El resto es silencio -

El resto es silencio

Tres versiones
Javier Cuevas

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I

—Oiga, le juro que se lo dije: “Menchaca, tío, baja el pedal, que vas como una moto…” Y él, nada, un queme de la hostia, que si hija de puta, que si hacerme esto a mí, que la tenía como a una reina… De vez en cuando sacaba el puño por la ventanilla y le mentaba la madre a alguien, sin mala intención, entiéndame, como para desahogarse.

»El caso es que llegamos al portal del puto edificio y yo un acojone de la hostia, y hay en la botonera más terceros que en una carrera benéfica. Y yo: “Menchaca, tío, ¿qué tercero era?”, porque íbamos algo rayados (una o dos, pequeñas, preparadas sobre el salpicadero, que creo que me sorbí una hormiga y ahora la siento por el cerebro), y a mí cuando me encargan una cosa de estas me entra una nerviosidad que es que se me tapona el auricular… Y el Menchaca a lo suyo, con la mirada perdida, farfullando que si además hay un tercero, que entonces la mata, a la muy zorra.

»Así que llamamos —al timbre, se entiende— de un piso cualquiera, y digo que es la revisión del gas, y va un pardillo y abre. Y nos paramos delante de los buzones, y yo le digo: “Menchaca, tío, ¿cómo se llamaba?” Y él me contesta: “Gerardo”, pero a mí me parece que no hablamos de lo mismo, y le brillan los ojos que si fuera de noche veríamos igual. Y entonces sí que me acojono, porque en vez de la porra de goma y el nueve corto sin números que solemos usar para estos casos, Menchaca se saca del sobaco una especie de antiaéreo, una pipa de esas de película, con un cañón enorme, negra y reluciente, y dice: «Vamos allá». Y yo no sé a dónde, pero joder, cualquiera le lleva la contraria…

»Oséase, que subimos. El ascensor tarda un poco en llegar, y él se azota escaleras arriba, y yo le digo: “Menchaca, tío, ¿estás bien?”, en plan preocupación de colega y tal, y él sube como una locomotora, y sin mirarme me contesta: “¿No voy a estar bien, con cuatro rayas que llevo encima? ¡Estoy como Dios!”, y a mí se me cae la porra del susto, y casi tengo que bajar al portal a buscarla. Y cuando le alcanzo al fin, Menchaca se ha puesto las gafas de currar. Parece más en sí, más céntrico, y por un momento pienso que el rollo va a ir bien… Ay de mí.

»Total, que estamos en el puto tercero y hay cuatro puertas, y Menchaca duda un momento, y luego elige. Yo no estoy muy seguro, pero al menos Menchaca ha escondido la pipa de matar elefantes, y entonces la puerta se abre, y se asoma un tío con pinta de pijo, engominado hasta atrás, gafitas redondas de montura dorada y un polo con el cocodrilo mirando al tendido. Y Menchaca dice: “Perdone, pollo”, y le planta la mano en el picaporte y le cierra la puerta en las narices antes de que el sujeto pueda decir esta puerta es mía.

»“Ahora sí que tenemos prisa”, me dice, y yo le digo que igual era él, y él me mira ausente, y de pronto se le enciende de nuevo la mirada y me grita: “Pero bueno, ¿a ti te parecía un camello, el pijo ese?”, y yo me callo, que estoy más guapo.

»El Menchaca señala otra puerta, y a mí me parece que, si la otra puerta no era, ésta menos, pero no está el horno en plan de mucha bollería, y me recomiendo a mí mismo cremallera y mutis por el faro. Menchaca me hace una señal y yo toco al timbre, y no abre ni Dios. Y toco otra vez y nada. Y entonces Menchaca saca otra vez la pipa antitanque, la levanta con las dos manos, que casi no se le ven porque parece que está levantando una farola, y en ese momento la puerta se abre, y se asoma un tío colgadísimo, con barba de dos días, ojeras y mirada obtusa. Lleva una bata moruna a rayas, y está más pálido que un muerto.

»“¿Sí… ?”, dice, el muy mamón, y entonces ve la pipa, y se atraganta, y yo siento un ruido detrás y le empujo dentro, y el tío hace ug, ug, pero no acierta a soltar prenda, y el Menchaca le apoya la pipa en el entrecejo, y veo que suda a chorros y tiene los ojos encendidos como si llevara antinieblas.

»“A ver, tío listo, vete soltando la pasta”, digo yo.

»“¡Jopuuuta…, ¿donde la conociste?!”, le pregunta Menchaca, amartillando la percusión de la artillería con eco atmosférico.

»El tío lo alucina todo, pero no contesta, y yo le calco una hostia para salvarle la vida, porque si sigue mudo se va convertir en algo perpetuo.

»“¡Pero… si sólo son diez mil duros… !”, responde de pronto el pollo.

»Yo alucino, y luego alucino más, porque ante semejante sandez Menchaca no se ríe, ni se calienta, sino que levanta el morro y aúlla. Literal, oiga. Aúlla. Como en las películas de antropófagos, cuando hay luna llena y se convierten… Joder, aquello parecía un documental, y yo el puto cámara…

»“¡Y encima cobra… ! ¿Lo has oído… ? ¡Le cobró diez mil duros! ¡Puuuutaaa…!”

»Menchaca levanta los brazos, pega dos botes y yo creo que se ha vuelto definitivamente majara y que ahora toca bailar la danza de la lluvia. Y el pollo, entretanto, me mira fijamente, y me espeta de pronto que, entonces, no somos de la Caja de Ahorros, como si acabara de descubrirlo. Y Menchaca aúlla otra vez, mientras el pollo me plantea no sé qué de una Mirinda, o una Pepsi, no me acuerdo, y pienso: «Joder, pues tiene huevos el tío, que todavía nos invita a tomar algo…».

»“¡Cagüendiox… !”, farfulla Menchaca.

»Y entonces, para mi pasmo y terror, se lo juro por mi madre, levanta la pipa y mete dos tiros como dos cañonazos. Y el puto cielo raso, la escayola, la lámpara y los cuadros se nos vienen encima, y en ese instante veo una sombra saltar entre el polvo, y el menda a victimizar pega un brinco, abre una puerta y se azota balcón abajo como si fuera Batman. Y me doy cuenta también de que fuera, en la escalera, hay ya la de Dios. Y Menchaca, que a todo esto no ha visto al tío saltar, se quita la lámpara de encima, entra en tromba en el salón y le mete dos tiros a una tía que está contando su vida en la televisión, que implosiona. Ya se oyen sirenas, y en la calle alguien grita, y cuando me asomo veo al tío de la bata moruna —que me ha jodido el techo del buga, que a ver quién se va a hacer cargo ahora— gritando que se muere, que se muere, pero unos gritos de la hostia, que qué coño se iba a morir pegando esos gritos…  Y las sirenas por todas partes, y una vieja diciendo que ha habido una masacre, que ha habido una masacre, que alguien ayude a los muertos, y entonces yo voy y le sacudo al Menchaca en la cabeza con la porra de goma, porque le quedan yo qué sé cuántas balas en la pipa, no vaya a resultar la vieja de la calle premonitoria…


II

—¿Se lo han dicho ya a mi madre? Porque mi madre está fatal del corazón, y un disgusto de estos le puede costar la vida, agente. Su hijo en comisaría, disparos, gansters… Ya sabía yo que no era buena idea salir este fin de semana, con los perfiles del marketing sin definir y el diseño de la campaña en el aire, pero tenía la cabeza como una jaula de grillos, y no hubiera dado una al derecho. Y no quería ver a Mariví. ¿Que quién es Mariví? Pues verá, Mariví es mi novia, y la verdad, estoy algo harto de ella. Todo el día de trapos, todo el día a la última, gimnasio, tenis… Y digo yo, ¿para qué coño tanto esfuerzo, si es más estrecha que el Paso de las Termópilas? ¿Eh? ¿Y la lencería, qué me dice de la lencería? Porque mira que se las gasta, que mucho no he podido ver, pero lo que he visto… Hombre, sí, estupenda sí que está. Pero como si no lo estuviera.

»Total, que a mí se me hincharon los atributos, y el viernes, después de unos asaltos infructuosos sobre los botones del escote de esa zorra, me fui de copas. Cabreado, sí, bastante. Y salido también, para qué vamos a negarlo. Como un mono.

»Llevaba unas cuantas ya cuando me fijé en la chica. Estaba en el otro extremo de la barra, en un rincón en penumbra, secándose con disimulo una lágrima con una servilleta.

»Y ahí estoy yo. Como siempre dice mi madre, no se puede salir de casa sin un pañuelo limpio. Se lo ofrezco. La muchacha me mira. Tiene los ojos verdes, la expresión triste, el pelo rubio rojizo y unas piernas como de aquí a Salamanca. El ojo izquierdo un poco morado, pero nadie es perfecto. Me cuenta un rollo de un novio brutal que se imagina historias de amantes a todas horas y en todas partes, y yo le digo que eso es muy injusto, y apenas hemos empezado a sincerarnos ella me mordisquea el cuello mientras me jura que no sabe a qué demonios vienen tantos celos. Pobre muchacha, me digo, tan maja y liada con un pirado. Lo que necesita es que le den cariño. Coño, lo mismo que yo.

»Me dice que se llama Miranda, pero puede ser mentira, porque yo le digo que me llamo Gerardo y mi madre me puso Sebastián, como mi abuelo. Y entonces me doy cuenta de que no tengo un duro. En casa tengo de todo para acabar el mes, pero no me convence llevar allí a la novia del Otelo local. Y estar, está tremenda…

»Así que voy al cajero y tiro de crédito, un poco aquí y otro poco allá. Les levanto diez mil duros a esos cabrones de la caja de ahorros tirando de crédito y nos vamos. Y cómo nos vamos…

»Aquí, en confianza, voy a decirle que me lo he estado pensando, y ya le pueden dar por el culo a Mariví (si son capaces). Todavía no había empezado a meterle mano a Miranda y ya me preguntaba cómo había podido aguantar a esa tarada mental, dos años matándome a pajas después del cine. Puede que sea de muy buena familia, como dice mi madre, pero para mí que se reproducen por esporas, porque a la fase sexual aún no han llegado.

»Que se la folle un pez. Y a ser posible, uno que pinche.

»De modo que saqué la pasta a pasear y me la fundí toda. Pero bien fundida. Nos pasamos el fin de semana en un hotelito de la playa. Servicio de habitaciones, cama de agua, champaña… Dos días comiendo marisco entre polvo y polvo, a ratos follando como salvajes en el suzuki —ya sabe, la bañera esa de burbujas— y a ratos haciendo el amor en la terraza, con las olas rompiendo al fondo y los botones llamando a la puerta a ver si estábamos vivos… Cuando nos despedimos, ella me acarició suavemente la mejilla, y casi me tumba con el impacto, de lo que me temblaban las piernas.

»Y así estaba yo el lunes, hecho una mierda, con perdón. Tuve que llamar al trabajo para decir que tenía gripe. Y entonces llegaron ellos.

»Llamaron a la puerta cuando estaba a punto de ducharme. Debí darme cuenta entonces, pero yo estaba como flotando, y algo ido. El marisco, seguro. Igual ni estaba fresco… Bueno, que abrí.

»Me encontré con un túnel negro. Era como la embocadura de una especie de tubería gigante, y al otro extremo, casi completamente tapado por ella, un tipo alto, moreno, de pelo corto. Cuando me empujaron dentro mejoró la perspectiva, y vi que la tubería era una pistola descomunal, y que eran dos los tíos con imitación de traje oscuro y gafas de sol que habían invadido mi pasillo. Uno parecía presa de escalofríos constantes y el otro no paraba de hacer unos tics rarísimos. A su espalda atisbé por un instante a mi vecino de puerta, un colgadillo que no sabemos muy bien de qué vive.

»Entonces veo que mi vecino pega un salto y se desliza escaleras abajo a toda pastilla, y yo rezo para que vaya en busca de ayuda, pero no puedo gritar ni decirle nada porque el más bajo de los matones —el de los tics enervantes— cierra la puerta con el pie y me pregunta por la pasta. Y yo, con aquel tubo de metal frío y enorme apoyado en la frente, pienso automáticamente en los diez mil duros del cajero y casi me alegro, porque ahora sí que se han pasado los de los bancos, y una vocecilla lejana, muy lejana y que sin duda se siente engañosamente a salvo me dice que vamos a vivir como reyes con lo que les saquemos por la demanda que les vamos a poner.

»“Pero si solo son diez mil duros”, les digo. Y estoy a punto de hablarles de mi anciana madre cuando uno de ellos me pregunta dónde la he conocido.

»”Joder, estos no son del banco”, me digo. Y entonces me acuerdo de la chica, y del pirado de su novio, y de los celos injustificados, y a cada momento la pistola me parece más grande, más negra y más fría, y el tío me la apoya con tanta fuerza en la frente que no va a necesitar disparar para atravesarme la cabeza.

»Miro al más bajo, que no para de guiñarme un ojo, y entonces, en un raro arranque de dignidad que aún me sorprende, le pregunto qué ha sido de Miranda. Así, con dos cojones, como mi abuelo Sebastián, que estuvo en Sidi Ifni. Supongo que pensé que el loco se la había cargado antes, y que una chica con ese cuerpo y esa alegría se merecía un último pensamiento. Yo qué sé.

»Al oírlo, el loco levanta la pistola, aúlla como un apache y se lía a tiros con el techo. Unos tiros impresionantes. Y se carga el edificio, joder, así como se lo digo. Si me llega a dar tiempo, me muero del susto.

»¿Que qué hice entonces? Hombre, yo, como total ya estaba muerto, me tiré por la ventana…


III

—Alucinándolo todo, tía, así estoy todavía. Porque, ¿sabes?, uno puede llegar a estar muy colgado. Mucho. Colgado de verdad, ¿entiendes? Jodidamente jodido… Pero por muy cenizo y muy pringao que se llegue a ser, uno jamás llega a descolgarse del todo de sus sueños, y yo había llegado a soñar con esto. Entre cuelgue y cuelgue, entre mierda y mierda, en los raros momentos de lucidez que la desesperación te proporciona, antes de que vuelvas a mirarte en un espejo y a hundirte la aguja en el brazo para no volver a verte…

»Años, llevaba dándole vueltas. Casi desde el mismo instante en que me di cuenta de que para mí ya no había salida de la mierda en la que estaba metido. Y por lo menos desde que supe por primera vez de éste Centro, de la Peptoclo… del tratamiento de los cojones. Y saberlo me torturaba aún más, porque, ¿cómo explicártelo? Lo veía, pero no lo alcanzaba. Y sabía que no lo alcanzaría nunca, porque cada día me alejaba un poco más, a toda hostia y cuesta abajo.

»Y de pronto, va la ocasión y se presenta. Como una ex novia cojonuda a la que hace ya tiempo que no ves, y uno no sabe muy bien a qué carta quedarse, porque no sabes si te va a dar un beso o una hostia, y de pronto te apetece tener algo con ella otra vez, porque ya no recuerdas las cosas malas por las que os disteis puerta y sin embargo descubres que nunca llegaste a olvidar del todo el olor de su pelo… La virgen, qué cosas digo cuando no me coloco.

»No, ya sé que no me entiendes. Tú nunca has estado en ese pozo. Uno ya ni siquiera duda a esas alturas entre morirse poco a poco como una rata o reventar y ya está. Y piensa que casi vale más intentar algo grande y acabar de una puta vez que verse reducido un día más a esa cosa triste y llorosa en que se convierte cada vez que alguien agita delante suyo una de esas bolsitas.

»Y entonces recuerdas que puedes pensar. Recuerdas que en otro tiempo pudiste ser algo distinto. Y eso lo hace aún más doloroso, ¿sabes? El recuerdo de lo que pudo ser y no fue, el recuerdo de lo que alguna vez rozaste con la punta de los dedos.

»La llamada de Bocca, alias “el Cherif”, revolvió esos recuerdos dolorosos como te revuelve un puñado de sal en una herida abierta. Hubo un tiempo en que leía, hubo un tiempo en que pensaba, hubo un tiempo en el que hilaba razonamientos complicados y perfectos, entrelazando planes y argumentos a una velocidad aterradora. Hubo un tiempo en que mi cerebro era algo más que la papilla medio descompuesta en que lo había convertido. Y a veces incluso creo recordar un tiempo en que las bolsitas parecieron un remedio feliz contra alguna forma de pérdida que no logro, que no puedo, o que quizás no quiero alcanzar a recordar…

»Bocca sabía de mí porque me había utilizado ya alguna vez. Aún podía redactar documentos con soltura, aún recordaba cómo manejar un procesador de textos y una hoja de cálculo, aún conservaba conocimientos dispersos aquí y allá, perdidos entre el barullo de mis neuronas. Me habían procurado algunas dosis extra Y aún seguía teniendo una facilidad instintiva para los idiomas. Aquel día me comunicaron generosamente que si aún podía recordar algo de mi francés, tendría oportunidad de ayudar a Bocca en una de sus «operaciones financieras» de alto nivel y sacar algo para mí. Las instrucciones eran sencillas, mi trabajo también: hacer traducción simultánea y tener mucho cuidado. Alguien vendría conmigo y entregaría a una gente una maleta llena de algo que no sería polvo de talco. Ellos nos entregarían una maleta más grande y ahí se acabaría todo. Mi presencia se debía a una cierta fama de mala leche del equipo visitante, y a su conocida tendencia a ponerse nerviosos y tirar de gatillo por una mirada mal interpretada. Bocca pensaba que era importante entenderse con ellos.

»No dijo qué habría en el interior de la maleta que nos darían, pero mi cerebro aún no se había licuado lo bastante como para no adivinarlo.

»Fue entonces cuando tuve la idea, allí mismo, delante de ellos. Como un estallido luminoso, como una revelación. Supongo que en ese momento debí parecer una versión sin afeitar de una Juana de Arco un tanto babosa, pero nadie pareció darse cuenta. Quizá ni me miraban. Joder, ni me veían.

»Y sin embargo, mi cerebro empezó a funcionar. Y poco a poco, mientras Bocca hablaba, la idea iba tomando cuerpo. Cuando me dio el maletín cerrado y una bolsita extra para mí, lo último que aquel cabrón podía imaginar era a qué se debían en realidad mis temblores. Guardé un respetuoso silencio mientras me explicaba que se necesitaba a alguien que hablara francés para asegurar los términos de futuros tratos, y que el asunto era nuevo pero prometía, y que aquello podía ser muy bueno para mí. Y luego nos despidió con un gracioso gesto de su mano. Lo vería en alguna película, supongo.

»Uno de sus matones de confianza, Piro el Galleta, vendría conmigo. Si supieras de qué te hablo no haría falta explicarte el apodo. Tenía unas manos como sartenes, y a menudo las sacaba a pasear con gracia y tronío. A mí me había dado alguna que otra, y sabía que, como casi todo el mundo que me conocía, El Galleta me despreciaba. Sí, los pringaos que se meten la mierda que ellos reparten les dan, extrañamente, un asco casi insoportable. Sabía también que por ahora me necesitaban y que El Galleta sería amable conmigo hasta que todo acabara. Podía resultar útil, y para la gente como él era algo natural sacar provecho de cualquier cosa que aún tuviéramos. Al fin y al cabo, ya se habían quedado con todo lo demás.

»Acudimos a la cita a pie, solos El Galleta y yo. No fue difícil. El Galleta les entregó el maletín y recibió uno más grande con la pasta. El franchute habló, yo respondí educadamente y con un acento tan cojonudo que los tíos levantaron las cejas, me entregaron unos papeles y yo volví a decir que sí, que muy bien mientras nos despedíamos. Joder, hasta les di la mano y todo…

»Apenas los franceses se fueron, El Galleta se relajó, dando el asunto por concluido. Aflojó la barriga y se volvió hacia mí con la mirada vacía de expresión que reservaba para todos nosotros cuando se veía obligado a tratarnos. El muy hijoputa. Ni por asomo esperaba la rociada de spray de pimienta en los ojos. Apenas el líquido le tocó empezó a gritar como loco, se llevó las manos a la cara y cayó de rodillas. Justo a la altura adecuada para que mi pie le alcanzara en la cabeza. Con un gemido, el bastardo cayó en posición fetal, retorciéndose, apretando los puños contra los ojos. Creo que le di una o dos patadas más en el estómago. Chillaba como un cerdo en un matadero, pero nadie salió a la ventana. Hubiera debido dejarlo muerto a golpes allí mismo. Confieso, no obstante, que saboreé mientras me iba los gritos de terror del hijo de perra al verse ciego y abandonado en aquel callejón. Yo recordaba muchas noches de terror parecidas, ciego y gritando hasta toser gotitas de sangre, después de meterme un pedalazo de la mierda que los cabrones como él me colocaban para divertirse. Justicia poética, pensé. Hijoputa.

»Luego eché a andar a paso vivo.

»Había sido sencillo. Lo que seguía era lo difícil. Aquella era una ciudad de provincias. Pocos aviones, pocos trenes, jodido hacerse con un coche a las tantas de la madrugada. Yo había vendido el mío hacía años, en un cuelgue, y hacerme con uno por la tremenda antes de la cita hubiera resultado bastante imprudente, porque no me quitaban ojo de encima, no fuera a joderles con un chivatazo. Me alucinaba hasta que punto había recuperado la capacidad de pensar en sólo unas pocas horas de esperanza.

»Y tampoco había tocado la bolsita.

»Eso era bueno, muy bueno, porque necesitaba mantenerme sereno. No podía esconderme, no podía quedarme en la calle. La idea de que la policía me encontrara con una maleta llena de dinero en cualquier callejuela o tugurio me daba escalofríos. Eso te llevaba de frente a la cárcel, sin fianza. Y en la cárcel también estaba la gente de Bocca.

»Así que tomé un autobús. En quince minutos estaba en mi casa y había recogido el pasaporte y lo poco que tenía que merecía la pena conservar. Mi casa daba asco, mi ropa daba asco, mi vida entera daba asco. El cielo, en cambio, ganaba color a medida que pasaban los minutos. Abrí la ventana de la cocina y le guindé al niñato de al lado un polo de marca y unos tejanos del tendedero, y al hacerlo pude ver que unas manchas de claridad se extendían ya por debajo de las nubes. Casi sentí por un instante una caricia de aquella luz, allí, en el patio, rodeado de tendederos y olor a coliflor cocida. Entonces me dije a mí mismo que había visto muchos amaneceres últimamente, y que aquél era el primero que me parecía hermoso en mucho tiempo, aunque fuera en aquella mierda de patio de luces.

»Supongo que tardé un tiempo en espabilar. A veces el romanticismo es jodidamente inoportuno, y solo cuando me di cuenta de que el cielo se había vuelto casi azul logré reaccionar y cerrar la ventana.

»Ha salido el sol, y eso es malo, me dije. Seguro que ya han encontrado a Galleta, y ha cantado de plano.

»Metí la cabeza debajo del grifo para calmarme, y me peiné con dos golpes de cepillo, sin raya y hacia atrás, como cuando iba al colegio. Cambié la pasta –mucha, muchísima pasta, me dije, mientras la manejaba sin contarla para no acojonarme— a una bolsa de deporte, junto con una raqueta vieja de la que sólo conservaba el mango. Lo dejé asomando por la cremallera y allí, ante el espejo del pasillo, el único que me quedaba, me di el toque final: unas gafitas de montura dorada que rescaté de un contenedor en el que buscaba cena cierta oscura noche en que había tocado fondo. Nunca supe muy bien porqué las había conservado, hasta aquel día. Aún las tengo aquí. Las llevo siempre conmigo desde entonces. Son como una especie de amuleto. ¿Verdad que dan el pego? Pues imagínate si llegan a tener cristales…

»De pronto, el ruido del tráfico despertando a la ciudad me asustó, y abrí la puerta, listo para largarme escalera abajo. No iba a esperar ni al ascensor.

»Demasiado tarde. El terror me dejó helado. Allí estaban, y además los conocía. Bocca solía encargarles trabajos como aquél, y tenían fama de hacerlos bien. No, miento, tenían fama de pasarse. Y en esta ocasión a Bocca no iba a importarle.

»Y entonces va el más alto y me cierra la puerta. En las narices. Y me llama «pollo». Y allí, helado y con la puerta cerrada, les oigo llamar al vecino y armar la de Dios es Cristo.

»No podía creerlo. Joder, te pasas la vida esperando un poco de suerte, y un día vas… ¡y la tienes! Abrí la puerta de nuevo mientras la de mi pobre vecino se cerraba, y salí disparado escaleras abajo. Crucé la calle, atravesé la plaza como una posta y me detuve en una cabina para advertir a la policía de un intento de asesinato en el tercero de la calle tal, en ese mismo instante. La cabina estaba al lado de una parada de taxis, y el aeropuerto a menos de veinte minutos. Dejé en el taxi, disimuladamente, el mango de la raqueta. Y cuatro horas más tarde estaba en Heathrow, Inglaterra, alucinado, a salvo, con una bolsa vieja y una cantidad indecente de millones en ella. Lo primero que noté fue el frío, pero no me preocupó. He aquí el invierno de nuestro descontento, me dije, transfigurado en este aguacero cabrón de Londres. Y vivan él y su puta madre…

»Y el resto, ¿qué más puedo decirte? Pues que esto está bien, me gusta… Me gusta Escocia. Me gustan los paseos, los bosques, los arroyos, las playas solitarias bajo un cielo gris, los castillos llenos de fantasmas, las piedras viejas coronando las colinas y el tarí tarí continuo de las puñeteras gaitas. Me gusta el paisaje, y también el centro de rehabilitación, aunque sea tan caro, tan eficiente, tan pijo y tan privado. Y me gusta la gente, quizá porque no hablo una mierda de inglés, y también los paseos por el borde del lago, y las cervezas en esos pubs pequeñitos de los pueblos, donde no entiendo nada y sé que me cobran de más.

»Pero sobre todo me gusta estar bien, niña, me encanta esta sensación al levantarme por las mañanas, y no sentir más pena de mí mismo, ni más miedo de mirarme al espejo, ni más dolor, ni más vergüenza, ni más miseria pegada al alma. Y no deja de tener cierta gracia que sea precisamente su dinero el que me haya pagado esto, y a veces es lo primero que me hace sonreír por la mañana…

»Y, ¿sabes?, creo que cuando me den el alta me quedaré por aquí, a pescar, a criar ovejas y a pasear por la orilla, a ver si veo al puto monstruo, que total, es lo que me falta. Y puede que hasta aprenda inglés y me entere de que coño te ríes todo el tiempo, tía, que de verdad que no te pillo, que aún no sé si es que eres feliz, o un poco boba, o que te gusta el tacto con que te trato. O que no te habían metido mano como es debido en tu vida. Porque maciza sí que estás, pero también algo desatendida, eso salta a la vista…

© Javier Cuevas
Reproducido con permiso del autor

Dríadas de cristal
Sara Martínez Orío

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C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(5)\Incidence Report

Detectada anomalía de sistema en sector 80.  Activando alarma de emergencia.

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C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(6)\Incidence Report

Informe de pronóstico grave. Procediendo a desalojar fortaleza.

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La dríada de cristal sabía que iba a morir. Una maraña de grietas se enredaba alrededor de su sien como las extremidades de una araña; en el interior de su cabecita, los engranajes de su cerebro mecánico se esforzaban por girar como lo hace la maquinaria de un reloj viejo y cansado. Hacía calor, mucho calor. Tanto que la pequeña autómata creía que sus alitas de metal se fundirían y caería al vacío. Se sentía agotada y confusa, derrotada y frágil. No sabía muy bien cómo los vientos habían cambiado tan de golpe; por qué diablos la condenada humanidad estaba a punto de derribarla. Tampoco le importaba demasiado, porque ya sólo quedaba un objetivo verdaderamente claro en su mente. Una reminiscencia triste de su inteligencia de cuarzo hecha añicos.

Necesitaba despedirse de su hermana. ¡Maldita sea! Lo necesitaba…

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C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(7)\Incidence Report

Abandonando perímetro autorizado. Recordatorio de comando 3: obedecer instrucciones de perímetro.

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C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(8)\Incidence Report

Recordatorio de comando ignorado. ERROR. ERROR. ERROR.

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Era vagamente consciente de que estaba rompiendo las reglas; de que aquél no era el comportamiento de una dríada de cristal. No obstante, se repetía con amargura, ceñirse a las normas a aquellas alturas era casi una obstinación absurda. Un sinsentido. Por eso se dejaba cegar por el recuerdo de aquellas diez semanas en que había compartido la vida con su compañera de misión, antes de que el deber las obligara a vivir separadas para siempre. Añorándose a diario. Tan cerca y tan lejos… Maldijo, como tantas otras veces, a aquellos que la crearon tan asombrosa, un robot capaz de amar y sentir como la más viva de las almas. Al tipo que le había insertado un corazón en el pecho. «Jodido Hombre de Hojalata», le dio por decirse sin saber por qué. «Jodido Hombre de Hojalata, que era afortunadísimo y no fue capaz de darse cuenta.»

Logró abrirse paso a duras penas entre el humo y los gritos de dolor; se perdió en el laberinto de sombras y rebuscó en cada rincón, con afán y un viso de locura, como si todo le diera igual y no tuviera miedo a la muerte. Ya había asumido que el final llegaría tarde o temprano; pero le asaltaba el temor a que éste le sobreviniera sin poder decir adiós al ser que más quería en el mundo, o a que no le diera tiempo de regresar a su fortaleza, el lugar al que pertenecía, para aguardar su veredicto en paz. A veces, cuando se descuidaba, una profunda turbación martilleaba los circuitos positrónicos que activaban su intelecto: ¿y si ella ya estaba…?

«No, no puede haber muerto. No todavía», se recordaba entonces. Porque sabía bien que, en el instante en que su otra mitad sucumbiera, un vacío perforaría su esencia como el aguijón de una abeja. Siempre había intuido su presencia en la distancia como si fuera palpable; siempre había percibido muy cerca su complicidad… aunque nunca la pudiera ver. Por eso la localizó mucho antes de lo que hubiera creído posible, acurrucada en lo que antaño fuera su refugio personal, ahora poco más que escombros.

—Hermana… —gimoteó ella en cuanto la vio entre la humareda. Su voz era quebradiza y débil.

—¡Pequeña!

—Oh, hermana…

La dríada recién llegada se acurrucó junto a la otra en silencio. Si hubiera tenido la capacidad de llorar, habría derramado un océano y todavía le quedarían sollozos que convertir en agua y sal. Pero era aquél, sin embargo, uno de sus pocos defectos: no podía producir ni una lágrima con la que dar vía de escape a su desaliento. Su hermana se hallaba, si cabía, en peor estado que ella: la habían herido de muerte en la parte alta del torso; tenía un ala rota en mil pedazos y no respiraba apenas.

Pero todavía se acordaba de cómo se esboza una sonrisa.

—Tiene narices, mal bicho —le recriminó con guasa—. Después de tantos años sin hacerme una mísera visita, ¿tienes que venir a verme justo cuando estoy de esta guisa?

—Sabes que no podía romper las reglas, pequeña. Sabes que…

La dríada moribunda suspiró imperceptiblemente.

—No podías abandonar tu fortaleza —asintió con dificultad—. Pero debería recordarte que ahora estás aquí conmigo, pese a todo. Me parece que hay algo que no cuadra en ese detallito… ¡Je!

—Y ¿qué más dará, pequeña? Llegamos a este lugar con un cometido vital. Nacimos para ser grandes…, pero hemos fracasado. Se acabó. Todo se acabó… —Hubo un breve intercambio de risas teñidas de angustia—. Pero me alegro de ver que no has cambiado, so idiota.

—Tú tampoco, arpía malaleche. Sigues llamándome «pequeña», como en los viejos tiempos. Y me sigue repateando…

—Terminaron de construirme dos meses antes que a ti. —La visitante se encogió de hombros—. Aunque ya entonces, aun sin conocerte, te echaba menos.

Pese a la marabunta de humanos que se arremolinaba a su alrededor sin verlas, las dríadas de cristal sintieron que aquel momento era sólo para ellas. Un instante íntimo y sagrado. Se abrazaron un poco más y dejaron pasar unos segundos; entonces dijo la más joven:

—¿Por qué lo han hecho? ¿Quién podría…? No lo comprendo. ¿Por qué?

Su hermana le revolvió la brillante cabellera de fibra óptica.

—No lo sé, pequeña. No lo sé… —admitió—. Hace tiempo que pienso que no hay héroes ni villanos entre los hombres. Lo único que hay es una espiral de envidias y odios. Ambición, intereses propios, trampas y guerras de poder… Y tenemos que pagarlo nosotras, que nacimos para servir a la misma humanidad que nos ha destruido. Nosotras y todos ellos… que sólo quieren sobrevivir. No me pidas que piense, no… No me pidas que encuentre una razón para la barbarie, porque no existe.

La dríada menor calló. Simplemente calló.

—¿No es gracioso? —continuó su compañera—. Nos estamos muriendo. Muriéndonos… Supongo que nunca nos han preparado para algo así. Nos convencieron de que éramos distintas de toda la creación de su raza, el más prodigioso avance de la ciencia y la tecnología de la época. Imposibles de tumbar. Indestructibles.

—Únicas…

—… Titánicas…

—… Perfectas…

—… Con ansias de acariciar el cielo.

—¿Cómo podríamos olvidarlo? —asintió la moribunda—. Y míranos ahora, hermana. ¿Qué queda de toda aquella gloria?

—Bien poco; y, sin embargo… siempre estará el orgullo de haberlo intentado hasta el fin.

La dríada agonizante se esforzó por sonreír de nuevo.

—Vuelve a tu fortaleza, en tal caso —dijo—. Muere con las botas puestas.

Y no hicieron falta más palabras: tan sigilosa como había llegado, la invitada besó a su hermana en la mejilla y abandonó la habitación. Ningún humano percibió su marcha, pues todos ellos tenían cosas más importantes en las que pensar. Se deslizó por el aire entre el barullo y el olor a catástrofe, en busca de la fortaleza que nunca debió dejar atrás.

Entonces sonó el último acorde de cientos de sinfonías. El fin de demasiadas vidas. El último y estrepitoso latido del corazón de su pequeña.

Engullida por una nube de polvo, la dríada ni siquiera se molestó en mirar atrás: sabía que el espíritu de ella, la única que la había comprendido, ya se disolvía entre los gritos, las limaduras y el horror. Apenas sí tuvo conciencia de que su propio cuerpecillo se resquebrajaba en miríadas de esquirlas diminutas.

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C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(9)\Incidence Report

Subsanado error de comando. Evaluando situación actual. Informe de pronóstico muy grave.

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Regresó a su guarida y esperó. Con paciencia. Con dignidad. No obstante, mientras lo hacía, trató de dejar constancia de su paso por el mundo.

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C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(10)\Incidence Report

Me llamo Borea, y sé que voy a morir. Sí, sé que voy a morir… Mi pequeña Austra ha caído, y ahora presiento que soy la siguiente. Ni siquiera sé bien por qué guardo estas palabras en mi memoria extraíble: lo más probable es que mueran conmigo cuando la Parca venga a buscarme. No resistirán al derrumbe; si lo hacen, jamás serán halladas. Pocos nos recordarán, ni a mí ni a mi hermana gemela.

Nacimos como un proyecto secreto de seguridad del Gobierno; una maravilla tan puntera que nos ocultaron de los ojos de las masas. En nuestra creación participaron las más ilustres personalidades de la élite: genios americanos, ingenieros japoneses. Los mejores relojeros suizos, con su mimo de artesanos sin par, se encargaron de la mecánica interna y de nuestra incomparable belleza. Nos fabricaron casi idénticas, ambas con autonomía para sentir y pensar. Y nuestra psicología se les escapó de las manos; porque surgió entre nosotras un vínculo que nunca llegaron a entender.

