicidas. Tras ellos apareció Hari Pramantha, Mahal, y el coronel War-Zen.</p>
<p style="text-align: justify;">Este último lo encañonó.</p>
<p style="text-align: justify;">-Si hace un movimiento sospechoso&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago se conocía la historia. Levantó los brazos hasta tocar el cie­lorraso con la punta de los dedos.</p>
<p style="text-align: justify;">-No, espere -dijo Mahal-. Este tipo era un prisionero. Casi se caga de la alegría al vernos.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago se extrañó ante un lenguaje tan impropio en una mujer. Pero era obvio que aquellas personas no estaban completamente en sus caba­les. Nuevamente empezó a temer por su vida.</p>
<p style="text-align: justify;">-Cierto, yo era prisionero de este tipo. No sabía nada de todo esto&#8230; yo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Déjele vivir, coronel -propuso Hari.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Que el Ave Garuda bendiga tu planeta! -exclamó Talnago sin poder contenerse.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Almirante, tenemos una llamada de la &#8220;Ragda&#8221;</em> -dijo la gestora de operaciones.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Ya era hora. Póngala en pantalla.</em></p>
<p style="text-align: justify;">En la pantalla apareció el capitán Yog-Lem.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Almirante</em>, lamento el retraso, pero hemos tenido un problema con la &#8220;Avidya&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">-Como nosotros. Han intentado abordarnos. Como comprenderá, no han tenido éxito.</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán asintió.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso lo explica. Han estado emitiendo interferencias en todas las bandas, por eso no hemos podido comunicarnos hasta tener línea de visión.</p>
<p style="text-align: justify;">-Entiendo. ¿Qué hacen ahora?</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Almirante</em> miró la pantalla de situación. Durante el proyectado abordaje, la &#8220;Ragda&#8221; y &#8220;Avidya&#8221; habían estado al extremo opuesto del planeta, con los relés orbitales interferidos. La maniobra había sido cal­culada al milímetro. La &#8220;Pusparatha&#8221; aún no podía ver a la nave shaktista tras la curva del planeta, pero la &#8220;Ragda&#8221; sí. Yog-Lem transmitió un diagrama. La &#8220;Avidya&#8221; había abandonado la órbita y aceleraba a im­pulso total. Los básicos de <em>Almirante</em> formaron un sorprendido círculo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué pretenden? ¡A juzgar por su trayectoria, van hacia el agu­jero negro!</p>
<p style="text-align: justify;">-En efecto, <em>Almirante</em>. Los cobardes huyen como malditos <em>dongos</em> refu­giándose entre el estiércol.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Almirante</em> no respondió de inmediato.</p>
<p style="text-align: justify;">-No estoy seguro de que se limiten a huir. Alguien que ha elabo­rado una traición tan complicada no renuncia tan fácilmente. Es posible que estén planeando otra de sus desagradables sorpresas.</p>
<p style="text-align: justify;">Yog-Lem frunció el ceño.</p>
<p style="text-align: justify;">-Están fuera de alcance de nuestros torpedos. Si disparamos, los torpedos seguirán su curso, pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Agotarán su combustible y no podrán efectuar maniobras evasi­vas. Los shaktistas los interceptarán como blancos de tiro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Efectivamente. Pero por la misma razón no podrán dispararnos a nosotros.</p>
<p style="text-align: justify;">-No esté tan seguro, capitán Yog-Lem.</p>
<p style="text-align: justify;">El ksatrya alzó levemente una ceja. Los ksatryas, des­pués de todo, eran soldados de tierra más que astronau­tas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Podrían intentar otra cosa -sugirió <em>Almirante</em>-. Utilizar el aguje­ro como catapulta de gravedad para acelerar sus torpedos. No sé qué velocidad podrían alcanzar así, pero sin duda será mucha.</p>
<p style="text-align: justify;">Yog-Lem asintió.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Almiran­te</em>, solicito permiso para perseguirlos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Denegado, capitán. No tienen posibilidades de alcanzarlos. Y si se sitúan en posición&#8230; bueno, no hay mucha posibilidad de interceptar un torpedo que viaje incluso a un diez por ciento de la velocidad de la luz.</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán abrió la boca, estupefacto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Nos refugiaremos tras la curva del planeta y lo usaremos como escudo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Refugiarnos?</p>
<p style="text-align: justify;">-Avanzar hacia retaguardia.</p>
<p style="text-align: justify;">-Comprendo. ¿Y Base Aleph?</p>
<p style="text-align: justify;">-La evacuaremos. Si uno de esos torpedos impacta en cualquier punto del planeta, significará un terremoto de grado doscientos. Y no digamos si impacta directamente. Tenemos que evacuarlos.</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán asintió.</p>
<p style="text-align: justify;">-Enviaré mis transbordadores.</p>
<p style="text-align: justify;">-Nosotros también lo haremos. &#8220;Pusparatha&#8221; fuera.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>NUEVE</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong></strong><em>La pesadilla más espantosa con­siste en despertar y descubrir que no era una pesadilla</em>, pensaba Hari. En Base Aleph, los equipos de socorro no daban abasto como sepultureros.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari estaba en el centro de comunicaciones desde hacía horas, tratando de co­municar con <em>Almirante</em>, pero la Alerta Roja seguía en pie y había limita­ciones de prioridad en los canales.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando los altavoces empezaron a difundir la or­den de evacua­ción y a qué se debía, se sintió aún más inquieto. Finalmente tuvo una idea.</p>
<p style="text-align: justify;">Corrió hacia las ruinas de su observatorio y buscó afanosamente por el suelo. El lugar era un revoltijo, pero al fin logró encontrar el huevo-extensión de Almirante. Vacío. ¿Dónde demonios estaría el bási­co?</p>
<p style="text-align: justify;">Con tanto barullo se había olvidado de él incluso la propia <em>Almi­rante</em>. Lo encontró entre las ruinas de la nevera, rebuscando en la comida. Lo cogió con cuidado (el básico lo miraba con curiosidad, ¿lo recordaba?).</p>
<p style="text-align: justify;">Lo instaló en el huevo flotante y conectó con cuidado las termi­naciones nerviosas de cola al interface. De repente el huevo emitió un zumbido y empezó a flotar de nuevo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ah, Hari, me alegra verte -el básico, ahora conectado con la totalidad de <em>Almirante</em>-. Perdona que no te atienda, pero estoy haciendo mil cosas a la vez y mi récord estaba en novecientas noventa y nueve.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Almirante</em>, es urgente que hablemos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿A qué llamas urgente? Los shaktistas van usar el agujero negro para bombardearnos a cero coma una velocidad de la luz&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-De eso se trata, <em>Almirante</em>. No se trata de un agujero negro, ¿recuerda? No pueden usarlo para eso. No corremos peligro.</p>
<p style="text-align: justify;">El huevo descendió suavemente hasta una mesa.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Apostarías tu vida en ello?</p>
<p style="text-align: justify;">-No importa ahora. Son los shaktistas los que corren peligro, y debo advertirles.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Como?</p>
<p style="text-align: justify;">Hari meditó un momento.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bueno, ¿­Puede abrirme un canal de comunicación con la &#8220;Avid­ya&#8221;?</p>
<p style="text-align: justify;">El básico agitó las antenas.</p>
<p style="text-align: justify;">-No puedo aunque quisiera. Se niegan a responder. Aunque qui­zás haya alguien&#8230; ¿Talnago ha sobrevivido?</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago fue conducido al centro de comunicaciones. Llevaba un par de esposas en las muñecas y el propio coronel War-Zen lo escoltaba. Lucía un aspecto miserable. Ahora se veía condenado injustamente por lo que no había hecho. Por las bar­bas de la Tiniebla, ¿es que se daban cuenta de que Zoyos iba a matarlo?</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando Hari llegó, alzó la vista con esperanza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Talnago, necesito ayuda para&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Encantado -dijo atropelladamente-. Estoy a tu servicio.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tengo que hablar con quien quiera que esté al mando de la &#8220;A­vidya&#8221;, pero no responden. ¿Tienes alguna forma de comunicar con el&#8230;?</p>
<p style="text-align: justify;">-El Gran Houngan. Sí, mi ordenador tiene los códigos de encrip­tación y los protocolos shaktistas, y podemos conectarlo al haz. Si el coronel fuera tan amable de dese­ncadenarme&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">War-Zen aceptó hacerlo, pero le colocó una pesada mano sobre el hombro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Cuidado con lo que hace -el shaktista se frotó las muñecas y cogió su ordenador. El coronel se lo quitó de las manos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Dígame la contraseña y yo la marcaré. Y mejor será que sea correcta o le vuelo la cabeza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Se la diré, pero procure entrarla sin equivocarse.</p>
<p style="text-align: justify;">El coronel marcó en el teclado, y tras un intervalo se estableció contacto. El repelente rostro del Houngan apareció en la pantalla.</p>
<p style="text-align: justify;">-Houngan&#8230; -musitó Talnago.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Eres tú, saco de inmundicias? Espero que hayas preparado tu mise­rable alma para reencarnarte como gusano los próximos cien mil años –le espetó de bue­nas a primeras.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari apartó a Talnago, y se enfrentó a la imagen del líder shak­tista. A sus espaldas, varios oficiales de uniformes rojo y negro se afa­naban en torno a los instrumentos del puente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Houngan, soy Hari Pramantha. Astrofísico al servicio de las co­fraditas.</p>
<p style="text-align: justify;">El Houngan entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos ranuras legañosas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Te conozco. He oido hablar de ti&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Tú y tus hombres corréis un gran peligro.</p>
<p style="text-align: justify;">Por el rabillo del ojo, Hari vio la pantalla de noticias. La trayec­toria estimada de la &#8220;Avidya&#8221; se acercaba a Kali B. La distancia mínima al horizonte de sucesos sería de unos seis radios.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Ja! Abandona tu preocupación por mí, y empieza a temer por tu propia vida y por la de tu gente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Conocemos vuestras intenciones y&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Y no puedes hacer nada para evitarlo, lo sé. En unos pocos mi­nutos estaremos en posición de disparar&#8230; ¡Comed muerte, malditos he­rejes!</p>
<p style="text-align: justify;">Hari empezó a hablar lo más rápido que podía. No sabía cuanto tiempo les quedaba aún, pero sospechaba que no era mucho. La &#8220;A­vidya&#8221; se acercaba ya a la exosfera del agujero negro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Vosotros seréis los cadáveres si no ordenas desviar vuestro rum­bo. Kali B no es un agujero negro, es una interfase con otro universo dotado de leyes físicas distintas, de constantes básicas diferentes, donde la vida tal y como la conocemos no puede existir. Este planeta entra dentro de su campo de influencia una vez por cada revolución, y eso fue lo que destruyó a vuestros colonos&#8230; como ahora va a destruiros a voso­tros y a vuestra nave.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mientes para ganar tiempo. Pero no te servirá de nada. ¡Nues­tros hermanos fueron asesinados por las cofraditas, y ahora vosotros vais a conocer el alcance de la venganza de los Servidores de la Negra!</p>
<p style="text-align: justify;">En la pantalla, la &#8220;Avidya&#8221; se aproximaba al periastrio.</p>
<p style="text-align: justify;">De repen­te algo empezó a pasar.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari no supo exactamente qué era. Los colores parecían haberse vuelto&#8230; extraños. El Houngan se interrumpió a media invectiva. Los hombres del puente levantaron la vista de sus instrumentos.</p>
<p style="text-align: justify;">Toda la imagen fluctuó, como si la vieran a través de una colum­na de aire caliente. Empezaron a sonar las alarmas del puente. El sonido también estaba distorsionado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Hougan -dijo uno de los técnicos intentando sujetarse al panel que estaba frente a él- el ordenador está embrujado, los controles no responden&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Aun podéis salir de ahí -gritó Hari-, al igual que la &#8220;Dharani&#8221;, aun tenéis una posibilidad&#8230; Intentad&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">El Houngan lanzó un grito desgarrador. Sus dedos manchados y retorcidos se engarfiaron al pecho de su túnica. Su carne, y la de todos los que estaban en el puente, empezó a brillar. El brillo se incrementó hasta un destello de flash, y diminutas partí­culas flamígeras surgieron desde cada milímetro de la piel del Hougan y huyeron hacia las paredes del puente como espíritus liberados&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">La comu­nica­ción se cortó. Pero antes de hacerlo, Hari vio algo que olvi­daría nun­ca. Era como si la carne del Houngan fuese de pólvora in­flamada, pero el brillo cesó unos instantes, apenas un parpadeo, para revelar un esqueleto perfec­tamente blan­co sentado en la silla del Houngan.</p>
<p style="text-align: justify;">En la pantalla de noticias todos contemplaron como, con una lentitud de pesadilla, la &#8220;Avidya&#8221; se desplomaba hacia el interior de Kali B. Durante un instante la negra nave brilló como una nova, y al instante siguiente había desaparecido como si su existencia en nuestro universo sólo hubiera sido un mal sueño.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>DIEZ</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong></strong>A la mañana siguiente el aire estaba en calma. El humo de­ los restos dejados por el incendio se mezclaba con una húmeda bruma que filtraba y transportaba la luz, dotándolo todo de un pálido res­plandor fantasmagó­rico.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero tras una noche como la que habían vivido, Hari agradecía cada mísero rayo de luz.</p>
<p style="text-align: justify;">Sentía un fuerte deseo de abandonar para siempre el planeta pero alguien lo iba a hacer antes que él.</p>
<p style="text-align: justify;">Vio como los ksatryas subían a Talnago, de nuevo esposado, a un transbordador. El shaktista le dirigió una última mirada entre dolida y desafiante, y desapareció en el interior de la nave. Un instante después, esta se elevó disipándose rápidamente en la bruma.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué harán con él? -preguntó Hari a Mahal.</p>
<p style="text-align: justify;">-Oh, si se lo dejaran a los ksatryas seguro que no duraría mu­cho -dijo la chica-; pero son las cofraditas quienes están al mando, y ellas no ven con buenos ojos los ajusticiamientos. Seguramente será repa­triado a su mundo, con la esperanza de que allí sea juzgado.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari asintió. Ni siquiera el resplandor del motor del tras­bordador era ya visible.</p>
<p style="text-align: justify;">Renunció a seguir intentando localizarlo, diri­gió la mirada hacia donde calculó que estaría Kali B, y soñó:</p>
<p style="text-align: justify;">El universo era como una gran burbuja de jabón. La superficie de contacto con otra burbuja, otro uni­verso, es una superficie plana. Un círculo. Kali B era una superficie esférica separando dos continuos espa­cio-temporales. En ese sistema solar había una auténtica puerta a otro universo.</p>
<p style="text-align: justify;">Mahal le observó un instante y dijo, casi como si hubiera logrado leer su mente:</p>
<p style="text-align: justify;">-Aun no entiendo qué fue lo que mató a los shaktistas. ¿La ra­diación de esa cosa que no es un agujero negro?</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo curioso es que Talnago, en cierto modo tenía razón. Fue un maleficio -dijo Hari con una sonrisa triste.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cómo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo que mató a los colonos no estaba de acuerdo con las leyes de la física&#8230; al menos las nuestras.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tú no puedes creer eso&#8230; -Mahal parecía casi escandalizada- ¿La magia es lo único que puede explicar lo que aquí ha pasado?</p>
<p style="text-align: justify;">-La magia no, la ciencia. Pero no nuestra ciencia.</p>
<p style="text-align: justify;">La chica escrutaba el rostro de Hari buscando alguna expresión que delatase si el hombre estaba intentando tomarle el pelo.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari siguió hablando:</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí&#8230; bueno, si la fuerza nuclear fuerte, que mantiene unidos los nú­cleos de los átomos, fuera un poquito más débil, el deuterio no existi­ría y los soles no podrían brillar. Si fuese un poquito más fuerte, todas las estrellas habrían estallado. Si la gravedad fuera un poco más fuerte o más débil (¡uno partido por diez elevado a cuarenta!), todas las estrellas se­rían supergi­gantes azules o enanas rojas. Enfrentados a estas coinci­den­cias, no hay otra solución que el principio antrópico o los mundos múlti­ples&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Pero, los colonos?&#8230; -insistió Mahal con tozudez.</p>
<p style="text-align: justify;">-Inestabilidad de los enlaces entre carbonos. Una simple cuestión de un cambio en el decimal 40 de una constante. En otras palabras, en ese otro universo no pueden existir moléculas grandes de carbono. A medida que nos acercamos&#8230; bum. Las largas cadenas de carbono se rompen, y lo único que queda de uno es lo que no es carbono.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Todo encaja ahora. Las formas de vida nativas de Kali A II son células con moléculas de carbono, pero muy pequeñas. Han sobrevivido a cientos de pasos de Kali B. Toda la materia orgánica se descompuso, papel, tela, cuero, madera&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Quieres decir que -terció Mahal, pensativa-, si existen infinitos universos, po­dría existir toda combinación posible de leyes físicas?</p>
<p style="text-align: justify;">-Así es -dijo Hari-. Una inmensa mayoría de (infinitos) universos serían inap­tos para la vida inteligente, muy cercanos a la máxi­ma entro­pía. Y otros universos (infini­tos) estarían habitados. Y sus habi­tantes se maravillarían de la &#8220;coinci­dencia&#8221; de las leyes que ha­cen posible la vida.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y el sistema de Kali está en la frontera de ambos -meditó Mahal- Qué cosa tan ridícula. Infinitos universos para explicar uno so­lo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Cualquier cosa podría surgir del otro lado. Cualquier cosa. Án­geles con trompetas y espadas de fuego; demonios de cola puntiaguda, cuernos y pezuñas; dioses, energías desconocidas, superhombres&#8230; o nada de todo eso.</p>
<p style="text-align: justify;">»Dios no juega a los dados, pero se guarda ases en la manga.</p>
<p style="text-align: justify;">»Quizá algún día podamos aprender más de esa puerta.</p>
<p style="text-align: justify;">»Quizá, algún día, aprendamos a usarla.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Juan Miguel Aguilera y Javier Redal<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Maleficio. Segunda parte</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Jun 2009 04:45:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Miguel Aguilera y Javier Redal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Tiempo y espacio]]></category>

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		<description><![CDATA[CUATRO
La lanzadera se posó a cinco kilómetros de Base Aleph, en una exten­sión llana y cubierta de gravilla, enfáticamente llamada &#8220;campo de aterriza­je&#8221;. Había media docena más de naves, de las que se estaban descar­gando equipo y vehículos. Algunos de los miembros del personal científico bajaron de la lanzadera, con sus bultos de mano al [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>CUATRO</strong></p>
<p>La lanzadera se posó a cinco kilómetros de Base Aleph, en una exten­sión llana y cubierta de gravilla, enfáticamente llamada &#8220;campo de aterriza­je&#8221;. Había media docena más de naves, de las que se estaban descar­gando equipo y vehículos. Algunos de los miembros del personal científico bajaron de la lanzadera, con sus bultos de mano al hombro.</p>
<p style="text-align: justify;">El firmamento era de un índigo oscuro. El sol Kali A relucía en el cénit como una gruesa naranja. Aunque había grandes nubes blanco-amari­llentas sobre las montañas, el tiempo era cálido y el suelo se había secado.</p>
<p style="text-align: justify;">Era el olor lo que resultaba alienígena. El primer asalto de un mundo nuevo, pensó Hari, es olfativo. Y aquel planeta olía como un sepulcro recién abierto.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Un vehículo todoterreno los condujo hasta la base y los dejó en su centro, cerca del gran edificio de piedra que llamaban el &#8220;Hounfor&#8221;. Un oficial con insignias de teniente les llevó a sus alojamientos, situados a lo largo de la calle principal, y los distribuyó en grupos.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari abrió la puerta del aparta­mento que le habían asignado. Era un edificio prefabricado estándar. Tenía capacidad para seis personas: Una sala, tres dormitorios con dos literas cada uno, un cuarto de baño y una pequeña cocina. Demasiado espacio para él solo, pensó. Pero no lo estaba.</p>
<p style="text-align: justify;">En el centro de la sala flotaba una especie de huevo transparente, dotado en su parte inferior de diminutos mecanismos para su sustentación. Del ecuador del huevo surgían delgados filamentos plateados, articulados de forma semejante a las patas de una araña. Moviéndose con la perezosa gracia de un manojo de algas bajo el agua.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari dio un paso hacia aquella cosa y vio la conocida forma de un básico flotando en el centro del huevo, con su cola conectada a un comple­jo enlace sináptico. El artefacto emitió una perfecta simulación de una voz humana.</p>
<p style="text-align: justify;">-Saludos, Hari. Espero que haya tenido un buen descenso.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿<em>Almirante</em>? ¿Es usted?</p>
<p style="text-align: justify;">-Solo una mínima expresión de mi persona, pero está enlazada con el resto de mi totalidad a través del haz.</p>
<p style="text-align: justify;">Instintivamente, Hari miró hacia lo alto. En aquellos momentos, el cuerpo de la cofradita, se podría considerar que abarcaba miles de kilóme­tos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Ha visto la base?</p>
<p style="text-align: justify;">-Solo desde la ventanilla del todoterreno. Un lugar tétrico.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso me ha dicho Mahal. Claro, que esa expresión no puede guardar un mismo significado para nuestras dos especies&#8230; pero me preocupa el efecto que ese ambiente pueda tener en la moral de las tropas del coronel.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari se dejó caer en uno de los sillones. Era indecentemente confor­table.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sinceramente, yo no me preocuparía por eso. La moral de un ksa­trya ocupa un lugar muy secundario con relación a su sentido del deber.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo sé, pero ese es un lugar de muerte. Muerte inexplicable por otro lado&#8230; y es Jeldis Talnago que no hace otra cosa que hablar de malefi­cios, magia negra, lugares malditos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Hari observó, extrañado, al objeto flotante.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿A qué se refiere exactamente?</p>
<p style="text-align: justify;">-Venga conmigo, Hari. Quiero mostrarle esto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Un momento -pidió.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari abrió su bolsa de viaje, y extendió su contenido sobre una de las literas. Se guardó una terminal de ordenador en el cinturón, y dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">-Listo, <em>Almirante</em>. Detrás de usted.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Hari caminó, siguiendo al flotante huevo, entre los edificios prefabri­ca­dos. Por todas partes veía soldados ksatryas perfectamente armados: patru­llando por las calles, o subidos en lo alto de los edificios para ver mejor. Sin duda llevaban el arnés al mínimo: vio que pasaban de uno a otro con una fácil zancada.</p>
<p style="text-align: justify;">Base Aleph estaba dividida en cuatro &#8220;barrios&#8221; por la cruz que formaban las avenidas principales. Cada &#8220;barrio&#8221; estaba formado por nueve, en un cuadrado de tres por tres. Cada edificio estaba decorado con icono­grafías de significado desconocido para él, símbolos arcanos y emblemas místicos policromados en rojo, amarillo y blanco. Las calles de negra tierra batida estaban salpicadas de esqueletos humanos dispuestos en apretados monto­nes. Era el tétrico complemento a un no menos tétrico decorado.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Almirante</em> se detuvo sobre uno de ellos. Los huesos estaban relu­cientes, como si hubieran recibido un tratamiento especial para limpiarlos. Ni una sola mancha enturbiaba su blancura.</p>
<p style="text-align: justify;">-Fíjese Hari, como mucho los colonos murieron hace dos años. Y la ropa también ha desaparecido casi en su totalidad. Solo las partes metáli­cas de amuletos, medallas y hebillas permanecen.</p>
<p style="text-align: justify;">Reprimiendo su repugnancia, Hari cogió un fémur con sus manos y lo levantó. Le sorprendió lo poco que pesaba, y supuso que estaría perfec­ta­mente hueco. Las vértebras formaban un montoncito a sus pies. Ni rastro de la médula espinal.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari soltó el hueso, mientras su corazón empezaba a latir con fuer­za. No podía imaginar qué podría haber hecho eso, a no ser&#8230; sí, a no ser que, a pesar de los resultados de la sonda, allí proliferara alguna especie de micro­organismo espantosamente activo&#8230; que quizá ahora él mismo estuviera respiran­do.</p>
<p style="text-align: justify;">Y en ese caso tampoco había salvación posible para aquellos que como él había bajado al planeta.</p>
<p style="text-align: justify;">-Creo que ha sido muy inteligente al permanecer en la nave, <em>Almi­rante</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-Las cofraditas navegamos entre las estrellas, pero no nos gusta descender al fondo de un pozo a menos que sea realmente necesario.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari se rascó la barbilla.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, muy inteligente.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Almirante</em> le condujo hasta una de las negras viviendas shaktistas.</p>
<p style="text-align: justify;">-He reservado esta para usted. Nadie ha entrado aquí, y no se ha tocado nada. Quiero su opinión de humano inteligente, Hari.</p>
<p style="text-align: justify;">-Gracias, <em>Almirante</em> -dijo Hari sonriendo levemente ante la torpe adulación del alienígena.</p>
<p style="text-align: justify;">La disposición de la vivienda era idéntica a la suya, salvo los toques personales. En las paredes había cuadros representando temas de la cultura shaktista: simples adornos o iconos de culto. Al mirar de cerca, vio que estaban impresos a color. Oleos y acuarelas no debían ser demasiado abun­dantes en la pequeña colonia.</p>
<p style="text-align: justify;">Un haz de luz surgió del huevo transparente iluminando el polvoriento suelo frente a Hari.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué buscar? se preguntó Hari. Registró uno por uno los dormito­rios: literas, escritorios abatibles, sillas plegables. Las literas conservaban sus colchones de espuma.</p>
<p style="text-align: justify;">Sacó la terminal, llamó al bloc de notas, y empezó a escribir una lista de cosas que nunca faltan en una vivienda humana, sea cual sea la raza o la cultura de sus ocupantes. ¿Qué falta? Vea­mos, ropa, calzado, comida&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces recordó algo que nunca puede faltar. Se dirigió a la cocina, siempre seguido por el huevo flotante, y rebuscó por todos los rincones. Bueno, o aquella gente había sido fanática de la limpieza, o no había ni un solo gramo de basura en toda la casa. Observó las ollas y cacerolas, pare­cían usadas, pero ni rastro de hollín en su parte inferior.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué le parece, Hari? ¿Cual es su opinión de todo esto?</p>
<p style="text-align: justify;">-No sé qué demonios ha podido pasar aquí, pero es evidente que toda la materia orgánica que los colonos trajeron consigo, incluida la que constituía sus propios cuerpos, ha desaparecido.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Un proceso normal de corrupción?</p>
<p style="text-align: justify;">-No. Una corrupción explosiva, asombrosamente rápida. Como una combustión que no dejara ningún rastro tras de sí&#8230;</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El Hounfor era una gran edificio de madera, sobre un basa­mento de piedra y ladrillo; una construcción sólida y hasta atractiva a su modo.</p>
<p style="text-align: justify;">El lúgu­bre fantasmón de Jeldis Talnago, acompañado por dos de sus sirvientes lázaros, les esperaba a la puerta.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Ha encontrado ya la causa de este terrible desastre, Hari Pra­mantha?</p>
<p style="text-align: justify;">-Ese no es mi trabajo, Talnago.</p>
<p style="text-align: justify;">El huevo flotante intervino con su bien modulada voz:</p>
<p style="text-align: justify;">-Un equipo de biólogos están estudiando las muestras recolectadas por la primera sonda.</p>
<p style="text-align: justify;">El shaktista emitió una teatral carcajada.</p>
<p style="text-align: justify;">-Biólogos cofraditas. ¿En serio?</p>
<p style="text-align: justify;">-Nuestro equipo es perfectamente fiable, Jeldis. Encontraremos la causa de la muerte de sus hermanos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Solo si se trata de una causa natural, circunscrita dentro de los angostos márgenes de su sobrevalorada ciencia.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué otra cosa podría ser? -preguntó Hari</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago se apoyó en uno de sus lázaros y miró a Hari pensativo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y usted fué un hombre de Dios? ¿Quizá aún pretende serlo? ¿Por qué cierra sus ojos a la Verdad?</p>
<p style="text-align: justify;">Hari no se inmutó.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Su verdad es ese conjunto de supersticiones que controlan cada aspecto de su vida?</p>
<p style="text-align: justify;">-Ustedes, los <em>bhaktas</em> de la Sagrada Hermandad, llaman superstición a toda aquella fé ajena sus preciosas <em>Sastras</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-Señores -dijo <em>Almirante</em>, flotando entre ellos- no se enzarcen en una discusión que no puede conducirles a ningún resultado constructivo.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari asintió lentamente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tiene razón. Discúlpeme, Talnago, no quise parecer poco respetuo­so.</p>
<p style="text-align: justify;">-Disculpas aceptadas. El respeto es algo extraordinariamente raro en esta expedición. Los ksatr­yas han estado pisotean­do nuestro Houn­for, sin la menor reverencia por este lugar sacrosanto -rezongó Tal­nago, adelan­tándose a los otros.</p>
<p style="text-align: justify;">Por primera vez, Hari le había visto separarse de sus lázaros. Les había ordenado esperar en el exterior del Hounfor, y caminaba ante ellos arrojando sobre su hombro derecho un polvillo negro que extraía de una bolsa de cuero.</p>
<p style="text-align: justify;">Recorrieron la gran sala, atravesando el pasillo que separaba las dos filas de asientos tapizados en negro. Casi todos los bancos contenían un desor­denado montón de inmaculados huesos. El suelo estaba sembrado de amu­letos semejantes a los que Talnago llevaba siempre consigo. En el extre­mo frontero a la puerta había un estrado y un gran lienzo de tela roja, con multitud de extraños signos bordados.</p>
<p style="text-align: justify;">-Parece un escenario -dijo Hari.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago sacudió la cabeza, escandalizado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Este es un lugar santificado -dijo-. Una mezcla de capilla y senado. Estos que ve aquí eran mis hermanos. Los esqueletos que han encontrado en el exterior pertenecían a sus lázaros.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari sintió un escalofrío repentino.</p>
<p style="text-align: justify;">-Vinieron aquí porque estaban asustados -comprendió.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ellos sabían lo que estaba sucediendo. Lo sabían y se reunieron aquí para deliberar, para buscar una solución que nunca llegó. La muerte los encontró aquí reunidos. Los esclavos dispersos por las calles&#8230; ¿Se ha fijado en esos montones de huesos? La carne se desintegró, así&#8230; -Talnago chas­queó los dedos- dejó de sujetar a los huesos, y estos se derrumbaron como castillos de naipes.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Ha encontrado algún documento, algún archivo informático que aclare si ellos sabían lo que estaba pasando? -preguntó <em>Almirante</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago sacudió la cabeza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ilegibles por entero. Algunos componentes de los ordenadores han sufrido el mismo destino que la carne de mis hermanos. Tampoco he en­contrado ningún rastro de papel. ¿Siguen pensando que todo esto puede haber sido obra de una humilde bacteria?</p>
<p style="text-align: justify;">-No desprecie así a las bacterias -dijo <em>Almirante</em>-, se sorprendería de lo que son capaces de hacer.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero sus maravillosos aparatos de tecnología cofradita siguen sin en­contrar el menor rastro de nuestros diminutos enemigos. Y la escasa vida unicelular de este mundo resulta tan elemental que jamás podría infectar a una célula humana. ¿No les parece extraño?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí -admitió Hari-, ¿pero qué propone usted como explicación, un maleficio?</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago se abanicó la boca con una ancha pluma de cartka dorada antes de contestar, para que sus palabras no atrajeran la desgracia sobre él.</p>
<p style="text-align: justify;">-El Universo no es la máquina impersonal que ustedes proponen; es básicamente perverso. Existen fuerzas, entidades, leyes físicas, llámelos como quiera, que conspiran contra la vida. Los Demonios de la Oscuridad arras­tran al Cosmos hacia la decadencia inexorable. El fuego puede destruir en pocas horas un frondoso bosque que tardó siglos en crecer; la muerte puede consumir en horas a quien ha vivido muchos años; una supernova puede barrer eones de paciente evolución en segundos. La felicidad y el bien son penosos caminos cuesta arriba, mientras que el infortunio y el mal siguen un camino rápido hacia abajo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Parecía capaz de continuar así bastante rato. Con expresión impasi­ble, Hari dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">-Cuando una tostada cae al suelo, siempre cae por el lado untado en mantequilla.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago frunció el ceño, sin acabar de entender la ironía.</p>
<p style="text-align: justify;">-La magia es algo que es posible controlar y usar como motor de una civilización -prosiguió-. Nosotros lo hemos hecho, aunque ustedes no lo admitan y nos desprecien. Aquí no he encontrado rastros del uso de magia, al menos usada a escala humana, pero quizá mis hermanos lo creye­ran, y por ese motivo se congregaron aquí. Lo que es evidente es que este planeta los mató. Destruyó selectivamente hasta el último rastro de vida alienígena posada en él. Y esto, a una escala diferente, también puede tener un origen mágico. Este mundo nos odia. Mis hermanos eligieron bien su nombre: Kaliloka&#8230; planeta de Kali. La Negra. La diosa de la Muerte.</p>
