El resto es silencio -

El resto es silencio

Materia oscura
César Mallorquí

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Pchapcharimé. Diez de Junio.

Hace tiempo me contaron una historia: Cierto individuo que paseaba por un parque se detuvo frente a una zarza erizada de espinas. La miró durante unos segundos y, acto seguido, saltó sobre ella. Cuando consiguieron rescatarlo, lleno de heridas y cubierto de sangre, le preguntaron: “¿Por qué se arrojó a la zarza?”. El hombre contestó: “No sé; al principio me pareció buena idea”.

Pues exactamente lo mismo me pasó a mí cuando el profesor Salgado sugirió que realizase mi primer trabajo de campo en la selva brasileña, estudiando a la tribu Pchapchá: al principio me pareció buena idea.

(Un momento, un momento. No estoy escribiendo un informe técnico, pero eso no significa que deba renunciar al más mínimo rigor).

Esto es el diario de Pablo Vasla, antropólogo, y morador desde hace tres meses en Pchapcharimé, el poblado de los pchapchá. Soy el único occidental que hay aquí. Vivo en una pequeña cabaña en la cima de un árbol, y dispongo de todo lo que un antropólogo pueda desear: grabadora, máquina fotográfica, cuadernos de apuntes y una tribu casi desconocida a la que estudiar. El único problema es que, después de tres meses de vivir aquí, lo único que he grabado han sido conversaciones sin interés (charlas banales sobre el tiempo o las mujeres), las únicas fotos que he tomado son de índole turística y en mis cuadernos de apuntes no he apuntado nada. Por eso he comenzado a escribir este diario: porque me estoy volviendo loco.

Y la causa son los pchapchá, el mayor atajo de vagos e incultos que me he echado a la cara. En serio, comparado con ellos, el pueblo más primitivo del planeta parecería un república de sabios. Si no he escrito ni una nota, ni un comentario, sobre los pchapchá es porque no hay nada que decir. No puedo estudiarles porque no existe materia que estudiar. Es desesperante.

“¿Ha pensado en los pchapchá?”, me dijo el profesor Salgado, mi tutor en los cursos de doctorado. “Ya sabe, esa tribu que descubrieron hace unos años en la Amazonia. Sería un buen trabajo de campo. El doctor Castelo-Silva los estudió sobre el terreno, pero su labor fue muy decepcionante…”.

¿Decepcionante? Oh, vamos. Castelo-Silva fue un héroe. El pobre tipo bastante hizo con descifrar su idioma.

Desde la ventana de mi choza veo al Rey-Sol sentado sobre su atalaya, por encima de la selva, contemplando impasible el sol a través de un cristal oscuro. Está hasta arriba de gupta, drogado como un yonqui. Así permanecerá todo el día, y todos los días de su vida, hasta que el sol le deje ciego. ¿Por qué lo hace? Ah, quién sabe. Desde luego los pchapchá no hablan de ello. Cuando les preguntas sobre lo que hace el Rey-Sol, responden: “El Rey-Sol mira al sol y hace que el sol haga”. Y cuando les interrogas sobre el significado de eso, los pchapchá se echan a reír tontamente y se van.

Odio este lugar, odio las moscas, odio las serpientes, odio el calor y la humedad, odio la quinina que tengo que tomar contra la malaria, odio las lluvias tropicales, odio la selva, odio a los parásitos intestinales, pero sobre todo odio a los pchapchá. Si pudiera irme me iría ahora mismo. No obstante, aun deberé pasar otros tres meses aquí (me pongo enfermo tan solo de pensarlo).

Estoy harto. Creo que usaré el Stolichnaya.

Vaya si lo haré.

 

Pchapcharimé. Once de Junio.

Ayer estaba algo deprimido. Perdí los estribos, lo siento. Se supone que soy un científico, y que debo afrontar los hechos desde un punto de vista frío y lógico. Intentaré pues, en lo sucesivo, seguir esa línea de comportamiento.

En muchas ocasiones perdemos de vista lo evidente: lo más sencillo es lo más difícil de encontrar. De modo que empezaré por el principio.

Pchapcharimé fue descubierto hace cinco años. Una avioneta que viajaba de Río Branco a Roraima perdió altura sobre la jungla y vio las construcciones pchapchá sobre los árboles. Al llegar a su destino, el piloto comunicó el hallazgo a la delegación local del Instituto Etnológico Brasileño. Meses después, una expedición financiada por la Universidad de Paraíba, a cuyo frente marchaba el doctor Castelo-Silva, se internó en la selva y encontró el poblado Pchapcharimé.

Al principio, los descubrimientos de Castelo-Silva fueron apasionantes. Los pchapchá, indígenas de raza amerindia amazónica, son recolectores y cazadores (más lo primero que lo segundo, aunque de vez en cuando atrapen algún pájaro o serpiente). Viven, y esta es su primera peculiaridad, en las copas de los árboles. Han construido una complicada serie de estructuras y plataformas de madera, y sobre ellas han edificado su poblado. ¿Por qué? Los pchapchá dicen que, estando arriba, “pueden ver”; y que abajo “no pueden ver”. Por eso viven arriba. ¿Qué es lo que quieren ver? No contestan, se ríen.

Más peculiaridades: los pchapchá no tienen organización social; no hay jefes ni castas. Carecen de cualquier tipo de estamento, incluso de especialización; todos hacen de todo (aunque en definitiva tampoco hagan gran cosa). Entre los pchapchá no hay discriminación sexual; hombres y mujeres son iguales. Ni siquiera existe el matrimonio, son absolutamente polígamos, aunque esto no debe sugerir la idea de un grupo de salvajes entregados al desenfreno sexual. Por el contrario, los pchapchá parecen inusitadamente castos. Diría que copulan lo imprescindible para mantener estable la población. Esto puede deberse a algún efecto colateral de la droga.

Ah, sí, la droga. Los pchapchá consumen a diario un alucinógeno al que llaman gupta. Se trata de un zumo maloliente elaborado a base de hongos y raíces. Yo no lo he probado (tampoco ellos me lo han ofrecido), pero resulta evidente que les deja el cerebro hecho polvo. Lo toman al atardecer, toda la tribu, hombres, mujeres y niños. Y eso es muy extraño, porque generalmente las drogas psicotrópicas son atributo exclusivo de determinadas castas: sacerdotes, guerreros, o sencillamente los miembros masculinos del grupo (como ocurre con los yanomomo). Pero no, los pchapchá son diferentes. Desde que un niño se desteta empieza a consumir gupta. No hay rito de iniciación, ni ceremonia alguna. A los dos o tres años cada rapaz tiene derecho a su ración de droga. Así de sencillo. La importancia de este alucinógeno en la vida de la tribu queda reflejada por su propio idioma: en lengua pchapchá, “mirar” se dice guptí. O sea, “ver a través de la gupta”. ¿Supone esta especie de culto a la droga algún tipo de actitud mística o religiosa? De ninguna manera. Los pchapchá son absolutamente agnósticos. ¿No es increíble? ¡El único pueblo de la Tierra que carece de cualquier forma de religión o magia! Pero ya hablaré de eso más adelante.

Estas peculiaridades (y otras muchas) hacen de los pchapchá un bocado en teoría exquisito para cualquier antropólogo. Hasta que se empieza a escarbar un poco. Entonces uno se da cuenta de que esas singularidades reflejan carencias, no sustituciones. Los pchapchá son como decorados: meras apariencias sin contenido alguno. No tienen ritos, no tienen mitología (ni siquiera leyendas), no tienen estructura social, no tienen arte, no tienen cultura alguna… Pero eso es imposible, va contra todo el saber antropológico, los seres humanos nunca se han comportado así…

Hoy al atardecer he comenzado a poner en práctica mi plan. Los pchapchá estaban reunidos en la plataforma principal, preparando la gupta; me acerqué a ellos y, como de pasada, comenté: “En mi país tenemos un tipo de gupta que se llama vodka”. Nadie pareció hacerme el menor caso, todos siguieron a lo suyo. Salvo una anciana desdentada que irguió la cabeza y me miró con ansiedad perruna. Continuó observándome durante la siguiente media hora, hasta que por fin se acercó disimuladamente y me dijo:

-P’bbo. -Los pchapchá no saben pronunciar mi nombre, me llaman P’bbo-. ¿Tú tienes tosnaya?

Al principio no entendí lo que decía. Luego caí: se refería al vodka, claro. Le pregunté su nombre.

-Mi nombre hace que yo sea Mara -¡Premio, era ella!-. ¿Tienes tosnaya, P’bbo?

Asentí. Ella abrió los ojos, como un niño el día de Reyes, y comenzó a mascullar: “¡Dame, dame, dame…!”.

-Te daré vodka, Mara -dije-. Pero a cambio tu tienes que hablar conmigo. Esta noche, en mi choza. Quiero que contestes unas preguntas.

Mara enmudeció y frunció el ceño; parecía debatirse en medio de un tormentoso conflicto interior.

-Mara hará que tu hables con ella -dijo finalmente-. Pero esta noche no se hará conversación. Mañana por la mañana haremos que se haga la charla. Y tu harás que se haga el tosnaya. No olvides hacer que se haga, P’bbo.

Ah, demonios, me siento exaltado. Por fin un contacto, por fin un pchapchá me hace algo de caso.

Debí haber mencionado el vodka mucho antes.

 

Pchapcharimé. Doce de Junio.

Cuando decidí seguir la recomendación del profesor Salgado y realizar mi primer trabajo de campo en Brasil, escribí al doctor Castelo-Silva solicitando su consejo (a fin de cuentas, era el único antropólogo que había sacado algo en claro de los pchapchá). Su respuesta me llegó a los pocos días. Decía así:

“Querido colega: mi único consejo es que no pierda su tiempo con esa tribu degenerada. Los pchapchá son peculiares, si. Tanto como un huevo vacío, engendrado sin clara ni yema. Créame cuando le digo que no hay nada de interés en ellos. Pero supongo que no me hará caso, ya que es usted joven y, por tanto, vehemente. Mi única recomendación es que lleve con usted unas cuantas botellas de vodka. Si logré descifrar el lenguaje pchapchá es porque soborné con vodka a una mujer de la tribu llamada Mara. De no ser por el alcohol, ella nunca habría colaborado conmigo. Reciba un cordial saludo.

“Post Scriptum: La marca favorita de Mara es Stolichnaya“.

Debo admitir que, en aquel momento, la carta de Castelo-Silva me indignó. Sin duda, pensé, obedecía a esa típica actitud irracional que mueve a ciertos antropólogos a consideren de su propiedad las tribus que han estudiado. Además, estaba esa invitación manifiesta a establecer comercio alcohólico con los indígenas. ¡Dios mío! ¿Es que ese hombre no conocía la ética profesional? El primer deber de un antropólogo es respetar la cultura, las costumbres que está investigando, no inmiscuirse. Y, sin duda, introducir tóxicos extraños en la dieta de los nativos puede considerarse una intromisión. Qué execrable comportamiento, pensé entonces. Castelo-Silva era un farsante.

Sin embargo, quizá movido por algún vago presentimiento, minutos antes de que mi avión partiera hacia Recife fui a la tienda Duty Free del aeropuerto y compré dos botellas de vodka Stolichnaya (ahora doy gracias a Dios por ese impulso que al principio se me antojó irracional).

Y arrastré aquellas dos botellas, junto con el resto de mi equipaje, mientras cruzaba medio subcontinente en un vuelo local a Manaos, donde me esperaba el guía. Y seguí llevándolas cuando navegaba por el Amazonas, y más tarde por otro río, el Juruá, afluente del primero, y que me llevó hasta el poblado de Säo Romäo. Y las dos botellas de Stolichnaya fueron un bulto más en mi mochila mientras cruzaba la selva amazónica, internándome en una zona que suele aparecer en los mapas como una superficie lisa, dado que nadie ha estado allí para describir los detalles. Y, finalmente, las dos botellas fueron mudos testigos de mi soledad cuando el guía me estrechó la mano, allí, rodeados por una muralla de vegetación, diciéndome:

-Aquí le dejo, señor Vasla. Siga el sendero siempre hacia el este y, a un día de marcha, encontrará a los pchapchá.

-Pero, oiga -protesté-, ¿qué sendero? No veo ningún sendero…

-Tranquilo. Coja la brújula y siga hacia el este. Es sencillo. Y recuerde mirar siempre hacia arriba. Esos salvajes viven en los árboles, como los monos. -Aquello pareció hacerle mucha gracia, porque se puso a reír como un loco-. Bueno, me voy señor Vasla -añadió, secándose las risueñas lágrimas con el dorso de la mano-. Volveré a buscarle dentro de seis meses. En septiembre u octubre, según las lluvias. -Comenzó a alejarse; antes de perderse de vista gritó (prorrumpiendo de nuevo en grandes risotadas)-: ¡Recuerde que los monos viven arriba!

Caminé hacia el este (con dolor de cuello a causa de tanto mirar hacia arriba) y acabé encontrando a los pchapchá. Me recibieron con indiferencia. Oh, bueno, fueron amables, sí: me dieron alojamiento (una cabaña algo apartada del poblado) y comida. Pero no me hacían caso, me ignoraban. Contestaban lacónicamente a mis preguntas; o no contestaban, escudándose tras una risa boba. Pasaban el día haraganeando y dormitando. Luego, al caer la noche, tomaban la gupta y todos se iban a sus cabañas, de las que no podían salir hasta el amanecer.

Y ya que hablamos de eso, entre los pchapchá sólo hay dos tabús: uno el que acabo de mencionar, la prohibición de salir al exterior de noche; y otro que impide la entrada a una pequeña montaña cercana al poblado, un cerro llamado Pchaguptirimé (”el lugar donde la mirada pone orden”).

¿En qué tradición se apoyan estos dos tabús? En ninguna. ¿Por qué no se puede salir de noche, o pisar el cerro Pchaguptirimé? Sencillamente, porque no.

Esta mañana, poco después del amanecer, vino a mi cabaña Mara. Tenía ojeras y parecía cansada, como si no hubiese dormido.

-¿Has hecho que se haga el tosnaya, P’bbo? -preguntó nada más entrar- ¿Harás que se haga ya? La sed es en mi boca…

Saqué la botella de vodka y se la mostré. Se le iluminaron los ojos e intentó cogerla, pero la aparté de su alcance. Luego le expliqué las condiciones del trato: un vaso de vodka por cada pregunta contestada. Torció el gesto, pero asintió. Conecté el magnetófono.

-Bien, Mara, esta es la primera pregunta: ¿qué es y qué hace el Rey-Sol?

Era lógico empezar por ahí. El Rey-Sol es un misterio. Si no hay religión ni ritos entre los pchapchá, ¿qué hace ese personaje subido a una atalaya y mirando el sol, todo el día, a través de un cristal ahumado? Desde luego, se trata de una institución clave dentro de la tribu. A fin de cuentas, actualmente hay en la aldea tres ex reyes-sol ciegos (el cristal no debe protegerles mucho los ojos).

En realidad, todo lo relacionado con el Rey-Sol tiene un tufo tremendo a culto solar. Pero no es así. En cierta ocasión, al poco de llegar al poblado, le dije a un pchapchá:

-El poderoso Hacedor brilla en el cielo. -Extendí el brazo y señalé al sol-. Grande es su fuerza y su luz, ¿eh?

El pchapchá me miró inexpresivo, y luego, con el mismo tono que emplearía un terapeuta comprensivo para dirigirse a un subnormal, contestó:

-¿Te ha afectado el calor, P’bbo? El sol no es el Hacedor. El sol es un globo de gas caliente. ¿Lo entiendes, P’bbo?

Pero estoy divagando. Hablaba de mi entrevista con Mara. Le había preguntado por el Rey-Sol. Ella frunció el ceño.

-El Rey-Sol hace que el sol haga -sonrió expectante-. ¿Tosnaya, P’bbo?

-No -repuse enérgico-. Eso no es respuesta y no te daré vodka. ¿Por qué el Rey-Sol se pasa el día observando al sol?

Mara movió la cabeza de un lado a otro, mirándome con una mezcla de enfado y suficiencia. Parecía una maestra ante un alumno poco aventajado.

-El Rey-Sol mira el sol y hace que las cosas sean ordenadas en el sol. Mira y mira si funciona bien, cuenta los segundos y hace que el sol haga. El Rey-Sol hace que las cosas sean para que el sol salga por el este y se ponga por el oeste. -Mara se encogió de hombros y frunció los ojos, como buscando las palabras adecuadas-: El Rey-Sol se ocupa del sol, igual que yo soy la Reina-Luna y me ocupo de la Luna, o Tama es el Rey-Tierra y se ocupa de la Tierra… Sencillo, ¿eh? ¿Harás ahora tosnaya?

Asombrado, serví una generosa ración de vodka en un vaso. Mara se lo bebió de un trago. Yo intenté ordenar las ideas: esa vieja estaba hablándome de una especie de culto celeste…    Increíble: no sólo había un Rey-Sol, sino también una Reina-Luna y un Rey-Tierra (Tama, un adulto que siempre caminaba mirando el suelo, sin levantar la vista). ¿Cual era el alcance de esa religión astronómica?

-¿Y el resto de la tribu…? -pregunté con un hilo de voz.

-Oh, bueno -Mara se relamió-; Kumé es el que hace que los pchapchá se ordenen para hacer. Tsué, Sato, Kina, Duma, y otros cuatro, se ocupan de que los planetas hagan (son difíciles los planetas, tienen muchas lunas). Los demás pchapchá miran las estrellas y hacen que las estrellas hagan, y hacen que hagan los cometas y los asteroides. Los niños pequeñitos, que todavía no miran bien, procuran que el polvo del cielo haga. A veces hacen que las estrellas fugaces hagan.

-Pero, ¿cuándo miran los pchapchá, y cómo? -pregunté.

-No. -Mara chasqueó la lengua-. Tu preguntas, yo contesto, yo tosnaya. Haz que el tosnaya se haga, P’bbo. Luego pregunta.

Serví el vodka. La anciana sólo lo hizo durar un segundo en el vaso. Chasqueó la lengua y dijo:

-El Rey-Sol mira durante el día, porque de día pasea el sol por el cielo. Yo, a veces, también tengo que mirar de día, porque la Luna es inconstante, y también quiere caminar de día. El resto de los pchapchá se reúnen en secreto por la noche, miran el firmamento y hacen que el universo haga. ¿Cómo lo hacen? -La risa de la anciana fue como el graznido de un cuervo-. Miramos con la gupta, P’bbo. Y con la gupta hacemos que se haga. Trazamos senderos en el cielo, P’bbo. Trazamos senderos.

Mara enmudeció y miró expectante la botella. Mientras le servía su líquida recompensa, intenté serenarme. En definitiva, los pchapchá poseían una religión y un ritual. Se trataba de algo tabú, ya que lo mantenían celosamente oculto. Incluso celebraban ceremonias secretas.

