Clic, clac. Abro los ojos. El cielo aún es oscuro, se ven las estrellas entre retazos de nubes y resplandores amarillos. Dolorido, me toco el pecho, las costillas, duelen pero no parece que tenga ningún hueso roto. Me incorporo sobre un codo resbalándome en el barro. El coche yace unos metros más adelante, estampado contra una piedra. El radiador del mercedes sisea vapor de agua y un intermitente, como un enorme ojo amarillo, se enciende, se apaga, se enciende, se apagaba… clic, clac, clic, clac. Al fondo, más allá de la broza y la basura de la cuneta, Madrid es una difusa mancha de luz, un espejismo de civilización en medio de una noche profunda. Clic. Clac. Me levanto en varias fases extenuantes. En mi mano derecha cuelga el peso inerte de la automática. La levanto hasta la altura de los ojos. Aún me asombra el peso huraño del arma. Tomo el cañón y me lo acerco a la nariz: huele a pólvora, a pasado. Cojeo hasta el coche siguiendo los surcos que los neumáticos han arado en el barro. La puerta por la que he escapado segundos antes esta abierta. Dentro, apoyando la cabeza en el volante, Raúl me mira, el brillo del intermitente ilumina sus pupilas fijas con un resplandor breve y amarillo. Clic, clac. Aún están allí el sonido atronador del disparo, la sangre y los sesos salpicando; el motor girando en vacío; aún se abre la puerta y saltó, siento el impacto contra el suelo, la tierra en la boca, el estruendo del coche estrellándose. Clic, clac, clic, clac…
Me agacho y quito el intermitente. Raúl me mira todo el tiempo. Luego le doy la espalda al mercedes accidentado, por fin silencioso en su muerte de máquina rota, mientras camino hacia el barranco. Tengo las manos húmedas de sangre. Me siento sobre una piedra mirando hacia el valle crecido de luz mientras me restriego las manos contra el pantalón como para sacarle brillo. Hace frío. Al rato el radiador deja de sisear bruscamente, ha perdido todo su líquido. La noche crece de repente, se hace intenso a mi alrededor el arrastrarse de alimañas, el croar de algún insecto en celo, las estrellas. Todo lo demás, aquello que había tenido tanta importancia, ya no es real, solo queda la materia mas fútil del universo: el pasado, recuerdos.
No tardarán en venir, solo tengo que esperarles. Reviso la automática, quedan 11 balas. No serán bastantes, así que arrojo el arma a los matojos y miro el reloj, luego al coche muy cercano y a su maletero, un obsceno bulto metálico sobresaliendo enhiesto sobre la hierba de la cuneta.
Tardan veinte minutos, llegan con puntualidad astronómica. Las nave no brilla, no hace ruido, solo es un enorme ovoide negro mate del tamaño de una casa que flota en el aire a pocos metros de los brezos. No hay ventanas o puertas abriéndose, rayos de luz, nada, súbitamente están a mi lado mirándome.
-Sí, le he matado.
Silencio, ese es su mejor lenguaje.
-Iros a tomar por culo, benefactores de mierda. Dejadme en paz.
No sé decir si me miran, si no lo hacen, si hicieron algo, si hubo luz, sonido. Estaba sentado en la piedra viéndoles moverse a mi alrededor y ahora no hay noche, luz, oscuridad, ni el relente de la sierra mordiendo la piel, no está el tacto áspero de la roca, ni el vaho de bruma que surge del suelo, nada. ¿Es mi castigo? ¡Joder! Será mi castigo, seguro. Ellos son muy ecuánimes, muy perfectos, odian el derramamiento de sangre, aman la justicia, seguro que es algo indoloro, algo terrible.
Ya no hay oscuridad, ¿dónde estoy? Parece… una habitación, un dormitorio.. lo conozco… ¿de quién…? pero… no puedo moverme, estoy paralizado… la visión cambia, y… ¿quién musita a mi lado? ¿qué es ese rumor? Parece el latido de un corazón, el rozar de la sangre circulando por las venas. ¡Joder! Es el apartamento de Raúl visto desde la cama. Intento girar el cuello, no puedo moverme, solo escucho y veo.. y … también siento el tacto de las sabanas en el culo, en la espalda, y… piel ajena en la mano… Piel ¿de quién? Ahora se vuelve… ¡Joder, Joder, Joder! es María…. Hijos de Puta, ¿qué me han hecho? ¡Dios! Está pasando sus manos, mis manos, por la curva del pecho, en el suave lomo. Tiene los ojos cerrados, ahora los abre y sonríe… me sonríe a mi… Pero… María está muerta, y esta es la cama de Raúl… Sabía que me engañabas con él, lo sabía, ¡Joder! Las miraditas en las cenas, las bromas… y no te cabrees, somos amigos de antes, no te enfades Ricardo, que no es nada… ya, no es nada.. ¡joder! Ahora me alegro, me alegro que los dos estén muertos.
