El resto es silencio -

El resto es silencio

La sala de los recuerdos
Juan Carlos Planells

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Algún tiempo después de haber muerto, Bruno se encontró sentado en una estancia donde todo era blanco y con la sensación de que la cabeza le daba vueltas. Cerró los ojos y volvió a abrirlos, y miró de nuevo el lugar en que se hallaba. No adivinaba qué era aquello ni qué estaba haciendo allí. Miró su cuerpo. No sabía siquiera sobre qué estaba sentado; una especie de nube de algodón parecía que le envolviera, algo parecido a espuma. Miró más allá y vio a dos tipos que hablaban entre ellos. Uno le daba la espalda, y el otro, que lucía una barbita corta, era calvo y de rostro delgado, le dirigió una rápida mirada sin dejar de charlar. Ambos parecían que llevasen una especie de túnica o ropaje azul eléctrico.

Después de lo que le parecieron varios minutos, el calvo de la barbita se despidió del otro, que desapareció por algún lugar de aquella estancia, y se acercó a Bruno, con una leve sonrisa en el rostro y mirándole con fijeza.

-Oiga… -empezó a decir Bruno, cuando ya llegaba junto a él-. No sé qué hago aquí…

-Claro, claro. Mire, Bruno…

-¿Conoce mi nombre? -le interrumpió Bruno, extrañado.

-Por supuesto -el hombre ensanchó un poco más su sonrisa-. Usted es Bruno Camps Ripoll.

-Sí… ése es mi nombre… Pero, ¿cómo lo sabe usted? ¿Y qué sitio es éste, qué hago yo aquí?

-Bueno, en primer lugar deje que me presente. Soy Sigma. En cuanto a lo que hace usted aquí… En fin, creo que ya lo sabe. Usted está muerto.

-¿Muerto? -Bruno se quedó mirando al llamado Sigma como si no creyera lo que había oído-. ¿Muerto? Pero…

-Lo sabe, Bruno. Lo sabe muy bien. No murió de un accidente, ya lo irá recordando. Pero no tiene importancia si no lo recuerda. Ya tenía usted setenta y siete años, y sufría una grave enfermedad…

-No me siento como si tuviera setenta y siete años -dijo Bruno, y pensó que eso era una estupidez casi en el instante mismo de oír sus propias palabras.

-Desde luego. No debe sentirse así. De hecho, no debe sentirse de ninguna edad.

Bruno le miró desconcertado.

-¿Qué aspecto tengo? -preguntó.

-El suyo. El de Bruno Camps Ripoll.

-¿El de un hombre joven? -insistió-. Me siento como si fuera así.

Sigma suspiró levemente.

-Bruno, eso no es importante, la verdad. Y no espere hallar espejos para comprobarlo.

-¿Qué sitio es éste?

-Eso tampoco es importante por ahora para usted. En todo caso, le diré que estamos en la sala de los recuerdos.

-¿La sala de los recuerdos? ¿Qué recuerdos?

-Bien, Bruno; verá, ése es un poco el problema que tenemos con usted. Se supone que ha de encajar en el  recuerdo de alguien… Pero no podemos o no conseguimos encajarle todavía.

-¿Encajarme? -Bruno estaba cada vez más desconcertado.

Sigma asintió con la cabeza.

-Esto tiene que ser una broma. Debo de estar soñando.

-No es ningún sueño, Bruno. Lo sabe muy bien. Usted murió en el hospital, en la Clínica Delfos, concretamente, en el transcurso de una segunda intervención quirúrgica. Puede que recuerde imágenes de su entrada en el quirófano, o puede que no. Eso no es importante, quedó ya atrás. Si le sirve de consuelo, no sufrió; estaba anestesiado.

-Estoy viviendo una pesadilla -dijo Bruno mirando aquel lugar donde sólo había blancura.

-No, Bruno, tranquilícese. En cuanto le encajemos, todo acabará.

-¿Cuando me encajen?

-Eso es. Me hago cargo de su desconcierto. Usted debería haber ido directamente a los recuerdos de otra persona ya fallecida…, pero algo no ha ido como debía y no ha sido posible. Aún no es posible, sería mejor decir. Pero no debe preocuparse. No es un caso inhabitual. Por ejemplo, suele ocurrir con los niños. Un niño, de la edad que sea, casi siempre ha de esperar a la muerte de algún adulto que le recuerde. Ellos… ya tienen ese destino establecido. El tiempo de espera hasta conseguir el encaje es para los niños como un juego y nosotros estamos preparados para afrontarlo y ocuparnos de ellos.

-¿Y quiénes son ustedes?

-No tiene importancia para usted, Bruno. No debe preocuparle nada, ya le digo.

-¿Que no debo preocuparme? -replicó Bruno, indignado-. ¡Pues claro que me preocupa! ¡Todo esto me preocupa! ¿Cómo quiere que me haga cargo de estar muerto si me siento vivo…?

-¿Vivo? -Sigma le contempló fijamente-. ¿De verdad se siente usted vivo?

-Pues claro, yo…

-Pellízquese -le ordenó Sigma.

Bruno, tras una duda, hizo lo que Sigma le pedía… y no pudo pellizcarse. ¿Y sus brazos? ¿Y su carne? No sentía nada. ¿Dónde estaba su cuerpo? Le parecía como si estuviera hundido en aquella nube de algodón, como podía estar hundido en una piscina, sólo con la cabeza fuera del agua. Le entró angustia, y luego creyó sentir mareos.

-No… no puedo -dijo-. No siento… que tenga nada…

-Cálmese, Bruno. Permanezca tranquilo. Usted es ahora tan sólo una forma de energía, por decirlo de una manera que lo entienda fácilmente. No puede sentir ni dolor ni placer. En cuanto haya entrado en los recuerdos de alguien, todo cambiará a mejor, ya lo verá. Incluso esta pequeña charla que estamos teniendo, desaparecerá de su recuerdo, como si nunca hubiera tenido lugar. Es una cuestión de tiempo.

-¿Cuánto tiempo?

-No se preocupe. Como le he explicado, no es una situación anómala. Yo estaré a su lado el tiempo que sea preciso. Mire, a los niños les solemos juntar con otros de su misma edad… es más divertido y relajante para ellos. Pero nunca hemos creído prudente hacerlo con adultos, ¿sabe? De la edad que sean.

Bruno hacía esfuerzos para entender todo aquello, pero nada de lo que Sigma decía le satisfacía.

-No quiere decirme la verdad de lo que es esto, ¿no es así? ¿Es el cielo? ¿El infierno? ¿Es usted un ángel enviado por el Todopoderoso?

Sigma se rió, divertido.

-¡Cuántas preguntas, Bruno! Ya le digo que debe despreocuparse de todo.

-Yo creía que no había nada después de la muerte…

-¿Y quién dice lo contrario?

Bruno le miró pasmado.

-¿Cómo que quién? -dijo-. Pues si esto no es lo que hay después de la muerte, ¿qué diantre es?

-Se empecina en atormentarse, Bruno -dijo Sigma, algo molesto, pero disimulándolo-. ¿Qué era lo que esperaba? ¿Un tribunal presidido por Dios Padre, su Hijo y el Espíritu Santo? ¿Y con la Virgen María de abogado defensor? ¿Es usted católico practicante?

-No. No lo soy. Me educaron como católico, pero de mayor…, bueno, pasé de eso.

-¿Y qué ocurre, pues? ¿Algo le decepciona?

Bruno se dio cuenta de que Sigma trataba de ocultar su malestar, y procuró atemperar la situación.

-No. Es que… Verá, Sigma, no sé muy bien lo que siento. Sólo hago preguntas para saber dónde estoy y qué hago aquí, qué me va a pasar, sólo eso…

-Ya la he dicho todo cuando necesitaba saber. Está en la sala de los recuerdos, a la espera de ser encajado en el lugar que le corresponda en otra persona, otro fallecido. Alguien fallecido con anterioridad y que desee recordarle a usted. Entrará dentro de esos recuerdos, para siempre. Y todo esto de ahora, se olvidará. Tendrá un cuerpo, y una edad concreta, la que le ponga esa persona que le recuerde.

Bruno se quedó mirando a Sigma. Al cabo de unos momentos, preguntó:

-¿Y espera que me crea eso?

-Algo me decía que usted me saldría con eso -suspiró Sigma.
-Pero es que no tiene lógica… -empezó a decir  Bruno, pero Sigma le cortó con brusquedad.

-¿Usted se rige por la lógica? Hace muy mal. La lógica está bien para las operaciones matemáticas, y las reacciones de física y química. Las funciones… emocionales, por llamarlas así, carecen de lógica. Mire, le he dado ya la información que necesitaba saber. Incluso algún detalle de más. A los niños, que merecen la mejor de nuestras atenciones, nunca se les cuenta tanto. De hecho, casi nada.

-¿De verdad? Pues cómo les envidio -dijo Bruno con sarcasmo.

-Hace muy mal -le replicó secamente Sigma-. ¿Envidiar a niños que muchos de ellos han muerto violentamente? ¿Cómo se cree que vienen tan pronto aquí? Mueren por hambre, por las guerras, a manos de violadores y pederastas. Los que tienen suerte, de enfermedad o accidente. Les han cortado la vida cuando apenas empezaban a saber lo que era, a muchos de forma brutal y salvaje. Cuando se produce una catástrofe natural,  pueden llegarnos a millares; lo mismo que en un atentado terrorista. ¿Les envidia? ¿De verdad les envidia?

-Oh, está bien. Olvídelo. Lo siento. Es que todo esto… no sé hacerme a la idea.

-Desde el primer momento le he dicho lo mismo: no se preocupe por nada.

-Usted sólo sabe repetir eso: no se preocupe, no se preocupe… Pero es que yo no esperaba… -calló porque no sabía cómo seguir.

-Nadie espera nada -le dijo Sigma, más amablemente ahora-. Algunos quizá, sí. Pero cuando… se cruza el umbral, por decirlo así, en ese momento no se espera nada. Ese instante preciso en que se produce la muerte, el término de la vida, es algo tan horrible, tan espeluznante, tan sobrecogedor, tan inmenso el temor, que quienes esperaban otra vida, un cielo o algo parecido, se desentienden de ello. No pueden pensarlo siquiera. Se está tan sobrecogido por lo que podríamos llamar el acto de la extinción que el cerebro se rebela. Usted tuvo suerte: estaba anestesiado y no fue consciente del paso del umbral. Pocos son tan afortunados; la mayoría están conscientes y viven el instante del… traspaso. Pero es muy breve, algo infinitesimal, y enseguida acaba. ¿Dónde va la llama cuando se apaga la vela?

Bruno le miró con cierto temor, pero Sigma parecía sonreír ahora.

-¿Sabe lo que dijo un escritor español? -continuó hablando Sigma-. “La vida no es más que un relámpago entre dos noches infinitas”. ¿No le parece hermoso?

-Es… es espantoso. ¿Qué poeta dijo eso?

-No fue un poeta. Lo dijo un famoso humorista.

-¿Un humorista dijo eso? Me toma el pelo.

-¿Qué tiene de extraño. Una frase es bella, hermosa, impactante, sincera o notable con independencia de quien la haya dicho. ¿Sabía usted que Adolf Hitler solía saludar con un cortés “Buenos días” a las visitas civiles que recibía? Es una frase de cortesía y educación, no importa quién la diga.

Hubo un silencio, y luego Bruno dijo:

-Así que eso es la sala de los recuerdos. No parece gran cosa.

-Estamos en una parte de ella, tan sólo. El destinado a la espera de usted. Donde están los niños, es más divertido, desde luego. Así ha de ser, pues hasta que fallece un padre o una madre o algún otro pariente que les recuerde… El tiempo para ellos puede hacerse muy largo, ciertamente.

-¿Y los adultos no podemos juntarnos como ocurre con los niños?

-No, de ninguna manera.

Bruno no tuvo ganas de insistir sobre el tema.

-Hay algo… que no entiendo. Yo he de esperar a que alguien… ya muerto o aún por morir, ¿no?, me recuerde para entrar en sus recuerdos. Pero, ¿no es lo mismo con todos? ¿No todo el que muere entra en los recuerdos de otros fallecidos? ¿Es que hay quienes sólo se limitan a “recordar” gente, por decirlo así?

-Verá, es un proceso… complejo de explicar y no tiene mayor importancia para usted. Ya sabe lo básico. Una vez esté encajado en un recordante, olvidará este encuentro y vivirá una apariencia de vida sin límite en el tiempo. En paz y felicidad.

-¿Apariencia de vida? -Bruno se asustó al oír aquello.

-¿Qué teme? Lo malo ha terminado ya. No hay mal alguno en la sala de los recuerdos. Por eso se llama así. Hay una curiosa tendencia en el ser humano: a la larga, siempre sobreviven los buenos recuerdos; los malos se van borrando de la memoria, se esfuerzan en no ser recordados, mientras que los buenos vienen de manera casi espontánea, como una visita grata e inesperada.

-¿Y… y si nadie me recuerda? ¿Qué ocurre en tal caso?

-¿Por qué habría de ocurrir?

-¿Ocurre? ¿Ocurre o no?

Sigma le repuso con la cara vuelta hacia otra parte de la estancia.

-Eso no interesa ahora, Bruno. Deje de atormentarse. Espere, sin preocupaciones.

-¡Esperar, esperar, esperar! -Bruno estaba exasperado-. ¿A qué? ¿Y si nadie me recuerda, qué hará usted entonces? ¿Nos pasaremos aquí la eternidad esperando a que alguien muera, alguien que me recuerde? ¿No se da cuenta de que llegará un momento en que todos quienes vivieron al mismo tiempo que yo y me conocieron, por poco tiempo que fuera, ya habrán muerto también? ¿Qué hará cuando no quede vivo nadie que al morir pueda recordarme? ¿Alguien del siglo veinticinco? ¿Eso es lo que esperaremos? ¿Por qué he de esperar? ¿Por qué no puedo ser yo quien recuerde a otros? ¿Es que incluso después de haber muerto hay distinciones, clases, categorías, privilegios? ¿Por qué no puedo ser yo quien recuerde a otros? ¿Eh? ¡Contésteme a eso!

Sigma suspiró otra vez y le miró brevemente, pero no dijo nada. Eso le indignó aún más.

-Tengo que saberlo. Estoy siendo tratado injustamente. Todo esto… me acarrea sufrimiento psicológico…

-¡Cállese, por favor, Bruno! -estalló de repente Sigma-. ¡Es usted… ridículo! ¡Absolutamente ridículo!

Bruno se lo quedó mirando, estupefacto, sorprendido por aquel inesperado estallido de furia, tan opuesto a sus modales corteses y atentos, un tanto distraídos, hasta entonces. Ahora estaba muy claro que Sigma se había enfurecido con él por algo que Bruno había dicho. Así pues, decidió no insistir más y guardó silencio durante un rato, al cabo del cual le dijo en voz baja a Sigma:

-Le ruego me excuse si le he ofendido en algo, pero es que esta situación… esta espera…  Si nadie me recordase… Usted ha mencionado antes a Hitler. A él no le debe de recordar nadie, ¿verdad? O sí. ¿O acaso es un recordador?

-No puedo responder a esa clase de preguntas, Bruno.

-Pero me ha hablado de los niños…

-Eso es de carácter general. No puedo hablar de casos particulares, comprenda…

-Es que me parecería injusto que alguien recordase a Hitler y a mí no me recordase nadie. Aunque ya me figuro que quienes le recuerden serán los millones de personas que hizo exterminar en sus campos de concentración… las cámaras de gas y todo eso… Personas que ahora disfrutarán haciéndole a él lo mismo que él les hizo a otros…

-Bruno, no entiende usted nada -dijo Sigma, con cierto cansancio-. Aquí nada de eso cuenta ya. Se ha cruzado un umbral y todo ha sido dejado atrás, ya nada importa. ¿Cree que quien murió torturado, o de manera violenta, se recrea reviviendo sus instantes de dolor y sufrimiento? Desde luego que no. Son ellos los recordadores, los que recuerdan a los demás. Los que han muerto sufriendo, los que han sido torturados, los fallecidos en el transcurso de una guerra en la que ni siquiera combatían, los perseguidos, los asesinados por defender pacíficamente un ideal o una manera de pensar, las mujeres violadas y asesinadas, los niños masacrados, las víctimas de una catástrofe natural o de un accidente inesperado, los que fallecen tras una agonía terrible a causa de una enfermedad incurable, las personas usadas como tiro al blanco, los inocentes asesinados por capricho…, ellos, todos ellos son los recordadores. Todo aquel que ha sufrido o padecido de alguna manera en su repugnante planeta llamado Tierra. Pero no recuerdan sus momentos de dolor, de sufrimiento, de tortura, su agonía entre gritos de desesperación… No. Su recuerdo es una película sin fin de su mayor momento o de sus mayores momentos de felicidad. Aunque sólo hubiese uno en su vida, ése es el que recuerdan. Y en él entran quienes ellos quieren recordar. Quienes así lo merecieron o formaron parte de ese instante de dicha; quienes llevaron una vida anodina, sin sufrir dolor ni tortura, ni una muerte violenta, cruel, inesperada. Ésos son los recordados. A veces alguno puede convertirse también en recordador… Puede bastar una existencia infeliz, desdichada o una enfermedad dolorosa, para formar parte de los recordadores. Y varias personas pueden entrar en el recuerdo de otra, es frecuente. Lo llamamos mezclas. Eso pasa mucho con los niños, ¿sabe? Un niño puede estar en el recuerdo de varias personas a la vez… En el de su padre y su madre, y en el de un hermano, o una tía… otro pariente… Los niños no pueden ser recordadores, debido a su escasa edad, por muy dolorosa o espantosa que haya sido su muerte. Por eso tenemos con ellos esas atenciones y consideraciones especiales. Todos encajan. Casi todo el mundo acaba por encajar…

-¿Casi todo el mundo? -repitió Bruno.

Sigma le miró con desprecio.

-Casi todo el mundo. Hitler, por el que me ha preguntado, está en los recuerdos de su madre. Allí vive, por decirlo empleando esa palabra que tanto le obsesiona, como un niño gordezuelo de nueve años, despreocupado y feliz, ignorante de que se convirtió en el mayor exterminador de seres humanos que ha conocido la historia, que hizo del aniquilamiento de personas casi una industria. Y sus víctimas, los que pasaron por los hornos crematorios, los gaseados, recuerdan momentos felices anteriores a todo aquello. El momento en que jugaban bajo la mirada de la madre que en la casa lavaba la ropa o preparaba la comida, sin saber ya nunca que cinco minutos más tarde vendrían a llevárselos camino de unas duchas de las que no era agua lo que salía de ellas… Sus recuerdos son una eterna primavera, una muñeca de trapo, barro en la calle con el que ensuciarse y nada más. ¿Le basta con eso o quiere más ejemplos? Una adolescente llamada Estrella Luján Paredes nunca recordará que fue violada y estrangulada a los quince años cuando cruzaba una mañana el bosque camino de la casa de su tía, que la enseñaba a bordar. Su vida, su único recuerdo, es una eterna mañana en casa de su tía, aprendiendo a bordar, escuchando canciones por la radio y riendo con su tía…

Bruno sintió que algo se rompía en él.