<p style="text-align: justify;">A pesar de su escepticismo, Hari se estremeció. El hecho irrefutable era que los colonos estaban muertos de una forma inexplicable.</p>
<p style="text-align: justify;">-No lo creo -dijo Hari, intentando que su voz sonara firme-. La gente de su pueblo murió por algo que tiene un origen físico, y nosotros debemos averiguar de qué se trata antes de que vuelva a actuar.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Ha ido al cementerio? -preguntó Talnago con una sonrisa cínica.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cementerio?</p>
<p style="text-align: justify;">-Los lázaros no suelen durar mucho. Cuando les llega la muerte definiti­va solemos enterrarlos. ¿No le parece adecuado?</p>
<p style="text-align: justify;">Hari ignoró la pregunta.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Dónde está?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿El cementerio? Fuera de la alambrada.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El cementerio era una extensión de unos novecientos metros cuadra­dos. No había lápidas, sino una docena de grandes losas, improvisadas con pesadísimas lajas de roca labradas con jeroglíficos. El terreno era muy irre­gular.</p>
<p style="text-align: justify;">-En las losas se tallan encantamientos propiciatorios, que aseguran el eterno descanso de los lázaros liberados por la segunda muerte -explicó Talnago.</p>
<p style="text-align: justify;">-Son muy pesadas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí. En ocasiones, algunos han regresado de la tumba para vengarse de sus antiguos amos. Gente descuidada que sin duda merecía tal destino.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari vio unos robots excavadores alineados al fondo. Y frente a ellos un par de tumbas abiertas. Se acercaron a aquel lugar y Hari miró dentro de la tumba.</p>
<p style="text-align: justify;">Un esqueleto blanco, reluciente, apenas manchado por la tierra.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cree que su bacteria los alcanzó ahí dentro? -preguntó Talnago.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es posible&#8230; -de repente Hari comprendió lo que Talnago quería decir­le-. Si la bacteria los infectaba sin ellos saberlo, y fueron enterrados con ella&#8230; devoró sus cuerpos, pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Pudieron además pudrir los cuerpos? Improbable. Cada microor­ganis­mo está adaptado a un hábitat muy específico. Difícilmente su hipoté­tica bacteria hubiera sobrevivido a la muerte de su víctima.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari dio un paso atrás.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero pudo sobrevivir en forma de esporas. Al abrir las tumbas&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-No se preocupe -le tranquilizó <em>Almirante</em>-. Están limpios. Lo com­proba­mos con eso&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Un pequeño haz láser señaló uno de los miembros de los robots, semejante a una larga aguja extensible. Hari reconoció un rastreador orgá­nico para el sub­suelo, también de diseño cofradita y muy fiable, por tanto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Los huesos están prácticamente desprovistos de materia orgánica. No queda sino el fosfato -dijo <em>Almirante</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es importante verificarlo -dijo Hari-. Vamos a comprobar todas las tum­bas. Ahora, y deprisa&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">El huevo transparente, con el básico en su interior, revoloteó entor­no a Hari.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tranquilícese, los robots ya hicieron ese trabajo. Son muy con­cien­zu­dos, créame.</p>
<p style="text-align: justify;">-Exacto -dijo Talnago- Y me dieron la razón. ¿Lo entiende, Hari? No hay ningún organismo patógeno en todo el planeta. Acép­tenlo, y empe­ce­mos a buscar otra causa. Porque lo que sí es cierto es que algo ha matado a mis hermanos y a sus lázaros.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Pero&#8230; qué?</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago posó sus dedos en su afilada barbilla, cubierta por una fina perilla.</p>
<p style="text-align: justify;">-O &#8220;quién&#8221; -dijo.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>CINCO</strong></p>
<p style="text-align: justify;">La noche había caído con la parsimonia propia de los planetas de bajo período de rotación. La luna interna cruzaba el cielo como un dirigible a gran altura. Repetiría su ciclo cuatro veces en el curso de la noche.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago bostezó ostensiblemente mientras cenaba con los oficiales ksatryas. Se despidió cortésmente y se dirigió a su alojamiento, acompañado de sus lázaros.</p>
<p style="text-align: justify;">-Quedaos aquí -ordenó, en el lenguaje simplificado destinado a los sirvientes-. No dejéis entrar a ninguna persona, animal o cosa. Dormid cuando salga el sol. Podéis sentaros.</p>
<p style="text-align: justify;">Los lázaros oscilaron sus cabezas afirmativamente. Como si los hubieran activado con un mismo mando a distancia, se sentaron a ambos lados de la puerta en la posición del loto.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago entró. No tenía sueño; sus ritmos circadianos aún no se habían adaptado al ciclo de luz de Kali. Cerró las ventanas de la cabaña y encendió la lámpara para leer que había sobre la cama. A su incierta luz, encendió su ordenador y le ordenó que contactara con su nave.</p>
<p style="text-align: justify;">La respuesta fue casi inmediata; sin duda estaba aguar­dando la llamada.</p>
<p style="text-align: justify;">El Houngan estaba despatarrado en un ancho sillón, envuelto en una túnica granate oscuro, varios números más grande. Sus dedos manchados, de uñas largas, asomaban de unas mangas demasiado largas. Su cabeza calva se sostenía sobre un cuello descarnado, que salía del cuello de su ropón como el de una tortuga.</p>
<p style="text-align: justify;">-Larga Vida y Reencarnación Pronta, Houn­gan -dijo Talnago en Lenguaje Ceremonial.</p>
<p style="text-align: justify;">-Que la Oscuridad preserve tus entrañas, Talnago -fue la respuesta, pero en Lengua Críptica Arcana 13.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago frunció levemente el ceño. El Houngan era un decrépito anciano car­comido por la sífilis, pero&#8230; ¿es qué finalmente su enfermedad había alcanzado su momificado sistema nervioso haciéndole expresarse en lenguas muertas?</p>
<p style="text-align: justify;">-He leido tu informe, Talnago -dijo el Houngan, siempre en Crípti­co Arcano 13-. No puedo decir que esté complacido. Es ambiguo, nebuloso e incon­creto en demasía.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago lo comprendió al fín. Aquel arcaico dialecto conocido por muy pocas familias de la casta superior, era muy adecuado para discutir temas que debían permanecer ocultos a los herejes.</p>
<p style="text-align: justify;">Nadie que no hubiera nacido shaktista podría descifrarlo jamás.</p>
<p style="text-align: justify;">-Soy plenamente consciente de ello, Lobreguez -dijo Talnago, tam­bién en LCA13-, pero no puedo evitar la conclusión. Esto no está claro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Para tu pobre inteligencia, quizás. Sin embargo en mi opinión, este es un caso claro de magia negativa, y sólo puede haber un culpable.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Las cofraditas?</p>
<p style="text-align: justify;">-Luego lo has considerado -el Houngan alzó sus pobladas cejas-. Curioso que tu informe no refleje tus conjeturas.</p>
<p style="text-align: justify;">-He preferido mostrarme fríamente distante. Considero a las cofra­ditas unas sospechosas altamente improbables.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Por?</p>
<p style="text-align: justify;">-Las cofraditas son comerciantes. Tienen una reputación que mante­ner. No les ayudaría en sus negocios el andar matando a sus clientes poten­ciales y aterrorizando al resto. Además, su cultura desconoce la magia.</p>
<p style="text-align: justify;">-Considero tu razonamiento ingenuo. Quien golpea primero, golpea dos veces. Y pretender ser ignorantes en artes mágicas fue un famoso ardid de los Ancianos Brujos Ruines. Y ya conoces la historia&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Parecía que aquel viejo cretino sólo pensaba con reflejos condiciona­dos y frases hechas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Poseéis el don del Discernimiento Juicioso, Lobreguez, pero mis numerosos viajes entre las estrellas me han enseñado que, en la relación  comercial con otras culturas, uno no siempre debe esperar lo esperable&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Cuando tu enemigo no es observado es cuando te golpeará -citó el Houngan-. Nadie sabía la existencia de nuestra colonia, excepto las cofra­ditas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lobreguez, no habéis escuchado mis miserables argumentos. Inten­to haceros ver, en mi humildad, que&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Nadie más que ellas pudieron destruirla.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago suspiró derro­tado:</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero ¿cómo?</p>
<p style="text-align: justify;">-El cómo no importa, sólo el qué, el a quién y el porqué.</p>
<p style="text-align: justify;">-Entonces, ¿por qué?</p>
<p style="text-align: justify;">El anciano suspiró. Las comisuras de sus labios eran una única llaga supurante. Se limpió la pus con un pañuelo de seda y siguió hablando:</p>
<p style="text-align: justify;">-Nunca nadie había encontrado un agujero negro, aunque todos los hombres de ciencia postulaba su existencia. Es un premio muy valioso, Tal­nago: energía sin límite; un inconcebible poder de destrucción; y puede ser usado como catapulta gravitatoria para acelerar nuestras naves más allá del horizonte de estrellas&#8230; Y, además, un planeta habitable orbitándolo, perfec­to para construir una base desde la que nuestro pueblo gestionaría tanta riqueza&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">El Houngan se detuvo para tomar aliento, y para limparse nueva­mente la comisura de los labios.</p>
<p style="text-align: justify;">-Por algo así -siguió diciendo el anciano-, ¿quien no envenenaría a su propia madre-virgen para conseguirlo?</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero -argumentó Jeldis, intentando ser razonable-, las cofraditas son nuestras socias en esta empresa, ¿por qué pelear por algo que de todos modos van a obtener?</p>
<p style="text-align: justify;">-La mejor participación en un negocio es la parte total del negocio.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago se dio por vencido. Intentar convencer al Houngan era como explicar álgebra a un adoquín.</p>
<p style="text-align: justify;">-Entiendo -dijo con voz cansada.</p>
<p style="text-align: justify;">El Houngan se echó hacia atrás en su silla, y entrecerró los ojos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pronto aterrizarán los sacerdotes de la Brigada de Purificaciones y más lázaros de trabajo. Ve a recibirlos y guíalos.</p>
<p style="text-align: justify;">Por el tono, Talnago intuyó una despedida. También intuyó que el viejo reservaba una sorpresa&#8230; desagradable, por supuesto.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Hari llevaba máscara, botellas de aire comprimido, aletas, y cinturón de plomo: un equipo completo de buceo. Respirando pesadamente por los tubos, agitó los pies y avanzó en el agua. Una nube de burbujas lo rodeaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Orientándose en la penumbra, distinguió un aparato de forma casi cúbica y se dirigió a él. Cuando llegó a su lado, lo alumbró con la linterna y proce­dió a desmontarlo. Lo reemplazó con el que llevaba consigo, conec­tando acto seguido el interruptor. Se encendió una luz verde.</p>
<p style="text-align: justify;">Suspiró con alivio, emitiendo burbujas que se distribuyeron esférica­mente en torno suyo. Por fin podrían reanudarse las observaciones astronó­micas.</p>
<p style="text-align: justify;">Nadó hacia la salida.</p>
<p style="text-align: justify;">La escotilla que atravesó le condujo a una cámara intermedia. Atra­vesó una segunda escotilla y subió por una herrumbrosa escalera metálica. A sus espaldas quedó el gran tanque de doscien­tos metros de diámetro: 4.188.789,333333&#8230; metros cúbicos de agua pura y cristalina.</p>
<p style="text-align: justify;">Se quitó el equipo con la ayuda de Mahal, retorciéndose para des­prenderse del arnés.</p>
<p style="text-align: justify;">La chica le tendió una toalla.</p>
<p style="text-align: justify;">‑¿Ha ido todo bien? -preguntó</p>
<p style="text-align: justify;">‑Nada de particular ‑contestó Hari‑. Como sospe­chábamos, el fotomultiplicador se había quemado. Los aislantes térmicos habían desapare­cido como por arte de magia. Ya sabes de qué estoy hablando.</p>
<p style="text-align: justify;">Mahal agitó la cabeza y chasqueó la lengua, como lamen­tándo­lo.</p>
<p style="text-align: justify;">‑Se supone que estos cacharros son herméticos.</p>
<p style="text-align: justify;">‑Se supone. Bueno, vamos a ver si ahora funciona el invento.</p>
<p style="text-align: justify;">Juntos atravesaron un largo corredor, hasta una sala excavada en la roca y repleta de pantallas y tableros de mando. A través de una gruesa portilla se distinguía la árida superficie de Kaliloka. A lo lejos, los negros edificios de la ciudad fantasma</p>
<p style="text-align: justify;">Hari se sentó ante uno de los tableros y accionó un interruptor. Las pantallas empezaron a mostrar una serie de números y letras.</p>
<p style="text-align: justify;">‑Aquí están. Funciona.</p>
<p style="text-align: justify;">El gran tanque de agua encerrado en el interior de la roca había sido instalado por las cofraditas en el transcurso del primer viaje y consti­tuía un gigantesco detector de partículas elementales. Un artefacto imprescindiblea para estudiar el agujero negro que hacía de aquel sistema estelar algo tan especial.</p>
<p style="text-align: justify;">Las paradojas de la tecnología -se dijo Hari- a veces los astrofísicos debían convertirse en cavernícolas para estudiar el ancho Uni­verso.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Como pudo la <em>plaga</em> alcanzar esos componentes encerrados bajo toneladas de roca y agua? -preguntó Mahal.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari hizo una mueca de extrañeza.</p>
<p style="text-align: justify;">-No sé&#8230; empiezo a pensar como Talnago&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Empiezas a pensar que lo que mató a esos shaktianos fue algo de origen sobrenatural?</p>
<p style="text-align: justify;">Hari sonrió.</p>
<p style="text-align: justify;">-No, por supuesto. Pero ya no creo que se trate de un microorga­nismo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso mismo piensa el equipo de biólogos que estudian las muestras enviadas a la <em>Pusparatha</em>. Pero lo cierto es que ninguno de ellos se ha atre­vi­do aun a bajar al planeta.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari se volvió hacia las pantallas, que  ahora registraban, cada pocos segundos, el impacto de una partícula con una entre millones de moléculas de H<sub>2</sub>O. Los fragmentos de la diminuta explosión eran recogidos por detec­tores esparcidos por toda la masa de agua, y el ordenador reconstruía la partícula original con &#8220;nombre y apellidos&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Las partículas tenían muchos posibles orígenes. Radiación cósmica, viento solar, el tenue disco de acreción, incluso radiactividad natural de la roca y sus propios cuerpos&#8230; Otra serie de detectores, esparcidos por la superficie del asteroide, calculaban cada una de las contribuciones por separado.</p>
<p style="text-align: justify;">Réstense de las captadas por el detectores del tanque, háganse unas filigranas estadísticas, y lo que quedaba era la escurridiza emisión que anda­ban buscando: la tenue radiación de Kali B.</p>
<p style="text-align: justify;">Allá arriba, en el mismo horizonte de sucesos del agujero negro, sucedía uno de los extraños azares subatómicos. Pares virtuales de partícu­la‑anti­partícula surgían de aquella extraña entidad que era el vacío cuántico. Na­cían literalmente de la nada, viajaban un trecho y se aniquilaban&#8230; regre­san­do a la nada de la que salieron. La energía necesaria para crearlas era pres­tada, por un capricho aleatorio de la indeterminación cuántica. Dios había tirado los dados.</p>
<p style="text-align: justify;">La cantidad de energía media del Universo, sin embargo, no varía; el Gran Contable Cósmico no tolera los &#8220;números rojos&#8221;. Todas las deudas energéticas se pagan, tanto más pronto cuanto mayor es la energía prestada. Partícula y antipartícula estaban obligadas a desaparecer sin dejar huella.</p>
<p style="text-align: justify;">A no ser, claro, que una de las dos fuera tragada por el agujero negro. En cuyo caso, su compañera se alejaba alegremente: se había creado una partícula, esta vez real. El agujero, por su parte, perdía una fracción infinite­simal de su masa, su carga o su momento angular, de modo que las cuentas cuadraban.</p>
<p style="text-align: justify;">O deberían cuadrar.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>concluirá</em>)</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Juan Miguel Aguilera y Javier Redal<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Maleficio. Primera parte</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Jun 2009 07:46:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Miguel Aguilera y Javier Redal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Tiempo y espacio]]></category>

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		<description><![CDATA[UNO
La chica caminaba por el corredor, atenta a los números en las puertas de las cabinas. Se cruzó con pocas personas en su camino, y todas ellas deambulaban con la decisión del que está muy ocupado; ahora que las tres naves estaban cerca de su meta, en la Pusparatha se palpaba la at­mósfera de urgencia. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>UNO</strong></p>
<p style="text-align: justify;">La chica caminaba por el corredor, atenta a los números en las puertas de las cabinas. Se cruzó con pocas personas en su camino, y todas ellas deambulaban con la decisión del que está muy ocupado; ahora que las tres naves estaban cerca de su meta, en la <em>Pusparatha</em> se palpaba la at­mósfera de urgencia. Intercambió cabezazos y atareados &#8220;hola&#8221;; sólo los ksatryas se llevaban los dedos índice y medio a la sien, en un informal saludo semi­militar.</p>
<p style="text-align: justify;">Localizó la puerta que buscaba y la abrió.</p>
<p style="text-align: justify;">-Con permiso, hermano -dijo. No obtuvo respuesta.</p>
<p style="text-align: justify;">Un hombre relativamente maduro, pero con el pelo completamente blanco, vestido con un blusón pardo de mangas holgadas, faja y pantalón del mismo color, estaba de pie ante una pizarra cubierta por hileras de ecuaciones, letras griegas y sánscritas, números y otros esotéricos símbolos matemáticos. de vez en cuando borraba con el puño y escribía de nuevo.</p>
<p style="text-align: justify;">Llevaba un par de auriculares en los oídos. La chica oyó un débil &#8220;chiss, chiss&#8221; procedente de ellos, y era obvio que la música le impedía oír.</p>
<p style="text-align: justify;">La cabina era pequeña y atestada. Un ordenador de monitor panorá­mico era el rasgo más sobresaliente, pero no el único. Las paredes estaban recu­biertas por estanterías &#8220;hágalo usted mismo&#8221;, casi visiblemente curvadas por el peso de discolibros, holocristales de datos, cartuchos de ordenador, e incluso libros de papel. La habitación era una península rodeada de libros por todas partes excepto una, que era la puerta&#8230; debido a que allí colgaba su ropa el ocupante. La litera plegable parecía avergonzada de ocupar un modesto metro y medio cuadrado de mamparo, bajo una estantería.</p>
<p style="text-align: justify;">La chica se dirigió al ordenador. Localizó en la pantalla el icono de un disco óptico, y lo cerró tocándolo con un dedo. Al instante, el hombre se dio la vuelta. Sus ojos grises expresaban sorpresa.</p>
<p style="text-align: justify;">-Hermano Hari Pramantha, <em>Almirante</em> quiere verte.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Uh? Eres tú, Mahal -se quitó los auriculares-. ¿<em>Almirante</em> me llama? ¿Para qué?</p>
<p style="text-align: justify;">-No lo sé. Está muy excitado, ahora que Kaliloka II está casi a la vista. Te espera en su apartamento privado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tiene el don de llamar a la gente en el momento más inoportuno -suspiró, presionando un conjunto de teclas en el ordenador.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> -El contenido de la pizarra ha cambiado</em> -dijo éste-. <em>¿Desea guardar los cambios efectuados?</em></p>
<p style="text-align: justify;">-Sí.</p>
<p style="text-align: justify;">La pizarra se apagó y quedó convertida en una deslustrada superficie de vidrio gris.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿No prefieres el espacio virtual? -Mahal señaló los guantes y las gafas, arrinconados.</p>
<p style="text-align: justify;">-No, recuerda que provengo del Límite. Me siento como un tonto mo­viendo algo invisible, como si fuera el traje  nuevo del Rajatiraja. Mi reali­dad virtual está aquí -se tocó la frente con el índice-. Aquí quiero que siga.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Es esa una norma de la Hermandad?</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Por favor, olvida eso! -acarició brevemente el símbolo dorado que llevaba prendido en el pecho: una rueda, una cruz, y una media luna entre­lazadas-. Pertenecí a la Hermandad, es cierto, pero si mis antiguos herma­nos dieran conmigo ahora&#8230; bueno, mi vida no tendría ningún valor en manos de los dharmamahamatras.</p>
<p style="text-align: justify;">La chica alzó una ceja.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Dharmamahamatras?</p>
<p style="text-align: justify;">-Inquisidores, en la lengua del Límite. Afortunadamente hace años que me mantengo fuera de su alcance. Y esto ha resultado ser un ejercicio muy saludable.</p>
<p style="text-align: justify;">Abandonaron el camarote, y caminaron por el anillado corredor central.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sin embargo, aún llevas sus símbolos -dijo ella, ajustando su paso al del hombre. El se encogió de hombros.</p>
<p style="text-align: justify;">-Aún sigo buscando la comprensión racional del Universo, así como la función de la inteligencia dentro del mismo, y las consecuencias éticas que de ello derivan&#8230; como mis antiguos hermanos. Ahora sé que sus méto­dos no son correctos, pero sigo creyendo en sus objetivos.</p>
<p style="text-align: justify;">Mahal fijo la vista en el suelo, con expresión amarga.</p>
<p style="text-align: justify;">-Dios ha sido cruel conmigo -dijo finalmente, en voz baja-. Permitió el ataque angriff sobre Sarvaniloka, mi planeta natal, con todo el dolor y la muerte que representó para tantas hermanas. No es un Dios justo&#8230; perdo­na, no quisiera parecer poco respetuosa&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-No me lo pareces.</p>
<p style="text-align: justify;">Mahal era, como él la llamaba no sin humor, &#8220;el brazo derecho&#8221; de <em>Almirante</em>. También era una mujer joven y atractiva, casi de la altura de Hari, y de complexión mucho más atlética, como correspondía a una ex-amazona de Sarvaniloka.</p>
<p style="text-align: justify;">-Debemos entender a Dios como&#8230; una inteligencia encerrada en una singularidad -añadió él-. No podemos aplicarle nuestras leyes físicas, ni realizar predicciones sobre su comportamiento.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari y Mahal se encontraron con una parte de <em>Almirante</em> apenas entra­ron en el corredor que llevaba a su apartamento. Al verles, el básico giró sobre sus seis patas, y corrió hacia la puerta del apartamento. Era evidente que <em>Almirante</em> estaba ansiosa por ver a Hari.</p>
<p style="text-align: justify;">Siguieron a la pequeña criatura que corría con su vientre pegado al suelo metálico. El básico desapareció por una especie de gatera junto a la puerta de un cubículo. Por la pequeña abertura emanaba una inconfundible luz rojiza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Hasta luego -dijo Mahal despidiéndose con un gesto de la mano.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿No me acompañas?</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Almirante</em> sólo quiere verte a ti.</p>
<p style="text-align: justify;">Mientras la chica se alejaba por el corredor, la puerta se deslizó y Hari se vio ante lo que parecía ser un trozo de selva encerrado en el cora­zón de aquella nave.</p>
<p style="text-align: justify;">Dio unos pasos adelante. Una vegetación húmeda y sofocante le rodeó; árboles rechonchos como zanahorias, de ramas retorcidas y grandes hojas escamosas. En la lejanía,  se adivinaban unas montañas en el horizonte neblinoso, bajo un cielo azafrán dominado por un gigantesco sol rojo.</p>
<p style="text-align: justify;">El básico que les había esperado en el corredor, o al menos uno muy parecido, corría sobre la alfombra de hojas muertas y llegaba hasta <em>Almiran­te</em>, perdiéndose entre la maraña de patas y cuerpos que cubrían el cuerpo del alienígena. Hari pensó que era fácil perder la calma en presencia de <em>Almirante</em>, o de cualquier otra cofradita. De cerca siempre puedes ver cosas entrando, saliendo, corriendo en torno a ti, reptando a tu espalda.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Almirante</em> le saludó formando un brazo de una longitud semejante a la de uno humano y alzándolo, mientras el último básico extendía sus seis patas. Una buena imitación del saludo más típicamente humano, con la palma de la mano abierta. A las cofraditas les encantaba hacer este tipo de cosas. Hari devolvió el gesto y se esforzó por ver a <em>Almirante</em> como a otro ser racional. Como algo creado, al igual que el Hombre, a imagen de un Dios multifacético.</p>
<p style="text-align: justify;">No era fácil. El cuerpo de <em>Almirante</em> era un tronco de cono de casi dos metros de altura y unos cincuenta centímetros en su diámetro mayor. Origi­nalmente, este tronco poseía una textura y un color semejante al de los árboles que les rodeaban, pero las cofraditas solían decorarlos a lo largo de sus vidas con elaboradas pinturas y valiosos adornos hasta convertirlos en auténticas obras de arte ambulantes. Aunque invisible, Hari sabía que en el interior de aquel tronco había una criatura semejante a un gordo y blanco gusano del tamaño de un bebé humano: el &#8220;útero&#8221;. Este contenía los órga­nos sexuales de la cofradita, el estómago y el nexo cerebroide principal.</p>
<p style="text-align: justify;">Sobre el tronco, alrededor de él, entrando y saliendo por sus abertu­ras superior e inferior, un hervidero de básicos, dotados de pequeños cere­bros secundarios, pero carentes, en general, de órganos sexuales. Cada básico era semejante a un escorpión de seis patas del tamaño de una mano humana. La cola del básico no terminaba en un aguijón venenoso, sino que estaba recubierta, en su cara inferior, de palpitantes terminaciones nerviosas. Mien­tras los básicos permanecían sobre el tronco, o cerca de él, las colas siem­pre estaban en contacto unas con otras, entrelazándose en complejas danzas cuyo significado los humanos apenas lograban entrever. de la misma forma, varios básicos podían sujetarse unos a otros para formar tantos miembros como el cofradita necesitara en un determinado momento; las seis patas articuladas de cada básico eran tan buenas como una mano humana de cinco dedos.</p>
<p style="text-align: justify;">El brazo que había saludado a Hari se disgregó en sus componentes individuales, que se confundieron rápidamente con el resto. No pudo distin­guir a cuál había estrechado las patas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Siéntese, Hari. Hay un taburete por ahí -la voz de <em>Almirante</em> seme­jaba un millar de chicharras cantando a coro.</p>
<p style="text-align: justify;">Unas veinte patas apuntaron al mueble.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Contenta por estar de vuelta, <em>Almirante</em>? -dijo Hari mirando la parte superior del cono. Por supuesto el rostro, y los ojos, de la cofradita no estaban allí. Había un par de  centenares de ojos estudiándolo en aque­llos momentos desde todas las direcciones posibles, pero Hari necesitaba buscar elementos cotidianos en medio de tanta extrañeza. Y si no los en­contraba, necesitaba inventarlos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Una gran satisfacción. Usted no vino en la primera expedición, Hari, y no puede imaginar la sorpresa que nos llevamos. ¿Se da cuenta de lo que signi­fica? Un planeta habitable, en un sistema estelar doble cuya secundaria es un agujero negro.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari asintió; era un argumento mil veces repetido. Un agujero negro significa mucha gravedad.</p>
<p style="text-align: justify;">Y gravedad significa energía.</p>
<p style="text-align: justify;">Las cofraditas provenían del otro extremo de Akasa-Puspa, y cir­cunnavegar el cúmulo globular, incluso con sus avanzadas naves dotadas de pode­rosos motores de fusión, representaba interminables años de viaje. Las cofraditas eran comerciantes, y les gustaba hacer negocios con los humanos del otro extremo de Akasa-Puspa. Hacía incontables generaciones que buscaban un paso a través del denso núcleo del cúmulo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Me costó bastante convencer a aquellos testarudos shaktistas de Ta­mahloka para me renovaran el mando, a pesar de lo del &#8220;<em>Dharani</em>&#8220;. Me han dicho usted que tenía una idea sobre eso, Hari.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sobre&#8230; quiere decir, ¿la destrucción del &#8220;<em>Dharani</em>&#8221; mientras estu­diaba el agujero, <em>Almirante</em>?</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Claro está! -varios básicos giraron sobre sí mismos, probando varios enlaces a la vez, muy cerca de la abertura superior. &#8220;Equivale a un gesto de impaciencia&#8221;, recordó Hari- Estamos muy cerca ya, y no quisiera que esta flotilla corriera la misma suerte. ¿Qué hicimos mal la primera vez que nos acercamos a ese agujero negro?</p>
<p style="text-align: justify;">-La fuerza centrífuga -dijo Hari concluyente-. Cerca de un agujero negro, se dirige hacia dentro.</p>
<p style="text-align: justify;">Configuración en anillo de los básicos centrales: &#8220;extrañeza, deso­rienta­ción&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">-Disculpe, pero la mitad de mis básicos están alimentándose, y esta maña­na me siento algo estúpida. No acabo de entender.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bueno&#8230; imagine que está dentro de un tubo hueco que rodeara Ta­mahloka, por ejemplo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Un tubo circular, en órbita?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí.</p>
<p style="text-align: justify;">-Me lo imagino. ¿Y&#8230;?</p>
<p style="text-align: justify;">-Coge una linterna y proyecta un rayo a lo largo del eje del tubo. Vamos a suponer que tiene el planeta a babor, ¿de acuerdo? La luz dará contra la pared exterior del tubo, a estribor.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí. Porque el rayo de luz va en línea recta, y el tubo es circular&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Un breve apunte de una nueva danza de impaciencia.</p>
<p style="text-align: justify;">-Excepto que el rayo de luz no va en una línea recta perfecta -dijo Hari.</p>
<p style="text-align: justify;">-No, claro. La gravedad desvía un poco el rayo de luz -los básicos com­pletaron la danza-. Y en un agujero negro, ¿qué pasaría?</p>
<p style="text-align: justify;">-A cierta distancia, sucede algo extraño: la gravedad es tan fuerte, que el rayo de luz se curva en torno al agujero negro formando un círculo. No chocaría con la pared  del tubo. Se vería a sí misma a lo lejos, iluminan­do con la linterna.</p>
<p style="text-align: justify;">-Comprendo. Más bien, vería muchas copias de mí misma, ¿no?</p>
<p style="text-align: justify;">-Cierto. Ahora, si se mueve a lo largo del tubo, no sentiría ninguna fuerza centrífuga. Fuese cual fuese su velocidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Composición orbicular en el centro del cono.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Por qué no?</p>
<p style="text-align: justify;">-Porque, aunque sería curvo para un observador exterior, para usted el tubo sería recto.</p>
<p style="text-align: justify;">Un bis de la anterior.</p>
<p style="text-align: justify;">-No entiendo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Un rayo de luz se mueve en línea recta, excepto si es reflejado o re­fractado, ¿cierto? La gravedad puede curvar su trayectoria; pero eso, según la <em>relatividad general</em>, es una línea &#8220;recta&#8221; en un espacio-tiempo curvado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Una geodésica.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí. En este caso, la geodésica es un círculo. Y el movimiento a lo largo del tubo sería siempre rectilíneo. Por tanto, nada de fuerza centrífuga. ¿Se sorprende? La gravedad es una deformación del espacio-tiempo, piense en términos de relatividad.</p>
<p style="text-align: justify;">-Intento hacerlo, pero carezco de básicos apropiados para las mate­máti­cas. Mi fuerte ahora son las relaciones con los humanos, pero si es necesa­rio generaré unos cuantos procesadores matemáticos. En un par de días.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari sonrió, y alzó ambas manos.</p>
<p style="text-align: justify;">-No será necesario. Permítame que siga con mi experimento imagi­nario, y lo comprenderá. Si el tubo está situado más cerca del agujero ne­gro, el rayo de luz tendería a caer hacia él. Por tanto, iluminaría el lado interno del tubo. Y si usted se mueve a lo largo del tubo a gran velocidad, experimen­tará una fuerza centrífuga que le lanzará contra el lado interno.</p>
<p style="text-align: justify;">-Así sería. Creo que lo entiendo&#8230; entonces&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Entonces, debido a esta insólita deformación espacio-temporal, el orde­nador del &#8220;<em>Dharani</em>&#8221; cometió un pequeño error al calcular la órbita. Un error muy pequeño, pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, tuvieron suerte de salir con vida. Suerte y habilidad. Es evidente que carecemos de experiencia en todo lo relativo a agujeros negros. Por eso su presencia aquí es tan valiosa, Hari.</p>
<p style="text-align: justify;">-Gracias, pero no podemos confiarnos. Nadie había encontrado nunca un agujero negro en Akasa-Puspa. Casi todos nuestros datos son teóricos, o fruto de la observación del agujero negro situado en el centro de la Gala­xia. Aún podemos encontrarnos con más sorpresas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es posible, pero las cofraditas somos una raza que aprende de sus errores. No volveremos a descuidarnos. En cualquier caso, me hubiera gus­tado tenerlo en mi primer viaje.</p>
<p style="text-align: justify;">-No sé si hubiera podido serle útil, <em>Almirante</em> -dijo Hari-. La ciencia muele fino, pero lento.</p>
<p style="text-align: justify;">Una nueva configuración sorprendió a Hari, los básicos se dispusie­ron formando líneas paralelas longitudinales al tronco. Hari no pudo imagi­nar el significado de aquel  gesto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lástima que muchos de nuestros socios shaktistas no pudieran volver en las otras dos naves -dijo la cofradita con un zumbido grave-; los sistemas de soporte vital se habrían sobrecargado. Pero los dejamos bien provistos, y nos estarán espe­rando allá abajo, con los brazos abiertos.</p>
<p style="text-align: justify;">Sonó una voz humana, desde algún altavoz oculto.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Almirante</em>, se solicita su presencia en el puente. Estamos entrando en zona de comunicación.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Me acompaña, Hari? Los del &#8220;<em>Dharani</em>&#8221; llevan dos años de vaca­cio­nes, pero se alegrarán de escuchar voces amigas.</p>
<p style="text-align: justify;">Hari dejó pasar a la cofradita, cuyo tronco era transportado sobre una palpitante alfombra de básicos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El puente de la &#8220;<em>Pusparatha</em>&#8221; era una amplia rotonda adyacente al orde­nador de a bordo. Una pantalla de trescientos sesenta grados formaba la pared, y bajo ella se situaban las oficiales de puente: Astrogadora, Gesto­ra de Operaciones, Táctica. Todas cofraditas. El suelo del puente pare­cía un hormi­guero cruza­do en todas las direcciones por velocísi­mos básicos que se esca­bullían inclu­so entre las piernas de los esca­sos tripulantes huma­nos. Al principio Hari se había concentrado en no pisarlos, pero más tarde com­prendió que esto era casi imposible, los básicos eran muy rápidos y tenían buenos refle­jos.</p>