Ahora se vuelve… en la mesilla… el güisky y la coca… ¡joder! aspira, es como una espada de plata justo en el centro del cerebro. Dios, es María… está conmigo… ¡María!.. no… espera… es el apartamento de Raúl… yo soy Raúl. Está muerto, acabo de matarlo y ahora soy yo. ¿Ese es mi castigo? Ahora la besa, es su lengua, no puedo cerrar los ojos, no puedo huir… María, ¿por qué me hiciste esto? Las manos, es su cuerpo, es la cintura, es la redondez de los muslos, es la suavidad aceitosa de su coño en el que ya estoy dentro. La coca, todo es plata, nítido hasta hacerse doloroso… ¿cómo lo han hecho? Estoy en Raúl y Raúl aún está vivo. Son sus recuerdos. María ¿cómo pudiste hacerlo, por qué te retuerces de placer? ¡Dios!, no lo soporto. Y se llaman benefactores y dicen que no son crueles. No puedo… no puedo irme, sólo atender, sentirlo todo, las contracciones de los músculos, el placer tallando escalas en la carne, creciendo, el aire que entra y sale de los pulmones raspando al pasar por la tráquea. Ahora abre los ojos, es María, Dios, María, el rostro enrojecido, el ojo aún tumefacto, el gesto de éxtasis, María, ¿por qué? Con Raúl, mi mejor amigo, no podíamos haberlo solucionado. Siento haberte pegado, lo siento tanto. María… noooo, no lo hagas ¡Raúl! Me preparo, pero no es suficiente, no hay manera de protegerme, el orgasmo llega como un mar de cristales afilados que rompe diques y te cae encima, me engullen cien mil estrellas lacerantes, el tiempo estalla y el placer crece… ella grita, él también, no puedo huir, no quiero verlo, no quiero sentirlo… Dios, María…. me tiendo, olas de laxitud relajan hasta el último músculo, llega la oscuridad de nuevo… se ha dormido…. ¿y yo? Yo no duermo.
Joder, quiero llorar pero no son mis ojos, María, estás muerta, yo te maté, no quise hacerlo. También maté a Raúl y ahora estáis más vivos que nunca. Hijos de puta, ¿benefactores? Cabrones, no saben lo que duele, no pueden imaginarlo, ellos no sienten…. Llega la oscuridad, tengo que dormir, ni tiempo tengo para pensar… quiero morir, olvidarlo todo, nadar en un mar sin nombre, olvidado, de aguas más oscuras que el abismo entre las estrellas.
Vuelve la luz, alfileres luminosos me desgarran la retina. Raúl -yo- cierra la persiana, está desnudo, de pie, sintiendo las baldosas frías en los pies. María ya no está en la cama… ha vuelto conmigo… ¿Qué día será? Raúl va hasta la ducha…. le gusta el agua fría, Brr… demasiado fría, cabrón. Y pensar que eras mi amigo. Antes hubiera debido meterte una bala en el cerebro. Tiene que ser aquel día, sí, no puede ser otro. Podría haberlo hecho, ahora, hoy mismo, pero no lo sabía, era un cornudo imbécil y confiado. El día que los descubrimos, o ellos nos descubrieron a nosotros.
Va a la empresa, claro, conduciendo como un subnormal, como hacía siempre, lento e inseguro. ¿qué hace? Joder, cuidado con esa curva del garaje que es muy cerrada, ey ese es mi coche… ya sé quien me rayó el mercedes. ¡Torpe, torpe! Todo lo listo que eres con los ordenadores…. y no sabes nada de la vida; o quizá soy yo el que no sabe nada, el que no vio ejercitar las alas a María, y tú, callado, tranquilo, el que le preparaste el nido. Yo soy el torpe, el inútil… tan fatuo.. joder… soy yo… en el despacho…, qué cara de imbécil, que alegría al ver a Raúl, ¡joder, date cuenta! ¡acaba de acostarse con tu mujer!
-Oye.. ¿sabes algo de María? Ayer, discutimos, se fue de casa…
-Pues… no, no sé nada
Hijo de puta.
-¿Ha sucedido algo?
-Bueno, ya sabes, peleas conyugales. Yo creo que no es nada serio. No te preocupes.
-Ah, vale. Si quieres algo… dímelo
Claro que quiero algo, quiero matarte, cabrón.
-Por cierto.. tengo algo que enseñarte Jorge
Ahora me va a enseñar la cinta. Dios, que mal me siento… no puedo moverme, solo soy un puto espectador que asiste a su propia tragedia. Casi preferiría estar muerto, pero eso hubiera sido poco adecuado, hay que proteger la vida por encima de todo, ¡cabrones, hijos de puta!
Ahí está el ordenador, el Vish 12. ¿de quién fue idea de ponerlo a procesar señales de radiotelescopio en horas muertas? Mía, seguro, sí, fue mía. ¡Imbécil! Un ordenador de 10 millones procesando más de 20 horas al día y ganando dinero para nuestra empresa por cada segundo, y yo tengo que buscarle ocupación para las cuatro horas restantes. 24 horas al día era mi lema. Imbécil.
-Mira Ricardo, lo ves…
-Coño, ¿será un error?
-No creo… lo hemos analizado, y aún no estamos seguros, pero no se trata de los problemas habituales. No es un teléfono móvil, no es una emisora, no es un satélite.
Tiene cara de cabrón, seguro que se está riendo por dentro. Con esa melenita hippie recogida en la coleta, los pantalones vaqueros, un mierda de fumeta cabrón que se ha tirado a mi mujer. Y yo lo llamaba amigo, lo quería.
-Y lo habéis decodificado…
-Es la serie de fibonnacci, sigue hasta un valor elevado y luego se detiene y comienza otra vez. Esta codificada en impulsos ternarios, un código 0 1 2 que se agrupan en longitudes de palabra de diez dígitos
-¡Coño!, qué cosa más rara.
-Y tanto.