-Estrella… oh. Dios… Estrella…

-Ha preguntado, ha querido saber. Y no le gustan las respuestas.

-Yo… lo había olvidado… yo…

-¿De veras? ¿Lo había olvidado? Desde el primer momento le he dicho y repetido continuamente que no se preocupara por nada, que no debía preocuparse por nada. Pero no ha querido hacerme caso, no ha querido callar…

-Estrella…

-Eso es. Estrella. A la que cuando usted tenía dieciocho años, violó y estranguló.

-Yo… yo no sé qué me pasó… Era muy joven entonces… y ella… ellla no…

-Cállese ya, Bruno. Debió hacerme caso desde el primer momento. ¿Comprende por qué no puede ser ni será nunca un recordador? No puede serlo.

-¿Y quién lo será?

-No lo sabemos. Su madre falleció cuando apenas era usted un bebé, y tiene sus propios recuerdos. Su padre nunca supo que tenía un hijo, pues la abandonó antes del parto. Y no parece que haya hecho usted gran cosa para ganarse el recuerdo de nadie. Pero no perdamos la esperanza. Falleció a los setenta y siete años, algo debió de hacer en ese tiempo. No todo debió de ser un asesinato.

-¿Y si nadie me recuerda? No he sido peor que Hitler. Cometí, sí, una locura, en un momento de ofuscación… Pero…, es sólo una muerte, una contra millones de ese individuo… No es tan horrible lo mío.

-Una muerte. Un millón de muertes. No es la cantidad, Bruno. Es el acto, el acto en sí mismo. La privación de vida de un ser. Eso es lo abominable. Y no me pregunte a mí, pues no soy ningún juez.

-¿Y qué es, pues? ¿El ángel de la guarda?

-No diga más estupideces, ¿quiere? Debió de pensar en todo eso el día en que violó y estranguló a Estrella.

Ya no hubo más intercambio de palabras entre Bruno y Sigma. Permanecieron en silencio, en aquel lugar sin existencia, esperando un acaso o un quizás. Bruno esperaba que alguien le recordara. Lo único que le consolaba era no recordar nada más de lo que fue su existencia anterior, de lo que se llamaba “vida”.

Así que esperaba.

 

© Juan Carlos Planells
Reproducido con permiso del autor

La memoria del cuerpo
Víctor M. Ánchel

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Alejandra alargó la mano con un movimiento nervioso sin abrir los ojos, buscando a tientas el despertador en su lucha perdida por mantenerse dormida. Ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti. Pulsó el botón una vez, dos, tres. Maldito trasto. Ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti. Derrotada, buscó la hora con la mirada turbia de un despertar no deseado y comprendió, al verla proyectada en el techo, que no era su aparato el que la molestaba. Las seis y media de la mañana de un domingo cualquiera en su primera semana de vacaciones. Ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti.

Enterró la cabeza bajo la almohada, acordándose de paso de toda la ascendencia y futura descendencia de su vecino, el grueso representante de colonias que vivía en la casa adosada a la suya. Cabrón desgraciado…, se dijo a sí misma; no era la primera vez que el idiota olvidaba desactivar el puñetero trasto antes de salir de viaje, pero le fastidiaba que en aquella ocasión el olvido fuese a jorobarle todos los despertares de sus vacaciones. Vacaciones forzosas, vale, pero vacaciones a fin de cuentas. Después de unos minutos abandonada a la pereza decidió levantarse, mirando de reojo la pantalla táctil del teléfono de su mesita de noche; cincuenta y dos llamadas perdidas, qué barbaridad… Lo había silenciado anteayer, con la depresión, y semejante aluvión inesperado le hacía temer alguna catástrofe de las gordas en su trabajo: seguro que alguna otra diva de la canción ligera se había muerto, ya ves, o divorciado, o anunciado un nuevo embarazo a los cincuenta. Aunque también podía ser cosa de Antonio, quizá él… Ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti. El despertador del vecino sonaría durante media hora, y eso si no estaba programado para repetir a intervalos el chirriante pitido después de pausas breves de cinco o diez minutos, así que no tenía mucho sentido mortificarse por ello y sí regresar al mundo, baño mediante, para poder… Para… para…

El agua hirviente del hidromasaje le devolvió la imagen de Antonio. Toda su depresión fingida se debía a él. Le gustaba, maldita sea su estampa; le gustaba mucho. La baja médica con la que se había librado del trabajo tenía su nombre: Antonio. Otro más a quien no podía querer, con quien no podía dormir, de quien no podía recibir caricias. Un nuevo hombre al que evitar porque sólo imaginarlo dentro de su casa le repugnaba. Porque sólo pensar en su cuerpo desnudo le producía arcadas y encontrarse a solas con él, a partir del momento en que comenzó a verlo como a un hombre al que desear, le hacía temblar de miedo. 

Sí, de miedo.

Encendió el televisor con el mando del baño sin pensar, en el mismo acto reflejo con el que conectaba la cafetera cada mañana o iniciaba el programa de hidromasaje antes de poner dos tostadas a calentar. El sonido llegaba quedo al cuarto de baño desde el salón, pero supo que debía tratarse de un boletín de noticias, uno de esos que se repetían en ciclos de media hora hasta que se iniciaba la programación diaria habitual. Aunque le gustaba escucharla de tanto en tanto, Alejandra nunca veía la tele -bastante tenía con su trabajo diario como editora de programas-; aun así, sabía bien que esos espacios de noticias de la mañana eran lo único digno y digerible de todo el día. Después se sucederían los programas del corazón, en todos los canales generalistas y durante toda la jornada. Horas y horas de información que no lo era, de dramas familiares repetidos hasta la saciedad, de protagonistas infumables que se ganaban la vida vendiéndola a cualquier precio. Se sonreía al pensar en su trabajo, relacionado con sentimientos ajenos cuando los suyos habían sido quemados hacía tanto tiempo. Hasta las cenizas.

La noticia de que un grupo de presos fugados en Cantabria había dejado un reguero de muerte en su camino hacia la libertad le hizo estremecerse, como siempre que escuchaba la palabra “preso”. Cantabria no quedaba lejos de casa, cierto, pero sí de donde vivía el ogro; sí de Madrid. Eso la relajaba, por supuesto, aunque el primer respingo resultaba inevitable. Preso, Prisión, Cárcel… cualquiera de ellas bastaba para ponerle nerviosa al hacerle recordar a papá, quien cumplía condena en Madrid, hasta los restos, por fortuna. Treinta años atrás, papá mató a mamá usando el mismo cuchillo largo, jamonero, con el que juró acabar con toda la familia pocos meses antes de… Fuga de presos en Cantabria: deberían matarlos a todos, pensó irritada con su miedo. A todos.

Alejandra sabía que Antonio no era papá. Nadie podía ser como el ogro, era imposible; pero aunque su mente le repetía que todo estaba bien, su cuerpo se revelaba. La memoria del cuerpo, quién lo diría; había pasado por años de terapia y una operación a cerebro abierto en la que recibió un implante freno-disipador. En teoría,  sólo en teoría, Alejandra no podía sufrir reacciones negativas al recordar aquel día. Sabía que tenía que hacer caso a la calma artificial de su cerebro, quien se empeñaba en convencerle intelectualmente de un concepto tan infantil como importante: todo está bien. Aun así, su cuerpo decía no. La memoria del cuerpo, sí, aquel reflejo ancestral en los músculos que la bloqueaba al pensar en… en… No. Nunca podría. 

Su hermano Pedro superó el trauma con rapidez, si es que llegó a sufrir algún trauma; tal vez porque el día en que mamá murió no estaba en casa, o porque era demasiado pequeño para poder guardar recuerdos. Escucharlo siempre ayudaba, pero vivía demasiado lejos como para andar molestándolo a cada depresión, fingida o cierta. Además estaba su mujer, el molesto filtro que tenía que superar cada vez que necesitaba hablar con su hermano. No aguantaba a aquella imbécil. 

Antonio; concéntrate en Antonio.

Sí, se recordó, Antonio no era papá. Antonio era bueno; también más bajo, más delgado, con aquel hablar suave y esa voz de barítono siempre a media voz, sin gritar, sin… sin alzar la mano a nadie, sin pegar a nadie. Sin torturar niños. Sin acuchillar mujeres. Antonio le invitaba a comer en la pausa de media mañana, y también a bailar por la noche aunque ella siempre se negara. Antonio le regalaba flores, le invitaba al cine, le daba pequeñas libretitas de notas sabedor de su afición coleccionista aunque ella lo rechazara todo. Era un sol, era bueno. Es un sol, es bueno… su mente se esforzaba a diario por hacérselo comprender. Pero su cuerpo lo rechazaba.

Porque Antonio, como cualquiera antes de él, le aterraba.

Las noticias hablaban ahora de fútbol. Lo supo porque el periodista utilizaba un tono de voz diferente, ánimos renovados, sin aburrimiento, como si estuviera dando la increíble noticia de que el mundo se acababa o la proclamación del primer Papa de Roma tras casi cincuenta años de Iglesia descabezada. Y eso que los equipos estaban de pretemporada y ni siquiera habían comenzado los torneos veraniegos. Caramba con el fútbol, como si aquellos individuos que corrían como locos detrás de la pelotita dorada guardasen la menor preocupación por sus fans, como si no importase el hecho de que cada competición era ganada por los patrocinadores antes de ser jugada y nadie se percatase de que el que levantaba la copa ya no era un jugador del Milán o del Manchester, no, sino un trabajador de Nike o Adidas. En todo caso, el cambio de tema le devolvió la serenidad. Se permitió una sonrisa y sumergió la cabeza bajo el agua, escuchando algo más lejano el infatigable ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti-ti del despertador de su vecino. Bajo el agua su cuerpo regresaba a la paz absoluta: bajo el agua se había salvado aquel día. El día.

Es curioso que sólo guardase recuerdos concretos de aquel día, que los años anteriores, aun los días anteriores, se hubiesen disipado como el humo. Incluso los recuerdos siguientes al día en que papá volvió a casa aparecían brumosos en su memoria. Es porque sólo tenías cuatro años, decían los médicos; suficientes, en todo caso, para poder recordar a mamá con la claridad de un cielo en un día de verano del pasado milenio. Ella era guapa; oh, sí… la más guapa del mundo. Mamá les quería mucho, y por ellos había abandonado a papá, primero, para luego denunciarle. Alejandra recordaba como si fuera ayer las lágrimas de mamá cuando el comisionado del juzgado le entregó aquel maldito brazalete de baterías biológicas inagotables que le avisaba de la cercanía de papá, a quien alguien había insertado un localizador subcutáneo, varios años antes de los chips cerebrales. Aún guardaba el localizador en alguna parte en recuerdo de su terrible fallo, de la acción estúpida e infantil que había desencadenado todo. Ella no entendía las lágrimas desconsoladas cuando mamá encendía el aparato y un pip, pip, pip cada vez más espaciado y remoto, le decía que papá se marchaba para siempre a trabajar de estibador en algún puerto espacial del levante. No las entendía porque en su cerebro de niña, aquel pip, pip quería decir que el ogro se iba para no volver, que el hombre del saco, a quien ella y su hermano Pedro tenían que llamar papá, no les pegaría nunca más con el cinturón de cuero, ni les arrancaría pelos o les mordería o les pellizcaría hasta hacerles sangrar. Aquel pip, pip era una promesa de libertad.

El día en que papá volvió a casa ella jugaba con el aparato. Le daba tanta alegría oírlo pitar que no encontraba momento para conectarlo de nuevo, toquetear los botones y ver en la pantallita las letras y números que contaban un cuento que ella aún no sabía leer. En realidad, las letras y los números decían dónde se encontraba el ogro, pero tanto daba: sólo buscaba el pip, pip tranquilizador. Debió tocar algo que no debía ser tocado, porque cuando escuchó el ruido de platos estallando furiosos desde la cocina el aparato no decía nada. Ella misma lo había desactivado, precisamente aquel día. Mamá, mamá, ¿qué se ha roto? Es sólo mi cabeza, hijita mía; papá, que ha decidido jugar a la pelota con ella.

Aquel aparato era todo un dinosaurio, claro. Las primeras décadas del nuevo milenio dejaron tras de sí un reguero de nueva tecnología supuestamente ideada para dar seguridad a los usuarios, tecnología que, en realidad, sólo existía para controlar y controlar. Localizadores que a cualquier hora te decían dónde encontrar a tu hijo díscolo, y después a los no tan díscolos, y después a tu mujer, que cada día se retrasaba más después del trabajo. Dos punto treinta kilómetros, motel Salvador, habitación 15, doble con baño, gracias. Pulse “B” si quiere imprimir. Claro que los polígrafos eran peores: deberían prohibirlos. Estaba harta de editar programas en los que el tema era “Mi Mujer me Engaña: me lo dijo el Polígrafo”. Al principio se vendían como juguetes “¿Quién miente a quién? ¡Descúbralo! A partir de los doce años”. Después, alguien pensó en publicitarlo en la teletienda como una suerte de aparato de la verdad casero con el que jugar a costa de las visitas. Detectores de mentiras de andar por casa, un fracaso más del ser humano que había decidido desconfiar para siempre de la sinceridad. Del juego inocente, jijí-jajá, al preguntar a tu marido, diodos mediante, si alguna vez te engañó con otra mientras aún erais novios, iba un paso cruel que todo el mundo dio con alegría juguetona al principio y afán vengador después. Porque los secretos y las mentiras son tan necesarias en la vida como el agua, y descubrir que tu mujer finge el orgasmo noche sí, noche también, o que tu hombre piensa en la vecina del sexto cuando está acariciándote los senos es tan tóxico en una relación como el cianuro en el café. La vida en común se había tornado insoportable, y los contratos prematrimoniales contenían cláusulas del estilo de “No forzará en ningún caso a su pareja a utilizar los servicios de hardware o software poligráfico”. Sacó la cabeza del agua mientras recordaba el caso de aquella mujer pequeñita y chata de un barrio de Sevilla que había esposado a la cama a su marido mientras dormía para poder enchufarlo al aparato. “¿Quién miente a quién? ¡Descúbralo!”. El marido se resistió lo que pudo, claro, hasta que la mujer le amenazó con unas tijeras y… Bueno, quizá aquel hombre debió resistir algún tiempo más. 

El boletín de noticias había acabado y llegaba el tiempo de la publicidad. Duraría un buen rato; al menos la desagradable musiquita estruendosa de los anuncios se superponía al ti,ti,ti,ti,ti,ti del puñetero despertador, y atenuada bajo el agua le acompañaría mientras acababa de relajarse. Sabía lo que tenía que hacer: su depresión era una excusa para poder escapar del trabajo, recluirse consigo misma y romper al fin con la historia de su vida. Así pues, tenía que vencer a su cuerpo. Tenía que confiar en la naturaleza, sabia, y lograr despertar un deseo que alejase para siempre el terror. Tomó aire y regresó a la imagen de Antonio.

Su padre… no, no. Antonio. Antonio era un buen conversador; siempre tenía una palabra amable, adecuada, la perfecta para cada quién. Su padre, en cambio, apenas hablaba. Gritaba mucho, y golpeaba, y… y… Antonio solía leer: ella siempre lo veía con un libro entre las manos. Y parecía dotado de la paciencia del santo Job: insistía en agradarla, insistía en regalarla, insistía en amarla. Conocía su pasado, claro, aunque todo el mundo en la productora sabía que Alejandra tuvo una infancia más que difícil, padre torturador incluido, seguida por una adolescencia dura; pero él era diferente y nunca trató de hablar de ello. Daba la sensación de que a Antonio todo aquello no le importaba, y eso debía ser bueno; sólo que era Alejandra quien tenía que apartar ese pasado de su vida, si es que todavía quería tener una. 

Además era guapo, mucho más que papá. Papá era un monstruo. El Monstruo. Le recordaba con aquellos ojos relucientes y furiosos en un rostro anguloso, barbado y sonriente. Aunque hoy tendría más de setenta años, si es que seguía vivo, en sus pesadillas seguía sonriendo mientras los ojos te golpeaban y te quemaban y te mordían y te acuchillaban. Aquel día los ojos oscuros sonreían, lo vio desde el hueco de la puerta: sonreían mientras el cuchillo jamonero caía y se deslizaba lleno de muerte una y otra vez sobre su madre. Ella sollozaba, él reía. Después Alejandra corrió hacia el baño y se sumergió en la tina. Debió estar bajo el agua dos minutos, tal vez tres… en ocasiones le parecía que toda una vida. Bajo el agua escuchaba la voz del ogro llamándola: “Alejandra, ¿dónde estás? Papá quiere contarte algo. Papá quiere enseñarte lo que ha hecho con mamá. ¿Dónde, dónde estás?”. Cuando salió de la bañera, aterrorizada, llorando, el ogro se había ido y la policía estaba rompiendo la puerta. Luego todo se hacía niebla y confusión, y quedó ella, yerma para la vida, muerta para el mundo.

Bajo el agua todo era más sencillo, así que volvió a sumergirse.

Durante unos años se enfrentaba con el aparatito todas las noches. Lo golpeaba, lo lanzaba por el suelo, pulsaba botón tras botón, luchaba con él, retándole, gritándole. Pero ya nunca sonaba, ¿por qué iba a hacerlo? A fin de cuentas, parecía decir el mudo artilugio, la culpa en aquel día fue toda suya: ella jugó con él, ella lo desactivó. Ya no volvió a escuchar el Pip, pip, pip. Por fortuna, claro, aunque su parte culpable parecía querer regresar al día en que todo pasó para cambiar cocina y bañera con su mamá. Pero aquello era un tiempo perdido, y tenía que dejarlo atrás. A través del agua se imaginó que escuchaba un ruido abajo, que la puerta se abría y que Antonio entraba con unas flores, y que subía, y que se acercaba al baño, y que su vagina comenzaba a temblar y…

Ti, ti, ti, ti, ti, ti, ti, ti… y la música publicitaria había acabado. De nuevo se iniciaba el aburrido ciclo del noticiario matutino. Trece muertos por descarrilamiento en León, por culpa de unas vías viejas que no soportaron la tensión y la velocidad de un tren moderno a cuatrocientos kilómetros hora. Siempre la misma historia: nos empeñábamos en mezclar agua con aceite, lo viejo con lo nuevo, lo contemporáneo con lo clásico. Cuando el producto era un montaje operístico esperpéntico, con extraterrestres azules interpretando los papeles de Siegmund o Brunilda, no pasaba nada. Pero trece muertos… Doscientos periodistas desplazados al conflicto de México, una nueva guerra con la que mantener ocupado al pueblo. Cinco policías muertos en la fuga de tres presos desencadenada durante un traslado rutinario desde Madrid hasta Santander, y…

Ti, ti, ti, ti, ti, ti, ti, ti.

