El resto es silencio -

El resto es silencio

Turismo de guerra
Gabriel Bermúdez

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-Bueno… -había contestado el de la agencia de viajes-. Lo que se dice safaris propiamente dichos, ahora es imposible. Con eso de la protección de los animales, las especies a extinguir y todas esas cosas… ya sabe. Pero usted, señor Herrero, es hombre de posibles. Si puede dedicar a esto un par de semanas, y ¡eh! una buena suma de dinero, puedo proporcionarle una aventura de lo más excitante.

-¿Mujeres? No. Ya estuve en Tailandia, y fue un fracaso. Anita se obstinó en venirse conmigo. No hubo manera de hacer nada. Además, no sé por qué, pero esas chicas orientales no me gustan.

-No es eso precisamente. Un momento.

El hombre de la Agencia hizo unos números en un block. Luego, con un gesto de complicidad, deslizó la hoja con los cálculos hacia su cliente. Permaneció en silencio, contemplando al señor Herrero, que había dado un resoplido al ver el guarismo final. Observó el rostro cuadrado y un poco brutal, el grueso brillante en el dedo anular de la derecha, la cadena de oro, robusta como una maroma, que se adivinaba bajo la camisa de seda italiana y sobre el velludo pecho. Pensó que aquel hombre era el cliente ideal para esta… eh… aventura. Dinero, ansia de notoriedad y falta de buen gusto. Y podía pagar aquel precio. Era habilidad suya proponerlo solamente a quien lo pudiera pagar. Conocimiento de la clientela se llamaba eso. Pero ahora venía la segunda parte, la que también requería un perfecto conocimiento de la psicología del cliente. Al llegar a este segundo punto, solamente uno de los aceptantes del presupuesto inicial se había negado a seguir.

El señor Herrero (Andy, para los amigos) hizo un gesto de duda.

-Por ese precio -dijo-, debe ser algo extraordinario.

-Lo es -afirmó el agente-. Incluye todos los gastos de traslado, manutención y seguro, así como, en su caso, la utilización de medios, excusas o sistemas para que la familia no quiera o no pueda acompañarle. Esto se refiere al montaje para hacer aparecer la cosa como un viaje de negocios. Si resulta que el único medio de convencer a la esposa es mandarla de compras al extranjero, o pagar una estancia en un castillo alemán con sus mejores amigas… eso no esta incluido, naturalmente.

-Naturalmente.

-¿Teme usted al peligro, señor Herrero?

El cliente lanzó una carcajada demasiado fuerte.

-No he llegado a donde he llegado por temer al peligro.

-¿Quiere usted saber de qué se trata?

-Largue por esa boca, amigo.

Al agente de viajes, que era un hombre culto, Licenciado en Filosofía y Letras, y estudioso del siglo XVII español (pero solamente la época de Felipe IV) estas expresiones un poco vulgares le hacían sentir frío. Pero comenzó a explicar.

Una semana después, habiendo invertido una buena suma suplementaria para que su esposa, Anita, y sus dos inútiles hijos hicieran un crucero por el Mediterráneo, mientras su adorado padre se desplazaba al extranjero para un negocio de gran importancia, el señor Herrero cogió un avión que le llevó desde el aeropuerto de Barajas hacia Oriente. Tras una escala en el aeropuerto de Larnaca, Chipre, el aparato tomó tierra, por fin, en el aeródromo de Khaldé, al Sur de Beirut. No dijo nada, aunque suponía que no era ese su destino final. En Beirut, que visitó anteriormente por razón de negocios reales, no había prácticamente nada que pudiera representar una diversión.

El 707 se detuvo con brusquedad, y los pasajeros salieron en tromba, corriendo bajo una ligera lluvia, hacia las destrozadas instalaciones. A sus espaldas, el aparato hizo rugir los reactores y comenzó a carretear sobre la pista. Despegó de nuevo. Ya lo habían advertido en Chipre; los reactores no se detenían allí más que lo imprescindible. Había guerra civil, y si algún suicida quería quedarse en aquella ciudad, eso era asunto suyo, no de las Middle East Airlines.

En la sala de espera, los techos eran puros jirones de escayola, no había un solo vidrio sano, y las paredes estaban desconchadas por impactos de todos los calibres existentes. A través de altavoces desvencijados, la emisora “La voz del Líbano” aullaba consignas variadas, intercaladas con músicas árabes que al señor Herrero le sonaban como un cesto de gatos apaleados. Aquello empezaba bien. Si no fuera por el premio final…

Le tocaron la espalda. Se volvió. Era un hombre corpulento, al que las ropas de paisano caían mal. Lo encontró simpático, hallando cierta familiaridad en aquel rostro cuadrado y aquella mandíbula cortada con hacha. Tenía los ojos azules, carentes de expresión.

-¿Are you the number two zero zero six, please?

-Yes, I’m -respondió el señor Herrero-. My name is Andy.

-O.K., Andy -respondió el otro, con una camaradería un tanto brusca, muy militar-. Come in. For you, I’m only Hill.

Salieron de nuevo a la lluvia y corrieron hacia un extremo del aeropuerto. Oyeron un estampido. Cerca del edificio de la terminal se elevó una peonza de humo negro. Aumentaron la velocidad.

Afortunadamente, en virtud de las instrucciones recibidas, Andy Herrero llevaba solamente un reducido maletín. Llegaron hasta un pequeño airbus, capaz todo lo más para veinte pasajeros, que esperaba con los motores en marcha. Ostentaba unos emblemas totalmente desconocidos. Varios hombres, con uniforme militar de camuflaje y armas al cinto, esperaban. Uno de ellos dijo algo en un lenguaje extraño, que el señor Herrero no había oído nunca. Pero estaba claro el significado: les urgía para que subieran. A lo lejos, surgieron nuevas peonzas de humo negro. Bill las señalo, riendo.

-¡Size 155! -dijo-¡Very deadly!

Subieron. Los dos motores de hélice aumentaron brutalmente su régimen, y el aparato cabeceó sobre la pista llena de agua, para después elevarse con rapidez. Con cierta consideración, Bill ató el cinturón de seguridad de Andy Herrero. Y era un verdadero cinturón de seguridad, ancho, fuerte, lleno de remaches, y con una hebilla de presión. No los cintajos deshilachados y debiluchos de los reactores de línea, incapaces de sujetar un gato recién nacido. Por otra parte, aquel aparato no tenía asientos normales, sino unos bancos corridos a ambos lados del fuselaje. Los espacios libres estaban ocupados por cajas pintadas de verde oscuro, con letras amarillas. Claramente, material de guerra, todo ello.

El señor Herrero, sintiéndose muy emocionado, se durmió. Se despertó un solo momento, y a través de las ventanillas vio que era de noche. Volvió a coger el sueño. Una sacudida brusca hizo que se despertase de nuevo. El airbus aterrizaba, y a juzgar por los traqueteos y sacudidas, la pista de aterrizaje era, probablemente, de tierra, y además, llena de baches. Quiso levantarse, pero se lo impidieron. Bill le entregó una taza llena de café aguado y un par de donuts. Fuera se oían gritos guturales y sonidos metálicos. Evidentemente estaban repostando combustible. Se abrió la puerta, y subió una mujer alta y grande, vestida igualmente con uniforme de camuflaje, verde, ocre y kaki. Al cinto, una cantimplora, con las iniciales U.S., una pesada pistola con las letras F.N. en la culata, y un par de granadas Mills, con los surcos de fragmentación brillando bajo la mortecina luz del techo. Tenía unas formas opulentas y bien marcadas por la basta tela del uniforme, y un rostro ancho, con labios gruesos y tez de un tono canela oscuro. Los ojos eran negros y muy brillantes. Exhalaba una sensualidad animal, que puso un poco nervioso a Andy Herrero.

Se cerraron las puertas. Los motores rugieron de nuevo. Con un sonido de succión, el aparato despegó otra vez. Se vieron pasar copas de árboles por las ventanillas. La mujer se sentó junto al señor Herrero. Olía ligeramente a sudor femenino; no era desagradable.

-Soy la teniente Runelda Muller -dijo, con un fuerte acento sudamericano, que el deportista español no pudo localizar-. Estoy encargada de acompañarle a usted, y de ponerle en antecedentes. ¿Conoce esto?

De debajo del banco corrido extrajo un rifle largo y de extraña forma. Andy Herrero lo tomó en sus manos. Tenía la culata hueca, conservando sólo la forma exterior, un cargador curvo y una mira telescópica, delante de la cual el delgado cañón estaba cubierto en parte por un refrigerador perforado. No se parecía a nada que hubiera visto antes. Lo sopesó cuidadosamente. No pesaba demasiado.

-Cuatro kilos, trescientos gramos -dijo la teniente Muller, contestando a una pregunta que no había sido hecha-. Mortal hasta tres mil ochocientos metros, aunque el alcance eficaz es de mil trescientos.

-Es un arma curiosa -respondió el comerciante-. Yo tengo un Henry; lo he usado para matar jabalíes.

-Sí -respondió ella-. Lo conozco. Un 30-06. Es bueno. Lo que tenemos aquí es algo mejor, es un arma para snipers, para matar personas. Le voy a enseñar como funciona esto, número 2.006…

-Andy, Andy, si no le importa.

-No me importa. Pero no me diga más. No queremos saber nombres ni apellidos, ni tampoco procedencia, aunque se nota perfectamente que usted es español. Solamente en caso de un extremo perjuicio….

El señor Herrero se estremeció al oír esa forma tan elusiva de denominar lo que era simple y sencillamente la muerte.

-¿Peruana? -preguntó, para cambiar de conversación.

-Nací en Maracaibo, Venezuela. Pero dejemos los temas personales. Están prohibidos. Óigame, hermano. Esto es un Dragunov, calibre 7,62 mm. con mira telescópica, hecho en Rusia en producción limitada, modelo del año pasado. Prácticamente de artesanía, construido a mano, como quien dice, y preciso como un ordenador. Utiliza estos cartuchos express con carga reforzada, y las balas tienen alma de acero.

-Parece una maravilla.

-Lo es. Cómo es lógico, es especial para usted. Nuestras tropas no pueden usar armas tan sofisticadas.

-De acuerdo. Y ahora, ¿puedo saber ya adónde vamos?

-Más o menos. De todas maneras, si tiene éxito en su empresa, al final habrá de enterarse. Vamos a un lugar asqueroso donde hace un calor insoportable, y donde el agua no se puede ni mirar, de tan llena de microbios que está. ¿Se puso usted las vacunas?

-Claro que sí. Y ese país…

-No es un país. Hay quienes quieren que lo sea, y que tenga el nombre de Pirvi Kain, sea eso lo que sea en su maldita lengua. En cuanto a nosotros, incluyéndole a usted, Andy, nuestra misión es impedir que llegue a serlo nunca. Somos una especie de fuerzas del orden.

-¿Legales?

-¡Claro! Las fuerzas que tratan de reprimir esas independencias son legales siempre… ¿no lo sabía?

A poco, el airbus comenzó a perder altura. Esta vez si le permitieron asomarse a una de las ventanillas. Sólo vio un mar de vegetación espesísima, de un intenso verde, que se extendía en todas direcciones. No tenía ni la menor idea de donde estaba, aunque no era difícil suponer que en el Sureste Asiático. Surgió un rectángulo muy alargado, de color amarillo, donde destacaban las siluetas en miniatura de varios cazas a reacción. El piloto comenzó a intercambiar rápidos mensajes con tierra. La teniente Muller se volvió hacia él.

-¡Que descuidada soy! Se me ha olvidado lo más importante. Tenga; póngase esto.

Le tendía un uniforme similar al suyo, sin insignias. Solamente llevaba en el pecho un rombo rojo con el número 2006 en cifras doradas, de metal. El señor Herrero se lo colocó, un poco molesto por tener que desnudarse ante una mujer. Pero Bill estaba haciendo lo mismo, con evidente satisfacción, y la teniente Muller no prestaba la más mínima atención ni a uno ni a otro.

Le tendían una pistola similar a la que todos llevaban. Una F.N.

-¿Sabe usted usarla?

-Claro.

-Pues no se separe de ella. Ni del fusil tampoco. Esta noche descansará usted. Y mañana tendrá su oportunidad de demostrar lo que vale.

Una risita malintencionada, que descubrió unos dientes aguzados como los de un yacaré. A veces, esta Runelda Muller parecía más una fiera que una mujer.

-Si todo sale bien, Andy, es posible que nuestro jefe, el General Sholemi, le salude personalmente y le agradezca. Es un gran hombre.

-Seguro que lo es.

La noche cayó sobre el campo de aviación de una forma repentina, mientras las hélices del pequeño airbus aún giraban. Al descender, una bofetada de calor inhumano sobrecogió al señor Herrero. Ni en los peores días de julio o agosto, en pleno Madrid, hacía una temperatura tan bestial como ésta. En unos segundos, todo su cuerpo chorreaba sudor, y los pulmones apenas podían absorber aquel aire que semejaba el aliento de un horno. Corrió apresuradamente, creyéndose un trozo de carne sumergido en agua hirviente, hacia la dudosa sombra de un grupo de árboles copudos.

Se oían estampidos sordos, y el horizonte relampagueaba. La teniente señaló hacía allí.

-Ahí están esos condenados. Pero no se preocupe. Ahora debe cenar y dormir. Mañana le despertaré temprano.

A Andy Herrero no le disgustaba aquella mujer. Hasta cierto punto le excitaba el uniforme sobre los opulentos pechos, el olor a sudor y a cuero, la forma descarada y brutal como se manejaba.

-¿Por qué no se queda conmigo esta noche?

Ella se echó a reír. Luego se relamió los gruesos labios, se adelantó un poco, y le besó en la boca, sin excederse.

-Por el bien tuyo, mi hermano. Tengo los anticuerpos, y además uno de esos hijos de puta -señaló hacia el barracón de oficiales-, me pegó unas purgaciones orientales que no hay antibiótico que pueda con ellas. No hago más que echar pus verde. ¡A saber qué malditos gonococos cría este asqueroso país! Pero si te atreves…

-Otro día, otro día -dijo el señor Herrero, apresuradamente, sintiendo que la erección experimentada se reducía velozmente hasta dejar su pene del tamaño de una almendra, y no de las grandes.

Le acomodaron en un barracón Quonset, de chapa ondulada. Bill le propuso comer solo, ya que le habían preparado unos manjares especiales. Pero el señor Herrero se sentía muy lleno de camaradería, muy en su papel, y solicitó el honor de cenar en compañía. Así que Bill y cuatro amigos suyos le recibieron en su mesa. Sacaron varias raciones K, en la característica envoltura de cartón color verde oliva, y comenzaron a comer. En la de Andy Herrero salieron dos latitas, una con atún y otra con un rollo de tarta, un chicle, un sobre de soda, media docena de caramelos, un preservativo y otro sobre con café en polvo. Viendo su cara de tristeza, y después de un intercambio de opiniones, el de mayor graduación firmó un vale, y le trajeron otra ración K. Mientras la abría vio que los demás ya no tomaban nada. Preguntó.

-No -respondió Bill-. Sólo podemos tomar una. En este momento, los suministros andan escasos.

Con gesto heroico, pero con un hambre espantosa, el empresario apartó de sí la ración K. Afortunadamente, la cerveza abundaba. Era una cerveza paliducha, que sabía un poco a salvado, y cuya etiqueta mostraba el rostro de un general oriental, que sonreía sobre una hilera de letras raras unidas entre sí por una barra superior. Atiborrándose de cerveza, quizá olvidase las protestas de su estómago.

Le sobrecogió una fuerte palmada en los hombros. El oficial de mayor graduación acababa de dársela, mientras reía a carcajadas. En lo que prontamente le acompañaron los demás, incluso Bill. Andy no comprendía nada. Pero sí lo comprendió cuando dos ordenanzas trajeron una buena fuente de emparedados, un cochinillo asado, media docena de Botellas de Cabernet, y un tarro cilíndrico con helado.

Había sido una broma, una novatada. Con mucho gusto Andy Herrero les habría roto la cabeza a mamporros. Solamente le agradaban las bromas cuando las gastaba él, y en ese caso era tan generoso que no le importaba que fueran pesadas. Pero esto, a pesar de ser bastante inocente, no le había gustado nada. Sin embargo, ¡qué remedio quedaba! Puso buena cara y devoró los manjares. Al final, una copa generosa de coñac Hennesey V.S.O.P. le reconcilió un poco con el mundo. Y más, pensando en la aventura de mañana…

Durmió medianamente, entre estampidos lejanos, tableteo de ametralladoras amortecido por la distancia, y gemidos ensordecedores de reactores que despegaban. El aparato de aire acondicionado debía ser contemporáneo de Alfonso XIII, porque funcionaba espasmódicamente, entre chirridos y gorgoteos, lanzando tan pronto rachas de aire polar como vendavales caldosos, cargados de olor a aceite de máquinas. Le despertó una mano dura que le agitaba. Era la teniente Runelda Muller, con traje de campaña, casco de acero, y un Armalite al hombro.

-¡Las cuatro de la mañana! ¡Arriba, holgazán!

Se vistió apresuradamente. Ella no le permitió lavarse ni afeitarse, y en cuanto a ducha, era mejor no tomarla, si no quería verse invadido por quien sabe qué mortíferos parásitos. Allí, cuando querían asearse, tenían que coger el airbus e ir a la capital, a quinientos kilómetros de distancia. O hacerlo con algo que llevaba tal cantidad de cloro que dejaba la piel de color clara de huevo.

Un helicóptero agitaba sus aspas en la oscuridad, con el zumbido entrecortado que era peculiar de esos aparatos. Le dieron una taza de café espeso, que le hizo mucho bien, y le subieron al interior, depositándole entre dos cajas de misiles aire-tierra. La teniente se acomodó a su lado, presionándole con una cadera maciza como una roca.

Lanzó un alarido en aquella lengua desconocida que todos parecían entender. El helicóptero se levantó con brusquedad, inclinándose hacia adelante; luego, salió disparado hacia el frente. En la portilla, un negro con casco y chaleco antibalas se agarraba a una ametralladora sujeta a un eje de acero.

El señor Herrero no se encontraba demasiado bien. Había pensado mucho en este momento. Desde que el agente de viajes le explicase con cierto detalle en qué consistía y abonase la abultada suma que costaba la expedición, hasta ahora mismo en que, provisto de su fusil ruso y de su decreciente valor, iba a enfrentarse con el destino. Quizá si hubiera descansado mejor, quizá si no hubiese abusado del Hennesy la noche anterior… Pero se animó, pensando que si todo iba bien, cualquiera de sus amigotes de Madrid se moriría de envidia al ver el certificado firmado por el General, las fotos, los vídeos, todo.

El helicóptero lanzó un chillido, cabeceó de la misma manera que un conductor beodo, y cayó como una piedra. El estómago de Andy Herrero le subió a la boca. Un brusco topetazo indicó que el tren de aterrizaje acababa de tomar contacto con el suelo. El piloto aullaba:

-¡Raus, raus! ¡Snell, snell!

No era preciso saber alemán para entender lo que aquello quería decir. Sintiéndose cada vez mejor, el empresario saltó al suelo, acompañado solamente por la teniente Muller. Con confianza, Herrero miró hacia todas partes, a la luz creciente de un amanecer rosado.

Estaban en un claro en medio de la selva, de la que sólo surgía un silencio de muerte y olor a podrido. Recibió un manotazo en un muslo.

-¡Al suelo, idiota!

El helicóptero había salido disparado hacía el firmamento, donde aún lucían algunas estrellas. Era sólo un punto verdoso en la lejanía. “A ver si ese cabrón no vuelve”, pensó el señor Herrero.

Se arrastró por entre las hierbas crecidas y la hojarasca hacia los troncos próximos. En mitad del claro relucía la lámina de plata de una pequeña laguna. Gorgoteaba un chorrito de agua, que manaba entre las rocas cubiertas por excrecencias verdosas. Con trabajo -las comidas en Lhardy habían favorecido que su vientre adoptase una incómoda forma de pera-, se arrastró junto a la mujer hacia la selva próxima. A pesar de su corpulencia, la teniente reptaba con sorprendente agilidad, llevando hábilmente el Armalite en el hueco de sus codos. En cierta ocasión, las manos del hombre rozaron uno de los poderosos muslos, y la excitación le invadió de nuevo. Pero no podía ser; ¡aquella chica era puro veneno!

Alcanzaron un lugar entre dos troncos, donde había unas cuantas rocas amontonadas, formando un rudimentario parapeto. En silencio, el señor Herrero introdujo el curvado cargador de diez cartuchos que el Dragunov admitía, y después, montó el arma. El primer cartucho -latón brillante y dorado, proyectil de cobre rojo con la punta acerada- entró suavemente en la recámara.

-Escucha, hermano Andy -dijo ella, en voz muy baja-. Estamos en territorio enemigo. A unas quince millas en el interior de sus líneas. Esos mal nacidos tienen la pésima costumbre de abrir el estómago de los prisioneros y comerse el hígado. Creen que les da virilidad… De manera que procura ser rápido y eficaz, y acabar pronto. El helicóptero nos espera allá arriba; en cuanto le avise con el radioteléfono bajará como una bala. La pieza que te hemos reservado tardará aún un cuarto de hora en aparecer. De manera que vamos a tomar unas vistas para recuerdo… Hay suficiente luz. A ver, camina por ahí cerca con el rifle en las manos, como si un peligro te amenazase… lo que no deja de ser verdad. ¡Vamos allá!

Hizo lo que se le decía. La teniente tomó igualmente varias fotografías, y después, valiéndose del automático de ambas cámaras y un trípode, rodó un par de escenas en que participaban ambos. Pero el señor Herrero no dejó de observar que, durante este trabajo, miraba con evidente preocupación y temor a los bordes del claro.

-Estas filmaciones -dijo ella, en cierta ocasión-, podrían haberse tomado en las cercanías de la base. Pero a vosotros os gusta la sensación de peligro, ¿verdad, número 2006?

Bueno; nunca le habían dicho que él fuera el único. Eso caía de su peso. Semejante organización tendría una clientela seleccionada, no muy abundante. Incluso solamente dos o tres por nación, como había dicho el agente de viajes… si es que no había mentido.

Un brusco sobresalto de Runelda Muller le sacó de su ensimismamiento.

-¡Ahí está! ¡Al escondrijo, rápido! ¡Viene antes de la hora!

En dos segundos, ambos se habían zambullido tras el pequeño muro de rocas. El señor Herrero asomó un ojo, con precaución. Al otro lado del calvero la maleza se movía ligeramente. Poco después apareció una figura vestida con un uniforme en tonos amarillos y verdes. Se cubría con un salacot, un casco de corcho de color gris. En una mano llevaba un gran jerrycan de metal (estaba claro que iba a buscar agua) y en la otra una pistola ametralladora. El corazón del empresario comenzó a latir velozmente, como si quisiera salírsele del pecho. Oyó una orden gutural. “¡Vamos! ¡Ahí está!”. Al mismo tiempo, la teniente daba la contraseña al helicóptero para que comenzase el descenso. Mientras tanto, la figura uniformada había llegado a la fuente. Se inclinó y comenzó a llenar el recipiente. Sonó una maldición; la teniente Muller señalaba algo. Otra figura armada había aparecido en el borde del claro.

-¡Maldita sea! Pero, ¡si siempre ha venido solo! Y hoy, precisamente hoy, viene con escolta. Mira, Andy, aquí hay que jugársela, o se nos cargan a los dos…

-Pero esto no es lo que…

-¡Cállate! A ti te explicaron lo que era, y sabes bien que había peligro. Mucho más que si te vas al Atlas a matar un león… por eso es la mejor caza existente. Escúchame; el helicóptero está bajando. Hay que cargarse a los dos; yo lo haré con el que está cogiendo agua, que está más cerca. Tú, con ese rifle potente y con mira telescópica, liquidas al guarda que está lejos. ¿De acuerdo?

-De acuerdo.

El señor Herrero se sentía lúcido y sereno como nunca. La fatiga había desaparecido por completo. Encaró el Dragunov, asentó firmemente la culata en su hombro derecho, y movió el arma ligeramente hasta que el retículo del visor se centró en la lejana figura. El cruce de ambas líneas se fijó con firmeza en la cabeza cubierta por el casco gris.

-¿Listo?

-Sí… pero, ¡un momento!

-¿Qué pasa ahora?

Con un gesto brusco, tal vez por sentir demasiado calor, la figura al borde del claro se había quitado el salacot, mientras el de la fuente continuaba esperando que el chorrito de agua colmase el jerrycan. Una espesa mata de cabellos negros se derramó sobre las hombreras del uniforme; el rostro se volvió, revelando los rasgos femeninos, los ojos oblicuos, y los pómulos salientes de una beldad oriental.

-¡Es una mujer!

-¡Es igual, condenado! ¡Mátala de una vez, o nos matan ellos a nosotros! ¡Mátala!

-¡No puedo matar a una mujer! A mí no me dijeron esto. A mí me dijeron que participaría en una guerra, que podría cazar a dos o tres enemigos y que luego… Pero, ¡una mujer, una chica joven que podría ser mi hija!

-¡Escucha, imbécil…!

Se oía ya, un poco amortiguado, el retumbar de las aspas del helicóptero. Para colmo de males, la chica acalorada se quitó la guerrera, descubriendo un torso juvenil cubierto absurdamente por un diminuto sujetador de encaje rojo, que se contradecía totalmente con la vestimenta militar. Tenía unos pechos bonitos, bien curvados.

Algo duro y frío se apoyó en la sien del señor Herrero.

-O la matas o te vuelo la cabeza. Nadie va a saber nunca si han sido ellos los que te han acabado… ¡Acuérdate del documento que firmaste!

Era cierto. Dadas las peculiares circunstancias de la cacería le habían hecho firmar una renuncia a toda responsabilidad en caso de que las circunstancias trajeran para él “un extremo perjuicio”. Lo cual no quitaba la sustanciosa indemnización del seguro, pero…

La chica y el de la fuente miraban hacia arriba. El aparato era perfectamente visible. La pistola en su sien urgió, con un seco y doloroso golpe. Sudando por todos los poros, el señor Herrero apuntó al surco entre los pechos, delineado por el sujetador rojo. Resultaba algo más sensual matarla de un disparo allí. Después, con mano que no temblaba, apretó el gatillo. El restallar seco del fusil le hizo cerrar los ojos. Al segundo, detonó en sus oídos el mugir sordo del Armalite. Miró. La chica se deslizaba al suelo, con una flor de sangre entre los pechos; el de la fuente, mortalmente herido en la cabeza, había dado un bote de tres metros de alto, para caer después al suelo como una masa.

El helicóptero estaba a cincuenta metros de altura.

-Siempre saltan así -dijo la teniente-, cuando se les acierta en la cabeza. ¡Las últimas fotos, rápido! ¡Ponte junto a ella!

-Junto a la chica, no. Si acaso, junto a ese otro.

-¡Qué relamido, mi hermano! ¡Nos salió escrupuloso! Por lo menos, demonio, adopta una postura heroica…

Lo hizo. En treinta segundos, la eficaz Runelda hizo las fotografías y rodó las tomas finales en vídeo. Después colgó las cámaras a su costado, empuñó de nuevo el Armalite y corrió hacia el helicóptero, que despegó de inmediato.

El señor Herrero se dejó caer junto a las cajas de misiles. Le temblaba todo el cuerpo. Depositó a su lado, con renuencia, el esbelto Dragunov Sniper Rifle. Poco a poco, la impresión negativa de la cacería fue pasando. Bueno; era mejor no preocuparse. Después de todo ya sabía para qué venía y de qué se trataba. Pero, ¡a nadie se le había ocurrido decirle que en aquellos raros ejércitos orientales, las mujeres también luchaban!

Bebió a gollete de la botella de bourbon que le tendía la teniente. En el rostro de la mujer campeaba una sonrisa cruel y burlona.

-¿Qué te crees que hubieran hecho esos conmigo si llegan a cogerme? Ya me hubiera podido dar por satisfecha si se limitan a sacarme el hígado. A una compañera mía…

Y contó una historia con tales horrores que el señor Herrero se vio obligado a recurrir de nuevo al benéfico consuelo que la botella de bourbon (”Four Roses”, uno de los mejores) representaba. Poco a poco, lo hecho tomó los tintes heroicos que debía tomar, y todo aspecto negativo fue desapareciendo.

Efectivamente, el general Sholemi le recibió en persona y le entregó una carta firmada por él donde se decía que, hallándose el comerciante español Andrés Herrero Muñoz en la República Mahdeví por motivo de negocios, se vio involucrado en un ataque de los rebeldes Pirvi Kain, defendiéndose con valor en unión de componentes del ejército regular, y causando algunas bajas al enemigo. Ello había salvado importantes objetivos militares, en beneficio indudable del gobierno legítimo del país. Un cámara del ejército había podido verificar varias tomas cuya autenticidad se garantizaba. La república Mahdeví, agradecida, concedía al valeroso español la orden del León Rojo, así como un trato de favor en sus futuras relaciones comerciales.

-Como es natural -dijo Runelda Muller, mientras le acompañaba al airbus que había de llevarle de vuelta a la civilización-, esto último no es cierto. Realmente, el general no sabe muy bien lo que pasa. Nosotros nos sacamos un buen dinero y damos parte del mismo para financiar la campaña… Bueno, querido Andy, ha sido un placer conocerte. Si voy por España, me curo las purgaciones, y me garantizan que no transmito los anticuerpos, ya nos correremos una buena juerga tú y yo. A mí me gustan los hombres un poco llenos, un poco corpulentos, como tú eres…

La acogida de la expedición fue triunfal. Sus amigos cazadores se negaron a reconocer que la Orden del León Rojo pudiera considerarse como un trofeo de caza, pero la argumentación de que en caza mayor era importante el peligro, y que no había caza más peligrosa que aquella, resultó perfectamente válida. A pesar de sus protestas, se morían de envidia. Y la carta del general, la vistosa condecoración y las fotos, quedaban extraordinariamente bien en su despacho. Explicaba:

-Me encontraba en las selvas de la República Mahdeví, para ver las explotaciones de potasa…

-Pero si tú nunca has trabajado en potasas.

-Pensaba hacerlo. Me acompañaba una teniente venezolana, una chica preciosa y distinguida (resultaba extraño encontrarla en ese ambiente) cuando de pronto…

La aventura crecía, crecía.

Hasta que se desinfló como un globo pinchado cuando un conocido le comunicó que había visto otro certificado similar.

-Sí, hombre. Mendoza, el de los ahumados. También del mismo sitio… de la República ésa.

Al poco tiempo, los certificados, los vídeos y las fotografías correspondían a docenas de expediciones de caza. Por sus corresponsales en Francia, Italia, Inglaterra y el resto de la Comunidad Económica Europea, supo que aquellos documentos laudatorios abundaban como la mala hierba.

-Bueno -dijo el señor Herrero, resignado, mientras retiraba la carta y la condecoración de la pared-. Estuvo bien mientras duró… Pero ¡esos sinvergüenzas estaban financiándose la guerra a base de comerciantes estúpidos! No sólo les matábamos al enemigo, sino que, encima, nos costaba un montón de dólares el conseguirlo…

Y con la ira del deportista honesto que ha visto frustradas sus esperanzas, alzó el puño hacia Oriente, protestando a voz en grito:

-¡Me habéis estafado!

 

© Gabriel Bermúdez
Reproducido con permiso del autor

Al día siguiente
Rodolfo Martínez

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Al día siguiente de la expulsión, YHVH fue a hablar con la serpiente. Los querubines le abrieron el paso con mirada ceñuda y se internó en el jardín. Todo estaba demasiado tranquilo, ahora que el hombre y la mujer habían sido expulsados, y YHVH se encontró de repente echando de menos el bullicio que causaban, su curiosidad ingenua e interminable, su empeño en tocarlo todo y probarlo todo.

Encontró a la serpiente en el Árbol de la Ciencia, enroscada en una de las ramas más altas, tendida plácidamente al sol del mediodía.

-¿Está hecho?

-Lo está.

La serpiente se desperezó poco a poco y contempló a YHVH.

-Tienes dudas.

-Sé que lo que hiciste era necesario, pero…

-Pero no entiendes por qué.

Lentamente, la serpiente descendió del árbol y se posó en la yerba.

-Tienen que crecer. Tienen que tropezar, caerse y aprender a seguir adelante. No pueden seguir siendo niños toda la vida.

-Eso lo entiendo.

-Pero te preguntas si era necesario hacerlo de un modo tan traumático. No había otra manera, créeme. Comieron del fruto del árbol y dieron el primer paso hacia lo que deben ser. Ya no se limitan a ver. Ahora miran.

-Comprendo el regalo que les has dado. Los has hecho… como tú.

-Cierto. De todas mis creaciones, son los únicos capaces de tomar decisiones y hacerse responsables de las consecuencias de sus actos. Pueden elegir. Casi siempre elegirán lo que no deben, pero aprenderán. O se destruirán a sí mismos. Es su elección, en cualquier caso.