<p style="text-align: justify;">Esa era, junto con los gestos-danza, la forma original de hablar de las cofraditas. Cada uno de aquellos básicos que corría por el suelo poseía un diminuto pero efectivo cerebro que contenía una fracción de los pensa­mien­tos de la cofradita emisora. Llegaba hasta la receptora, descargaba su infor­mación, y regresaba con la respuesta. Aparentemente parecía algo tosco y lento, pero todas las cofraditas allí presentes poseían básicos especializa­dos en la comunicación sonora humana, y raramente los usaban, excepto con los humanos. Su sistema era algo semejante a la telepatía con un medio físico, y sin duda les parecería mucho más fiable que la imprecisas lenguas humanas. Se decía que en toda la historia cofradita jamás se había produci­do un malentendido.</p>
<p style="text-align: justify;">El puesto de mando era una plataforma circular situada en el centro del puente y rodeada por terminales de enlace sináptico con el ordenador. Estaba ocupado por otra cofradita a quien los humanos llamaban <em>Capitana</em>. Al acercarse <em>Almirante</em> se produjo una auténtica marea de intercambio de básicos entre las dos criaturas. En beneficio de Hari, zumbaron los básicos emisores de sonido de ambas criaturas:</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Ya han contactado con Base Aleph?</p>
<p style="text-align: justify;">-No, <em>Almirante</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-Estamos a su alcance, supongo.</p>
<p style="text-align: justify;">-En efecto, <em>Almirante</em>, pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Radiofaro?</p>
<p style="text-align: justify;">-Ninguno, <em>Almirante</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Algo en otras frecuencias?</p>
<p style="text-align: justify;">-Solamente descargas de estática atmosférica y viento solar.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Almirante</em> conferenció rápidamente con <em>Capitana</em> y la oficial de co­muni­caciones. Esta vez olvidaron la traducción y Hari, sintiéndose algo fuera de lugar, se limitó a mirar las pantallas.</p>
<p style="text-align: justify;">Algunas pantallas mostraban a las otras dos naves que completaban la expedición. Una de aquellas naves presentaba un casco negro azabache, cubierto de atormentados dibujos rojo sangre, característicos de Tamahloka. La otra, el afilado diseño, semejante a una punta de lanza eriza­da de mortí­feras armas, típico de las naves de la Ksatra. Hari reprimió un estremeci­miento; los tripulantes de aquellas naves eran tan humanos como él, pero a Hari se le antojaban mucho más extraños que las cofraditas.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras las naves, la estrella Kali A, una G-7, iluminaba el disco de su segundo planeta, Kaliloka II. Los brillantes blancos y azules apenas dejaban entrever el pardo rojizo de los continentes. No pudo distinguir el pequeño planeta interior, Kaliloka I.</p>
<p style="text-align: justify;">Ni, por supuesto, a Kali B, el agujero negro que acompañaba a la estre­lla principal. Si estuviese más cerca, aquel sistema sería un infierno: captura­ría materia de su luminoso hermano, creando un disco de acreción que envenenaría el espacio con rayos X y gamma, tal vez con explosiones perió­dicas de nova. Pero Kali B estaba demasiado lejos; sólo le llegaba una débil cola de gas generada por el viento solar.</p>
<p style="text-align: justify;">Una pantalla mostraba el mapa del planeta. Una gran masa conti­nental cubría buena parte del hemisferio norte; de ella se prolongaban seis grandes penínsulas acabadas en punta, desde los cuarenta grados de latitud norte hasta unos treinta sur. El polo norte estaba ocupado por un pequeño mar, parcialmente helado. Las aguas cubrían la mayor parte del hemisferio sur, interrumpidas por tres pequeños continentes, o islas gigantescas, según se mirase. Había también otro pequeño continente antártico cubierto de hielo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Hemos localizado la base -zumbó la oficial de comunicaciones.</p>
<p style="text-align: justify;">Una luz roja parpadeó sobre una de las penínsulas puntiagudas del norte. Ahí estaba el radiofaro, señalando incansable su posición.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mis felicitaciones -dijo <em>Almirante</em>- Enfoquen el haz y envíen un saludo a Base Aleph.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Los básicos de la Gestora de Operaciones vibraron en un tono frené­tico tras varios infructuosos minutos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ninguna respuesta, <em>Almirante</em>, Base Aleph no responde.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Almirante</em> miró la pantalla y algunos de sus básicos ejecutaron una danza que combinaba las configuraciones de perplejidad con la de impa­ciencia. Se situó en el centro del puesto de mando, generó media docena de brazos, y empezó a sinapsiar las terminales.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Preocupado, Hari? -preguntó sin dejar de mover los pseudobra­zos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí&#8230; es decir, no&#8230; bueno&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-No es un accidente demasiado raro en casos como éste.  Compren­da que lo de allá abajo es una instalación provisional.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, por supuesto -¿por qué entonces ese cosquilleo en la nuca?</p>
<p style="text-align: justify;">-Puede que tengan problemas con la emisora -configuración circu­lar-. O no nos oyen o no pueden responder. Los aparatos que se quedaron no son adecuados para la comunicación interplanetaria. Afortunadamente, podremos guiarnos con el radiofaro para aterrizar.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>DOS</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Los ksatryas trotaban en círculo, bajo la vigilancia de un sargento. El sudor corría abundante por sus cabezas rapadas.</p>
<p style="text-align: justify;">El coronel War-Zen presenciaba la instrucción con las manos a la espal­da y la fusta bajo el brazo. La bodega de la &#8220;<em>Ragda</em>&#8221; disponía de algún espacio libre para adiestramiento de las tropas, aunque no mucho.</p>
<p style="text-align: justify;">-Parece que los hombres están de buen humor, teniente -se dirigió a uno de sus oficiales.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, señor. Están ansiosos por desembarcar, mi coronel.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bien -dijo War-Zen con aire ausente. Su frente estaba dividida por un surco vertical. Le preocupaba aquella misión aparentemente rutinaria. Los informes de la primera expedición eran todo menos claros; la explora­ción había sido somera y War-Zen no quería correr el menor riesgo.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando se avanza hacia lo desconocido, pensó, hay que esperar siempre lo inesperado.</p>
<p style="text-align: justify;">Una breve señal acústica de su ordenador de pulsera le recordó su cita en la &#8220;<em>Avidya</em>&#8220;.</p>
<p style="text-align: justify;">-Prosigan con el ejercicio, teniente.</p>
<p style="text-align: justify;">-A la orden, señor -contestó este, cuadrándose.</p>
<p style="text-align: justify;">El coronel abandonó la bodega y ascendió a la cubierta C, donde esta­ban los hangares para vehículos auxiliares. Había dos cúters espaciales, una pinaza fuertemente armada, un par de lanzaderas pesadas y un trans­porte anti-G. Ante la inminencia del desembarco, un grupo de marinos los esta­ban aprovisionando de combustible, mientras varios soldados acoplaban los módulos de los todoterreno en los cúters y cargaban las lanzaderas. Tomó un pequeño transporte E.V. y ordenó al piloto que le condujera hasta la negra nave de los shaktistas.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El camarote de Jeldis Talnago era un típico diseño de Tamahloka: pare­des forradas de mimbre verde, valiosos muebles de madera lacada en negro, amplios sillones tapizados de cuero de lagarto de un discreto ma­rrón. Su piso estaba alfombrado, y en él se esparcían almohadas de suave pluma. Las puertas metálicas había sido disimuladas con sedosas cortinas color marfil. Del techo colgaba un lámpara de hierro; las bombillas eléctri­cas resplande­cían tras sus vidrios artísticamente grabados con lentes anula­res. El servicio estaba formado por un pequeño grupo  de lázaros; aunque, como deferencia a sus invitados, ahora sólo contaba con su camarero parti­cular, humilde­mente arrodillado a sus pies. Con un gruñido, tomó un zunqat de una ban­deja de frutas y le dio un mordisco.</p>
<p style="text-align: justify;">Jeldis Talnago era un hombre alto y delgado, de pesados párpados y con una pequeña barba en punta, vestido con la larga dalmática negra de la Orden Samedi, y la cabeza envuelta en un turbante negro. Sobre su pecho pendía un medallón plano, adornado con joyas, que acariciaba nerviosamen­te. El medallón se dividía en compartimentos modulares, en los que podían engarzarse distintos amuletos, según el diferente efecto que se esperaba obtener. En este momento llevaba cuatro: la Mano Protectora de Zogdoaf, el Gran Sello Romboédrico, el Ojo Que Todo Lo Escudriña, y las Tablillas Crípticas. Alguien versado en el simbolismo de Tamahloka habría leido en la combinación de talismanes: &#8220;Reunión trascendental ante futuro incierto&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago acabó su zunqat y tiró la semilla al suelo. El camarero la recogió y, con una servilleta, limpió los labios de su amo. Talnago se fijó en él. ¿Había empeorado? No; la piel amarillenta del lázaro, reseca y pegada al hueso, tenía el mismo aspecto de siempre; su cabeza, cubierta de escasos mechones de pelo color ceniza.</p>
<p style="text-align: justify;">Quizás debería aumentarle la ración de comida; los lázaros nunca sienten hambre, y esto les expone a la muerte&#8230; esta vez definitiva. Allá en casa no le hubiera preocupado: se habría limitado a comprar otro. Pero allí, perdido en mitad de la nada, no había tal posibilidad, y mucho menos la de hacer uno por su cuenta. Sí, le aumentaría la dosis de papilla&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Estaba tomando nota de ello cuando llegaron sus invitados.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Hari miró al lázaro con disgusto, arrodillado sin la menor expresión en su grisáceo rostro. El coronel ksatrya parecía pensar lo mismo; a nadie del Límite le gustaban los shaktistas y sus lázaros, que parecían muertos salidos de su tumba&#8230; cosa que eran en realidad.</p>
<p style="text-align: justify;">A su vez, Talnago se sentía desazonado ante la actitud de aquella gente: en su planeta, un lázaro en tan perfectas condiciones era símbolo de digni­dad, y todos lo habrían saludado y admirado su porte. Por fortuna aquellos sorprendentes alienígenas, las cofraditas, no parecían compartir los escrúpu­los de sus compañeros de especie.</p>
<p style="text-align: justify;">-Esto es una maldita locura -refunfuñó a guisa de saludo. La diplo­macia no era el lado fuerte de los shaktistas.</p>
<p style="text-align: justify;">Su camarero lo oyó, pero como no expresaba ninguna petición, nada dijo. Se limitó a mantener sus ojos inexpresivos fijos en el suelo, mientras su amo despotricaba.</p>
<p style="text-align: justify;">-Son mis hermanos los que están en ese planeta endemoniado. Y tú, <em>Almirante</em>, la responsable de haberlos abandonado en él.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> Almirante</em> hizo zumbar sus básicos adaptados al habla humana.</p>
<p style="text-align: justify;">-Conoces perfectamente en que circunstancias fueron dejados tus com­pañeros de raza. No podía hacer otra cosa, y  ellos se mostraron de acuer­do. Tu acusación es injusta.</p>
<p style="text-align: justify;">War-Zen resolvió no ceder a la provocación del shaktista y se volvió hacia Hari y la cofradita.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mis hombres están preparados para desembarcar. Tan sólo deme una orden y&#8230; -el ksatrya les miraba con gravedad y determinación.</p>
<p style="text-align: justify;">-Muy peligroso, hasta que no sepamos lo que ha sucedido exacta­mente -los básicos de <em>Almirante</em> se retorcían en una complicada danza en ocho, y por enésima vez Hari se preguntó si aquello tenía algún significado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero no lo sabremos hasta que hayamos desembarcado. <em>Almirante</em>, tarde o temprano habrá que hacerlo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y espera averiguarlo sentado cómodamente en su camarote, ras­cándo­se los dedos de los pies? -se impacientó Talnago.</p>
<p style="text-align: justify;">-No exactamente -replicó Hari-. Propongo enviar primero una sonda no tripulada, pertrechada con los mejores detectores biológicos de que dispon­gamos. Luego será el momento del coronel.</p>
<p style="text-align: justify;">Talnago se inclinó hacia adelante, entrelazó sus dedos bajo su afilada barbilla y preguntó con aire despectivo:</p>
<p style="text-align: justify;">-Perdone un momento, hermano&#8230; pero, ¿puedo saber con qué objeto? Ese planeta ya fue analizado en su día. Carece de formas superiores de vida; tan sólo unas estúpidas e inofensivas algas flotando en sus mares.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es posible, pero he repasado los informes de la primera misión, y sus estudios fueron bastante&#8230; apresurados. Supongamos lo peor, y no arri­es­guemos más vidas antes de disponer de datos mejores.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Está usted insultando a los técnicos shaktistas que realizaron esos informes! -exclamó Talnago. Descargó uno de sus puños sobre la palma de la otra mano-. Averiguaremos lo que ha pasado de inmediato. Coronel, ordene a sus soldados que se preparen para desembarcar.</p>
<p style="text-align: justify;">El ksatrya se volvió hacia la cofradita, esperando. Este dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">-Coronel, la sugerencia del hermano es prudente. Mandaremos antes una sonda.</p>
<p style="text-align: justify;">-A la orden -dijo War-Zen, abriendo su intercomunicador.</p>
<p style="text-align: justify;">Jeldis Talnago se maldijo. Debería haber llevado además el Pentácu­lo de Ziemolu y la Lengua Persuasiva, la combinación ideal para &#8220;Argumen­tación elocuente y sagaz&#8221;.</p>
<p style="text-align: center;"><strong> TRES</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Cuando la flotilla se hubo acercado lo bastante, adoptó una órbita geosin­crónica. El silencio de radio proseguía y la tensión se palpaba en el ambien­te. Se lanzó una sonda atmosférica estándar, que entró en la atmós­fera sin problemas y aterrizó en paracaídas, a no más de seis kilómetros de Base Aleph.</p>
<p style="text-align: justify;">Las fotos que envió durante el descenso confirmaron sus peores temores: no se veía un alma. Los datos biológicos, sin embargo, confirmaron los de la primera exploración: no había microorganismos de ningún tipo en aquella atmósfera. La única vida parecía concentrada en los mares, y se  trataba de algas unicelulares extremadamente sencillas. Eran las responsables del oxí­geno de aquella atmósfera, pero difícilmente podrían agredir a orga­nismos más complejos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Un solo transbordador se separó de la &#8220;<em>Ragda</em>&#8220;, llevando consigo al coronel y un selecto grupo de ksatryas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Quince minutos, mi coronel -anunció el piloto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bien.</p>
<p style="text-align: justify;">El vehículo estaba equipado para transporte de personal; sus trece tone­ladas de carga le permitían acomodar una veintena de asientos antiace­lera­ción, quedando hasta treinta kilos de equipo por persona. Aquello basta­ba para los planes del coronel.</p>
<p style="text-align: justify;">El transbordador deceleró hasta velocidad subsónica, acompañado de fuertes vibraciones y sacudidas.</p>
<p style="text-align: justify;">War-Zen consultó su cronógrafo a la luz roja de la cabina. Si se cumplía la programación, en estos momentos la &#8220;<em>Ragda</em>&#8221; estaría lanzando el siguien­te grupo: cuatro lanzaderas pesadas llevando vehículos todoterreno y hovers armados; aquel sería su respaldo si algo salía mal. Sus oficiales había pro­puesto que el coronel bajase con el segundo grupo, pero él se negó. Quería estar en primera línea para mejor valorar la situación.</p>
<p style="text-align: justify;">-Diez minutos, mi coronel.</p>
<p style="text-align: justify;">-Enterado -se levantó-. ¡Bien, todos listos y en pie!</p>
<p style="text-align: justify;">Los hombres se ajustaron los cascos de vuelo y cogieron su equipo. Iban armados con rifles automáticos, subfusiles, pistolas, bayonetas y sables cortos de hoja ancha. Dos de ellos llevaban rifles de partículas de diseño imperial, con sus pesados generadores.</p>
<p style="text-align: justify;">-Preparados para abrir la compuerta -les llegó la voz del piloto.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Adelante!</p>
<p style="text-align: justify;">Se abrió una compuerta en el piso, cerca de la popa, con un repen­tino huracán de aire frío. No pudieron ver el suelo, ya que era noche cerra­da. War-Zen vigilaba una luz verde; cuando se encendió, dio orden de saltar. En fila, los hombres fueron lanzándose al vacío. El coronel se arrojó el último.</p>
<p style="text-align: justify;">El cielo y la tierra giraban a su alrededor. Tuvo un atisbo de la mole oscura del transbordador, que se elevó velozmente de regreso a la órbita.</p>
<p style="text-align: justify;">Sintió un fuerte tirón cuando su arnés se activó y empezó a reducir su velocidad. Encendió el visor: el ojo izquierdo intensificaba la luz de la luna menor de Kaliloka II, el ojo derecho era infrarrojo. Con un poco de práctica, no resultaba difícil coordinar ambas imágenes. Miró al suelo tra­tando de  orientarse.</p>
<p style="text-align: justify;">Base Aleph estaba erigida sobre una amplia llanura fluvial, en un valle encerrado entre montañas. Su línea de descenso, como estaba calcula­do, le llevaría a una cortadura excavada por el río en las montañas. Pero el panorama era confuso. Consultó el mapa informático que lucía en su ante­brazo izquierdo. La pantallita le deslumbró, pero logró orientarse. Corrigió su descenso mediante los pequeños chorros impulsores del arnés.</p>
<p style="text-align: justify;">El altímetro estaba calibrado para la presión atmosférica de Kaliloka II. El arnés iba ralentizando su caída de modo que se posaría con velocidad cero; por precaución, lo controló manualmente en los últimos metros. Sus botas tocaron el suelo con la ligereza de una pluma.</p>
<p style="text-align: justify;">Se encontraba en medio de un mar de rocas. Extrañas, porosas como esponjas, cortantes y negras como el alma de un shaktista.</p>
<p style="text-align: justify;">No había signos de vida de ningún tipo.</p>
<p style="text-align: justify;">Se arrodilló bajo una roca, desprendiendo el subfusil del arnés. Con un dedo encendió la radio.</p>
<p style="text-align: justify;">-Aquí War-Zen. Informen por orden de lista -susurró.</p>
<p style="text-align: justify;">Uno a uno, sus hombres fueron contestando. Todos se había posa­do y sabían a dónde dirigirse, aunque se esparcían en un radio de más de cincuenta kilómetros.</p>
<p style="text-align: justify;">Lentamente, se quitó la máscara y aspiró el aire de un planeta extra­ño. Olía a azufre y a cal, pero no cayó muerto tal y como había temido Hari Pramantha.</p>
<p style="text-align: justify;">Levantó el visor. La noche era silenciosa y oscura, apenas iluminada por la luna externa, que se pondría muy pronto. Además, el cielo se estaba enca­potando. Los expertos de la &#8220;Pusparatha&#8221; pronosticaban lluvia al ama­necer, cosa que complació al coronel. Le gustaban las visitas sorpresa.</p>
<p style="text-align: justify;">Miró al cielo, donde orbitaban invisibles los tres navios de linea, con sus numerosos pasajeros y tripulantes a bordo. Qué extraño pensar que media hora antes aún estaba allí, encerrado entre paredes de acero.</p>
<p style="text-align: justify;">Aspiró profundamente el aire alienígena y se puso en marcha. Debía descender por una trocha, que le llevaría a la orilla de un riachuelo, y luego sólo tenía que seguirlo.</p>
<p style="text-align: justify;">Reguló el arnés para que compensara la mayor parte de su peso. No podía hacer nada con su inercia, pero le permitiría caminar casi como si no llevara carga. Un par de veces resbaló, pero un toque en el mando le permi­tió elevarse. Con el visor podía ver como a pleno día, aunque en blanco y negro. A medida que aumentaba su confianza, descendió a grandes saltos.</p>
<p style="text-align: justify;">Pronto encontró huellas de la presencia humana.</p>
<p style="text-align: justify;">Los shaktistas había construido un acueducto que llevaba hasta la base el agua de un manantial de montaña. Este acueducto seguía aproxima­damente el camino del coronel. La tubería cruzaba sobre un barranco so­portada por arcos y paralelo a ella había un sendero artificial, lo bastante ancho para recorrer­lo a pie. Todo muy tosco, todo construido a mano, piedra sobre piedra; evidente­mente, obra de los esclavos lázaros.</p>
<p style="text-align: justify;">El sendero ascendía hasta la ladera de la garganta. El coronel andu­vo con el río a su izquierda, sesenta o setenta metros más abajo, y la mon­taña a su derecha. La pendiente era fuerte, de acaso cuarenta y cinco gra­dos, pero no representaría un problema con el arnés, si tenía que aban­donar el sendero.</p>
<p style="text-align: justify;">De vez en cuando podía ver alguno de los pozos de ventilación del acueducto, sobresaliendo del suelo. El desfiladero que seguía se ensanchó en la confluencia con el río principal. El acueducto cruzaba sobre éste, pero el coronel sobrevoló el río con el arnés. El sendero continuaba al otro lado; el río, abajo y a su izquierda como antes, describía amplios meandros.</p>
<p style="text-align: justify;">Empezaba a amanecer y el cielo estaba sombrío por los almohadones grises de las nubes. Un relámpago brilló, seguido de un trueno retumbante y, como si fuera un pistoletazo de salida celeste, empezó a llover torrencial­mente.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Oculto tras una roca, War-Zen examinó Base Aleph con los binocu­lares. Era una agrupación de edificios rodeados por una reja de alambre, casi simbólica, pues apenas tenía tres metros de alto. Era sólo una precau­ción contra posibles animales salvajes. No había torres de vigilancia, ni casama­tas, ni una miserable garita. Estúpidos. Pobres estúpidos, pensó el coronel. En aquel momento ya no albergaba ninguna duda de encontrarlos a todos muertos.</p>
<p style="text-align: justify;">La estructura de la base era muy regular. El lado norte limitaba con un río que corría hacia el este. Los edificios se disponían en parrilla, dejan­do calles ortogonales. Dos grandes avenidas en cruz lo atravesaban, rema­tando en las cuatro puertas de la cerca. Entre los edificios prefabricados, observó uno o dos de piedra negra, sin duda construidos también por los lázaros con recursos locales.</p>
<p style="text-align: justify;">Los soldados se había desplegado. El coronel consultó el mapa: los hombres armados con rifles de partículas estaban situados para enfilar las avenidas principales, el resto formaba un tosco círculo en torno a la base. Todo parecía tranquilo y no había nadie a la vista, humano o no.</p>
<p style="text-align: justify;">El cielo encapotado era de un blanco marfileño y caía una suave cortina de lluvia. Dio la orden de avanzar a sus aún invisibles tropas.</p>
<p style="text-align: justify;">No era momento de andar con sutilezas. Abandonó su escondrijo y corrió el centenar de metros de terreno despejado que le separaba de Base Aleph. Dos soldados surgieron de los márgenes del terreno y le siguieron. Cuando llegaron a la cerca, sencillamente la saltaron, gracias a los arneses giroscópicos. Enfrente suyo, otros cruzaban el río volando.</p>
<p style="text-align: justify;">Se posó en el interior del cercado y corrió hasta el edificio más próximo. Abrió la puerta de una patada.</p>
<p style="text-align: justify;">Y allí estaban los colonos. O lo que quedaba de dos de ellos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">En la casa no había nadie más, ni en los dormitorios ni el aseo. No esperó. Se asomó por la puerta, salió, y se dirigió al próximo.</p>
<p style="text-align: justify;">El registro se completó en poco más de quince minutos.  Finalmen­te, los hombres se reunieron en un gran edificio de piedra, en el mismo centro de la base. Su interior era una amplia sala, provista de filas de sillas plegables, muy deterioradas por el tiempo.</p>
<p style="text-align: justify;">Los ksatryas eran soldados curtidos por los horrores de cientos de gue­rras libradas en decenas de planetas. La muerte era una compañera habitual de aquellos mercenarios; su presencia ya no podía causarles la más mínima sorpresa&#8230; y sin embargo, War-Zen creyó ver algo en los ojos de sus hom­bres. Algo casi desconocido para aquellos duros muchachos. Pero allí esta­ba, quizá por primera vez: miedo, horror, puro y seco horror.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El coronel ordenó a su ayudante de campo:</p>
<p style="text-align: justify;">-Organice turnos de guardia, el resto de los hombres pueden des­cansar. Y que traigan el transmisor, informaré personalmente a la &#8220;Puspa­ratha&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mi coronel, ¿qué hay del segundo grupo? -recordó el oficial con voz abatida.</p>
<p style="text-align: justify;">-Oh, sí. Dígales que se reúnan con nosotros. Envíe alguien a la puerta para guiarlos.</p>
<p style="text-align: justify;">-A la orden.</p>
<p style="text-align: justify;">Mientras los soldados se acomodaban, contempló pensativo la base. La llovizna seguía cayendo del cielo pajizo; empapando los montones de huesos esparcidos por las calles. Huesos humanos sin duda alguna; cegado­ramente blancos en medio de la negra base shaktista.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>continuará</em>)</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Juan Miguel Aguilera y Javier Redal<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>La estrella</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Jun 2009 06:10:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elia Barceló</dc:creator>
				<category><![CDATA[Tiempo y espacio]]></category>

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		<description><![CDATA[Estábamos todos allí. Lana, como una muñeca rubia colgada de sus cuerdas, con una incongruente faldita roja y el hilo de saliva brillando en su cara pálida; Lon, sus ojos inmensos y oscuros en un rostro casi inexistente; Sadie, moviendo vertiginosamente sus alas, lo que le hacía oscilar a unos centímetros del suelo, mientras masticaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Estábamos todos allí. Lana, como una muñeca rubia colgada de sus cuerdas, con una incongruente faldita roja y el hilo de saliva brillando en su cara pálida; Lon, sus ojos inmensos y oscuros en un rostro casi inexistente; Sadie, moviendo vertiginosamente sus alas, lo que le hacía oscilar a unos centímetros del suelo, mientras masticaba en un gesto de robótica eficiencia esa sustancia verde que tanto le gusta; Tras, encogiendo hasta casi la desaparición su frágil cuerpecillo, su deseo clavado en el cielo, y yo, número cinco, el cierre de la estrella, temblando como un carámbano de luz, focalizando el anhelo. Todos allí, esperando.</p>
<p style="text-align: justify;">Habíamos esperado mucho tiempo. No había ninguna razón para estar ahora más nerviosos que otras veces, pero la tensión se había hecho diferente y sentíamos que lo que ahora esperábamos se estaba acercando. Podríamos haber desaparecido, por supuesto, sobre todo yo, pero éramos la estrella de contacto y no queríamos perdernos en la espera como habían hecho otros antes que nosotros.</p>
<p style="text-align: justify;">Aún no estábamos seguros de qué íbamos a ofrecerles; hacía tanto tiempo que habíamos perdido el contacto que no sabíamos ya de su deseo ni de su espera. &#8220;Somos sabios y hermosos&#8221;, había dicho Sadie, pero yo entre todos ellos conocía el concepto de la realidad única y sabía que podía ser doloroso para ellos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lento -murmuró Lana, la más verbal después de mí.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí -contesté. Sabía que le gustaba expresar en palabras lo que todos sabíamos en cualquier caso.</p>
<p style="text-align: justify;">Sentí el deseo de Lon y comencé a focalizar una imagen para sus ojos y los nuestros: la negrura infinita de lo que está fuera y un artefacto de realidad única, objetivamente blanco, deslizándose suavemente hacia nuestra espera. Lento. Lleno de realidades múltiples sin focalización.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lento -volví a decir para ayudar a Lana.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos disolvimos. El paisaje comenzó a volverse azul y anaranjado, melancólico en cierta forma, como es Tras. Suave. Antiguo. Nos deslizamos en su percepción y empezaron a surgir las torres plateadas y una música de cristal y campanillas. Sadie bailaba y yo flotaba por encima de todos ellos neutralizando la espera. Nos dirigimos a una torre blanca que se alzaba a varios metros del suelo subjetivo general y penetramos en ella, yo a través del tejado, los otros por las puertas y ventanas, por las paredes.</p>
<p style="text-align: justify;">Lana dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">-Calor -y todos nos reimos, aliviando la espera. La sala nos dio calor y Lon hizo caer una ligera lluvia burbujeante que se quedaba colgada de los cuerpos y se iba a transformando según los deseos de la estrella. Surgían flores, clavos, luces, sustancias pegajosas y saladas sobre el cuerpo de Lana que Tras recogía delicadamente con una inmensa lengua azul, globos traslúcidos que contenían imágenes de realidades muertas y que Lon me enviaba flotando sobre las alas de Sadie, mientras giraba enloquecidamente cambiando de forma y de color.</p>
<p style="text-align: justify;">-Estrella pregunta -cantó Lana-. Canaliza, Vai.</p>
<p style="text-align: justify;">-Estrella no verbal, Lana. Canaliza, Tras.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras recogió la lengua y la convirtió a medio camino en una estela de colores. Creó una pirámide de perfumes y los mandó transformados en minúsculas bolitas de colores a través de una ventana:</p>
<p style="text-align: justify;"><em>&#8220;Espera. Lentitud. Necesidad del tiempo. </em><em>No hemos olvidado. Esperamos. Esperamos.&#8221;</em></p>
<p style="text-align: justify;">Nos envolvió un torrente de especulación procedente de otra estrella y nos dejamos llevar por el discurso.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Quieren. </em><em>Qué. No tenemos. No podemos. Para ellos. </em><em>No es aceptable. </em><em>No somos aceptables. Para ellos.</em> Risas. Risas y cambios y cambios y transformaciones. La falda de Lana hinchándose hasta llenar nuestro espacio de hilos de suavidad entretejida. <em>Construir una realidad única. Cuando lleguen.</em> Más risas. <em>Cuál. No podemos. Sí podemos. Tedio. Tedio. Tedio. Realidad única. </em><em>Absurdo y monstruosidad. </em><em>Hasta cuándo. Curiosidad. Por qué no. Intentar. Esfuerzo común.</em> Risas. Risas. <em>Un juego. </em><em>Para qué. Para ellos. Demasiado esfuerzo. Tedioso. No comprenden.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Dejamos ir. La especulación se perdió rodando entre otras estrellas. Una pregunta hacia Lon, de todos. Lon sabe más que ninguno de nosotros sobre los otros tiempos. No. Tras sabe más pero no le gusta exhibirlo. Un torrente de imágenes cayendo sobre nosotros y yo luchando por focalizar tantas cosas que no comprendo:</p>
<p style="text-align: justify;">Un mundo de seres sólidos, grandes, fuertes, siempre iguales, compartiendo una realidad única, aceptada en parte por convención y en parte por imposibilidad de salirse de los esquemas. Un mundo de seres asustados a quienes sólo tranquiliza la comprensión intelectual de lo que entienden por realidad. Seres que no pueden o no quieren compartir sus sueños, sus cambios, sus caprichos; que no pueden salirse de la convención que se han ido creando a lo largo de su existencia; que no conocen la dulzura de la canalización, de la focalización, de la estrella.</p>
<p style="text-align: justify;">-Todos así -pregunta Lana, oscilando entre el verde y el malva, su voz como un ruido de metal rascado contra piedra.</p>
<p style="text-align: justify;">-Algunos no -contesta Lon- pero sufren. No están unidos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y si se unen -Sadie. Extraña muestra de empatía en Sadie.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sufren más. No los comprenden. No los aceptan.</p>
<p style="text-align: justify;">-Antes todos éramos así -Tras es sólo un jirón de brillante niebla en la sala que ahora es oscura.</p>
<p style="text-align: justify;">-Antes -Lana arquea su cuerpo que chisporrotea en el vacío.</p>
<p style="text-align: justify;">-Antes de nosotros. Antes de la estrella. Cuando este era para ellos el mundo real. -El flujo de Tras hacia Lon es tan intenso que casi duele. Nos replegamos un poco, ellos lo sienten y aflojan.</p>
<p style="text-align: justify;">-No nos comprenderán -dice Lon-. Sufriremos. Desapareceremos, quizá. Son fuertes.</p>
<p style="text-align: justify;">Siento el dolor de la estrella y canalizo desesperadamente hacia el exterior, hacia la realidad objetiva. Las montañas de fuera tiemblan y se desmoronan lentamente con un estruendo que borro de nuestra percepción. El polvo se deposita mota a mota sobre nuestra torre que se encoge y se transforma en una cueva de blandas paredes con un murmullo de música electrónica. Tras crea para nosotros unos cuerpos de músculos firmes y piel suave y nos hace galopar a través de la noche sobre unos seres grandes, peludos, sedosos, que se mueven velozmente bajo nuestras piernas abiertas. La sensación de poder es vertiginosa, pero se agota con mucha rapidez. Sadie y yo flotamos sobre ellos y observamos cómo acaban su carrera ante un mar enorme de espumas plateadas. Creamos un bosque y contemplamos el brillo de la luna a través de las ramas, acunados por el rumor del mar.</p>
<p style="text-align: justify;">-Era así antes -Lana suena dulce, una voz recordada. Su nuevo cuerpo es blanco, grande, femenino (la palabra viene de Lon, no sé lo que significa pero es hermosa); tiene el pelo largo y los ojos muy abiertos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Hace mucho, mucho -contesta Tras, sin palabras. Es difícil expresar el tiempo.- Hubo cambios. Así.</p>
<p style="text-align: justify;">Sé que le duele la imagen y me acerco a sus sentimientos, me mezclo con Tras y lo sostengo mientras llega Sadie y los otros y Tras transforma en un éxtasis.</p>
<p style="text-align: justify;">El mar se ha vuelto grasiento, huele a olvido y destrucción, ya no hay bosque, ni plantas. La tierra es gris y negra, calcinada. Se siente el miedo y la desesperación como una luminosidad amarillo verdosa. Nos abrazamos sin atrevernos a creerlo, sin querer creer que se pueda aceptar una convención así para existir.</p>
<p style="text-align: justify;">-No era una convención -susurra Lon-. Ellos lo hicieron y no pudieron cambiarlo. Por eso se fueron.</p>
<p style="text-align: justify;">-Nosotros podemos -Sadie se separa de la estrella y convierte el paisaje en una trama de haces de colores que salpican cascadas de chispas en las intersecciones. Todo se llena de música y armonía. De felicidad.</p>
<p style="text-align: justify;">-Nosotros no somos ellos -digo yo con una sonrisa táctil que acaricia su esencia con un contacto fresco y ligero, como una brisa húmeda.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí somos -dicen a la vez Lon y Tras-. Y ellos lo saben. Por eso no comprenderán.</p>
<p style="text-align: justify;">-Todo cambia -canta Lana.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ellos no -Tras y Lon, abrazados, asustados.</p>
<p style="text-align: justify;">-Somos bellos y sabios. Somos felices. Somos la estrella. -Sadie nos lleva arriba y más arriba, volando, girando, flotando, mientras Lana canta.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ellos no, ellos no.</p>
<p style="text-align: justify;">Focalizo, focalizo la alegría, la belleza, mientras subimos, subimos, ahogamos el miedo, nos perdemos en la estrella, cantamos, volamos, olvidamos, existimos, transformamos, esperamos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">-Ya está a la vista, capitán.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, ya.</p>
<p style="text-align: justify;">-No pareces alegrarte mucho, Ken, la verdad.</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán se pasa una mano húmeda por el pelo revuelto y sonríe a su segundo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Se me nota?</p>