Está realmente excitado con el descubrimiento. Para él era lo primero, la ciencia, el reto, por eso yo llevaba las cuentas, por eso las cosas iban bien, cada uno en sus asuntos.
Es fascinante verlo manejar el ordenador, programar los filtros para la masa de datos, varios hilos en paralelo cuidadosamente intercalados para que puedan pasarse información de uno a otros y ninguno tenga que esperar por los datos. Era el mejor, sin duda. Recuerdo nuestros años en la universidad, él siempre metido en sus libros, soñando con investigar en física avanzada, yo siempre en el bar, preocupado de con qué tía me iría a la cama ese fin de semana. Pero las cosas suceden así, aquella fiesta se alargó muy hasta la madrugada y el descontrol también. Al final aquel gordo cabrón, capitán del equipo de rugby, me encontró y me estaba midiendo las costillas a base de bien. Total solo le había quitado la mierda de novia que tenía. No sé como lo hizo, pero cuando me quise dar cuenta Raúl estaba colgado del gordo aquel asfixiándole. No recuerdo mucho más. La bronca se hizo épica, volaban las botellas y las sillas y en nada se escucharon las sirenas de la policía. Nos escapamos por una puerta lateral y corrimos por el bosquecillo de pinos de detrás de la escuela, riendo. Yo aún aferraba una botella de ron. La terminamos helados por la amanecida, sentados sobre una piedra y acurrucados dentro de nuestras chupas.
Cuando monté la empresa con el dinero que me prestaron mis padres, él fue el primero en quien pensé. No hizo falta ni decírselo, le hablé del proyecto y lo demás fue fácil, años dorados, qué buenos recuerdos de cuando construimos nuestro primer superodenador a base de PCs estándares apañados y conectados con un linux modificado para proceso masivo paralelo. Y qué sorpresa cuando comenzó a llegar el dinero. Vendíamos tiempo de proceso en una época en que los análisis estadísticos de históricos estaban en un auge enorme, nos hicimos de oro. Yo al menos, él no sé muy bien en que invirtió sus ganancias. La bolsa subía, todo iba bien. María y yo nos casamos. El tonteaba con unas y otras, y gastaba su tiempo libre en fumar hachís y charlar con otros que como él aún se habían quedado en los tiempos de la facultad.
-Mira, ves esto, lo ves…. ¿qué te recuerda?
-Eh… no sé
-Unas coordenadas son unas coordenadas geográficas, solo que están dadas en un… espera
Ahora es cuando me quedé totalmente pasmado… recuerdo este segundo como si fuera ahora mismo y me veo a mi mismo, con cara de idiota, mirando. ¡Espabila, imbécil! En menudo lío te vas a meter,… pero esto es el pasado, no se puede cambiar ¡joder! Han debido recrearlo a partir de la memoria de Raúl o algo así. Valientes hijos de puta. Lo veo, tecleo la activación, va a superponer un mapa con coordenadas geográficas con un sistema de coordenadas del 0 al 59049, o sea tres elevado a la décima potencia, un número en base tres de diez cifras. Y.. sorpresa… ¿dónde caen esas coordenadas? Aquí, en Madrid. No en un desierto de Arizona donde suelen suceder estas cosas, o en la Antártida, aquí, en la sierra pobre, cerca de la maliciosa, en una escarpadura perdida entre piedras y pinos.
Se detiene y me mira, él ya ha pasado del alucinamiento, para él esa localización no supone el mazazo que me está distendiendo la mandíbula y que dilata mis pupilas.
-¡Joder! ¿habrás comprobado que no es ninguna broma?
-Sí
-¡Coño! Es un contacto extraterrestre…. no me lo puedo creer, habrá que avisar a alguien… no sé
-No hay tiempo: ves ésta otra cifra… ves estas series de números… esta de aquí, se repite en series de 9 veces. Me intrigaron, no sabía qué eran… lo que tenía claro era que repetían un intervalo, como un ritmo, eso me hizo sospechar…. ¿qué fenómeno astronómico es regular siempre? Los pulsars… esa era la respuesta. El problema era considerar que pulsar concreto se referían para hacer una comparación y establecer la duración en segundos de un pulso temporal de los extraterrestres. Y la respuesta fue fácil, el más cercano a la tierra, el PSRJ0108-1431, que está a 280 años luz. Con esa equivalencia resuelta pude establecer que ese número que aparece al lado de las coordenadas es el tiempo desde el inicio de la primera señal hasta……
-Una cita… Joder…. ¿y ese tiempo ha pasado ya?
-No, es mañana, a las 4 horas, 34 minutos, 16 segundos, 2 décimas, etc. Etc.
-¡Joder!. ¿Alguien sabe algo de todo esto? Tendremos que informar…..
Ahí estoy, abrumado, intentando pensar…. la humanidad entera preocupada de este momento y ahora cuando llega me convierte en un idiota balbuceante. Y Raúl, ahí, mirando, sonriendo. Está claro que él ya lo ha pensado, ha tenido tiempo, mientras analizaba los datos.
-Ya, y que nos tomen por idiotas si no es cierto, si se trata solo de una broma elaborada.
-Eh, sí…
-Tendremos que ir los dos, tú y yo nada más. Luego habrá tiempo para anunciarlo, cuando tengamos pruebas más sólidas.
-¿Más sólidas?
-Sí.