Cinco policías muertos en la fuga desencadenada durante un traslado rutinario desde Madrid hasta… Desde Madrid. Madrid. 

Traslado. 

Traslado. 

Traslado. 

Ti ti ti ti ti ti ti ti ti ti.

Otra vez el ruido en la puerta. No, no lo estaba imaginando. Titititititititititi. Cincuenta y dos llamadas perdidas. Aún guardaba el localizador en alguna parte en recuerdo de… Ahora lo entendía. El aparatito con el que jugaba de niña no hacía Pip, pip, pip, como le decían sus recuerdos mentirosos, sino “Ti-ti-ti-ti” y luego “ti, ti, ti, ti, ti”, y después “ti ti ti ti ti ti”.

Y luego Tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…

Algo se rompió en su cerebro. La espalda dejó de sostener un cuerpo que se deslizó centímetro a centímetro, trémulo y flácido en el agua mientras Alejandra balbuceaba con voz infantil mamá ven, mamá ven, mamá ven, mamá ven. Se sumergió por completo, respiró agua y supo que allí estaría segura. Volvería la paz. “Mira lo que le he hecho a mamá… ¿Dónde, dónde estás?”. Esta vez se quedaría siempre bajo el agua, donde él no la encontraría.

Porque al fin papá había vuelto a casa.

© Víctor M. Ánchel
Reproducido con permiso del autor

Quince horas de cielo sobre Damasco
Víctor Conde

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La última vez que puse el pie en Damasco, el más veleidoso y proselitista paraíso digital del Imperio, estuve a punto de morir aplastado por una bala de cañón.

Sonó como un trueno y salpicó en el lago a escasos metros de nuestra barca. Algunos viajeros chillaron y otros rieron, pero ninguno se cayó por la borda. Lejos, en el centro del lago, dos mansiones victorianas peleaban por cuestiones de supremacía territorial: ondeaban banderas piratas. Tenían cañones en sus ventanas y arponeros apostados en las buhardillas, y se disparaban sin piedad mientras navegaban mostrándose desafiantes las cuadernas. Había tiradores apostados en los tejados y lombarderos en las chimeneas.

Yo sonreí e intercambié bromas con una mujer. La barca nos alejó de la zona del combate y llegamos a nuestro destino: la ciudad de las ballenas de Tysan, un complejo de diez edificios montados sobre lomos de cetáceos que bogaba mansamente junto a la costa. Allí me esperaba Makia, tan guapa como la recordaba del mundo real.

-Has tardado. -Me besó en la mejilla, ayudándome con las maletas-. Creí que no ibas a llegar hasta mañana.

-Tuve que conseguir que la empresa me pagara una conexión Alma de banda ancha. Mi planeta está traspasando en estas fechas un cinturón de radiación. 

-Qué bonito.

-Es bonito porque nos pinta las noches de rojo, pero muy malo para las comunicaciones taquión.

Para ilustrar mis palabras, coloqué una mano frente a sus ojos. Ella notó el renderizaje ligeramente defectuoso de los polígonos.

-Estática. En fin, espero que no tengas problemas por eso.

-No te preocupes. ¿Dónde nos hospedaremos?

-Allí. -Señaló uno de los edificios de bambú que se mecía sobre el costillar de un rorcual, una ballena azul-. Espero que no te marees con facilidad. Esto es peor que un buque mal construido con un capitán borracho.

-¿Tú estás aquí de verdad?

-Sí, traje mi cuerpo en el último transporte. Me alojo en una de las dependencias del edificio veintiséis.

-¿Un viaje duro?

Sacó la lengua.

-Bah, apenas dos horas de Cielo desde Plexys. Te pones a ver las noticias y ni te enteras.

La conversación con Makia siempre era amena, porque procuraba mantenerla a un nivel alejado de la jerga de la profesión. Al ver sus caderas asomando por debajo de la cinta del bikini y las pulseras de colores que tintineaban en su muñeca, me olvidaba de que tenía delante a una de las mejores analistas de sistemas de software que la corporación Onikawa tenía en plantilla. Ella comentó algo sobre el buen tiempo y me pidió permiso para cambiarse en mi cuarto de baño. Yo no puse ningún impedimento.

Media hora después rebasamos las puertas del salón de actos del edificio central. Allí nos esperaba el grupo de informáticos que tendría la suerte de liderar durante las siguientes jornadas. Conocía al jefe del equipo, un japonés llamado Ifurita.

-¡Daniel! -exclamó, abrazándome-. Me alegro mucho de que hayas llegado. ¿Cuándo te conectaste a Damasco?

-Hace una hora. Aparecí en el centro del lago, en una lancha con otros turistas. Casi nos cañonea una mansión de tres pisos.

El hombre rió.

-Sí, alguien debería reprogramar el sentido del humor de la IA que regenta este follón virtual. Y el de sus clientes.

Vi que el resto del equipo ya tenía desplegados los informes de datos y que la preocupación oscurecía sus semblantes. Me puse serio:

-Vale, dímelo directamente: ¿Cómo de mal están las cosas?

* * *

-Comenzó hace dos noches, en la zona de los grandes lagos -resumió Ifurita, sirviéndonos café a Makia y a mí-. Una baliza muy potente emitió durante veinte segundos una señal dirigida a las antenas receptoras de señales Alma. La distorsión que creó fue tan devastadora que perdimos casi doscientas portadoras Alma procedentes de los mundos del Racimo Central. Todos esos clientes estaban durmiendo tranquilamente en sus casas con sus conciencias conectadas a la matriz virtual de Damasco, y de repente fueron repelidos de forma incontrolada. A algunos no los pudimos recuperar.

Consulté los datos que me ofrecía el equipo. Cuatro conexiones no recuperadas, dos con pérdidas: las mentes de los pobres desgraciados podrían haber sufrido daños irreversibles. Además, el porcentaje de conexiones había descendido vertiginosamente en las últimas dieciocho horas; las compañías de seguros debían estar mordiéndose las uñas. 

-Rastreamos la señal, pero no pudimos dar con la fuente. Creemos que está escondida en algún lugar de la matriz generadora de Damasco, pero si es así, usa unas herramientas de camuflaje tan sofisticadas que no se nos ocurre ni dónde empezar a buscar. Este mundo virtual tiene doscientos millones de líneas de código, y tantos procesos por segundo que sólo podríamos medirlos usando dotación exponencial. Pase lo que pase, debemos encontrar el virus antes de que se active de nuevo y ocasione más desastres. -Suspiró. Yo miré mis papeles, y extraje de mi cartapacio una fotografía. Intrigados, los hombres se inclinaron sobre ella. Representaba un ciervo alzado sobre sus patas traseras en actitud desafiante.

-Esto es Phobos -anuncié-, un topo de clase vírica muy sofisticado. Aquí vemos el icono que adopta cuando activa su parte infectora. Lo descubrimos hace diez meses en la Tierra, y lo hemos estado estudiando y acorralando desde entonces. Creemos que saltó a Damasco junto a la portadora Alma de un comerciante llamado Wallace Steigner. Arrestamos al hombre, pero llegamos tarde para cribar la señal; no encontramos ni rastro del virus.

-¿Cómo de sofisticado es su código? -preguntó Makia, encendiendo un cigarrillo.

-Tecnología de programación de alto nivel, diseñada exclusivamente para él. Mi equipo en la Tierra tuvo que inventar herramientas nuevas para poder estudiarlo.

Ifurita arrugó la frente.

-Entonces es peor de lo que estimábamos. ¿Cuál es el siguiente paso?

Me puse en pie y comencé a repartir copias de la foto.

-Hay que encontrar este icono. Buscadlo por toda la orografía digital de Damasco; dividios en equipos y reprogramad la IA gestora para que busque cualquier código que se parezca al de nuestra presa. Todo nos sirve: figuras de madera, mascarones con forma de ciervo, óleos de cacerías… incluso joyas o tatuajes en el trasero de algún cliente. Cualquier cosa que se parezca a un ciervo será puesta en cuarentena a partir de este instante. Makia, necesito que mapees la estructura de directorios de Damasco y nos ayudes a simplificar en lo posible el trabajo.

-De acuerdo -asintió, mordiendo el filtro del cigarrillo. Eso me gustaba mucho de Makia, y era por lo que quería tenerla a mi lado en el trabajo: acababa de encomendarle una tarea titánica, pero en lugar de protestar se había concentrado instantáneamente en cómo resolver el problema. Adoraba a aquella treintaañera de ojos tristes. 

-Pongámonos en marcha -instruí, mojándome los labios-. Y recuerden: no dejen ningún detalle atrás, por nimio que les parezca. En el escondite más absurdo e improbable que podamos imaginar será donde se esconda nuestro enemigo.

El equipo asintió y salió presuroso de la sala, ansioso por empezar. Ifurita se me acercó un segundo antes de marcharse, y me estrechó la mano.

-Sólo quería decirte que es un placer volver a trabajar contigo, Daniel. Me siento mucho más seguro ahora que estás aquí.

Le palmeé el hombro, empujándole sutilmente hacia la salida.

-El placer es mío, doctor. Venga, no perdamos más tiempo: si la baliza de distorsión que Phobos es capaz de emitir es tan potente como dices, cuando se vuelva a activar podría incluso dirigirse contra objetivos no digitales.

-¿A qué te refieres?

-Aún no lo sé. Avisa a la gente de control de vuelo, en el nivel real, y diles que estén atentos a cualquier señal que pueda estropear sus sistemas de guiado para las naves entrantes.

Acongojado, el informático se retiró. Makia afiló los ojos.

-Si es capaz de hacer eso tenemos un serio problema.

-No lo tenemos, porque lo vamos a encontrar antes de que se active… o antes de que pueda hacer rebotar otras portadoras Alma -concluí, mirándome de cerca las manos. La estática de la reconstrucción de mi imagen en tiempo real se estaba volviendo tan acuciada que por momentos se me abrían agujeros en los dedos.

* * *

Realizamos una búsqueda a conciencia por todo el planeta. Accedimos a la base de datos del medio ambiente y borramos de la realidad todos los ciervos de los bosques, lo que provocó las quejas de los clientes que estaban disfrutando de cacerías o safaris fotográficos. Luego catalogamos todos los animales de cuatro patas más grandes que un perro y vigilamos que las olas del mar que rebotaban contra la costa no formaran figuras inusuales. Makia trabajó diez horas seguidas construyendo un mapa tridimensional de la estructura de directorios del mundo, optimizándola para reducir el área de búsqueda de los demás grupos. Cuando me lo enseñó, parecía una pagoda china hecha de carpetas y árboles de caminos que nunca se cruzaban. Damasco era un mundo virtual con muchas facetas, y en ese instante soportaba a dos millones de turistas en línea, que habían pagado diferentes tarifas por una semana de vacaciones en el mundo de los sueños. Lo que a mí me preocupaba era que la inmensa mayoría de aquellos visitantes estaban conectados en tiempo real desde sus mundos de origen, aprovechándose de la tecnología de comunicaciones taquión, que convertía las distancias intergalácticas en un mero trámite de curvas temporales.

-He ordenado que traigan mi cuerpo en una nave -comenté a Ifurita mientras sus hombres trabajaban-. Está a tan sólo tres horas de Cielo desde la estación Prometeo, así que llegará de un momento a otro.

-Es lo mejor -asintió-. Si Phobos se activa y destroza los protocolos de conexiones Alma, esto va a ser el mayor desastre en la historia de Damasco.

-Y de las telecomunicaciones. ¿Sí?

Un ayudante me tendió unos papeles.

-Estos son los candidatos más fiables que hemos encontrado.

-Gracias. -Los ojeé-. Activen la cuarentena total para estos blancos.

-¡Capto una reacción! -anunció un programador. Todos nos acercamos a su consola. Estaba tratando de destruir una figura de espuma que las olas del mar habían tatuado en una roca, y ésta se estaba defendiendo.

-Aíslala del exterior -ordené inclinándome sobre la pantalla, una cortina de hologramas que flotaban sobre la mesa. El joven sacudió la cabeza.

-Es difícil. Está copiándose a sí mismo muchas veces por segundo.

En la pantalla, la efervescencia que el mar había dejado sobre un atolón comenzó a cambiar de forma, semejándose a un ciervo, y se multiplicó. La roca se llenó de espuma hasta que ésta resbaló por su superficie y se arremolinó sobre el atolón. Parecía una tormenta de magnesio reaccionando con el agua del mar. Los intentos del programador para aislar el fenómeno eran inútiles.

-Se nos escapa -gruñó Ifurita-. Avanza demasiado rápido. ¡Aíslelo!

-No puedo… -El programador tecleaba con rapidez, desmenuzando a distancia parte de la espuma del virus, pero éste crecía geométricamente-. Está confundiendo a la IA gestora. Es imposible eliminarlo del todo. 

Ifurita se volvió hacia mí.

-¿Es Phobos?

-Probablemente. Aunque no creo que sea el virus principal. Más bien parece un señuelo.

La espuma había rebasado el volumen de la roca y se dejaba arrastrar por el agua. A cada multiplicación, una testuz provista de cuernos se alzaba orgullosa en una explosión de burbujas, desapareciendo después. Parecía una manada de animales que lucharan encabritados entre las olas.

-Es imposible controlarlo -dijo el programador, sudoroso-. Ha rebasado la capacidad de nuestros programas para destruirlo. Yo…

-Colóquese en la raíz de la zona -dijo una voz de mujer a nuestra espalda. Me volví y allí estaba Makia-. Destruya todo el atolón, rápido.

El joven dudó, confundido.

-¿Qué?

Makia se acercó a la consola y comenzó a teclear con rapidez.

-El virus se propaga fácilmente, pero se almacena en los espacios de memoria de la orografía circundante. Lo que hay que hacer… -Una luz de alarma parpadeó avisándole de lo que implicaba la orden que acababa de dar al Sistema, pero ella la ignoró y pulsó el botón de confirmación con contundencia- …es eliminar todo el directorio desde su raíz.

De repente, el atolón completo desapareció, y con él un volumen esférico de veinte metros de mar. Toda la espuma se evaporó, y el hermoso rompiente de rocas se convirtió como por ensalmo en un fiordo. El agua del mar se desbordó sobre él y produjo una explosión de varios metros de altura.

Ifurita resopló de alivio y felicitó a la joven. El equipo dio algunos vítores, que yo me apresuré a acotar.

-No nos emocionemos, chicos. Ha sido un buen trabajo, pero no creo que hayamos destruido el virus. Seguid trabajando.

Los dejé solos para que se organizaran y disfrutaran de la pequeña victoria, y salí al porche. Ya había anochecido y hacía frío. Debajo del edificio, la enorme ballena azul respiraba jugando con géiseres espumosos. 

Sentí una presencia a mi lado.

-Has actuado bien, Makia -opiné-. Tal vez un poco… contundente.

Ella sonrió.

-Hay que serlo si se quiere vencer a estos bichos tan sofisticados. ¿Cómo va tu planeta?

Miré mis manos. Estaban enteras y bien perfiladas.

-Ya debe de estar saliendo del cinturón de radiación. La comunicación es más clara.

-Qué lástima que no se vea desde aquí. -Miró al cielo lleno de estrellas.

-Sí, estas constelaciones son de mentirijillas. ¿Has probado alguna vez la delineación automática?

-¿Qué es eso?

Sonreí y di unas órdenes en voz alta, al aire de la noche. Cuando visitabas Damasco con privilegios de administrador, podías hacer cosas como darle instrucciones a la realidad en directo. 

De repente, y sólo para nuestros ojos, las estrellas de la bóveda celeste se enlazaron unas con otras con líneas brillantes, formando grupos. Se hicieron visibles las formas que escondían las constelaciones: cisnes, osos, cornucopias… y aquello del fondo que parecía una lata de cerveza.

-Ahora vemos las líneas en plata, pero puedes cambiarlas a dorado si te apetece. Es más bonito. -Estiré el brazo y apunté a la lata de cerveza-, salvo cuando se usa para publicitar. 

Algunas constelaciones se desplazaban tan rápido que sus líneas cambiaban de perspectiva hasta dos y tres veces por minuto. Era tan mareante que bajé la vista al lago. Allí flotaban las mansiones-barcos pirata, con todas las balconadas iluminadas. Makia bostezó.

-Deberías dormir un poco -sugerí. Ella se estiró sin pudor-. ¿Cuántas horas llevabas despierta cuando yo llegué?

-Unas pocas, pero tranquilo; me acabo de inyectar un litro de café entre pecho y espalda. 

-¿Qué es eso? -pregunté, forzando la vista. Me había parecido ver algo extraño en una de las mansiones.

-¿El qué?

-Uhm. Makia, voy a desplazarme un momento a la costa. Dile a los chicos que no se preocupen, que sigan trabajando.

-Eso va a ser imposible.

-¿Y eso?

-Porque pienso bajar yo también. Estoy harta de esta isla de bambú -concluyó, y, tras comprobar que llevaba el intercomunicador asido a la muñeca, encabezó nuestra marcha hasta el embarcadero. Una vez allí soltamos las amarras de una lancha y pusimos rumbo a las mansiones victorianas.

Pronto nos alcanzó la música de las fiestas que se desarrollaban en su interior. Algo latino, muy animado. Sombras de bailarines danzaban en todas las ventanas. Pero no me distraje; había creído ver algo que me había puesto nervioso. 

-¿Qué te ocurre? -preguntó Makia, acercando la barca a la roda de la mansión, donde se erguía una verja de jardín. Yo fruncí el ceño, contemplando las ventanas.

-Antes vi algo que… ¡ahí! -exclamé, al tiempo que un parpadeo en las luces oscurecía secuencialmente algunas ventanas-. ¿Lo has visto?

-Un fallo de corriente.

-En este mundo no existe la electricidad -murmuré, sin perder de vista los cristales-. Este mundo es electricidad. Esos cortes… 

Una lombarda nos disparó.

La explosión de agua se elevó a apenas dos metros de nuestra quilla. Makia y yo nos miramos, confundidos, y enseguida buscamos al responsable de la broma. Hubo un segundo disparo, y éste ya se aproximó tanto como para hacernos saltar al pequeño jardín de la casa, que la rodeaba como un foso de hierba.