-¿Cuándo se reúnen los pchapchá para mirar el firmamento, Mara? -pregunté.

-¡Todas las noches, P’bbo! -exclamó la vieja, mirándome como si yo fuera idiota-. Las estrellas aparecen todas las noches, ¿no?

-Pero está prohibido salir de noche…

-Oh, vamos P’bbo. Eres tú quien no puede salir de noche, porque no sabes mirar, ni sabes hacer que se haga, y lo único que harías es preguntar tonterías y molestar. -Mara profirió una risotada despectiva-. Los monos blancos sois ciegos, P’bbo. Y estúpidos: no entendéis nada, no sabéis nada.

Tanto por la insolencia de sus palabras, como por el tono pastoso que iba adquiriendo su voz, resultaba claro que Mara se estaba agarrando una buena curda. Contribuí a ello con un nuevo vaso de vodka.

-¿Dónde os reunís, Mara?

-¿Ves como eres tonto? ¿Dónde se ve bien el cielo? Desde lo alto, P’bbo, desde lo alto. Y, ¿qué lugar alto hay por aquí?

-¡Pchaguptirimé!

Mara asintió con expresión risueña. Le serví otro trago.

De modo que los pchapchá se reunían secretamente en el cerro prohibido. Y lo hacían todas las noches (lo cual explicaba su constante dormitar diurno).

-¿Por qué lo hacéis, Mara? -pregunté, tras un grave carraspeo doctoral (mi profesor de Religiones Comparadas siempre carraspeaba cuando llegaba a una cuestión importante)-. ¿Por qué miráis al cielo?

Mara entrecerró los ojos y permaneció muda e inmóvil largo rato. Comenzaba a pensar que se había dormido, cuando dijo:

-¿Quieres saber por qué lo hacemos, P’bbo? Te lo contaré. Pero te costará lo que queda de tosnaya. Yo te digo el secreto de los pchapchá y tú me das todo el tosnaya que queda, ¿sí?

La botella estaba aún medio llena. Podía haber regateado con Mara, pero me sentía demasiado ansioso por obtener respuestas, de modo que asentí. Entonces la anciana me arrebató la botella de un manotazo y, antes de que yo pudiese reaccionar, la vació de un trago. Pensé que aquello iba a matarla, pero lejos de ello, Mara se relamió y con voz muy turbia comenzó su relato:

-Al principio no había Pchapcharimé, ni selva, ni cielo; no había nada, y nada se hacía. Entonces llegó el Tutí…

-¿El Tutí?

-El Tutí, sí. -Mara me dirigió una mirada llena de tedio-. Tutí, al que tu llamas Hacedor, el Creador… -Se refería a una divinidad; pero Tutí, en lenguaje pchapchá, significa “torpe”, lo que no deja de ser un extraño nombre para un dios. La anciana prosiguió-: El Tutí vio la nada y decidió hacer que la nada hiciese. Y torció la nada hasta que la nada hizo buuum, y así creó el universo. Pero el Tutí fue un manazas, no realizó un buen trabajo. Al principio el universo hizo bien, sí; pero al poco comenzó a hacer mal. Y las cosas no funcionaban en el cielo, porque el Tutí había hecho el universo con poco material. Entonces el Tutí habló a los pchapchá y les dijo: “Lo siento, pero metí la pata. El universo no funciona, hay demasiado poco de todo. Así que me voy. Aquí os dejo la gupta. Vigilad el cielo. Adiós-adiós”. Y así fue como los pchapchá recibieron la carga de mirar el cielo y hacer que el cielo hiciese.

La voz de Mara se fue apagando, hasta enmudecer. Me disponía a formular una nueva pregunta, pero los ronquidos de la anciana me hicieron desistir. Apagué el magnetófono y permanecí allí unos minutos, pensativo, como velando en silencio el sueño de aquella vieja borracha.

¿El Tutí, eh? De modo que “el Torpe”…

Vaya historia.

 

Pchapcharimé. Catorce de Junio.

Con todo, el mayor misterio de Pchacharimé siempre ha sido el lenguaje de los pchapchá: no se parece a ningún idioma amerindio. De hecho no se parece a ninguna otra lengua del mundo.

El pchapché es un lenguaje muy tosco (como ocurre con casi todo lo relacionado con los pchapchá). Las frases se forman acumulando palabras y partículas sin orden predeterminado. Sólo hay tres tiempos verbales, y se expresan mediante entonaciones distintas de la misma palabra. Algo realmente simple. No obstante, es una lengua muy precisa en lo tocante a los números. Al parecer, a los pchapchá les gusta contar (su sistema de numeración se basa en el once; una vez le pregunté a un pchapchá: “¿Por qué el once?”. Se llevó las manos a la cara y, riendo tontamente, dijo: “Porque tenemos diez dedos y la punta de la nariz”).

Otra peculiaridad de su lenguaje es la desquiciante retórica con que se refieren a sí mismos y a lo que hacen. Por ejemplo: si ven que una papaya se desprende de su rama, dicen que la papaya cae. Pero si es un pchapchá quien tira la papaya, el pchapchá “estará haciendo que la papaya haga su caída”. O si, pongamos, un pchapchá mira una nube, dirá que está “haciendo que la nube haga”. Parece una extraña forma de solipsismo lingüístico, como si los pchapchá creyesen que ellos son el ombligo del mundo.

Bueno, finalmente había pillado a esos cabrones: tenían una religión (animista, por cierto), tenían rituales, tenían leyendas… en definitiva, tenían casi todo lo que hay que tener. Y yo lo había descubierto. Estaba pensando en como aparecería mi nombre en el Scientific American, y en Nature, y en Anthropos… cuando me di cuenta de que la única prueba con que contaba era el testimonio de una anciana dipsómana.

Muy poca cosa, la verdad.

Fui a buscar a Mara, pero ya no estaba en mi cabaña. Intenté localizarla por el poblado. En vano, se había esfumado. Busqué y busqué, sin encontrarla.

Finalmente, fue ella la que me encontró a mí.

-¿Tosnaya, P’bbo? -me dijo nada más entrar en mi choza-. ¿Tú preguntas y yo tosnaya?

-Todavía no -dije con severidad académica-. Mara, ¿te acuerdas del profesor Castelo-Silva? ¿Por qué no le contaste a él lo mismo que me has contado a mí?

-¿C’telo’ilvá…? -Mara frunció el ceño haciendo memoria. De pronto sus ojos se iluminaron-. ¡Ah, doctor-loco! ¡Sí! C’telo’ilvá me dio tosnaya para que yo le hiciera conocer la lengua pchapché. Y yo le enseñé pchapché. ¡Fue como amaestrar a un mono blanco! Pero luego a doctor-loco se le acabó el tosnaya. Y si el no hacía que se hiciese el tosnaya, yo no haría que se hicieran las respuestas.

Vaya, de modo que Castelo-Silva había estado muy cerca. Pero al muy pirata se le acabó la moneda de cambio. Bueno, por mi perfecto: todavía me quedaba una botella.

Y ahora necesitaba pruebas.

-Mara -dije en tono amable (aunque enérgico)-: necesito ver como miráis los pchapchá por la noche. Tengo que ir a Pchaguptirimé y comprobar cómo hacéis que el cielo haga.

-¡No, no! -Mara parecía asustada-. ¡No puedes ir a Pchaguptirimé! ¡Kumé me mataría!

-Me esconderé, Mara. Nadie me verá.

-¡No, no, no! Yo respondo a tus preguntas y tu haces que se haga el tosnaya. Eso, sí. Pchaguptirimé, no.

Saqué la botella de vodka y se la mostré. La anciana tragó saliva y se mordió los labios.

- Si no me ayudas a ir al cerro sagrado, no te daré más vodka. -Resulta increíble la alegría con que me estaba entregando al soborno y la ingerencia cultural.

-¿Me darás toda la tosnaya si te llevo a Pchaguptirimé? -preguntó vacilante. Asentí. Mara chasqueó la lengua-. Te llevaré a Pchaguptirimé, P’bbo. Pero no ahora. Dentro de una semana vuelve a comenzar el ciclo del cielo y hay que comprobar las cosas. Todo el mundo estará muy ocupado y, quizá, no te verán. Dentro de una semana te diré como hacer que seas de noche en la cima del Pchaguptirimé. Y tú me darás toda tosnaya.

Y dicho esto, la anciana se deslizó fuera de la choza.

“Dentro de una semana se reinicia el ciclo del cielo”.

¡Claro que sí! Veintiuno de Junio: el solsticio de verano.

 

Pchaguptirimé. Veintiuno-veintidós de Junio.

Debo escribir deprisa, porque no se cuándo volverán. Y también porque ignoro lo que harán conmigo. Todo parece confuso: jamás hubiese creído a los pchapchá capaces de emplear la violencia. Ahora no se que creer. Tampoco sé que pensar acerca de lo que vi, o creí ver, anoche en el cerro. Pero soy un científico, así que intentaré relatar objetivamente los hechos.

El día veintiuno (ayer) al atardecer, poco antes de que los pchapchá tomaran su dosis diaria de gupta, Mara vino a verme a la cabaña. Parecía nerviosa.

-Todo listo, P’bbo. Escucha: no podrás ir a Pchaguptirimé por los árboles, te verían. Tendrás que ir por el suelo, ¿sí? Cuando llegues al pie del cerro, busca una escala de cuerda. Yo la puse allí. Úsala y sube en silencio. Llegarás al lugar donde los pchapchá miramos. ¡Con cuidado de hacer que no te vean! Por eso, no hagas que se haga nada hasta el anochecer, ¿eh? -Tragó saliva-. Ahora dame tosnaya, P’bbo. Dámela ya.

Le entregué la botella de vodka. La anciana ocultó el alcohol dentro del atado de hojas y raíces que colgaba de su hombro. Luego me dirigió una nueva advertencia, “Haz que se haga que no te vean, P’bbo, se cuidadoso”, y se fue a toda prisa.

En fin, cayó la noche y aguardé a que el silencio reinase en el poblado; cogí la cámara de video y el magnetófono, y salí al exterior. No había nadie en Pchapcharimé, ni tampoco en el interior de las cabañas (salvo en una, donde dormía a pierna suelta el Rey-Sol). Aún así actué con sigilo y, sin hacer el menor ruido, descendí al suelo de la selva. Con ayuda de la linterna me orienté hasta llegar al pie del Pchaguptirimé. Tardé un buen rato en encontrar la escala de cuerda, y aún más tiempo me llevó alcanzar la cima del cerro. Pero una vez arriba, el espectáculo que contemplé compensó con creces mis esfuerzos.

Todos los pchapchá estaban allí: hombres, mujeres y niños, sentados sobre una gran plataforma rocosa, contemplando el cielo inmóviles y silenciosos. Tan sólo Kumé, que parecía actuar como director de la ceremonia, se movía de un lado a otro, mirando las estrellas como si comprobase algo. De vez en cuando se dirigía a algún pchapchá, diciéndole por ejemplo: “Corrige Aldebarán dos centésimas de arco”, o “Incrementa 0,3 la magnitud de Mizar”.

Yo estaba demasiado alejado, lo que me impedía apreciar con detalle el ritual. De modo que me fui acercando despacio, ocultándome en las sombras, hasta alcanzar el abrigo de unos matorrales, a poco mas de diez metros de los pchapchá. Conecté la cámara y puse en marcha el magnetófono. Luego contemplé asombrado la extraña ceremonia que estaba teniendo lugar.

Alrededor de la gran losa de piedra donde se encontraban los indígenas había una estructura de palos entrecruzados, cañas y cuerdas. Al principio no comprendí cual era su función, pero al poco me di cuenta de que aquello servía como sistema de referencia para la observación del firmamento. Además, las paredes rocosas que se alzaban en la cima del cerro estaban cubiertas de pinturas estilizadas. En realidad eran diagramas. ¡Se trataba de órbitas planetarias y mapas celestes! ¡Dios santo, aquello era un observatorio astronómico, una especie de Stonehenge amazónico!

Levanté la vista. El cielo estrellado parecía un mar de candelas sobre la selva oscura. De repente, dos estrellas fugaces describieron brillantes arcos gemelos hasta desvanecerse justo sobre la línea vegetal del horizonte. Dos niños pchapchá se rieron, como si hubieran hecho una travesura. Su madre les dio un par de cachetes y les riñó:

-¡Malos-malos! Tenéis que hacer que el polvo del cielo haga bien, no que el polvo del cielo haga su caída. ¿Habéis entendido?

Pasaron varios minutos. Kumé seguía caminando de un lado a otro, absorto en sus observaciones y dictando breves órdenes. De pronto se detuvo y preguntó:

-¿Donde está Mara? Tiene que hacer que la Luna haga.

En efecto, ¿donde se había metido Mara? Desde que la di el vodka no había vuelto a verla.

Fue entonces cuando las cosas comenzaron a precipitarse. A nuestros oídos llegó un canturreo estridente. Era la voz turbia de Mara. La anciana venía dando traspiés por el puente de madera que unía el cerro con el poblado. Estaba completamente borracha (y, para horror mío, traía la delatora botella de vodka, casi vacía, en la mano).

-¡Mara! -gritó Kumé-. ¿Qué te pasa? ¡Hay que hacer que la Luna haga, vieja loca!

-¿Hacer que la Luna haga? -La anciana rió-. ¡Mira lo que hago yo con la puta Luna!

Se que lo que ahora voy a contar parecerá increíble. Yo mismo no lo creo, pero esto es lo que vi: Mara levantó un brazo al cielo y, entonces, la Luna llena apareció por el horizonte. Pero no lo hizo como siempre, lentamente, sino cruzando el cielo muy deprisa, como las imágenes aceleradas de una filmación.

-¿Quieres que haga que la Luna haga, Kumé? -Mara apuró el vodka y tiró la botella a un lado-. ¡Pues haré que haga!

Y entonces, juro por lo mas sagrado que eso es lo que vi, la Luna se agitó en el cielo oscuro, ¡y comenzó a cambiar de fases a velocidad progresivamente acelerada! Luna llena, menguante, nueva, creciente y llena de nuevo. Así sucesivamente, cada vez más rápido. Me incorporé, abandonando la protección que me brindaban los matorrales, y contemplé aturdido aquel increíble prodigio.

Entonces oí un grito. Bajé la vista y vi como Mara se tambaleaba al borde del puente de madera. Estaba muy borracha; supongo que no tuvo ninguna oportunidad de mantener el equilibrio. Dio un traspiés y su cuerpo enjuto se precipitó al vacío. Al cabo de un par de interminables segundos, todos pudimos escuchar el ruido que hacía al estrellarse contra el suelo.

No se por qué, pero yo me sentía indiferente, ajeno a todo, como si estuviese contemplando un espectáculo teatral. Alcé la mirada, buscando la Luna enloquecida, más la Luna había desaparecido (e ignoro la razón, pero aquello aumentó mi inquietud).

Entonces me dí cuenta de que todos los pchapchá me miraban en silencio, con el reproche brillando en sus ojos, y que Kumé se acercaba al lugar por donde había caído Mara y recogía algo del suelo: la botella de vodka vacía.

Luego, Kumé me observó largo rato, moviendo la cabeza de un lado a otro, como un juez a punto de dictar sentencia.

-¿Qué has hecho, P’bbo? -dijo finalmente, con cierta dosis de tristeza en su voz. Luego se volvió a los pchapchá y les ordenó que me prendieran.

Y los pchapchá, como un solo hombre, se lanzaron sobre mí y me inmovilizaron. Luego me llevaron a mi cabaña y me encerraron en ella.

Y aquí me encuentro, esperando a que vuelvan, escribiendo este diario para intentar mantener la serenidad y el juicio justo, pues no debo olvidar que, pese a todo, soy un científico.

Estoy oyendo voces fuera, junto a la puerta, creo que…

(…)

Hace media hora entraron tres pchapchá en mi habitación. Uno de ellos era Kumé. Se sentó a mi lado y me dijo gravemente:

-Voy a intentar hablarte con claridad, P’bbo, porque los monos blancos sois limitados. ¿Mara te contó acerca del Tutí? -Asentí con la cabeza. Kumé prosiguió-: Entonces ya sabes cual es el problema; el universo está mal hecho, falta materia en él. El sol, las estrellas, los planetas, los satélites… nada tiene la masa que debería tener para funcionar correctamente. El nuestro es un universo chapucero. Por eso el Tutí dio la gupta a los pchapchá y les pidió que miraran el cielo e hicieran que el cielo hiciera. -Kumé frunció el ceño-. ¿Me entiendes, P’bbo? Los pchapchá tomamos la gupta y adquirimos poder. Poder para hacer que los planetas sigan los caminos correctos, que las estrellas brillen con la luz adecuada, que las lunas giren y giren como debe ser. Nosotros cuidamos del cosmos, porque no es un cosmos automático, sino que debe ser mirado, corregido y controlado.

¡Así que aquellos salvajes creían realmente poder mover las estrellas con sólo mirarlas! Kumé debió advertir mi expresión de incredulidad, porque señaló:

-No me crees, P’bbo. Entonces, ¿qué hizo la Luna anoche? ¿Por qué bailó en el cielo y cambió la forma de su cara una y otra vez? ¿No te das cuenta de que fue Mara quien la movía?

Carecía de respuesta para ese asunto. Salvo que se tratara de una especie de alucinación colectiva (aunque esa era una respuesta claramente insuficiente). De modo que eludí la cuestión y me mostré muy científico:

-Kumé, dices que el universo no funciona y que tenéis que controlarlo. Por eso vais de noche al cerro y miráis las estrellas. Y de día dormís. Pero, escucha, las estrellas siguen ahí de día, aunque no las veáis. ¿Quién las controla entonces?

-Otros pchapchá. -Kumé sonrió paternalmente-. En las estrellas hay planetas, y en algunos planetas hay también pchapchá. Hablamos con ellos mediante guiños de estrellas. Y nos repartimos el trabajo. En otros lugares de la Tierra hay también pchapchá, y vigilan el sol cuando aquí es de noche, y la Luna cuando no la vemos. Todos los pchapchá del cosmos compartimos la labor. Y hacemos que el universo haga.

-Pero eso es absurdo…

-Como quieras -zanjó la cuestión Kumé-. Pero el caso es que por tu culpa ha muerto Mara. Y los pchapchá tenemos que hacer algo. -Puso delante de mí un pequeño cuenco lleno de un líquido marrón-. P’bbo, deberás beber la gupta.

Me negué a hacerlo, claro. Y fui tan tajante en mi negativa que Kumé y los otros dos indígenas se tuvieron que emplear a fondo para obligarme a tragar aquel líquido maloliente.

Sabía a rayos.