Y me quedo ahí, alucinado, sin saber qué decir. Recuerdo lo que pensaba… retirar todas mis inversiones y esperar la tormenta. Cuando esto se hiciese público la bolsa, todo el mundo en realidad, se volvería loco. Pero no lo van a hacer público, ahora lo sé, no nos darán ocasión a protestar, a decidir.
Si Raúl hubiese sido solo un poco más tonto, si no hubiésemos tenido ese array de datos, habría sido otro el implicado y mi vida sería aún normal. Quizá estaría en la cárcel, pero no loco y desesperado. Ni tampoco en la mente de mi mejor amigo, al que acabo de matar.
Recuerdo que pasé la tarde mirando el monitor una y otra vez, recorriendo con el cursor las largas listas de datos, luchando por creérmelo. ¿Podía ser un error? ¿una casualidad? ¿datos aleatorios ordenados así por azar? Entraba dentro de lo posible, pero no, no lo era.
El tiempo pasa despacio cuando asistes de espectador a la vida de alguien. Sin poder hablar, sin poder obligarle a que se lave las manos después de ir al baño, sacándote los mocos con la tenacidad de un minero buscando diamantes o… ¡Dios!, follándote a tu propia mujer por intermedio de otro cuerpo, otros ritmos, otra sensación. Porque han vuelto a verse mientras yo me quedaba en la oficina. Fue de nuevo en el piso de Raúl, en Malasaña, ese sitio mugriento decorado con restos encontrados en las basuras, lámparas recicladas de calentadores de gas, mesas de mármoles rotos y cajas de madera. Un artista, sí, encima eso. Y ella disfruta más que conmigo, la veo excitada desde que abre la puerta, le brillan los ojos… zorra… si lo hubiese sabido antes. Lo sospechaba, pero lo creía solo una pelea más. De acuerdo, no debí pegarle aquel guantazo pero la mancha de carmín en mi camisa fue accidental, no había estado con otra, no debería habérmelo reprochado, menos cuando era ella la que me cultivaba unos hermosos cuernos. Y tan hermosos, como suda, como se mueve Raúl sobre ella y yo debo disfrutar con él, no puedo negarme. Quisiera que se muriesen los dos ahora mismo, pero no, esto ya ha pasado, no morirán aún. Sé exactamente cuándo lo harán y eso me alivia un poco. Quizá yo también esté ya muerto y esto solo sea un sueño, yo mismo metido dentro de un aparato y sirviendo a algún extraño juego alienígena. Quisiera creerlo
Tiempo, andar, respirar, caminar, salir a la calle desesperado, a comprar comida, vino, el raspar de la mano en el bolsillo buscando suelto para la máquina de tabaco, vuelta a subir las escaleras sabiendo que ella nos espera… María que está en un congreso, que me dejó un mensaje en el móvil diciéndomelo. María que lo recibe en el descansillo, desnuda, que apenas espera a llegar a la cama. Después y al fin cerrar los ojos tras el orgasmo y sentir el placer correr como una manada de cebras salvajes bajo la piel. Desearía aplastar cada una de ellas como una cucaracha inmunda, arrancarme los nervios, cegarme con los dedos, tirarme por la ventana.
Llega la oscuridad y ni siquiera puedo dormir, asisto a los sueños de Raúl. Ahí estoy yo, y ellos y sobre todo María, una María que es un paisaje amplio, deformado, un calidoscopio de carne y sensación que se extendía en todas las direcciones. Los sueños… por lo menos sé que todo esto no es real, solo la imaginación, solo eso… ahí estoy yo, diez metros de altura, grande como un castillo y de sonrisa afable para cogerle y sacarles de esas arenas movedizas de números dónde se ahoga. Me mira y tengo dos caras, una terrible, con cuernos de ciervo, la otra amable, un padre, toda esa mierda sicoanalítica, joder. Soy yo, su padre, su amigo, y el cornudo. Mierda, todo iba tan bien…, ¿por qué crecemos?, quiero volver a los tiempos de la borrachera, de la juerga y las carcajadas que rompían el cielo, quiero regresar al seno de María mientras afuera truena y llueve; quiero volver a mirar a Raúl y sentir su compañía. Era tan fácil tener todo aquello….
Los segundos parecen horas, los minutos días. Sin embargo la noche pasa, llega el día, pasa la tarde pensando que diremos, que haremos. Nada, no hay opción, no hay preparación posible. Una cámara de fotos, las llaves del mercedes, unas linternas. Fuimos al encuentro de esos cabrones. Por lo menos los dos estábamos de acuerdo en algo, debíamos asegurarnos que eran reales antes de decir nada. Si hubiésemos sido anglosajones probablemente lo hubiéramos anunciado a los cuatro vientos, pero el miedo al ridículo nos pudo. Eran las 3:30 de la mañana.
Me he estado mirando, viéndome farfullar gilipolleces, continúo haciéndolo mientras conduzco. Sabía lo que pensaba por debajo de la charla. ¿Un encuentro con el futuro?, ¿un gran paso para la humanidad? Leche. Sólo los beneficios, cómo podíamos sacarle partido a aquello. Claro que no se lo dije a Raúl, él no entiende de esas cosas. Beneficios ¿para qué? Menudo imbécil soy, aún más grande que Raúl. Tiene su vida, tiene a mi mujer seguramente por lo mismo que yo -aunque aún no lo sepa- ya no la tengo. Se emociona con todo esto, con el desafío intelectual, con lo trascendente. Y yo… hubo un tiempo que pensaba igual, luego… algo sucedió. Joder. Raúl me mira conduciendo, fumando, la mandíbula tensa, no soy yo, Raúl lo nota. Conduzco el mercedes bajo la lluvia, Raúl no deja de mirar el velocímetro, sé que le acojonaba ir a 180 mientras subíamos a la sierra, seguramente lo hiciera por eso. No, siempre conducía así, a toda pastilla sin saber nunca a dónde llegar, ni si importaba dejarse los dientes en una cuneta.