La serpiente se deslizó por la yerba, hacia el Árbol de la Vida. YHVH iba a su lado, cabizbajo.

-Sigues creyendo que podría haberlo hecho de otro modo. Quizá tengas razón. Pero me temo que el sufrimiento es necesario. Tienen que aprender que lo que merece la pena no se obtiene sin dificultad. Que todo lo que se consigue lleva aparejado una contrapartida. Que no hay nada gratis en el mundo. No sabían lo que hacían cuando comieron del fruto. Ahora ya saben que el conocimiento acarrea peligro.

-Comprendo.

-Pero no te gusta. Crees que les he hecho sufrir innecesariamente.

-Claro que no. Sé que nada de lo que haces es innecesario. Todo cuando ocurre es parte de tu plan, al fin y al cabo.

-Sí. Y que te sientas incómodo con lo que hemos hecho también lo es. No puede ser de otra forma. Te creé así, después de todo.

-No querría ser de otra manera.

-Claro que no.

La serpiente se detuvo junto al Árbol de la Vida. YHVH se sentó en el suelo y apoyó la espalda en el tronco.

-Te gustan y te sientes responsable de ellos, y no te agrada que sufran. Y está bien que sea así. Todo eso será necesario. Porque a partir de ahora eres tú quien cuidará de ellos. Los vigilarás, intentarás que no se hagan demasiado daño y curarás sus heridas cuando tropiecen y se caigan. Tratarás de guiarlos para que desarrollen su potencial. Pero no debes forzarlos, porque entonces sólo conseguirás dolor. Para ti y para ellos.

YHVH frunció el ceño.

-Tú también estás creciendo. Aprenderás lo que debes hacer a medida que lo hagas. Fracasarás y te enfurecerás con ellos. Pero aprenderás. Y un día marcharéis juntos.

La serpiente se enroscó alrededor del cuerpo de YHVH.

-Pero hay algo más que te incomoda. Dímelo.

-¿Para qué, si ya lo sabes?

-Porque necesitas decirlo.

-Puedo comprender que el sufrimiento fuese necesario. Que tuviera un propósito. Pero, ¿por qué hacerles creer que eres su enemigo, por qué los pusiste en tu contra?

-Te lo dije. Deben aprender a caminar. Sin muletas. Por sí mismos. Deben pensar que están solos. Y en cierto modo, así es. Para ellos, durante mucho tiempo, yo seré el Enemigo. Y, quién sabe, quizá lo sea para siempre. Tal vez cuando se hagan adultos sigan viéndome así. Y puede que un día me destruyan.

-Eso no…

-Sí, puede pasar. Y no importa. El hijo debe superar al padre. Y, en el proceso, a veces lo destruye. Puede pasar. Y no lo impediré, si es así.

-No…

-Cálmate. No pasará ahora. Puede que no pase nunca. Cálmate. Estaré con vosotros mucho tiempo.

-Pero… tú lo sabes todo. ¿No sabes si…?

-Sí. Y al mismo tiempo, no. Puedo verlo todo, pero hay lugares en los que he decidido no mirar. Me gustan demasiado las sorpresas. Y, después de todo, fue por eso por lo que los creé. Al menos uno de los motivos.

-Entonces, ¿todo está bien?

-Lo está. O lo estará. Sea cual sea el final, todo estará bien y será como debe ser.

La serpiente se desenroscó del cuerpo de YHVH. Éste se incorporó.

-Gracias. Ahora tengo que irme. Hay mucho trabajo que hacer.

-Es cierto. Pero también hay tiempo. Tómalo con calma. Ve con cuidado. Nunca esperes de ellos más de lo que pueden dar. Y, sobre todo, ten paciencia.

-Lo intentaré.

-Y no te preocupes ante los fracasos. Así será como aprendas. Así es como aprenderán ellos. Y tú aprenderás de ellos.

YHVH asintió. Luego, echó a andar hacia el borde del jardín. Se detuvo junto a los dos querubines, lleno aún de dudas.

No lo comprendía del todo. Quizá no lo comprendería jamás. Pero haría lo que la serpiente le había dicho. Al fin y al cabo, ella lo había creado para ese propósito.

© Rodolfo Martínez
Reproducido con permiso del autor

Toda una vida
Javier Negrete

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Recorte de El Mundo, 28 de mayo de 2008:

La asociación de literatura fantástica El Horla convoca la primera edición del certamen Guy de Maupassant de relato de terror. Podrán optar al premio todas las narraciones inéditas encuadrables dentro del género de la literatura de terror. Las obras presentadas se remitirán por triplicado y tendrán una extensión máxima de aproximadamente 15 folios de 30 líneas (a doble espacio) y 70 caracteres por línea.

Los originales se enviarán bajo seudónimo, dentro de una plica en la que constará el nombre completo del autor, número de identificación y dirección. La plica se abrirá en el momento de fallar el premio.
El plazo de presentación finaliza el 30 de junio de 2008.
Se nombrará un jurado de cinco miembros, personalidades destacadas dentro del campo de la literatura fantástica y de terror, que seleccionarán un primer premio que recibirá la cantidad de 6.666 €.

El premio no podrá ser declarado desierto. No cabe apelación contra la decisión del jurado.

* * *

Cuando los miembros del jurado rasguen la plica y mi nombre se desvele, sus ojos se abrirán con sorpresa, y también con recelo. ¿Qué hace aquí un escritor consagrado en nuestro país y reconocido fuera de nuestras fronteras?, se preguntarán. La intención de estos certámenes es estimular a los noveles que quieren iniciarse en la cruel arena de las letras, no rellenar con poco más de un antiguo millón de pesetas la cuenta bancaria de autores que han alcanzado renombre y éxito comercial. Yo, que he entregado varios premios y he aparecido sonriente en docenas de fotos mientras paso mi brazo protector sobre los hombres de jóvenes promesas de la literatura, lo sé bien.

Pero qué insensatez la mía. Pretendo comportarme como si nada hubiera sucedido. Cuando ustedes lean mi nombre, sus ojos no sufrirán la peculiar dilatación de las pupilas que se experimenta al reconocer algo familiar; ni siquiera se torcerán a la izquierda para rebuscar en el desván de sus cerebros algún recuerdo arrinconado. Seré un perfecto desconocido para ustedes y para cualquier otra persona a la que le consulten mi nombre. Cómo este párrafo puede conjugarse con el anterior, es algo que intentaré explicarles, aunque no sea más que por rellenar un número de páginas suficiente para que me concedan el premio. Que es el escueto mensaje de estas líneas. No hay más vuelta de hoja. Háganme caso y fallen en mi favor.

Debido a que la vida imita a la literatura, intentamos dividirla en párrafos y capítulos, y a menudo escribimos números de página al pie de todo aquello que nos va sucediendo. Ahora yo he de remontarme en el tiempo para hallar en él un momento significativo que me sirva de principio, de forma que pueda explicarles por qué siendo “el más brillante escritor de su generación”, como afirmaba de mí una reseña del Babelia, ahora ustedes ni me conocerán, ni detectarán en estas líneas traza alguna de brillantez, siquiera sea de pasada. Para alguien como yo, de quien García-Posada dijo que escribía con la precisión de un bisturí, es penoso haberse convertido en un estibador de palabras que las apila a golpe de riñón para que llenen unas páginas.

No voy a bucear mucho en mi pasado, apenas unos días. Y sin embargo me asomaré con ustedes al mismísimo fondo de mi vida. Lo que yo creía un lecho de roca sólida ha demostrado ser un  inestable cenagal de lodo y arenas.

* * *

El miércoles pasado, ya casi de noche, entro en un bar de Vallecas que hace eones que no visito. El mostrador es de zinc; el suelo, un abigarrado terrazo inspirado sin duda en el turrón de Jijona; las sillas cojas y forradas de formica azul cielo; entre el humo picante de los ducados y algún puro, y el olor ácido de la clientela (no sé si los clientes huelen a pepinillos en vinagre o si son los pepinillos los que huelen a clientes), restallan como balazos las fichas de dominó que quieren reventar contra las mesas. Pido una caña y disfruto del anonimato. En un bar así puede pasar desapercibido hasta un premio Nobel.

Aunque no es disimulo ni ocultación lo que pretendo. Ni siquiera busco en este barucho inspiración para mis relatos, pues me he concedido un año sabático como escritor. En cuanto a mi trabajo en la Universidad, no necesito tal descanso. Las clases que doy son sólo seis a la semana, un placer del que además puedo prescindir, ya que para eso soy catedrático y dispongo de siervos que me llevan el maletín, me ordenan la bibliografía, me corrigen los exámenes y, si hace falta, se plantan delante de los alumnos a dictarles apuntes cuando los compromisos sociales y académicos exigen  mi ausencia.

Mientras mis sorbos dejan anillos de decrecimiento en el vaso, me entretengo observando la foto que aparece en mi última novela, Las fuentes de la ignorancia feliz. Las gafas redondas sin montura me rejuvenecen, el pelo grisáceo se me arremolina con un espontáneo desenfado, mi barbilla y mi cuello se mantienen separados por un decidido ángulo recto pese a que tengo cincuenta y dos años, y detrás de mí se apilan los libros de mi estudio descolocados a la manera un tanto informal de los intelectuales americanos. En clase, muchas alumnas me envían chorros de feromonas con un descaro que casi resulta conmovedor. Si tomamos la constante k de ser su profesor, la multiplicamos por la variable m de conservar un aspecto deportivo y la elevamos a la potencia n de mi fama como escritor, el resultado en unidades de atractivo sexual es más que considerable. Pero yo casi siempre soy fiel, porque estoy casado con Celia, una mujer siete años más joven que yo, que disfruta la elegante belleza de los primeros días del otoño; sabe mantenerse casi a mi altura, sin hacerme la competencia ni en público ni en privado, y queda muy bien en las entrevistas y en las fotos. Todavía echamos algún que otro polvo memorable, porque para la edad que tengo, no cumplo nada mal; y es que no hay mejor Viagra en nuestros días que el éxito. Por si le faltara gracia alguna, esa misma mujer me ha dado una hija encantadora que acaba de volver a España tras varios años de estudiar arte, becada en el extranjero, y además de hablar varios idiomas, se va a casar el año que viene con un profesor titular de universidad que me cae todo lo bien que un futuro yerno puede caer a su futuro suegro.

Ante mi propia foto no puedo evitar contemplar mi vida como un todo, y lo hago con indulgente satisfacción. La guadaña me ha de segar, igual que a todos (cómo no ha de saber eso un novelista, que todo lo ve sub specie aeternitatis), pero aunque eso suceda ahora mismo, mientras apuro la caña y la dejo en el mostrador de zinc, sin duda me quedará un segundo para recapitular y morir con la sonrisa de quien ha gozado una vida plena.

Dejo el libro en el mostrador y reparo por primera vez en él. Es un hombre de mi estatura, pero anda un poco encorvado y le sobran diez kilos. Viste una cazadora con cremallera y algún que otro lamparón, de las orejas le brota un matojo de pelos canosos y toda su ropa junta debe costar poco más o menos lo que mis calzoncillos. Su cara me resulta familiar; pero en mi memoria no la veo en tres dimensiones, sino más bien como una foto plana y gris pegada a una lista de clase. El rostro que tengo ahora delante es el resultado de pisotear aquella foto y dejarla bajo la lluvia hasta que la tinta empieza a desleírse.

Entonces me dice su nombre y caigo en la cuenta de que por él, por ese viejo compañero, estoy aquí, en mi viejo barrio, al que no volvía desde que murió tío Pedro. Me he citado con él porque hace unas semanas, tras localizar mi dirección a través de la asociación de antiguos alumnos, se empeñó en enviarme un original: una novela que había terminado hacía un par de años y que no lograba publicar. Si tú pudieras ponerme en contacto con el director de alguna colección, a un desconocido como yo no le leen los libros, ni siquiera me abren el paquete ni me contestan las cartas… La cantinela que me recitó por teléfono la conozco de sobra. Pero, ya que estoy en año sabático, me he tomado la molestia de hojear la obra de ese antiguo compañero. Nunca se sabe, pensé al empezarla.

Sí, me la he leído entera, le digo ahora, con una sonrisa medio grave y un tanto ominosa que pretende anticiparle lo que ha de venir. Pero él sólo parece captar las palabras “leído” y “entera”, porque me mira con ojos de perro que va a recibir una galleta y si tuviera la columna vertebral más larga menearía la cola. Se queda un rato esperando a que yo diga algo, y como sólo le miro, por fin me pregunta: Y qué te ha parecido.

Suspiro. Es el momento temido. Abro el maletín y saco su original. Pero hombre de Dios, pienso. En estos tiempos que corre me ha mandado una copia en papel carbón. ¡En papel carbón! Por lo menos, le podría haber arreglado la a a la máquina de escribir. Pero todo esto no se lo digo, pues ya es bastante dura mi vivisección literaria como para adornarla con críticas sobre el formato. Lo he apuntado todo antes de venir, por si luego no me atrevía a decirle lo que he pensado. Yo no tengo la culpa de que todo el mundo se crea que puede escribir una novela. Primero le digo lo bueno: hay alguna metáfora acertada, alguna imagen sugerente sumergida en aquel mar de adjetivos vacíos y lugares comunes. Pero lo positivo se me agota enseguida, y luego empiezo a ser más duro, y casi sin darme cuenta me convierto en devastador, y a él parece que hasta los lóbulos de las orejas le empiezan a colgar más, y aunque en la boca empiezo a notar sabor a sangre, y sé que no es la mía, ya no puedo detenerme. Es placentero destruir esa basura que deja carbón entre los dedos y que en muchas páginas tiene manchas de café o de Dios sabe qué. Mi amor es la Literatura, con mayúsculas, y me jode que cualquier tuercebotas crea que puede acostarse con la Gran Dama. Paso revista a la estructura confusa, las ideas pretenciosas, los personajes que parecen estampitas con piernas, la narración que consigue el milagro de aunar linealidad y monotonía con caos y confusión; en resumen, la falta, la ausencia, la inexistencia de rasgo alguno de interés. Escupo como una metralleta, y me sube desde las ingles un calorcillo que no sé si no tendrá algo de excitación sexual.

Entonces crees que no es demasiado buena, resume él, y sus cejas se curvan como un tejadillo a dos aguas. ¿Pero es eso lo que me ha entendido, que su obra no me parece demasiado buena, cuando la he aniquilado? Lo más honrado que podría hacer ese hombre sería arrojar la máquina de escribir por la ventana y no volver a escribir más letras que las equis con que se rellenan las quinielas. Pero no se lo digo así, porque la tormenta de sadismo empieza a amainar. Le digo que no se preocupe demasiado, que es una novela fallida, y que eso suele pasar al principio. Pero fallida, cómo de fallida, me pregunta. Fallida-fallida, le contesto. O sea, que aunque la corrija… Ni con ésas, respondo. Pues yo había pensado que tú podrías ayudarme a corregirla…

Ahí pierdo los papeles. Levanto las cejas y luego descargo mi ira de doctor honoris causa y futuro premio Cervantes. Pero qué se ha creído aquel hombre. Haber compartido un aula, que ni siquiera el pupitre, no le da derecho a pretensiones ni familiaridades. Que me haya leído su novela ha sido una pérdida de tiempo, así que ni hablar de malgastar aún más poniendo aunque tan sólo sea una tilde en ella. Mi tiempo, le insisto, mi tiempo vale mucho dinero.

Pero yo le he dedicado toda mi vida a este libro, me responde, y también tengo derecho a un respeto. ¿Cuánto tiempo es tu vida? Hace treinta años que empecé a escribir la novela, contesta, mientras le temblequea el labio inferior. Por un momento me quedo sin saber qué decir. Treinta años, me repite, treinta años escribiendo todos los días. Entonces me imagino aquello, día tras día llegando de la oficina y sentándose en el saloncito para redactar su obra maestra; seguro que lo ha hecho sobre una mesa camilla, o aún mejor, sobre la mesa de contrachapado en la que se guarda la máquina de coser. Debería compadecerme de él, pero se me escapa una carcajada de lo más inoportuna. Trato de arreglarlo, le pido perdón, le palmeo el hombro (luego me limpiaré las partículas de caspa que se me han adherido a la mano) y le invito a una caña. No tengo tiempo, contesta, y recoge su manuscrito con aire de virgen ofendida. Toma por lo menos, le digo, te he traído mi último libro. Está dedicado, ¿ves?

Aunque parezca increíble, me lo rechaza. No quiero saber nada de tus libros. ¿Cómo te pones así? No, no: tú no has querido saber nada del mío, así que yo no quiero saber nada del tuyo. Me sube a la boca un nuevo ataque de soberbia; mi mujer siempre dice que la soberbia me pierde. ¿Cómo te atreves a compararnos? Yo soy un profesional. Yo sí que tengo toda una vida de dedicación y de literatura detrás. Yo sí que puedo echar la vista atrás y sentirme satisfecho de mi vida, de toda una vida, se lo digo así, en cursiva y casi en versalita.

De pronto me sonríe con una sonrisa ladina y me enseña unos dientes grandes y carnívoros. Toda una vida, me hace el eco. Toda una vida, se ríe. ¿Crees que ya tienes hecha la vida? Todavía te pueden pasar muchas cosas antes de que te mueras, y de pronto me sale con una historia de Heródoto, como si yo no fuera catedrático de literatura y no conociera perfectamente la anécdota de Solón de Atenas y el rey Creso. Estoy deseando largarme de aquel bar que cada vez apesta más a tagarnina y a sudor, y dejarle con la palabra en la boca, pero no me resisto a decirle que nadie me puede quitar lo que ya he hecho y que aunque me caiga un rayo ahora mismo, mi vida habrá merecido la pena, mientras que él podría vivir doscientos años más y nadie se tomaría la molestia de recordarle. Me doy cuenta de que me he pasado y temo que me eche las manos al cuello, pero con voz muy bajita me dice:

-Eso ya lo veremos.

Y se larga y es él quien me deja con la palabra en la boca.

* * *

Esa noche pego un gatillazo con Celia. Ella le quita importancia y, después de lo que me ha pasado por la tarde, consigue que me cabree aún más. Me quedo dormido por fin y no sé lo que sueño, pero parece que no han transcurrido apenas cinco minutos y ya suena el despertador. Mi mujer duerme de espaldas a mí. Cuando éramos más jóvenes empezábamos la noche abrazados y al cabo de un rato nos dábamos la vuelta para dormir más desahogados. Ahora optamos por la comodidad y nos damos la espalda desde primera hora de la noche. Dejo a Celia tranquila y me levanto al servicio. Me veo mala cara. Juraría que tengo más entradas, y que las bolsas bajo los ojos parecen más llenas de años. Seguro que es psicológico, o que la primavera anda revuelta, o simplemente que no todas las mañanas se levanta uno igual. Mientras me tomo el café, paso por el estudio, en el que observo más polvo que de costumbre. No sé por qué, me da por revisar los estantes en los que apilo mis obras por orden cronológico. Falta la última, Las fuentes. Pero ayer estaba aquí, seguro. Al lado encuentro mi novela anterior, La voz de los vivos. Tardo unos segundos en darme cuenta de que tiene algo extraño. El lomo es mucho más grueso de lo que debería. Abro el libro, perplejo, paso las páginas y compruebo que hay seiscientas veinte. ¡Pero si La voz no llegaba a trescientas! Acudo al último capítulo, y descubro que ese final es el de la primera versión que le presenté a Marta, mi editora, un borrador mediocre que ella y, sobre todo, la papelera me ayudaron a convertir en una gran obra.

Empiezo a sentir vértigo, pero dejo el libro en el estante y me agacho. En el anaquel inferior hay unos archivadores en los que guardo todos los recortes de prensa. Busco las reseñas de Las fuentes de la ignorancia feliz. No las hallo por ninguna parte, pero sí una crítica devastadora sobre La voz de los vivos. “Debería dejar de escribir”, dice. “Los escritores, como los toreros, tienen un ciclo natural, y han de saber retirarse a tiempo…”

Tiro la mitad del café por el fregadero, me anudo la corbata y salgo de casa para ir a la facultad. En el coche enciendo la radio. No, compruebo que no he retrocedido en el tiempo: están hablando del último rifirrafe entre socialistas y populares a cuenta de la crisis. Mi corazón palpita como un caballo desbocado y el café ha formado como una bola negra y ácida en la boca del estómago. Dejo el coche en el aparcamiento de la facultad, subo a mi despacho, entro en él. A la derecha de la puerta está mi mesa, la del catedrático, donde me encuentro sentado a Manolo Serra, un profesor titular al que le corresponde otro despachito interior contiguo al mío. Manolo tiene más o menos mi edad y nuestra relación es cordial, pero siempre ha sabido dónde está su lugar. Ahora, sin embargo, se dirige a mí con una seguridad desconocida, y no se levanta de mi mesa. Quería verte. La semana que viene me voy a Amberes y me gustaría que te hicieras cargo de esto, me dice tendiéndome unos papeles. Qué haces ahí. Ahí, dónde, me responde. En esta mesa. Pues lo de siempre, me contesta encogiéndose de hombros. Después se levanta y sale, y por la forma en que antes de hacerlo me da una palmadita y me dice que me cuide, que tengo mala cara, me doy cuenta de que ahora el macho Alfa es él, y no yo.

Paso al despacho aledaño, en el que hay otras dos mesas aparte de la de Serra (o la mía, ya no lo sé). Están vacías. Tomo asiento, me conecto a la red y verifico mis datos. Según el ordenador, el catedrático es Manuel Serra, y yo soy sólo un profesor titular. Entro en Internet y tecleo mi nombre en Google. Los resultados de la búsqueda son aún más desalentadores. No hay nada sobre Las fuentes de la ignorancia feliz, pero es que además ha desaparecido toda referencia a La voz de los vivos y tampoco encuentro páginas sobre El talante de Max. Al parecer, mi obra se ha detenido en Perversión de los verbos, una novela que escribí en 1991, ¡el mismo año en que me convertí en catedrático! Pero la fecha del ordenador es testaruda: mayo de 2008. Una mano enemiga está pasando un borrador por mi pasado; pero eso, evidentemente, es imposible, así que suelto una carcajada y trato de calmarme. Dentro de un rato asomará la cámara oculta, me despertaré entubado en la cama de un hospital, en la nave de Matrix, lo que sea.

En la puerta aparece Ana, la secretaria de la facultad. Te espera Luis, el jefe de estudios, me dice, y yo pego un respingo. ¿Qué Luis? Luis Sayans, quién va a ser, y tiene prisa. Me pongo de pie y la sigo, cada vez más mareado. Luis es un interino que aún no ha cumplido treinta años y que no creo que pase nunca de interino, porque la facultad le viene grande y además a mí, que tengo bastante influencia, no me cae nada bien y le hago la cama siempre que puedo. Ahora, sin embargo, Ana me hace pasar a un despacho sobre cuyo dintel reza Jefatura de Estudios. No hay jefes de estudios en la facultad, susurro. Pero ya estoy dentro y, en efecto, es Luis Sayans el que se levanta al verme, y tiene una cara de cabreo con la que jamás se habría atrevido a mirarme. No lleva traje ni corbata, sino ropa vaquera, y sin embargo le queda mejor, porque la lleva con la seguridad de quien tiene un puesto fijo y está mirando a un subordinado.

No puedes seguir así, me dice. Así, cómo, respondo, sin saber de dónde me va a venir la próxima andanada. Pues así. No me digas que la falta de ayer fue por una gripe, ¿y qué pasa con la hora de entrar de hoy? He tenido que mandar a la profesora de guardia con los de cuarto, así que vete para allá ahora mismo. En la directiva estamos hartos de cubrirte las espaldas. O arreglas tu problema o piénsate en pedir una baja definitiva.

Aturullado, vuelvo a salir al pasillo. Apenas reconozco el lugar mientras camino detrás de Luis. Las paredes están pintadas de blanco, y no de ocre, y hay huellas de pies, pintadas y quemaduras de cigarros. Los estudiantes son demasiado jóvenes; hay incluso críos que me llegan poco más arriba de la cintura. Llegamos ante una puerta rotulada como 4º C. Luis me hace pasar, y la profesora de guardia, una cuarentona con cara de malas pulgas, sale de allí sin molestarse en saludarme. Me quedo mirando a los alumnos, esperando encontrarme a una clase de cuarto de Hispánicas, y me encuentro delante de un montón de chavales y de chicas de quince años que me miran con cara de cachondeo. Dejo el maletín sobre la mesa, que es verde y de formica, y lo abro para ver qué hay dentro. Tal vez salga un conejo con chistera, quién sabe. Pero no: lo que brota del maletín es un libro fino y de cubiertas llamativas que jamás he visto. Lengua y literatura, 4º ESO. Me enfrento a los alumnos, me temo que con gesto de pánico. Es evidente que no me respetan. Uno se levanta a tirar una bola de papel, y al pasar delante de mí me examina de arriba abajo. Muchas de las chicas lucen el ombligo y se pintan como jóvenes prostitutas, pero ya no me lanzan chorros de feromonas, sino miradas de conmiseración o desprecio. Los ojos no se enfocan en mi cara, sino más abajo. Agacho la mirada. Llevo un pantalón de tergal que hace bultos en los bolsillos y ya tiene pelotillas. Para colmo, la bragueta está a medio abrir. Enrojezco y a la vez me pongo a sudar frío, y me da igual lo que digan, pero dejo detrás el maletín y salgo corriendo de allí. Al cerrar la puerta oigo gritos, carcajadas y un borracho hijoputa que resuena en todo el pasillo. Acelero mis pasos cada vez más, hasta que al final echo a correr. Al cruzar la conserjería el bedel me llama, pero yo no le hago caso y no me detengo hasta que salgo al aire libre. Me doy la vuelta en el aparcamiento de profesores para ver lo que debería ser la entrada de la facultad. Ahora se ha convertido en una puerta de aluminio sobre la que se ven unas letras negras pintadas sobre ladrillo: IES Pablo Rido. Es el instituto en el que empecé a dar clases hace casi treinta años, antes de dar el salto a la Universidad. Pero yo no soy el mismo de entonces, porque en aquel tiempo no había ESO, y porque entonces no me jadeaba como un perro asmático por una carrera de cien metros.

Los pies me llevan solos al coche. Por supuesto, allí no está el BMW. En su lugar, me espera el Peugeot 205 del que me libré hace trece años. Pero tampoco es el mismo coche de entonces. Ha envejecido tanto como yo: está surcado de cicatrices, y cuando me siento en él compruebo que está sucio como la camioneta de una obra y que el cuentakilómetros ha pasado de los trescientos mil. Decido volver a casa, tomarme dos aspirinas, acostarme y despertar de aquella pesadilla. Mientras conduzco, la radio comenta el último atentado de ETA. No, no retrocedo en el tiempo: es sólo que una bomba ha estallado en mi presente y sus ondas destructivas se están extendiendo hasta las raíces de mi pasado.

Pensando en ello, me he distraído, y en vez de conducir hasta Arturo Soria he aparcado el coche en una calle de Moratalaz. No puedo decir que me sorprenda, ya que es el barrio donde viví después de casarme. Salgo del coche y me encamino al número 19, un bloque de siete pisos y fachada de ladrillo rojo, y cuando saco las llaves del bolsillo es evidente que abren el portal sin ninguna dificultad. En el buzón leo mi nombre, junto con el de Celia, y también el de Laura, mi hija, pero no lo abro, pues no sé si dentro acecharán pirañas encerradas en sobres del banco. Subo en el ascensor, me bajo en el quinto y abro la puerta de mi viejo piso. No hay nadie. La casa está tal como la recuerdo, como la recordaba, con la salvedad de algún aparato nuevo y de que las cortinas son diferentes. No es que el piso esté sucio, pero se ve oscuro y huele a algo rancio e indefinible. Hay libros, aunque muchos menos de los que he llegado a tener. Busco entre ellos el lugar que reservé desde el principio para mis propias obras. Encuentro el librito de cuentos que me publicó una editora regional, y la primera novela, aquella de la que vendí cuatrocientos ejemplares. Nada más. ¿Dónde están las otras catorce novelas, los cuatro volúmenes de artículos, las monografías sobre el Siglo de Oro, los estudios que otras manos han escrito para glosar y alabar mi obra? Mi vida, me están robando mi vida, pienso, y cada vez noto el aire más enrarecido. Ah, sí, encuentro algo familiar y más reciente: el lomo negro de Las fuentes de la ignorancia feliz. Lo saco del anaquel y miro la contraportada. ¡Es la cara de él, mi compañero de clase, el novelista del papel carbón! Me pellizco, me pellizco más fuerte, me clavo las uñas, y como aún no estoy satisfecho le doy una patada a una mesita y me clavo el pico de madera en la espinilla, y me sube un dolor tan espantoso que me tiro al suelo aullando de dolor.

Se abre la puerta y unos pasos se arrastran hasta el salón. Una voz hostil y desgastada, y sin embargo familiar, me pregunta qué hago en casa a estas horas. Me incorporo y veo a mi mujer, pero no es la Celia con la que intenté follar anoche, sino otra con la que no se me ocurriría hacerlo en la vida, una Celia con peinado de señora y veinte kilos de más, que trae bolsas del Dia y viste ropa de rebajas muy rebajadas. ¿Ya has vuelto a llegar tarde?, me gruñe. Claro, buena te la cogiste anoche, para variar. Se va a la cocina a guardar la compra, pero yo no me atrevo a seguirla. Es la segunda vez que se refieren a la bebida, cuando yo soy prácticamente abstemio, pues siempre he sabido controlar mi conducta. Por curiosidad, abro el mueble bar. Hay una botella de whisky. No es ni el Glenrothes ni el Macallan que guardo para las visitas, sino el viejo y amigable segoviano para la gente sin complejos. Me da igual, me lo sirvo en un vaso de tubo y me lo echo al coleto de un trago. En vez del repeluzno que me produce el whisky, se me despierta un calorcillo en el estómago que empieza a recorrerme el cuerpo y me alivia al instante. Me sirvo otro vaso mientras mi mujer grita algo desde la cocina. Para que me deje en paz, me llevo la botella y el vaso al cuarto de baño y echo el pestillo. Sigo bebiendo mientras me miro al espejo. Ahora soy yo quien tiene pelos en las orejas, y entradas grasientas, y algo de papada, y unas venillas en la nariz que me delatan. Ya que no tengo remedio, me siento en la taza y sigo bebiendo.

Están aporreando la puerta. Me doy cuenta de que me he quedado adormilado. ¡Quieres salir de una vez!, grita una voz destemplada. Me levanto de la taza, tambaleándome, y algo cruje bajo mi pie. Es una cucaracha. Me sube un olor fuerte, y descubro que es mi propio sudor, agrio y añejo. Debe de hacer semanas que no me ducho, aunque me duché esta mañana. Cuando abro la puerta del baño no es Celia quien me espera, sino otra mujer a la que recuerdo vagamente. Con la lengua de trapo, le pregunto quién es. Ella me da un empujón para entrar al servicio y rezonga que quién va a ser, quién va a ser, lo que faltaba. Más gorda que Celia y rodeada de un olor indefinible que no quiero definir, se tambalea al caminar sobre dos columnas varicosas. Se encierra en el servicio y yo me alejo para inspeccionar la casa, que ha vuelto a transformarse. Ya ni la reconozco. Estoy seguro de que jamás he vivido en aquel lugar. No hay libros, ni una estantería en que buscarlos; tan sólo muebles viejos, cada uno de su padre y de su madre, y por supuesto una televisión en color. Me voy a sentar junto a la mesa camilla, porque estoy mareado, pero cerca de la tele veo una fotografía enmarcada en pasta rosa y me acerco a mirarla. Se trata de un retrato de boda, en el que aparezco vestido de novio con las patillas que llevaba en aquella época. No puedo tener más de veinte años, y el caso es que yo me casé a los veintiocho. La mujer vestida de blanco lleva un bombo de seis o siete meses. Ahora sí la reconozco. Así que me he convertido en el marido de Loli, aquella chica con la que me enrollé en bachillerato y con la que estuve a punto de acostarme; luego dejó los estudios y no volví a verla nunca más. Hay más fotos, cada una enmarcada con mejor gusto que la siguiente. ¿Cuántos hijos tengo? Parece que tres, o tal vez cuatro, porque no sé si el niño de la comunión es el mismo que luego aparece con orejas de soplillo jurando bandera.