Y aquí estoy, esperando…

(…)

Hace un momento, una fila de ángeles y arcángeles ha desfilado por mi choza. No me he preocupado, porque se que son alucinaciones provocadas por la droga. Ahora estoy viendo columnas de llamas alzándose por las paredes, y diablos y salamandras bailando en el fuego. Pero no son reales. Mi mente racional los refuta.

Aunque, la verdad, estoy muerto de miedo…

(…)

…ya no veo cosas, pero las siento… ¡Es todo tan enorme! Soy una batería humana… estoy lleno de fuerza… ¡Mi mente crepita de energía como una dínamo! (…) Soy-siento-miro-hago… Siento cosas. Voy hacia la puerta: la abro.

Nonono-hayhayhay-nadienadienadie…

¡El cielo…! Siento el cielo ¡Puedo sentirlo! Cada estrella del firmamento es un nervio de mi carne, y sus órbitas cosquillean en mi piel, y me baño en un mar de plasma, y buceo entre cometas y asteroides, y me ahogo de luz, y nado hacia una superficie de terciopelo negro, y me abro al cosmos, igual que un comulgante acoge la sagrada forma de manos del sacerdote…

¡Dios, veo de verdad, y veo que todo es imperfecto!

 

Pchapcharimé. No importa la fecha.

He quemado mis cuadernos de trabajo, y las cintas de video y audio. Me he desecho de todo, ya no lo necesito. No obstante, me he resistido a destruir este diario, e incluso ahora mismo me veo completándolo. Quizá sea porque en el aparecen descritos los hechos que condujeron a las nuevas circunstancias de mi vida. También es posible que sólo se trate de sentimentalismo. A lo mejor las mariposas quieren conservar la seda de sus capullos, para así nunca olvidar que fueron gusanos.

Poco importa. El caso es que Kumé y el resto de los pchapchá tenían razón: ellos hacen que el universo funcione, porque el universo está mal hecho.

Eso me recuerda lo que dicen los científico acerca de la existencia de una materia a la que llaman Materia Oscura. Por lo visto, para que el universo se comporte como lo hace, es necesario que contenga una determinada cantidad de masa. Se trata de un fenómeno que tiene que ver con algo denominado constante cosmológica (no se muy bien de que se trata).

Pero, según dicen, la masa necesaria para estabilizar el universo no se encuentra por ningún lado. Sólo se ha detectado un dos por ciento de ella. Al restante noventa y ocho por ciento lo llaman Materia Oscura, porque no brilla ni emite radiación alguna. Porque no puede verse.

Los físicos y astrónomos saben que debe estar ahí, aunque ignoran qué es y dónde se encuentra.

Pero yo lo sé.

La Materia Oscura son los pchapchá. Ellos, gracias a la gupta, mantienen unido al cosmos, aportándole la masa que falta y haciendo que el universo funcione, que las órbitas sean precisas, que las estrellas brillen y que las lunas sigan atadas a los planetas con lazos de gravedad.

Oh, bueno, continuo hablando en tercera persona, sigo sin incluirme. Y no debería hacerlo, porque yo también soy un pchapchá, y tomo gupta, y miro al cielo, y hablo con los otros pchapchá del cosmos mediante códigos secretos de titileo de estrellas.

Y a veces, como un niño travieso, me divierto moviendo el polvo del cielo, haciendo caer lluvias de estrellas fugaces sobre la selva esmeralda.

Pero no debo olvidar quien soy.

Porque yo soy P’bbo, el Rey-Luna.

Y hago que la Luna haga.

© César Mallorquí
Reproducido con permiso del autor

Tormenta
José Antonio Cotrina

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La lluvia mojaba la arena aquella última tarde de verano. El día se sonrojaba sobre el horizonte. El viento peinaba las descuidadas melenas de las escasas palmeras del paseo. A lo lejos, el mar golpeaba con fuerza el muelle abandonado. El viejo, de pie en la playa, contemplaba la guitarra tirada en la arena. El temporal hacía ondear los faldones de su impermeable negro; el gorro marinero, encasquetado hasta las cejas, amenazaba con volar de un momento a otro.

* * *

La lluvia mojaba la arena aquella última noche de verano. El barco de la luna y las nubes se perseguían entre los charcos del cielo. Las palmeras se desvanecían, dejando sus siluetas clavadas en la oscuridad. Mucho más allá del muelle, siguiendo la línea de la costa, brillaba el ojo indeciso del faro. El viejo, de pie todavía, contemplaba aún la guitarra rota. El viento había conseguido arrancarle el sombrero que había acabado volando más allá de su vista.

* * *

Los minutos pasaban lentos, pegajosos, entonando el preludio de la tormenta que se gestaba en el vientre de las nubes. La arena se humedecía cada vez más y, agitada por la urgencia de encontrar cobijo ante la tempestad que se avecinaba, se enterraba en sí misma. De la guitarra apenas se veía ya el mástil quebrado y cinco cuerdas rotas que se rizaban hacia arriba; la superviviente daba una nota triste cada vez que el viento la hacía vibrar.

Al viejo la melancolía y la tristeza le partían el alma. Era como la guitarra, aferrándose a una sola nota, a una sola cuerda que no tardaría en romperse. Detrás rugía la mar y a cada embate le llamaba con más fuerza.

* * *

Una lluvia fina y leve mojaba la arena antes de la tormenta. El viejo marinero había buscado refugio en un cine abandonado que apenas resistía erguido en el centro de la playa: sólo le quedaba una de las paredes en pie, las otras hacía largo tiempo que se las había tragado el mar. Las letras de neón habían olvidado lo que era brillar.

La noche se rasgó con el suave escozor de las primeras lágrimas, las estrellas se tornaron lejanas y borrosas para luego olvidarse de brillar y languidecer colgadas en un inmenso acuario cuajado de nubes negras.

La tormenta estalló violenta y salvaje, como un exabrupto terrible, frenético. Los relámpagos saltaron del cielo al mar deslizándose por las bifurcaciones ardientes de su aliento eléctrico.

El viento llegó hasta él cargado del aroma del mar, del olor de la sal y la tormenta, del dolor que no augura tiempos mejores porque ya no queda tiempo. Suspirando se acomodó en las escaleras y comenzó a mecerse, sin importarle el crujido de las maderas ni el tétrico ulular del viento entre los desvencijados tablones. Anclado en el pasado contemplaba al futuro desvanecerse en la niebla, sin despedirse siquiera.

Las estrellas volvieron a su antigua gloria cuando corrió el velo de lágrimas con su ajada mano. Hilos de plata tejidos en el manto de seda negra de la noche, destellos en la pupila de un Dios ciego, sordo a las plegarias, a los ruegos, a los rezos del viejo…

Sin señal, sin respuesta, siguió atrapado en el rechinar de las tablas del viejo cine, llorando, contando estrellas y relámpagos, suspirando.

Esperando…

En sus últimos días siempre se sentaba allí, cabizbajo, envuelto en su impermeable negro.

¿Qué hace?

Recuerda.

Recuerda. La lucha del hombre contra el titán azul; la vela mayor, llena de viento, empujándole hacia un horizonte que siempre se escapa; la línea de la costa estrechándose hasta desaparecer; el mar, con sus cientos de húmedos dedos, meciendo la barca de madera como un niño juguetón.

La quietud, la marea, el salitre, el orgullo de volver a tierra con las manos llenas, la vida, la muerte…

Hasta que la fuerza le abandonó, como la música abandona el esqueleto de una guitarra rota; hasta que su vista se perdió en la estrecha franja de la costa, hasta que no pudo jugar más al juego de las olas.

Tantos años encerrado en tierra… pero no, aunque esa pena pesaba en su pecho no era eso lo que le devoraba el alma, no era eso lo que había convertido en cenizas su ansia de vivir.

Una mano tendida que no quiso tomar era la culpable de su desgracia.

* * *

La lluvia mojaba la arena con su incansable caer, el sentido de las cosas y el sentido de la realidad se iban diluyendo como las formas de la playa.

Una vida dedicado al mar ¿qué hubiera pasado si se la hubiera dedicado a sí mismo? Pero el mar, el mar… La pena le inflamaba el corazón. Lo que pudo haber sido y no fue. Los recuerdos que más duelen son los que nunca han sucedido. ¿Cuántos sueños muertos al amanecer? ¿Cuántas ilusiones ardiendo? ¿Cuántos deseos en el barro?

Volver al pasado, borrar los errores y comenzar de nuevo. Tan imposible como detener el sol con una mirada.

Llovía y era verano y el cine era nuevo y las luces de neón se reflejaban en el mar agujereado por la lluvia, por una lluvia ardiente, que quemaba por dentro y por fuera.

Llegó por la playa, mirando al mar. Ella estaba de pie en las escaleras, cobijándose del aguacero. A sus pies una maleta.

Se detuvo, miró al mar, suspiró y se acercó a ella; la maleta quedó entre los dos, separándolos. Hablaron poco. Todo estaba dicho.

La elección, ¿verdad?, el bochorno de la tormenta volteaba las gotas calientes.

Verdad… lo siento, sabes que no puedo quedarme aquí, el pueblo se me ha quedado pequeño, si me he quedado estos años ha sido por ti, no quiero hacerte elegir…

¡Sí! ¡Claro que quiero! Vente conmigo, por favor…

La lluvia le mojaba la espalda y encontraba caminos por donde inundar su alma.

Te quiero.

Sal en los labios, la noche, tapada por las nubes, dejó asomar una estrella, una lágrima de luz que se fundió con la oscuridad.

¡Ven conmigo! ¡Deja esto!

El viento y su remolino de basura pasaron rozando sus pies, la mar susurraba promesas que nunca cumpliría. Su barca estaría amarrada al puerto, bamboleándose nerviosa, asustada por la tormenta.

Si fuera tan fácil lo dejaría, pero…

Un relámpago cruzó el cielo.

El mar, el mar ¡siempre el mar! Ha llegado el momento de que elijas: el mar o yo…

Nunca te haré elegir decía la mar, nunca te ataré decía la mar, serás feliz conmigo decía la mar… la duda… el mar estrellado, sus ojos, la curva de su cabello al caer sobre sus hombros, las olas…

* * *

Y tomó su elección. Le dio la espalda y caminó intentando no oír su llanto, intentando no oír a su propio corazón arrojado en la playa, intentando olvidarla a cada paso. Y sesenta años no la habían borrado de su recuerdo. Si… si pudiera volver atrás, cambiar su vida en el instante en que se le escapó de las manos… ¿Qué fue de ella? Quién sabe…, se marchó persiguiendo un sueño y él se quedó en la playa, eternamente despierto, eternamente varado en su soñar sin sueños. Navegando primero, vagando después y siempre atrapado en el recuerdo de su mirada.

Si pudiera volver atrás… deshacer el camino andado y mirar de nuevo en esos ojos y al final no decir el mar sino su nombre…

* * *

La lluvia mojaba la playa aquella última noche del anciano, cabizbajo, sentado en un cine polvoriento vio a la Muerte haciéndole señas desde la playa… ¿Había salido del mar como esperaba? La capa negra brillaba como si estuviera mojada, pero la lluvia podía ser la causa.

La Muerte se acercaba, se acercaba sin dar un solo paso.

En ese instante apareció el coche, derrapando en la playa, salpicando arena y espantando a la Muerte con sus potentes faros. Enfiló hacia el anciano marinero y, acelerando como si tuviera prisa en llegar al Infierno, se plantó ante él, a un metro escaso de las escaleras.

El aliento del motor le saltó a la cara mientras contemplaba el coche: un taxi de color amarillo, surcado por franjas negras; sobre la capota brillaba una luz esmeralda que no hacía otra cosa que girar y girar.

La puerta se abrió con violencia, desprendiendo costra sucia sobre la arena. Del interior salió una mujer vestida de cuero, tocada su cabeza con una gorra tan negra como las gafas que ocultaban sus ojos.

-¿Ha llamado a un taxi? -su voz era la voz del mar al chocar contra los acantilados, fuerte, recia.

Una mano enfundada en cuero negro se llevó un cigarro húmedo a la boca, inclinó la cabeza a un lado, esperando la respuesta del asombrado anciano; cuando éste dijo que no, se encogió de hombros y escupió por la comisura de los labios.

-Pues ya que estoy aquí no me voy a ir de vacío, venga viejo, suba a mi carroza. Corramos junto a la noche para que no nos encuentre el día.

-Lo siento… -hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie que las palabras le hacían daño al salir de su garganta, hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie que no reconoció su propia voz-. Lo siento… pero tengo que aguardar aquí.

-¿Aguardar? ¿A esa desgraciada? -Señaló con la cabeza en dirección a la Muerte que les contemplaba a una prudente distancia.

-¿La ves?

-¿Tú no?

-Sí, pero yo…

-Olvídate de ella, ya la encontrarás de nuevo, es testaruda como ella sola y tiene todo el tiempo del mundo para esperar, así que no te preocupes y monta conmigo antes de que la lluvia me borre. Vamos a dar una vuelta por la playa.

-Es que…

La mujer ya había entrado en el coche, había abierto la otra puerta con una rabiosa patada que resonó sobre el estruendo de la tormenta que se vaciaba sobre el mundo. El viejo se levantó, haciendo caso omiso al crujir de sus huesos, la curiosidad se había despertado de nuevo en su interior. Se acercó despacio al coche, dentro la taxista se hurgaba las uñas con un palillo.

Se detuvo ante la puerta abierta. El interior olía a salvajismo y a encierro, la tapicería estaba rasgada y sucia, los sillones al borde del último viaje.

-Bueno, no tenemos toda la noche -le advirtió ella.

Sin pensarlo se sentó junto a la mujer. Cerró la puerta con un vigor del que ya no se creía capaz. Había dejado de pensar racionalmente, la realidad parecía haberse desmayado en brazos del cuero y aunque no sabía el alcance de lo que ocurría se sentía agradecido: por una vez no pensaba en ella.

Sobre la palanca de cambios se observaba una calavera. La mujer lanzó una carcajada al aire, una estrella fugaz que se apagó cuando el motor se puso en marcha.

El mar, encerrado tras la ventanilla, rugió devorando la tormenta. Trombas de agua unían cielo, tierra y mar cuando el taxi aceleró rasgando la neblinosa cortina de la lluvia y el viento. La noche se hizo más oscura.

La figura embozada, inmóvil sobre el mar, agachó la cabeza y dejó que se la llevara el viento.

* * *

El mar era un interminable borrón azul que se escapaba hacia atrás. El dolor de la aceleración le subió por el brazo y se le clavó en el pecho. A medida que el coche aceleraba el tiempo parecía frenarse, se volvía lento, pausado, cargado de humedad, de granizo, lento, más lento, suspiro por latido, minuto por segundo…

La taxista parecía abstraída, de cuando en cuando silbaba entre dientes, reía para sí y alguna que otra vez su rostro se contraía en una expresión tan tensa y seria que llegó a asustarle; veía cosas que él no podía ver pero que llegaba a vislumbrar fugazmente en los cristales negros de la mujer. Todo era tan irreal como la muerte flotando sobre el mar. Intentó distraerse mirando por la ventanilla. Pasaron ante un edificio en la playa que le era conocido: una estructura blanca de dos plantas concurrida por una pequeña multitud que entraba y salía, ajena al taxi que como un espectro amarillo avanzaba por la playa. Le era tan conocido…

Boqueó sorprendido.

-¿Esa es la vieja bolera?

-Será…

-Pero… ¡Pero es imposible! La derribaron hace años…

-Ya te lo he dicho. Vamos a dar una vuelta.

-¿Dónde me lleva?

-Donde querías ir.

Y lo comprendió todo: el tiempo no se estaba frenando, iba hacia atrás. Contempló sus manos y vio como las arrugas se iban borrando. Alzó una mano temblorosa a su rostro y se tocó su mejilla que, poco a poco, perdía su acartonada dureza. Sus huesos, sus músculos, su cerebro… todo su cuerpo se burló del tiempo y comenzó a rejuvenecer. Torrentes de sangre nueva eran bombeados por un corazón que se fortalecía en cada latido. Las neuronas comenzaron a surgir del humus muerto de su cerebro, cada vez que aparecía una sentía un destello de luz en su mente. El cambio era doloroso, pero no le importaba, era el esfuerzo del marinero para devolver el ancla a cubierta y prepararse para un nuevo viaje. Era un precio justo. El dolor cesó. Los crujidos de su organismo cedieron en un último espasmo que le dejó un momento sin respiración.

La taxista seguía conduciendo y el anciano, que ya no era tal, percibió su olor sobre el olor del coche: olía a deseo y a muerte, olía a vida y a sangre.

Olía a mar.

Miró por la ventanilla, intentando no llorar.

El aire de la noche trazaba figuras de color blanco, nunca había visto el mar así, la tormenta, la tempestad, las sonrisa del cielo… Remolinos de peces voladores volaban en su honor; sirenas majestuosas surgían del agua arrastrando tras de sí su estela de plata; una enorme ballena agitó su impresionante cola hacia él; una orca blanca surgió en el horizonte dibujando su silueta contra la media luna. Un barco fantasma hizo sonar sus sirenas. Un cañón ahogado disparó por él. Una escultura de espuma se formó en el lomo de una ola.

El mar cumple sus promesas.

Y ya no pudo contener las lágrimas.

-¿Quién eres?

La taxista sonrió y le miró sin dejar de conducir. Se contempló reflejado en las gafas oscuras y no se reconoció.

-¿Importa eso?

-No, creo que no…

Una flor de sal se abrió sobre el mar y en ese momento la mujer paró el coche y abrió la puerta del joven.

-Venga, vamos, lárgate ya, te están esperando.

El mar se elevó de su lecho para volver a caer. La playa se llenó de perlas. Las estrellas de mar trazaron una constelación con su nombre.

A lo lejos, las letras de neón anunciaban un cine al aire libre, la película se había suspendido, pero él sabía que todavía quedaba alguien esperando.

-¿Por qué haces esto?

-Porque me aburro en casa, ahora vete antes de que me arrepienta.

Y un arrecife de coral hizo una cabriola, y una inmensa serpiente marina se alzó hasta rozar el cielo y él bajó del coche.

La taxista le apremió con un gesto. Asintió y comenzó a andar, quería decir algo, añadir algo, pero no encontraba palabras.

Ella lo vio caminar hacia las luces, al poco las sombras y la lluvia se arremolinaron a su alrededor y pronto se desvaneció como un sueño de verano.

Sonrió y se quitó las gafas oscuras, las nubes retrocedieron ante sus cuencas vacías, la tormenta dobló su poder y los rayos se perdieron antes de caer al suelo. Sus esqueléticas manos aferraron el volante hecho de sangre seca.

El coche aceleró como si tuviera prisa por llegar al infierno.