La carretera es un túnel oscuro y húmedo. Raúl iba consultando el GPS del coche y el mapa. No desviamos por una carretera comarcal, luego tomamos una pista forestal. El agua amenazaba con hundir los bordes de tierra y tenía que ir conduciendo con cuidado. Menudo encuentro en la tercera fase, vaya par de gilipollas. Las 4 y estábamos ya allí. Detengo el motor y el brusco silencio revela el traqueteo del agua sobre el capó y el techo del coche. Afuera está muy oscuro, pronto los cristales se empañan y tengo que bajar la ventanilla. Silencio, el termo y el sabor amargo del café sin azúcar, como le gusta a Raúl.
No hubo luces, no hubo nada. Llegó la hora, tomamos las capas de agua del asiento trasero, las linternas, y salimos fuera. Llueve poco, muy poco y el cielo está cubierto y muy negro.
¡Joder! Aún no sé como aparecieron. Allí está la nave, un inmenso huevo negro y liso colgando en la oscuridad. Je, a Raúl también le temblaban las piernas, creía que había sido el único de los dos que se había acojonado tanto. Ahí estoy, enfocando la linterna a esa superficie enorme y mate colgada a cinco metros del suelo. El agua corre por ella y gotea hasta el suelo. Tampoco hubo puerta alguna, sonido, luz, de repente estaban ahí, en medio de la carretera. Los iluminamos mientras retrocedíamos contra el coche.
Ha vuelto la luz, esa sí la recuerdo, la luz que estalló dentro de nuestra cabeza, un doloroso calidoscopio que nos hizo caer al barro sujetándonos las sienes, llorando de dolor. Y luego… nada.. ya no están ni ellos ni la nave. Bueno, sí están, los noto aquí, adentro de la mente de Raúl junto conmigo. Hola cabrones… no me oyen, claro, sólo le hablan a Raúl, y lo hacen con imágenes que toman de nuestra mente. Es curioso, los símbolos que escogieron para Raúl eran diferentes que los míos. Lo veo ahora… un enorme desierto negro cubierto de hogueras. Uno de ellos va buscando por el suelo, en la oscuridad entre hoguera y hoguera. Encuentra algo, se agacha, una de las piedras está cubierta de hormigas, pequeñas hormigas que se mueven frenéticas. Y él sonríe con una dulzura infinita. Joder, parece un anuncio, son buenos, viajan por el cosmos visitando mundos. Se agacha sobre otra piedra, más hormigas; otra piedra, otras hormigas. Levanta la vista, hay una pradera inmensa punteada de luces… no tiene fin. Raúl está fascinado, le han comido el coco desde el primer momento.. a mí no me engañaron… en ese momento bajo la alucinación, estaba pensando dónde estaba el truco, el error. Ahora viene lo bueno… el marciano dibuja líneas sobre la arena que unen todos los guijarros que no tienen luz y luego esas líneas arden, iluminan, abren el camino al espacio. No, no a todos se les abre el camino, a una de las piedras no. Se agacha sobre ella, la acerca a la vista, yo también la veo de cerca, mira como las hormigas se matan sobre la superficie negra. Hay guerras, mueren de hambre. Es una piedra redonda, de color azul y blanco, una bella canica coloreada, somos nosotros joder…
¿Y qué?, nos matamos, nos amamos, nos odiamos, tenemos derecho a ser como somos. ¡Joder!
Coge la piedra y la aísla, lejos de la luz, de los caminos, para ella no hay rutas a la luz solo un círculo, una prisión.
Ahí termina la visión. Ahora Raúl abre los ojos… es ya de día. ¡Dios!, está entumecido por una noche tirado bajo la lluvia, empapado y tiritando. El sol comienza a brillar bajo la capa de nubes. Duelen las articulaciones, hormiguean brazos y piernas.
-¿Qué ha pasado?
Oigo mi voz, veo mi cara
-No lo sé aún. Necesito un café.
El termo está vacío, ni una gota. Lo tiro en el coche y sin preocuparme de la tapicería, me siento al volante. Raúl no reacciona, está de pie, con la capa de agua, mirando al cielo.
-Vámonos.
Nos desperezamos y, sin una palabra, volvemos, sucios y temblando hasta Madrid, a casa de Raúl… ¡joder…! ¿por qué no se acordó? Idiota, maldito idiota.