<p style="text-align: justify;">Alda le devuelve la sonrisa y se sienta frente a Ken en silencio, esperando la explicación que sabe que tiene que llegar. En cualquier caso no hay prisa, aún falta bastante para que puedan empezar la maniobra de acercamiento. Ken suspira, se levanta, sirve café en dos vasos transparentes y vuelve a su sitio. Alda sabe por su forma de respirar que está a punto de hablar, por eso se queda quieta y empieza a beberse el café sin azúcar en lugar de levantarse a buscarla.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo es que&#8230; -se interrumpe, toma un sorbo de café- no acabo de entender la ilusión que os hace a todos el llegar a ese planeta. ¿Qué rayos esperais encontrar ahí? La prueba viva, o mejor, la prueba muerta del peor error de nuestra historia, de la mayor monstruosidad que ha cometido nuestra especie. ¿Qué espera todo el mundo encontrar en ese planeta después de tantos siglos? No puede haber nada. No puede quedar nada de lo que existió y es aún muy pronto para que haya surgido algo nuevo. Es una expedición carísima de autocompasión gratuita.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y ¿por qué aceptaste el mando?</p>
<p style="text-align: justify;">La respuesta es rápida. La respuesta a una pregunta planteada muchas veces.</p>
<p style="text-align: justify;">-Porque si no lo hubiera aceptado yo se lo hubieran dado al capitán Morales.</p>
<p style="text-align: justify;">Alda asiente, sin hablar. Todo el mundo sabe que el capitán Morales es un fanático restauracionista.</p>
<p style="text-align: justify;">-Si puedo convencerlos de que ahí no hay nada, de que no vale la pena, tal vez empecemos de una vez a mirar hacia el futuro y no sigamos empeñándonos en soñar con el regreso al viejo hogar. ¿Qué regreso? ¿Qué hogar? ¿Qué vamos a hacer ahora después de casi mil años en un planeta destruído por nuestra propia locura -cortó rápidamente el gesto de Alda- está bien, por la de nuestros antepasados, en el que ya no puede quedar nada que tenga relación con nosotros?</p>
<p style="text-align: justify;">-Tu sabes tan bien como yo que hay montones de proyectos, y algunos no están mal.</p>
<p style="text-align: justify;">-Como por ejemplo..</p>
<p style="text-align: justify;">-Como por ejemplo el de acondicionar el planeta para la vida, dejar que se instalen los restauracionistas y darnos una oportunidad a todos de visitar el origen de nuestra civilización al menos una vez.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero ¿qué origen ni qué historias? Polvo, polvo radiactivo, cenizas de lo que una vez estuvo vivo y fue hermoso, una inmensa llanura erosionada por el tiempo y la destrucción artificial, oceános degradados donde no queda ni rastro de existencia, un aire que no podemos respirar&#8230; ¿Crees de verdad que vamos a encontrar supervivientes, hermanos nuestros que han sobrevivido ochocientos años de infierno radiactivo, que vamos a encontrar ni siquiera ruinas, los originales de todas las fotos y películas que se conservan en nuestros museos, que vamos a poder trazar las fronteras de los antiguos continentes&#8230;? Si hubiera sabido que pensabas así, no habría dado la aprobación a tu nombramiento.</p>
<p style="text-align: justify;">Alda se mordió los labios. Era amiga de Ken casi más tiempo del que podía recordar y le dolía que le hablara de esa manera cuando sabía perfectamente que su lealtad era absoluta. Sin embargo, su actitud le daba ocasión de preguntar algo que había querido saber desde el comienzo del viaje.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y ¿por qué has elegido a Boris?</p>
<p style="text-align: justify;">Ken levantó la vista del vaso y empezó a reir lentamente, una risa seca y amarga.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo sólo puedo elegir a mi segundo, Alda. Boris es el tercer oficial y te aseguro que hubiera dado diez años de mi vida por no traerlo, pero los restauracionistas son fuertes, más de lo que parece, y necesitaban tener a alguien a bordo. Y en una posición de responsabilidad. Tuve que tragármelo. Así que, ya sabes, más vale que te cuides y me cuides porque en caso de que nos pase algo a nosotras, Boris quedará al mando de la expedición.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y ¿qué crees tú que pasaría en ese caso?</p>
<p style="text-align: justify;">Ken hizo un gesto vago con las manos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo que sé. Cualquier cosa. Es capaz de ordenar un desembarco, quemar la nave y fundar una colonia. Hay suficientes mujeres a bordo y muchísimos embriones congelados.</p>
<p style="text-align: justify;">La risa que se había iniciado ante el tono ligero de Ken fue dando paso a un progresivo estupor.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Le crees capaz?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿No has leído el manifiesto restauracionista?</p>
<p style="text-align: justify;">Alda negó con la cabeza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pues te aseguro que vale la pena. Las mejores cualidades heróicas de nuestra especie de luchadores condensadas en veinticinco páginas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Entonces ¿es verdad eso que se dice de que si el planeta hubiera sido entre tanto colonizado por una de las otras especies galácticas habría que luchar para recuperarlo?</p>
<p style="text-align: justify;">Ken asintió con una sonrisa torcida.</p>
<p style="text-align: justify;">-Guerra total -añadió-. Hasta el fin. Es &#8230; -se interrumpió- ¿cómo lo llaman? Cuestión de honor, ¿comprendes?</p>
<p style="text-align: justify;">Sus miradas se cruzaron unos segundos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero ¿tú no pensarás que el planeta esté habitado?</p>
<p style="text-align: justify;">Ken bajó la vista y no contestó.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sólo hay una especie aparte de la nuestra que sea capaz de acondicionar un planeta -continuó Alda- y tenemos con ellos un tratado de no agresión que nunca ha sido violado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Exactamente. -Ken volvió a buscar la mirada de su amiga y sus manos se estrecharon por encima de la mesa.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Estábamos allí. La estrella. Esperando. Ellos estaban muy cerca. Podíamos oirlos respirar y temer. Ellos no nos sentían. &#8220;No somos parte de su realidad&#8221; había dicho Lon y debía ser cierto. ¿Cuál era su realidad? ¿Qué deseaban ver en nuestro mundo? ¿Cosas como las que Lon creaba, o Tras? ¿O como las imágenes de como había sido antes? ¿Cuándo antes? Mi mente especulativa giraba desgajada de la estrella hasta que me llamaron para canalizar, para conducir lo que llegaba de fuera.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Se acercan. Pronto estarán aquí.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Nos mezclamos a las otras estrellas, abrazando, consultando, sintiendo la unión. Y el miedo. El miedo casi desconocido en nuestra existencia.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Sólo una estrella. La estrella de contacto. Lo otro no es real para ellos. Disolver. Diluir. Desaparecer. Borrarse.</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">-Bueno, Boris, pues aquí estamos.</p>
<p style="text-align: justify;">La voz de Ken sonó claramente en los auriculares del tercer oficial, pero el comentario era tan trivial que no se creyó en la necesidad de dar una respuesta. Su mirada se perdía en la inmensidad de un desierto calcinado y negruzco, cerrado hacia el horizonte por una cadena de colinas que podían haber sido inmensas montañas erosionadas por el viento. Según las mejores aproximaciones basadas en antiguos mapas, estaban en Europa, lo que había sido la cuna de la civilización moderna. En todo ese territorio habían existido grandes ciudades rodeadas de bosques, a orillas de ríos caudalosos. Una de las zonas templadas del planeta, una de las más pobladas y con mejor nivel de vida, una de las más variadas en paisajes, lenguas y costumbres. Miró desesperadamente al suelo intentando encontrar algún vestigio de ese pasado, alguna piedra tallada, alguna moneda, lo que fuera, cualquier cosa que pudiera borrar su amargura, aunque fuera durante unos instantes.</p>
<p style="text-align: justify;">Ni él mismo sabía lo que esperaba encontrar allí, pero lo que estaba claro era que ni en sus peores momentos había supuesto que era de verdad eso lo que se iba a encontrar: polvo, desolación, vacío.</p>
<p style="text-align: justify;">Subió a su móvil y lo arrancó violentamente. No se iba a dar por vencido con tanta facilidad. La nave estaba efectuando mediciones y sondeos en todo el planeta bajando incluso a profundidades de kilómetros en las zonas antiguamente pobladas, en los océanos más transitados, en todas partes donde pudiera quedar un vestigio&#8230; ¿de qué? Ni siquiera él podía estar buscando vida. Eso era absurdo. Pero entonces ¿qué buscaba? ¿La prueba de que otra especie se había instalado en Terra después de que hubiera tenido que ser abandonada por los escasos supervivientes? ¿Algún indicio de que quizá un puñado de humanos había sobrevivido, aunque fuera durante unos cuantos años, a la destrucción total?</p>
<p style="text-align: justify;">Recordó sus sueños infantiles sobre la vieja Tierra, como la llamaba aún su abuelo, el amor que había ido pasando de generación en generación por las antiguas costumbres, las visitas domingo tras domingo a todos los museos en que se conservaban restos de aquel otro mundo que él en su imaginación había pintado con los más hermosos colores, sabiendo que era imposible y convenciéndose a la vez de que todo podía ser, si uno lo deseaba de verdad.</p>
<p style="text-align: justify;">Comparaba el paisaje que se deslizaba bajo su móvil con las películas de historia antigua y sentía que su garganta se estrechaba. Aquí habían existido enormes bosques verde oscuro que se azulaban al atardecer, ríos perezosos en otoño, desbordantes en la primavera cuando se llenaban de nieve fundida, altas montañas de cimas blancas contra el cielo azul, miles y miles de animales diferentes que no podía nombrar llenando el aire con sus gritos, flores que se abrían al calor del sol y perfumaban el aire húmedo que podía respirarse sin máscara&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Recordaba también los argumentos de los otros, de los progresistas, de la gente como el capitán: &#8220;Nuestro mundo es este&#8221; &#8220;¿Qué tenemos que ver nosotros con Vieja Terra?&#8221; &#8220;No era todo naturaleza limpia y gloriosa; mucho antes de la destrucción final, Terra era ya un planeta enfermo y degenerado, donde cada día se extinguía para siempre una especie animal, sus océanos cubiertos de una capa de petróleo que impedía la evaporación, sus bosques muriendo poco a poco, su aire cada vez más irrespirable, lleno de veneno, su clima alterándose de año en año en un imparable efecto de invernadero que lo hubiera convertido en letal incluso sin la hecatombe nuclear&#8221;. &#8220;Terra era ya un cadáver antes de que los humanos la abandonaran&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Y nunca lo había querido creer. Para él Tierra seguía viva en alguna parte del inmenso universo, como un jardín abandonado esperando que alguien lo reclamara como propio y lo hiciera florecer.</p>
<p style="text-align: justify;">Y él ahora estaba en ese jardín.</p>
<p style="text-align: justify;">Y era un desierto.</p>
<p style="text-align: justify;">Ken volaba en silencio detrás de Boris mirando apenas el paisaje que se deslizaba bajo sus ojos. No era la primera vez que bajaba a un planeta agostado, pero esta vez era distinto porque aquí había existido vida, la suya, la de su especie. Aquí hombres y mujeres como ella, más pequeños quizá, menos desarrollados, pero también humanos, habían vivido, crecido, amado, antes de tener que buscar otro hogar entre los miles de estrellas del espacio exterior. Ahora lamentaba haber dedicado tan poco tiempo a estudiar historia antigua; no podía imaginarse la vida cotidiana de esas gentes, ni siquiera quedaba una huella en aquella desolación. Sin embargo ese mismo hecho le alegraba. Ella tenía razón. El futuro de su especie no estaba en Terra sino en su nuevo hogar, en su futuro, en los otros planetas que se habían acondicionado para acoger el excedente de población en el espacio periférico de Nueva Terra. Había sido un viaje interesante y triste, pero satisfactorio. En unas cuantas horas, en cuanto Boris se cansara de volar sobre el desierto, regresarían a la nave y en unos días más, con todos los resultados, a casa.</p>
<p style="text-align: justify;">El motor de su móvil emitió un penoso rugido al remontar una cordillera más alta que las anteriores y por un momento tuvo que luchar contra las turbulencias del aire caliente pegado a la montaña antes de poder buscar a Boris con la vista. Cuando consiguió equilibrar el móvil y pasar al otro lado, lo que vio la dejó estupefacta.</p>
<p style="text-align: justify;">En lo que debía de haber sido un valle en otro tiempo y que ahora era sólo una herida arrugada entre los montes, se alzaba una torre de plata. Una torre de unos veinte metros de altura pero que parecía mucho más alta porque flotaba a varios metros del suelo, tan sólida y estable como la roca misma en la que hubiera debido apoyarse. Era delgada y grácil, sin adornos exteriores, pero pulida y fina como un juguete de lujo. El sol de la tarde le prestaba un resplandor rosado y resultaba absolutamente incongruente en el paisaje desértico que la rodeaba porque no era una ruina de tiempos pasados sino una esplendorosa realidad, como si acabara de ser construída. El móvil de Boris se hallaba caído a sus pies y la figura del tercer oficial se recortaba, diminuta, frente a la base de la construcción. Ken hizo aterrizar su vehículo y avanzó lentamente hasta su teniente.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Lo oye, capitán? -dijo él entonces en un susurro.</p>
<p style="text-align: justify;">A punto ya de contestar &#8220;¿Si oigo qué?&#8221;, calló de improviso porque ella también lo oía. Una llamada, una llamada imprecisa como un coro de voces medio existentes, medio inventadas, como susurros de niños que se esconden en la oscuridad para que los encuentre un adulto y no pueden reprimir la risa. Asintió con la cabeza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Comunique a la nave lo que hemos encontrado, teniente. Informe de que vamos a entrar a explorar y que nos pondremos en contacto con ellos dentro de dos horas. Que hagan análisis y fotografías sin abandonar su posición y que no se inmiscuyan sin una orden explícita.</p>
<p style="text-align: justify;">Dejó a Boris cumplir sus instrucciones y empezó a examinar la torre buscando una manera de entrar en ella. Estaba claro que sólo se podría intentar por una de las ventanas, ya que las dos puertas quedaban demasiado altas y estaban cerradas, pero sólo se podría hacer desde el móvil y en este caso uno de los dos debería quedarse en tierra. Acababa de decidir que sería ella la que entrara, a pesar de la oposición esperable por parte de Boris, cuando éste dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">-Capitán. Me comunican de la nave que no localizan la torre. Nos ven a nosotros pero, según nuestros instrumentos, la torre no existe.</p>
<p style="text-align: justify;">Antes de que Ken pudiera reaccionar, del fondo de la torre se escurrió un objeto luminoso, una especie de lágrima traslúcida que descendió hasta tocar el suelo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué es eso? -articuló Boris con voz ronca.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tal vez un ascensor -dijo Ken.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Instrucciones para la nave?</p>
<p style="text-align: justify;">-Que sigan donde están. Dos horas. Si no volvemos, que bajen a investigar.</p>
<p style="text-align: justify;">Avanzaron hombro con hombro hasta la lágrima y un segundo antes de reunir el valor suficiente para atravesar su consistencia de cristal gelatinoso, el material se extendió hacia ellos, los envolvió y los succionó hacia arriba, hacia el interior de la torre.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Vibrábamos, vibrábamos. Toda la estrella vibraba transformando, transformándonos, decidiendo sin palabras, sin imágenes, tratando de adaptarnos a ellos, de no dañar, de no ser dañados. Lon creó la torre y los atrajo. Tras le dio a Lana un cuerpo que pudiera llevar para ellos y yo me transformé según su diseño, listo para el contacto. Eran grandes. Y fuertes. Vestidos con duros objetos metálicos y protectores de ojos, de oídos, de respiración. Lon tenía razón. No sabían transformarse. Se quedaron en la sala que Sadie había creado para ellos mirándolo todo con los ojos muy abiertos, haciendo esfuerzos por controlar la respiración. Todas las estrellas callaban, atentas a Lona y a mí, a Sadie, a Lon, a Tras.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Boris sintió un escalofrío cuando las paredes de la lágrima-ascensor se disolvieron sobre su cuerpo dejando una lluvia de chispas multicolores. Miró a Ken y sus ojos siguieron los del capitán hasta encontrarse con una figura que los esperaba al fondo de la sala. Era un hombre de que podría tener entre los veinte y los cuarenta años, alto y delgado, vestido con unas ropas oro mate que cubrían su cuerpo desde la cintura hasta los pies. Su rostro y su cuerpo eran como la torre, finos y gráciles, más como una obra de arte que como un ser real, pero de una humanidad evidente. No era otra especie la que se había instalado en Terra.</p>
<p style="text-align: justify;">Un segundo después, de detrás del hombre surgió otra figura, esta vez una mujer, tan hermosa y perfecta como su compañero, vestida de negro y plata también desde la cintura, lo que dejaba ver sus pechos redondos y erguidos, cubiertos a medias por su largo cabello, negro y liso.</p>
<p style="text-align: justify;">Los dos permanecieron en completa inmovilidad mientras Boris y Ken los observaban. Por fin dijo el capitán:</p>
<p style="text-align: justify;">-Somos amigos.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>&#8220;Amigos&#8221; &#8220;amigos&#8221;</em> reverberó la voz en alguna parte de su cerebro, como si fuera repetida por un coro invisible.</p>
<p style="text-align: justify;">El hombre y la mujer sonrieron al mismo tiempo, con absoluta precisión.</p>
<p style="text-align: justify;">-Somos amigos -repitieron con una voz plural y lejana, con un fondo de risa, como de juego.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Quiénes sois? -preguntó el capitán.</p>
<p style="text-align: justify;">-Somos. Somos -contestaron.</p>
<p style="text-align: justify;">-Somos vosotros -dijo Lon a través de nuestras sonrisas.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Sois humanos? ¿Supervivientes del desastre?</p>
<p style="text-align: justify;">-Somos la estrella -contestó Sadie.</p>
<p style="text-align: justify;">-No entendemos -dijo Ken.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos replegamos. Nos reunimos de nuevo buscando. Buscando cómo. Mostrar. La estrella. La transformación. Sadie bucea en uno de ellos y encuentra imágenes, un paisaje, una luz, sonidos, olores. Cambiamos. Giramos.</p>
<p style="text-align: justify;">Boris y Ken se encuentran de repente en un paisaje típicamente alpino: un cielo azul profundo, como de cristal, donde ya aparecen las primeras estrellas, bosques perfumados, principios de la primavera, una brisa fresca y el rumor de un río cercano, un riachuelo claro de aguas rápidas y espumosas. Boris se agacha hasta tocar el suelo, pasa sus manos enguantadas por la hierba húmeda, por una hierba que es real, que no desaparece cuando él la toca, mete la mano en el arroyo y siente su frialdad a través de los guantes. Empieza a soltarse el cierre del casco cuando la voz del capitán lo deja clavado:</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Quieto! Es una orden. ¿No te das cuenta de que es una trampa, imbécil? No son más que alucinaciones&#8230; -su voz se corta de rabia, de miedo.</p>
<p style="text-align: justify;">Boris se levanta lentamente, furioso y avergonzado por haber caído en algo tan pueril, frustrado por no poder disfrutar de su sueño y, de repente, al alzar de nuevo los ojos hacia Ken, se da cuenta de que está desnuda, de que están desnudos los dos, con la piel expuesta a toda la radiación, respirando aquel aire envenenado que huele a flores y a hierba, sintiendo las salpicaduras de ese agua que debe estar podrida y que de hecho no existe, como no existe ese cielo nocturno y esa brisa que mueve su pelo y que puede sentir en toda su piel como una caricia. Y se echa a reir y abraza a Ken gritando entre risas:</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo sabía, lo sabía. Podremos volver a empezar en Terra. Podemos vivir aquí. Es mucho mejor de lo que yo esperaba. Es un milagro.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Nos sacude el miedo como siempre desde que los esperamos. Todas las estrellas giran enloquecidas. <em>No podemos. No queremos. Ellos. Diferentes. No. No. </em><em>Compartir. Con ellos. Imposible.</em> Focalizo y transformamos, transformamos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Se encuentran en una playa al amanecer. El frío es tan intenso que duele en la nariz al respirar y en los ojos donde las pestañas se han escarchado. El resto de su cuerpo está embutido en voluminosos trajes aislantes. Hay un vehículo en marcha junto a ellos. El motor hace un ruido ronco y de su tubo de escape sale una espesa humareda negra. El mar está gris, cubierto de una capa grasienta que finge colores en el agua quieta. La playa está cubierta de cadáveres de peces, de pájaros, de otros animales que no pueden nombrar.</p>
<p style="text-align: justify;">-Esto no puede ser real -murmura Boris.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo otro tampoco -contesta Ken.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué nos pasa, capitán? ¿Estamos muertos?</p>
<p style="text-align: justify;">-Ojalá lo supiera.</p>
<p style="text-align: justify;">-Esto no puede estar sucediendo. No puede ser real.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Todo es real, decimos, todo es real. No entienden. Oyen. No entienden. Sufren. Seres de realidad única.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Ken y Boris están de nuevo en la sala. Hay miles de velas blancas encendidas y en el aire flota un perfume dulce, intoxicante. El hombre y la mujer han desaparecido.</p>
<p style="text-align: justify;">-Queremos saber -dice Boris al vacío-. Queremos comprender.</p>
<p style="text-align: justify;">Ken aprieta los labios y calla. Su mente se cierra por momentos a la realidad que la rodea y que no puede existir. Ve cómo se distorsionan las facciones del teniente y clava sus ojos en la forma sólida que poco a poco se va haciendo fluida y luego neblinosa hasta que deja de existir y se encuentra sola en la sala. Trata de huir en un momento de pánico y se da cuenta de que las ventanas han desaparecido, de que todo es sólido frente a sus manos, frente a su cuerpo y, con un grito ahogado, se deja caer en las almohadas que cubren el suelo y pierde la consciencia.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Boris flota en medio de la nada, gira y gira olvidando más y más deprisa todo lo que sabe, todo lo que cree conocer. No siente su cuerpo y casi no le importa. Oye voces sutiles, risas, pasos. Se pierde, se entrega y pronto se encuentra flotando con seres casi inmateriales que le cuentan en imágenes, palabras, olores, tactos, todo lo que quiere saber, todo lo que le angustia. Se deja llevar y, por un momento, comprende que su concepto de la realidad es un absurdo, que los nuevos humanos se han liberado de las ataduras de lo que es posible y lo que no lo es, que ha entrado en otro estadio, en el nivel en que los humanos dominan por fin su planeta porque no están sujetos a él, porque por fin son independientes de todo lo exterior y ahora ya nada puede afectarles. Son hermosos, son superiores, son perfectos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Despierta, Ken, despierta.</p>
<p style="text-align: justify;">Los ojos de Ken se abren con dificultad, temiendo encontrarse con la realidad de aquella sala inexistente pero lo primero que perciben son las pupilas dilatadas de Boris, su mirada enloquecida, su cuerpo tenso, sus manos que la agarran por los hombros y la sacuden violentamente en lo que parece un paroxismo de triunfo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Los he encontrado, Ken. Los he entendido. Son humanos, como nosotros, sólo que son mejores que nosotros, mucho mejores. Son los supervivientes de nuestra propia especie que a través de los siglos se han depurado, se han perfeccionado. Han abandonado todo lo que a nosotros nos parece básico para dar el gran salto. Son el paso siguiente en la evolución.</p>
<p style="text-align: justify;">Ken acoge sin respirar el torrente de emoción que brota de Boris y, cuando interrumpe su discurso, esperando de ella una confirmación, una mirada, una sonrisa, ella pronuncia la palabra maldita, la palabra más temida por los restauracionistas:</p>
<p style="text-align: justify;">-Son mutantes, entonces.</p>
<p style="text-align: justify;">Boris la golpea violentamente con el dorso de la mano y la sangre brota, caliente, de su boca. Cuando ya alza la mano para golpear de nuevo, se detiene y la mira con lástima.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿No has visto a la pareja de antes? ¿Los llamarías mutantes?</p>
<p style="text-align: justify;">-Esa pareja era una alucinación, como todo lo que hay aquí, como lo del bosque, como lo del mar, como esta misma sala. Tu has visto en qué condiciones está el planeta. ¿Crees que un humano podría vivir aquí sin protección, sin técnica?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sé que son alucinaciones. Bueno, más bien proyecciones de sus mentes. Ya te he dicho que ellos son algo más. Yo los he visto. Los he sentido. Son incorpóreos, son algo así como espíritus que pueden adoptar la forma que quieran y transformar su entorno. ¿Para qué quieren la técnica? Tienen otra cosa. Es&#8230; es como magia.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y tú crees que son humanos? ¿A tí te suena humano todo eso que me estás contando?</p>
<p style="text-align: justify;">Boris baja la vista, confuso. Se sienta en el suelo cubierto de cojines y se queda un tiempo muy quieto, la vista perdida en el vacío, sus ojos reflejando las llamas de las velas que se queman sin ruido.</p>
<p style="text-align: justify;">Ken habla por fin, muy despacio:</p>
<p style="text-align: justify;">-Boris, si esos seres fueron alguna vez humanos, está claro que ya no lo son. No son como nosotros. No tenemos nada que compartir.</p>
<p style="text-align: justify;">-Quizá no tengamos nada que compartir pero tenemos todo que aprender -grita él.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo no quiero aprender eso -contesta ella, en voz baja.</p>
<p style="text-align: justify;">-Creía que los progresistas estabais a favor de cualquier cosa que nos lleve hacia el futuro -el sarcasmo es casi infantil- y eso, capitán, es el futuro. El futuro de nuestra especie. El único. El mejor.</p>
<p style="text-align: justify;">-Entonces el ideal de la restauración de Tierra ya no es tu ideal, ¿no? Ahora se trata de que esos seres -indicó con las manos a su alrededor- nos enseñen cómo liberarnos de nuestros cuerpos, cómo destruir nuestro planeta y cómo fingir una realidad compuesta de alucinaciones para poder seguir soportando la realidad auténtica, ¿no es eso?</p>
<p style="text-align: justify;">-Ellos no destruyeron su planeta. Lo hicisteis vosotros.</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo hicimos nosotros, en todo caso. O nosotros y ellos, si ellos son de verdad descendientes de los mismos humanos que nosotros. O ellos, si te refieres sólo a los antiguos. ¡Qué más da! ¿Quieres vivir en un mundo como el que hay ahí afuera, sabiendo cómo es y construyendo torres de plata ficticias que nuestros instrumentos no registran?</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Sí! -gritó Boris salvajemente-. Eso es lo que quiero. Quiero poder sentir otra vez la hierba y el agua y el aire libre, aunque sea una creación de mi mente si yo lo siento como realidad. No quiero tener que hacer una solicitud y esperar seis meses hasta que me concedan treinta minutos en un parque natural, no quiero vivir en cúpulas acondicionadas, no quiero reguladores climáticos y ambientales, no quiero saber exactamente cuándo va a llover y cuánto va a durar la lluvia, quiero aprender lo que es el mar bañándome en él, sentado a su orilla&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Y comer alimentos naturales, supongo, directamente sacados de la tierra -añadió ella con una mueca de disgusto. Y tal vez hasta cazar, como los primeros humanos. Y caminar para desplazarte&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Ellos no necesitan caminar. Ni siquiera desplazarse. Ellos&#8230; transforman.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué transforman?</p>
<p style="text-align: justify;">-No sé bien&#8230; no sé cómo explicarlo. Se reunen y hacen cosas. Lo que quieren, lo que sienten, lo que necesitan.</p>
<p style="text-align: justify;">-Cosas que no existen.</p>
<p style="text-align: justify;">Hubo una larga pausa. Por fin Ken se puso en pie y se ajustó torpemente el traje con las manos enguantadas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Nos vamos, Boris.</p>
<p style="text-align: justify;">El también se puso de pie, lentamente, desnudo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo me quedo, Ken.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tu vienes conmigo y es una orden.</p>
<p style="text-align: justify;">Boris sacudió la cabeza, despacio, sin apartar los ojos de ella.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo me quedo. Puedes decir lo que quieras en la nave y en casa. Que me perdí, que tuve un accidente, que decidí quedarme, que me ejecutaste por insubordinación, lo que quieras, pero me quedo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Boris, no me obligues a disparar -dijo ella con los dientes apretados, su mano derecha cerrada sobre la culata del arma de reglamento.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo me quedo, capitán. -Sus ojos brillaban como si una tenue luz se hubiera encendido en su interior y su piel se hacía fosforescente por momentos mientras su pelo oscuro se movía en torno a su cabeza, lenta, deliberadamente.</p>
<p style="text-align: justify;">La mano de Ken temblaba al sacar el arma pero Boris no hizo el menor movimiento para detenerla.</p>
<p style="text-align: justify;">-Si no me obedeces inmediatamente, tendré que disparar. Conoces el reglamento. Es rebeldía.</p>
<p style="text-align: justify;">-Dispara, capitán.</p>
<p style="text-align: justify;">Por un momento Ken creyó que se trataba de una broma. Una broma cruel de aquellos seres malignos que no podían ser humanos. Habían construido a ese Boris que ahora se hallaba de pie frente a ella convirtiéndose ante sus ojos en algo monstruoso para obligarla a matar, pero sólo para ponerla en ridículo convirtiendo su disparo en un haz de chispas de colores o en una bandera de carnaval.</p>
<p style="text-align: justify;">-Te ordeno que vuelvas conmigo a la nave. Tienes tres segundos. Uno. Dos. Tres.</p>
<p style="text-align: justify;">El rostro de Boris se iluminó en una sonrisa y de sus dientes empezaron a brotar hilos plateados que tocaban el suelo con un chasquido húmedo y creaban una fronda a su alrededor. Ken disparó.</p>
<p style="text-align: justify;">La pierna izquierda, el brazo derecho. Boris se dobló de dolor con un grito y los milagros desaparecieron. Entonces, antes de que ella pudiera preverlo, él saltó sobre su pierna sana tratando de derribarla. Casi sin darse cuenta disparó y la cabeza de Boris se abrió por arriba en una explosión de sangre. Ken cerró los ojos y se cubrió el visor con la mano izquierda, la derrecha agarrotada aún sobre la culata del arma, ahogándose en la magnitud de lo que acababa de hacer. En veinte años de servicio era la primera vez que había matado a conciencia.</p>
<p style="text-align: justify;">El viento que soplaba contra su traje aislante la devolvió a la realidad. Por unos instantes estuvo segura de que en cuanto retirara la mano, Boris se encontraría a su lado en mitad del desierto con la expresión perpleja del que sale de un profundo sueño. Apartó el brazo lentamente y era casi cierto. Estaban en mitad del desierto, sin sala mágica, sin torre de plata, sólo el infinito desierto calcinado y un cadáver desnudo y destrozado a sus pies, el traje protector unos metros más allá como una concha vacía.</p>
<p style="text-align: justify;">Inspiró hondo y llamó a la nave. No iba a ser agradable, pero se había terminado. Era lo mejor que había podido suceder. Ahora vería la opinión pública hasta qué extremos de fanatismo puede llegar un restauracionista, hasta qué punto de locura y de incomprensión. Había sido una mala elección para Boris pero era lo mejor para todos los demás, incluso para la vieja Terra que podría continuar siendo morada de fantasmas que sólo existían en la mente de Boris y que él le había contagiado. ¿No había sido él el que primero había visto la torre antes de que ella pudiera remontar la cordillera? ¿No habían sido todas sus alucinaciones producto de una mente humana, como la de Boris, alimentada desde la infancia con las imágenes de tiempos pasados? Terra estaba muerta. Muerta y estéril, maldita por milenios, un pedazo de roca flotando en la nada. Esa era la única realidad.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Te llamas Nea, decimos con un perfume malva. Eres el cierre de la estrella ahora y yo soy su foco, digo yo. Vas a aprender con nosotros. Transformaremos. Transformarás. Nea dice, aún con palabras, que es un nombre de mujer. Reimos. Aquí no importa. Es un hermoso nombre, dice Sadie entre burbujas blancas. Estoy muerto, dice Nea. Reimos. Reimos. Reimos. Yo también estoy muerto, digo yo y le envuelvo en una niebla y caemos al suelo gota a gota convertidos en espuma. Todos muertos, susurra y su voz es triste, triste. Un mundo de fantasmas. Sólo Vai está muerto, dice Lon pero no importa. No comprende. Nea no comprende y sufre. Nos acercamos. Apoyamos. Abrazamos. En la cima rocosa de una alta montaña de convención general aparecemos los cinco, la estrella, con Nea. Le creamos un cuerpo para que no sufra. Nos mira. Se mira y grita de dolor y de miedo. Nos miramos. Los cinco. No comprendemos todo. Lon y yo entramos en su flujo suavemente, dejando nuestro cuerpo ahí para no dañar a Nea. Vemos lo que ve. Sadie, sus alas traslúcidas, membranosas, las manos diminutas de garras afiladas, la boca redonda, sin labios, manchada de líquido verde, la cabeza sin ojos, sin cabello. Tras, el cuerpecillo frágil, como un hilo, el cráneo inmenso, informe, sostenido apenas por un cuello larguísimo, los brazos rozando el suelo. Lana, su cuerpo descoyuntado, sin proporción, la cabecita rubia oscilando descontroladamente, los ojos sin párpados, el hilo de saliva goteando de su boca. Lon, sus brazos sin manos, sus ojos enormes y profundos ocupando la mitad de su rostro sin boca. Yo, mi cuerpo anterior que era sólo un cerebro prendido a una masa de materia biológica y que ya desapareció hace tiempo. Mutantes, grita Nea, mutantes monstruosos. No comprendemos. No sabemos, pero duele. Nea sufre y nosotros sufrimos. Nos acercamos. Nea grita. Grita. Grita. Abrazamos. Apoyamos. Giramos. Volamos. Transformamos. Nos transformamos. Ahora el paisaje es verde y dorado. El sol está bajando y cientos de pájaros negros gritan en el atardecer. Hay árboles en flor, blancos y rosas. Suenan unas campanas dulces en la distancia. Nea ya no grita. Abre mucho los ojos y aspira el aire que huele a hierba cortada y flor de manzano, dice. Está tranformando, pero no lo sabe. Nuestros cuerpos son ahora como el de Nea, grandes, fuertes, lisos, de color blanco dorado. Ha construido cuerpos de hombres y mujeres. Vuelve la paz. Es una hermosa realidad, graba Tras en el cielo, un cielo verde con estrellas moradas. Nea se asusta un instante y pronto añade estelas de plata que se cruzan arriba. Sadie nos levanta como una polvareda y volamos bajo el cielo que ahora es violeta y suena como el mar. Reimos. Juntos. Con Nea. Estás en casa, gritamos, cantamos, proyectamos. Focalizo la alegría, la bienvenida, la armonía, la paz y nos perdemos en la estrella, viviendo, creando, volando, girando, girando, bailando, transformando, transformando, transformando. Los seis.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Elia Barceló<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Quince horas de cielo sobre Damasco</title>
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		<pubDate>Wed, 20 May 2009 04:24:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Víctor Conde</dc:creator>
				<category><![CDATA[Tiempo y espacio]]></category>

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		<description><![CDATA[La última vez que puse el pie en Damasco, el más veleidoso y proselitista paraíso digital del Imperio, estuve a punto de morir aplastado por una bala de cañón.