Entonces nos trajeron aquí, para que defendiéramos nuestras fortalezas. Como las dríadas de los cuentos de hadas, que protegen su árbol hasta el punto de dar la vida por él, nosotras salvaguardaríamos nuestro territorio con celo. Y así ha sido hasta hoy; hasta esta aciaga mañana de septiembre que cambiará el destino del planeta. Pronto nos invadió la añoranza por habernos perdido la una a la otra; pero nunca tuvimos miedo… Jamás temimos caer.

Porque éramos imposibles de tumbar. Indestructibles.

Resulta irónico, ¿no es cierto? Lo mismo dijeron de aquel barco acuchillado por un puñal de hielo; del héroe impregnado en inmortalidad que albergaba una flaqueza en su talón. Lo mismo decían de nuestras fortalezas de acero, hormigón  y cristal.

Únicas. Titánicas. Perfectas.

Con ansias de acariciar el cielo.

© Sara Martínez Orío
Reproducido con permiso del autor

Historia de un final feliz
Laura López Alfranca

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-Por donde tú vayas y pases, yo paso -comenzó a cantar la pequeña saltando con sus botas de agua encima de un charco.

-Y por donde tú brinques, también yo brincaré -respondió su madre siguiendo con la letra; ya estaba acostumbrada a hacerlo, ya que era como cantaban la canción. Para seguir el ritmo impuesto por la niña, también se dedicó a saltar con los tacones encima de alguno de los charcos más pequeños.

-En guerra con los indios, los indios, los indios -continuaron las dos agarrándose de la mano-. En guerra con los indios los vamos a vencer.

Era tarde, pero Lorena y su mamá habían tenido que salir, ya que a Babu se le había olvidado comprar las galletas favoritas de los monstruos buenos, esas que tenían el dibujo de Triki y que estaban mordidas… por lo que debían ser las que más gustaban por Barrio Sésamo, ya que estaban muy ricas. Agitó la espalda para mover las alas de Campanilla, su madre le había dejado ponérselas encima del abrigo, porque según decía, así todos sabían quién era su pequeña hadita.

-Tilín, tilán, tirilí lirán lirón -continuó Lori-, marchar así en lí… ¿mami? ¿Pasa algo? -La niña se había girado para mirar a su mamá, que estaba ojeando la calle con recelo; buscaba a los monstruos malvados.

-No, sólo que como hemos salido tan tarde, creí que los monstruos buenos estarían durmiéndose en las esquinas esperando sus galletas. -La pequeña se rio con ganas mientras entraba por la puerta del portal de Babu. Era mucho más pequeñito que el de su casa. También debía parecerle más enano, porque ese día había muchas bolsas por el suelo llenas de comida. Sentado en las escaleras estaba Juan, que era su mejor amigo, mirando cómo bajaba el ascensor.

-¡Juan, Juan! -gritó Lorena, contenta por verle y se acercó a él. Era un chico mayor, de los que iban al cole de mayores… no era tan tan grande como su mamá, ella era de los muy muy mayores o como su tía Miriam, que estaba yendo al cole de los muy mayores.

-Pero mira quien está aquí: Lori… que le ha robado las alas a Campanilla -respondió él quitándose uno de sus cascos de la oreja. La niña le sonrió y se dio la vuelta para que se las viera-. Cuando mañana te vengas a casa ¿me darás suerte en el juego?

-¿Todavía no has ganado al monstruo malo y grandote? -preguntó la chiquilla. Los tres se giraron al oír al ascensor abrirse, de éste que salió Adela, que era una señora muy simpática… a veces le daba algún gusanito dulce.

-Perdonad, enseguida acabamos… anda Lorena, qué guapa vas con esas alitas -la saludó la otra mientras metía más bolsas en el ascensor.

-Son las alas de Campanilla.

-¿Y qué opina ella de que se las hayas cogido?

-Pues mamá me dijo que no le importaba -sentenció la otra, asintiendo.

-Si es que Adela, no te enteras -le reprochó en broma Juan y la niña se comenzó a reír.

-Sí, eso, no te enteras.

-Bueno, esto ya está…- Cargó por completo el ascensor y se acercó al hueco de las escaleras- ¡Ángela! ¡Dale al botón! -Y como por arte de magia, éste se puso en marcha-. Al siguiente viaje ya lo podéis usar, gracias por tu paciencia, Juan.

-Sólo os estaba dejando subir primero para ver si podía ver a mi hadita de la suerte -dijo el otro, acercando la cabeza para darle un cabezazo cariñoso a la pequeña.

-Oh, entonces me alegro de haberte servido de ayuda -aseguró la mujer, que después de darle un beso y un abrazo a Lorena, comenzó a subir por las escaleras-. Nos vemos mañana, que espantes muchos monstruos malvados, Lori.

-Gracias -se despidió la pequeña al tiempo que los demás-, ¿entonces aún no has ganado al malo final?

-No, por eso te necesito, eres mi hada de la suerte ¿no? -Y en su mano apareció un caramelo marrón de los que tanto le gustaban a la niña. Ésta se lo agradeció con un beso y se lo metió en el bolsillo del abrigo-. Ése es tu paga por darme suerte.

-Mañana haremos que Donal y Gufi ganen a Sanson.

-Ansem… pero está vez has estado cerca.

Los tres subieron al ascensor cuando éste volvió y mientras su madre preguntaba a Juan por cosas aburridas, ella miró las galletas con una gran sonrisa. Menos mal que se había acordado de que faltaban antes de que cerrasen la tienda del señor Kuon, porque si no, ¿quién las protegería si aparecía el monstruo malvado? Pobre Babu, se sintió mal por olvidarse, pero ella siempre se acordaba de muchas otras cosas.

Miró como los pisos iban haciendo ruido al tocar al ascensor… en su anterior casa, se podían ver por los botones que se iluminaban por dónde pasaban e incluso no sonaba. Pero claro, la casa de la babu estaba libre de monstruos malvados y los vecinos eran mucho más simpáticos, ya que le daban muchos caramelos, hablaban con ella y Juan le dejaba jugar a sus videojuegos de mayores.

Se bajaron cuando su madre se lo pidió y cruzó la puerta dando saltitos. Mamá le quitó el abrigo con las alitas, mientras que por toda la casa resonaba el culebrón que tanto le gustaba grabar a la babu.

-Ve a darle las galletas a Babu para que las guarde -pidió su madre y ella asintió mientras iba dando saltitos por el pasillo, que era mucho más grande que el de ninguna otra casa del mundo.

-¡Babu! ¡Ya hemos comprado las galletas! -Las luces del salón parpadeaban, pero su babu no respondía. Debía haberse quedado dormida, a veces lo hacía-. ¡Babu!

Cuando cruzó la puerta, vio que su babu estaba sentada en el suelo mirándola llena de miedo. La niña abrió los ojos y contuvo el aliento, asustada, al tiempo que las galletas caían al suelo y aterrizaban en la alfombra. Babu estaba cubierta de sangre y no se movía, ¿qué le pasaba? Oyó un ruido y se giró a mirar; al lado de la televisión, apoyado contra la pared y cubierto de algo rojo, estaba el malvado monstruo.

Sintió como los pantalones se calentaban y mojaban por su pis. Las lágrimas corrieron por su cara, era incapaz de gritar del miedo… era incapaz siquiera de respirar, por lo que gemía en bajito y temblaba. Si los de su clase la hubieran visto, la habrían llamado meona, cobarde y se habrían reído de ella… pero eso no importaba ahora, sino el hecho de que el malvado había aprovechado para aparecer cuando habían ido a comprar las galletas que lo repelían.

-Lori, ¿pasa algo? -preguntó su mamá… tenía que hacer algo ¡debía salvarla del monstruo! Éste le miró con unos ojos tillones de veces más malvados que todos los malos de Disney juntos y le pidió silencio con una sonrisa un quinillon de veces más malosa que la de los malos de Disney-. ¿O queréis darme un susto? -La oía acercarse por el ruido de sus tacones, pero ella seguía paralizada por el miedo.

-¡Mamiiiiiiiiiiiiii! -gritó al fin con todas sus fuerzas al final, pero sólo pudo ver como un jarrón volaba por todo el salón dándole al malvado monstruo en la cabeza. Mientras su madre la cogía en volandas, haciéndole daño-. ¡El monstruo mami, el monstruo!

-¡No tengas miedo mi vida! -Mamá también estaba tan asustada como ella. Corría por el pasillo tirando las mesas con adornos de la babu, mientras la apretujaba tanto contra ella que le hacía daño. El monstruo se iba tropezando y decía palabras feas mientras corría detrás de ella. Era más grande de lo que recordaba y hacía mucho ruido y… y… y gritaba con una voz horrible y maligna. La pequeña del miedo, no pudo evitar gritar aterrada.

-¡Mami, mami! -Su madre la dejó en el suelo sin mucha delicadeza, al mismo tiempo abría la puerta del cuarto de su babu.

-¡Enciérrate y no abras a ningún monstruo! -le ordenó, y la niña cruzó corriendo. Luego ,su mamá cerró detrás de ella y Lori la obedeció, echó el pestillo y arrastró la silla del escritorio de su abuela, como había visto en las pelúculas que le gustaban a su madre.

Oía a su mami hablar con el monstruo malvado. Estaba llorando y el malo la estaba hipnotizando con su voz… cuando la bajaba así y hablaba de esa forma, fingía ser lo que no era. Asustada, miró a los lados de la habitación y corrió a abrir el armario y sacar todas las cajas de zapatos, las cargó en sus cortos bracitos y las lanzó contra la puerta… el monstruo no pasaría a través de ellos por el olor, a su madre y a su babu eso les impedía pasar.

Se acercó otra vez a la puerta y oyó a su madre pedirle por favor que la dejara, que se iría con él, pero que dejara a la niña al margen. Lorena estudió el cuarto buscando algo para salvar a mamá y se dio cuenta de que en la mesilla, al lado de la cama de la babu, estaba el teléfono con el botón rojo, el que espantaba a los monstruos malvados cuando estaban dentro de la casa. Corrió a su lado y lo apretó una vez como le había dicho su babu que debía hacer si pasaba una tástofe como aquella. Oyó pitidos y casi al momento, una chica mayor la respondió.

-Servicio de urgencias. -La niña tragó saliva y sollozó de miedo-. ¿Dígame? -Sorbió los mocos y se limpió las lágrimas-. ¿Está usted ahí?

-Hay un monstruo… creo que ha hecho pupa a mi babu y… y quiere llevarse a mi mamá… y yo estoy encerrada en el cuarto de Babu…-Oyó como la mujer hablaba apresuradamente y en voz baja-. No la oigo… ¿qué hago para salvar a mi mamá?

-¿Cómo te llamas?

-Lori…

-Muy bien Lori, ahora te voy a preguntar unas cuantas cosas y debes… -Un grito aterrador la interrumpió y Lorena supo que era su madre pidiendo ayuda-. ¡Lori!

-¡Está haciendo daño a mi mami! -berreó la niña tirando el teléfono y alzando la voz tanto como su garganta pudo-. ¡Deja a mi mamá, monstruo! ¡No le hagas daño! -Pero no fue suficiente, oyó muchos golpes fuertes, a su madre gritando y al monstruo llamándole cosas muy feas-. ¡Deja a mi mamá, deja a mi mamá! ¡Mamá! -Saltó con fuerza encima del suelo y golpeó rabiosa la cama. Era lo que hacía siempre para que su madre y babu la escucharan. Gritó con más ganas y le costaba tanto, como las veces que intentaba hablar cuando tenía la voz rota-. ¡Mami! ¡Mami! ¡Mami! -Al monstruo se lo oía resollar mientras seguía dando golpes, pero su madre no decía nada. El cuello le dolía muchísimo y, asustada, se acercó poco a poco y temblorosa a la puerta-. ¿Mami… estás bien…? -La señora del teléfono la llamaba, pero no le hizo caso -. ¿Mami…? -Llamaron la puerta con suavidad y ella se detuvo.

-Lorena. -Y sin poderlo evitar, las lágrimas y un grito de terror escaparon de su garganta. Era el malo…  y con su peor disfraz, el que más miedo le daba-. Lorena cariño, soy yo. -La niña corrió hasta la cama de su babu, quitó las mantas y se metió dentro-. Soy papá.

-¡Vete, monstruo malvado! -gritó, aun a pesar de lo que le dolía la garganta, al tiempo que se abrazaba a las almohadas que olían como su babu… no tenía un peluche que la pudiera defender, pero esperó que eso sirviera. Estaba asustada, pero sabía que si uno no se lo mostraba a los malos, estos te dejaban en paz o al menos eso había aprendido de sus pelúculas.

-No, cariño, no soy un monstruo… ¿qué mentiras ha dicho la zor… tu madre? Vamos, mi niña, abre la puerta.

-¡No, tú no eres mi papá! ¡Eres el malvado monstruo que se lo llevó lejos!

-Lorena, por favor, abre la puerta y nos iremos tú y yo a un lugar maravilloso, volveremos a ser felices. -Esta vez su voz era más seria y malvada. Estaba quitándose el disfraz de su padre.

-¡No quiero, monstruo!

-¡Abre la puerta, maldita sea! -gritó aporreando la puerta con fuerza.

-¡No lo haré! -Entonces dejó de llamar… pero al instante, una barra de hierro atravesó la puerta al tiempo que el malvado le gritaba cosas muy muy feas-. ¡Vete! ¡Vete! ¡Vete! -pidió ella llorando, tapándose la cabeza con la manta, mientras gimoteaba. Otro golpe fuerte la obligó a berrear asustada-. ¡Mami, ayúdame! ¡Mami, el monstruo viene a por mí! ¡Mami, socorro, que me coge! -Y un tercer golpe, seguido de jadeos-. ¡Mami, por favor, ayúdame! ¡Mami! ¡Mami, que me va a hacer daño! -Entonces oyó cómo alguien gritaba con fuerza y al monstruo quejándose de dolor.

Sonaron muchas voces y golpes, mientras decían cosas feas y algo golpeaba el suelo con fuerza y gritaba algo de su pie derecho. Se quitó la manta y vio a través del enorme agujero de la puerta cómo había mucha gente que se asomaba por éste y la llamaba… eran más monstruos, que tenían las formas de los vecinos, la llamaban para que abriera la puerta.

-¡Lori abre! -gritó el primero, que tenía la forma de Rafa, el papá de Juan.

-¡No, mamá me dijo que no abriera a los monstruos! -insistió-. ¡Y no podéis pasar por el muro de zapatos petosos!

-Lori cariño, no somos monstruos -dijo el que era igualito a Adela.

-¡Pues enseñadme que no lo sois! -Todos susurraron sin saber que hacer y la pequeña sonrió a través de las lágrimas, feliz por haberlos detenido.

-¡Lori! -exclamó Juan y apareció delante de su puerta-. ¡Mira que tengo! -Metió la mano en el agujero y enseño el paquete de galletas. Al instante apartó a los demás, lo abrió y se comió rápidamente una galleta… era su amigo, no eran más malvados-. ¿Ves? ¡No soy un monstruo!

-Juan… -Aliviada por ver a su amigo, lloró feliz y se intentó quitar las lágrimas de la cara-. Juan, era el monstruo, nos encontró…

-No te preocupes, le hemos ganado… no hay más monstruos. Te lo prometo. -La pequeña lo miró haciendo pucheros- . ¿Estás bien?

-Me he hecho pis encima porque tenía miedo -reconoció-. ¿Soy una cobarde?

-¿¡Qué dices!? Si yo hubiera sido tú, me habría hecho caca. -La pequeña se rio, Juan siempre decía cosas graciosas-. ¡Así de grande habría sido mi caca! -dijo metiendo las manos por la abertura de la puerta y separándolas mucho. Aquello hizo que la niña se partiera de la risa.

-Entonces Rafa se habría enfadado mucho contigo.

-Claro, tendría que haberme limpiado el culo durante mucho rato… y mi padre me habría dicho: “Que vergüenza, tan mayor y asustándote así de los monstruos, deberías aprender de Lorena, que es muy valiente y se enfrenta ella sola a todos los monstruos del mundo”.

-¿Mamá me regañará por hacerme pis? -preguntó preocupada.

-Pero, Lori, tu madre casi nunca te regaña, así que no te preocupes por eso. -Creía que lloraba, la voz le temblaba mucho y se había tapado la cara, ¿estaría triste por algo?-. ¿Sabes cambiarte solita?- Asintió, orgullosa de sí misma-. ¿Le pido a Adela que te traiga un pantalón bonito?

-¿No queréis que salga?

-Vamos a esperarnos a que llegue la poli y se lleven al monstruo, por si acaso, ¿vale? -Ella asintió y le sonrió. Seguía con mucho miedo, pero sabiendo que al menos su amigo estaba con ella, todo iba a ir bien.

-¿Y dónde está mamá? ¿Babu tiene mucha pupa?

-No, claro que tu babu no tiene pupa, la sangre era del monstruo. Tu abuela es más poderosa que las Supernenas y se ha ido con tu madre a vigilar que el monstruo no se escape. -Y sintiéndose feliz volvió a asentir. Estaba decidido, cuando Babu y mamá volvieran, comerían las galletas espanta monstruos y todo volvería a ser normal.

Después de cambiarse, Lorena cantó en bajito con Juan todas las canciones de Disney. Aunque le doliera mucho el cuello, le hacía sentirse mucho mejor.

Entonces la policía llegó y por la puerta asomó su tía Mimí, que le pidió que saliera del cuarto de la babu, que ya no iba a pasar nada. La niña la obedeció feliz, porque llevaba mucho tiempo sin verla y su tía sabía juegos muy divertidos y locos. Cuando abrió el pestillo, la mujer la abrazó con fuerza y lloró mientras le decía que había sido muy valiente. Y allí estaban todos sus vecinos, pero no veía ni a su madre ni a su babu y así se lo dijo a Mimí, que volvió a echarse a llorar con fuerza.

-¿Entonces sí que hizo mucha pupa a mami y a la babu? -preguntó asustada.

-¡No, claro que no, Lori! -respondió Juan, nervioso-. Ellas son más fuertes que mil Supernenas, ya te lo he dicho… lo que pasa, es que el monstruo es muy difícil de ganar.

-¿De verdad? -Ahora sentía mucho miedo.

-Si, verás: el único lugar donde pueden encerrarlo, es en el Polo Norte, para que esté muy lejos de ti… y sólo tu madre y tu abuela pueden detenerle.

-¿Se han ido? -Juan asintió y ella comenzó a llorar muy triste-. ¿Ya no me quieren? ¿He hecho algo malo para que se fueran?

-¡No, Lori! -dijo su tía de pronto-. Se han tenido que ir precisamente por eso, porque te quieren tanto, que prefieren encargarse del malvado monstruo, para que nunca jamás vuelva a hacerte daño… te quieren más que nada en este mundo y aunque les gustaría verte, ellas serán felices sabiendo que te están cuidando. Y ahora estarás conmigo, porque si te fueras me sentiría muy sola y me aburriría mucho. -La niña meditó durante unos instantes las palabras de su tía, para luego mirarla completamente seria.

-¿Entonces esto es un final feliz? -Pero Mimí no la comprendía tan bien como su mamá, por lo que tuvo que explicárselo-. Ganamos al monstruo y ya no nos molestara nunca más, es un final feliz, ¿no?

-Claro que si mi vida… -susurró su tía, que parecía que algo le había hecho mucho daño, porque ahora había más lágrimas en su cara.

-¿Y por qué lloras tanto?

-Es que los finales felices siempre me hacen llorar -reconoció, así que ambas se sonrieron, al tiempo que Juan le ponía su abrigo y las alitas de campanilla.

Y mientras todos la despedían, tan felices como su tía por aquel final, se acurrucó contra ella y cerró los ojos… al fin habían ganado, el monstruo había perdido y jamás de los jamases volvería.

© Laura López Alfranca
Reproducido con permiso del autor

El jardín de las flores que se columpian
Elia Barceló

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¡Qué hermoso es este jardín!, pero tú no lo entiendes, Jaifa, tú, Aren, creo que ni siquiera lo ves. Hace apenas unos minutos hemos estado tan unidos y ahora cada cual se pierde en el laberinto de sus propios pensamientos, de sus propios rencores y, sin embargo, este jardín no ha sido hecho para el odio ni para la soledad; este jardín tiene la triple belleza del mundo de Hor, donde ni el uno ni la dualidad tienen sentido. Nosotros somos tres, nos hemos dado muchas cosas bellas y seguimos aquí, recostados sobre esta hierba amarilla y suave, pero no estamos unidos, ya no. ¿Ves, Aren?, acaricio tu flanco con esta mano grande y cálida que ha sentido tantas cosas antes y tú no te mueves, casi no respiras, como si ni siquiera pudieras sentirla. ¿Te hemos hecho daño, Aren, hermosura triple de la triple luna, que no quieres abrir los ojos y volverlos hacia mí? Dime que no, mi vida. Dime que eres feliz porque estamos contigo y porque juntos sumamos la perfecta perfección. ¡Dios mío!, ¡qué horrible!, cada día expreso peor mis pensamientos, cada día pierdo más y más palabras, las que aprendí en mi infancia en Tierra con mi gente. ¡Y pensar que un día quise ser poeta, el primer poeta de la Galaxia inmensa y ahora no soy más que tercer navegante de un crucero turístico y estoy perdiendo mi lengua! Ya sé que nunca podré hacer poesía como la que me hubiera gustado escribir, pero no he perdido la esperanza de hacerla de otro modo, con mis acciones, con mis sentimientos, quizá también con mi forma de mirar o mis caricias, pero ¡es tan difícil!, ni siquiera ya me escucha Jaifa. ¿Habrá dejado de amarme? No, no puede ser. Jaifa es mi compañera, la mujer que amo y amaré siempre. Durante dos años nos hemos querido, ayudado, consolado en los largos días de navegación. Si no nos hubiéramos conocido, ¡quién sabe lo que hubiera sido su vida en aquel planeta semidesierto donde quería dejarla el capitán!, pero yo la ayudé y pagué de mi sueldo hasta que pudo empezar a trabajar un poco en la nave y desenvolverse sola. Sé que al principio estaba conmigo sólo por agradecimiento, pero sé también que después las cosas cambiaron. No es posible que ahora quiera quedarse en Hor y vivir con Aren y olvidarme. Pero, ¿qué digo?, ¿por qué pienso estas cosas?, sólo porque Jaifa está callada mirando al cielo siempre cambiante del jardín no tengo razón para suponer que haya dejado de quererme. ¿Qué piensas, Jaifa, mi amor?, ¿qué hay detrás de tus ojos cuando miras al cielo e ignoras mis labios en tu pelo?, ¿qué pasa en tu cabeza cuando tu mirada se aparta de mí? Y tú, Aren, ¿qué piensas de ella, qué piensas de nosotros, extranjeros en tu mundo, cuando te entregamos nuestros sentimientos?

Si nuestras vidas fueran menos complicadas podríamos quedarnos en Hor, tumbados en el jardín de las flores que se columpian, y oír las salpicaduras de las fuentes sobre las hojas; formaríamos un tríptico en este planeta, tendríamos una casita de tres habitaciones y una sala común para amarnos y yo tal vez sería poeta y Jaifa bailarina, como siempre ha deseado y Aren… ¿quién sabe lo que tú querrías hacer?, Aren, tan distinto y tan distante de nosotros y otras veces, sin embargo, tan próximo que nuestras voces y nuestras sonrisas se entremezclan y se funden. ¡Qué maravillosa casualidad encontrarte en aquel paseo y entablar conversación sobre las flores de corola triple que sólo crecen en Hor! Te invitamos a cenar y a charlar con nosotros para que nos hablaras de todas las bellezas que tenemos tres días para descubrir y fue así como decidimos venir a visitar el jardín. Cuando te preguntamos qué sitio era éste tú dijiste que era un lugar de contradicciones y, aunque no te entendimos, no quisimos tampoco averiguar más, porque tus ojos eran dulces y tu mente creaba ecos con nuestras sensaciones y sabíamos que te sentías feliz con un placer más puro que el de cualquier humano. Aren, amigo, ¿por qué no sonríes de nuevo? No sé. Tal vez soy yo quien no es capaz de apreciar del modo adecuado la hermosura del jardín; estoy aquí, rodeado de hierba, de piedras blandas y suaves que se irisan levemente de todos los colores y sólo pienso en mí y en Jaifa y en Aren, en lugar de diluir mi mente en la paz y el silencio, en la contemplación del cielo y de las flores tenues que columpian sus triples corolas en la brisa.

¿Y si me quedara para siempre en el mundo de Hor?, ¿y si mañana, a la hora de embarcar, acompañara a Jaifa hasta la nave y le dijera que le deseo toda la suerte del Universo y que me quedo aquí, con Aren? ¿Podría yo hacer eso?, ¿podría vivir feliz en cualquier parte sin que el recuerdo de Jaifa, y el de su soledad y su tristeza, me rompiera el corazón?

Acaso sea ese el suicidio del que hablaba el capitán antes de bajar a tierra: «Hor es un lugar divino, pero hay muchos que nunca vuelven a sus naves. Lo llamamos “el suicidio” aunque nunca se ha sabido a ciencia cierta si la gente se mata realmente o si sólo se esconde hasta que se va la nave. De todos modos, deben saber que Hor, a pesar de su apariencia idílica, es un mundo muy pobre; prácticamente vive de los turistas que pasan aquí los tres días de escala en todas las naves que hacen esta ruta. No sabemos bien de qué viven los nativos que no tienen relación con el turismo. Sólo les digo todo esto para que no se entusiasmen demasiado pensando que pueden encontrar otro trabajo más placentero en tierra, a menos que prefieran ser camareros o guías a ser tripulantes de un crucero espacial».

Y yo, ahora, parece que estoy pensando en el suicidio, porque, efectivamente, sería un suicidio abandonar a Jaifa, abandonar la nave y probar fortuna en un mundo extraño como Hor, con un ser extraño como Aren. Pero, ¿por qué?, ¿por qué pensar tantas cosas?, ¿por qué no dejar que todo sea como debe ser: disfrutar de la escala, volver al trabajo y firmar el contrato de matrimonio con Jaifa, lo que nos permitirá estar siempre juntos en las mismas naves, ser trasladados a la vez? ¿No era eso lo que yo quería hasta ahora, lo que más deseaba?, ¿no era eso? Sí lo era y, sin embargo, hay algo nuevo, algo que ha entrado en mi cerebro con Aren. Mi amor por Jaifa, esa mujer valiente y misteriosa, surgida de repente en mi vida, ¿no se parece, tal vez, a lo que ahora empiezo a sentir por Aren? ¿No me sucedió también así, de golpe, la otra vez? ¿Amo realmente a Jaifa o me he acostumbrado a tenerla conmigo en los días y las noches del lento tiempo entre los mundos? ¿Y ella?, ¿qué siente ella por mí?, ¿estará pensando ahora lo mismo que yo pienso?, ¿estará recordando el abrazo de Aren y la sensación del eco de sus propias sensaciones devuelto mil veces y en mil tonos por el cerebro del extraño amante? Jaifa, mi vida, ¿qué nos ha pasado?, ¿qué vamos a hacer? Estáis tan quietos y tan callados los dos y hay tantas cosas en mi cabeza que quiero deciros, y sin embargo, no me atrevo. Quiero tocaros, quiero sacudiros y compartir con vosotros esta angustia que he empezado a sentir y que me está aislando de todos los sentimientos firmes de mi vida; pero vosotros os alejáis de mí, me ignoráis, os perdéis de mi lado y quizá ni siquiera estáis juntos, quizá ni siquiera lo estáis haciendo a propósito, pero empiezo a sentirme perdido, perdido de ti, Jaifa, mi amor, perdido de ti, Aren, de ti que aún no conozco pero que me atraes y me quemas como una llama. ¿Por qué he venido a este jardín?, ¿qué esperaba encontrar en él?, ¿qué he encontrado?

* * *

Estoy cansada de estar aquí; estoy harta ya de estas nubes de colores eternamente cambiantes que flotan sobre nuestras cabezas. Quiero irme. Quiero levantarme de un salto y decirle a Shejet que me he cansado del juego triple y del jardín de las flores que se columpian. Hay algo maligno en este jardín, algo que te atrapa y te retuerce y te mata. Lo he sentido ya otras veces, antes, mientras hacíamos el amor y Aren jugaba con nuestros sentimientos como si tejiera una tela de araña venenosa a nuestro alrededor; pero Shejet no me creería, él es el poeta, el que tiene las intuiciones divinas y yo no soy más que una golfa que se ha ido solucionando la vida como ha podido. Él no me ha dicho nunca esto, claro, pero sé que lo piensa. Y hace bien, eso es lo que soy, aunque me haya pasado dos años haciendo de amante esposa; pero ya estoy harta. Harta de él, de la nave, de los turistas, de todo. Se me revuelve el estómago de pensar que dentro de menos de un día volveré a estar encerrada en esa polvera de lujo que es el «Victoria» sin otro consuelo que las largas noches en la cabina de ese pobre imbécil, con sus sueños y sus proyectos que no son los míos. Y, sin embargo, hasta hace sólo dos días estaba dispuesta a firmar el acta de matrimonio para legalizar esa compañía que no deseo; pero Shejet fue el único en ayudarme en aquel mal paso y le tengo cariño, por eso le escucho y comparto su cama; por eso y porque no he encontrado nada mejor. Dice que me quiere, pero ¿quién sabe?, yo también lo digo y no es verdad. Lo más probable es que crea que me quiere porque tampoco tiene nada mejor. Hasta es posible que ahora esté pensando en quedarse en Hor, con sus jardines y sus fuentes y su gente como Aren, esa criatura extraña y malvada que amplifica, distorsiona y devuelve nuestros sentimientos, pero que no siente, ni como nosotros ni de ninguna manera. Sólo finge, no hace más que fingir, y nosotros también fingimos, como idiotas que somos.

¿Por qué tuvimos que encontrárnoslo? Es como si, desde que estamos con él, todos los sentimientos tanto tiempo reprimidos se hubieran disparado. Ahora no puedo ni pensar en tocar a Shejet, no podría soportar una caricia, pero no se lo puedo decir, no me entendería. Roza mi pelo con sus labios y sé que me está pidiendo una mirada, una sonrisa, pero no quiero hacerlo. Es igual. El pobre está tan seguro de mi amor que no dudará por eso, nunca duda de nada. También estoy harta de eso, y de su transparencia; es como una novela de misterio que, una vez leída, pierde todo interés. Apostaría a que está fascinado por la técnica de Aren, pero también podría apostar a que, a pesar de ello, nunca se quedaría en Hor con él aunque se lo pidiera. Shejet en el fondo es un cobarde, le gustan las cosas fáciles; por eso se quedó conmigo, porque estaba allí y no era de nadie, pero nunca dudaría de su amor por mí.

Me pregunto qué estará pensando Aren, suponiendo que pueda pensar. No sabemos nada de esta gente y, sin embargo, somos tan ingenuos como para ofrecerles en bandeja todos nuestros sentimientos sólo porque ellos pueden, como si dijéramos, ampliarles el volumen. A lo mejor de eso viene el suicidio del que hablaba el capitán; no como algo voluntario sino porque uno de estos seres aumenta tanto las sensaciones que un orgasmo puede ser mortal. Creo que he hecho bien en moderar todo lo que siento. No he sobrevivido tantos años de vida azarosa para fiarme del primer horiano que conozco y abrirle mi alma. ¡Señor, qué lentos pasan aquí los días!, casi tanto como en el «Victoria». Y todo el rato aquí, tendidos como lagartos terrestres, sin hacer nada, sin hablar, sólo mirando las nubes y las flores, estas flores semitransparentes, grandes como hortalizas que no paran de moverse aunque no haya viento. Y qué quieto está Aren, sin mover un músculo, como si no respirara. Aren, como un cadáver entre nosotros. ¡Shejet, por Dios, di algo, muévete, di cualquier estupidez pero salgamos de aquí, hagamos algo que demuestre que aún estamos vivos! Pero, no, ¿qué más da?; antes o después nos iremos, nos encontraremos de nuevo en la pequeña cabina allá en la nave y entonces le diré… ¿qué?, ¿qué puedo decirle?, que no lo quiero, que nunca lo he querido, que no pienso pasar mi vida a su lado, que nunca he querido ser bailarina, que lo que yo quiero es encontrar un hombre rico con una gran casa y muchos amigos y dar fiestas y moverme y hablar y vivir. ¿Voy a decirle eso?

¡Qué muerto está este jardín! No hay pájaros, ni gente, ni siquiera insectos voladores; sólo estas piedras gomosas y esta hierba que parece haber perdido el color y los árboles olorosos y las flores inmensas, pero sin ruido, sin vida. Shejet acaricia el cuerpo de Aren y él no se mueve, no suspira. ¿Será esto la muerte en medio de este jardín? Alguien escribió que eso era la muerte, me lo leyó Shejet un día: «El recuerdo del desamor y del hastío y el abandono de toda esperanza porque la esperanza es también desamor, también hastío». A pesar de todo, yo siempre he creído en Dios. ¡Sálvanos, Señor, de Aren y del jardín de las flores que se columpian! Nos estamos ahogando Shejet y yo.

* * *

El asco me paraliza como otras veces, como todas las veces. Como siempre me pregunto, después de hacerlo, por qué habrá caído este castigo sobre nosotros. Éramos un pueblo sincero antes de que los humanos llegaran; muy pobres, es cierto, destruidos por las guerras y las venganzas, pero sinceros y libres. Y entonces llegaron ellos al planeta de la hermosura triple, como lo llaman, y empezó la tortura. ¿Por qué no habremos muerto todos en las últimas masacres? Hubiéramos dejado un mundo limpio donde quizás hubiera podido volver a brotar la vida, pero no, tuvimos que prostituirnos a los que nos daban comodidades y lujos de los que habíamos perdido el recuerdo. Esos malditos que no entienden nada ni aman nada tuvieron que encontrarse en su primer contacto con una tribu de perversos, los más miserables, los más despreciables seres de nuestra sociedad, apartados voluntariamente de la comunidad por lo que quedaba de nuestro Gobierno para que no contaminaran a los supervivientes de las últimas batallas que aún conservábamos los fundamentos de nuestras leyes y nuestras costumbres. Y esos monstruos humanos los consideraron fiel ejemplo de nuestra sociedad, precisamente a esos desechos que se reunían en grupos de tres para darse un placer que los destruía y olvidar así que había a su alrededor un mundo que reconstruir. Dos que copulan y uno que recoge, amplifica, distorsiona sus sensaciones y las devuelve a sus mentes y a sus cuerpos y los tortura lentamente mezclando el placer y el dolor en un constante intercambio de papeles hasta la destrucción por agotamiento o por locura. Y esos estúpidos científicos humanos sacando conclusiones sobre la base tres que rige nuestro mundo, sólo porque algunas de nuestras flores tienen triple corola y porque nuestro planeta recibe luz de tres soles y tres satélites giran a su alrededor.

En sus viajes posteriores descubrieron que también los humanos podían participar en eso y agotaron a todos los perversos de nuestro pueblo para darse placer, sin entender nada, sin querer entender. Y nosotros, mientras tanto, los demás, tratando de sobrevivir en las colinas, tratando de reconstruir de alguna manera nuestra civilización. Trajeron equipos para investigar las ruinas de nuestras ciudades y tampoco se dieron cuenta de nada, ¿cómo podían verlo si habían aceptado la perversión como código normal de conducta? Dijeron que aquellas ruinas eran muy curiosas porque los edificios no habían sido destruidos por explosivos ni por nada que se pudiera entender como bélico en el sentido humano, y ¿por qué había de ser en el sentido humano si nosotros no somos humanos?, pero eso no lo quisieron ver tampoco. No se dieron cuenta de que nuestra mejor arma es precisamente la capacidad de resonancia de nuestras mentes, de que podemos destruir enloqueciendo, potenciando los sentimientos y sensaciones de nuestros enemigos. No entendieron que, lo que según ellos fue creado para el amor, es el arma más peligrosa con la que contamos.