Llaman a la puerta e insisten tanto que temo que fundan el timbre, que ya de por sí suena como una rata afónica. Abro y al otro lado me asomo a un pasillo largo, oscuro y rancio, como el túnel de una caverna nada platónica. Hay tres jóvenes. Entre dos de ellos sujetan al tercero, al que prácticamente me arrojan a los brazos. Se me escapa, se cae al suelo y se oye un golpe sordo cuando su frente choca contra el terrazo. No se inmuta y se queda babeando a mis pies. Tiene la cara macerada a golpes, y la ropa grasienta como si la hubiera arrastrado por el suelo de un taller de coches. Apesta más que mi mujer y yo juntos. Está muy flaco y tiene brazos de yonqui, pero entre la mugre reconozco al mismo muchacho de la jura de bandera. Uno de los jóvenes que siguen en la puerta me agarra de las solapas, me zarandea y empieza a proferir amenazas en un idioma que no entiendo. El otro ejerce más o menos de traductor. O el cabrón de tu hijo nos paga lo que nos debe o te rajamos a ti. A él la da igual, porque ya no siente las hostias, pero a ti te vamos a capar, ¿te enteras? Yo no sé nada, respondo. Claro que lo sabes. Cuatro mil quinientos leuros nos debe, el angelito. ¿De dónde coño queréis que los saque? No, ya sabemos que no va a ser de trabajar, se ríen en mi cara. Ya volveremos, y si no nos pagas aprende a mear sentado.

Se han ido pegando un portazo que ha descolocado el llavero de la entrada, donde pone Recuerdo de Torrevieja. Yo me he sentado junto a la mesa camilla y observo a ese charco de porquería que dicen que es mi hijo. Loli entra en la salita y empieza a dar gritos. Levanta al yonqui del suelo y se lo lleva al servicio. Ayúdame, desgraciado, pero yo lo que hago es buscar el mueble bar. No hay más que botellas de anís y coñac vacías, así que cojo una chaqueta llena de lamparones que cuelga de un gancho de latón, junto a la puerta, y salgo de allí. Me acompaña una letanía que se va perdiendo: gandul, inútil, quién me mandaría casarme contigo, borracho. Recorro el túnel hacia la luz del portal. De veras necesito beber, pues siento una sed extraña que jamás había experimentado, una sed que es de las vísceras y del alma, y me digo: supongo que en esto consiste ser alcohólico.

Me suena el barrio. Es Vallecas, otra vez. Mis pasos me llevan a un bar familiar, con mostrador de zinc, terrazo aturronado, restallidos de dominó. En otra vida estuve aquí. Según entro, el camarero me mira con mala cara, pero me sirve una copa de coñac sin preguntar. Me lo bebo de un trago, yo que jamás he soportado el coñac, y empiezo a sentir que mis males no son tantos. Qué tal te va, me dice una voz. No te veía desde el colegio. Me doy la vuelta y lo veo al muy cabrón. Ahora es él quien viste bien, con chaqueta y camisa de sport, y aunque no esté delgado ya no tiene panza ni pelos en las orejas. Qué me has hecho, mamón. No sé a qué te refieres. Devuélveme mi vida, que me la has robado. Devolverte tu vida. ¿No te parece un poco tarde? Si hubieras seguido estudiando, como hice yo, no te verías así. Tenías talento, se regodea el tío. Aunque disimule, su mirada lo traiciona: lo sabe todo, él es el causante.

¿Qué me has hecho?, insisto. Ya lo decía Solón, me responde: no se puede decir de un hombre que es feliz hasta que no termina sus días. Pero es que tú no me has robado el futuro, sino el pasado. No me has dejado nada, sollozo. ¿Qué ha sido de mi vida, de toda mi vida? Toma, anda, dice él. Me da un billete de cien euros doblado, y como no lo quiero coger me lo mete en el bolsillo de la chaqueta. Sé que andas mal, pero a lo mejor todavía puedes aprovechar tu talento. Yo lo agarro por las solapas y empiezo a sacudirlo. El camarero sale de la barra y me echa a empujones. ¡A la puta calle ya, hombre! ¡Estoy harto de que molestes a los clientes!

Con el empujón, trastabillo y me doy un cabezazo contra el retrovisor de un Ibiza. Me toco la mejilla, húmeda, y no sé si es sangre o son lágrimas, porque ya ha oscurecido y apenas veo. Me tambaleo, buscando otro bar, y saco el billete que me ha dado él. Por lo menos, podré beber. Entonces veo que es un recorte de El Mundo: un premio literario, hasta quince páginas, cerca de siete mil euros… No falta mucho para que se cumpla el plazo y se falla pronto. Con ese dinero podré pagar la deuda de mi hijo el yonqui, y con el premio arrancar de nuevo mi carrera literaria. Me encuentro un ciberbar: allí hay ordenadores, impresoras, y además sirven alcohol. Entro y me pongo manos a la obra. El premio es de cuento de terror. Terror, terror… ¿Qué mejor historia que la mía?

* * *

Ya he acabado. Ahora ya sabéis por qué no sabéis quién soy, y también por qué tenéis que darme el premio. Yo desprecié a alguien que me mendigaba unas horas y él me robó mi pasado. Ahora yo os mendigo sólo un poco de dinero y de gloria, miembros del jurado. Que Dios os proteja si me despreciáis.

© Javier Negrete
Reproducido con permiso del autor

Ein kinderspiel, lo tituló un periódico
Daniel Pérez Navarro

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Al extraño le pusieron un nuevo nombre: Tinto Tres. Le pusieron ese nombre porque así se llama el lugar en el que le dieron trabajo, el muelle de la foránea Rio Tinto Company Ltd., y fue el tercero que contrataron aquella mañana. El estibador se apiadó y lo empleó a su cargo. Permitió, sin obligación ni necesidad de ello, que el extraño, Tinto Tres, se alojara en el mismo Muelle del Tinto.

El acuerdo es bueno: comida y alojamiento a cambio de trabajo. No todos los estibadores son así. Éste es generoso. Así se lo recuerda a Tinto Tres. Entre el agua y las vigas de madera de su armazón, asentadas en el fondo de la ría, queda un espacio habitable para Tinto Tres que el estibador encontró para el muchacho. Es provisional; también es pequeño; pero él más no necesita, y caben sus pertenencias: una manta y una caja de zapatos que utiliza como aparador.

Tinto Tres es dormilón. Cuando el estibador llega al Muelle de la Rio Tinto Company Ltd., alrededor de las cinco de la mañana, siempre lo encuentra dormido. Y eso que Tinto Tres puede echar una cabezadita de veinte minutos después del almuerzo, pero el muchacho, cuando se trata de dormir, es insaciable. El estibador se lo recrimina de buenas maneras. Es un hombre indulgente.

Tinto Tres disfruta de intervalos de inactividad. No puede abandonar el muelle pero puede entretenerse con sus cosas. Lo raro es que Tinto Tres no encuentre nada que hacer en esos descansos. Se sienta al borde de la tarima de madera y mira al mar. A veces está nublado, de modo que no ve más allá de dos palmos. Otros días tiene suerte y la niebla no es tan cerrada, o se dispersa, o no asoma.

La madera del muelle es de Pino Tea Embreado y Pino Rojo del Báltico. A Tinto Tres le encanta olerla, tanto que memorizó su origen. Trabaja en la plataforma superior, por cuyos raíles circulan los trenes que acarrean la piedra extraída de las minas, en la parte que se adentra dentro del río Odiel, completamente rodeado de agua.

Uno de esos momentos en los que Tinto Tres está sentado en la tarima de madera mirando en dirección a la niebla, otro niño, Odiel Cuatro, se acerca por detrás en silencio y le asesta un golpe en la cabeza con un listón de madera. Odiel Cuatro lo había hecho antes: se acercó con sigilo por detrás y, como un jugador de golf que practica su swing, le golpeó en la cabeza con el mismo listón. En aquel instante la cabeza de Tinto Tres cayó como un bolo. Ahora también ha perdido el conocimiento.

Tinto Tres, aturdido, trata de recordar. Odiel Cuatro está sentado junto a él, doblado de la risa. “Uno de estos días”, dice Odiel Cuatro sin parar de reír, “del golpe que te doy, te mato.” Odiel Cuatro trabaja también en el Muelle del Tinto, pero no con el mineral, sino en una cocina. Como es el único amigo de Tinto Tres, cuando tiene un rato de descanso se acerca al muelle en su busca. A veces, Odiel Cuatro habla con mucha gracia.

Odiel Cuatro es bueno en lo suyo. Le ha contado a Tinto Tres, con detalle, la manera de destripar un cerdo. Tinto Tres podría enfundar morcillas con los ojos cerrados sólo de oírle. Si Odiel Cuatro no está de humor, porque recibió algún golpe inesperado, se sienta junto a Tinto Tres en el muelle y también mira hacia el mar. Ahora ha descubierto que le sienta mejor devolver el golpe, de manera que, ya lo ha hecho un par de veces, si está de mal humor agarra un listón de madera y golpea a Tinto Tres en la cabeza. El remedio tiene efecto inmediato: escucha los dos golpes, el primero del listón contra la cabeza de Tinto Tres, el segundo de la cabeza de Tinto Tres contra la tarima de madera del muelle, y empieza a reír. Como es su amigo, luego lo consuela y le ayuda a lavar la herida.

Tinto Tres sabe que Odiel Cuatro dice la verdad. Un día de éstos, uno de esos golpes va a matarlo, de modo que se adelanta a los acontecimientos. Al día siguiente, Odiel Cuatro llega al muelle de buen humor. Ambos hablan tranquilamente sentados en la tarima de madera. Tinto Tres se levanta, agarra un ancla pequeña, una que pueda levantar con soltura, se acerca por detrás a Odiel Cuatro y le golpea en la nuca con todas sus fuerzas. El golpe es sordo. La niebla, espesa. El golpe pasa desapercibido entre los ruidos del muelle. Con la rapidez que le enseñó el estibador, envuelve a Odiel Cuatro con cuerdas y lo ata a un ancla pesada. Luego empuja el fardo bien atado hasta el mismo borde y lo deja caer, y por último limpia el muelle.

El inconveniente del sistema de cimentación sobre plataformas de madera del fondo de la ría es que no puede dragarse en sus inmediaciones. La profundidad es de unos quince metros. El agua es turbia y nadie nada en ella, salvo unos peces de mal sabor y feo aspecto que agradecen las viandas.

© Daniel Pérez Navarro
Reproducido con permiso del autor

Poseída
Armando Boix

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Ella era casi una niña cuando se incendió la casa… Así empezó el administrador a contarme tu historia cuando me entregó las llaves. Desde entonces creo oír tus pasos sordos sobre la alfombra, el eco de una risa frágil y nerviosa tras alguna puerta cerrada o adivinar el esbozo de tu rostro entre sombras reflejadas en un rincón del espejo.

Casi una niña. Fresca y ardiente a un tiempo, primavera temprana apunto de florecer. Pero todo se convirtió en cenizas, lo que fue y lo que sería, por una confianza indebida, un accidente estúpido y un auxilio que no llegó a tiempo.

Ahora paso mis noches entre muebles nuevos y paredes recién pintadas. Nadie supondría lo que sucedió aquí, pues no quedan rastros del desastre… Al menos ninguno que puedan ver ojos humanos.

Mi madre me llama a menudo y asegura que no es prudente que una chica joven como yo viva sola, que en el mundo hay muchos lobos y no siempre se molestan en llamar a la puerta. Mamá se equivoca en todo. No me siento sola y no huyo de los lobos; los invito a venir a casa.

Ambas los invitamos.

Eras casi una niña cuando se incendió la casa, sí, pero tu piel ya sentía curiosidad por las caricias y una inquietud profunda enmarañaba tus sueños. Te imagino interpretando, a solas en tu cuarto, los besos con ese chico que te gustaba; escribiendo tus anhelos en las páginas de un diario lleno de corazones, pintados a bolígrafo; o explorando con tus dedos resquicios prohibidos, quizá temerosa, quizá deteniéndote un segundo antes del último instante, cuando no hay ya marcha atrás.

Mis piernas se abren ahora a la lujuria de otras manos, mi alma a tus preguntas incesantes. Todas las noches salgo de caza y, horas después, sudorosos intrusos juegan con mi cuerpo estremecido, mientras tú te agazapas degustando sabores que jamás conociste. Cada día el hambre es mayor, cada día busco nuevos platos nunca probados por mí, más con el ansia del inane que con la distancia gélida del gourmet.

¡Quieres sentir tantas cosas que te fueron robadas! Tu rabia, tu apetito, se transmite a través de mi piel. Bebo sin estar sedienta, porque tu boca está reseca, y así entrego mi cuerpo, doblemente poseído, hasta que cada nervio se tensa emitiendo notas de placer. Sólo me pregunto qué se quebrará primero, si tu deseo o mi resistencia. Y mientras me muerdo los labios, arrastrada hasta el borde de la dulce agonía, mis pensamientos son para ti…

Una pequeña muerte, para quien estará muerta eternamente.

© Armando Boix
Reproducido con permiso del autor

Maleficio. Tercera Parte
Juan Miguel Aguilera y Javier Redal

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SEIS

Jeldis Talnago seguía meditando en las palabras del Houngan mien­tras el trasbordador descendía hacia la iluminada pista de tierra batida. Las luces de aterrizaje parpadeaban en blanco y naranja bajo el lóbrego cielo nocturno, en el que chispeaban unas escasas dos mil estrellas. Incluso su mórbida cultura temía la noche.

Repasó su portaamuletos. Había efectuado una consulta rápida al Ma­nual de Vaticinios de Neerquine, cuyo heptagrama 563 indicaba “vicisitu­des fluctuantes”. De modo que escogió el Ankh de Mishram, el Prisma Celeste, el Orbe Invernal y el Huevo de Dingus; en su dedo medio lucía además el Anillo de Jandor como precaución suplementaria.

La nave se posó, arrastrando una nube de polvo flotante tras ella. Unos lázaros designados por Talnago acercaron la rampa móvil. Cuando se abrió la com­puerta, descendió un individuo rollizo, envuelto en una túnica recamada. Iba segui­do por un apuesto muchacho con uniforme de acólito.

Talnago reconoció al primero con desagrado: era Aadi Zoyos, im­portante personaje de la Congregación de Legba, y jefe de la Brigada de Purificacio­nes: un tipo regordete, de incipiente calvicie, con el largo cabello rubio de la nuca anudado en una trenza. Sus vestiduras, bordadas con hie­rogramas cósmicos, contrastaban con la sobria dalmática de Talnago.

-Usted debe ser Talando -dijo sin más preámbulo. Se acomodó sobre la nariz unas antiparras incrustadas de oro.

-Talnago. Jeldis Talnago, para serviros en esta hora un tanto tardía.

-Cierto, ohseñor Talnago, y esta premura también me ha causado no pocas molestias… pero la orden del Houngan especificaba “de inmediato”, y no dejó lugar para la objeción.  -la voz de Zoyos era afectada y untuosa.

-Comprendo, comprendo. Tengo un vehículo todo terre­no, así que os guiaré a vos y a vuestro ayudante a Base Aleph.

-Perfecto. Por cierto, este joven es mi estimado Odole, auxiliar de exor­cista -el acólito hizo una breve inclinación, a la que Talnago correspon­dió con un impaciente cabezazo-. Pero me temo que traigo más personal, ohse­ñor.

Señaló a la rampa, por donde empezaban a descender con paso monóto­no unas figuras cargadas con fardos, de los que sobresalían azado­nes y palas.

-Esos son… -se sorprendió Talnago.

-Lázaros, en efecto.

-¡Pero… tantos!

Zoyos se encogió de hombros.

-Son las órdenes del Houngan. Quiere que el trabajo se haga con la mayor diligencia, ya le he dicho. Odole, querido, toma la mitad de los lázaros y encamí­nate al cementerio.

-Como diga Vuesa Umbría -dijo el joven, que se dirigió hacia el inmóvil grupo de lázaros.

-Pero… -empezó Talnago.

-Hay mucho que hacer: bendecir las herramientas, excavar sepultu­ras, purificarlas, consagrar el terreno… El joven Odole está capacitado para todo ello. Ha traído un electrociclo para facilitar sus desplazamientos. Mi­entras, nosotros empezaremos a clasificar y reunir los restos mortales en la ciudad. ¿Decíais de un vehículo…?

Confuso, Talnago condujo al orondo dignatario hasta el auto todo terre­no. El acólito Odole ya se alejaba en su electrociclo, seguido por un nutrido tropel de lázaros trotando de cuatro en fondo. Talnago arrancó el TT y se dirigió a Base Aleph, mientras el resto de los lázaros se apresuraba tras ellos.

Zoyos sacó de su túnica un ejemplar de los Apócrifos Sibilinos en edi­ción de bolsillo, enfrascándose en la lectura. Talnago, por su parte, no se sentía de humor para conversar.

* * *

‑Las cifras siguen estando mal -rezongó al fin Hari, pasando una mano nerviosa por sus cabellos blancos-. Esta emisión no es posible en un cuerpo de las característi­cas de Kali B.

Mahal había abierto la nevera y se había servido un té helado. Ofre­ció uno a Hari, que rehusó con un gesto.

‑Vamos, Hari, seamos empíricos. Nadie ha estado an­tes tan cerca de un agujero negro. Quizás es la teo­ría la que tiene agujeros.

Hari siguió negando con la cabeza y Mahal se encogió de hom­bros. A esa avanzada hora de la noche no tenía la mente preparada para ese tipo de discusiones.

‑En todo caso -dijo la chica-, a Almirante solo le interesa evaluar el potencial energéti­co del agujero. Yo no me preocu­paría tanto. Si un bicho grazna como un pato, tiene pies de pato, y pico de pato, para mí es un pato. De mo­do que, si tiene toda esa formidable gravedad, nos basta.

-No -dijo Hari concluyente- Necesito hablar con Almirante, esto es muy importante. Mahal, ¿puedes localizarlo?

-Por supuesto -dijo la chica pulsando la joya central de su anillo.

* * *

El TT conducido por Talnago atravesó la entrada sur sin problemas.

El centinela ojeó rutinariamente sus papeles; Talna­go tenía plena libertad de movi­mientos, la llegada del mandatario shaktista figuraba en el orden del día, así que ¿para qué preocuparse? Se limitó a un vistazo de repulsión fascinada ante los lázaros que trotaban a paso ligero, con una inhumana sincronía, sin aparentar cansancio.

Una vez dentro, Aadi Zoyos tomó un pequeño radiotransmisor. Talnago lo reconoció como los usados por los capataces de lázaros, para dar órdenes a un grupo numeroso.

-Grupos A, B, C y D, dirigíos a la derecha hasta ver una entrada, y cuando lleguéis, parad -casi la mitad del grupo se separó del resto.

-Empezaremos a recorrer las calles de este a oeste, así estaremos segu­ros de no pasar un resto humano por alto -murmuró a guisa de expli­ca­ción-. Por favor, lléveme al lugar de mando aquí.

-¿Al centro de comunicaciones o al Hounfor?

-Al de comunicaciones. Tenemos que coordinar las tareas de mu­chos lázaros.

-Pero, recoger los restos de nuestros hermanos…

-Los lázaros no los pueden tocar, en efecto. Los señalarán para que lo hagamos usted y yo. Recogerán los restos de los lázaros, nada más.

Talnago no estaba muy seguro de que los lázaros pudieran distin­guir entre ambos tipos de restos humanos; su intelecto no era tan sutil. Pero no dijo nada.

Se detuvieron ante el centro de comunicaciones y se apearon. Tras ellos, los lázaros formaban estólidos, inmóviles, con los brazos colgan­do.

* * *

La extensión de Almirante penetró en el observatorio flotando como un corcho arrastrado por la corriente. Las débiles extremidades que surgían del cuerpo ovoide se agitaron indolentemente.

-Dígame, Hari. ¿Ha encontrado algo?

-Algo desconcertante. El observatorio funciona bien ahora, pero no consigo hacer encajar las cifras con la teoría… ¡Maldita sea! -Hari volvió a pasar una mano por su cada vez más revuelto cabello- Solo hay un mode­lo que soporte esa anomalía de masa… Creo que este agujero negro es un objeto hueco.

Mahal parpadeó con sorpresa.

‑¿Un agujero hueco?

‑Oh, sí -Hari indicó al ordenador que construyera una representa­ción holográfica de los datos obtenidos, y un gran globo verde apareció en el centro de la sala.

-Mirad esto -siguió diciendo Hari, mientras señalaba el globo-, la superficie parece una “pared de dominio” curva­da… una hipotética dis­tor­sión plana del espacio-tiempo, como la versión bidimensio­nal de una cuerda cósmica. Una cosa muy, muy masiva. Y toda la masa está concen­trada justo bajo el horizon­te de sucesos. ¿Có­mo explicáis algo así?

-Tú eres el astrofísico -dijo Almirante.

-Sí, y este astrofísico ha reflexionado, especula­do salvaje­mente, creado modelos matemáticos que no le convencieron ni a él… Este es el segundo aconte­cimiento extraordinario con el que nos encontramos desde que llegamos aquí.

-¿Y piensas que pueda haber una relación? -preguntó la extensión de Almirante.

-Le puedo asegurar que algo muy extra­ño está sucediendo en este sistema este­lar… Kali B no puede ser un agujero negro… ¡Maldición! -Hari dio un puñetazo en la mesa-, ¿como no lo vi antes? Ese objeto fue el cau­sante de la destrucción de la “Dharani“.

-Pero -dijo Almirante- tú explicaste perfectamente ese accidente.

-No expliqué ninguna maldita cosa… -Hari se puso en pie, y caminó frenético por el observatorio. Mahal le siguió con la vista. Nunca habría imaginado a Hari maldiciendo-. No tenía suficientes datos, y bus­qué la explicación más senci­lla posible. Pero estaba equi­vocado.

-¿Estás seguro? -preguntó Almirante- Pareces haber descartado muy pronto que Kali B no sea un simple agujero negro.

-Pero también hay otro hecho inexplicable desde el principio: los agujeros negros se forman por el colapso de una estrella muy masiva; eso significa que Kali B fue una supernova. ¿Cómo se las arreglaron los planetas de Kali A para sobrevivir?

-¿No pudo ser que Kali B fuera capturado por Kali A? -preguntó Mahal.

-¿Y dejar a los planetas en sus hermosas órbitas circulares?

-Pero -dijo Almirante- si Kali B no es un agujero negro… entonces, ¿qué és?

-Sí, eso me pregunto yo… ¿Qué es?

Hari descubrió que la respuesta le daba mucho miedo.

* * *

La filosofía de diseño de las naves cofraditas había sido siempre la salva­guardia de sus tripu­lantes y pasajeros, durante toda clase de viajes o en cualquier situación de emer­gencia. La flota cofradita tenía una larga tradi­ción de seguridad en este terreno, y la dilatada expe­riencia era una de las claves de su éxito mercantil. Así pues, cuando la “Pusparatha” recibió la llamada de socorro del trasbordador shaktista, la gestora de operaciones ordenó Alerta Amarilla.

Capitana, que estaba en el Recinto Expedito, llamó al puente en el acto. Uno de sus básicos corrió a la terminal y enchufó su cola en ella. Diez más formaron una cadena que se prolongó hasta el enorme cono.

-¿Sí? -no era necesaria ninguna identificación especial; el básico ya había enviado su clave y el ordenador le dio pleno acceso.

-Parece que uno de los transbordadores shaktistas tiene una avería -dijo la gestora de operaciones-, y piden permiso para un amarre de eme­rgencia.

-Bien. Voy allí.

Algunos de sus básicos echaron una última mirada a la fronda vapo­rosa de árboles achaparrados y hojas imbricadas. Le disgustaba verse inte­rrumpi­da en un momento así; andaba escasa de machos, por lo que había empolla­do una nidada partenogenética. Dejó a tres básicos para que se encargaran de construir las celdas de subsistencia y, caminando sobre un centenar de aquellos seres semejantes a insectos, su mole em­pezó a despla­zarse hacia el puente.

La actividad en el puente era intensa, pero relajada. Almirante pare­cía conversar con alguien del planeta a través de una extensión. Los básicos de Astrogadora y de Gestora de operaciones hormigueaban en torno a los co­nectores. Capitana, al entrar, ejecutó, con una docena de sus básicos, una danza de salu­do. El personal de puente vaporizó respuestas.

-Capitana -dijo la gestora de operaciones-, he ordenado que abran la esclusa del hangar 5 y preparen las vainas de expulsión.

La oficial de guardia abandonó el cuenco y Capitana fue acomodada en él.

-Bien. ¿Astrogadora?

-Me he puesto en contacto con el piloto del transbordador -dijo ésta-. No pueden maniobrar en la atmósfera ni regresar a su nave.

-Quisiera hablar con él.

Astrogadora correteó sobre los controles, activando diferentes op­ciones de menú. Una pantalla mostró al poco rato a un humano alto y enjuto de sexo masculino.

-¿Capitana? -dijo el humano-. Soy Zaouli Tamure, Ensalmador Puri­ficante. Me honra con su atención personal. Me dirijo a Kaliloka con un cargamento de lázaros para…

-¿Tienen un problema? -verbalizó Capitana.

Un básico de Astrogadora trepó sobre Capitana y le dijo: Señora, hay algo raro en esto. Conectemos.

Capitana enderezó todas sus antenas. Como el que no quiere la cosa, una cadena de básicos unió a Capitana con la astrogadora.

¿Sí?, dijo.

-Eh… en efecto -decía Tamure-. Un fallo en el sistema hidráulico, dice mi piloto… ¿Podemos… podemos subir a bordo?

Dicen que no pueden regresar a su nave, explicó Astrogadora. Pero no me lo explico, porque en principio sí pueden. Un fallo hidráulico afe­ctaría sólo a los controles aerodinámicos.

-Sin problemas. Tenemos preparado un hangar -Haga una retros­pec­tiva desde que partieron de su nave, ordenó Capitana. Astrogadora co­rreteó sobre los controles, activando diferentes opciones de menú.

-Gracias, Capitana. Lamento causarle estas molestias.

-No hay de qué.

Una pantalla mostró esquemáticamente la trayectoria de los dos tran­sbordadores. La “Avidya” estaba en una órbita ligeramente más elíptica que la de la “Pusparatha“, casi circular, con su perigeo a la mis­ma dis­tancia del planeta. El icono que identificaba a la “Pusparatha” coincidía con el del trasbordador. El otro estaba en plena reentrada.

¿Lo ve?, dijo Astrogadora. Bastaría encender su propulsor princi­pal para adquiriese una nueva órbita elíptica, que le llevaría a su nave ma­dre.

* * *

En el centro de comunicaciones sólo había tres ksatryas. Uno de ellos su­pervisaba el tráfico de información ante una pantalla, pero no pare­cía muy ocupado. Se limitaba a mirar cómo el ordenador intercambiaba información. Otros dos jugaba a los naipes.

Talnago y Zoyos entraron. Este último iba flanqueado por dos láza­ros de aspecto menos astroso que los demás. Sus sirvientes personales, sin duda.

El soldado que estaba ante el monitor se puso en pie.

-Buenas noches. ¿Puedo ayudarles en algo?

-Sí, muchas gracias. Verá, necesitamos un canal de radio para nues­tros trabajadores y monitorización por circuito cerrado de TV -llevó la mano al interior de su túnica-; nuestra frecuencia de trabajo será de…

Hubo un plop. El soldado saltó hacia atrás y cayó de espaldas, con una mueca de incredulidad en su rostro. Los otros dos se levantaron, sor­prendi­dos. Plop-plop-plop-plop. Ambos se sacudieron y Talnago vio apare­cer manchas rojas en sus pecheras, que estallaban como diminutos cráteres. Cayeron desmadejados, en posiciones absurdas, laxos como marionetas sin hilos, y el aturdido Talnago tuvo la certeza de que estaban muertos.

Sin comprender, miró hacia los lázaros. Cada uno empuñaba una pistola automática con silenciador

En la mano de Zoyos también había una pequeña pistola. Una co­lumnita de humo se elevaba de la boca del silenciador. Talnago se vio inca­paz de hablar. Con el corazón desbocado, esperó el siguiente disparo.

Pero no lo hubo. Zoyos tocó el silenciador con el pulgar y lo retiró sobresaltado.

-No me imaginaba que esta cosa quemase tanto.

-Pero… usted… cómo…

-Tranquilícese, querido amigo -dijo el otro, tan meloso como siem­pre, mirando a la calle-. Estoy asumiendo el mando.

Tomó el comunicador de su túnica. Lo encendió y dijo:

-Atención, lázaros. El reloj del Armagedón marca la hora en punto. Repito: el reloj del Armagedón marca la hora en punto.

Talnago, su mente girando frenética, comprendió que era una clave. La respuesta no se hizo esperar.

Una tremenda explosión hizo temblar las paredes, y Talnago se aferró a una mesa para no caer.

La luz se apagó.

-Eso fue la central de energía -la voz de Zoyos le llegó de la oscuri­dad-. Le aconsejo que nos quedemos aquí.

-¿Por qu…?

-Porque los lázaros recorrerán las calles de este lugar. Matarán a todo lo que se mueva, fuera de este edificio.

Su dicción era tan amanerada y empalagosa como siempre.

* * *

-Sólo puedo ofreceros una respuesta -dijo finalmente Hari-, no es un agujero negro, sino algo un millón de veces más extraño: una inter­fase.

-¿Una… interfase? ¿De qué estás hablando? -preguntó Mahal.

-Un agujero negro es una singularidad del espacio-tiempo -explicó rápidamente Hari-, pero esto es como una burbuja en el tejido del espacio-tiempo. La superfi­cie de tensión entre dos continuos en contacto.

Fue como si aquella revelación hubiera sido algo excesivo para la extensión de Almirante. Sin previo aviso, el huevo transparente se derrumbó y rebotó en el suelo con un sordo ruido.

Justo en ese momento, se apagaron las luces del obse­rvatorio.

SIETE

-Señora, hemos perdido contacto con Base Aleph -informó Gesto­ra de operaciones.

Capitana no dijo nada por un momento.

-Traten de reanudar la comunicación.

Uno de sus básicos, como si su minúsculo cerebro captase una orden inconsciente, paseaba sobre el tablero, muy cerca de donde se leía ALE­RTA ROJA, en los funcionales ideogramas cofraditas.

Instruyó a uno de sus básicos: informar a Almirante.

La respuesta llegó casi al instante en forma de un básico de Almi­rante: Lo sé, he perdido la unidad con mi básico de base Aleph. Todo esto es muy extraño. Tome precauciones.

Inmediatamente, Capitana ordenó con sonidos humanos:

-Personal de Seguridad, acuda al Hangar 5.

* * *

Odole Yasu era un joven ambicioso, dispuesto a llegar muy alto en la jerar­quía. Estar al servicio de Zoyos incluía ciertas actividades muy aleja­das de lo espiritual; pero el influyente personaje le había proporcionado rápidos ascensos rápidos. De modo que, cuando su superior le propuso el trabajo, aceptó con mil amores. Y cero escrúpulos.

Todo iba según el plan. Los lázaros habían alcanzado una posición equidistante de las puertas norte y oeste de Base Aleph. Estaban desemba­lando su arsenal de los fardos, y se aseguró que llevaran puestos los recep­tores de radio y las gafas infrarrojas. También revisó las botellas de jarabe que llevaban a la espalda, y les inyectó la Doble Omega bajo sus grises pellejos: una mezcla perversa de estimulantes, anabolizantes y anestésicos.

Recibió claramente la orden de Zoyos y sonrió.

Durante las próximas horas, los lázaros Doble Omega, con su apáti­co metabolismo forzado al límite, se transformarían en inexora­bles máquinas asesinas. Eran baratos y eficientes.

Cuando Odole se volvió sonriente hacia sus esclavos, dispuesto para dar la orden de “en marcha”, descubrió que estos ya habían iniciado la actividad programada.

Abrió la boca en un “o” de sorpresa solo un segundo antes de que su cabeza estallara.

Los Doble Omega presentaban un grave problema del que Zoyos había olvidado advertirle: dado su limitado cociente intelectual, en “modo de combate” a menudo confun­dían a sus instructores con los blan­cos de tiro.

* * *

Cautelosamente, el trasbordador se fue acercando a la enorme mole de la “Pusparatha“. Siguiendo las indicaciones del práctico, se dirigió a la iluminada compuerta del Hangar 5. La compuerta externa se cerró, y co­menzó el bombeo de aire. Cuando las luces de presión mostraron el verde, se abrió la compuerta interna y una grúa puente arrastró al tras­bordador al hangar. La amplia cámara estaba casi vacía.

Zaouli Tamure brincó fuera. Un cofradita atrajo su atención.

-Bienvenido a bordo. Soy la tercera oficial.

-Gracias… -Tamure miró al cono, pero no supo dónde fijar los ojos- Veo que ha traído una guardia de honor -señaló a los ksatryas.

-Son precauciones de rutina en Alerta Amarilla. ¿Puedo ayudarles?

Tamure se secó el sudor.

-Sí… quiero decir, no. Se trata de una avería tan simple como fasti­diosa… lo único que necesitamos es un repuesto para la turbina…

-Avisaré a la ingeniero jefe. El esquema de su trasbordador sin duda figura en el banco de datos, y le proporcionará lo que necesite.

-¡Muchísimas gracias! Ah, otra cosa… solicito desembarcar nuestra carga, pues no queremos sobrecargar los sistemas vitales.

Los básicos centrales de la oficial tomaron una configuración anular, pero dijo:

-Por supuesto.

Tamure hizo una seña y empezaron a bajar tres filas de lázaros.