-¡Malditos turistas, nosotros no participamos en vuestros juegos! -grité, pero Makia me agarró del hombro, preocupada.

-No te esfuerces. Mira bien.

Obedecí, buscando al borracho que seguramente nos había confundido con algún pez. Pero no lo vi.

La lombarda del tejado, que apuntaba hacia nosotros buscando un tiro fácil, estaba moviéndose por su propia cuenta.

Gruñí una imprecación y salté al alféizar de una ventana. Makia hizo lo propio, pegando su cuerpo tan a la fachada que el ángulo de giro del cañón no pudiera apuntarnos. Una explosión en la hierba que nos manchó de tierra y tallos quemados lo confirmó.

-Entremos -sugerí, rompiendo el cristal con una piedra. Antes de que se reparara de forma automática, introduje la mano y tiré del pestillo. La ventana se abrió, y saltamos al interior de la mansión flotante.

El suelo había desaparecido.

Aterrado, me tambaleé como si fuese a desplomarme al piso inferior, pero mis pies estaban solidamente apoyados en el aire. El color y la textura de la madera se habían esfumado, pero otras características -como, por fortuna, la solidez-, aún seguían estando allí. Un criado extrañado me miró desde el piso de abajo con la boca abierta.

-¡Se desintegra! -exclamé. Makia me empujó para seguir corriendo por un pasillo que perdía sus colores y se transparentaba como un cristal. Las luces volvieron a fallar. 

-Phobos está aquí dentro, en algún lugar -dije, jadeando. Mi cuerpo de cuarentón acomodado se resentía de todo aquel ejercicio físico-. Tiene que estar. Se está activando de nuevo, y está confundiendo a la matriz…

-¡Cuidado! -Makia se echó sobre mí y me apartó de una barandilla. El pasillo había desembocado en una balconada interior que daba al gran salón de baile, donde un centenar de comensales huían despavoridos de un lado a otro. La mansión bajo y sobre ellos desaparecía como un fantasma, cambiando espontáneamente la localización de los objetos. Justo sobre nuestras cabezas, una viga maestra decidió que su coeficiente de rozamiento era cero, y la enorme lámpara de araña que colgaba de ella se desplomó sobre el piso, atravesando nuestra barandilla y aplastando a dos mujeres. Yo sabía que el dolor que sentían era puramente inducido, y que al traspasar cierto umbral -el correspondiente a la muerte o a las heridas muy graves- simplemente serían desconectadas y volverían al nivel real. Pero el efecto Phobos estaba volviendo del revés toda la realidad, con lo que imaginé que podría incluso afectar a los sistemas de desconexión. Una ruptura Alma incontrolada podía causar traumas y dolor físico, real.

-Dónde estás, maldito -murmuré, apretando los puños-. Enséñame dónde te escondes…

Miré en todas direcciones, buscando cualquier indicio de la presencia del infector: cuadros, sombras, esculturas… Pero nada parecía destacar. Allí dentro no había animales por ninguna parte.

-¿Estás seguro de que está aquí dentro? -inquirió Makia, ayudándome a descolgarme hasta el piso inferior. Ni siquiera las cuerdas que sostenían las lámparas eran fiables: podían ser todo color y volumen, pero sin sustancia.

-Tiene que estar. Esto son violaciones muy potentes del entorno, y no…

-Daniel, ¿me escuchas? -dijo una voz. Cogí el comunicador de la muñeca de Makia y lo acerqué a mis labios con ansiedad.

-¡Ifurita! Estamos en la mansión del lago. Creo que Phobos está aquí.

-Lo sabemos. Acabo de recibir un mensaje de la torre de control, en el nivel físico. Están captando una sombra de estática que interfiere con sus instrumentos. Algunas naves entrantes están teniendo problemas con las balizas de guiado.

Makia me miró, asustada.

-Va a ocasionar un desastre.

-Escúchame bien -ordené al comunicador, serenándome-. Quiero que detengas todas las entradas de naves a Damasco durante quince minutos. Que orbiten la estación, que hagan lo que sea, pero espera a que la señal del infector se extinga.

-Es que hay… un problema -carraspeó Ifurita, compungido.

-¿Cuál?

-Tenemos una nave entrante en piloto automático que ha comenzado sus ciclos de frenado. No podemos conectar con ella, puede que sus sistemas estén fallando.

-¿Qué tipo de nave?

-Daniel, es un tanker de pasajeros ST. Van quinientas personas a bordo, más un centenar de pasajeros en cabinas de estasis.

Corté la comunicación, devolviéndole a Makia su mano. Al ver la ansiedad en mi rostro, me preguntó:

-¿Qué te ocurre, Daniel?

Sonreí sin ganas.

-Mi cuerpo físico viene en un tanker ST.

* * *

Corrimos por las dependencias volviéndolo todo del revés, pero nuestra búsqueda fue inútil. A menos que el icono de activación del Phobos fuera invisible, no parecía estar allí dentro.

-Sólo nos queda una solución -sugirió Makia, jadeando.

-¿Cuál?

-Contundencia. Destruyamos toda la mansión, todo el lago si es preciso. No podemos arriesgarnos más, Daniel. Da la orden para que los muchachos accedan al directorio de raíz y borren todo este maldito paisaje, incluyendo la atmósfera y las condiciones de presión y gravedad.

Medité con nervio, y acabé asintiendo.

-Sí, es lo mejor. Pero tenemos que escapar; no creo que Phobos nos deje desconectarnos sin peligro.

Ella se acercó a una ventana y la abrió. Estábamos en un tercer piso, y la caída hasta el mar era muy larga.

-¿Qué… piensas hacer? -dudé. Ella sonrió.

-Venga, profesor. Que no se diga que en tus tiempos mozos no hiciste esto.

Y se arrojó al vacío. La contemplé caer con pánico hacia una cortina de oscuridad hasta que se cuerpo tocó el agua y se transformó en un remolino de burbujas.

Tragué saliva.

-Mis tiempos mozos ya han pasado…

El suelo bajo mis pies se volvió transparente, y vi algunos muebles caer a través de las paredes como bombas de madera. Cerrando los ojos, salté a la nada.

Choqué contra el agua de espaldas, y comencé a sacudir los brazos y las piernas desesperadamente, como un niño. Luego llegó el frío: el agua estaba a tres grados.

Unas manos me agarraron por detrás.

-¡No te resistas, tranquilo! -gritó Makia, y me sujetó para que no me hundiera. Más calmado, me aparté de ella y recuperé mi propia flotación.

-Sé nadar, no te preocupes. El… Dios mío -susurré, mirando a la mansión.

Era casi transparente. Parecía una radiografía enorme de un edificio lleno de personas que corrían y muebles que atravesaban en vertical las dependencias. Los cañones y sus balas se desplomaban sobre los salones de baile y las cocinas, los tapices se volvían invisibles como quemándose por fuego. La propia construcción no tardaría en perder su condición de “objeto flotante” e irse al fondo del lago como una piedra.

-El tanker está en aproximación final -anunció Ifurita por el comunicador-. No pueden frenar instantáneamente; requieren con urgencia los protocolos de guiado. La torre está en máxima alerta.

-Ifurita -ordené-, destruye la mansión al completo y la región circundante del lago. Todo lo que hay dentro de él, incluyéndonos a Makia y a mí. Efectuaremos un salto incontrolado al nivel real.

-Daniel, no puedo…

-¡Hazlo! Yo asumo toda la responsabilidad. Accede a la raíz y cárgate este maldito lago hasta los cimientos. Sólo te pido que intentes ajustarte todo lo posible a las cercanías de la mansión, así tendremos una posibilidad.

Y corté la comunicación. Makia comenzó a nadar con brío, sin esperarme. Yo tomé aliento y golpeé los brazos y las piernas lo más rápidamente posible contra el agua, rezando para que fueran capaces de llevarme suficientemente lejos. Ella me adelantó varios metros, y por un momento creí que lo iba a conseguir. Traté de recordar alguna instrucción que poder darle a la matriz en directo, pero no había ninguna que sirviera para sacarnos de allí con rapidez.

Miré al cielo buscando la estela de impulsión del tanker. Reí: aquel cielo era falso, tan ilusorio como el planeta que me rodeaba. Apreté los párpados con fuerza y me concentré tan sólo en nadar. Nadar, bracear, patalear, ganar unos metros más. Tan sólo unos metros más…

-¡Se desintegra! -grito Makia, y aumentó su velocidad-. ¡Vamos, Daniel, por Dios, nada más deprisa!

Pero los brazos me pesaban como plomo. Cada vez me costaba más sortear las olas. Miré atrás y vi que, efectivamente, la mansión pirata estaba dejando de existir: una esfera de nada se abría radialmente desde su centro, absorbiendo objetos y personas aterradas como un agujero negro. El diámetro de la esfera tocó el agua, y se aproximó a mí a gran velocidad.

Si hubo un momento en vida en que luché por sobrevivir, sin duda fue ese. Saqué fuerzas de la flaqueza y moví mi maldito cuerpo hacia delante, un metro, luego otro, y otro más. De repente mis dedos comenzaron a desaparecer de nuevo. La estática invadió mi imagen y el agua comenzó a atravesarme la palma de la mano, en lugar de chocar contra ella.

-Oh, no… -mascullé. Una sombra me envolvió: la esfera que lo consumía todo evaporó el agua a mi alrededor. Cerré los ojos…

…y los volví a abrir.

Seguía allí.

Makia chilló de euforia y se me acercó. La esfera se disolvió, dejándonos justo al filo de la zona desintegrada. 

Yo sonreí como un tonto, sin poder creer mi suerte, y luego fui arrastrado por el torbellino.

* * *

El agua llenó el espacio libre, una semiesfera que vaciaba el lago hasta una profundidad de cinco metros, y nos sepultó. Giramos incontroladamente durante una eternidad, dando vueltas y vueltas. Tragué agua y sentí arcadas. Cuando estaba a punto de asfixiarme, salí como un tapón de corcho a la superficie.

Makia estaba a mi lado. Nadó hasta mí cuando las aguas se calmaron y me abrazó.

-¡Lo hemos conseguido!

-Creo… -escupí agua- creo que sí.

-Daniel, Makia, ¿estáis bien?

Ella rió, acercándose el comunicador de pulsera a la boca.

-Por supuesto que sí. Eres un genio de la precisión, Ifu. ¿Cómo va ese tanker entrante?

-Aquí nada ha cambiado. El tanker sigue en aproximación incontrolada. Todas las estaciones están en alerta roja. ¡Va a chocar contra la tela de soporte de la estación!

-¿Qué?

Con el rictus de la risa congelado en la cara, aferré la muñeca de Makia.

-¿No lo hemos detenido?

-Daniel, nos piden que les digamos cómo frenar. -La voz de Ifurita temblaba del histerismo-.  Sus instrumentos se han vuelto locos. ¿Qué demonios hago?

Miré a mi alrededor, confundido.

-No es posible. Hemos destruido el generador de la distorsión -dije para mí. Makia se me encaró.

-Tenía que estar aquí. La violación de las leyes físicas era demasiado acusada.

-¿Dónde estás, maldito? -susurré, girando sobre mi eje-. ¿Por qué no te he matado?

-Tal vez hemos visto un reflejo de su actividad. Puede que nos hayamos equivocado y esté en otro lugar muy lejano del…

-No, no -sacudí la cabeza-. Tenía que estar aquí, en contacto físico directo con la mansión para afectarla de esa manera.

-¡Pero no vimos ningún ciervo en las dependencias!

Un reflejo.

Me volví hacia Makia.

Estábamos contemplando sólo un reflejo de su actividad.

¡Un reflejo!

-Dios mío -murmuré, y bajé la vista hacia el agua.

Si en ese momento hubiera podido cambiar mi cuerpo por el de un águila y contemplar la superficie del lago cristalino a vista de pájaro, me imaginé lo que sin duda vería: 

Una superficie impoluta de líquido digital, perfecto y hermoso en su concepción, preparado para resultar bello a los ojos de los turistas bajo cualquier circunstancia. Y para que un lago fuera así de hermoso, debía de reflejar lo que había sobre él. Incluyéndonos a nosotros. Incluyendo a las otras mansiones piratas…

…E incluyendo el cielo.

Alcé la vista a la bóveda celeste, y allí estaba. Entre los cúmulos de estrellas que bailaban formando constelaciones cambiantes, artísticas. En mis ojos aún estaba activada la opción de delineación que había solicitado en la casa de bambú, y lo que me mostró disipó todas mis dudas.

Makia miró hacia arriba, y también lo vio.

Una de las constelaciones digitales bailó como un danzarín celestial, y sus líneas formaron la figura de un ciervo. Siempre había estado allí, sólo que rotando sobre su eje para que la perspectiva desde la cual se la observaba desde Damasco no permitiera distinguirla. Escondida pero tan a la vista que podía verla todo el planeta.

-¡Ifurita! -chillé por el intercomunicador-. ¡Escúchame!

-¿…e dic…s? -La estática hacía casi imposible oír la voz del jefe del equipo informático-. ¿Dan…, …tás …hí?

-¡Ifurita, tienes que aislar una parte del cielo! -grité, pero no me oyó. Makia lo intentó, sin mejor suerte:

-¡Las estrellas! ¡Tienes que borrar las estrellas, ¿nos escuchas?!

-El tanker no pued… …tá en la maniobra final.

-¡Ifurita!

Intuí el desastre. Ya no podíamos hacer nada por ellos. El tanker se estrellaría y cientos de personas morirían.

Incluido yo.

-¡Ifurita! -gritó Makia, pero fue inútil-. ¡Borra las estrellas, ¿me escuchas?! ¡Por lo que más quieras, haz desaparecer las estrellas!

La estática me borró la mano derecha. Miré a Makia, y supe que iba a morir.

-Makia, vamos p… …a rescataros. ¿Qué dices de las estr…?

-¡Borra las estrellas! ¡Borra las estrellas! ¡Borra las…

* * *

-…estrellas!

Ifurita alzó su copa, orgulloso.

-Sí, por nuestras estrellas, Daniel y Makia. No sé cómo nos las apañaríamos los demás sin ellos, sinceramente.

Ese comentario arrancó risas y algunos “bueno, no te pases” entre los miembros del equipo. El japonés rió y entrechocó su copa con la nuestra. Makia me susurró algo al oído y ambos reímos también.

La casa de bambú se estremeció, y por un momento recuerdos funestos vinieron a mi memoria. Pero enseguida ubiqué la causa: las ballenas que amablemente nos transportaban de un lado a otro estaban variando el rumbo.

Me acerqué a una de las ventanas, y alcé mi copa para beber. En lugar de eso, un geiser enorme surgió de algún lugar en la oscuridad y me empapó.

Makia, muerta de la risa, se me acercó, vigilando que la ballena no volviese a respirar tan fuerte, y me ayudó a quitarme la chaqueta.

-Eres un desastre.

-Bueno, pero soy un desastre digital. Eso sí, no quiero volver a oír hablar de constelaciones en mi vida.

Ella frunció el ceño.

-Uhm… vale, pero antes de que pongas en práctica esa norma, fíjate en eso.

Me acompañó a otra balconada y activó el modo de delineación. Reluctante, yo lo hice también.

En las alturas, un grupo de veinte estrellas danzó para que sus delineaciones formaran las palabras “FELICIDADES, DANIEL.” Yo exhalé un bufido.

-Pero mira que les gusta ostentar. Son unos gamberros con poderes divinos.

-Ssshhh -ella me puso un dedo en los labios-. No estropees el momento. Es muy hermoso.

-No, si en eso estoy de acuerdo -arrugué la frente-. Pero hay una cosa que no entiendo: ¿por qué no te han incluido a ti en el homenaje?

Ella rió.

-Sí que me han incluido -dijo misteriosa, y me señaló una nueva estrella que antes no estaba en el firmamento.

La estrella Makia.

© Víctor Conde
Reproducido con permiso del autor

Segunda vida
Alfonso Mateo-Sagasta

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Hay veces en que uno desearía no ver cumplidos sus sueños. ¿No dijo alguien: que Dios no te castigue haciendo realidad tus deseos? ¿No era eso una maldición? Me pregunto si mi caso fue una suerte, y a quién debo agradecer o reprochar mi destino. Al fin y al cabo he vivido dos vidas sin hacer nada para merecerlo, aunque a veces dudo si habrá sido todo un sueño, una vívida pesadilla surgida entre la bruma con que la morfina veló mi mente al final de mi primera existencia, o en la que quizá aún me encuentro, con el cuerpo desmadejado y la cabeza irremediablemente perdida.

De mi primera vida no me puedo quejar. Nací en 1833, el año en que murió Fernando VII, aunque dudo que eso influyera en mi destino. Recuerdo de mi infancia que empecé a leer y a escribir con un periódico en el que se hablaba de la paz entre Maroto y Espartero, y que coincidieron la reaparición de las guerrillas carlistas y la fundación de la Guardia Civil con mis cada vez más elaborados artificios para sorprender a la Rosi ajustándose las ligas. Creo que puedo decir en honor a la verdad que fui un hombre afortunado. Rondaba los cuarenta cuando se proclamó la primera República, y a pesar de los enormes conflictos sociales a los que asistí y en los que tomé parte, nunca sufrí daño alguno. Esa circunstancia hizo que ya casi hubiese apurado la sesentena, cuando me di cuenta de que era un hombre viejo. Supongo que de un modo inconsciente asimilé la sensación de ruina que nos embargó en el 98 tras la pérdida de Cuba y Filipinas, a mi propio estado físico. Como hasta ese momento no había padecido ninguna enfermedad grave, mi envejecimiento había sido lento, natural y progresivo. Había perdido el cabello, eso sí, tenía molestias articulares, sobre todo por las mañanas, flacidez en la piel, tanto más evidente por ser un hombre delgado, y un decadente tono muscular… Síntomas privados, todos ellos, que podía contar en tono de chanza en el bar o callármelos si me incomodaba.

Pero ya digo que el 98 fue para mí un punto de inflexión sin retorno, el momento en que por primera vez me fijé en los que me precedían para vislumbrar mi futuro, y me di cuenta de que no había muchos y los que quedaban ofrecían un aspecto desolador. Pienso que fue precisamente la profunda tristeza que me inspiró el encontronazo con lo que sería el final de mi vida lo que me produjo una bajada en las defensas y propició, en definitiva, la eclosión de mi enfermedad. Desde entonces tuve la sensación de descender cada día un peldaño de una escalera labrada en el muelle de un puerto. Al pie sólo me esperaba agua helada y sucia, pero no había nada que  pudiera hacer para ahorrarme el baño. Sin darme cuenta me encontré torpe, empecé a olvidar palabras, a dejar frases a medias, acabé por quedarme medio sordo y medio ciego y por último ocurrió lo que más temía, perdí el control de los esfínteres. Llegó un momento en que sólo deseaba morir.