Shejet, el humano, me toca el costado una y otra vez; no entiendo lo que quiere. A pesar de todas las veces que lo he hecho, no puedo entenderlos. Espero que no quiera volver a empezar porque esta vez lo mataría; utilizaría la corriente de hastío, de frustración, de odio incipiente que hay en Jaifa para matarlo y a ella la enloquecería con las dudas y la amargura de él. Ya he destruido al número conveniente para que nuestro pueblo no entre en conflicto con el Gobierno de los humanos y nos causen todavía más daño, pero esta perversión que he tenido que forzar en mí, por amor a mi raza, me está comiendo terreno y a veces siento una especie de placer malsano en destruirlos, porque se lo merecen, porque son ellos quienes lo buscan. Tal vez algún día piensen que es demasiada la gente que desaparece al llegar a este planeta y decidan que sus naves deben hacer escala en otro lugar. Si ese día llega y nos dejan en paz, podremos empezar a limpiar y reconstruir nuestro mundo como era antes de que llegaran ellos; sin estos jardines artificiales creados para los humanos, construidos con las constantes que pudimos obtener de sus mentes abiertas durante la copulación: hierba de extraños colores, piedras blandas e irisadas, fuentes y flores por todas partes. ¿Dónde queda la belleza de una flor cuando hay cientos de ellas en el mismo jardín? Antes, cuando aún teníamos ciudades hechas por nosotros, para nosotros, nunca había más de cinco o seis plantas o árboles en una comunidad. Así, ver nacer una flor era una gloria efímera, era como un reflejo de la belleza cósmica. Ahora, toda la hermosura amontonada, nuestra triple hermosura, no es más que una vergüenza y una perversión. Pero no podemos cambiar las cosas de golpe. Ellos son fuertes y su pueblo es numeroso; nos dan cosas que necesitamos para cuando, más adelante, podamos volver a ser nosotros mismos; a cambio, nosotros les damos la muerte que llevan encerrada en sus mentes malignas. Para eso muchos sufrimos, sacrificamos nuestras vidas y nuestros valores y nos hacemos los encontradizos a la llegada de las naves para después traerlos a jardines como éste. Por eso estoy yo aquí, tendido junto a mis víctimas, que presumen de amor y de decencia y sentimientos nobles.

Marchaos, extranjeros, Shejet y Jaifa, no esperéis nada hermoso de mí. No os puedo dar nada que no llevéis dentro, no os he dado nada que no llevarais dentro; os desprecio, me dais asco, pero no quiero ensuciarme más, no quiero mataros. Volved a vuestra nave, destruiros vosotros solos con vuestra insinceridad, con vuestros engaños, pero marchad pronto porque la corrupción que hay en mi mente está despertando. Si no os marcháis enseguida, yo, Aren, os destruiré por amor a los míos.

 

© Elia Barceló
Reproducido con permiso del autor

Dos niños jugando
Juan Miguel Aguilera

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-¡Malditos cobardes! -repite Ramón Franco por enésima vez-. No hay cojones, Pablo, lo que pasa en este país es que ya no hay cojones. ¡Joder!

Es la madrugada del día 15 de diciembre de 1930. El viejo automóvil de Pablo Rada corre por las calles de Madrid y suena exactamente como una lata rodando barranco abajo. Pablo, que es quien conduce, mira por el retrovisor a Ramón y no dice nada. Bastante tiene él ya con lo suyo como para ir dándole la réplica. Y bastante conoce a Ramón para comprender que cuando se pone así de exaltado lo mejor es guardar silencio y esperar a que amaine la tormenta. Gira el volante a la derecha y se dirige hacia la salida sur de la ciudad.

Ramón Franco sigue rezongando en la parte de atrás. Va sentado al lado del excomandante Alfonso Reyes, con quien había protagonizado una rocambolesca fuga de las Prisiones Militares un mes atrás. Ramón lleva el pelo muy corto y barba de varios días; sus ojos verdes, lo único intenso en un rostro de rasgos blandos, llameantes de ira.

-Malditos paisanos -dice en un tono más bajo, cansino, como si aceptara al fin la inevitable imperfección del mundo que lo rodea.

Pablo Rada sonríe para sí. Ese es justo el tono que indica que la tormenta empieza a remitir. Anda que no conoce bien a aquel hombrecillo de apenas un metro sesenta, pero con más cojones que el caballo de Espartero. Había sido su copiloto y su amigo en todas y cada una de las aventuras que había emprendido. Juntos habían cruzado el Atlántico a bordo del Plus Ultra, y juntos andaban ahora metidos en esta locura aun más desquiciada. Ramón Franco y Pablo Rada, como don Quijote y Sancho. Pablo es casi tan bajo de estatura como Ramón (lo que había decidido su inclusión en el histórico raid del Plus Ultra; no sólo porque su poco peso era una ventaja en un vuelo de esas características, sino porque a Ramón no le gusta salir en las fotos al lado de gente alta), es delgado, moreno, vivaracho, con esa pinta chulesca que adoptan algunos hombres pequeños. Gira de nuevo el volante y se encamina por la calle Alberto Aguilera. Gruñe algo y se sacude al hermano de Reyes que está en el asiento de al lado. Este tiene una pierna de madera que no puede doblar, lo que le obliga a ir recostado contra el hombro de Pablo.

El motor del Renault tose, traquetea un par de veces y se detiene. El coche se desliza unos metros en absoluto silencio hasta que el conductor pisa el freno.

-¿Y ahora qué coño pasa, Pablo? -pregunta Ramón desde atrás.

Rada tira del freno de mano. Da unos golpecitos con sus nudillos en el panel indicador del salpicadero y se vuelve hacia Franco.

-Me parece que nos hemos quedado sin gasolina, mi comandante.

-¿Qué?

La exclamación ha partido a la vez de Ramón y de los hermanos Reyes.

-No me jodas, Pablo -añade Ramón-. ¿Vamos a dar un golpe de estado y se te olvida llenar el depósito de gasolina? Coño, ¡si ni siquiera hemos llegado a salir de Madrid!

-Lo siento, mi comandante -dice Rada apesadumbrado-, lo llené hace un par de días. Pensé que… Debe tener una fuga, no hay otra explicación.

-Joder, joder, joder -exclama Alfonso Reyes, que parece a punto de empezar a tirarse de los pelos-. ¿Podéis explicarme qué clase de chapuza es esta? Hidalgo y Queipo de Llano se han tenido que ir en taxi porque no había coches para todos, los paisanos que nos iban a dar apoyo nos dejan en la estacada, vosotros os olvidáis de echarle gasolina al auto. ¿Es que de verdad algo puede ir aun peor?

Ramón mira con desprecio al excomandante y está a punto de echarle a la cara que si estaba en Prisiones era por estafador y no por idealista como él, y que le había hecho un gran favor al permitirle unirse a su revolución. Pero de momento prefiere callarse y decir:

-Bueno, bajemos y veamos qué es lo que pasa realmente.

Esa madrugada hace un frío que pela. Todos aguardan dando saltitos alrededor de Pablo Rada mientras este abre el tapón del depósito y sacude un poco el automóvil.

-Está vacío, mi comandante -dice exhalando una nube de vaho.

-Joder, Pablo, esto es muy decepcionante. Tenemos que estar en Cuatro Vientos antes de las seis de la mañana o la revolución fracasará.

-O la harán sin vosotros -añade el hermano de Reyes con sorna, mientras se golpea los brazos contra el pecho para entrar en calor.

-Lo siento, mi comandante. -Pablo Rada abre el capó y saca una lata vacía-. Iré a buscar gasolina. No tardaré.

-Usted -Ramón Franco señala al hermano del excomandante. No recuerda su nombre-. Acompáñelo.

Y así, el copiloto de Franco se marcha calle abajo con una lata en la mano y un tullido que cojea tras él intentando darle alcance.

-¿Y qué hacemos nosotros? -pregunta Alfonso Reyes-. No podemos quedarnos aquí en medio.

-¿Por qué?

Alfonso abre un poco su gabán para mostrarle un atisbo de lo que lleva oculto bajo él: pistolas, granadas, incluso un cuchillo de monte. Ramón Franco transporta un arsenal parecido bajo su propio abrigo.

-No podemos arriesgarnos a que aparezca una patrulla y pretenda cachearnos.

-Pues les metemos dos tiros y a otra cosa.

-Ramón, ¡joder! ¡Ya está bien de tocarme los cojones, hombre!

-De acuerdo, de acuerdo. Nos ocultaremos en ese portal.

Allí, apretados en la penumbra, pasan los minutos en silencio, sin otra cosa que hacer que mirar el coche parado en medio de la calzada. Franco enciende un trozo de puro y da una larga calada. La luz del patio se enciende tras ellos y un hombre baja por las escaleras. Abre la puerta y los mira con desconfianza mientras pasa a su lado.

-Buenas noches -dice.

-Buenas -le responden Franco y Reyes.

El hombre se envuelve en una bufanda y aprieta el paso para alejarse de ellos.

-¿Qué hora es? -pregunta el excomandante.

Ramón levanta su brazo para que la luz del patio ilumine su reloj de pulsera.

-Las cinco.

-Ya llegamos tarde.

-No. Mira… ahí están de vuelta.

Todos ocupan su sitio en el automóvil mientras Pablo Rada vacía la lata en el depósito. Después se sienta frente al volante.

-Anda que si nos llega a pasar esto en el Plus Ultra… -intenta bromear-, eh comandante, menuda la hubiéramos liado entonces…

Pero nadie le sigue la gracia, así que Pablo se encoge de hombros y acciona el arranque. Con gran alivio de todos, el motor empieza a ronronear y reemprenden la marcha. Sin más problemas, salen de Madrid y toman la carretera hasta Cuatro Vientos.

Cuando al fin llegan a la base aérea, comprueban que las cosas van más o menos bien. No ha habido ninguna resistencia por parte de la tropa allí acuartelada. Queipo de Llano, perfectamente ataviado con su uniforme y su fajín de general, ha despertado al oficial de guardia (que en aquellos momentos dormía tranquilamente) y le ha informado de la situación. Sólo por precaución, los veinte oficiales que pernoctaban en la base han sido encerrados en el Pabellón.

-Quiero hablar con ellos -dice Ramón-. Y también con la tropa…

-No sé si ahora es eso prudente -le replica Queipo de Llano; alto, elegante, con modales aristocráticos.

-Me da igual -dice Ramón-. La Revolución no puede triunfar si no contamos con los de abajo.

-Tú mismo. Pero te aconsejo que te dirijas primero a la tropa. Desde lo de tu fuga de Prisiones Militares, tu prestigio entre los oficiales no está en su mejor momento.

Ramón gruñe alguna insolencia pero decide seguir el consejo del general. Ordena a los cuarteleros que despierten a la tropa y se presenta en su barracón. Durante un momento observa en silencio a aquel puñado de hombres que lo miran atónitos, con los ojos aun legañosos y sin alcanzar a comprender qué está pasando allí, pero todos lo han reconocido y guardan un silencio de respeto y algo de temor. Ramón es el militar más famoso de España, el más vehemente y atrevido, y ahora está frente a ellos. Esa fría madrugada de diciembre no puede traer un día normal.

Franco empieza a hablar:

-Amigos míos, compañeros de armas, la nueva España que todos deseamos ha de ser republicana. No hay otra opción, la República es el ideal de los hombres de nuestro tiempo. Todas las sociedades modernas se rigen ya por un sistema republicano, y ya ha llegado la hora de que España se incorpore a esa realidad. Esa nueva España va a nacer aquí, justo aquí, en la base aérea de Cuatro Vientos, y a vosotros os va a quedar el orgullo, que algún día contaréis a vuestros hijos y a vuestros nietos, de que estuvisteis presentes en el momento preciso de su alumbramiento, y de que participasteis en él con vuestro esfuerzo, valor y patriotismo. Camaradas, ¡viva la República!

-¡Viva la República! ¡Viva Franco! -responde la tropa al unísono.

Ramón abandona el barracón, satisfecho y pagado de sí mismo, mientras las voces de los soldados siguen coreando su nombre: «¡Franco, Franco, Franco!» Con paso firme y se dirige al puesto de mando.

Allí se encuentra con el comandante Roa y el capitán La Roquette, los dos únicos oficiales que pernoctaban en la base que se habían unido a los sublevados. En uno de los despachos, los dos andan trajinando con una monotipia bastante antigua.

-¿Qué sucede? -les pregunta Ramón Franco.

-Estamos preparando unos manifiestos nuevos -dice Roa.

-¿Qué ha pasado con los que ya estaban impresos?

-Se han perdido.

-¿Perdido?

-El teniente Moreno los guardaba en su piso de Madrid. Pero fue detenido hace un par de días y nadie tiene llaves de su casa. Vamos, que se han perdido.

Ramón toma el manifiesto y lee:

«¡Españoles! Se ha proclamado la República. Hemos padecido muchos años de tiranía y hoy ha sonado la hora de la libertad. ¡Viva la República Española!»

-Demasiado conciso, ¿no? -dice.

-Es que no se nos ocurre nada más que decir… -responde Roa.

Ramón toma un lápiz del escritorio y garrapatea sobre el manifiesto:

«Y los defensores del régimen caduco, que salgan a la calle, que en ella los bombardearemos.»

-Añadidle esto -dice dejando el lápiz donde estaba-, y que se enteren los putos monárquicos de que esta vez vamos en serio.

* * *

A las seis de la mañana, dos aviones despegan de Cuatro Vientos. En sus costados los distintivos monárquicos han sido apresuradamente sustituidos por la bandera tricolor de la República. Hidalgo de Cisneros y Álvarez Buylla los pilotan.

Vuelan rasantes sobre Madrid, lanzando manifiestos y paquetes de octavillas sobre la Puerta del Sol, Atocha, Cibeles y la Plaza de Oriente. Pero apenas hay transeúntes en las calles. Sólo los barrenderos y encargados de la limpieza que hacen montones con los papeles que caen del cielo y los van arrojando a la basura.

Antes de seguir desperdiciando el escaso material impreso, Hidalgo decide regresar a Cuatro Vientos y darle tiempo a la ciudad para que despertar de una vez y que la gente comience con su jornada habitual.

* * *

A las siete menos cuarto de la mañana, un asistente despierta a Emilio Mola, el director general de seguridad. Va acompañado del radiotelegrafista de servicio.

-¿Qué sucede? -pregunta Mola mientras anuda el cinturón de su batín.

-Verá, mi general… yo… -el muchacho parece muy nervioso.

-Tranquilo, hijo. Dígame qué está pasando.

-Mi general, como cada mañana he solicitado el parte meteorológico a las bases militares… Y esto es lo que me han contestado de Cuatro Vientos…

Lleva un papel pautado en la mano. Se lo tiende a Mola y este lee:

«Hoy no hay parte porque tenemos asuntos más importantes que atender. Así que a tomar por culo.»

* * *

A las siete y media de la mañana llegan los autobuses cargados con el personal civil de Cuatro Vientos. Se produce entonces una situación de total desconcierto en la entrada de la base aérea, pues los cabecillas del golpe se habían olvidado de ellos y los guardias apostados frente a las puertas no tienen instrucciones al respecto y no saben qué hacer. Escribientes, administrativos, incluso un grupo de militares con pase pernocta, se amontonan alrededor de los autobuses parados, gritando y pidiendo explicaciones a los guardias sobre lo que está pasando allí. Para empeorar las cosas llega un taxi con dos chicas que habían sido invitadas el día anterior, por dos jóvenes oficiales de la base, «a dar una vueltecita en uno de los aeroplanos». Las dos parecen muy disgustadas por el cambio de planes y exigen a los guardias que las dejen pasar para hablar con sus novios.

Hidalgo de Cisneros toma tierra después de un segundo vuelo de reconocimiento. Al pie de su avión, se vuelve hacia la entrada de la base, asombrado por el inconcebible griterío que le llega desde allí.

Ramón Franco se acerca a él, cruzando la pista de asfalto con grandes zancadas.

-Hidalgo, ¿cómo va la Revolución? -pregunta.

-¿Qué son esos gritos? -quiere saber a su vez el piloto. Como Queipo de Llano, Hidalgo tiene un porte claramente aristocrático, es también muy alto y luce un bigotito a lo Errol Flynn. Al lado de sus compañeros golpistas, Ramón Franco resulta cómico y un poco patético con sus piernas cortas, su abultada tripa y su actitud chulesca.

Franco estira su cuerpo todo lo que puede y agita una mano frente a Hidalgo para quitarle importancia al asunto.

-Nada, nada -dice-, que algún imbécil se olvidó del personal civil. Dime, ¿cómo andan las cosas en Madrid?

-Tranquilas, Ramón. Demasiado tranquilas.

Franco enrojece un poco.

-¿Qué quieres decir con eso, Hidalgo? ¿La población no está reaccionando?

-Si está reaccionando de algún modo es con una formidable tranquilidad. Te aseguro que la huelga general no se ve por ningún lado. Se diría que es un día normal y que nadie se ha enterado aun del golpe de estado.

-Eso no puede ser.

-Mira, Ramón, justo antes de regresar, di una pasada a baja altura sobre el Hotel Palace, y vi como un transeúnte consultaba la cartelera del teatro. No me parece el tipo de cosas que la gente hace en medio de una sublevación. ¿No crees?

-¡Joder!

Rojo de ira, Ramón Franco se da media vuelta y se dirige lanzando chispas hacia uno de los hangares. Pablo Rada anda por allí, haraganeando un poco, y Ramón le hace una enérgica seña para que le siga.

-¿Qué pasa, comandante? -pregunta Rada cuando se sitúa a su altura.

-Pasa que si quieres un trabajo bien hecho, lo tienes que hacerlo tú mismo. Eso es lo que pasa.

-Pero…

Tirando de una cuerda, Ramón abre las puertas de chapa metálica del hangar y descubre el pequeño bombardero bimotor que está resguardado en su interior. Señala a Rada el teléfono que cuelga de una de las paredes.

-Llama al polvorín y que traigan un par de cestas de bombas medianas.

Rada, sin dejar de mirar temeroso a su jefe, se acerca al teléfono y lo descuelga.

-¿Puedo preguntarle para qué, comandante?

-Vamos a sobrevolar el Palacio Peal.

-¿Dice sobrevolar el Palacio Real?

-Y lo vamos a reventar a bombazos, con todo y su majestad don Alfonso XIII de Borbón en su interior. Tú y yo. ¿Qué te parece la idea, Pablo?

-Pero comandante…

-Joder, Pablo, ahora sí que ha llegado el momento de echarle cojones al asunto. O le echamos cojones o esto se nos va de las manos. ¿Estás o no estás conmigo?

-Siempre a su lado, comandante. Ya lo sabe.

-Pues haz esa llamada, compañero, y que nos carguen el avión de bombas.

Rada traga saliva y hace girar la manivela del teléfono.

* * *

Pablo Rada va delante y Franco pilota desde el asiento de detrás. Los dos están en absoluto silencio, pero Rada no puede quitarse de la cabeza aquella absurda coplilla:

Franco lleva el volante.
Al compás de los motores,
Rada la jota cantaba…

Sobrevuelan tranquilamente  el valle del Manzanares, con el tole tole del motor como único fondo sonoro que compite con la música en al cabeza de Rada. De repente, sobre la verde alfombra de los jardines del Campo del Moro, emerge, sólida, la fachada oeste del Palacio Real. El verde de los árboles y el azul intenso del cielo en aquella fría mañana, siluetean ya los pálidos muros de granito del palacio.

Ambos han hecho en silencio todo el trayecto y ni siquiera entonces, con su objetivo a la vista, parecen tener ánimos de decir nada.

El sol aun está muy bajo en el cielo y envía casi horizontalmente unos rayos anaranjados que crean un interesante efecto al manchar la piedra blanca del flanco oriental del Palacio. Casi se diría, piensa Ramón, que ha empezado a arder ya.

-Prepárate -dice al fin Ramón Franco.

Pablo Rada utiliza un tubo que atraviesa el suelo de la carlinga y es, a la vez, visor y lanzabombas. La inclinación de aquel artilugio es graduable, según la velocidad y la altura de vuelo. Rada lo ajusta con cuidado haciendo girar una manivela.

«Un edificio para la eternidad», escribió alguien en una de los muros del palacio. Construido con las piedras eternas de la Sierra de Guadarrama para permanecer para siempre como símbolo indestructible de la monarquía española.

Bien, pensó Franco, veremos qué tal aguanta un bombardeo.

Las bombas están recogidas en un cesto que Rada tiene a su derecha. Ya puede ver su objetivo a través del tubo. Coge la primera con una mano y la coloca en la posición de lanzamiento. Sólo tiene que soltarla y la bomba se deslizará a través del tubo e irá a caer directamente sobre la cúpula del Palacio Real.

-Preparado -dice Rada con voz temblorosa-. Cuando usted ordene, comandante.

Ramón cruza sobre la cúpula, deja atrás la fachada sur, y empieza a trazar una amplia curva sobre el gran cuadrado abierto de la Plaza de la Armería.

-¿Mi comandante?

-Espera, Pablo. Espera. Voy a dar otra pasada.

La bomba pesa cada vez más en la mano de Rada y el borde del tubo de lanzamiento se le está clavando en la muñeca. Se la cambia de mano. La adrenalina fluye tan abundante por la sangre de Rada que nota a su corazón latirle en las sienes y sus sentidos están tan acelerados que parece que todo sucede a cámara lenta. El avión se inclina y traza una trayectoria curva que le parece desesperadamente lenta. Se lame el labio superior que está húmedo de sudor y mocos. Lo único que espera oír es la orden de Ramón para soltar de una puta vez la bomba de los cojones, pero Ramón sigue en silencio.

A Ramón Franco le gusta adoptar esa pose impenetrable cuando las cosas se ponen jodidas. Así hizo una y otra vez durante el Raid del Plus Ultra, y vaya que en aquel viaje no le faltaron las ocasiones…

Que extraño es esto, piensa Pablo Rada, aquí estamos los dos, juntos otra vez en una aventura aérea. Y ahí abajo está su majestad don Alfonso XIII de Borbón, que tan buena recepción nos hizo a nuestro regreso a España… Y yo le voy a soltar un bombazo en el tejado de su casa, bueno, palacio…  Hay que joderse, lo que pueden cambiar las cosas en cuatro años… Pero… ¿qué coño…? ¿Damos otra vuelta?

-Mi comandante…

-Ya lo sé. Ya lo sé, Pablo -grita Ramón-. ¡Tranquilízate hombre!

-Pero…

-He visto a dos niños jugando ahí abajo.

-¿Dos niños? ¿Dónde?

-En la Plaza de la Armería.

-¿Dos niños jugando a estas horas?

-¡Los he visto, joder!

Pablo se vuelve a cambiar de mano la bomba. Y se inclina un poco para mirar hacia fuera.

-Yo no veo ningún niño, mi comandante.

-¡Cállate, Pablo! La República no puede nacer con las manos manchadas de sangre inocente.

-No, pero…

-¡Silencio!

Ramón Franco cierra los ojos con fuerza, hasta que casi le duelen los párpados. Se siente en medio de un torbellino, azotado por fuerzas que no puede ni comprender. Ha visto a esos niños, ¡claro que los ha visto! Y también como el cielo se cubría de nubes en un instante para aparecer otra vez claro y despejado al instante siguiente. Siente la boca tan seca que le parece que ha estado desayunando arena y se ha tomado doble ración. ¿Es esto miedo? Joder, ¿es esto miedo?

¿Qué me está pasando? ¿Qué me está pasando? ¿Qué me está pasando?

Abre los ojos. El cielo luce de nuevo azul sobre ellos. Mira abajo y no ve a ningún niño. Sea lo que sea, pánico o un momento de enajenación, ya pasó. Se lo guarda para él y se vuelve hacia Rada para que pueda oírle bien claro:

-Lárgala ya, Pablo -ordena.

* * *

Ramón abre los ojos y se queda un rato tumbado boca arriba, en la cama, con los ojos muy abiertos y fijos en la oscuridad, intentando recordar lo que ha soñado. Es imposible; como un espectro que huye cuando intenta tocarlo, el contenido del sueño se difumina en su mente. Pero su corazón sigue palpitando a toda velocidad, aun alterado por esas imágenes que no consigue recordar. Carmenchu respira suavemente a su lado, vuelta de espaldas a él, durmiendo con la misma placidez con la que hace todo.

Ramón se levanta sin despertar a su mujer, mete los pies en unas zapatillas y se cubre con un batín de seda granate. Sale de la habitación que está situada en una de las alas del Palacio de Oriente. Tiene que caminar por un largo pasillo para llegar a un saloncito exquisitamente decorado. Un reloj de pie del siglo XVIII marca las cinco y diez. Se sienta en el amplio sofá de cuero negro y coge el libro firmado por Francisco Franco que está en la mesita de café situada junto al sofá. Lo ojea durante un momento en silencio. Pasa cada vez más furiosamente las páginas que ha ido marcando con papelitos y, finalmente, cierra el libro y lo arroja contra la pared de enfrente. El golpe suena como un pistoletazo en mitad de la noche. Nervioso, Ramón se pone en pie y pulsa el timbre para llamar a su asistente. Luego camina hasta donde el libro ha caído y lo recoge. Buena edición; no ha sufrido apenas daños. El asistente se presenta al cabo de un par de minutos con el pelo revuelto y los ojos legañosos, pero perfectamente vestido.

-Te he despertado, Carlos -dice Ramón señalando lo evidente.

-Está bien, señor presidente -dice-. ¿Necesita algo?

-Sí, un café muy cargado.

-Enseguida, señor presidente…

-Carlos…

-¿Sí, señor presidente?

-¿A qué hora está previsto que llegue mi hermano?

-A las ocho en punto.

-Entonces ten por seguro de que llegará a las ocho en punto. Yo iré dentro de un momento a mi despacho, estaré allí trabajando hasta que llegue. Lo recibiré allí…

-Sí, señor presidente.

-Lo recibiré a las nueve menos cuarto. Que espere aquí hasta ese momento.

-Como usted diga, señor presidente.

Ramón se toma el café en el sofá mientras sigue ojeando el libro de Francisco, ahora con más tranquilidad. A las seis de la mañana se dirige al despacho y se lleva el libro con él, se sienta detrás de la impresionante mesa de roble que preside la sala, y deja el libro a un lado. Durante dos horas y tres cuartos trabaja en los papeles que siempre se amontonan en la bandeja del escritorio.

A la hora acordada, el asistente le anuncia que va a hacer pasar a don Francisco Franco Bahamonde. Ramón se yergue en su silla y estira una arruga en la manga de su batín de seda. Coge el libro de Francisco y durante un momento parece que no sabe qué va a hacer con él. En el último momento, abre un cajón de la mesa y lo tira dentro. Su hermano ya está entrando en el despacho. Ramón observa que lleva una cajita de madera bajo el brazo. Se le ocurre que es lo bastante grande como para transportar una pistola. Claro, que su hermano nunca… Y, además, está seguro de que los guardias de la entrada al Palacio ya lo habrán registrado convenientemente.

-Ah, hola Paco -dice Ramón-. Perdóname por haberte hecho esperar, pero es que llevo unos días de locura con tanto papeleo…

Francisco Franco viste un sobrio traje gris, Mira de un  lado a otro sin mover la cabeza, el rostro inexpresivo, serio y pulcro, la antítesis perfecta de su hermano Ramón.

Sin esperar la invitación, Francisco acerca una silla estilo Luis XVI y toma asiento frente a la suntuosa mesa de escritorio. Con una expresión de disgusto en su rostro, observa durante un instante a Ramón y a lo que le rodea. Su hermano lo ha recibido vestido sólo una bata arrugada, con barba de tres días y el pelo revuelto con el que se ha levantado de la cama. Es evidente que hoy no se ha duchado, y que no lo ha hecho en, al menos, un par de días. Sonríe, pero Francisco sabe leer perfectamente la ira que se oculta detrás de esa sonrisa. Sobre el escritorio, a la derecha de Ramón, hay una montaña de papeles y la banderita tricolor de la República. En la izquierda hay tres fotos con marco de plata: una de ellas es un primer plano de Carmen Díaz y en la otra aparece Ramón dándole un abrazo a un sonriente Pepe Stalin.

Pero la que más le sorprende es la tercera: en ella se ve a un joven y orgulloso segundo teniente de infantería, ataviado con el vistoso traje de gala blanco del Regimiento de África. El joven aparece relajado y sonriente, y sujeta un sable reglamentario en la mano como si se tratase de un bastón. Unas letras escritas a mano, con una perfecta y minuciosa caligrafía dicen:

«Te felicito cariñosamente en el día de tu santo. Tu hermano que te quiere». Y está firmado más abajo: «Paco».

Francisco Franco recuerda el día en el que se tomó aquella foto, recuerda el momento en el que escribió la dedicatoria, sobre la misma mesa de campaña plegable que se ve al fondo de la imagen, pero no puede entender qué hace allí, ocupando un lugar privilegiado en el escritorio del Presidente de la República, su hermano, de quien tantas cosas le separan ahora.

-Me has llamado -dice lacónicamente al cabo de un instante, apartando la mirada de la foto, concentrándola en los ojos en los de su hermano.

-Sí.

-Bueno, pues aquí me tienes. ¿Qué es lo que quieres?

-Tú sabes perfectamente por qué estás aquí.

-No, no lo sé.

Ramón abre el cajón, saca el libro de él y lo arroja sobre la mesa, frente a Francisco. El título es: “El último vuelo de Ramón Franco”.

-Dime qué es esto, Paco. Joder, explícame qué coño es esto.

-Es un libro. Mi segundo libro publicado, para ser más precisos.

-¿Un libro? -Ramón parece al borde del colapso nervioso. Una vena late en su frente. Salta sobre la mesa y recupera el libro. Lo agita en el aire frente a Francisco-. ¡Esto no es un libro! Los libros deberían contar la verdad y esto es una sarta de mentiras de principio al fin…

Ramón pasa de nuevo las páginas con manotazos furioso. Se detiene un poco en las que ha ido señalando mientras sigue diciendo:

-Parece una biografía sobre mí, da fechas y datos como si fuesen reales, pero todo es falso… Por ejemplo, aquí: Rada y yo sobrevolamos el Palacio Real y, en el último momento decidimos no dejar caer las bombas porque hay dos niños jugando en Patio de la Armería. ¡A las ocho de la mañana! ¿No te parece ridículo, Paco? ¡Pero esas bombas sí cayeron, hermano. ¡Por Dios, eso todo el mundo lo sabe! Y, partir de ahí, todo lo que cuentas es un embuste tras otro… Que yo tengo que huir a Francia con los otros golpistas fracasados; que al final llega la República unos años después, pero entonces se produce una guerra civil; que yo, de una forma absurda por completo, me uno al levantamiento militar contra la República; que muero cuando me dispongo a bombardear Valencia y mi avión se estrella a medio camino… Dime, ¿qué coño es esto, Paco?

-Es una ucronía.

-¿Una… qué?

-Ucronía. El término fue acuñado por Charles Renouvier en el siglo XIX, y…

-¡Me toca los cojones el Charles Rinuacomosellame! ¡Joder, Paco!, ¿a qué coño estás jugando? ¿De verdad creías que iba a permitir que este libro saliera a la calle?

Con un gesto teatral, Ramón arroja el ejemplar a la papelera situada a un lado de la mesa. Francisco desvía la vista un instante hacia la papelera y luego vuelve a mirar a Ramón.

-Si no fueras mi hermano, ¿tienes idea de lo que te esperaría ahora por haber escrito esa sarta de mentiras sobre mí?

Francisco lo mira a los ojos y no dice nada. Los dos saben que lo que más ha enfurecido a Ramón no son las mentiras, sino las verdades que están mezcladas con ellas. Lo peor es que Francisco presenta a Ramón en su libro como un amargado, un ser mezquino que actúa no por patriotismo, sino por rencor contra Alfonso XIII y Primo de Ribera. Tras comprender que su gesta y la gloria que ha conseguido para la aviación española gracias del raid del Plus Ultra ha sido sólo un montaje propagandístico orquestado por la dictadura, vuelca todo su resentimiento contra el rey y el dictador. A su regreso a España, Ramón Franco se ve a sí mismo como un héroe legendario, alguien que está por encima de príncipes y generales, a los que no tiene ni que dar cuentas de sus acciones. Pero, para Primo de Rivera, era sólo un pelele más en sus manos. En el libro de Francisco, a Ramón no le interesan ni las ideas ni la política. Está dispuesto a cambiar de bando una y otra vez, sin escrúpulos, sin importarle nada ni nadie, obsesionado tan sólo con lograr un nuevo instante de gloria. Esa es su más íntima miseria, la que muy pocos conocen, expuesta ahora a los ojos de todos en aquel libro.

-He dado orden de que todos los ejemplares sean retirados del mercado. Haremos una buena pira con ellos. ¿Te parece bien, hermano?

Francisco se encoge de hombros y continua con su actitud impasible.

Ramón Franco se pasa una mano por el cabello y este gesto parece lo tranquiliza.

-¿Qué te ha pasado, hermano? -dice-. El general más joven de Europa, el héroe de Marruecos… ¿Quién lo diría ahora? El oficio de escribir no es para ti, hermano. No has luchado tantos años para ahora sentarte detrás de un escritorio y dedicarte a escribir estúpidos cuentos para gente ociosa. Le has dado la espalda a todo aquello por lo que has luchado tantos años. La República necesita militares como tú. Yo te necesito.

-Y yo me avergonzaría de seguir vistiendo el mismo uniforme que tú has deshonrado. Al menos puedo dormir tranquilo. ¿Puedes hacerlo tú, Ramón?

La ira asoma al rostro de Francisco, una emoción que hace que el parecido entre los dos hombres se acentúe. Ramón tiene la sensación de estar mirándose en un espejo extraño. De repente, se siente incómodo y se aparta un poco de su hermano.

-¿Pero qué dices, Paco? Tú odiabas al rey tanto como yo. Alfonso XIII fue el culpable del desastre de Annual. ¿Acaso lo has olvidado? La monarquía estaba podrida hasta la médula y tenía las manos manchadas con la sangre de tantos buenos españoles que perecieron en esas tierras desoladas. Lo sabes perfectamente. Tú mismo estuviste a punto de morir allí.

-Y tú decidiste entonces tomar las riendas del país -dice Francisco con una mirada de indiferencia. Frunce los labios en un gesto que demuestra que no le importa gran cosa la ambición de su hermano. Ramón lo mira divertido y dice:

-Así es. ¿Es tan malo eso? Mejor tu hermano que cualquier otro, ¿no?

-Y ya llevas diez años ejerciendo el poder absoluto. Seguro que mucha gente que te siguió en aquella mañana en Cuatro Vientos, se arrepintió pronto de su error. Aunque la mayoría ya no están entre los vivos, ¿verdad?

-Traidores. Una panda de hijos de puta vendidos a los monárquicos, como ese Sanjurjo amigo tuyo. Hermano, no tienes ni idea de lo que es esto. ¿No te has enterado de que hay guerra en Europa? Los agentes fascistas están intrigando en nuestras calles, ante nuestras mismísimas narices, para que en España haya un cambio de gobierno favorable a ellos. No, Paco, ahora no es un momento propicio para la democracia. Sería una irresponsabilidad por mi parte marcharme ahora. Me temo que debo seguir soportando este peso sobre mis hombros.

Francisco sonríe con amargura, apenas un espasmo en su rostro impávido. Señala la foto en la que Ramón aparece junto a Pepe Stalin y dice:

-Todos los que hemos servido con las fuerzas indígenas conocemos esa frase tan frecuente de los regulares para referirse a sus mandos españoles: “fulano no saber manera”, suelen decir, cuando les llega un capitán recién salido de la academia y no se entera de cómo son las cosas en Marruecos. Bueno, pues yo te digo que tú “no sabes manera”. No sabes lo que haces, hermano. Con tu bocaza y tus gestos inútiles de cara a la galería, nos estás arrastrando a una guerra contra alemanes e italianos…

Ramón alza una mano para interrumpir a su hermano.