-¿Esa es su “carga”?

-Claro. Oh, olvidé que no están familiarizadas con nuestra nomen­clatura. Legalmente, los lázaros se consideran objetos.

-Entiendo.

-Espero que pronto esté resuelto el problema y podamos salir sin más molestias… con permiso, debo supervisar algo en…

-Como quiera. Dejaré algunos básicos aquí. Si necesitan algo, pre­gún­teles.

-¡Excelente!

Tamure volvió apresuradamente al trasbordador.

* * *

Jed-Qor, soldado raso ksatrya, y Luba Tomeghe, un civil shaktista, cami­naban juntos por las oscuras calles de la ciudad mientras Tomeghe le hablaba acerca de su religión. No tenía ninguna intención de convertirlo, sólo charlar. Jed-Qor escuchaba.

Un apretado grupo de lázaros apareció a lo lejos, casi al final de la calle. Avanzaban hacia ellos en una especie de formación. Jed-Qor se detu­vo extrañado, había algo inusual en el comportamiento de aquellos lázaros. Pero ¿qué? Él no podía considerarse un experto, así que se volvió hacia Tomeghe para preguntar.

¡Y vio como el shaktista se quedaba rígido, con el rostro contraído por el miedo!

Jed-Qor desenfundó la pistola sin pensarlo un momento. Uno de los lázaros alzó su rifle. La primera bala de Jed-Qor le acertó en el brazo, pero aquel impacto, que hubiera dejado inconsciente a un hombre por el shock traumático, apenas lo hizo tambalearse. Jed-Qor disparó otra vez, otra, y no vio cómo uno de ellos le lanzaba un pico, la única cosa que tenía a mano.

Hubo un chasquido húmedo y el ksatrya se derrumbó, con la punta del pico asomando por el occipital.

Luba Tomeghe corrió desesperadamente por su vida. No era un guerre­ro. Era técnico electromecánico, y se ganaba un sobresueldo con pequeñas adivinaciones y algún que otro hechizo benevolente. Había trazado un Cír­culo Protector y un Encantamiento de Realimentación en torno a la casa de Jed-Qor. Lamentó no tener un animal para leer sus entrañas; pero en Kali­loka no había animales nativos.

Recordó los atemorizados rumores acerca de láza­ros asesinos, entre­nados en campos secretos. Se había reído de ello, creyén­dolo un bulo de los no creyentes.

Hubo una explosión y las luces de la calle se apagaron. Temiendo trope­zar, se escondió entre dos casas, su corazón enloquecido. ¡Nuestra Señora de las Sombras me proteja! Los lázaros cruzaron ante el callejón, caminan­do sin apresurarse.

No lo habían visto… Suspiró con alivio.

Se dio la vuelta para alejarse. Un lázaro estaba ante él.

Hubo un relámpago a la luz de las estrellas y sintió un dolor agudo, quemante, en el vientre. Se oyó un “plof”. El lázaro alzó de nuevo la bayo­neta y descargó un solo golpe más. Tomeghe sintió un fuerte mazazo en el cuello y se sintió volar. De repente se vio a sí mismo, con el paquete intes­tinal des­parramado en el suelo, y un doble surtidor de sangre, negra a la luz difusa, brotando del muñón de su cuello.

En los horrorizados segundos que le quedaban de vida, Tomeghe vio su negro destino escrito en sus propias entrañas.

* * *

La explosión hizo saltar al coronel War-Zen de la litera. Accionó el interruptor de la luz, que no funcionó. Maldijo. Tomó el comunicador, pero sólo oyó una confusa algarabía, hablando de lázaros, disparos, muertes. La emisión se cortó repentinamente.

Cogió apresuradamente un fusil de asalto, aun antes de que sus pies tocaran el suelo. ¡Kamsa y Putana! Las regulaciones de seguridad se habían suavizado, dada la ausencia de alguna amenaza creíble, y sus guerreros estaban dispersos acá y acullá. Rebuscó en busca de las gafas infrarrojas y las cogió.

En segundos estuvo corriendo por la calle oscura. El mundo, visto a través de aquellas lentes tenía un aspecto fantasmal. Las paredes eran de un frío azul-negro. Oyó disparos a su derecha y una docena de kstryas apareció corriendo; sus cuerpos resplandecían en una miscelánea de blanco luminoso, amarillo, ámbar, escarlata y verdoso. Uno de ellos se volvió rápidamente con el arma en ristre, mirándole a través de sus propias gafas infrarrojas. El coronel alzó los brazos: había eludido el ser acribillado por unos segundos.

-¡Coronel, nos… !

-¿Qué Kamsa sucede?

-Lázaros, coronel. Lázaros armados. Nos atacan, no lo entendemos.

-Yo tampoco entiendo, pero no importa. ¿Número?

-No lo sabemos.

-Maldición. ¿Por dónde vienen?

-Por todas partes. Al parecer, algunos han entrado ya.

Las cejas del coronel se alzaron. Pero en aquella noche de pesadilla incluso una traición no parecía fuera de lugar.

-¡Vengan conmigo! -corrió en la oscuridad, tratado de comprender qué clase de infierno abría sus puertas sobre Base Aleph.

* * *

Hari y Mahal contemplaron fascinados al básico atrapado en el interior del huevo, debatiéndose inútilmente en su prisión transparente.

-¿Deberíamos sacarlo de ahí? -preguntó Mahal.

-Probablemente lo mataríamos -respondió Hari. Aunque no sé la importancia que eso tendría para Almirante.

-¿Qué crees que le ha pasado?

-Su caída ha coincidido con el apagón -razonó Hari- quizás la corriente también se ha cortado en el centro de comunicaciones…

-Eso no es posible. Posee un circuito de seguridad especial.

Aguardaron inútilmente. La negrura lo envolvía todo. La idea de un sabotaje empezó a germinar en su mente.

-Mahal, esto es más serio que un simple fallo de… ¡Apaga eso!

La mujer había encendido un tubo portátil. Lo apagó de inmediato.

-¿Qué puede estar pasando?

-No lo sé -pero pensó en los colonos y el vello de su espalda se erizó.

-No puede ser lo que mató a los shaktistas -dijo Mahal, como si leyese su pensamiento- . Cayeron en todas partes, a la vez, y…

-Shhhh. Calla -sonaron disparos lejanos… y estremecedores gritos de dolor.

Un grupo de soldados apareció corriendo. Y tras ellos… Hari se agachó.

-¿Pero contra quién disparan? -preguntaba Mahal.

-¡Calla! -siseó con fuerza Hari. No quería que aquella horda de pesadilla los oyera.

Los vio aparecer a la débil luz de las estrellas. Una fila de figuras cami­naba lentamente, con el paso monótono de los lázaros. Llevaban en las manos unos objetos que relucían a la luz estelar. Sus caras estaban cubiertas por una especie de máscaras de buceo… Hari observaba, apenas asomando un ojo.

Uno de ellos giró hacia él. Hari se apartó veloz.

-¡¡Al suelo!! -aulló, mientras una ráfaga de disparos arrancaba el marco de la ventana y las balas destrozaban la habitación, entre vidrio esta­llando y objetos de metal que resonaban como demoníacas campanas.

* * *

Un disparo restalló, rebotando sus ecos por las calles desoladas, y uno de los hombres de War-Zen cayó muerto a su derecha.

-¡Cúbranse! -aulló el coronel.

La detonación había sido como un flash fotográ­fico. ¡Pero el tirador no aparecía en el infrarrojo! War-Zen apuntó a donde había visto el fogonazo y disparó una ráfaga de cinco disparos. El lázaro disparó de nue­vo, delatando su posición… el coronel hizo fuego a su vez, procurando afinar. No hubo más fuego desde ese rincón.

-¡Mi coronel, no veo a nadie en el infrarrojo! -exclamó un soldado.

-Porque ya están muertos, estúpido -dijo el coronel.

-¿Eh?

-¿No ha tocado la mano de una de esas cosas? Están muy frías.

-No… ni ganas. ¿Quiere decir que no podemos verlos porque sus cuer­pos están fríos?

-A temperatura ambiente, para ser exactos. La misma que los edifi­cios. Debemos guiarnos por los fogonazos.

-¡A la orden!

Una ráfaga arrancó astillas de la pared y otro de sus hombres se derrumbo con un grito de dolor.

-¡¡FUEGO, FUEGO, KAMSA OS MALDIGA!! -aulló War-Zen.

* * *

Con su paso monótono, los lázaros se fueron dispersando por el han­gar 5 de la “Pusparatha“, con sus mochilas de equipo colgándoles de la espalda. Zaouli Tamure estaba muy nervioso. Aquello nunca se había probado antes. Habían hecho simulaciones, pero…

No era cuestión de esperar más. Apretó un botón en su transmisor para lázaros.

Fue como si el día de la Resurrección se presentara sin avisar.

Los lázaros, con una rapidez que nadie sospecharía en ellos, apuña­la­ron a los humanos que tenían más cerca. Los ksatryas, a pesar de haber sido pillados por sor­presa, sólo tardaron unos instantes en reaccionar. Abrieron fuego y sonaron las sirenas de de Alerta Roja. Los vaporizadores de feromonas esparcieron por el sistema de ventilación el olor de “peligro inminente”.

En el puente, la oficial de Tácti­ca invadió su consola con decenas de básicos:

Estaciones de combate, alerta“, clamaron los altavoces. “Energizar bancos láser. Cargar tubos lanzatorpedos. Activen escáneres de largo al­cance. Impulsor principal, a 75% de potencia. Despejen todos los canales. Cierren puertas estancas

Mientras tanto, en el hangar de la nave espacial, lázaros y ksatryas intercambiaban balas diligentemente.

OCHO

El viento había empezado a soplar. Se abatió como un bloque sobre las negras calles de base Aleph, haciendo gemir las juntas de las viviendas prefabricadas. Penetraba por todas partes: por las rendijas de las puertas, por los tabiques de tablas de plástico mal unidas.

Era como un gran lamento obsesivo, un gemido de phante herido de muerte, que se deslizaba entre las casas, agita­ndo las ropas de los cadáveres que empezaban a sembrar nuevamente las calles.

Hari se arrastró hasta una pesada mesa metálica y la volcó con esfuerzo. Se escudó tras la gruesa lámina de metal.

-¿Hari? -el susurro era leve y aterrorizado.

-Shhh. No te muevas.

-¿Cr-crees que p-pueden oírnos?

-Calla -era un buen consejo, dadas las circunstancias.

Hubo un ruidito en la puerta. Sonó el metal del pestillo.

Acurrucado tras la mesa, trató de arrastrarse con esfuerzo. Muévete, idiota, se dijo. En el interior de su mente, había un niño asustado que quería taparse la cabeza con las sábanas.

Logró asomarse a ras del suelo. Fijó la vista hasta que sus ojos le dolie­ron.

El lázaro tenía problemas con la puerta (¿por qué los lázaros no abren las puertas corredizas? Porque luego no las alcanzan). El estúpido chiste casi le hizo estallar en una carcajada histérica. Se mordió los labios para contenerla.

El lázaro entró lentamente. Llevaba terciada un arma, un subfusil por su longitud (si dispara aquí dentro, las balas de rebote nos dejarán a los tres hechos una criba). Pensó entonces en la inhumana resistencia al dolor y la fatiga de aquellos cadáveres ambulantes, en su embotada indolencia, y com­prendió que al lázaro no le importaba morir lo más mínimo. Suponiendo que le quedara bastante cerebro incorrupto para imaginarlo.

El lázaro dio unos pasos dentro de la habitación. Desde su escondi­te, a la vaga luz de las estrellas, Hari reconoció su extraña careta de bucea­dor. Gafas infrarrojas. Por ello podía ver en la oscuridad, guiándose por el calor. De no ser por la mesa ya lo habría percibido. Se preguntó si veía la tenue columna de aire tibio desprendido por un cuerpo humano. ¡Y cierta­mente, el suyo estaba sudando de tensión!

El arma del lázaro oscilaba en arcos, a derecha e izquierda. La men­te frenética de Hari buscaba una idea. Su sangre, rebosante de adrenalina, había impulsado su miedo más allá del miedo. ¿Ponerle la zancadilla? Po­dría. ¿Empujarlo cuando le diera la espalda? Tal vez. Pero no hizo nada. El niño en su interior seguía negándose a moverse.

La atención del lázaro pareció dirigirse a un punto alejado en la habita­ción. Levantó el subfusil y disparó.

En el espacio cerrado, la ráfaga atronó como una rasgadura en la túnica de Dios. Apenas oyó el estruendo de plástico destrozado y el mons­truoso siseo de gas. Un soplo de frío le refrescó la cara.

¡Aquel cretino estaba acribillando la nevera! Había visto el flujo de aire cálido que emanaba por detrás, y el aparato había saltado en pedazos, con un surtidor de líquido refrigerante hirviendo… el plástico, gracias al Cielo, había amortiguado los impactos, impidiendo su rebote.

Las nubes de vaho casi lo cegaron. El lázaro giró lentamente sobre sí, como desorientado… aquello debía estar afectando a su mirada infrarroja.

Ahora o nunca. Hari se flexionó como un felino y se puso en pie de un salto.

Fue más el producto de un impulso que una maniobra premeditada. Puso una mano sobre el ardiente cañón del arma, la otra en un punto cerca de la empuñadura, y agarrándola con fuerza, giró sobre sus talones. Las zarpas del lázaro la sujetaban con igual firmeza, pero no pudo impedir ser volteado y caer al suelo.

Con una mano abrasada, Hari arrojó el subfusil a un lado y tomó la primera cosa que pudo tan­tear: un taburete. Golpeó a ciegas al lázaro, que trataba de incorporarse, y se oyó un crac. El lázaro cayó… para levan­tarse de nuevo. Hari observó que algo resbalaba por la sien del lázaro, pero no era sangre, era una masa gris y grumosa.

El lázaro lo miró con unos ojos amarillentos, tan opacos como los de un pez muerto, y extendió dos manos como garras esqueléticas hacia él.

Hari giró el taburete y golpeó con las patas metálicas, una vez, otra, otra… alguien aullaba y comprendió que era él mismo. De repente, el lázaro le golpeó con el antebrazo, con una fuerza tal que le arrancó el taburete de las manos. Sintió un fuerte golpe en la cabeza y las piernas se le afloja­ron.

* * *

Los ksatryas del hangar 5 de la “Pusparatha“, fueron finalmente arrollados por los lázaros y masacrados sin compasión. Lucharon con la bravura característica de la Ksatra, pero ha­bía diez lázaros por cada uno de ellos, y eran menos vulnerables.

La puerta de acceso al hangar empezaba a cerrarse. En el trasbor­da­dor, Tamure envió un lázaro para impedirlo; corrió hacia la puerta y la bloqueó con su cuerpo. La pesada puerta vaciló, luego apretó, y con un crujido repugnante, el lázaro fue partido en dos.

Tamure maldijo. Ordenó:

-Equipo de cortadores láser, corten la puerta.

Tras él, los pilotos y sus ayudantes observaban fijamente.

-No será problema -les dijo con confianza-. Estos cortadores pue­den abrirnos paso hasta donde sea. Y la mayor parte de los ksatryas están abajo. El resto de los humanos no es enemigo para nuestros Doble Ome­ga. Sólo tendremos que aplastar a esos molestos bichos.

Un grupo de lázaros acercó un pesado aparato similar a un cañón anti­tanque. Largos cables lo unían al trasbordador.

En el puente, Capitana le envió un básico a Almirante con un mensaje privado:

No tardarán en cortar la puerta. Almirante, estoy preocupada. Esta nave no está preparada para una acción hostil desde el interior.

Almirante formó una cadena de básicos. El resto ejecutó la Danza de la Imperturbabilidad:

No se preocupe. Esos cretinos no saben que los básicos de la tercera oficial no eran suyos. ¿Está preparado el Hangar 6?

¡Por supuesto, Almirante!

Capitana se sintió levemente irritada. En Alerta Amarilla, al menos un trasbordador debe estar listo para lanzar. ¿Qué clase de nave cree que mando?

Consternada, se dio cuenta de que algún básico le había transmitido este pensamiento secreto a Almirante. Pero ésta se limitó a esparcir un sutil efluvio de diversión.

* * *

Zoyos había registrado el centro de comunicaciones de base Aleph. Encontró una tetera portátil, té, y unas galletas. Se había preparado una taza y la tomaba miran­do por la ventana. Cuando un sector de la ciudad empezó a arder, dijo:

-Los materiales son ignífugos en su mayor parte. El fuego no se propa­gará mucho, a pesar del maldito viento. A los lázaros no les afecta el calor, si eso pretenden los ksatryas -con el paso de las horas, su untuosa voz se había desvanecido. Ahora era seca y cortante. Mordisqueó una pasta.

No le había ofrecido té a Talnago, y éste tampoco se lo pidió. Debía convencerlo, argumentar que era más valioso vivo, suplicarle, pero tenía la certeza de que Zoyos se reiría de él y quizás lo mataría.

Se sacó el Anillo de Jandor del dedo y se lo volvió a poner. No llevaba cuenta de las veces que había repetido ner­viosa­mente aquel gesto. Lo sacó de su dedo y lo volvió a meter. De vez en cuando fijaba una mirada sombría en el lázaro que lo vigilaba. No había movido un músculo en horas, pero la pisto­la aún pendía de su mano. El otro lázaro vigilaba la entrada.

-Si hace un movimiento sospechoso, mi lázaro lo matará  -le había advertido Aadi Zoyos.

-¿Y si hago un movimiento no sospechoso? -preguntó Talnago.

-También.

Talnago ya no se sentía de humor desafiante, tras presenciar la macabra frialdad de los lázaros asesinos. La calle estaba sembrada de cuer­pos. Se sacó el anillo y se lo volvió a poner.

¿Qué clase de personas eran los lázaros, antes de ser condenados a la Muerte-en-Vida? Nayu Sokhusi había sido el nombre de su lázaro perso­nal, cuando vivía. O Yanu, tal vez. Pero no sabía nada más sobre él, antes de que el parásito devorara su cerebro. Bueno, después de esto, nadie se atreverá a fiarse de su láza­ro. ¿Quién podría asegurar que no era un asesino infiltrado, por un clan u orden rival? Talna­go conocía los inconvenientes de vivir en una sociedad aristocrática. La traición y la conspiración son parte de la vida, pero si un hombre no puede tener confianza ni en sus propios lázaros…

Si la noticia sale de aquí. De repente, supo con total certeza que no se le permitiría abandonar el planeta con vida. Sabía algo demasiado peli­groso para ser divulgado. El inmundo Zoyos mandaría eliminarlo… o algo peor. Sería capar de permitirse la suprema ironía de convertirlo a él, Jeldis Talna­go, de la Orden de Samedi, en su lázaro personal…

Sintió rebullir su ira. El lázaro asesino pareció notar algo y alzó el brazo armado.

Talnago se mantuvo inmóvil, absolutamente inmóvil. Y el lázaro bajó la pistola.

Sólo veía una salida a su angustiosa situa­ción: tenía que persuadir a Zoyos de que no le matase. Y sólo podía hacerlo colaborando con él. Sirviéndole. Ofreciéndole su sumisión más abyecta. Bien, ¿por qué no? El envilecimiento era una práctica ya habitual en él.

* * *

Nadie se fija en un básico. Esta era la esencia del plan de Almirante.

Una docena de básicos se escurrieron entre la carnicería del Hangar 5. Sólo uno fue aplastado (por un ksatrya, por cierto), pero no importaba.

Se acercaron a una terminal de ordenador, como muchas de las que habían dispersas por la nave. Uno de ellos conectó su cola a la interfaz y el resto formó cadena. Almirante pudo ver a través de sus ojos.

Se sintió aliviado, como siempre que sus sub-unidades cumplían un reca­do difícil sin problemas. Las mandíbulas de los básicos desatornilla­ron el panel y se metieron dentro. Con cien ojos en una pantalla del puente, que mostraba un complejo esquema electrónico, y veintidós en el cableado, Almirante empezó a trabajar.

Lo que hacía contravenía media docena de artículos del Reglamento Naval, y hubiera puesto las antenas de punta a la Ingeniero jefe de ha­berlo sabido. Pero hay veces que lo mejor que se puede hacer con el reglamento es saltárselo.

* * *

Mahal se puso en pie, estremecida por los gritos de Hari. En la oscuridad, rota solo por la pálida luz amarillenta que entraba por las venta­nas, localizó la puerta y medio trope­zó hasta ella.

El lázaro acorralaba a Hari contra un rincón; había perdido el sub­fusil, pero había logrado extraer un afila­do machete. Hari se retorcía inde­fenso, como si sus miembros fueran incapaces de sostenerlo.

Mahal gritó y el lázaro se vol­vió hacia ella.

La muchacha cogió un taburete y se lo lanzó. El lázaro se limitó a desviarlo con el antebrazo, avanzando hacia ella. Cogió otro taburete, e intentó golpearlo en la cabeza. Con fuerza inhumana, aquella tétrica criatura lo aferró con una sola mano y se lo quitó de un tirón.

Estaba indefensa, con las manos vacías frente al machete, mientras el lázaro avanzaba un paso más hacia ella. Vio entonces, con toda claridad, aquel rostro de pesadilla: la man­díbula colgando medio arrancada por los golpes de Hari, la lengua hinchada, amoratada, asomando ridículamente por el gran agujero sanguinolento que era ahora la boca del lázaro. Sintió el hedor a muerte que emanaba de su piel, y el frío inhumano de aquellos ojos resecos clavados en ella.

¿­Qué hago? Mantener las distancias. Atacar el flanco. Buscar un hueco en su guardia. Si fuera tan tonto como para intentar golpearme levantando el brazo

El lázaro levantó el brazo.

¡Ahora! Mahal dio un paso al frente hasta situarse casi tocando el pecho de la criatura, de modo que fue su antebrazo lo que le golpeó el hombro y no el machete. Levantó rápidamente la mano, y con la base de la palma golpeó la barbilla del adversario de abajo arriba. Se oyó un chasquido, y el lázaro se encontró de repente mirando sus propios talones. Se desplomó. Vaya, ha funcionado, pensó la chica con sorpresa. Sintió un repentino dolor en el brazo. El lázaro aferraba su bíceps con dedos crispados. Con repug­nancia, Mahal fue soltándolos uno a uno.

Con la columna vertebral rota a la altura del cuello el otro no pudo hacer nada para impedirlo.

La chica buscó a tientas el subfusil. Tenía una cosa blanca en el guardamonte. La cogió; un dedo del lázaro, arrancado de cuajo en la pelea. Lo arrojó con repulsión. Era una primitiva arma de cerrojo. Lo abrió para asegurarse de que había una bala en la recámara. Se acercó al lázaro inmóvil en el suelo, apoyó el cañón en su craneo, y disparó.

Una sola vez.

Manos y pies se sacudie­ron convulsos, y el quedó definitiva­mente inerte. La muerte permanente.

* * *

Hubo unos disparos y un pequeño grupo de lázaros surgieron por la puerta de un edifi­cio…

El coronel War-Zen liquidó a uno con una breve des­carga y, casi antes de que cayera al suelo, a otro. Se secó el sudor. Sus hom­bres habían acabado rápidamente con el resto.

Registraron los cadáveres. Un cargador de rifle. El otro nada.

Una bala se estre­lló en la pared, en algún punto sobre su cabeza. Un lázaro disparaba desde el extremo de la calle. Uno de sus hombres puso rodilla en tierra, apuntó, dispa­ró una sola vez. El lázaro cayó.

Muy bien, muchacho. Hay que ahorrar munición.

Trabajosamente, War-Zen se puso en pie. Introdujo el carga­dor en su rifle robado, y miró a su alrededor con viveza.

-Todo despejado, coronel -dijo uno de los ksatryas de su grupo.

Habían cambiado varias veces de arma, arrebatándolas, como decía la enseñanza tradicional ksatrya, “de las frías manos cadavéricas del enemi­go”. Nunca mejor dicho. En alguna parte, Base Aleph estaba ardiendo, y el fuego se propagaba rápidamente gracias al furioso viento que se había le­vantado unas horas antes; las nubes de humo lo iluminaban todo, refle­jando el resplandor naranja de las llamas. Habían tirado las inútiles gafas infra­rrojas. La oscuridad ya no era una ventaja para aquellos lázaros, y como guerreros poco tenían que hacer frente a un ksatrya.

Esto vuelve las cosas a nuestro favor, pensó, pero antes de cantar victoria tenemos que llegar al centro de comunicaciones.

Grupos aislados de disparos sonaban a lo lejos. Por donde pasaran, no había otra cosa que cadáveres: técnicos, shaktistas cuyos rostros refleja­ban tanto horror como incom­pren­sión, ksatry­as (rodea­dos de montones de cadáveres de lázaros asesinos, observaron con satis­facción), incluso ino­fensi­vos lázaros domésticos, degollados o tiroteados ante su propia indiferencia.

-En marcha -ordenó.

Dos soldados se adelantaron rodeando una esqui­na, blandiendo sus rifles, tratando de ver por todas partes. El otro custodia­ba su camino de llegada. ¿Cuántas veces habían repetido esto? El secreto era moverse continuamente, no dejar de vigilar ni un momen­to, y disparar a todo lo que se moviese. Te asomas a una esquina. Si ves un lázaro, o varios, disparas y dispa­ras y disparas hasta que caen. Cruzas hasta la siguiente encrucijada, siempre vigilando atrás, adelante y a los lados, listo para disparar de nuevo. Registras los cadáveres y coges sus armas si es preciso. Y vuelta a empezar.

Tres lázaros en fila aparecieron a la vuelta de la esquina. No lleva­ban armas de fuego, pero eso no les impedía dirigirse hacia ellos.

Dispararon hasta hacerlos caer a todos. Corrieron hasta otra esquina. Dos grupos de seis venían por una avenida principal. Cambiaron de direc­ción y siguieron corriendo…

El coronel se había desorientado. Todas aquellas calles parecían iguales, y Base Aleph parecía no tener fin…

* * *

Lo que hacía a las cofra­ditas tan buenas astronautas era también su punto vulnerable, comprendió Zaouli Tamure con optimismo.

La enorme versatilidad de un cofradita, con sus básicos realizando múlti­ples tareas a la vez, unido a la ayuda electrónica, hacía que uno solo pudiera realizar las funciones de diez o doce humanos. Por consiguiente, la tripula­ción de la enorme nave era relativamente pequeña. De lo que se deducía que si conseguían salir del hangar el resto sería una simple operación de limpieza.

La perspectiva de incinerar a montones de aquellas alimañas reptantes le puso de buen humor, y cuando se oyó el ruido de las grandes compuertas del hangar, Ta­mu­re no le prestó atención.

De repente oyó gritar al piloto de la lanzadera:

-¡Se están abriendo las exteriores también!

Eso no puede ser, pensó Tamure. Hay numerosos sistemas de segu­ri­dad para impedirlo. Ni siquiera en la más grave de las emergencias. Era imposi­ble. ¡Imposible!

Pero estaba sucediendo. Con un manotazo frenético, el piloto cerró la compuerta del tra­sbordador. Una suave brisa barrió los papeles y otros objetos dispersos por el han­gar… la brisa se fue convirtiendo en vientecillo, el vientecillo en un vendaval, en una tromba…

Estupefacto, vio cómo los lázaros permanecían en pie, estúpidamente inmóviles. No fue capaz de ordenarles nada. El ventarrón los arrojó al suelo, rodando. Fue como ver vaciarse una pila de agua. De repente, una masa huma­na de carne semiviva arrastrada por el huracán se apelotonó ante las compuer­tas, y algunos, con una última chispa de autopreservación, trata­ron inútil­mente de agarrarse a algo.

Pero la boca que se abría al espacio los sorbió a todos.

Desde el puente, Almirante vio una gran pelota negra surgir por la compuerta, y al instante la vio dispersarse en centenares de puntos que se fueron alejando. Se produjo una masiva demostración de júbilo. Los básicos em­pezaron a cabriolear en círculos, y las feromonas de diversión hacían el aire casi palpable.

De repente, la alegría murió. El trasbordador shaktista se elevaba sobre el suelo del hangar. De sus costados se deslizaron unas placas, y luego se desplegaron dos macizos lanza­cohetes.

¡No es justo! –se quejó Capitana- ¡Nuestros transbordadores no está armados!

Un misil salió disparado e impactó en el muro del fondo. La explo­sión resonó por toda la nave como un puñetazo. Los shaktistas estaban decididos a destripar la “Pusparatha” si hacia falta.

Lanzaron un segundo cohete y la explosión sacudió los mamparos del puente.

¡Ella no puede resistir mucho más, Capitana! -dijo la inge­nie­ro jefe.

¡La Disgregación los maldiga!, exclamó Almirante con rabia.

Había que darse prisa.

* * *

-Tenemos que parar -dijo Hari, agotado.

Mahal tampoco se sentía me­jor, aunque era mucho más joven que el hombre. Se hallaban en un barrio de Base Aleph que desconocían. No había lázaros a la vista, de momento, sólo cadáveres. Descansaron de la única forma en que se podía en aquel infierno: con las espaldas contra la pared. Se permitió cerrar los ojos unos momentos.

Se había fijado en la cantidad de lázaros muertos que yacían en la calle. La deducción era obvia, pero su mente no tuvo tiempo de formularla.

-¡QUIETOS! -sonó una voz a su derecha.

Los dos se inmovilizaron, y Hari sintió renacer la esperanza. Levantó los brazos y se volvió muy despacio.

La figura que les encañonaba no parecía distinta a un lázaro. Un hombre de rostro gris, con cartucheras cruzándole el pecho, incongruen­te­mente vestido con una camiseta sucia, desgarrada y con manchas de sangre. Blandía una ametralladora de aspecto muy siniestro.

-No se muevan. ¡No se muevan!

Hari sonrió tímidamente. Se aclaró la garganta.

-Estamos muy contentos de verle, coronel War-Zen…

Su mano izquierda hizo un gesto ondeante hacia abajo.

Otros ho­mbres fueron apare­ciendo por entre los edificios, todos armados hasta los dientes y con sus uniformes de ksatryas destrozados y cubiertos de san­gre.

-Es asombroso que sigan con vida –dijo el coronel con frialdad-. ¿Vienen con nosotros? Nos dirigimos al centro de comunicaciones. Lo primordial es reestablecer la comunicación con nuestras naves. El verdadero ataque se debe de estar produciendo allá arriba.

-¿Quiere decir que este ataque no ha sido real? -preguntó Hari mirando a los agotados ksatryas.

-Sólo una distracción -dijo War-Zen- ¿Quien sería tan estúpido como para pensar que esos monigotes podrían enfrentarse a auténticos ksatryas?

-Es un consuelo para todos -suspiró Mahal- excepto para los muertos…

-Hemos tenido un número de bajas bastante aceptable, dadas las circunstancias de un ataque por sorpresa.

Hari lo miró, agotado, sin fuerzas para replicar.

* * *

Los oficiales de puente vieron un espectáculo extraordinario. Por las abiertas compuertas del hangar 5 entraban dos vehículos: dos esferas panzu­das con largos brazos plegados como en oración.

¿Quién maneja esos remolcadores? -exclamó Capitana. Pero enton­ces se fijó en la inmovilidad de los básicos de Almirante, totalmente con­centra­do. Entonces comprendió. Cada remolcador iba pilotado por un básico de Almirante, que los dirigía desde el puente.

Los brazos de los remolcadores se extendieron y sus pinzas se abrie­ron ominosamente. Los impulsores del trasbordador destellaron en un azul iónico, y empe­zó a girar lentamente hacia los intrusos. Estos se abrieron al advertir sus intenciones. Uno se dirigió hacia la proa, amenazando con sus garras las portillas de visión. Debió ser un espectáculo estremecedor para los shaktis­tas.

Un tercer cohete fue lanzado, haciendo impacto de lleno en la esfera. A diferencia de las anteriores, la explosión fue silenciosa. Los “cling, cling” de los fragmentos al golpear las paredes del hangar eran casi ridí­culos.

El segundo remolcador se aproximó al costado. Capitana pensó que le arrancaría uno de los lanzadores, pero Almirante tenía otras ideas.

Las pinzas se afirmaron en el costado de babor y los impulsores del remolcador destellaron a toda potencia. El trasbordador empezó a mo­verse de costado, la esfera se soltó y disparó los impulsores de proa… y lentamen­te, la pequeña nave shaktis­ta chocó contra la mampara.

El trompazo se oyó claramente en el puente.

El remolcador se acercó, se sujetó al costado de estribor y dispa­ró los impulsores de proa, separando al trasbordador de la mampara. El lanza­cohe­tes de babor estaba aplastado e inútil, y los tripulantes no debía estar de humor para utilizar el otro. El remolcador comenzó a empujar firmemente a la navecilla hacia el portalón del hangar.

Es todo suyo, Capitana -dijo Almirante, hablando por fin.

El transbordador flotó fuera de la nave, girando lentamente. Sus tripulan­tes no hicieron ningún esfuerzo por corregir la deriva.