En un segundo de lucidez reflexioné sobre lo mal pensada que estaba la vida y en cuánto más hermosa sería si se pudiera vivir al revés, es decir, si se empezara de viejo y cada día se evolucionara a mejor, un camino hacia la dicha plena. Los riñones se irían reactivando, de escurrir con molestias a orinar un chorro firme; el cabello poblaría progresivamente la cabeza, primero la coronilla para avanzar luego hacia las cejas, pasando en el proceso de blanco a gris y luego a un castaño brillante; los ojos enfocarían mejor cada año, hasta convertir las gafas en un adorno inútil. En una vida así te encontrarías con que en el momento en el que acumulas mayor experiencia, además tienes veinte años y estás en la cima de tu vigor físico, y cuando todo se acaba, en vez de un ser decrépito, eres un simpático gordezuelo que corretea despreocupado por la casa subido a su correpasillos.

Sí, yo deseé esa segunda vida, y aún no sé por qué me fue concedida. Hasta el final. Ahora he cumplido los cinco en el sistema inverso, he desvivido 83 y hace dos días me oriné en la cama. No es la primera vez que me pasa, pero sí la primera que soy consciente de que no es un accidente, sino parte de un proceso contra el que no puedo luchar. Desde entonces, el horror puebla mis noches. He intentado revisar fríamente mi situación pero cada día entiendo menos a la generación que me sigue, mi autoridad se ha diluido por completo y ya nadie respeta mi voluntad. Además, sé que me enfrento a unos años atroces en los que poco a poco iré olvidando palabras, alterando ideas, confundiendo conceptos. Y luego vendrá lo más difícil. Tendré que soportar la vergüenza de que mis seres queridos se hagan cargo de mí, me limpien, me hagan monerías que yo, maldita sea, responderé con sonrisa bobalicona, me saquen a pasear y hagan turnos para velarme en las malas noches de cólicos que me reserva la progresiva atrofia de mi intestino. Muchos, sin atreverse a decirlo, desearán que me muera cuanto antes para que deje de sufrir porque ya no me verán como persona, no quedará nada de aquel hombre que fui. Pero todo eso, por duro que parezca, lo puedo encajar. Lo peor, lo que hace insoportable mi actual situación, es el conocimiento exacto del día y la hora de mi óbito. Bueno, eso si no me sorprende una muerte súbita o mi hijo no me asfixia durante un ataque agudo de llantina.

Sé que ya es tarde y que lo más seguro es que a nadie valga mi consejo, pero si pudiera volver a elegir me quedaría con el final de mi primera vida, porque cuando era viejo todo me importaba un carajo, y ahora…, ¡soy tan joven para morir!

© Alfonso Mateo-Sagasta
Reproducido con permiso del autor

Clic
Eduardo Vaquerizo

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Clic, clac. Abro los ojos. El cielo aún es oscuro, se ven las estrellas entre retazos de nubes y resplandores amarillos. Dolorido, me toco el pecho, las costillas, duelen pero no parece que tenga ningún hueso roto. Me incorporo sobre un codo resbalándome en el barro. El coche yace unos metros más adelante, estampado contra una piedra. El radiador del mercedes sisea vapor de agua y un intermitente, como un enorme ojo amarillo, se enciende, se apaga, se enciende, se apagaba… clic, clac, clic, clac. Al fondo, más allá de la broza y la basura de la cuneta, Madrid es una difusa mancha de luz, un espejismo de civilización en medio de una noche profunda. Clic. Clac. Me levanto en varias fases extenuantes.  En mi mano derecha cuelga el peso inerte de la automática. La levanto hasta la altura de los ojos. Aún me asombra el peso huraño del arma. Tomo el cañón y me lo acerco a la nariz: huele a pólvora, a pasado. Cojeo hasta el coche siguiendo los surcos que los neumáticos han arado en el barro. La puerta por la que he escapado segundos antes esta abierta. Dentro, apoyando la cabeza en el volante, Raúl me mira, el brillo del intermitente ilumina sus pupilas fijas con un resplandor breve y amarillo. Clic, clac. Aún están allí el sonido atronador del disparo, la sangre y los sesos salpicando; el motor girando en vacío; aún se abre la puerta y saltó, siento el impacto contra el suelo, la tierra en la boca, el estruendo del coche estrellándose. Clic, clac, clic, clac…

Me agacho y quito el intermitente. Raúl me mira todo el tiempo. Luego le doy la espalda al mercedes accidentado, por fin silencioso en su muerte de máquina rota, mientras camino hacia el barranco. Tengo las manos húmedas de sangre. Me siento sobre una piedra mirando hacia el valle crecido de luz mientras me restriego las manos contra el pantalón como para sacarle brillo. Hace frío. Al rato el radiador deja de sisear bruscamente, ha perdido todo su líquido. La noche crece de repente, se hace intenso a mi alrededor el arrastrarse de alimañas, el croar de algún insecto en celo, las estrellas. Todo lo demás, aquello que había tenido tanta importancia, ya no es real, solo queda la materia mas fútil del universo: el pasado, recuerdos.

No tardarán en venir, solo tengo que esperarles. Reviso la automática, quedan 11 balas. No serán bastantes, así que arrojo el arma a los matojos y miro el reloj, luego al coche muy cercano y a su maletero, un obsceno bulto metálico sobresaliendo enhiesto sobre la hierba de la cuneta.

Tardan veinte minutos, llegan con puntualidad astronómica. Las nave no brilla, no hace ruido, solo es un enorme ovoide negro mate del tamaño de una casa que flota en el aire a pocos metros de los brezos. No hay ventanas o puertas abriéndose, rayos de luz, nada, súbitamente están a mi lado mirándome.

-Sí, le he matado.

Silencio, ese es su mejor lenguaje.

-Iros a tomar por culo, benefactores de mierda. Dejadme en paz.

No sé decir si me miran, si no lo hacen, si hicieron algo, si hubo luz, sonido.  Estaba sentado en la piedra viéndoles moverse a mi alrededor y ahora no hay noche, luz, oscuridad, ni el relente de la sierra mordiendo la piel, no está el tacto áspero de la roca, ni el vaho de bruma que surge del suelo, nada. ¿Es mi castigo? ¡Joder! Será mi castigo, seguro. Ellos son muy ecuánimes, muy perfectos, odian el derramamiento de sangre, aman la justicia, seguro que es algo indoloro, algo terrible.

Ya no hay oscuridad, ¿dónde estoy? Parece… una habitación, un dormitorio.. lo conozco… ¿de quién…? pero… no puedo moverme, estoy paralizado… la visión cambia, y… ¿quién musita a mi lado? ¿qué es ese rumor? Parece el latido de un corazón, el rozar de la sangre circulando por las venas. ¡Joder! Es el apartamento de Raúl visto desde la cama. Intento girar el cuello, no puedo moverme, solo escucho y veo.. y … también siento el tacto de las sabanas en el culo, en la espalda, y… piel ajena en la mano…  Piel ¿de quién? Ahora se vuelve… ¡Joder, Joder, Joder! es María…. Hijos de Puta, ¿qué me han hecho?  ¡Dios! Está pasando sus manos, mis manos, por la curva del pecho, en el suave lomo. Tiene los ojos cerrados, ahora los abre y sonríe… me sonríe a mi… Pero… María está muerta, y esta es la cama de Raúl… Sabía que me engañabas con él, lo sabía, ¡Joder! Las miraditas en las cenas, las bromas… y no te cabrees, somos amigos de antes, no te enfades Ricardo, que no es nada… ya, no es nada.. ¡joder! Ahora me alegro, me alegro que los dos estén muertos.

Ahora se vuelve… en la mesilla… el güisky y la coca… ¡joder! aspira, es como una espada de plata justo en el centro del cerebro. Dios, es María… está conmigo… ¡María!.. no… espera… es el apartamento de Raúl… yo soy Raúl. Está muerto, acabo de matarlo y ahora soy yo. ¿Ese es mi castigo? Ahora la besa, es su lengua, no puedo cerrar los ojos, no puedo huir… María, ¿por qué me hiciste esto? Las manos, es su cuerpo, es la cintura, es la redondez de los muslos, es la suavidad aceitosa de su coño en el que ya estoy dentro. La coca, todo es plata, nítido hasta hacerse doloroso… ¿cómo lo han hecho? Estoy en Raúl y Raúl aún está vivo. Son sus recuerdos. María ¿cómo pudiste hacerlo, por qué te retuerces de placer? ¡Dios!, no lo soporto. Y se llaman benefactores y dicen que no son crueles. No puedo… no puedo irme, sólo atender, sentirlo todo, las contracciones de los músculos, el placer tallando escalas en la carne, creciendo, el aire que entra y sale de los pulmones raspando al pasar por la tráquea. Ahora abre los ojos, es María, Dios, María, el rostro enrojecido, el ojo aún tumefacto, el gesto de éxtasis, María, ¿por qué? Con Raúl, mi mejor amigo, no podíamos haberlo solucionado. Siento haberte pegado, lo siento tanto. María… noooo, no lo hagas ¡Raúl! Me preparo, pero no es suficiente, no hay manera de protegerme, el orgasmo llega como un mar de cristales afilados que rompe diques y te cae encima, me engullen cien mil estrellas lacerantes, el tiempo estalla y el placer crece… ella grita, él también, no puedo huir, no quiero verlo, no quiero sentirlo… Dios, María…. me tiendo, olas de laxitud relajan hasta el último músculo, llega la oscuridad de nuevo… se ha dormido…. ¿y yo? Yo no duermo.

Joder, quiero llorar pero no son mis ojos, María, estás muerta, yo te maté, no quise hacerlo. También maté a Raúl y ahora estáis más vivos que nunca. Hijos de puta, ¿benefactores? Cabrones, no saben lo que duele, no pueden imaginarlo, ellos no sienten…. Llega la oscuridad, tengo que dormir, ni tiempo tengo para pensar… quiero morir, olvidarlo todo, nadar en un mar sin nombre, olvidado, de aguas más oscuras que el abismo entre las estrellas.

Vuelve la luz, alfileres luminosos me desgarran la retina. Raúl -yo-  cierra la persiana, está desnudo, de pie, sintiendo las baldosas frías en los pies. María ya no está en la cama… ha vuelto conmigo… ¿Qué día será? Raúl va hasta la ducha…. le gusta el agua fría, Brr… demasiado fría, cabrón. Y pensar que eras mi amigo. Antes hubiera debido meterte una bala en el cerebro. Tiene que ser aquel día, sí, no puede ser otro. Podría haberlo hecho, ahora, hoy mismo, pero no lo sabía, era un cornudo imbécil y confiado. El día que los descubrimos, o ellos nos descubrieron a nosotros.

Va a la empresa, claro, conduciendo como un subnormal, como hacía siempre, lento e inseguro. ¿qué hace? Joder, cuidado con esa curva del garaje que es muy cerrada, ey ese es mi coche… ya sé quien me rayó el mercedes. ¡Torpe, torpe! Todo lo listo que eres con los ordenadores…. y no sabes nada de la vida; o quizá soy yo el que no sabe nada, el que no vio ejercitar las alas a María, y tú, callado, tranquilo, el que le preparaste el nido. Yo soy el  torpe, el inútil… tan fatuo.. joder… soy yo… en el despacho…, qué cara de imbécil, que alegría al ver a Raúl, ¡joder, date cuenta! ¡acaba de acostarse con tu mujer!

-Oye.. ¿sabes algo de María? Ayer, discutimos, se fue de casa…

-Pues… no, no sé nada

Hijo de puta.

-¿Ha sucedido algo?

-Bueno, ya sabes, peleas conyugales. Yo creo que no es nada serio. No te preocupes.

-Ah, vale. Si quieres algo… dímelo

Claro que quiero algo, quiero matarte, cabrón.

-Por cierto.. tengo algo que enseñarte Jorge

Ahora me va a enseñar la cinta. Dios, que mal me siento… no puedo moverme, solo soy un puto espectador que asiste a su propia tragedia. Casi preferiría estar muerto, pero eso hubiera sido poco adecuado, hay que proteger la vida por encima de todo, ¡cabrones, hijos de puta!

Ahí está el ordenador, el Vish 12. ¿de quién fue idea de ponerlo a procesar señales de radiotelescopio en horas muertas? Mía, seguro, sí, fue mía. ¡Imbécil! Un ordenador de 10 millones procesando más de 20 horas al día y ganando dinero para nuestra empresa por cada segundo, y yo tengo que buscarle ocupación para las cuatro horas restantes. 24 horas al día era mi lema. Imbécil.

-Mira Ricardo, lo ves…

-Coño, ¿será un error?

-No creo… lo hemos analizado, y aún no estamos seguros, pero no se trata de los problemas habituales. No es un teléfono móvil, no es una emisora, no es un satélite.

Tiene cara de cabrón, seguro que se está riendo por dentro. Con esa melenita hippie recogida en la coleta, los pantalones vaqueros, un mierda de fumeta cabrón que se ha tirado a mi mujer.  Y yo lo llamaba amigo, lo quería.

-Y lo habéis decodificado…

-Es la serie de fibonnacci, sigue hasta un valor elevado y luego se detiene y comienza otra vez. Esta codificada en impulsos ternarios, un código 0 1 2 que se agrupan en longitudes de palabra de diez dígitos

-¡Coño!, qué cosa más rara.

-Y tanto.

Está realmente excitado con el descubrimiento. Para él era lo primero, la ciencia, el reto, por eso yo llevaba las cuentas, por eso las cosas iban bien, cada uno en sus asuntos.

Es fascinante verlo manejar el ordenador, programar los filtros para la masa de datos, varios hilos en paralelo cuidadosamente intercalados para que puedan pasarse información de uno a otros y ninguno tenga que esperar por los datos. Era el mejor, sin duda. Recuerdo nuestros años en la universidad, él siempre metido en sus libros, soñando con investigar en física avanzada, yo siempre en el bar, preocupado de con qué tía me iría a la cama ese fin de semana. Pero las cosas suceden así, aquella fiesta se alargó muy hasta la madrugada y el descontrol también. Al final aquel gordo cabrón, capitán del equipo de rugby, me encontró y me estaba midiendo las costillas a base de bien. Total solo le había quitado la mierda de novia que tenía. No sé como lo hizo, pero cuando me quise dar cuenta Raúl estaba colgado del gordo aquel asfixiándole. No recuerdo mucho más. La bronca se hizo épica, volaban las botellas y las sillas y en nada se escucharon las sirenas de la policía. Nos escapamos por una puerta lateral y corrimos por el bosquecillo de pinos de detrás de la escuela, riendo. Yo aún aferraba una botella de ron. La terminamos helados por la amanecida, sentados sobre una piedra y acurrucados dentro de nuestras chupas.

Cuando monté la empresa con el dinero que me prestaron mis padres, él fue el primero en quien pensé. No hizo falta ni decírselo, le hablé del proyecto y lo demás fue fácil, años dorados, qué buenos recuerdos de cuando construimos nuestro primer superodenador a base de PCs estándares apañados y conectados con un linux modificado para proceso masivo paralelo. Y qué sorpresa cuando comenzó a llegar el dinero. Vendíamos tiempo de proceso en una época en que los análisis estadísticos de históricos estaban en un auge enorme, nos hicimos de oro. Yo al menos, él no sé muy bien en que invirtió sus ganancias. La bolsa subía, todo iba bien. María y yo nos casamos. El tonteaba con unas y otras, y gastaba su tiempo libre en fumar hachís y charlar con otros que como él aún se habían quedado en los tiempos de la facultad.

-Mira, ves esto, lo ves…. ¿qué te recuerda?

-Eh… no sé

-Unas coordenadas son unas coordenadas geográficas, solo que están dadas en un… espera

Ahora es cuando me quedé totalmente pasmado… recuerdo este segundo como si fuera ahora mismo y me veo a mi mismo, con cara de idiota, mirando. ¡Espabila, imbécil! En menudo lío te vas a meter,… pero esto es el pasado, no se puede cambiar ¡joder! Han debido recrearlo a partir de la memoria de Raúl o algo así. Valientes hijos de puta. Lo veo, tecleo la activación, va a superponer un mapa con coordenadas geográficas con un sistema de coordenadas del 0 al 59049, o sea tres  elevado a  la décima potencia, un número en base tres de diez cifras. Y.. sorpresa… ¿dónde caen esas coordenadas? Aquí, en Madrid. No en un desierto de Arizona donde suelen suceder estas cosas, o en la Antártida, aquí, en la sierra pobre, cerca de la maliciosa, en una escarpadura perdida entre piedras y pinos.

Se detiene y me mira, él ya ha pasado del alucinamiento, para él esa localización no supone el mazazo que me está distendiendo la mandíbula y que dilata mis pupilas.

-¡Joder! ¿habrás comprobado que no es ninguna broma?

-Sí

-¡Coño! Es un contacto extraterrestre…. no me lo puedo creer, habrá que avisar a alguien… no sé

-No hay tiempo: ves ésta otra cifra… ves estas series de números… esta de aquí, se repite en series de 9 veces. Me intrigaron, no sabía qué eran… lo que tenía claro era que repetían un intervalo, como un ritmo, eso me hizo sospechar…. ¿qué fenómeno astronómico es regular siempre? Los pulsars… esa era la respuesta. El problema era considerar que pulsar concreto se referían para hacer una comparación y establecer la duración en segundos de un pulso temporal de los extraterrestres. Y la respuesta fue fácil, el más cercano a la tierra, el PSRJ0108-1431, que está a 280 años luz. Con esa equivalencia resuelta pude establecer que ese número que aparece al lado de las coordenadas es el tiempo desde el inicio de la primera señal hasta……

-Una cita… Joder…. ¿y ese tiempo ha pasado ya?

-No, es mañana, a las 4 horas, 34 minutos, 16 segundos, 2 décimas, etc. Etc.

-¡Joder!. ¿Alguien sabe algo de todo esto? Tendremos que informar…..

Ahí estoy, abrumado, intentando pensar…. la humanidad entera preocupada de este momento y ahora cuando llega me convierte en un idiota balbuceante. Y Raúl, ahí, mirando, sonriendo. Está claro que él ya lo ha pensado, ha tenido tiempo, mientras analizaba los datos.

-Ya, y que nos tomen por idiotas si no es cierto, si se trata solo de una broma elaborada.

-Eh, sí…

-Tendremos que ir los dos, tú y yo nada más. Luego habrá tiempo para anunciarlo, cuando tengamos pruebas más sólidas.