Llueve y es verano.

* * *

Llueve y es verano y el cine es nuevo y las luces de neón se reflejan en el mar agujereado por la lluvia, esa lluvia pegajosa, como melaza, que te moja por dentro y por fuera, que te quema cuando te toca, por dentro y por fuera.

El viento comienza a hinchar las velas del barco del sol que, a duras penas, intenta navegar en el mar negro que se desangra sobre el mundo.

Las nubes comienzan a deshilacharse, a convertirse en jirones que se abrazan entre sí, desesperados, hambrientos por devorar los pedazos perdidos de su ser. Las sombras de la noche buscan una luz donde descansar al fin.

El joven está sentado en la playa, de cara al mar. Tiene una guitarra en las manos y un cuchillo en el corazón.

La lluvia deja de caer, el cielo se quita las nubes con una mano mientras con la otra coloca al sol en su sitio.

Al joven no le importa el dolor, sabe que esta vez pasará, sabe que otra vida será suficiente para olvidarla y que quedan muchas canciones por tocar, mucha gente por conocer, muchas miradas por amar.

Sus manos rasgan las cuerdas y una melodía sin sentido se forma en el aire, no está atento a lo que hace, está pensando que tal vez, quizá dentro de muchos años, una tormenta le sorprenda en la playa y que tal vez un taxi amarillo surgirá de la oscuridad y frenará ante él.

Y pase lo que pase, sea falso o no, sea sueño o realidad, siempre elegirá el mar.

© José Antonio Cotrina
Reproducido con permiso del autor

La fiesta del cometa
Juan Miguel Aguilera

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A la fiesta sólo es posible llegar deslizándose por un largo y curvado tobogán que tiene la forma de la cola de un cometa. Es de metal bruñido, brilla con intensidad bajo la luz de los focos del hall, y refleja las innumerables bolas plateadas que cuelgan del techo para representar las constelaciones del firmamento.

Drachenfest! La Fiesta del Cometa ha empezado, y Albert espera pacientemente su turno al pie de la escalera que conduce a la boca del tobogán. En su mano derecha sujeta la invitación, una cartulina plateada que representa una estrella fugaz; al abrirla, un pequeño fuelle disimulado bajo el papel expele una breve lluvia de purpurina. Es joven, impaciente e inseguro, sus ojos saltan de la cola de personas con disfraces estrafalarios y geniales a su propio atuendo, que comparado con otros que le preceden ya no le parece tan original. Sobre un traje de tweed, se ha limitado a coser un centenar de icosaedros estrellados de cinco centímetros de diámetro cada uno. Están hechos de latón con agujeritos; contienen pequeñas mechas encendidas en su interior, que lanzan destellos fulgurantes cuando se mueve. Es bonito sí, pero sabe que eso no es suficiente.

¡Es vulgar!, piensa con horror, y la palabra se dibuja en su mente como una carcasa de fuegos artificiales que se va apagando poco a poco. “Vulgar”; la palabra más detestable para ser pronunciada dentro de los muros de la escuela de La Bauhaus.

No, comprende, hay palabras peores, mucho peores, que esa. Palabras que manchan tanto que es preciso lavarlas con sangre.

Al fin llega su turno. Una chica disfrazada de Selene abre su invitación (nubecilla de purpurina), se la devuelve y le señala la escalera de metal. Albert trepa por ella, los icosaedros de latón golpean rítmicamente contra los escalones tubulares, y el sonido hace que Selene se gire intrigada. Él le sonríe, feliz de haber llamado su atención. Llega arriba. La boca del tobogán da un poco de miedo; se desliza recta hacia abajo durante unos metros, y luego se dobla hacia la derecha, y se desvanece en la oscuridad.

Un auxiliar le dice que se tumbe boca arriba con los brazos pegados al cuerpo. Lo empuja, y Albert recorre el tobogán en unos segundos. Sus pies aterrizan sobre el mullido césped del campo deportivo situado junto a la escuela.

Camina en medio de la noche iluminada con centenares de farolillos dejados en el suelo, que están rodeados de insectos que zumban y revolotean atraídos inexorablemente hacia la claridad. Cuadrados de verdes parcelas, hileras de robles engarrafados sobre las piedras grises, rastrojos y encinas, y una fuente en la que flotan flores acuáticas. A su espalda quedan las luminosas cristaleras de la fachada Sur del edificio de La Bauhaus de Dessau, una admirable modulación de cubos entrelazados e interrelacionados, con paredes de cristal y hormigón que dibujan asombrosas perspectivas.

Gentes de todas las condiciones sociales deambulan a su alrededor ataviados con atuendos astronómicos y astrológicos. Pero no hay nada ni remotamente parecido a los disfraces diseñados en la propia escuela, que conscientemente evitan ajustarse a la forma humana e intentan ser monstruosos o estrafalarios, pero siempre llenos de colores.

Las conversaciones y las risas de sonido cristalino fluyen como corrientes de sangre que se mezclan y disuelven mientras Albert cruza entre ellos como un solitario glóbulo blanco. Los grillos fragmentan la noche con un ritmo acompasado semejante al entrechocar de las espadas. Una cálida y alegre voz de mujer murmura a su lado:

-Una noche maravillosa, ¿no crees?

Albert se vuelve y tiene que contener una exclamación. La mujer es radiante; su esbelta y refinada figura tiene un aire luminoso. Es intensamente rubia, y el brillo platino de sus cabellos sobresale por encima de los destellos del aderezo de brillantes que representa notas musicales. Viste un corpiño de charol negro, ajustado como una segunda piel, y con un generoso escote que deja ver la bronceada tersura de sus senos. Las líneas plateadas de un pentagrama se enrollan alrededor de su estrecha cintura, salpicadas de corcheas y semicorcheas hechas con lentejuelas, que danzan alrededor de su cuerpo. Complementa su vestuario con un ceñido pantalón corto de cuero negro que le queda al ras de las nalgas, un cinturón cubierto de brillantes, y un pañuelo de muselina azul que flota detrás ella como si estuviera hecho de humo.

Albert se lleva la mano al corazón y finge que está teniendo un ataque.

-Me sorprendiste -dice-… ¿Nos conocemos?…

Y se muerde la lengua apenas ha dicho esto. ¿Qué clase de pregunta es esa cuando tienes delante a una mujer como aquella que intenta entablar una conversación?

-Perdona, quiero decir que… -empieza él a disculparse, pero no se le ocurre nada. Lo cierto es que el rostro de la muchacha le resulta familiar, pero, ¿quién es?

-No habíamos hablado nunca -reconoce ella-, pero siempre te sientas en primera fila en la clase de Natural. Aunque últimamente ya no te veo por allí.

-¡Claro! -exclama Albert, porque al fin se ha iluminado la lucecita en su mente- ¡Eres la modelo! Perdona, no te había reconocido…

Esta vez se detiene antes de decir una inconveniencia, pero es ella la que completa la frase, añadiendo de regalo una mueca pícara a su rostro:

-¿Vestida?

-Sí, eh… quiero decir… Es asombroso, estás increíble con ese disfraz de…

-La Música de las Esferas.

-La “música de las esferas”, claro. -Albert se aparta un mechón de pelo rubio de la frente-. Muy bonito.

-Y eso que llevas tú son…

-Icosaedros estrellados. Siempre me han gustado, porque ya ves que son estrellas tridimensionales… Dentro metí unas mechas encendidas, no sé si te has fijado.

-Sí, muy original. Por cierto, me llamo Helene. No te acordabas, ¿verdad?

-Soy un desastre. Lo siento. En fin, creo que tú ya sabes que yo soy…

-Albert, dime una cosa; ¿por qué dejaste de asistir a la clase de Natural?

Él se queda mirando a la chica y se esfuerza por que sus ojos no desciendan más allá de su cuello, aunque la tentación del corpiño negro reluciente y los pechos rebosando sobre la amplia curva del escote es inmensa. Que extraña le resulta esta excitación que siente ahora cuando la ha visto posando desnuda infinidad de veces. La mente humana es a veces indescifrable, pero el cerebro es siempre el principal órgano sexual.

-Dejó de interesarme el figurativismo -dice-. Todo cuanto existe está amenazado por la destrucción. El mundo ya estaba en ruinas mucho antes de la Gran Guerra, así que la misión del artista es crear un nuevo orden a partir de los escombros… Es necesario imaginar una realidad alternativa, porque esta en la que vivimos agoniza.

Ella lo mira ladeando un poco la cabeza. Sonríe.

-Que pena, me gustaba cuando me dibujabas -entonces, como llevada de un impulso, se coge a su brazo y apoya la mejilla en el hombro de Albert. Las notas musicales de cristal de roca tintinean al entrechocar con los icosaedros de latón-. Quizá logre convencerte de que vuelvas a hacerlo algún día.

-Algún día -asiente él.

Helene se vuelve hacia el centro del jardín y observa el revuelo que se está produciendo entre la gente.

-Oye, parece que Walter Gropius ya va a hablar -dice-; ¿quieres que vayamos a escucharlo juntos?

Él asiente y empiezan a caminar así cogidos hacia el centro del jardín. Una cálida brisa evapora las esencias de las damas de noche y los jazmineros. El cielo está cuajado de puntos luminosos. En un momento, una enorme estrella fugaz cruza la oscuridad sin darles tiempo siquiera a señalar el sitio por donde ha desaparecido. Se cruzan con una pareja de amantes que se escabullen hacia la masa de árboles oscuros. Sus cuerpos se desploman sobre la alfombra de césped, iluminados por la luz anaranjada de los reflectores. La excitación aletea en el vientre de Albert, pero sabe que tiene un compromiso previo que no va a poder eludir. Para él esta es una noche de sangre, no de amor.

En el centro del prado, la multitud está quieta, atenta a la llegada de las personalidades, creciendo en diámetro a medida que van incorporándose nuevos anillos de gente desde el tobogán. Albert y la chica se quedan mirando desde las rocas, oliendo a pasto seco. Poniéndose de puntillas puede ver a Kandinsky, que va disfrazado de antena de radio. Junto a él, Johannes Itten va de engendro amorfo, es imposible describir su apariencia, y basta con apartar la vista un momento para olvidar los complejos detalles que configuran su atuendo. Un poco más lejos, Lyonel Feininger pasea, impresionante con su aparatoso disfraz que consiste en dos enormes triángulos rectángulos chocando, y saluda a Moholy-Nagy, que va de segmento rectilíneo atravesado por una cruz. Al fondo, Muche es un apóstol harapiento y Paul Klee una encina azul partida por la mitad.

El director de la escuela, Walter Gropius, va disfrazado de Le Corbusier. Camina hasta el centro del círculo de personas y hace la tradicional lectura del manifiesto.

-¡El último fin de toda actividad plástica es la arquitectura! -empieza.

Albert escucha en silencio el manifiesto, absorbiendo cada palabra, que no por conocidas le parecen menos impresionantes. El manifiesto de La Bauhaus es un grito para la unidad, la colaboración, la integridad y la reintegración de los artistas y los artesanos. Afirma que el Estado de la Armonía se ha perdido por la división del trabajo causada por la producción en masa y la guerra mundial, hechos que el discurso de Gropius conecta con la mecanización imperante que anula al individuo. Culpa también a las barreras que ha levantado la intelectualidad entre las Bellas Artes y las Artes Aplicadas.

-¡Formemos pues un nuevo gremio de artesanos sin las pretensiones clasistas que pretendan erigir una arrogante barrera entre artesanos y artistas! -exclama-. Deseemos, proyectemos, creemos todos juntos la nueva estructura del futuro, en que todo constituirá un solo conjunto, arquitectura, plástica, pintura y que un día se elevará hacia el cielo de las manos de millones de artífices como símbolo cristalino de una nueva fe.

Estás últimas palabras son respondidas con una cerrada ovación, a la que Albert y Helene también se suman con entusiasmo. Pero después la expresión del muchacho se vuelve taciturna, como si una nube hubiera eclipsado su rostro. Mira la hora en su reloj de bolsillo y comprueba que ha llegado el momento que tanto ha temido.

-Me tengo que ir -le dice a Helene con pesar.

-¿Ya? Pero si aun es muy pronto. La fiesta no ha hecho más que empezar…

-Ya lo sé, pero tengo que atender cierto asunto… Lo siento, pero no puedo decirte más. Si me da tiempo, regresaré, espero volver a encontrarte.

Ella extiende la mano y le toca el brazo que sujeta el reloj.

-Quédate conmigo… toda la noche -le dice con una voz llena de promesas.

Pero Albert tiene sinuosos glóbulos sangrientos flotando frente a sus ojos, recordándole cual es su misión esa noche. Se los frota con los dedos y musita:

-Lo siento, Helene. Pero es mi honor lo que está en juego. Y tú no puedes acompañarme adonde tengo que ir ahora.

Se aleja de ella dando grandes pasos en dirección a la calle que lleva hacia el centro de Dessau. No mira atrás. Y entonces alguien le sale al paso. Albert reconoce a su profesor, Georg Muche, con su disfraz de apóstol desaseado.

-Espera, lo que vas a hacer es una locura -le dice, acercándose mucho a él.

Albert se aparta un poco. Desde que Muche ingresara en la secta mazdeísta, no se lava mucho. Lleva la cabeza afeitada, viste túnicas largas, y sigue una estricta dieta vegetariana con grandes cantidades de ajo purificador que ahora exhala con su aliento.

-Lo siento, profesor, pero esto no es asunto suyo.

-Por supuesto que lo es. ¿Te crees que no conozco cual es el origen de todo esto?  Te vi cuando les hacías frente a aquellos muchachos de Berlín-Charlottenburg. Y lo hiciste para defenderme a mí, ¿no es así?

Muche había ido a Berlín a dar una clase magistral en la en la Escuela Técnica Superior de Berlin-Charlottenburg. Allí fue abucheado por varios alumnos de arquitectura que lo llamaron “perro judío” y luego le arrojaron huevos podridos.

-No lo hago por usted, profesor Muche, sino por el honor de La Bauhaus. También dijeron que la escuela era un “nido de comunistas”…

-¿Y qué? ¿Qué importancia tiene eso? ¿De verdad crees que vas a demostrar algo enfrentándote ahora con esos gamberros?  No te pongas a su altura. Recuerda que la violencia nunca soluciona nada.

Albert se sintió pinchado por aquella afirmación y entonces fue él quien se acercó a Muche. El intenso olor a ajo le llegaba en oleadas con su aliento.

-Eso es un sofisma, profesor.

-¿De verdad lo crees? ¿Cual fue el beneficio de la Gran Guerra? No sólo para nosotros, los alemanes que fuimos derrotados, sino para los ingleses y los franceses, dime, ¿qué sacaron ellos en claro de tantos millones de muertos y una Europa en ruinas?

-¿Y cual cree que debe ser la respuesta ante la violencia? ¿Cruzarse de brazos? ¿Y si en vez de insultos y huevos podridos aparecen esta noche con palos, cuchillos y armas de fuego?…

Albert lo ha dicho como una posibilidad, para no provocar el pánico en la Fiesta del Cometa, pero lo cierto es que los estudiantes de Berlin-Charlottenburg le han prometido que harán exactamente eso si esta noche no acude él a la cita.

-¿Qué debemos hacer entonces? -sigue diciendo-. ¿Correr? ¿Escondernos? Al final a todos los que corren se les acaban los sitios dónde esconderse.

-Llamar a la policía.

-¿La policía? -Albert suelta una risita-. La policía no vendrá. La mayoría están afiliados al NSDAP, y no vendrán a defender un “nido de comunistas”.

-Esto es sólo una chiquillería -insiste Muche.

-Yo no lo creo así. Verá, profesor, ahora soy un estudiante de La Bauhaus, es verdad, pero también pertenezco a una familia tradicional de Westerwald en la que se da una gran importancia a la defensa del honor agraviado. Y lo siento mucho, pero no puedo olvidar todo lo que he aprendido desde niño.

Albert se da la vuelta y empieza a alejarse por la calle de Dessau. Muche se queda plantado allí donde está, y cuando el muchacho se ha alejado unos pasos le grita:

-De acuerdo, Albert, pero no digas que vas por mí o por la escuela. Es la misma semilla de violencia que está en esos chicos la que ahora te empuja a ti.

Albert no le hace ningún caso y sigue caminando. Mientras avanza por una húmeda calle empedrada, que discurre paralela al río Mulde, se va arrancando uno a uno los icosaedros de latón y los va dejando caer sobre los adoquines. Detrás de él brilla una estela de puntos luminosos. Los bloques de viviendas son tan impersonales como los de cualquier ciudad del mundo. El perfume de las damas de noche se mezcla con el monóxido de carbono de algunos automóviles que atraviesan las enjutas calles de Dessau.

Llega al barrio Wallenstein, dónde se concentra la vida nocturna de la ciudad. Ahora nada entre en la corriente humana que circula entre los bares abiertos. Las aceras están cortadas por largas mesas de madera repletas de clientes felices que hacen entrechocar sus jarras de cerveza. Los puestos despiden un olor apetitoso a carne hervida aromatizada con mostaza y rábano picante. Escrito con tiza en una tabla frente a la puerta de uno de estos locales, se puede leer el precio de una cena completa: sólo un millón ochocientos mil marcos. Es muy barato, así que no es raro que las mesas estén llenas.

Unos muchachos interpretan una canción popular en el centro de la plaza, sus voces varoniles resuenan contra las paredes de los edificios circundantes. Llevan atuendos tradicionales, y en sus brazos lucen unos llamativos brazaletes rojos en cuyo centro hay un círculo blanco con una espiral negra. Son miembros del NSDAP, claro, y Albert se maravilla de cómo un antiguo partido obrero se ha transformado en algo completamente nuevo al incorporar el nacionalismo a su ideología.

La canción es hermosa y habla de cosas que tocan el corazón de la gente que pasa; del amor a la tierra, de las profundas raíces de los hombres que pertenecen a aquella nación, de los campesinos y las mujeres, de los niños que son la esperanza del futuro. Ve lágrimas en los ojos de un hombre que está plantado escuchando atentamente. Cuando los muchachos concluyen su canción, arranca a aplaudir con fervor, igual que otros muchos que han acudido a la plaza atraídos por sus voces.

El nacionalismo es una fuerza poderosa, piensa Albert, admirado y también un poco emocionado por la espontánea reacción de la gente. Tanto o más que la religión, pues esta puede ser inculcada u olvidada; pero la propia nación y sus tradiciones, la raza, lo que hace de un hombre alemán diferente de cualquier otro hombre de la Tierra, ese es un sentimiento puro e inalterable, que permanece en el corazón humano desde la cuna hasta la muerte, y no hay fuerza humana capaz de arrancarlo. Incluso si una nación ha sido aplastada, dominada por otras naciones, destrozada por la más cruel de las guerras, o injustamente humillada por los vencedores como sucedió con Alemania, incluso entonces, el nacionalismo es un sentimiento que trasciende y le da al oprimido, al sometido, al mediocre, una excusa para el orgullo frente al Otro.