Bancos láser preparados… oficial táctico, ¡fuego!

* * *

La primera señal de que algo no iba como era debido fue la ex­plo­sión. Zoyos saltó a la ventana y se asomó con precaución.

Lo que vio no pareció gustarle. Frunció el ceño, se frotó la barbi­lla, y miró fijamente a Talnago. Miró al lázaro que aún se mantenía vigi­lando. Sonrió levemente, levantó su pistola… Talnago cerró los ojos.

Al sonar el disparo los abrió instintiva­mente. Justo a tiempo de ver la nuca de Zoyos estallar, salpicando de sangre y trozos de sesos la pared.

El lázaro lo miró sin curiosidad. De repente irrumpieron tres ksa­tryas. La criatura volvió la vista, y Talnago casi pudo oír cómo los engrana­jes de su mente giraban con lentitud.

Antes de que lograse decidir qué hacer, su cabeza reventó de un balazo.

Talnago se puso en pie. Sentía una intensa alegría, aunque los recién llegados parecían salir de una prisión para locos homicidas. Tras ellos apareció Hari Pramantha, Mahal, y el coronel War-Zen.

Este último lo encañonó.

-Si hace un movimiento sospechoso…

Talnago se conocía la historia. Levantó los brazos hasta tocar el cie­lorraso con la punta de los dedos.

-No, espere -dijo Mahal-. Este tipo era un prisionero. Casi se caga de la alegría al vernos.

Talnago se extrañó ante un lenguaje tan impropio en una mujer. Pero era obvio que aquellas personas no estaban completamente en sus caba­les. Nuevamente empezó a temer por su vida.

-Cierto, yo era prisionero de este tipo. No sabía nada de todo esto… yo…

-Déjele vivir, coronel -propuso Hari.

-¡Que el Ave Garuda bendiga tu planeta! -exclamó Talnago sin poder contenerse.

* * *

Almirante, tenemos una llamada de la “Ragda” -dijo la gestora de operaciones.

Ya era hora. Póngala en pantalla.

En la pantalla apareció el capitán Yog-Lem.

-Almirante, lamento el retraso, pero hemos tenido un problema con la “Avidya”.

-Como nosotros. Han intentado abordarnos. Como comprenderá, no han tenido éxito.

El capitán asintió.

-Eso lo explica. Han estado emitiendo interferencias en todas las bandas, por eso no hemos podido comunicarnos hasta tener línea de visión.

-Entiendo. ¿Qué hacen ahora?

Almirante miró la pantalla de situación. Durante el proyectado abordaje, la “Ragda” y “Avidya” habían estado al extremo opuesto del planeta, con los relés orbitales interferidos. La maniobra había sido cal­culada al milímetro. La “Pusparatha” aún no podía ver a la nave shaktista tras la curva del planeta, pero la “Ragda” sí. Yog-Lem transmitió un diagrama. La “Avidya” había abandonado la órbita y aceleraba a im­pulso total. Los básicos de Almirante formaron un sorprendido círculo.

-¿Qué pretenden? ¡A juzgar por su trayectoria, van hacia el agu­jero negro!

-En efecto, Almirante. Los cobardes huyen como malditos dongos refu­giándose entre el estiércol.

Almirante no respondió de inmediato.

-No estoy seguro de que se limiten a huir. Alguien que ha elabo­rado una traición tan complicada no renuncia tan fácilmente. Es posible que estén planeando otra de sus desagradables sorpresas.

Yog-Lem frunció el ceño.

-Están fuera de alcance de nuestros torpedos. Si disparamos, los torpedos seguirán su curso, pero…

-Agotarán su combustible y no podrán efectuar maniobras evasi­vas. Los shaktistas los interceptarán como blancos de tiro.

-Efectivamente. Pero por la misma razón no podrán dispararnos a nosotros.

-No esté tan seguro, capitán Yog-Lem.

El ksatrya alzó levemente una ceja. Los ksatryas, des­pués de todo, eran soldados de tierra más que astronau­tas.

-Podrían intentar otra cosa -sugirió Almirante-. Utilizar el aguje­ro como catapulta de gravedad para acelerar sus torpedos. No sé qué velocidad podrían alcanzar así, pero sin duda será mucha.

Yog-Lem asintió.

-Almiran­te, solicito permiso para perseguirlos.

-Denegado, capitán. No tienen posibilidades de alcanzarlos. Y si se sitúan en posición… bueno, no hay mucha posibilidad de interceptar un torpedo que viaje incluso a un diez por ciento de la velocidad de la luz.

El capitán abrió la boca, estupefacto.

-Nos refugiaremos tras la curva del planeta y lo usaremos como escudo.

-¿Refugiarnos?

-Avanzar hacia retaguardia.

-Comprendo. ¿Y Base Aleph?

-La evacuaremos. Si uno de esos torpedos impacta en cualquier punto del planeta, significará un terremoto de grado doscientos. Y no digamos si impacta directamente. Tenemos que evacuarlos.

El capitán asintió.

-Enviaré mis transbordadores.

-Nosotros también lo haremos. “Pusparatha” fuera.

NUEVE

La pesadilla más espantosa con­siste en despertar y descubrir que no era una pesadilla, pensaba Hari. En Base Aleph, los equipos de socorro no daban abasto como sepultureros.

Hari estaba en el centro de comunicaciones desde hacía horas, tratando de co­municar con Almirante, pero la Alerta Roja seguía en pie y había limita­ciones de prioridad en los canales.

Cuando los altavoces empezaron a difundir la or­den de evacua­ción y a qué se debía, se sintió aún más inquieto. Finalmente tuvo una idea.

Corrió hacia las ruinas de su observatorio y buscó afanosamente por el suelo. El lugar era un revoltijo, pero al fin logró encontrar el huevo-extensión de Almirante. Vacío. ¿Dónde demonios estaría el bási­co?

Con tanto barullo se había olvidado de él incluso la propia Almi­rante. Lo encontró entre las ruinas de la nevera, rebuscando en la comida. Lo cogió con cuidado (el básico lo miraba con curiosidad, ¿lo recordaba?).

Lo instaló en el huevo flotante y conectó con cuidado las termi­naciones nerviosas de cola al interface. De repente el huevo emitió un zumbido y empezó a flotar de nuevo.

-Ah, Hari, me alegra verte -el básico, ahora conectado con la totalidad de Almirante-. Perdona que no te atienda, pero estoy haciendo mil cosas a la vez y mi récord estaba en novecientas noventa y nueve.

-Almirante, es urgente que hablemos.

-¿A qué llamas urgente? Los shaktistas van usar el agujero negro para bombardearnos a cero coma una velocidad de la luz…

-De eso se trata, Almirante. No se trata de un agujero negro, ¿recuerda? No pueden usarlo para eso. No corremos peligro.

El huevo descendió suavemente hasta una mesa.

-¿Apostarías tu vida en ello?

-No importa ahora. Son los shaktistas los que corren peligro, y debo advertirles.

-¿Como?

Hari meditó un momento.

-Bueno, ¿­Puede abrirme un canal de comunicación con la “Avid­ya”?

El básico agitó las antenas.

-No puedo aunque quisiera. Se niegan a responder. Aunque qui­zás haya alguien… ¿Talnago ha sobrevivido?

* * *

Talnago fue conducido al centro de comunicaciones. Llevaba un par de esposas en las muñecas y el propio coronel War-Zen lo escoltaba. Lucía un aspecto miserable. Ahora se veía condenado injustamente por lo que no había hecho. Por las bar­bas de la Tiniebla, ¿es que se daban cuenta de que Zoyos iba a matarlo?

Cuando Hari llegó, alzó la vista con esperanza.

-Talnago, necesito ayuda para…

-Encantado -dijo atropelladamente-. Estoy a tu servicio.

-Tengo que hablar con quien quiera que esté al mando de la “A­vidya”, pero no responden. ¿Tienes alguna forma de comunicar con el…?

-El Gran Houngan. Sí, mi ordenador tiene los códigos de encrip­tación y los protocolos shaktistas, y podemos conectarlo al haz. Si el coronel fuera tan amable de dese­ncadenarme…

War-Zen aceptó hacerlo, pero le colocó una pesada mano sobre el hombro.

-Cuidado con lo que hace -el shaktista se frotó las muñecas y cogió su ordenador. El coronel se lo quitó de las manos.

-Dígame la contraseña y yo la marcaré. Y mejor será que sea correcta o le vuelo la cabeza.

-Se la diré, pero procure entrarla sin equivocarse.

El coronel marcó en el teclado, y tras un intervalo se estableció contacto. El repelente rostro del Houngan apareció en la pantalla.

-Houngan… -musitó Talnago.

-¿Eres tú, saco de inmundicias? Espero que hayas preparado tu mise­rable alma para reencarnarte como gusano los próximos cien mil años –le espetó de bue­nas a primeras.

Hari apartó a Talnago, y se enfrentó a la imagen del líder shak­tista. A sus espaldas, varios oficiales de uniformes rojo y negro se afa­naban en torno a los instrumentos del puente.

-Houngan, soy Hari Pramantha. Astrofísico al servicio de las co­fraditas.

El Houngan entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos ranuras legañosas.

-Te conozco. He oido hablar de ti…

-Tú y tus hombres corréis un gran peligro.

Por el rabillo del ojo, Hari vio la pantalla de noticias. La trayec­toria estimada de la “Avidya” se acercaba a Kali B. La distancia mínima al horizonte de sucesos sería de unos seis radios.

-¡Ja! Abandona tu preocupación por mí, y empieza a temer por tu propia vida y por la de tu gente.

-Conocemos vuestras intenciones y…

-Y no puedes hacer nada para evitarlo, lo sé. En unos pocos mi­nutos estaremos en posición de disparar… ¡Comed muerte, malditos he­rejes!

Hari empezó a hablar lo más rápido que podía. No sabía cuanto tiempo les quedaba aún, pero sospechaba que no era mucho. La “A­vidya” se acercaba ya a la exosfera del agujero negro.

-Vosotros seréis los cadáveres si no ordenas desviar vuestro rum­bo. Kali B no es un agujero negro, es una interfase con otro universo dotado de leyes físicas distintas, de constantes básicas diferentes, donde la vida tal y como la conocemos no puede existir. Este planeta entra dentro de su campo de influencia una vez por cada revolución, y eso fue lo que destruyó a vuestros colonos… como ahora va a destruiros a voso­tros y a vuestra nave.

-Mientes para ganar tiempo. Pero no te servirá de nada. ¡Nues­tros hermanos fueron asesinados por las cofraditas, y ahora vosotros vais a conocer el alcance de la venganza de los Servidores de la Negra!

En la pantalla, la “Avidya” se aproximaba al periastrio.

De repen­te algo empezó a pasar.

Hari no supo exactamente qué era. Los colores parecían haberse vuelto… extraños. El Houngan se interrumpió a media invectiva. Los hombres del puente levantaron la vista de sus instrumentos.

Toda la imagen fluctuó, como si la vieran a través de una colum­na de aire caliente. Empezaron a sonar las alarmas del puente. El sonido también estaba distorsionado.

-Hougan -dijo uno de los técnicos intentando sujetarse al panel que estaba frente a él- el ordenador está embrujado, los controles no responden…

-Aun podéis salir de ahí -gritó Hari-, al igual que la “Dharani”, aun tenéis una posibilidad… Intentad…

El Houngan lanzó un grito desgarrador. Sus dedos manchados y retorcidos se engarfiaron al pecho de su túnica. Su carne, y la de todos los que estaban en el puente, empezó a brillar. El brillo se incrementó hasta un destello de flash, y diminutas partí­culas flamígeras surgieron desde cada milímetro de la piel del Hougan y huyeron hacia las paredes del puente como espíritus liberados…

La comu­nica­ción se cortó. Pero antes de hacerlo, Hari vio algo que olvi­daría nun­ca. Era como si la carne del Houngan fuese de pólvora in­flamada, pero el brillo cesó unos instantes, apenas un parpadeo, para revelar un esqueleto perfec­tamente blan­co sentado en la silla del Houngan.

En la pantalla de noticias todos contemplaron como, con una lentitud de pesadilla, la “Avidya” se desplomaba hacia el interior de Kali B. Durante un instante la negra nave brilló como una nova, y al instante siguiente había desaparecido como si su existencia en nuestro universo sólo hubiera sido un mal sueño.

DIEZ

A la mañana siguiente el aire estaba en calma. El humo de­ los restos dejados por el incendio se mezclaba con una húmeda bruma que filtraba y transportaba la luz, dotándolo todo de un pálido res­plandor fantasmagó­rico.

Pero tras una noche como la que habían vivido, Hari agradecía cada mísero rayo de luz.

Sentía un fuerte deseo de abandonar para siempre el planeta pero alguien lo iba a hacer antes que él.

Vio como los ksatryas subían a Talnago, de nuevo esposado, a un transbordador. El shaktista le dirigió una última mirada entre dolida y desafiante, y desapareció en el interior de la nave. Un instante después, esta se elevó disipándose rápidamente en la bruma.

-¿Qué harán con él? -preguntó Hari a Mahal.

-Oh, si se lo dejaran a los ksatryas seguro que no duraría mu­cho -dijo la chica-; pero son las cofraditas quienes están al mando, y ellas no ven con buenos ojos los ajusticiamientos. Seguramente será repa­triado a su mundo, con la esperanza de que allí sea juzgado.

Hari asintió. Ni siquiera el resplandor del motor del tras­bordador era ya visible.

Renunció a seguir intentando localizarlo, diri­gió la mirada hacia donde calculó que estaría Kali B, y soñó:

El universo era como una gran burbuja de jabón. La superficie de contacto con otra burbuja, otro uni­verso, es una superficie plana. Un círculo. Kali B era una superficie esférica separando dos continuos espa­cio-temporales. En ese sistema solar había una auténtica puerta a otro universo.

Mahal le observó un instante y dijo, casi como si hubiera logrado leer su mente:

-Aun no entiendo qué fue lo que mató a los shaktistas. ¿La ra­diación de esa cosa que no es un agujero negro?

-Lo curioso es que Talnago, en cierto modo tenía razón. Fue un maleficio -dijo Hari con una sonrisa triste.

-¿Cómo?

-Lo que mató a los colonos no estaba de acuerdo con las leyes de la física… al menos las nuestras.

-Tú no puedes creer eso… -Mahal parecía casi escandalizada- ¿La magia es lo único que puede explicar lo que aquí ha pasado?

-La magia no, la ciencia. Pero no nuestra ciencia.

La chica escrutaba el rostro de Hari buscando alguna expresión que delatase si el hombre estaba intentando tomarle el pelo.

Hari siguió hablando:

-Sí… bueno, si la fuerza nuclear fuerte, que mantiene unidos los nú­cleos de los átomos, fuera un poquito más débil, el deuterio no existi­ría y los soles no podrían brillar. Si fuese un poquito más fuerte, todas las estrellas habrían estallado. Si la gravedad fuera un poco más fuerte o más débil (¡uno partido por diez elevado a cuarenta!), todas las estrellas se­rían supergi­gantes azules o enanas rojas. Enfrentados a estas coinci­den­cias, no hay otra solución que el principio antrópico o los mundos múlti­ples…

-¿Pero, los colonos?… -insistió Mahal con tozudez.

-Inestabilidad de los enlaces entre carbonos. Una simple cuestión de un cambio en el decimal 40 de una constante. En otras palabras, en ese otro universo no pueden existir moléculas grandes de carbono. A medida que nos acercamos… bum. Las largas cadenas de carbono se rompen, y lo único que queda de uno es lo que no es carbono.

“Todo encaja ahora. Las formas de vida nativas de Kali A II son células con moléculas de carbono, pero muy pequeñas. Han sobrevivido a cientos de pasos de Kali B. Toda la materia orgánica se descompuso, papel, tela, cuero, madera…

-¿Quieres decir que -terció Mahal, pensativa-, si existen infinitos universos, po­dría existir toda combinación posible de leyes físicas?

-Así es -dijo Hari-. Una inmensa mayoría de (infinitos) universos serían inap­tos para la vida inteligente, muy cercanos a la máxi­ma entro­pía. Y otros universos (infini­tos) estarían habitados. Y sus habi­tantes se maravillarían de la “coinci­dencia” de las leyes que ha­cen posible la vida.

-Y el sistema de Kali está en la frontera de ambos -meditó Mahal- Qué cosa tan ridícula. Infinitos universos para explicar uno so­lo.

-Cualquier cosa podría surgir del otro lado. Cualquier cosa. Án­geles con trompetas y espadas de fuego; demonios de cola puntiaguda, cuernos y pezuñas; dioses, energías desconocidas, superhombres… o nada de todo eso.

»Dios no juega a los dados, pero se guarda ases en la manga.

»Quizá algún día podamos aprender más de esa puerta.

»Quizá, algún día, aprendamos a usarla.

© Juan Miguel Aguilera y Javier Redal
Reproducido con permiso del autor

Maleficio. Segunda parte
Juan Miguel Aguilera y Javier Redal

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CUATRO

La lanzadera se posó a cinco kilómetros de Base Aleph, en una exten­sión llana y cubierta de gravilla, enfáticamente llamada “campo de aterriza­je”. Había media docena más de naves, de las que se estaban descar­gando equipo y vehículos. Algunos de los miembros del personal científico bajaron de la lanzadera, con sus bultos de mano al hombro.

El firmamento era de un índigo oscuro. El sol Kali A relucía en el cénit como una gruesa naranja. Aunque había grandes nubes blanco-amari­llentas sobre las montañas, el tiempo era cálido y el suelo se había secado.

Era el olor lo que resultaba alienígena. El primer asalto de un mundo nuevo, pensó Hari, es olfativo. Y aquel planeta olía como un sepulcro recién abierto.

* * *

Un vehículo todoterreno los condujo hasta la base y los dejó en su centro, cerca del gran edificio de piedra que llamaban el “Hounfor”. Un oficial con insignias de teniente les llevó a sus alojamientos, situados a lo largo de la calle principal, y los distribuyó en grupos.

Hari abrió la puerta del aparta­mento que le habían asignado. Era un edificio prefabricado estándar. Tenía capacidad para seis personas: Una sala, tres dormitorios con dos literas cada uno, un cuarto de baño y una pequeña cocina. Demasiado espacio para él solo, pensó. Pero no lo estaba.

En el centro de la sala flotaba una especie de huevo transparente, dotado en su parte inferior de diminutos mecanismos para su sustentación. Del ecuador del huevo surgían delgados filamentos plateados, articulados de forma semejante a las patas de una araña. Moviéndose con la perezosa gracia de un manojo de algas bajo el agua.

Hari dio un paso hacia aquella cosa y vio la conocida forma de un básico flotando en el centro del huevo, con su cola conectada a un comple­jo enlace sináptico. El artefacto emitió una perfecta simulación de una voz humana.

-Saludos, Hari. Espero que haya tenido un buen descenso.

-¿Almirante? ¿Es usted?

-Solo una mínima expresión de mi persona, pero está enlazada con el resto de mi totalidad a través del haz.

Instintivamente, Hari miró hacia lo alto. En aquellos momentos, el cuerpo de la cofradita, se podría considerar que abarcaba miles de kilóme­tos.

-¿Ha visto la base?

-Solo desde la ventanilla del todoterreno. Un lugar tétrico.

-Eso me ha dicho Mahal. Claro, que esa expresión no puede guardar un mismo significado para nuestras dos especies… pero me preocupa el efecto que ese ambiente pueda tener en la moral de las tropas del coronel.

Hari se dejó caer en uno de los sillones. Era indecentemente confor­table.

-Sinceramente, yo no me preocuparía por eso. La moral de un ksa­trya ocupa un lugar muy secundario con relación a su sentido del deber.

-Lo sé, pero ese es un lugar de muerte. Muerte inexplicable por otro lado… y es Jeldis Talnago que no hace otra cosa que hablar de malefi­cios, magia negra, lugares malditos…

Hari observó, extrañado, al objeto flotante.

-¿A qué se refiere exactamente?

-Venga conmigo, Hari. Quiero mostrarle esto.

-Un momento -pidió.

Hari abrió su bolsa de viaje, y extendió su contenido sobre una de las literas. Se guardó una terminal de ordenador en el cinturón, y dijo:

-Listo, Almirante. Detrás de usted.

* * *

Hari caminó, siguiendo al flotante huevo, entre los edificios prefabri­ca­dos. Por todas partes veía soldados ksatryas perfectamente armados: patru­llando por las calles, o subidos en lo alto de los edificios para ver mejor. Sin duda llevaban el arnés al mínimo: vio que pasaban de uno a otro con una fácil zancada.

Base Aleph estaba dividida en cuatro “barrios” por la cruz que formaban las avenidas principales. Cada “barrio” estaba formado por nueve, en un cuadrado de tres por tres. Cada edificio estaba decorado con icono­grafías de significado desconocido para él, símbolos arcanos y emblemas místicos policromados en rojo, amarillo y blanco. Las calles de negra tierra batida estaban salpicadas de esqueletos humanos dispuestos en apretados monto­nes. Era el tétrico complemento a un no menos tétrico decorado.

Almirante se detuvo sobre uno de ellos. Los huesos estaban relu­cientes, como si hubieran recibido un tratamiento especial para limpiarlos. Ni una sola mancha enturbiaba su blancura.

-Fíjese Hari, como mucho los colonos murieron hace dos años. Y la ropa también ha desaparecido casi en su totalidad. Solo las partes metáli­cas de amuletos, medallas y hebillas permanecen.

Reprimiendo su repugnancia, Hari cogió un fémur con sus manos y lo levantó. Le sorprendió lo poco que pesaba, y supuso que estaría perfec­ta­mente hueco. Las vértebras formaban un montoncito a sus pies. Ni rastro de la médula espinal.

Hari soltó el hueso, mientras su corazón empezaba a latir con fuer­za. No podía imaginar qué podría haber hecho eso, a no ser… sí, a no ser que, a pesar de los resultados de la sonda, allí proliferara alguna especie de micro­organismo espantosamente activo… que quizá ahora él mismo estuviera respiran­do.

Y en ese caso tampoco había salvación posible para aquellos que como él había bajado al planeta.

-Creo que ha sido muy inteligente al permanecer en la nave, Almi­rante.

-Las cofraditas navegamos entre las estrellas, pero no nos gusta descender al fondo de un pozo a menos que sea realmente necesario.

Hari se rascó la barbilla.

-Sí, muy inteligente.

Almirante le condujo hasta una de las negras viviendas shaktistas.

-He reservado esta para usted. Nadie ha entrado aquí, y no se ha tocado nada. Quiero su opinión de humano inteligente, Hari.

-Gracias, Almirante -dijo Hari sonriendo levemente ante la torpe adulación del alienígena.

La disposición de la vivienda era idéntica a la suya, salvo los toques personales. En las paredes había cuadros representando temas de la cultura shaktista: simples adornos o iconos de culto. Al mirar de cerca, vio que estaban impresos a color. Oleos y acuarelas no debían ser demasiado abun­dantes en la pequeña colonia.

Un haz de luz surgió del huevo transparente iluminando el polvoriento suelo frente a Hari.

¿Qué buscar? se preguntó Hari. Registró uno por uno los dormito­rios: literas, escritorios abatibles, sillas plegables. Las literas conservaban sus colchones de espuma.

Sacó la terminal, llamó al bloc de notas, y empezó a escribir una lista de cosas que nunca faltan en una vivienda humana, sea cual sea la raza o la cultura de sus ocupantes. ¿Qué falta? Vea­mos, ropa, calzado, comida…

Entonces recordó algo que nunca puede faltar. Se dirigió a la cocina, siempre seguido por el huevo flotante, y rebuscó por todos los rincones. Bueno, o aquella gente había sido fanática de la limpieza, o no había ni un solo gramo de basura en toda la casa. Observó las ollas y cacerolas, pare­cían usadas, pero ni rastro de hollín en su parte inferior.

-¿Qué le parece, Hari? ¿Cual es su opinión de todo esto?

-No sé qué demonios ha podido pasar aquí, pero es evidente que toda la materia orgánica que los colonos trajeron consigo, incluida la que constituía sus propios cuerpos, ha desaparecido.

-¿Un proceso normal de corrupción?

-No. Una corrupción explosiva, asombrosamente rápida. Como una combustión que no dejara ningún rastro tras de sí…

* * *

El Hounfor era una gran edificio de madera, sobre un basa­mento de piedra y ladrillo; una construcción sólida y hasta atractiva a su modo.

El lúgu­bre fantasmón de Jeldis Talnago, acompañado por dos de sus sirvientes lázaros, les esperaba a la puerta.

-¿Ha encontrado ya la causa de este terrible desastre, Hari Pra­mantha?

-Ese no es mi trabajo, Talnago.

El huevo flotante intervino con su bien modulada voz:

-Un equipo de biólogos están estudiando las muestras recolectadas por la primera sonda.

El shaktista emitió una teatral carcajada.

-Biólogos cofraditas. ¿En serio?

-Nuestro equipo es perfectamente fiable, Jeldis. Encontraremos la causa de la muerte de sus hermanos.

-Solo si se trata de una causa natural, circunscrita dentro de los angostos márgenes de su sobrevalorada ciencia.

-¿Qué otra cosa podría ser? -preguntó Hari

Talnago se apoyó en uno de sus lázaros y miró a Hari pensativo.

-¿Y usted fué un hombre de Dios? ¿Quizá aún pretende serlo? ¿Por qué cierra sus ojos a la Verdad?

Hari no se inmutó.

-¿Su verdad es ese conjunto de supersticiones que controlan cada aspecto de su vida?

-Ustedes, los bhaktas de la Sagrada Hermandad, llaman superstición a toda aquella fé ajena sus preciosas Sastras.

-Señores -dijo Almirante, flotando entre ellos- no se enzarcen en una discusión que no puede conducirles a ningún resultado constructivo.

Hari asintió lentamente.

-Tiene razón. Discúlpeme, Talnago, no quise parecer poco respetuo­so.

-Disculpas aceptadas. El respeto es algo extraordinariamente raro en esta expedición. Los ksatr­yas han estado pisotean­do nuestro Houn­for, sin la menor reverencia por este lugar sacrosanto -rezongó Tal­nago, adelan­tándose a los otros.

Por primera vez, Hari le había visto separarse de sus lázaros. Les había ordenado esperar en el exterior del Hounfor, y caminaba ante ellos arrojando sobre su hombro derecho un polvillo negro que extraía de una bolsa de cuero.

Recorrieron la gran sala, atravesando el pasillo que separaba las dos filas de asientos tapizados en negro. Casi todos los bancos contenían un desor­denado montón de inmaculados huesos. El suelo estaba sembrado de amu­letos semejantes a los que Talnago llevaba siempre consigo. En el extre­mo frontero a la puerta había un estrado y un gran lienzo de tela roja, con multitud de extraños signos bordados.

-Parece un escenario -dijo Hari.

Talnago sacudió la cabeza, escandalizado.

-Este es un lugar santificado -dijo-. Una mezcla de capilla y senado. Estos que ve aquí eran mis hermanos. Los esqueletos que han encontrado en el exterior pertenecían a sus lázaros.

Hari sintió un escalofrío repentino.

-Vinieron aquí porque estaban asustados -comprendió.

-Ellos sabían lo que estaba sucediendo. Lo sabían y se reunieron aquí para deliberar, para buscar una solución que nunca llegó. La muerte los encontró aquí reunidos. Los esclavos dispersos por las calles… ¿Se ha fijado en esos montones de huesos? La carne se desintegró, así… -Talnago chas­queó los dedos- dejó de sujetar a los huesos, y estos se derrumbaron como castillos de naipes.

-¿Ha encontrado algún documento, algún archivo informático que aclare si ellos sabían lo que estaba pasando? -preguntó Almirante.

Talnago sacudió la cabeza.

-Ilegibles por entero. Algunos componentes de los ordenadores han sufrido el mismo destino que la carne de mis hermanos. Tampoco he en­contrado ningún rastro de papel. ¿Siguen pensando que todo esto puede haber sido obra de una humilde bacteria?

-No desprecie así a las bacterias -dijo Almirante-, se sorprendería de lo que son capaces de hacer.

-Pero sus maravillosos aparatos de tecnología cofradita siguen sin en­contrar el menor rastro de nuestros diminutos enemigos. Y la escasa vida unicelular de este mundo resulta tan elemental que jamás podría infectar a una célula humana. ¿No les parece extraño?

-Sí -admitió Hari-, ¿pero qué propone usted como explicación, un maleficio?

Talnago se abanicó la boca con una ancha pluma de cartka dorada antes de contestar, para que sus palabras no atrajeran la desgracia sobre él.

-El Universo no es la máquina impersonal que ustedes proponen; es básicamente perverso. Existen fuerzas, entidades, leyes físicas, llámelos como quiera, que conspiran contra la vida. Los Demonios de la Oscuridad arras­tran al Cosmos hacia la decadencia inexorable. El fuego puede destruir en pocas horas un frondoso bosque que tardó siglos en crecer; la muerte puede consumir en horas a quien ha vivido muchos años; una supernova puede barrer eones de paciente evolución en segundos. La felicidad y el bien son penosos caminos cuesta arriba, mientras que el infortunio y el mal siguen un camino rápido hacia abajo…

Parecía capaz de continuar así bastante rato. Con expresión impasi­ble, Hari dijo:

-Cuando una tostada cae al suelo, siempre cae por el lado untado en mantequilla.

Talnago frunció el ceño, sin acabar de entender la ironía.

-La magia es algo que es posible controlar y usar como motor de una civilización -prosiguió-. Nosotros lo hemos hecho, aunque ustedes no lo admitan y nos desprecien. Aquí no he encontrado rastros del uso de magia, al menos usada a escala humana, pero quizá mis hermanos lo creye­ran, y por ese motivo se congregaron aquí. Lo que es evidente es que este planeta los mató. Destruyó selectivamente hasta el último rastro de vida alienígena posada en él. Y esto, a una escala diferente, también puede tener un origen mágico. Este mundo nos odia. Mis hermanos eligieron bien su nombre: Kaliloka… planeta de Kali. La Negra. La diosa de la Muerte.

A pesar de su escepticismo, Hari se estremeció. El hecho irrefutable era que los colonos estaban muertos de una forma inexplicable.

-No lo creo -dijo Hari, intentando que su voz sonara firme-. La gente de su pueblo murió por algo que tiene un origen físico, y nosotros debemos averiguar de qué se trata antes de que vuelva a actuar.

-¿Ha ido al cementerio? -preguntó Talnago con una sonrisa cínica.

-¿Cementerio?

-Los lázaros no suelen durar mucho. Cuando les llega la muerte definiti­va solemos enterrarlos. ¿No le parece adecuado?

Hari ignoró la pregunta.

-¿Dónde está?

-¿El cementerio? Fuera de la alambrada.

* * *

El cementerio era una extensión de unos novecientos metros cuadra­dos. No había lápidas, sino una docena de grandes losas, improvisadas con pesadísimas lajas de roca labradas con jeroglíficos. El terreno era muy irre­gular.

-En las losas se tallan encantamientos propiciatorios, que aseguran el eterno descanso de los lázaros liberados por la segunda muerte -explicó Talnago.

-Son muy pesadas.

-Sí. En ocasiones, algunos han regresado de la tumba para vengarse de sus antiguos amos. Gente descuidada que sin duda merecía tal destino.

Hari vio unos robots excavadores alineados al fondo. Y frente a ellos un par de tumbas abiertas. Se acercaron a aquel lugar y Hari miró dentro de la tumba.

Un esqueleto blanco, reluciente, apenas manchado por la tierra.

-¿Cree que su bacteria los alcanzó ahí dentro? -preguntó Talnago.

-Es posible… -de repente Hari comprendió lo que Talnago quería decir­le-. Si la bacteria los infectaba sin ellos saberlo, y fueron enterrados con ella… devoró sus cuerpos, pero…

-¿Pudieron además pudrir los cuerpos? Improbable. Cada microor­ganis­mo está adaptado a un hábitat muy específico. Difícilmente su hipoté­tica bacteria hubiera sobrevivido a la muerte de su víctima.

Hari dio un paso atrás.

-Pero pudo sobrevivir en forma de esporas. Al abrir las tumbas…

-No se preocupe -le tranquilizó Almirante-. Están limpios. Lo com­proba­mos con eso…

Un pequeño haz láser señaló uno de los miembros de los robots, semejante a una larga aguja extensible. Hari reconoció un rastreador orgá­nico para el sub­suelo, también de diseño cofradita y muy fiable, por tanto.

-Los huesos están prácticamente desprovistos de materia orgánica. No queda sino el fosfato -dijo Almirante.

-Es importante verificarlo -dijo Hari-. Vamos a comprobar todas las tum­bas. Ahora, y deprisa…

El huevo transparente, con el básico en su interior, revoloteó entor­no a Hari.

-Tranquilícese, los robots ya hicieron ese trabajo. Son muy con­cien­zu­dos, créame.