Conduzco como un zombi, recuerdo que apenas veía la carretera, sólo aquellas visiones que nos habían estallado en mitad de la mente. Aparco en el parking de Tribunal y recorremos las calles sucios de barro, con ojos de drogata colgado, hasta llegar al piso de Raúl, subir en el ascensor, abrir la puerta y… en medio del salón… vestida únicamente con una camiseta y durmiendo en la enorme cama que domina todo el pequeño apartamento, Maria que debía estar en un congreso, lejos, aún cabreada conmigo pero acumulando ausencia para poder volver a empezar a la vuelta, tal y como había pasado tantas veces antes. Pero no esa vez, ya no hay vuelta atrás, todo está terminado. Raúl se acaba de dar cuenta. Yo no digo nada, je, cómo iba a decirlo, había un cocodrilo comiéndose mis entrañas. Intento vomitar en un rincón, pero no sale más que bilis, amargura, solo una pequeña porción del mar interminable en el que me ahogo. Raúl se apoya en la pared y mira, como un imbécil, sin saber qué hacer. ¡Dios! Mátame idiota, ahora, como a un caballo con una pierna rota, hazlo ahora, hazlo y todo irá bien. Pero no, me deja salir de allí sin una palabra, sin ni siquiera una mirada. Una puta hormiga hastiada, dolorida, que baja la escalera casi rodando en busca de una botella, una raya, algo que le saque del estupor, que le anestesie.
Raúl se sienta en el suelo y lentamente se lía un poco de hashis, movimientos premeditadamente lentos que poco a poco van calmando el temblor de las manos. Lo enciende, huelo el hedor acre de la vomitona que muere en las bocanadas ansiosas del tabaco dopado. Mira a María, que aún duerme, siempre ha tenido un sueño muy profundo, y espera que despierte.
Se levanta… ¿dónde va?… al baño… se mete vestido y todo en la bañera y deja que el agua caliente borre todo, que apague el cigarro que cuelga deshecho de la boca. El agua casi hierve, disuelve el barro, se lleva el frío. Ahora se desnuda, la piel se calienta y llega el cansancio. El piso esta frío, casi sin secarse se va a la cama con María. ¡Dios…! se tiende a su lado, la abraza, casi había olvidado el tacto de su piel, esa respiración profunda, los ritmos callados del cuerpo. Raúl ya no está, ha cerrado los ojos, pero sigo sintiendo su piel en mi palma, su cuerpo contra el mío…. es como vivirlo mil veces más cerca, mil veces más intenso. He imaginado esto cien veces, mil veces, ahora mientras Raúl la tiene en sus brazos estaré sentado en el coche, en el parking, empapado, imaginándomela tal y como está ahora. Luego arrancaré y, muy despacio, dejaré que el coche elija una ruta. Terminaré durmiendo en una cuneta en una carretera secundaria camino de Burgos, cuando los ojos se me cierren y un sueño pesado llegue como una catarata. Pero ni aún así dejaré de ver a María en la cama de Raúl, durmiendo feliz.
-¿Ya estas despierta?
-Mmm, creo que sí.. ¿a qué hora llegaste ayer?
-Las siete
Raúl está sentado en la cama, fumando y mirando al cielo por la ventana de la buhardilla. Afuera, en el alfeizar hay sentada una paloma. Fuma y deja que el calor de la droga le ilumine la sangre.
-Ayer…
-Nada, no me creerías… eso no es lo peor
-¿Y?
-Oscar lo sabe
Remover de sábanas, cara larga…
-Je, no me digas que lo sientes.
-¡¡Joder!!
-Sí…
De repente, María se levanta. ¿A dónde vas, quédate con él? Total, el daño está hecho.
-Yo… no quería…
-¿Dónde vas?
-No sé, a casa, tengo que hablar con él, intentar…
La mira irse. Imbécil, yo no la hubiera dejado, es la mejor mujer que hay sobre la tierra… y yo… ¡Dios!, esto duele más de lo que pensaba. Quiero cerrar los ojos, pero no puedo, sigo mirando la puerta cerrada, sentado en la cama, sin capacidad para que Raúl se mueva, se cubra del frío, haga algo.
Al fin Raúl duerme y llegan de nuevo las imágenes, como me pasó a mi… aquí están.
Vuelve la llanura en sombras, las hogueras, la piedra azul rodeada de luz, nosotros. Esta vez la visión baja hasta la superficie de la tierra. Hay escenas, muchas imágenes como falsees veloces, hambre, guerra, muerte, tortura, asesinatos, riqueza indigna, pobreza, llanuras en sequía, ballenas masacradas. Joder, parece un puto reportaje de Amnistía Internacional o Greenpeace. Y ahora se detiene, desciende en todas esas escenas a la vez en una enorme caída vertiginosa hasta las pieles blancas, morenas, muertas, vivas, sangrantes. No se detiene ahí, sigue bajando el zoom, diez mil vahídos simultáneos que me arrastran.. y llegamos a las células, luego al núcleo, después a… qué… ¿qué es eso? Joder, los genes, el ADN, se desenrollan, están cambiando, lo están haciendo, lo van a hacer y no podemos hacer nada, nada. Joder, ¿qué derecho tienen a cambiarnos? Ahora regresa, ascendemos bruscamente, volvemos afuera y todo es… diferente… esos… esos ¿quiénes son? Somos nosotros, pero no nos parecemos, con cara de idiotas. Ya no hay diferencias entre los sexos -las mujeres son planas, los hombres efebos suaves-, ya no hay diferencias entre las razas, todo es uniforme y se entienden, no hay… nada.. no hay ciudades, no hay coches, solo casas sencillas, generadores naturales, maquinas extrañas que crecen de la tierra. Vuelvo a verlo y no me lo creo. Nos quieren transformar en eso, sin preguntarnos. Esto no es una consulta, solo nos lo muestran.