-Eres tú quien no lo sabe. ¿De verdad te crees mejor que yo? Siempre has sido un pasivo, Paco, siempre has esperado que las cosas se solucionasen por sí mismas. ¿Es que no ves que España no puede permanecer al margen de lo que está sucediendo ahora en Europa? Yo nunca, en toda mi vida, le he dado la espalda a un problema.

-¿Aunque eso nos meta en un conflicto que puede destrozar nuestro país?

-Si ese es mi destino…

-¿Tú… destino?

Ramón se encoge de hombros, rodea el escritorio y vuelve a sentarse.

-Como quieras, Paco -sigue diciendo mientras se reclina en la silla-. Haz lo que te plazca, sigue escribiendo si eso es lo que deseas hacer, pero te digo una cosa, te advierto: no vuelvas a tocarme los cojones. ¿Me he explicado lo bastante claro? No vuelvas a tocarme los cojones, hermano, o te vas a enterar…

De repente, Ramón Franco echa la cabeza hacia atrás y suelta una larga risotada. Luego vuelve a mirar a su hermano y le señala la oreja.

-Esa cicatriz -dice-. Aún la llevas. ¿Te acuerdas de cómo te la hiciste?

Francisco contiene el gesto de llevarse la mano a la oreja y dice:

-Cuando éramos niños me arrancaste un buen pedazo, jugando.

-¡Te acuerdas! -Ramón ríe entre dientes-. Estupendo, hermano, porque así no olvidarás nunca que muerdo. Que si me tocan los cojones, muerdo… Oye, Paco, en serio, me gustó tu primer libro. Ese sobre las aventuras de un capitán de la legión… Era bueno de verdad. Divertido. Yo me lo leí de un tirón, y creo que te dio bastante dinero, ¿no? Se habla, incluso, de que se va a hacer una película… Es algo que he leído por ahí. Pues bien, acepta mi consejo y sigue por ese camino. Sigue contando las aventuras de ese españolito luchando contra los moros y deja a tu hermano tranquilo. ¿Me explico?

Francisco Franco vuelve a sonreír de forma breve y amarga.

-Es curioso -dice-. Precisamente de eso quería hablarte.

Ramón sacude la cabeza, desconcertado.

-¿Hablarme? ¿De qué?

-De mi próximo libro.

-¿Tú quieres hablarme de tu próximo libro? ¿A mí?

¿A qué viene esto?, se pregunta Ramón con desconfianza. Su hermano es la persona más reservada del mundo. No lo imagina compartiendo con él su futuro proyecto literario. Pero Francisco asiente y dice:

-Sí. Si te apetece escucharme.

-¡Que raro eres, hermano! -exclama Ramón sin poder contenerse.

Francisco ignora este comentario y coloca la caja de madera que ha traído consigo encima de la mesa. Con un golpecito, la empuja hacia Ramón.

-Échale un vistazo.

-¿Qué es? -pregunta Ramón con desconfianza.

-Abre la caja y me dices.

La caja medirá un palmo y medio de largo y un palmo de acho. Parece muy vieja, la madera está gris y agrietada. No tiene ningún adorno en su superficie, tan sólo las dos bisagras de latón y el pequeño pestillo que la mantiene cerrada.

Ramón la mira un rato antes de decirse. Descorre el pestillo y separa un poco la tapa con un siniestro chirrido de las bisagras. Se asoma al interior de la caja a través de la rendija y da un respingo a la vez que salta hacia atrás.

-¡Joder! ¿Qué coño es esto?

Al apartar la mano, la tapa ha terminado de abrirse y el contenido de la caja está ahora a la vista. Ramón se inclina un poco hacia delante y lo mira con una expresión de repugnancia en el rostro.

-¡Una mano cortada! -exclama.

Es una mano momificada. Reseca, con la piel pegada al hueso y de un color gris oscuro semejante al color de la madera de la caja que la contiene.

-Paco, ¿qué clase de broma macabra…?

-No es una broma, Ramón. Es algo que tiene mucho que ver con la historia que quiero contarte.

Desde luego que no es una broma, considera Ramón. Jamás ha conocido a nadie con un sentido del humor más inexistente que el de su hermano Francisco.

-¿Tu próxima novela va a tratar de la mano de un muerto? -pregunta.

Por entre las cortinas de lino blanco entran los rayos de sol dando un color amarillento a la tela y al suelo de parqué. Durante un momento, Francisco parece ensimismado en aquellos haces luminosos que serpentean por el suelo. Las sombras de las cortinas dibujan un paisaje ondulado sobre la superficie de madera pulida.

-Es la mano derecha de un fuqará… un derviche -dice sin dejar de mirar las falsas dunas-. Deja que te cuente…

* * *

Es el atardecer del 28 de junio de 1916. Un regimiento de regulares, ataviados con chilabas grises y fajas rojas, avanza resueltamente entre las chozas cuadradas de una cabila de Anyera situada cerca de la loma de las Trincheras. Caminan envueltos por el polvo en suspensión que el viento arrastra desde el interior de país. Las lonas de las jaimas semejan oscuras banderas ondeando pesadamente al paso de los guerreros. Los moros se asoman y los miran; unos les dirigen miradas recelosas y otros ríen a su paso como si fueran idiotas o locos. A lo lejos se oyen los tiros de los montañeses. Varios moros ancianos, con aspecto de mendigos, salen de entre las jaimas y extienden sus manos para recoger las monedas que les entregan los regulares, porque ni siquiera la guerra es pretexto para olvidar la obligación coránica de la caridad. El joven capitán Francisco Franco camina entre ellos y observa todo esto con atención. Piensa que en aquella tierra desolada se oculta extraños códigos de un profundo significado, para aquel que sepa descifrarlos o para aquel que desee descifrarlos. No es su caso; él sólo tiene una cosa en la mente y las tripas, y es la inminente batalla.

Hay perros por todas partes, blancos, extremadamente delgados, que se apartan del paso de las compañías con el rabo entre las piernas.

La columna hace alto al acercarse a las lomas que rematan por la derecha el llano donde se asienta aquel mísero poblado. El enemigo aun resiste parapetado tras unas rocas dispersas y la columna de regulares se ve detenida en el avance. Los jinetes de la primera compañía espolean a sus caballos moros y se lanzan a la carga. En rápido galope avanzan por el flanco sobre el enemigo y rodean las rocas defendidas por los cabileños a la vez que disparan sus armas contra ellos. Una, dos, tres magníficas descargas, y los moros arrojan los fusiles y salen corriendo por el fondo de las barrancadas.

El avance continúa. Algunos se detienen para registrar a los cadáveres. Dos españoles sacan de entre unas matas a un moro herido. Los soldados lo sacuden de un lado a otro como si jugaran con él. Franco puede ver que es uno de los mendigos que antes acudieron a pedir limosna. Es un anciano de largas barbas blancas que al joven capitán le recuerda la imagen del apóstol San Pablo. Siente compasión por el viejo zarandeado como un pelele, pero hay algo más. Franco se vuelve y observa las emociones que se reflejan en los rostros de los regulares mientras asisten a aquel espectáculo vergonzoso.

El capitán Franco se acerca y les ordena a los españoles que se detengan. Lo hacen de inmediato, pero uno de ellos intenta componer una explicación.

-Es uno de los que nos disparaban, capitán.

-No es verdad -le corta Franco-. Este hombre es uno de los mendigos de la cabila. Yo lo vi. Cuando empezó el tiroteo corrió a ocultarse tras esas matas.

Los hombres saludan militarmente y se alejan. Franco se acerca al anciano para interesarse por su estado. Tiene una brecha bastante profunda en la frente. La sangre resbala por su rostro y empapa sus barbas. El joven capitán llama a uno de los sanitarios y le ordena que atienda al viejo. Luego se vuelve para regresar junto a su compañía pero el anciano lo sujeta por el brazo. Lo mira a los ojos; sus pupilas son de un gris descolorido, como dos manchas de ceniza.

-Gracias, sáhib -murmura el mendigo-. Gracias.

Franco se aparta de él y continúa su camino.

En la madrugada del día 29, la primera compañía del regimiento de infantería del capitán Palacios se lanza al asalto frontal de la loma de las Trincheras, pero son repelidos por varias descargas cerradas de los cabileños y Palacios cae gravemente herido entre los cuerpos de sus hombres. Avanza entonces la tercera compañía con los regulares; el joven capitán Franco está al mando. Rebasan los cuerpos malheridos de sus compañeros de la primera compañía y se estrellan contra el muro de balas que desciende como una cascada desde la loma. Pero Franco sigue avanzando imparable, rodeado por sus hombres, envalentonados y enardecidos por la embriaguez del combate y de la muerte. Los moros no dejan de disparar contra ellos desde lo alto. Hay muchas bajas, las filas empiezan a clarear bajo las certeras descargas de los defensores, pero aquella locura guerrera que parece envolver a españoles y regulares no ceja hasta que logran coronar la loma. Los cabileños se han visto obligados a abandonarla ante el imparable avance de la tercera compañía, pero se hacen fuertes un poco más allá, tras unas rocas.

El combate continúa, pero ahora se dispara casi a bocajarro. Apenas hay unos metros de distancia entre las dos filas de combatientes. El fuego, el humo, el olor a pólvora y a sangre enturbia los sentidos. Franco está en primera línea, dispara su pistola reglamentaria, parece envuelto por una única descarga interminable, atronadora, las balas silban como abejorros junto a sus orejas. A su derecha, medio arrodillado, un regular recarga a toda prisa su arma, lleva las balas en la capucha de su chilaba. Se dispone a devolver el fuego, pero un balazo le acierta en mitad de la frente y cae despatarrado hacia atrás. Franco arroja a un lado su pistola descargada y se agacha para recoger el fusil del muerto.

La bala de un cabileño lo alcanza de lleno en el pecho y le revienta el corazón.

El capitán Francisco Franco ya es un cadáver cuando su rostro se estrella contra la arena y los matojos que cubren la cima de la loma de las Trincheras.

* * *

-¿Muerto? -exclama Ramón sorprendido. Por una vez, en contra de lo que era habitual en él, ha escuchado con atención las palabras de su hermano sin interrumpirlo, pero eso último no tenía sentido-. No lo entiendo. Parecía una historia biográfica, ¿no? Todo lo que me has contado te pasó realmente cuando eras capitán de infantería en el Rif. Menos el final, claro. Recibiste ese balazo en el vientre y te salvaste de milagro… Ah, ya comprendo; se trata de una de esas… unco… ¿cómo dijiste?

-Ucronía. Pero no. No es eso, Ramón. Lo que te he relatado sucedió realmente. Lo recuerdo con tanta claridad como tú recuerdas cuando bombardeaste este palacio.

Ramón Franco inclina la cabeza y mira a su hermano. Tenía que reconocer que había conseguido desconcertarle por completo.

-Vamos a ver, Paco -dice-. Sé que no estás muerto y sé que eres incapaz por completo de gastar una broma, así que… ¿Me puedes explicar de qué coño estás hablando?

Francisco se inclina un poco sobre la mesa y baja el tono de voz. Nadie puede oírlos allí pero hay cosas que sólo pueden constarse en susurros.

-Recuerdo esa mañana del veintinueve de junio de mil novecientos dieciséis. Recuerdo la sensación de metal en la boca mientras jadeaba para llegar a lo alto de la loma, el olor acre de la pólvora que casi no dejaba respirar y las balas rebotando a mi alrededor. Recuerdo cuando me agaché para recoger el fusil del regular muerto. Recuerdo, sobre todo, el impacto bestial, desconcertante, del plomo en mi pecho. Mi pensamiento, mientras el suelo se abalanzaba hacia mi rostro, era: «ya está, aquí acaba todo»

-Paco…

-Déjame terminar, por favor.

-De acuerdo, de acuerdo, hermano. Esa bala te mató, y…

Ay Dios, ¿y si de verdad se ha vuelto loco?

-¿Te has fijado en las películas de cine cuando alguien corta y empalma una escena? Hay una especie de salto extraño. Notas que algo ha encajado mal, pero la película continúa antes de que puedas entender qué ha sido. Pues así fue exactamente. Yo estaba en el suelo, sujetándome el vientre. La herida era grave, pero no mortal. Incluso intenté levantarme para seguir combatiendo, pero las piernas, claro, no me respondieron. La primera cura me la hizo allí mismo, en lo alto de la loma, el capitán médico Antonio Mallou, del batallón número cuatro de Cazadores de Barbastro. Luego me evacuaron a Cudia Federico, donde fui atendido por el doctor Blasco, que me extrajo la bala. Me dijo que, milagrosamente, el proyectil no había interesado ningún órgano vital.

-Pero dices que lo que recuerdas es que la bala te alcanzó en el pecho.

-Sí.

-Bueno, eso no tiene nada de extraño. Estabas bajo el efecto de un shock. ¡Joder, Paco, te acababan de dar un balazo en el mondongo!

-No. No fue un shock en absoluto. Sucedió realmente.

-Pero…

Francisco alza la mano para pedirle silencio a su hermano y sigue hablando:

-Estuve internado en el hospital Docker de Ceuta hasta el día tres de agosto en el que salí para El Ferrol con dos meses de licencia por herida grave. Poco antes de partir, un anciano vino a visitarme a la propia cama del hospital. No sé cómo se las arregló para que lo dejasen pasar, pero sí, lo has adivinado, era el mismo viejo al que salvé en la cabila de ser apaleado por aquellos dos soldados. Me entregó esa caja con una mano momificada en su interior. Me dijo que era la mano derecha de un hombre santo, de un fuqará como él, pero que había alcanzado el más alto grado de comunión extática con un ÿinn.

-¿Un ÿinn?

-Un ÿinn es una criatura mágica con un poder inmenso capaz de alterar las fuerzas de la naturaleza. Son los “genios” de las Mil y una noches. Entre otras cosas los considera criaturas poderosas que se ocultan a nuestros sentidos.

-Sí, claro, los genios. Ya sé de lo que me hablas, Paco. Cuentos de viejas como las meigas o los duendes. Pura superstición de gente inculta.

-No Ramón, para un musulmán un ÿinn no es superstición. Son seres que forman parte de su visión religiosa del mundo. Incluso el Corán confirma la existencia de estos seres y una de sus suras está dedicada a ellos. En él se afirma que fueron creados antes que Adán para poblar el Mundo. Creados de “fuego”, como el hombre fue creado de “tierra”. Para un moro, un ÿinn es tan real como Noé o Ezequiel para nosotros.

-De acuerdo, Paco, te concedo eso. Para un moro. ¿Y qué? ¿Adónde quieres ir a parar con todo esto? -Hace una mueca burlona y le guiña un ojo a su hermano-. Ah, ya entiendo. ¿Así que ese viejo te dijo que te había curado con la mano de un ÿinn? Dime, ¿te sacó mucho dinero por ella? Porque te juro que les he visto vender las cosas más inverosímiles, pero, sinceramente, no pensé que tú serías tan ingenuo como para…

-Escucha lo que te estoy diciendo, Ramón -dice Francisco con impaciencia-. Esta no es la mano de un ÿinn. Esas criaturas no pertenecen a nuestra realidad… viven en otro plano… ¿me entiendes?

-No.

Ramón alzó la vista para mirar el reloj en la pared situada frente a él. Empezaba a cansarse de todas aquellas estupideces. Pero tenía que admitir que era la reunión más extraña que había tenido jamás con su apático y poco imaginativo hermano.

-No importa -sigue diciendo Francisco-. No es la mano de un ÿinn, sino la mano derecha de un santón capaz de entrar en comunión extática con un ÿinn.

-Sí, eso ya lo has dicho. ¿Y te dijo que te había curado con esa mano mágica?

-No, no que me había curado. Piénsalo un momento… Intenta visualizarlo… Yo me incliné para recoger el fusil del regular muerto -Francisco hace un movimiento descendente con su mano derecha-. La bala del cabileño atravesó a toda velocidad el espacio que nos separaba -usa la otra mano para simular la trayectoria de la bala-… y en un pequeño momento del tiempo nos encontramos -hace chocar sus dos manos con una sonora palmada-. Mi cuerpo y la bala… Un suspiro, una pequeña exhalación, cualquier inapreciable cambio hubiera variado drásticamente el desenlace de ese encuentro. Hubiera significado la diferencia entre la vida y la muerte.

-No entiendo lo que quieres decirme, Paco.

-La mano no me curó. Lo que hizo fue alterar la realidad de modo que la bala no me alcanzara.

Ramón se queda un buen rato en silencio, contemplando a su hermano.

-Entonces la bala no te dio en el pecho.

-No.

Otro largo intervalo de silencio.

-Bien Paco, si me disculpas… -Ramón señala la bandeja de papeles-. Esta conversación es apasionante, pero de verdad que tengo mucho trabajo atrasado y…

-Es como la historia alternativa de mi novela -dice Francisco sin escuchar lo que su hermano está diciéndole-. ¿Qué hubiera pasado de existir esos niños jugando en la Plaza de la Armería? ¿Habrías dejado caer las bombas a pesar de todo?

-Pero no había ningún niño.

-Quizá sí y quizá no. Es posible que no los vieras… un giro de cabeza, un parpadeo y la historia habría sido distinta.

-La historia es lo que es, Paco, y ahí no hay más tela que cortar.

Francisco Franco se pone en pie de improviso.

-Quizá, hermano -dice con un gesto de cansancio-. Pero creo que es mejor que me marche ahora. Un presidente de la República es una persona muy ocupada. Imagino que nos veremos un día de estos…

-Espera -Ramón le hace un gesto a su hermano señalando la caja de madera con una mano momificada en su interior-. Llévate esto, ¿quieres? Es tu mano milagrosa ¿no?

-Sólo se pude usar una vez. Su poder está tan agotado como el de una batería de coche después de dejar los faros encendidos toda la noche. Acéptalo como un regalo mío. Un recuerdo de tu hermano.

Y, sin darle oportunidad a decir nada más, Francisco Franco sale del despacho.

Ramón se queda en silencio, mirando perplejo los dedos retorcidos y la piel apergaminada de aquella cosa repugnante sobre su escritorio de roble.

Ha sucedido -piensa-, por increíble que me parezca ya no tengo ninguna duda de que ha perdido el juicio. El racional y tranquilo Francisco, el buen hijo de los Franco, mi hermano, se ha vuelto completamente loco.

* * *

Después de abandonar el Palacio, Francisco Franco camina por la ciudad sin rumbo fijo, silencioso, ensimismado en sus pensamientos. Ve las calles llenas de gente inexistente, de cuerpos inmateriales que puede atravesar como una cortina de humo, de voces y sonidos que no parecen provenir de ninguna parte. Tan sólo los edificios están vivos de algún modo, y sus ventanas abiertas lo siguen con una siniestra mirada. Siente a Madrid como un bloque homogéneo de gentes ajenas entre sí, intercambiables los unos con las otros. Nadie se conoce y nadie quiere conocerse. Una masa de gente dormida que anda sin rumbo de un lado para otro. Un mundo de sonámbulos como él.

Esa noche, Francisco recibe en su casa de Madrid a un hombrecillo tembloroso. Va ataviado con un viejo abrigo gris y aprieta un paquete debajo de su brazo como si fuese su posesión más valiosa. El hombre es tan gris como su traje y Franco sería incapaz de describir su rostro un segundo después de dejar de mirarlo. Señala con un gesto casual el paquete que el hombre trae consigo.

-¿Es eso? -pregunta.

-Sí -dice el hombre gris-. Escuche yo… Jamás haría esto, pero la gente está quemando las iglesias y los conventos… es cuestión de tiempo que la encuentren y la destruya… y entonces, ¿qué? Nadie ganará nada con eso.

-No me interesan sus motivaciones -le corta Franco-. Sólo quiero verlo antes de seguir hablando con usted.

El hombre asiente y señala una mesita camilla que ocupa el centro de la sala.

-¿Pudo ponerlo ahí?

-Sí. -Franco aparta rápidamente un frutero lleno de manzanas de cera para hacerle sitio.

El paquete está envuelto con papel de periódico y atado con hilo de palomar. El hombre gris intenta soltar los nudos. Al no lograrlo saca de un bolsillo del abrigo una navajita y corta el bramante.

-Ya está… listo… -musita mientras aparta lentamente las capas de papel y va descubriendo el precioso relicario de plata-. Es una verdadera joya, de un valor incalculable… Si no fuera porque…

Franco levanta una mano pidiéndole silencio y le ordena al hombre que lo abra.

Un pequeño chasquido y el relicario se abre mostrando su contenido.

Franco contiene la respiración.

-Es lo que quería, ¿no? -dice el hombre mirándolo inseguro-. Es lo que acordamos que le traería…

Sin apartar los ojos de la reliquia, Franco se acerca a una cómoda y saca un sobre bastante abultado oculto en uno de sus cajones. Se lo entrega al hombre de gris y este lo sujeta un momento antes de abrirlo con un gesto de avidez. Está lleno de billetes de mil de la República. Billetes nuevecitos, preciosos, impresos en el Reino Unido pero con una hermosa dama de la República con rasgos andaluces. El hombrecillo del abrigo gris los cuenta rápidamente y vuelve a cerrar el sobre.

-Escuche -dice-, yo soy sacerdote y jamás haría esto si no fuera porque…

-Le he dicho que no quiero saber sus motivaciones -le vuelve a cortar Franco-. Ya tiene su dinero. Ahora haga el favor de salir de mi casa.

Le abre la puerta y el hombre apenas tiene tiempo de meterse el sobre en un bolsillo y subirse el cuello del abrigo antes de que Franco lo haga salir y cierre la puerta detrás de él.

Ahora está sólo de nuevo, Carmen aun tardará una hora en regresar de su tertulia con sus amigas y él tiene una hora entera para disfrutar de aquel objeto que reluce en el centro de la mesa camilla.

Franco se acerca y se agacha para admirarlo mejor. El relicario es una verdadera joya en plata. Un maravilloso trabajo de orfebre que por sí sólo ya valdría lo que ha pagado. Pero lo que hay en su interior es mucho más valioso. Infinitamente más valioso.

Francisco franco arrima una silla y se sienta para contemplar la mano de Santa Teresa. Sabe perfectamente lo que tiene que hacer a continuación, pero no hay prisa. Él nunca ha sido un hombre al que le gustara apresurarse. Y quiere disfrutar de ese momento en el que tiene por fin la conciencia de que ha conseguido lo que tanto deseaba.

© Juan Miguel Aguilera
Reproducido con permiso del autor

El vaivén de las olas
José Luis Rendueles

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Sin atalayar el atalayero
más que la cara gris del invierno
el salto menudo de las toninas
el despacioso discurrir de alguien
por las cuestas del barrio alto.

Fernando Quiñones

Mi madre fue una sirena.

Lo supe desde una tarde lluviosa en la que, siendo yo poco mayor que un marrajo, mi padre me lo murmuró al oído, sentado sobre sus rodillas en la mecedora del salón mientras mi madre paseaba de un lado a otro de la cocina, cantando una añada entre los aromas del pastel en el horno.

Yo siempre lo había sospechado porque, a pesar de ser muy pequeño, era mejor nadador que cualquiera de los demás niños de Puerto Viejo, y porque algunas veces encontraba significados ocultos entre las olas de la mar que nadie en todo el pueblo, salvo mi madre, podía entender.

Para mi era prueba suficiente. Así que, con ese descaro con el que la infancia tiñe nuestras primeras acciones, le dije que ya lo sabía, y entonces él sonrió, como si lo esperara, los dos meciéndonos sin decir nada, escuchando fascinados las canciones que se colaban por debajo de la puerta de la cocina.

No era una cocinera muy buena.

Todo lo que cocinaba tenía sabor a mar.

Otra prueba.

* * *

Era muy niño. Lo único que sabía sobre las sirenas eran las historias que escuchaba a los más viejos sobre marineros que perdían la cabeza por alguna de ellas y se iban a vivir en su compañía en los enjoyados palacios del fondo de la mar, sin que nadie los volviere a ver nunca.

Jamás, en todas aquellas conversaciones nostálgicas, repletas de tormentas y hazañas cotidianas, de las que era testigo silencioso, pude escuchar que una sirena dejara la mar para compartir la vida de un pescador, varada en tierra.

Ignoro si era algo corriente o del todo extraño, pero, desde el día en el que mi padre me lo susurró, lo admiré mucho más y su figura se hizo más grande para mis ojos infantiles.

Mi padre era pescador, como todos los demás hombres de Puerto Viejo menos tío Antón, y era el patrón de la Miralejos, una de las mejores lanchas y que más pescado recogía. Para entender a la mar se necesita mucho tiempo, pero sobre todo hay que quererla, me comentaba con su voz tranquila y sabia.

Toda su familia había vivido de ella, y a mí me decía siempre que la mar me iba a reconocer como a uno de sus hijos, no sé si por su parte o porque mi madre fuera, antes de enamorarse de él, una de sus sirenas.

* * *

Mi madre era la mujer más guapa de Puerto Viejo, según decían todos, y a su paso se paraban incluso las conversaciones de los ancianos tomando el sol en los bancos, los ojos reluciendo como los de los más jóvenes cuando vislumbraban su figura ágil y graciosa, tatareando siempre alguna canción desconocida y triste.

Era una mujer nostálgica que nunca hablaba más de lo necesario, pero cuando pasaba un par de horas sentada sobre la arena de la playa, mirando soñadora el vaivén de las olas, se mostraba después mucho más habladora y más mimosa con mi padre que nunca, como si cada una de sus visitas a la playa fuere un rito para renovar el intangible vínculo que los unía.

La gente del pueblo decía que tenía nostalgia de la mar, y que cada día escuchaba las olas como si fuera un tributo que estaba obligada a hacer por estar varada en la tierra. Sólo yo, aunque nunca se lo dijera a nadie, podía entender algo de lo que ella escuchaba con tanta atención escondido entre el vaivén de las olas: la inmensidad de muchas vidas sucediéndose sin parar en aquel caos primigenio. Era un mundo silencioso que me tenía fascinado en su extrañeza, por lo que algunas veces dejaba la compañía de los otros niños y también yo me sentaba a su lado para escuchar el aliento de la mar, acompasado con el nuestro, callados los dos como estatuas sobre la arena, hasta que regresábamos a casa, cogidos de la mano y en silencio.

Era yo muy niño para darme cuenta de ello, pero me imagino que teníamos que ser una de las familias más raras de todo el pueblo.

* * *

Puerto Viejo era pequeño, las casas blancas con tejado de pizarra amontonadas unas junto a otras alrededor del muelle, siguiendo el contorno de la tierra en un abrazo indivisible con la mar que nunca llegaba a cerrarse del todo. Los extranjeros decían que eran casas cobardes y que tenían miedo de separarse unas de otras, como las ovejas en el monte oscuro, pero nosotros sabíamos de su valor porque muchas veces las veíamos enfrentarse a las peores tormentas. La gente del interior no entendía de esas cosas. Si estaban tan juntas era porque querían estar tan cerca de la mar como les fuera posible, porque el cariño de sus amos por la mar lo tenían metido dentro.

El aire de la mar siempre quedaba enganchado entre sus calles estrechas y salía rebotando después de casa en casa, que se divertían con él haciéndolo enredarse en los tendales, con lo que toda nuestra ropa ya olía a salitre antes incluso de ponerla.

La gente del interior nos llamaba carapeces y decía que olíamos a pescado, pero para nosotros era motivo de orgullo.

Nuestra casa estaba situada en el inicio de las cuestas del barrio alto, aunque cuando hacía buen tiempo parecía que se alzaba de puntillas sobre sus cimientos, por lo que siempre teníamos una inmejorable visión del muelle y de la mar.

Era una casa fuerte y práctica, que nos protegía durante las tormentas encogiéndose sobre sí misma, sin que nosotros notásemos nada de lo que pasaba fuera, que era algo que no todas las casas sabían hacer bien, por lo que tras las tormentas sus ocupantes tenían que colocar muchas cosas otra vez en sus sitios.

* * *

De todos los habitantes de Puerto Viejo, hombres silenciosos y mujeres angustiadas, sin duda el más pintoresco era el tío Antón, que estaba muy orgulloso de ser el último atalayero de ballenas de toda Comarca, y del que la gente decía que había quedado medio tonto de tanto atisbar los reflejos de la mar, aunque otros te juraban que ya había nacido así, con el espíritu siempre una migaja más rezagado que el resto del cuerpo.

Era el único de todos los hombres del pueblo que no salía todos los días a pescar, lo que para los niños era algo tan extraño que no podíamos evitar tenerle un poco de temor, como si fuere uno de esos hombres del interior que, según decían, viven como si fueran gusanos dentro de la tierra, recogiendo los frutos que guarda en su vientre.

El tío Antón tenía la cara quemada por el aire, los rasgos desaparecidos como si sólo importaran sus ojos, enanos y concentrados en sí mismos, semejando no tener fondo, y rodeados por un montón de arrugas. Parecía que no veía bien de cerca, siempre con los párpados medio cerrados, pero nadie mejor que él para descubrir la más pequeña alteración entre las olas.

Algunos pescadores no lo tenían en mucha estima, y los más supersticiosos susurraban que, aún siendo inofensivo, les traía mala suerte para la pesca, pues los peces no se querían acercar a la costa sabiendo que alguien estaba vigilándolos.

* * *

Mi padre decía que todo aquello eran bobadas de viejas, así que, algunas veces, lo invitaba a tomar una copa en la taberna al lado del fuego, algo que también solía hacer el Veriñán, y entonces todo el mundo lo trataba con amabilidad, como si el sentarse entre ellos convidado por dos de los mejores patrones del pueblo lo convirtiere por un tiempo en digno de respeto.

El tío Antón siempre callaba, sus manos aferradas al pocillo de café, como si en él encontrare la fuerza necesaria para estar entre tanta gente, hasta que alguien le sacaba el tema de las ballenas, y entonces se vanagloriaba y le brotaba la voz como un chorro del cuerpo sin que nada lo pudiera detener.

Algunas veces, incluso se adueñaba del arpón viejo que adornaba la chimenea y nos describía con grandes aspavientos cómo se golpeaba y sobre qué partes del cuerpo era mejor hacerlo.

A mi me gustaba mucho escuchar sus historias sobre legendarias persecuciones de ballenas blancas y me hacía gracia ver su pequeña cara tan concentrada al afirmar que, en breve, iba aparecer alguna en el horizonte y que todos los marineros saldrían a por ella bajo su mando, porque era el que más sabía de ello.

Y el corro de gente asentía con una sonrisa en los labios, y decían que sí, sus miradas perdidas en el fondo de los vasos o en la faena del día siguiente, mientras la del tío Antón se perdía dentro de sí, viviendo ya la incansable persecución de la pieza y el triunfante retorno al pueblo repleto de gente.

* * *

La pesca de ballenas había caído en el olvido.

Hacía más de treinta años que en Puerto Viejo se había pescado la última, y ya entonces los más viejos tuvieron que recordar cómo las tajaban sus padres, porque hacía muchos años que no se pescaba ninguna. Se las arreglaron como pudieron para repartirla según la tradición, aunque pocos quisieron comer de su carne, y muchas de las casas más viejas todavía guardaban parte de aquella grasa para alumbrar, sin decidirse nunca a usarlo, no se muy bien porqué porque la nuestra lo hacía en alguna ocasión y su luz era buena y apenas olía.

Así que todos asentían cuando el tío Antón hablaba de ir a pescar ballenas, y le coreaban aquellas expediciones fantásticas que ya vivía en su imaginación, pensando que si llegaba el caso ya encontrarían la manera de quitárselo de encima.

Tener sueños nunca había matado a nadie, comentaban siempre los más viejos.

* * *

Hasta que un día, teniendo yo apenas diez inviernos, una ballena solitaria se acercó tanto a Puerto Viejo que parecía un desafío por su parte.

Recuerdo que ese día, antes de oscurecer, nuestra casa se puso un poco nerviosa, como en vísperas de tormenta, aunque en el cielo no viere ni una sola nube, así que salimos a la calle, mi madre y yo, y vimos la gran hoguera encendida en la atalaya, y la figura alborotada del tío Antón manteando el humo para que se viera bien desde todo el pueblo.

Lo vimos todos, pero nadie le hizo caso.

Varias veces al cabo del año, el tío Antón nos avisaba de la aparición de alguna ballena que nadie más veía, así que no le prestaron más atención que alguna sonrisa condescendiente por parte de las mujeres y de los viejos cuando bajó la cuesta de la atalaya gritando que había una ballena y que todos se tenían que echar a la mar para cazarla.

Los hombres estaban muy cansados, acababan de terminar la jornada e intentaban agotar la tarde en la taberna, así que acogieron al alborotado Antón con risas y bromas, sin hacerle caso, hasta que el Veriñán entró diciendo que, subiendo la rambla del muelle, se veía sobre la piel del mar un pez enorme que podía ser una ballena.

Los hombres salieron de la taberna en silencio, sin recordar las carreras y los gritos que quizá se producían cien años atrás por llegar antes que la gente de los otros pueblos. Sólo al llegar al muelle les chispearon los ojos ante la visión. Aunque ya empezaba a caer la noche, la ballena era perfectamente visible en la distancia, desplazándose despacio hacia el este.

Todo el mundo guardó silencio mirando con temor reverencial aquella figura que había adornado tantas historias de naufragios y luchas heroicas por parte de sus antepasados.

Fue mi padre el primero en decir que al amanecer se haría a la mar para intentar arponearla y que, si algún otro lo quería seguir, iba a ser bienvenido. El Veriñán lo apoyó y al momento se convirtió en un proyecto de todo el pueblo.

* * *

Recuerdo que a mi madre no le hizo ninguna gracia, pero mi padre le dijo que era algo que había hecho su abuelo, y que él también quería hacerlo, quizá como homenaje a todas las historias que le había contado cuando era un niño en sus rodillas, o quizá porque se quería probar a sí mismo.

Y mientras decía eso limpiaba el gran arpón que perteneciera a su abuelo con los ojos brillantes como nunca se los habíamos visto, así que mi madre terminó tragando sus lágrimas.

Yo le pedí que me dejare embarcar con él, pero se negó diciendo que podría ser peligroso. Para consolarme me prometió una de las costillas.

Mi madre se pasó toda la noche en vela, sentada en la playa escuchando los secretos que las olas arrojaban sobre la arena y que sólo sus oídos podían entender, pero nunca llegó a decirme lo que la mar depositó sobre su regazo aquella noche.

* * *

Con el amanecer todo el pueblo estaba ya en el muelle, las caras tensas de los hombres mezcladas con las caras angustiadas de las mujeres entre un viento desapacible y frío. No se celebró la salida de las barcas, como se hacía otras veces, quizá porque esperaban festejar un regreso triunfal.

Recuerdo perfectamente a mi padre de pie, en la proa de la Miralejos, sujetando con fuerza el arpón que había pertenecido a mi bisabuelo, y a su lado el tío Antón, temblando por el pánico que le tenía a la mar, pero decidido a cobrar aquella pieza.

La mar estaba revuelta y tuvieron que remar mucho entre el oleaje con el que se lo demostraba. Cuando algunos ya querían volver a casa, encontraron la ballena.

Fue una catástrofe.

Lo que pasó en realidad quizá no se llegue a saber nunca, porque todo ocurrió tan rápido que cada uno de los que lo vieron parece que tiene una visión distinta, como si todo hubiese sucedido sólo en sus mentes, pero se comentaba que la lancha de mi padre se había adelantado a las demás, y que fue él el que lanzó su arpón sobre el lomo de la ballena.

Después unos afirmaban que al sentirse herida se había sumergido arrastrando a mi padre con el cordel enganchado en la pierna, tirándose detrás el tío Antón como para intentar salvarlo, mientras que otros decían que éste no sabía nadar y que había sido él quien se enredara con la cuerda y mi padre el que se tiró detrás para ayudarlo.

Todavía se discute, en las conversaciones que algunas tardes crecen alrededor de la chimenea de la taberna, cómo ocurrió todo.

* * *

El cadáver del tío Antón, con una sonrisa en los labios, apareció a las pocas horas arrastrado por la corriente, pero del cuerpo de mi padre no se encontró ningún rastro.