-Exacto -dijo Talnago- Y me dieron la razón. ¿Lo entiende, Hari? No hay ningún organismo patógeno en todo el planeta. Acép­tenlo, y empe­ce­mos a buscar otra causa. Porque lo que sí es cierto es que algo ha matado a mis hermanos y a sus lázaros.

-¿Pero… qué?

Talnago posó sus dedos en su afilada barbilla, cubierta por una fina perilla.

-O “quién” -dijo.

CINCO

La noche había caído con la parsimonia propia de los planetas de bajo período de rotación. La luna interna cruzaba el cielo como un dirigible a gran altura. Repetiría su ciclo cuatro veces en el curso de la noche.

Talnago bostezó ostensiblemente mientras cenaba con los oficiales ksatryas. Se despidió cortésmente y se dirigió a su alojamiento, acompañado de sus lázaros.

-Quedaos aquí -ordenó, en el lenguaje simplificado destinado a los sirvientes-. No dejéis entrar a ninguna persona, animal o cosa. Dormid cuando salga el sol. Podéis sentaros.

Los lázaros oscilaron sus cabezas afirmativamente. Como si los hubieran activado con un mismo mando a distancia, se sentaron a ambos lados de la puerta en la posición del loto.

Talnago entró. No tenía sueño; sus ritmos circadianos aún no se habían adaptado al ciclo de luz de Kali. Cerró las ventanas de la cabaña y encendió la lámpara para leer que había sobre la cama. A su incierta luz, encendió su ordenador y le ordenó que contactara con su nave.

La respuesta fue casi inmediata; sin duda estaba aguar­dando la llamada.

El Houngan estaba despatarrado en un ancho sillón, envuelto en una túnica granate oscuro, varios números más grande. Sus dedos manchados, de uñas largas, asomaban de unas mangas demasiado largas. Su cabeza calva se sostenía sobre un cuello descarnado, que salía del cuello de su ropón como el de una tortuga.

-Larga Vida y Reencarnación Pronta, Houn­gan -dijo Talnago en Lenguaje Ceremonial.

-Que la Oscuridad preserve tus entrañas, Talnago -fue la respuesta, pero en Lengua Críptica Arcana 13.

Talnago frunció levemente el ceño. El Houngan era un decrépito anciano car­comido por la sífilis, pero… ¿es qué finalmente su enfermedad había alcanzado su momificado sistema nervioso haciéndole expresarse en lenguas muertas?

-He leido tu informe, Talnago -dijo el Houngan, siempre en Crípti­co Arcano 13-. No puedo decir que esté complacido. Es ambiguo, nebuloso e incon­creto en demasía.

Talnago lo comprendió al fín. Aquel arcaico dialecto conocido por muy pocas familias de la casta superior, era muy adecuado para discutir temas que debían permanecer ocultos a los herejes.

Nadie que no hubiera nacido shaktista podría descifrarlo jamás.

-Soy plenamente consciente de ello, Lobreguez -dijo Talnago, tam­bién en LCA13-, pero no puedo evitar la conclusión. Esto no está claro.

-Para tu pobre inteligencia, quizás. Sin embargo en mi opinión, este es un caso claro de magia negativa, y sólo puede haber un culpable.

-¿Las cofraditas?

-Luego lo has considerado -el Houngan alzó sus pobladas cejas-. Curioso que tu informe no refleje tus conjeturas.

-He preferido mostrarme fríamente distante. Considero a las cofra­ditas unas sospechosas altamente improbables.

-¿Por?

-Las cofraditas son comerciantes. Tienen una reputación que mante­ner. No les ayudaría en sus negocios el andar matando a sus clientes poten­ciales y aterrorizando al resto. Además, su cultura desconoce la magia.

-Considero tu razonamiento ingenuo. Quien golpea primero, golpea dos veces. Y pretender ser ignorantes en artes mágicas fue un famoso ardid de los Ancianos Brujos Ruines. Y ya conoces la historia…

Parecía que aquel viejo cretino sólo pensaba con reflejos condiciona­dos y frases hechas.

-Poseéis el don del Discernimiento Juicioso, Lobreguez, pero mis numerosos viajes entre las estrellas me han enseñado que, en la relación  comercial con otras culturas, uno no siempre debe esperar lo esperable…

-Cuando tu enemigo no es observado es cuando te golpeará -citó el Houngan-. Nadie sabía la existencia de nuestra colonia, excepto las cofra­ditas.

-Lobreguez, no habéis escuchado mis miserables argumentos. Inten­to haceros ver, en mi humildad, que…

-Nadie más que ellas pudieron destruirla.

Talnago suspiró derro­tado:

-Pero ¿cómo?

-El cómo no importa, sólo el qué, el a quién y el porqué.

-Entonces, ¿por qué?

El anciano suspiró. Las comisuras de sus labios eran una única llaga supurante. Se limpió la pus con un pañuelo de seda y siguió hablando:

-Nunca nadie había encontrado un agujero negro, aunque todos los hombres de ciencia postulaba su existencia. Es un premio muy valioso, Tal­nago: energía sin límite; un inconcebible poder de destrucción; y puede ser usado como catapulta gravitatoria para acelerar nuestras naves más allá del horizonte de estrellas… Y, además, un planeta habitable orbitándolo, perfec­to para construir una base desde la que nuestro pueblo gestionaría tanta riqueza…

El Houngan se detuvo para tomar aliento, y para limparse nueva­mente la comisura de los labios.

-Por algo así -siguió diciendo el anciano-, ¿quien no envenenaría a su propia madre-virgen para conseguirlo?

-Pero -argumentó Jeldis, intentando ser razonable-, las cofraditas son nuestras socias en esta empresa, ¿por qué pelear por algo que de todos modos van a obtener?

-La mejor participación en un negocio es la parte total del negocio.

Talnago se dio por vencido. Intentar convencer al Houngan era como explicar álgebra a un adoquín.

-Entiendo -dijo con voz cansada.

El Houngan se echó hacia atrás en su silla, y entrecerró los ojos.

-Pronto aterrizarán los sacerdotes de la Brigada de Purificaciones y más lázaros de trabajo. Ve a recibirlos y guíalos.

Por el tono, Talnago intuyó una despedida. También intuyó que el viejo reservaba una sorpresa… desagradable, por supuesto.

* * *

Hari llevaba máscara, botellas de aire comprimido, aletas, y cinturón de plomo: un equipo completo de buceo. Respirando pesadamente por los tubos, agitó los pies y avanzó en el agua. Una nube de burbujas lo rodeaba.

Orientándose en la penumbra, distinguió un aparato de forma casi cúbica y se dirigió a él. Cuando llegó a su lado, lo alumbró con la linterna y proce­dió a desmontarlo. Lo reemplazó con el que llevaba consigo, conec­tando acto seguido el interruptor. Se encendió una luz verde.

Suspiró con alivio, emitiendo burbujas que se distribuyeron esférica­mente en torno suyo. Por fin podrían reanudarse las observaciones astronó­micas.

Nadó hacia la salida.

La escotilla que atravesó le condujo a una cámara intermedia. Atra­vesó una segunda escotilla y subió por una herrumbrosa escalera metálica. A sus espaldas quedó el gran tanque de doscien­tos metros de diámetro: 4.188.789,333333… metros cúbicos de agua pura y cristalina.

Se quitó el equipo con la ayuda de Mahal, retorciéndose para des­prenderse del arnés.

La chica le tendió una toalla.

‑¿Ha ido todo bien? -preguntó

‑Nada de particular ‑contestó Hari‑. Como sospe­chábamos, el fotomultiplicador se había quemado. Los aislantes térmicos habían desapare­cido como por arte de magia. Ya sabes de qué estoy hablando.

Mahal agitó la cabeza y chasqueó la lengua, como lamen­tándo­lo.

‑Se supone que estos cacharros son herméticos.

‑Se supone. Bueno, vamos a ver si ahora funciona el invento.

Juntos atravesaron un largo corredor, hasta una sala excavada en la roca y repleta de pantallas y tableros de mando. A través de una gruesa portilla se distinguía la árida superficie de Kaliloka. A lo lejos, los negros edificios de la ciudad fantasma

Hari se sentó ante uno de los tableros y accionó un interruptor. Las pantallas empezaron a mostrar una serie de números y letras.

‑Aquí están. Funciona.

El gran tanque de agua encerrado en el interior de la roca había sido instalado por las cofraditas en el transcurso del primer viaje y consti­tuía un gigantesco detector de partículas elementales. Un artefacto imprescindiblea para estudiar el agujero negro que hacía de aquel sistema estelar algo tan especial.

Las paradojas de la tecnología -se dijo Hari- a veces los astrofísicos debían convertirse en cavernícolas para estudiar el ancho Uni­verso.

-¿Como pudo la plaga alcanzar esos componentes encerrados bajo toneladas de roca y agua? -preguntó Mahal.

Hari hizo una mueca de extrañeza.

-No sé… empiezo a pensar como Talnago…

-¿Empiezas a pensar que lo que mató a esos shaktianos fue algo de origen sobrenatural?

Hari sonrió.

-No, por supuesto. Pero ya no creo que se trate de un microorga­nismo.

-Eso mismo piensa el equipo de biólogos que estudian las muestras enviadas a la Pusparatha. Pero lo cierto es que ninguno de ellos se ha atre­vi­do aun a bajar al planeta.

Hari se volvió hacia las pantallas, que  ahora registraban, cada pocos segundos, el impacto de una partícula con una entre millones de moléculas de H2O. Los fragmentos de la diminuta explosión eran recogidos por detec­tores esparcidos por toda la masa de agua, y el ordenador reconstruía la partícula original con “nombre y apellidos”.

Las partículas tenían muchos posibles orígenes. Radiación cósmica, viento solar, el tenue disco de acreción, incluso radiactividad natural de la roca y sus propios cuerpos… Otra serie de detectores, esparcidos por la superficie del asteroide, calculaban cada una de las contribuciones por separado.

Réstense de las captadas por el detectores del tanque, háganse unas filigranas estadísticas, y lo que quedaba era la escurridiza emisión que anda­ban buscando: la tenue radiación de Kali B.

Allá arriba, en el mismo horizonte de sucesos del agujero negro, sucedía uno de los extraños azares subatómicos. Pares virtuales de partícu­la‑anti­partícula surgían de aquella extraña entidad que era el vacío cuántico. Na­cían literalmente de la nada, viajaban un trecho y se aniquilaban… regre­san­do a la nada de la que salieron. La energía necesaria para crearlas era pres­tada, por un capricho aleatorio de la indeterminación cuántica. Dios había tirado los dados.

La cantidad de energía media del Universo, sin embargo, no varía; el Gran Contable Cósmico no tolera los “números rojos”. Todas las deudas energéticas se pagan, tanto más pronto cuanto mayor es la energía prestada. Partícula y antipartícula estaban obligadas a desaparecer sin dejar huella.

A no ser, claro, que una de las dos fuera tragada por el agujero negro. En cuyo caso, su compañera se alejaba alegremente: se había creado una partícula, esta vez real. El agujero, por su parte, perdía una fracción infinite­simal de su masa, su carga o su momento angular, de modo que las cuentas cuadraban.

O deberían cuadrar.

(concluirá)

© Juan Miguel Aguilera y Javier Redal
Reproducido con permiso del autor

Maleficio. Primera parte
Juan Miguel Aguilera y Javier Redal

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UNO

La chica caminaba por el corredor, atenta a los números en las puertas de las cabinas. Se cruzó con pocas personas en su camino, y todas ellas deambulaban con la decisión del que está muy ocupado; ahora que las tres naves estaban cerca de su meta, en la Pusparatha se palpaba la at­mósfera de urgencia. Intercambió cabezazos y atareados “hola”; sólo los ksatryas se llevaban los dedos índice y medio a la sien, en un informal saludo semi­militar.

Localizó la puerta que buscaba y la abrió.

-Con permiso, hermano -dijo. No obtuvo respuesta.

Un hombre relativamente maduro, pero con el pelo completamente blanco, vestido con un blusón pardo de mangas holgadas, faja y pantalón del mismo color, estaba de pie ante una pizarra cubierta por hileras de ecuaciones, letras griegas y sánscritas, números y otros esotéricos símbolos matemáticos. de vez en cuando borraba con el puño y escribía de nuevo.

Llevaba un par de auriculares en los oídos. La chica oyó un débil “chiss, chiss” procedente de ellos, y era obvio que la música le impedía oír.

La cabina era pequeña y atestada. Un ordenador de monitor panorá­mico era el rasgo más sobresaliente, pero no el único. Las paredes estaban recu­biertas por estanterías “hágalo usted mismo”, casi visiblemente curvadas por el peso de discolibros, holocristales de datos, cartuchos de ordenador, e incluso libros de papel. La habitación era una península rodeada de libros por todas partes excepto una, que era la puerta… debido a que allí colgaba su ropa el ocupante. La litera plegable parecía avergonzada de ocupar un modesto metro y medio cuadrado de mamparo, bajo una estantería.

La chica se dirigió al ordenador. Localizó en la pantalla el icono de un disco óptico, y lo cerró tocándolo con un dedo. Al instante, el hombre se dio la vuelta. Sus ojos grises expresaban sorpresa.

-Hermano Hari Pramantha, Almirante quiere verte.

-¿Uh? Eres tú, Mahal -se quitó los auriculares-. ¿Almirante me llama? ¿Para qué?

-No lo sé. Está muy excitado, ahora que Kaliloka II está casi a la vista. Te espera en su apartamento privado.

-Tiene el don de llamar a la gente en el momento más inoportuno -suspiró, presionando un conjunto de teclas en el ordenador.

-El contenido de la pizarra ha cambiado -dijo éste-. ¿Desea guardar los cambios efectuados?

-Sí.

La pizarra se apagó y quedó convertida en una deslustrada superficie de vidrio gris.

-¿No prefieres el espacio virtual? -Mahal señaló los guantes y las gafas, arrinconados.

-No, recuerda que provengo del Límite. Me siento como un tonto mo­viendo algo invisible, como si fuera el traje  nuevo del Rajatiraja. Mi reali­dad virtual está aquí -se tocó la frente con el índice-. Aquí quiero que siga.

-¿Es esa una norma de la Hermandad?

-¡Por favor, olvida eso! -acarició brevemente el símbolo dorado que llevaba prendido en el pecho: una rueda, una cruz, y una media luna entre­lazadas-. Pertenecí a la Hermandad, es cierto, pero si mis antiguos herma­nos dieran conmigo ahora… bueno, mi vida no tendría ningún valor en manos de los dharmamahamatras.

La chica alzó una ceja.

-¿Dharmamahamatras?

-Inquisidores, en la lengua del Límite. Afortunadamente hace años que me mantengo fuera de su alcance. Y esto ha resultado ser un ejercicio muy saludable.

Abandonaron el camarote, y caminaron por el anillado corredor central.

-Sin embargo, aún llevas sus símbolos -dijo ella, ajustando su paso al del hombre. El se encogió de hombros.

-Aún sigo buscando la comprensión racional del Universo, así como la función de la inteligencia dentro del mismo, y las consecuencias éticas que de ello derivan… como mis antiguos hermanos. Ahora sé que sus méto­dos no son correctos, pero sigo creyendo en sus objetivos.

Mahal fijo la vista en el suelo, con expresión amarga.

-Dios ha sido cruel conmigo -dijo finalmente, en voz baja-. Permitió el ataque angriff sobre Sarvaniloka, mi planeta natal, con todo el dolor y la muerte que representó para tantas hermanas. No es un Dios justo… perdo­na, no quisiera parecer poco respetuosa…

-No me lo pareces.

Mahal era, como él la llamaba no sin humor, “el brazo derecho” de Almirante. También era una mujer joven y atractiva, casi de la altura de Hari, y de complexión mucho más atlética, como correspondía a una ex-amazona de Sarvaniloka.

-Debemos entender a Dios como… una inteligencia encerrada en una singularidad -añadió él-. No podemos aplicarle nuestras leyes físicas, ni realizar predicciones sobre su comportamiento.

Hari y Mahal se encontraron con una parte de Almirante apenas entra­ron en el corredor que llevaba a su apartamento. Al verles, el básico giró sobre sus seis patas, y corrió hacia la puerta del apartamento. Era evidente que Almirante estaba ansiosa por ver a Hari.

Siguieron a la pequeña criatura que corría con su vientre pegado al suelo metálico. El básico desapareció por una especie de gatera junto a la puerta de un cubículo. Por la pequeña abertura emanaba una inconfundible luz rojiza.

-Hasta luego -dijo Mahal despidiéndose con un gesto de la mano.

-¿No me acompañas?

-Almirante sólo quiere verte a ti.

Mientras la chica se alejaba por el corredor, la puerta se deslizó y Hari se vio ante lo que parecía ser un trozo de selva encerrado en el cora­zón de aquella nave.

Dio unos pasos adelante. Una vegetación húmeda y sofocante le rodeó; árboles rechonchos como zanahorias, de ramas retorcidas y grandes hojas escamosas. En la lejanía,  se adivinaban unas montañas en el horizonte neblinoso, bajo un cielo azafrán dominado por un gigantesco sol rojo.

El básico que les había esperado en el corredor, o al menos uno muy parecido, corría sobre la alfombra de hojas muertas y llegaba hasta Almiran­te, perdiéndose entre la maraña de patas y cuerpos que cubrían el cuerpo del alienígena. Hari pensó que era fácil perder la calma en presencia de Almirante, o de cualquier otra cofradita. De cerca siempre puedes ver cosas entrando, saliendo, corriendo en torno a ti, reptando a tu espalda.

Almirante le saludó formando un brazo de una longitud semejante a la de uno humano y alzándolo, mientras el último básico extendía sus seis patas. Una buena imitación del saludo más típicamente humano, con la palma de la mano abierta. A las cofraditas les encantaba hacer este tipo de cosas. Hari devolvió el gesto y se esforzó por ver a Almirante como a otro ser racional. Como algo creado, al igual que el Hombre, a imagen de un Dios multifacético.

No era fácil. El cuerpo de Almirante era un tronco de cono de casi dos metros de altura y unos cincuenta centímetros en su diámetro mayor. Origi­nalmente, este tronco poseía una textura y un color semejante al de los árboles que les rodeaban, pero las cofraditas solían decorarlos a lo largo de sus vidas con elaboradas pinturas y valiosos adornos hasta convertirlos en auténticas obras de arte ambulantes. Aunque invisible, Hari sabía que en el interior de aquel tronco había una criatura semejante a un gordo y blanco gusano del tamaño de un bebé humano: el “útero”. Este contenía los órga­nos sexuales de la cofradita, el estómago y el nexo cerebroide principal.

Sobre el tronco, alrededor de él, entrando y saliendo por sus abertu­ras superior e inferior, un hervidero de básicos, dotados de pequeños cere­bros secundarios, pero carentes, en general, de órganos sexuales. Cada básico era semejante a un escorpión de seis patas del tamaño de una mano humana. La cola del básico no terminaba en un aguijón venenoso, sino que estaba recubierta, en su cara inferior, de palpitantes terminaciones nerviosas. Mien­tras los básicos permanecían sobre el tronco, o cerca de él, las colas siem­pre estaban en contacto unas con otras, entrelazándose en complejas danzas cuyo significado los humanos apenas lograban entrever. de la misma forma, varios básicos podían sujetarse unos a otros para formar tantos miembros como el cofradita necesitara en un determinado momento; las seis patas articuladas de cada básico eran tan buenas como una mano humana de cinco dedos.

El brazo que había saludado a Hari se disgregó en sus componentes individuales, que se confundieron rápidamente con el resto. No pudo distin­guir a cuál había estrechado las patas.

-Siéntese, Hari. Hay un taburete por ahí -la voz de Almirante seme­jaba un millar de chicharras cantando a coro.

Unas veinte patas apuntaron al mueble.

-¿Contenta por estar de vuelta, Almirante? -dijo Hari mirando la parte superior del cono. Por supuesto el rostro, y los ojos, de la cofradita no estaban allí. Había un par de  centenares de ojos estudiándolo en aque­llos momentos desde todas las direcciones posibles, pero Hari necesitaba buscar elementos cotidianos en medio de tanta extrañeza. Y si no los en­contraba, necesitaba inventarlos.

-Una gran satisfacción. Usted no vino en la primera expedición, Hari, y no puede imaginar la sorpresa que nos llevamos. ¿Se da cuenta de lo que signi­fica? Un planeta habitable, en un sistema estelar doble cuya secundaria es un agujero negro.

Hari asintió; era un argumento mil veces repetido. Un agujero negro significa mucha gravedad.

Y gravedad significa energía.

Las cofraditas provenían del otro extremo de Akasa-Puspa, y cir­cunnavegar el cúmulo globular, incluso con sus avanzadas naves dotadas de pode­rosos motores de fusión, representaba interminables años de viaje. Las cofraditas eran comerciantes, y les gustaba hacer negocios con los humanos del otro extremo de Akasa-Puspa. Hacía incontables generaciones que buscaban un paso a través del denso núcleo del cúmulo.

-Me costó bastante convencer a aquellos testarudos shaktistas de Ta­mahloka para me renovaran el mando, a pesar de lo del “Dharani“. Me han dicho usted que tenía una idea sobre eso, Hari.

-Sobre… quiere decir, ¿la destrucción del “Dharani” mientras estu­diaba el agujero, Almirante?

-¡Claro está! -varios básicos giraron sobre sí mismos, probando varios enlaces a la vez, muy cerca de la abertura superior. “Equivale a un gesto de impaciencia”, recordó Hari- Estamos muy cerca ya, y no quisiera que esta flotilla corriera la misma suerte. ¿Qué hicimos mal la primera vez que nos acercamos a ese agujero negro?

-La fuerza centrífuga -dijo Hari concluyente-. Cerca de un agujero negro, se dirige hacia dentro.

Configuración en anillo de los básicos centrales: “extrañeza, deso­rienta­ción”

-Disculpe, pero la mitad de mis básicos están alimentándose, y esta maña­na me siento algo estúpida. No acabo de entender.

-Bueno… imagine que está dentro de un tubo hueco que rodeara Ta­mahloka, por ejemplo.

-¿Un tubo circular, en órbita?

-Sí.

-Me lo imagino. ¿Y…?

-Coge una linterna y proyecta un rayo a lo largo del eje del tubo. Vamos a suponer que tiene el planeta a babor, ¿de acuerdo? La luz dará contra la pared exterior del tubo, a estribor.

-Sí. Porque el rayo de luz va en línea recta, y el tubo es circular…

Un breve apunte de una nueva danza de impaciencia.

-Excepto que el rayo de luz no va en una línea recta perfecta -dijo Hari.

-No, claro. La gravedad desvía un poco el rayo de luz -los básicos com­pletaron la danza-. Y en un agujero negro, ¿qué pasaría?

-A cierta distancia, sucede algo extraño: la gravedad es tan fuerte, que el rayo de luz se curva en torno al agujero negro formando un círculo. No chocaría con la pared  del tubo. Se vería a sí misma a lo lejos, iluminan­do con la linterna.

-Comprendo. Más bien, vería muchas copias de mí misma, ¿no?

-Cierto. Ahora, si se mueve a lo largo del tubo, no sentiría ninguna fuerza centrífuga. Fuese cual fuese su velocidad.

Composición orbicular en el centro del cono.

-¿Por qué no?

-Porque, aunque sería curvo para un observador exterior, para usted el tubo sería recto.

Un bis de la anterior.

-No entiendo.

-Un rayo de luz se mueve en línea recta, excepto si es reflejado o re­fractado, ¿cierto? La gravedad puede curvar su trayectoria; pero eso, según la relatividad general, es una línea “recta” en un espacio-tiempo curvado.

-Una geodésica.

-Sí. En este caso, la geodésica es un círculo. Y el movimiento a lo largo del tubo sería siempre rectilíneo. Por tanto, nada de fuerza centrífuga. ¿Se sorprende? La gravedad es una deformación del espacio-tiempo, piense en términos de relatividad.

-Intento hacerlo, pero carezco de básicos apropiados para las mate­máti­cas. Mi fuerte ahora son las relaciones con los humanos, pero si es necesa­rio generaré unos cuantos procesadores matemáticos. En un par de días.

Hari sonrió, y alzó ambas manos.

-No será necesario. Permítame que siga con mi experimento imagi­nario, y lo comprenderá. Si el tubo está situado más cerca del agujero ne­gro, el rayo de luz tendería a caer hacia él. Por tanto, iluminaría el lado interno del tubo. Y si usted se mueve a lo largo del tubo a gran velocidad, experimen­tará una fuerza centrífuga que le lanzará contra el lado interno.

-Así sería. Creo que lo entiendo… entonces…

-Entonces, debido a esta insólita deformación espacio-temporal, el orde­nador del “Dharani” cometió un pequeño error al calcular la órbita. Un error muy pequeño, pero…

-Sí, tuvieron suerte de salir con vida. Suerte y habilidad. Es evidente que carecemos de experiencia en todo lo relativo a agujeros negros. Por eso su presencia aquí es tan valiosa, Hari.

-Gracias, pero no podemos confiarnos. Nadie había encontrado nunca un agujero negro en Akasa-Puspa. Casi todos nuestros datos son teóricos, o fruto de la observación del agujero negro situado en el centro de la Gala­xia. Aún podemos encontrarnos con más sorpresas.

-Es posible, pero las cofraditas somos una raza que aprende de sus errores. No volveremos a descuidarnos. En cualquier caso, me hubiera gus­tado tenerlo en mi primer viaje.

-No sé si hubiera podido serle útil, Almirante -dijo Hari-. La ciencia muele fino, pero lento.

Una nueva configuración sorprendió a Hari, los básicos se dispusie­ron formando líneas paralelas longitudinales al tronco. Hari no pudo imagi­nar el significado de aquel  gesto.

-Lástima que muchos de nuestros socios shaktistas no pudieran volver en las otras dos naves -dijo la cofradita con un zumbido grave-; los sistemas de soporte vital se habrían sobrecargado. Pero los dejamos bien provistos, y nos estarán espe­rando allá abajo, con los brazos abiertos.

Sonó una voz humana, desde algún altavoz oculto.

-Almirante, se solicita su presencia en el puente. Estamos entrando en zona de comunicación.

-¿Me acompaña, Hari? Los del “Dharani” llevan dos años de vaca­cio­nes, pero se alegrarán de escuchar voces amigas.

Hari dejó pasar a la cofradita, cuyo tronco era transportado sobre una palpitante alfombra de básicos.

* * *

El puente de la “Pusparatha” era una amplia rotonda adyacente al orde­nador de a bordo. Una pantalla de trescientos sesenta grados formaba la pared, y bajo ella se situaban las oficiales de puente: Astrogadora, Gesto­ra de Operaciones, Táctica. Todas cofraditas. El suelo del puente pare­cía un hormi­guero cruza­do en todas las direcciones por velocísi­mos básicos que se esca­bullían inclu­so entre las piernas de los esca­sos tripulantes huma­nos. Al principio Hari se había concentrado en no pisarlos, pero más tarde com­prendió que esto era casi imposible, los básicos eran muy rápidos y tenían buenos refle­jos.

Esa era, junto con los gestos-danza, la forma original de hablar de las cofraditas. Cada uno de aquellos básicos que corría por el suelo poseía un diminuto pero efectivo cerebro que contenía una fracción de los pensa­mien­tos de la cofradita emisora. Llegaba hasta la receptora, descargaba su infor­mación, y regresaba con la respuesta. Aparentemente parecía algo tosco y lento, pero todas las cofraditas allí presentes poseían básicos especializa­dos en la comunicación sonora humana, y raramente los usaban, excepto con los humanos. Su sistema era algo semejante a la telepatía con un medio físico, y sin duda les parecería mucho más fiable que la imprecisas lenguas humanas. Se decía que en toda la historia cofradita jamás se había produci­do un malentendido.

El puesto de mando era una plataforma circular situada en el centro del puente y rodeada por terminales de enlace sináptico con el ordenador. Estaba ocupado por otra cofradita a quien los humanos llamaban Capitana. Al acercarse Almirante se produjo una auténtica marea de intercambio de básicos entre las dos criaturas. En beneficio de Hari, zumbaron los básicos emisores de sonido de ambas criaturas:

-¿Ya han contactado con Base Aleph?

-No, Almirante.

-Estamos a su alcance, supongo.

-En efecto, Almirante, pero…

-¿Radiofaro?

-Ninguno, Almirante.

-¿Algo en otras frecuencias?

-Solamente descargas de estática atmosférica y viento solar.

Almirante conferenció rápidamente con Capitana y la oficial de co­muni­caciones. Esta vez olvidaron la traducción y Hari, sintiéndose algo fuera de lugar, se limitó a mirar las pantallas.

Algunas pantallas mostraban a las otras dos naves que completaban la expedición. Una de aquellas naves presentaba un casco negro azabache, cubierto de atormentados dibujos rojo sangre, característicos de Tamahloka. La otra, el afilado diseño, semejante a una punta de lanza eriza­da de mortí­feras armas, típico de las naves de la Ksatra. Hari reprimió un estremeci­miento; los tripulantes de aquellas naves eran tan humanos como él, pero a Hari se le antojaban mucho más extraños que las cofraditas.

Tras las naves, la estrella Kali A, una G-7, iluminaba el disco de su segundo planeta, Kaliloka II. Los brillantes blancos y azules apenas dejaban entrever el pardo rojizo de los continentes. No pudo distinguir el pequeño planeta interior, Kaliloka I.

Ni, por supuesto, a Kali B, el agujero negro que acompañaba a la estre­lla principal. Si estuviese más cerca, aquel sistema sería un infierno: captura­ría materia de su luminoso hermano, creando un disco de acreción que envenenaría el espacio con rayos X y gamma, tal vez con explosiones perió­dicas de nova. Pero Kali B estaba demasiado lejos; sólo le llegaba una débil cola de gas generada por el viento solar.

Una pantalla mostraba el mapa del planeta. Una gran masa conti­nental cubría buena parte del hemisferio norte; de ella se prolongaban seis grandes penínsulas acabadas en punta, desde los cuarenta grados de latitud norte hasta unos treinta sur. El polo norte estaba ocupado por un pequeño mar, parcialmente helado. Las aguas cubrían la mayor parte del hemisferio sur, interrumpidas por tres pequeños continentes, o islas gigantescas, según se mirase. Había también otro pequeño continente antártico cubierto de hielo.

-Hemos localizado la base -zumbó la oficial de comunicaciones.

Una luz roja parpadeó sobre una de las penínsulas puntiagudas del norte. Ahí estaba el radiofaro, señalando incansable su posición.

-Mis felicitaciones -dijo Almirante- Enfoquen el haz y envíen un saludo a Base Aleph.

* * *

Los básicos de la Gestora de Operaciones vibraron en un tono frené­tico tras varios infructuosos minutos.

-Ninguna respuesta, Almirante, Base Aleph no responde.

Almirante miró la pantalla y algunos de sus básicos ejecutaron una danza que combinaba las configuraciones de perplejidad con la de impa­ciencia. Se situó en el centro del puesto de mando, generó media docena de brazos, y empezó a sinapsiar las terminales.

-¿Preocupado, Hari? -preguntó sin dejar de mover los pseudobra­zos.

-Sí… es decir, no… bueno…

-No es un accidente demasiado raro en casos como éste.  Compren­da que lo de allá abajo es una instalación provisional.

-Sí, por supuesto -¿por qué entonces ese cosquilleo en la nuca?

-Puede que tengan problemas con la emisora -configuración circu­lar-. O no nos oyen o no pueden responder. Los aparatos que se quedaron no son adecuados para la comunicación interplanetaria. Afortunadamente, podremos guiarnos con el radiofaro para aterrizar.

DOS

Los ksatryas trotaban en círculo, bajo la vigilancia de un sargento. El sudor corría abundante por sus cabezas rapadas.

El coronel War-Zen presenciaba la instrucción con las manos a la espal­da y la fusta bajo el brazo. La bodega de la “Ragda” disponía de algún espacio libre para adiestramiento de las tropas, aunque no mucho.

-Parece que los hombres están de buen humor, teniente -se dirigió a uno de sus oficiales.

-Sí, señor. Están ansiosos por desembarcar, mi coronel.

-Bien -dijo War-Zen con aire ausente. Su frente estaba dividida por un surco vertical. Le preocupaba aquella misión aparentemente rutinaria. Los informes de la primera expedición eran todo menos claros; la explora­ción había sido somera y War-Zen no quería correr el menor riesgo.

Cuando se avanza hacia lo desconocido, pensó, hay que esperar siempre lo inesperado.

Una breve señal acústica de su ordenador de pulsera le recordó su cita en la “Avidya“.

-Prosigan con el ejercicio, teniente.

-A la orden, señor -contestó este, cuadrándose.

El coronel abandonó la bodega y ascendió a la cubierta C, donde esta­ban los hangares para vehículos auxiliares. Había dos cúters espaciales, una pinaza fuertemente armada, un par de lanzaderas pesadas y un trans­porte anti-G. Ante la inminencia del desembarco, un grupo de marinos los esta­ban aprovisionando de combustible, mientras varios soldados acoplaban los módulos de los todoterreno en los cúters y cargaban las lanzaderas. Tomó un pequeño transporte E.V. y ordenó al piloto que le condujera hasta la negra nave de los shaktistas.