Y ahora el marciano nos alumbra con una luz que sale de sus manos. La luz cambia la llama amarilla de la destrucción que arde en la piedra y se vuelve azul estelar. La perspectiva cambia, ahora estamos sobre la piedra, rodeados de hormigas que miran al cielo, a la luz intensa. La rodean constelaciones, yo tuve el mismo sueño, parecido. La luz es suave, delicada, ausente de violencia, y sigue brillando arriba, en las constelaciones.
Raúl ha tenido que entenderlo, como hice yo. Los cabellos han tenido que volvérsele canos como me sucedió a mí. Desperté del sueño horrorizado, doliéndome hasta la última fibra de mi cuerpo, casi llorando. No solo es mi vida la que se iba al garete, era la de toda la tierra.
Salí de aquella cuneta y conduje de vuelta a Madrid a buscar una buena ducha, a pensar. Crecía una rabia sorda, desaparecía el paisaje, el pensar se hacía difícil, sólo había una imagen: María durmiendo en aquella cama, y en ella se resumía toda aquella locura que me calcinaba los pensamientos.
Raúl ha entendido al fin, corre vistiéndose, casi se mata al ponerse los calcetines. Llama a un taxi y se dirige directo a la oficina. Apenas llega saluda con un monosílabo huraño a la secretaria, a los becarios y se encierra en su despacho. Me lo contó luego, lo voy a ver ahora mismo. Las siguientes series de recepciones en esa frecuencia… son coherentes, hay información ahí… ahí están cursos completos de matemáticas, de física, de algo que parece un cruce entre la biología y la música. Todos empiezan de cero, enseñando los símbolos básicos y se complican rápidamente, sobrepasando nuestro estado actual de conocimientos. Es la iluminación que llega de las estrellas, maldita iluminación, maldita suerte. Y hay algo más, al final del todo, algo que hace que abra mucho los ojos… yo también lo vi más tarde.
Suena el móvil. Puedo escuchar la conversación.
-Sí
-Soy María
-¿Estás bien?
-Sí, he ido a casa, Enrique no está. Ten.. tengo miedo.. lleva una pistola en el coche. ¿Lo sabes?
-Sí, pero.. bueno, ha sido un golpe para él, duro, pero no creo que …
-¿Tú crees?
-Si
-Estoy escuchando la puerta del garaje abriéndose, seguro que es él. Luego te llamo
Pero ya no llamará más, ya no podrá sonreír y arrastrar las palabras en susurros, o gritar con esos jadeos cortos que ella llamaba risa. Ya sólo podrá verme abrir la puerta, empapado, los ojos inyectados en sangre, y levantar la pistola apuntando a su cabeza. Y aquí Raúl .. Raúl, ¿qué pensará? Nada, está enfrascado en los datos, leyendo lo que implica el final del mensaje, el último paquete de datos que se repite 10 veces antes de que la señal se extinga.
La extinción como especie, un nuevo amanecer, joder, quién los había llamado, ¿quién? Tuvieron que salir de su madriguera, montar en sus huevos negros y recorrer la galaxia haciendo el “bien”. ¿Qué bien? ¡Mierda!
Tardo en llegar, recuerdo que me metí en la ducha, ciego, sordo, mientras aún olía a pólvora en la habitación. Cuando salí del baño goteando, todo parecía normal, una mañana cubierta, el cielo amenazaba lluvia otra vez, la cama desecha, sus libros en la mesilla, mis dossieres en la mía. Y ella despatarrada sobre la cama, ensangrentada, una bella araña de pelo y piel blanca espachurrada por las balas, carne muerta, ausencia, silencio.
Tardé en llegar a la oficina. El día había terminado ya, llovía y las calles estaban casi vacías. Todo el mundo se había marchado del edificio. Me escucho desde dentro de Raúl abrir la puerta. El corazón se le acelera, se levanta de la silla y espera detrás de la mesa. Abro la puerta, soy yo, oscuro, sombrío, vestido de cualquier manera, medio empapado y con la mirada turbia. Entro y me siento en el sofá, mirando a Raúl. Recuerdo que durante cada segundo me pesaba la automática en el bolsillo de la chaqueta, sentía su tirón sugerente, su llamada de metal celoso y eficaz.
-Viste a María
-Sí
No hay nada que decir, no hay palabras. Raúl me mira, se acerca a su armario y saca güisky, dos vasos, sin hielo. Me bebo el mío de un trago y Raúl lo rellena dos, tres veces. El también bebe. La única luz proviene del ordenador y de la calle.
-Ha terminado la transmisión. Hay cinco Terabytes de información científica.
No hablo, no respiro apenas, sólo lo miro.
-¿Entiendes lo que significa? Nos han dado su ciencia o la mayor parte de ella, lo importante. Nadie sabe que puede haber ahí, qué trascendentales descubrimientos. Me da miedo hasta pensarlo.
-Eres feliz con eso, ¿no?
Es una voz gutural, como de fiera al acecho. Raúl no responde, mira al ordenador, trastea con los datos.
-Hay… algo más. Mira
Me levanto, la pistola pesa más que nunca, meto la mano en el bolsillo y, por inercia, miro el monitor que en esos momentos no me importa absolutamente nada, hasta que lo veo, allí, en un diagrama muy claro. No sé como Raúl ha conseguido traducir y presentar la idea, pero esta allí. Miro la pantalla una y otra vez, luego a Raúl. Es un plano, un esquema de infección de un retrovirus. Primero Madrid, luego España, el resto del mundo después… todo el planeta. Con ese retrovirus inducirán los cambios genéticos, sin remedio, sin esperanza. Quizá nosotros no lo notemos, pero nuestros hijos, la siguiente generación, y la siguiente, y la otra ya serán otra especie. El hombre habrá muerto. No hay nada en la tierra que pueda impedir su contagio, que será silencioso, sin remedio. Y el epicentro de aquello es… el sitio de nuestro encuentro.