En La Bauhaus se enseña que la religión y el nacionalismo son sentimientos irracionales, que provienen de la infancia de la humanidad, del miedo y el oscurantismo de los hombres asustados ante un Universo que no comprenden. Albert no lo cree así.

El nacionalismo es mucho más fuerte que la religión, piensa. Mucho más.

Llega frente a una casa de dos plantas. En la de abajo hay una cantina abarrotada de humo y muchachos que beben, fuman y cantan ajenos a cualquier preocupación. Por sus uniformes y sus gorritas se puede ver que la mayoría son estudiantes de la Escuela Técnica Superior. En el piso de arriba las ventanas relucen iluminadas por la luz amarillenta de las velas. Las negras y retorcidas siluetas de unas extrañas criaturas, danzan macabramente junto a los cristales. Con un estremecimiento, Albert las observa con atención. Parecen pájaros surgidos de una pesadilla goyesca; puede ver sus picos cortos y puntiagudos, sus ojos bulbosos, y sus cuellos anormalmente gruesos.

Retrocede un paso y, por un instante, se plantea la posibilidad de alejarse de allí, regresar a la Fiesta de los Cometas, y olvidarlo todo. Nadie en La Bauhaus va a enterarse nunca de nada; y esos son sus compañeros, los que tienen que importarle de verdad, y no las criaturas de perfil demoníaco que ahora danzan en el piso superior.

No digas que vas por mí o por la escuela, le había dicho Muche. Y ahora es tentador volver con los cometas en vez de meterse de cabeza en aquel nido de aves de rapiña. Retrocede otro paso y siente la presencia de una persona a su espalda. Se vuelve. Es un hombre no muy alto, con un traje pasado de moda y unos impresionantes bigotes de puntas enrolladas. Mira asombrado las siluetas que se reflejan en las ventanas, y dice:

-¿Mensur?

Su voz es femenina y perfectamente reconocible para Albert.

-Helene, ¿qué haces así vestida?

Ella sonríe y retuerce la punta de su bigote postizo.

-Soy Karl Schwarzschild. Le cambié el disfraz a László Moholy.

-¿László Moholy? ¿Él está ahora vestido con lo que tú llevabas? -se asombró.

-Sí, y está encantado. Dime, eso de ahí arriba, ¿es Mensur?

-Sí, es Mensur -dice Albert de mala gana, mientras rebusca entre los cubos de basura, en un hueco pegado a la pared del edificio. Levanta una bolsa de cuero negro sujetándola por las correas que la cierran. La escondió allí la noche anterior-. Deberías regresar a la escuela; ahí arriba no se admiten mujeres.

-¿Te parezco una mujer ahora? -dice ella extendiendo los brazos y girando sobre sí misma con una gracia inequívocamente femenina.

-Sí. Y no quiero que conviertas esto en una payasada.

-Venga, ahí arriba parece que está bastante oscuro y lleno de humo de tabaco. Seguro que nadie se fija en mí. Y necesitas un padrino. ¿Tienes un padrino?

-No -admite-. Pero seguro que alguno de los muchachos se ofrecerá.

-¿Quieres que un estudiante de Berlin-Charlottenburg sea tu padrino?

Albert se ha cansado de discutir. Entra en la taberna con la bolsa de cuero bajo el brazo y el bigotudo Karl Schwarzschild lo sigue de cerca. Entre los dos tienen que apartar a los borrachos, que insisten en invitarlos a un trago, para poder llegar a las escaleras que están situadas al fondo, junto a la barra repleta de vasos y encharcada de licor.

El piso superior está lleno de humo, como Helene había predicho, y Albert siente que lo invade la ansiedad. Por un instante se le desenfoca la visión, pero poco a poco sus ojos se van acostumbrando a la luz incierta y rojiza de las velas, y aparece una gran habitación en la semipenumbra, las paredes decoradas con papel pintado. En el suelo no hay ninguna alfombra y se ven las desparejas tablas de madera. Es un espacio diáfano, con sólo unas vigas cuadradas interceptando la visión. Las velas están prendidas en una especie de candelabros sujetos a cada lado de estas columnas.

En las paredes se proyectaban las sombras, extravagantemente nubladas y distorsionadas, de dos muchachos que practicaban la esgrima. Por sus movimientos es evidente que no están luchando y que se trata sólo de un calentamiento.

En el extremo opuesto a la puerta, junto a una ventana cerrada, se extiende una hilera de mesas llenas de envoltorios vacíos y las botellas de cerveza desechadas; en ellas, en sillas de respaldo bajo, hay unos veinte estudiantes que conversan animadamente. Al verlos aparecer en el umbral, sus voces se desvanecen gradualmente y los observaron solemnes. Los dos esgrimistas también interrumpen su combate simulado.

Los monstruos que creyó ver desde la calle han desaparecido, pero Albert tiene la sensación de que lo han hecho sólo un instante antes de que él y Helene asomasen por la puerta, trasmutando su aspecto en el de aquellos estudiantes que ahora los miran con insolencia. Piensa que si aparta la vista sólo un momento de ellos, volverán a recuperar su verdadera naturaleza monstruosa para atacarlo.

Pero se sobrepone a esos temores absurdos y entra con paso decidido en la habitación. Luego pasa Helene, que cierra la puerta detrás de ella.

-Me alegro de verles, caballeros -dice Albert.

Uno de los esgrimistas se vuelve hacia ellos. Lleva una extraña máscara de latón que parece unas gafas de bucear con el pico de un pájaro soldado a ellas. Se la quita.

-¡El dummer junge! -exclama-. Empezaba a pensar que no ibas a venir.

-Ya ves que estabas equivocado.

-Sí, eso parece -sonríe. Es un muchacho de unos veinte años, bastante guapo a pesar de las enormes y pálidas cicatrices que cruzan su rostro.

Albert cruza la habitación, mirando con cautela el enorme sable que el muchacho de las cicatrices sujeta en su mano. Helene va un paso detrás de él. Llega a la mesa donde están los sentados los estudiantes, y aparta de un manotazo algunas botellas vacías, para dejar un espacio libre en el que apoyar la bolsa de cuero.

Uno de los muchachos saca una libretita bastante deteriorada, pasa varias páginas repletas de nombres hasta encontrar una vacía. Toma su pluma y pregunta:

-¿Cómo se llama tu padrino?

-Eeeh… Karl.

-De acuerdo, con eso basta -dice el estudiante haciendo una anotación.

Otro que parece bastante bebido suelta una risotada y dice:

-¿Los dos sois de La Bauhaus? ¿Les habéis dicho a vuestros profesores judíos adónde ibais? ¿Qué pensarán esta noche cuando vayan a arroparos y no os encuentren?

Albert lo ignora y suelta las correas de la bolsa. En primer lugar saca unas gafas de Mensur parecidas a las que lleva su rival. Son de latón pintado de negro y parecen unas gafas de buceo que en vez de cristales lleva una malla metálica; la protección de la nariz es un largo y afilado pico que se dobla hacia abajo como un gancho.

Las deja a un lado y saca la pieza más pesada del equipo, el paukhosen. Son unos gruesos pantalones de piel que continúan con un peto que cubre el vientre y las costillas, como una coraza medieval. El conjunto se ata a la espalda mediante correas. Albert se quita la chaqueta de Tweed y el chaleco, se arremanga las mangas de la camisa, y le pide a Helene que le ayude a ponérselo. Luego se enrolla alrededor del cuello una bufanda hecha con malla metálica y cuero, que le llegaba hasta la barbilla y que también se sujeta por detrás con correas. Mete la mano derecha en un guante de piel que sujeta con una cinta de seda al codo, y sobre él se pone el stulp, una funda de tejido acolchado. El brazo izquierdo está sin protección porque irá atado a la espalda durante el combate. Entonces se coloca las gafas de protección y Helene se queda mirándolo.

-Tienes un aspecto verdaderamente insólito -le dice-; podrías haber ido así a la Fiesta del Cometa y no hubieras desentonado.

-No creo que en La Bauhaus fuera bien visto este tipo de atuendo.

-Llevas el cuerpo muy protegido, pero casi todo el rostro al aire…

-Esa es la idea. Fíjate en mi rival; su nombre es Ernst Schlüter.

-Tiene la cara llena de cicatrices.

-Así es. Su familia tenía plantaciones en África antes del Armisticio, y dice que los negros no respetaban a sus amos blancos si no llevaban cicatrices en el rostro. Ernst ha combatido ya cincuenta veces; esas heridas que luce son tan codiciadas que, cuando estaban cicatrizando, se las abría de vez en cuando para verter vino tinto en ellas y que así le quedaran lo más aparatosas posible. Porque muchos piensan que el Mensur imprime carácter al joven alemán, y las cicatrices para un estudiante son algo tan deseado como las joyas para una mujer. También dicen que os resultan atractivas.

-No sé yo… -dice Helene mirando dubitativa el parcheado rostro de Ernst, que también se ha equipado ya con el atuendo completo de Mensur-. ¿Cuántas veces has combatido tú?

-Esta va a ser la primera -admite-. Mi deporte siempre fue el remo. Pero no te preocupes, mis dos hermanos eran devotos del Mensur, y practiqué de niño con ellos.

-¡De niño! -exclama Helene.

El árbitro se dirige entonces al centro de la sala y hace una señal llamando a los dos contendientes. Albert completa el último detalle de su atuendo, coloca el brazo izquierdo a la espalda y deja que Helene se lo ate firmemente a las correas que sujetan el peto. Después camina hacia el lugar del duelo. La adrenalina le inunda el pecho y las tripas como un calor sofocante, y se expande por sus venas hasta el último rincón de su cuerpo. Siente en los oídos el zumbido de la sangre y el lejano eco de su corazón acelerado. Pero no tiene miedo. Sólo desea que todo empiece y termine de una puta vez.

Albert se planta frente a Ernst. Los padrinos les entregan a cada uno de ellos una espada Stossdegen, con una enorme cazoleta con forma de cesta muy elaborada y una hoja de sección triangular de unos noventa centímetros de largo. Es mucho más pesada que las comunes espadas de esgrima con las que Albert solía entrenarse.

Los dos se sitúan a la distancia del acero, de pecho a pecho, y el árbitro dibuja con una tiza un círculo en el suelo entorno a ellos. Luego dice con solemnidad:

-El que sobrepase tres veces esta línea en su retirada, será considerado derrotado con vergüenza e injuria. ¡Que empiece el combate!

Se retira y Albert y Ernst empiezan a girar el uno alrededor del otro, como dos grandes escorpiones encerrados en un círculo de fuego. Los brazos estirados a la altura del hombro, las piernas apenas flexionadas, los aguijones de acero apuntan hacia el adversario y siguen con precisión cada uno de sus movimientos.

De repente, Ernst acomete con osadía. Se lanza a fondo con una estocada en segunda, y cierra la distancia con un paso largo con el que le gana a Albert un buen trecho de su hierro. Este para el golpe, levantando la mano y bajando el cuerpo, y contesta a su vez con una estocada en sesgo. Pero Ernst se desplaza hacia el lado contrario, con un elegante movimiento de piernas, y vuelve a colocar la punta de su Stossdegen frente al rostro de su oponente; que retrocede, pero no tanto como para salirse del círculo de tiza.

Hay belleza en esto, piensa Albert, entusiasmado por haber salido con bien del primer intercambio de golpes, con los sentidos acelerados por la adrenalina.

Siguen girando el uno alrededor del otro. Los cuerpos y las agujas de acero que sujetan al extremo de sus brazos libres dibujan ángulos y secantes que se inscriben en círculos dentro de círculos. La espada es una línea que consta de un número infinito de puntos, que al desplazarse deja un rastro formado por un número infinito de líneas, y que atraviesa el espacio finito en un tiempo infinitamente divisible, pero no infinito, porque la infinitud está encerrada dentro de los sólidos confines de un círculo de tiza.

Las puntas de las espadas siempre están zumbando cerca de uno y otro rostro. A veces rasgan la piel y salta la sangre, pero son heridas superficiales y el combate no se detiene por ellas. De repente, Ernst se lanza a un fondo extremo. Es una maniobra temeraria que puede tener mucho alcance y fuerza, pero en la que, a la vez, es difícil mantener el control. Y allí encuentra Albert su oportunidad. Y la aprovecha.

Con grácil compás abandona la línea de su enemigo y con el propio desplazamiento, impulsando el brazo con la fuerza del movimiento de todo su cuerpo, lo alcanza de pleno el rostro, y le abre un profundo tajo sangriento en el pómulo izquierdo.

El combate se detiene. El árbitro se acerca para inspeccionar la herida.

Es difícil describir cómo se siente Albert, allí plantado, respirando pesadamente, con la espada manchada con la sangre de su enemigo bien sujeta en la mano. Mira alrededor. Los estudiantes de Berlin-Charlottenburg se han puesto en pie y en sus ojos hay un nuevo respeto. Ya no es el dummer junge, el joven estúpido que entró un momento antes en la sala. Helene también lo mira de un modo que a él le parece distinto.

Y le gusta.

Albert siempre ha sido un joven introvertido y nunca ha sido demasiado feliz. Sólo una vez sintió algo parecido a lo que siente ahora; fue durante unas vacaciones con su familia en los Alpes austriacos, le gustaba alejarse para trepar él solo a una cumbre. Su padre se lo había prohibido terminantemente, porque era peligroso, pero Albert pensaba que el paisaje valía la pena. Cuando las condiciones climáticas eran buenas, y la niebla se despejaba, podía asomarse al abismo y divisar a una distancia enorme. Veía el valle lleno de casitas diminutas como granos de sal, y pensaba en la gente que vivían sus vidas en el interior de aquellas minúsculas partículas. Vidas vacías y sin sentido, que él podía abarcar de un vistazo, como haría Zeus desde lo alto del monte Olimpo.

Ernst Schlüter aparta de un manotazo a su padrino y al árbitro. Un joven estudiante de medicina también ha acudido para inspeccionar la herida en su pómulo y lo empuja también.

-¡Voy a seguir! -grita-. ¡El combate sigue!

-Tienes un corte de “dos pieles” -le dice el árbitro-. Hay que parar.

-¡No! -exclama fuera de sí, y se vuelve hacia Albert-. Venga, ¡en guardia!

Albert regresa al interior del círculo de tiza, y el Mensur se reanuda. El pómulo de Ernst sangra abundantemente, pero esto no parece importarle en absoluto al estudiante de Berlin-Charlottenburg. Vuelve a tomar la iniciativa y se lanza a un nuevo y salvaje ataque. Albert se defiende como puede, sorprendido por la repentina energía de su enemigo, al que creía derrotado. Se produce un rápido intercambio de golpes de acero que resuenan como un repiqueteo. Tac, tac, tac… A derecha e izquierda. Fulgurantes.

Ernst se cierra en estocadas estrechas, rápidas, que obligan a Albert a repararse con cuidado hasta casi tocar con sus talones el límite de tiza. A pesar de todo, intenta mantener el ángulo recto, moviendo el brazo según las evoluciones de la espada de su adversario, subiendo, bajando y flexionándose cuando es necesario para cubrirse de las estocadas que le lanza sin descanso, con los sentidos aguzados para responder a su ataque y encontrar el hueco deseado para hacer el movimiento de conclusión. Astutamente, Ernst le ofrece falsas oportunidades de penetrar su guardia, todas encierran una trampa en la que Albert no cae. La sangre del pómulo salpica gotitas en todas direcciones, mientras Ernst se mueve frenético. Los dientes apretados. Los ojos llenos de odio.

Albert, abstraído por completo de todas las demás cosas que lo rodean, observa la geometría cambiante que es el cuerpo de su adversario; las combinaciones de brazo, espada y piernas, trazan nuevos ángulos a cada instante, que dibujan en su mente una maraña de líneas luminosas, que se cruzan, inscriben, e intersecaban. Si quiere salir victorioso, debe encontrar un camino a través de toda aquella maleza de posibilidades.

De repente ve una posibilidad que le parece sincera, y le lanza una estramazón directa entre los ojos y el nacimiento del pelo. Un ataque casi imparable que, sin embargo, Ernst detiene en tercera alta, levantando la espada y bajando el cuerpo. A continuación responde, cerrando distancia con un paso grande, y asestando una profunda estocada en segunda. Albert la desvía con la cazoleta, al tiempo que finta para ponerse fuera de su alcance. Pero es una treta. Ernst lo está esperando justamente allí, y contesta tirando a fondo una estocada en cuarta que sitúa la aguzada punta de su Stossdegen en la barbilla de Albert. El acero penetra la carne y tropieza con el hueso, y el movimiento continúa rasgando piel y músculo, araña el tejido óseo y dibuja un profundo surco a lo largo de la mandíbula, hasta casi tocar la oreja izquierda.

Albert siente un estallido de dolor tan intenso que las rodillas se le doblan y cae al suelo. Caballerosamente, Ernst retrocede un paso. Helene llega junto a él antes que el árbitro, y le sujeta la cabeza para que esta no golpee contra las tablas del suelo. La mira con los ojos enturbiados por la conmoción, y se fija en que el bigote postizo está medio desprendido. El dolor le impide pensar con claridad, pero extiende la mano y presiona el labio de la chica para volver a fijar su disfraz.

-Es una herida grave -oye decir al árbitro-. Voy a detener el combate.

-Sí, sí, pare esto de una vez -dice Helene.

Con un esfuerzo sobrehumano, Albert intenta ponerse en pie. Se sujeta al brazo de la chica disfrazada para enderezar las rodillas. Está mareado y tiene ganas de vomitar, pero se sobrepone a todo y logra decir:

-No, no ha acabado. Quiero seguir…

Le cuesta mantener los ojos abiertos. El dolor es como una sucesión de deslumbrantes estallidos de luz frente a sus ojos. Parpadea, aspira hondo, y se vuelve hacia un lado para vomitar sobre las tablas del suelo empapadas de sangre.

-No -dice alguien con firmeza-. Es suficiente.

Albert se vuelve hacia el que ha hablado. Ernst Schlüter sujeta un pañuelo empapado de rojo contra su pómulo, y añade:

-Has demostrado tu valor sobradamente y has combatido con honor. Reconozco mi falta de razón al insultarte. Retiro todo lo que dije sobre tu escuela y tus profesores, y te saludo como saluda un caballero alemán a otro.

Ernst coloca la espada vertical frente a su rostro, inclina la cabeza respetuosamente, y da un seco taconazo. Luego sale del círculo de tiza y se deja caer en una silla para que le cosan la herida del pómulo.