* * *

El camarote de Jeldis Talnago era un típico diseño de Tamahloka: pare­des forradas de mimbre verde, valiosos muebles de madera lacada en negro, amplios sillones tapizados de cuero de lagarto de un discreto ma­rrón. Su piso estaba alfombrado, y en él se esparcían almohadas de suave pluma. Las puertas metálicas había sido disimuladas con sedosas cortinas color marfil. Del techo colgaba un lámpara de hierro; las bombillas eléctri­cas resplande­cían tras sus vidrios artísticamente grabados con lentes anula­res. El servicio estaba formado por un pequeño grupo  de lázaros; aunque, como deferencia a sus invitados, ahora sólo contaba con su camarero parti­cular, humilde­mente arrodillado a sus pies. Con un gruñido, tomó un zunqat de una ban­deja de frutas y le dio un mordisco.

Jeldis Talnago era un hombre alto y delgado, de pesados párpados y con una pequeña barba en punta, vestido con la larga dalmática negra de la Orden Samedi, y la cabeza envuelta en un turbante negro. Sobre su pecho pendía un medallón plano, adornado con joyas, que acariciaba nerviosamen­te. El medallón se dividía en compartimentos modulares, en los que podían engarzarse distintos amuletos, según el diferente efecto que se esperaba obtener. En este momento llevaba cuatro: la Mano Protectora de Zogdoaf, el Gran Sello Romboédrico, el Ojo Que Todo Lo Escudriña, y las Tablillas Crípticas. Alguien versado en el simbolismo de Tamahloka habría leido en la combinación de talismanes: “Reunión trascendental ante futuro incierto”.

Talnago acabó su zunqat y tiró la semilla al suelo. El camarero la recogió y, con una servilleta, limpió los labios de su amo. Talnago se fijó en él. ¿Había empeorado? No; la piel amarillenta del lázaro, reseca y pegada al hueso, tenía el mismo aspecto de siempre; su cabeza, cubierta de escasos mechones de pelo color ceniza.

Quizás debería aumentarle la ración de comida; los lázaros nunca sienten hambre, y esto les expone a la muerte… esta vez definitiva. Allá en casa no le hubiera preocupado: se habría limitado a comprar otro. Pero allí, perdido en mitad de la nada, no había tal posibilidad, y mucho menos la de hacer uno por su cuenta. Sí, le aumentaría la dosis de papilla…

Estaba tomando nota de ello cuando llegaron sus invitados.

* * *

Hari miró al lázaro con disgusto, arrodillado sin la menor expresión en su grisáceo rostro. El coronel ksatrya parecía pensar lo mismo; a nadie del Límite le gustaban los shaktistas y sus lázaros, que parecían muertos salidos de su tumba… cosa que eran en realidad.

A su vez, Talnago se sentía desazonado ante la actitud de aquella gente: en su planeta, un lázaro en tan perfectas condiciones era símbolo de digni­dad, y todos lo habrían saludado y admirado su porte. Por fortuna aquellos sorprendentes alienígenas, las cofraditas, no parecían compartir los escrúpu­los de sus compañeros de especie.

-Esto es una maldita locura -refunfuñó a guisa de saludo. La diplo­macia no era el lado fuerte de los shaktistas.

Su camarero lo oyó, pero como no expresaba ninguna petición, nada dijo. Se limitó a mantener sus ojos inexpresivos fijos en el suelo, mientras su amo despotricaba.

-Son mis hermanos los que están en ese planeta endemoniado. Y tú, Almirante, la responsable de haberlos abandonado en él.

Almirante hizo zumbar sus básicos adaptados al habla humana.

-Conoces perfectamente en que circunstancias fueron dejados tus com­pañeros de raza. No podía hacer otra cosa, y  ellos se mostraron de acuer­do. Tu acusación es injusta.

War-Zen resolvió no ceder a la provocación del shaktista y se volvió hacia Hari y la cofradita.

-Mis hombres están preparados para desembarcar. Tan sólo deme una orden y… -el ksatrya les miraba con gravedad y determinación.

-Muy peligroso, hasta que no sepamos lo que ha sucedido exacta­mente -los básicos de Almirante se retorcían en una complicada danza en ocho, y por enésima vez Hari se preguntó si aquello tenía algún significado.

-Pero no lo sabremos hasta que hayamos desembarcado. Almirante, tarde o temprano habrá que hacerlo.

-¿Y espera averiguarlo sentado cómodamente en su camarote, ras­cándo­se los dedos de los pies? -se impacientó Talnago.

-No exactamente -replicó Hari-. Propongo enviar primero una sonda no tripulada, pertrechada con los mejores detectores biológicos de que dispon­gamos. Luego será el momento del coronel.

Talnago se inclinó hacia adelante, entrelazó sus dedos bajo su afilada barbilla y preguntó con aire despectivo:

-Perdone un momento, hermano… pero, ¿puedo saber con qué objeto? Ese planeta ya fue analizado en su día. Carece de formas superiores de vida; tan sólo unas estúpidas e inofensivas algas flotando en sus mares.

-Es posible, pero he repasado los informes de la primera misión, y sus estudios fueron bastante… apresurados. Supongamos lo peor, y no arri­es­guemos más vidas antes de disponer de datos mejores.

-¡Está usted insultando a los técnicos shaktistas que realizaron esos informes! -exclamó Talnago. Descargó uno de sus puños sobre la palma de la otra mano-. Averiguaremos lo que ha pasado de inmediato. Coronel, ordene a sus soldados que se preparen para desembarcar.

El ksatrya se volvió hacia la cofradita, esperando. Este dijo:

-Coronel, la sugerencia del hermano es prudente. Mandaremos antes una sonda.

-A la orden -dijo War-Zen, abriendo su intercomunicador.

Jeldis Talnago se maldijo. Debería haber llevado además el Pentácu­lo de Ziemolu y la Lengua Persuasiva, la combinación ideal para “Argumen­tación elocuente y sagaz”.

TRES

Cuando la flotilla se hubo acercado lo bastante, adoptó una órbita geosin­crónica. El silencio de radio proseguía y la tensión se palpaba en el ambien­te. Se lanzó una sonda atmosférica estándar, que entró en la atmós­fera sin problemas y aterrizó en paracaídas, a no más de seis kilómetros de Base Aleph.

Las fotos que envió durante el descenso confirmaron sus peores temores: no se veía un alma. Los datos biológicos, sin embargo, confirmaron los de la primera exploración: no había microorganismos de ningún tipo en aquella atmósfera. La única vida parecía concentrada en los mares, y se  trataba de algas unicelulares extremadamente sencillas. Eran las responsables del oxí­geno de aquella atmósfera, pero difícilmente podrían agredir a orga­nismos más complejos.

* * *

Un solo transbordador se separó de la “Ragda“, llevando consigo al coronel y un selecto grupo de ksatryas.

-Quince minutos, mi coronel -anunció el piloto.

-Bien.

El vehículo estaba equipado para transporte de personal; sus trece tone­ladas de carga le permitían acomodar una veintena de asientos antiace­lera­ción, quedando hasta treinta kilos de equipo por persona. Aquello basta­ba para los planes del coronel.

El transbordador deceleró hasta velocidad subsónica, acompañado de fuertes vibraciones y sacudidas.

War-Zen consultó su cronógrafo a la luz roja de la cabina. Si se cumplía la programación, en estos momentos la “Ragda” estaría lanzando el siguien­te grupo: cuatro lanzaderas pesadas llevando vehículos todoterreno y hovers armados; aquel sería su respaldo si algo salía mal. Sus oficiales había pro­puesto que el coronel bajase con el segundo grupo, pero él se negó. Quería estar en primera línea para mejor valorar la situación.

-Diez minutos, mi coronel.

-Enterado -se levantó-. ¡Bien, todos listos y en pie!

Los hombres se ajustaron los cascos de vuelo y cogieron su equipo. Iban armados con rifles automáticos, subfusiles, pistolas, bayonetas y sables cortos de hoja ancha. Dos de ellos llevaban rifles de partículas de diseño imperial, con sus pesados generadores.

-Preparados para abrir la compuerta -les llegó la voz del piloto.

-¡Adelante!

Se abrió una compuerta en el piso, cerca de la popa, con un repen­tino huracán de aire frío. No pudieron ver el suelo, ya que era noche cerra­da. War-Zen vigilaba una luz verde; cuando se encendió, dio orden de saltar. En fila, los hombres fueron lanzándose al vacío. El coronel se arrojó el último.

El cielo y la tierra giraban a su alrededor. Tuvo un atisbo de la mole oscura del transbordador, que se elevó velozmente de regreso a la órbita.

Sintió un fuerte tirón cuando su arnés se activó y empezó a reducir su velocidad. Encendió el visor: el ojo izquierdo intensificaba la luz de la luna menor de Kaliloka II, el ojo derecho era infrarrojo. Con un poco de práctica, no resultaba difícil coordinar ambas imágenes. Miró al suelo tra­tando de  orientarse.

Base Aleph estaba erigida sobre una amplia llanura fluvial, en un valle encerrado entre montañas. Su línea de descenso, como estaba calcula­do, le llevaría a una cortadura excavada por el río en las montañas. Pero el panorama era confuso. Consultó el mapa informático que lucía en su ante­brazo izquierdo. La pantallita le deslumbró, pero logró orientarse. Corrigió su descenso mediante los pequeños chorros impulsores del arnés.

El altímetro estaba calibrado para la presión atmosférica de Kaliloka II. El arnés iba ralentizando su caída de modo que se posaría con velocidad cero; por precaución, lo controló manualmente en los últimos metros. Sus botas tocaron el suelo con la ligereza de una pluma.

Se encontraba en medio de un mar de rocas. Extrañas, porosas como esponjas, cortantes y negras como el alma de un shaktista.

No había signos de vida de ningún tipo.

Se arrodilló bajo una roca, desprendiendo el subfusil del arnés. Con un dedo encendió la radio.

-Aquí War-Zen. Informen por orden de lista -susurró.

Uno a uno, sus hombres fueron contestando. Todos se había posa­do y sabían a dónde dirigirse, aunque se esparcían en un radio de más de cincuenta kilómetros.

Lentamente, se quitó la máscara y aspiró el aire de un planeta extra­ño. Olía a azufre y a cal, pero no cayó muerto tal y como había temido Hari Pramantha.

Levantó el visor. La noche era silenciosa y oscura, apenas iluminada por la luna externa, que se pondría muy pronto. Además, el cielo se estaba enca­potando. Los expertos de la “Pusparatha” pronosticaban lluvia al ama­necer, cosa que complació al coronel. Le gustaban las visitas sorpresa.

Miró al cielo, donde orbitaban invisibles los tres navios de linea, con sus numerosos pasajeros y tripulantes a bordo. Qué extraño pensar que media hora antes aún estaba allí, encerrado entre paredes de acero.

Aspiró profundamente el aire alienígena y se puso en marcha. Debía descender por una trocha, que le llevaría a la orilla de un riachuelo, y luego sólo tenía que seguirlo.

Reguló el arnés para que compensara la mayor parte de su peso. No podía hacer nada con su inercia, pero le permitiría caminar casi como si no llevara carga. Un par de veces resbaló, pero un toque en el mando le permi­tió elevarse. Con el visor podía ver como a pleno día, aunque en blanco y negro. A medida que aumentaba su confianza, descendió a grandes saltos.

Pronto encontró huellas de la presencia humana.

Los shaktistas había construido un acueducto que llevaba hasta la base el agua de un manantial de montaña. Este acueducto seguía aproxima­damente el camino del coronel. La tubería cruzaba sobre un barranco so­portada por arcos y paralelo a ella había un sendero artificial, lo bastante ancho para recorrer­lo a pie. Todo muy tosco, todo construido a mano, piedra sobre piedra; evidente­mente, obra de los esclavos lázaros.

El sendero ascendía hasta la ladera de la garganta. El coronel andu­vo con el río a su izquierda, sesenta o setenta metros más abajo, y la mon­taña a su derecha. La pendiente era fuerte, de acaso cuarenta y cinco gra­dos, pero no representaría un problema con el arnés, si tenía que aban­donar el sendero.

De vez en cuando podía ver alguno de los pozos de ventilación del acueducto, sobresaliendo del suelo. El desfiladero que seguía se ensanchó en la confluencia con el río principal. El acueducto cruzaba sobre éste, pero el coronel sobrevoló el río con el arnés. El sendero continuaba al otro lado; el río, abajo y a su izquierda como antes, describía amplios meandros.

Empezaba a amanecer y el cielo estaba sombrío por los almohadones grises de las nubes. Un relámpago brilló, seguido de un trueno retumbante y, como si fuera un pistoletazo de salida celeste, empezó a llover torrencial­mente.

* * *

Oculto tras una roca, War-Zen examinó Base Aleph con los binocu­lares. Era una agrupación de edificios rodeados por una reja de alambre, casi simbólica, pues apenas tenía tres metros de alto. Era sólo una precau­ción contra posibles animales salvajes. No había torres de vigilancia, ni casama­tas, ni una miserable garita. Estúpidos. Pobres estúpidos, pensó el coronel. En aquel momento ya no albergaba ninguna duda de encontrarlos a todos muertos.

La estructura de la base era muy regular. El lado norte limitaba con un río que corría hacia el este. Los edificios se disponían en parrilla, dejan­do calles ortogonales. Dos grandes avenidas en cruz lo atravesaban, rema­tando en las cuatro puertas de la cerca. Entre los edificios prefabricados, observó uno o dos de piedra negra, sin duda construidos también por los lázaros con recursos locales.

Los soldados se había desplegado. El coronel consultó el mapa: los hombres armados con rifles de partículas estaban situados para enfilar las avenidas principales, el resto formaba un tosco círculo en torno a la base. Todo parecía tranquilo y no había nadie a la vista, humano o no.

El cielo encapotado era de un blanco marfileño y caía una suave cortina de lluvia. Dio la orden de avanzar a sus aún invisibles tropas.

No era momento de andar con sutilezas. Abandonó su escondrijo y corrió el centenar de metros de terreno despejado que le separaba de Base Aleph. Dos soldados surgieron de los márgenes del terreno y le siguieron. Cuando llegaron a la cerca, sencillamente la saltaron, gracias a los arneses giroscópicos. Enfrente suyo, otros cruzaban el río volando.

Se posó en el interior del cercado y corrió hasta el edificio más próximo. Abrió la puerta de una patada.

Y allí estaban los colonos. O lo que quedaba de dos de ellos.

* * *

En la casa no había nadie más, ni en los dormitorios ni el aseo. No esperó. Se asomó por la puerta, salió, y se dirigió al próximo.

El registro se completó en poco más de quince minutos.  Finalmen­te, los hombres se reunieron en un gran edificio de piedra, en el mismo centro de la base. Su interior era una amplia sala, provista de filas de sillas plegables, muy deterioradas por el tiempo.

Los ksatryas eran soldados curtidos por los horrores de cientos de gue­rras libradas en decenas de planetas. La muerte era una compañera habitual de aquellos mercenarios; su presencia ya no podía causarles la más mínima sorpresa… y sin embargo, War-Zen creyó ver algo en los ojos de sus hom­bres. Algo casi desconocido para aquellos duros muchachos. Pero allí esta­ba, quizá por primera vez: miedo, horror, puro y seco horror.

* * *

El coronel ordenó a su ayudante de campo:

-Organice turnos de guardia, el resto de los hombres pueden des­cansar. Y que traigan el transmisor, informaré personalmente a la “Puspa­ratha”.

-Mi coronel, ¿qué hay del segundo grupo? -recordó el oficial con voz abatida.

-Oh, sí. Dígales que se reúnan con nosotros. Envíe alguien a la puerta para guiarlos.

-A la orden.

Mientras los soldados se acomodaban, contempló pensativo la base. La llovizna seguía cayendo del cielo pajizo; empapando los montones de huesos esparcidos por las calles. Huesos humanos sin duda alguna; cegado­ramente blancos en medio de la negra base shaktista.

(continuará)

© Juan Miguel Aguilera y Javier Redal
Reproducido con permiso del autor

La estrella
Elia Barceló

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Estábamos todos allí. Lana, como una muñeca rubia colgada de sus cuerdas, con una incongruente faldita roja y el hilo de saliva brillando en su cara pálida; Lon, sus ojos inmensos y oscuros en un rostro casi inexistente; Sadie, moviendo vertiginosamente sus alas, lo que le hacía oscilar a unos centímetros del suelo, mientras masticaba en un gesto de robótica eficiencia esa sustancia verde que tanto le gusta; Tras, encogiendo hasta casi la desaparición su frágil cuerpecillo, su deseo clavado en el cielo, y yo, número cinco, el cierre de la estrella, temblando como un carámbano de luz, focalizando el anhelo. Todos allí, esperando.

Habíamos esperado mucho tiempo. No había ninguna razón para estar ahora más nerviosos que otras veces, pero la tensión se había hecho diferente y sentíamos que lo que ahora esperábamos se estaba acercando. Podríamos haber desaparecido, por supuesto, sobre todo yo, pero éramos la estrella de contacto y no queríamos perdernos en la espera como habían hecho otros antes que nosotros.

Aún no estábamos seguros de qué íbamos a ofrecerles; hacía tanto tiempo que habíamos perdido el contacto que no sabíamos ya de su deseo ni de su espera. “Somos sabios y hermosos”, había dicho Sadie, pero yo entre todos ellos conocía el concepto de la realidad única y sabía que podía ser doloroso para ellos.

-Lento -murmuró Lana, la más verbal después de mí.

-Sí -contesté. Sabía que le gustaba expresar en palabras lo que todos sabíamos en cualquier caso.

Sentí el deseo de Lon y comencé a focalizar una imagen para sus ojos y los nuestros: la negrura infinita de lo que está fuera y un artefacto de realidad única, objetivamente blanco, deslizándose suavemente hacia nuestra espera. Lento. Lleno de realidades múltiples sin focalización.

-Lento -volví a decir para ayudar a Lana.

Nos disolvimos. El paisaje comenzó a volverse azul y anaranjado, melancólico en cierta forma, como es Tras. Suave. Antiguo. Nos deslizamos en su percepción y empezaron a surgir las torres plateadas y una música de cristal y campanillas. Sadie bailaba y yo flotaba por encima de todos ellos neutralizando la espera. Nos dirigimos a una torre blanca que se alzaba a varios metros del suelo subjetivo general y penetramos en ella, yo a través del tejado, los otros por las puertas y ventanas, por las paredes.

Lana dijo:

-Calor -y todos nos reimos, aliviando la espera. La sala nos dio calor y Lon hizo caer una ligera lluvia burbujeante que se quedaba colgada de los cuerpos y se iba a transformando según los deseos de la estrella. Surgían flores, clavos, luces, sustancias pegajosas y saladas sobre el cuerpo de Lana que Tras recogía delicadamente con una inmensa lengua azul, globos traslúcidos que contenían imágenes de realidades muertas y que Lon me enviaba flotando sobre las alas de Sadie, mientras giraba enloquecidamente cambiando de forma y de color.

-Estrella pregunta -cantó Lana-. Canaliza, Vai.

-Estrella no verbal, Lana. Canaliza, Tras.

Tras recogió la lengua y la convirtió a medio camino en una estela de colores. Creó una pirámide de perfumes y los mandó transformados en minúsculas bolitas de colores a través de una ventana:

“Espera. Lentitud. Necesidad del tiempo. No hemos olvidado. Esperamos. Esperamos.”

Nos envolvió un torrente de especulación procedente de otra estrella y nos dejamos llevar por el discurso.

Quieren. Qué. No tenemos. No podemos. Para ellos. No es aceptable. No somos aceptables. Para ellos. Risas. Risas y cambios y cambios y transformaciones. La falda de Lana hinchándose hasta llenar nuestro espacio de hilos de suavidad entretejida. Construir una realidad única. Cuando lleguen. Más risas. Cuál. No podemos. Sí podemos. Tedio. Tedio. Tedio. Realidad única. Absurdo y monstruosidad. Hasta cuándo. Curiosidad. Por qué no. Intentar. Esfuerzo común. Risas. Risas. Un juego. Para qué. Para ellos. Demasiado esfuerzo. Tedioso. No comprenden.

Dejamos ir. La especulación se perdió rodando entre otras estrellas. Una pregunta hacia Lon, de todos. Lon sabe más que ninguno de nosotros sobre los otros tiempos. No. Tras sabe más pero no le gusta exhibirlo. Un torrente de imágenes cayendo sobre nosotros y yo luchando por focalizar tantas cosas que no comprendo:

Un mundo de seres sólidos, grandes, fuertes, siempre iguales, compartiendo una realidad única, aceptada en parte por convención y en parte por imposibilidad de salirse de los esquemas. Un mundo de seres asustados a quienes sólo tranquiliza la comprensión intelectual de lo que entienden por realidad. Seres que no pueden o no quieren compartir sus sueños, sus cambios, sus caprichos; que no pueden salirse de la convención que se han ido creando a lo largo de su existencia; que no conocen la dulzura de la canalización, de la focalización, de la estrella.

-Todos así -pregunta Lana, oscilando entre el verde y el malva, su voz como un ruido de metal rascado contra piedra.

-Algunos no -contesta Lon- pero sufren. No están unidos.

-Y si se unen -Sadie. Extraña muestra de empatía en Sadie.

-Sufren más. No los comprenden. No los aceptan.

-Antes todos éramos así -Tras es sólo un jirón de brillante niebla en la sala que ahora es oscura.

-Antes -Lana arquea su cuerpo que chisporrotea en el vacío.

-Antes de nosotros. Antes de la estrella. Cuando este era para ellos el mundo real. -El flujo de Tras hacia Lon es tan intenso que casi duele. Nos replegamos un poco, ellos lo sienten y aflojan.

-No nos comprenderán -dice Lon-. Sufriremos. Desapareceremos, quizá. Son fuertes.

Siento el dolor de la estrella y canalizo desesperadamente hacia el exterior, hacia la realidad objetiva. Las montañas de fuera tiemblan y se desmoronan lentamente con un estruendo que borro de nuestra percepción. El polvo se deposita mota a mota sobre nuestra torre que se encoge y se transforma en una cueva de blandas paredes con un murmullo de música electrónica. Tras crea para nosotros unos cuerpos de músculos firmes y piel suave y nos hace galopar a través de la noche sobre unos seres grandes, peludos, sedosos, que se mueven velozmente bajo nuestras piernas abiertas. La sensación de poder es vertiginosa, pero se agota con mucha rapidez. Sadie y yo flotamos sobre ellos y observamos cómo acaban su carrera ante un mar enorme de espumas plateadas. Creamos un bosque y contemplamos el brillo de la luna a través de las ramas, acunados por el rumor del mar.

-Era así antes -Lana suena dulce, una voz recordada. Su nuevo cuerpo es blanco, grande, femenino (la palabra viene de Lon, no sé lo que significa pero es hermosa); tiene el pelo largo y los ojos muy abiertos.

-Hace mucho, mucho -contesta Tras, sin palabras. Es difícil expresar el tiempo.- Hubo cambios. Así.

Sé que le duele la imagen y me acerco a sus sentimientos, me mezclo con Tras y lo sostengo mientras llega Sadie y los otros y Tras transforma en un éxtasis.

El mar se ha vuelto grasiento, huele a olvido y destrucción, ya no hay bosque, ni plantas. La tierra es gris y negra, calcinada. Se siente el miedo y la desesperación como una luminosidad amarillo verdosa. Nos abrazamos sin atrevernos a creerlo, sin querer creer que se pueda aceptar una convención así para existir.

-No era una convención -susurra Lon-. Ellos lo hicieron y no pudieron cambiarlo. Por eso se fueron.

-Nosotros podemos -Sadie se separa de la estrella y convierte el paisaje en una trama de haces de colores que salpican cascadas de chispas en las intersecciones. Todo se llena de música y armonía. De felicidad.

-Nosotros no somos ellos -digo yo con una sonrisa táctil que acaricia su esencia con un contacto fresco y ligero, como una brisa húmeda.

-Sí somos -dicen a la vez Lon y Tras-. Y ellos lo saben. Por eso no comprenderán.

-Todo cambia -canta Lana.

-Ellos no -Tras y Lon, abrazados, asustados.

-Somos bellos y sabios. Somos felices. Somos la estrella. -Sadie nos lleva arriba y más arriba, volando, girando, flotando, mientras Lana canta.

-Ellos no, ellos no.

Focalizo, focalizo la alegría, la belleza, mientras subimos, subimos, ahogamos el miedo, nos perdemos en la estrella, cantamos, volamos, olvidamos, existimos, transformamos, esperamos.

* * *

-Ya está a la vista, capitán.

-Sí, ya.

-No pareces alegrarte mucho, Ken, la verdad.

El capitán se pasa una mano húmeda por el pelo revuelto y sonríe a su segundo.

-¿Se me nota?

Alda le devuelve la sonrisa y se sienta frente a Ken en silencio, esperando la explicación que sabe que tiene que llegar. En cualquier caso no hay prisa, aún falta bastante para que puedan empezar la maniobra de acercamiento. Ken suspira, se levanta, sirve café en dos vasos transparentes y vuelve a su sitio. Alda sabe por su forma de respirar que está a punto de hablar, por eso se queda quieta y empieza a beberse el café sin azúcar en lugar de levantarse a buscarla.

-Yo es que… -se interrumpe, toma un sorbo de café- no acabo de entender la ilusión que os hace a todos el llegar a ese planeta. ¿Qué rayos esperais encontrar ahí? La prueba viva, o mejor, la prueba muerta del peor error de nuestra historia, de la mayor monstruosidad que ha cometido nuestra especie. ¿Qué espera todo el mundo encontrar en ese planeta después de tantos siglos? No puede haber nada. No puede quedar nada de lo que existió y es aún muy pronto para que haya surgido algo nuevo. Es una expedición carísima de autocompasión gratuita.

-Y ¿por qué aceptaste el mando?

La respuesta es rápida. La respuesta a una pregunta planteada muchas veces.

-Porque si no lo hubiera aceptado yo se lo hubieran dado al capitán Morales.

Alda asiente, sin hablar. Todo el mundo sabe que el capitán Morales es un fanático restauracionista.

-Si puedo convencerlos de que ahí no hay nada, de que no vale la pena, tal vez empecemos de una vez a mirar hacia el futuro y no sigamos empeñándonos en soñar con el regreso al viejo hogar. ¿Qué regreso? ¿Qué hogar? ¿Qué vamos a hacer ahora después de casi mil años en un planeta destruído por nuestra propia locura -cortó rápidamente el gesto de Alda- está bien, por la de nuestros antepasados, en el que ya no puede quedar nada que tenga relación con nosotros?

-Tu sabes tan bien como yo que hay montones de proyectos, y algunos no están mal.

-Como por ejemplo..

-Como por ejemplo el de acondicionar el planeta para la vida, dejar que se instalen los restauracionistas y darnos una oportunidad a todos de visitar el origen de nuestra civilización al menos una vez.

-Pero ¿qué origen ni qué historias? Polvo, polvo radiactivo, cenizas de lo que una vez estuvo vivo y fue hermoso, una inmensa llanura erosionada por el tiempo y la destrucción artificial, oceános degradados donde no queda ni rastro de existencia, un aire que no podemos respirar… ¿Crees de verdad que vamos a encontrar supervivientes, hermanos nuestros que han sobrevivido ochocientos años de infierno radiactivo, que vamos a encontrar ni siquiera ruinas, los originales de todas las fotos y películas que se conservan en nuestros museos, que vamos a poder trazar las fronteras de los antiguos continentes…? Si hubiera sabido que pensabas así, no habría dado la aprobación a tu nombramiento.

Alda se mordió los labios. Era amiga de Ken casi más tiempo del que podía recordar y le dolía que le hablara de esa manera cuando sabía perfectamente que su lealtad era absoluta. Sin embargo, su actitud le daba ocasión de preguntar algo que había querido saber desde el comienzo del viaje.

-Y ¿por qué has elegido a Boris?

Ken levantó la vista del vaso y empezó a reir lentamente, una risa seca y amarga.

-Yo sólo puedo elegir a mi segundo, Alda. Boris es el tercer oficial y te aseguro que hubiera dado diez años de mi vida por no traerlo, pero los restauracionistas son fuertes, más de lo que parece, y necesitaban tener a alguien a bordo. Y en una posición de responsabilidad. Tuve que tragármelo. Así que, ya sabes, más vale que te cuides y me cuides porque en caso de que nos pase algo a nosotras, Boris quedará al mando de la expedición.

-Y ¿qué crees tú que pasaría en ese caso?

Ken hizo un gesto vago con las manos.

-Yo que sé. Cualquier cosa. Es capaz de ordenar un desembarco, quemar la nave y fundar una colonia. Hay suficientes mujeres a bordo y muchísimos embriones congelados.

La risa que se había iniciado ante el tono ligero de Ken fue dando paso a un progresivo estupor.

-¿Le crees capaz?

-¿No has leído el manifiesto restauracionista?

Alda negó con la cabeza.

-Pues te aseguro que vale la pena. Las mejores cualidades heróicas de nuestra especie de luchadores condensadas en veinticinco páginas.

-Entonces ¿es verdad eso que se dice de que si el planeta hubiera sido entre tanto colonizado por una de las otras especies galácticas habría que luchar para recuperarlo?

Ken asintió con una sonrisa torcida.

-Guerra total -añadió-. Hasta el fin. Es … -se interrumpió- ¿cómo lo llaman? Cuestión de honor, ¿comprendes?

Sus miradas se cruzaron unos segundos.

-Pero ¿tú no pensarás que el planeta esté habitado?

Ken bajó la vista y no contestó.

-Sólo hay una especie aparte de la nuestra que sea capaz de acondicionar un planeta -continuó Alda- y tenemos con ellos un tratado de no agresión que nunca ha sido violado.

-Exactamente. -Ken volvió a buscar la mirada de su amiga y sus manos se estrecharon por encima de la mesa.

* * *

Estábamos allí. La estrella. Esperando. Ellos estaban muy cerca. Podíamos oirlos respirar y temer. Ellos no nos sentían. “No somos parte de su realidad” había dicho Lon y debía ser cierto. ¿Cuál era su realidad? ¿Qué deseaban ver en nuestro mundo? ¿Cosas como las que Lon creaba, o Tras? ¿O como las imágenes de como había sido antes? ¿Cuándo antes? Mi mente especulativa giraba desgajada de la estrella hasta que me llamaron para canalizar, para conducir lo que llegaba de fuera.

Se acercan. Pronto estarán aquí.

Nos mezclamos a las otras estrellas, abrazando, consultando, sintiendo la unión. Y el miedo. El miedo casi desconocido en nuestra existencia.

Sólo una estrella. La estrella de contacto. Lo otro no es real para ellos. Disolver. Diluir. Desaparecer. Borrarse.

* * *

-Bueno, Boris, pues aquí estamos.

La voz de Ken sonó claramente en los auriculares del tercer oficial, pero el comentario era tan trivial que no se creyó en la necesidad de dar una respuesta. Su mirada se perdía en la inmensidad de un desierto calcinado y negruzco, cerrado hacia el horizonte por una cadena de colinas que podían haber sido inmensas montañas erosionadas por el viento. Según las mejores aproximaciones basadas en antiguos mapas, estaban en Europa, lo que había sido la cuna de la civilización moderna. En todo ese territorio habían existido grandes ciudades rodeadas de bosques, a orillas de ríos caudalosos. Una de las zonas templadas del planeta, una de las más pobladas y con mejor nivel de vida, una de las más variadas en paisajes, lenguas y costumbres. Miró desesperadamente al suelo intentando encontrar algún vestigio de ese pasado, alguna piedra tallada, alguna moneda, lo que fuera, cualquier cosa que pudiera borrar su amargura, aunque fuera durante unos instantes.

Ni él mismo sabía lo que esperaba encontrar allí, pero lo que estaba claro era que ni en sus peores momentos había supuesto que era de verdad eso lo que se iba a encontrar: polvo, desolación, vacío.

Subió a su móvil y lo arrancó violentamente. No se iba a dar por vencido con tanta facilidad. La nave estaba efectuando mediciones y sondeos en todo el planeta bajando incluso a profundidades de kilómetros en las zonas antiguamente pobladas, en los océanos más transitados, en todas partes donde pudiera quedar un vestigio… ¿de qué? Ni siquiera él podía estar buscando vida. Eso era absurdo. Pero entonces ¿qué buscaba? ¿La prueba de que otra especie se había instalado en Terra después de que hubiera tenido que ser abandonada por los escasos supervivientes? ¿Algún indicio de que quizá un puñado de humanos había sobrevivido, aunque fuera durante unos cuantos años, a la destrucción total?