Sonó como un trueno y salpicó en el lago a escasos metros de nuestra barca. Algunos viajeros chillaron y otros rieron, pero ninguno se cayó por la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">La última vez que puse el pie en Damasco, el más veleidoso y proselitista paraíso digital del Imperio, estuve a punto de morir aplastado por una bala de cañón.</p>
<p style="text-align: justify;">Sonó como un trueno y salpicó en el lago a escasos metros de nuestra barca. Algunos viajeros chillaron y otros rieron, pero ninguno se cayó por la borda. Lejos, en el centro del lago, dos mansiones victorianas peleaban por cuestiones de supremacía territorial: ondeaban banderas piratas. Tenían cañones en sus ventanas y arponeros apostados en las buhardillas, y se disparaban sin piedad mientras navegaban mostrándose desafiantes las cuadernas. Había tiradores apostados en los tejados y lombarderos en las chimeneas.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo sonreí e intercambié bromas con una mujer. La barca nos alejó de la zona del combate y llegamos a nuestro destino: la ciudad de las ballenas de Tysan, un complejo de diez edificios montados sobre lomos de cetáceos que bogaba mansamente junto a la costa. Allí me esperaba Makia, tan guapa como la recordaba del mundo real.</p>
<p style="text-align: justify;">-Has tardado. -Me besó en la mejilla, ayudándome con las maletas-. Creí que no ibas a llegar hasta mañana.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tuve que conseguir que la empresa me pagara una conexión Alma de banda ancha. Mi planeta está traspasando en estas fechas un cinturón de radiación. </p>
<p style="text-align: justify;">-Qué bonito.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es bonito porque nos pinta las noches de rojo, pero muy malo para las comunicaciones taquión.</p>
<p style="text-align: justify;">Para ilustrar mis palabras, coloqué una mano frente a sus ojos. Ella notó el renderizaje ligeramente defectuoso de los polígonos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Estática. En fin, espero que no tengas problemas por eso.</p>
<p style="text-align: justify;">-No te preocupes. ¿Dónde nos hospedaremos?</p>
<p style="text-align: justify;">-Allí. -Señaló uno de los edificios de bambú que se mecía sobre el costillar de un rorcual, una ballena azul-. Espero que no te marees con facilidad. Esto es peor que un buque mal construido con un capitán borracho.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Tú estás aquí de verdad?</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, traje mi cuerpo en el último transporte. Me alojo en una de las dependencias del edificio veintiséis.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Un viaje duro?</p>
<p style="text-align: justify;">Sacó la lengua.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bah, apenas dos horas de Cielo desde Plexys. Te pones a ver las noticias y ni te enteras.</p>
<p style="text-align: justify;">La conversación con Makia siempre era amena, porque procuraba mantenerla a un nivel alejado de la jerga de la profesión. Al ver sus caderas asomando por debajo de la cinta del bikini y las pulseras de colores que tintineaban en su muñeca, me olvidaba de que tenía delante a una de las mejores analistas de sistemas de software que la corporación Onikawa tenía en plantilla. Ella comentó algo sobre el buen tiempo y me pidió permiso para cambiarse en mi cuarto de baño. Yo no puse ningún impedimento.</p>
<p style="text-align: justify;">Media hora después rebasamos las puertas del salón de actos del edificio central. Allí nos esperaba el grupo de informáticos que tendría la suerte de liderar durante las siguientes jornadas. Conocía al jefe del equipo, un japonés llamado Ifurita.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Daniel! -exclamó, abrazándome-. Me alegro mucho de que hayas llegado. ¿Cuándo te conectaste a Damasco?</p>
<p style="text-align: justify;">-Hace una hora. Aparecí en el centro del lago, en una lancha con otros turistas. Casi nos cañonea una mansión de tres pisos.</p>
<p style="text-align: justify;">El hombre rió.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, alguien debería reprogramar el sentido del humor de la IA que regenta este follón virtual. Y el de sus clientes.</p>
<p style="text-align: justify;">Vi que el resto del equipo ya tenía desplegados los informes de datos y que la preocupación oscurecía sus semblantes. Me puse serio:</p>
<p style="text-align: justify;">-Vale, dímelo directamente: ¿Cómo de mal están las cosas?</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">-Comenzó hace dos noches, en la zona de los grandes lagos -resumió Ifurita, sirviéndonos café a Makia y a mí-. Una baliza muy potente emitió durante veinte segundos una señal dirigida a las antenas receptoras de señales Alma. La distorsión que creó fue tan devastadora que perdimos casi doscientas portadoras Alma procedentes de los mundos del Racimo Central. Todos esos clientes estaban durmiendo tranquilamente en sus casas con sus conciencias conectadas a la matriz virtual de Damasco, y de repente fueron repelidos de forma incontrolada. A algunos no los pudimos recuperar.</p>
<p style="text-align: justify;">Consulté los datos que me ofrecía el equipo. Cuatro conexiones no recuperadas, dos con pérdidas: las mentes de los pobres desgraciados podrían haber sufrido daños irreversibles. Además, el porcentaje de conexiones había descendido vertiginosamente en las últimas dieciocho horas; las compañías de seguros debían estar mordiéndose las uñas. </p>
<p style="text-align: justify;">-Rastreamos la señal, pero no pudimos dar con la fuente. Creemos que está escondida en algún lugar de la matriz generadora de Damasco, pero si es así, usa unas herramientas de camuflaje tan sofisticadas que no se nos ocurre ni dónde empezar a buscar. Este mundo virtual tiene doscientos millones de líneas de código, y tantos procesos por segundo que sólo podríamos medirlos usando dotación exponencial. Pase lo que pase, debemos encontrar el virus antes de que se active de nuevo y ocasione más desastres. -Suspiró. Yo miré mis papeles, y extraje de mi cartapacio una fotografía.	Intrigados, los hombres se inclinaron sobre ella. Representaba un ciervo alzado sobre sus patas traseras en actitud desafiante.</p>
<p style="text-align: justify;">-Esto es Phobos -anuncié-, un topo de clase vírica muy sofisticado. Aquí vemos el icono que adopta cuando activa su parte infectora. Lo descubrimos hace diez meses en la Tierra, y lo hemos estado estudiando y acorralando desde entonces. Creemos que saltó a Damasco junto a la portadora Alma de un comerciante llamado Wallace Steigner. Arrestamos al hombre, pero llegamos tarde para cribar la señal; no encontramos ni rastro del virus.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cómo de sofisticado es su código? -preguntó Makia, encendiendo un cigarrillo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tecnología de programación de alto nivel, diseñada exclusivamente para él. Mi equipo en la Tierra tuvo que inventar herramientas nuevas para poder estudiarlo.</p>
<p style="text-align: justify;">Ifurita arrugó la frente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Entonces es peor de lo que estimábamos. ¿Cuál es el siguiente paso?</p>
<p style="text-align: justify;">Me puse en pie y comencé a repartir copias de la foto.</p>
<p style="text-align: justify;">-Hay que encontrar este icono. Buscadlo por toda la orografía digital de Damasco; dividios en equipos y reprogramad la IA gestora para que busque cualquier código que se parezca al de nuestra presa. Todo nos sirve: figuras de madera, mascarones con forma de ciervo, óleos de cacerías&#8230; incluso joyas o tatuajes en el trasero de algún cliente. Cualquier cosa que se parezca a un ciervo será puesta en cuarentena a partir de este instante. Makia, necesito que mapees la estructura de directorios de Damasco y nos ayudes a simplificar en lo posible el trabajo.</p>
<p style="text-align: justify;">-De acuerdo -asintió, mordiendo el filtro del cigarrillo. Eso me gustaba mucho de Makia, y era por lo que quería tenerla a mi lado en el trabajo: acababa de encomendarle una tarea titánica, pero en lugar de protestar se había concentrado instantáneamente en cómo resolver el problema. Adoraba a aquella treintaañera de ojos tristes. </p>
<p style="text-align: justify;">-Pongámonos en marcha -instruí, mojándome los labios-. Y recuerden: no dejen ningún detalle atrás, por nimio que les parezca. En el escondite más absurdo e improbable que podamos imaginar será donde se esconda nuestro enemigo.</p>
<p style="text-align: justify;">El equipo asintió y salió presuroso de la sala, ansioso por empezar. Ifurita se me acercó un segundo antes de marcharse, y me estrechó la mano.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sólo quería decirte que es un placer volver a trabajar contigo, Daniel. Me siento mucho más seguro ahora que estás aquí.</p>
<p style="text-align: justify;">Le palmeé el hombro, empujándole sutilmente hacia la salida.</p>
<p style="text-align: justify;">-El placer es mío, doctor. Venga, no perdamos más tiempo: si la baliza de distorsión que Phobos es capaz de emitir es tan potente como dices, cuando se vuelva a activar podría incluso dirigirse contra objetivos no digitales.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿A qué te refieres?</p>
<p style="text-align: justify;">-Aún no lo sé. Avisa a la gente de control de vuelo, en el nivel real, y diles que estén atentos a cualquier señal que pueda estropear sus sistemas de guiado para las naves entrantes.</p>
<p style="text-align: justify;">Acongojado, el informático se retiró. Makia afiló los ojos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Si es capaz de hacer eso tenemos un serio problema.</p>
<p style="text-align: justify;">-No lo tenemos, porque lo vamos a encontrar antes de que se active&#8230; o antes de que pueda hacer rebotar otras portadoras Alma -concluí, mirándome de cerca las manos. La estática de la reconstrucción de mi imagen en tiempo real se estaba volviendo tan acuciada que por momentos se me abrían agujeros en los dedos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Realizamos una búsqueda a conciencia por todo el planeta. Accedimos a la base de datos del medio ambiente y borramos de la realidad todos los ciervos de los bosques, lo que provocó las quejas de los clientes que estaban disfrutando de cacerías o safaris fotográficos. Luego catalogamos todos los animales de cuatro patas más grandes que un perro y vigilamos que las olas del mar que rebotaban contra la costa no formaran figuras inusuales. Makia trabajó diez horas seguidas construyendo un mapa tridimensional de la estructura de directorios del mundo, optimizándola para reducir el área de búsqueda de los demás grupos. Cuando me lo enseñó, parecía una pagoda china hecha de carpetas y árboles de caminos que nunca se cruzaban. Damasco era un mundo virtual con muchas facetas, y en ese instante soportaba a dos millones de turistas en línea, que habían pagado diferentes tarifas por una semana de vacaciones en el mundo de los sueños. Lo que a mí me preocupaba era que la inmensa mayoría de aquellos visitantes estaban conectados en tiempo real desde sus mundos de origen, aprovechándose de la tecnología de comunicaciones taquión, que convertía las distancias intergalácticas en un mero trámite de curvas temporales.</p>
<p style="text-align: justify;">-He ordenado que traigan mi cuerpo en una nave -comenté a Ifurita mientras sus hombres trabajaban-. Está a tan sólo tres horas de Cielo desde la estación Prometeo, así que llegará de un momento a otro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es lo mejor -asintió-. Si Phobos se activa y destroza los protocolos de conexiones Alma, esto va a ser el mayor desastre en la historia de Damasco.</p>
<p style="text-align: justify;">-Y de las telecomunicaciones. ¿Sí?</p>
<p style="text-align: justify;">Un ayudante me tendió unos papeles.</p>
<p style="text-align: justify;">-Estos son los candidatos más fiables que hemos encontrado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Gracias. -Los ojeé-. Activen la cuarentena total para estos blancos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Capto una reacción! -anunció un programador. Todos nos acercamos a su consola. Estaba tratando de destruir una figura de espuma que las olas del mar habían tatuado en una roca, y ésta se estaba <em>defendiendo</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">-Aíslala del exterior -ordené inclinándome sobre la pantalla, una cortina de hologramas que flotaban sobre la mesa. El joven sacudió la cabeza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es difícil. Está copiándose a sí mismo muchas veces por segundo.</p>
<p style="text-align: justify;">En la pantalla, la efervescencia que el mar había dejado sobre un atolón comenzó a cambiar de forma, semejándose a un ciervo, y se multiplicó. La roca se llenó de espuma hasta que ésta resbaló por su superficie y se arremolinó sobre el atolón. Parecía una tormenta de magnesio reaccionando con el agua del mar. Los intentos del programador para aislar el fenómeno eran inútiles.</p>
<p style="text-align: justify;">-Se nos escapa -gruñó Ifurita-. Avanza demasiado rápido. ¡Aíslelo!</p>
<p style="text-align: justify;">-No puedo&#8230; -El programador tecleaba con rapidez, desmenuzando a distancia parte de la espuma del virus, pero éste crecía geométricamente-. Está confundiendo a la IA gestora. Es imposible eliminarlo del todo. </p>
<p style="text-align: justify;">Ifurita se volvió hacia mí.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Es Phobos?</p>
<p style="text-align: justify;">-Probablemente. Aunque no creo que sea el virus principal. Más bien parece un señuelo.</p>
<p style="text-align: justify;">La espuma había rebasado el volumen de la roca y se dejaba arrastrar por el agua. A cada multiplicación, una testuz provista de cuernos se alzaba orgullosa en una explosión de burbujas, desapareciendo después. Parecía una manada de animales que lucharan encabritados entre las olas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es imposible controlarlo -dijo el programador, sudoroso-. Ha rebasado la capacidad de nuestros programas para destruirlo. Yo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Colóquese en la raíz de la zona -dijo una voz de mujer a nuestra espalda. Me volví y allí estaba Makia-. Destruya todo el atolón, rápido.</p>
<p style="text-align: justify;">El joven dudó, confundido.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué?</p>
<p style="text-align: justify;">Makia se acercó a la consola y comenzó a teclear con rapidez.</p>
<p style="text-align: justify;">-El virus se propaga fácilmente, pero se almacena en los espacios de memoria de la orografía circundante. Lo que hay que hacer&#8230; -Una luz de alarma parpadeó avisándole de lo que implicaba la orden que acababa de dar al Sistema, pero ella la ignoró y pulsó el botón de confirmación con contundencia- &#8230;es eliminar todo el directorio desde su raíz.</p>
<p style="text-align: justify;">De repente, el atolón completo desapareció, y con él un volumen esférico de veinte metros de mar. Toda la espuma se evaporó, y el hermoso rompiente de rocas se convirtió como por ensalmo en un fiordo. El agua del mar se desbordó sobre él y produjo una explosión de varios metros de altura.</p>
<p style="text-align: justify;">Ifurita resopló de alivio y felicitó a la joven. El equipo dio algunos vítores, que yo me apresuré a acotar.</p>
<p style="text-align: justify;">-No nos emocionemos, chicos. Ha sido un buen trabajo, pero no creo que hayamos destruido el virus. Seguid trabajando.</p>
<p style="text-align: justify;">Los dejé solos para que se organizaran y disfrutaran de la pequeña victoria, y salí al porche. Ya había anochecido y hacía frío. Debajo del edificio, la enorme ballena azul respiraba jugando con géiseres espumosos. </p>
<p style="text-align: justify;">Sentí una presencia a mi lado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Has actuado bien, Makia -opiné-. Tal vez un poco&#8230; contundente.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella sonrió.</p>
<p style="text-align: justify;">-Hay que serlo si se quiere vencer a estos bichos tan sofisticados. ¿Cómo va tu planeta?</p>
<p style="text-align: justify;">Miré mis manos. Estaban enteras y bien perfiladas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ya debe de estar saliendo del cinturón de radiación. La comunicación es más clara.</p>
<p style="text-align: justify;">-Qué lástima que no se vea desde aquí. -Miró al cielo lleno de estrellas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, estas constelaciones son de mentirijillas. ¿Has probado alguna vez la delineación automática?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué es eso?</p>
<p style="text-align: justify;">Sonreí y di unas órdenes en voz alta, al aire de la noche. Cuando visitabas Damasco con privilegios de administrador, podías hacer cosas como darle instrucciones a la realidad en directo. </p>
<p style="text-align: justify;">De repente, y sólo para nuestros ojos, las estrellas de la bóveda celeste se enlazaron unas con otras con líneas brillantes, formando grupos. Se hicieron visibles las formas que escondían las constelaciones: cisnes, osos, cornucopias&#8230; y aquello del fondo que parecía una lata de cerveza.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ahora vemos las líneas en plata, pero puedes cambiarlas a dorado si te apetece. Es más bonito. -Estiré el brazo y apunté a la lata de cerveza-, salvo cuando se usa para publicitar. </p>
<p style="text-align: justify;">Algunas constelaciones se desplazaban tan rápido que sus líneas cambiaban de perspectiva hasta dos y tres veces por minuto. Era tan mareante que bajé la vista al lago. Allí flotaban las mansiones-barcos pirata, con todas las balconadas iluminadas. Makia bostezó.</p>
<p style="text-align: justify;">-Deberías dormir un poco -sugerí. Ella se estiró sin pudor-. ¿Cuántas horas llevabas despierta cuando yo llegué?</p>
<p style="text-align: justify;">-Unas pocas, pero tranquilo; me acabo de inyectar un litro de café entre pecho y espalda. </p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué es eso? -pregunté, forzando la vista. Me había parecido ver algo extraño en una de las mansiones.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿El qué?</p>
<p style="text-align: justify;">-Uhm. Makia, voy a desplazarme un momento a la costa. Dile a los chicos que no se preocupen, que sigan trabajando.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso va a ser imposible.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y eso?</p>
<p style="text-align: justify;">-Porque pienso bajar yo también. Estoy harta de esta isla de bambú -concluyó, y, tras comprobar que llevaba el intercomunicador asido a la muñeca, encabezó nuestra marcha hasta el embarcadero. Una vez allí soltamos las amarras de una lancha y pusimos rumbo a las mansiones victorianas.</p>
<p style="text-align: justify;">Pronto nos alcanzó la música de las fiestas que se desarrollaban en su interior. Algo latino, muy animado. Sombras de bailarines danzaban en todas las ventanas. Pero no me distraje; había creído ver algo que me había puesto nervioso. </p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué te ocurre? -preguntó Makia, acercando la barca a la roda de la mansión, donde se erguía una verja de jardín. Yo fruncí el ceño, contemplando las ventanas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Antes vi algo que&#8230; ¡ahí! -exclamé, al tiempo que un parpadeo en las luces oscurecía secuencialmente algunas ventanas-. ¿Lo has visto?</p>
<p style="text-align: justify;">-Un fallo de corriente.</p>
<p style="text-align: justify;">-En este mundo no existe la electricidad -murmuré, sin perder de vista los cristales-. Este mundo <em>es</em> electricidad. Esos cortes&#8230; </p>
<p style="text-align: justify;">Una lombarda nos disparó.</p>
<p style="text-align: justify;">La explosión de agua se elevó a apenas dos metros de nuestra quilla. Makia y yo nos miramos, confundidos, y enseguida buscamos al responsable de la broma. Hubo un segundo disparo, y éste ya se aproximó tanto como para hacernos saltar al pequeño jardín de la casa, que la rodeaba como un foso de hierba.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Malditos turistas, nosotros no participamos en vuestros juegos! -grité, pero Makia me agarró del hombro, preocupada.</p>
<p style="text-align: justify;">-No te esfuerces. Mira bien.</p>
<p style="text-align: justify;">Obedecí, buscando al borracho que seguramente nos había confundido con algún pez. Pero no lo vi.</p>
<p style="text-align: justify;">La lombarda del tejado, que apuntaba hacia nosotros buscando un tiro fácil, estaba moviéndose por su propia cuenta.</p>
<p style="text-align: justify;">Gruñí una imprecación y salté al alféizar de una ventana. Makia hizo lo propio, pegando su cuerpo tan a la fachada que el ángulo de giro del cañón no pudiera apuntarnos. Una explosión en la hierba que nos manchó de tierra y tallos quemados lo confirmó.</p>
<p style="text-align: justify;">-Entremos -sugerí, rompiendo el cristal con una piedra. Antes de que se reparara de forma automática, introduje la mano y tiré del pestillo. La ventana se abrió, y saltamos al interior de la mansión flotante.</p>
<p style="text-align: justify;">El suelo había desaparecido.</p>
<p style="text-align: justify;">Aterrado, me tambaleé como si fuese a desplomarme al piso inferior, pero mis pies estaban solidamente apoyados en el aire. El color y la textura de la madera se habían esfumado, pero otras características -como, por fortuna, la solidez-, aún seguían estando allí. Un criado extrañado me miró desde el piso de abajo con la boca abierta.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Se desintegra! -exclamé. Makia me empujó para seguir corriendo por un pasillo que perdía sus colores y se transparentaba como un cristal. Las luces volvieron a fallar. </p>
<p style="text-align: justify;">-Phobos está aquí dentro, en algún lugar -dije, jadeando. Mi cuerpo de cuarentón acomodado se resentía de todo aquel ejercicio físico-. Tiene que estar. Se está activando de nuevo, y está confundiendo a la matriz&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Cuidado! -Makia se echó sobre mí y me apartó de una barandilla. El pasillo había desembocado en una balconada interior que daba al gran salón de baile, donde un centenar de comensales huían despavoridos de un lado a otro. La mansión bajo y sobre ellos desaparecía como un fantasma, cambiando espontáneamente la localización de los objetos. Justo sobre nuestras cabezas, una viga maestra decidió que su coeficiente de rozamiento era cero, y la enorme lámpara de araña que colgaba de ella se desplomó sobre el piso, atravesando nuestra barandilla y aplastando a dos mujeres. Yo sabía que el dolor que sentían era puramente inducido, y que al traspasar cierto umbral -el correspondiente a la muerte o a las heridas muy graves- simplemente serían desconectadas y volverían al nivel real. Pero el efecto Phobos estaba volviendo del revés toda la realidad, con lo que imaginé que podría incluso afectar a los sistemas de desconexión. Una ruptura Alma incontrolada podía causar traumas y dolor físico, real.</p>
<p style="text-align: justify;">-Dónde estás, maldito -murmuré, apretando los puños-. Enséñame dónde te escondes&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Miré en todas direcciones, buscando cualquier indicio de la presencia del infector: cuadros, sombras, esculturas&#8230; Pero nada parecía destacar. Allí dentro no había animales por ninguna parte.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Estás seguro de que está aquí dentro? -inquirió Makia, ayudándome a descolgarme hasta el piso inferior. Ni siquiera las cuerdas que sostenían las lámparas eran fiables: podían ser todo color y volumen, pero sin sustancia.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tiene que estar. Esto son violaciones muy potentes del entorno, y no&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Daniel, ¿me escuchas?</em> -dijo una voz. Cogí el comunicador de la muñeca de Makia y lo acerqué a mis labios con ansiedad.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Ifurita! Estamos en la mansión del lago. Creo que Phobos está aquí.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Lo sabemos. Acabo de recibir un mensaje de la torre de control, en el nivel físico. Están captando una sombra de estática que interfiere con sus instrumentos. Algunas naves entrantes están teniendo problemas con las balizas de guiado.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Makia me miró, asustada.</p>
<p style="text-align: justify;">-Va a ocasionar un desastre.</p>
<p style="text-align: justify;">-Escúchame bien -ordené al comunicador, serenándome-. Quiero que detengas todas las entradas de naves a Damasco durante quince minutos. Que orbiten la estación, que hagan lo que sea, pero espera a que la señal del infector se extinga.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Es que hay&#8230; un problema</em> -carraspeó Ifurita, compungido.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cuál?</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Tenemos una nave entrante en piloto automático que ha comenzado sus ciclos de frenado. No podemos conectar con ella, puede que sus sistemas estén fallando.</em></p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué tipo de nave?</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Daniel, es un tanker de pasajeros ST. Van quinientas personas a bordo, más un centenar de pasajeros en cabinas de estasis.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Corté la comunicación, devolviéndole a Makia su mano. Al ver la ansiedad en mi rostro, me preguntó:</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué te ocurre, Daniel?</p>
<p style="text-align: justify;">Sonreí sin ganas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mi cuerpo físico viene en un tanker ST.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Corrimos por las dependencias volviéndolo todo del revés, pero nuestra búsqueda fue inútil. A menos que el icono de activación del Phobos fuera invisible, no parecía estar allí dentro.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sólo nos queda una solución -sugirió Makia, jadeando.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cuál?</p>
<p style="text-align: justify;">-Contundencia. Destruyamos toda la mansión, todo el lago si es preciso. No podemos arriesgarnos más, Daniel. Da la orden para que los muchachos accedan al directorio de raíz y borren todo este maldito paisaje, incluyendo la atmósfera y las condiciones de presión y gravedad.</p>
<p style="text-align: justify;">Medité con nervio, y acabé asintiendo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, es lo mejor. Pero tenemos que escapar; no creo que Phobos nos deje desconectarnos sin peligro.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella se acercó a una ventana y la abrió. Estábamos en un tercer piso, y la caída hasta el mar era muy larga.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué&#8230; piensas hacer? -dudé. Ella sonrió.</p>
<p style="text-align: justify;">-Venga, profesor. Que no se diga que en tus tiempos mozos no hiciste esto.</p>
<p style="text-align: justify;">Y se arrojó al vacío. La contemplé caer con pánico hacia una cortina de oscuridad hasta que se cuerpo tocó el agua y se transformó en un remolino de burbujas.</p>
<p style="text-align: justify;">Tragué saliva.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mis tiempos mozos ya han pasado&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">El suelo bajo mis pies se volvió transparente, y vi algunos muebles caer a través de las paredes como bombas de madera. Cerrando los ojos, salté a la nada.</p>
<p style="text-align: justify;">Choqué contra el agua de espaldas, y comencé a sacudir los brazos y las piernas desesperadamente, como un niño. Luego llegó el frío: el agua estaba a tres grados.</p>
<p style="text-align: justify;">Unas manos me agarraron por detrás.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡No te resistas, tranquilo! -gritó Makia, y me sujetó para que no me hundiera. Más calmado, me aparté de ella y recuperé mi propia flotación.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sé nadar, no te preocupes. El&#8230; Dios mío -susurré, mirando a la mansión.</p>
<p style="text-align: justify;">Era casi transparente. Parecía una radiografía enorme de un edificio lleno de personas que corrían y muebles que atravesaban en vertical las dependencias. Los cañones y sus balas se desplomaban sobre los salones de baile y las cocinas, los tapices se volvían invisibles como quemándose por fuego. La propia construcción no tardaría en perder su condición de &#8220;objeto flotante&#8221; e irse al fondo del lago como una piedra.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>El tanker está en aproximación final -</em>anunció Ifurita por el comunicador-. <em>No pueden frenar instantáneamente; requieren con urgencia los protocolos de guiado. La torre está en máxima alerta.</em></p>
<p style="text-align: justify;">-Ifurita -ordené-, destruye la mansión al completo y la región circundante del lago. Todo lo que hay dentro de él, incluyéndonos a Makia y a mí. Efectuaremos un salto incontrolado al nivel real.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Daniel, no puedo&#8230;</em></p>
<p style="text-align: justify;">-¡Hazlo! Yo asumo toda la responsabilidad. Accede a la raíz y cárgate este maldito lago hasta los cimientos. Sólo te pido que intentes ajustarte todo lo posible a las cercanías de la mansión, así tendremos una posibilidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Y corté la comunicación. Makia comenzó a nadar con brío, sin esperarme. Yo tomé aliento y golpeé los brazos y las piernas lo más rápidamente posible contra el agua, rezando para que fueran capaces de llevarme suficientemente lejos. Ella me adelantó varios metros, y por un momento creí que lo iba a conseguir. Traté de recordar alguna instrucción que poder darle a la matriz en directo, pero no había ninguna que sirviera para sacarnos de allí con rapidez.</p>
<p style="text-align: justify;">Miré al cielo buscando la estela de impulsión del tanker. Reí: aquel cielo era falso, tan ilusorio como el planeta que me rodeaba. Apreté los párpados con fuerza y me concentré tan sólo en nadar. Nadar, bracear, patalear, ganar unos metros más. Tan sólo unos metros más&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Se desintegra! -grito Makia, y aumentó su velocidad-. ¡Vamos, Daniel, por Dios, nada más deprisa!</p>
<p style="text-align: justify;">Pero los brazos me pesaban como plomo. Cada vez me costaba más sortear las olas. Miré atrás y vi que, efectivamente, la mansión pirata estaba dejando de existir: una esfera de <em>nada</em> se abría radialmente desde su centro, absorbiendo objetos y personas aterradas como un agujero negro. El diámetro de la esfera tocó el agua, y se aproximó a mí a gran velocidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Si hubo un momento en vida en que luché por sobrevivir, sin duda fue ese. Saqué fuerzas de la flaqueza y moví mi maldito cuerpo hacia delante, un metro, luego otro, y otro más. De repente mis dedos comenzaron a desaparecer de nuevo. La estática invadió mi imagen y el agua comenzó a atravesarme la palma de la mano, en lugar de chocar contra ella.</p>
<p style="text-align: justify;">-Oh, no&#8230; -mascullé. Una sombra me envolvió: la esfera que lo consumía todo evaporó el agua a mi alrededor. Cerré los ojos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">&#8230;y los volví a abrir.</p>
<p style="text-align: justify;">Seguía allí.</p>
<p style="text-align: justify;">Makia chilló de euforia y se me acercó. La esfera se disolvió, dejándonos justo al filo de la zona desintegrada. </p>
<p style="text-align: justify;">Yo sonreí como un tonto, sin poder creer mi suerte, y luego fui arrastrado por el torbellino.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El agua llenó el espacio libre, una semiesfera que vaciaba el lago hasta una profundidad de cinco metros, y nos sepultó. Giramos incontroladamente durante una eternidad, dando vueltas y vueltas. Tragué agua y sentí arcadas. Cuando estaba a punto de asfixiarme, salí como un tapón de corcho a la superficie.</p>
<p style="text-align: justify;">Makia estaba a mi lado. Nadó hasta mí cuando las aguas se calmaron y me abrazó.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Lo hemos conseguido!</p>
<p style="text-align: justify;">-Creo&#8230; -escupí agua- creo que sí.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Daniel, Makia, ¿estáis bien?</em></p>
<p style="text-align: justify;">Ella rió, acercándose el comunicador de pulsera a la boca.</p>
<p style="text-align: justify;">-Por supuesto que sí. Eres un genio de la precisión, Ifu. ¿Cómo va ese tanker entrante?</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Aquí nada ha cambiado. El tanker sigue en aproximación incontrolada. Todas las estaciones están en alerta roja. ¡Va a chocar contra la tela de soporte de la estación!</em></p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué?</p>
<p style="text-align: justify;">Con el rictus de la risa congelado en la cara, aferré la muñeca de Makia.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿No lo hemos detenido?</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Daniel, nos piden que les digamos cómo frenar. -</em>La voz de Ifurita temblaba del histerismo-. <em> Sus instrumentos se han vuelto locos. ¿Qué demonios hago?</em></p>
<p style="text-align: justify;">Miré a mi alrededor, confundido.</p>