Cuando la noticia llegó al pueblo, mi madre se desmayó sobre las piedras del muelle y tuvieron que meterla en casa unas vecinas. No despertó. Su fiebre era altísima y cada poco le arrojaban calderos enteros de agua de mar para bajársela.

Recuerdo que toqué su frente y su sudor pegajoso me recordó el tacto del pescado enfermo, pero después me separaron de allí. Estuvo entre la vida y la muerte varias horas, en las que no me dejaron verla, mientras las barcas volvían una tras otra al puerto sin traer ninguna noticia sobre el cuerpo de mi padre. Finalmente cayó en un sueño profundo que le duró dos días, mientras las barcas seguían rastreando sin resultado la piel de la mar, y los vecinos murmuraban que la tumba de mi padre parecía destinada a tener una lápida sin cuerpo, como las de tantos otros que la mar reclamaba para sí.

Cuando mi madre despertó, me dijeron que iba a partir para buscar a mi padre y que me quería decir unas palabras, pero cuando me llevaron ante ella, su rostro deformado me contempló sin expresión, la garganta demasiado inflamada para poder hablar. Lo único que hizo fue apretarme con fuerza la mano, enana entre las suyas, unidos sus dedos por una membrana traslúcida que le había brotado con la fiebre.

Después entraron en el cuarto Andrés el Viejo y el Veriñán, la envolvieron en las sábanas empapadas y la bajaron serios por las escaleras, seguidos por los lamentos de las vecinas y por mi llanto.

En el muelle ya se había congregado todo el pueblo, silenciosos y hoscos como cuando la salida de las barcas. La llevaron hasta el espigón viejo y la dejaron caer al agua.

Fue un grito que cayó a plomo en la mar, y después sólo una estela plateada que subió brevemente para hacerse un círculo de espuma.

Me quedé contemplando la mar hasta que la mujer del Veriñán me metió en su casa, cuando ya era casi noche y en el muelle no quedaba nadie.

El cadáver de mi padre, hinchado y deforme, devorados sus ojos por los peces, apareció al día siguiente sobre una cama de algas en la playa, sus cabellos peinados como si alguien quisiere poner orden en sus facciones.

Tenía una nota escrita sobre el pecho, pero el agua de la mar había borrado la tinta y nadie puedo nunca leer ninguna de sus palabras.

* * *

Algunos atardeceres me siento sobre la arena, mi respiración hecha una con la de la mar, y escucho en silencio las voces que se esconden entre el vaivén de las olas.

Nunca me hablan de mi madre.

© José Luis Rendueles
Reproducido con permiso del autor

De entre la niebla
Rafael Marín

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Es de noche en el puerto. Una niebla húmeda y porosa sale del mar, cruza por sobre los norays de hierro, atraviesa los muros, las verjas, las cancelas, ciega de bruma blanca dos semáforos. Plaza de San Juan de Dios arriba, es una nube de semen que se para, que zozobra, que se quiebra. Diez campanadas flotan contenidas en su velo; muy lejanas, parece como si el tañido fuera el origen de un sueño fabulado a mil kilómetros. El remolino blanco burbujea, se comprime, gira a todos los lados y se expande, retrocede, tantea los arcos del Ayuntamiento, lame la esquina a Sopranis, roza los puntos del reloj que acaba de cantar la hora, palpa los taxis estacionados en doble fila, acaricia las escaleras de los urinarios cerrados al público, cruje como almidón por entre los escaparates de la boutique de modas, anega la advertencia precaución respeten las señales, cubre de sal el quiosco donde con esta oscuridad ya no hay periódicos, sobrevuela el puesto de castañas, inunda el cristal del despacho de dulces y se encamina calle Pelota recta hacia adelante, da tumbos de pared a pared, entre la librería y las tiendas de zapatos, entre la óptica Gay y Eutimio Sastre. La niebla duda al llegar a la intersección, como un pulpo recubre de abrazos pálidos todos los caminos a concretar, sigue hacia el frente, recodea la estatua en bronce mohoso del Papa cubierto siempre de palomas, sube los escalones de acceso a la catedral en ruinas, pasa la altura tope de la torre protagonista de la novela que algún día habré de terminar por escribir, y entonces tiembla ante la perspectiva de acortar camino y retornar al agua, duda la elección de continuar su avance o devolverse a los abismos sin mesura, contempla el cruce con el Campo del Sur y la entrada al museo subterráneo. Una brisa venida nadie sabrá de dónde con certeza acude a auxiliarla en su última determinación. Callejuelas oscuras, mesón barato y típico, la niebla blanca anda. Calle San Juan: recovecos de suciedad y orines se ocultan en el sudario mágico. Un gato gime, salta, centellea, es el único ser vivo en escuchar los pasos. El primer night club está cerrado. La niebla tienta las puertas, obstruye los pestillos, tira de los cáncamos, acaricia los carteles rotos, continúa hundiéndose en el empedrado absurdo, da en aclararse casi sin tenerse en cuenta. Muy lejos atrás, el gato advierte los pies oscuros que pronuncian pisadas, la sombra de aspecto humano que rodea el hálito de la bruma nocturna. Otras dos casas de putas que no abren, otras dos puertas negras y rojas que rehúsan su contacto. El hombre envuelto en la niebla reflexiona, sigue adelante, busca con mirada antigua a derecha e izquierda. La niebla capotea, susurra maldiciones en los postigos entornados, araña las viejas maderas pintadas de tintalux y asco. Hacia el final de la calle, su contacto produce repelucos en los hombros desnudos de la mujer que espera; dedos de salitre y rocío hacen tiritar el cuerpo de la matrona adelantando un presagio de lo que va a suceder luego. Los pasos se hacen más medidos, más cortos. La niebla se escancia, se retira, disuelve la irrealidad en que ha sumergido el barrio. Ella, la Boca de Oro, se apoya más contra la esquina. Los pasos se detienen, la niebla observa con cuidado los movimientos de la furcia. Ella, la Boca de Oro, ya ha notado que no está sola: el olor de hombre cercano es más intenso que el del yodo que todo lo ciega. Una leve espiral de humo gris viene a juntarse con la niebla, se funde con la nube salada, atraviesa en un momento las tapias de la calle. Los pasos se reinician, bailan un fox con su taconeo ligero. Ella, la Boca de Oro, lo ve aparecer, transparente a la escasez de luz, arropado en el lienzo de niebla, y sonríe para su yo y reconoce que después de todo no ha hecho la tonta esperando aquí con semejante noche. El hombre de la niebla blanca se planta a un palmo de ella, la rebusca, la contempla, se lleva las manos a la pelliza de piel de oveja, respira hondo, expulsa el aire frío de este uno de noviembre, pregunta cuánto sin ningún preámbulo. La Boca de Oro lo mira de cruz en raya, se sorprende de su aspecto indefinible, observa el pelo lacio y amarillo del hombre de la bruma, su mentón firme, la barba descuidada, los ojos infinitamente oscuros, ojos como de anciano, ojos casi de niño, el aire de reconcentración que habita dentro de esas pupilas del más encendido negro. La Boca de Oro zascandilea, quiere hacer como que es una gran señora y no entiende de qué va el tipo o no está habituada a meterse tan en corto y por derecho al asunto que los dos pretenden, se retrasa en abrir el pico porque aspira el penúltimo vahído del ducados que está manchado de carmín, le da por observar con más detalle que el andova aparecido se hace cierto aire a ese actor inglés, a aquel que hace de indio y se llamaba caballo, y entonces descubre, a salvo del pelo, entre el taladro negro de los ojos y el caracol grasiento de la cabeza, la marca de color hierro fundido que le voltea el corazón y el pecho, el antojo innatural y extraño que surca su frente. La cicatriz es un verdugón curioso, parece el tejido del tatuaje de un árbol, el rastro de unos dedos que se hubieran posado en la frente y hecho presión hasta quedar grabados en la carne. El hombre pregunta de nuevo cuánto con una voz que es poco menos ronquido que siseo, sacude la cabeza hacia los lados, intenta sacar las manos de los bolsillos, acerca la cara y la marca de rojo se muta en zarpa inmensa a través del filtro de niebla. La Boca de Oro no sabe por qué de pronto un escalofrío de espanto baja por su cuerpo, juguetea con sus pezones, hace temblar su flojo vientre y eriza los vellos depilados de sus piernas, pero entreabre los labios y escupe su precio. El hombre nacido de la bruma acepta, saca la mano izquierda del bolsillo, da la mitad de un paso al frente, tiende la suma exacta que por lo visto ya había calculado con buen tino, gruñe anda y toma con voz muy bronca. La Boca de Oro agarra los billetes, los estruja, los compensa, dice bueno, venga, está aquí cerca. Los dos echan a andar, el uno al lado del otro, dejando aparte los arrumacos, los magreos, las palabras insinuantes y las caricias falsas. El hombre se detiene una o dos veces para apurar un largo trago de la petaca de coñac oculta en los entresijos del chaleco. Blanca y salada, a ras de tierra, la bruma les sigue los pasos, desborda su marcha, contagia de pálido ventanas y esquinas, tuerce la primera y la segunda bocacalles, rebasa las aceras, se cuela por las rendijas, saborea el óxido de los cerrojos, se resiste a comprender que no va a conseguir colarse en el falso nido de amor que solicitan los dos amantes. Buhardilla arriba, tercer piso de una casa de alquiler, cómoda, mesa de noche, lámpara, cama, la Boca de Oro da la luz y deja entrever al hombre sus dominios, atranca la puerta, busca la palangana, el agua, la esponja, deposita el bolso al lado del espejo, sugiere ve desnudándote, se despoja de las ligas y las medias, desabrocha la falda, suelta el sostén, abre la camisa y permite salir a flote dos pechos agrios, dos pezones de color naranja mustia, desplaza con cuatro dedos llenos de laca la mancha negra raída de las bragas. El hombre contempla ausente el cuerpo que ha alquilado, reprime un hipido de asco, pasa la vista por las tetas de la furcia, comprueba el colorete de los ojos, la pintura de la boca, el remolino sobre el pubis, y se desprende los zapatos y el chaleco, abre la cremallera, extrae los calzoncillos, se alza en la luz mohosa como un palo de cocina, muestra su serpiente blanda y juguetona. La Boca de Oro se extiende en la cama a medio deshacer, aparta las sábanas amarillentas por el uso de otras mil noches, abre las piernas, ofrece sus brazos, entreabre el coño, se ha olvidado del inútil ritual de engalanar de agua y jabón el miembro de este hombre que la pone tan nerviosa. Limpio de ropas, ausente de niebla, su comprador presenta un aspecto delgado: es su cuerpo un nudo, una correa de piel cobriza, el resultado de un cruce de humano y árbol, la representación de un Cristo pecador y mundano. El vello rubio apenas le cubre la cabeza, la barbilla, retoca levemente el hueco de su pecho, desciende en una filita hormigueante hasta el abdomen, casi no se reproduce más en las piernas que en los brazos. La Boca de Oro lo remira, tiembla de nervios ante el contacto, sopesa el juego que venga a darle ese carajo erecto que se balancea entre las piernas, no puede evitar dejar por un momento de fijarse en la marca roja que tizna la frente, la señal en forma de mano, el costurón que simula un tronco de árbol. Presta a la posesión, la furcia contrae los muslos, expande el cuerpo, resiste como puede la avalancha fibrosa que acude a su ataque. El hombre la posee con sabiduría antigua, con indiferencia y asco. Su cuerpo nudoso es un cadáver frío. La Boca de Oro le siente divagar por sus entrañas, blanco y helado, duro, una lágrima de algo indefinible le resbala como una cicatriz por el ojo izquierdo. Pierde el sentido, llora, olvida la resistencia, ni se le ocurre ni sabe colaborar a que la usen, todo lo que atina a ver es la bombilla del techo, siente los músculos abrírsele, arde bajo la presión de la marca de la frente. Si de pronto todo ha terminado o el delirio la ha hecho transportarse a un mal sueño es algo que la furcia, en los pocos minutos de vida que le quedan, no va ser ya capaz de discernir. Dolorida y confusa, en el umbral del miedo, la Boca de Oro descubre que el hombre ya ha dejado de hacerle mella. Lo busca por la habitación, desenfocada la vista, lastimados los muslos. En la ventana, la niebla roe el cristal. La habitación huele a tabaco. El me castigó, ruge una voz. Por su venganza nunca encontraré la paz. Debe ser, ay, tan linda la muerte. La Boca de Oro, el corazón en un puño, piensa y no se equivoca que su comprador está borracho. Voltea los ojos para llamarle la atención, hartita de lidiar con esta canción todas las noches, y aunque contempla al hombre a dos metros a su izquierda, el miedo atrapa su mirada en el espejo, allí la ata, clava al cristal con fuerza sus pupilas, sujeta con clavos ardientes el horrible espectáculo que en él hay reflejado. Mira al hombre, cansado y desnudo, y le parece normal. Vuelve al espejo, se frota los ojos, no puede evitar decir qué coño es esto. El hombre bebe más, se lleva la petaca a la garganta, como en trance, y La Boca de Oro se distrae viendo cómo una mancha marrón le va bajando por el pecho, lo está empapando, igual que al otro lado del cristal la mancha se repite, con un trazo de líquido inconfundible. El coñac que se derrama es lo mismo en las dos partes. El hombre es distinto. La Boca de Oro se lleva el puño a la garganta, reprime un sollozo, no puede sacar los ojos del cristal. En la habitación el hombre es rubio, lampiño, desnudo, borracho. Dentro del cristal hay un anciano, una caricatura, un puro monstruo. No es el mismo cuerpo joven que mal alumbra la bombilla que colgó ayer mismo, sino un viejo, una arruga con dos piernas y dos brazos, una capa de decrepitud que se ha formado en los cimientos podridos de otra capa, pliegue sobre pliegue, año sobre año. La Boca de Oro gime, recuerda que no ha fumado nada raro, hace ya seis meses largos que ni se pica ni se lo esnifa, pero el hombre dentro del marco continúa estando allí. Encorvado, antiguo, pervertido, los hombros hundidos, el pelo blanco y lacio, los ojos como dos llamas de sangre, los muslos flácidos, toda la edad del mundo talada en la carne, cada arruga es el surco de un antiguo pecado. No podría jurar que fuera el mismo que aún se soba sus partes y busca el pantalón y los zapatos. Este es joven, y aunque raro, es normal, menos la marca de la frente, menos el tatuaje extraño, menos la cicatriz, el costurón que tiene el capricho de parecer un árbol. En el espejo hay un ser torcido, deforme, definitivamente arcaico, más viejo que la misma edad, completamente ajeno en su aspecto imposible, menos la marca en la frente, menos el mismo tatuaje extraño, menos la cicatriz, el costurón que también tiene el capricho de parecer el mismísimo tronco de árbol. Cuando el hombre de la habitación mueve una mano, el viejo de dentro del cristal repite el gesto. Y la Boca de Oro se contempla a sí misma en el espejo, desnuda y espantada, los pechos fofos, manchada de semen púrpura, revuelto el pelo, los ojos desencajados y los labios blancos. El me castigó, dice la voz, y la boca de dentro del cristal se mueve y habla. Por lo que hice me negó la muerte. ¿Qué culpa tengo yo si fui el primero? ¿Cómo iba a saberlo entonces? ¿Hasta cuándo voy a tener que purgar mi pecado? La Boca de Oro se arrastra como sonámbula hacia el borde de la cama, no entiende nada, nota cómo los pezones se le vuelven dos guijarros por el peso del miedo. Yo se lo dije, continúa el verdugo. Cuando me desterró y me maldijo, dije que no podría soportarlo. Está en la Biblia, ¿sabes? ¿Lo recuerdas? La Boca de Oro advierte que es a ella a quien el hombre habla, menea la cabeza e inicia un paso atrás, se enreda en el amasijo humedecido de las sábanas. El hombre avanza. Génesis, cuatro, recita lentamente su comprador. Versículo catorce, me parece. Hace mucho que no leo panfletos, pero lo sé de memoria. Dijo Caín a Yavé: Demasiado grande es mi castigo para soportarlo. Eso le dije. Y no me hizo caso. Puesto que me arrojas hoy de la tierra cultivable, oculto a tu rostro habré de andar oculto y errante por la tierra, me atreví a acusarle, y cualquiera que me encuentre me matará. Pero Yavé me dijo: Si alguien matare a Caín, será siete veces vengado. Puso pues, Yavé a Caín una señal, esta que ves, para que nadie que le encontrara le hiriera. Caín, alejándose de la presencia de Yavé, habitó la región de Nod, al este de Edén. Lo recuerdo bien, dice, ya ves. Yo mismo lo dicté al escriba. La Boca de Oro ve que el hombre le sonríe, hay burla y dolor en sus ojos cortantes como una segueta, no puede dejar de reconocer la mirada repetida que le vomita el monstruo del espejo. Me marcó, continúa Caín, borracho, vencido, lastimado, anciano. Con sus dedos me dejó esta seña, repite el asesino, ebrio, derrotado, herido, joven, vivo. Me condenó. Me condenó de la misma manera que yo condené a mi hermano a la muerte. Me condenó a vivir, estalla, gime, explota, llora. Me condenó a pasar año tras año, siglo tras siglo, era tras era con esta apariencia, sin ascender a otro ciclo ni bajar a los infiernos que sé que existen. Me condenó con este sello en la frente, y no he muerto ni moriré jamás. Soy un reo de la vida, añade. Esta marca no me deja morir, afirma. Soy viejo como la humanidad, sonríe. Soy antiguo como el hombre y no puedo morir, gesticula, esa es la burla. Si supieras con cuánto gusto cambiaría mi horrible inmortalidad por el frío vacío de la tumba… pero nadie viene y descarga en mí su furia, recrimina. Jamás ha caído sobre mí el alivio de un brazo justiciero, desearía.La Boca de Oro asiente, pero no le escucha. El miedo la tiene presa con más saña que el peor de los maderos que de tarde en cuando aparecen para hacerle la vida imposible. Todo lo que quiere es despertar, desaparecer, borrarse de ese sitio, saberse ajena de este hombre que es su pesadilla. La niebla ríe al otro lado de la puerta, tira de los pestillos, se balancea en los cordeles y muerde el cristal con un beso malvado. Se hace tarde, susurra. Apura el tiempo, vamos, que la noche se termina. La Boca de Oro encuentra su mirada con los ojos que florecen por debajo del sabañón en forma de árbol, se ve atrapada en el interior de las pupilas, tiembla de nerviosismo, se frota el pelo, y siente el frío rayarle la base de los huesos, no consigue apartar las pestañas de esa marca, reconoce inmediatamente la verdad de la maldición en la penumbra, y recuerda la escena que nunca ha visto y que el hombre experimenta ya un millón de veces repetida, y se nota en la piel del guerrillero, del legionario, el escita, el bucanero, el hoplita, de todos los policías y bandidos que han tenido a un tiro de piedra la carne ajada y transparente, camuflada, de este hombre, y como ellos no puede evitar echar mano alrededor, y llena de furia y asco y odio y miedo abre el cajón de la cómoda y revuelve entre las bragas y los trapos, aparta una botella, temblorosa, saca un cuchillo gastado, estrecho, feo, oxidado, le baila la hoja sucia entre las manos, quiere ser la espada justiciera, apagar esa llama, talar de una vez el tronco de ese árbol, siente vómitos, se le arrugan las cejas, alza la mano y ve que la sombra se le estira en la pared, y al hombre desnudo, doblemente arrodillado, en el suelo y el espejo, postrado, tembloroso, ardiendo de ansiedad, si tal vez fuera, si acabara aquí el camino, si de verdad quisiera Dios que encontrara en este sitio de una vez por todas y para siempre el descanso de la muerte. La Boca de Oro avanza y tiembla, gime, resbala, duda de la realidad de lo que hace, no se le ocurre ver que todo es simplemente una mentira, vuelve a clavar la vista en esa frente, roza con la imaginación la punta de las ramas, y mientras Caín espera la anulación y la victoria la Boca de Oro vive la desazón que hasta el hoplita, el legionario, el guerrillero, el bandido, el corsario, el torturador, el policía vieron en su momento cuando les tocó su hora, y conoce que el hombre es intocable, que siete veces siete su maldición le caerá encima si no fuera a convertirse en lo que es él, y como hicieron en su época el iliota, el macedonio, el turco, el griego, el coracero, el escita, desvía el golpe, busca otra víctima, no consigue repeler el poder que hay en la marca, jamás podrá ella ni nadie eludir los temores que despierta en los cerebros el tatuaje de ese árbol y lo que anuncia en su carbón de pesadilla. Postrado, humillado, tembloroso, viejo, enorme, torpe, sabio, Cain se levanta y se busca la cara en el espejo, y la nota allí, y hasta sonríe en su tristeza, una vez más, igual que siempre, desea llamar a gritos a la muerte pero ha aprendido a morderse los labios. Sabe que está maldito y vivir es su castigo, hasta que el placer se ha vuelto escarnio, hasta que la vida no se ha hecho sino una caricatura. Ha vivido ya tanto y duele de tal forma la vida… No experimenta ya sorpresa, la sensación de descubrir que todo se repite no le hace mella, ni le atosiga. Lentamente se coloca los zapatos, el pantalón, la pelliza. Abre la puerta y sale del mal cuarto, y despacio recorre los escalones, y se diluye en la niebla, de donde ha salido, cansado igual que de costumbre, espantosamente anciano, lastimado, tosco, vivo. Deja detrás la historia que fue siempre, la mujer envuelta en el charco de sangre, el cuchillo oxidado en la garganta que ella misma ha desgarrado, la ropa sucia, el pelo en desorden, rota a pedazos, a salvo para siempre de la vida. Echa andar Calle San Juan abajo, desolado, mártir, frío, enfermo de inmortalidad, rodeado por la bruma que es su llanto, su compañía, y no puede evitar, mientras regresa al mar de donde vino, un recuerdo cándido hacia la mujer ya muerta, abandonada, y reprime un ligero escalofrío sin control, un atisbo de pasión, o lo que sea, un retazo de algo muy parecido a la envidia.

© Rafael Marín
Reproducido con permiso del autor

La pared de hielo
César Mallorquí

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Mientras escribo esto y el mundo se desmorona a mi alrededor, me sorprendo a mi mismo pensando de nuevo en Helena, recordando la belleza infinita de su cara, deslizándome por sus rizos de avena y suspirando por la tibia calidez de su piel blanca como la leche.

Helena… Pronunciar tu nombre es sufrir un dolor deseado. Helena Maíz, Helena Arroz, Helena Avena… Te amo hasta perder el aliento, y saber que no existes, que nunca has existido, me acerca tanto a la muerte como el bálsamo de tu recuerdo a la vida.

He de controlarme, debo aplicar las técnicas de yoga que me enseñó, triste ironía, el propio Nanda. ¡El mismísimo Dios!

Respiración baja, respiración media. Adopto la postura padmasana e intento enfocar mi mente en un lugar vacío, oscuro y distante.

Y allí está Helena esperándome.

¡Dios! Vuelvo a sentir hambre. Esto no funciona, estoy al borde de otro ataque. Abro el paquete y contemplo el frasco lleno de cápsulas que me entregó Martín, advirtiéndome:

-Ten cuidado. Esta droga te aliviará. Pero al mismo tiempo destruirá en cada toma millones de tus neuronas. No abuses de ella, o acabarás convertido en un vegetal.

Es para reírse, en cualquier caso acabaré convertido en un vegetal. La droga me la dio Martín tan solo cinco semanas antes de suicidarse. Lo encontraron en su casa, tenía la mano izquierda y los pies atravesados por clavos de quince centímetros. El mismo se había clavado al suelo. No sé por qué lo hizo. Quizá el dolor le permitió olvidarse de Nanda, el dios tirano. Quién sabe. El caso es que estaba allí, grapado al suelo en mitad de un charco de sangre, delante de un televisor chispeante de estática. En su video encontraron la cinta que había estado viendo mientras agonizaba. Era una grabación familiar con imágenes felices de su mujer y su hijito de seis años. Ambos habían muerto en la Primera Revuelta Sagrada. Les mataron, sencillamente porque fueron sorprendidos en una iglesia rezando a Cristo. Martín nunca pudo superarlo.

Me he tomado cinco cápsulas. No debería hacerlo; ya desde la primera ocasión comprobé sus atroces efectos: la droga hizo que me olvidara de mi pie derecho. Oh, sí. Está ahí, como siempre. Lo veo, es un pie normal y sano. Pero no puedo recordarlo, la droga lo borró de mi memoria. Así que ahora cojeo porque no puedo acordarme de lo que hay en el extremo de mi pierna. ¿De qué me olvidaré esta vez?

Pero es un riesgo necesario. No puedo permitirme otro ataque, seguir amando a Helena es un lujo que no puedo consentir. En mi primer ataque… Oh, Nanda traidor. Fue tan ridículo. El médico no lo podía creer, y eso que en aquel momento vivía un infierno absurdo en un hospital abarrotado de maniacos religiosos. Me ingresaron en coma, inconsciente. Tenía el estómago abultado por las dieciséis cajas de cereales que había devorado.

-¿Cómo puede alguien comerse más de ocho kilos de cereales? -me preguntó asombrado el buen doctor.

Me acababan de lavar el estómago, estaba muy débil,. ¿Cómo podía explicarle que lo había hecho por amor, por Helena?

El médico no lo entendió, pero no hay que culparle por ello. Murió poco después, descuartizado a manos de un fanático seguidor de Nanda, el dios.

La droga ha hecho efecto. Poco a poco mi pasión por Helena se ha ido difuminando hasta no ser más que un eco, una leve pulsión imprecisa. Pero, ¿qué más se ha ido, que recuerdos se han borrado para siempre de mi memoria? Hago un rápido repaso mental, y nada extraño encuentro, todo parece ocupar su sitio, como la vajilla de Copeland que mi madre colocaba en una alacena de caoba y latón. Los platos de postre son mi primera infancia, las fuentes delimitan mi juventud en la universidad, la salsera es mi primera noche de amor con aquella chica fresca y descarada que conocí en la playa. Y… Sí, hay algo que he olvidado.

No recuerdo mi nombre, ignoro cómo me llamo.

Me lo tomo con calma. Después de todo, olvidar un nombre no es peor que olvidar un pie. Aunque ahora me viene a la cabeza una historia: según me contaron, los indígenas de las Célebes creen que si alguien escribe el nombre de una persona, puede con ello llevarse su alma. Según ellos, alma y nombre son la misma cosa.

Podría pensar que perdiendo mi nombre, he perdido también el alma, si no fuera porque el alma la perdí el día que firmé un contrato con GenCorp, la compañía transnacional que desató el infierno sobre la Tierra.

¿Como me llamo? Que importa.

Llamadme (?). Ahora soy una gran interrogación.

¿Pero, acaso no lo somos todos?

La pluma se me ha caído. Contemplo mi mano derecha y veo cinco tubos de carne como gusanos sonrosados. ¿Qué son? Por unos segundos siento pánico. Intento calmarme. Miro mi mano izquierda y veo los dedos. Recuerdo los cinco dedos de mi mano izquierda, siempre han estado ahí, y supongo que los cilindros de carne que penden de mi mano derecha son, también, dedos. Pero no estoy seguro, y en cualquier caso, he olvidado cómo se usan.

Continuo pulsando las teclas del ordenador con la mano izquierda. Es más lento, pero da igual. Sólo yo leeré esto.

No puedo evitar reírme. Lo más probable es que pronto me olvide de leer.

Es indiferente. Necesito una memoria, aunque sea de papel.

Debo darme prisa, y comenzar por el principio.

Y en el principio, fue la palabra…

* * *

-La palabra, señor (?), es PRO-GRE-SO -dijo solemnemente el jefe de personal, un hombrecillo envarado y ridículo-. Para GenCorp no hay otro camino que el de la evolución. Y la evolución era un arbitrario capricho de la suerte, hasta que cogiendo las riendas, donde antes había azar, GenCorp puso planificación y progreso.

El hombrecillo siguió hablando, pero no le hice mucho caso. Me sentía demasiado feliz como para perder el sabor de aquel momento mágico atendiendo a su absurda verborrea. Acababa de firmar el primer contrato de mi vida (entonces no sabía que también sería el último), tan solo seis meses después de haberme graduado. Me sentía como un titán capaz de mover montañas.

Mi atención se vio atraída por la foto que presidía el despacho. La imagen sonriente y satisfecha del legendario Henry Dacosta, dueño y rector de GenCorp, parecía hacerme guiños desde lo alto de la pared. Aquel hombre era el santo patrón de bioquímicos y biólogos. No por sus descubrimientos, no por su sabiduría científica, sino por poseer la sobrenatural capacidad de convertir ADN en dinero.

-… ahora preséntese a Martín Seoanes, nuestro director. Él le informará de sus obligaciones.

Salí de mi ensimismamiento, me levanté y tras estrechar su mano, blanda y húmeda como una babosa, abandoné el despacho. Los pasillos de GenCorp, de puro blancos y luminosos, parecían un gigantesco tendedero repleto de sábanas de lino. De vez en cuando, hombres y mujeres cubiertos de batas blancas se cruzaban en mi camino. Solo su presencia me impedía dar saltos y bailotear. Me sentía tan feliz como, descubrí de repente, perdido. No sé de qué manera, pero logré llegar a la recepción (por alguna razón no quise preguntar a nadie; quizá no deseaba que me contemplaran como un intruso atolondrado). La recepcionista, una joven hermosa como un amanecer, me dirigió una sonrisa profesional y atenta.

-El despacho del señor Seoanes se encuentra en la planta tercera. Administración, sector A.

Mi rostro debió traslucir algo de la congoja que sentía ante la idea de enfrentarme de nuevo a aquellos pasillos albinos, porque la chica sacó de un cajón una especie de calculadora dotada de un teclado alfabético.

-Esto es un localizador automático. Escribo el nombre del señor Seoanes, ¿ve? Pulso el botón rojo y no hay más que seguir las flechas y las indicaciones que aparecen en la pantalla.

En alas de la microelectrónica, me vi transportado sin titubeos ante la presencia del Director General de GenCorp. Martín Seoanes era un hombre agradable y jovial, de unos cuarenta años, medio calvo y con el mentón cubierto por una espesa barba.

-Llámame Martín -dijo sonriente-, yo te llamaré (?). Aquí, en la tierra de la doble hélice, hemos proscrito los formalismos. Ante todo, bienvenido. ¿Qué puedo hacer por ti?

-Me dijeron que usted… que tú, me informarías de los pormenores de mi trabajo.

-Te dijeron mal. Sé que estás destinado al laboratorio de síntesis. Lo que tengas que hacer allí es para mí un misterio. Mira, soy el director del centro, y también biólogo, pero mi autentica labor está más relacionada con el papeleo y la burocracia que con las probetas y las cadenas polinucleótidas. -Hizo una pausa para encender su pipa y, observando de reojo mi reacción, añadió-: Los directores técnicos de esta división de GenCorp son los doctores Nanda y Maltman.

Si me hubieran dicho que iba a trabajar bajo las órdenes de Charles Darwin, mi sorpresa no hubiese sido mayor.

-¿David Maltman y Jawaharlal Nanda?

-Nunca hubieras imaginado encontrar aquí tanto premio Nobel junto, ¿verdad?

Hoy en día nadie se acuerda de que David Maltman fue uno de los grandes pensadores de nuestro siglo. Recibió el Nobel por su trabajo sobre la Función de las Moléculas de Ácido Ribonucleico en los Procesos Biológicos de Obtención, Almacenamiento y Recuperación de Información en los Sistemas Eidéticos. O dicho de otra forma, fue quien descubrió cómo funciona la memoria de los seres vivos.

¿Y qué decir de Jawaharlal Nanda, el único ser humano que ha ganado tres veces el premio Nobel? En aquellos tiempos corría un chiste, hoy irónicamente dramático, que expresaba el tamaño de su talento: “Si Dios volviese a crear la vida, antes consultaría con Jaw Nanda”. Más tarde alguien añadió: “Y Nanda no aceptaría colaborar con Dios; siempre ha odiado trabajar con segundones”.

Si, el doctor Nanda era vanidoso; pero imagino que es difícil no serlo si con 23 años ya se es doctor en Biología, Bioquímica y Física, y si al cumplir los 35 se ha ganado un Nobel en cada una de esas especialidades.

Jaw Nanda, ese pequeño hindú nacionalizado estadounidense, era un genio, no cabe duda. Quizá el más grande que ha dado la humanidad. Aunque, como descubrí más tarde, también era el mayor hijo de puta que ha pisado la faz de la Tierra.

Pero no adelantemos acontecimientos. En aquel momento me sentía tan impresionado como feliz ante la perspectiva de trabajar al lado de dos inteligencias tan preclaras. No podía sospechar que, durante más de un año, solo les vería, y muy de tarde en tarde, pasando fugaces por aquellos pasillos de satén blanco.

* * *

No estoy acostumbrado a escribir con la mano izquierda. Me tiembla el pulso. He encendido la televisión. Ahora solo existe una alternativa: el Canal Sagrado del Dios Nanda. El golpeteo de electrones en la pantalla de fósforo me regala la imagen de una ceremonia colosal en los Campos Elíseos de París. Al principio no distingo de que se trata, solo veo multitudes vestidas con los colores del Dios, azafrán y rojo. Luego el realizador cambia del plano general a uno más corto, y puedo contemplar con detalle el teatro que se desarrolla en el altar con forma de pirámide truncada.

Me estremezco. Aunque ya lo he presenciado otras veces intento apartar la mirada. Pero hay algo terriblemente hipnótico en aquellas imágenes enloquecidas.

Una larga fila de mujeres jóvenes camina a paso lento hacía los diez sacerdotes que se afanan en lo alto del altar. Cuando las mujeres van llegando a la cúspide de la pirámide se desprenden de las túnicas y ofrecen su desnudez a los sacerdotes. Entonces estos alzan sus cuchillos y los dejan caer sobre la carne dorada. Luego arrancan el corazón aún palpitante, o tiran de las vísceras como el prestidigitador que saca un conejo del sombrero de copa. Inmediatamente una jauría de acólitos recoge los cuerpos desmadejados y los arroja a la base de la pirámide. Allí la gente bulle y pelea para conseguir llevarse alguna buena porción de los cadáveres. Tienen hambre.

No sé que me causa más horror, si la fría mecánica de la carnicería o las sonrisas de éxtasis de las víctimas.

Oh, por supuesto. Esa barbarie no es más que un acto de amor sacro. A fin de cuentas, cualquier dios que se precie debe tener poder, no solo sobre la vida, sino también sobre la muerte.

Pero hay algo más. Nanda no suele hacer las cosas porque si. Su inteligencia inhumana siempre encuentra una finalidad superior para sus caprichos. El mundo, este mundo maniaco y demente, sufre hoy de muchas heridas. Pero las laceraciones mas primarias son la superpoblación, y su hija, el hambre. Probablemente para un intelecto, lunático pero preciso, como el de Nanda, el sacrificio ritual de mujeres jóvenes es un medio honesto de control natal. Y el canibalismo, una solución colateral que cierra circularmente el problema. Así piensa el Dios escuálido y maligno.

Y, sin embargo, todavía hay más. Nanda siempre fue tímido con las mujeres. Creo que le avergonzaba su cuerpo y se sentía intimidado por el sexo. En el fondo se está vengando de todo el género femenino.

Me dijeron que en China decretó la muerte de veinte millones de muchachas, simplemente ordenándolas que cogieran una piedra y no dejaran de golpearse con ella la cabeza hasta que pudieran ver el color de su cerebro impregnando las duras aristas.

Yo mismo pude ver, a través del Canal Sagrado, una increíble retransmisión de la actividad sexual del Dios. Allí estaba Nanda, en un lecho de seda y raso, retozando con tres muchachas, con las Novias de Dios. Una de ellas no tendría más de doce años. ¿Puede imaginarse? Aquel hombrecillo repugnante ofreciendo al mundo su sexualidad grosera y pervertida, pellizcando pechos, arañando glúteos, derramando su semen perverso y procaz.

Dios es una palabra obscena.