Recordó sus sueños infantiles sobre la vieja Tierra, como la llamaba aún su abuelo, el amor que había ido pasando de generación en generación por las antiguas costumbres, las visitas domingo tras domingo a todos los museos en que se conservaban restos de aquel otro mundo que él en su imaginación había pintado con los más hermosos colores, sabiendo que era imposible y convenciéndose a la vez de que todo podía ser, si uno lo deseaba de verdad.

Comparaba el paisaje que se deslizaba bajo su móvil con las películas de historia antigua y sentía que su garganta se estrechaba. Aquí habían existido enormes bosques verde oscuro que se azulaban al atardecer, ríos perezosos en otoño, desbordantes en la primavera cuando se llenaban de nieve fundida, altas montañas de cimas blancas contra el cielo azul, miles y miles de animales diferentes que no podía nombrar llenando el aire con sus gritos, flores que se abrían al calor del sol y perfumaban el aire húmedo que podía respirarse sin máscara…

Recordaba también los argumentos de los otros, de los progresistas, de la gente como el capitán: “Nuestro mundo es este” “¿Qué tenemos que ver nosotros con Vieja Terra?” “No era todo naturaleza limpia y gloriosa; mucho antes de la destrucción final, Terra era ya un planeta enfermo y degenerado, donde cada día se extinguía para siempre una especie animal, sus océanos cubiertos de una capa de petróleo que impedía la evaporación, sus bosques muriendo poco a poco, su aire cada vez más irrespirable, lleno de veneno, su clima alterándose de año en año en un imparable efecto de invernadero que lo hubiera convertido en letal incluso sin la hecatombe nuclear”. “Terra era ya un cadáver antes de que los humanos la abandonaran”.

Y nunca lo había querido creer. Para él Tierra seguía viva en alguna parte del inmenso universo, como un jardín abandonado esperando que alguien lo reclamara como propio y lo hiciera florecer.

Y él ahora estaba en ese jardín.

Y era un desierto.

Ken volaba en silencio detrás de Boris mirando apenas el paisaje que se deslizaba bajo sus ojos. No era la primera vez que bajaba a un planeta agostado, pero esta vez era distinto porque aquí había existido vida, la suya, la de su especie. Aquí hombres y mujeres como ella, más pequeños quizá, menos desarrollados, pero también humanos, habían vivido, crecido, amado, antes de tener que buscar otro hogar entre los miles de estrellas del espacio exterior. Ahora lamentaba haber dedicado tan poco tiempo a estudiar historia antigua; no podía imaginarse la vida cotidiana de esas gentes, ni siquiera quedaba una huella en aquella desolación. Sin embargo ese mismo hecho le alegraba. Ella tenía razón. El futuro de su especie no estaba en Terra sino en su nuevo hogar, en su futuro, en los otros planetas que se habían acondicionado para acoger el excedente de población en el espacio periférico de Nueva Terra. Había sido un viaje interesante y triste, pero satisfactorio. En unas cuantas horas, en cuanto Boris se cansara de volar sobre el desierto, regresarían a la nave y en unos días más, con todos los resultados, a casa.

El motor de su móvil emitió un penoso rugido al remontar una cordillera más alta que las anteriores y por un momento tuvo que luchar contra las turbulencias del aire caliente pegado a la montaña antes de poder buscar a Boris con la vista. Cuando consiguió equilibrar el móvil y pasar al otro lado, lo que vio la dejó estupefacta.

En lo que debía de haber sido un valle en otro tiempo y que ahora era sólo una herida arrugada entre los montes, se alzaba una torre de plata. Una torre de unos veinte metros de altura pero que parecía mucho más alta porque flotaba a varios metros del suelo, tan sólida y estable como la roca misma en la que hubiera debido apoyarse. Era delgada y grácil, sin adornos exteriores, pero pulida y fina como un juguete de lujo. El sol de la tarde le prestaba un resplandor rosado y resultaba absolutamente incongruente en el paisaje desértico que la rodeaba porque no era una ruina de tiempos pasados sino una esplendorosa realidad, como si acabara de ser construída. El móvil de Boris se hallaba caído a sus pies y la figura del tercer oficial se recortaba, diminuta, frente a la base de la construcción. Ken hizo aterrizar su vehículo y avanzó lentamente hasta su teniente.

-¿Lo oye, capitán? -dijo él entonces en un susurro.

A punto ya de contestar “¿Si oigo qué?”, calló de improviso porque ella también lo oía. Una llamada, una llamada imprecisa como un coro de voces medio existentes, medio inventadas, como susurros de niños que se esconden en la oscuridad para que los encuentre un adulto y no pueden reprimir la risa. Asintió con la cabeza.

-Comunique a la nave lo que hemos encontrado, teniente. Informe de que vamos a entrar a explorar y que nos pondremos en contacto con ellos dentro de dos horas. Que hagan análisis y fotografías sin abandonar su posición y que no se inmiscuyan sin una orden explícita.

Dejó a Boris cumplir sus instrucciones y empezó a examinar la torre buscando una manera de entrar en ella. Estaba claro que sólo se podría intentar por una de las ventanas, ya que las dos puertas quedaban demasiado altas y estaban cerradas, pero sólo se podría hacer desde el móvil y en este caso uno de los dos debería quedarse en tierra. Acababa de decidir que sería ella la que entrara, a pesar de la oposición esperable por parte de Boris, cuando éste dijo:

-Capitán. Me comunican de la nave que no localizan la torre. Nos ven a nosotros pero, según nuestros instrumentos, la torre no existe.

Antes de que Ken pudiera reaccionar, del fondo de la torre se escurrió un objeto luminoso, una especie de lágrima traslúcida que descendió hasta tocar el suelo.

-¿Qué es eso? -articuló Boris con voz ronca.

-Tal vez un ascensor -dijo Ken.

-¿Instrucciones para la nave?

-Que sigan donde están. Dos horas. Si no volvemos, que bajen a investigar.

Avanzaron hombro con hombro hasta la lágrima y un segundo antes de reunir el valor suficiente para atravesar su consistencia de cristal gelatinoso, el material se extendió hacia ellos, los envolvió y los succionó hacia arriba, hacia el interior de la torre.

* * *

Vibrábamos, vibrábamos. Toda la estrella vibraba transformando, transformándonos, decidiendo sin palabras, sin imágenes, tratando de adaptarnos a ellos, de no dañar, de no ser dañados. Lon creó la torre y los atrajo. Tras le dio a Lana un cuerpo que pudiera llevar para ellos y yo me transformé según su diseño, listo para el contacto. Eran grandes. Y fuertes. Vestidos con duros objetos metálicos y protectores de ojos, de oídos, de respiración. Lon tenía razón. No sabían transformarse. Se quedaron en la sala que Sadie había creado para ellos mirándolo todo con los ojos muy abiertos, haciendo esfuerzos por controlar la respiración. Todas las estrellas callaban, atentas a Lona y a mí, a Sadie, a Lon, a Tras.

* * *

Boris sintió un escalofrío cuando las paredes de la lágrima-ascensor se disolvieron sobre su cuerpo dejando una lluvia de chispas multicolores. Miró a Ken y sus ojos siguieron los del capitán hasta encontrarse con una figura que los esperaba al fondo de la sala. Era un hombre de que podría tener entre los veinte y los cuarenta años, alto y delgado, vestido con unas ropas oro mate que cubrían su cuerpo desde la cintura hasta los pies. Su rostro y su cuerpo eran como la torre, finos y gráciles, más como una obra de arte que como un ser real, pero de una humanidad evidente. No era otra especie la que se había instalado en Terra.

Un segundo después, de detrás del hombre surgió otra figura, esta vez una mujer, tan hermosa y perfecta como su compañero, vestida de negro y plata también desde la cintura, lo que dejaba ver sus pechos redondos y erguidos, cubiertos a medias por su largo cabello, negro y liso.

Los dos permanecieron en completa inmovilidad mientras Boris y Ken los observaban. Por fin dijo el capitán:

-Somos amigos.

“Amigos” “amigos” reverberó la voz en alguna parte de su cerebro, como si fuera repetida por un coro invisible.

El hombre y la mujer sonrieron al mismo tiempo, con absoluta precisión.

-Somos amigos -repitieron con una voz plural y lejana, con un fondo de risa, como de juego.

-¿Quiénes sois? -preguntó el capitán.

-Somos. Somos -contestaron.

-Somos vosotros -dijo Lon a través de nuestras sonrisas.

-¿Sois humanos? ¿Supervivientes del desastre?

-Somos la estrella -contestó Sadie.

-No entendemos -dijo Ken.

Nos replegamos. Nos reunimos de nuevo buscando. Buscando cómo. Mostrar. La estrella. La transformación. Sadie bucea en uno de ellos y encuentra imágenes, un paisaje, una luz, sonidos, olores. Cambiamos. Giramos.

Boris y Ken se encuentran de repente en un paisaje típicamente alpino: un cielo azul profundo, como de cristal, donde ya aparecen las primeras estrellas, bosques perfumados, principios de la primavera, una brisa fresca y el rumor de un río cercano, un riachuelo claro de aguas rápidas y espumosas. Boris se agacha hasta tocar el suelo, pasa sus manos enguantadas por la hierba húmeda, por una hierba que es real, que no desaparece cuando él la toca, mete la mano en el arroyo y siente su frialdad a través de los guantes. Empieza a soltarse el cierre del casco cuando la voz del capitán lo deja clavado:

-¡Quieto! Es una orden. ¿No te das cuenta de que es una trampa, imbécil? No son más que alucinaciones… -su voz se corta de rabia, de miedo.

Boris se levanta lentamente, furioso y avergonzado por haber caído en algo tan pueril, frustrado por no poder disfrutar de su sueño y, de repente, al alzar de nuevo los ojos hacia Ken, se da cuenta de que está desnuda, de que están desnudos los dos, con la piel expuesta a toda la radiación, respirando aquel aire envenenado que huele a flores y a hierba, sintiendo las salpicaduras de ese agua que debe estar podrida y que de hecho no existe, como no existe ese cielo nocturno y esa brisa que mueve su pelo y que puede sentir en toda su piel como una caricia. Y se echa a reir y abraza a Ken gritando entre risas:

-Lo sabía, lo sabía. Podremos volver a empezar en Terra. Podemos vivir aquí. Es mucho mejor de lo que yo esperaba. Es un milagro.

* * *

Nos sacude el miedo como siempre desde que los esperamos. Todas las estrellas giran enloquecidas. No podemos. No queremos. Ellos. Diferentes. No. No. Compartir. Con ellos. Imposible. Focalizo y transformamos, transformamos.

* * *

Se encuentran en una playa al amanecer. El frío es tan intenso que duele en la nariz al respirar y en los ojos donde las pestañas se han escarchado. El resto de su cuerpo está embutido en voluminosos trajes aislantes. Hay un vehículo en marcha junto a ellos. El motor hace un ruido ronco y de su tubo de escape sale una espesa humareda negra. El mar está gris, cubierto de una capa grasienta que finge colores en el agua quieta. La playa está cubierta de cadáveres de peces, de pájaros, de otros animales que no pueden nombrar.

-Esto no puede ser real -murmura Boris.

-Lo otro tampoco -contesta Ken.

-¿Qué nos pasa, capitán? ¿Estamos muertos?

-Ojalá lo supiera.

-Esto no puede estar sucediendo. No puede ser real.

* * *

Todo es real, decimos, todo es real. No entienden. Oyen. No entienden. Sufren. Seres de realidad única.

* * *

Ken y Boris están de nuevo en la sala. Hay miles de velas blancas encendidas y en el aire flota un perfume dulce, intoxicante. El hombre y la mujer han desaparecido.

-Queremos saber -dice Boris al vacío-. Queremos comprender.

Ken aprieta los labios y calla. Su mente se cierra por momentos a la realidad que la rodea y que no puede existir. Ve cómo se distorsionan las facciones del teniente y clava sus ojos en la forma sólida que poco a poco se va haciendo fluida y luego neblinosa hasta que deja de existir y se encuentra sola en la sala. Trata de huir en un momento de pánico y se da cuenta de que las ventanas han desaparecido, de que todo es sólido frente a sus manos, frente a su cuerpo y, con un grito ahogado, se deja caer en las almohadas que cubren el suelo y pierde la consciencia.

* * *

Boris flota en medio de la nada, gira y gira olvidando más y más deprisa todo lo que sabe, todo lo que cree conocer. No siente su cuerpo y casi no le importa. Oye voces sutiles, risas, pasos. Se pierde, se entrega y pronto se encuentra flotando con seres casi inmateriales que le cuentan en imágenes, palabras, olores, tactos, todo lo que quiere saber, todo lo que le angustia. Se deja llevar y, por un momento, comprende que su concepto de la realidad es un absurdo, que los nuevos humanos se han liberado de las ataduras de lo que es posible y lo que no lo es, que ha entrado en otro estadio, en el nivel en que los humanos dominan por fin su planeta porque no están sujetos a él, porque por fin son independientes de todo lo exterior y ahora ya nada puede afectarles. Son hermosos, son superiores, son perfectos.

-Despierta, Ken, despierta.

Los ojos de Ken se abren con dificultad, temiendo encontrarse con la realidad de aquella sala inexistente pero lo primero que perciben son las pupilas dilatadas de Boris, su mirada enloquecida, su cuerpo tenso, sus manos que la agarran por los hombros y la sacuden violentamente en lo que parece un paroxismo de triunfo.

-Los he encontrado, Ken. Los he entendido. Son humanos, como nosotros, sólo que son mejores que nosotros, mucho mejores. Son los supervivientes de nuestra propia especie que a través de los siglos se han depurado, se han perfeccionado. Han abandonado todo lo que a nosotros nos parece básico para dar el gran salto. Son el paso siguiente en la evolución.

Ken acoge sin respirar el torrente de emoción que brota de Boris y, cuando interrumpe su discurso, esperando de ella una confirmación, una mirada, una sonrisa, ella pronuncia la palabra maldita, la palabra más temida por los restauracionistas:

-Son mutantes, entonces.

Boris la golpea violentamente con el dorso de la mano y la sangre brota, caliente, de su boca. Cuando ya alza la mano para golpear de nuevo, se detiene y la mira con lástima.

-¿No has visto a la pareja de antes? ¿Los llamarías mutantes?

-Esa pareja era una alucinación, como todo lo que hay aquí, como lo del bosque, como lo del mar, como esta misma sala. Tu has visto en qué condiciones está el planeta. ¿Crees que un humano podría vivir aquí sin protección, sin técnica?

-Sé que son alucinaciones. Bueno, más bien proyecciones de sus mentes. Ya te he dicho que ellos son algo más. Yo los he visto. Los he sentido. Son incorpóreos, son algo así como espíritus que pueden adoptar la forma que quieran y transformar su entorno. ¿Para qué quieren la técnica? Tienen otra cosa. Es… es como magia.

-¿Y tú crees que son humanos? ¿A tí te suena humano todo eso que me estás contando?

Boris baja la vista, confuso. Se sienta en el suelo cubierto de cojines y se queda un tiempo muy quieto, la vista perdida en el vacío, sus ojos reflejando las llamas de las velas que se queman sin ruido.

Ken habla por fin, muy despacio:

-Boris, si esos seres fueron alguna vez humanos, está claro que ya no lo son. No son como nosotros. No tenemos nada que compartir.

-Quizá no tengamos nada que compartir pero tenemos todo que aprender -grita él.

-Yo no quiero aprender eso -contesta ella, en voz baja.

-Creía que los progresistas estabais a favor de cualquier cosa que nos lleve hacia el futuro -el sarcasmo es casi infantil- y eso, capitán, es el futuro. El futuro de nuestra especie. El único. El mejor.

-Entonces el ideal de la restauración de Tierra ya no es tu ideal, ¿no? Ahora se trata de que esos seres -indicó con las manos a su alrededor- nos enseñen cómo liberarnos de nuestros cuerpos, cómo destruir nuestro planeta y cómo fingir una realidad compuesta de alucinaciones para poder seguir soportando la realidad auténtica, ¿no es eso?

-Ellos no destruyeron su planeta. Lo hicisteis vosotros.

-Lo hicimos nosotros, en todo caso. O nosotros y ellos, si ellos son de verdad descendientes de los mismos humanos que nosotros. O ellos, si te refieres sólo a los antiguos. ¡Qué más da! ¿Quieres vivir en un mundo como el que hay ahí afuera, sabiendo cómo es y construyendo torres de plata ficticias que nuestros instrumentos no registran?

-¡Sí! -gritó Boris salvajemente-. Eso es lo que quiero. Quiero poder sentir otra vez la hierba y el agua y el aire libre, aunque sea una creación de mi mente si yo lo siento como realidad. No quiero tener que hacer una solicitud y esperar seis meses hasta que me concedan treinta minutos en un parque natural, no quiero vivir en cúpulas acondicionadas, no quiero reguladores climáticos y ambientales, no quiero saber exactamente cuándo va a llover y cuánto va a durar la lluvia, quiero aprender lo que es el mar bañándome en él, sentado a su orilla…

-Y comer alimentos naturales, supongo, directamente sacados de la tierra -añadió ella con una mueca de disgusto. Y tal vez hasta cazar, como los primeros humanos. Y caminar para desplazarte…

-Ellos no necesitan caminar. Ni siquiera desplazarse. Ellos… transforman.

-¿Qué transforman?

-No sé bien… no sé cómo explicarlo. Se reunen y hacen cosas. Lo que quieren, lo que sienten, lo que necesitan.

-Cosas que no existen.

Hubo una larga pausa. Por fin Ken se puso en pie y se ajustó torpemente el traje con las manos enguantadas.

-Nos vamos, Boris.

El también se puso de pie, lentamente, desnudo.

-Yo me quedo, Ken.

-Tu vienes conmigo y es una orden.

Boris sacudió la cabeza, despacio, sin apartar los ojos de ella.

-Yo me quedo. Puedes decir lo que quieras en la nave y en casa. Que me perdí, que tuve un accidente, que decidí quedarme, que me ejecutaste por insubordinación, lo que quieras, pero me quedo.

-Boris, no me obligues a disparar -dijo ella con los dientes apretados, su mano derecha cerrada sobre la culata del arma de reglamento.

-Yo me quedo, capitán. -Sus ojos brillaban como si una tenue luz se hubiera encendido en su interior y su piel se hacía fosforescente por momentos mientras su pelo oscuro se movía en torno a su cabeza, lenta, deliberadamente.

La mano de Ken temblaba al sacar el arma pero Boris no hizo el menor movimiento para detenerla.

-Si no me obedeces inmediatamente, tendré que disparar. Conoces el reglamento. Es rebeldía.

-Dispara, capitán.

Por un momento Ken creyó que se trataba de una broma. Una broma cruel de aquellos seres malignos que no podían ser humanos. Habían construido a ese Boris que ahora se hallaba de pie frente a ella convirtiéndose ante sus ojos en algo monstruoso para obligarla a matar, pero sólo para ponerla en ridículo convirtiendo su disparo en un haz de chispas de colores o en una bandera de carnaval.

-Te ordeno que vuelvas conmigo a la nave. Tienes tres segundos. Uno. Dos. Tres.

El rostro de Boris se iluminó en una sonrisa y de sus dientes empezaron a brotar hilos plateados que tocaban el suelo con un chasquido húmedo y creaban una fronda a su alrededor. Ken disparó.

La pierna izquierda, el brazo derecho. Boris se dobló de dolor con un grito y los milagros desaparecieron. Entonces, antes de que ella pudiera preverlo, él saltó sobre su pierna sana tratando de derribarla. Casi sin darse cuenta disparó y la cabeza de Boris se abrió por arriba en una explosión de sangre. Ken cerró los ojos y se cubrió el visor con la mano izquierda, la derrecha agarrotada aún sobre la culata del arma, ahogándose en la magnitud de lo que acababa de hacer. En veinte años de servicio era la primera vez que había matado a conciencia.

El viento que soplaba contra su traje aislante la devolvió a la realidad. Por unos instantes estuvo segura de que en cuanto retirara la mano, Boris se encontraría a su lado en mitad del desierto con la expresión perpleja del que sale de un profundo sueño. Apartó el brazo lentamente y era casi cierto. Estaban en mitad del desierto, sin sala mágica, sin torre de plata, sólo el infinito desierto calcinado y un cadáver desnudo y destrozado a sus pies, el traje protector unos metros más allá como una concha vacía.

Inspiró hondo y llamó a la nave. No iba a ser agradable, pero se había terminado. Era lo mejor que había podido suceder. Ahora vería la opinión pública hasta qué extremos de fanatismo puede llegar un restauracionista, hasta qué punto de locura y de incomprensión. Había sido una mala elección para Boris pero era lo mejor para todos los demás, incluso para la vieja Terra que podría continuar siendo morada de fantasmas que sólo existían en la mente de Boris y que él le había contagiado. ¿No había sido él el que primero había visto la torre antes de que ella pudiera remontar la cordillera? ¿No habían sido todas sus alucinaciones producto de una mente humana, como la de Boris, alimentada desde la infancia con las imágenes de tiempos pasados? Terra estaba muerta. Muerta y estéril, maldita por milenios, un pedazo de roca flotando en la nada. Esa era la única realidad.

* * *

Te llamas Nea, decimos con un perfume malva. Eres el cierre de la estrella ahora y yo soy su foco, digo yo. Vas a aprender con nosotros. Transformaremos. Transformarás. Nea dice, aún con palabras, que es un nombre de mujer. Reimos. Aquí no importa. Es un hermoso nombre, dice Sadie entre burbujas blancas. Estoy muerto, dice Nea. Reimos. Reimos. Reimos. Yo también estoy muerto, digo yo y le envuelvo en una niebla y caemos al suelo gota a gota convertidos en espuma. Todos muertos, susurra y su voz es triste, triste. Un mundo de fantasmas. Sólo Vai está muerto, dice Lon pero no importa. No comprende. Nea no comprende y sufre. Nos acercamos. Apoyamos. Abrazamos. En la cima rocosa de una alta montaña de convención general aparecemos los cinco, la estrella, con Nea. Le creamos un cuerpo para que no sufra. Nos mira. Se mira y grita de dolor y de miedo. Nos miramos. Los cinco. No comprendemos todo. Lon y yo entramos en su flujo suavemente, dejando nuestro cuerpo ahí para no dañar a Nea. Vemos lo que ve. Sadie, sus alas traslúcidas, membranosas, las manos diminutas de garras afiladas, la boca redonda, sin labios, manchada de líquido verde, la cabeza sin ojos, sin cabello. Tras, el cuerpecillo frágil, como un hilo, el cráneo inmenso, informe, sostenido apenas por un cuello larguísimo, los brazos rozando el suelo. Lana, su cuerpo descoyuntado, sin proporción, la cabecita rubia oscilando descontroladamente, los ojos sin párpados, el hilo de saliva goteando de su boca. Lon, sus brazos sin manos, sus ojos enormes y profundos ocupando la mitad de su rostro sin boca. Yo, mi cuerpo anterior que era sólo un cerebro prendido a una masa de materia biológica y que ya desapareció hace tiempo. Mutantes, grita Nea, mutantes monstruosos. No comprendemos. No sabemos, pero duele. Nea sufre y nosotros sufrimos. Nos acercamos. Nea grita. Grita. Grita. Abrazamos. Apoyamos. Giramos. Volamos. Transformamos. Nos transformamos. Ahora el paisaje es verde y dorado. El sol está bajando y cientos de pájaros negros gritan en el atardecer. Hay árboles en flor, blancos y rosas. Suenan unas campanas dulces en la distancia. Nea ya no grita. Abre mucho los ojos y aspira el aire que huele a hierba cortada y flor de manzano, dice. Está tranformando, pero no lo sabe. Nuestros cuerpos son ahora como el de Nea, grandes, fuertes, lisos, de color blanco dorado. Ha construido cuerpos de hombres y mujeres. Vuelve la paz. Es una hermosa realidad, graba Tras en el cielo, un cielo verde con estrellas moradas. Nea se asusta un instante y pronto añade estelas de plata que se cruzan arriba. Sadie nos levanta como una polvareda y volamos bajo el cielo que ahora es violeta y suena como el mar. Reimos. Juntos. Con Nea. Estás en casa, gritamos, cantamos, proyectamos. Focalizo la alegría, la bienvenida, la armonía, la paz y nos perdemos en la estrella, viviendo, creando, volando, girando, girando, bailando, transformando, transformando, transformando. Los seis.

© Elia Barceló
Reproducido con permiso del autor

Polichinela
Santiago Eximeno

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¡Judy, querida!
¡Judy, amor mío!
Sube las escaleras.

Punch y Judy

El cuerpo yace en el suelo, la espalda apoyada contra la pared. Está desnudo, los ojos cerrados, los dedos de la mano derecha crispados, como si quisiera atrapar el aire que se desliza entre ellos. Su piel está surcada de heridas, trazos abiertos al azar por un escalpelo descuidado. La sangre alrededor de las heridas se ha secado y se ha vuelto oscura, y sólo una maraña deshilachada de un color rojo brillante busca su camino entre los pliegues de la carne para desembocar en la tarima.

El cuerpo yace en el suelo de una habitación pequeña, apenas amueblada. Contra una de las paredes se apoya, carcomido por la edad, un viejo armario de puertas de espejo -quebrado aquí y allá, heridas provocadas por el impacto del cuerpo contra las hojas- y, junto a la puerta abierta, una cómoda volcada con los cajones abiertos. Su contenido (ropa interior femenina en su mayoría, la idea retorcida del paraíso para un pervertido) ha cristalizado a su alrededor en un inesperado intento de fuga.

El cuerpo pertenece a un hombre, pero poco nos importa, pues al fin y al cabo es sólo un cuerpo, y los cuerpos no son más que vehículos necesarios para que los verdaderos protagonistas puedan narrar la historia.

En el suelo, junto a una de las manos del cuerpo, está el cocodrilo hambriento. Piel verde brillante, escamas de color verde oscuro recorriendo su espina dorsal, grandes ojos negros como un día sin esperanza. Tiene la boca abierta, y una lengua larga, roja, escapa de ella y resbala entre sus  desproporcionados dientes.

El cocodrilo espera.

(No puede hacer otra cosa)

Espera a que el cuerpo se levante; sabe que antes o después lo hará. El que haya hecho esto -las heridas, los golpes, la sangre- ha sido torpe, descuidado. El cocodrilo sabe que pronto estará de nuevo vivo, dispuesto a enfrentarse a lo ocurrido.

No se equivoca.

Nunca lo hace.

Conoce la historia al dedillo, como todos los demás, y aunque a veces la trama sufre ligeras variaciones, adaptándose a la época, la historia siempre es la misma. Tragedia, risa. Y un hurra cuando muere el Diablo.

El cuerpo gruñe, ahoga un grito, se incorpora entre gemidos. De su frente brota la sangre, resbala por su rostro anodino. El cuerpo da unos pasos dubitativos, mira a su alrededor. Cuando descubre la marioneta de tela en el suelo, frente a él, sonríe (si la expresión que se forma en su cara puede denominarse así, pues no sabemos a ciencia cierta si los cuerpos sonríen) y se acuclilla junto a ella. Las heridas en sus muslos se abren, la sangre se vierte con desgana. El cuerpo extiende su mano y la introduce en el interior de la marioneta, y

cuando

lo

hace

Cocodrilo despierta, hambriento. Mira a su alrededor, inquieto, pues ha transcurrido demasiado tiempo (una eternidad) desde la última vez que ha estado despierto. ¿Qué ha ocurrido? Le cuesta recordarlo. Una sombra, un golpe. Después, el silencio y el olvido.

Cocodrilo abre la boca, la cierra. Mira a su alrededor, nervioso. ¿Dónde está Judy? Cocodrilo guía a su soporte hasta la puerta, le ordena que la abra. En el exterior del cuarto todo está oscuro. Cocodrilo busca el interruptor de la luz con la boca: deja que su lengua resbale por la pared, acaricie su superficie con delicadeza, hasta que siente el tacto del plástico y se detiene. El soporte emplea su mano libre para pulsar el interruptor una, dos, tres veces. La luz no llega. Tendrán que avanzar en la oscuridad, recorrer el pasillo, bajar las escaleras, llegar a la puerta, salir al exterior.

Pero antes necesita encontrar a Judy.

Ella le contará lo que ha ocurrido, le ofrecerá una explicación.

Porque

El cuerpo cayó al suelo y la marioneta resbaló de sus dedos. Trató de incorporarse, pero se detuvo. Lo primero era volver a ser uno con el cocodrilo. Lo importante era volver a ser. Así que

introdujo

su

mano

Judy siempre lo sabe todo, por eso.

Cocodrilo avanza envuelto en sombras. Abre mucho los ojos, tratando de captar algún detalle en su avance a ciegas, algo como el contorno de un mueble, algo que le permita identificar su entorno y mantener indemne (olvida sus heridas, olvida su estado) a su soporte. No lo logra. La oscuridad lo devora todo, como un cocodrilo hambriento. El soporte tropieza, a punto está de caer. Cocodrilo se impacienta. Oye un gemido a su espalda, y entonces el soporte se arrodilla en el suelo (un golpe seco) y vomita ruidosamente. Cocodrilo lamenta no poseer el sentido del olfato, pues sabe que lo que perturba a su soporte puede conducirle hasta Judy. Lo sabe.

Sssshhh, silencio, niños.

Avanzan hacia una línea de luz que quiebra el suelo, resbala bajo la puerta. Esa puerta conduce al cuarto trastero, donde tantos esperan pacientemente que vengan las manos a llevarlos. Cocodrilo acerca su gran boca al pomo de la puerta. Retrocede contra su voluntad. Percibe ahora el humo que emana de la hoja, que resbala por el suelo como niebla. Percibe el calor. A pesar de ello abre la boca, enrosca su lengua alrededor del pomo (ignorando el dolor del soporte, el gemido) y abre la puerta.

Tose, le lloran los ojos.

Al menos esas son las sensaciones que pretende transmitir a su público.

Su soporte, menos dado al histrionismo, gimotea cuando entran en el cuarto. Apenas quedan llamas ya, pequeños focos desperdigados por el cuarto como reliquias olvidadas. En el ambiente flota un dulzón olor a combustible, el mismo que antes empapaba el suelo, las paredes.

Cocodrilo ve las cenizas negras que han mordido la tela, que han devorado la vida de sus amigos como un cáncer, quebrando toda posibilidad de restauración. Joey el payaso, la preciosa Polly, el agente de policía, el ciego, el doctor… todos, convertidos en cenizas. Cocodrilo abre la boca, grita, un grito distorsionado de tela y teatro de marionetas. ¿Quién ha podido hacer algo así? ¿Quién?

La respuesta le llega al instante.

El señor Punch.

El celoso, enfermizo y desquiciado señor Punch.

Sólo ese horror oculto entre las bambalinas sería capaz de hacer algo así. Cocodrilo se acerca a los cuerpos mutilados, acariciando corchetes, tela, madera, gomaespuma; consciente de que no podrá infundirles vida de nuevo, consciente de que ningún soporte les devolverá al teatro de la existencia.

El soporte se tambalea, se cubre el rostro con la mano libre. Cocodrilo sabe que el humo no es bueno para él, así que decide salir al exterior, a la oscuridad. No ve nada, avanza a ciegas. Comprende

(tarde, demasiado tarde)

que el soporte le ha conducido hasta las escaleras. Entonces oye la risa, la terrible risa, y siente el viento en sus ojos negros cuando el soporte tropieza y caen por los escalones, abajo, abajo, más abajo.

Queda allí tumbado, a los pies de su soporte que, inmóvil, con los ojos muy abiertos, ha dejado de gemir. Cocodrilo comprende que el soporte está roto, para siempre. Siente miedo. Siente tristeza. Por él, por Judy, por el bebé, el hermoso bebé. ¿Qué le habrá hecho el señor Punch al bebé?

Entonces oye de nuevo la risa, y con ella, la voz.

¿Se puede saber qué estáis mirando, niños?

Oscuridad. Permanece atento, pues en la oscuridad la voz procedente de las bambalinas es auténtica.

¿Dónde está?, pregunta Cocodrilo.

¿Dónde está el señor Punch?

Vamos, díselo.

Díselo a gritos.

Los niños gritarían, los niños se lo dirían.

Todos quieren a Cocodrilo.

El señor Punch está allí, allí, allí, tras él, oculto entre las sombras, sosteniendo entre sus mandíbulas desencajadas el cuerpo mutilado del bebé. Saldrá de un momento a otro y se abalanzará de nuevo sobre Cocodrilo. Terminará lo que vino a hacer. El señor Punch ha dejado el palo a un lado, y en una de sus manos sostiene un mechero. En la otra una lata de gasolina.

Vamos, ¿dónde está el señor Punch?

Dilo.

Grítalo.

Allí, allí.

Dilo.

¡Allí, allí!

¡Detrás de tí!

Hazlo.

Si no lo haces Cocodrilo, como todos los demás, morirá.

Si lo haces te arrancaré los ojos y te abriré en canal, maldito seas.

© Santiago Eximeno
Reproducido con permiso del autor