<p style="text-align: justify;">-No es posible. Hemos destruido el generador de la distorsión -dije para mí. Makia se me encaró.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Tenía</em> que estar aquí. La violación de las leyes físicas era demasiado acusada.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Dónde estás, maldito? -susurré, girando sobre mi eje-. ¿Por qué no te he matado?</p>
<p style="text-align: justify;">-Tal vez hemos visto un reflejo de su actividad. Puede que nos hayamos equivocado y esté en otro lugar muy lejano del&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-No, no -sacudí la cabeza-. Tenía que estar aquí, en contacto físico directo con la mansión para afectarla de esa manera.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Pero no vimos ningún ciervo en las dependencias!</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Un reflejo.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Me volví hacia Makia.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Estábamos contemplando sólo un reflejo de su actividad.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em> ¡Un reflejo!</em></p>
<p style="text-align: justify;">-Dios mío -murmuré, y bajé la vista hacia el agua.</p>
<p style="text-align: justify;">Si en ese momento hubiera podido cambiar mi cuerpo por el de un águila y contemplar la superficie del lago cristalino a vista de pájaro, me imaginé lo que sin duda vería: </p>
<p style="text-align: justify;">Una superficie impoluta de líquido digital, perfecto y hermoso en su concepción, preparado para resultar bello a los ojos de los turistas bajo cualquier circunstancia. Y para que un lago fuera así de hermoso, debía de reflejar lo que había sobre él. Incluyéndonos a nosotros. Incluyendo a las otras mansiones piratas&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">&#8230;E incluyendo el cielo.</p>
<p style="text-align: justify;">Alcé la vista a la bóveda celeste, y allí estaba. Entre los cúmulos de estrellas que bailaban formando constelaciones cambiantes, artísticas. En mis ojos aún estaba activada la opción de delineación que había solicitado en la casa de bambú, y lo que me mostró disipó todas mis dudas.</p>
<p style="text-align: justify;">Makia miró hacia arriba, y también lo vio.</p>
<p style="text-align: justify;">Una de las constelaciones digitales bailó como un danzarín celestial, y sus líneas formaron la figura de un ciervo. Siempre había estado allí, sólo que rotando sobre su eje para que la perspectiva desde la cual se la observaba desde Damasco no permitiera distinguirla. Escondida pero tan a la vista que podía verla todo el planeta.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Ifurita! -chillé por el intercomunicador-. ¡Escúchame!</p>
<p style="text-align: justify;"><em>-¿&#8230;e dic&#8230;s?</em> -La estática hacía casi imposible oír la voz del jefe del equipo informático-. <em>¿Dan&#8230;, &#8230;tás &#8230;hí?</em></p>
<p style="text-align: justify;">-¡Ifurita, tienes que aislar una parte del cielo! -grité, pero no me oyó. Makia lo intentó, sin mejor suerte:</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Las estrellas! ¡Tienes que borrar las estrellas, ¿nos escuchas?!</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>El tanker no pued&#8230; &#8230;tá en la maniobra final.</em></p>
<p style="text-align: justify;">-¡Ifurita!</p>
<p style="text-align: justify;">Intuí el desastre. Ya no podíamos hacer nada por ellos. El tanker se estrellaría y cientos de personas morirían.</p>
<p style="text-align: justify;">Incluido yo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Ifurita! -gritó Makia, pero fue inútil-. ¡Borra las estrellas, ¿me escuchas?! ¡Por lo que más quieras, haz desaparecer las estrellas!</p>
<p style="text-align: justify;">La estática me borró la mano derecha. Miré a Makia, y supe que iba a morir.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Makia, vamos p&#8230; &#8230;a rescataros. ¿Qué dices de las estr&#8230;?</em></p>
<p style="text-align: justify;">-¡Borra las estrellas! ¡Borra las estrellas! ¡Borra las&#8230;</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">-&#8230;estrellas!</p>
<p style="text-align: justify;">Ifurita alzó su copa, orgulloso.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí, por nuestras estrellas, Daniel y Makia. No sé cómo nos las apañaríamos los demás sin ellos, sinceramente.</p>
<p style="text-align: justify;">Ese comentario arrancó risas y algunos &#8220;bueno, no te pases&#8221; entre los miembros del equipo. El japonés rió y entrechocó su copa con la nuestra. Makia me susurró algo al oído y ambos reímos también.</p>
<p style="text-align: justify;">La casa de bambú se estremeció, y por un momento recuerdos funestos vinieron a mi memoria. Pero enseguida ubiqué la causa: las ballenas que amablemente nos transportaban de un lado a otro estaban variando el rumbo.</p>
<p style="text-align: justify;">Me acerqué a una de las ventanas, y alcé mi copa para beber. En lugar de eso, un geiser enorme surgió de algún lugar en la oscuridad y me empapó.</p>
<p style="text-align: justify;">Makia, muerta de la risa, se me acercó, vigilando que la ballena no volviese a respirar tan fuerte, y me ayudó a quitarme la chaqueta.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eres un desastre.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bueno, pero soy un desastre digital. Eso sí, no quiero volver a oír hablar de constelaciones en mi vida.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella frunció el ceño.</p>
<p style="text-align: justify;">-Uhm&#8230; vale, pero antes de que pongas en práctica esa norma, fíjate en eso.</p>
<p style="text-align: justify;">Me acompañó a otra balconada y activó el modo de delineación. Reluctante, yo lo hice también.</p>
<p style="text-align: justify;">En las alturas, un grupo de veinte estrellas danzó para que sus delineaciones formaran las palabras &#8220;FELICIDADES, DANIEL.&#8221; Yo exhalé un bufido.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero mira que les gusta ostentar. Son unos gamberros con poderes divinos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ssshhh -ella me puso un dedo en los labios-. No estropees el momento. Es muy hermoso.</p>
<p style="text-align: justify;">-No, si en eso estoy de acuerdo -arrugué la frente-. Pero hay una cosa que no entiendo: ¿por qué no te han incluido a ti en el homenaje?</p>
<p style="text-align: justify;">Ella rió.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sí que me han incluido -dijo misteriosa, y me señaló una nueva estrella que antes no estaba en el firmamento.</p>
<p style="text-align: justify;">La estrella Makia.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Víctor Conde<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Besos de alacrán</title>
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		<pubDate>Wed, 06 May 2009 04:21:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>León Arsenal</dc:creator>
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		<description><![CDATA[
Como cada mañana, el capitán Moctaur había subido a la torre de control. Siguiendo la costumbre de años, lo hizo por la escalera exterior, ascendiendo hasta lo más alto para terminar acodándose en la barandilla del piso superior, a contemplar ociosamente el bosque claro, las arboledas dispersas y los herbazales acariciados por la brisa, más [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p style="text-align: justify;">Como cada mañana, el capitán Moctaur había subido a la torre de control. Siguiendo la costumbre de años, lo hizo por la escalera exterior, ascendiendo hasta lo más alto para terminar acodándose en la barandilla del piso superior, a contemplar ociosamente el bosque claro, las arboledas dispersas y los herbazales acariciados por la brisa, más allá de la descuidada pista del astropuerto.</p>
<p style="text-align: justify;">En un extremo de las instalaciones, perdida entre las hierbas verdes y amarillas, yacía una vieja lanzadera abandonada, con el casco enrojecido por la herrumbre. Gigantescos insectos alados de caparazones brillantes danzaban entre la vegetación. Una bandada de aves, de plumajes multicolores, sobrevoló el astropuerto antes de alejarse hacia el sur. Con indolencia, el capitán se colocó un cigarrillo entre los labios, siguiendo con la vista el vuelo de la formación, que aleteaba perezosamente en el cielo azul sin nubes de Balifata II.</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán Moctaur hizo visera sobre los ojos. Allí, punteando el cielo a unos pocos grados más al sur que la bandada, algo volaba a baja altura, acercándose al astropuerto. Enfocó sus prismáticos sobre aquella mota. Un transporte, una gran nave aérea se desplazaba muy lentamente en el aire claro de la mañana, planeando a unos pocos metros por encima de las ondulantes copas de los árboles. Pensativamente, el capitán encendió el cigarrillo y lanzó una bocanada de humo que la brisa dispersó casi de inmediato. Luego, con una última mirada al lento transporte, entró en la penumbra de la sala de control.</p>
<p style="text-align: justify;">Casi al descuido, comprobó que las defensas autómatas del astropuerto estuvieran activas. El capitán no creía seriamente en la posibilidad de un ataque de piratas. Diez años de servicio en Balifata II le había acostumbrado a las naves que llegaban furtivamente, volando a muy baja altura para esquivar los sensores de otros aparatos.</p>
<p style="text-align: justify;">—A ver, esa nave sin identificar que se aproxima volando desde el sur —avisó por el sistema de comunicaciones—. A ver si me recibe, cambio.</p>
<p style="text-align: justify;">Silencio.</p>
<p style="text-align: justify;">—Nave desconocida acercándose al astropuerto de Balifata II desde el sur. Nave desconocida acercándose al astropuerto de Balifata II desde el sur —advirtió más formalmente—. Aquí Control. Identifíquese inmediatamente o cambie de rumbo. De lo contrario, será derribada por las defensas del astropuerto.</p>
<p style="text-align: justify;">Casi al momento el monitor parpadeó, mostrando un rostro fatigado.</p>
<p style="text-align: justify;">—Control, Capitán Moctaur&#8230; —Titubeó—. Escuche, tengo serios problemas, yo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Problemas técnicos?</p>
<p style="text-align: justify;">—No, negativo. —Volvió a vacilar—. Me persiguen, soy yo quien está en peligro, necesito que me ayude&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Moctaur se recostó en su asiento. En su calidad de capitán del astropuerto de Balifata II —el único operador del único astropuerto en todo el planeta—, era además el administrador de los asuntos humanos, así como el representante oficial ante la especie indígena.</p>
<p style="text-align: justify;">—De acuerdo, de acuerdo. —Volvió a reparar en el aspecto agotado del piloto del transporte—. Vamos a ver: tome tierra en la pista auxiliar tres, pista auxiliar tres. Cuando haya aterrizado, hablaremos.</p>
<p style="text-align: justify;">Mientras bajaba por la escalera exterior, el capitán Moctaur contempló algo inquieto cómo la nave descendía con lentitud, dando bandazos y dispersando a su paso las nubes de insectos multicolores. El piloto maniobraba con tanta torpeza que, durante unos instantes, el capitán temió que el transporte acabara estrellándose contra la pista circular pintada de rojo.</p>
<p style="text-align: justify;">Por fin, la rampa se abrió con un sordo zumbido y el piloto, mugriento y demacrado, tal como le habían mostrado los monitores, descendió entornado los ojos y lagrimeando bajo el súbito estallido de luz. Reculó al vislumbrar al hosco capitán del astropuerto, que se acercaba con el torso desnudo, un visor oscuro sobre los ojos y un pesado fusil de dos cañones en ristre.</p>
<p style="text-align: justify;">—No se preocupe. —Moctaur palmeó su arma, advirtiendo la aprensión de su visitante—. Lo llevo por costumbre.</p>
<p style="text-align: justify;">—Capitán Moctaur&#8230; mi nombre es Ónlifan Déglet&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">—Le recuerdo perfectamente, Déglet. —El capitán cabeceó. Balifata II sostenía una reducida colonia humana, apenas dos centenares de individuos, técnicos y operadores en su gran mayoría, dispersos por todo el planeta. Y el capitán Moctaur era de los que se vanagloriaban de conocer a cada uno de ellos—. ¿Dónde aprendió usted a pilotar?</p>
<p style="text-align: justify;">—No tengo licencia de ninguna clase, he venido volando en semiautomático&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">—Ya. —Examinó la gran mole del transporte, los números de identificación, los logotipos comerciales pintados sobre el casco metálico—. Esta es una nave de transporte industrial. ¿Cómo la ha conseguido?</p>
<p style="text-align: justify;">—La robé —aceptó llanamente su interlocutor.</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán Moctaur guardó silencio un par de segundos.</p>
<p style="text-align: justify;">—De acuerdo, Déglet, ya arreglaremos eso. —Terciando descuidadamente su fusil sobre el hombro, hizo un gesto amable hacia su visitante—. Pero ahora, vamos dentro. Me parece que está muy cansado. Primero, repose un poco; ya hablaremos después.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Acomodándose en su asiento, el capitán Moctaur ofreció un cigarrillo a su visitante. Éste, visiblemente relajado tras una ducha y un par de sedantes, lo rechazó con un gesto. En silencio, el capitán escanció un par de vasos de licor amarillento y ofreció uno de ellos a su huésped.</p>
<p style="text-align: justify;">—Bueno. —Ónlifan Déglet agitó la cabeza, llevándose la bebida a los labios—. Vine a este planeta con un contrato de técnico, hará ya casi tres años. Me reclutaron para el trabajo en Ante Dibayim&#8230; es mi mundo natal.</p>
<p style="text-align: justify;">—Supongo. —El capitán encendió su cigarrillo— que antes de firmar le informaron cuidadosamente de lo que iba a encontrar en el planeta.</p>
<p style="text-align: justify;">—No puedo negarlo. En realidad —esbozó una sonrisa desanimada—, yo ya había oído hablar sobre Balifata II y las Caravenig.</p>
<p style="text-align: justify;">—Ya. —El capitán lanzó una bocanada de humo, asintiendo pensativamente—. Prosiga.</p>
<p style="text-align: justify;">—Bueno. Desde mi llegada he estado trabajando en una de las factorías alimenticias del hemisferio sur, en Escaín Malum. Allí, la colonia de humanos es muy pequeña; cinco personas en total. Los primeros meses fueron realmente aburridos, la verdad, mucho más duros de lo que yo había pensado. Los otros técnicos de la colonia eran gente poco sociable, por lo menos con los otros humanos: rara vez se les veía fuera del trabajo. Uno de ellos es un verdadero ermitaño, una especie de misántropo; los otros tres preferían la compañía de las caravenig.</p>
<p style="text-align: justify;">»Al principio, me volqué exclusivamente en mi trabajo, manejando la maquinaria extraplanetaria. En aquella época, mi trato con las caravenig era cortés pero frío, puramente profesional. Recuerdo lo mucho que me sorprendió que ellas mantuvieran la misma actitud hacia mí, como obligándose a mantener las distancias&#8230; después de todo, las habladurías las presentan como una especie de sirenas&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán esbozó una sonrisa despectiva, sin hacer comentarios.</p>
<p style="text-align: justify;">—Esa época fue espantosa; según fueron pasando los meses, aquel régimen de vida tan solitario se me hizo insoportable. Al final, supongo que era inevitable, comencé a tratarme con las caravenig: un comentario aquí, una pequeña charla allá. No me resultó nada difícil: pese a todo lo que digan de ellas, no son monstruos.</p>
<p style="text-align: justify;">—Claro que no, hombre —rezongó el capitán—. ¿Pero quién ha dicho esa tontería? Las caravenig son civilizadas, cultas, amables&#8230; a mi juicio, como especie, su media es muy superior a la de los humanos.</p>
<p style="text-align: justify;">—Si, bien, Poco a poco, fui congeniando con ellas, introduciéndome en su sociedad, aunque tardé en olvidar mis prevenciones; y algunas caravenig siempre guardaron las distancias conmigo, nunca comprendí por qué.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿No lo entiende? —El capitán volvió a sonreír sin ningún humor—. Los humanos y las hembras caravenig sienten una atracción mutua inevitable. Pero lo que unos —se golpeó el pecho desnudo con el índice— llamamos uniones híbridas, otros lo llaman xenofilia. Dicen que es una perversión de orden sexual. En ciertos sitios, uno puede ser perseguido legalmente, aunque ellos lo llaman &#8220;ser puesto bajo tutela de las autoridades&#8221;. Sin contar todos los planetas donde, aún siendo aceptado, uno se convierte en un enfermo a ojos de la gente, un paria social. Y muchas caravenig tampoco ven con buenos ojos la relación de sus congéneres con alienígenas&#8230; aunque sus motivos sean menos palurdos que los de los humanos.</p>
<p style="text-align: justify;">—Nunca lo había pensado. Lo cierto es que tanto las caravenig como yo, como de común acuerdo, manteníamos una especie de juego de etiquetas, era algo ambiguo&#8230; es cierto que hay una atracción mutua muy fuerte. En fin, luego conocí a Eriticlana.</p>
<p style="text-align: justify;">Se detuvo. El capitán sirvió más bebida sin decir palabra, observando los ojos de su visitante, enturbiados por los tranquilizantes.</p>
<p style="text-align: justify;">—La existencia en Balifata II puede ser muy agradable; es un mundo tan lleno de luz, de colores. —Ónlifan Déglet agitó distraídamente su vaso, haciendo oscilar la bebida amarillenta—. Eriticlana y yo hemos estado juntos durante dos años, dos años que parecen haber pasado en un soplo. Pero —suspiró—, al mismo tiempo parece que hubiera transcurrido toda una vida. No hay nada que pueda compararse a la relación entre una caravenig y un humano, nada. Es verdad todo eso que se cuenta por ahí, en los planetas.</p>
<p style="text-align: justify;">Y esos cuentos, se dijo para sí el capitán Moctaur, aunque tú no lo sepas, fueron el anzuelo que usaron para atraerte al planeta&#8230; lo mismo que a mí.</p>
<p style="text-align: justify;">—Las caravenig son alienígenas y sin embargo son tan parecidas a las mujeres humanas; tan parecidas y tan distintas. —El técnico hizo rodar su vaso entre los dedos, hablando con lentitud—. Es una situación tan contradictoria&#8230; todo en ellas resulta tan familiar, y a la vez tan extraño. Hace perder la cabeza, emborracha, esclaviza. Podía pasarme horas mirando a Eriticlana, acariciando su pelo, su piel; esa piel de las caravenig que tiene un tacto tan&#8230; —Incapaz de encontrar las palabras, agitó vanamente los dedos en el aire—. Tienen una forma de moverse, de mirar, de ser&#8230; no sé como explicárselo.</p>
<p style="text-align: justify;">—No necesita hacerlo —le interrumpió con voz suave el capitán Moctaur—. Sé perfectamente como son las caravenig.</p>
<p style="text-align: justify;">—Si, claro, que tontería. —Su interlocutor gesticuló azarado—. Estoy algo confuso con estos medicamentos. En fin. Llevábamos una vida tranquila, sencilla, feliz. Hasta que ella comenzó a cambiar. No fue un cambio a mejor ni a peor, no, ni de un día para otro. Pero empezó a comportarse de una forma distinta, cada vez más, como si se estuviera convirtiendo en otra persona. Yo no encontraba ninguna causa justificada, no sabía a qué atribuirlo, y poco a poco comencé a sentir miedo. Por supuesto, habíamos tomado todas las precauciones posibles para evitar un embarazo: conocíamos demasiado bien las consecuencias de la fecundación en las caravenig. Realmente, no hubo ningún cambio en nuestra relación&#8230; pero yo no podía evitar el sentir que aquella alteración de su carácter no presagiaba nada bueno, que era el preludio del desastre.</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán cabeceó en silencio, invitándole con un ademán a proseguir.</p>
<p style="text-align: justify;">—Comencé a espiar sus movimientos; la vigilaba continuamente, cada vez más atemorizado. Así, llegó el día en que la sorprendí frente al espejo. Es como si aún lo estuviera viendo. Ella estaba allí plantada, desnuda, sonriendo y haciéndose mohines a sí misma, atusándose el pelo, contoneándose sin cesar mientras admiraba el rudimentario aguijón que acababa de nacer en la base de su espalda. —Con un suspiro, se pasó los dedos entreabiertos por el cabello—. Eso es lo más espantoso, lo que me hizo huir a lo loco de nuestra casa. No la transformación en sí, sino el hecho de que ella estuviera tan feliz, que disfrutara tanto con su metamorfosis&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Hubo un largo silencio.</p>
<p style="text-align: justify;">—Comprendo. —El capitán se levantó y, con las manos en los bolsillos, se asomó a las cristaleras—. Déjeme explicarle algo. En los caravenig, los dos géneros están mucho más descompensados que entre los humanos. No se trata sólo de que las hembras sean inteligentes, sociales, longevas; mientras que los machos son seres de corta vida y semi-inteligentes. Las hembras caravenig son las portadoras de los juegos de cromosomas masculinos y femeninos de la raza, al revés de lo que sucede entre los humanos. A nivel de especie, los machos son poco más que vehículos orgánicos de material genético. De hecho, ni siquiera son imprescindibles para la perpetuación de la especie.</p>
<p style="text-align: justify;">»Las hembras caravenig, eso lo sabe usted muy bien, pueden ser, bajo ciertas condiciones, autofecundas. Puede llegar a producirse la meiosis, la escisión del núcleo, sin el concurso del macho, dando lugar a individuos haploides, seres con la mitad de los cromosomas. Desgraciadamente, la excitación sostenida es uno de los factores que se supone que pueden desencadenar el fenómeno. Por eso las uniones entre terrestres y caravenig resultan fértiles, en un sentido figurado, claro. Pueden tomarse precauciones, retrasarse, pero al final&#8230; y, entre los caravenig, la hembra preñada siempre mata al macho.</p>
<p style="text-align: justify;">—Lo sé, lo sé —balbuceo Déglet—. Pero ella, ella disfrutaba con el cambio&#8230; y yo pensé, pensaba&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">—Son alienígenas, joder, alienígenas. —El capitán gesticuló en el aire—. ¿Por qué le resulta eso tan difícil de entender a la gente? No pueden evitar ser como son. Ese aguijón que vio en la espalda de su mujer, eso no es nada comparado con la metamorfosis interior. Se transforman en seres distintos una vez fecundadas. Es su naturaleza y considerarlas monstruos es tan injusto como recriminar a un humano que envejezca&#8230; en fin, ¿qué sucedió después?</p>
<p style="text-align: justify;">—Escapé a ciegas. Durante tres días estuve dando vueltas sin ton ni son. Luego, recuperé un poco de sentido común, volví a la factoría y robé ese transporte. Vine hacia aquí volando en semiautomático, a velocidad económica para poder llegar. Usted es administrador de los asuntos humanos en Balifata II, tiene que ayudarme.</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán movió lentamente la cabeza.</p>
<p style="text-align: justify;">—Eso es imposible. —Suavizó la negativa con un tono de voz amable—. ¿Cuantas veces habré oído lo mismo? No. —Tendió una mano para evitar que su interlocutor le interrumpiera—. Escúcheme. Yo mismo tramité su contrato matrimonial, lo recuerdo, tengo buena memoria. También recuerdo lo cuidadosamente que le expliqué la cláusula de muerte incluida en él. Usted lo aceptó: aceptó quedar a merced de su esposa y ni yo ni ninguna autoridad humana podemos hacer nada por usted.</p>
<p style="text-align: justify;">El técnico le miró anonadado.</p>
<p style="text-align: justify;">—Pero, ¿es que piensa entregarme? —Agitó aturdido la cabeza—. Ella va a matarme, matarme.</p>
<p style="text-align: justify;">—No, no pienso hacer tal cosa. Tranquilícese. —El capitán Moctaur encendió un nuevo cigarrillo—. Oficialmente, no puedo ayudarle. Pero, bajo mano, le daré una nave, y armas, y una lista de los vuelos interplanetarios programados. También le daré un consejo. —Hizo una pausa, observando la expresión turbada de su interlocutor.</p>
<p style="text-align: justify;">»Escuche —continuó, dando una pensativa calada—. Hay quien piensa que las uniones entre caravenig y humanos son una aberración, especialmente perversa en este caso. Una parte de las caravenig también las reprueban: consideran horrible el aparearse con el ser humano, ya que eso les conduce, tarde o temprano, al asesinato de un ser inteligente&#8230; entre ellas, la muerte del macho es un impulso atávico, una compulsión a la que no pueden sustraerse.</p>
<p style="text-align: justify;">»Hace ya años, vino a Balifata II un experto, un xenólogo que tenía sus propias ideas. Hablamos mucho. Él afirmaba que las caravenig y los humanos son dos sexos complementarios de dos especies física y mentalmente ajenas y sin embargo parecidas. Según él, en esa polaridad —hizo girar dos dedos en el aire—, en el intercambio de señales, reconocibles pero distorsionadas, es donde reside la tremenda atracción entre ambos. Cada uno ve en el otro como algo familiar a la vez que diferente. Y en el caso de las caravenig es aún más fuerte, porque se encuentran ante una pareja inteligente, cosa que el macho caravenig no es. Es una especie de magnetismo que ninguno puede evitar una vez desencadenado.</p>
<p style="text-align: justify;">»Además, él sospechaba que los humanos contratados para trabajar en este planeta son cuidadosamente seleccionados. Parece ser que existe en algunos sujetos de nuestra especie un instinto, un deseo de muerte que acude irremediablemente al reclamo de cosas como las historias que se cuentan sobre las caravenig. Esos son los elegidos preferentemente por las agencias que surten de trabajadores a Balifata II. De hecho, aparte de gente así, pocos son los que aceptan un contrato para trabajar aquí.</p>
<p style="text-align: justify;">El técnico volvió a pasar sus dedos por entre el cabello.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Y usted? —inquirió de repente.</p>
<p style="text-align: justify;">—Probablemente, yo también fui elegido de acuerdo con un patrón prefijado. Aunque en mi caso la selección fue hecha por las autoridades humanas y, desde luego —sonrió sombríamente—, el perfil buscado era otro bien distinto. Siempre suponiendo que aquel xenólogo estuviera en lo cierto. Todos sus conocimientos no debieron bastar para salvarle, porque se internó en el planeta y nunca más se supo de él.</p>
<p style="text-align: justify;">»Con todo esto que le estoy contando, lo que quiero es avisarle. Si él tenía razón, la gente como usted puede trabajar contra sí misma, desear en el fondo que su esposa caravenig acabe encontrándole. Téngalo muy en cuenta. Huya a alguna zona despoblada, escóndase; tienda una emboscada a su mujer, si se atreve. No le plante cara; cuando están en ese estado, las caravenig son máquinas de matar. Le daré una nave; no anule el sistema automático, así podré recuperarla. Si lo hace, seré yo quien salga a buscarle. Intente matar o despistar a su esposa, luego vuelva. Si lo consigue, yo me encargaré de ocultarle en algún transporte interplanetario. Sobre todo, sea prudente —añadió, recordando a cuantos habían sido atrapados al pie mismo de la pista, y como habían sido arrastrados gritando hacia su muerte, tras las arboledas.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Es factible? —el técnico esbozó una sonrisa desganada—. ¿Hay alguien que lo haya logrado?</p>
<p style="text-align: justify;">—Por supuesto —mintió el capitán, alegrándose de llevar los ojos ocultos tras el visor.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">En mitad de la noche, una nave aérea proveniente del sur sobrevoló el astropuerto, antes de descender lentamente, con todas sus luces de posición pulsando. Perdido entre las sombras, el capitán Moctaur observó como aterrizaba para posarse entre los herbazales al borde de la pista. Durante largos minutos no hubo ningún movimiento, las luces del aparato parpadeaban, la propulsión ronroneaba en la oscuridad. Por último, con tranquilidad, el piloto descendió.</p>
<p style="text-align: justify;">El visitante, una mujer, paseó su mirada por las desiertas instalaciones: la pista descuidada, la torre de control a oscuras, el pequeño almacén de piedra. Las copas de los árboles y las hierbas susurraban mecidas por la brisa, los insectos nocturnos zumbaban alrededor de las dispersas luces blancas del astropuerto. Volvió los ojos hacia la torre. Desde allí, saliendo de las sombras, el capitán Moctaur se acercaba a ella, cruzando la pista con su pesado fusil de dos cañones bajo el brazo.</p>
<p style="text-align: justify;">Caminando sin prisas a su encuentro, el capitán examinó a esa visitante nocturna. En la penumbra, aparecía como una caravenig típica, con su espectacular melena listada de negro y dorado, ojos rasgados de pupilas inhumanas, boca jugosa y expresiva. Vestía un funcional mono azulado, lleno de bolsillos, e iba aparentemente desarmada. Mujer y alienígena a la vez, se dijo el capitán, tan atractiva para un humano como todas las caravenig.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Puedo servirla en algo? —Fusil en ristre, se detuvo a unos pasos.</p>
<p style="text-align: justify;">—Soy Dor-Lipi Eriticlana. —La alienígena le dedicó una larga mirada. Su voz era extraña, llena de matices insólitos y, sin embargo, agradables—. Busco a mi esposo. Un humano llamado Ónlifan Déglet.</p>
<p style="text-align: justify;">—No está aquí. —El capitán cabeceó.</p>
<p style="text-align: justify;">—Pero estuvo.</p>
<p style="text-align: justify;">—Es cierto —aceptó—. Pero ya se ha marchado.</p>
<p style="text-align: justify;">—Le encontraré. —Hubo una pausa en la que la caravenig y el humano se contemplaron con mutuo interés—. Después, tras el desove, volveré.</p>
<p style="text-align: justify;">El capitán ladeó la cabeza, mirando en el interior de los ojos rasgados de la alienígena.</p>
<p style="text-align: justify;">—Chica —dijo con suavidad—. ¿Sabes quien soy yo?</p>
<p style="text-align: justify;">—Claro, eres el capitán Moctaur, todas en Balifata II han oído hablar de ti. —Sonriendo, sacudió su espesa cabellera negra y dorada—. Sin embargo, si quieres, me gustaría volver.</p>
<p style="text-align: justify;">Moctaur acarició pensativo los cañones de su arma.</p>
<p style="text-align: justify;">—Aquí me encontrarás —dijo simplemente.</p>
<p style="text-align: justify;">La caravenig le dedicó otra gran sonrisa entre las sombras, antes de darle la espalda y volver a su nave. El capitán encendió un cigarrillo y se quedó a contemplar el despegue del rechoncho aparato constelado de luces. Apoyó los cañones de su fusil en el hombro y fue deambulando lentamente por el margen de la pista, lanzando blancas bocanadas de humo que se alejaban flotando en la oscuridad. A lo largo de su paseo, volviendo de vez en cuando la cabeza, escudriñaba con atención las arboledas en tinieblas, sin descubrir nunca nada.</p>
<p style="text-align: justify;">Y sin embargo, cuando las lunas estaban llenas, Moctaur solía vislumbrar al fantasma de su tercera esposa correteando por entre los árboles. Muchas veces, el capitán se había internado en la espesura, corriendo en vano en pos de aquella aparición que le esquivaba una y otra vez, antes de terminar esfumándose en la noche, dejando tras de sí los ecos de una risa maliciosa. Era por eso, por aquella risa que él tan bien recordaba en labios de su tercera mujer, que el capitán acariciaba la esperanza de que ella, a la que tanto había querido, no le guardara ningún rencor.</p>
<p style="text-align: justify;">Volviendo a girar la cabeza, contempló caviloso la oscuridad. En algún punto, en línea recta tras las primeras filas de árboles, aguardaba el cementerio particular del capitán Moctaur. En aquel lugar, cuidadosamente alineadas, estaban las tumbas de sus seis esposas caravenig. El capitán las había ido degollando con su cuchillo, largo y afilado, con la hoja parecida a la de una guadaña. También, a cierta distancia, había otra veintena de sepulturas descuidadas y anárquicamente distribuidas. Esas contenían a humanos: unos eran parientes y amigos de víctimas de caravenig, otros asesinos a sueldo. Cada cierto tiempo, alguno de ellos llegaba en misión de venganza al planeta. E, invariablemente, el capitán acababa con él a tiros, apenas pisaba Balifata II, antes de arrastrar cansinamente el cadáver a través de la pista y la arboleda, y abrir una nueva fosa.</p>
<p style="text-align: justify;">Arriba, la nave caravenig era aún visible, una pequeña mota luminosa que cruzaba el cielo nocturno. Sin duda, ella terminaría por encontrar a su esposo humano, aquel pobre infeliz, y le mataría. El capitán Moctaur arrojó la colilla, viendo como volaba la brasa, a través de la oscuridad, hasta chocar contra el firme de la pista y deshacerse en un surtidor de chispas rojas. Recordó los brillos que ardían en los ojos rasgados de la caravenig. Los humanos y las caravenig eran sexos altamente compatibles, demasiado. Aquellas uniones híbridas rebosaban de sensaciones y sentimientos nuevos y exóticos, totalmente desconocidos en las respectivas especies. El capitán Moctaur contempló las siluetas de los árboles balanceándose en la oscuridad. Dor-Lipi Eriticlana volvería. Juntos, compartirían de nuevo el veneno que una vez catado ya nunca podía evitarse. Juntos, hasta que llegara lo inevitable. Entonces, uno de ellos acabaría con el otro; sólo para echarle luego de menos y comenzar otra vez la búsqueda de alguien en quien avivar ese fuego entre cuyas llamas suele lacerarse a sí mismo el alacrán.</p>
</div>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  León Arsenal<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Materia oscura</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Apr 2009 03:57:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>César Mallorquí</dc:creator>
				<category><![CDATA[Tiempo y espacio]]></category>

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		<description><![CDATA[Pchapcharimé. Diez de Junio.