Otro estudiante de medicina se acerca a Albert y estudia el profundo corte en su mandíbula. Le aplica una gasa empapada de antiséptico y dice:

-La herida ha afectado al hueso, es mejor que vayas al hospital para que te curen. Pregunta por Schweitzer, es compañero mío y está de guardia esta noche. Te atenderá sin hacer demasiadas preguntas. ¿Quieres que te acompañe alguno de nosotros?

-No -dice Helene-, yo lo llevaré al hospital.

El estudiante de medicina fija la vista durante un momento en el incongruente bigote postizo de la mujer. Su mirada está cargada de sospecha, pero se encoge de hombros y se vuelve hacia el herido. Saca una libretita y le pregunta:

-¿Cual es tu nombre completo?

-Albert… -dice él con un hilillo de voz-. Albert Speer.

Lo anota y firma debajo. Después lo arranca y se lo entrega a Helene.

-Recuerda -le dice-, pregunta por Schweitzer nada más llegar.

-Así lo haré -dice ella tras guardar la nota.

Los dos bajan las escaleras y salen a la calle. Albert va apoyado en el hombro de Helene. La noche se ha estropeado; unos densos nubarrones han ocultado las estrellas y una lluvia turbia y polvorienta ha vuelto resbaladizos los adoquines de la calle Wallenstein. Tienen que caminar con cuidad en dirección al hospital.

-Me pregunto lo que dirán en la escuela de tu herida -murmura Helene.

A Albert Speer eso ya no le importa en absoluto. Pero no dice nada. A pesar del dolor, o quizá gracias a él y las endorfinas que ha liberado en su torrente sanguíneo, contempla el camino ante él con una asombrosa claridad.

Recuerda las palabras de su padre cuando le dijo en una ocasión que la vida de los hombres casi siempre discurren por un trayecto prefijado desde el nacimiento, como las vías de un tren. No hay posibilidad de variar la dirección. Nada más desolador que vivir esa existencia mezquina, mientras las penas te envejecen y te conviertes en títere de la rutina, sin encontrar más consuelo para el tedio que la esperanza final en Dios.

Pero, a veces, muy raramente, pero sucede en ocasiones, te encuentras con un cambio de agujas. Un momento decisivo en tu vida en el que puedes hacer que todo cambie.

Y Albert siente que está en uno de eso momentos.

© Juan Miguel Aguilera
Reproducido con permiso del autor

Sombras en el malecón
Félix J. Palma

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¡Oh, soledad, si tengo que convivir contigo
que no sea en la maraña de oscuros edificios!

John Keats

Ese descubrirse muerta nada más abrir los ojos, nada más sentir sobre la cara la triste y aguada luz del amanecer, sacudiéndole el sueño como el plumero de un mayordomo eficiente, situándola de repente entre cuatro paredes que no reconoce porque nunca las ha mirado de verdad. Ese dejarse atravesar por los días sin ofrecer resistencia, ese no ser más que Nuria y ni siquiera eso desde que ocurrió aquello, desde aquella noche que se llevó a Manolo y se olvidó de ella. Se revuelve en la cama demasiado grande, tratando de esquivar la ridícula luz que se cuela hábilmente por la persiana a medio bajar, retrasando el momento de abandonar las sábanas y fingirse viva. Busca la cajetilla, se coloca el cenicero sobre el vientre y enciende un cigarrillo. Lo fuma lentamente, mirando el techo, buscando un motivo por el cual deba levantarse, preguntándose por qué debe continuar si ya perdió su sentido, si ya esto de vivir le aburre y le duele.

Pero finalmente se levanta, como hace siempre, porque a la larga sabe que no existe ninguna diferencia y eso es lo peor de todo. Abre la ducha y se sumerge bajo el chorro. Cansada, descolorida, se recuesta contra los azulejos, dejando que los dedos tibios y atrevidos del agua la recorran, la perfilen, la concreten con su magreo líquido, encontrando por ella los límites perdidos de su propio cuerpo, esos bordes donde queda contenida que Manolo subrayaba cada noche con el tiralíneas de sus caricias. Y piensa en él, en sus ojos y su risa, en el consolador culebreo de sus dedos por esas parcelas de su cuerpo cedidas una noche de luna y velas, en la paz de su rostro ladeado contra el asiento y en el lento resbalar de aquella gotita de sangre desde la comisura de sus labios. Luego se seca mecánicamente, borrándose otra vez, extraviándose de nuevo, sin saber dónde acaba Nuria y empieza todo lo demás.

Se prepara un café y lo bebe sin ganas, cansinamente, entre cigarrillos. Echa algunas miradas por la ventana: las mismas calles vacías de los últimos meses, el mismo cielo untuoso y crispado, el mismo estremecimiento de los árboles, el descenso rutinario y ocre de sus hojas al buscar las aceras… Casi le cuesta creer lo que cuentan las postales: que todo aquello renazca con el verano, que aquellas calles yertas se inflen de color y ruido y el mar que ahora apenas vislumbra entre los edificios mude su nostalgia por un azul voluptuoso y fulgente, como de carnaval. Por supuesto lo prefiere así: tan silencioso y fantasmal, tan afín, tan apropiado. Acaba el café y deja la taza en el atestado fregadero. Enciende un nuevo cigarrillo. Sabe que tarde o temprano alguien, no sabe todavía quién o de qué forma, pondrá fin a todo esto, a esta repetición inútil, a este lento y disimulado consumirse. Pero mientras…

Por fin se acerca a la máquina de escribir como todas las mañanas, sabiéndose derrotada de ante mano, sabiendo que el papel seguirá blanco cuando por fin se levante para vaciar el cenicero. Mira las cartas de la editorial, amontonadas al lado de la máquina, la mayoría sin abrir. El plazo de entrega se le acaba y aun así es incapaz de retomar su cuarta novela, arrinconada en una esquina de la mesa, los personajes intercambiando sus nombres, sus sueños, sus sexos, amotinados en una trama que se desanuda día a día, sin una sola línea nueva desde aquella noche de pesadilla que no deja de rememorar una y otra vez, manoseando cada detalle, desgarrándose por dentro a voluntad, porque el dolor ha llegado a convertirse en un licor dulce, en un cascabeleo agradable que le dice que existe, en un peso interior que la ancla a sí misma, que la mantiene cohesionada. Ni una sola línea, sólo un removerse intranquilo en la silla, una pantomima ante el teclado que ya no engaña a nadie, que ya no promete nada, y siempre la decisión final, que resultaría espontánea de no ser porque se repite cada día, el retirarse de la mesa con un gesto brusco, sofocado, el descubrirse tratando de orientarse en el vestíbulo de su propia casa, y el abrigo, la cajetilla y el encendedor, las llaves, el viento frío picoteándole las mejillas encendidas, el errar por las calles desiertas tan remiradas desde la ventana, la indiferente acogida del pequeño pueblo costero que Manolo y ella, el joven arquitecto y la prometedora escritora, escogieron para alzar su soñado baluarte contra el mundo, aquella casa que él diseñó con tanto esmero, cuidando cada detalle, discutiendo con ella cada curva de las cornisas, cada remate victoriano de la fachada en noches maravillosas, entre sábanas y café y Manolo y Nuria, la misma casa de cuento de hadas que es incapaz de mirar ahora, sin Manolo, sola, vacía, sin esa protección que de alguna manera eran las sábanas y el café, el lugar donde desembocó su torpe y nebulosa huida. 

Calles y más calles. Huecas. Desvalijadas. A merced del viento. Y el malecón. Al final del imprevisto y esperado paseo de nuevo el malecón, como si las desoladas calles se aliaran para traerla siempre allí, a la calma definitiva de aquella superficie de  cemento gris tendida hacia un mar igualmente gris. 

* * *

Y el malecón la recibe a su manera, envolviéndola en su falta de colores, en su franco esquematismo. Ya no encuentra rastro alguno de la imagen gallarda de los veleros ni de los lujos ni de esos atardeceres tan empalagosos de las postales, tan solo queda un trazo seco de piedra sobre las plateadas olas, un pedestal desabrigado contra cuyo reborde ronronea el mar, sobrecogedor e infinito. Allí, con toda una hilera de bancos descascarillados donde escoger, se siente olvidada de veras, muerta de verdad, y se pregunta si realmente existe algo más aparte del gris salado y lúgubre que la rodea, del gris húmedo y poroso que la llena. Aunque quisiera no podría demostrar que minutos antes estuviese ante la máquina, recibiendo la burla de las teclas, tratando de rescatar su última novela; ni siquiera puede demostrar que exista tal novela o que ella sea escritora. Ni siquiera puede demostrar que a unos pasos de allí exista un pueblo enfermo de invierno. Ni siquiera sabría como demostrar que sigue viva. Pasea un poco por el bordillo del malecón, se para, junta sus tacones, abre los brazos, se observa crucificada sobre las olas de charol, musita un Manolo rancio que le llena la boca de moho, mira las aguas agrisadas y piensa que por qué no, que por qué no hoy; pero de alguna manera sigue allí, sin atreverse a adelantar un pie hacia la nada redentora del mar, sin reunir el valor o las ganas necesarias para abandonar la ilusoria seguridad de ese apéndice repudiado de la ciudad que es el malecón y dejarse envolver por la mortaja gris de las aguas, por el olvido silencioso y profundo que tanto desea. 

Se arrebuja en su abrigo y se sienta en un banco. Fuma. Cierra los ojos y agacha la cabeza, lentamente, ofreciendo al frío cortante del malecón parte de su cuello, y entonces, como cada mañana, como cada vez que cierra los ojos y baja despacio la cabeza, Manolo aparece por detrás y besa entre risas la ofrenda cálida y suave de su piel descubierta y la busca con dedos de borracho bajo la ropa y dice que no puede más, que no ve el momento de llegar al apartamento y tomarla y olvidarse de la estúpida fiesta y de aquellas sonrisas tan falsas y podridas y el asedio de las cámaras y ella nota cómo sus pezones se marcan contra la fina tela del vestido y se atreve a reclinarse en el asiento, sintiendo cómo las traviesas caricias de él y el champán se alían para desdoblarla, para crear una nueva Nuria que se desgaja de la Nuria que conduce por la sinuosa carretera, que se siente adormecer entre plumas, vencida por una sensualidad inesperada y placentera, que ni siquiera es capaz de alterarse cuando una sombra huidiza sale de los matorrales y se estrella de repente contra el costado del coche, que ni siquiera puede hacer más que sonreír tontamente cuando Manolo desenvaina la mano de entre sus muslos y trata de enderezar el volante, que ni siquiera intenta moverse cuando el vaivén del vehículo le insinúa que nunca llegaran al apartamento, que aunque esto no estaba en su agenda está ocurriendo, que después de todo aquellas eran las últimas caricias, que ahora, ya ves, la barra de seguridad cruje y arremete rabiosa, hecha pedazos, contra el parabrisas. Entonces, mientras nota sobre el rostro el salpicón afilado del cristal, comprende que de golpe todo a quedado reducido a un segundo, un segundo eterno y exasperante de encogerse sobre sí misma, de sentirse estúpidamente viva, un segundo en el que nada importa, un segundo dislocado del tiempo en el que solo resta esperar y esperar hasta que todo se concrete.

Fuma y mira el mar. Recuerda el dolor de creerse muerta y, sin embargo, no siente más que el de saberse viva. Y se le van las mañanas entre cigarrillos y accidentes, entre lágrimas saladas y hombres que mueren de repente, a su lado, sin contar con ella, sin terminar sus caricias. Si no hubiera insistido en conducir, si aquella tonta fiesta no la hubiese asfixiado tanto, si la luna, oh si la luna no hubiese asomado por entre las copas de los pinos como una invitación a olvidarse de todo, a surcar la fresca noche a su manera, a escapar, a aplazar el segundo siguiente, tan familiar y sabido, a borrarse en la velocidad cómplice y sentir la noche en el pelo, en las mejillas, subiéndole por las piernas…Mira el mar y fuma.

Y nada cambia nunca en el malecón. Sólo el gris, impreciso y tozudo, manchándolo todo, difuminando sus limites hasta convertirlo en un lugar nómada, en una zona de sombras que no forma parte de nada, que es como una conclusión o un principio. El frío le busca los huesos y el viento arrebata casi enseguida la ceniza de sus cigarrillos y la esparce a su alrededor, de manera que a veces piensa que aquel sitio no está hecho de otra cosa más que de sus propias caladas, que no es más que un tejido de humo gris que ella hilvana cada mañana, desde su banco, desde su interior, con paciencia de artesano y dolor de plañidera. A veces el cielo la recompensa con una llovizna inofensiva, una lluvia breve y caliente que se le antoja orina, pero casi siempre se limita a estar allí, removiéndose lánguido y arrugado sobre su cabeza. Al igual que el mar, con sus olas artríticas y su brillo de navaja a las entrañas. Nada ocurre nunca en el malecón; y tal vez por eso venga aquí cada día, porque ya está cansada de que ocurran cosas, porque ya le ha ocurrido todo cuanto debía ocurrirle. Porque ahora sólo se trata de fumar y mirar el mar.

Algunas mañanas, sin embargo, alguien consigue encontrar el camino secreto hasta el malecón y pasa a su lado como una interferencia, como un abanderado exhibicionista de ese mundo en el que siguen ocurriendo cosas, y ella le observa casi con repugnancia, molesta por su intrusión; a veces un ciclista sudoroso que pedalea a toda prisa y lanza miradas furtivas al terrible gris del mar, como comprobando cuántoo queda para el verano, para la luz del sol y de los besos; a veces un anciano renqueante que se detiene un minuto entre los bancos y escruta con ojos gastados las aguas, como comprobando cuánto queda para morir, para la oscuridad y el descanso definitivo; pero es el hombre de la gabardina arrugada y gris quien nunca falta a su cita, es por él por quien cada mañana deja de pensar en automóviles que se despeñan a la luz de la luna mientras le contempla pasear a lo lejos, como perdido, como sonámbulo, como difuminado; tal vez sea eso y no otra cosa lo que la trae cada mañana aquí, al olvido gris del malecón, el saber que hay otro que sufre,que existe un desconocido que fuma y mira el mar y que quizá se pregunte, cuando se para muy tieso al borde de la piedra, que por qué no, que por qué no hoy, que por qué no empezar yo ya que ella no se decide…

Los primeros días ni siquiera reparó en él, de manera que cuando se lo plantea no puede asegurar quién llegó antes, si el desconocido ya estaba allí cuando ella encontró el malecón o si por el contrario apareció después, una vez ella había elegido banco, sin hacerse notar, como si hubiera surgido del humo de sus cigarrillos; pero le gusta pensar que ambos llegaron el mismo día, como si de alguna manera lo hubieran acordado, como si sus respectivas tragedias estuviesen sincronizadas. Ahora, sin embargo, no hay mañana en la que Nuria no estudie sus movimientos con ternura. Le contempla caminar con las manos en los bolsillos, deambulando lentamente de un lado a otro, siempre sin acercársele demasiado, pero rebasando cada día un poco más los límites de sus paseos. Le contempla elegir un banco y encender un cigarrillo. Le contempla fumar ensimismado, con la cabeza ladeada, mientras su mente proyecta los recuerdos de su drama sobre la rugosa pantalla del mar. Le contempla. Hay algo en él. Sí, hay algo en él que…Esa forma descuidada de ajustar la gabardina sobre sus hombros, esa morosidad casi aristocrática de consumir el cigarrillo, ese atusarse distraído el cabello revuelto…Tan alto, tan delgado, tan Manolo.

Al final el gris acaba por vencerla, siente el frío demasiado dentro, rozando casi el frágil caballete de sus huesos, y hasta se le escapa el sentido que cree ver en su espera sin sentido; de manera que siempre hay un regreso, una ducha caliente que dura horas y un tenderse en la cama con cierta vergüenza de niña, unos dedos lánguidos, como acobardados, y un trabajoso desdoblarse a sí misma, un buscar urgente en el roce de su cuerpo húmedo contra las sábanas una sensualidad protectora y no encontrar más que una vaharada leve y distante de deseo con que espantar la soledad. Y volver en sí después, sólo para constatar que la soledad sigue ahí una vez se le apaga la carne. Y arrastrarse hasta la máquina para ver si ahora sí, si ahora que se siente menos muerta es capaz de hilvanar alguna frase y descubrir que no, que nada de lo que lleva dentro es lo suficientemente fuerte como para hacer mella en el papel. Y buscar el cenicero. Y la cajetilla. Y fumar mirando el techo. Y decidir acercarse un banco más al día siguiente.

Y el día siguiente llega después de todo, la recorre apenas y pasa, para dejar sitio al siguiente, aunque sea imposible precisar cuándo, porque no hay límites, porque no quedan ojos que miren relojes y todo se confunde bajo el humo de un cigarrillo, porque el tiempo es algo inútil en el malecón. Y entonces, sin que ninguno dé muestras de sorpresa, sin que ninguno sepa cuándo, sin que ninguno haga otra cosa que fumar y mirar el mar, una mañana se descubren compartiendo el mismo banco. Y en algún momento perdido en esa urdimbre pegajosa de mañanas y melancolía que es lo único que tienen ahora, el desconocido habla sin atreverse a mirarla, sin decir nada en realidad, y Nuria, con la mirada asentada en el mísero mar pero sin dejar de espiar aquellas manos pálidas y afiladas que no cesan de revolotear en busca de cigarrillos, nota en su interior como una lumbre, como una punzada suave y aceitosa al escuchar el sonsonete olvidado de una voz junto a ella. Da una calada y deja que el humo escape de su boca con morosidad, sin prisas, mientras le oye hablar, decir no sé qué sobre el pueblo, sobre lo abandonadas que parecen sus calles, sobre la terrible facilidad con que todo queda excluido en el malecón, y ella aguarda, aguarda porque sabe que no tardará en llegar, porque por fin llega un momento, una mañana, en que el hombre de la gabardina se queda sin palabras inútiles, de esas que no dicen nada, de esas que no pueden compartirse, y solo encuentra en el fondo de su garganta palabras calientes y ásperas, palabras que son como espinas, como brasas, como un veneno dulce que no alcanza a matarlo del todo, y sin mirarla dice que no puede continuar así, fumando y mirando el mar, que ha decidido poner fin a esta borrosa sucesión de días en que está atrapado, que piensa regresar al mundo de las decisiones y las mentiras, que ya no volverá más. Y Nuria asiente también sin mirarle, sabiendo que volverá a encontrarle caminando al borde del malecón a la mañana siguiente, ella que también prometió no volver más.