Apago la televisión. Ahora que intuyo próximo el fin, es más importante que nunca seguir escribiendo.

* * *

Al cabo de muy poco tiempo me di cuenta de que el Laboratorio de Síntesis de GenCorp estaba muy, pero que muy alejado de la acción. Cinco meses después de hacer poco más que hidrolizar anillos purínicos y pirimidínicos (algo que ya me aburría en la facultad), me encontré con una perfecto mapa mental de cómo funcionaban las cosas en aquel centro de investigación. Quienes trabajábamos en las plantas primera y segunda éramos los pinches de cocina. Los grandes chefs practicaban su arte en el Laboratorio 7, situado en el sótano. Y allí no entraba nadie que no fuese invitado.

Aquello estaba cubierto por el manto del misterio. Grandes platos se cocían en aquél laboratorio subterráneo (que algún pedante chistoso había dado en llamar “El Hades”), pero sobre la naturaleza de aquellos manjares… Ah, nadie sabía nada. Ni siquiera el propio Martín Seoanes, como pude descubrir mas tarde.

El caso es que ya me había resignado a una actividad profesional de tercera fila, cuando Martín me llamó a su despacho. Eso ocurrió poco después de que nos sometiésemos al examen médico que GenCorp prescribía anualmente a su personal. ¿Cómo podía pensar entonces que mientras el médico de la empresa me extraía una muestra de sangre, mi destino se torcía en dirección al abismo? ¿Quién iba a imaginar que aquel rutinario análisis clínico era mi sentencia de muerte?

-Vas a descender, (?). Los Grandes Cerebros te reclaman. -Contemplé desconcertado el barbudo rostro del director. Martín sonrió e hizo un gesto en dirección al suelo-. El Hades. Cambio de destino. Vas a jugar en primera división.

No sabía que decir. Había aceptado un futuro jalonado de mediocridad y no estaba preparado para aquella noticia.

- ¿Por qué? -logré musitar.

Martín se encogió de hombros.

-El propio Nanda lo ha solicitado. Y ha insistido mucho en que tus nuevas responsabilidades requieren un aumento de sueldo. Felicidades.

Mis ingresos se incrementaron en un setenta y cinco por ciento. Me dieron una tarjeta especial y un numero en clave que borraría a mi paso todas las barreras de seguridad. Tres días más tarde me encontraba en el Hades. ¿Y quién era mi guía por el laberinto del infierno?

El mismísimo, el único, su altísima majestad, Jaw Nanda.

Enjuto, poco más de un metro sesenta de estatura, calvo, de piel tostada, frágil… El pequeño genio indo-americano parecía un gnomo hablador, simpático e ingenioso.

-Bienvenido, bienvenido. -Hablaba un extraño y a veces confuso español-. Es suerte para nosotros contar con jóvenes de su talento. Créame, le necesitamos.

¿Jóvenes de mi talento? ¿Me necesitaban? Comencé a descubrir que a nadie, por muy genial que sea, le dan tres premios Nobel sin ser un seductor profesional.

Nanda cogió mi brazo y, alfombrando el camino de amables palabras, me mostró la geografía del Laboratorio 7. Paso a paso me llevó por los siete círculos del Hades, explicándome algo y omitiendo mucho. Finalmente nos detuvimos frente a un ascensor que ostentaba, en tres idiomas, el cartel de PROHIBIDO EL PASO y el signo internacional de peligro por contaminación biológica.

-Muchos llaman a este lugar Hades, el infierno. Es error, ¿no? Los griegos nunca dijeron que Hades fuera sitio. Usted ya sabe, Hades era dios de infierno, el Invisible, el Ilustre. Nunca lugar. Pero… El Laboratorio 7 no sería infierno, más bien sería Estigia, antesala del reino de los muertos. El Infierno -sonrió e hizo un ademán teatral hacia el ascensor- está la puerta cruzando. Por ascensor bajando y llegando a hielo. Un infierno frío. Pero déjeme que le sorprenda: usted será Caronte, el ascensor su barca y en sus manos las almas descenderán a un helado lugar. Ese será su trabajo. Si. Usted será Caronte.

Tras pulsar la combinación adecuada, las puertas del ascensor se abrieron. Lentamente bajamos al último sótano. No entendí nada de lo que Nanda había dicho, pero la respuesta me esperaba en aquella sala subterránea. Se trataba de un lugar acorazado, de paredes metálicas que reflejaban el rojo tono de la débil iluminación. Hacía mucho frío. Algo normal si tenemos en cuenta que allí estaban los congeladores donde, a muchos grados bajo cero, se guardaban los biocultivos mutados, rediseñados, por Nanda y sus acólitos.

-Este es la cosecha de GenCorp. -Nanda ignoró al solitario guardia de seguridad y fue pulsando las combinaciones que abrían las sucesivas puertas herméticas que se interponían a nuestro paso-. Aquí duerme el fruto de esfuerzo nuestro. Trabajo suyo cuidar de él será, protegerlo de todo mal.

Así que había abandonado mi aburrida labor entre las probetas para convertirme en una especie de archivero biológico. Eso era todo, procurar que a los congelados no les saliera moho. Decepcionante, pero el entusiasmo de Nanda borró cualquier atisbo de desilusión. El hindú corrió a una consola de ordenador, tecleteó algo y la pantalla se llenó de números y palabras.

-Mil ciento treinta y siete cultivos aquí hay. Formas de vida nuevas, nunca antes vistas en la Tierra. Prodigios de la bioingeniería. Milagros criogenizados. -Se detuvo un instante para buscar algo en la pantalla-. Ejemplo, cultivo 42-C; bacteria que metaboliza plástico y convierte en anhídrido carbónico. Ejemplo, cultivo 5-D; virus-vector que modifica carcinomas, no más cáncer quizá. -Como si se tratara de un mantra pagano, Nanda fue recitando ejemplos de los prodigios contenidos en aquellas cornucopias escarchadas; de pronto se detuvo y su rostro se iluminó con una sonrisa orgullosa-. Ah, Kali… La Madre Negra…

Se levantó y me indicó con un gesto que le siguiera. Nos dirigimos a uno de los congeladores. Nanda se puso un grueso par de guantes protectores. Al abrir la puerta una niebla gélida serpenteó en el aire. El científico cogió una caja de metacrilato transparente con probetas selladas en su interior. Me la mostró.

-Cultivo 36-J. Vector-Kali. Viruela rediseñada. Súper Viruela. Si este grupo de virus quedase libre, mataría a toda la humanidad en breve tiempo. Nadie ni nada podría detener al Vector-Kali. Posee propiedad recombinante y se contagia de docenas de maneras diversas. Un estornudo y el fin del mundo. Una obra maestra.

Contemplé con horror aquella caja traslúcida.

-¿Qué utilidad tiene? -pregunté con un murmullo.

-Oh, espero que ninguna tenga. Es ejercicio, una prueba.

-¿Y no sería mejor destruirlo?

Me miró sinceramente desconcertado.

-¿Por qué? Solo se destruye lo incorrecto, y Vector-Kali es perfecto… -Me contempló con seriedad unos segundos y luego extrajo otra caja del congelador-. Cultivo 35-J. Bacteria que produce determinada y precisa cantidad de insulina en riego sanguíneo. No mas diabetes. Atención, en una mano vida, en la otra muerte. Pero las cajas son iguales. -Se encogió de hombros-. ¿Entonces? Vida y muerte son la misma cosa.

Sonrió, y me miró con la expresión de quien acaba de enunciar un principio básico y evidente.

Desgraciadamente tampoco aquella vez le entendí.

Como descubrí al poco tiempo, la monótona labor que hasta entonces había realizado era el paradigma de la diversión comparada con mi nuevo trabajo en el Hades. Todos los controles de los congeladores eran informáticos. Yo me limitaba a incorporar nuevo material genético y a introducir su clave en el ordenador. Todo lo demás era automático. Se trataba de sistemas tan perfectos que, en caso de un hipotético accidente, se activarían unidades autónomas, generadores y programas que, aunque el fluido eléctrico externo fallase, mantendrían en su lecho de hielo a los cultivos biológicos durante cinco años.

La mano del hombre era allí un arcaísmo.

Por lo demás, nada supe de los proyectos que se desarrollaban en el Hades. Todo era secreto y nadie parecía dispuesto a charlar sobre su trabajo.

Había una zona en particular que se llevaba la palma del hermetismo. El Sector M. La zona de trabajo de Nanda y Maltman. Aquello era un agujero negro, en el que todo entraba, pero nada salía.

Solo tres incidentes turbaron mi suave tedio. El primero ocurrió en el aparcamiento de GenCorp. Eran las siete de la tarde y me dirigía en busca de mi coche, cuando vi salir de entre unas sombras a Martín Seoanes. Nunca antes había visto tan serio su rostro usualmente risueño.

-(?) -me llamó-. ¿Puedo hablar contigo un momento?

-Por supuesto.

-Escucha, se trata de algo confidencial. -Parecía no encontrar las palabras adecuadas-. Me gustaría que no comentases esto con nadie. ¿Puedo confiar en ti?

Asentí, sin conseguir disimular mi desconcierto.

-(?), esto es importante. -Martín hablaba con nerviosismo-. Trabajas en el Hades, y supongo que prestarás atención a lo que sucede a tu alrededor… ¿Has oído hablar del Proyecto Maya?

-Nadie habla mucho en el Hades. No tengo ni idea de lo que están haciendo. ¿Qué es el Proyecto Maya?

La expresión de Martín se había convertido en una máscara de desilusión.

-Por favor, si en algún momento escuchas la palabra Maya, házmelo saber. Con discreción. ¿Lo harás?

-Claro. Pero, ¿de qué se…

Me interrumpí. Martín se había desvanecido tan rápida y nerviosamente como había llegado.

El segundo incidente, si es que se le puede llamar así, llegó con la Navidad. La tarde del veintitrés de diciembre se celebró una pequeña fiesta para el personal en la sala de reuniones de GenCorp. Como suele ocurrir, la gente bebió demasiado y un par de horas más tarde la camaradería dio paso a la libido. La mitad de los asistentes intentaban llevarse a la cama a la otra mitad. Generalmente a la mitad equivocada. Me mantuve aparte, contemplando con divertido distanciamiento las diversas maniobras de acercamiento y rechazo, los furtivos emparejamientos y las ebriedades escandalosas. De pronto noté un cosquilleo en la nuca. Me sentía intensamente observado. Por el rabillo del ojo, descubrí a David Maltman mirándome fijamente. Nunca había hablado con él, ni siquiera nos habían presentado. Era un hombre extremadamente serio y poco sociable. Sin embargo, en aquella ocasión se acercó a mí y me tendió la mano.

-Soy David Maltman -dijo en inglés-. Usted es (?), si no me equivoco.

Asentí. El se sentó a mi lado. Llevaba en la mano un vaso con jugo de tomate, y podría jurar que eso era todo lo que había bebido. Estaba sobrio, pero me miraba de una forma extraña, intensa, como si entre nosotros hubiera un microscopio. Y la ameba fuese yo.

Permanecimos en un embarazoso silencio durante varios segundos, hasta que Maltman se inclinó hacia delante y me hizo una pregunta estúpida.

-¿Ha olvidado alguna vez el paraguas o el abrigo? -Moví la cabeza sorprendido-. Entonces, ¿tiene usted buena memoria?

-Supongo que lo normal.

-No existe lo normal. Cada persona posee su propio archivo eidético, diferente del de los demás. -Bebió un sorbo de tomate sin dejar de mirarme-. La memoria lo es todo. Fuera de ella nada existe.

-El mundo está ahí. Existe -repliqué.

-El mundo, amigo mío, solo cobra relevancia cuando lo percibimos. Y la percepción no es instantánea, requiere un tiempo. Cuando veo este vaso, lo que estoy viendo es una imagen procesada por mi cerebro e integrada en mi memoria. El vaso auténtico no existe, solo hay un nebuloso fantasma codificado por mi ARN. Usted y yo no nos estamos hablando, nos estamos recordando. ¿Entiende? Todo lo que conocemos, todo lo que percibimos, está encerrado en nuestro cráneo. Todo es un juego de la memoria.

Bueno, quizá Maltman no estuviese borracho. Pero probablemente había respirado algo de óxido nitroso, o tal vez un exceso de oxígeno puro. O, quien sabe, es posible que esa fuese su manera de ser. Tan raro como un político honesto.

-Quizá tenga razón -le dije con amabilidad-. Pero muchas veces la memoria falla.

Maltman sonrió por primera vez y enarcó las cejas. Se levantó.

-Siempre falla. Por eso el mundo es imperfecto.

Y se fue.

Mas tarde comprendí la razón de aquel repentino interés por mí, así como el sentido de sus palabras. No estaba loco. Era un hijo de puta, pero no un excéntrico.

El tercer incidente sí merece tal nombre. Con él comenzó mi particular calvario, mi lenta decadencia.

Todo ocurrió un jueves de mediados de enero. Un ayudante de Nanda me entregó una caja hermética de metacrilato con su correspondiente cultivo dentro. Me extrañó, ya que tan solo el día anterior había “archivado” otro cultivo, el 13-L, y no era usual tanta frecuencia en la labor de congelado. Me encogí de hombros y bajé en el ascensor a la cámara criogénica. Saludé al guardia de seguridad mientras me dirigía a los congeladores. Abrí el marcado con la letra L, y…

Y algo cayó al suelo rompiéndose en pedazos. Bajé la mirada y contemplé la destrozada caja que había contenido el cultivo 13-L.

Luego me di cuenta de otra cosa. El interior del congelador no estaba de ninguna manera frío. Por algún motivo, por algún extraño e incomprensible fallo, el congelador se encontraba a temperatura ambiente.

Eso significaba que el cultivo, que ahora se esparcía juguetón ante mis pies, era activo.

Suspiré y luego, como si todo se desarrollase a cámara lenta, me acerqué a un panel próximo a la puerta hermética. Oprimí el botón rojo y una alarma comenzó a sonar. Escuche como los sellos encajaban en sus alvéolos. De repente me sentí muy aislado, tremendamente solitario. Se había levantado una muralla infranqueable cuyo único fin era separarme del mundo. Estaba en cuarentena. Era el leproso, el apestado.

Ahora mi destino dependía de la naturaleza del cultivo 13-L.

* * *

Un extraño sentimiento de irrealidad me asalta mientras rememoro aquel momento. Estoy aquí, en el mismo lugar donde todo comenzó. Las paredes metálicas son las mismas, los congeladores ronronean igual que lo hacían hace más de dos años y las luces continúan tintando de rojo este pequeño microuniverso. Pero todo lo demás ha cambiado. Por encima de mi cabeza GenCorp no es más que un montón de ruinas y el mundo ha alcanzado la locura total adorando a un dios absurdo. Sin embargo, una sutil inversión se ha producido. Si en aquel entonces yo era el enfermo infeccioso aislado, ahora, encerrándome voluntariamente a veinte metros bajo tierra y protegiéndome tras incontables toneladas de acero, he sido yo quien ha puesto en cuarentena al mundo. Son ellos los enfermos, son ellos los que se retuercen tras las murallas del aislamiento y la soledad. Y yo soy el que mira tras los cristales contemplando cómo evoluciona la enfermedad que aqueja a una humanidad condenada.

Pero algunas cosas permanecen. El cultivo 13-L sigue dentro de mí. Y mi amor por Helena, la rubia ninfa tallada en miel y cereal, continúa acrecentándose, segundo a segundo, sumiéndome en una extraña pasión caníbal.

* * *

Hombres vestidos con trajes aislantes, como astronautas de guardarropía, instalaron una improvisada enfermería en una sala contigua a los congeladores. Pusieron una cama y trajeron una televisión, y libros, y alimentos, incluso instalaron un compacto. Había una gruesa vidriera a través de la que podía ver el ascensor y las consolas. También los demás podían mirarme a mí, como quien contempla a una cobaya inoculada.

-Tranquilo, amigo mío. Usted peligro no corre -me dijo Nanda mediante un micrófono-. El cultivo 13-L es variedad mutada de la gripe. Posiblemente ningún problema haya.

-Mutada, ¿en qué sentido? -pregunté.

-Difícil es decirlo. Algunos virus del cultivo papillomas eran. Otros, retrovirus modificados como vectores genéticos.

Me dolía la cabeza y tenía la boca seca. Me resultaba difícil pensar, pero hice un esfuerzo por ordenar la cabeza.

-Los retrovirus empalmarán su ADN con el mío -señalé-. Crearan oncogenes. Cáncer.

-No, no, no, amigo mío. No VIH. 13-L es nuevo tipo de vector. No modifica ADN, y ningún cáncer produce. De señales ARN se trata. Solo modifican el ARN. No definitivo. Cuando los virus mueran, el ADN restaurará naturalmente el daño.

La fiebre empezaba a subirme. Tenía la sensación de que alguien martilleaba en mi cabeza.

-¿Un retrovirus que afecta al ARN y no al ADN? ¿Para qué? ¿Por qué?

-Manipulación de proteínas. -Nanda sonreía paternalmente a través del cristal-. Simple experimento parcial. 13-L afecte quizá temporalmente a su nivel de somatostatina. Fácil de corregir. Ahora descanse sin temor. De usted nosotros cuidaremos.

Claro que cuidarían de mi. En aquel momento, yo era de vital importancia para ellos.

Al tercer día, la fiebre me provocó temblores convulsivos y poco después comencé a sufrir alucinaciones. Apenas podía moverme y vomitaba constantemente. Cuando llegó la noche perdí el conocimiento. Y así permanecí durante seis días.

Fue como estar encerrado en un sótano oscuro, a veces ardiente, a veces helado, pero siempre lleno de sonidos líquidos. No guardo de aquellos días casi ningún recuerdo, salvo una curiosa pesadilla que se repetía obsesivamente: en un negro vacío se iba formando una figura humana, por partes, como si de un cuadro cubista se tratase. Primero un ojo flotando en la nada, luego la nariz, un brazo. Más tarde todo desaparecía para volver a empezar. Era una locura de fragmentos humanos danzantes. Pero eso no era todo. Una terrible ansiedad me sacudía, una sensación punzante de hambre infinita, de deseo insatisfecho, de apetito colosal y primario, casi sexual.

Me desperté un sábado por la tarde, sintiéndome increíblemente débil, pero libre de fiebre y dolor. A mi lado se encontraba uno de aquellos astronautas terrestres. A través del cristal de la escafandra distinguí la sonrisa paternal de Jaw Nanda.

-Bienvenido, amigo mío. Curado está. Como una manzana sano. Ya todo ha pasado.

Aun permanecí quince días más en aislamiento. Los análisis confirmaban que el virus mutante había sido eliminado, pero toda precaución era poca. De alguna manera, aquel período de inacción me vino bien. Fui recuperando fuerzas y moral, leía mucho, veía videos y hacía algo de ejercicio. Nanda se ofreció a enseñarme algunas posturas básicas de yoga, y a eso nos dedicábamos todos los días a partir de las seis de la tarde. En cierto modo podían haber sido unas tranquilas vacaciones.

De no ser por los sueños.

Todo comenzó al tercer día de mi recuperación. Me había acostado pronto, tras ver una vieja película de Lynch. Me dormí enseguida, y con igual rapidez acudieron a mí los sueños. Hablo en plural y no debería hacerlo, ya que siempre se trataba del mismo sueño. No un sueño normal, surrealista y activo, sino un sueño estático y obsesivo.

En él se me aparecía la imagen de una mujer. Una mujer inmóvil, la imagen fotográfica de una belleza rubia que me contemplaba sonriente. Su nombre era Helena.

Y la amaba.

Pero era un amor frustrante y yo sentía deseo, hambre. Quería ser saciado por ella, pero no lo conseguía. Y el hambre crecía, y crecía, y crecía…

Al principio no le di importancia, solo eran sueños.

Pero cuando Helena salió de mis sueños para pasar a ocupar la mayor parte de mis pensamientos conscientes, comencé a preocuparme. Durante los primeros días no eran más que apariciones fugaces que me sorprendían cuando estaba distraído o relajado. Pero al poco tiempo se convirtió en algo permanente. Era como un recuerdo obsesivo: el recuerdo de un amor perdido trasmutado en deseo insatisfecho. Y hambre.

Hambre, si. No un apetito general e indiscriminado, no. Hambre de algo concreto pero indefinido. ¿Hambre de Helena? ¿Un intenso deseo antropófago?

No dije nada a nadie. Atribuí mi desequilibrio a los estragos de la intensa fiebre alucinatoria que había sufrido. Pero a medida que pasaba el tiempo y la obsesión crecía comencé a temer seriamente por mi salud mental. Dos días antes del fin de la cuarentena se lo conté todo al amable y atento Jaw Nanda.

-¿La imagen de una mujer le persigue? -Nanda parecía extrañamente excitado, aunque era evidente que luchaba por disimularlo-. ¿Una mujer quizá vieja amiga?

-Nunca la había visto.

-¿Y su nombre conoce?

-Se llama Helena. Pero ignoro cómo lo sé. Es… un recuerdo, como una amante que vuelve a mí. ¡Pero no la conozco de nada! Me estoy volviendo loco, doctor Nanda…

A través del cristal vi como el hindú se daba la vuelta en actitud pensativa.

-¿Algo más le sucede? -preguntó sin volverse.

-Hambre… Constantemente la siento. Creo que es ansiedad. Pero muy intensa. Parece hambre.

Lentamente se volvió hacia mí. Me pareció distinguir la sombra de una sonrisa abandonando su cara, pero cuando me habló lo hizo con total seriedad.

-Usted no preocupar. Tras crisis febril normal es sufrir alteraciones en psiquismo. Algo pasajero, con seguridad. Pero discreción recomiendo. Tanto tiempo encerrado no muy bueno para usted. Y si médicos temen por su estado… Retrasaran salida de cuarentena. Error que evitar debemos. Pienso que conozco compuesto medicinal que aliviará problemas suyos. Mañana pasado se lo daré. Y, recordar debe: discreción. En mi confíe.

Confié en él.

Dos días después salía de mi encierro subterráneo. Los compañeros me dieron una fiesta de bienvenida, y todo el mundo parecía estar contento con el fin de aquella crisis. Nanda me estrechó entre sus brazos y, llevándome a un aparte, me entregó un frasco de comprimidos.

-Poderoso ansiolítico. Usted tomar deberá tres pastillas al día. Verá como problemas desaparecen. -Sonrió paternalmente-. Y, de nuevo, bienvenido al mundo, amigo mío. Bienvenido.

Cogí quince días de vacaciones. Era primavera y podía haber hecho un viaje a alguna playa del Mediterráneo. Pero preferí quedarme en la comodidad de mi apartamento de soltero. El medicamento que me había dado Nanda obró milagros. Seguía recordando a Helena, pero la pulsión había desaparecido casi totalmente. Me engañé creyendo que todo había pasado.

Una noche, mientras veía la televisión, llamaron a mi puerta. Al abrir me encontré con el hirsuto rostro de Martín Seoanes.

-¿Puedo pasar?

Le indiqué con un gesto que entrase. Desde mi enfermedad apenas había visto un par de veces a Martín. Ahora, mientras se sentaba en un sillón y echaba un distraído vistazo al televisor, pude comprobar cuanto había cambiado. Su rostro afable era ahora una máscara de preocupación. Había perdido peso y mostraba evidente nerviosismo.

-(?) -me dijo-, ¿Recuerdas cuando te hablé del proyecto Maya? -Su vista se perdió en el infinito durante unos instantes-. ¿Sabes que la división de GenCorp en España es la que posee la mayor dotación económica? Casi el doble que cualquier centro de Estados Unidos. Curioso, ¿no? Oh, las razones son sencillas. La legislación española es imprecisa con el tipo de actividades que desarrollamos. ¿Sabes que GenCorp posee casi cuarenta y tres mil patentes sobre organismos mutantes? ¿Y sabes cuantas están comercializadas? Treinta y ocho. Las leyes son muy restrictivas con la ingeniería genética. También en lo referente a la investigación. Hay cientos de controles en Estados Unidos. Pero en España, muy pocos, casi ninguno. Por eso está GenCorp aquí, invirtiendo miles de millones sin que nadie pregunte a que se dedica ese dinero. -Suspiró-. Pero yo si me lo pregunto. ¿Y sabes qué? No hay respuestas. Oh, sí. Existen cantidad de proyectos subsidiarios, si. Pero la parte del león se la lleva algo llamado Proyecto Maya. Un proyecto que, oficialmente, ni siquiera existe. ¿Entiendes?

No le entendía. Pero Martín estaba tan excitado que no me quise llevarle la contraria.

-¿Quieres tomar algo? -le dije sin saber que decirle.

-El Proyecto Maya -prosiguió sin hacerme caso-. Me encontré con él por casualidad. ¿Sabes cómo? Un memorándum confidencial electrónico entró por error en mi terminal. Era del Gran Jefe, Henry Dacosta, e iba dirigido a Jaw Nanda. -Sacó un papel del bolsillo y me lo tendió- Este es el texto, léelo.

Era un fragmento de papel de impresora. Lo leí.

Es imprescindible obtener resultados antes del doce de octubre. Asigno presupuesto suplementario de 40 Mm y espero que esto baste para resolver los problemas. En cuanto a la fase experimental, podríamos acortar los plazos del Proyecto Maya si obviamos la experimentación con animales. Elige el sujeto más adecuado e infórmame de los avances.

Alcé la vista y miré interrogador a Martín. El me devolvió una intensa mirada. Tuve la impresión de que se encontraba bajo los efectos de alguna droga, quizá anfetaminas.

-Y bien, ¿qué te parece? -dijo con un susurro.

-Que hay un proyecto secreto auspiciado directamente desde la central. ¿Por qué tanta preocupación?

-Oh, por nada… -Su tono era irónico-. ¿Por qué voy a inquietarme ante la idea de que se estén realizando experimentos ilegales con seres humanos? -Hizo una pausa y bajó la vista al suelo. Finalmente añadió-: Y también puede ser una tontería pensar que el ser humano con quien se está experimentando eres tú.

Ahora si me había sorprendido.

-Ahí no dice nada de experimentos con seres humanos… -señalé alarmado.

-”Obviar experimentación con animales”. “Elegir el sujeto más adecuado”. ¿Qué más quieres? ¿Pancartas?

-¿Y por qué yo? No se menciona mi nombre…

-Descubrí ese memorándum hace casi tres meses. Al poco tiempo recibimos el presupuesto extraordinario anunciado. Iba destinado a mejoras en el equipamiento informático del Laboratorio 7 y a gastos generales de infraestructura. Me puse a bucear en los programas y bancos de datos relacionados con gastos generales. Y allí lo encontré, un acceso cerrado bajo un directorio etiquetado bajo las iniciales MP. ¿Entiendes? MP, Maya Project. He intentado entrar en ese programa, desgraciadamente en vano. Sin embargo, lo que sí hice fue rastrear todos las conexiones del Directorio MP con otros programas de libre acceso. ¿Y qué me he encontrado? Un pequeño directorio, que no debería existir, en el que figuran todos tus datos, amigo mío. Desde la partida de nacimiento y el historial académico a un completo informe médico sobre tu estado de salud. Estás en el Proyecto Maya, ¿lo sabías?

Negué con la cabeza. Martín se comportaba de forma extraña. Lo había atribuido a los típicos asuntos de política de empresa, pero ahora empezaba a contagiarme su paranoia.

-Esos datos pueden estar relacionados con mi accidente. Posiblemente los necesitaban para el tratamiento.

-Estoy seguro. Pero no como tú piensas. Descubrí el programa con tus datos casi dos semanas antes de tu infección. -Martín sonrió tristemente-. ¿No te has preguntado sobre las extrañas circunstancias en que se produjo el “accidente”? Un congelador misteriosamente descongelado, la caja con el cultivo activo que se cae al suelo en cuanto abres la puerta… ¿Sabes? Al congelador no le pasaba nada. No fue un problema técnico. Ni un fallo de fluido. El congelador sencillamente estaba desactivado. Y la caja de cultivo se encontraba mal colocada porque alguien lo quiso así. Y tu bajaste a los congeladores porque se pretendía que te expusieras a esos virus mutados. Un cultivo del que no hay constancia en ningún sitio, salvo, quizá, en el Directorio MP.

Me levanté y me aproximé a la ventana. La brisa olía a primavera. Una lejana tormenta había vestido el aire de ozono. El aroma a tierra húmeda acarició mi nariz. Me sentía confuso.

-No sé qué decirte… -dije, sin saber que decir.

-¿Has notado algo extraño? -Martín se incorporó-. Desde tu cuarentena, quiero decir.

Suspiré. Y luego se lo conté todo. Le hablé de mis sueños, de mi ansiedad. Le hablé de Helena, mi amor inexistente. Y del hambre. Y de las pastillas que me daba Nanda. Martín me escuchó en silencio y, cuando terminé mi relato, permaneció unos minutos pensativo. Luego se levantó y se dirigió a la salida.

-No le encuentro sentido a todo esto, (?). Pero buscaré la respuesta. No hables con nadie de esta conversación. Estaremos en contacto. -Abrió la puerta y antes de cruzar el umbral, dijo-: Cuídate.

* * *

¿Saben cuando decidí matar a Nanda? El día en que vi por primera vez a un niño de la nueva era, a un niño-Nanda.

Era un muchacho de tres años, de ojos azules y cabello rubio. En otras circunstancias hubiese sido muy guapo. Pero no lo era. Sus ojos albergaban un brillo extraviado que nada tenía de infantil. Babeaba y gruñía. Solo podía pronunciar una palabra: Nanda. Esa era toda su realidad. Y ese era todo su futuro. Aquel niño no era ya humano, era una caricatura siniestra, un boceto del futuro que aguardaba a toda la humanidad.

Pero le vi. Vi como sus padres le obligaban a comer (pienso para perros), apaciguándole con una foto de su dios.

Entonces pensé: “Voy a matar a Nanda”.

Pero, ¿cómo? Su guardia pretoriana es, literalmente, todo el mundo. No hay persona que no esté dispuesta a dar la vida por su dios. El vive dentro de un palacio inaccesible, en una isla del Egeo. Ahora no hay barcos ni aviones disponibles. ¿Cómo llegar a él?

¿Cómo se puede matar a un dios?

¿Cómo?

* * *

Mis vacaciones concluyeron. Me reintegré a mi trabajo en GenCorp. Nanda seguía proporcionándome las pastillas que me permitían mantener a Helena bajo control. No me hacían olvidarla, claro. Simplemente evitaban que se convirtiese en una obsesión. Pero ella seguía estando presente en mis pensamientos. De hecho, había comenzado a fantasear con su imagen. Me sentaba en el retrete y evocaba su rostro; luego imaginaba sus pechos, la delicadeza de su piel, su sexo cubierto de vello rubio, como un retazo de sol. Y me masturbaba.

No era satisfactorio, por supuesto. Pero mitigaba un tanto la pulsión, el hambre que se agazapaba aletargada en mi interior.

Pasaron los meses. El Verano llegó y se fue. El otoño llamó a la puerta. Y todo era irrealmente cotidiano.

De vez en cuando me encontraba con Martín en alguno de los blancos pasillos. El me sonreía, yo le saludaba. Pero no volvimos a hablar del Proyecto Maya.

Hasta el momento en que los acontecimientos comenzaron a precipitarse.

Primero fue la noticia de la candidatura. Henry Dacosta, el dueño y señor de GenCorp, se presentó como candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Algo extraño; nunca Dacosta había participado en ninguna actividad política. Y también sorprendente, porque Dacosta, sin hacer la menor campaña, comenzó a subir en todas las encuestas. Al principio consiguió el uno por ciento de los votos. Luego el cinco. Más tarde el diez, el veinte, el cuarenta, el ochenta por cien de los votos. Personas que jamás habían votado manifestaron su irrefrenable voluntad de ver a Henry Dacosta en la Casa Blanca.

El colmo fue cuando los candidatos del partido republicano y del demócrata afirmaron en un debate público su deseo de votar por Henry Dacosta.

Aquello fue la locura. Sin un sólo anuncio, sin debate alguno, sin hacer ningún tipo de campaña, Dacosta se convirtió en el virtual ganador.

Por eso nadie se extrañó cuando, en noviembre, Henry Dacosta triunfó en las elecciones. Un cien por cien de participación. Un cien por cien de los votos para el dueño de GenCorp. Algo imposible, algo desconcertante. Pero algo real. Y aquello no era más que el principio.

Al día siguiente a las elecciones fui al despacho del doctor Nanda. Se me estaban acabando las pastillas, aquel mágico compuesto anti-Helena. Necesitaba más.

Eran las ocho de la tarde. Nanda se encontraba reclinado sobre su escritorio. A su lado había una botella de whisky medio vacía y él sostenía un vaso lleno de ámbar con hielo. Estaba borracho, y parecía muy feliz.

-(?), amigo viejo. ¿Tú cómo por aquí? -exclamó al verme-. ¿A celebrar vienes victoria de gran jefe?

-No doctor Nanda. Es que…

-¿Un trago de whisky? -me interrumpió con voz pastosa-. Bueno es para elevar el espíritu.

-No, gracias, doctor. No bebo. He venido porque se están acabando las pastillas que me dio la última vez…

-¡Tú no preocupación! -Bajo los efecto del alcohol parecía más que nunca un gnomo juguetón-. Mañana venir aquí y pastillas mágicas preparadas estarán. Fantasmas no te molestarán. Pero, ¡siéntate, siéntate!

Obedecí. Me tendió un periódico cuyos titulares enunciaban la aplastante victoria de Dacosta.

-Un triunfo increíble -comenté.

Nanda dejó el vaso a un lado y me miró unos instantes con… ¿lástima?

-Los americanos como niños son. -Había un barniz de burla en su voz-. La máxima divinidad que concebir pueden es presidencia de su país.

- ¿Divinidad? -pregunté sin entender.

Él me miró sonriente.

-Mañana estarán pastillas -dijo. Y dándome la espalda apuró de un trago su copa.

Las pastillas no estuvieron al día siguiente.

Ni nunca.

* * *

Emiten en televisión un documental sobre las Novias de Dios.

Al llegar la primavera, cada región del planeta debe elegir de entre sus doncellas a la más hermosa para, como en las viejas historias, ofrendársela a la divinidad. Son las Novias de Dios. Jóvenes, a veces niñas, que arden en fervor divino ante la idea de ser fecundadas, violadas, por el gran Nanda, por el todopoderoso Nanda, por el lujurioso Nanda.

El veintiuno de abril, hace tres días, se celebró el Festival que los devotos habitantes de esta región dedicaron a la elección de la Novia de Dios local.

Yo acudí al festival. Había descubierto el modo de acabar con Nanda.

Se había congregado una inmensa multitud en torno a la pirámide truncada erigida por los acólitos de Nanda.

Cuando los sacerdotes presentaron públicamente a la Novia se produjeron los incidentes de siempre. Hay que darse cuenta de que aquella hermosa muchacha de quince años, destinada a mantener una íntima relación con dios, adquiría una naturaleza casi sagrada. La gente quería tocarla, absorber un poco de su divinidad prestada. De modo que al ver aparecer sobre la pirámide escalonada a la niña elegida, la multitud, como un animal ciego, se precipitó hacia ella. Los guardias entraron en acción. Sus ametralladoras también.

Sabía lo que iba a pasar, sabía que las primeras líneas de gente caerían rápidamente bajo el fuego. Sabía también que las filas de atrás continuarían empujando, hasta que los cadáveres bloquearan el paso. Y sabía, finalmente, que los sacerdotes se llevarían a la muchacha por la parte de atrás de la pirámide, donde les esperaría un vehículo. Así ocurría siempre.

Por eso me puse a un lado, alejado del centro de la acción. Cuando el delirio y la matanza se abatieron sobre el festival pude rodear la pirámide, sortear los guardias y encontrarme frente al vehículo que iba a transportar a la Novia.

El rugido de la multitud y el ruido de las ametralladoras atronaban el aire. Los sacerdotes, asustados, no miraban en mi dirección, por eso pude pasar inadvertido.