Hace tiempo me contaron una historia: Cierto individuo que paseaba por un parque se detuvo frente a una zarza erizada de espinas. La miró durante unos segundos y, acto seguido, saltó sobre ella. Cuando consiguieron rescatarlo, lleno de heridas y cubierto de sangre, le preguntaron: &#8220;¿Por qué se arrojó a la zarza?&#8221;. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em><span style="text-decoration: underline;">Pchapcharimé. Diez de Junio.</span></em></p>
<p style="text-align: justify;">Hace tiempo me contaron una historia: Cierto individuo que paseaba por un parque se detuvo frente a una zarza erizada de espinas. La miró durante unos segundos y, acto seguido, saltó sobre ella. Cuando consiguieron rescatarlo, lleno de heridas y cubierto de sangre, le preguntaron: &#8220;¿Por qué se arrojó a la zarza?&#8221;. El hombre contestó: &#8220;No sé; al principio me pareció buena idea&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Pues exactamente lo mismo me pasó a mí cuando el profesor Salgado sugirió que realizase mi primer trabajo de campo en la selva brasileña, estudiando a la tribu Pchapchá: al principio me pareció buena idea.</p>
<p style="text-align: justify;">(Un momento, un momento. No estoy escribiendo un informe técnico, pero eso no significa que deba renunciar al más mínimo rigor).</p>
<p style="text-align: justify;">Esto es el diario de Pablo Vasla, antropólogo, y morador desde hace tres meses en Pchapcharimé, el poblado de los pchapchá. Soy el único occidental que hay aquí. Vivo en una pequeña cabaña en la cima de un árbol, y dispongo de todo lo que un antropólogo pueda desear: grabadora, máquina fotográfica, cuadernos de apuntes y una tribu casi desconocida a la que estudiar. El único problema es que, después de tres meses de vivir aquí, lo único que he grabado han sido conversaciones sin interés (charlas banales sobre el tiempo o las mujeres), las únicas fotos que he tomado son de índole turística y en mis cuadernos de apuntes no he apuntado nada. Por eso he comenzado a escribir este diario: porque me estoy volviendo loco.</p>
<p style="text-align: justify;">Y la causa son los pchapchá, el mayor atajo de vagos e incultos que me he echado a la cara. En serio, comparado con ellos, el pueblo más primitivo del planeta parecería un república de sabios. Si no he escrito ni una nota, ni un comentario, sobre los pchapchá es porque no hay nada que decir. No puedo estudiarles porque no existe materia que estudiar. Es desesperante.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;¿Ha pensado en los pchapchá?&#8221;, me dijo el profesor Salgado, mi tutor en los cursos de doctorado. &#8220;Ya sabe, esa tribu que descubrieron hace unos años en la Amazonia. Sería un buen trabajo de campo. El doctor Castelo-Silva los estudió sobre el terreno, pero su labor fue muy decepcionante&#8230;&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Decepcionante? Oh, vamos. Castelo-Silva fue un héroe. El pobre tipo bastante hizo con descifrar su idioma.</p>
<p style="text-align: justify;">Desde la ventana de mi choza veo al Rey-Sol sentado sobre su atalaya, por encima de la selva, contemplando impasible el sol a través de un cristal oscuro. Está hasta arriba de gupta, drogado como un yonqui. Así permanecerá todo el día, y todos los días de su vida, hasta que el sol le deje ciego. ¿Por qué lo hace? Ah, quién sabe. Desde luego los pchapchá no hablan de ello. Cuando les preguntas sobre lo que hace el Rey-Sol, responden: &#8220;El Rey-Sol mira al sol y hace que el sol haga&#8221;. Y cuando les interrogas sobre el significado de eso, los pchapchá se echan a reír tontamente y se van.</p>
<p style="text-align: justify;">Odio este lugar, odio las moscas, odio las serpientes, odio el calor y la humedad, odio la quinina que tengo que tomar contra la malaria, odio las lluvias tropicales, odio la selva, odio a los parásitos intestinales, pero sobre todo odio a los pchapchá. Si pudiera irme me iría ahora mismo. No obstante, aun deberé pasar otros tres meses aquí (me pongo enfermo tan solo de pensarlo).</p>
<p style="text-align: justify;">Estoy harto. Creo que usaré el <em>Stolichnaya</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Vaya si lo haré.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: right;"><em><span style="text-decoration: underline;">Pchapcharimé. Once de Junio.</span></em></p>
<p style="text-align: justify;">Ayer estaba algo deprimido. Perdí los estribos, lo siento. Se supone que soy un científico, y que debo afrontar los hechos desde un punto de vista frío y lógico. Intentaré pues, en lo sucesivo, seguir esa línea de comportamiento.</p>
<p style="text-align: justify;">En muchas ocasiones perdemos de vista lo evidente: lo más sencillo es lo más difícil de encontrar. De modo que empezaré por el principio.</p>
<p style="text-align: justify;">Pchapcharimé fue descubierto hace cinco años. Una avioneta que viajaba de Río Branco a Roraima perdió altura sobre la jungla y vio las construcciones pchapchá sobre los árboles. Al llegar a su destino, el piloto comunicó el hallazgo a la delegación local del Instituto Etnológico Brasileño. Meses después, una expedición financiada por la Universidad de Paraíba, a cuyo frente marchaba el doctor Castelo-Silva, se internó en la selva y encontró el poblado Pchapcharimé.</p>
<p style="text-align: justify;">Al principio, los descubrimientos de Castelo-Silva fueron apasionantes. Los pchapchá, indígenas de raza amerindia amazónica, son recolectores y cazadores (más lo primero que lo segundo, aunque de vez en cuando atrapen algún pájaro o serpiente). Viven, y esta es su primera peculiaridad, en las copas de los árboles. Han construido una complicada serie de estructuras y plataformas de madera, y sobre ellas han edificado su poblado. ¿Por qué? Los pchapchá dicen que, estando arriba, &#8220;pueden ver&#8221;; y que abajo &#8220;no pueden ver&#8221;. Por eso viven arriba. ¿Qué es lo que quieren ver? No contestan, se ríen.</p>
<p style="text-align: justify;">Más peculiaridades: los pchapchá no tienen organización social; no hay jefes ni castas. Carecen de cualquier tipo de estamento, incluso de especialización; todos hacen de todo (aunque en definitiva tampoco hagan gran cosa). Entre los pchapchá no hay discriminación sexual; hombres y mujeres son iguales. Ni siquiera existe el matrimonio, son absolutamente polígamos, aunque esto no debe sugerir la idea de un grupo de salvajes entregados al desenfreno sexual. Por el contrario, los pchapchá parecen inusitadamente castos. Diría que copulan lo imprescindible para mantener estable la población. Esto puede deberse a algún efecto colateral de la droga.</p>
<p style="text-align: justify;">Ah, sí, la droga. Los pchapchá consumen a diario un alucinógeno al que llaman gupta. Se trata de un zumo maloliente elaborado a base de hongos y raíces. Yo no lo he probado (tampoco ellos me lo han ofrecido), pero resulta evidente que les deja el cerebro hecho polvo. Lo toman al atardecer, toda la tribu, hombres, mujeres y niños. Y eso es muy extraño, porque generalmente las drogas psicotrópicas son atributo exclusivo de determinadas castas: sacerdotes, guerreros, o sencillamente los miembros masculinos del grupo (como ocurre con los yanomomo). Pero no, los pchapchá son diferentes. Desde que un niño se desteta empieza a consumir gupta. No hay rito de iniciación, ni ceremonia alguna. A los dos o tres años cada rapaz tiene derecho a su ración de droga. Así de sencillo. La importancia de este alucinógeno en la vida de la tribu queda reflejada por su propio idioma: en lengua pchapchá, &#8220;mirar&#8221; se dice <em>guptí</em>. O sea, &#8220;ver a través de la gupta&#8221;. ¿Supone esta especie de culto a la droga algún tipo de actitud mística o religiosa? De ninguna manera. Los pchapchá son absolutamente agnósticos. ¿No es increíble? ¡El único pueblo de la Tierra que carece de cualquier forma de religión o magia! Pero ya hablaré de eso más adelante.</p>
<p style="text-align: justify;">Estas peculiaridades (y otras muchas) hacen de los pchapchá un bocado en teoría exquisito para cualquier antropólogo. Hasta que se empieza a escarbar un poco. Entonces uno se da cuenta de que esas singularidades reflejan carencias, no sustituciones. Los pchapchá son como decorados: meras apariencias sin contenido alguno. No tienen ritos, no tienen mitología (ni siquiera leyendas), no tienen estructura social, no tienen arte, no tienen cultura alguna&#8230; Pero eso es imposible, va contra todo el saber antropológico, los seres humanos nunca se han comportado así&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Hoy al atardecer he comenzado a poner en práctica mi plan. Los pchapchá estaban reunidos en la plataforma principal, preparando la gupta; me acerqué a ellos y, como de pasada, comenté: &#8220;En mi país tenemos un tipo de gupta que se llama vodka&#8221;. Nadie pareció hacerme el menor caso, todos siguieron a lo suyo. Salvo una anciana desdentada que irguió la cabeza y me miró con ansiedad perruna. Continuó observándome durante la siguiente media hora, hasta que por fin se acercó disimuladamente y me dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">-P&#8217;bbo. -Los pchapchá no saben pronunciar mi nombre, me llaman P&#8217;bbo-. ¿Tú tienes <em>tosnaya</em>?</p>
<p style="text-align: justify;">Al principio no entendí lo que decía. Luego caí: se refería al vodka, claro. Le pregunté su nombre.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mi nombre hace que yo sea Mara -¡Premio, era ella!-. ¿Tienes <em>tosnaya</em>, P&#8217;bbo?</p>
<p style="text-align: justify;">Asentí. Ella abrió los ojos, como un niño el día de Reyes, y comenzó a mascullar: &#8220;¡Dame, dame, dame&#8230;!&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">-Te daré vodka, Mara -dije-. Pero a cambio tu tienes que hablar conmigo. Esta noche, en mi choza. Quiero que contestes unas preguntas.</p>
<p style="text-align: justify;">Mara enmudeció y frunció el ceño; parecía debatirse en medio de un tormentoso conflicto interior.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mara hará que tu hables con ella -dijo finalmente-. Pero esta noche no se hará conversación. Mañana por la mañana haremos que se haga la charla. Y tu harás que se haga el <em>tosnaya</em>. No olvides hacer que se haga, P&#8217;bbo.</p>
<p style="text-align: justify;">Ah, demonios, me siento exaltado. Por fin un contacto, por fin un pchapchá me hace algo de caso.</p>
<p style="text-align: justify;">Debí haber mencionado el vodka mucho antes.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: right;"><em><span style="text-decoration: underline;">Pchapcharimé. Doce de Junio.</span></em></p>
<p style="text-align: justify;">Cuando decidí seguir la recomendación del profesor Salgado y realizar mi primer trabajo de campo en Brasil, escribí al doctor Castelo-Silva solicitando su consejo (a fin de cuentas, era el único antropólogo que había sacado algo en claro de los pchapchá). Su respuesta me llegó a los pocos días. Decía así:</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Querido colega: mi único consejo es que no pierda su tiempo con esa tribu degenerada. Los pchapchá son peculiares, si. Tanto como un huevo vacío, engendrado sin clara ni yema. Créame cuando le digo que no hay nada de interés en ellos. Pero supongo que no me hará caso, ya que es usted joven y, por tanto, vehemente. Mi única recomendación es que lleve con usted unas cuantas botellas de vodka. Si logré descifrar el lenguaje pchapchá es porque soborné con vodka a una mujer de la tribu llamada Mara. De no ser por el alcohol, ella nunca habría colaborado conmigo. Reciba un cordial saludo.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Post Scriptum: La marca favorita de Mara es <em>Stolichnaya</em>&#8220;.</p>
<p style="text-align: justify;">Debo admitir que, en aquel momento, la carta de Castelo-Silva me indignó. Sin duda, pensé, obedecía a esa típica actitud irracional que mueve a ciertos antropólogos a consideren de su propiedad las tribus que han estudiado. Además, estaba esa invitación manifiesta a establecer comercio alcohólico con los indígenas. ¡Dios mío! ¿Es que ese hombre no conocía la ética profesional? El primer deber de un antropólogo es respetar la cultura, las costumbres que está investigando, no inmiscuirse. Y, sin duda, introducir tóxicos extraños en la dieta de los nativos puede considerarse una intromisión. Qué execrable comportamiento, pensé entonces. Castelo-Silva era un farsante.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin embargo, quizá movido por algún vago presentimiento, minutos antes de que mi avión partiera hacia Recife fui a la tienda <em>Duty Free</em> del aeropuerto y compré dos botellas de vodka <em>Stolichnaya</em> (ahora doy gracias a Dios por ese impulso que al principio se me antojó irracional).</p>
<p style="text-align: justify;">Y arrastré aquellas dos botellas, junto con el resto de mi equipaje, mientras cruzaba medio subcontinente en un vuelo local a Manaos, donde me esperaba el guía. Y seguí llevándolas cuando navegaba por el Amazonas, y más tarde por otro río, el Juruá, afluente del primero, y que me llevó hasta el poblado de Säo Romäo. Y las dos botellas de <em>Stolichnaya</em> fueron un bulto más en mi mochila mientras cruzaba la selva amazónica, internándome en una zona que suele aparecer en los mapas como una superficie lisa, dado que nadie ha estado allí para describir los detalles. Y, finalmente, las dos botellas fueron mudos testigos de mi soledad cuando el guía me estrechó la mano, allí, rodeados por una muralla de vegetación, diciéndome:</p>
<p style="text-align: justify;">-Aquí le dejo, señor Vasla. Siga el sendero siempre hacia el este y, a un día de marcha, encontrará a los pchapchá.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero, oiga -protesté-, ¿qué sendero? No veo ningún sendero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Tranquilo. Coja la brújula y siga hacia el este. Es sencillo. Y recuerde mirar siempre hacia arriba. Esos salvajes viven en los árboles, como los monos. -Aquello pareció hacerle mucha gracia, porque se puso a reír como un loco-. Bueno, me voy señor Vasla -añadió, secándose las risueñas lágrimas con el dorso de la mano-. Volveré a buscarle dentro de seis meses. En septiembre u octubre, según las lluvias. -Comenzó a alejarse; antes de perderse de vista gritó (prorrumpiendo de nuevo en grandes risotadas)-: ¡Recuerde que los monos viven arriba!</p>
<p style="text-align: justify;">Caminé hacia el este (con dolor de cuello a causa de tanto mirar hacia arriba) y acabé encontrando a los pchapchá. Me recibieron con indiferencia. Oh, bueno, fueron amables, sí: me dieron alojamiento (una cabaña algo apartada del poblado) y comida. Pero no me hacían caso, me ignoraban. Contestaban lacónicamente a mis preguntas; o no contestaban, escudándose tras una risa boba. Pasaban el día haraganeando y dormitando. Luego, al caer la noche, tomaban la gupta y todos se iban a sus cabañas, de las que no podían salir hasta el amanecer.</p>
<p style="text-align: justify;">Y ya que hablamos de eso, entre los pchapchá sólo hay dos tabús: uno el que acabo de mencionar, la prohibición de salir al exterior de noche; y otro que impide la entrada a una pequeña montaña cercana al poblado, un cerro llamado Pchaguptirimé (&#8221;el lugar donde la mirada pone orden&#8221;).</p>
<p style="text-align: justify;">¿En qué tradición se apoyan estos dos tabús? En ninguna. ¿Por qué no se puede salir de noche, o pisar el cerro Pchaguptirimé? Sencillamente, porque no.</p>
<p style="text-align: justify;">Esta mañana, poco después del amanecer, vino a mi cabaña Mara. Tenía ojeras y parecía cansada, como si no hubiese dormido.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Has hecho que se haga el <em>tosnaya</em>, P&#8217;bbo? -preguntó nada más entrar- ¿Harás que se haga ya? La sed es en mi boca&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Saqué la botella de vodka y se la mostré. Se le iluminaron los ojos e intentó cogerla, pero la aparté de su alcance. Luego le expliqué las condiciones del trato: un vaso de vodka por cada pregunta contestada. Torció el gesto, pero asintió. Conecté el magnetófono.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bien, Mara, esta es la primera pregunta: ¿qué es y qué hace el Rey-Sol?</p>
<p style="text-align: justify;">Era lógico empezar por ahí. El Rey-Sol es un misterio. Si no hay religión ni ritos entre los pchapchá, ¿qué hace ese personaje subido a una atalaya y mirando el sol, todo el día, a través de un cristal ahumado? Desde luego, se trata de una institución clave dentro de la tribu. A fin de cuentas, actualmente hay en la aldea tres ex reyes-sol ciegos (el cristal no debe protegerles mucho los ojos).</p>
<p style="text-align: justify;">En realidad, todo lo relacionado con el Rey-Sol tiene un tufo tremendo a culto solar. Pero no es así. En cierta ocasión, al poco de llegar al poblado, le dije a un pchapchá:</p>
<p style="text-align: justify;">-El poderoso Hacedor brilla en el cielo. -Extendí el brazo y señalé al sol-. Grande es su fuerza y su luz, ¿eh?</p>
<p style="text-align: justify;">El pchapchá me miró inexpresivo, y luego, con el mismo tono que emplearía un terapeuta comprensivo para dirigirse a un subnormal, contestó:</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Te ha afectado el calor, P&#8217;bbo? El sol no es el Hacedor. El sol es un globo de gas caliente. ¿Lo entiendes, P&#8217;bbo?</p>
<p style="text-align: justify;">Pero estoy divagando. Hablaba de mi entrevista con Mara. Le había preguntado por el Rey-Sol. Ella frunció el ceño.</p>
<p style="text-align: justify;">-El Rey-Sol hace que el sol haga -sonrió expectante-. ¿<em>Tosnaya</em>, P&#8217;bbo?</p>
<p style="text-align: justify;">-No -repuse enérgico-. Eso no es respuesta y no te daré vodka. ¿Por qué el Rey-Sol se pasa el día observando al sol?</p>
<p style="text-align: justify;">Mara movió la cabeza de un lado a otro, mirándome con una mezcla de enfado y suficiencia. Parecía una maestra ante un alumno poco aventajado.</p>
<p style="text-align: justify;">-El Rey-Sol mira el sol y hace que las cosas sean ordenadas en el sol. Mira y mira si funciona bien, cuenta los segundos y hace que el sol haga. El Rey-Sol hace que las cosas sean para que el sol salga por el este y se ponga por el oeste. -Mara se encogió de hombros y frunció los ojos, como buscando las palabras adecuadas-: El Rey-Sol se ocupa del sol, igual que yo soy la Reina-Luna y me ocupo de la Luna, o Tama es el Rey-Tierra y se ocupa de la Tierra&#8230; Sencillo, ¿eh? ¿Harás ahora <em>tosnaya</em>?</p>
<p style="text-align: justify;">Asombrado, serví una generosa ración de vodka en un vaso. Mara se lo bebió de un trago. Yo intenté ordenar las ideas: esa vieja estaba hablándome de una especie de culto celeste&#8230;    Increíble: no sólo había un Rey-Sol, sino también una Reina-Luna y un Rey-Tierra (Tama, un adulto que siempre caminaba mirando el suelo, sin levantar la vista). ¿Cual era el alcance de esa religión astronómica?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y el resto de la tribu&#8230;? -pregunté con un hilo de voz.</p>
<p style="text-align: justify;">-Oh, bueno -Mara se relamió-; Kumé es el que hace que los pchapchá se ordenen para hacer. Tsué, Sato, Kina, Duma, y otros cuatro, se ocupan de que los planetas hagan (son difíciles los planetas, tienen muchas lunas). Los demás pchapchá miran las estrellas y hacen que las estrellas hagan, y hacen que hagan los cometas y los asteroides. Los niños pequeñitos, que todavía no miran bien, procuran que el polvo del cielo haga. A veces hacen que las estrellas fugaces hagan.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero, ¿cuándo miran los pchapchá, y cómo? -pregunté.</p>
<p style="text-align: justify;">-No. -Mara chasqueó la lengua-. Tu preguntas, yo contesto, yo <em>tosnaya</em>. Haz que el <em>tosnaya</em> se haga, P&#8217;bbo. Luego pregunta.</p>
<p style="text-align: justify;">Serví el vodka. La anciana sólo lo hizo durar un segundo en el vaso. Chasqueó la lengua y dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">-El Rey-Sol mira durante el día, porque de día pasea el sol por el cielo. Yo, a veces, también tengo que mirar de día, porque la Luna es inconstante, y también quiere caminar de día. El resto de los pchapchá se reúnen en secreto por la noche, miran el firmamento y hacen que el universo haga. ¿Cómo lo hacen? -La risa de la anciana fue como el graznido de un cuervo-. Miramos con la gupta, P&#8217;bbo. Y con la gupta hacemos que se haga. Trazamos senderos en el cielo, P&#8217;bbo. Trazamos senderos.</p>
<p style="text-align: justify;">Mara enmudeció y miró expectante la botella. Mientras le servía su líquida recompensa, intenté serenarme. En definitiva, los pchapchá poseían una religión y un ritual. Se trataba de algo tabú, ya que lo mantenían celosamente oculto. Incluso celebraban ceremonias secretas.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cuándo se reúnen los pchapchá para mirar el firmamento, Mara? -pregunté.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Todas las noches, P&#8217;bbo! -exclamó la vieja, mirándome como si yo fuera idiota-. Las estrellas aparecen todas las noches, ¿no?</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero está prohibido salir de noche&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Oh, vamos P&#8217;bbo. Eres tú quien no puede salir de noche, porque no sabes mirar, ni sabes hacer que se haga, y lo único que harías es preguntar tonterías y molestar. -Mara profirió una risotada despectiva-. Los monos blancos sois ciegos, P&#8217;bbo. Y estúpidos: no entendéis nada, no sabéis nada.</p>
<p style="text-align: justify;">Tanto por la insolencia de sus palabras, como por el tono pastoso que iba adquiriendo su voz, resultaba claro que Mara se estaba agarrando una buena curda. Contribuí a ello con un nuevo vaso de vodka.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Dónde os reunís, Mara?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Ves como eres tonto? ¿Dónde se ve bien el cielo? Desde lo alto, P&#8217;bbo, desde lo alto. Y, ¿qué lugar alto hay por aquí?</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Pchaguptirimé!</p>
<p style="text-align: justify;">Mara asintió con expresión risueña. Le serví otro trago.</p>
<p style="text-align: justify;">De modo que los pchapchá se reunían secretamente en el cerro prohibido. Y lo hacían todas las noches (lo cual explicaba su constante dormitar diurno).</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Por qué lo hacéis, Mara? -pregunté, tras un grave carraspeo doctoral (mi profesor de Religiones Comparadas siempre carraspeaba cuando llegaba a una cuestión importante)-. ¿Por qué miráis al cielo?</p>
<p style="text-align: justify;">Mara entrecerró los ojos y permaneció muda e inmóvil largo rato. Comenzaba a pensar que se había dormido, cuando dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Quieres saber por qué lo hacemos, P&#8217;bbo? Te lo contaré. Pero te costará lo que queda de <em>tosnaya</em>. Yo te digo el secreto de los pchapchá y tú me das todo el <em>tosnaya</em> que queda, ¿sí?</p>
<p style="text-align: justify;">La botella estaba aún medio llena. Podía haber regateado con Mara, pero me sentía demasiado ansioso por obtener respuestas, de modo que asentí. Entonces la anciana me arrebató la botella de un manotazo y, antes de que yo pudiese reaccionar, la vació de un trago. Pensé que aquello iba a matarla, pero lejos de ello, Mara se relamió y con voz muy turbia comenzó su relato:</p>
<p style="text-align: justify;">-Al principio no había Pchapcharimé, ni selva, ni cielo; no había nada, y nada se hacía. Entonces llegó el Tutí&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-¿El Tutí?</p>
<p style="text-align: justify;">-El Tutí, sí. -Mara me dirigió una mirada llena de tedio-. Tutí, al que tu llamas Hacedor, el Creador&#8230; -Se refería a una divinidad; pero Tutí, en lenguaje pchapchá, significa &#8220;torpe&#8221;, lo que no deja de ser un extraño nombre para un dios. La anciana prosiguió-: El Tutí vio la nada y decidió hacer que la nada hiciese. Y torció la nada hasta que la nada hizo buuum, y así creó el universo. Pero el Tutí fue un manazas, no realizó un buen trabajo. Al principio el universo hizo bien, sí; pero al poco comenzó a hacer mal. Y las cosas no funcionaban en el cielo, porque el Tutí había hecho el universo con poco material. Entonces el Tutí habló a los pchapchá y les dijo: &#8220;Lo siento, pero metí la pata. El universo no funciona, hay demasiado poco de todo. Así que me voy. Aquí os dejo la gupta. Vigilad el cielo. Adiós-adiós&#8221;. Y así fue como los pchapchá recibieron la carga de mirar el cielo y hacer que el cielo hiciese.</p>
<p style="text-align: justify;">La voz de Mara se fue apagando, hasta enmudecer. Me disponía a formular una nueva pregunta, pero los ronquidos de la anciana me hicieron desistir. Apagué el magnetófono y permanecí allí unos minutos, pensativo, como velando en silencio el sueño de aquella vieja borracha.</p>
<p style="text-align: justify;">¿El Tutí, eh? De modo que &#8220;el Torpe&#8221;&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Vaya historia.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: right;"><em><span style="text-decoration: underline;">Pchapcharimé. Catorce de Junio.</span></em></p>
<p style="text-align: justify;">Con todo, el mayor misterio de Pchacharimé siempre ha sido el lenguaje de los pchapchá: no se parece a ningún idioma amerindio. De hecho no se parece a ninguna otra lengua del mundo.</p>
<p style="text-align: justify;">El pchapché es un lenguaje muy tosco (como ocurre con casi todo lo relacionado con los pchapchá). Las frases se forman acumulando palabras y partículas sin orden predeterminado. Sólo hay tres tiempos verbales, y se expresan mediante entonaciones distintas de la misma palabra. Algo realmente simple. No obstante, es una lengua muy precisa en lo tocante a los números. Al parecer, a los pchapchá les gusta contar (su sistema de numeración se basa en el once; una vez le pregunté a un pchapchá: &#8220;¿Por qué el once?&#8221;. Se llevó las manos a la cara y, riendo tontamente, dijo: &#8220;Porque tenemos diez dedos y la punta de la nariz&#8221;).</p>
<p style="text-align: justify;">Otra peculiaridad de su lenguaje es la desquiciante retórica con que se refieren a sí mismos y a lo que hacen. Por ejemplo: si ven que una papaya se desprende de su rama, dicen que la papaya cae. Pero si es un pchapchá quien tira la papaya, el pchapchá &#8220;estará haciendo que la papaya haga su caída&#8221;. O si, pongamos, un pchapchá mira una nube, dirá que está &#8220;haciendo que la nube haga&#8221;. Parece una extraña forma de solipsismo lingüístico, como si los pchapchá creyesen que ellos son el ombligo del mundo.</p>
<p style="text-align: justify;">Bueno, finalmente había pillado a esos cabrones: tenían una religión (animista, por cierto), tenían rituales, tenían leyendas&#8230; en definitiva, tenían casi todo lo que hay que tener. Y yo lo había descubierto. Estaba pensando en como aparecería mi nombre en el <em>Scientific American</em>, y en <em>Nature</em>, y en <em>Anthropos</em>&#8230; cuando me di cuenta de que la única prueba con que contaba era el testimonio de una anciana dipsómana.</p>
<p style="text-align: justify;">Muy poca cosa, la verdad.</p>
<p style="text-align: justify;">Fui a buscar a Mara, pero ya no estaba en mi cabaña. Intenté localizarla por el poblado. En vano, se había esfumado. Busqué y busqué, sin encontrarla.</p>
<p style="text-align: justify;">Finalmente, fue ella la que me encontró a mí.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿<em>Tosnaya</em>, P&#8217;bbo? -me dijo nada más entrar en mi choza-. ¿Tú preguntas y yo <em>tosnaya</em>?</p>
<p style="text-align: justify;">-Todavía no -dije con severidad académica-. Mara, ¿te acuerdas del profesor Castelo-Silva? ¿Por qué no le contaste a él lo mismo que me has contado a mí?</p>
<p style="text-align: justify;">-¿C&#8217;telo&#8217;ilvá&#8230;? -Mara frunció el ceño haciendo memoria. De pronto sus ojos se iluminaron-. ¡Ah, doctor-loco! ¡Sí! C&#8217;telo&#8217;ilvá me dio <em>tosnaya</em> para que yo le hiciera conocer la lengua pchapché. Y yo le enseñé pchapché. ¡Fue como amaestrar a un mono blanco! Pero luego a doctor-loco se le acabó el <em>tosnaya</em>. Y si el no hacía que se hiciese el <em>tosnaya</em>, yo no haría que se hicieran las respuestas.</p>
<p style="text-align: justify;">Vaya, de modo que Castelo-Silva había estado muy cerca. Pero al muy pirata se le acabó la moneda de cambio. Bueno, por mi perfecto: todavía me quedaba una botella.</p>
<p style="text-align: justify;">Y ahora necesitaba pruebas.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mara -dije en tono amable (aunque enérgico)-: necesito ver como miráis los pchapchá por la noche. Tengo que ir a Pchaguptirimé y comprobar cómo hacéis que el cielo haga.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡No, no! -Mara parecía asustada-. ¡No puedes ir a Pchaguptirimé! ¡Kumé me mataría!</p>
<p style="text-align: justify;">-Me esconderé, Mara. Nadie me verá.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡No, no, no! Yo respondo a tus preguntas y tu haces que se haga el <em>tosnaya</em>. Eso, sí. Pchaguptirimé, no.</p>
<p style="text-align: justify;">Saqué la botella de vodka y se la mostré. La anciana tragó saliva y se mordió los labios.</p>
<p style="text-align: justify;">- Si no me ayudas a ir al cerro sagrado, no te daré más vodka. -Resulta increíble la alegría con que me estaba entregando al soborno y la ingerencia cultural.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Me darás toda la <em>tosnaya</em> si te llevo a Pchaguptirimé? -preguntó vacilante. Asentí. Mara chasqueó la lengua-. Te llevaré a Pchaguptirimé, P&#8217;bbo. Pero no ahora. Dentro de una semana vuelve a comenzar el ciclo del cielo y hay que comprobar las cosas. Todo el mundo estará muy ocupado y, quizá, no te verán. Dentro de una semana te diré como hacer que seas de noche en la cima del Pchaguptirimé. Y tú me darás toda <em>tosnaya</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Y dicho esto, la anciana se deslizó fuera de la choza.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Dentro de una semana se reinicia el ciclo del cielo&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Claro que sí! Veintiuno de Junio: el solsticio de verano.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: right;"><em><span style="text-decoration: underline;">Pchaguptirimé. Veintiuno-veintidós de Junio.</span></em></p>
<p style="text-align: justify;">Debo escribir deprisa, porque no se cuándo volverán. Y también porque ignoro lo que harán conmigo. Todo parece confuso: jamás hubiese creído a los pchapchá capaces de emplear la violencia. Ahora no se que creer. Tampoco sé que pensar acerca de lo que vi, o creí ver, anoche en el cerro. Pero soy un científico, así que intentaré relatar objetivamente los hechos.</p>
<p style="text-align: justify;">El día veintiuno (ayer) al atardecer, poco antes de que los pchapchá tomaran su dosis diaria de gupta, Mara vino a verme a la cabaña. Parecía nerviosa.</p>
<p style="text-align: justify;">-Todo listo, P&#8217;bbo. Escucha: no podrás ir a Pchaguptirimé por los árboles, te verían. Tendrás que ir por el suelo, ¿sí? Cuando llegues al pie del cerro, busca una escala de cuerda. Yo la puse allí. Úsala y sube en silencio. Llegarás al lugar donde los pchapchá miramos. ¡Con cuidado de hacer que no te vean! Por eso, no hagas que se haga nada hasta el anochecer, ¿eh? -Tragó saliva-. Ahora dame <em>tosnaya</em>, P&#8217;bbo. Dámela ya.</p>
<p style="text-align: justify;">Le entregué la botella de vodka. La anciana ocultó el alcohol dentro del atado de hojas y raíces que colgaba de su hombro. Luego me dirigió una nueva advertencia, &#8220;Haz que se haga que no te vean, P&#8217;bbo, se cuidadoso&#8221;, y se fue a toda prisa.</p>
<p style="text-align: justify;">En fin, cayó la noche y aguardé a que el silencio reinase en el poblado; cogí la cámara de video y el magnetófono, y salí al exterior. No había nadie en Pchapcharimé, ni tampoco en el interior de las cabañas (salvo en una, donde dormía a pierna suelta el Rey-Sol). Aún así actué con sigilo y, sin hacer el menor ruido, descendí al suelo de la selva. Con ayuda de la linterna me orienté hasta llegar al pie del Pchaguptirimé. Tardé un buen rato en encontrar la escala de cuerda, y aún más tiempo me llevó alcanzar la cima del cerro. Pero una vez arriba, el espectáculo que contemplé compensó con creces mis esfuerzos.</p>
<p style="text-align: justify;">Todos los pchapchá estaban allí: hombres, mujeres y niños, sentados sobre una gran plataforma rocosa, contemplando el cielo inmóviles y silenciosos. Tan sólo Kumé, que parecía actuar como director de la ceremonia, se movía de un lado a otro, mirando las estrellas como si comprobase algo. De vez en cuando se dirigía a algún pchapchá, diciéndole por ejemplo: &#8220;Corrige Aldebarán dos centésimas de arco&#8221;, o &#8220;Incrementa 0,3 la magnitud de Mizar&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo estaba demasiado alejado, lo que me impedía apreciar con detalle el ritual. De modo que me fui acercando despacio, ocultándome en las sombras, hasta alcanzar el abrigo de unos matorrales, a poco mas de diez metros de los pchapchá. Conecté la cámara y puse en marcha el magnetófono. Luego contemplé asombrado la extraña ceremonia que estaba teniendo lugar.</p>
<p style="text-align: justify;">Alrededor de la gran losa de piedra donde se encontraban los indígenas había una estructura de palos entrecruzados, cañas y cuerdas. Al principio no comprendí cual era su función, pero al poco me di cuenta de que aquello servía como sistema de referencia para la observación del firmamento. Además, las paredes rocosas que se alzaban en la cima del cerro estaban cubiertas de pinturas estilizadas. En realidad eran diagramas. ¡Se trataba de órbitas planetarias y mapas celestes! ¡Dios santo, aquello era un observatorio astronómico, una especie de Stonehenge amazónico!</p>
<p style="text-align: justify;">Levanté la vista. El cielo estrellado parecía un mar de candelas sobre la selva oscura. De repente, dos estrellas fugaces describieron brillantes arcos gemelos hasta desvanecerse justo sobre la línea vegetal del horizonte. Dos niños pchapchá se rieron, como si hubieran hecho una travesura. Su madre les dio un par de cachetes y les riñó:</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Malos-malos! Tenéis que hacer que el polvo del cielo haga bien, no que el polvo del cielo haga su caída. ¿Habéis entendido?</p>