-¿Más sólidas?

-Sí.

Y me quedo ahí, alucinado, sin saber qué decir.  Recuerdo lo que pensaba… retirar todas mis inversiones y esperar la tormenta. Cuando esto se hiciese público la bolsa, todo el mundo en realidad, se volvería loco.  Pero no lo van a hacer público, ahora lo sé, no nos darán ocasión a protestar, a decidir.

Si Raúl hubiese sido solo un poco más tonto, si no hubiésemos tenido ese array de datos, habría sido otro el implicado y mi vida sería aún normal. Quizá estaría en la cárcel, pero no loco y desesperado. Ni tampoco en la mente de mi mejor amigo, al que acabo de matar.

Recuerdo que pasé la tarde mirando el monitor una y otra vez, recorriendo con el cursor las largas listas de datos, luchando por creérmelo. ¿Podía ser un error? ¿una casualidad? ¿datos aleatorios ordenados así por azar? Entraba dentro de lo posible, pero no, no lo era.

El tiempo pasa despacio cuando asistes de espectador a la vida de alguien. Sin poder hablar, sin poder obligarle a que se lave las manos después de ir al baño, sacándote los mocos con la tenacidad de un minero buscando diamantes o… ¡Dios!, follándote a tu propia mujer por intermedio de otro cuerpo, otros ritmos, otra sensación. Porque han vuelto a verse mientras yo me quedaba en la oficina. Fue de nuevo en el piso de Raúl, en Malasaña, ese sitio mugriento decorado con restos encontrados en las basuras, lámparas recicladas de calentadores de gas, mesas de mármoles rotos y cajas de madera. Un artista, sí, encima eso. Y ella disfruta más que conmigo, la veo excitada desde que abre la puerta, le brillan los ojos… zorra… si lo hubiese sabido antes. Lo sospechaba, pero lo creía solo una pelea más. De acuerdo, no debí pegarle aquel guantazo pero la mancha de carmín en mi camisa fue accidental, no había estado con otra, no debería habérmelo reprochado, menos cuando era ella la que me cultivaba unos hermosos cuernos. Y tan hermosos, como suda, como se mueve Raúl sobre ella y yo debo disfrutar con él, no puedo negarme. Quisiera que se muriesen los dos ahora mismo, pero no, esto ya ha pasado, no morirán aún. Sé exactamente cuándo lo harán y eso me alivia un poco. Quizá yo también esté ya muerto y esto solo sea un sueño, yo mismo metido dentro de un aparato y sirviendo a algún extraño juego alienígena. Quisiera creerlo

Tiempo, andar, respirar, caminar, salir a la calle desesperado, a comprar comida, vino, el raspar de la mano en el bolsillo buscando suelto para la máquina de tabaco, vuelta a subir las escaleras sabiendo que ella nos espera… María que está en un congreso, que me dejó un mensaje en el móvil diciéndomelo. María que lo recibe en el descansillo, desnuda, que apenas espera a llegar a la cama. Después y al fin cerrar los ojos tras el orgasmo y sentir el placer correr como una manada de cebras salvajes bajo la piel. Desearía aplastar cada una de ellas como una cucaracha inmunda, arrancarme los nervios, cegarme con los dedos, tirarme por la ventana.

Llega la oscuridad y ni siquiera puedo dormir, asisto a los sueños de Raúl. Ahí estoy yo, y ellos y sobre todo María, una María que es un paisaje amplio, deformado, un calidoscopio de carne y sensación que se extendía en todas las direcciones. Los sueños… por lo menos sé que todo esto no es real, solo la imaginación, solo eso… ahí estoy yo, diez metros de altura, grande como un castillo y de sonrisa afable para cogerle y sacarles de esas arenas movedizas de números dónde se ahoga. Me mira y tengo dos caras, una terrible, con cuernos de ciervo, la otra amable, un padre, toda esa mierda sicoanalítica, joder. Soy yo, su padre, su amigo, y el cornudo. Mierda, todo iba tan bien…, ¿por qué crecemos?,  quiero volver a los tiempos de la borrachera, de la juerga y las carcajadas que rompían el cielo, quiero regresar al seno de María mientras afuera truena y llueve; quiero volver a mirar a Raúl y sentir su compañía. Era tan fácil tener todo aquello….

Los segundos parecen horas, los minutos días. Sin embargo la noche pasa, llega el día, pasa la tarde pensando que diremos, que haremos. Nada, no hay opción, no hay preparación posible. Una cámara de fotos, las llaves del mercedes, unas linternas. Fuimos al encuentro de esos cabrones. Por lo menos los dos estábamos de acuerdo en algo, debíamos asegurarnos que eran reales antes de decir nada. Si hubiésemos sido anglosajones probablemente lo hubiéramos anunciado a los cuatro vientos, pero el miedo al ridículo nos pudo. Eran las 3:30 de la mañana.

Me he estado mirando, viéndome farfullar gilipolleces, continúo haciéndolo mientras conduzco. Sabía lo que pensaba por debajo de la charla. ¿Un encuentro con el futuro?, ¿un gran paso para la humanidad? Leche. Sólo los beneficios, cómo podíamos sacarle partido a aquello. Claro que no se lo dije a Raúl, él no entiende de esas cosas. Beneficios ¿para qué? Menudo imbécil soy, aún más grande que Raúl. Tiene su vida, tiene a mi mujer seguramente por lo mismo que yo -aunque aún no lo sepa- ya no la tengo. Se emociona con todo esto, con el desafío intelectual, con lo trascendente. Y yo… hubo un tiempo que pensaba igual, luego… algo sucedió. Joder. Raúl me mira conduciendo, fumando, la mandíbula tensa, no soy yo, Raúl lo nota. Conduzco el mercedes bajo la lluvia, Raúl no deja de mirar el velocímetro, sé que le acojonaba ir a 180 mientras subíamos a la sierra, seguramente lo hiciera por eso. No, siempre conducía así, a toda pastilla sin saber nunca a dónde llegar, ni si importaba dejarse los dientes en una cuneta.

La carretera es un túnel oscuro y húmedo. Raúl iba consultando el GPS del coche y el mapa. No desviamos por una carretera comarcal, luego tomamos una pista forestal. El agua amenazaba con hundir los bordes de tierra y tenía que ir conduciendo con cuidado. Menudo encuentro en la tercera fase, vaya par de gilipollas. Las 4 y estábamos ya allí. Detengo el motor y el brusco silencio revela el traqueteo del agua sobre el capó y el techo del coche. Afuera está muy oscuro, pronto los cristales se empañan y tengo que bajar la ventanilla. Silencio, el termo y el sabor amargo del café sin azúcar, como le gusta a Raúl.

No hubo luces, no hubo nada. Llegó la hora, tomamos las capas de agua del asiento trasero, las linternas, y salimos fuera. Llueve poco, muy poco y el cielo está cubierto y muy negro.

¡Joder! Aún no sé como aparecieron. Allí está la nave, un inmenso huevo negro y liso colgando en la oscuridad. Je, a Raúl también le temblaban las piernas, creía que había sido el único de los dos que se había acojonado tanto. Ahí estoy, enfocando la linterna a esa superficie enorme y mate colgada a cinco metros del suelo. El agua corre por ella y gotea hasta el suelo. Tampoco hubo puerta alguna, sonido, luz, de repente estaban ahí, en medio de la carretera. Los iluminamos mientras retrocedíamos contra el coche.

Ha vuelto la luz, esa sí la recuerdo, la luz que estalló dentro de nuestra cabeza, un doloroso calidoscopio que nos hizo caer al barro sujetándonos las sienes, llorando de dolor. Y luego… nada.. ya no están ni ellos ni la nave. Bueno, sí están, los noto aquí, adentro de la mente de Raúl junto conmigo. Hola cabrones… no me oyen, claro, sólo le hablan a Raúl, y lo hacen con imágenes que toman de nuestra mente. Es curioso, los símbolos que escogieron para Raúl eran diferentes que los míos. Lo veo ahora… un enorme desierto negro cubierto de hogueras. Uno de ellos va buscando por el suelo, en la oscuridad entre hoguera y hoguera. Encuentra algo, se agacha, una de las piedras está cubierta de hormigas, pequeñas hormigas que se mueven frenéticas. Y él sonríe con una dulzura infinita. Joder, parece un anuncio, son buenos, viajan por el cosmos visitando mundos. Se agacha sobre otra piedra, más hormigas; otra piedra, otras hormigas. Levanta la vista, hay una pradera inmensa punteada de luces… no tiene fin. Raúl está fascinado, le han comido el coco desde el primer momento.. a mí no me engañaron… en ese momento bajo la alucinación, estaba pensando dónde estaba el truco, el error. Ahora viene lo bueno… el marciano dibuja líneas sobre la arena que unen todos los guijarros que no tienen luz y luego esas líneas arden, iluminan, abren el camino al espacio. No, no a todos se les abre el camino, a una de las piedras no. Se agacha sobre ella, la acerca a la vista, yo también la veo de cerca, mira como las hormigas se matan sobre la superficie negra. Hay guerras, mueren de hambre. Es una piedra redonda, de color azul y blanco, una bella canica coloreada,  somos nosotros joder…

¿Y qué?, nos matamos, nos amamos, nos odiamos, tenemos derecho a ser como somos. ¡Joder!

Coge la piedra y la aísla, lejos de la luz, de los caminos, para ella no hay rutas a la luz solo un círculo, una prisión.

Ahí termina la visión. Ahora Raúl abre los ojos… es ya de día. ¡Dios!, está entumecido por una noche tirado bajo la lluvia, empapado y tiritando. El sol comienza a brillar bajo la capa de nubes. Duelen las articulaciones, hormiguean brazos y piernas.

-¿Qué ha pasado?

Oigo mi voz, veo mi cara

-No lo sé aún. Necesito un café.

El termo está vacío, ni una gota. Lo tiro en el coche y sin preocuparme de la tapicería, me siento al volante. Raúl no reacciona, está de pie, con la capa de agua, mirando al cielo.

-Vámonos.

Nos desperezamos y, sin una palabra, volvemos, sucios y temblando hasta Madrid, a casa de Raúl… ¡joder…! ¿por qué no se acordó? Idiota, maldito idiota.

Conduzco como un zombi, recuerdo que apenas veía la carretera, sólo aquellas visiones que nos habían estallado en mitad de la mente. Aparco en el parking de Tribunal y recorremos las calles sucios de barro, con ojos de drogata colgado, hasta llegar al piso de Raúl, subir en el ascensor, abrir la puerta y… en medio del salón… vestida únicamente con una camiseta y durmiendo en la enorme cama que domina todo el pequeño apartamento, Maria que debía estar en un congreso, lejos, aún cabreada conmigo pero acumulando ausencia para poder volver a empezar a la vuelta, tal y como había pasado tantas veces antes. Pero no esa vez, ya no hay vuelta atrás, todo está terminado. Raúl se acaba de dar cuenta. Yo no digo nada, je, cómo iba a decirlo, había un cocodrilo comiéndose mis entrañas. Intento vomitar en un rincón, pero no sale más que bilis, amargura, solo una pequeña porción del mar interminable en el que me ahogo. Raúl se apoya en la pared y mira, como un imbécil, sin saber qué hacer. ¡Dios! Mátame idiota, ahora, como a un caballo con una pierna rota, hazlo ahora, hazlo y todo irá bien. Pero no, me deja salir de allí sin una palabra, sin ni siquiera una mirada. Una puta hormiga hastiada, dolorida, que baja la escalera casi rodando en busca de una botella, una raya, algo que le saque del estupor, que le anestesie.

Raúl se sienta en el suelo y lentamente se lía un poco de hashis, movimientos premeditadamente lentos que poco a poco van calmando el temblor de las manos. Lo enciende, huelo el hedor acre de la vomitona que muere en las bocanadas ansiosas del tabaco dopado. Mira a María, que aún duerme, siempre ha tenido un sueño muy profundo, y espera que despierte.

Se levanta… ¿dónde va?… al baño… se mete vestido y todo en la bañera y deja que el agua caliente borre todo, que apague el cigarro que cuelga deshecho de la boca. El agua casi hierve, disuelve el barro, se lleva el frío. Ahora se desnuda, la piel se calienta y llega el cansancio. El piso esta frío, casi sin secarse se va a la cama con María. ¡Dios…! se tiende a su lado, la abraza, casi había olvidado el tacto de su piel, esa respiración profunda, los ritmos callados del cuerpo. Raúl ya no está, ha cerrado los ojos, pero sigo sintiendo su piel en mi palma, su cuerpo contra el mío…. es como vivirlo mil veces más cerca, mil veces más intenso. He imaginado esto cien veces, mil veces, ahora mientras Raúl la tiene en sus brazos estaré sentado en el coche, en el parking, empapado, imaginándomela tal y como está ahora. Luego arrancaré y, muy despacio, dejaré que el coche elija una ruta. Terminaré durmiendo en una cuneta en una carretera secundaria  camino de Burgos, cuando los ojos se me cierren y un sueño pesado llegue como una catarata. Pero ni aún así dejaré de ver a María en la cama de Raúl, durmiendo feliz.

-¿Ya estas despierta?

-Mmm, creo que sí.. ¿a qué hora llegaste ayer?

-Las siete

Raúl está sentado en la cama, fumando y mirando al cielo por la ventana de la buhardilla. Afuera, en el alfeizar hay sentada una paloma. Fuma y deja que el calor de la droga le ilumine la sangre.

-Ayer…

-Nada, no me creerías… eso no es lo peor

-¿Y?

-Oscar lo sabe

Remover de sábanas, cara larga…

-Je, no me digas que lo sientes.

-¡¡Joder!!

-Sí…

De repente, María se levanta. ¿A dónde vas, quédate con él? Total, el daño está hecho.

-Yo… no quería…

-¿Dónde vas?

-No sé, a casa, tengo que hablar con él, intentar…

La mira irse. Imbécil, yo no la hubiera dejado, es la mejor mujer que hay sobre la tierra… y yo… ¡Dios!, esto duele más de lo que pensaba. Quiero cerrar los ojos, pero no puedo, sigo mirando la puerta cerrada, sentado en la cama, sin capacidad para que Raúl se mueva, se cubra del frío, haga algo.

Al fin Raúl duerme y llegan de nuevo las imágenes, como me pasó a mi… aquí están.

Vuelve la llanura en sombras, las hogueras, la piedra azul rodeada de luz, nosotros. Esta vez la visión baja hasta la superficie de la tierra. Hay escenas, muchas imágenes como falsees veloces, hambre, guerra, muerte, tortura, asesinatos, riqueza indigna, pobreza, llanuras en sequía, ballenas masacradas. Joder, parece un puto reportaje de Amnistía Internacional o Greenpeace. Y ahora se detiene, desciende en todas esas escenas a la vez en una enorme caída vertiginosa hasta las pieles blancas, morenas, muertas, vivas, sangrantes. No se detiene ahí, sigue bajando el zoom, diez mil vahídos simultáneos que me arrastran.. y llegamos a las células, luego al núcleo, después a… qué… ¿qué es eso? Joder, los genes, el ADN, se desenrollan, están cambiando, lo están haciendo, lo van a hacer y no podemos hacer nada, nada. Joder, ¿qué derecho tienen a cambiarnos? Ahora regresa, ascendemos bruscamente, volvemos afuera y todo es… diferente… esos… esos ¿quiénes son? Somos nosotros, pero no nos parecemos, con cara de idiotas. Ya no hay diferencias entre los sexos -las mujeres son planas, los hombres efebos suaves-, ya no hay diferencias entre las razas, todo es uniforme y se entienden, no hay… nada.. no hay ciudades, no hay coches, solo casas sencillas, generadores naturales, maquinas extrañas que crecen de la tierra. Vuelvo a verlo y no me lo creo. Nos quieren transformar en eso, sin preguntarnos. Esto no es una consulta, solo nos lo muestran.

Y ahora el marciano nos alumbra con una luz que sale de sus manos. La luz cambia la llama amarilla de la destrucción que arde en la piedra y se vuelve azul estelar. La perspectiva cambia, ahora estamos sobre la piedra, rodeados de hormigas que miran al cielo, a la luz intensa. La rodean constelaciones, yo tuve el mismo sueño, parecido. La luz es suave, delicada, ausente de violencia, y sigue brillando arriba, en las constelaciones.

Raúl ha tenido que entenderlo, como hice yo. Los cabellos han tenido que volvérsele canos como me sucedió a mí. Desperté del sueño horrorizado, doliéndome hasta la última fibra de mi cuerpo, casi llorando. No solo es mi vida la que se iba al garete, era la de toda la tierra.

Salí de aquella cuneta y conduje de vuelta a Madrid a buscar una buena ducha, a pensar. Crecía una rabia sorda, desaparecía el paisaje, el pensar se hacía difícil, sólo había una imagen: María durmiendo en aquella cama, y en ella se resumía toda aquella locura que me calcinaba los pensamientos.

Raúl ha entendido al fin, corre vistiéndose, casi se mata al ponerse los calcetines. Llama a un taxi y se dirige directo a la oficina. Apenas llega saluda con un monosílabo huraño a la secretaria, a los becarios y se encierra en su despacho. Me lo contó luego, lo voy a ver ahora mismo. Las siguientes series de recepciones en esa frecuencia… son coherentes, hay información ahí… ahí están cursos completos de matemáticas, de física, de algo que parece un cruce entre la biología y la música. Todos empiezan de cero, enseñando los símbolos básicos y se complican rápidamente, sobrepasando nuestro estado actual de conocimientos. Es la iluminación que llega de las estrellas, maldita iluminación, maldita suerte. Y hay algo más, al final del todo, algo que hace que abra mucho los ojos…  yo también lo vi más tarde.

Suena el móvil. Puedo escuchar la conversación.

-Sí

-Soy María

-¿Estás bien?

-Sí, he ido a casa, Enrique no está. Ten.. tengo miedo.. lleva una pistola en el coche. ¿Lo sabes?

-Sí, pero.. bueno, ha sido un golpe para él, duro, pero no creo que …

-¿Tú crees?

-Si

-Estoy escuchando la puerta del garaje abriéndose, seguro que es él. Luego te llamo

Pero ya no llamará más, ya no podrá sonreír y arrastrar las palabras en susurros, o gritar con esos jadeos cortos que ella llamaba risa. Ya sólo podrá verme abrir la puerta, empapado, los ojos inyectados en sangre, y levantar la pistola apuntando a su cabeza. Y aquí Raúl .. Raúl, ¿qué pensará? Nada, está enfrascado en los datos, leyendo lo que implica el final del mensaje, el último paquete de datos que se repite 10 veces antes de que la señal se extinga.