Pero no es eso lo que ella quiere. Nuria fuma y espera, y es incapaz de precisar cuándo -tal vez una mañana gris y silenciosa- las manos del desconocido dejan de peregrinar nerviosas por los bolsillos de su gabardina y se le crispan sobre las rodillas, para quedar sobre ellas inmóviles, como repudiadas, mientras la hiedra del dolor trepa por fin a su garganta y le oye decir entre gemidos mal disimulados que fue culpa suya, que sus caricias la mataron, que no debió dejarla conducir, que mejor haber muerto allí con ella que seguir aquí y no hacer más que verla morir una y otra vez, siempre despreciado por la muerte, siempre descubriéndose horriblemente vivo cuando el coche zozobra por fin entre los pinos. Nuria asiente levemente, oyéndole sollozar, sin poder apartar los ojos del caprichoso hilo de humo que surge de su cigarrillo y se entrelaza con la hebra blanca del cigarrillo vecino en un abrazo imposible. El desconocido se levanta, se asienta distraído la gabardina sobre sus hombros, se pasa los dedos por las mejillas y musita una despedida con voz ronca, un hasta mañana tal vez. Nuria le contempla cruzar apresuradamente  el malecón hasta el paseo y perderse entre las frías calles. Se encoge un poco, como tratando de plegarse sobre si misma, de desaparecer. Mira a su alrededor sin ganas, con la voz quebrada del desconocido flotando sobre ella como si fuese humo, y no puede evitar sentirse de sobra, como traspapelada.

Y sabe que algo no es correcto, que tarde o temprano deberán discutirlo, tratar de arreglarlo por ellos mismos. Decidir, tal vez con una moneda, quién debe marcharse para siempre y quién a de permanecer allí, en el malecón, llorando su muerte. Porque de alguna manera no pueden seguir sin mirarse, sin aceptarlo. Porque no pueden continuar jugando a tú no existes, te vi morir una noche de luna, amor, en el fondo de un barranco, y ahora no hago más que inventarte a mi lado para que todo duela menos, no eres más que un fantasma, no eres otra cosa que humo. ¿Pero quién es el fantasma? O tal vez, piensa, ambos estén en lo cierto, tal vez los dos perecieran aquella noche y esto, este seguir juntos y sin embargo separados, no sea más que lo que hay después, ¿por qué no? O puede que sea todo lo contrario, que esto sólo sea un juego cruel, una idea descabellada pero necesaria surgida al calor de las sábanas y el café; tal vez nunca hubo ningún accidente, tal vez todo esto no sea más que una estrategia perversa, un salvavidas desesperado y urgente, una forma un tanto retorcida de verificar el amor mediante la ausencia, la única que encontraron. Enciende el último cigarrillo que le queda. Se siente demasiado cansada para decidirse por alguna de sus hipótesis, y le basta una breve mirada a su alrededor para comprender que tanto da, que lo único que puede hacer es seguir allí, fumar y mirar el mar, limitarse a ser sombra en el malecón en espera de que alguien -la editorial, sus padres, algún amigo, quizá…- ponga fin a esta repetición gris que ya no puede durar mucho. Pero ni siquiera ella misma confía en que  eso pueda ocurrir, en que este dolor terrible y convenido pueda tener un final, ya que se sabe incapaz de probar que tuviera un principio, que una vez hubiera otra cosa que aquel gris helado que la rodea, que antes la vida consistiera en algo más que fumar y mirar el mar.

© Félix J. Palma
Reproducido con permiso del autor

Las tejedoras
José Carlos Somoza

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-Ya sabe usted, doctor, que soy un hombre rutinario.

Esto lo decía Millanes porque había escogido el camino de costumbre para ir a su casa, pese a que desde la consulta del doctor Palomares podía irse por otro más breve. Ahora estaban inmersos en el cada vez más intenso tráfico del mediodía. Palomares escuchaba el runruneo del aire acondicionado, tocaba y olía la piel del asiento, se dejaba mecer por la suavidad de la inercia.

-Qué quiere que le diga, doctor: la rutina mueve el mundo y la variación lo frena. Hacer lo mismo todos los días a la misma hora, y de la misma forma, es hacerlo cada vez mejor.

-O cada vez peor -objetó Palomares-. La rutina puede llegar a ser muy mala.

-Venga, no me diga que usted no es rutinario. En su caso, aún más… -Millanes se interrumpió-. Perdone, yo…-La risita de Palomares le hizo callar.

-No te preocupes, hombre. Ibas a decir que aún más en mi caso porque soy ciego, ¿verdad? Un ciego debe ser rutinario por obligación: dejar el vaso de agua en el mismo sitio, levantarse del mismo lado de la cama… Pero yo creo que todo eso no es sino ser ordenado. La vida puede ser ordenada, Millanes, pero no rutinaria. Pasan cosas, amigo mío, pasan cosas. Solo hay que saber verlas. -El silencio indiferente en que se había sumido Millanes hizo pensar a Palomares que no le concedía mucho crédito a lo que un ciego pudiera entender por “saber verlas”. Decidió cambiar de tema-. Pero no entremos en filosofías. Me decías que al pequeño Javier le duele la cabeza desde hace… ¿cuánto?

-Tres semanas y cinco días exactamente. Su madre ha ido apuntándolo en el calendario.

-¿Y no lo habéis llevado al médico?

-Estábamos esperando al chequeo familiar que nos hacemos a fines de verano. Nos revisan a todos, nos hacen análisis… Pero es que hace dos días que ha perdido el apetito, y hemos decidido que primero lo examine usted.

-Agradezco vuestra confianza, Millanes, aunque sabes que ya no ejerzo.

-Pero usted era el médico que visitaba en casa a mi familia. Le recuerdo bien.

-Eres de lo que opinan que más vale lo malo conocido…

-No diga eso, doctor Palomares, yo… Ah, ya hemos llegado.

-Qué pronto aparcaste -reconoció Palomares cuando el coche se detuvo y oyó abrirse una puerta.

-Tengo calculado el sitio exacto del garaje y la maniobra que hago al entrar -explicó Millanes-. Además, el edificio es mío y lo conozco bien. Cuidado al salir… Ahora vienen dos escalones pequeños, luego dos puertas. Agache la cabeza porque hay un techo bajo… Por esta escalera podemos subir…

Palomares recordaba aquella casa, un vetusto bloque de una vetusta calle de Madrid. Había pertenecido al bisabuelo de Millanes, que era el fundador del negocio de telas. La planta baja estaba dedicada al comercio, la entreplanta al almacén, la segunda era la residencia familiar y había un ático para el taller. Por todas partes olía a moho y de algún lugar del techo llegaba un repiqueteo denso de telares.

-Es la hora de trabajo de las tejedoras -dijo Millanes-. Cuidado, doctor, porque el suelo tiene zonas irregulares. Mi abuelo me contaba que se deben al paso de la bayeta una y otra vez por el mismo sitio. Es casi como la huella de la familia, por eso no he querido arreglarlo… Venga por aquí. Javier está en su habitación… Cuidado con el cuarto peldaño contando desde arriba en el segundo tramo, que está suelto…

-Tu casa es como un decatlón para un ciego, Millanes -dijo Palomares de buen humor.

-En realidad, es una casa comodísima, doctor. Lo que ocurre es que hay que acostumbrarse a ella.

Ahí tienes lo que pasa con la rutina: si te acostumbras demasiado, nunca te apetece mejorar nada, pensó decirle Palomares, pero guardó silencio, en parte porque sospechaba que su crítica no iba a hacer ni pizca de gracia al dueño de Telas Millanes, y en parte porque ya habían llegado a la habitación. Y esto último lo supo porque Millanes entró en algún sitio y dijo:

-Javier, mira quién ha venido. Es el doctor Palomares.

En la habitación se oía, proveniente del techo, un zumbido incesante: como de un millar de frenéticas ruecas girando al mismo ritmo. Armándose de paciencia, Palomares se dirigió al niño invisible.

-Solo vengo a charlar un ratito contigo, Javier, si es que a tu papá no le importa dejarnos. ¿Te importaría, Millanes?

-Para nada. Justo iba a decirle que tengo que irme. Siempre veo el telediario a esta hora. Llame a las criadas si necesita algo.

-Muy bien, gracias.

Una puerta se cerró.

Transcurrieron unos cuantos segundos durante los cuales Palomares supo perfectamente que se hallaba frente a un niño. Y esto no solo lo supo porque se lo habían dicho, sino por alguna clase de intuición, ya que el niño no hacía ruido, o los que hacía pasaban desapercibidos bajo el furioso trajín del techo. Pero el silencio de un niño era discernible para Palomares, de igual manera que lo sería para un grafólogo una manera de escribir determinada. Los silencios de un ciego tienen firma, dedujo el viejo médico.

-Yo me llamo Palomares, ¿y tú? -probó.

-Javier -respondió una voz como dejada caer en el fondo de un pozo.

-Llevas casi un mes de vacaciones de verano, ¿verdad, Javier?

-Sí.

-Y me han dicho que has sacado unas notas excelentes.

El niño volvió a decir “sí” y a Palomares se le acabaron los recursos. Pero era el ruido del taller, que le confundía. No me extraña que el pobre tenga dolor de cabeza.

Entonces lo comprendió: hacía casi un mes que estaba de vacaciones y hacía casi un mes que le dolía la cabeza.

-Oye, Javier, ¿quién hace ese ruido tan horrible arriba?

Por un instante no hubo respuesta. Luego escuchó:

-Las tejedoras.

Percibió un cambio en la voz, como si de repente el niño hubiese sentido frío. Quizá era que tenía fiebre.

-¿Trabajan todas las mañanas?

-Sí.

-Y tú sales poco a la calle, ¿verdad?

-Sí.

Ya está diagnosticado, pensó Palomares. Todavía tendría que hacerle algunas preguntas más, pero era incapaz de proseguir una conversación normal en medio de aquel ruido machacón. ¿Cómo podía soportarlo el niño? ¡Dolor de cabeza, sí, y hasta del cuerpo entero le daría a él! Otra nefasta rutina, comprendió. El bisabuelo tenía el taller arriba y el bisnieto no lo trasladará. Nadie cambia nada aquí.

-Te diré lo que vamos a hacer -explicó-: vas a guiarme a la habitación de arriba y les diré a esas señoras que paren un momento. Así podremos hablar tú y yo.

El niño no pareció darse por enterado. Cuando Palomares se disponía a repetir su propuesta, escuchó débiles pasos y un ligero olor a naftalina. Se levantó y tendió la mano hasta dar con un hombro pequeño, mucho más frágil que su bastón. Caminó un rato guiado por aquel hombro y sus pies tropezaron con los peldaños de una escalera: de arriba procedía el estruendo. Comenzó a subir y entonces el hombro se detuvo.

-Yo no subo -dijo el niño.

-¿Por qué? ¿No te deja tu padre?

-Les tengo miedo.

-¿Miedo? ¿A las señoras que trabajan arriba?

-Sí -gimió el niño.

Es comprensible, pensó Palomares. ¡Con el alboroto que arman…!

-Pues no te muevas. Subiré yo.

Guiándose con el pasamano y palpando con el bastón, Palomares subió un peldaño. Luego otro. Entonces percibió algo distinto. Una especie de cortina. Le bloqueaba el paso.

Era una tela pegajosa y densa: se adhería a sus dedos y a la manga de su chaqueta, al puño de su bastón y a su rostro. Se estremeció de repugnancia al tiempo que escuchaba, más allá de aquellos bastidores, los ensordecedores crujidos de las ruecas voraces, el afán mecánico, los atroces gestos de una labor incansable, incesante, repetida hasta el fin del día, de todos los días, del tiempo, de todos los tiempos…

Retrocedió y bajó las escaleras. Al menos, el niño no se había marchado: aguardaba en el mismo sitio, temblando dentro de su delgado pijama.

-Sabía que usted tampoco subiría -dijo el niño-. A todo el mundo le dan miedo las tejedoras.

 

© José Carlos Somoza
Reproducido con permiso del autor

Cuando el ámbar asomaba
Rafael Marín

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Todos los días llegaba con el mismo miedo al semáforo. El pelo en desorden sobre los ojos cansados, el cubo a rastras, el pañuelo rojo atado a la pernera del pantalón vaquero, como una enseña de rango, remedando a su modo una especie de emblema. Todos los días, sin falta, el mismo miedo: Un nudo salado abriéndosele hueco en las entrañas, la bilis amarga jugando al cubilete entre sus dientes, el temblor de dedos inevitable, la lengua pastosa, el corazón hinchado de pasión, las rodillas llenas de hielo. Todos los días, muy de mañana, el temor a perder puesto, el trozo de calle que creía suyo por justicia, ese pedazo de acera, trampa tendida a su favor desde hacía nueve meses gracias a quién sabe qué desconocido arquitecto. Mucho había oído hablar de las bandas organizadas de su oficio, el impuesto injusto, como todos, para ocupar esa zona de nadie que ahora reclamaba, cada mañana, como baluarte propio. Todos los días sentía el mismo temor de perder lo único que consideraba suyo, ganado a pulso y por derecho, sin molestar a nadie, sacándose unos duros a fuerza de doce horas al sol, la piel curtida, las yemas de los dedos amarillas de la nicotina y el jabón espuma líquido. Siempre el cansancio, la tensión, el peso sobre los hombros del hambre y de la sed, el síndrome, el desprecio. Todos los días camino del semáforo: miedo a las siluetas que ocuparan su bastión, tres o cuatro o más matones con navajas o con palos, listos para quitarle el aire en que vivía, mendigos modernos como él dispuestos a pelear con saña por un pedazo de asfalto. Y todos los días, inevitablemente, el suspiro hondo, el sudor que se le helaba en los sobacos, el corazón de vuelta al ritmo menos malo, saber que al menos hoy era su territorio, la fortaleza, el alcázar donde sus manos le dejarían, entre el surco de los parabrisas y el polvo de los cristales, otras veinticuatro horas largas de aplazar hasta peor ocasión el brusco viento del miedo.

Como todos los días, el temor, la desorientación, los nervios. Como todos los días, pensando en la desdicha de tener dos brazos y ansiar trabajo. Como todos los días, el remordimiento instantáneamente olvidado de estar ganando cuatro cuartos a costa de explotar en los demás también el miedo, de vivir de mala forma en un turbio negocio de coacción. Como todos los días, las manos a la obra, la falsa vitalidad, esa alegría que nunca se contagia, las palabras de ánimo, los términos graciosos por arrancar de entre los vidrios una propina mayor, un par de duros sudados en ese intervalo escaso que era su razón de estar cuando el ámbar asomaba. Como todos los días, la pregunta sin respuesta, el deseo contenido, el dolor de vivir de repetido, la duda de hasta cuándo.

Ni notó que era distinto durante la mañana. Ni advirtió que el cubo estaba ya en su sitio cuando llegó al trote a la esquina, y que durante la jornada toda estuvo siempre igual de lleno. Ni sintió que el hambre había dejado de hacerle mella, y que la sed de la garganta, como siempre, no se convertía en un pozo de almidón en donde acumulaba las sonrisas sin palabras. Ni se dio cuenta hasta mucho más tarde que el día era más brillante que de ordinario, ni recordó tampoco qué había hecho para su desgracia la noche antes. Solamente marchó caminito de su oficio, como estaba mandado, arrastrando el alma en los zapatos, crispadas las uñas, rotas las manos, y ocupó su puesto con la diligencia de costumbre, suspiró lleno de alivio igual que siempre al ver que nadie había querido arrebatarle su terreno. Se puso codos a la obra igual que de ordinario, e igual que cada día entonó de vez en cuando el canto lastimero, pa mi chiquilla, jefe, que la racha es mala, pa comprarle medicinas, para todos esos subterfugios que se le venían a la cabeza cada vez que la mañana se hacía vieja y el bolsillo no se acaba de llenarse. No sintió, y eso era extraño, la desazón de estar mintiendo a costa de la niña, a la que no veía desde ya ni recordaba hacía cuánto, ni se inmutó cuando el primer wolskvagen clasic estuvo a punto de pasarle por encima al querer saltarse, bulla inútil, el disco en rojo. Pero sí empezó a notar que el personal ignoraba hoy sus chistes más que de ordinario, y que no le reían la gracia, ni bajaban las ventanillas para tender los cinco duros y musitar las gracias como si entregaran con ellas el peor de los insultos. Las doce y cuarto ya, por Dios, y ni una peseta a los bolsillos, asco de día y de turistas, maldita vida perra, a ver si después de todo no iba a tener que buscarse otro semáforo. No era capaz de pensar con claridad, y le extrañaba ver que nadie, ni de coña, se ocupaba de darle dos pesetas por agradecer el limpiado siempre rápido. Llevaba ya lo menos veinte servicios regalados por la cara a falta de otra cosa para hacer, y no llegaba a comprender qué le pasaba. Sólo atinaba a darse cuenta que el día era raro, peor que nunca, y cuando la ambulancia cruzó la avenida de una punta a otra camino de la residencia, haciendo destellar la luz como en la feria, fue incapaz de comprender por qué el escalofrío de angustia contenida le barrió de arriba a abajo, como un retortijón de angustia, casi un presagio.

Nunca llegó a darse cuenta de que, por mucho que frotara los cristales, no lograba acabar con la porquería, ni su bayeta desprendía los pedazos de polvo acumulados. Pero a la una y cuarto se sentó en la acera, harto de parecer invisible al mundo, dolido por sufrir la ignorancia de un coche detrás de otro, y quiso poner en orden las ideas de su cabeza, pero no fue capaz de hacerlo, y otra vez sintió contra los dientes la comezón del miedo.

Pretendió volver a trabajar, por ver si había más suerte, no fuera a ser que estuviera borracho, o colocado, y entonces casualmente se buscó el reflejo, como por instinto, en el escaparate de la tienda de muebles, donde había estado siempre, lo que no había advertido. La sangre se le heló en las venas, pero de inmediato se dio cuenta de que la sensación no podría ser más que una frase hecha. Se palpó el pecho, los muslos, las caderas. Se tanteó el rostro, pellizcó los pómulos. Allí estaba, se sentía, se notaba. Pero el cristal de ivarte no le reconocía. Junto al bidón de las basuras y el coche verde no había nadie, no se reflejaba nada. Miró otra vez, detrás, al otro escaparate. Sintió miedo. Vértigo. No estaba allí. El vidrio se negaba a admitir lo que sin duda estaba viendo. Seguro que por eso la gente le eludía. Menos que nunca ahora comprendió la sutileza de lo que le estaba pasando. Y entonces recordó con un destello el pico de la noche en las murallas, la droga adulterada o mal metida, el cansancio de ser nadie, aquel dulce bramido del mar bajo los bloques, la sensación extraña de morirse en el acto con la aguja dentro del brazo. Quiso gritar, pero intuyó que no tenía lengua. Quiso llorar, mas entendió que aunque bien viera ya no tenía ojos. Estaba muerto aunque no pudiera sentirlo, tendido en el vientre blanco de la ambulancia y a la vez clavado al semáforo que había sido su tesón y su rutina, fijo al oficio mientras el alma aguante, al pie de la avenida, condenado a repetirse, negado el don de descansar en paz, dentro y fuera del mundo, cambiada una droga por otra droga nueva y otro miedo distinto y qué ironía, ahora que había escapado a los problemas, inevitablemente enganchado a la vida.