<p style="text-align: justify;">Pasaron varios minutos. Kumé seguía caminando de un lado a otro, absorto en sus observaciones y dictando breves órdenes. De pronto se detuvo y preguntó:</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Donde está Mara? Tiene que hacer que la Luna haga.</p>
<p style="text-align: justify;">En efecto, ¿donde se había metido Mara? Desde que la di el vodka no había vuelto a verla.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue entonces cuando las cosas comenzaron a precipitarse. A nuestros oídos llegó un canturreo estridente. Era la voz turbia de Mara. La anciana venía dando traspiés por el puente de madera que unía el cerro con el poblado. Estaba completamente borracha (y, para horror mío, traía la delatora botella de vodka, casi vacía, en la mano).</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Mara! -gritó Kumé-. ¿Qué te pasa? ¡Hay que hacer que la Luna haga, vieja loca!</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Hacer que la Luna haga? -La anciana rió-. ¡Mira lo que hago yo con la puta Luna!</p>
<p style="text-align: justify;">Se que lo que ahora voy a contar parecerá increíble. Yo mismo no lo creo, pero esto es lo que vi: Mara levantó un brazo al cielo y, entonces, la Luna llena apareció por el horizonte. Pero no lo hizo como siempre, lentamente, sino cruzando el cielo muy deprisa, como las imágenes aceleradas de una filmación.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Quieres que haga que la Luna haga, Kumé? -Mara apuró el vodka y tiró la botella a un lado-. ¡Pues haré que haga!</p>
<p style="text-align: justify;">Y entonces, juro por lo mas sagrado que eso es lo que vi, la Luna se agitó en el cielo oscuro, ¡y comenzó a cambiar de fases a velocidad progresivamente acelerada! Luna llena, menguante, nueva, creciente y llena de nuevo. Así sucesivamente, cada vez más rápido. Me incorporé, abandonando la protección que me brindaban los matorrales, y contemplé aturdido aquel increíble prodigio.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces oí un grito. Bajé la vista y vi como Mara se tambaleaba al borde del puente de madera. Estaba muy borracha; supongo que no tuvo ninguna oportunidad de mantener el equilibrio. Dio un traspiés y su cuerpo enjuto se precipitó al vacío. Al cabo de un par de interminables segundos, todos pudimos escuchar el ruido que hacía al estrellarse contra el suelo.</p>
<p style="text-align: justify;">No se por qué, pero yo me sentía indiferente, ajeno a todo, como si estuviese contemplando un espectáculo teatral. Alcé la mirada, buscando la Luna enloquecida, más la Luna había desaparecido (e ignoro la razón, pero aquello aumentó mi inquietud).</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces me dí cuenta de que todos los pchapchá me miraban en silencio, con el reproche brillando en sus ojos, y que Kumé se acercaba al lugar por donde había caído Mara y recogía algo del suelo: la botella de vodka vacía.</p>
<p style="text-align: justify;">Luego, Kumé me observó largo rato, moviendo la cabeza de un lado a otro, como un juez a punto de dictar sentencia.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué has hecho, P&#8217;bbo? -dijo finalmente, con cierta dosis de tristeza en su voz. Luego se volvió a los pchapchá y les ordenó que me prendieran.</p>
<p style="text-align: justify;">Y los pchapchá, como un solo hombre, se lanzaron sobre mí y me inmovilizaron. Luego me llevaron a mi cabaña y me encerraron en ella.</p>
<p style="text-align: justify;">Y aquí me encuentro, esperando a que vuelvan, escribiendo este diario para intentar mantener la serenidad y el juicio justo, pues no debo olvidar que, pese a todo, soy un científico.</p>
<p style="text-align: justify;">Estoy oyendo voces fuera, junto a la puerta, creo que&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">(&#8230;)</p>
<p style="text-align: justify;">Hace media hora entraron tres pchapchá en mi habitación. Uno de ellos era Kumé. Se sentó a mi lado y me dijo gravemente:</p>
<p style="text-align: justify;">-Voy a intentar hablarte con claridad, P&#8217;bbo, porque los monos blancos sois limitados. ¿Mara te contó acerca del Tutí? -Asentí con la cabeza. Kumé prosiguió-: Entonces ya sabes cual es el problema; el universo está mal hecho, falta materia en él. El sol, las estrellas, los planetas, los satélites&#8230; nada tiene la masa que debería tener para funcionar correctamente. El nuestro es un universo chapucero. Por eso el Tutí dio la gupta a los pchapchá y les pidió que miraran el cielo e hicieran que el cielo hiciera. -Kumé frunció el ceño-. ¿Me entiendes, P&#8217;bbo? Los pchapchá tomamos la gupta y adquirimos poder. Poder para hacer que los planetas sigan los caminos correctos, que las estrellas brillen con la luz adecuada, que las lunas giren y giren como debe ser. Nosotros cuidamos del cosmos, porque no es un cosmos automático, sino que debe ser mirado, corregido y controlado.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Así que aquellos salvajes creían realmente poder mover las estrellas con sólo mirarlas! Kumé debió advertir mi expresión de incredulidad, porque señaló:</p>
<p style="text-align: justify;">-No me crees, P&#8217;bbo. Entonces, ¿qué hizo la Luna anoche? ¿Por qué bailó en el cielo y cambió la forma de su cara una y otra vez? ¿No te das cuenta de que fue Mara quien la movía?</p>
<p style="text-align: justify;">Carecía de respuesta para ese asunto. Salvo que se tratara de una especie de alucinación colectiva (aunque esa era una respuesta claramente insuficiente). De modo que eludí la cuestión y me mostré muy científico:</p>
<p style="text-align: justify;">-Kumé, dices que el universo no funciona y que tenéis que controlarlo. Por eso vais de noche al cerro y miráis las estrellas. Y de día dormís. Pero, escucha, las estrellas siguen ahí de día, aunque no las veáis. ¿Quién las controla entonces?</p>
<p style="text-align: justify;">-Otros pchapchá. -Kumé sonrió paternalmente-. En las estrellas hay planetas, y en algunos planetas hay también pchapchá. Hablamos con ellos mediante guiños de estrellas. Y nos repartimos el trabajo. En otros lugares de la Tierra hay también pchapchá, y vigilan el sol cuando aquí es de noche, y la Luna cuando no la vemos. Todos los pchapchá del cosmos compartimos la labor. Y hacemos que el universo haga.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero eso es absurdo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Como quieras -zanjó la cuestión Kumé-. Pero el caso es que por tu culpa ha muerto Mara. Y los pchapchá tenemos que hacer algo. -Puso delante de mí un pequeño cuenco lleno de un líquido marrón-. P&#8217;bbo, deberás beber la gupta.</p>
<p style="text-align: justify;">Me negué a hacerlo, claro. Y fui tan tajante en mi negativa que Kumé y los otros dos indígenas se tuvieron que emplear a fondo para obligarme a tragar aquel líquido maloliente.</p>
<p style="text-align: justify;">Sabía a rayos.</p>
<p style="text-align: justify;">Y aquí estoy, esperando&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">(&#8230;)</p>
<p style="text-align: justify;">Hace un momento, una fila de ángeles y arcángeles ha desfilado por mi choza. No me he preocupado, porque se que son alucinaciones provocadas por la droga. Ahora estoy viendo columnas de llamas alzándose por las paredes, y diablos y salamandras bailando en el fuego. Pero no son reales. Mi mente racional los refuta.</p>
<p style="text-align: justify;">Aunque, la verdad, estoy muerto de miedo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">(&#8230;)</p>
<p style="text-align: justify;">&#8230;ya no veo cosas, pero las siento&#8230; ¡Es todo tan enorme! Soy una batería humana&#8230; estoy lleno de fuerza&#8230; ¡Mi mente crepita de energía como una dínamo! (&#8230;) Soy-siento-miro-hago&#8230; Siento cosas. Voy hacia la puerta: la abro.</p>
<p style="text-align: justify;">Nonono-hayhayhay-nadienadienadie&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">¡El cielo&#8230;! Siento el cielo ¡Puedo sentirlo! Cada estrella del firmamento es un nervio de mi carne, y sus órbitas cosquillean en mi piel, y me baño en un mar de plasma, y buceo entre cometas y asteroides, y me ahogo de luz, y nado hacia una superficie de terciopelo negro, y me abro al cosmos, igual que un comulgante acoge la sagrada forma de manos del sacerdote&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">¡Dios, veo de verdad, y veo que todo es imperfecto!</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: right;"><em><span style="text-decoration: underline;">Pchapcharimé. No importa la fecha.</span></em></p>
<p style="text-align: justify;">He quemado mis cuadernos de trabajo, y las cintas de video y audio. Me he desecho de todo, ya no lo necesito. No obstante, me he resistido a destruir este diario, e incluso ahora mismo me veo completándolo. Quizá sea porque en el aparecen descritos los hechos que condujeron a las nuevas circunstancias de mi vida. También es posible que sólo se trate de sentimentalismo. A lo mejor las mariposas quieren conservar la seda de sus capullos, para así nunca olvidar que fueron gusanos.</p>
<p style="text-align: justify;">Poco importa. El caso es que Kumé y el resto de los pchapchá tenían razón: ellos hacen que el universo funcione, porque el universo está mal hecho.</p>
<p style="text-align: justify;">Eso me recuerda lo que dicen los científico acerca de la existencia de una materia a la que llaman Materia Oscura. Por lo visto, para que el universo se comporte como lo hace, es necesario que contenga una determinada cantidad de masa. Se trata de un fenómeno que tiene que ver con algo denominado <em>constante cosmológica</em> (no se muy bien de que se trata).</p>
<p style="text-align: justify;">Pero, según dicen, la masa necesaria para estabilizar el universo no se encuentra por ningún lado. Sólo se ha detectado un dos por ciento de ella. Al restante noventa y ocho por ciento lo llaman Materia Oscura, porque no brilla ni emite radiación alguna. Porque no puede verse.</p>
<p style="text-align: justify;">Los físicos y astrónomos saben que debe estar ahí, aunque ignoran qué es y dónde se encuentra.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero yo lo sé.</p>
<p style="text-align: justify;">La Materia Oscura son los pchapchá. Ellos, gracias a la gupta, mantienen unido al cosmos, aportándole la masa que falta y haciendo que el universo funcione, que las órbitas sean precisas, que las estrellas brillen y que las lunas sigan atadas a los planetas con lazos de gravedad.</p>
<p style="text-align: justify;">Oh, bueno, continuo hablando en tercera persona, sigo sin incluirme. Y no debería hacerlo, porque yo también soy un pchapchá, y tomo gupta, y miro al cielo, y hablo con los otros pchapchá del cosmos mediante códigos secretos de titileo de estrellas.</p>
<p style="text-align: justify;">Y a veces, como un niño travieso, me divierto moviendo el polvo del cielo, haciendo caer lluvias de estrellas fugaces sobre la selva esmeralda.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero no debo olvidar quien soy.</p>
<p style="text-align: justify;">Porque yo soy P&#8217;bbo, el Rey-Luna.</p>
<p style="text-align: justify;">Y hago que la Luna haga.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  César Mallorquí<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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		<title>Las últimas horas de los últimos días</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Apr 2009 06:50:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Fernández "BEF"</dc:creator>
				<category><![CDATA[Tiempo y espacio]]></category>

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		<description><![CDATA[Earth died screaming&#8230;
Tom Waits 
La gasolina se acabó apenas pasamos la esquina de Reforma y Bucareli. La moto pareció tener un ataque de tos y luego se apagó. Nada más. Wok mentó madres, intentó volverla a arrancar como si estuviera descompuesta; la pateó furioso, negándose a aceptar que se había terminado nuestro boleto. 
-Pinche Aída, ¿de qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Earth died screaming&#8230;</em><br />
<strong>Tom Waits </strong></p>
<p style="text-align: justify;">La gasolina se acabó apenas pasamos la esquina de Reforma y Bucareli. La moto pareció tener un ataque de tos y luego se apagó. Nada más. Wok mentó madres, intentó volverla a arrancar como si estuviera descompuesta; la pateó furioso, negándose a aceptar que se había terminado nuestro boleto. </p>
<p style="text-align: justify;">-Pinche Aída, ¿de qué te ríes?- me dijo, mitad enojado, mitad divertido. Yo siempre me estoy riendo.</p>
<p style="text-align: justify;">  Dejamos la moto a los pies del Caballito de Sebastián. Antes era una escultura amarillo brillante; ahora es una mole herrumbrosa que obstruye Reforma, como casi todas las demás estatuas que habíamos estado jugando a esquivar desde que nos encontramos la moto.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin decir palabra, Wok trepó por el cadáver del monumento. Buscó desde arriba algún otro auto o vehículo que pudiéramos robarnos. U ordeñarle gasolina.</p>
<p style="text-align: justify;">-Nada- murmuró desde su puesto de vigía.</p>
<p style="text-align: justify;">A lo lejos se oían algunas explosiones, ya muy pocas.</p>
<p style="text-align: justify;">-A caminar, mi reina- me dijo al bajar. </p>
<p style="text-align: justify;">Llevábamos las patinetas colgadas entre los tirantes de las mochilas y dentro de ellas, todo lo que nos quedaba de antes del colapso. No era mucho ni muy pesado, pero íbamos a extrañar la moto.</p>
<p style="text-align: justify;">Teníamos unas dos horas de luz. Buscamos entre los edificios alguno que no se viera muy dañado. Los mejores ya estaban ocupados. Finalmente encontramos un hotel que parecía seguro.</p>
<p style="text-align: justify;">Dentro estaba arrasado. Las alfombras y el tapiz habían sido arrancados, no sé si como vandalismo o rapiña. Como siempre, nadie había subido a los pisos superiores por flojera de las escaleras. Wok y yo no hablamos, temiendo que hubiera alguien más. Al final, el edificio resultó que estaba vacío.</p>
<p style="text-align: justify;">Encontramos cuartos intactos en los últimos pisos. </p>
<p style="text-align: justify;">-Qué raro- dijo Wok. </p>
<p style="text-align: justify;">Ocupamos una habitación que daba a la calle. Ya había anochecido. Todo estaba oscuro, ni siquiera se veían las fogatas que a veces brillaban en los edificios.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos sentimos muy solos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Descubrí que había agua caliente corriendo por la tubería. No lo pensé y tomé un baño. Hacía mucho que no me daba ese lujo. Wok se me unió al poco tiempo, después de atrancar la puerta. Yo tallaba su espalda tatuada mientras él jugaba con los anillos de mis pezones. Pensábamos que el agua se terminaría en poco tiempo. No fue así. Cuando eyaculó entre mis manos enjabonadas el chorro seguía cayendo.</p>
<p style="text-align: justify;">-No lo entiendo- dijo mientras nos secábamos con las toallas que encontramos-, aquí todo está tan&#8230; bien.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo me reí.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eres un bobito paranoico. Gózalo y ya.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es que no es normal. Si yo estuviera aquí desde el principio, no me iría. Lo defendería.</p>
<p style="text-align: justify;">-A la mejor se cansaron de esperar el Chingadazo. Como todo el mundo.</p>
<p style="text-align: justify;">Wok no contestó. Nos quedamos viendo por la ventana hacia la oscuridad que nos ofrecía Reforma. Luego nos dormimos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El llanto de Wok me despertó. Se revolvía entre las sábanas, las primeras sábanas limpias en las que habíamos dormido en semanas. Su sueño, como siempre, era intranquilo. Al final se levantó gritando. Estaba cubierto de sudor.</p>
<p style="text-align: justify;">-Calma. Todo bien- dije.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es&#8230; la pesadilla. La puta pesadilla.</p>
<p style="text-align: justify;">-Eso pensé.</p>
<p style="text-align: justify;">Hundió su rostro entre mis rodillas, sollozando. Murmuraba algo que no podía entender.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué?</p>
<p style="text-align: justify;">-El Chingadazo. Ya viene. Está cerca, lo puedo sentir.</p>
<p style="text-align: justify;">Me reí.</p>
<p style="text-align: justify;">-No es chistoso, Aída. Ahora sí ya valió madres. Se acabó el mundo. </p>
<p style="text-align: justify;">Volví a reír. Dije:</p>
<p style="text-align: justify;">-Se ha estado acabando hace meses. Y no pasa nada. No tendría por qué pasar ahora mismo.</p>
<p style="text-align: justify;">La pesadilla era un sueño que empezó a atormentar en masa a los niños pequeños. Decían sentir el dolor de millones de personas a punto de morir, aunque eran incapaces de recordar ninguna imagen. Después lo empezaron a soñar más personas: adolescentes, ancianos. En poco tiempo se convirtió en una señal más de la llegada del fin. Yo jamás lo había soñado. Nunca recuerdo mis sueños.</p>
<p style="text-align: justify;">Abracé a Wok, que se acurrucó en mis brazos. En poco tiempo volvió a quedarse dormido. </p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Nos despertó el ruido de una procesión que marchaba hacia el norte por Reforma. Me imagino que irían hacia el cerro del Tepeyac. Desde que se supo lo del meteorito, la Villa se había convertido en el destino obligado de las miles de sectas surgidas ante la desesperación del final.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuidando no ser vistos, nos asomamos a la ventana para verlos pasar. Eran miles, todos sufrían las consecuencias de una larga peregrinación. Sentí pena por ellos. Wok los observaba en silencio.</p>
<p style="text-align: justify;">Al frente, cuatro sujetos llevaban cargando un trono en el que su profeta hablaba por un altavoz recogido de la basura. Lo reconocí inmediatamente, era Rodrigo D&#8217;Alba, un presentador de espectáculos de la televisión. Ahora vestía una túnica. Se había dejado crecer el cabello pero era inconfundible.</p>
<p style="text-align: justify;">-Uno más que resuelve su vida- dijo Wok, quedito. Muchos actores y cantantes habían creado sectas así. Cuando el último de la caravana salió de nuestro ángulo de visión, Wok se levantó para decir:</p>
<p style="text-align: justify;">-Bueno, vamos a buscar algo para desayunar.</p>
<p style="text-align: justify;">Encontramos que en la cocina del hotel había una despensa bastante bien surtida, lo que aumentó la paranoia de Wok (&#8221;Todo está demasiado bien, demasiado bien, carajo&#8221;, repetía como un mantra).  A mí sólo me dio hambre. Al final cocinó unos huevos foo-yong con camarones. Wok es medio chino, y cuando hay con qué cocina muy bien.</p>
<p style="text-align: justify;">Comimos en silencio; él, temiendo que el olor atrajera a alguien indeseable. Estábamos hambrientos. Cuando acabamos, salimos para recuperar la moto. Lo que quedara de ella.</p>
<p style="text-align: justify;">Afuera todo se sentía muy tranquilo; ya no se oían explosiones. Todos pensaban que la ciudad abandonada se convertiría en un campo de batalla. En realidad fue peor.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora parecía que todo el mundo se cuidaba de no toparse con nadie. Con bastante éxito.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">No quedaba nada de la moto. Algunos chatarreros debieron levantarla por la noche. Había sido bonito mientras duró.</p>
<p style="text-align: justify;">Wok volteó hacia el cielo. En lo alto, el meteorito se veía como un puntito brillante, apenas del tamaño de un pixel. Nadie se imaginaría que iba a acabar con nuestro planeta.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Crees que el Chingadazo tarde mucho todavía?</p>
<p style="text-align: justify;">-No sé. Supuestamente deberíamos estar muertos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Cómo sabes?</p>
<p style="text-align: justify;">Abrí una de las bolsas de mi mochila para mostrarle mi reloj de cuarzo. Lo tenía desde antes de que todo se derrumbara. Gracias al reloj no había perdido la noción de los días, como casi todos los demás. Con un poco de suerte la pila duraría hasta el impacto. Quizá un poco más.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ya tendría que haber sucedido- le informé-; algo falló. Hace dos semanas que estamos viviendo tiempo extra.</p>
<p style="text-align: justify;">Wok no contestó. Abandonamos el lugar.</p>
<p style="text-align: justify;">Sobre Reforma encontramos un hombre mayor vestido de traje en la parada del camión. Parecía ir desarmado, aunque nunca se sabía. Wok sacó su navaja de resorte; yo, mis chacos. Nos acercamos. </p>
<p style="text-align: justify;">-Buenas- saludó Wok.</p>
<p style="text-align: justify;">-Buenas tardes- contestó el hombre. Era un anciano.</p>
<p style="text-align: justify;">Su ropa era vieja; aunque parecía bastante usada, iba impecable, con la camisa planchada y la corbata perfectamente anudada.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Espera a alguien?- pregunté, por romper el silencio.</p>
<p style="text-align: justify;">-No, señorita, sucede que no pasa mi camión.</p>
<p style="text-align: justify;">Wok se rió. A mí, por primera vez en mucho tiempo, la situación no me pareció chistosa.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Está loco? No ha pasado un solo camión hace meses. No va a pasar.</p>
<p style="text-align: justify;">El hombre encaró a mi novio con total seriedad.</p>
<p style="text-align: justify;">-Jovencito, eso no es pretexto.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡&#8230;!</p>
<p style="text-align: justify;">-Pretexto&#8230; ¿para qué?- pregunté.</p>
<p style="text-align: justify;">-Para no ir a trabajar, por supuesto.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos quedamos mudos. El hombre nos observaba como si los que estuvieran locos fuéramos nosotros.</p>
<p style="text-align: justify;">-Señor, el mundo se está acabando&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Mire, joven, éste es un país de instituciones. Si el camión no pasa en cinco minutos, yo me voy caminando, como todos los días. Punto. No vamos a permitir que nos rebasen estas cosas. Los mexicanos somos más grandes que cualquier desgracia. Ya lo vivimos en el temblor del 85.</p>
<p style="text-align: justify;">No sabía qué decir. La sonrisa había desaparecido de la cara de Wok. </p>
<p style="text-align: justify;">Sólo atinamos a esperar junto con el hombre.</p>
<p style="text-align: justify;">Cinco minutos esperando un camión que nunca iba a llegar.</p>
<p style="text-align: justify;">-Bien, esto no tiene para cuándo. Me voy caminando. Con permiso.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo vimos alejarse, confundidos, hasta que se perdió entre los escombros, camino al Centro.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin cruzar palabra, nosotros echamos a andar hacia el norte.</p>
<p style="text-align: justify;">En el cielo, el meteorito había crecido. Se veía más grande que el sol. </p>
<p style="text-align: justify;">Decidimos patinar. Evitamos hacerlo muy seguido para no gastar las llantas, pero no había moto y seguramente no encontraríamos nada parecido. La ocasión lo ameritaba.</p>
<p style="text-align: justify;">El silencio era casi estruendoso. Recorrimos un largo trecho sin cruzar palabra. El único sonido ambiental parecía ser el de nuestras patinetas. A medida que avanzábamos, el paisaje -formado por edificios en ruinas y chatarra- parecía repetirse cíclicamente, como la escenografía de una vieja caricatura de Scooby-Doo.</p>
<p style="text-align: justify;">Después de mucho rato llegamos a la zona boscosa. Los troncos resecos que quedaban de ella.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasamos por una estatua que no había sido derribada. Estaba llena de graffitti.</p>
<p style="text-align: justify;">-Espera- dijo Wok. Nos detuvimos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Un héroe nacional- dije.</p>
<p style="text-align: justify;">-No, éste era candidato a presidente, pero lo mataron. </p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y no es mérito suficiente?</p>
<p style="text-align: justify;">-Supongo que sí. No hay mejor presidente que uno muerto. Ha sido el mejor de este país.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos reímos. Wok sacó de su mochila la última lata de spray que le quedaba. La agitó y pintó sobre la placa: ME VALE MADRE.</p>
<p style="text-align: justify;">-Qué chistoso- dije cuando terminó.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué?</p>
<p style="text-align: justify;">-El futuro siempre parece mejor cuando no sucede. Como este tipo, que tiene una estatua por algo que no llegó a ser.</p>
<p style="text-align: justify;">-Cualquier futuro es mejor que el nuestro. Y sí va a suceder.</p>
<p style="text-align: justify;">Se refería al meteorito.</p>
<p style="text-align: justify;">-Claro que no. ¿Te hubiera gustado crecer, quedarte pelón, convertirte en un ruco, decirle a los chavos que la música de tu tiempo era mejor?</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Yo no hubiera hecho eso!</p>
<p style="text-align: justify;">-Claro que sí. Todos lo hacen. Mis papás eran punks. Ve cómo acabaron: uniéndose desesperados a la peregrinación de Vicente Vargas en busca de la Tierra Prometida de Aztlán. Vargas ni siquiera cantaba rock, sino ranchero.</p>
<p style="text-align: justify;">Wok no dijo nada.</p>
<p style="text-align: justify;">-No vivirás tu propia decadencia, disfrútalo- me di la vuelta para seguir patinando. Wok se quedó pensando un momento, luego se me emparejó.</p>
<p style="text-align: justify;">-Perra. Siempre tienes la razón.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">La vida no es tan cruel como dice Wok. No puede serlo. Tampoco es como lo que venden los gurús de la superación personal. No es cebolla cruda ni pastel de cerezas.</p>
<p style="text-align: justify;">Es agridulce como el amor. Dulce como el querer, agria como el dolor.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero a veces da sorpresas. Ahí, literalmente a la vuelta de la esquina, esperándote para brincar hacia ti diciendo: &#8220;Hola, por una vez lo que hay para ti es una sorpresa <em>agradable</em>.&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Así fue el encontrar el coche. Un modelo eléctrico, de esos supercompactos de lujo, esperándonos al pie de la fuente de los petroleros, como si lo hubiéramos rentado por teléfono. Un Matsui del año, plateado.</p>
<p style="text-align: justify;">Desde luego, Wok pensó que era una trampa. Al principio no se quiso acercar. Ahí nos quedamos largo rato, observando el auto, esperando a que sucediera algo, alguna desgracia amarga.</p>
<p style="text-align: justify;">No pasó nada.</p>
<p style="text-align: justify;">Cansada de esperar, me deslicé hacia el aparato.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Aída!- gritó Wok, muerto de miedo.</p>
<p style="text-align: justify;">Ya no sé lo que es el miedo. Lo que he visto acabó diluyendo esa palabra. Cuando el mundo se derrumba, no hay lugar para temores.</p>
<p style="text-align: justify;">En el coche había restos de sangre seca. Hubo una lucha, perdida por el que manejaba el Matsui. Acaso era alguien rico que se refugiaba en el bunker de alguna mansión de las Lomas. Se le acabaría el agua, o la comida. Quizá intentó huir de la Ciudad protegido por la noche. Mala idea. Una tribu caníbal le saldría al paso, de esos a los que no les interesan las máquinas. Lo siento por el dueño del auto, pero seguramente alimentó a varios niños nómadas.</p>
<p style="text-align: justify;">Wok se acercó al ver que no era una trampa. Comprobó que el auto funcionaba.</p>
<p style="text-align: justify;">-Dejaron las luces prendidas. Debe tener la batería muy baja.</p>
<p style="text-align: justify;">-Es mejor que patinar- dije, dándole un beso en la mejilla.</p>
<p style="text-align: justify;">Arrancamos. Nunca me había subido a un auto de lujo.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos divertimos unos minutos esquivando obstáculos sobre el Periférico, pero la pila murió a los pocos minutos, apenas un poco adelante del Toreo. Wok logró volver a arrancar sin detenernos, pero cuando llegamos a las torres de Satélite el sistema se apagó definitivamente.</p>
<p style="text-align: justify;">Dejamos el auto donde la inercia lo detuvo. Bajamos riéndonos como niños y tomados de la mano nos alejamos de ahí.</p>
<p style="text-align: justify;">Los chatarreros nos lo iban a agradecer.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">Pasamos el resto de la tarde como habíamos pasado el resto de las tardes desde que todo se vino abajo: buscando algo que no íbamos a encontrar porque no sabíamos qué era.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos dedicamos a patinar entre los restos de Plaza Satélite. El piso era liso y ya no había nómadas acampando en Liverpool. Decidimos pasar la noche en el departamento de muebles, aunque yo hubiera preferido el hotel de la noche anterior.</p>
<p style="text-align: justify;">-No podemos desandar el camino. Para nosotros no existe ayer ni atrás- dijo Wok.</p>
<p style="text-align: justify;">Sentí una tristeza inexplicable. No encontré motivos para reír más. Mi alegría comenzaba a secarse mientras los lagrimales se me humedecían, pero decidí ahogar mi pesar con las útlimas risas que tenía guardadas. Con mi última reserva de alegría.</p>
<p style="text-align: justify;">Seguíamos patinando cuando comenzó a oscurecer. Sin preludio, sentí algo frío deslizándose por mi espalda. Me detuve en seco. Wok se espantó.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué sucede?</p>
<p style="text-align: justify;">-Lo puedo sentir- dije. Él percibió la angustia en mi voz.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Qué es? ¿Qué sientes?</p>
<p style="text-align: justify;">Ahí estaba, era claro, no quedaba duda: una sensación helada que subía lentamente hasta mi cuello.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Aída! ¿Qué sientes? ¡Me estás asustando!</p>
<p style="text-align: justify;">Volteé hacia él. Una lágrima escapó de mis ojos bajando por la mejilla. Pensaba que había olvidado cómo llorar.</p>
<p style="text-align: justify;">-Siento&#8230; el dolor de millones de personas a punto de morir.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p style="text-align: justify;">El primer temblor llegó con la noche. Salimos corriendo al estacionamiento. Apenas tuvimos tiempo de tomar nuestras cosas, el centro comercial se derrumbó en medio de un rugido de metal torcido y concreto colapsándose.</p>
<p style="text-align: justify;">Nunca ví morir a un elefante, pero me imagino que debió ser algo parecido.</p>
<p style="text-align: justify;">Soplaba un viento fuerte que en pocos minutos se llevó el polvo.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos quedamos agitados en el estacionamiento vacío. No parecía haber nadie en kilómetros. Sólo se escuchaba el aullido del aire tratando de ahogar el silencio. Sin decir nada, nos acostamos en el suelo.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Ya se conocían tus papás en 1985?-preguntó Wok.</p>
<p style="text-align: justify;">-Claro que no- contesté molesta -.Lo sabes bien.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ah.</p>
<p style="text-align: justify;">-Mi mamá tenía siete años en 1985. Mi papá, trece- agregué en la oscuridad.</p>
<p style="text-align: justify;">Wok contestó con un gruñido.</p>
<p style="text-align: justify;">Un nuevo temblor sacudió el suelo.</p>
<p style="text-align: justify;">-Tengo miedo- me dijo al oído.</p>
<p style="text-align: justify;">Parecía como si el terreno se estuviera deslizando lentamente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Conque esto es el fin del mundo- dije suspirando.</p>
<p style="text-align: justify;">Un pedruzco luminoso cruzó el cielo. Era una bola de fuego del tamaño de una naranja que cayó a varios kilómetros de nosotros.</p>
<p style="text-align: justify;">-It&#8217;s better to burn out than to fade away- susurró él.</p>
<p style="text-align: justify;">-Esa frase es de una película vieja. </p>
<p style="text-align: justify;">-Pensé que era una canción. La murmuraba mi papá todos los domingos, con su cerveza frente al televisor.</p>
<p style="text-align: justify;">-También la decían mis papás. ¿Dónde estarán ahora?</p>
<p style="text-align: justify;">Una nueva bola de fuego pasó por el cielo. Y luego otra.</p>
<p style="text-align: justify;">-Seguro que rezando- dijo Wok.</p>
<p style="text-align: justify;">Reímos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Te tengo una sorpresa- anuncié. Busqué en mi mochila a tientas. Era difícil sin una lámpara, pero finalmente los encontré y se los di.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Uno lentes oscuros?</p>
<p style="text-align: justify;">-Son Ray-Ban- dije mientras me ponía los míos-; siempre quisiste unos. Los encontré en el primer Sanborn&#8217;s en que dormimos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Los andas cargando desde entonces?</p>
<p style="text-align: justify;">Más restos de meteorito rasgaron el cielo iluminándolo, furiosos.</p>
<p style="text-align: justify;">-Sabía que los íbamos a necesitar. Acuérdate que pensaba estudiar astronomía. Ya me habían aceptado en la facultad de ciencias.</p>
<p style="text-align: justify;">Empezó un nuevo temblor.</p>
<p style="text-align: justify;">-Nunca acabé la prepa- su tono era repentinamente triste.</p>
<p style="text-align: justify;">-No creo que sea importante. Sólo tienes 19 años.</p>
<p style="text-align: justify;">-Ni uno más- repuso mientras el cielo se iluminaba de nuevo. Sonreía. Lucía guapísimo con sus lentes. Se acercó a besarme.</p>
<p style="text-align: justify;">-Te amo&#8230;- alcancé a murmurar.</p>
<p style="text-align: justify;">Luego, el estruendo del terremoto lo llenó todo.</p>
<div align=right><span style="font-variant: normal;font-size: 12px; color: #000000">&copy;  Bernardo Fernández "BEF"<br />Reproducido con permiso del autor</span></div>]]></content:encoded>
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