La extinción como especie, un nuevo amanecer, joder, quién los había llamado, ¿quién? Tuvieron que salir de su madriguera, montar en sus huevos negros y recorrer la galaxia haciendo el “bien”. ¿Qué bien? ¡Mierda!

Tardo en llegar, recuerdo que me metí en la ducha, ciego, sordo, mientras aún olía a pólvora en la habitación. Cuando salí del baño goteando, todo parecía normal, una mañana cubierta, el cielo amenazaba lluvia otra vez, la cama desecha, sus libros en la mesilla, mis dossieres en la mía. Y ella despatarrada sobre la cama, ensangrentada, una bella araña de pelo y piel blanca espachurrada por las balas, carne muerta, ausencia, silencio.

Tardé en llegar a la oficina. El día había terminado ya, llovía y las calles estaban casi vacías. Todo el mundo se había marchado del edificio. Me escucho desde dentro de Raúl abrir la puerta. El corazón se le acelera, se levanta de la silla y espera detrás de la mesa. Abro la puerta, soy yo, oscuro, sombrío, vestido de cualquier manera, medio empapado y con la mirada turbia. Entro y me siento en el sofá, mirando a Raúl. Recuerdo que durante cada segundo me pesaba la automática en el bolsillo de la chaqueta, sentía su tirón sugerente, su llamada de metal celoso y eficaz.

-Viste a María

-Sí

No hay nada que decir, no hay palabras. Raúl me mira, se acerca a su armario y saca güisky, dos vasos, sin hielo. Me bebo el mío de un trago y Raúl lo rellena dos, tres veces. El también bebe. La única luz proviene del ordenador y de la calle.

-Ha terminado la transmisión. Hay cinco Terabytes de información científica.

No hablo, no respiro apenas, sólo lo miro.

-¿Entiendes lo que significa? Nos han dado su ciencia o la mayor parte de ella, lo importante. Nadie sabe que puede haber ahí, qué trascendentales descubrimientos. Me da miedo hasta pensarlo.

-Eres feliz con eso, ¿no?

Es una voz gutural, como de fiera al acecho. Raúl no responde, mira al ordenador, trastea con los datos.

-Hay… algo más. Mira

Me levanto, la pistola pesa más que nunca, meto la mano en el bolsillo y, por inercia, miro el monitor que en esos momentos no me importa absolutamente nada, hasta que lo veo, allí, en un diagrama muy claro. No sé como Raúl ha conseguido traducir y presentar la idea, pero esta allí. Miro la pantalla una y otra vez, luego a Raúl. Es un plano, un esquema de infección de un retrovirus. Primero Madrid, luego España, el resto del mundo después… todo el planeta. Con ese retrovirus inducirán los cambios genéticos, sin remedio, sin esperanza. Quizá nosotros no lo notemos, pero nuestros hijos, la siguiente generación, y la siguiente, y la otra ya serán otra especie. El hombre habrá muerto. No hay nada en la tierra que pueda impedir su contagio, que será silencioso, sin remedio. Y el epicentro de aquello es… el sitio de nuestro encuentro.

-Hay algo más, otra cita, esta noche. Quizá si les hablamos.. no sé, estoy confuso. Tú lo sabes igual que yo.. ¿qué es mejor? ¿seguir como estamos? ¿permitir que nos cambien?

Callo, hay silencio.

-Hay que impedirlo, acabar con ellos.

-Sí, quizá sí.

Volvimos al coche, le dije a Raúl que condujese, yo no podía abandonar el tacto del metal, necesitaba calentarlo con el calor de mi mano. Sabía que ahí dentro estaba María, una María inversa y destruida que el cañón del arma había devorado.

Fuimos despacio, Raúl conduce fatal, subiendo por la autopista, luego por las carreteras comarcales, luego el camino. El punto brilla en el GPS del coche, de nuevo el mismo lugar.

-Entiendes lo del monitor, no estoy seguro, no.. quizá.. no sé, no puedo pensar.

No respondo, no puedo. Siento cómo Raúl se esfuerza en dominar el coche, cómo mira a la oscuridad y a la vez intenta hablar. Llueve de nuevo y las gotas golpean con fuerza la chapa.

-Es… no sé… creo que tienen razón.. no funcionamos bien como especie, tenemos que cambiar. La agresividad, el sexo, las pasiones tan primarias.. ya sólo nos perjudican. Quizá lo han hecho ya con mil mundos, quizá gracias a eso los han salvado de sí mismos.

Claro que había entendido

-¿Y lo ves bien, claro?

-Eh

-…¿Que lleguen unos putos ETs y nos obliguen a cambiar, que en dos generaciones alteren todo el genoma humano? ¿Bien?

-Es una cosa sin remedio, a ellos también les pasó. Viste la grabación ¿no?

-Llegan, y sin preguntar, extinguen al homo sapiens y crean el homo imbecilus, el homo sometidus, una piltrafa babeante seguramente para ser más fácilmente conquistados.

-Esas ideas tan agresivas… la conciencia universal…

-¡Cuidado!

Casi nos salimos de la carretera. Mejor, hubiera sido mejor. Raúl está al borde de las lágrimas, su mente cree que es por emoción, ha decidido que eso es bueno, que es un paso natural, pero su cuerpo llora, sabe que es el fin de nuestra especie, la carne no es tonta, sabe y se rebela.

-Idiota, eres un idiota

Pasamos un pueblo completamente en sombras y sin nadie en las calles. A la salida del pueblo, ya en la pista forestal, le pido que se detenga al pasar por la cantera. Me veo levantarme del asiento. Voy a la parte de atrás y hurgo en el maletero. Luego corto la cadena que mantiene cerrada la verja metálica. Dos disparos dan cuenta del perro que se me echa encima. Raúl se encoge ante el ruido de las detonaciones.

Desde dentro de Raúl me veo forzar la caseta de los explosivos y regresar cargado con una caja de explosivo plástico. En el maletero tengo preparados el temporizador y los detonadores, las conexiones eran sencillas, conozco la hora a que llegarán con exactitud astronómica.

Recuerdo que me quedé mirando el maletero, el pequeño paquete de explosivos. ¡Qué gesto absurdo! No hay opción a nada, no hay posibilidad de lucha, es como si un mono pretendiese acabar con el científico que lo quiere estudiar,  a lo sumo puede morderle una mano. Bueno, es un gesto.

Regreso al asiento del copiloto y le hago un gesto para que continúe.

-¿Desde cuándo estás con María?

-Dos meses, desde que tuviste aquel lío con Sonia, en la fiesta de la empresa, y desapareciste. Yo la lleve a casa.

Sonia no era nada, Sonia sólo era un cuerpo, un lugar, una geografía, nada. Sólo dos besos en el baño, carne tersa en mis manos, solo el elástico de sus bragas hiriéndome las manos.

-Necesitaba cariño… yo también.

-¿Y no había otro disponible? ¡Joder, Raúl!

-¡Dios Enrique! ¿y qué quieres? ¿que el mundo gire a tu alrededor? ¿Que todos seamos y hagamos lo que tu deseas para que tu mundo no se desmorone?

-Cuidado con el volante.

Ya quedaba poco, la pista amenazada de desmorones por la lluvia. La oscuridad devoraba el mundo. Había dejado de llover.

¿Qué quería? ¿Que el mundo fuese distinto, que no muriesen las ilusiones, que no hubiese mañana?, ¿que el futuro no se arrastrase penosamente hasta depositar sus estratos sobre mi cama?; ¿que la vida brillase siempre como el filo de un amanecer loco, harto de beber, de follar, de vivir?. ¿Qué quería? A María y él se la había llevado. La quiero aún, y a él, al imbécil de Raúl. Le amo intensamente mientras me veo levantar la automática, mientras Raúl abandona el volante y se protege con las manos intentando parar la bala. Estalla el mundo, el coche es una estrella de luz blanca que arde ¿dónde?, en un vacío punteado de fuegos, líneas de luz que cruzan la noche y unen pequeños pedazos de piedra negra.

© Eduardo Vaquerizo
Reproducido con permiso del autor

Literatura prospectiva
Humo y espejos

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En Literatura prospectiva, web dedicada al estudio de la ciencia ficción, se incluye un breve artículo en el que se habla de la génesis de El resto es silencio.

© Humo y espejos
Reproducido con permiso del autor

La sangre
José Luis Rendueles

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Por la mañana sangró por primera vez.

Su madre le había comentado los cambios que se iban a producir en su cuerpo, así que no la pilló de sorpresa.

Para lo que no estaba preparada fue para el ansia que la invadió. Ahora que ya era adulta, tenía que probarlo.

Escoger su primera víctima fue fácil: el borrachín que un par de meses atrás le había dicho que tenía cara de vicio, y la había invitado a ver una película de dibujos animados.

Aquella vez le había comprado una coca-cola y un cubo grande de palomitas, y había hecho que se sentara a su lado, en la fila de atrás.

En mitad de la película le había cogido la mano, apoyándola en su miembro y, sin soltarla, empezó a frotarse contra su palma.

Había acabado con un gemido, y un chorro líquido quedó goteando de su mano de once años. Después, se había marchado sin decirle nada, y ella había sentido su olor acre en cada puñado de palomitas que había metido en la boca.

No había vuelto a verlo desde entonces. Intentó no parar por los sitios donde era seguro encontrarlo.

Pero muchas veces había sentido que alguien la miraba.

Por eso, fue él la persona a la que buscó para celebrar su primera sangre.

Fue tan torpe como la otra vez. Con la mirada perdida, la invitó a ir al cine. Aceptó y también se sentaron en la última fila. Recordando el sabor de la vez anterior, no pidió palomitas.

Apenas habían pasado veinte minutos, cuando sintió su respiración acelerada, y la mano tanteando en la oscuridad para encontrar la suya.

Esta vez, fue ella la que tomó la iniciativa. Le apartó la mano, y se inclinó sobre él para hacerle lo mismo que la otra vez, pero ahora con la boca.

Ahora podía hacerlo, ya era adulta.

El hombre no protestó, murió feliz, desangrado, mientras ella mamaba, probando la elasticidad de los colmillos nuevos que le habían salido esa misma mañana.

© José Luis Rendueles
Reproducido con permiso del autor

La fraternidad de Babel
Humo y espejos

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Desde su siempre interesante blog, César Mallorquí habla un poco de El resto es silencio y aprovecha para repasar brevemente la generación de autores de ciencia ficción y fantasía que surgieron en los años noventa en el seno del fandom (el núcleo más activo de aficionados) español.

© Humo y espejos
Reproducido con permiso del autor

Besos de alacrán
León Arsenal

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Como cada mañana, el capitán Moctaur había subido a la torre de control. Siguiendo la costumbre de años, lo hizo por la escalera exterior, ascendiendo hasta lo más alto para terminar acodándose en la barandilla del piso superior, a contemplar ociosamente el bosque claro, las arboledas dispersas y los herbazales acariciados por la brisa, más allá de la descuidada pista del astropuerto.

En un extremo de las instalaciones, perdida entre las hierbas verdes y amarillas, yacía una vieja lanzadera abandonada, con el casco enrojecido por la herrumbre. Gigantescos insectos alados de caparazones brillantes danzaban entre la vegetación. Una bandada de aves, de plumajes multicolores, sobrevoló el astropuerto antes de alejarse hacia el sur. Con indolencia, el capitán se colocó un cigarrillo entre los labios, siguiendo con la vista el vuelo de la formación, que aleteaba perezosamente en el cielo azul sin nubes de Balifata II.

El capitán Moctaur hizo visera sobre los ojos. Allí, punteando el cielo a unos pocos grados más al sur que la bandada, algo volaba a baja altura, acercándose al astropuerto. Enfocó sus prismáticos sobre aquella mota. Un transporte, una gran nave aérea se desplazaba muy lentamente en el aire claro de la mañana, planeando a unos pocos metros por encima de las ondulantes copas de los árboles. Pensativamente, el capitán encendió el cigarrillo y lanzó una bocanada de humo que la brisa dispersó casi de inmediato. Luego, con una última mirada al lento transporte, entró en la penumbra de la sala de control.

Casi al descuido, comprobó que las defensas autómatas del astropuerto estuvieran activas. El capitán no creía seriamente en la posibilidad de un ataque de piratas. Diez años de servicio en Balifata II le había acostumbrado a las naves que llegaban furtivamente, volando a muy baja altura para esquivar los sensores de otros aparatos.

—A ver, esa nave sin identificar que se aproxima volando desde el sur —avisó por el sistema de comunicaciones—. A ver si me recibe, cambio.

Silencio.

—Nave desconocida acercándose al astropuerto de Balifata II desde el sur. Nave desconocida acercándose al astropuerto de Balifata II desde el sur —advirtió más formalmente—. Aquí Control. Identifíquese inmediatamente o cambie de rumbo. De lo contrario, será derribada por las defensas del astropuerto.

Casi al momento el monitor parpadeó, mostrando un rostro fatigado.

—Control, Capitán Moctaur… —Titubeó—. Escuche, tengo serios problemas, yo…

—¿Problemas técnicos?

—No, negativo. —Volvió a vacilar—. Me persiguen, soy yo quien está en peligro, necesito que me ayude…

Moctaur se recostó en su asiento. En su calidad de capitán del astropuerto de Balifata II —el único operador del único astropuerto en todo el planeta—, era además el administrador de los asuntos humanos, así como el representante oficial ante la especie indígena.

—De acuerdo, de acuerdo. —Volvió a reparar en el aspecto agotado del piloto del transporte—. Vamos a ver: tome tierra en la pista auxiliar tres, pista auxiliar tres. Cuando haya aterrizado, hablaremos.

Mientras bajaba por la escalera exterior, el capitán Moctaur contempló algo inquieto cómo la nave descendía con lentitud, dando bandazos y dispersando a su paso las nubes de insectos multicolores. El piloto maniobraba con tanta torpeza que, durante unos instantes, el capitán temió que el transporte acabara estrellándose contra la pista circular pintada de rojo.

Por fin, la rampa se abrió con un sordo zumbido y el piloto, mugriento y demacrado, tal como le habían mostrado los monitores, descendió entornado los ojos y lagrimeando bajo el súbito estallido de luz. Reculó al vislumbrar al hosco capitán del astropuerto, que se acercaba con el torso desnudo, un visor oscuro sobre los ojos y un pesado fusil de dos cañones en ristre.

—No se preocupe. —Moctaur palmeó su arma, advirtiendo la aprensión de su visitante—. Lo llevo por costumbre.

—Capitán Moctaur… mi nombre es Ónlifan Déglet…

—Le recuerdo perfectamente, Déglet. —El capitán cabeceó. Balifata II sostenía una reducida colonia humana, apenas dos centenares de individuos, técnicos y operadores en su gran mayoría, dispersos por todo el planeta. Y el capitán Moctaur era de los que se vanagloriaban de conocer a cada uno de ellos—. ¿Dónde aprendió usted a pilotar?

—No tengo licencia de ninguna clase, he venido volando en semiautomático…

—Ya. —Examinó la gran mole del transporte, los números de identificación, los logotipos comerciales pintados sobre el casco metálico—. Esta es una nave de transporte industrial. ¿Cómo la ha conseguido?

—La robé —aceptó llanamente su interlocutor.

El capitán Moctaur guardó silencio un par de segundos.

—De acuerdo, Déglet, ya arreglaremos eso. —Terciando descuidadamente su fusil sobre el hombro, hizo un gesto amable hacia su visitante—. Pero ahora, vamos dentro. Me parece que está muy cansado. Primero, repose un poco; ya hablaremos después.

* * *

Acomodándose en su asiento, el capitán Moctaur ofreció un cigarrillo a su visitante. Éste, visiblemente relajado tras una ducha y un par de sedantes, lo rechazó con un gesto. En silencio, el capitán escanció un par de vasos de licor amarillento y ofreció uno de ellos a su huésped.

—Bueno. —Ónlifan Déglet agitó la cabeza, llevándose la bebida a los labios—. Vine a este planeta con un contrato de técnico, hará ya casi tres años. Me reclutaron para el trabajo en Ante Dibayim… es mi mundo natal.

—Supongo. —El capitán encendió su cigarrillo— que antes de firmar le informaron cuidadosamente de lo que iba a encontrar en el planeta.

—No puedo negarlo. En realidad —esbozó una sonrisa desanimada—, yo ya había oído hablar sobre Balifata II y las Caravenig.

—Ya. —El capitán lanzó una bocanada de humo, asintiendo pensativamente—. Prosiga.

—Bueno. Desde mi llegada he estado trabajando en una de las factorías alimenticias del hemisferio sur, en Escaín Malum. Allí, la colonia de humanos es muy pequeña; cinco personas en total. Los primeros meses fueron realmente aburridos, la verdad, mucho más duros de lo que yo había pensado. Los otros técnicos de la colonia eran gente poco sociable, por lo menos con los otros humanos: rara vez se les veía fuera del trabajo. Uno de ellos es un verdadero ermitaño, una especie de misántropo; los otros tres preferían la compañía de las caravenig.

»Al principio, me volqué exclusivamente en mi trabajo, manejando la maquinaria extraplanetaria. En aquella época, mi trato con las caravenig era cortés pero frío, puramente profesional. Recuerdo lo mucho que me sorprendió que ellas mantuvieran la misma actitud hacia mí, como obligándose a mantener las distancias… después de todo, las habladurías las presentan como una especie de sirenas…

El capitán esbozó una sonrisa despectiva, sin hacer comentarios.

—Esa época fue espantosa; según fueron pasando los meses, aquel régimen de vida tan solitario se me hizo insoportable. Al final, supongo que era inevitable, comencé a tratarme con las caravenig: un comentario aquí, una pequeña charla allá. No me resultó nada difícil: pese a todo lo que digan de ellas, no son monstruos.

—Claro que no, hombre —rezongó el capitán—. ¿Pero quién ha dicho esa tontería? Las caravenig son civilizadas, cultas, amables… a mi juicio, como especie, su media es muy superior a la de los humanos.

—Si, bien, Poco a poco, fui congeniando con ellas, introduciéndome en su sociedad, aunque tardé en olvidar mis prevenciones; y algunas caravenig siempre guardaron las distancias conmigo, nunca comprendí por qué.

—¿No lo entiende? —El capitán volvió a sonreír sin ningún humor—. Los humanos y las hembras caravenig sienten una atracción mutua inevitable. Pero lo que unos —se golpeó el pecho desnudo con el índice— llamamos uniones híbridas, otros lo llaman xenofilia. Dicen que es una perversión de orden sexual. En ciertos sitios, uno puede ser perseguido legalmente, aunque ellos lo llaman “ser puesto bajo tutela de las autoridades”. Sin contar todos los planetas donde, aún siendo aceptado, uno se convierte en un enfermo a ojos de la gente, un paria social. Y muchas caravenig tampoco ven con buenos ojos la relación de sus congéneres con alienígenas… aunque sus motivos sean menos palurdos que los de los humanos.