Pero luego los sacerdotes bajaron de la pirámide, transportando entre sus brazos a la bellísima muchacha. Y entonces me vieron.

Me precipité hacia la chica. Dos sacerdotes se interpusieron en mi camino. Choqué con ellos. La inercia de mi carrera derribó a uno. El otro me sujeto por un brazo.

Había conseguido acercarme a poco más de un metro de la Novia de Dios (que me miraba asustada).

Y entonces la escupí.

Antes de que un joven y vigoroso sacerdote me dejara inconsciente con un hábil golpe de su báculo, pude ver como mi saliva goteaba por el rostro perfecto de la chica, desde el pómulo hasta la comisura de sus labios.

Ahora, en la pantalla de televisión, rodeada por las casi cien Novias que van a embarcarse en un avión para formar parte del harén de dios, he vuelto a ver el rostro de aquella muchacha a la que escupí.

Ella es mi venganza.

* * *

El lunes Henry Dacosta fue oficialmente declarado triunfador de las elecciones norteamericanas.

El martes Jawaharlal Nanda desapareció.

El miércoles una bomba explotó en el Sector M del Hades, el sancta sanctorum de GenCorp. Murieron tres personas y hubo varios heridos. Las decenas de millones de dólares invertidos en el sofisticado equipamiento quedaron reducidos a cenizas.

La policía intervino y las instalaciones fueron clausuradas hasta que se arreglaran los daños. Nos mandaron a todos a casa.

El jueves se acabaron las pastillas.

El viernes mi mundo se convirtió en un delirio alucinado donde no había otro lugar que el destinado Helena, mi fantasma insidioso. Ni otra sensación que el hambre, mi castigo, mi suplicio, mi desesperación.

El infierno en que viví cubría sus paredes con la imagen de una mujer rubia y adorable. Y mi martirio era la atroz ansiedad de un apetito imposible de saciar.

Durante todo el fin de semana no hice otra cosa que llamar por teléfono a Martín. Una y otra vez su mujer me decía que su marido había salido de viaje, que no sabía a dónde, que no sabía con quien, que no sabía cuándo volvería.

¿Y el doctor Nanda? ¿Sabía ella donde se encontraba?

No.

Pero yo necesitaba las pastillas, aquella medicina milagrosa que lograba apartar a Helena de mi cabeza.

Me volví loco. El domingo por la noche destrocé mi apartamento. Estaba a punto de prenderle fuego cuando el portero abrió la puerta y algunos vecinos entraron en mi hogar, cubiertos con pijamas y batas, sobresaltados por aquel escándalo destructivo, armados de miedo, sorpresa y tímidas amenazas.

Salí corriendo de la casa. Me precipité a la calle vacía, aullando como un lobo en celo. Corrí con todas mi fuerzas, intentando dejar atrás la tiranía maniática de Helena, espantar la ansiedad monstruosa, el deseo insatisfecho. Corrí durante no se cuanto tiempo, con el aliento hirviendo en mi garganta y el horno de mis pulmones reventándome en el pecho.

Tropecé. Caí al suelo. Rodé sobre mí mismo. Mi cabeza chocó contra el bordillo. Por unos instantes perdí el conocimiento. Me incorporé mareado. La sangre, como un sirope caliente, se derramó sobre mi cara. La enjugué con el antebrazo. Abrí los ojos. Había caído delante de un supermercado cerrado. Me puse de rodillas.

Y entonces, allí, detrás del escaparate, bajo un cartel de oferta, lo vi.

Mi corazón se detuvo entre dos latidos. Parpadeé. No podía creer lo que estaba viendo. Tenía que ser un sueño, un espejismo de mi mente perturbada.

Pero no, era real. Ante mis ojos, detrás del cristal, se alzaba una columna de paquetes con la imagen de Helena repetida una y otra vez. Allí estaba mi amor imposible, mi delirio pasional, mi mujer deseada, mi Némesis fantasma. Su rostro de terciopelo se repetía decenas de veces, y sobre cada retrato gemelo, su nombre: Helena. HELENA. HELENA.

Con un cubo de basura rompí el vidrio del escaparate. Al entrar en el supermercado me hice algunos cortes con los cristales. Ni me di cuenta. Con la determinación de un naufrago que ve tierra en el horizonte me abalancé sobre las imágenes de mi amada. Cogí un paquete y lo abrí casi a zarpazos. Rasgué la bolsa que se encontraba en su interior. Copos de avena. Cogí un puñado y me lo llevé a la boca.

Oh, dios santo… Nunca había paladeado nada igual, ningún alimento tan delicioso, ningún sabor tan matizado, tan perfecto. Tuve un orgasmo. Mientras la mancha de humedad oscura se extendía por mi entrepierna, seguí comiendo con la compulsión de un bulímico.

Acabé el paquete. Cogí otro: Maíz. Y otro: Arroz. Y otro: Salvado. Y otro: Trigo. Y otro, y otro, y otro, y otro…

Cuando llegó la policía para apartarme de aquel maná providencial, ya había devorado dieciséis cajas de cereales.

¡Qué aspecto debía de ofrecer! La piel rasgada, cubierta de sangre. Rodeado de vómitos y comiendo sin cesar, voraz como una fiera.

Cuando me metieron en la ambulancia el mundo daba vueltas a mi alrededor. Cuando llegué al hospital me encontraba inconsciente.

Cuando desperté ya me habían lavado el estómago.

-¿Cómo puede alguien comerse más de ocho kilos de cereales? -me preguntó asombrado el médico.

-Por amor -contesté débilmente-. Por Helena…

-¿Cómo se encuentra? -preguntó sin prestarme mucha atención.

-Fatal… -musité.

Un grito lejano me sobresaltó. Era como el aullido de un demonio enloquecido.

-Tranquilo. -El médico tenía aspecto de estar agotado-. Hoy parece que todo el mundo se ha vuelto loco. El hospital está lleno de maniáticos religiosos. ¿Puede creerlo? De repente, docenas de fanáticos surgen de todas partes. Pero no se preocupe, aunque hacen mucho ruido no son peligrosos.

Sí lo eran. Muy peligrosos. Pero sólo se trataba del comienzo.

Me dieron un sedante y apagaron la luz de la habitación. Antes de dormirme volví a escuchar aquel grito desgarrador. No era un grito inarticulado; aquella voz rota decía algo.

Decía: Nanda.

* * *

El lunes por la tarde vino a verme al hospital Martín Seoanes. Parecía agotado. Y preocupado. Pero me dedicó una de sus abiertas sonrisas llenas de encanto. Intenté devolverle el gesto, pero mi mente naufragaba de nuevo en Helena; solo pude ofrecerle una mueca crispada.

-Martín -dije-. ¿Dónde está Nanda?

-Ha desaparecido.

-Necesito su medicina…

-Ya lo sé, amigo mío. -Su tono era compasivo-. Estamos trabajando en ello. Tranquilízate.

-Martín… Ya sé quién es la mujer de mis sueños. He averiguado quien es Helena.

-Y yo también. -Bajó los ojos al suelo-. Helena es una marca de cereales para el desayuno.

Me incorporé.

-¿Como lo sabes?

-Es una historia larga. Ahora debes descansar.

-¿Estoy loco, Martín?

-No, no. No lo estás. Todo tiene que ver con GenCorp. Y con el Proyecto Maya, ¿te acuerdas? Maltman me lo ha contado todo.

-¿Maltman?

-Está en mi casa. Escucha: mañana podrás salir de aquí. Vendrás conmigo y te lo contaré. ¿De acuerdo? Ahora descansa.

Pero es difícil descansar cuando se está enamorado. Y mucho más cuando, como a mí me ocurría, se está enamorado de un ser inexistente. O aun peor, de una caja de cereales.

A la mañana siguiente me dieron el alta. Martín vino a buscarme. Había mucho revuelo en el hospital; un fanático religioso, había asesinado a uno de los doctores. La enfermera me dijo que la víctima era el joven médico que me había atendido la noche anterior.

Martín me condujo en coche a su casa. No hablamos mucho por el camino. El parecía agotado, al borde del desfallecimiento. Yo añoraba de nuevo a Helena.

La mujer de Martín nos abrió la puerta. Me saludó con amabilidad, pero su mirada no podía ocultar una intensa preocupación. Imagino que mi aspecto (todas aquellas cicatrices y vendas) no contribuiría a tranquilizarla.

Martín me invitó a pasar a su despacho, una habitación grande y soleada cubierta de librerías. Luego salió un momento. Cuando volvió lo hizo acompañado de David Maltman.

El gran biólogo inglés, el investigador, el premio Nobel; estaba aterrorizado como un niño.

Me miró esquivamente y se sentó silencioso en el otro extremo de la habitación. Martín suspiró y se apoyó en el borde de su escritorio.

-(?), te pondré al día de las novedades en GenCorp. ¿Te acuerdas de la explosión en el Hades? Fue una bomba situada en el Sector M. La tarde anterior un técnico vio a Nanda manipulando el panel eléctrico donde se produjo la explosión. La policía está buscando a ese hijo de puta, pero por lo visto ha salido del país.

-¿Destruyó su propio laboratorio? -pregunté-. ¿Por qué?

-Ya llegaremos a eso. Escucha. Henry Dacosta se convirtió ayer en el dictador de Estados Unidos. Lo ha hecho por aclamación. El parlamento, las masas, el ejército, todos. Le llevaron en volandas a la Casa Blanca.

-¿Dacosta dictador…? -Me asaltó una fuerte impresión de irrealidad; no me hubiese sorprendido que Martín se echase a reír gritándome “¡inocente, inocente!”. Sin saber que decir pregunté tontamente:- ¿Y GenCorp…?

-GenCorp no existe. Dacosta la ha cerrado. Todas las instalaciones están clausuradas. Otra cosa: desde hace un par de días ha aparecido en la ciudad un nuevo movimiento religioso. Sus miembros son gentes de todo tipo: ricos, pobres, católicos o ateos. Son fanáticos. Y adoran a un dios llamado Nanda.

-¡¿Nanda…?!

Martín asintió. Durante unos instantes se mantuvo callado, intentando poner en orden sus ideas. Luego, tras mirar de reojo a Maltman, comenzó a hablar.

-Hace cuatro años GenCorp se encontraba al borde de la quiebra. Había invertido ingentes cantidades en desarrollos de bioingeniería comercial. Un negocio muy prometedor. Pero varias leyes restrictivas habían bloqueado a la compañía. GenCorp tenía los productos biológicos más avanzados, pero no podía comercializarlos. Era un gigante con los pies de barro. Aquella situación estaba ahogando financieramente a Dacosta. Hasta que un día, de improviso, le visitó Jawaharlal Nanda. Para hacerle una oferta muy extravagante. Absurda. Quién sabe, quizá en otras circunstancias Dacosta la hubiese rechazado. Pero en aquel momento era un clavo ardiendo al que agarrarse.

-¿De qué se trataba?

Martín cerró los ojos y se acarició la barba. Por unos instantes pensé que se había dormido. Cuando habló lo hizo sin abrir los ojos, como un sonámbulo recitando un letanía.

-Control biológico del comportamiento. Nanda afirmaba haber descubierto un medio para modificar la conducta humana mediante vectores biológicos. Sólo hacía falta dinero y contar con la colaboración de nuestro querido David Maltman, la máxima autoridad mundial en Eidética.

-Sólo soy un químico ignorante. -Le interrumpí-. ¿Qué es Eidética?

-La ciencia que estudia la memoria. Maltman es un genio, ¿sabes? Descifró el mecanismo de almacenamiento de la memoria en el cerebro. -Se volvió hacia el investigador y le habló en inglés-. ¿Le importaría explicarle a (?) el registro mnémico? Con sencillez, doctor.

Maltman, que no había dejado de agitarse en su asiento, se inmovilizó. Me miró furtivamente, parpadeó y comenzó a hablar con lentitud.

-La clave para comprender las funciones del mecanismo eidético reside en la integración holística del registro sináptico con el engrama bioquímico. A nivel molecular podemos…

Martín le interrumpió con un gesto cansado.

-Parece que este bastardo solo sabe explicar las cosas de la forma complicada. Escucha (?), existen dos clases de memoria: a corto y a largo plazo. La memoria a corto plazo es la que empleas, por ejemplo, para recordar el número del guardarropa, o un teléfono; datos que mantienes unos instantes en tu cerebro para luego olvidarlos definitivamente. La memoria a largo plazo es la que usas para recordar, por ejemplo, el nombre de tu madre, o el vocabulario: cualquier tipo de información que deba almacenarse toda la vida. Cuando hablo de la memoria, me refiero a conceptos, imágenes, palabras, emociones, a cualquier cosa que podamos almacenar y recordar. ¿Entendido? Pues presta atención: la memoria a corto plazo se genera en el hipocampo en forma de campo eléctrico. ¿De acuerdo? A eso se llama engrama bioquímico. Pero si ese engrama, ese campo eléctrico, permanece activo más de diez segundos, entonces modifica la producción de ARN en las neuronas. ¿Y qué es el ARN? Un mensaje codificado que determina la formación y estructura de las moléculas de proteínas. Ahí está la base de la memoria a largo plazo. Los recuerdos se almacenan en forma de proteínas codificadas por el ARN, el ácido ribonucleico. A esto se llama registro sináptico. ¿Está claro?

No estaba seguro del lugar a donde llevaba aquel discurso, de modo que asentí levemente.

-La memoria es al principio un campo eléctrico en el hipocampo -dije, como recitando una lección-. Ese campo afecta a la producción de ARN, y el ARN a la fabricación de proteínas. Esas proteínas reestructuradas son los almacenes de la memoria. ¿Qué más?

-Exacto. Cuanto más tiempo permanece activo el engrama eléctrico, mas ARN se produce y mas proteínas duplican y almacenan la misma información. Cuando memorizamos algo lo que hacemos es repetirlo constantemente; es decir, mantenemos activo el campo eléctrico para que cree muchos duplicados proteínicos. Es como si tuviéramos una gran librería en la que algunos libros solo aparecen una vez; son los recuerdos débiles. Pero otros libros están repetidos varias veces, y cuantas más veces estén duplicados más eficaz es el acceso a la información que contienen, sencillamente porque es más fácil de encontrar. Ésa es la memoria profunda. Huelga decir que son esos recuerdos más intensos, esa memoria a largo plazo, lo que conforma nuestra personalidad, nuestro pensamiento, nuestro inconsciente. -Martín se frotó las sienes y se volvió hacia el inglés-. Maltman ganó el premio Nobel porque logró descifrar el código proteínico de la memoria. Por eso le necesitaba Nanda para sus propósitos, para su proyecto.

-Para el Proyecto Maya -señalé-. ¿En qué consiste ese proyecto? Modificación de la conducta, vale. ¿Cómo?

-¿Ha quedado claro que el ARN hace posible el almacenamiento de la memoria profunda? De forma natural, el ARN es producido según el esquema codificado en el engrama eléctrico. Pero hay otras formas de transmitir un mensaje de ARN. Por ejemplo mediante virus.

-Un momento. Los virus son “paquetes” de ADN, no de ARN.

-No todos. Normalmente un virus no es más que un pequeño fragmento de ADN que se introduce en el núcleo de la célula para obligarla a producir más virus. Pero existen virus que sólo contienen ARN. Estos virus exclusivamente afectan a la síntesis de las proteínas. ¿Entiendes? El mismo proceso que se produce en el cerebro con la memoria profunda. -Martín se puso en pie y comenzó a pasear por la habitación-. Nanda afirmaba que era posible reestructurar la memoria mediante un vector biológico. ¿Qué clase de vector? Una colonia de virus con su ARN codificado. Los virus se introducirían en el cuerpo humano, llegarían al cerebro y su ARN sintetizaría proteínas idénticas a las moléculas que almacenan la memoria.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

-¿Quieres decir que esos virus crearían una memoria falsa?

-Falsa, sí. Pero tan intensa como la auténtica. Más intensa, aún. Los virus se multiplicarán y mientras permanezcan en el cerebro irán sintetizando una y otra vez la misma combinación de proteínas. Irán repitiendo constantemente el mismo mensaje, el mismo “recuerdo”. Y ese “recuerdo” acabará por convertirse en dominante.

Me incorporé y me acerqué a la ventana. El día era frío, pero radiante. Con aquel sol maravilloso en el cielo parecía imposible la pesadilla que se cernía sobre la humanidad. Intenté reflexionar, ajustar todas las piezas del rompecabezas. Finalmente dije:

-Entonces Helena, el hambre, mis pesadillas… Todo lo que me está ocurriendo ¿no es más que el resultado de la actividad de un virus?

Martín asintió. Había tristeza en su mirada.

-Fuiste un conejillo de indias. -Se volvió hacia Maltman-. ¿Por qué no le cuenta a (?) lo que le hicieron?

Maltman se removió en su asiento y esquivó la mirada. Parecía haber perdido la fría voluntad que normalmente le animaba. Ahora sólo era un hombrecillo asustado.

-Al principio trabajamos con cultivos víricos limitados. Introducíamos en el cerebro de los ratones recuerdos de laberintos que nunca habían visto, cosas sencillas. Pero Nanda estaba decidido a construir mensajes muy sofisticados. Construyó en el Sector M un sistema informático tremendamente complejo y lo convirtió en una fábrica de ARN. Podía elaborar mensajes moleculares con el ARN. Aunque llevaba tiempo hacerlo. Sobre todo se tardaba mucho en mutar los virus para convertirlos en vectores ARN. Aun así Dacosta y Nanda decidieron elaborar un mensaje vírico… comercial. Un virus que transportase algo así como un anuncio. Cereales Helena es un producto de una compañía filial de GenCorp. Con malas ventas. Nanda inscribió en el ARN de una colonia vírica una imagen: los rasgos de la mujer que aparece en los envases de Helena. También diseñó un sentimiento: amor. Amor a Helena. Y un ansia: el deseo irrefrenable de comer esos cereales. En resumen: una compulsión publicitaria.

Perdí los nervios. Me abalancé sobre Maltman. Martín se interpuso, intentando calmarme. Acabé llorando sobre su hombro.

-De modo que esa es mi pesadilla… -Gemía como un niño, apenas podía hablar-. ¿Como querían vender cereales? ¿Enloqueciendo a la gente?

-¡No, no! -Maltman se mantenía alejado-. Fue un error. Los virus deberían inyectar su ARN con el “mensaje Helena” y luego morir. Pero no ocurrió así. Los virus permanecieron activos en su cerebro, duplicando el mensaje una y otra vez.

-¿Por qué no voy contagiando a todo el mundo mi obsesión por Helena?

-Fueron virus fabricados sólo para usted. Investigamos su estructura genética gracias a los análisis de sangre.

-Pero, ¿por qué yo?

-Porque usted era joven. Porque no tenía familia. Porque era manejable.

-Luego surgió la idea del “vector presidencial” -intervino Martín-. Dacosta pensó que era mucho mejor destinar las técnicas de Nanda a su beneficio personal que a la publicidad de sus productos. Nanda le fabricó un vector vírico ARN con un mensaje sencillo: “Dacosta es el líder”. Ya has visto el resultado.

-Pero Nanda, ese loco, tenía sus propios planes. -Maltman hablaba con nerviosismo, sudaba copiosamente-. ¡Construyó un vector para él, para su propio beneficio!

Martín dejó caer los hombros.

-Creemos que Nanda diseñó un cultivo vírico con un mensaje ARN muy concreto. Algo así como: “Nanda es Dios”.

-¡Los nuevos fanáticos religiosos! -exclamé.

-Debió probar el vector Maya en algunos barrios de la ciudad. Es muy posible que usase los depósitos de agua para transmitir la epidemia vírica. Ahora empiezan a surgir los resultados.

-¿Que se propone Nanda?

-Nanda salió de España. Antes destruyó su laboratorio. Supongo que para evitar que se reprodujesen sus experimentos. La policía sabe que fue a Inglaterra. Y es muy probable que allí tomase otro avión a quien sabe dónde. -Martín se estremeció-. Creo que está diseminando su colonia de virus por todo el planeta.

-Queda muy poco tiempo -intervino Maltman. Ahora el horror parecía haberle cristalizado en una actitud distante, aletargada-. En unos meses toda la humanidad tendrá un nuevo dios. Nanda.

-¡Debe haber alguna forma de acabar con esa epidemia! -exclamé- Escucha, Martín: Nanda me dio unas pastillas que menguaban los efectos de Helena.

-Estamos trabajando en ello. Pero no podemos resumir el trabajo de cinco años en unas semanas…

-¿Le has contado a alguien esto?

Martín se encogió de hombros. Asintió.

-Pero no me han creído. Y la verdad, no puedo culparlos.

-Nada podemos hacer. No hay tiempo. -Finalmente Maltman se había desmoronado; un brillo de demencia restallaba en su mirada-. Nos estamos convirtiendo en marionetas y no nos damos cuenta. -Sonrió sin alegría-. Somos muñecos en manos de un loco. Muñecos pequeños… Muñecos…

Martín se acercó al ventanal y contempló como su hijo jugaba en el jardín.

-La primera vez que oí hablar del Proyecto Maya pensé en la civilización Maya, ya sabes, en el Yucatán. ¿Sabes que los mayas desaparecieron de repente? Su civilización se esfumó, y nadie sabe por qué… Nanda es hindú, y en el fondo piensa como un hindú. Maya es, para los hinduista, el mundo de la ilusión, de lo ficticio. -Martín permaneció en silencio unos segundos, mirando con ternura a su hijo-. ¿Qué va a ocurrir? -dijo al fin-. ¿Qué va a ser de la gente, de los niños? -cerró los ojos-. ¿Qué le va a pasar a mi hijo?

Y una lágrima resbaló por su mejilla hasta esconderse por entre la espesa barba.

* * *

Pasaron los días.

Cuando los gobiernos se dieron cuenta de que algo extraño y peligroso estaba pasando ya era demasiado tarde. Los fanáticos seguidores del dios Nanda se multiplicaban como una plaga obscena, y su culto se extendía entre la población como lo que en realidad era: una epidemia.

Cuando los gobiernos quisieron darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, ellos mismos eran ya devotos del dios Nanda. Y se acabaron los gobiernos y las naciones.

Entonces reapareció Nanda, manifestándose glorioso como un dios hecho hombre.

Y las masas rugieron de placer. El mundo entero se transformó en una teocracia despótica.

Al cabo de unos meses cinco mil millones de seres humanos adoraban a Nanda.

Pero antes, claro, cuando todavía había personas normales, se produjeron las Revueltas Sagradas. Miles de seguidores de Nanda pasaron a cuchillo a cientos de miles de infieles. Qué ironía; aquellos infieles no iban a tardar mucho en convertirse a la “auténtica fe”. Todo era una cuestión de diferencias relativas en los tiempos de incubación del virus.

En cualquier caso, la mujer y el hijo de Martín murieron a manos de los devotos de Nanda. Aquello le destrozó, pero siguió trabajando, intentando encontrar un milagro, un remedio para aquella enfermedad divina. Hasta que un día vino a verme. Sus ojos eran los ojos de un muerto.

-(?) es muy posible que seas inmune al virus de Nanda. Creo que tu infección con el vector maya, con Helena, te protegerá. Estás vacunado. O eso espero. Te he traído un compuesto que puede aliviarte cuando sufras un nuevo ataque. Si Helena se pone pesada, tómate una pastilla. Pero ha de ponerse muy pesada. Se trata de un cóctel de drogas altamente agresivas. En cada toma se destruirán millones de tus neuronas. Si abusas, puedes acabar como un vegetal. Pero te aliviará.

-¿De qué está hecho?

-En el frasco encontrarás la fórmula. Contiene litio, codeína, endorfinas, inhibidores de la fosfodiesterasa, benzodiacepinas, anisomicina, estimulantes centrales y marihuana. -Fingió una sonrisa-. También le he puesto vitamina C, para que no te acatarres. -Me dio una suave palmada en el hombro y se dirigió a la puerta. Antes de irse me miró fijamente y dijo-: ¿Sabes una cosa? Yo también creo en Nanda. ¿Entiendes? Sé que Nanda es Dios, estoy infectado… Es gracioso, ¿no? (?), hazme un favor: mata a ese bastardo. Si puedes, mátalo.

Y se fue a su casa; y allí, rodeado de sus recuerdos, se suicidó.

¿Qué fue de mí? La civilización se desmoronó. Los seres humanos sólo vivían para adorar a Nanda, todo lo demás carecía de significado. Pero yo estaba vacunado. Probablemente era la única persona cuerda que quedaba en el mundo, si es que se puede llamar cuerdo a alguien que está enamorado de un paquete de cereales.

Las ciudades se convirtieron en cloacas, las personas murieron por millones.

Me aprovisioné de copos de avena y de maíz, de arroz inflado y de salvado. Mientras comiese regularmente su marca de cereales, Helena se mantendría razonablemente a raya.

Y fui a la montaña. Allí permanecí dos años y medio.

Luego se acabaron los cereales. Tuve que abandonar mi refugio para buscar más.

Entonces, entre los restos de aquella humanidad violada, vi a los niños. Subnormales sin cerebro de labios babeantes que, desde la cuna, ya pronunciaban el nombre de dios. Y eso, el nombre de Nanda, era lo único que podrían llegar a articular en su vida. Así eran los estragos que el virus de Nanda ocasionaba en un cerebro virgen. Literalmente lo arrasaba, llenándolo de su mensaje e impidiendo que cualquier otro conocimiento anidase en aquellas pobres neuronas infantiles.

Decidí matarle. Por los niños, por Martín y por mí.

¿Pero cómo? Sabía que Nanda tenía su abyecto palacio en alguna isla griega (un lugar lógico para un dios). Pero ignoraba en cuál. Y, aunque lo supiese, tampoco tenía forma de llegar allí. Y aunque llegase, ¿cómo matarle? ¿Cómo acabar con un dios?

Vagué por un mundo enloquecido, lleno de pústulas y de putrefacción. Las personas eran caricaturas de seres humanos. Autómatas híper religiosos de beatitud compulsiva.

Y luego vi las masacres de mujeres. Y el canibalismo.

Los padres llegaban a comerse a sus propios hijos.

Y los hijos a sus padres. Todo era indiferente.

Tenía que matar a Nanda.

Pero, ¿cómo?

Un día, mientras buscaba cereales entre las ruinas de un supermercado, encontré un bote de insecticida. Era una de las patentes de GenCorp.

Y me quedé ahí, entre las ratas, mirando fijamente aquel espray y pensando. Pensando…

Entonces di con ello. Descubrí el modo de acabar con Nanda. Era sencillo, siempre había estado ahí, a mi disposición.

Volví a la ciudad donde había vivido antes de que Nanda sodomizase a la humanidad.

Fui a GenCorp.

El corazón me dio un vuelco: el edificio estaba en ruinas. Pude averiguar que un bombardero de la flota de dios había dejado caer sobre el laboratorio sus huevos de fuego. Supongo que Nanda quería romper con su pasado.

Pasé meses apartando escombros, buscando el camino de mi venganza. Lo único bueno de estos tiempos es que, hagas lo que hagas, nadie se interesa por ti.

Finalmente lo encontré. Hallé el hueco de un ascensor que conducía hacia abajo, hacia lo único que quedaba de GenCorp. Y bajé por aquel túnel estrecho, y cuando llegué a mi meta, el rumor de los ronroneantes motores y la calidez de mil reflejos escarlata me saludaron.

Los sistemas de seguridad habían vencido a las bombas de dios. Los congeladores que guardaban la cosecha de GenCorp seguían en funcionamiento, conservando sus frutos en los gélidos brazos del nitrógeno líquido.

Pero de todos esos frutos, de entre todas aquellas maravillas de la ingeniería genética, ¿qué era lo que buscaba?

¿Recuerdan el Cultivo 36-J?

La viruela rediseñada, la Súper Viruela. La obra maestra de Jaw Nanda.

“Un estornudo, y el fin del mundo”.

Oh, con que ánimo feliz estudié en el ordenador los períodos de incubación del virus, sus mecanismos de propagación. Con que mimo descongelé el cultivo (como una comadrona atendiendo un parto delicado).

Con que alegría me inoculé aquella enfermedad mortal e imparable.

Para luego, unos días después, en el momento adecuado, dirigirme al Festival de las Novias de Dios. Y escupir en la cara de aquella pobre muchacha, contagiándole la enfermedad que, como un martillo, aplastará a una humanidad que ya está muerta en vida.

Ah, sí. Yo también moriré. Pero será una muerte feliz.

Porque Jawaharlal Nanda caerá conmigo, víctima de su propia creación.

Esa será mi venganza.

Por los niños, por Martín y por mí.

* * *

Mi amor por Helena se acrecienta segundo a segundo. Imagino el virus mutado inyectando su ARN en mis neuronas, almacenando una y otra vez la imagen de esa mujer esquiva, obligándome a amarla, llenándome de una ansiedad extrema y provocando en mí una hambre inhumana.

Me he tomado el compuesto que me preparó Martín. Todo. Ciento veintitrés pastillas.

Creo que será suficiente para arrasar mi memoria, para borrar de ella no sólo a Helena, sino también todos mis recuerdos, todo lo que soy.

La superviruela me matará. Seré su primera víctima. Luego me seguirán unos cuantos miles de millones de individuos. La raza humana quedará borrada del planeta. Pero yo no estaré allí para verlo. Antes de que la fiebre me consuma y las llagas laceren mi carne, mi cerebro se habrá ido.

Habré roto la pared de hielo del recuerdo y no seré nada. Quizá sólo polvo dispersándose entre las ruinas de la memoria.

No recuerdo quien soy. Ni que hago aquí. Hay un texto en el ordenador, pero me siento demasiado cansado para leerlo.

¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?

Debería preocuparme, hacer algo, moverme… Pero he olvidado como se hace.

Mi memoria parece hecha de jirones de niebla agitados por un vendaval. Todo se dispersa, sólo un recuerdo permanece nítido: una mujer llamada Helena. Puedo ver con precisión sus rasgos perfectos, la piel clara como la leche, el azul profundo de su mirada, la dorada cosecha de sus cabellos.

Helena… ¿Quién será? Quizá mi esposa, o mi amante.

No lo sé.

Ap nas p do mov r m c rpo. ¿Cómo s hac ?

Cr o q lo h olv dado.

M par c q        h olv dado tambi n alg nas l tras.

Ya nada t n s nt do.

Salvo m amor por H l na.

© César Mallorquí
Reproducido con permiso del autor

Estar tres
Susana Vallejo

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Ante los ojos del capitán Ernesto se desplegaba el inmenso ventanal de la nave Madre. Contemplaba el lejano Planeta Amarillo tenuemente iluminado por el punto rojo que era su único sol.

Se estaban aproximando al horizonte de sucesos.

—¡Menuda jornada! —exclamó— ¡Primero se avería el estabilizador derecho, luego perdemos combustible, en tercer lugar la carga se está pudriendo, y encima los yeexos me… ¡están comiendo un pie!

—¿Con esto quiere decir, señor, que nos será imposible llevar a cabo nuestra misión investigadora del horizonte de sucesos? —preguntó un personaje Secundario que cumplía dos funciones a la vez: informaba al lector de qué iba el cuento en pocas palabras, y además era negro, con lo que se conseguía una buena impresión de historia interracial.

En segundo plano se podía observar a Ernesto aplastando a los yeexos con su reciente muñón.

—|Por favor, Secundario, llame al doctor Strange!

—Señor; sí, señor.

Apenas Secundario pulsó el botón de llamada, la nave Madre comenzó a vibrar. Las botellas temblaron, los cigarros cayeron de las bocas y los yeexos del techo, los caballos se desbocaron y todos rodaron por el suelo.

—¡Ay, madre!

Los instrumentos mostraron cómo la nave se desviaba anormalmente de su ruta:

5 g’s de presión

150 parsec/min

1/2 rad/m

15 horas 31 minutos 26 segundos

Temperatura 80 y bajando

¡El pollo está en su punto!

El Dr. Strange entró en Control Central tambaleándose; no dejaba de apretar un puro entre los dientes, casi tan negro como su imponente mostacho.

—¿Qué ocurre, capitán?

—A mí nada —dijo el jefe, improvisando una muleta—. Atienda a Secundario. —Sus pies asomaban por debajo de un enorme armario.

—Creo que es demasiado tarde, capitán. Ha muerto… —Y sus ojos, a la sombra de sus gruesas cejas, temblaron de la emoción tal y como ocurre en los dibujos animados japoneses—. Por cierto que le ha quedado una muleta muy bonita, se nota que es usted el héroe. Le deseo toda la suerte del mundo.

En ese momento Toda la Suerte del Mundo se sintió empujada hacia un lugar no muy lejos de aquella porción del Universo. Pero Ernesto, que era muy hábil (no en vano se había hecho una linda muleta de acero y platino al 50%), pudo atrapar un poquito de ella y se la metió en el bolsillo, donde quedó pegada a un chicle usado.

El doctor fumigó a los yeexos que habían caído del techo y llevó los restos de Secundario al Crematorio.

Gracias al cielo todo estaba preparado: los altavoces rugieron y toda la nave se inundó con los suaves acordes del Himno Estelar. Algunos tripulantes se pusieron la mano en el pecho y posaron serios; otros, siempre de pie, cruzaban las manos a su espalda, pero la mayoría las colocaba protegiendo sus partes. De todas formas no importaba, no era un partido decisivo, y el campo no estaba en óptimas condiciones.

—Informe de daños, nave Madre —bramó Ernesto.

—Señor; sí, señor: muertos: 120 —dijo una típica y dulce voz femenina—. Un ataque cardíaco, 13 por golpes y contusiones, 10 asesinados, 80 devorados por los yeexos y 7 suicidios. Heridos: 230, 50 graves y el resto leves. —Llegados a este punto, Ernesto tuvo que forzar sus neuronas para realizar una complicada operación matemática—. Daños en el ala de estribor, perdido el motor C, el tren de aterrizaje abollado y el líquido de frenos a cero. Estamos a punto de penetrar en la zona del agujero negro Pozo de los Infiernos. Tiempo estimado hasta la destrucción total: 1 hora, 30 minutos, 10 segundos. ¿Vuelvo a programar el Himno Estelar, señor?

—No, que no cunda el pánico —murmuró Ernesto.

El pánico por supuesto no cundió; sólo cunde el arroz al cocerlo. En cambio el pánico y los champiñones no cunden nada. Más bien encogen.

—¡Atención, tripulación! Las cosas están bastante feas. ¡Los de la Sección de Inventos  Salvadores Improvisados, a ver si se os ocurre algo! Y por favor, que nadie me venga con mandangas.

El silencio lo cubrió todo con un manto de muerte. Pasaron cinco minutos.
Pasaron 7 minutos.

Pasaron un 25, un 39 y algún otro autobús.

Pasaron dos huevos por agua en la cocinita de gas.

Pasaron demasiado los filetes.

Pasaron los indios y lo arrasaron todo.

Pasaron las lluvias.

Pasaron más minutos. La tensión crecía por momentos. El sudor perlaba la frente de Ernesto, algunas gotas le caían sobre el cuello del uniforme. Eso sí, las gotas ponían mucho cuidado en caer a cámara lenta, que siempre queda mucho más impresionante. De un momento a otro la atmósfera podría cortarse con un cuchillo de Sheffield (pedidos al 903 444 36 21. Visa, 4B y American XPress. Thank you, Sir).

De improviso los paneles se abrieron y el padre Jonás entró en la cabina. Lo acompañaba Terrier, su inseparable loro. En ese momento le picoteaba la cerilla de la oreja al religioso de la Orden del Sello del Oráculo de Jerusalén de los Últimos Días de Antes del Holocausto de Narices. La casulla del padre Jonás estaba más sucia de lo habitual por los excrementos de Terrier.

—Señor; sí, señor. —dijo— Como representante de la Sección Religiosa, me gustaría que me diera su permiso para preparar las almas de todos los tripulantes.

—He dicho que nadie me venga con bobadas.

—Perdone, señor; si, señor —interrumpió el Segundo de a Bordo—. A mi sí que me gustaría. mi alma es importante, al igual que las de los no nacidos.