© Rafael Marín
Reproducido con permiso del autor

Las últimas horas de los últimos días
Bernardo Fernández "BEF"

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Earth died screaming…
Tom Waits 

La gasolina se acabó apenas pasamos la esquina de Reforma y Bucareli. La moto pareció tener un ataque de tos y luego se apagó. Nada más. Wok mentó madres, intentó volverla a arrancar como si estuviera descompuesta; la pateó furioso, negándose a aceptar que se había terminado nuestro boleto. 

-Pinche Aída, ¿de qué te ríes?- me dijo, mitad enojado, mitad divertido. Yo siempre me estoy riendo.

  Dejamos la moto a los pies del Caballito de Sebastián. Antes era una escultura amarillo brillante; ahora es una mole herrumbrosa que obstruye Reforma, como casi todas las demás estatuas que habíamos estado jugando a esquivar desde que nos encontramos la moto.

Sin decir palabra, Wok trepó por el cadáver del monumento. Buscó desde arriba algún otro auto o vehículo que pudiéramos robarnos. U ordeñarle gasolina.

-Nada- murmuró desde su puesto de vigía.

A lo lejos se oían algunas explosiones, ya muy pocas.

-A caminar, mi reina- me dijo al bajar. 

Llevábamos las patinetas colgadas entre los tirantes de las mochilas y dentro de ellas, todo lo que nos quedaba de antes del colapso. No era mucho ni muy pesado, pero íbamos a extrañar la moto.

Teníamos unas dos horas de luz. Buscamos entre los edificios alguno que no se viera muy dañado. Los mejores ya estaban ocupados. Finalmente encontramos un hotel que parecía seguro.

Dentro estaba arrasado. Las alfombras y el tapiz habían sido arrancados, no sé si como vandalismo o rapiña. Como siempre, nadie había subido a los pisos superiores por flojera de las escaleras. Wok y yo no hablamos, temiendo que hubiera alguien más. Al final, el edificio resultó que estaba vacío.

Encontramos cuartos intactos en los últimos pisos. 

-Qué raro- dijo Wok. 

Ocupamos una habitación que daba a la calle. Ya había anochecido. Todo estaba oscuro, ni siquiera se veían las fogatas que a veces brillaban en los edificios.

Nos sentimos muy solos.

* * *

Descubrí que había agua caliente corriendo por la tubería. No lo pensé y tomé un baño. Hacía mucho que no me daba ese lujo. Wok se me unió al poco tiempo, después de atrancar la puerta. Yo tallaba su espalda tatuada mientras él jugaba con los anillos de mis pezones. Pensábamos que el agua se terminaría en poco tiempo. No fue así. Cuando eyaculó entre mis manos enjabonadas el chorro seguía cayendo.

-No lo entiendo- dijo mientras nos secábamos con las toallas que encontramos-, aquí todo está tan… bien.

Yo me reí.

-Eres un bobito paranoico. Gózalo y ya.

-Es que no es normal. Si yo estuviera aquí desde el principio, no me iría. Lo defendería.

-A la mejor se cansaron de esperar el Chingadazo. Como todo el mundo.

Wok no contestó. Nos quedamos viendo por la ventana hacia la oscuridad que nos ofrecía Reforma. Luego nos dormimos.

* * *

El llanto de Wok me despertó. Se revolvía entre las sábanas, las primeras sábanas limpias en las que habíamos dormido en semanas. Su sueño, como siempre, era intranquilo. Al final se levantó gritando. Estaba cubierto de sudor.

-Calma. Todo bien- dije.

-Es… la pesadilla. La puta pesadilla.

-Eso pensé.

Hundió su rostro entre mis rodillas, sollozando. Murmuraba algo que no podía entender.

-¿Qué?

-El Chingadazo. Ya viene. Está cerca, lo puedo sentir.

Me reí.

-No es chistoso, Aída. Ahora sí ya valió madres. Se acabó el mundo. 

Volví a reír. Dije:

-Se ha estado acabando hace meses. Y no pasa nada. No tendría por qué pasar ahora mismo.

La pesadilla era un sueño que empezó a atormentar en masa a los niños pequeños. Decían sentir el dolor de millones de personas a punto de morir, aunque eran incapaces de recordar ninguna imagen. Después lo empezaron a soñar más personas: adolescentes, ancianos. En poco tiempo se convirtió en una señal más de la llegada del fin. Yo jamás lo había soñado. Nunca recuerdo mis sueños.

Abracé a Wok, que se acurrucó en mis brazos. En poco tiempo volvió a quedarse dormido. 

* * *

Nos despertó el ruido de una procesión que marchaba hacia el norte por Reforma. Me imagino que irían hacia el cerro del Tepeyac. Desde que se supo lo del meteorito, la Villa se había convertido en el destino obligado de las miles de sectas surgidas ante la desesperación del final.

Cuidando no ser vistos, nos asomamos a la ventana para verlos pasar. Eran miles, todos sufrían las consecuencias de una larga peregrinación. Sentí pena por ellos. Wok los observaba en silencio.

Al frente, cuatro sujetos llevaban cargando un trono en el que su profeta hablaba por un altavoz recogido de la basura. Lo reconocí inmediatamente, era Rodrigo D’Alba, un presentador de espectáculos de la televisión. Ahora vestía una túnica. Se había dejado crecer el cabello pero era inconfundible.

-Uno más que resuelve su vida- dijo Wok, quedito. Muchos actores y cantantes habían creado sectas así. Cuando el último de la caravana salió de nuestro ángulo de visión, Wok se levantó para decir:

-Bueno, vamos a buscar algo para desayunar.

Encontramos que en la cocina del hotel había una despensa bastante bien surtida, lo que aumentó la paranoia de Wok (”Todo está demasiado bien, demasiado bien, carajo”, repetía como un mantra).  A mí sólo me dio hambre. Al final cocinó unos huevos foo-yong con camarones. Wok es medio chino, y cuando hay con qué cocina muy bien.

Comimos en silencio; él, temiendo que el olor atrajera a alguien indeseable. Estábamos hambrientos. Cuando acabamos, salimos para recuperar la moto. Lo que quedara de ella.

Afuera todo se sentía muy tranquilo; ya no se oían explosiones. Todos pensaban que la ciudad abandonada se convertiría en un campo de batalla. En realidad fue peor.

Ahora parecía que todo el mundo se cuidaba de no toparse con nadie. Con bastante éxito.

* * *

No quedaba nada de la moto. Algunos chatarreros debieron levantarla por la noche. Había sido bonito mientras duró.

Wok volteó hacia el cielo. En lo alto, el meteorito se veía como un puntito brillante, apenas del tamaño de un pixel. Nadie se imaginaría que iba a acabar con nuestro planeta.

-¿Crees que el Chingadazo tarde mucho todavía?

-No sé. Supuestamente deberíamos estar muertos.

-¿Cómo sabes?

Abrí una de las bolsas de mi mochila para mostrarle mi reloj de cuarzo. Lo tenía desde antes de que todo se derrumbara. Gracias al reloj no había perdido la noción de los días, como casi todos los demás. Con un poco de suerte la pila duraría hasta el impacto. Quizá un poco más.

-Ya tendría que haber sucedido- le informé-; algo falló. Hace dos semanas que estamos viviendo tiempo extra.

Wok no contestó. Abandonamos el lugar.

Sobre Reforma encontramos un hombre mayor vestido de traje en la parada del camión. Parecía ir desarmado, aunque nunca se sabía. Wok sacó su navaja de resorte; yo, mis chacos. Nos acercamos. 

-Buenas- saludó Wok.

-Buenas tardes- contestó el hombre. Era un anciano.

Su ropa era vieja; aunque parecía bastante usada, iba impecable, con la camisa planchada y la corbata perfectamente anudada.

-¿Espera a alguien?- pregunté, por romper el silencio.

-No, señorita, sucede que no pasa mi camión.

Wok se rió. A mí, por primera vez en mucho tiempo, la situación no me pareció chistosa.

-¿Está loco? No ha pasado un solo camión hace meses. No va a pasar.

El hombre encaró a mi novio con total seriedad.

-Jovencito, eso no es pretexto.

-¡…!

-Pretexto… ¿para qué?- pregunté.

-Para no ir a trabajar, por supuesto.

Nos quedamos mudos. El hombre nos observaba como si los que estuvieran locos fuéramos nosotros.

-Señor, el mundo se está acabando…

-Mire, joven, éste es un país de instituciones. Si el camión no pasa en cinco minutos, yo me voy caminando, como todos los días. Punto. No vamos a permitir que nos rebasen estas cosas. Los mexicanos somos más grandes que cualquier desgracia. Ya lo vivimos en el temblor del 85.

No sabía qué decir. La sonrisa había desaparecido de la cara de Wok. 

Sólo atinamos a esperar junto con el hombre.

Cinco minutos esperando un camión que nunca iba a llegar.

-Bien, esto no tiene para cuándo. Me voy caminando. Con permiso.

Lo vimos alejarse, confundidos, hasta que se perdió entre los escombros, camino al Centro.

Sin cruzar palabra, nosotros echamos a andar hacia el norte.

En el cielo, el meteorito había crecido. Se veía más grande que el sol. 

Decidimos patinar. Evitamos hacerlo muy seguido para no gastar las llantas, pero no había moto y seguramente no encontraríamos nada parecido. La ocasión lo ameritaba.

El silencio era casi estruendoso. Recorrimos un largo trecho sin cruzar palabra. El único sonido ambiental parecía ser el de nuestras patinetas. A medida que avanzábamos, el paisaje -formado por edificios en ruinas y chatarra- parecía repetirse cíclicamente, como la escenografía de una vieja caricatura de Scooby-Doo.

Después de mucho rato llegamos a la zona boscosa. Los troncos resecos que quedaban de ella.

Pasamos por una estatua que no había sido derribada. Estaba llena de graffitti.

-Espera- dijo Wok. Nos detuvimos.

-Un héroe nacional- dije.

-No, éste era candidato a presidente, pero lo mataron. 

-¿Y no es mérito suficiente?

-Supongo que sí. No hay mejor presidente que uno muerto. Ha sido el mejor de este país.

Nos reímos. Wok sacó de su mochila la última lata de spray que le quedaba. La agitó y pintó sobre la placa: ME VALE MADRE.

-Qué chistoso- dije cuando terminó.

-¿Qué?

-El futuro siempre parece mejor cuando no sucede. Como este tipo, que tiene una estatua por algo que no llegó a ser.

-Cualquier futuro es mejor que el nuestro. Y sí va a suceder.

Se refería al meteorito.

-Claro que no. ¿Te hubiera gustado crecer, quedarte pelón, convertirte en un ruco, decirle a los chavos que la música de tu tiempo era mejor?

-¡Yo no hubiera hecho eso!

-Claro que sí. Todos lo hacen. Mis papás eran punks. Ve cómo acabaron: uniéndose desesperados a la peregrinación de Vicente Vargas en busca de la Tierra Prometida de Aztlán. Vargas ni siquiera cantaba rock, sino ranchero.

Wok no dijo nada.

-No vivirás tu propia decadencia, disfrútalo- me di la vuelta para seguir patinando. Wok se quedó pensando un momento, luego se me emparejó.

-Perra. Siempre tienes la razón.

* * *

La vida no es tan cruel como dice Wok. No puede serlo. Tampoco es como lo que venden los gurús de la superación personal. No es cebolla cruda ni pastel de cerezas.

Es agridulce como el amor. Dulce como el querer, agria como el dolor.

Pero a veces da sorpresas. Ahí, literalmente a la vuelta de la esquina, esperándote para brincar hacia ti diciendo: “Hola, por una vez lo que hay para ti es una sorpresa agradable.”

Así fue el encontrar el coche. Un modelo eléctrico, de esos supercompactos de lujo, esperándonos al pie de la fuente de los petroleros, como si lo hubiéramos rentado por teléfono. Un Matsui del año, plateado.

Desde luego, Wok pensó que era una trampa. Al principio no se quiso acercar. Ahí nos quedamos largo rato, observando el auto, esperando a que sucediera algo, alguna desgracia amarga.

No pasó nada.

Cansada de esperar, me deslicé hacia el aparato.

-¡Aída!- gritó Wok, muerto de miedo.

Ya no sé lo que es el miedo. Lo que he visto acabó diluyendo esa palabra. Cuando el mundo se derrumba, no hay lugar para temores.

En el coche había restos de sangre seca. Hubo una lucha, perdida por el que manejaba el Matsui. Acaso era alguien rico que se refugiaba en el bunker de alguna mansión de las Lomas. Se le acabaría el agua, o la comida. Quizá intentó huir de la Ciudad protegido por la noche. Mala idea. Una tribu caníbal le saldría al paso, de esos a los que no les interesan las máquinas. Lo siento por el dueño del auto, pero seguramente alimentó a varios niños nómadas.

Wok se acercó al ver que no era una trampa. Comprobó que el auto funcionaba.

-Dejaron las luces prendidas. Debe tener la batería muy baja.

-Es mejor que patinar- dije, dándole un beso en la mejilla.

Arrancamos. Nunca me había subido a un auto de lujo.

Nos divertimos unos minutos esquivando obstáculos sobre el Periférico, pero la pila murió a los pocos minutos, apenas un poco adelante del Toreo. Wok logró volver a arrancar sin detenernos, pero cuando llegamos a las torres de Satélite el sistema se apagó definitivamente.

Dejamos el auto donde la inercia lo detuvo. Bajamos riéndonos como niños y tomados de la mano nos alejamos de ahí.

Los chatarreros nos lo iban a agradecer.

* * *

Pasamos el resto de la tarde como habíamos pasado el resto de las tardes desde que todo se vino abajo: buscando algo que no íbamos a encontrar porque no sabíamos qué era.

Nos dedicamos a patinar entre los restos de Plaza Satélite. El piso era liso y ya no había nómadas acampando en Liverpool. Decidimos pasar la noche en el departamento de muebles, aunque yo hubiera preferido el hotel de la noche anterior.

-No podemos desandar el camino. Para nosotros no existe ayer ni atrás- dijo Wok.

Sentí una tristeza inexplicable. No encontré motivos para reír más. Mi alegría comenzaba a secarse mientras los lagrimales se me humedecían, pero decidí ahogar mi pesar con las útlimas risas que tenía guardadas. Con mi última reserva de alegría.

Seguíamos patinando cuando comenzó a oscurecer. Sin preludio, sentí algo frío deslizándose por mi espalda. Me detuve en seco. Wok se espantó.

-¿Qué sucede?

-Lo puedo sentir- dije. Él percibió la angustia en mi voz.

-¿Qué es? ¿Qué sientes?

Ahí estaba, era claro, no quedaba duda: una sensación helada que subía lentamente hasta mi cuello.

-¡Aída! ¿Qué sientes? ¡Me estás asustando!

Volteé hacia él. Una lágrima escapó de mis ojos bajando por la mejilla. Pensaba que había olvidado cómo llorar.

-Siento… el dolor de millones de personas a punto de morir.

* * *

El primer temblor llegó con la noche. Salimos corriendo al estacionamiento. Apenas tuvimos tiempo de tomar nuestras cosas, el centro comercial se derrumbó en medio de un rugido de metal torcido y concreto colapsándose.

Nunca ví morir a un elefante, pero me imagino que debió ser algo parecido.

Soplaba un viento fuerte que en pocos minutos se llevó el polvo.

Nos quedamos agitados en el estacionamiento vacío. No parecía haber nadie en kilómetros. Sólo se escuchaba el aullido del aire tratando de ahogar el silencio. Sin decir nada, nos acostamos en el suelo.

-¿Ya se conocían tus papás en 1985?-preguntó Wok.

-Claro que no- contesté molesta -.Lo sabes bien.

-Ah.

-Mi mamá tenía siete años en 1985. Mi papá, trece- agregué en la oscuridad.

Wok contestó con un gruñido.

Un nuevo temblor sacudió el suelo.

-Tengo miedo- me dijo al oído.

Parecía como si el terreno se estuviera deslizando lentamente.

-Conque esto es el fin del mundo- dije suspirando.

Un pedruzco luminoso cruzó el cielo. Era una bola de fuego del tamaño de una naranja que cayó a varios kilómetros de nosotros.

-It’s better to burn out than to fade away- susurró él.

-Esa frase es de una película vieja. 

-Pensé que era una canción. La murmuraba mi papá todos los domingos, con su cerveza frente al televisor.

-También la decían mis papás. ¿Dónde estarán ahora?

Una nueva bola de fuego pasó por el cielo. Y luego otra.

-Seguro que rezando- dijo Wok.

Reímos.

-Te tengo una sorpresa- anuncié. Busqué en mi mochila a tientas. Era difícil sin una lámpara, pero finalmente los encontré y se los di.

-¿Uno lentes oscuros?

-Son Ray-Ban- dije mientras me ponía los míos-; siempre quisiste unos. Los encontré en el primer Sanborn’s en que dormimos.

-¿Los andas cargando desde entonces?

Más restos de meteorito rasgaron el cielo iluminándolo, furiosos.

-Sabía que los íbamos a necesitar. Acuérdate que pensaba estudiar astronomía. Ya me habían aceptado en la facultad de ciencias.

Empezó un nuevo temblor.

-Nunca acabé la prepa- su tono era repentinamente triste.

-No creo que sea importante. Sólo tienes 19 años.

-Ni uno más- repuso mientras el cielo se iluminaba de nuevo. Sonreía. Lucía guapísimo con sus lentes. Se acercó a besarme.

-Te amo…- alcancé a murmurar.

Luego, el estruendo del terremoto lo llenó todo.

© Bernardo Fernández "BEF"
Reproducido con permiso del autor

Bienvenidos
Humo y espejos

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Bienvenidos a El resto es silencio, una antología de relatos on-line, con cierta predilección por el fantástico y centrada en narradores actuales españoles e hispanoamericanos.

La mayoría de estos cuentos ya han conocido publicación, ya sea en papel o electrónica. Algunos, han sido reeditados. Otros, hace tiempo que no son accesibles al público.

Todos ellos, ésa es nuestra intención, son buenos relatos, guiados ante todo por el gusto por narrar, por el placer de tejer una buena historia.

Todos los que aquí colaboramos somos Sherezade. No sabemos vivir sin contar historias y, aunque quizá algunos no lo reconozcamos ni ante nosotros mismos, somos incapaces de vivir si no son leídas.

El resto… es silencio.

© Humo y espejos
Reproducido con permiso del autor