—Nunca lo había pensado. Lo cierto es que tanto las caravenig como yo, como de común acuerdo, manteníamos una especie de juego de etiquetas, era algo ambiguo… es cierto que hay una atracción mutua muy fuerte. En fin, luego conocí a Eriticlana.

Se detuvo. El capitán sirvió más bebida sin decir palabra, observando los ojos de su visitante, enturbiados por los tranquilizantes.

—La existencia en Balifata II puede ser muy agradable; es un mundo tan lleno de luz, de colores. —Ónlifan Déglet agitó distraídamente su vaso, haciendo oscilar la bebida amarillenta—. Eriticlana y yo hemos estado juntos durante dos años, dos años que parecen haber pasado en un soplo. Pero —suspiró—, al mismo tiempo parece que hubiera transcurrido toda una vida. No hay nada que pueda compararse a la relación entre una caravenig y un humano, nada. Es verdad todo eso que se cuenta por ahí, en los planetas.

Y esos cuentos, se dijo para sí el capitán Moctaur, aunque tú no lo sepas, fueron el anzuelo que usaron para atraerte al planeta… lo mismo que a mí.

—Las caravenig son alienígenas y sin embargo son tan parecidas a las mujeres humanas; tan parecidas y tan distintas. —El técnico hizo rodar su vaso entre los dedos, hablando con lentitud—. Es una situación tan contradictoria… todo en ellas resulta tan familiar, y a la vez tan extraño. Hace perder la cabeza, emborracha, esclaviza. Podía pasarme horas mirando a Eriticlana, acariciando su pelo, su piel; esa piel de las caravenig que tiene un tacto tan… —Incapaz de encontrar las palabras, agitó vanamente los dedos en el aire—. Tienen una forma de moverse, de mirar, de ser… no sé como explicárselo.

—No necesita hacerlo —le interrumpió con voz suave el capitán Moctaur—. Sé perfectamente como son las caravenig.

—Si, claro, que tontería. —Su interlocutor gesticuló azarado—. Estoy algo confuso con estos medicamentos. En fin. Llevábamos una vida tranquila, sencilla, feliz. Hasta que ella comenzó a cambiar. No fue un cambio a mejor ni a peor, no, ni de un día para otro. Pero empezó a comportarse de una forma distinta, cada vez más, como si se estuviera convirtiendo en otra persona. Yo no encontraba ninguna causa justificada, no sabía a qué atribuirlo, y poco a poco comencé a sentir miedo. Por supuesto, habíamos tomado todas las precauciones posibles para evitar un embarazo: conocíamos demasiado bien las consecuencias de la fecundación en las caravenig. Realmente, no hubo ningún cambio en nuestra relación… pero yo no podía evitar el sentir que aquella alteración de su carácter no presagiaba nada bueno, que era el preludio del desastre.

El capitán cabeceó en silencio, invitándole con un ademán a proseguir.

—Comencé a espiar sus movimientos; la vigilaba continuamente, cada vez más atemorizado. Así, llegó el día en que la sorprendí frente al espejo. Es como si aún lo estuviera viendo. Ella estaba allí plantada, desnuda, sonriendo y haciéndose mohines a sí misma, atusándose el pelo, contoneándose sin cesar mientras admiraba el rudimentario aguijón que acababa de nacer en la base de su espalda. —Con un suspiro, se pasó los dedos entreabiertos por el cabello—. Eso es lo más espantoso, lo que me hizo huir a lo loco de nuestra casa. No la transformación en sí, sino el hecho de que ella estuviera tan feliz, que disfrutara tanto con su metamorfosis…

Hubo un largo silencio.

—Comprendo. —El capitán se levantó y, con las manos en los bolsillos, se asomó a las cristaleras—. Déjeme explicarle algo. En los caravenig, los dos géneros están mucho más descompensados que entre los humanos. No se trata sólo de que las hembras sean inteligentes, sociales, longevas; mientras que los machos son seres de corta vida y semi-inteligentes. Las hembras caravenig son las portadoras de los juegos de cromosomas masculinos y femeninos de la raza, al revés de lo que sucede entre los humanos. A nivel de especie, los machos son poco más que vehículos orgánicos de material genético. De hecho, ni siquiera son imprescindibles para la perpetuación de la especie.

»Las hembras caravenig, eso lo sabe usted muy bien, pueden ser, bajo ciertas condiciones, autofecundas. Puede llegar a producirse la meiosis, la escisión del núcleo, sin el concurso del macho, dando lugar a individuos haploides, seres con la mitad de los cromosomas. Desgraciadamente, la excitación sostenida es uno de los factores que se supone que pueden desencadenar el fenómeno. Por eso las uniones entre terrestres y caravenig resultan fértiles, en un sentido figurado, claro. Pueden tomarse precauciones, retrasarse, pero al final… y, entre los caravenig, la hembra preñada siempre mata al macho.

—Lo sé, lo sé —balbuceo Déglet—. Pero ella, ella disfrutaba con el cambio… y yo pensé, pensaba…

—Son alienígenas, joder, alienígenas. —El capitán gesticuló en el aire—. ¿Por qué le resulta eso tan difícil de entender a la gente? No pueden evitar ser como son. Ese aguijón que vio en la espalda de su mujer, eso no es nada comparado con la metamorfosis interior. Se transforman en seres distintos una vez fecundadas. Es su naturaleza y considerarlas monstruos es tan injusto como recriminar a un humano que envejezca… en fin, ¿qué sucedió después?

—Escapé a ciegas. Durante tres días estuve dando vueltas sin ton ni son. Luego, recuperé un poco de sentido común, volví a la factoría y robé ese transporte. Vine hacia aquí volando en semiautomático, a velocidad económica para poder llegar. Usted es administrador de los asuntos humanos en Balifata II, tiene que ayudarme.

El capitán movió lentamente la cabeza.

—Eso es imposible. —Suavizó la negativa con un tono de voz amable—. ¿Cuantas veces habré oído lo mismo? No. —Tendió una mano para evitar que su interlocutor le interrumpiera—. Escúcheme. Yo mismo tramité su contrato matrimonial, lo recuerdo, tengo buena memoria. También recuerdo lo cuidadosamente que le expliqué la cláusula de muerte incluida en él. Usted lo aceptó: aceptó quedar a merced de su esposa y ni yo ni ninguna autoridad humana podemos hacer nada por usted.

El técnico le miró anonadado.

—Pero, ¿es que piensa entregarme? —Agitó aturdido la cabeza—. Ella va a matarme, matarme.

—No, no pienso hacer tal cosa. Tranquilícese. —El capitán Moctaur encendió un nuevo cigarrillo—. Oficialmente, no puedo ayudarle. Pero, bajo mano, le daré una nave, y armas, y una lista de los vuelos interplanetarios programados. También le daré un consejo. —Hizo una pausa, observando la expresión turbada de su interlocutor.

»Escuche —continuó, dando una pensativa calada—. Hay quien piensa que las uniones entre caravenig y humanos son una aberración, especialmente perversa en este caso. Una parte de las caravenig también las reprueban: consideran horrible el aparearse con el ser humano, ya que eso les conduce, tarde o temprano, al asesinato de un ser inteligente… entre ellas, la muerte del macho es un impulso atávico, una compulsión a la que no pueden sustraerse.

»Hace ya años, vino a Balifata II un experto, un xenólogo que tenía sus propias ideas. Hablamos mucho. Él afirmaba que las caravenig y los humanos son dos sexos complementarios de dos especies física y mentalmente ajenas y sin embargo parecidas. Según él, en esa polaridad —hizo girar dos dedos en el aire—, en el intercambio de señales, reconocibles pero distorsionadas, es donde reside la tremenda atracción entre ambos. Cada uno ve en el otro como algo familiar a la vez que diferente. Y en el caso de las caravenig es aún más fuerte, porque se encuentran ante una pareja inteligente, cosa que el macho caravenig no es. Es una especie de magnetismo que ninguno puede evitar una vez desencadenado.

»Además, él sospechaba que los humanos contratados para trabajar en este planeta son cuidadosamente seleccionados. Parece ser que existe en algunos sujetos de nuestra especie un instinto, un deseo de muerte que acude irremediablemente al reclamo de cosas como las historias que se cuentan sobre las caravenig. Esos son los elegidos preferentemente por las agencias que surten de trabajadores a Balifata II. De hecho, aparte de gente así, pocos son los que aceptan un contrato para trabajar aquí.

El técnico volvió a pasar sus dedos por entre el cabello.

—¿Y usted? —inquirió de repente.

—Probablemente, yo también fui elegido de acuerdo con un patrón prefijado. Aunque en mi caso la selección fue hecha por las autoridades humanas y, desde luego —sonrió sombríamente—, el perfil buscado era otro bien distinto. Siempre suponiendo que aquel xenólogo estuviera en lo cierto. Todos sus conocimientos no debieron bastar para salvarle, porque se internó en el planeta y nunca más se supo de él.

»Con todo esto que le estoy contando, lo que quiero es avisarle. Si él tenía razón, la gente como usted puede trabajar contra sí misma, desear en el fondo que su esposa caravenig acabe encontrándole. Téngalo muy en cuenta. Huya a alguna zona despoblada, escóndase; tienda una emboscada a su mujer, si se atreve. No le plante cara; cuando están en ese estado, las caravenig son máquinas de matar. Le daré una nave; no anule el sistema automático, así podré recuperarla. Si lo hace, seré yo quien salga a buscarle. Intente matar o despistar a su esposa, luego vuelva. Si lo consigue, yo me encargaré de ocultarle en algún transporte interplanetario. Sobre todo, sea prudente —añadió, recordando a cuantos habían sido atrapados al pie mismo de la pista, y como habían sido arrastrados gritando hacia su muerte, tras las arboledas.

—¿Es factible? —el técnico esbozó una sonrisa desganada—. ¿Hay alguien que lo haya logrado?

—Por supuesto —mintió el capitán, alegrándose de llevar los ojos ocultos tras el visor.

* * *

En mitad de la noche, una nave aérea proveniente del sur sobrevoló el astropuerto, antes de descender lentamente, con todas sus luces de posición pulsando. Perdido entre las sombras, el capitán Moctaur observó como aterrizaba para posarse entre los herbazales al borde de la pista. Durante largos minutos no hubo ningún movimiento, las luces del aparato parpadeaban, la propulsión ronroneaba en la oscuridad. Por último, con tranquilidad, el piloto descendió.

El visitante, una mujer, paseó su mirada por las desiertas instalaciones: la pista descuidada, la torre de control a oscuras, el pequeño almacén de piedra. Las copas de los árboles y las hierbas susurraban mecidas por la brisa, los insectos nocturnos zumbaban alrededor de las dispersas luces blancas del astropuerto. Volvió los ojos hacia la torre. Desde allí, saliendo de las sombras, el capitán Moctaur se acercaba a ella, cruzando la pista con su pesado fusil de dos cañones bajo el brazo.

Caminando sin prisas a su encuentro, el capitán examinó a esa visitante nocturna. En la penumbra, aparecía como una caravenig típica, con su espectacular melena listada de negro y dorado, ojos rasgados de pupilas inhumanas, boca jugosa y expresiva. Vestía un funcional mono azulado, lleno de bolsillos, e iba aparentemente desarmada. Mujer y alienígena a la vez, se dijo el capitán, tan atractiva para un humano como todas las caravenig.

—¿Puedo servirla en algo? —Fusil en ristre, se detuvo a unos pasos.

—Soy Dor-Lipi Eriticlana. —La alienígena le dedicó una larga mirada. Su voz era extraña, llena de matices insólitos y, sin embargo, agradables—. Busco a mi esposo. Un humano llamado Ónlifan Déglet.

—No está aquí. —El capitán cabeceó.

—Pero estuvo.

—Es cierto —aceptó—. Pero ya se ha marchado.

—Le encontraré. —Hubo una pausa en la que la caravenig y el humano se contemplaron con mutuo interés—. Después, tras el desove, volveré.

El capitán ladeó la cabeza, mirando en el interior de los ojos rasgados de la alienígena.

—Chica —dijo con suavidad—. ¿Sabes quien soy yo?

—Claro, eres el capitán Moctaur, todas en Balifata II han oído hablar de ti. —Sonriendo, sacudió su espesa cabellera negra y dorada—. Sin embargo, si quieres, me gustaría volver.

Moctaur acarició pensativo los cañones de su arma.

—Aquí me encontrarás —dijo simplemente.

La caravenig le dedicó otra gran sonrisa entre las sombras, antes de darle la espalda y volver a su nave. El capitán encendió un cigarrillo y se quedó a contemplar el despegue del rechoncho aparato constelado de luces. Apoyó los cañones de su fusil en el hombro y fue deambulando lentamente por el margen de la pista, lanzando blancas bocanadas de humo que se alejaban flotando en la oscuridad. A lo largo de su paseo, volviendo de vez en cuando la cabeza, escudriñaba con atención las arboledas en tinieblas, sin descubrir nunca nada.

Y sin embargo, cuando las lunas estaban llenas, Moctaur solía vislumbrar al fantasma de su tercera esposa correteando por entre los árboles. Muchas veces, el capitán se había internado en la espesura, corriendo en vano en pos de aquella aparición que le esquivaba una y otra vez, antes de terminar esfumándose en la noche, dejando tras de sí los ecos de una risa maliciosa. Era por eso, por aquella risa que él tan bien recordaba en labios de su tercera mujer, que el capitán acariciaba la esperanza de que ella, a la que tanto había querido, no le guardara ningún rencor.

Volviendo a girar la cabeza, contempló caviloso la oscuridad. En algún punto, en línea recta tras las primeras filas de árboles, aguardaba el cementerio particular del capitán Moctaur. En aquel lugar, cuidadosamente alineadas, estaban las tumbas de sus seis esposas caravenig. El capitán las había ido degollando con su cuchillo, largo y afilado, con la hoja parecida a la de una guadaña. También, a cierta distancia, había otra veintena de sepulturas descuidadas y anárquicamente distribuidas. Esas contenían a humanos: unos eran parientes y amigos de víctimas de caravenig, otros asesinos a sueldo. Cada cierto tiempo, alguno de ellos llegaba en misión de venganza al planeta. E, invariablemente, el capitán acababa con él a tiros, apenas pisaba Balifata II, antes de arrastrar cansinamente el cadáver a través de la pista y la arboleda, y abrir una nueva fosa.

Arriba, la nave caravenig era aún visible, una pequeña mota luminosa que cruzaba el cielo nocturno. Sin duda, ella terminaría por encontrar a su esposo humano, aquel pobre infeliz, y le mataría. El capitán Moctaur arrojó la colilla, viendo como volaba la brasa, a través de la oscuridad, hasta chocar contra el firme de la pista y deshacerse en un surtidor de chispas rojas. Recordó los brillos que ardían en los ojos rasgados de la caravenig. Los humanos y las caravenig eran sexos altamente compatibles, demasiado. Aquellas uniones híbridas rebosaban de sensaciones y sentimientos nuevos y exóticos, totalmente desconocidos en las respectivas especies. El capitán Moctaur contempló las siluetas de los árboles balanceándose en la oscuridad. Dor-Lipi Eriticlana volvería. Juntos, compartirían de nuevo el veneno que una vez catado ya nunca podía evitarse. Juntos, hasta que llegara lo inevitable. Entonces, uno de ellos acabaría con el otro; sólo para echarle luego de menos y comenzar otra vez la búsqueda de alguien en quien avivar ese fuego entre cuyas llamas suele lacerarse a sí mismo el alacrán.

© León Arsenal
Reproducido con permiso del autor

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Juan Ramón Biedma

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En las tres semanas que llevo sustituyendo al capellán del Centro Psiquiátrico Penitenciario de Humilladero, Málaga, he asistido a toda clase de representaciones  por algunos de los personajes más extraños que haya podido conocer en mis recorridos por este purgatorio, pero tengo la sensación de que todo lo que escuché  esta mañana en la voz de una chica de poco más de veinte años era peor; o sea, de que era verdad.

Se trata del desenlace de lo que el informe judicial describe como un asunto que la policía empezó investigando como un  caso de secuestro.

Antes de que la memoria me traicione o me socorra, intentaré plasmar, lo más fielmente posible, la conversación que acabo de oír a través del micrófono oculto entre el doctor Omar Castilla, responsable de psiquiatría de agudos, y la interna, que llegó hace dos días a la institución.

No sabría decir exactamente como vestía ni se me han grabado sus rasgos, pero conservo el recuerdo de que su ropa, como su pelo, sus ojos y su piel eran muy claros, acordes con la serenidad de su voz, y eso hacían aún más desasosegantes  sus declaraciones.

Padre Full

* * *

-Me has dicho que eras una niña solitaria… ¿no tenías amigas o compañeros de juego?

-No los necesitaba. Jugaba al escondite conmigo misma. Con eso me bastaba.

-¿Tampoco te relacionaste con más gente en el instituto o en la facultad?

-Apenas. Además, cambiábamos de domicilio y de ciudad continuamente.

-¿A partir del momento en que tu padre y tú abandonasteis a tu madre?

-Y antes. Nunca pertenecimos a ningún sitio.

-Después de marcharos, ¿tu padre y tú seguisteis moviéndoos?

-Viajábamos todo el tiempo. A veces él solo. Vivíamos de trabajos temporales, en pensiones o en pisos alquilados. Trabajos basura en casas basura. Pero yo no diría que lográramos movernos.

-¿Cómo lo asumió tu madre?

-¿El que la dejáramos?

-Eso, y el hecho de que su marido iniciara una relación marital, sexual, con su propia hija. Aunque fuera una relación consentida y deseada por él y por ti, como antes me dejaste muy claro.

-Es difícil saber lo que sentía… también jugaba al escondite consigo misma… ella me enseñó. Después nos fuimos.

-¿Fuisteis felices?

-Claro que no.

-¿Deseabas abandonar esa forma de vida?

-Claro que no.

-La niña tenía seis años cuando murió.

-…

-Era tu hija y tu hermana. Y era hija y nieta de tu padre.

-…

-La dejaste encerrada en el sótano hasta que murió de inanición durante uno de los viajes de tu padre.

-…

-¿Quieres decirme por qué lo hiciste?

-…

-Podemos hablar de otra cosa, si lo prefieres.

-… la estaba enseñando a jugar al escondite. Era la única herencia que podía dejarle.

© Juan Ramón Biedma
Reproducido con permiso del autor