—Calma, Segundo.

* * *

Entonces mi Amo Jonás le dio una galleta y la bendición al Segundo. Yo vi que era crujiente  y dorada y sabrosa. No, señor, la bendición no, señor; la galleta. Y quise ir a por ella, pero el Amo me frenó y el Segundo me miró con cara de asesino, y vi el pollo ya frío en el horno y pensé que no, que quizás sería mejor que la galleta siguiese su camino y yo el mío, amarrado al hombro de Jonás. Así que el capitán siguió esperando, y luego todo empezó a temblar y yo volé a donde pude, y sabía que en la cámara de gravedad cero estaría a salvo por su estratégica situación en la nave, y fui hacia allí, y mi Amo vino detrás y detrás suyo el capitán Ernesto. ¡Ah, sí señor! No sabía que fuese importarte llamarse así. Pues me alegro mucho, señor. Y, verá, casualmente la puerta se cerró después de que entró el capitán, y viajamos hasta durante una semana, según creo, en la esfera hasta que nos encontró el carguero Xtress y me rescató y me trajo a Comandancia, señor. Y no tengo nada más que añadir… ¡Oh, no, señor! Y nunca supe cómo se cerró la puerta, un pobre animalito como yo no se fija en esas cosas… No lo sé, señor. El vacío siempre sienta mal a mi especie, no podemos volar en él. Yo permanecí en estado catatónico toda la semana. ¿Ah, no? ¿Los médicos no lo han podido demostrar? ¡Cuánto lo siento, señor! Pero es la verdad, señor. Se lo juro por la blanca casulla de mi bienamado Amo Jonás.

* * *

Cuando el flan de Control Central comenzó a temblar, Ernesto supo que el Fin se aproximaba. Su mayor duda en aquel momento fue si sería un FIN con mayúsculas en castellano, o un The End en inglés. Levantó los brazos dispuesto a tirar de la sirena de alarma y del freno de emergencia; ese gesto excitó sobremanera a los yeexos del techo, que vieron cómo una suculenta comida se les acercaba. Los más golosos se desprendieron de la seguridad de los paneles para hacerse con los pedazos más sabrosos y divertidos.

—¡Oh, no! ¡Las manos no! —Y Ernesto se sacudió a las voraces bestezuelas. Con su único pie alcanzó el fumigador y masacró a los yeexos (Sociedad Protectora de Especies Extraterrestres: 903 455 56 67).

* * *

230 C.I, señor. Por esta razón fui elegido para volar en la misión Pozo del Infierno. Y por mi capacidad para el leguaje, por supuesto. Con permiso, señor, AAARJJJ, ¿ha visto qué lengua más gruesa y negra tengo? Ni siquiera ceceo.

* * *

[NOTA HARD: la nave se aproximaba al horizonte de sucesos del Pozo del Infierno. El capitán se enfrentaba al problema de la falta de energía para salir de su zona de influencia gravitatoria (cualquier parecido con Pórtico y sus derivados es pura coincidencia). Si lograse enviar la mayor parte de la nave hacia el agujero, la parte restante sería eyectada hacia fuera. Cuanta mayor masa consiguiese meter en el agujero, mayor energía ayudaría a salir a la otra parte. –Sea como fuere quien parte y reparte, se queda con la mejor parte-].

Rápidamente Ernesto, que no era tonto (por algo era capitán y lo había conseguido sin enchufes), lo vio todo claro;

—¡Atención, tripulación! —gritó por megafonía— Todos a babor, rebajas en la Sección Navidades Felices.

Y la muy bien entrenada tripulación empezó a recorrer los pasillos hacia aquella zona. Poco a poco la masa se fue desplazando.

Control Central y la cámara de vacío se encontraban a estribor.

Terrier contempló de pronto la esfera de gravedad cero y comprendió la jugada. Su cerebro de ave psitácida de la antigua América del Sur, caracterizada por su plumaje verde con plumas encarnadas en alas y cola, y que puede alcanzar más de 50 años de vida, había discurrido acertadamente. Abandonó el sucio hombro del padre Jonás, apretó rápidamente el botón de desconexión de la cámara y salió volando (y no es una figura retórica) hacia estribor.

—¡Terrier, Terrier! ¡Por ahí no! —gritaba Jonás.

Pero el dinosaurio volante (aprovechando la moda: hay que decir que las aves son los descendientes más directos de aquellos bichos; y no los antiguos políticos como algunos creen) siguió directamente hacia la cámara.

—¡Terrier, mi vida! ¡Vuelve aquí! —Y salió corriendo tras su loro.

Un nuevo temblor sacudió las entrañas de la nave, especialmente el hígado y el bazo.

—¡Padre, padre! ¡Déjelo! ¡Tenemos que ir a babor! —gritaba entre el estruendo Ernesto. Con un ágil salto alcanzó la sotana del religioso.

La tensión de las fuerzas en conflicto se encontraba en su punto álgido. La tensión de la tela de la sotana también. Y la del capitán Ernesto. Y la de las torres de electricidad que pasan por encima de los patios de los colegios.

Por un momento todo pareció congelarse; era cuestión de gramos que la nave encontrase su equilibrio. Por un lado pudo más el algodón negro que la fuerza del capitán. El padre Jonás corrió detrás de Terrier, y arrastró a Ernesto por los suelos, agarrado a su sotana.

El padre Jonás penetró en la cámara de gravedad cero tras Terrier. Las puertas comenzaron a cerrarse, amenazando con pillar las piernas al capitán. Pero finalmente, como le faltaba un pie, entró del todo; y su muleta de acero y platino al 50% sólo hizo un ligero “click” contra los paneles al cerrarse.

En este momento las fuerzas en conflicto tomaron una determinación, aunque los sindicatos de opusiesen.

—¡¡No!! ¡¡Nooo!! —gritó Ernesto.

Justo entonces el peso quedó distribuido.

El agujero negro engulló la nave y su masa, la cámara de gravedad cero salió disparada hacia las profundidades del espacio. Una vez liberada de la nave Madre y de su aceleración, la cámara alcanzó realmente la gravedad cero. Porque es de todos bien sabido que cualquier tipo de aceleración de ese calibre produce una mínima gravedad, que hace imposible crear un vacío.

* * *

No, señor. Me niego a relatar con detalle todo lo sucedido en la cámara durante el tiempo que permanecí consciente. Lo siento. ¿Instigación al asesinato? ¿Yo? Yo no pude matarles. Mis alas estaban inutilizadas en la gravedad cero. Las garras ¿insuficientes? ¡Ya lo sabía yo, señor! Pero mi religión y mi gran sentido de la lealtad hacia mi Amo Jonás me impiden hablar. Me acojo a la CCXXXII Enmienda de los Derechos de los Viajeros y Navegantes Espaciales, y al artículo 345 de los Derechos de los Animales en Viaje Galáctico. ¿Cómo?… Preferiría, señor, que no se dirigiese a mí en esos términos. Hiere mi sensibilidad.

* * *

—¡Oh, no! ¡Padre Jonás! Nos alejamos del Pozo. ¡Mi tripulación!

—Dios tenga piedad de sus almas.

—Tú calla, pajarraco inmundo. Y usted, padre, guarde ese botafumeiro, que me va a dar en la cara. ¿Sabe qué es lo que más me jode de este asunto? —exclamó melancólico el capitán, flotando en la nada—. Que esto me ocasionara un trauma psicológico tan grande, que no podré superarlo jamás. Sniff, buaaa,,.

[Nota del Autor: esto tampoco tiene nada que ver con una conocida novela de F. Pohl].

* * *

¿La convivencia? Difícil, muy difícil, señor. Un espacio tan cerrado, pequeño. Sólo tres seres vivos en él.

* * *

—¿Sabe, padre? Nunca me había fijado, pero tiene unos ojos preciosos.

—Háblame de tú, capitán.

—Llámame Ernesto, por favor.

Y sus manos consiguieron tocarse en un cálido fundido.

FUNDIDO

[Nota del Autor: es falsa la publicidad que dice que funden bien los quesos en sabanitas. El queso que mejor funde no es ese, sino el natural. Mejor no poner a las pizzas queso en sabanitas].

ABRE FUNDIDO

La tenue luz del Planeta Amarillo iluminaba la esfera de gravedad cero, que flotaba a la deriva por el espacio.

Los cuerpos de Ernesto y Jonás se entrelazaban en un bonito contraluz (si hay una buena fotografía, el espectador acepta más fácilmente las escenas escabrosas).

El padre Jonás, despojado de su hábito, abrazaba al capitán, que le daba la espalda. Con una mano le acariciaba las tetillas, con la otra los testículos.

Ernesto tenía un pecho musculoso y peludo. Jonás no. Más bien parecía una pescadilla hervida.

Pero, ¿por qué el capitán se dejaba dominar pos Jonás?…

Cuando Ernestito era un niño de tres años, pidió a su mamá una chocolatina rellena de menta con cromos 3-D. Su mamá le dijo que no mientras hojeaba una revista porno del National Geographic. Aquel trauma supuso un grave golpe para Ernesto. Desde entonces asociaría satisfacción-frustración-sexo-hombres-culpa. Se convirtió en homosexual y además masoca.

Por su parte, Jonás era un adolescente lleno de granos, feo y tímido, pero le gustaban las chicas a rabiar. Un día pidió a Sonia, otra adolescente granosa, pero con dos tetas redondas, grandes y hermosas, que le hiciese una paja. Sonia no sólo se negó, sino que además le llamó “feo, gordo y baboso”. Sonia llevaba una crucecita colgada del cuello. Desde entonces Jonás se hizo bisexual; dos semanas después ingresó en un convento.

* * *

Ernesto jadeaba de placer. Sentía a Jonás muy dentro de él. Cada vez que el padre empujaba, el efecto, en la cámara de gravedad cero, hacía que saliesen despedidos hacia las paredes esféricas. Ernesto se aplastaba entonces la cara contra los cristales. Eso le arrancaba gritos aún mayores de placer. El padre no lo soltaba. Aunque delgadito, era fuerte. Seguían rebotando de lado a lado, ante la impávida mirada de Terrier, que prefería pensar en sus propias cosas y procuraba no enredarse con la sotana, muleta,  botafumeiro, calzoncillos y uniformes que flotaban alrededor.

—¡¡Terrier!! ¡¡Terrier, muérdeme!! —gritó Ernesto.

—¿Es una orden, señor?

—Sííí… —contestó el capitán, con voz desfalleciente.

—¿Dónde, señor?

—¿Es necesario que lo es especifique, bicho repelente?

* * *

No, señor. No sé nada. Le repito que me encontraba en estado catatónico. No sé nada de restos de… ¿qué señor? ¿Semen, señor?

* * *

El semen derramado flotaba en la cámara en forma de esfera babosa. Terrier intentaba evitarla. Los cuerpos de los amantes flotaban (no olvidemos el bonito efecto de contraluz del Planeta Amarillo). La luz producía lindos efectos sobre las gotitas de sudor que adornaban el pecho peludo del capitán, y que rápidamente salían volando.

* * *

¿Sangre, señor? ¿Sangre? ¡Qué desagradable! Yo no sé nada, señor, Yo estaba en estado catatónico.

* * *

Un movimiento se iniciaba en tres lugares a la vez: en la entrepierna de Ernesto, en la de Jonás y en el collarín del padre. Tras varias horas en gravedad cero, la biología del yeexo polizón se hace a las nuevas condiciones de vida. Su instinto le hace dirigirse hacia la carne más caliente y próxima. De manera que inicia la maniobra y sale de su escondite en el collarín de la sotana.

—¡Aarrjjj! —gritaba Ernesto, en un increíble alarido de agonía y placer.
—¿Qué te ocurre, querido? ¿Qué…? ¿Oh, no! ¡Un yeexo!

Ante los sorprendidos ojos del padre, la polla del capitán se convierte en un guiñapo sanguinolento.

—¡Jonás, me muero! Quie… ro… que… se… pas… que… te… quie… ro… por… siem… pre… ¡Aarrjjj! —una beatifica sonrisa iluminó su muerto semblante.

—¡No, por favor, no! ¡Terrier, es terrible, 44 años he tardado en encontrar un hombre de verdad. Mi amor… para perderlo así… No lo puedo soportar —exclamaba entre sollozos el religioso, mientras el yeexo ya estaba devorando los intestinos.

La sangre en pequeñas gotitas esféricas se elevaba hasta llegar a los cristales, donde con un dulce ¡pluff! estallaban, dejando unas pringosas y bonitas estrellas escarlatas (”Juro que no volveré a pasar hambre, ¡lo juro!” Na-na, NA-naaaa, na-na, NA-naaaa…).

—¡No, Ernesto! ¡Así no!

Presa de la desesperación y la histeria (que no sólo ataca a mujeres, según se podría desprender del numeroso material audiovisual que consumimos habitualmente), el padre Jonás cogió lo que tenía más a mano, es decir, el crucifijo que flotaba alrededor de su cuello, y como un perfecto samurái se lo clavó donde buenamente pudo.

—¡Adiós, mundo cruel! ¡Espérame, Ernesto, voy contigo!

La visión de tanta sangre excitó al yeexo, que comió aún más rápido. La cantidad de alimento era tan enorme que pronto se llenó su estómago. Pero su metabolismo no estaba programado pare dejar de alimentarse. Así que comió, comió y comió… hasta estallar en un millar de esferitas de tripitas verdes—propias de su especie—. Alguna de ellas fue a chocar contra Terrier, que flotaba en su siesta—inevitable tras un combate de ejercicio sexual—, pero como el color de las tripas hacía juego con el verde de sus  plumas, no se preocupó lo más mínimo y siguió durmiendo.

* * *

¿Héroe, señor? ¿Único superviviente? Es un enorme honor para mí. No, señor, no: enorme sin hache y honor con hache. De nada, señor. Siempre a sus órdenes, señor… ¿Dónde? ¿Dónde quiere que le muerda, señor?

© Susana Vallejo
Reproducido con permiso del autor

Sexto informe de la vida flotante
Francisco Javier Pérez

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Un tipo entra en un bar y…

Estuvo esperándote todo el día aquí, mujer. Despierto toda la noche. En el Piazzenza, un restaurante italiano cualquiera, de cartón piedra y Chianti y manteles a cuadros blancos y rojos. El resto de parroquianos, magnetizados y derivando ahora a su alrededor, ahora en diagonal, sin punto de pivote. Cristo Feral —sabes de quién estoy hablando—, él, clavado toda la noche aquí, esperó bebiendo tu recuerdo en forma de tinto afrutado que apacigua la carne y blanco pescador que le llenaba las pupilas de estrellas. Lentejuelas pusilánimes en plata forraban la segunda piel del vestido de noche Burdeos de una exagerada pero atractiva señorona de provincias. Rotunda, rubia de peluquería, embutida en brillo y estridente sólo lo justo como para evidenciar una revolución de más en el cuentavueltas de su entusiasmo. Sobre fondo de tarantela apta para todos los públicos, Cristo en la pausa de una segunda venida, prestando atención a la Provinciana: digamos que el marido le dice «ya te dije que te iba a gustar, los italianos de la capital no son como esas pizzerías de mierda del pueblo; vale que no te saco tanto como quisieses, pero cuando lo hacemos, lo que hago, hago que valga la pena, ¿no?», porque, vamos a ver, para todos éstos las palabras son importantes, la única herramienta con la que interpretar el entorno que alguien se tomó una vez la molestia de enseñarles; suerte que yo te tengo a ti como tú me tienes a mí y los dos podemos intercambiar ítems multifuncionales con los que implementarnos y alterar el continuo inmediato. Y es que aún estando tan borracho como estaba, todo lo que hacía, todo lo que hizo a continuación, por tremendo que fuese, iba dedicado a ti. Eras su hipervínculo y tú le dejaste tirado y a merced de los francotiradores. Hija de la Luna, ¿por qué tan tarde? La Provinciana y su provinciano marido se dieron un recatado beso por encima de los platos de antipasto que tenían delante. Cristo apartó la vista y se topó con su reflejo en el aluminio pulido de las puertas de la cocina. En sus pómulos se empezaba a apreciar una primera señal de cambio. Manchas de hueso amoratando músculo bajo la piel a base de fricción. Los Provinciano serían los primeros en caer, sin duda. Pero aún quedaba mucho para completar la transformación, y quizá tu llegases antes, después de todo. La entrada del local bostezó una ferrosa brisa de frío compacto y no fuiste tú la que entró sino un grupo de dos chicas y un chico. Ellas, frágiles y disimulando una cojera blanda como abrazadas a la farola de la poca serenidad que les quedaba después de más de una cerveza de más de merienda en estómagos vacíos. Él, un poco mejor, resuelto, se encargó de pedir una mesa para tres. El vestigio reptiliano que era una voz en la cabeza del chico susurrándole que todos los machos en el restaurante le tenían envidia porque a él le acompañaban dos mujeres y las posibilidades que se podían permutar de ese hecho eran casi infinitas, dictaba sus movimientos, su fraseo, cada gesto, un silbido, un vistazo a Cristo Feral —la mesa que el trío ocupó se encontraba a menos de seis pasos de la de él—, el bloque de piececitas encajables de gelatina que el chico construyó entre ambos bien podría cortarse con un cuchillo. Eso era lo que pasaría. Feral, Cristo modificaría la densidad y la longitud de los cúbitos en ambos antebrazos, transformándolos en cuchillas que sus correspondientes radios, una vez duplicado su tamaño e incrementado el índice de torsión y el peso, soportarían y anclarían al esqueleto con contrafuertes con la dureza del cemento, ayudado por tendones como cables de acero en un puente colgante. Saltaría de su silla y caería sobre el chico y lo evisceraría en apenas tres movimientos, dos cortes en aspa, una media luna abierta en el bajo vientre por la que se derramaría entero el intestino grueso, entreteniéndose en el asesinato lo que fuese necesario hasta que sus mandíbulas acabasen de reconfigurarse e hiciesen crecer dos hileras de colmillos con los que desgarrar a mordiscos a las acompañantes de su víctima. Para limpiarse la sangre en la que consecuentemente acabaría embadurnado después de la violenta escaramuza, Cristo probaría algo nuevo: mandaría a todas sus células desatomizarse a la vez, manteniendo al mínimo el coeficiente de información y los patrones de reminiscencia que las permitiese volver a alinearse más tarde, transmutándose en neblina letal inteligente que el matrimonio pueblerino de un poco más allá aspiraría por accidente mientras hiperventilan de puro terror tras la escena recién vivida. Desde dentro, les gangrenaría los pulmones y nadaría en sus flujos sanguíneos, pateando glóbulos rojos hasta partirlos por la mitad y provocando un genocidio de proteínas y batiéndose en duelo tramposo con una armada de glóbulos blancos—porque, si Cristo era capaz de hacerse nube tóxica, bien podría también duplicarse en múltiples yo microscópicos armados con pistolones de antibióticos—, se mearía en sus riñones como un acto de justicia poética, haría un fardo con sus cuerdas vocales usando una arteria para mantenerlas atadas y así ni siquiera podrían pedir ayuda… Mira por dónde, los Provinciano no van a ser los primeros, después de todo, pero sí que van a sufrir más que nadie. Todo aquello, por supuesto, si acaso no llegabas tú antes. Cristo tenía una erección. Mesmerizado por las más terribles vías probables de actuación futura, ni siquiera era capaz de precisar cuándo se le había empezado a inflamar la entrepierna. Si hubieses aparecido por el restaurante, si lo hubieses hecho mucho antes de lo que lo hiciste, seguro que os hubieseis reído a gusto cuando te lo explicase. Tenía ganas de ir al lavabo, pero no le quedaba más remedio que esperar a que se le pasase el arrebato. Un camarero espigado y pálido, de negro como el resto de los empleados del local, que lucía un tatuaje carcelario de tres puntos en isósceles grabados en la base del pulgar de la mano izquierda, pasó junto a él. Cristo pidió otra botella. Nada para comer. Estaba esperando a alguien y no, no quería entretenerse picando. Se acordó del teléfono móvil. Se acordó de lo poco que a ti te gustaban y que, a pesar de ello, te habías comprado un modelo con casi tantas funciones como el suyo porque no soportabas la idea de quedarte rezagada. Chequeó los mensajes, las llamadas al contestador y los correos electrónicos. Mientras se cargaban los protocolos del 3G portátil, abrió la estúpida aplicación de dibujo y garabateó una telaraña con el stylus sobre la pantalla táctil. Ningún mensaje, por ningún canal. Pero la telaraña se iba a quedar ahí. Era el primer archivo de dibujo que guardaba en la giga y media disponible en la memoria del teléfono. Una telaraña que recordaba ligeramente a una fractal, en cuyo centro estabais tú y él, moscas mutadas de ojos blancos esperando a la araña de una sociedad que les teme y les odia a partes iguales —¿recuerdas tú aquellas discusiones eternas en el laboratorio, sobre cómo los cómics de superhéroes habían ensuciado de tal modo la mezquina cultura popular imperante que os hacían quedar a ti y a los tuyos y a los suyos como gilipollas recalcitrantes en mallas y con escotes abiertos hasta el ombligo?—, otras moscas alrededor, igual de atrapadas pero desde luego no tan especiales: las dos Zorritas Borrachas y el Chico Reptiliano de cuyo brazo metafórico iban colgadas y los Provinciano y el Camarero Taleguero y ese hombre con aspecto de tambor simpático en una esquina de la telaraña a cuadros rojos y blancos, el que ya había pedido la cuenta tres veces y aun así no le hacían caso, y todos los demás… Centrémonos un momento en el Hombre Tambor, por favor. Bien podría pasar por uno de los técnicos que se encargaban de vuestro seguimiento antes de que os fugaseis del Complejo: sonrisa de agradable morsa domesticada, desagradable agradabilidad bajo capas y más capas de contratos sociales mal entendidos castrándole la verdadera voluntad subyacente, odioso y sin ningún otro talento aparente más que el tratar de imponer con su voz nasal y aterida por la obesidad mórbida un anquilosado sistema de creencias que, a pesar de los limitadas e infantiles y caducas que eran, le rebosaban los márgenes de sus cortísimas entendederas. Un zángano. Un zángano orondo; mira cómo le brilla la frente, lo único brillante en su existencia, mientras se indigna; no es tan divertido cuándo eres tú el que debería ser mimado pero sólo recibe descuido y rechazo, ¿verdad? El Hombre Tambor se puso en pie con un espasmo y la telaraña entera se sacudió. Los atrapados en los bordes más alejados ni se inmutaron, pero el centro, donde el delicioso festín Cristo Feral esperaba lo inevitable o, en su defecto, a ti, tembló con un ocho coma tres en la escala Richter, la telaraña se quebró a su alrededor y la mosca voló libre, sobreflotando —algo así como sobrevolar, pero no tan abrupto, no tan físico e inmediato y liberador, más como flotar por encima del Todo, con T mayúscula, ascendiendo en una corriente de hálito caliente en chimenea, no lanzado sino alzado, no mediante impulsores sino por suspensión etérea, fantasmagórica—, igual que aquella vez en la que os testaron mandándoos al sol por vuestros propios medios: tú misma te encargaste de quebrar las leyes de la gravedad de forma que no aplicasen para vosotros, sobreflotando el Complejo, saliendo de allí por una de las claraboyas del laboratorio, besándoos al acariciar las nubes y alimentándoos de radiación solar, el vacío del espacio exterior un estanque pletórico en el que os dejasteis llevar por la corriente de materia oscura que él alteró a modo de rumbo seguro, de cabeza, hacia arriba, hacia los lados, buceando pero emergiendo sin límite superficial, hacia el corazón de la estrella madre. Él, entonces, dijo: «Martha Nova, hija de la Luna, te quiero porque no existe nada como tú y dudo mucho que pueda volver a crearse». Parloteo de superseres. Ella contestó que no pensaba volver a llamarte Hijo de Dios, y es que ya te lo tenías lo suficientemente creído, pero que te quería mucho también. Se diría que fue allí mismo, durante aquel experimento con el que henchisteis tanto el orgullo de los mandamases del programa espacial, cuando se fraguó vuestra fuga. Al menos a Cristo le gustaba creerlo así. El Hombre Tambor arrastró los pies hasta la caja registradora en uno de los extremos de la barra del restaurante. Cristo volvió del sol a ahora. No iba a dejar que precisamente él saliese de allí indemne. Murmuró una canción que hablaba de sobreflotar y se quedó en tierra:


Quiero hacerlo bien.
Cierra la puerta y tira de las sombras
y trepa los muros.
Siente cómo la medicina cura las arrugas de la edad.
Estoy aquí y ahora me he ido.
Ahí mismo y lejos.
Nada va a pinzar este nervio mío.
Quiero hacerlo bien.


Se levantó de su asiento y se fue a por el Hombre Tambor. Le alcanzó justo cuando el otro se llevaba una mano al bolsillo trasero de los pantalones para sacar la cartera. Cristo se plantó detrás del hombre y le abrazó. Con todas sus ganas. Un abrazo de perdón. De padre más que de hermano o amante. Inmediatamente, sus poros empezaron a sudar encimas estupefacientes que se transfirieron golosas a la piel del otro, a través de la camisa y de los pantalones y de la ropa interior, desde las glándulas excretoras de Cristo a los receptores de opiáceos del hombre en un viaje tan rápido que la velocidad del mismo volvió eternidad el breve momento de estupor del abrazo por sorpresa que había golpeado al gordo. Cuando la psicosis psicodélica inducida del Hombre Tambor se afinó en el tono correcto, Cristo entró en él. Fundió su conciencia con la concha exterior del hombre y retocó los coeficientes de vibración subatómica necesarios y la atravesó y le espió, de dentro a fuera, mirando a través de sus ojos, recuperando sentidos que su nuevo huésped se había permitido atrofiar, sintiendo a través de ellos casi tanto como a través de la piel y el vello y los oídos y las papilas gustativas y las narinas. Más allá del arcoiris de las drogas insufladas a traición, a través de los instrumentos sensoriales del Hombre Tambor, el Piazzenza fue durante un rato un paisaje marciano, una tundra de óxido a cuadros rojos y blancos en el que un puñado de formas más o menos antropomorfas celebraban un ágape religioso, quizá una conmemoración de la segunda llegada del Mesías, aunque también cabía contemplar la posibilidad de que simplemente se tratase de algún tipo de tradición de asueto semanal, un Sabbath en el planeta rojiblanco, un Domingo extraterrestre. Los marcianos se amontonaban alrededor de una de las hembras para beber el fluido mercurial que manaba de sus senos. La capciosa gravedad del lugar hacía que la leche de comunión se desplazase en suspensión, en grumos, de los pezones de la hembra rubia con la piel teñida de Burdeos y estrellas festivas a las bocas de su congregación. Animalejos retorcidos y desollados, condimentados con salsas multicolor, rompían con su presencia casi herética el diseño uniforme de las dunas en el llano ocupado por el cuadro ceremonial. Etiquetas biolumiscentes como tildes formadas por enjambres inteligentes de ácaros diodos surgían de las cabezas de los humanoides, una interfaz de realidad aumentada a disposición del recién llegado y su parásito. Están todos los que son. Las etiquetas ondulantes al capricho del viento marciano señalaban a sus propietarios en un hipotético catálogo etnológico: Camarero Taleguero, una mantis de casi dos metros de altura y forrada de pelo duro y áspero, con los rasgos tatuados en un rostro que, sin la tinta, sería sólo una membrana desplegándose como una vela abierta desde el cuello y recubriendo una abertura carnosa que hacía las veces de cavidad bucal y orificio respiratorio; Chico Reptiliano, otra criatura insectoide, aunque éste completamente pelado y con la espalda tocada por dos grandes alas de cuero cuarteado que emitían un siseo rítmico al rozarse una con otra, sirviendo de acompañamiento musical al banquete —el Camarero se relamía después de haber ingerido su mercurio ambrosía y, con marcado acento italiano, le decía al Chico: «Si no te decides, te recomendaría que pidieses lo mismo que la última vez»; «Quería probar algo nuevo», le contestó éste; «Yo me apunto a lo que tú pidas», injirió entonces una tercera criatura, de menor tamaño que las otras dos y formas algo más redondeadas, quimera de exoesqueleto afilado, en el que se enredaban un millón de zarcillos musculares blandos y suaves, y cabeza de medusa, etiquetada como la Zorrita Gamma—; Zorrita Beta, idéntica a su gemela homónima, estaba tumbada sobre la arena y esperaba el bombardeo lácteo que caía lentísimo desde las glándulas mamarias de la oficiante, marcada por la salmodia lumínica con un aclaratorio Provinciana —una versión ajada y enturbiada y arrugada de las otras dos hembras, con dos millones de zarcillos gruesos, de vino y chispas, enroscándose en los palillos gastados que le hacían las veces de extremidades, sujetando los dos enormes pechos de matrona en el centro matemático de su estructura—; Provinciano, una estatua de sal erigida junto a su esposa en honor a la grandeza pretérita de los hombres-mantis, parecía haber muerto hacía tiempo, y su etiqueta palidecía en minúsculas y viejas enanas rojas de ácaros intermitentes que luchaban por un segundo más de supervivencia usando como combustible los cadáveres de sus hermanos extintos. El Hombre Tambor y su Cristo parasitario se acercaron al grupo. El huésped quería beber también, integrarse, tomarse la licencia de fingirse uno más, de sopetón, sin que le invitasen y esperando que a los otros no les importase. Cristo no estaba tan seguro. ¿Qué mandaría la corrección política en casos como aquellos? Cristo preguntó, a nadie en particular: «¿Puedo?» Fue Zorrita Beta —su etiqueta se desplegó y creció, la etiqueta aceptó la palabra, se activó por la palabra, la única herramienta que han logrado aprender…— quien le contestó con un chillido de pánico: «¡No! ¡No! ¡Yo no, por favor!».


Sostén la poción,
desgárrate la sombra,
acuérdate de olvidarte y entonces dale otro nombre a la vergüenza.
Quiero hacerlo bien.


El Hombre Tambor le vomitó fuera de nuevo cuando Cristo le partió el cuello. Hubo un momento refractario en que la situación estuvo demasiado confusa. Cuando Cristo volvió a ser él, Feral, autoconsciente, ya estaba agarrando a la Zorrita Beta por un brazo mientras lanzaba una patada que casualmente fue a dar en la rodilla del Chico Reptiliano, quien acababa de ponerse de pie para arrebatarle a Cristo el cuchillo que blandía en la mano libre. Creo que fue más o menos por entonces cuando tú llegaste. En el interludio tras el abrazo al Hombre Tambor y la constatación de las intenciones de muerte que Cristo albergaba con respecto a éste, el Camarero Taleguero se las había ingeniado para llamar a la policía y seguramente algo debiste sospechar al oír las sirenas yendo en tu misma dirección —en aquellos días a y ti y a él aún os quedaban muchos superpoderes por descubriros, no te lo tomes a mal—, porque corriste y alcanzaste las puertas del restaurante casi a la vez que ellos. Casi. Uno de los hombres de uniforme te obligó a quedarte tras el cordón que delimitaba el perímetro de seguridad y te dejó aparte de lo que estaba pasando dentro. ¿Llegaste a ver a los francotiradores tomando posiciones tras la hilera de coches aparcados frente a la fachada del Piazzenza? En sus miras telescópicas, Cristo era, dependiendo del aumento en que los tiradores las hubiesen fijado, un payaso repartiendo jolgorio entre los comensales o un experto en artes marciales que se movía con la gracilidad de una maquina felina de aniquilación. El payaso hacía sonar su nariz postiza y al público se le desencajaba la mandíbula de puro reconocimiento. El experto en artes marciales hería e incapacitaba y se escurría como un ánima de dolor y descoyuntaba articulaciones. Los Provinciano recibieron del payaso una flor de plástico que bailaba al son de las palmas. Del artista marcial, sendos hachazos con el canto de la mano desnuda que les desencajaron las vértebras cervicales. El Camarero Taleguero aceptó con gusto un globo en forma del salchicha que el payaso había modelado para parecer una jirafa, junto con una serie de puñetazos calculados para reventarle la caja torácica y ahogarlo en una marisma de hemorragias internas. Uno maquilló al Chico Reptiliano de azafata de Clown, el otro le reventó el tabique nasal ayudándose con el cráneo inconsciente de una de las Zorritas, quien más tarde fue coronada princesita del restaurante y degollada con una botella rota de cava. La Zorrita Gamma voló hacia la otra punta del salón como un hada preciosa, como un fardo inerte tras una perfecta llave de judo. Cuando sus signos vitales fueron los únicos que seguían en pie en el interior del restaurante, Cristo gritó: «¡¡Voy a salir!!». «¡No te molestes!», replicó un megáfono tras el cordón policial. La señal para abrir fuego, hacer saltar en pedazos la cristalera de la fachada a balazos, borrar al obsceno asesino de la faz de la existencia a plomo y fuego. «¿Perdona? ¿Que no me moleste qué?». «Que no te molestes, colega, no vale la pena», le dijo el Chico Reptiliano después de que los francotiradores hubiesen acabado con él, «esa a la que estás esperando no va a venir». Cristo eructó y se mareó un poco ante la posibilidad de que el limbo, o dondequiera que fuese que las balas le habían llevado, pudiese parecerse tanto al Piazzenza, sintió frío. El infierno, está visto, va a ser esperarte aquí por toda la eternidad. Me cago en la puta. «¿Cómo sabes que estoy esperando a una mujer?», le preguntó al Chico, aceptando cierto acuerdo tácito de vecinos de averno. «Sólo un marica esperaría tanto tiempo a otro tío, y tú bebes demasiado para ser marica». ¿Tenía aquello sentido? Predestinados a no encontrarnos. Las balas no le habían llevado al otro lado del Horizonte Final. Claro que no. Aun así le habían hundido en una forma de letargo prosaico que tampoco era mucho más agradable. La Hija de la Luna y yo: fases de solapamiento imposible, no se dirá que no nos lo advirtieron. Cristo se despegó de la telaraña tirando con todas sus fuerzas. Algunos hilos quedaron adheridos en la silla de la que no había separado el trasero en toda la noche, haciendo que así, de algún modo, permaneciese para siempre unido de forma umbilical a aquella noche. También el Hombre Tambor, a pesar de haberse marchado del sitio ya hacía más de tres cuartos de horas, se había llevado un hilo con él. Y el Chico Reptiliano y las Zorritas y los Provinciano. Y el Camarero Taleguero al que Cristo abonó la cuenta por las copas vacías antes de marcharse. Conectados por una pegajosa maraña de futuros hipotéticos. El primer don que los del laboratorio habían injertado en Cristo. Doblar supercuerdas y, a imagen y semejanza de los Poliédricos Elementales, poder habitar todas las caras del prisma al tiempo. Fuiste tú la que convirtió a este mercenario multidimensional al pacifismo, y ahora hay hilos de piedad y empatía por todos lados. Martha Nova… ¿puedes ver los hilos?… Martha Nova… ¿tu visión de Rayos X podría dilucidar los devaneos del pobre Cristo Feral por el Metacontinuum, sobreflotando más que deambulando por el escenario de la vida flotante de la que tu desidia le expulsó? Martha Nova, Hija de la Luna y ya no esposa de Cristo Feral… ¿De qué os sirve ser más humanos que los humanos si no podéis mantener las apariencias? Tanto poder en tan malas manos¿De verdad has olvidado el colofón de nuestra fuga? Cristo salió del restaurante en un efluvio a cuadros rojos y blancos, pringándolo todo de seda húmeda. Vientre de tinto y blanco pescador. Una helada tundra marciana le dio la bienvenida y las buenas noches. Ni modificando todo su código genético para transformar su masa en diamante iba a poder cortar los hilos de la noche. Buenas noches a ti también, si te sirve de consuelo. Se arrebujó dentro de su cazadora y echó a andar por el multiverso, con la esperanza puesta en encontrarse contigo en el escenario del subsiguiente accidente paraconsistente.


…¿lo pillas?

© Francisco Javier Pérez
Reproducido con permiso del autor