-Hay algo más, otra cita, esta noche. Quizá si les hablamos.. no sé, estoy confuso. Tú lo sabes igual que yo.. ¿qué es mejor? ¿seguir como estamos? ¿permitir que nos cambien?
Callo, hay silencio.
-Hay que impedirlo, acabar con ellos.
-Sí, quizá sí.
Volvimos al coche, le dije a Raúl que condujese, yo no podía abandonar el tacto del metal, necesitaba calentarlo con el calor de mi mano. Sabía que ahí dentro estaba María, una María inversa y destruida que el cañón del arma había devorado.
Fuimos despacio, Raúl conduce fatal, subiendo por la autopista, luego por las carreteras comarcales, luego el camino. El punto brilla en el GPS del coche, de nuevo el mismo lugar.
-Entiendes lo del monitor, no estoy seguro, no.. quizá.. no sé, no puedo pensar.
No respondo, no puedo. Siento cómo Raúl se esfuerza en dominar el coche, cómo mira a la oscuridad y a la vez intenta hablar. Llueve de nuevo y las gotas golpean con fuerza la chapa.
-Es… no sé… creo que tienen razón.. no funcionamos bien como especie, tenemos que cambiar. La agresividad, el sexo, las pasiones tan primarias.. ya sólo nos perjudican. Quizá lo han hecho ya con mil mundos, quizá gracias a eso los han salvado de sí mismos.
Claro que había entendido
-¿Y lo ves bien, claro?
-Eh
-…¿Que lleguen unos putos ETs y nos obliguen a cambiar, que en dos generaciones alteren todo el genoma humano? ¿Bien?
-Es una cosa sin remedio, a ellos también les pasó. Viste la grabación ¿no?
-Llegan, y sin preguntar, extinguen al homo sapiens y crean el homo imbecilus, el homo sometidus, una piltrafa babeante seguramente para ser más fácilmente conquistados.
-Esas ideas tan agresivas… la conciencia universal…
-¡Cuidado!
Casi nos salimos de la carretera. Mejor, hubiera sido mejor. Raúl está al borde de las lágrimas, su mente cree que es por emoción, ha decidido que eso es bueno, que es un paso natural, pero su cuerpo llora, sabe que es el fin de nuestra especie, la carne no es tonta, sabe y se rebela.
-Idiota, eres un idiota
Pasamos un pueblo completamente en sombras y sin nadie en las calles. A la salida del pueblo, ya en la pista forestal, le pido que se detenga al pasar por la cantera. Me veo levantarme del asiento. Voy a la parte de atrás y hurgo en el maletero. Luego corto la cadena que mantiene cerrada la verja metálica. Dos disparos dan cuenta del perro que se me echa encima. Raúl se encoge ante el ruido de las detonaciones.
Desde dentro de Raúl me veo forzar la caseta de los explosivos y regresar cargado con una caja de explosivo plástico. En el maletero tengo preparados el temporizador y los detonadores, las conexiones eran sencillas, conozco la hora a que llegarán con exactitud astronómica.
Recuerdo que me quedé mirando el maletero, el pequeño paquete de explosivos. ¡Qué gesto absurdo! No hay opción a nada, no hay posibilidad de lucha, es como si un mono pretendiese acabar con el científico que lo quiere estudiar, a lo sumo puede morderle una mano. Bueno, es un gesto.
Regreso al asiento del copiloto y le hago un gesto para que continúe.
-¿Desde cuándo estás con María?
-Dos meses, desde que tuviste aquel lío con Sonia, en la fiesta de la empresa, y desapareciste. Yo la lleve a casa.
Sonia no era nada, Sonia sólo era un cuerpo, un lugar, una geografía, nada. Sólo dos besos en el baño, carne tersa en mis manos, solo el elástico de sus bragas hiriéndome las manos.
-Necesitaba cariño… yo también.
-¿Y no había otro disponible? ¡Joder, Raúl!
-¡Dios Enrique! ¿y qué quieres? ¿que el mundo gire a tu alrededor? ¿Que todos seamos y hagamos lo que tu deseas para que tu mundo no se desmorone?
-Cuidado con el volante.
Ya quedaba poco, la pista amenazada de desmorones por la lluvia. La oscuridad devoraba el mundo. Había dejado de llover.
¿Qué quería? ¿Que el mundo fuese distinto, que no muriesen las ilusiones, que no hubiese mañana?, ¿que el futuro no se arrastrase penosamente hasta depositar sus estratos sobre mi cama?; ¿que la vida brillase siempre como el filo de un amanecer loco, harto de beber, de follar, de vivir?. ¿Qué quería? A María y él se la había llevado. La quiero aún, y a él, al imbécil de Raúl. Le amo intensamente mientras me veo levantar la automática, mientras Raúl abandona el volante y se protege con las manos intentando parar la bala. Estalla el mundo, el coche es una estrella de luz blanca que arde ¿dónde?, en un vacío punteado de fuegos, líneas de luz que cruzan la noche y unen pequeños pedazos de piedra negra.
© Eduardo Vaquerizo
Reproducido con permiso del autor